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– ¿Pero y ese quién es?
– No sé, ni idea.

Y entonces lo investigué. En el origen había una folclórica. La cantante tuvo una hija que con el pasar de los años se echó un novio. Lo dejaron poco tiempo después y él, ya con un par de portadas de revistas amarillas en su haber, se fue con otra que al principio era una completa desconocida, aunque ya menos por la relación con el ex-novio de la hija de la folclórica. La completa desconocida resulta que tiene un hermano que la acompaña desde que se separó sentimentalmente del ex-novio de la hija de la folclórica. Pues bien, el hermano de la ex-novia del ex-novio de la hija de la folclórica es gay y tiene una relación con un chico que al ver que salía por la tele con la ex-novia del ex-novio, saltó a la palestra para reivindicar su amor homosexual (y lo homosexual en general). Pero resulta que anteriormente no había sido muy homosexual, y un ex-compañero suyo del colegio salió a explicarlo con todo lujo de detalles y pruebas, entre las cuales el testimonio de su prima (también sabemos que él es hijo único), que tuvo un lío con el novio ex-gay del hermano gay de la ex-novia del ex-novio de la hija de la folclórica cuando tenían dieciséis años y toda la pandilla del cole se fue de juerga a las fiestas patronales de Navalacruz, momento en el que, además de amarse afanosamente debajo de un camión de cerveza, visualizaron (ella empleó ese verbo, no es idea mía) a Casillas, que estaba con sus amigos. Sin duda ésa y no otra es la razón por la cual, en el reportaje que le estaban haciendo a ese chico, salía de vez en cuando un bucle de imágenes de Casillas y Sara Carbonero a la salida del sanatorio donde tuvieron a Martín, su primer hijo. Sigo aquí, no se me pierdan, que queda un último paso todavía para encontrar a ese chico. La prima ahora, además de instagramer y modelo eventual, es pareja de un empresario del sector de los alicatados (al que hemos podido ver en algún photocall), pero su primer marido, con el que tuvo un niño, es un empresario del sector del reciclaje que el primer día que vio a su hijo pixelado en la tele decidió interponerle a la madre una furiosa demanda. Y en ese momento, más o menos, estábamos.

– ¿Pero y ese quién es?
– Ese es el primer marido de la prima del antiguo compañero de colegio del novio ex-gay del hermano de la ex-novia del ex-novio de la hija de una folclórica. Un reportero audaz le localizó a la salida de los juzgados una fría mañana de enero. Y aunque estamos en octubre, el asunto ha salido a la luz ahora y por eso es de rabiosa actualidad, aunque el tipo aparezca en la tele con bufanda.

Si me quedara algo de memoria les pondría un emoticono, no vayan ustedes a creer que no vivo en el mundo que me toca vivir.

Lady Di hace veinte años

Hace 20 años, cuando Lady Di se mató en el Pont de l’Alma, era sábado de madrugada y yo estaba en una discoteca en el poblachón. Me enteré por mi amiga María Angeles y todavía no sé cómo se enteró ella, aunque supongo que habría venido a la discoteca de otro bar en coche y por el camino encendió la radio. Nunca se lo he preguntado, no lo recuerdo y no tengo ninguna otra explicación para una época sin Facebook, ni WhatsApp, ni Twitter. Móviles sí llevábamos, eso sí, aunque no creo que Buckingham Palace le enviara un SMS: quién sabe si todavía no estarían durmiendo.

Cada vez que se habla de la muerte de Lady Di yo me acuerdo de Maria Angeles contándoselo a todo el que la quería escuchar, a unas horas y en unas condiciones etílicas que se prestaban a cualquier cosa menos a la truculencia del cuore. Mi imaginación ha reconstruido el recuerdo y ahora parece que la veo dando gritos y clamando porque nadie la creía (“que es verdad, tía, que Ladi Di se ha matado en París, qué fuerte”), y yo me veo con una copa en la mano, quizá la última de esa noche, diciéndole que no se tenía que creer todo lo que se decía en la radio.

