Un tren, un accidente, #unodinoi

Me acosté con una cifra estremecedora de 35 y me desperté con un espeluznante 77. Nadie en mi círculo personal debía estar en aquel tren. El estremecimiento surge de lo inesperado, de la idea de fatalidad, de lo que deja de ser evitable cuando es irremediable, del pudo ser pero no pudo ser y es. Y el número estrecha la cercanía, en una extraña proporcionalidad inversa, como si se pudiera apilar la emoción y como si la tristeza fuera un asunto contable, en el debe los muertos, en el haber la distancia.

Te quitas de la tele, porque no quieres asomarte a ningún espejo, porque ese que llora no eres tú. Esquivas la empatía, no quieres preguntar, ni leer. No eres tú, ni tus familiares, ni tus conocidos más próximos. Galicia está cerca, es aquí porque es España, pero no es aquí porque no es Madrid. Otra vez la proporcionalidad inversa, otra vez piensas que no te tocará la muerte, que sólo la verás de lejos, que podrás contener la pena en la generalidad de un número, sintiendo de lejos la de desconocidos que se abrazan, y se besan, y que lloran, ellos sí, a sus próximos. Hasta que te la encuentras, inesperadamente. Hasta que te sobrecoge lo que no te imaginabas. Y te quedas perpleja. Porque no contabas con que ahora tienes otro círculo, nuevo, incontrolado. Ahora cada día hablas con un montón de personas sin conocerlos personalmente. Se cruzan en tu vida, o tú en la suya, y sabes lo que piensan, lo que dicen. Los lees, te leen. Te hablan a ti y hablan a otros. Y son parte de tu paisaje, se acercan, se convierten en personajes familiares. Como dice @hyperfluo, “porque entrar a tuiter es como ir al bar.” Al bar, o al fútbol…

Y lees a @hombrerevenido: “Un día empiezas a seguir a un tuitero porque te gusta su forma de entender la vida y de reírse de todo… Y terminas roto de pena leyendo a sus amigos despedirle. DEP Juanan”. Y te gustaría haber escrito esos dos tuits. Y te dices que, tal vez, puedas escribir un post para decir, simplemente, que lo sientes, y que le echarás de menos cuando “bajes al bar” o cuando entres en tuiter a ver el fútbol, y empieces a leer a todos los que son, de alguna forma también, uno de los tuyos.

Descanse en paz @van_Palomaain y los, hasta hoy, otros 77 fallecidos en ese tren.

¡A mí el spam!

spam3Ya escribí sobre el spam hace casi un año. Así es que no repetiré aquel post (aunque si gustan, aquí está), porque me falta humor, porque me tienen harta, porque no entiendo qué demonios ganan mandando esas mierdas que no significan nada y porque me parecen un aburrimiento. Es que no tienen gracia ni siquiera para intentar engañar. ¿Alguien me puede explicar, por favor, qué sentido tiene enviar un comentario en donde ponen ljshfjshcnhgdfhgjdgfs hhghg  jhhgjdhghsh  hg sdhg j hj h ñRRY GJA FRE HDHDSJfhjcg? ¿Qué demonios es eso? ¿Una traducción libre del japonés?

El gran ataque se ha producido hace un mes, más o menos, vía Facebook. Y por lo visto, mi propia cuenta estaba enviando spam. Mi propia cuenta, que ni uso, ni entro, ni hago nada, salvo colgar el post (y esto automáticamente, vía Twitter). Al final lo he parado, sin entender mucho lo que estaba haciendo y teniendo que penar, ahora, con un lío de contraseñas considerable. Facebook es una red social maligna, llena de virus y de publicidad malvada. Aparte de que tengo para mí que ahí se concentra un porcentaje altísimo de dummies entre los usuarios, esos señores que abren página para colgar las fotos del veraneo y que terminan, una tarde aburrida de lluvia dándole a pinchar a cualquier cosa que parpadee a ver qué pasa. Y pasa lo que pasa: que me llenan el blog de comentarios colombianos. Porque en Twitter también hay nuevos, pero se les reconoce en seguida. Son esos que ponen un tuit que dice “No sé cómo quitar el huevo”, y que unos días más tarde ya están contándote que vienen del supermercado y con una foto de arrebato, Marilyn si es chica y Gary Cooper si es chico. Pero en Facebook la gente le da al “Me gusta” un poco sin ton ni son, y luego vienen los sustos para humildes blogueras como yo, un ser inocente demasiado acostumbrada a los ángeles de la guarda de la oficina que me liberan de ciertas escaramuzas.

