El pescuezo de Alonso

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El titular dice “Cuellos de toro en la F1” con el antetítulo: “La mayor velocidad de los coches en 2017 obliga a los pilotos a incrementar el perímetro muscular de sus pescuezos”

¿Pescuezo? Uf, no sé yo.

Pescuezo suena a taberna de barrios bajos con olor a vino agrio y a sudor de borrachos con navaja en la cintura. Pescuezo suena a cadalso rodeado de tricoteuses que abren sus bocas desdentadas para gritar “mátalo”. Pescuezo suena a pescadería, aunque yo creo que es por adherencia fonética, porque pescuezo es lo que se les corta a las gallinas. De pescuezo viene pescozón, que es lo que le da un padre a su hijo cuando llega tarde a casa o cuando dice una mala palabra con el pan en la mesa. Tú dices pescuezo y ves la rebanada que han cortado, o ves al reo en el garrote, o ves al pollo descabezado.

Pescuezo y Fórmula 1 no casan. Vamos, no llegan ni a novios. Pero supongan el apuro del redactor al encabezar el artículo. Ya ha decidido el título. ¿Qué hacer con el antetítulo para no repetir? Terrible problema. Le imagino consultando el diccionario de sinónimos en línea, y también imagino su desolación al encontrar, además de pescuezo, garganta, gollete y cogote. Y sí, son sinónimos, pero no, no me valen, se dirá, y entonces elige la más coloquial, la más brutal, la que describe más y ofende menos, la que pedirá seguir leyendo.

Y sigues leyendo. Y entonces te enteras de que Fernando Alonso tiene un cuello con cuarenta y cinco (45) centímetros de perímetro. ¿Y eso es mucho o es poco? Pues, a ver, el perolo que tengo yo en casa para el cocido le cabe –suponiendo que le pasara de la cabeza, que lo mismo es mucho suponer. Ahora, ya les digo yo que una camisa ajustada de confección no encuentra.

Vuelvo al redactor y me pregunto qué remedio podría encontrar para no repetir la dichosa palabra. Mal asunto. Quizá podría desvelar parte del artículo, diciendo “La mayor velocidad de los coches en 2017 obliga a los pilotos a incrementar la musculatura que sujeta la cabeza para no perderla en una curva”.

Uf, casi mejor pescuezo.

Grueso

Grueso es una palabra horrenda. Y también un poco ordinaria. O grosera, ya que estamos. Y además, no es una palabra muy amigable si tienes frenillo o vas con prisas, porque acabas diciendo o güeso o rueso. Es un horror de palabra.

Miren, referido a algo tiene un pase, pero decirlo de una persona es inaceptable. Cuando oigo decir de alguien que es grueso (o peor, que está grueso), siempre me acuerdo de la geometría, porque el grosor es la dimensión más pequeña que tiene una estructura de tres dimensiones. Y me acabo preguntando, una vez descartada la altura, a qué dimensión se referirán.

Pero es que, además, grueso es una palabra viejuna y, cuando se oye relativo a una persona, es como de tía abuela. Pero no de tía abuela como las mías, que eran unas señoras muy urbanas, con muchos collares, mucho abrigo de piel y mucha permanente, sino de tía abuela de pueblo. Y no de un pueblo de costa o de montaña, ni siquiera de pueblo del interior, sino de pueblo del interior profundo, o de costa lejana, o de montaña perdida, o sea, de un pueblo interiorísimo, lejanísimo o perdidísimo.

Vamos a ver ¿por qué no decir de alguien que está gordo, sin más? No es por corrección política, porque en ese caso se diría persona con sobrepeso. Y tampoco se dice grueso por cursilería, porque los cursis dicen gordito o regordete. Y tampoco lo dicen los idiotas: esos dicen musculoso, que no tiene nada que ver con la gordura, aunque sí ciertamente con el grosor. Pero los idiotas en realidad no saben lo que dicen, que para eso son idiotas.