El siguiente recuerdo que tengo es en la piscina de un pueblo cercano (en el poblachón las piscinas públicas cierran religiosamente el 1 de septiembre) leyendo la prensa con todo el despliegue sobre el suceso y sobre la vida de la princesa. La manera de leer la prensa entonces no tenía nada que ver con los usos actuales, ni en lo que se refiere al lector ni a las coberturas, aunque el histerismo ante el strip-tease de según qué acontecimientos no creo que haya cambiado demasiado desde hace 20 años.

Lady Di siempre me pareció una lánguida, aunque después de separarse de Carlos de Inglaterra igual se espabiló un poco. O un mucho, tampoco seguí su vida como para ser capaz de saber si se le pasó la ñoñez poco a poco o de golpe. Lo que parece indiscutible es que su imagen mejoró mucho cuando alguien la convenció  para que se cortara el pelo bien cortado y mirara a la cámara de frente sin ladear la cabeza como si fuera un perrito de aguas pidiendo que le tires la pelota. Y lo que le convirtió en mito fue sin duda su muerte, que fijó su vida y la engrandeció: para convertirse en mito, por lo general se necesita vivir más y hacer más cosas. Pero es que los símbolos se construyen en el tiempo en el que toca vivir, no después. Creo.

En fin, creo que este fin de semana le pediré a mi amiga Maria Angeles que me ponga al día sobre Lady Di. Seguro que me cuenta cosas que no sabía, aunque no sean verdad. O sea, como la tele esta noche.

Guardiola, esa víctima

Este fin de semana Pep Guardiola se ha llegado a Barcelona para jugar un partido de viejas glorias del Barça. Y de paso ha ido a un mitin de independentistas para redondear el plan de fin de semana viejuno y melancólico al que se había apuntado.

En el mitin cogió un papelito que le había escrito algún demente subvencionado y dijo cosas como que España es un estado autoritario, que les quitábamos la sanidad y los puertos, y no se cuántas bobadas más. O sea, que somos super malos y que ellos, por su parte, se saltarán la ley porque es lo más super democrático que hay. Todo dicho con su carita de bueno y su aura de líder: aquí una personalitat catalana. Silencio todos que habla el Pep, lo más intelectual que tenemos en este país pequeñito y oprimido.

Yo creo que ya se ha dicho y comentado todo lo que había que decir de este memo respecto al chorreo de imbecilidades que soltó, desde su paso por la Selección Española, mano en escudo y motivación a tope, hasta sus relaciones con Qatar, el reino verdadero de la libertad, la igualdad y la democracia. La hipocresía de este pobre diablo es casi mayor que su cursilería, que ya es decir, y cuando se juntan las dos cosas el ridículo es imparable.

Pobre Pep. Pensará que su  estudiada pose de mesurado, de intelectual, de tipo inteligente y con carisma va a superar esta farsa. Un clavo saca a otro clavo, pues la farsa sobre la farsa, pensará. No sé, pero tengo para mí que le será difícil, después de subirse a una tarima y soltar las mismas gilipolleces que los políticos catalanes. En vez de decir algo original, como se espera de leyendas como él, va y dice las  chorradas que le escribe una panda de inútiles que no tiene en donde caerse muerta. El entrenador de mérito, el adalid del fúpbol de toque sutil, va y se pone a hacer de Macario con unos ventrílocuos perturbados, probablemente los políticos más desprestigiados de toda Europa. Y para colmo ¡con lo mal que visten y la poca class que tienen! El Pep tan fino y ellos tan vulgares, qué despropósito todo.

Qué cagada, tú, ganar un Sexteto y hablar idiomas para acabar con esta gent.

 

El pescuezo de Alonso

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El titular dice “Cuellos de toro en la F1” con el antetítulo: “La mayor velocidad de los coches en 2017 obliga a los pilotos a incrementar el perímetro muscular de sus pescuezos”

¿Pescuezo? Uf, no sé yo.

