Invierno en Madrid

Y es que nos creemos que el invierno es solo diciembre y enero, pero no. El invierno llega hasta el 21 de marzo, o en todo caso hasta la semana Santa (incluida). Y hay años que dura hasta el 10 de junio, y ya te quitas el sayo y te pones el bikini. Esto último es un poco exageración, aunque tampoco va muy desencaminado el dicho aquel que dice que Madrid son nueve meses de invierno y tres de infierno.

Hay meses que no tienen estación o que la tienen confundida. Por ejemplo, septiembre. Tiene tan sólo 9 días que pertenecen al otoño, pero casi todo el mundo da por amortizado el verano desde el día 1. Algo parecido le pasa a noviembre, que es un mes invernal disfrazado de otoño (o al revés); o junio, ahí lo tienen: un mes plenamente veraniego que pertenece a la primavera en dos tercios de su calendario. Por no mencionar a febrero, que parece un mes en el que solo hace viento y, sin embargo, es un mes plenamente invernal. Las estaciones son unos fenómenos perfectamente científicos con los que la gente nunca está del todo de acuerdo.

Naturalmente, yo hablo fijándome en Madrid, que es donde vivo. Un coruñés, pongamos por caso, contaría otra cosa, pero yo lo que vengo a contar es que en Madrid tenemos un invierno y un verano muy marcados, y luego un otoño larguísimo en el que normalmente hace un frío que pela y una primavera en la que normalmente hace un calor asfixiante. Y seco todo, todo muy seco, algo que a mí me resulta maravilloso. O sea, que tenemos una climatología bipolar, sobria y sin demasiadas concesiones. También es verdad que en octubre o en abril pueden sucederse las cuatro estaciones a lo largo del día, e incluso caer algún chaparrón cuando al cielo le da por ponerse generoso. Y en realidad, se pone generoso consigo mismo, porque sabe que al día siguiente el azul, su azul, será limpio y optimista. Yo creo que los madrileños somos acogedores por la luz del cielo después de un día de viento o lluvia. Es un cielo que te avasalla y que te hace querer abrazar al mundo, especialmente en invierno. Esa luz…

Ayer nevó de todas las maneras posibles. Copos grandes que caían lentos como plumas, copillos dispersos que se movían por el aire como borrachos, copos medianos que, mezclados de lluvia, parecían tener prisa por llegar al suelo. Bailaban, corrían o volaban, pero al llegar a tierra desaparecían como avergonzados. Hoy también hemos tenido nuestra ración de nieve durante la jornada. En el sur de la ciudad, donde trabajo, copos grandes que no han cuajado y en el norte, que es donde vivo, copos menudos que han resistido y logrado sobrevivir en las aceras y en los árboles. Ya no queda nada, salvo una noche muy fría y llena de goterones. Mañana será otro día.

Mi rey era Melchor

Yo supongo que en todas las familias, entre todos los hermanos, los reyes se reparten. Mi rey era Melchor, el de mi hermana mediana era Gaspar y Baltasar se quedaba para mi hermana la mayor, que como nos llevaba los años suficientes como para saber más cosas que nosotras, también sabría que lo que tenía aquel rey en la cara era betún.

¿Por qué elegí a Melchor? Pues no lo sé, pero me imagino que el rey Melchor es el que me parecería más venerable, con esa melena blanca, mientras que Gaspar, reconózcanlo, es un poco brilli-brilli, ese pelazo rubio tan de poco fiar, me parecería teñido, cardado y con la permanente, como el que llevaba mi madre, que por entonces las señoras se peinaban de mediana edad al llegar a la treintena.

