La mala pata de Curra

No lo había contado. Pero tal vez vaya siendo hora.

Cuando Curra tenía un año y medio, un taxi la atropelló. Sí, un suceso muy desagradable. Se escapó corriendo detrás de otro perrillo, se despistó, optó por volver sola a mi casa y encontró el semáforo por donde solíamos cruzar desde el parque. Hasta ahí bien. Probablemente vio el peatón parado, rojo, del semáforo, y posiblemente pensó que ésa no era ella, sino yo. Pero yo no estaba. Y entonces fue cuando sucedió el taxi. Un solitario taxi en una desierta tarde de domingo de septiembre.

Las buenas personas que la recogieron y que me avisaron – Curra lleva mi número en el collar – me dijeron que el conductor sólo estaba preocupado por su taxi, del que no supe ni quise saber ya nunca nada después. El buen hombre de acento sudamericano que me ayudaría luego a cargarla en mi coche para ir a las urgencias veterinarias estaba indignado y me decía que hubiera querido pegar al taxista, por “su falta de compasión”. La mujer que me había localizado volvió a llamarme unos días más tarde para interesarse por el estado de la perra. Y hay dos señoras del barrio que todavía me paran por la calle para acariciarla. Las buenas personas.

Aplacé un viaje que tenía ese domingo y todo el mundo lo entendió en mi oficina en París. Llevé a la perra a la Clínica Alberto Alcocer, de Madrid, en donde literalmente le salvaron la vida. La perra estaba en shock, tenía las dos patas traseras destrozadas y había perdido mucha sangre. Allí la tuvieron ingresada tres días, y después traspasaron con total detalle, honradez y profesionalidad el historial y el perro a la clínica donde siempre hemos llevado a Curra y a sus antecesores, el Centro Veterinario Kennel. Maite, la veterinaria, nos dijo: será muy largo y nada fácil, pero vamos a salvarle las patas a esta perra, volverá a caminar y a correr, vale la pena. Después de 7 meses de desvelos y de muchísima paciencia, a Curra le quitaron los últimos clavos y vendajes. Curra no cojea, aunque tiene un caminar de lo más saleroso. Sus patas traseras, especialmente una, son muy delicadas, pero Curra lleva una vida completamente normal. Y en lo que Maite más razón tuvo fue en lo último que dijo: valió la pena.

Muchos perros no quieren ir al veterinario y hay que llevarles a rastras. Curra va feliz, os lo aseguro. Es doblar la esquina y empieza a tirar de la correa… ¡para llegar! No exagero si digo que lo que cuesta es sacarla de la clínica. En cuanto al recibimiento que tiene, siempre es de lo más cariñoso, como hacen con todos los animales. Pero quiero pensar que, para ellos, verla es como vivir de nuevo un gran triunfo después de un gran esfuerzo. 

Hace ahora 4 años de aquel accidente. Y hace ahora un mes que estamos otra vez a vueltas con su pata más débil, por una herida de lo más tonta que se nos ha complicado. Que se nos ha complicado mucho. Pero no vamos a consentir que Curra cambie sus andares salerosos. Y Maite, con seguridad, tampoco.

Cóctel de luz y neutrinos

La noticia del descubrimiento de que hay unas partículas subatómicas, los neutrinos, que por lo visto (o no visto), viajan a una velocidad mayor que la de la luz,  me ha dejado conmocionada.

¿Por qué se rie?

¿Vd. sabe realmente lo que significa ese descubrimiento? ¿Vd. sabe exactamente las consecuencias de verificar que una partícula con masa puede alcanzar una velocidad mayor que la de la luz? 

Bueno, si le digo la verdad, yo realmente tampoco, pero ¿ En serio no le parece inquietante? Verá. Si un objeto está a 15 años luz de distancia y emite un rayo de luz, cuando vd empiece a verlo habrán pasado 15 años. Y vd. ve el objeto tal y como era hace 15 años. Es decir, que vd. está viendo el pasado hoy. Pero ahora resulta que hay algo que viaja más rápido que la luz, o sea que puede llegar aquí antes de que a vd le dé tiempo a verlo antes de salir. Así, inesperadamente, figúrese.

De momento, sólo son unos nanosegundos, pero póngalo en dimensiones astronómicas. Y ahora, imagínese una nube de neutrinos que se plantan delante de vd. y que le hacen percibir la imagen de Vd. besándose con su jefe/a.

¿No le parece inquietante? Ya, ya. Pues espere a que llegue la luz…

PS: Ya dejé dicho que este era un blog de ocurrencias. Les aseguro que me tomo este asunto con muchísima seriedad.