Pescuezo suena a taberna de barrios bajos con olor a vino agrio y a sudor de borrachos con navaja en la cintura. Pescuezo suena a cadalso rodeado de tricoteuses que abren sus bocas desdentadas para gritar “mátalo”. Pescuezo suena a pescadería, aunque yo creo que es por adherencia fonética, porque pescuezo es lo que se les corta a las gallinas. De pescuezo viene pescozón, que es lo que le da un padre a su hijo cuando llega tarde a casa o cuando dice una mala palabra con el pan en la mesa. Tú dices pescuezo y ves la rebanada que han cortado, o ves al reo en el garrote, o ves al pollo descabezado.

Pescuezo y Fórmula 1 no casan. Vamos, no llegan ni a novios. Pero supongan el apuro del redactor al encabezar el artículo. Ya ha decidido el título. ¿Qué hacer con el antetítulo para no repetir? Terrible problema. Le imagino consultando el diccionario de sinónimos en línea, y también imagino su desolación al encontrar, además de pescuezo, garganta, gollete y cogote. Y sí, son sinónimos, pero no, no me valen, se dirá, y entonces elige la más coloquial, la más brutal, la que describe más y ofende menos, la que pedirá seguir leyendo.

Y sigues leyendo. Y entonces te enteras de que Fernando Alonso tiene un cuello con cuarenta y cinco (45) centímetros de perímetro. ¿Y eso es mucho o es poco? Pues, a ver, el perolo que tengo yo en casa para el cocido le cabe –suponiendo que le pasara de la cabeza, que lo mismo es mucho suponer. Ahora, ya les digo yo que una camisa ajustada de confección no encuentra.

Vuelvo al redactor y me pregunto qué remedio podría encontrar para no repetir la dichosa palabra. Mal asunto. Quizá podría desvelar parte del artículo, diciendo “La mayor velocidad de los coches en 2017 obliga a los pilotos a incrementar la musculatura que sujeta la cabeza para no perderla en una curva”.

Uf, casi mejor pescuezo.

Día de San Valentín

Pues tenemos lo cursi, lo muy cursi, y luego ya San Valentín. Todo lleno de corazones palpitando, de miradas arrobadas, y todo lleno de rosa y de plástico. ¿Que es bonito? Huy sí, precioso. ¡Y tan natural, tan improvisado, tan tan discreto!

– ¿Es que nunca has estado enamorada?
– ¿Y qué tiene que ver el amor con la cursilería?

En general me aburren mucho las celebraciones programadas, no digamos si además van acompañadas de deseos obligatorios. En ese capítulo meto la Nochebuena y el fin de año, aunque las dejo pasar casi casi por solidaridad familiar. Y porque guardan un cierto sabor a infancia, un tono de nostalgia que tiene su aquel. Y aunque a veces se pone la cosa muy cursi en la tele, luego programan Qué bello es vivir y se nos pasan todos los males. Sin embargo es oir San Valentín y la única película que se me viene a la cabeza es la de El día de los enamorados y, junto con el soniquete de la canción, ya sólo veo a Conchita Velasco y a Antonio Casal discutiendo en la puerta de una zapatería.

Esto de San Valentín no es nuevo, ni siquiera como alibí comercial. Y sin embargo, vivimos en una época de “oversharing” (eso que mi querida MG le llama a la indiscreción) que, mezclado con las redes sociales, o tal vez como consecuencia de ellas, hacen que te encuentres en tu teléfono una promesa de amor al mismo nivel que la foto de unas patatas con costillas. Muchos corazones y un “P. ¡¡¡¡FELICIDADES, TE QUIEROOOOOO!!!” y muchos emoticonos de corazones que te dejan, como mínimo, pensativa. ¿Y quién será P.?, te preguntas. ¿Puri? ¿Palo? ¿Pili? ¿Pamela? ¿¿Paladia?? Yo pienso que un tuit de este tipo quiere ir dirigido a una tal Perpetua, una vez que hemos descartado que se llame Prudencia y con la seguridad de que debería llamarse Piedad. Buf.