En cuanto a Baltasar, nadie en sus cabales lo escogería, aunque yo a esa edad seguro que no sabía qué eran los cabales. Muchos de mis amigos, por no saber tampoco nada de cabales, lo elegían porque les hacía gracia, pero a mí no me parecía nada gracioso que un negro con turbante y capa se me acercara, me daba miedo. Y eso que yo por entonces compartía pupitre con Jones (pronunciar yons), que era negro super negro (no el típico niño café con leche, sino un niño negro azul oscuro), y jugaba mucho con él y su madre me quería mucho y me abrazaba, y mi madre también abrazaba a Jones cuando le veía conmigo, y yo le quería mucho a Jones, siempre estábamos juntos, porque Jones va detrás de Jiménez, y él salía delante de mí al recreo y luego entraba detrás cuando volvíamos. Puedo ver su cabecita de Globe trotters tapándome la canasta que asomaba detrás de la puerta del patio y… bueno, esto último me lo estoy inventando completamente, pero, vamos, alguna vez sí que le diría venga, Jones, date prisa, hombre, que el recreo dura lo que dura. Ah, y a Jones no se le mojaba el pelo cuando llovía, esto me alucinaba, yo le hacía sacudirse la cabeza y entonces se le quedaba el pelo seco. Ni una gota le quedaba encima, macho, todas estaban por la pared. Era magia. Pero volviendo al rey Baltasar, una cosa era Jones, mi Jones, y otra ese señor grandullón y desconocido que se acababa de bajar de un camello y que sabe Dios de dónde vendría y por qué tendría aquel color.

Desde luego descarto que mi rey fuera Melchor porque llevara oro. Es verdad que cuando se es pequeño no se sabe muy bien qué es el incienso o la mirra (bueno, qué es la mirra no se sabe con seguridad ni siquiera cuando se es mayor), pero de ahí a tener un espíritu materialista con cinco años o seis va un trecho. No, no, sin duda la causa de mi elección tenía que ver con la melena blanca de abuelito feliz y paciente, no se hable más.

Y tan feliz.

Gabi y yo con los Reyes Magos

 

Una pandilla poco jugadora

El sábado pasado quedamos a comer todos los amigos del poblachón, por aquello de la Navidad. Son costumbres que no se cumplen todos los años, y aun así no crean ustedes que logramos juntarnos siempre todos. Ya se sabe que son fechas complicadas, todo el mundo celebrando lo que se puede celebrar en el mes de marzo sin tantas apreturas de fechas.

Este año falté yo, entre otros. Y es que se me olvidó. Sí, se me fue de la cabeza completamente. Y eso que se lo había recordado a todos un par de semanas antes, un día que no había que felicitar a nadie a pesar de ser la Inmaculada. Pero se me fue de la cabeza. A eso de las tres me llamó Merchitas, pero yo tenía el móvil lejos y no lo oí. Me eché la siesta y cuando me desperté, vi la llamada perdida.

– Hola, Merchitas
– Hola, Carmen ¿Te pasa algo?
– No… me has llamado tú. ¡Eres un poco grosera!

Miren, lo peor no fue el olvido, sino que el fenómeno era inexplicable. Ni se me ocurrió inventarme alguna excusa, no sé, tipo “me han secuestrado unos marcianos y hasta que mi madre no les ha dado el aguinaldo no me han querido soltar”, o “me ha llamado Rajoy a la Moncloa para organizar el fusilamiento de Montoro”. Algo creíble, algo posible, algo viable. En fin, que llegué a las copas, algo es algo, mientras los comentarios de mis amigos basculaban entre la incredulidad, el cachondeo y alguna referencia a la edad muy poco agradable.

La cuestión es que con el dinero sobrante de la comida quedaron en comprar un décimo de lotería, o de los euromillones o de Primitiva. Pero no todos fuimos a la comida. Por lo tanto, no todos pusimos dinero. Así es que cuando hoy han puesto la foto del boleto en el whasap del grupo, ha cundido el desasosiego. Porque, a ver ¿Y si toca? No va a tocar, ya lo sé, pero ¿y si toca? ¿Qué hacemos? ¿Unos amigos riquísimos y otros pobrísimos? ¿Unos comerán angulas en Navidad y otros morcilla? ¿Unos irán de vacaciones a Laponia y otros a Murcia? ¿Unos tendrán casoplones y otros pisitos normales? Eso no puede ser, se destruiría nuestra amistad. Surgirían las envidias, las intrigas y las luchas, y el poblachón se convertiría en una especie de Falcon Crest sin viñedos.

