Adiós, Currita, hasta siempre

Curra, mi perra querida, murió el pasado 26 de marzo. Este post me ha costado muchos borradores y ha sido muy difícil de escribir. Pero ella le dio nombre al blog y el tributo es obligado.

Curra ha vivido quince años, que son los que hemos pasado juntas. Ya estaba muy mayor, y en el último año y medio había superado algún que otro match ball. Hasta que no pudo más. Los perros te avisan a su manera de que han llegado al final. Con los ojos, con su comportamiento, con su gesto. Curra eligió dejar de comer de forma radical, dejó de comer obstinadamente, casi como una rebelión para que yo no tuviera dudas. Y yo no pude hacer otra cosa que rendirme ante su instinto y llevarla a que muriera en paz.

Era la abuelita del parque, una ancianita que nunca perdió la costumbre de hacer la ronda buscando quién le diera un chuche, y que cuando lograba dos o tres golosinas se plantaba en el mismo centro, quieta como el nomon de un reloj solar, mientras el resto de los perros correteaba a su alrededor esquivándola milagrosamente. Los días que había muchos cachorros sueltos me la llevaba de allí, no fuera que alguno me la tirara al suelo y la terminara de desgraciar. Y es que alrededor de Curra ya sólo podía haber delicadeza. Delicadeza y asombro: ¡Curra es eterna!, gritó una chica en el parque cuando la reconoció hace un par de meses, porque la había tratado de niña y ahora era una mujer que encaraba la treintena.

Viejita y todo, se levantaba por las mañanas contenta y brincaba por el portal cuando la sacaba a la calle. A veces se alocaba olvidándose de su edad y de sus reúmas, y se caía al suelo, y se quedaba ahí, asobinada, esperando a que yo fuera a levantarla. Las pelotas de goma y los juguetes hacía mucho que se habían guardado en un altillo, porque la pulsión de ir a por ellas a toda costa no la había perdido del todo y no le convenían los excesos. Se apuntaba a salir siempre que te pusieras el abrigo. Y entonces nos íbamos ella y yo de paseo, a caminar despacio, porque ninguna de las dos tenía ya ninguna prisa.

La vida de Curra en este último año, con toda su vejez a cuestas, con sus achaques y debilidades, fue una vida pausada, lenta y paciente, con algún que otro destello, como esos rescoldos que para reavivarlos se soplan con mimo y así nos siguen dando algo de calor debajo de las cenizas. Y en casa, en mi familia, todos compensábamos su mengua de energía con más cariño si cabe, con mayor devoción si eso fuera ya posible, con la ternura que ofrece la indefensión del perrito anciano, que es muy parecida a la fragilidad del recién nacido. Y así fue hasta que ella quiso que fuera.

Curra ha muerto, pero el recuerdo queda. Yo siempre la llevaré en mi corazón como la perra buena, noble y cariñosa que era. Sobre ese triángulo construyó su personalidad, en la que faltaba astucia y pillería, en la que no había egoísmo ni celos, y para la que no necesitó nunca ni un asomo de fiereza. Ha sido una perra dócil y generosa que no exigía atención y que, sin embargo, siempre la merecía, precisamente porque no se preocupaba por ella. Una perra que podías llevar a cualquier parte y que era muy querida por todo aquel que la trató, aunque sólo fuera por unos minutos. Una perra divertida y simpaticona que se dejaba querer y que es imposible de olvidar. Esa era mi Curra.

Ha vivido quince años y ha vivido muy bien. Ella ha sido muy feliz y yo con ella también he sido muy feliz. Me quedo con eso, con la felicidad, y no con la tristeza y el dolor de la pérdida. Y creo que es lo justo, creo que es lo que se merece su recuerdo. Curra ha sido mi amiga, mi compañera fiel, mi perrita del alma. Curra ha muerto y ahora, ya para siempre, la echaré mucho de menos a mi lado. 

Un beso energético y un trocito de pan. Descansa.

Madrid tras la tormenta

La gran nevada, tal y como previsto, nos ha dejado un paisaje parecido al de Beirut, pero más incómodo porque no lo ves desde el sillón. Madrid está hecha un asco, con mucho roto y llena de montoneras de nieve de un afligido color ala de mosca. Debajo de estas montoneras, y mezclado con ellas, hay de todo. Desde lo que es medio visible, como ramas de árboles, plásticos y cáscaras de mandarina (que al menos aportan colorido), hasta lo imaginable que es mejor no imaginar. Lo que no es de prever es que esto traiga bichos, aunque por el tiempo que llevamos con ellas no extrañaría ver ahí telas de araña. Ya los únicos que disfrutan de los lugares con nieve, que son muchos todavía, son los perros. Y los dueños que no limpian las cacas.

