Un efecto óptico

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Creo que ya les he contado alguna vez que trabajo en la planta 11 de un edificio de oficinas en el sur de Madrid. Desde mi mesa, veo cada día la sierra de Guadarrama, siempre que no esté nublado, en cuyo caso sólo veo una cortina de nubes. Pero yo sé que la montaña está ahí, paciente, aunque tenga un gorro de nubes encima. En verano, según le dé la luz del sol, sus tonos varían entre los marrones de la mañana y los azulados de la tarde y, en invierno, me mira blanca y espléndida. Es un blanco brillante, un blanco blanquísimo. Un blanco también algo deprimente, porque lo miras y sólo quieres estar allí, y no detrás de tantos cristales.

Esta mañana, al llegar, la he visto con su blancura grandilocuente, después de todas estas borrascas también grandilocuentes que han asolado la meseta. Me he puesto a trabajar, me he levantado a algo y, al volver a la mesa… ya no había nieve. Ni una gota. La montaña seguía ahí, pero era azul.

Me ha dado un vuelco al corazón. Me parecía inexplicable. Me he acercado a la ventana, casi he pegado la nariz, pero en la montaña ya no quedaba nieve, había desaparecido. He sentido miedo.

– Dios mío, ¿cómo es posible?… ¿Y la nieve?… ¡Dios mío, mi cabeza! Estamos en junio y no me he enterado. ¿Será locura? ¿Será demencia? ¿Y si no es mi cabeza y son extraterrestres…? ¡DIOS MÍO, LOS EXTRATERRESTRES SE HAN LLEVADO LA NIEVE!

Una nube plana y alargada, como un platillo volante, estaba encima de la montaña. La nube parecía estar más cercana, pero no, debía de estar justo encima de la montaña. La nube proyectaba la sombra sobre la nieve, y ésta aparecía azul. Esto es lo que yo me imagino que pasaba y, cuando lo he descubierto, después de mucho pensar (sin gritar, pero muy intranquila), y de esforzar la vista (mucho), he llamado a una compañera.

– Mira la montaña. ¿No notas nada?
– Anda, ¿y la nieve?
– Es por culpa de la nube aquella.
– Alucino.
– Y yo. Creo que voy a hacer una foto.
– ¿Para qué, si esta vista es la misma que tienes en verano?
– También es verdad.

Y no he hecho foto. Pero debería, porque hoy lo he contado a varias personas y al menos tres de ellas me han preguntado por la foto…

 

 

Libros febrero y casi marzo

No, en febrero no hubo post de libros, ya les dije que no apostaran. Pero casi todo en la vida tiene remedio, así es que aquí estoy, con el recopilatorio. Me digo que tal vez sería mejor hacer un post por cada cuatro libros y así no quedaría tan largo, pero mientras me lo pienso, pondré el contador a cero.

Empecé febrero con La rubia de ojos negros, de Benjamin Black, que me encantó. Benjamin Black es John Banville, pero en divertido y ligero. No diré en interesante, porque Banville siempre lo es. La novela negra o policiaca no es el santo de mi devoción, siempre lo digo, aunque estoy empezando a pensar que es una pose. Y más allá de esto, amigos, lo que importa no es el género de la novela, sino la pericia del escritor. En esta novela, Black retoma a Chandler, o lo imita, o le rinde homenaje, y escribe una novela con Philipe Marlowe de protagonista, mujeres fatales, gánsteres de todo pelaje y una trama suficientemente enrevesada como para que el final no sea precisamente lo mejor del libro. Aparecen personajes de El largo adiós y alguno de El sueño eterno, todos fuman y beben whisky y gimlet, y el lector vuelve a instalarse en los bajos fondos y los barrios lujosos de Los Angeles como si se lo estuviera contanto el propio Chandler, con su ironía, sus frases lapidarias y sus diálogos frescos y llenos de naturalidad. Banville dice que ha matizado a Marlowe, y es posible. Hoy en día los tipos duros así no son creíbles, o sí, pero entonces les faltaría ese punto de amargura, de ensoñación y de integridad que hacen de Marlowe un detective del que te tienes que enamorar. Yo recomiendo y mucho esta novela, porque recomiendo y mucho a Chandler, a Banville y a Black.