Así es que Carolo ha abierto el fuego: “compro un euromillón de 2,50, lo comparto aquí y participo en el vuestro”. Ha seguido Carlos, “y yo”. Ha seguido Susana, y luego Angeles, y luego Ana, y por medio yo, que no había puesto dinero. Y de pronto, empiezan a surgir las dudas. Ustedes no saben lo complicado que es comprar estas cosas. Que si hay un sorteo y luego el número vale para otro día, que si el día elegido no se puede comprar si no se compran los anteriores, que si yo voy mañana que hoy ando mal de tiempo, que si yo he dado 10 euros y la lotera me ha dado esto (foto), que si no me dejan entrar al perro donde la lotería, que si se puede compulsar el boleto, que por Internet es cómodo pero te enteras menos y peor, que yo he cogido Primitiva y que vale ¿no?, que compres en un comercio de barrio con intermediarios, que me dejes, que para qué quieres compulsar, que qué hay que hacer, que estas son las condiciones legales y las escribo porque estoy precisamente defendiendo un caso similar, que ya no vuelvo a ir porque no me dejan entrar al perro, que qué es compulsar, y así todo, porque nadie tenía ni idea. En el furor del momento “ludopatía para dummies”, han circulado varios pantallazos con las instrucciones del euromillón que por supuesto nadie se ha leído. Todo para llegar a la conclusión de que somos una pandilla poco jugadora.

En fin, el día 5 seguiremos siendo igual de ricos, casi con seguridad. Y si toca algo será poco, y en ese caso lo normal será que nos lo bebamos y, también casi con seguridad, sigamos sin saber muy bien a qué coño hemos jugado.

María y el río

Le pedí a María que pintara un cuadro para mí. Le dije que quería un río. ¿Pero un río cómo?, me preguntó, ¿un río calmo, un río caudal, un río bravo, un arroyo, un salto de agua? Un río, contesté: el río que tú quieras. Unos meses después me regaló un río azul que viene de un final de montañas también azules. Discurre flanqueado por árboles de otoño a un lado y un campo amarillo de siega al otro y, cuando el río ensancha, lo hace salpicado por una sábana de flores dispersas, como si hubiera una primavera que se resiste entre dos estaciones. María me dijo que no estaba contenta con la creación y que lo había pintado deprisa, como el que cumple con una obligación para la que no ha tenido tiempo de inspirarse. A mí me da igual: es el cuadro de María, y cuando lo miro pienso que ese óleo de 30×40 contiene la perspectiva del tiempo: sus certidumbres, pero también sus promesas.

Eso es un río: la perspectiva del tiempo con sus certidumbres y promesas.  El mar tiene más porte, lo admito, y más literatura, lo admito también, pero no deja de ser agua estancada.

No era el Kamo el río en el María quiso que metiera un pié para hacerme una foto, sino uno de sus canales. Pero aquí está, como está ahí arriba el Misisipi, que toqué con las manos aunque en la foto estén mis zapatillas. No estuvo conmigo en el Potomac, que entonces estaba ella en Perú, pero sí navegamos juntas el Nilo. Y vimos el Colorado, y el Hudson, y el Sena y el Vístula, y el Yang-tsé allí a lo lejos, entre nubes de horizonte. Y tantos ríos que habremos visto juntas, que de eso no llevo la cuenta. Y un día, aún no lo sabe ella, iremos al Amazonas y pediremos que nos hagan una foto con los cuatro pies en él. Porque el Amazonas es el emperador de los ríos, igual que el Danubio es el príncipe, el Rin el guerrero, el Ganges el sacerdote y el Guadalquivir el poeta.

Sea.

 

Pies-rio-Kioto

 

 

 

 

 

 

 

Arden fiestas

Como cada año, un año más. Arden fiestas en el poblachón y una se pregunta, mientras va a la plaza del pueblo tiritando de frío, que qué necesidad. Antes siempre nos perdíamos los fuegos porque a ver quién es el guapo que se pone a esperar a que den el chupinazo, con la rasca que hace y lo incómodo de la hora, que te pilla a medio cenar y no vas a dejar el chuletón en la mesa del restaurante para salir a decir oh. Pero desde hace unos años vamos a casa de Javi, que nos invita amablemente a cenar y a verlos desde allí. Y es muy cómodo, la verdad: oyes PUM a mitad de la croqueta, te metes el resto en la boca, te levantas, agarras la copa de vino y sales a la terraza a disfrutar del espectáculo. Y dices huy qué bonito, huy mira eso, huy las palmeras cómo me gustan, ¿eso es un cerezo?, pues sí, pues no, tal, yo creo que este petardo va a ser el último, ahí va, pues no, pues sí. Y luego ya oyes PORROM-POM-POM-PÓM, y te vuelves dentro a por otra croqueta, a por otro vino y a discutir si los fuegos de este año son mejores que los del anterior.