Cualquiera con media neurona activa podía tener la certeza, el mismo domingo por la mañana, de que esto en un par de días no se quitaba. Nuestra sociedad ha perdido la paciencia porque la confunde con la resignación, y por eso no la echa en falta. Yo diría que este ambiente de Berlín post bélico lo estamos viviendo como una penitencia, y dejémoslo ahí. Los madrileños, en cuanto hemos podido, nos hemos puesto a vivir como si no hubiera montoneras, ni hielo, ni estuvieran las calles destrozadas, porque mientras podamos ir a los bares, ¿a quién le molesta un poco de hielo negro?

Lo que sí hemos aprendido son muchos nombres. Ahora que llega la lluvia, yo he sabido de los imbornales, que son esas rejillas del suelo que protegen a los viandantes de caerse a una alcantarilla. Sin querer, por supuesto. Los imbornales tienen un nombre horrendo (asociado con la lluvia y las cloacas suena como a orinales), pero su misión ciudadana es de lo más honorable. Y también hemos sabido ahora de cosas ingenieriles interesantísimas, como son los tanques de tormenta, que es un nombre mucho más poético que el más vulgar de aliviadero. 

Me parece en cambio que, en estos días, y ya van para diez, no hemos reparado en otros nombres, como el de quitanieves. A ver. Una quitanieves no quita-la-nieve, sino que la amontona en los lados, a veces con forma de muros, otras con forma de churrete y las más en un apelotonamiento que parece gritar sálvese quien pueda. ¡Que traigan quitanieves!, clamaba el pueblo de Madrid, cuando debería haber pedido excavadoras y contenedores. He leído por ahí el volumen de nieve caída y… en fin, mejor dejar que la lluvia y la subida de temperaturas nos quite toda esa guarrería.

Todo esto se arreglará, no tengo dudas, y se limpiará (sí tengo dudas), pero lo que mal arreglo tiene es la escabechina de los árboles. Dice Trapiello en su libro de Madrid que «La mayor conquista de la civilización urbana occidental, junto con el alumbrado, el alcantarillado y la traída de agua a las casas, ha sido la entronización clorofílica en sus espacios públicos». Es una frase un poco cursi (¿Entronización clorofílica? Dios mío), pero encierra una gran verdad, y es que los árboles en las ciudades explican la ambición de bienestar de sus habitantes. En Madrid ha caído o se ha visto dañado un tercio de sus árboles, que son muchos, casi 700.000. Y un árbol no se improvisa. Para que crezca no hay más remedio que dejar pasar el tiempo.

En fin, la nueva borrasca, cuyo nombre paso de aprenderme, nos trae la lluvia y el viento. Yo creo que la cuota de inmoderación ya está cubierta con la nevada, pero nunca se sabe. Pero como vengan con fuerza, veremos a los árboles huir por las calles, convertidos en Ents que buscan su salvación.

No ganamos para sustos.

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Fotografías tomadas el sábado 16 de enero

Madrid, de nuevo

Ha nevado en Madrid. La mayor nevada del siglo, han dicho, aunque decir eso es muy poco meritorio. Si hoy estuviéramos en enero de 1999 sería un record centenario, pero en 2021, con más de tres cuartos de siglo por delante, la frase es, cuando menos, un poco apresurada.

Empezó el viernes por la mañana a ritmo de bolero, luego la nube se pasó a la rumba, y a las ocho ya sólo se podía caminar. Alguien me dijo que ningún ser vivo había visto una nevada como esta en Madrid, y es cierto siempre y cuando demos a los árboles por muertos, aunque viendo cómo han quedado algunos igual es lo más corto que podemos decir. Unos tronchados, otros mancos, la mayoría con ese rictus penitente que se les queda al soportar tanto peso en sus ramas. Hay un pobre sauce delante de mi ventana que da hasta risa debajo de tanta nieve. Yo lo miro cada diez minutos a ver si se ha caído y ganas me dan de gritar a los vecinos que lo rocíen con agua caliente y le procuren algo de consuelo. Parece un viejecito jorobado apoyado en un bastón a punto de cruzar una calle sin semáforo. No apuesto por él.

Me emocionó el viernes por la noche y el sábado temprano, al sacar a las perras, ver así el barrio. La quietud, la solitud, el silencio. Tantos días de marzo y abril me vinieron a la memoria, pero con cuánta diferencia. Ayer era como si la mudez brillara en un Madrid que no sabe estar callado. Ayer no sentía esa calma siniestra y apocalíptica del confinamiento, la tristeza de los muertos, la parálisis del miedo. Ayer la quietud traía sosiego, ternura, serenidad y hasta seguridad, a pesar del quejido de los árboles.