Ahora la última es que entran como visitantes. No puedo creer el pelotazo que me han pegado las visitas este fin de semana. Si hubiera puesto una foto de Ronaldo desnudo lo podría entender, pero una foto de mis pies con unas abarcas rojas no da para tanto. Mi lectura de la tontería es que los he echado de los comentarios, pero ahora los tengo en modo visitantes alienígenas. Y no sé qué prefiero, la verdad. Mis estadísticas, que eran un remanso de paz con algún sobresalto muy agradable de tarde en tarde, ahora son un montón de números absurdos, porque es absurdo tener una media de ¡7,48 visitas por visitante!  Ya me contarán: si no es spam es que de pronto atraigo a lectores muy pero que muy lerdos. Y esto queda fuera de toda duda o sospecha, ya saben que tienen en mi a una fan incondicional, un-admirador-un-amigo-un-esclavo-un-siervo.

Y ya paro de escribir. Que luego no me entienden y entran como locos.

Épica en la piscina

Concebido para EXCURSIONISTAS que buscan protegerse del sol, del viento o de la lluvia fina. Pequeño refugio de instalación instantánea. Nuevo tejido teñido en la masa para reducir el consumo y la contaminación de agua.”

Tienda campaña unmundoparacurraPor el módico precio de 19,95 euros, este refugio alpino (o por lo menos pirenaico) es el complemento ideal para llevar a la piscina del poblachón, y espero que nadie venga a discutírmelo. Y si bien supongo que el desencadenante de la compra fue el precio, muy competitivo, ignoro si su acarreo hasta una piscina de pueblo estaba ya previsto mientras esperaban para pagarla junto con los culottes para las bicis. Pero ahí estaba, instalada sobre el césped, y las toallas de Mickeys, patos Donald y princesitas con mucho brillante que rodeaban el precavido refugio familiar indicaban el compromiso de aquel padre con sus retoños.

¿Pero dónde estaban todos? Oh. La tienda de campaña no tenía a ninguno de sus habitantes cerca cuando llegó el golpe de viento, ese golpe que ansía cualquier bañista que quiera comprobar lo fácil que es valer el doble. Porque ya se sabe que hombre prevenido vale por dos y, ante los vientos malignos y el sol justiciero del poblachón, qué menos que ir con una tienda de campaña un poco a todas partes, inclusive a la piscina. La cuestión es que la tienda salió volando, entre los gritos de la gente que gritaba “cuidadooo, cuidadooo“, como si llegara el lobo. No el lobo de Caperucita, se entiende, sino el lobo del cuento de los tres cerditos. Todo muy alegórico para un sábado por la mañana, esto hay que reconocerlo.

Después del susto y sin que por milagro nadie resultara herido, depositamos la tienda de cualquier manera (o sea, hecha un higo) ahí donde estaba y poniendo encima las mochilas de aquella familia fan de los caracoles, para que no se volviera a volar. Que mochilas también había muchas, porque cuando se va a pasar el día a la piscina se va en condiciones o no se va. Hasta que al rato largo apareció el dueño de la tienda, como si no fuera con él, a preguntar qué había pasado. Y para alguien que instala un refugio impermeable en una piscina el mínimo exigible no es el decoro, sino Metralleta agua unmundoparacurrala autoprotección, de manera que venía armado con esto que ven a su derecha. Tal imagen de poderío nos hizo dudar sobre el grado de prudencia que deberíamos imprimir a nuestras palabras. Porque llamarle capullo sin más podría ser percibido como un acto de provocación y quisiera recordarles que, aunque maltrecho, él disponía de un refugio anti-lluvias y nosotros sólo contábamos con unas miserables toallas…