Yo grueso lo utilizo poco. He consultado este blog y lo he usado para trazo (trazo grueso) y para papel (papel grueso). También lo he usado para referirme a un collar de Curra, y no sé yo en qué andaría pensando. Y ya, eso es todo en 1.023 entradas. Fuera de esto, así de memoria, creo que lo podría utilizar para referirme a una cuerda. Una cuerda gruesa para decir que, además de gorda, es áspera, fea y poco recomendable para un uso diferente al ahorcamiento.

Prueben a estar un año sin decir grueso. Ya verán como no pierden nada.

Me voy a ver el Barça-Atleti.

Schiaparelli en Marte

crater-schiaparelliPasado mañana llega a Marte la primera misión europea, lo que permite al ABC el campanudo titular de “Europa desembarca en Marte”. Ya era hora de ir para allá, hombre, porque al parecer ya ha habido más de 40 misiones a ese planeta, además de otros proyectos entre los que se cuenta el famoso programa holandés Mars One, que proponía una misión de ida sin vuelta del que les hablé a ustedes allá por 2013 (aquí).

La misión tiene dos objetivos: el primero es averiguar cuánto y por qué hay tanto metano en la atmósfera marciana y el segundo es comprobar, sin ningún género de dudas, si hay vida allí. Esto último me parece prudente y hasta higiénico, porque ya está en marcha la misión de 2020 que consiste en enviar un artefacto que recogerá muestras y se las traerá de vuelta a la Tierra. Y marcianos con piernas no se han avistado, pero nadie hoy puede garantizar que no haya algún bicho microscópico por ahí escondido que se cuele en la misión de 2020 y venga a colonizarnos inesperadamente. Que se traigan un alien sin querer, vaya. Y no sé si han visto la película de Ridley Scott: miren, yo sí, y no me apetece nada que nos hagamos un Teniente Ripley colectivo.

Como toda misión europea, cada país ha puesto algo de su parte. España, por lo que leo, ha aportado una estructura deformable que sirve para amortiguar el previsible castañazo que se va a pegar el módulo que va a aterrizar allí. No sé yo, no me parece que los españoles seamos muy buenos en esto de evitar castañazos, pero, en todo caso, creo que es una aportación muy útil. Eso sí, lucida no es, porque el éxito consiste en que no pase nada, y normalmente las flores se las lleva aquel que consigue que pase algo, aunque sea después de que no pase nada. No sé si me siguen. La cuestión es que la nave en cuyas posaderas se asienta la ingeniería española se llama Schiaparelli. Así que no pregunten quién ha puesto el módulo. O sí, pregúntenselo y, si lo averiguan, me lo dicen. De momento los italianos han puesto el nombre, lo que demuestra su enorme capacidad para avistar el reconocimiento. En este caso, el de la superficie marciana. Claro, que se podría esperar que los europeos hubieran elegido el nombre de algún francés, aunque sólo fuera por que dejaran de dar la lata -que seguro que la habrán dado- pero entiendo que no hay por qué preocuparse: la Grandeur se habrá reservado el nombre del artefacto que volverá de allí en 2020. En cuanto a los alemanes, seguramente no se han postulado para bautizar nada, si bien me malicio que el resto de la peña les reserva ese honor en caso de que aparezca el temido microbio marciano. Europa, o sea.

¿Y quién era Schiaparelli? Pues como yo no lo sabía (perdónenme esto y no haber leído a Bob Dylan), me he ido a la Wiki y he encontrado dos entradas que hacen referencia a dos personas: Giovanni y Elsa. El primero era un astrónomo y la segunda era una diseñadora de moda, sobrina del anterior.

Ecco!

PS: Schiaparelli da tambien nombre a un hemisferio en Marte y al cráter que ilustra esta entrada. De nada.

 

Pokemon oh

– Tú imagínate, mamá, que estás una tarde tranquilamente leyendo en la casa del Poblachón y de pronto te encuentras a un tío en la terraza cazando un Pokemon.