Y luego, al avanzar la mañana, es cuando se vio Madrid. No sólo ese Madrid embellecido por la nieve y extrañado de claridad. No. Eso, para las postales. Ayer vimos de nuevo el Madrid que es.

La nieve aporta armonía y un orden visual que los madrileños nos dedicamos a desordenar con una entrega conmovedora. Con nuestros paseos por el barrio, con las guerras de bolas en Gran Vía, con los bailes en la Puerta del Sol, con los esquíes por Alcalá y con los trineos por todas partes. Hasta muñecos de nieve con forma de menina nos dio tiempo a hacer. Los madrileños ayer salimos a deambular como si no nevara. Y también salimos a reírnos del mundo, que para eso nos lo han puesto alrededor. 

Este es el Madrid que es. Un Madrid divertido, curioso, imaginativo, descarado, juguetón, algo rebelde y, por supuesto, muy echao pa’lante. Ese Madrid travieso que va a su aire y al que, cuando lo rodea la inclemencia, le sale la simpatía y la compenetración. El Madrid disfrutón y un poco infantil. O quizá se ajustaría más aquello que cantaba Brel (sin referirse a Madrid, sino a unos amantes): «Hemos necesitado mucho talento para llegar a viejos sin ser adultos». 

Me parece que el de ayer es un Madrid inexplicable para el que no vive aquí y marciano para el que no ha estado nunca. Deberíamos cambiar su histórico lema, tan poético como poco práctico, por el más corto y preciso de El que quiera, que me siga y así tal vez empezarían a entender algo los que son tan repelentes con nosotros. O no, ¡qué más da! Madrid va a su aire, aunque traiga copos de nieve.

Hoy, con un sol radiante y un cielo bien merecido, hemos salido de domingo y evaluado la magnitud del destrozo tan bonito que Filomena (a mi pesar) nos ha puesto delante de los ojos. También, si se tercia, a tomar un aperitivo a algún bar que se haya atrevido a abrir (que los hay). Y ya mañana lunes, rodeados de sirenas, soportaremos la incomodidad y el trastorno de esta movida, pero sin dejar que el desconcierto nos aflija. Seguiremos dando de qué hablar porque a Madrid le gusta mostrarse sin importarnos mucho que nos critiquen. Allá los otros: que cada uno mire y diga lo que quiera. ¡Y que nos quiten lo bailao!

Año de nieves, año de bienes. Sea.

Imagen tomada el 9 de enero, hacia las 9:30

El Iphone buceador

No hubo nada heroico. Podría haber estado al borde de una piscina cuando, al auxilio de unos gritos de socorro, me hubiera lanzado al agua a salvar a alguien de morir ahogado. Podemos añadirle un componente dramático, por ejemplo, que el casi ahogado era un niño. O darle un tono sofisticado, que puede consistir en situar la piscina en un resort en las Maldivas. E incluso un aire romántico, terminando la historia comiendo perdices con el apuesto galán acalambrado.

Tampoco fue una situación divertida, como se dice ahora un momento fun (que no viene del inglés, sino del villancico aquel de 25 de diciembre, fun, fun, fun). Y es que cabría imaginar un domingo de sol y música, un grupo de amigos bajando el Sella en piraguas que no saben manejar y desde las que simulan guerras de piratas, entre risas, hermandad y alegría. Y en una de esas, zas, que te caes al agua.

Ni siquiera fue un suceso asombroso, de esos que te libras por los pelos para contarlo luego, entre el alivio y el trauma. Esas historias que tus amigos más morbosos se cuentan entre ellos. Por ejemplo, que vas paseando por el muelle de un puerto del norte cuando se levanta, soudain, la galerna, y una ola terrorífica se estrella contra las rocas y tú, por puro milagro, no la acompañas en su retirada, aunque acabas como una sopa. Para aumentar el dramatismo siempre podemos decir que fue en un puerto del País Vasco, y así ya no hay que entretenerse en describir la brutalidad de la ola.

No. No fue nada de eso. La realidad es que estaba yo por la mañana en bata pasando la fregona por el suelo de la cocina y, al agacharme a recoger el cubo, el cinturón de la bata se me metió en el agua sucia. Y como el cinturón va cosido, pues me la quité y eché la bata a la lavadora. Con el móvil dentro de un bolsillo. Los clonc, clonc, clonc que sonaban me hicieron agudizar la memoria y afinar el oído. ¿Habré metido unas zapatillas? No, que hace clonc y no pum. ¿Será un mechero? No, que el clonc es muy brutal. ¿Monedas? No parece, sonaría cling… Mira, casi que abro la lavadora. Y ahí estaba, el iphone.