Leí también Maus, de Art Spiegelman, un comic que me interesaba leer y que había olvidado hasta que me lo recordaron hace un par de meses en La Cultureta y encargué a mi librera una bonita edición. Para mí el cómic es Asterix y Tintin, con que calculen de dónde vengo. No soy nada aficionada a ellos, y ya no digamos que sea capaz de distinguir si los dibujos son más o menos artísticos. Sé que no es así, sé que los comics tienen una vertiente de culto que no comparto, quizá porque en mi mentalidad el cómic son historietas para reírse un rato, y no los considero exactamente como literatura (tampoco creo que el rap sea música, por ejemplo, o que un patinete sea un medio de transporte). Para mí el comic es un librito fino, tamaño A4, que te lo lees en un sillón tomando una rebanada de pan con mantequilla.

Pero es verdad que Maus no tiene nada que ver. En este libro se cuenta la historia del padre del autor en los campos de exterminio y la persecución de los judíos polacos. Se trata de un tema de sobra conocido, pero no por eso deja de poner los pelos de punta. En el drama, los judíos son ratones, los alemanes gatos y los polacos cerdos, la gráfica es blanco y negro y todo en este libro es oscuro, aunque me parezca a mí que el tono es amable –dentro de un orden, porque decir Holocausto y amabilidad es un oximoron. Art Spiegelman va y viene del pasado a través de lo que su padre, un hombre mayor y maniático, le va contando. Es la historia triste de tantos judíos, de tantas familias, contada por el propio dibujante, que aparece en el libro como un personaje más. Muy recomendable.

Leí Las praderas del cielo, de John Steinbeck, pero ya les hablaré de este libro en mayo, y  también leí El coronel Chabert, de Balzac en un viaje a Lisboa, un libro muy citado y una historia muy conocida: un hombre es dado por muerto en el campo de batalla y al cabo de los años reaparece para reclamar su vida anterior. Le hubiera dado lo mismo morir porque, cuando se reencuentra con lo que era su vida anterior, comprende que la ha perdido, y que si la quiere recuperar, entonces tendrá que traicionar todo aquello que fue, con lo que no recuperará su vida tampoco. Tiene una prosa un poco apolillada y una cierta profusión de personajes insoportables y escenas un poco soporíferas al principio, pero si se superan las diez primeras páginas, uno entra en la historia y no la puede ya dejar, entre el desasosiego y la indignación. Un libro muy recomendable.

Justo después de las 1000 páginas de La pequeña Dorrit, de Dickens, del que les hablé aquí, leí Kazán, perro lobo, de James Curwood, que es un libro catalogado como literatura juvenil y no estoy yo muy segura de que sea tal, aunque me parecería estupendo que los adolescentes leyeran estas cosas. Un libro perdido que encontró mi tia en una edición de 2007 por casualidad y que yo me leí en memoria de mi padre, después de que me tía me tuviera que jurar varias veces que el perro protagonista no moría. Se trata de las aventuras de un perro de trineo, medio lobo medio huskie, maltratado por los hombres y abocado a llevar una vida salvaje en los bosques del norte, cosa que tampoco le cuesta mucho porque como digo es medio lobo. Las pasa canutas, el perro, pero su peripecia nos habla de nobleza, de entrega, de lealtad y sacrificio, aunque se trate de animales, y el libro también nos enseña a respetar la Naturaleza, sin ecologismos pazguatos.

No había leído yo nada de Lorenzo Silva y me compré Tantos lobos, que son cuatro historias cortas con los guardias civiles Bevilacqua y Chamorro de protagonistas. Cuatro historias tristes, con mal principio y peor final, como son todas aquellas que comienzan con un asesinato y acaban con la maldad destripada y expuesta entre las páginas. Historias magníficamente contadas, que da gusto leer y que me llevan a un reproche: ¿por qué no había leído yo a este hombre? No será lo último que leeré de él, esto es seguro. ¿Ven como el género es lo de menos?

Y ya que estoy hablando de novelas de intriga, mencionaré un libro también leído en este mes y que se llama La casa del arroyo, escrito por una conocida mía del trabajo, Conchi Aragón, que tiene escritos otros tres libros más. Me dije que debía leer alguno, por aquello de poder opinar, y eso hice. En cuanto a la opinión, la dejo para otro momento, que esto se va haciendo largo.