– ¿Un qué?

– Un Pokemon. Es un juego que consiste en atrapar muñecos que salen en el movil.

– Pues me levanto y le doy un bastonazo.

– ¿Al Pokemon? Hum. Aquí pone que hay que darle con una bola…

Esta apacible conversación fue a principios de verano. Un par de meses más tarde me ha podido la curiosidad. Me bajé la aplicación hace un par de semanas y me encontré a un alienígena calvo encima de la mesa del salón. Lo capturé con más pena que gloria mientras mis amigos del Club de Lectura me daban instrucciones por wasap. Al día siguiente me topé con un caballo amarillo con la cola en llamas trotando en mi cocina. Después de comprender que las llamas no tenían nada que ver con la vitrocerámica, lo arrinconé hasta el horno -incluso llegué a planear meterlo dentro-, pero escapó. Quité la cámara de las opciones, porque no hace más que provocar un estrés inútil, cerré el chisme y me fui de fin de semana.

El Poblachón es un buen sitio para aprender porque hay pocos Pokemon y porque siempre puedes ir con una amiga a cenar y, de camino, pedirle que pare el coche para cazar a alguno. Aunque si malo es oir sus críticas, peor es que, después de verte tirar doce bolas sin éxito, harta de ti salga del coche y te diga ¡TRAE!, te quite el movil de la mano y, a la primera tirada, cace ella al Pokemon. Y luego, mientras te devuelve el movil, tener que escuchar cómo, con expresión airada, te dice: «puto Pokemon de los huevos. Sube al coche ¡Y ya no paro más!». El juego es muy frustrante al principio, en efecto. Al principio mío al menos.

Tengo que decir que por el pinar hay pocos, por no decir que no hay ninguno, lo que es muy conveniente para mis paseos y para estar atenta a lo importante: los perros no deben acercarse a las vacas más de la cuenta. Para encontrarlos hay que irse al pueblo, que tiene más animación en especial cerca de las pastelerías y los sitios de vasos. En esto los Pokemon son muy similares a los lugareños, son muy de ir y venir por la calle principal y de pararse por aquí y por allá.

En este poco tiempo estoy en el nivel 9, he cazado 140 engendros horrorosos de 37 variedades diferentes, he incubado un huevo del que ha salido una cosa indescriptible y tengo otros dos al baño maría de los que no creo que salga algo medianamente agraciado. Además, usando unos caramelos, he convertido a un inofensivo pajarito en una especie de cuervo de colores que aletea como un pajarraco demente. Puedo asegurar que los trayectos en taxi son una mina, en especial si se pilla un buen atasco por el futbol, aunque sin duda la mejor forma de encontrar a estos pequeños cabrones para darles un buen pelotazo en la cabeza es ir con Curra a dar una vuelta. Yo no me confío, desde luego, y con Curra cerca siempre pienso que, a las malas, les puedo azuzar el perro.

Aunque puedo conseguir munición desde el salón de mi casa, he dado en seguir un mini recorrido por el barrio en el que cojo bolas siete veces mientras estoy atenta por si sale algún bicharraco por el camino para cargármelo. Y salen, vive Dios que salen. Se origina una especie de onda radiactiva en la pantalla y, pof, ahí tienes a un degenerado gris con dientes y sin piernas en plan matón de barrio. Entonces me paro, espero a que salte, zas, pelotazo y a otra cosa.

