Rueda de prensa en español

Leo en el periódico que el Departamento de Estado de EE.UU. ha empezado a usar el castellano en sus comunicaciones. Ayer, se ofreció una rueda de prensa íntegramente en español. El promotor de esta iniciativa es Mike Hammer, subsecretario interino para asuntos de Prensa. No se trata de simples traducciones, sino de ruedas de prensa independientes de las realizadas en lengua inglesa. El interés es que se hacen preguntas distintas, relacionadas con Iberoamérica o con otros asuntos de interés social, y muchos periodistas de medios anglófonos acuden también, por si salta la liebre. Lo que persiguen es encontrar «formas de comunicarnos con una audiencia global«. Y luego dice el Sr. Hammer: «por eso hemos hecho ruedas de prensa en otros idiomas como el árabe o el chino, aunque… el español tiene más tirón

Anda, pues claro. ¿Pero cómo no va a tener más tirón el español que el chino o el árabe, alma de cántaro? A los chinos y a los árabes no hay quien les entienda, no hay más que oirles hablar.  Y ya intentar leer algo de lo que escriben, santo cielo… Y además ¿Qué van a preguntar los periodistas sobre China, si está lejísimos? Lo normal es que quieran enterarse de lo que tienen al lado, y que tengan interés en relacionarse mejor, comunicarse mejor y entenderse mejor con aquellos con quienes tienen más fácil comerciar.

Cuando leo estas cosas, no puedo dejar de sentirme una privilegiada. Y vds, que me están leyendo, también lo son.  Nos comunicamos en una lengua que otros tienen que esforzarse por aprender si quieren ser mejores. Nosotros, ese esfuerzo, ya no lo tenemos que hacer.  Y esto solo lo podemos decir nosotros y los ingleses, aquí en Europa. ¿No les parece fantástico? A mí me parece genial.

Sólo el incompetente echa la culpa de su mediocridad a la herramienta que utiliza. Y sólo el que además de incompetente es idiota, elude dotarse de herramientas mejores a aquellas de las que dispone para conseguir sus objetivos. Hammer, en español, significa martillo. Y yo creo que ha dado en el clavo.

 

De machistas y de machotes

Hoy he recordado lo que le dijo un hombre a una mujer que previamente le había recriminado su machismo por cederle el paso en una puerta: «No se equivoque: yo no le cedo el paso porque vd sea una señora, sino porque yo soy un caballero«. Y lo he recordado porque alguien decía que la cortesía era una reminiscencia machista. Yo creo que es justo al contrario: me parece que el machismo es incompatible con la cortesía. Voy a ver si consigo explicarme.

No sé la imagen que tendrán vds del hombre machista. Yo no tengo una imagen física concreta, porque me los he cruzado altos y bajos, morenos y rubios, delgados y gordos, horteras y pijos y feos y guapos. Para mí un machista es un tipo que habla de su esposa sin el menor respeto, se jacta de dominarla y la manda callar en público. En realidad, no hace falta que la pegue, porque la pegaría. Al machista se le reconoce de inmediato porque no te mira a la cara, sino primero de arriba abajo, para luego dejar los ojos a los lados de tu escote con descaro, por si acaso te da por pensar que tú eres algo más que un par de tetas. Raramente te llama por tu nombre: te llama niña, o chica, o mujer, o Tú, siempre con intención de ridiculizarte o haciendo ver que eres tonta perdida con el gesto. Son esos tipos que le llaman a las mujeres chochitos, y que nos cosifican cuando hablan de nosotras entre ellos. Que creen que olemos distinto y pensamos peor cuando tenemos la regla. Que usan la palabra menopáusica para insultar. Que se ríen mucho si nos imaginan llorando. Que disfrutan si les tememos.