Dress to impress

En la web trendencias, que tengo permanentemente  en la caché de la i-pad debido a que mis queridas sobrinas hacen una consulta casi cada día (prefiero no pensar que ese es el motivo por el que van con  botas en agosto, y con sandalias en enero) me encuentro con la portada de Vogue Japón y este comentario:

A pesar del estrés que suponen todos los titulares (ya hemos comentado y coincidido que la falta de ellos sólo hace que magnificar la revista) me gusta cómo han jugado con los colores: amarillo y lila , las mismas tonalidades que el outfit seleccionado.”

En fin, yo quiero suponer que si los titulares estresan es porque hay muchos, no porque estén en japonés. Es lo que yo quiero suponer. Y por otro lado me extraña que sólo alcancen a  comentar de ellos que coincidan con los colores del outfit. Podrían darnos noticia de lo que significan ¿no? Quién sabe, lo mismo dicen “Ni se le pase por la mente ponerse esto, porque Vd. es una japonesilla bajita, morena y regordeta y puede quedarle de angustia“. O tal vez “Para que caigan rendidos a sus pies, no basta con la postura. Debe dejarse un compuesto de  algas marinas en el sobaquillo durante una semana“. O quizá: “Si de veras quiere impress, vuelva a nacer. Será más rápido“. Todo muy advise to success.

Esto último no creo que lo hayan titulado, francamente. Porque si tu quieres de verdad dress to impress basta con  acercarse a la portada del Harper’s Bazaar. Yo me imagino a mí misma llegando un lunes a la oficina con ese porte. Menudo outfit. Y menuda pinta. Aunque pienso que tendrían difícil reconocerme. Por la coiffure plongeant, más que nada.


Abraracúrcix querido

El jefe de la aldea gala de los cuentos de Asterix, Abraracourcix, temía que el cielo fuera a caer sobre su cabeza. Y luego se tranquilizaba con un “bueno, pero eso no va a pasar mañana“. Era su manera de tranquilizarse. O de serenarse en la melancolía de un futuro inmediato e irremediable. 

Pues yo hoy le digo a vd. que mañana, mañana mismo, un satélite de la NASA – o lo que quede de él, que quedará poco – caerá sobre nuestras cabezas. ¿Nuestras? Bueno, tranquilícese, que la probabilidad de que la cabecita sea la suya (o la mía) será de 1 entre 3.200. No se preocupe ahora, amigo. Preocúpese mañana, porque dos horas antes del impacto esas probabilidades pueden rebajarse hasta cero o multiplicarse exponencialmente: ese cacharro habrá dejado de dar tumbos y estará precipitándose a la Tierra. Ya nos dejaremos de preocupar cuando conozcamos al descalabrado, que aparecerá probablemente en la tele luciendo el chichón y contándolo – si es que del susto no se ha mordido la lengua, el pobre.

O sea, disfrazado de probabilidad solo hay una certeza: no tienen ni puñetera idea de donde va a caer del cielo, mañana, un chisme del tamaño de un autobús. Más o menos como Abraracourcix, pero en difuso. Y con mucha menos gracia.

Ese punto de vista

De vuelta de un seminario en donde te enseñan, entre otras cosas, a “viajar al punto de vista del otro”, cansada y sobre todo harta del atasco de entrada a Madrid. Ya había descartado viajar al punto de vista del Racing (empate del Madrid en el Sardinero)…

Y entonces me encuentro, oh casualidad, con esta “ayudita” en mi correo. Por suerte, una tiene amigos creativos.

 

Laisse pisser le mérinos

Esta es una expresión que he aprendido hoy. No la conocía. Las circunstancias por las cuales este dicho francés ha llegado a mis bienaventurados oidos no se las voy a contar porque para eso necesitaría yo mucho tiempo y vds mucha paciencia. Pero les aseguro que no trabajo en una granja. Ni siquiera en una selva…

– Yo no sé ya qué nos queda por entregar. Les hemos dado todo tipo de información sobre el asunto.

– Ya, ya… Mira, yo he preguntado a Pepito, que tiene experiencia con ese departamento y me ha dicho textualmente “laisse pisser le mérinos”.

– ¿Cómo has dicho?

Laisse pisser le mérinos

–  ¿Laisse qué?

Pisser le merinos

– ¿ Pisser?

– Sí, pisser, pisser.

– No sé si te entiendo bien ¿Que deje que haga pis quién?

– Le “mérinos”… creo que es un tipo de oveja.

– ¿La oveja merina será?

– Sí, no sé, será la oveja merina. Laisse pisser le mérinos me ha dicho.

– ¿Que deje a la oveja merina que haga pis?

– Sí, sí, que haga pis la merina, que haga pis la merina.