En un fin de semana leí también Sin destino, de Imre Kertèsz. Tenía una tertulia sobre este libro y lo cogí con el ánimo de hacer una relectura rápida, porque (si las fechas con las que marco los libros no mienten), lo había leído en 2011. Pero no releí, sino que lo leí de nuevo, entero, sin saltarme una coma, disfrutando de un libro que cuenta el horror de la persecución y genocidio judío con belleza, con calma y con reflexión, y del que se obtiene que al final, la vida no es un accidente, la vida se construye paso a paso, y que uno no se encuentra de pronto con las circunstancias, sino que esas circunstancias vienen con orden, se forman a partir de decisiones secuenciales, sin casualidad posible, sin que haya ningún error que lamentar.

Creo que me paro aquí. Dejaré para mediados de abril lo que haya dado de sí lo que me traigo entre manos y lo que será en Semana Santa. O no.

La maldad

Si una vez nos saltamos las reglas con éxito, ya no vemos muy dañino volver a saltárnoslas, aunque no parezca imprescindible. Simplemente es el camino más eficaz y más corto, del que no hay que dar explicaciones ni rendir cuentas a nadie. Es lo que se suele decir de los asesinos: una vez que han dado el primer paso, una vez que han inyectado el veneno o asestado el primer tajo y descubren que se sigue viviendo con ese peso en la conciencia o que cada día éste es más llevadero; que de hecho no es tan difícil hacerlo y que uno logra medio olvidarse de la vida quitada porque en efecto se está mejor sin ese estorbo, ese obstáculo o esa amenaza, o sencillamente sin esa presencia; que se respira mejor sin esa otra vida en el mundo y se comprueba que eso ayuda a conducir más ligeramente la propia; una vez que todo eso ha pasado, que se ha cruzado la raya y se han experimentado las consecuencias que resultan no ser tan gravosas, entonces el asesino tiene menos inconveniente en reincidir y en cometer un segundo y un tercero y hasta un cuarto asesinato. Es casi un lugar común pensar eso, pero tendrá bastante de verdad, como todos ellos.

Javier Marías, Berta Isla.

La maldad existe. No es un concepto abstracto o teórico, sino que las consecuencias que derivan de la maldad son materiales, son muy concretas. Y la maldad está en la cabeza del malvado, no en el sexo del asesino, no en sus circunstancias, no en su educación o en su origen o nacionalidad. La maldad está en las cabezas y en el cálculo que hacen esas cabezas, otras veces en sus instintos y las más en su locura. Dos personas con el mismo recorrido vital y las mismas oportunidades de cometer una atrocidad y sólo una matará a un niño de ocho años.

La maldad se puede investigar para esclarecerla, la maldad se puede describir y se puede estudiar, se puede imaginar, se puede contabilizar, narrar y lamentar. A veces se puede esquivar si se presiente. En realidad, la maldad no se puede evitar del todo hasta que se muestra. Pero una vez que se muestra, nuestra obligación como sociedad es combatirla y tratar de impedir que se vuelva a producir.

Yo estoy en contra de la prisión perpetua revisable, pero sólo porque es revisable. Ya lo expliqué en este post [CLICK], así que no les entretengo más.

Descanse en paz ese pobre niño.

 

Una hemorragia de satisfacción

“Es una hemorragia de satisfacción”, me dijo con una sonrisa de oreja a oreja.

Estas expresiones tan peculiares me dejan parada. Podrían dejarme pensativa, pero entonces me daría por pensar. Y yo, cuando me quedo parada, me paro hasta de pensar.

Pero luego me rehago, no se preocupen.

En la función informativa de los grupos sintácticos está el tema, que es lo conocido y que normalmente va al principio, y el rema, que es la novedad o aquello de lo que se informa, y que suele ir al final de la oración. Así es que aquí se nos informa de la satisfacción, no de la hemorragia, porque en este segundo caso, en vez de “es una hemorragia de satisfacción”, tendría que haberme dicho “es una satisfacción de hemorragia”, y entonces yo me hubiera encontrado bañada en sangre delante de un médico perturbado o de un drácula aficionado, y no tomándome un café con un optimista radical y de semántica pintoresca.

Supongo que el inconsciente, que es un subconsciente sin traumas, habrá querido escoger, de entre todos los sufijos, el de rragia, que indica romper y brotar para expresar lo que Marisol hubiera resumido cantando lo del corazón contento. Pero la raíz le ha llevado a una expresión de lo más gore que para colmo tiene un mal combatir. Porque, a ver, ¿cómo parar una hemorragia de satisfacción si no es con un torniquete de desencanto?