Y luego siempre alguien quiere bajar al tachunda. Y yo, que no tengo personalidad, me apunto. Yo no sé si me gustó alguna vez, lo del tachunda, tendría que pensarlo despacio. Una ya lleva mucha juventud y buena parte de la madurez yendo a la plaza del pueblo a ver a la orquesta, así es que probablemente algún año me lo he pasado bomba, no digo yo que no, que en fiestas ya se sabe que siempre te tomas una copa de más. Una o dos, no hay por qué llevar la cuenta, que para eso arden fiestas. Pero de lo que estoy segura es de que nunca, nunca, me ha gustado la orquesta. Mientras el público aplaude, yo me cruzo de brazos. Pienso que Gandhi habría hecho lo mismo. Resistencia pasiva y tal. Y por supuesto, por supuesto, nunca, en la vida, jamás, he bailado Paquito el chocolatero. Ni de coña.

Desde que tengo blog, mientras miro a la orquesta, pienso lo mismo: yo tengo que escribir una entrada sobre esto. Luego me da pereza, pero eso no quita que lo piense. Todos los años son intercambiables, aunque últimamente vienen grupos que hacen mucha profusión de video y de imagen. Es espeluznante. Y desde hace tres años o así nos invitan a escribir cosas en su muro de Facebook. Mira, en eso mi amiga Merche no tiene problema, porque no tiene Facebook, pero yo siempre estoy tentada de entrar y escribir ¡SOIS MALÍSIMOS! Luego se me olvida, pero la tentación va siempre conmigo.

Lo que no se me olvida en toda la semana es el pasodoble. ¿Por qué siempre cantan lo de Triniá, mi Triniá, la de la puerta real, carita de nazarena, por la virgen Macarena yo te tengo comparáaaaa? Madre mía, toda la semana con esto en el cerebro. Lo que yo digo: qué necesidad.

Ting, llega el ascensor

Uno de esos edificios de oficinas, con cuatro o seis ascensores en permanente funcionamiento. Esperas en un piso intermedio a que llegue tu ascensor. Estás solo. Le has dado al botón. Oyes el ruido que hacen los engranajes y las poleas, los ascensores que suben, los que bajan, ascensores que van y vienen. Por fin suena un ting. Tu ascensor ha llegado.

Se abren las puertas y ¿qué hay dentro del ascensor? Pues muy a menudo nada, el ascensor está vacío. No es que no haya nadie, es que no hay nada. Raymond Chandler escribió  que nada tiene un aspecto más vacío que una piscina sin agua, pero tal vez no pensó en los ascensores sin gente.

Otras veces hay alguien dentro. Una persona. Puedes conocerlo o no. Puede que te salude, o no. Lo más frecuente es que ese alguien ande cacharreando con el móvil. Y que murmure nosdías sin mirarte siquiera. El ascensor no está vacío, pero es como si lo estuviera.

También puede pasar que cuando se abren las puertas haya más de una persona. Incluso una multitud. Se abren las puertas y el descansillo se llena con el parloteo que escapa del interior. Y tú dudas si entrar. Cuando por fin te atreves, te pones de cara a la puerta dando la espalda a los demás. La alternativa, o sea, no darte la vuelta, es una chica con coleta que te dará la espalda a ti y en algún momento del viaje le dirá a alguien que no, que no, que no, y te sacudirá la coleta en la nariz y tú tendrás ganas de estornudar.