Claro que no tiene nada de malo un día como hoy, salvo el tono rosa, los corazoncitos everywhere y la gente pelma, aunque éstos son igual de insufribles el día de Santo Toribio. Pero precisamente porque los enamorados hacen muchas tonterías (y eso es muy divertido cuando se vive y cuando se aprecia), programar esta celebración, fijarla en un día preciso, y provocar tanto exhibicionismo impostado me resulta innecesario. Y bastante aburrido.

San Valentín también se llama a la matanza que ordenó Al Capone en Chicago en los años 30. Vaya día que eligió para demostrar cariño. Si se llega a esperar unas horas se habría llamado La matanza de San Claudio, y no hubiera emborronado un día tan romántico, tan bonito, tan evocador, tan natural, tan improvisado, tan original, tan discreto…

 

Dress code con fallos

Me ha costado entenderlo, y no crean que las tengo todas conmigo. Por lo visto, había un reglamento que se leía a las chicas que eran elegidas como falleras mayores en donde se les indicaba unas normas de conducta y de vestimenta. El concejal del ayuntamiento de Valencia que se ocupa de las Fallas, escandalizado, lo ha puesto en un papel y se lo ha entregado a la prensa para hacer público su propio escándalo.

¿Y qué dice el papel? Pues más o menos cosas que las falleras ya se imaginan cuando se presentan a falleras, a saber: que para ir a un cocktail en el ayuntamiento hay que ir “arreglada”. No en el sentido en el que te lo diría tu tía abuela, porque ella te diría “arregladita”, sino en el sentido en el que te lo puede chivar cualquier amiga. Lo que me parece asombroso es que esto tenga que escribirse en un reglamento. ¿Pondrá que la taza de café no la deben coger con las dos manos? ¿Y que no deben dejar la cucharilla dentro de la taza? ¿Y sobre eructar? ¿Les dirán algo sobre no eructar?

El punto que ha levantado la indignación es la parte de la adecuación, o sea, el que hace referencia al largo de la falda y a los escotes. Cuidado ahí, les dicen a las mozas. Yo me pregunto cuándo un largo de falda o un escote empiezan a ser inadecuados, escandalosos o directamente impúdicos. Y sobre todo, cómo se reglamenta eso en un par de folios. Según el papel, cuando te lo dice un acompañante, aunque tengo para mí que eso te lo dice antes el espejo, una inteligente lectura de la tarjeta de invitación o, ya si estás completamente desorientada en la vida, tu propia madre. En mi opinión, una minifalda empieza a ser impúdica con la edad, cuando los muslos se te ponen con la temible piel de naranja. Se habla del largo de la falda y no de cómo se ajusta al cuerpo, aunque tiene lógica: si necesitas hacer un reglamento, entonces tienes que echar mano de una regla. De todos modos, me basta una condición: por favor, no dejes que se te marquen las bragas. En cuanto al escote, podríamos discutir toda una vida, incluyendo en la discusión si Gilda escandaliza cuando se quita el guante o cuando se le abre la falda y enseña un muslo.

No digo yo que el reglamento no esconda polillas y telarañas, pero lo que es seguro es que, como cualquier reglamento de estas características, contendrá muchas imbecilidades. Cámbiese y a otra cosa. Eso sí, no hay que llegar a los cerros de Úbeda: las Fallas, como cualquier festejo, son un teatro, una representación, y es normal que exista un dress code, escrito o no. Pedir libertad total en el vestir de las falleras está muy bien y queda progre y tal, pero si pretenden igualar el chándal con un vestido de cocktail entonces la libertad no es suficiente: hay que pedir la libertad con cargos.

El colmo de la ternura es cuando el concejal escandalizado dice que la fallera debe ser algo más que un florero. Pues sí: hay que escribir un florero o florera. Y asunto arreglado.