Es impensable que esos tipos te cedan el paso, te alcancen el abrigo, esperen a que te sientes para sentarse ellos, o se pongan en el lado exterior de la acera. Esos tipos no tienen cortesía porque no tienen la menor educación cívica. Ni cívica ni de la otra, porque han mamado un ambiente en el que la madre callaba y escondía y el padre gritaba y mostraba. Un machista primero es un bestia y luego un machista. Por ese orden. Como bestia no tiene consideración con el otro, y como machista no tiene consideración con la otra. Creen que su pito les da poder, pero antes creen que su fuerza les da derecho. En una violación, participarían sin duda. Son la parte más casposa, retrógrada, ignorante y garrula de la sociedad, y están a la derecha y a la izquierda, porque esto no tiene que ver con la ideología, sino con la costumbre y la educación. Podrán ir bien vestidos, pero sus ademanes, sus miradas y cómo nos hablan, les delata. Y no se engañen: un machista nunca será un caballero ni se comportará como tal. Ni con mujeres ni con hombres.

El machote es otra cosa. Para mí un machote alardea de su condición de macho, pero quiere que se lo reconozcan las mujeres. Lo que les halaga es que te desmayes del gusto, no del susto. Rudo, basto, ordinario, es de esos que te hablan de otra mujer guapa y no se les olvida decir eso de «mejorando lo presente«. El machote se encara con mucha chulería con el camarero si no te sirve primero a ti, y se pegará con otro si te levanta la voz o te molesta. Por cierto, también se pegará con cualquiera que pase si estás tú delante y cree que eso le dará puntos. Porque el machote es un jugador que cuando habla de mujeres hace como en el parchis, que se come una y cuenta veinte. El machote tiene una cortesía imperfecta, porque no es natural, siempre es excesiva. Y es que él es un hombre excesivo.

Y luego están los hombres normales, con mayor o menor instrucción, más o menos atentos, y con mayor o menor cortesía. O sea, la gran mayoría, que puedo fijar en el 80% por seguir la ley de Pareto, aunque el asunto se presta más a la construcción de una campana de Gauss, pero no sabría yo qué poner en abscisas y en ordenadas.

Yo supongo que un machista estará muy de acuerdo en distinguir a todos de todas. No sabe nada de gramática, ni de sexo, pero sí sabe muy bien dónde está la puta y dónde el cliente.


As Soon As Possible

Hoy he pedido, de manera poco ceremoniosa y con cierta vehemencia, que dejáramos de poner esa imbecilidad de ASAP en los resúmenes de acciones a realizar de las actas. Como se me ha escapado lo de «esa imbecilidad», he parecido demasiado rotunda, por decirlo fino, y he provocado un poco de disgusto. Pero como tengo razón, al final no se pondrá más y todos contentos. Bueno, al final no se iba a poner más, el matiz está en el todos contentos (EHAC en su acrónimo inglés: Everybody Happy And Convinced…)

ASAP se viene poniendo cuando las cosas corren prisa y se supone que son imprescindibles para tomar una decisión o dar el siguiente paso. Tú pones ASAP y te crees que tendrás lo que sea enseguida, pero no es así. ASAP no contiene ningún plazo, ni ningún compromiso. Y es que la clave de ASAP no es la parte del «soon», sino la parte del «possible». Ahí está la trampa. Y te encuentras con que algo que deberías haber recibido hace dos meses, todavía lo estás esperando. ¿Cuándo llegaremos a Marte? Pues ASAP, no tengan ninguna duda. Así es que se acabó la tontería.

– ¿Cuándo me mandarás el archivo?

– ASAP.

– Ya, ¿Pero cuándo?

– Pues cuándo va a ser, ASAP, de inmediato…

– No. Si es de inmediato entonces es que me lo das en el tiempo que tardas en llegar a tu ordenador, encenderlo, encontrar el archivo y enviármelo, y en ese caso ponemos hoy por la mañana. Si es ASAP, mi archivo va a competir con otras prioridades de tu agenda, y yo no estoy aquí para competir según tu criterio, yo quiero un compromiso para mi archivo, porque tu agenda, tus prioridades, tu trabajo y hasta tú mismo, me importáis un comino. ¿Estamos? Así es que me das una fecha límite entre el día de hoy y el viernes de la semana que viene, y así podremos hasta decir que tú y yo hemos llegado a un acuerdo.