No se disculpó, total para qué. Finalmente, la tienda no había dañado a nadie y, sobre todo, él estaba en medio de una guerra acuífero-galáctica con sus hijos, hay que comprenderlo. Ya volvería a colocar la tienda, que es la parte más divertida del día, casi tanto como comprobar lo bien que se ve con las gafas de bucear aunque tenga que agacharse mucho para comprobarlo. La épica paternal, que tiene estas cosas…

Le voy a hacer caso, señora

Me voy a comprar zapatillas para el verano con mi sobrino, como cada año. La tienda está en el centro de Madrid y tiene su aquel: es una tienda más pequeña que mi cocina, y hay más gente que en un purgatorio. Con decirles que tienen un turnomatic ya les digo todo, y la gente espera fuera, como si regalaran las zapatillas. Llega el momento de las abarcas:

– Quiero esas que están al lado de las burdeos, que son más claras…

– No, esas claras son en realidad rojas. Es que han perdido el color.

– Bueno, pues entonces las verde lima

– Ok, unas verde pistacho

– Mmmm… tráeme también las rojas, hazme el favor, a ver de qué rojo hablamos.

Abarcas rojas unmundoparacurraAsí es que escojo las rojas, que son más bonitas que las verdes (confirmo: no eran lima, sino pistacho, un mundo entre los dos colores) y mientras espero a que me traigan unas alpargatas amarillo pollo de mi número, un chico con gafas de metal plateado que ya no cumplía los 35, con un polo Fred Perry de rayas blancas y azules horizontales y unos chinos beige, pide unas abarcas caqui y otras burdeos del 42. El dependiente le contesta que burdeos no tiene de ese número y que las de al lado no son como parecen, sino rojas.

– Huy, no, rojas no.

– Pues son bien bonitas en rojo – intervengo desde mi medio metro cuadrado -, mira qué bonitas son (abro la caja para que las vea).

– Ya, sí, pero para una mujer. Para un chico no…

– ¿Para un chico? Para un chico son preciosas, bien originales. No como las caqui, que están muy vistas ¿no?.

– Ya, pero yo no sé si me atrevo.

– Bueno, ya si no te atreves es otro problema. Pero para chico son perfectas… – pasa mi dependiente buscándome –  ¡Sí, eh, yo, aquí, esas alpargatas amarillas son para mí!…

Cuando termino de pagar y me giro para salir, me topo con el chico del polo Fred Perry, que me suelta con una sonrisa:

– Al final le he hecho caso, señora. ¡Las he comprado rojas!

Yo hubiera dado dinero, ¡DINERO!, por que mi sobrino no lo hubiera oído. Pero es joven, me quiere mucho y estaba atento… He sufrido un poco para explicarle que no había más que verle el polo de rayas Fred Perry y la montura de las gafas para darse cuenta de que su único problema no era atreverse con unas zapatillas rojas, no digamos dudar del consejo de una mujer joven y atractiva… Y mi sobrino, un chico comprensivo que me quiere mucho me ha dejado más que tranquila: ya no cumpliré 35, vale, pero en todo caso, aparento menos de 60…

El viento maligno del poblachón

poblachón-unmundoparacurraSe lo tendría que haber contado el domingo, o el lunes, pero se me cruzaron los sanfermines y se me fue la cabeza. Bueno, nunca es tarde para hablarles del poblachón, ahora que hemos empezado una nueva temporada con el acontecimiento que abre oficialmente el verano: las fiestas.