Things have changed

Y tanto que las cosas han cambiado. Y más que deberían cambiar. Sin ir más lejos, este año el Nobel de Literatura debería haberse llamado el Nobel de las letras.

Bob Dylan, premio Nobel de Literatura 2016, a falta de otro que nos dé la paliza con la escritura.

En el entretanto, disfruten con su música.

 

Pokemon oh

– Tú imagínate, mamá, que estás una tarde tranquilamente leyendo en la casa del Poblachón y de pronto te encuentras a un tío en la terraza cazando un Pokemon.

– ¿Un qué?

– Un Pokemon. Es un juego que consiste en atrapar muñecos que salen en el movil.

– Pues me levanto y le doy un bastonazo.

– ¿Al Pokemon? Hum. Aquí pone que hay que darle con una bola…

Esta apacible conversación fue a principios de verano. Un par de meses más tarde me ha podido la curiosidad. Me bajé la aplicación hace un par de semanas y me encontré a un alienígena calvo encima de la mesa del salón. Lo capturé con más pena que gloria mientras mis amigos del Club de Lectura me daban instrucciones por wasap. Al día siguiente me topé con un caballo amarillo con la cola en llamas trotando en mi cocina. Después de comprender que las llamas no tenían nada que ver con la vitrocerámica, lo arrinconé hasta el horno -incluso llegué a planear meterlo dentro-, pero escapó. Quité la cámara de las opciones, porque no hace más que provocar un estrés inútil, cerré el chisme y me fui de fin de semana.

El Poblachón es un buen sitio para aprender porque hay pocos Pokemon y porque siempre puedes ir con una amiga a cenar y, de camino, pedirle que pare el coche para cazar a alguno. Aunque si malo es oir sus críticas, peor es que, después de verte tirar doce bolas sin éxito, harta de ti salga del coche y te diga ¡TRAE!, te quite el movil de la mano y, a la primera tirada, cace ella al Pokemon. Y luego, mientras te devuelve el movil, tener que escuchar cómo, con expresión airada, te dice: «puto Pokemon de los huevos. Sube al coche ¡Y ya no paro más!». El juego es muy frustrante al principio, en efecto. Al principio mío al menos.

Tengo que decir que por el pinar hay pocos, por no decir que no hay ninguno, lo que es muy conveniente para mis paseos y para estar atenta a lo importante: los perros no deben acercarse a las vacas más de la cuenta. Para encontrarlos hay que irse al pueblo, que tiene más animación en especial cerca de las pastelerías y los sitios de vasos. En esto los Pokemon son muy similares a los lugareños, son muy de ir y venir por la calle principal y de pararse por aquí y por allá.

En este poco tiempo estoy en el nivel 9, he cazado 140 engendros horrorosos de 37 variedades diferentes, he incubado un huevo del que ha salido una cosa indescriptible y tengo otros dos al baño maría de los que no creo que salga algo medianamente agraciado. Además, usando unos caramelos, he convertido a un inofensivo pajarito en una especie de cuervo de colores que aletea como un pajarraco demente. Puedo asegurar que los trayectos en taxi son una mina, en especial si se pilla un buen atasco por el futbol, aunque sin duda la mejor forma de encontrar a estos pequeños cabrones para darles un buen pelotazo en la cabeza es ir con Curra a dar una vuelta. Yo no me confío, desde luego, y con Curra cerca siempre pienso que, a las malas, les puedo azuzar el perro.

Aunque puedo conseguir munición desde el salón de mi casa, he dado en seguir un mini recorrido por el barrio en el que cojo bolas siete veces mientras estoy atenta por si sale algún bicharraco por el camino para cargármelo. Y salen, vive Dios que salen. Se origina una especie de onda radiactiva en la pantalla y, pof, ahí tienes a un degenerado gris con dientes y sin piernas en plan matón de barrio. Entonces me paro, espero a que salte, zas, pelotazo y a otra cosa.