Suena ting y te preguntas sin emoción qué habrá dentro del ascensor. Yo me encontré una vez un sillón solitario olvidado de algún traslado y me resultó de lo más original, pero son muy raras esas sorpresas. Sería genial que se abrieran las puertas y apareciera una cigüeña arreglándose las plumas. O un oso abrazado a un panal de miel. O una jirafa vestida con la camiseta del Estudiantes.

Pensándolo bien, con un poco de imaginación todo eso (y más) te puede pasar. Ting

 

Lo exhaustivo

Lo exhaustivo. Hace unos años, me tuve que hacer cargo a mitad de año de un presupuesto que no había hecho yo. Era un presupuesto considerable y tenía que optimizarlo encontrando las sinergias, o sea, rebajarlo. Así es que pedí que me lo explicaran y en vez de eso me enviaron un documento de texto de unas cuarenta páginas lleno de líneas y de cifras al lado. Ahí lo tienes todo detallado, me dijeron. Vale, dije. Entonces me armé de paciencia y me puse, con un lapicerito, a revisarlo línea por línea. Y los encontré, claro que sí. Costes unitarios absurdos, cifras de negocio no actualizadas, entradas de cosas que ya no se hacían, repeticiones típicas de corta y pega, muchos “diversos”, o sea, un presupuesto hecho a ojo y disfrazado de exhaustividad.

El diablo está en los detalles, y por eso suelo desconfiar de los documentos con pinta de exhaustivos. Esas  larguísimas presentaciones de 200 transparencias que se envían al lado de los resúmenes ejecutivos de ocho páginas, por ejemplo, o esas hojas de cálculo inmensas imposibles de imprimir. Si no se conoce el proceso de revisión, se puede esperar que los documentos exhaustivos no tengan como objetivo que se lean, sino que se vean. Y de paso, que te dejen exhausto. Nadie da por mal hecho un documento de 150 transparencias, y es verdad que normalmente son documentos sólidos, bien ejecutados, cuidados, revisados y solventes. Pero a veces, sólo a veces, según lo abres y le echas un primer vistazo, ya sabes que ese documento es de los de aparentar. Y entonces lo suyo es coger un lapicerito.

El riesgo de lo exhaustivo es que no puede haber ni una sola falta, ni un solo error, aunque sea pequeño. Lo exhaustivo es lo que tiene: su valor no es la completitud, sino la fiabilidad, y si en una lista hay un pequeño defecto, toda la lista se echa a perder. Igual en el documento: si una página tiene un cuadro sin actualizar, todo el documento deja de ser fiable. El resumen sin embargo es más amable, y deja un margen para el error. Es la ley del punto gordo: dos rectas paralelas no se cruzan en ningún punto… que no sea suficientemente grande.

Pero hay algo más. Tengo una compañera que me contó que en su empresa anterior, en notas largas o actas exhaustivas, intercalaba frases tontas para comprobar si se leían o no. Frases tipo “El pato Donald se ha perdido”. Yo nunca me he atrevido a hacerlo, pero estoy convencida de que hay quien lo hace. Y yo busco mi Pato Donald porque espero encontrarlo algún día. Mientras tanto, me tengo que conformar con traducciones patosas, acrónimos absurdos, frases ininteligibles (o directamente estúpidas), lugares comunes y alguna falta de ortografía. Qué le vamos a hacer.

El pato Donald se ha perdido.

A menos de cinco centímetros, de Marta Robles

A menos de cinco centímetros de Marta RoblesMarta Robles ha publicado recientemente su último libro y primera novela negra, A menos de cinco centímetros, y fue a dar una charla sobre la novela la semana pasada a Liberespacio, la maravillosa librería que mi amiga Zaida tiene en el barrio de Argüelles. Con ello, además, Marta Robles ha querido una vez más participar como protagonista de los eventos que organiza la Asociación Mujer y Liderazgo, AMYL, de la que fue presidenta otra buena amiga mía, Maitena. Y entre estas dos amigas —¿para qué quiero enemigos?—, decidieron encargarme animar el evento junto con otra compañera. ¿Y por qué me lo encargaron? Pues porque me quieren, me quieren muchísimo.