Ya tengo por ahí escrito lo que es el poblachón cuando arden fiestas. El cartel a la entrada del pueblo, que languidece durante todo el invierno apagado, de pronto cobra vida y se enciende, jacarandoso, para decirnos eso: Felices Fiestas. Y eso, en Julio, significa un montón de jovencitos en chandal, un montón de señoras de la mediana edad arregladas como para ir de boda y un montón de señores mayores con pantalón marrón y camisa blanca de manga corta. Y todos, sin casi excepción, andando muy deprisa y medio encogidos, porque llegan los vientos polares que amargan siempre el primer sábado de Julio.

Este año parecía que nos librábamos. De reloj y medida la temperatura, a las 9 y cuarto de la noche volvía yo a casa a ducharme y caían 25 grados. Una hora después eran veinte y a eso de las 11 y cuarto ya estábamos todos tiritando. Lo de menos en el poblachón es la temperatura. Un viento maligno, que sopla de un monte cercano en donde según un amigo las nieves son perpetuas, se despierta siempre cuando menos falta hace y deja todas las conversaciones pimpando de palabrotas. Porque el “me cago en la puta qué frío hace” es lo más fino que se oye por esos barrios.

Este año mi amigo Javi organizó una fiestuqui para ver los fuegos desde la terraza de su casa, que se ven muy bien. Y de lo que quiso decir el maestro pirotécnico a lo que se vio realmente podía haber la misma diferencia que hay entre una jirafa y un saltamontes, porque el maligno se llevaba las luces de un lado a otro como con rabia, y se montaban unos atascos de chispas que hacían del espectáculo una ceremonia incomprensible. Las luces naranjas, previstas en el centro del mosaico verde y blanco, aparecían arremolinadas por el lado de la izquierda, mientras que los dorados se esquinaban hacia la derecha y lo que debía ser un palmeral se convertía en un puerro. Muy naïf todo.

Terminamos bailando a los Bee Gees alrededor de la mesa en un anticipo de lo que sería el tachunda que al final no fue. O que no fuimos, que ya será la temperatura más benévola otro día, porque sábados de tachunda hay para dar y tomar. O no. Pero eso será otro post.

Toros y accidentes

toro1_hornHace tiempo, en la empresa donde trabajo se organizaban todos los años una especie de “olimpiadas” en las que participaban todas las empresas del grupo. En cada filial se formaba un equipo de unas 20 personas y se le enviaba a competir en lo que en definitiva era una gran jinkana. Yo fui un año en que los juegos se celebraron en la Camarga, en el sur de Francia. En esa región son muy aficionados a los toros, así que una de las pruebas, entre el tiro con arco, la carrera de piraguas y la contrareloj en burro (cosas de ese tipo), hubo una corrida à la cocarde, que consiste en que sueltan un torito en una plaza con una escarapela entre los cuernos y los mozos del pueblo se tiran al ruedo para quitársela, con lo que aquello, más que una corrida parece un concurso de recortes. Desde luego, ni en los festejos serios se trata de toros sino de unos novillos muy jovencitos y altos aunque, eso sí, con unos cuernos que parecen velones y una agilidad que ríete tú de los gatos.  Y la cosa tiene su emoción, que es proporcional al peligro, que también lo tiene, sin ninguna duda.

Tal y como era obligatorio, en nuestras olimpiadas dos de cada equipo estaban apuntados para saltar al ruedo. Pero aquello del toro à la cocarde daba para mucho barullo, y al final, ahí saltaba un poco quien le daba la gana. La cuestión es que ninguno de los españoles se tiró al ruedo, ni siquiera para quedarse pegadito al burladero. Desde las gradas, nos dedicamos a bailar y a dar palmas mientras el resto de nacionalidades se daba unas tortas como panes, se dejaban el culo enganchado entre los cuernos del bicho y se rompían algún que otro diente al encaramarse a la grada, que de todo hubo. Y nos decían, entre chichones y rozaduras, “Eh, los españoles ¿por qué no os tiráis?”, y nosotros nos reíamos mucho. No hubo accidentados de consideración, aunque es verdad que aquello que soltaron era casi una vaquilla. Pero tenía sus cuernitos, no crean.