– Bueno, pues nada, que haga pis la merina, no seré yo quien se lo impida…

Así que he dedicado 10 minutos de mi tarde del lunes a aprender que una oveja no puede hacer pis mientras camina, y por eso los pastores deben parar de vez en cuando para que las pobres se alivien y puedan seguir caminando. También he aprendido que a las vacas les pasa algo parecido.

Y del resto de animales no he querido saber nada, la clase de primero de ganadería me ha parecido más que suficiente por hoy. Cuando llegue a tercero de toro de lidia, les prometo volver sobre el asunto.

El glamour de la Gunilla

Tengo un amigo que cuando pide vino Lagunilla, añade sonriendo “von Bismarck”. Y otro que habla de contratar un catering Zeta Jones. Ocurrencias que tienen y que me sirven de introducción, aunque no tengan ninguna relación con lo que les voy a contar.

Y es que, como cualquier domingo tonto, me he puesto a hojear una revista del cuore. Y me he topado con el siguiente titular:

GUNILLA GRÄFIN VON BISMARCK-SCHÖNHAUSEN:

“NO TODO EN MI VIDA ES `GLAMOUR´, PERO NO LO VOY A CONTAR”

M

Me he dicho: “¡Anda, La Gunilla!”.

Y sin embargo alguno, no he seguido leyendo por si acaso fuera la periodista a insistir y la Gunilla a arrepentirse. Y que tuviera yo entonces que apechugar con un relato detallado de sus salidas al Mercadona, sus visitas al podólogo, sus trajines con el hilo dental o sus probablemente decepcionantes amaneceres, plenos de bostezos, estiramientos y picores. Por no hablar de detalles escatológicos presentes en la vida de cualquier ser vivo que forman parte de un universo tan natural como corriente. Porque, señores, una cosa es un domingo tonto y otra un domingo aburrido, esto lo podrán vds. comprender.

Sin embargo sí les diré que a la Gunilla le pasa como a la Curra: no todo en su vida es `glamour´, pero no lo voy a contar.

Tirando a dar… o no

– ¿En la industria de armamento dices? Mal rollo ¿no?

–  Bueno, no, porque yo trabajaba en una empresa que fabrica armamento inteligente. ¿Tú sabes qué es el armamento inteligente?

–  Sí, claro. Te refieres a un pepino que se lanza desde una cueva remota y que no acaba de dar en el blanco por culpa de las acrobacias que hace James Bond entre las nubes con un avioncito robado previamente en un desierto a unos tipos muy sucios que gritan en chino, ruso o árabe…

–  Eso es. Pero ten en cuenta que también hay que fabricar cosas que eviten el daño que puede producir el pepino al avión de los buenos.

–   ¿Como un contra-pepino, quieres decir?

–   Exacto. Lo mejor es lanzar un contra-pepino a tiempo para evitar el pepino de los malos.

–   Pues no sé… Tú imagínate que el malo tira un re-contra-pepino que ataca al contra-pepino y lo deja sin efecto.

–   Pues en ese caso, se fabrica un anti-re-contra-pepino para asegurarnos de que James Bond se salva y ya está.

–  Pero, espera… El anti-re-contra-pepino no se puede poner en el avioncito en el que va James Bond…

–  ¿Y por qué?

–   ¡Pues porque se lo ha robado a los malos!

–    Ahí va, es verdad… Mal rollo ¿no?

(Para MS, que me deja inventar)


Mal de escuela

Entre tanto lío de cifras, reivindicaciones, brochazos y mamarrachadas, yo empiezo a aburrirme. Por si acaso Vds también están aburridos de esta barahúnda, les recomiendo leer un libro delicioso, “Mal de escuela”, de Daniel Pennac.

Daniel Pennac fue un mal estudiante de pequeño. Un burro. Un zoquete. Ahora es maestro. Después de mucho esfuerzo. Después de encontrar el interés por aprender. Después de que un profesor de verdad – no consigna cuántas horas lectivas trabajaba – le ayudara. Ahora enseña a niños y a adolescentes. A los que son brillantes y a los que son unos zoquetes, como lo fue él.  A los que van para primer violín y a los que tocan el birimbao, que de todo pide la armonía. Consciente de que hay que nutrir de buenos músicos tanto la Filarmónica de Viena como el Orfeón Municipal del pueblo. Porque sin saber tocar el instrumento y sin conocimientos de música, ninguna orquesta (nuestra sociedad) tocará bien.

Es un libro de pocas páginas, unas 250 en edición de bolsillo. Pero tiene tamaño suficiente para dar con él en la cabeza – y que duela – a todos los bocazas que están de cháchara sobre este asunto de la educación últimamente. Los que nos hacen perder el tiempo discutiendo sus tontadas a grito pelado y que se pierden en la defensa de sus intereses, y al final se confunden de enemigo.

A todos. Por zoquetes.