 

La pequeña Dorrit, de Charles Dickens

La pequeña DorritPrimero de marzo, fecha marcada para hablar del libro del Club que este año, por segunda vez en su accidentada vida, se va a limitar a cinco libros para cubrir la temporada. Para 2018 no hemos puesto normas, yo creo que se nos olvidó. Se podría pensar que nos valían las del año pasado, pero no, claramente no.

Arrancamos con Dickens, héroe literario de algunos miembros del club y autor muertísimo, pero que no morirá nunca gracias a su maravillosa obra. El segundo requisito, que no hemos cumplido mucho, era que el libro no fuera muy largo. Bah, habrá pensado ND al elegir el libro, si quieres Dickens, te pones a leer o no te pones. Y aquí estamos: casi 1.000 páginas que el autor dio a leer a sus lectores en cómodas entregas durante un año y medio. Y en esto reside, me parece, que el interés de la trama no decaiga. Mal comparado, leerte este tocho en diez días es como ver cinco temporadas de una serie en dos tardes. Mal comparado. Y pensar que el año pasado no me dejaron poner Germinal como libro de lectura porque era largo… (abro paréntesis para recomendarles que, si no lo han hecho todavía, corran a leer Germinal de manera inmediata: es maravilloso).

La novela se estructura en dos libros (Pobreza y Riqueza) y si no vas avisado –como era mi caso–, cuando llegas al final del primero te preguntas ¿pero cómo va a seguir, cómo va a rellenar otras 500 páginas, si esto se ha acabado? Pues, amigos, las rellena y además con coherencia, con interés y sin que deje de ser la misma historia. Claro que podría haber rellenado otras 5.000 páginas más, porque, como en las series, va abriendo tramas, pero sin perder el hilo, de tal forma que cuando acaba no queda ni medio cabo suelto. Y además, ¡es Dickens!, un genio. Un genio que escribía, por cierto, sin procesador de textos, ni siquiera máquina de escribir. No soy capaz de imaginar lo que a este hombre le hubiera cundido una Olivetti.

En fin, la historia la pueden encontrar en cualquier resumen y será mejor de lo que yo pueda escribir de forma apresurada. Y de todos modos, me interesa hablar de otras cosas. Me interesa destacar lo que Dickens le da a la literatura, lo que es tan difícil de encontrar cuando no estás delante de un clásico de esta envergadura: esas ambientaciones perfectas que consigue con solo dos párrafos, que no son una descripción exhaustiva e inane de una calle, una cárcel, un salón, un puerto, sino que te mete en el tiempo, el lugar, la temperatura, y hasta el olor del escenario; esos destellos de humor maravilloso que provocan la carcajada o de ironías deliciosas traídas con tanta elegancia; esos personajes bondadosos o malvados, temerosos o audaces, envidiosos o nobles, orgullosos o serviles, poderosos o débiles; también esos otros personajes muy caricaturescos, que le dan sal al relato, o al menos evitan el exceso de azucar; esos diálogos limpios de gestualidad absurda de la que tanto abusan los malos autores; ese estilo, esa sencillez tan completa y tan difícil que deja beberse el texto.

Y esa mirada. Porque el libro es un folletín, pero ahí tenemos el negociado de los circunloquios, que es un vuelva usted mañana planificado, el paradigma de la incompetencia de gobiernos ineficaces y vampíricos; ahí tenemos la alta y la baja sociedad, micromundos simétricos y encorsetados de los que no se puede salir aunque se abran las puertas; ahí tenemos al Madoff del siglo XIX, rodeado de pichones avariciosos del siglo XIX; ahí tenemos al estafador disfrazado de benefactor y al recaudador que se rebela ante la injusticia que tan bien conoce; y ahí tenemos la sociedad inglesa de un tiempo que no creo que le gustara al autor, pero de la que sabía entresacar una historia en la que la integridad y el deber siempre se sobreponen a las calamidades que trae la vida, y en la que los buenos siempre avanzarán bajo el sol y la sombra.

La pequeña Dorrit es un libro magnífico, así es que léanlo si no lo han hecho aun, es una orden. Aunque, como siempre, pueden encontrar otras opiniones del libro leyendo a mis compañeros del club en  La mesa cero del Blasco, La originalidad perdida, en Lo Lo que lea la rubia y en la propia página del Club, donde está la opinión de Juanjo. El primero de mayo volvemos, esta vez con Steinbeck.