– Pues el viernes de la semana que viene.

– Vale, pues ahora me tachas lo de ASAP, que era una mentira podrida por lo que se ve, y me pones el viernes de la semana que viene como fecha límite para cumplir tu compromiso, bajo pena de que, si no lo cumples, subo y te arranco la nariz de un sopapo.

– ¿Pongo también lo del sopapo?

– Bueno, si quieres pon que el sopapo te lo daré ASAP te gires y me dejes la nariz al descubierto.

 

Wilma

No a todos los que siguen este blog les tengo que presentar a Wilma. Su madre biológica, Babunita, y su mamy adoptiva la conocen bien. La han tenido en su casa durante sus primeros dos meses y medio de vida, hasta que hemos ido a recogerla. Mientras tanto la han cuidado, a ella y a sus hermanos, y de qué manera. Nos han regalado una perrita de terciopelo, alegre y confiada, que no llora, ni se queja por nada, a quien nada le asusta porque no sabe ni lo que es el miedo ni lo que es el daño, sólo conoce el cariño y el juego. Que ve otros animales (el gato de mi tía y mi querida Curra, le falta encontrarse con el macarra de Gus) y se lanza a por ellos con tanto descaro como ganas de juerga.

Ayer, además de recibir una preciosa perrita, recibimos una hospitalidad que llevaremos siempre en el corazón. Nos encontramos con una pareja encantadora, divertidos y cultivados, amantes de los animales y del buen vivir, llenos de vitalidad, de generosidad y de sentido común, que nos hicieron pasar una jornada inolvidable y no solo por encontrar a Wilma. En realidad, lo esperábamos, pero al llegar a Madrid nos dijimos que no notábamos ningún cansancio, y que habíamos pasado un sábado maravilloso. Las buenas personas.

Wilma viene de una familia buena y de una buena casa. Su madre y su mamy pueden estar muy tranquilas: con otros protagonistas y en otra ciudad, así seguirá siendo. Wilma nació un 22 de diciembre. En casa solemos decir que hasta para ser perro hay que tener suerte. Ayer, mi tía Pilar (nueva mamy adoptiva de Wilma) me decía, divertida: «Fíjate, ¡y yo que pensaba que no me había tocado nada en la lotería este año!«.

Wilma crecerá feliz. Prometido.

Y ahora os dejo unas fotos, para que digáis oyoyoyoyoyyyyyyy, que es la palabra más repetida desde ayer en esta casa. Aunque si quieres pasar un rato de lo más divertido, os propongo visitar el Blog de Babu despacio y especialmente ver los vídeos (video 1, video 2, video 3). Impagable.

¿Por qué no te callas?

No, no voy a hablar hoy de aquella situación tan hilarante protagonizada por el rey Juan Carlos y Hugo Chávez hace unos años, sino que hablaré del cine. Del cine francés, en concreto.

Entre los Goya y los Oscars nos han pasado desapercibidos los premios César (pronúnciese sesaggg, con acento en la aggg), que son, como a los franceses les gusta publicitar, la antesala de los Oscar. Naturalmente, para ellos los Globos de Oro son la antesala de la antesala, o sea, el descansillo de la escalera aproximadamente. En cuanto a los Goya, su consideración bascula entre el cuarto de la chacha y ese pequeño aseo donde mandamos a lavarse las manos al fontanero.

Los franceses han elegido como nombre para sus premios el del escultor que creó la estatuilla, una especie de tableta de turrón de guirlache. Por supuesto, nada que ver con aquel emperador romano que conquistó Las Galias con el único objetivo de escribir después un libro y que luego se dedicó a desparramar frases ingeniosas del tipo Veni, vidi, vinci o Alea Jacta est por otros pueblos mucho más ignorantes y de menor glamour.  Finalmente, en París ya nadie espera que Vercingetórix levante la cabeza y por otra parte, muerto Goscinny y retirado Uderzo, podemos concluir que toda la Galia está ocupada. Así es que, para sus guirlaches, los franceses hacen películas como la de un tal Philippe Le Guay (del Paraguay), que se llama Les femmes du 6ème étage, y le dan el Sesagg a Carmen Maura (pronúnciese Mogáaa), que estará seguramente excelente en el papel de vecina espangouine del inmueble.

