Ya lo sé, amigo filipino

curra-portada-postMi lector filipino me ha abandonado. Yo no sé cuándo dejó de venir por aquí, aunque sí podría calcular cuándo dejé yo de mirar de dónde venían los lectores. Y me saldría, no sé, ¿un par de años? Es verdad que cuando abres un blog te interesan mucho las visitas, en especial el número, y te motivas enormemente cuando recibes el mensaje ese de “your stats are booming”. Hace muchísimo que no recibo ese mensaje. Es más, creo que pronto recibiré uno que diga “we have removed the message your stats are booming (for reasons of desperation)”. Entonces, y sólo entonces, empezaré a creer que una programación contempla todas las posibilidades de experiencia cliente.

El número de países desde donde venían mis lectores han disminuido dramáticamente. Entran desde Colombia, Argentina y México, y en Europa sigo teniendo mis dos seguidores británicos y uno holandés (¡hola!) y esto es todo. El resto, todos españoles. Familia y amigos, supongo, especialmente Amalia (¡Hola, Amalia!).

– ¿Sigues escribiendo?
– Uf, cada vez menos, no sé por qué.

Primero le eché la culpa a que hice unos cursos de escritura y que aquello me hizo ver lo mala que era escribiendo, aparte de absorber la poca imaginación que me quedaba debajo del flequillo. Después te escudas en que tienes mucho trabajo, como si eso fuera una novedad. Luego que si llegas muy cansada a casa, ya ves, como si escribir no te quitara todas las penas. Y así hasta que miras un día aburrida la estadística y te dices que si el lector filipino se ha ido, lo ha hecho cargado de razón.

Creo que un día de estos miraré de nuevo la estadística para sacar una entrada de buscadores decepcionados. Espero no decepcionarme yo. Y es que, al final, escribir es una gimnasia y, si lo dejas, luego al retomarlo te salen muchas agujetas. A ver si consigo que vaya doliendo menos.

 

 

Adios, Gerardo, adiós

El alcalde del Poblachón se va. Bueno, rectifico: no se va, sino que lo han echado. Ha estado muy reñido, hasta el punto de que entre mis amigos hay quien cree que todo es un rumor y que Gerardo continuará otros cuatro años, pero no. Se va, se pira, se larga, fuera, out, a tomar viento, adiós, se acabó.

El administrador de mi casa, que estuvo en su equipo de gobierno, ya nos dijo en Semana Santa que la cosa estaba difícil este año. Según este hombre, que para esta ocasión extraordinaria se había quitado el disfraz que habitualmente lleva en verano (en agosto parece escapado de un crucero de Pullmantur) y que ahora venía con chandal y gorrilla, porque además de baja estaba de vacaciones (sí, las dos cosas a la vez, han leído bien), la ley d’Hont no les beneficiaba, porque Vox les quitaría votos. Ninguno entre los vecinos le quiso aclarar nada sobre el efecto de la circunscripción, aunque alguien sí se atrevió a recordar con sorna que tampoco se perdería nada, sino al contrario: evitaríamos que vaciara la presa para limpiarla durante la primavera, con lo que también evitaríamos estar sin agua en verano. ¡Eso es una feiknius!, gritó el gorrilla. Cuánto daño hace Tele5 en las mentes blandas, qué barbaridad…

A Gerardo le puse yo una denuncia hace años. Un primero de agosto, día laborable y fecha en la que yo empezaba mis vacaciones, me despertó a las ocho en punto de la mañana el ruido apocalíptico de un martillo neumático justo debajo de mi ventana. ¿Qué mejor momento para empezar a cambiar todas las farolas de una urbanización de veraneantes que un primero de agosto? Y es que, para este alcalde borrico, el verano es la fecha ideal para asfaltar las calles, repintar los pasos de cebra, quitar las barandillas peatonales, poner vallas random en cualquier curva o dar vacaciones al camión de la basura. Así es que me tiré de la cama y, con los ojos inyectados en sangre y el pelo revuelto, me fui derecha a la Guardia Civil y allí le puse una denuncia por psicópata, por turbar mi paz y por falta de respeto a mi descanso y al del resto de los veraneantes de la urbanización. Naturalmente la denuncia se desestimó al cabo de los años, pero al menos me sirvió para comprobar que la Benemérita es un cuerpo comprensivo con la ciudadanía, y en realidad el único que te defiende sin importar de dónde vengas.

– Es que este alcalde tiene un TOC antiveraneante, señor agente, nos tratan peor que a las vacas. Vale que no damos leche, pero compramos en el súper, alquilamos casas y comemos cruasanes.
– Tiene usted razón. Ponga una denuncia: no le devolverá el sueño, pero sí el sosiego.

Como en tantos pueblos, en el Poblachón hemos sufrido muchos años a este cacique sin luces ni talento, cuya única ambición plausible ha sido convertir un pueblo estupendo en un suburbio hortera y perezoso. Debería atreverme a acusarle de más cosas, pero les invito a que lean, en Todo lo que era sólido, a Muñoz Molina cuando cita la más famosa de sus tropelías, que afortunadamente sólo quedó en intento, porque se hubiera llevado por delante el pinar.