Ayer fue el último encierro de San Fermín y una chavala australiana se llevó un cornalón en el pecho por estar haciendo el idiota en el trayecto del encierro. Bien pegadita a la valla por el lado de dentro, que es en el que se presume de fuertes emociones. Lo que pasa es que también es el lado por donde pasa el toro. Es el mismo lado por donde te puede partir el pulmón de una cornada y mandarte de momento al hospital de Navarra, y ya veremos si terminas tomándote unos chiquitos con Hemingway.  Que si me subo, que si me bajo, me tiro, no me tiro, viva España y San Fermín, toro hey, toro hey. A un lugareño le puede matar un toro, desde luego, pero de lo que no me cabe duda es que sabe lo que es un toro, sabe lo que está haciendo y sabe lo que le puede pasar. O sea, puede tener un accidente. En el caso de estos turistas que se tiran a correr en los encierros, no creo que se pueda hablar de accidentes. Hay una diferencia de grado, que es la misma que hay entre no haber corrido nunca a un toro y ser un perfecto imbécil.

En fin, yo espero que se cure, ella y el resto de la turistada. Del cornalón, porque de la tontería supongo que se curan nada más subirse a la ambulancia…

Clases de inglés

– ¿Tienes alguna duda sobre el vocabulario del texto que has leído?

– No, no tengo.

– Ok, Carmen, gracias. Déjame preguntarte: ¿Tú crees que el grupo al que perteneces puede presionarte hasta cambiar tu comportamiento?

– ¿Presionarme? ¿A mí? ¿cómo que presionarme?

– Mi pregunta es: ¿Cuál es tu opinión acerca de la influencia del grupo en el comportamiento de las personas?

– Ah, pero influencia es una cosa y presión otra. Perdona, creo que no he entendido No entiendo bien la pregunta.

– Lo que yo estoy preguntando es qué piensas acerca de la influencia del grupo en el comportamiento de una persona, Carmen. ¿Piensas que una persona puede cambiar debido a la influencia del grupo?

– Pues mira, no, francamente. Yo creo que es una idea bastante idiota. ¿A qué le llamamos grupo? ¿A la sociedad? Entonces no hay que confundir la influencia o la presión con la existencia de unas reglas que la sociedad tiene para poder vivir con respeto y un poco de orden. Se llama ley y costumbres sociales y educacionales, y no hay influencia, sino un acuerdo común que la gente sigue o que la gente no sigue. Y en cuanto a si perteneces a un grupo de gente concreta, tampoco hay influencia, porque lo que es normal es que cuando te unes al grupo es porque estás de acuerdo con sus comportamientos, así es que ellos no te influyen, sino que tú ya estás influido por ellos.  Este tipo de artículos son una idiotez, y no puedo entender que una Universidad americana se gaste el dinero en determinar si los estudiantes se sienten influidos a aplaudir cuando los demás aplauden y a dejar de aplaudir cuando los demás dejan de aplaudir. Es algo completamente idiota. Pero esta es mi opinión, claro. ¿Y tú? ¿Qué piensas tú?

– Ok, Carmen. Gracias. Muuuy bien. Déjame corregirte algunos errores de expresión que has utilizado. Veamos. Has dicho “lo que es normal es…” ¿Recuerdas lo que has dicho?

– No.

– Había algo no correcto, ¿no recuerdas cómo lo has dicho?

– No. Recuerdo lo que he dicho, pero no cómo…

– ¿No recuerdas…? Mmmmm… Bien, no tiene importancia… Gracias, Carmen. Muuuuuy bien… ah, y recuerda: “idiot” es para las personas e “idiotic” es para las cosas y las situaciones.

– Ya. Lo considero, no creas, pero tiendo a olvidarlo…

– Muuuuy bien, Carmen. ¿De qué quieres que hablemos en la siguiente clase?