Aunque hago todo lo posible por acabar con ellos, mi barrio está lleno de estos monstruos. Nunca lo hubiera imaginado, ni siquiera cuando pienso en el aparcacoches del restaurante asturiano que hay al lado. Una se espera que esos seres esperpénticos circulen por barrios de mal vivir y peor estar pero no, parece ser que están en todas partes, incluida mi casa. También he descubierto una fuentecilla muy apañada enfrente de mi portal en la que puedo sentarme a esperar que surja alguna criatura acuática mientras Curra olisquea florecillas y busca servilletas usadas por los alrededores. De momento no ha habido suerte: sólo salen unas ratas rosas, unos monos despeinados que hacen flexiones y una cosa espeluznante con dos cabezas. He quitado los sonidos porque estoy segura de no entenderlos si es que se avienen a decir algo. Y porque no estoy dispuesta a tener que contestarles, que yo soy muy de no callarme.

Por lo visto hay gimnasios, pero yo descarto absolutamente ir -¿por quién me toman estos programadores?- porque yo no voy a gimnasios ni aunque estén al lado de casa. Así es si yo no voy, la manada de alienígenas que llevo almacenada en el movil tampoco va a ir, y mucho menos ahora que me he enterado que dejas allí a tu monstruo preferido y otros monstruos más brutos le pegan una paliza y luego te lo devuelven para que lo revivas con un spray. Qué crueldad: si ya de por sí son feos, con la cara llena de moratones deben resultar estremecedores.

pokemon-ohPor otra parte tengo grandes críticas al outfit que proponen los inventores del juego para vestir a tu personaje. Miren, es im-po-si-ble ir a cazar Pokemons un poco mona, esto es así. Tienes que ponerte una gorra como de camionero de Illinois y luego un mono- short sobre unos leggins que me parecen de lo más hortera. Qué decir del peinado, con una melenilla patibularia por la que asoma la oreja, como de pelo sucio. Aparte de que la chica es algo culona, la verdad sea dicha. Y encima me hacen ir con mitones, como si fuera yo un skater. No acabo de entender cómo es posible acumular tanto mal gusto. ¿No tienen bastante con la horripilez de los Pokemon?

En fin, si yo cazo pokemons, la pobre Curra anda cazando moscas en nuestros paseos por Madrid, porque ahora soy yo la que se para y no ella, que tiene en realidad mejores motivos. Me mira y si pudiera preguntaría por qué. O quizá, si pudiera menos, sacaría una pancarta para expresar su desconcierto: una cosa es salir y otra este ir y venir sin ton ni son. En cuanto a mi madre, quitando que los llama podemon, está encantada con que la acompañe al pueblo a comprar.

– ¿Eso que estás haciendo es coger un Podemon, hija?

– Sí, mamá. Pero ya empiezo a desmotivarme.

– ¿Te queda mucho para acabar la colección?

– Muchísimo. Mira, si veo que Curra no adelgaza, lo dejo. Espera, que le sacudo. Espera, espera… ¡ya está!

 

 

El puñal. Yo versioné a Borges sin respeto

Pues resulta que en un cajón de mi casa hay un puñal. Fue forjado en Toledo, a finales del siglo XIX. Luis Melián Lafinur, un jurista de medio pelo pariente de mi padre, se lo trajo ni más ni menos que de Uruguay. Evaristo Carriego, otro amigo suyo poeta, lo tuvo una vez en la mano y soltó aquel ripio atroz: “El puñal que Lafinur te trajo del Uruguay, no es un puñal astur sino de Toledo, que es más guay.”

Quienes ven el puñal no pueden evitar jugar un rato con él. Se ve que les gusta toquetear un puñal tan chulo y enseguida se les va la mano a la empuñadora, que está ya muy sobada. Y entonces todos se ponen a meter y sacar el puñal de la vaina, dicen que para comprobar la precisión.