Pero ya pensando en dar el gran paso al salón, los franceses debieron preguntarse ¿Cómo hacer para que nos den un Oscar? Y en un acto heroico que es muy de agradecer, determinaron que lo más práctico era cerrar la boca. Y es que cuando se quedan mudos, los franceses no sólo lo bordan: es que reciben el agradecimiento del mundo entero. Mundo entero que les otorga también el premio a la mejor Banda Sonora, para que no empiecen a quejarse de que no se les escucha, que estos galos son muy resabiados y te montan un Alesia por un quítame allá un purcuá.

Lo que nunca nos reconocerán es que, en el fondo, le han copiado la idea al Rey de España, aquel inolvidable ¿Por qué no te callas? Ay, si sus guiñoles se propusieran salir en los Simpson… Pues eso: que tendrían que echarle talento y salir Dujardin.

PS: Después de esta entrada, espero conservar al menos un amigo francés. Al menos al que me ha dado la idea…

Smanie implacabili

Hoy he visto mi nómina.

Después de impuestos.

Smanie implacabili che m’agitate…

Contar la verdad, aproximadamente

En el año 216 antes de Cristo, tuvo lugar la batalla de Cannas entre el ejército romano y el cartaginés. Ganó Aníbal apostando la mitad de hombres de los que presentó el ejército romano, por el tradicional método de meterlos en un embudo y anular con ello su superioridad numérica. ¿Cuántos eran? Pues las crónicas dicen que los romanos eran 70.000. ¿Nos lo creemos? Yo sí me lo creo. Verán, el ejército de Roma se organizaba a partir de centurias, manípulos, cohortes y legiones. Tantas legiones, tantos hombres, era simplemente una cuestión de multiplicar. 1 legión = 10 cohortes = 30 manípulos = 60 centurias = 6.000 hombres. Luego iban no ciudadanos y eso lia un poco, pero en fin, el método era fiable: Si te dicen que iban 70.000, iban 70.000, flequillo arriba, flequillo abajo. Siglo III antes de Cristo.

En las manifestaciones, no solo en las españolas, el método para contar a los asistentes es más creativo, por decirlo con amabilidad. Se coge el número de metros cuadrados, se descuentan los árboles, se pone metro y medio de acera, se observa si los asistentes van apretujados, se tiene en cuenta si son de los de subirse a las farolas, se mira si están más bien gordotes o delgaditos, se multiplica por la filia, se divide por la fobia y ¡Voilà! ya tenemos un número. Un número o… dos. O tres. Los números, salvo cuando son de lotería, no cuestan, ya se sabe. Y así tenemos que para una misma manifestación, una Comunidad dice que han ido 600.000 personas y la Delegación de gobierno 123.416. La policía, más cauta, lo deja en 350.000. Los organizadores dirán que un millón y medio y el periódico contrario dirá que no fue nadie, porque ni lo publica.