Aunque hago todo lo posible por acabar con ellos, mi barrio está lleno de estos monstruos. Nunca lo hubiera imaginado, ni siquiera cuando pienso en el aparcacoches del restaurante asturiano que hay al lado. Una se espera que esos seres esperpénticos circulen por barrios de mal vivir y peor estar pero no, parece ser que están en todas partes, incluida mi casa. También he descubierto una fuentecilla muy apañada enfrente de mi portal en la que puedo sentarme a esperar que surja alguna criatura acuática mientras Curra olisquea florecillas y busca servilletas usadas por los alrededores. De momento no ha habido suerte: sólo salen unas ratas rosas, unos monos despeinados que hacen flexiones y una cosa espeluznante con dos cabezas. He quitado los sonidos porque estoy segura de no entenderlos si es que se avienen a decir algo. Y porque no estoy dispuesta a tener que contestarles, que yo soy muy de no callarme.

Por lo visto hay gimnasios, pero yo descarto absolutamente ir -¿por quién me toman estos programadores?- porque yo no voy a gimnasios ni aunque estén al lado de casa. Así es si yo no voy, la manada de alienígenas que llevo almacenada en el movil tampoco va a ir, y mucho menos ahora que me he enterado que dejas allí a tu monstruo preferido y otros monstruos más brutos le pegan una paliza y luego te lo devuelven para que lo revivas con un spray. Qué crueldad: si ya de por sí son feos, con la cara llena de moratones deben resultar estremecedores.

pokemon-ohPor otra parte tengo grandes críticas al outfit que proponen los inventores del juego para vestir a tu personaje. Miren, es im-po-si-ble ir a cazar Pokemons un poco mona, esto es así. Tienes que ponerte una gorra como de camionero de Illinois y luego un mono- short sobre unos leggins que me parecen de lo más hortera. Qué decir del peinado, con una melenilla patibularia por la que asoma la oreja, como de pelo sucio. Aparte de que la chica es algo culona, la verdad sea dicha. Y encima me hacen ir con mitones, como si fuera yo un skater. No acabo de entender cómo es posible acumular tanto mal gusto. ¿No tienen bastante con la horripilez de los Pokemon?

En fin, si yo cazo pokemons, la pobre Curra anda cazando moscas en nuestros paseos por Madrid, porque ahora soy yo la que se para y no ella, que tiene en realidad mejores motivos. Me mira y si pudiera preguntaría por qué. O quizá, si pudiera menos, sacaría una pancarta para expresar su desconcierto: una cosa es salir y otra este ir y venir sin ton ni son. En cuanto a mi madre, quitando que los llama podemon, está encantada con que la acompañe al pueblo a comprar.

– ¿Eso que estás haciendo es coger un Podemon, hija?

– Sí, mamá. Pero ya empiezo a desmotivarme.

– ¿Te queda mucho para acabar la colección?

– Muchísimo. Mira, si veo que Curra no adelgaza, lo dejo. Espera, que le sacudo. Espera, espera… ¡ya está!

 

 

Síndrome postvacacional

El síndrome postvacacional es como El Almendro, que vuelve a casa cada año. En el caso de los turrones, vienen por Navidad y en el caso de los turrados se presentan a primeros de septiembre, justo cuando las vacaciones se han terminado para la mayoría. La mayoría somos usted y yo, y si me apura soy yo sola. Cuestión de calidad, porque ¿a quién le interesa la minoría cuando se te han acabado las vacaciones?

La desconsideración con el prójimo es lo menos que te puede pasar con el Síndrome postvacacional. La supuesta enfermedad va desde una languidez melancólica que te impide querer o no querer, he ahí el dilema, hasta una subida de gemelos al encender el ordenador, pasando por muchos insomnios y casi ningún desvelo, porque se te acabaron las vacaciones y ya nada te importa. Ah, la vuelta de vacaciones, qué dura es.

Lo que también vuelve, junto con el síndrome post vacacional, es el experto de la radio que lo explica, el programa de televisión que lo trata y el articulista que lo comenta. O sea, que una de las características del síndrome postvacacional es que, de no existir, estaría ya inventado.