Chorreaba pero seguía encendido. Lo dejé en una mesa, me llamé por teléfono, prudentemente alejada, y sonó. La huella no hacía mucho caso, pero al agitarlo al menos permitía meter el código. Mi explicación primera para tal prodigio fue que todavía no había salido el jabón y mucho menos había pasado el centrifugado, pero el pobre parecía un ecce apple goteante. Lo metí en una ensaladera llena de arroz y dejé que se consumiera la poca batería que tenía hasta el día siguiente.

Ha pasado una semana y ahí está, tan campante, aunque su aspecto es deplorable. Ha estado unos días afónico y el despertador funciona entre regular y nada, pero bastante tiene con disimular ese aspecto como de haber pasado por una escombrera. Incluso ha sobrevivido a mi falta de confianza: tuve que irme de viaje el miércoles y me llevé mi teléfono personal, que es un telefonito antiguo sin apps ni internet y que  conservo para esos momentos de la vida en los que de verdad estoy I’m out of office with no access to email, mensaje que no pongo nunca por parecerme de pobres, pero que no descarto terminar poniendo el día en que llegue a la conclusión de que, efectivamente, soy bastante pobre.

Llamé al responsable de los teléfonos de la oficina para que me lo cambiara, pero he decidido que no, que voy a conservarlo. Me interesa saber hasta dónde es capaz de resistir este teléfono y poder contar mi historia con un final de este tipo: “y me duró todavía sus buenos años, entre achaques (él) y dormidas (yo), que resistencia es eso y no la mía cuando era pequeña y no quería acelgas”. Ah, Cupertino, mi capitán.

Adios, Gerardo, adiós

El alcalde del Poblachón se va. Bueno, rectifico: no se va, sino que lo han echado. Ha estado muy reñido, hasta el punto de que entre mis amigos hay quien cree que todo es un rumor y que Gerardo continuará otros cuatro años, pero no. Se va, se pira, se larga, fuera, out, a tomar viento, adiós, se acabó.

El administrador de mi casa, que estuvo en su equipo de gobierno, ya nos dijo en Semana Santa que la cosa estaba difícil este año. Según este hombre, que para esta ocasión extraordinaria se había quitado el disfraz que habitualmente lleva en verano (en agosto parece escapado de un crucero de Pullmantur) y que ahora venía con chandal y gorrilla, porque además de baja estaba de vacaciones (sí, las dos cosas a la vez, han leído bien), la ley d’Hont no les beneficiaba, porque Vox les quitaría votos. Ninguno entre los vecinos le quiso aclarar nada sobre el efecto de la circunscripción, aunque alguien sí se atrevió a recordar con sorna que tampoco se perdería nada, sino al contrario: evitaríamos que vaciara la presa para limpiarla durante la primavera, con lo que también evitaríamos estar sin agua en verano. ¡Eso es una feiknius!, gritó el gorrilla. Cuánto daño hace Tele5 en las mentes blandas, qué barbaridad…

A Gerardo le puse yo una denuncia hace años. Un primero de agosto, día laborable y fecha en la que yo empezaba mis vacaciones, me despertó a las ocho en punto de la mañana el ruido apocalíptico de un martillo neumático justo debajo de mi ventana. ¿Qué mejor momento para empezar a cambiar todas las farolas de una urbanización de veraneantes que un primero de agosto? Y es que, para este alcalde borrico, el verano es la fecha ideal para asfaltar las calles, repintar los pasos de cebra, quitar las barandillas peatonales, poner vallas random en cualquier curva o dar vacaciones al camión de la basura. Así es que me tiré de la cama y, con los ojos inyectados en sangre y el pelo revuelto, me fui derecha a la Guardia Civil y allí le puse una denuncia por psicópata, por turbar mi paz y por falta de respeto a mi descanso y al del resto de los veraneantes de la urbanización. Naturalmente la denuncia se desestimó al cabo de los años, pero al menos me sirvió para comprobar que la Benemérita es un cuerpo comprensivo con la ciudadanía, y en realidad el único que te defiende sin importar de dónde vengas.

– Es que este alcalde tiene un TOC antiveraneante, señor agente, nos tratan peor que a las vacas. Vale que no damos leche, pero compramos en el súper, alquilamos casas y comemos cruasanes.
– Tiene usted razón. Ponga una denuncia: no le devolverá el sueño, pero sí el sosiego.