Una empresa, Lynce, inventó en 2009 (siglo XXI después de Cristo) una tecnología para saber cuánta gente acudía a una manifestación por el sencillo método de contar a los asistentes. Hacía una foto y se ponía a contar cabezas, y luego aplicaba un % de error (digo yo  que reconocerían que puede haber gente atándose los cordones de los zapatos en el momento de tirar la foto). Esta empresa ha cerrado. Las razones que dan en su web (que les enlazo) es que no conseguían demanda suficiente y otras dificultades a la hora de paquetizar su software. Bien, yo desconozco las razones que han llevado a esta empresa a cerrar, pero no me sorprende que no consiguieran demanda suficiente. Y es que la verdad escuece, y no es interesante contarla. Y escuece a todos, y si no miren esto despacio y ríanse o enfádense: Hay para todos, no se preocupen. Razonablemente, sería una simple cuestión de acostumbrarse a otros números, a otras referencias. Y razonablemente también, sería bueno dar una oportunidad a aplicar la tecnología, ya que se dispone de ella. Y es igualmente razonable  pensar que aunque se equivoquen en un 100%, el doble de 150.000 no es un millón. Pero no tenían demanda, no interesaban a los periódicos, ni a los partidos, ni a las agencias de noticias, ni a las televisiones, ni a las organizaciones convocantes, ni a universidades. A nadie. No tenían demanda. No sé si es aterrador o vergonzoso, pero lo dejaré escrito: no encontraron interés por saber realmente cuánta gente acude a una manifestación.

La historia de Cannas no cambiaría si los romanos hubieran sido 700.000 y los cartagineses 400.000, salvo por el detalle de que tendrían que haberse buscado una explanada más grande para darse de bofetadas. Lo que importa es que el ejército cartaginés era la mitad de numeroso y que Aníbal, en una genialidad táctica, los encerró. Pero tal vez la historia de España sí cambiaría si empezáramos a admitir que las masivas manifestaciones en las que se grita tanto tendrían cabida de sobra en el fondo sur del Bernabéu, una apacible tarde de domingo. Manípulos aparte.

Si me quereis, irse

La palurda dejó ayer unas patatas cociéndose en un perolo, se secó las manos en el delantal, agarró las llaves de casa y se fue derechita a la puerta de los juzgados de Palma de Mallorca a tirar un huevo al Iñaki, el marido de la Cristina pa más señas. Allí se encontró con un centenar de personas, comprometidos todos con la justicia como ella, comprometidos todos con la igualdad como ella, y algo más desocupados que ella, que no en vano se había dejado sin hacer la última pasada de Scotch Brite por el fregadero.

Y pensarán vds que ese tipo de palurdas sólo se encuentran en la España de La Noria y el Sálvame. No, qué va. Esas mujeres se sentaban a hacer ganchillo en la Place de la Concorde a finales del siglo XVIII, escupían a los condenados a la crucifixión en la Judea de antes de Cristo y animaban a los linchadores de negros en la América de principios de siglo. Esa mujer es la que grita «¡Un judío, un judío, matadlos!» cuando ve salir a Wladyslaw Szpilman, el pianista de Roman Polanski, del apartamentito en el que se esconde. Esa mujer es, básicamente, un ser humano. Muy básicamente, eso sí.

A esa mujer, hace catorce años, se le quemaron los macarrones porque se sentó delante de la tele para no perderse ni un detalle de la boda de la Cristina, y se le fue el santo al cielo. Luego, un verano, fue con una amiga a agitar banderitas y a llamarles «requeteguapos» a las puertas de Marivent. Los tuvo aquí, mira, donde estás tú, a un palmo. Sacó una foto a los crios de la Cristina con el teléfono, pero no te la puede enseñar porque se la ha llevado la Vane al colegio para enseñársela a sus amigas.

Con la de vueltas que da la vida, no me extrañaría que dentro de poco las revistas más viscerales nos cuenten la «verdadera historia de la infanta que fue capaz de renunciar a sus derechos dinásticos por amor, ese amor verdadero que no conoce límites«. Para entonces, la Vane se tomará una pechuga de pollo a medio hacer, porque a su madre se le habrá ido la mañana mirando las fotos de las revistas. La buena noticia es que la Vane se podrá freir un huevo, porque esta vez no hemos tenido que usarlos para tirárselos al marido de la Cristina.

Yo le aconsejaría a la Infanta que fuera aprendiendo a pronunciar eso de «¡si me queréis, irse!«. No es efectivo, pero da colorido si el pueblo se manifiesta.