En realidad y si se paran a pensarlo detenidamente, el síndrome postvacacional es un artificio, un macguffin social. Es poco menos que mucha pereza y poco más que algo de calor, y lo uno te lo quita tu jefe en un par de minutillos y lo otro te lo curas cogiendo el agua de la nevera. El colmo de la ñoñería es llamarlo “síndrome” y sanitarizarlo -perdón por el barbarismo. O sea, tomarse en serio la palabra síndrome y creer que los bostezos matinales revelan indudables síntomas de depresión. Pero vamos a ver ¿Conocen ustedes a alguien que se haya curado de una depresión el viernes siguiente al lunes en el que le fue diagnosticada?

Y les he hablado del colmo de la ñoñería, que es impostada, pero luego está el colmo del autoengaño, que es real y resulta conmovedor. Hablo de los que vuelven un jueves para evitar pasar el lunes y que de todos modos pasarán el lunes, aunque sea el siguiente, porque los lunes siempre vuelven y porque, en el fondo, preferirán pasarlos aunque sólo sea para comprobar que siguen vivos y que conservan todavía su trabajo. Eso sí, cada año tienes que soportar sus explicaciones sobre el imaginario muletazo al calendario, mientras el síndrome postvacacional se apodera de ti hasta el punto de pensar que de verdad lo sufres y que tenía razón el experto de la radio.

En fin, vivimos en una sociedad con tendencias suicidas y que sólo sabe mirar vasos medio vacíos. Casi nadie repara en que uno vuelve de vacaciones con buen color, con la mente despejada, con el cuerpo cansado pero lleno de nueva energía y atesorando vivencias que se convertirán en extraordinarios recuerdos con el pasar de los años. Ya, ya sé que me he pasado con lo de atesorar vivencias, pero es que a mí el síndrome postvacacional me impregna de inquietudes líricas. Qué le voy a hacer, si casi no hay puentes de aquí a Navidad.

Volví el lunes y mañana es viernes. Lo dicho: un macguffin.

Te quiero a pesar del Brexit

Leo hoy en el periódico lo siguiente:

Una niña de 6 años pide matrimonio al Príncipe Enrique de Inglaterra

«Me quiero casar contigo. Quiero ser princesa», son las palabras que la pequeña Lottie, de 6 años, dirigió al Príncipe Harry durante su visita a un centro educativo en Manchester (…). La simpática proposición de la niña no ha pasado desapercibida y ha sido reproducida en los medios británicos precisamente cuando el país estaba a punto de jugarse su futuro y el de la Unión Europea con el referendum sobre el Brexit. El hijo menor del Príncipe de Gales, que aun sigue siendo uno de los solteros más cotizados del Reino Unido, contestó a la niña: «Tú no querrás eso. Hay mucha diferencia de edad. Has leído demasiados libros»

¿Precisamente? ¿Por qué precisamente? ¿Qué tiene que ver el futuro de Lottie con el futuro del Reino Unido? ¿Significará que los medios ingleses deberían haber esperado al resultado del referendum para contar la historia de la niña Lottie? ¿O es que también querrán someter a referendum el matrimono del Prince Harry? No lo sé, pero ese precisamente me perturba.

¿Y qué me dicen de la respuesta de Harry? Es confusa, y mucho. ¿Cuál es la verdadera razón para descartar la proposición? ¿Que hay mucha diferencia de edad o que la niña lee demasiado? ¿Quid de los gustos de la pequeña Lottie? ¿Y de los gustos del Príncipe?

Por cierto ¿Lottie es diminutivo de Lottery?

Una esquela con emoticonos

Leo en el periódico que se ha publicado la primera esquela con un emoticono. Por lo visto la fallecida lo pidió así, e incluso eligió el emoticono que quería que figurara: se trata de la carita que saca la lengua y guiña un ojo, lo conocerán ustedes. Y lo usarán, sin duda, para contestar a cualquier jatorrada de sus amigos en el whasap.