Como en tantos pueblos, en el Poblachón hemos sufrido muchos años a este cacique sin luces ni talento, cuya única ambición plausible ha sido convertir un pueblo estupendo en un suburbio hortera y perezoso. Debería atreverme a acusarle de más cosas, pero les invito a que lean, en Todo lo que era sólido, a Muñoz Molina cuando cita la más famosa de sus tropelías, que afortunadamente sólo quedó en intento, porque se hubiera llevado por delante el pinar.

En fin, sólo nos queda rezar para que el nuevo alcalde que viene no sea todavía más bruto. Lo tiene difícil, pero en esta España de los milagros todo ha dejado de ser sólido para ser, inevitablemente, posible.

 

Las víctimas ancestrales

[…] Le processus parait désormais infini, car les crimes qu’il faut réparer sont parfois très anciens. On peut, à ce titre, s’interroger sur la propension de certains à se déclarer «descendant d’esclave». Si cette filiation est la plupart du temps réelle (nous écartons le cas marginal des imposteurs), la revendication effectue, elle, un tri entre les ancêtres de celui qui la formule. Tous ses aïeux n’étaient pas esclaves; certains ont vecu avant l’esclavage, d’autres après l’esclavage; certains ont peut-être été des grands résistants, des intellectuels brillants, des héros politiques. Cependant, au-delà de la nécessité indéniable de dénoncer le crime d’esclavage, l’attrait exercé par le statut de victime pousse à choisir dans son arbre génealogique ce qui est perçu, dans nos sociétés contemporaines, comme le plus gratifiant, c’est-à-dire, la victime.

La stratégie de l’émotion, Anne.-Cécile Robert (Lettres libres)

Que traducido viene a decir que el proceso de victimización parece ya infinito, porque los crímenes que hay que reparar son a veces muy antiguos. Nos podríamos interrogar, en este sentido, sobre la propensión de algunos a declararse «descendiente de esclavo». Si esta filiación es en la mayor parte de las veces real (descartamos el caso aislado de los impostores), la reivindicación efectúa, en sí misma, un sesgo, una clasificación, una elección entre los ancestros de aquel que la formula. Todos sus antepasados no eran esclavos, algunos vivieron antes de la esclavitud, otros después; algunos pudieron ser grandes resistentes, intelectuales brillantes o héroes políticos. Sin embargo, más allá de la necesidad innegable de denunciar el crimen de la esclavitud, el atractivo que ejerce el estatuto de víctima empuja a elegir, entre el árbol genealógico, lo que se percibe como más gratificante, es decir, la víctima.

Y el que dice esclavo, dice republicano, o nacional, o indígena, o whatever. Tú coges, miras en tu árbol genealógico, y alguna víctima encontrarás. Aunque sea la víctima de un accidente de coche, pero alguna encontrarás. Y a reclamar perdón y a dar pena, que es gratis.

Este verano en Colombia, un individuo bien blanquito y bien rubio nos enseñaba, en un pueblo muisca de mentirijilla, un mapita en el que se leía que dos millones de indígenas habían sido asesinados por 250 españoles que remontaron el río Magdalena. El cuento era muy grosero. ¿De dónde son ustedes?, nos preguntó antes de empezar a decir tonterías. De España, contestamos. Ah, nos dice, pues discúlpenme si digo algo que les ofenda.

En fin, de aquella charleta lo único ofensivo que recuerdo era el desprecio a la menor inteligencia. ¿Qué podría decir aquel individuo que me pudiera ofender a mí? Los últimos antepasados cuya mala mención me puede llegar a ofender son mis abuelos, y estoy segurísima de que ninguno de ellos remontó el Magdalena. ¿Qué debería ofenderme entonces? ¿Lo que hicieron sus propios antepasados sin duda europeos? ¿Lo que votaron sus abuelos? ¿Lo que no han hecho sus padres? ¿Debo ofenderme por un pasado inventado sobre cuya historia tan manipulada como truculenta un tontainas se ha montado un negocio? ¿En 2018? ¿En serio? Ya lo decía Cipolla: contra la estupidez es inútil luchar, sólo se puede intentar huir.

Les confesaré una cosa: Cortés es mi cuarto apellido. No pienso pedir perdón a nadie. Y digo más: que se anden con ojo los mexicanos, que igual me ofendo y les exijo una reparación. ¡A mi abuela ni tocarla!