La novela cuenta el caso de un escritor del que se sospecha que ha asesinado a sus últimas amantes. A falta de femme fatal, el escritor juega el papel de homme fatal: atractivo, hombre de éxito, se le da igual de bien escribir libros que conquistar mujeres maduras. No hace rosquillas, ¡pero debería intentarlo! En sus brazos cae una bellísima mujer, mundana, cultivada, y con un pasado enigmático y triste. Pero el auténtico protagonista de la novela es Roures, un detective al que amas casi desde la primera página. Roures es un antiguo periodista de guerra, curtido y de vuelta de muchos horrores, engañado y desengañado, pero buen tipo, leal y noble. Ya tenemos el triángulo. Luego otros secundarios de fuste, como Prieto, un policía de bien, o Katia, la hija de una de las asesinadas que encarga el trabajo de investigación al detective. Y también está Isabel, un personaje inolvidable.

Estos personajes se pasean por una estructura sólida que mantiene el interés hasta el desenlace final, bastante inesperado. La prosa de Marta Robles, sin embargo, sí me la esperaba, porque yo ya la conocía de otro libro que escribió al alimón con Carmen Posadas, un libro muy divertido sobre las buenas maneras. En esta novela los personajes le permiten a Robles dejar perlas y frases redondas de las de anotar («imposible no seguirte sabiendo que caminas»), referencias literarias, diálogos inteligentes entre los personajes y algún que otro guiño al lector atento. Y un juego de voces que le permite trasladar tanta finura en escenas de sexo como brutalidad en pasajes de violencia espeluznantes.

La novela negra no es el santo de mi devoción porque casi siempre te deja un poso de inquietud. La novela negra necesita personajes cínicos y exige bajos fondos y, por regla general, la verdad que circula por debajo del asesinato es mucho más cruel que el propio crimen y nunca se resuelve deteniendo al asesino. Aquí este esquema se cumple a rajatabla, porque por debajo de la trama de intriga en la que se mueven los personajes se esconde una denuncia que trasciende al argumento. Marta Robles dispara contra asuntos tan sangrantes como es la trata de blancas, la violación como arma de guerra, la prostitución encubierta —o no tan encubierta—, el antisemitismo y el uso de la verdad como acto militante. O sea, una novela negra comme il faut.

Léanla, no se van a arrepentir.

Desamistar y unsuscribir

GOODREADSSólo tengo una amiga en Goodreads, que es MG. Y la tengo porque sé que le hace ilusión: a ella le encanta tener amigos en todos los sitios, aunque los repita de unos sitios a otros. ¿Que qué es Goodreads? Pues una red social de lectores en donde anotas tu biblioteca y tus lecturas y comentas libros. Yo he abierto una cuenta para meter ahí los libros que me quiero leer, simplemente. ¿Les parece una tontería? Es posible, pero si echaran un vistazo al caos que reina en mi librería les parecería una sabia decisión. También sería una sabia decisión dedicar una mañana a poner orden, y ya el colmo entre las sabias decisiones sería ampliarla, pero eso es algo que me da todavía más pereza. Algún día les hablaré de esto, de librerías y baldas. Tengo incluso un cuento escrito, pero ahora me centraré en lo que he venido a contarles, que todavía no sé muy bien qué es.

Entonces, el Goodreads como sitio para registrar los libros que me quiero leer y los que voy leyendo. Yo apuntaba (y todavía apunto) los libros que me quiero leer en un cuaderno. Pero también los apuntaba en papelitos. Y también los apuntaba en el bloc de notas que llevo en el bolso. Y también los apuntaba en las notas del movil si no tenía nada mejor a mano. Y también a veces los apuntaba en otros sitios que luego no sabía cuáles eran porque se me olvidaban, y con el olvido también dejaba de recordar cuál era el libro del que me habían hablado. MG, que tiene un TOC para esto del orden, me pasó, para ver si me servía, una hoja excel muy chula con muchas columnas, colorines, fechas y funcionalidades que usa ella para controlar los 180 libros que se despacha al año, los siete u ocho clubes de lectura con los que lidia y los retos que se impone (ahora pretende leerse todo de Javier Marías…). Y claro que me sirve su hoja excel, que está fenomenal, pero el problema de la hoja excel es la misma que la del cuaderno: la disciplina. Efectivamente, el orden tiene que ver con la disciplina, no con la voluntad. Pero ese es otro tema.