La señora tenía 75 años y no quería ningún símbolo religioso, así es que descartó los emoticonos de la cruz y de la media luna, que supongo yo que existen. También, y en esto le alabo el gusto, no dejó al albur del estado de ánimo de su familia la elección. Imagínense  😥 por doquier, que la gente es muy sentida. A mínima, y a poco que estén consternados, echarían mano del 😦 , pero con seguridad les acabaría pareciendo poco. Claro que si murió de repente, nos encontraríamos con :o. También podría darse o_O, para cuando el vecino dice eso de ¡Pero si ayer la vi y estaba como una pera!, o sea :mrgreen:, y le contestan ya, pero es que fumaba 😳

La esquela se suele poner enseguida, casi con el fallecido de cuerpo presente, así es que todavía no habrían abierto el testamento. Cabe descartar entonces encontrarse con 😡 , pero no con :?, porque alguna preocupación habrá entre los herederos. Pero no creo que se atrevieran, y más bien hubieran dejado a los nietecitos dar ideas. Madre mía el festival: ❤ ❤ ❤ ❤ . Ya, ya, la nuera seguro que también habría aportado ideas, pero la flamenca bailando es uno de tantos emojis que wordpress evita amablemente que pueda insertar. También veo que había un cuñado. Humm, no soy experta en emoticonos, pero… ¿tal vez el de la hamburguesa? Ya saben, lo del muerto al hoyo y el vivo al bollo ¿lo pillan?

La mujer tenía humor, no hay duda, y además un humor optimista y nada macabro. Descartemos, pues, una lápida grabada con un emoji del pulgar hacia abajo acompañando al epitafio definitivo “Aquí os espero, majos”. Se ve que optó por quitar dramatismo a su propia muerte. Y lo ha logrado, desde luego.

En fin, por si no me creen, aquí les dejo la esquela. He quitado todas las referencias personales. Un respeto.

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¿Horario de Greenwich?

Huso horarioEstos días, con motivo del cambio de hora, se ha vuelto a hablar de los horarios españoles, algo sobre lo que se discute dos veces al año sin que cambie nada más allá de los biorritmos de cada uno. En esta ocasión, el debate lo ha animado el Sr. Rajoy con su propuesta para que España cambie al horario de Greenwich, algo con lo que yo estoy de acuerdo aunque sólo sea para ordenar un poco el mapa de los husos, que está hecho una pena y es de una incoherencia que asusta. Aunque luego Rajoy lo embarulló todo al argumentar que, con este simple cambio, los españoles conciliaríamos mejor, dormiríamos más y cambiaríamos con el decreto mágico nuestras costumbres. De propina, añadió el anuncio de una ley para terminar de trabajar a las 6 de la tarde, algo con lo que supongo se referirá sólo a los funcionarios. Pensará que, total, desde los tiempos de Larra te dicen siempre eso de vuelva usted mañana, así es que poco más se puede romper.

Yo creo que este asunto del cambio de hora vale para escribir un post y poco más. En un país en el que los pantanos son de derechas y las desaladoras de izquierdas, pensar que en el parlamento se van a poner de acuerdo en la hora a la que es mejor que salga el sol es como creer que hay unicornios en la Gran Vía. Ante una propuesta de estas características, según si la trajeran los unos o los otros, el PSOE diría que votarán en contra pero que están dispuestos a dialogar, Podemos exigiría un control estricto sobre el Sol a través del envío de naves espaciales ignífugas, los de Ciudadanos elaborarían un documento de 78 puntos y el PP llevaría el asunto al Tribunal Constitucional. Izquierda Unida, por su parte, perdería su penúltimo diputado en favor del Grupo Mixto. Lo más probable es que, después de dividir a los españoles sobre qué huso es de derechas y cuál de izquierdas, habilitaran tres o cuatro subvenciones para estudiar el impacto de la medida, y aquí paz y despues gloria hasta el año siguiente.