Contabilidad, ese lío

Yo nunca fui mala estudiante, aunque tampoco formé parte del club de los gafotas, salvo en algunas asignaturas muy concretas. Sin embargo, durante la carrera, hubo una asignatura que se me atragantó y que hoy en día, muchos años más tarde, sigue siendo un sufrimiento para mí. Se trata de la Contabilidad, algo que aparentemente es muy facilito, excepto cuando no cuadra. Yo con la contabilidad tengo el mismo problema que con los toros. A ver, cuando hablamos del pitón derecho ¿Es el cuerno derecho respecto al toro o al torero? Y me dirán: es lo mismo, porque el cuerno derecho del toro pasa por la derecha del torero. Pues depende, porque en el pase de pecho no y si le cita de espaldas tampoco. Y ya no digamos cuando el toro le pega un revolcón al torero, que entonces el pitón derecho se lo ve pasar el torero por la coronilla.

Con la Contabilidad me pasa algo parecido. ¿De qué pago hablamos, a ver? ¿Del que hago yo o del que me hacen a mí? La convención es que tú haces un pago a un proveedor, y un cliente te hace un pago a ti. Hasta ahí bien pero si yo he pagado por comprar cien jamones y sólo he vendido uno ¿A que no cuadra? Y como no cuadra, entonces empezamos a inventarnos cosas: que si activos, que si pasivos, que si valor contable, que si patrimonio, que si el fondo, si el inmovilizado, si las mercaderías, si los asientos, si el mayor, si el diario, el balance, la obligación, la letra, el descuento, que si el dividendo a cuenta, si el capital, si el circulante, el no circulante, el paralizante… Qué barbaridad, hasta que llegamos al saldo y al efectivo, esto es una pesadilla.

Así es que, cuando el toro sale, lo único que se me ocurre decir es aquello de «que Dios reparta suerte».

Idiomas (IV)

Yo aprendí francés con veinte años. Y lo aprendí como se deben aprender los idiomas: con auténtica necesidad, casi con urgencia, y es que había decidido irme a estudiar parte de la carrera en París. Cuando mis padres aceptaron que me fuera era ya final de abril y yo debía incorporarme en septiembre. Así es que el intensivo fue intensísimo: un mes en España y dos en Tours, a razón de siete horas al día más laboratorios. Pero misión cumplida, y cuando entré en aquel anfiteatro, entendía perfectamente y me hacía entender con bastante comodidad.

Tengo muchas anécdotas, algunas de las cuales no son para escribirlas, otras no me pasaron a mí, y otras sólo las entienden los que hablan francés con cierta soltura. Les puedo contar que una vez comenté muy alegre que había cenado un filete de viuda, y en otra ocasión dije muy seria que acababa de ver una preocupación corriendo por la cocina. Así es que para decir tonterías, tuve bastantes ocasiones.

El segundo año de intercambio, compartí curso con dos españolas de otra universidad, una de las cuales hablaba francés  bastante mal. Las cosas que le sucedían a esta mujer eran divertidísimas. En una ocasión quiso ir a la piscina del gimnasio de la escuela, porque le dolía mucho la espalda y pensó que con algo de natación se le pasarían los dolores. Pero no se atrevía a ir sola, porque tenía que preguntar si debía pagar con el carnet de estudiante, cuánto costaba el acceso, si había abonos para la piscina, cosas así. La otra española y yo le dijimos que se fuera sola, que tenía que espabilar y que no podía llevarnos a nosotras todo el tiempo de traductoras.

Ya digo que esta chica tenía un francés muy trabajoso. Así es que mi otra amiga y yo le insistimos en que que dejara claro, aunque fuera por señas, que ella no quería pagar por el gimnasio, que solo le interesaba la piscina para nadar y, ya entre risas y bromas, que sobre todo no confundiera nager (nadar) con noyer (ahogarse). Y yo creo que la liamos más, porque en su tribulación, terminó confundiéndose de verbo:

– Pero yo quiero saber cuánto cuesta ahogarse. Solamente ahogarse.

– Escuche, mademoiselle, la entrada a la piscina son 10 francos. Ahogarse, c’est gratuit. 

Creo que nunca nos lo ha terminado de perdonar…