Dentera

Hay unos médicos que son menos desagradables que otros. Se me ocurre, por ejemplo, por ejemplo…, pues no, no se me ocurre ninguno, pero alguno habrá que no sea desagradable. Y es que hay dos miedos cuando uno va al médico: la incertidumbre del diagnóstico y el mal rato de la exploración. La cura puede también tener lo suyo, pero como vamos a mejor, pues lo abordas con más optimismo.

Decía mi abuela del médico y del abogado que sabes cómo entras, pero nunca cómo vas a salir cuando vas a verlos. Yo tengo otra, y es que entras con un problema y sales con cinco, cuatro de los cuales ni te imaginabas que tenías. De los médicos pienso así desde que una vez fui a que me miraran una rodilla que me dolía y salí del ambulatorio con un volante para el endocrino.

Un caso especial es el del dentista. Sólo pensar en lo que debían penar los pacientes hace un siglo pone los pelos de punta a cualquiera. Pero hoy te ponen la anestesia, un simple pinchacito de nada QUE TE MERECE MUCHO LA PENA, y ya está, que hurgue todo lo que quiera. Luego, cuando se pasa la anestesia, ya es harina de otro costal. Sin embargo hay dos cosas que no remedia la anestesia. La primera es el miedo. Miedo a que se le escape el taladro y te salga por la mejilla. O por la coronilla, ya puestos. Y luego el miedo irracional a que se acabe el efecto de la anestesia antes de tiempo, hasta el punto que no sabes si quieres que acabe rápido porque lo estás pasando fatal o por la incertidumbre de cuánto dura una encía dormida.

La segunda cosa que no tiene remedio es la dentera. ¿Qué clase de aparatito es ese con el que te van rascando la superficie de los dientes, chis, chis, ñac, ñac? ¿Es un bisturí chiquitín? Chis, chis, ñac, ñac. ¿Y qué me dicen de la lima que te pasan entre el colmillo y el premolar? ras, ras, chis, chis. La lima es tremenda. En general, cualquier papelillo de esos que tiene el dentista provoca mucha dentera. O ese ganchito romo entre las muelas, clac, ñiac, clac, ñiac. Un horror. Por no hablar del algodón seco, sequísimo, que te pasan o que te ponen en la encía, que es la bola de algodón más seca del mundo. ¿Y qué me dicen del aire? ¿el aire, eh, el aire? Fiiis, fiiiis.

No sigo más.

 

Una tela para los sillones

img_1039img_1041Los sillones tienen casi más años que yo. O sea, muchos. Eran unos sillones que estaban en casa de mis padres, aunque no recuerdo ya su tapicería original. Sí que recuerdo que durante un tiempo fueron blancos con grandes flores verdes, muy fresco todo, muy alegres, y después se tapizaron en color cereza. Y así vinieron a mi casa actual, y luego yo los tapicé en un color café como en la foto. Alguno que yo me sé diría que son marrones, pero no. En todo caso, el color conviene a los tonos sobrios del salón, porque yo soy una persona seria, discreta, tranquila y conservadora, y mi salón también.

Y ese tapizado tiene unos quince años, algo más que los últimos arañazos de Benito, que era un gato maravilloso que tuve (algún día les tengo que contar la historia de Benito) y que se murió en 2006. O sea, que Benito fue el predecesor (que no el antepasado) de Curra. Pero me distraigo. La cuestión es que los sillones estaban ya hechos un asco y entre lavarlos otra vez y tapizarlos de nuevo, he optado por lo segundo. Hace una semana se los llevaron, y se me ha quedado el salón, aparte de huérfano, incomodísimo, porque uno de esos sillones es mi sillón, en el que leo y veo el fútbol.

“¿Conocéis algún tapicero de confianza?”, fue la pregunta que puse en el wasap de mis hermanas y en el del poblachón. Enseguida me junté con cuatro o cinco propuestas que fui descartando cuidadosamente, hasta quedarme con tres. A la tercera no llegué. La primera era una tapicería cerca de mi casa. Fui a la tienda, me atendieron amablemente y me pidieron que enviara unas fotos de los sillones por wasap. Una semana después decidí que si no eran capaces ni de contestar a un wasap, de ninguna manera se iban a llevar mis sillones. Y como ya tenía las fotos fui a la segunda y ya están encargados.