Y miren, casi mejor que no se pongan de acuerdo en el parlamento nacional. Porque España es también el país de los hechos diferenciales. ¿De verdad creen ustedes que ante un cambio de huso horario, los españoles saldríamos del trance teniendo todos la misma hora en todas las Comunidades Autónomas? ¡Pero si en Tobarra, que es un pueblo de Albacete con menos de 8.000 habitantes,  se han negado a cambiar la hora al mismo tiempo que en el resto de España simplemente para no restarle una hora a su tamborrada de Semana Santa! ¿De verdad creen ustedes que, teniendo la oportunidad de cambiar o no cambiar la hora, los catalanes aceptarían tener la misma hora que los gallegos, o los vascos la misma que Madrid? ¿Creen de verdad que los pueblos con intereses turísticos aceptarían el cambio igual que los pueblos agrícolas? ¿Creen en serio que el partido político de turno en el gobierno no negociaría este asunto con sus caciquillos locales? ¡Ja! Si sobrevivíeramos al diálogo nacional saldríamos al menos teniendo 3 husos diferentes, si no 4. Y más o menos la cosa quedaría así:

MAPA-ESPAÑA-HUSOS

Yo lo pienso y me veo cambiando la hora del reloj cada fin de semana que suba al poblachón. En cuanto a las costumbres, pues qué quieren que les diga. Comer a las 12 o cenar a las 7 de la tarde a mí no me sale y creo que, aunque me hicieran vivir en Islandia veinte años, lo máximo que lograrían es que me llamaran Carmen Julianidottir y que me acostumbrara a llevar dobles calcetines. Si alguien me pregunta, yo prefiero que cada cual coma a la hora que le pete y vaya y vuelva de trabajar a la que le dejen.

No se asusten que nada cambiará. Salvo que medie una buena tamborrada.

Blue monday

Ayer fue Blue Monday. Me lo recordó un amigo que me vio sonreir. Y digo que me lo recordó aunque realmente lo que hizo fue avisarme.

Te veo muy sonriente ¿no sabes que hoy es el blue monday? Deberías parecer deprimida.

Charlamos entonces de lo que pueden ustedes encontrar en la Wikipedia por si acaso no están avisados como yo. O no tienen amigos, que todo puede ser. Y es que en este mundo hay gente para todo, incluso para inventarse una fórmula que mida el grado de depresión de la peña. Claro que también hay peña de sobra para creérselo. Por haber, hay incluso blogueros que se animan y se sacan un post sobre el tema.

En fin, a lo que voy. Por lo visto hay dos fórmulas, pero yo les copio la que entiendo un poco mejor para poder comentarla. La fórmula es esta:

[W + D – d] Tº / MNa

que, traducido, viene a ser: Tiempo atmosférico + Deuda – Sueldo mensual multiplicado todo ello por el tiempo transcurrido desde la Navidad elevado al tiempo desde que hemos olvidado nuestros propósitos de año nuevo, y dividido el total entre el nivel de motivación multiplicado por la necesidad de hacer algo.

Toma del frasco, Carrasco.

Yo veo en esta fórmula varias dificultades y alguna que otra putada. Si vamos a las dificultades, la primera que se me ocurre son las unidades de medida, que para empezar no sé cuáles son en la mayoría de los casos y para terminar no veo cómo se pueden convertir para que haya equivalencia. ¿Qué número pongo en tiempo atmosférico para decir que hace un frío del carajo, llueve hace viento? ¿Y cómo hago para ponerlo en euros y poder multiplicarlo por lo que sale de restar el sueldo de las deudas? ¿Pongo lo que me ha costado el abrigo, las botas y el paraguas? ¿Quid de las bragas de cuello vuelto, tan caras como difíciles de encontrar (recordemos que el frío es del-carajo)? En fin, supongo que habrá tablas, o serán factores, en todo caso yo no lo he encontrado. Corrijo: no lo he buscado (si lo busco, no hay post).