De momento me va bien con Goodreads. Lo tengo en el ordenador, pero sobre todo tengo la aplicación en el movil, o sea, siempre a mano. Y cuando veo, oigo, me hablan, me dicen algo sobre un libro que me parece interesante, lo busco en la aplicación y lo marco “para leer”. En realidad, no es “para leer”, sino “want to read”. Luego, cuando lo empiezo, lo marco como “leyendo”, aunque no es “leyendo”, sino “currently reading”. Y luego, cuando lo termino, lo marco como “leído”, aunque no es “leído”, sino “read”. Así es que, sí, la aplicación viene en inglés.

El currently reading tiene su aquel. Antes, “currently reading” eran los libros que tenía en la mesilla, esa balda camuflada de mi habitación en donde la competición es crudelísima (crudelísima: he aquí un superlativo cursilísimo). De pronto, no sé cómo, algún libro pasa de la mesilla a la librería. Clonc. O tal vez fiuu. O es magia, o los libros tienen patas, o la asistenta hace controles literarios. Para mí que es esto último. La mujer verá que la columna crece y crece y crece, y decide retirar el que hay debajo, aunque esto, más que con la literatura, tiene  que ver con la dinámica de los sólidos. ¿Por dónde iba? Ah, sí, el Goodreads.

Entonces me hice de Goodreads aconsejada por MG cuando le di las gracias y le vine a decir que su hoja excel era mucho arroz para tan poco pollo. Ella, que es una amante del orden aunque lo tengan que seguir otros, me propuso Goodreads. La historia igual no es exactamente así, pero bueno, para el post me vale. La cuestión es que me dijo que fuéramos amigas también en Goodreads. Me pareció bien, porque creo que es la única amiga que tengo repetida por todas partes (me falta trabajar en su empresa, pero todo se andará). Pero, en fin, cuando le di a aceptar no sabía yo que me llegarían unos cinco e-mails al día contándome la actividad de MG en Goodreads, que ya se pueden imaginar que es frenética.

– MG, no sé cómo se quitan las notificaciones de Goodreads del mail. Te voy a desamistar.
– Vale, sin problema.
– MG… francamente, esperaba que me dijeras cómo se quitan. Ahora sí que te desamisto.
– Ah, perdón. Mira en la parte de abajo del correo a ver si te puedes desuscribir.
– Ok… Ya está. Me he unsuscribido, porque no venía desuscribir.
– Bueno, eso es mejor que desamistarme.
– Tienes razón.

El diálogo tal vez no fue exactamente así. Pero bueno, para el post de hoy me vale.

Puertas

Puertas abiertas, puertas cerradas. Puertas blancas, puertas azules, puertas rojas. Puertas de madera, puertas de cristal. Puertas correderas. Puertas de doble hoja, dobles puertas.

Puertas de acero, puertas blindadas. Puertas con gateras y puertas enrejadas. Puertas falsas, puertas abatibles. Puertas que giran y que al hacerlo agreden con su perfil. Puertas con mirilla, delatoras. Puertas que engañan y puertas que no se deben traspasar. Puertas al lado de otras puertas.

Puertas desencajadas que no se pueden cerrar. Puertas que no son puertas, sino marcos por los que se pasa sin verlas. Puertas con timbre y puertas con aldabón. Puertas con pestillo y puertas con pomo. Puertas con llave y puertas con cerrojo. Puertas herméticas, como las de un refrigerador. Puertas que hacen clac, puertas que hacen flop, puertas que hacen blam. Puertas que son una frontera.

Puertas por las que pasa el aire, como en una corriente. Puertas por las que pasa la gente, como una corriente. Puertas corrientes. Puertas que separan y puertas que unen. Puertas por las que uno entra y se queda. Puertas por las que uno se va y no se queda.

La puerta de la cocina, la puerta del salón, la puerta de la calle. La puerta del ascensor, con su cristal esmerilado, rectangular, que deja ver la sombra del vecino antes de ver al vecino cuando va el vecino.

Puertas por las que se sale al mundo. A un mundo con más puertas.