– Me da igual…

 

Cada vez me alteran más las clases de inglés…

El géiser domesticado

Geiser despues unmundo para CurraY fuimos a Geysir. En Geysir hay un géiser. Bueno, hay varios, pero que haga esto que ven a su izquierda sólo hay uno. El resto son fumarolas. Y, en estado de reposo, charcos humeantes.

Parece ser que el géiser subía hasta 40 metros a veces. El problema venía por la parte del “a veces”, porque hacía erupción un poco cuando le daba la gana. Y eso era una lata porque podías pasarte cuatro días esperando a que aquello hiciera FUUUU en condiciones. Bueno, cuatro días igual es mucho, pero echar la tarde ya lo creo que podías hacerlo allí, esperando el FUUUU del géiser. Y considerando que en Islandia, en verano, las tardes son eternas, pues la mayoría de los visitantes se iban de Geysir sin ver el géiser. O lo veían, pero en malas condiciones:  te pillaba tan desprevenido que no te daba tiempo ni a echarle una fotico para el álbum. Y ya de posar ni hablamos. Claro que el descontrol también podía ser el contrario, es decir, podías verlo hacer FUUUU cuatro veces en veinte minutos. Esto es una exageración mía, pero si ves eso explotar un par de veces sin que nadie te avise, se te quedan los nervios como para robar panderetas, y ya no duermes en toda la noche pensando que estás en una tierra hostil y que esa fuerza de la naturaleza buscará la manera de escapar de la tierra. Y puedes hasta tener pesadillas con las erupciones del géiser, saliendo en tromba o bien por el desagüe de la ducha o por otros sanitarios menos honorables, aquello haciendo FUUUU mientras tú tarareas algo de Mecano y saliendo despedida a la estratosfera… El horror islandés, ya digo.

Geiser-antes-unmundoparacurAsí es que los islandeses, muy astutos, hicieron algo para evitar aquel descontrol, y manipularon el géiser para que las erupciones fueran más manejables. No me pregunten cómo lo hicieron porque no lo sé, pero supongo que pondrían unas cañerías y un temporizador y así, el géiser hace FUUUU de manera regular. Regular de horario y regular de calidad, porque ahora el chorro es menos alto, aunque sigue siendo espectacular, eso sí, y se levanta unos 15 metros, más o menos. La leyenda cuenta que todo aquello vino como consecuencia del accidente de un matrimonio americano. Por lo visto, la mujer quería probar el agua del géiser en reposo, se remangó el pantalón y se puso a chapotear con los pies desnudos en el agua. Estos americanos… El caso es que algún dios islandés se ofendió de tal forma que hizo FUUUU por la tremenda y la mujer de aquella perdió las gafas. En fin, sea como fuere, el géiser ahora es un géiser domesticado y tiene desde entonces, aparte del notable atractivo turístico, una utlidad semejante a la del Big Ben.

Y una vez que vimos (y olimos) varias veces el géiser en explosión furibunda, tiramos las fotos de rigor y nos fuimos con la música a otra parte a seguir mirando calamidades geológicas. Pero los géiseres ya no son lo que eran. Eso sí: al del bar de enfrente le va de maravilla. FUUUU…

Crematorio, de Rafael Chirbes

Anag-CREMATORIO.qxdNo había leído yo nada de Rafael Chirbes. A través de una encuesta entre personajes españoles de la cultura, ABC hizo una lista de las 10 mejores novelas del siglo XXI (queda mucho siglo todavía, pero algún motivo tenían que encontrar para hacer una lista), y Crematorio aparecía la segunda, por detrás de La fiesta del Chivo y por delante de Tu rostro mañana, para mi gusto dos novelas formidables, fascinante la primera y de las que te deja sin adjetivos la segunda. Así es que, nada más leer el reportaje, me levanté, busqué en Amazón, y compré la novela. Y ahora siento no tenerla en papel, porque aunque no tengo balda de mis libros preferidos, éste optaría claramente a uno de los huecos.