Todo esta introducción para decir que la elección de telas para un tapizado es algo agotador que me provoca mucha ansiedad. Tienes que elegir sobre un trocito de tela de 6×6, poniéndolo muy generoso, y a veces hay fotos de sillones tapizados, pero a veces no, y entonces te sacan la tela extendida, o no, o a veces la tienen en la tienda en otro color, y tú te tienes que hacer a la idea de cómo quedarán tus sillones, pero no te haces a la idea para nada, y no sabes si te cansará esa tela, o si no estarás arriesgando mucho, o si por el contrario eres todavía más sosa de lo que pensabas, y también te dices que en qué momento habrá pensado el señor tapicero, tan amable, que le vas a dar importancia al comentario ese de “este tejido se lleva mucho”, cuando te dan ganas de preguntar “¿y dentro de otros quince años se seguirá llevando, cree usted?”, pero luego no preguntas porque se ha llevado la tela y ya te está enseñando otra, y te dan ganas de cerrar los ojos y elegir a voleo, y te asalta el reproche de a ver por qué has tenido que decir que “buscas azules o burdeos”, si con un color solo ya estás abrumada, y que si este hombre habrá entendido, después de decirlo cuatro veces, que no quiero flores, no quiero rayas, no quiero terciopelos ni quiero piel. Y así a lo largo de tres cuartos de hora de calvario durante el cual, por cierto, todavía no se te ha ocurrido preguntar por el precio, y cuando preguntas ya te dices que qué más da, que para tan poca salud, lo mejor es morirse.

En fin, tal ha sido el suplicio que cambiaré de cortinas cuando me reponga, que será dentro de un par de años si los sillones no se dan muy de bofetadas con lo que tengo, que creo que no. De momento sólo me quedan energías para esperar con paciencia los nuevos sillones. Sea.

Desayuno con hormigas

Alguna vez les he contado en este blog mis guerras con las hormigas. Las hormigas son unos animalitos que me caen bien, aunque no me guste su compañía. Trato de no pisarlas y si tuviera en mi mano qué animales salvar de un holocausto nuclear, probablemente ellas pasarían el corte. Me resultan simpáticas, tan laboriosas y esforzadas, y no me dan demasiado asco. Dicho esto, cambiaré el tono bucólico y casi franciscano con el que he empezado este post para decirles que una cosa es esto y otra tener que compartir mi desayuno con ellas.

La semana pasada, en el poblachón, me levanté temprano y me encontré con una procesión de hormigas llevándose un suizo (que no era cualquier suizo, sino que era MI suizo) de la encimera de la cocina. Por supuesto lo di por perdido, pero pude contener la ira para, antes de empezar con la escabechina, ir a ver de dónde había salido aquel ejército. Y venían de la otra punta de la casa. Se colaban por una rendijita al lado de la puerta de la terraza, atravesaban el salón, cruzaban el pasillo, recorrían la cocina, se subían a la encimera, y ahí me las encontré, robándome el desayuno miguita a miguita. O sea que, en su escala, las tías se recorrían sus buenos ocho kilómetros, cuatro de ellos, los de vuelta, cargadas como mulas. Ni qué decir tiene que yo me quedé sin desayuno, pero ellas se quedaron sin postre. Y además perdieron a muchos efectivos en aquella excursión, porque me lié a zapatillazos hasta que no quedó ni rastro de ellas.

Después, bien de silicona en el agujerito, revisión general de la zona, y a Madrid.

Este fin de semana han abierto otro agujerito en la pared del salón para venir a comerse, de nuevo, mi desayuno. En esta ocasión era un cruasán, pero a ellas les da lo mismo. Yo creo que les pongo unas verduras a la plancha y también vienen a comérselo, porque son testarudas, hambrientas y además van sobradas de soldados. No tengo dudas de que, detrás de esa pared del salón, hay un gran hormiguero. Todavía no he averiguado dónde está, todavía no sé de dónde salen, cuál es su casita de provisiones, pero teniendo en cuenta que ellas se recorren toda la casa para venir a por mi desayuno, lo mismo me tengo yo que recorrer toda la provincia hasta que dé con su guarida. Pero daré con ella, como me llamo Carmen y hoy es mi santo.

Las hormigas son laboriosas, esforzadas, organizadas, testarudas y previsoras, aunque esto último tal vez no tanto: no cuentan con que mi mal despertar solo se me pasa con un buen desayuno.

Rufo

IMG_0781Hace casi dieciocho años, una mañana que bajaba mi tía a la playa, vio un cachorro de gato abandonado en un alcorque. Supongo que no sería la primera persona que pasó por allí aquella mañana, pero sí fue la primera persona a la que se le rompió el corazón al verlo. El pobre gatillo estaba sucio, desnutrido, con sed y hambre, tan pequeño que las dos cosas se calmarían con un poquito de leche. Lo envolvió con cuidado en una toalla, se lo llevó a casa y dejó la playa para otro momento.