En fin, sólo nos queda rezar para que el nuevo alcalde que viene no sea todavía más bruto. Lo tiene difícil, pero en esta España de los milagros todo ha dejado de ser sólido para ser, inevitablemente, posible.

 

La casa lúgubre, de Dickens (al 50%)

La casa lúgubreDickens es Dickens y conviene respetarlo. Yo debería venir aquí a hablar de Dickens, o de su libro de La casa lúgubre, pero sólo me saldrán porcentajes y fracciones. Atascada en un paupérrimo 51% desde hace más de una semana, sin tener ni el tiempo ni, sobre todo, el ánimo, de continuar. La culpa no es de Dickens ni de la vida, ni de lo que te obliga o te distrae. Siempre lo digo: sólo los mediocres le echan la culpa a la herramienta. Cuando la herramienta es el reloj, el que no va avisado le echa la culpa al tiempo. Y, sin embargo, el tiempo es la única variable de la vida que no se puede controlar y que va a su aire. El tiempo no se domina, el tiempo se aprovecha. En mi caso, ni lo uno ni lo otro, y la culpa no es del reloj.

En el club de Lectura, un club que ya no sobrevive, nuestro líder nos dijo “yo voy a leer a Dickens, ¿alguien se anima?”. Y así, uno de cinco lo propuso, dos de cuatro lo aceptamos y uno de dos no ha cumplido. Este es el balance del grupo. El mío, en particular, se queda en el mencionado 51%, que sigue siendo igual de paupérrimo que en el segundo párrafo. Y de no cumplir con la lectura, no paso por no cumplir con escribir este post. A mi líder del club se lo debo, que no a Dickens, porque una lee para distraerse y por afición, pero el compromiso, aunque venga cojo, es de las pocas cosas que nos van quedando.

Todo para decir que la culpa no es de Dickens. Dickens es Dickens y mi tiempo, mis obligaciones, mis noches trasnochadas, mis prioridades impuestas, pero irremediables, me impiden a Dickens. Ni siquiera mi tiempo libre me libera para dedicarle lo que, en mi devoción, este autor merece, que no es otra cosa que una devoción que me descubrió ND. Un 51%, paupérrimo, que llegará al 100% aunque tenga que esperar (el 100%, no yo). Porcentajes y fracciones importan poco de todos modos, no digamos ratios incomprensibles inventados por seres teóricos. Pero vayamos al (medio) libro, que a eso había yo venido.

Dice Chesterton en el prólogo que es su obra maestra, la que escribió con su madurez literaria. No me lo está pareciendo. Sí hay ese reconocible de Dickens de que parece que todos en Londres se conocen, que es todo un pequeño pueblito en el que todos los personajes acaban encontrándose. Pero ya sabemos que va al revés. La trama te va llevando, tú sabes que todo encajará sin saber cómo lo hará. Es la trama de intriga sin que haya intriga, el ovillo que se desenreda (¿esa es la imagen?), las piezas que se van posando en el puzzle. Muchos personajes y escenas, a la rusa sin ser rusa, y puntada a puntada el hilo va conformando el bordado hasta que lo ves completo. Y mientras tanto, estás tan distraída con las cosas tal y como suceden. Como en sus otras novelas, pero no en todas. ¿La mejor? No me lo está pareciendo. Su Historia de dos ciudades sigue para mí en el top, y la Pequeña Dorrit como una de las 1.000 páginas mejor aprovechadas que yo haya leído. ¿La mejor? Para Chesterton sí, pero yo no soy Chesterton.

Me sigue pareciendo que su mejor reconocible es su presentación de escenarios. Su forma de evocar describiendo y de describir evocando. Y hay otro reconocible, pero esto en toda la literatura del XIX, que es la presencia de las pánfilas, esos personajes a los que les darías dos hostias y te quedarías la mar de a gusto. O, y esto también es muy dickensiano, los personajes pequeñitos, miserables, infectos de envidia, de egoísmo, de indigencia moral, de maldad en definitiva. Y la grandeza de alma, siempre encontraremos a personajes así en Dickens. O sea, como en una oficina, pero en un Londres decimonónico y maloliente. Y hay un fondo de denuncia social nada comunista y muy saludable, precisamente porque no es nada comunista.

Yo terminaré La casa lúgubre y entonces les contaré el argumento. Mientras tanto, escribo este post y sólo hablo del libro. Y es que, por ahora y estando a la mitad, no sé bien dónde están los spoilers.

Probablemente tienen otras opiniones sobre el libro en La mesa cero del Blasco y espero que en el Blog del club, aunque es una probabilidad que voy a cifrar, por poner un número, en el 50%. No hay un próximo, hasta que alguien lo proponga. Veremos si pasa, pero si no pasa, pues no pasará nada.