La novela empieza un poco pastosa, un poco pesada. Tiene unas 20 primeras páginas que son como para tirar el kindle por la ventana (este lector mío corre unos riesgos indecibles). Pero me forcé a seguir, intrigada no por lo que me contaba la novela, sino por lo que me había contado el ABC. Y poco a poco te vas enganchando, te pillas, y te vas dando cuenta de que entre las manos tienes un novelón, un libro maravillosamente escrito, con un estilo seco, sobrio, brutal a veces, a veces a hachazos, con un ir y venir de la segunda a la tercera persona, y luego a la primera, alternando la vida y la voz de cada personaje en cada capítulo, como si se fuera conformando un puzzle mientras te lleva por la historia, por una trama que va del presente hacia atrás y que no acaba de terminar. En el fondo, el levante español del ladrillo y la corrupción, el puterío y la mafia, el crimen disfrazado de posición social, la confrontación entre los principios y el dinero, el destrozo de una sociedad que no tiene ni escrúpulos ni compasión. Un novelón, pero sobre todo, una crónica social que a veces deprime y otras enfurece, porque no cuenta más que una realidad novelada.

Lo que yo no sabía es que habían hecho una serie de televisión con esta novela. No la he visto, y dudo mucho de que se pueda captar la dureza de la narración y su desolación, aparte de que haber hecho ese guión tiene su aquel y no veo yo a las televisiones con muchas ganas de andarse con matices. Yo, por mi parte, recomiendo leer el libro. No está por delante de Tu rostro mañana (por delante de Tu rostro mañana no hay nada ¡y nos dejamos de tonterías!), pero es una gran novela, eso desde luego. Léanlo.

El porqué de las cebras

Vengo en el coche oyendo en la radio a un señor al que han preguntado por qué las cebras tienen rayas. Antes de qué él empiece a contar todas las teorías que hay sobre esta interesante cuestión, me asalta una duda: ¿las rayas de las cebras son negras o blancas? Rápidamente, como si me leyera el pensamiento, el hombre explica que las cebras son negras en la tripa de su madre, y luego empiezan a salirles las rayas blancas. Y lo dice así, de pasada, como si se tratara de algo que sabe todo el mundo, incluso que yo lo sé, aunque yo no lo sé, o no lo sabía, porque ahora que lo ha dicho ya lo sé, y es así como únicamente se entiende que lo haya dicho así, de pasada. ¿Me siguen? Son ustedes terriblemente listos.

Así es que recuerdo más o menos tres de las teorías sobre las rayas de las cebras. Digo más o menos porque cuando se va en el coche la atención está en muchas cosas distintas, ya saben, el volante, los otros coches, los radares, los pasos de cebra, con sus peatones temblorosos a los lados. En fin, la primera de las teorías es la que dice que son una defensa contra los tábanos, que se marean y no se acercan mucho o, al menos, no se quedan lo suficiente como para molestar demasiado. Otra teoría dice que es para defenderse de los depredadores, que cuando las ven en grupo se marean. Y la tercera que medio recuerdo tiene tambien que ver con agresiones de otros bichos y con mareos disuasorios.

La cuestión, sin embargo, no es cuál de todas las teorías es la buena. La cuestión es por qué, si llevar rayas supone un escudo tan eficaz contra la agresión de otros bichos (un mundo cruel, ya saben), por qué, me pregunto yo, sólo las cebras tienen rayas, y no todos los animales. Por ejemplo, ese antílope de la 2, que siempre corre despavorido, unas veces delante de una leona y otras perseguido por un hambriento tigre. Si tuviera unas cuantas rayas se ahorraría muchos sofocones, desde luego.

Me dirán ustedes que si todos los animalitos de la sabana tuvieran rayas, entonces su efecto disuasorio desaparecería. Probablemente, pero el mareo sería realmente atroz. Y en este caso, el antílope correría haciendo eses, igual que la leona o que el hambriento tigre. Figúrense el espectáculo.

En fin, yo sigo sin saber por qué las cebras tienen rayas, pero a cambio puedo argumentar por qué los documentales de animales son relegados a la 2 de Televisión Española. Menos da una piedra.