El puñal, por su parte, quiere otra cosa. Si tuviera vida, preferiría alejarse del cajón. Los hombres lo pensaron y lo formaron para un fin más preciso y mucho más emocionante, como es clavarse en la espalda de cualquiera. El puñal eterno es el que anoche mató a un ñeta en Alcobendas y es el puñal que mató a Julio César a la entrada del Senado de Roma. Y es que el puñal quiere derramar sangre.

En un cajón del escritorio, entre borradores y cartas, el puñal sueña que es un tigre atado a un poste y que va a llegar cualquier fulano y, zas, pone el metal a bailar. Tanto ánimo tiene que habría sido capaz de tomar por homicida incluso al pobre Evaristo Carriego, aunque, teniendo en cuenta los poemas que perpetraba, lo normal es que el asesinado hubiera sido el propio Evaristo.

A veces me da lástima el puñal. Tanta dureza, tanta fe, y los años pasan, inútiles. Igual me animo un día y me lo llevo a la oficina.

…..

Mis disculpas. Para leer el texto original, haz clic AQUÍ.

Hormonas con patas

“A partir de los 40, las mujeres somos hormonas con patas”, dice Mónica Naranjo, y la periodista de ABC lo resalta en un titular del colorín. En la web luego añaden el comentario “hay que cuidarse” para explicar, supongo, que la cantante no va a darnos consejos para atenuar futuros sofocos, sino que nos va a contar cómo piensa superar los 41 sin que le estalle el vestido.

monica--250x270Cuando lees el titular te parece una chorrada, porque las mujeres (y los hombres) tenemos hormonas toda la vida, y no sólo a partir de los 40. Luego ya ves la foto y la frase te parece hasta descriptiva, sobre todo porque empiezas a calibrar de quién son las patas a las que se refiere la Naranjo. Y también entiendo ahora ese chorreo de voz que tiene la cantante, en especial cuando parece que grita. Yo también gritaría. De hecho, he gritado.

Todo esto lo cuenta porque ahora es embajadora de una firma de productos de belleza. La han contratado y se lo cuenta al mundo, entre otras cosas porque la han contratado para que se lo cuente al mundo. Así es que hace su trabajo y es normal que se sienta orgullosa: podría haber firmado para promocionar las morcillas de Soria, por ejemplo, pero en ese caso la promoción perdería mucho glamour y lo trataría con mayor discreción.

Doña Mónica dice, textualmente, : “En el ecuador de nuestra vida, se es lo que se ha sembrado. Yo siempre me he cuidado y, oye, me veo estupenda”. Y luego sigue dando explicaciones: que si se baña en el mar en invierno, que si hace dos horas de gimnasio cada día, que tiene buena salud mental, que cuida mucho la alimentación, que no trasnocha ni bebe alcohol, y el largo etcétera del mainstream antivicio. Total y en resumen: que los productos esos que vende no le hacen falta porque ella lleva preparándose para los 41 desde que era chiquitita pero que ojo cuidao que a los 40 a las hormonas les salen patas.

Hombre, pues sí. Si tienes un buen físico la edad te respeta un poco más, qué duda cabe, pero hasta cierto punto. Quiero decir que no te sube los pómulos ni hace que se te acumule más carne en los labios: la gravedad, como las hormonas, trabaja todo el rato, al menos en mi experiencia. Y yo no creo que haya que cuidarse más, sino que hay que cuidarse de otra forma. Usas otro tipo de cremas, otro tipo de zapatos y otro tipo de sujetadores. Y por supuesto trasnochas menos y bebes menos: cuando el bisonte que corretea por tu cabeza al día siguiente tarda en irse doce horas, eliges un poco mejor los eventos que valen la pena.

Pero en fin, y volviendo al principio, Mónica usa estos productos y por eso los recomienda, pero si está estupenda es por comer mucha verdura y matarse en el gimnasio. Dicho de otro modo: la cosa tiene remedio, aunque a ella no le hace falta. O sea, la imagen.