En cuanto a las putadas, pues… francamente, hacernos reconocer los propósitos abandonados del año el tercer lunes del mes de enero es para deprimir a cualquiera. Si nos ponemos en este plan, el blue monday se convierte en grey tuesday cuando te subes a la báscula el martes y en black wednesday cuando faltas a tu clase de inglés del miércoles. Y valdría cualquier color estrafalario para definir ese día de marzo en el que caes en la cuenta de que, del coleccionable de miniaturas de coches antiguos que empezaste el 3 de enero, sólo has comprado el Renault Gordini.

En realidad tampoco hay que romperse la cabeza buscando colores para esos días porque como saben todos ustedes, la palabra blue no hace referencia al color, sino a su significado en inglés de triste. Se lo digo porque, en el curso de la conversación con este amigo, también tuvimos tiempo de comentar este punto mientras nos divertíamos inventando un pink thursday, un green friday, un yellow saturday y un purple sunday.

¿Purple sunday? ¿O era brown?

Parejas reprochables

Seguro que habéis coincidido con este tipo de parejas en alguna cena o en cualquier reunión social. Suelen aprovechar algún comentario de alguien en cualquier conversación sin importancia para reprocharse pequeños defectos personales, detalles domésticos que no le incumben a nadie o comportamientos de su vida en pareja que, fuera de ese ámbito, no tienen el menor interés.

Por ejemplo, alguien dice que ha terminado un libro y entonces uno de ellos salta con un huy, qué bien que tú lees, porque este no coge un libro ni aunque lo mates. O si alguien comenta que va a tirar unos zapatos entonces se descuelga con un mira, ya podías aprender, que tienes el armario lleno. Son unas parejas muy características, muy cargantes y, sobre todo, muy indiscretas.

Cuando es ella la que reprocha, él adopta el típico rol de marido calzonazos, baja la vista y aparenta cargar con una cruz muy pesada, aunque está encantado con el protagonismo. Y así nos enteramos de que duerme con calcetines y ronca con silbiditos, fiuu, fiuu, lleva mal lo de tirar los bastoncillos de las orejas a la basura y sólo se corta las uñas cuando ya no puede escribir en el móvil. Luego ya entramos en que el urólogo le aterra, y entonces nos reímos todos, ja, ja, el dedo por el culo y tal. Eso sí, es buenísimo con los niños y ayuda a recoger la mesa, aunque los domingos no puedes contar con él porque se va al campo y no aparece hasta las cuatro de la tarde.

El hace reproches de forma arrobada mientras la mira con mucho cariño para darnos el parte de sus minúsculas pendencias. Entonces sabemos que se acuesta con la cara llena de potingues – él dice potingues, para dejar constancia de su aversión a las cremas -, que cambia de perfume cada jueves, que es muy estricta con los niños y que no ha heredado el arte de hacer croquetas. A cambio, desde que dejó de fumar cogió algún kilito, pero está estupenda y nada nerviosa, ¿verdad, cariño?

En no pocas ocasiones, estos moscardones se desentienden de la conversación del resto del grupo para enzarzarse en una de sus estúpidas discusiones. En la refriega siempre encontramos algún ¿y tú, qué?, algún anda quién fue a hablar, y algún eso no me lo habías dicho nunca. También hay muchos no os creáis una sola palabra y varios mira que eres exagerado. O exagerada. La situación pasa de aburrimiento infinito a trance desagradable cuando empiezan a criticar a sus respectivas familias políticas…

Estas parejas, cuando sus hijos eran pequeños, daban el coñazo hablando todo el rato de sus niños. Que si tiene tal enfermedad, que si ha hecho esta monería, que si lo llevo a tal sitio, que si sus amiguitos son no sé cómo. O sea, que los venías venir, aunque por separado. Ahora sus hijos han crecido y hablar de ellos ya es imposible, porque apenas les ven el pelo. Y no me extraña, porque soportar a estos pesados más de una hora debe de constituir algo peor que una tortura japonesa…

El horror, el horror.