Un día después lo llevaron al veterinario. El pobre gato tenía una infección en los ojitos, y además respiraba con mucha dificultad. Por entonces imaginaban que, antes de acabar el verano, el gato se marcharía a vivir su vida, libremente y por su cuenta (por esos alrededores hay más gatos que vecinos), pero mientras anduviera por la casa, el gato debía estar cuidado, limpio y sano. Así que el gatito, después de la prescripción veterinaria y a base de cuencos de leche y comida rica, se fue curando poco a poco. Y de paso, mientras volvía a la vida, le servía de distracción a mi abuelo, que ya no bajaba a la playa y que se sentaba las horas muertas en el jardín a jugar con él y a esconderle el bastón, y a hablarle de lo divino y de lo humano, casi 90 años de vida que contarle a un gato con las orejas limpias y relucientes, porque así se las dejaba todos los días mi abuela.

Mediado agosto, mi madre se fue con mi tía Pilar hacia Murcia, porque las noticias que llegaban sobre el estado de salud de mi abuelo eran preocupantes. Nos llamó al llegar y mis hermanas y yo salimos hacia allá al día siguiente. Aquella misma noche mi abuelo falleció.

Se organizó con rapidez el traslado del cuerpo de mi abuelo en un furgón a Madrid. Mi abuela, mis tías y mi madre cogieron un avión de vuelta, y mis hermanas y yo nos quedamos a cerrar la casa detenidamente, como se cierran las casas que no sabes cuándo se volverán a abrir. Y por allí apareció el gatillo, que venía de darse un garbeo tal vez buscando a aquel señor del bastón. ¿Qué hacemos con el gato?, preguntó mi hermana mediana. Llevárnoslo, dijo mi hermana mayor, este gato no se queda aquí porque hizo feliz al abuelo en sus últimos días. No hubo discusión, esa es la verdad y a Madrid que nos trajimos al gato, en los brazos de mi hermana, envuelto en una toalla y sin saber muy bien quién de la familia se quedaría con él. Y se lo quedó mi abuela, naturalmente.

El murcianico, lo llamaba mi tía Maruja, su salvadora. Pero necesitaba un nombre, y mi abuela le pidió prestado a mi hermana mayor el nombre de Rufo, que así se había llamado un siamés suyo precioso y cariñosísimo. Rufo pues, aunque también era el gato, sin más y por ser gato único; Mici a veces, cuando a nadie le salía el nombre, el gatuchi cuando preguntábamos por él, y Garfield en su buena época de gato orondo.

Ha vivido feliz y ha vivido mucho, casi18 años sin apenas enfermedades. Se llevaba bien con todos, y era un gato amable y cariñoso. También con el mundo animal de la familia, aunque con mi gato Benito, que aún vivía cuando él llegó, intentó llevarse bien con unos resultados malísimos que no quisimos volver a repetir. En cuanto a Curra, primero preferían no encontrarse, y luego aprendieron con el tiempo a ignorarse, hasta el punto de cruzarse por el pasillo y parecer invisibles el uno para el otro.

Sin duda era un superviviente. Sólo así se explican los 18 años de vida resistiendo los fregotes que le pegaba mi abuela cada día y las carreras que, unos años después, le daba la loca de Wilma, con la que nunca tuvo un mal gesto ni un mal arañazo, y a la que dejaba pacientemente que le llevara del cuello o de una oreja por el pasillo sin emitir un maullido. Para qué, diría, mejor que piense que ya estoy muerto.

Bromeábamos con su edad y con su capacidad de resistencia. Le subíamos al poblachón y allí revivía, para mí que era por el oxígeno. Se tumbaba en la terraza al sol, y era inexplicable que no echara humo, y sólo se levantaba para ir a incordiar a alguna lagartija. A veces, si estaba profundamente dormido, alguien decía “tocad a ese gato, que igual ha muerto”. Mi sobrino decía con mucho humor negro que olía a tierra, y yo le decía a mi tía que cualquier día se lo encontraría boca arriba al llegar a casa. Bromas que incluían la previsión de que nos enterraría a todos, porque la realidad es que nos habíamos creído que Rufo era inmortal.

Como todos los animales, y más los gatos, él decidió cuándo quería cerrar la persiana. Cada vez fue comiendo menos y se fue convirtiendo en una pasita, un pellejo que recubría los huesos. Hasta que el fin de semana pasado decidió no comer más. Tuvo el privilegio de una vida feliz y regalada de 18 años. A ese privilegio se le ha añadido el que se reserva a los animales que son bien amados: dejarles que mueran mientras están dormidos.