El pescuezo de Alonso

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El titular dice “Cuellos de toro en la F1” con el antetítulo: “La mayor velocidad de los coches en 2017 obliga a los pilotos a incrementar el perímetro muscular de sus pescuezos”

¿Pescuezo? Uf, no sé yo.

Pescuezo suena a taberna de barrios bajos con olor a vino agrio y a sudor de borrachos con navaja en la cintura. Pescuezo suena a cadalso rodeado de tricoteuses que abren sus bocas desdentadas para gritar “mátalo”. Pescuezo suena a pescadería, aunque yo creo que es por adherencia fonética, porque pescuezo es lo que se les corta a las gallinas. De pescuezo viene pescozón, que es lo que le da un padre a su hijo cuando llega tarde a casa o cuando dice una mala palabra con el pan en la mesa. Tú dices pescuezo y ves la rebanada que han cortado, o ves al reo en el garrote, o ves al pollo descabezado.

Pescuezo y Fórmula 1 no casan. Vamos, no llegan ni a novios. Pero supongan el apuro del redactor al encabezar el artículo. Ya ha decidido el título. ¿Qué hacer con el antetítulo para no repetir? Terrible problema. Le imagino consultando el diccionario de sinónimos en línea, y también imagino su desolación al encontrar, además de pescuezo, garganta, gollete y cogote. Y sí, son sinónimos, pero no, no me valen, se dirá, y entonces elige la más coloquial, la más brutal, la que describe más y ofende menos, la que pedirá seguir leyendo.

Y sigues leyendo. Y entonces te enteras de que Fernando Alonso tiene un cuello con cuarenta y cinco (45) centímetros de perímetro. ¿Y eso es mucho o es poco? Pues, a ver, el perolo que tengo yo en casa para el cocido le cabe –suponiendo que le pasara de la cabeza, que lo mismo es mucho suponer. Ahora, ya les digo yo que una camisa ajustada de confección no encuentra.

Vuelvo al redactor y me pregunto qué remedio podría encontrar para no repetir la dichosa palabra. Mal asunto. Quizá podría desvelar parte del artículo, diciendo “La mayor velocidad de los coches en 2017 obliga a los pilotos a incrementar la musculatura que sujeta la cabeza para no perderla en una curva”.

Uf, casi mejor pescuezo.

Día de San Valentín

Pues tenemos lo cursi, lo muy cursi, y luego ya San Valentín. Todo lleno de corazones palpitando, de miradas arrobadas, y todo lleno de rosa y de plástico. ¿Que es bonito? Huy sí, precioso. ¡Y tan natural, tan improvisado, tan tan discreto!

– ¿Es que nunca has estado enamorada?
– ¿Y qué tiene que ver el amor con la cursilería?

En general me aburren mucho las celebraciones programadas, no digamos si además van acompañadas de deseos obligatorios. En ese capítulo meto la Nochebuena y el fin de año, aunque las dejo pasar casi casi por solidaridad familiar. Y porque guardan un cierto sabor a infancia, un tono de nostalgia que tiene su aquel. Y aunque a veces se pone la cosa muy cursi en la tele, luego programan Qué bello es vivir y se nos pasan todos los males. Sin embargo es oir San Valentín y la única película que se me viene a la cabeza es la de El día de los enamorados y, junto con el soniquete de la canción, ya sólo veo a Conchita Velasco y a Antonio Casal discutiendo en la puerta de una zapatería.

Esto de San Valentín no es nuevo, ni siquiera como alibí comercial. Y sin embargo, vivimos en una época de “oversharing” (eso que mi querida MG le llama a la indiscreción) que, mezclado con las redes sociales, o tal vez como consecuencia de ellas, hacen que te encuentres en tu teléfono una promesa de amor al mismo nivel que la foto de unas patatas con costillas. Muchos corazones y un “P. ¡¡¡¡FELICIDADES, TE QUIEROOOOOO!!!” y muchos emoticonos de corazones que te dejan, como mínimo, pensativa. ¿Y quién será P.?, te preguntas. ¿Puri? ¿Palo? ¿Pili? ¿Pamela? ¿¿Paladia?? Yo pienso que un tuit de este tipo quiere ir dirigido a una tal Perpetua, una vez que hemos descartado que se llame Prudencia y con la seguridad de que debería llamarse Piedad. Buf.

Claro que no tiene nada de malo un día como hoy, salvo el tono rosa, los corazoncitos everywhere y la gente pelma, aunque éstos son igual de insufribles el día de Santo Toribio. Pero precisamente porque los enamorados hacen muchas tonterías (y eso es muy divertido cuando se vive y cuando se aprecia), programar esta celebración, fijarla en un día preciso, y provocar tanto exhibicionismo impostado me resulta innecesario. Y bastante aburrido.

San Valentín también se llama a la matanza que ordenó Al Capone en Chicago en los años 30. Vaya día que eligió para demostrar cariño. Si se llega a esperar unas horas se habría llamado La matanza de San Claudio, y no hubiera emborronado un día tan romántico, tan bonito, tan evocador, tan natural, tan improvisado, tan original, tan discreto…

 

Dress code con fallos

Me ha costado entenderlo, y no crean que las tengo todas conmigo. Por lo visto, había un reglamento que se leía a las chicas que eran elegidas como falleras mayores en donde se les indicaba unas normas de conducta y de vestimenta. El concejal del ayuntamiento de Valencia que se ocupa de las Fallas, escandalizado, lo ha puesto en un papel y se lo ha entregado a la prensa para hacer público su propio escándalo.

¿Y qué dice el papel? Pues más o menos cosas que las falleras ya se imaginan cuando se presentan a falleras, a saber: que para ir a un cocktail en el ayuntamiento hay que ir “arreglada”. No en el sentido en el que te lo diría tu tía abuela, porque ella te diría “arregladita”, sino en el sentido en el que te lo puede chivar cualquier amiga. Lo que me parece asombroso es que esto tenga que escribirse en un reglamento. ¿Pondrá que la taza de café no la deben coger con las dos manos? ¿Y que no deben dejar la cucharilla dentro de la taza? ¿Y sobre eructar? ¿Les dirán algo sobre no eructar?

El punto que ha levantado la indignación es la parte de la adecuación, o sea, el que hace referencia al largo de la falda y a los escotes. Cuidado ahí, les dicen a las mozas. Yo me pregunto cuándo un largo de falda o un escote empiezan a ser inadecuados, escandalosos o directamente impúdicos. Y sobre todo, cómo se reglamenta eso en un par de folios. Según el papel, cuando te lo dice un acompañante, aunque tengo para mí que eso te lo dice antes el espejo, una inteligente lectura de la tarjeta de invitación o, ya si estás completamente desorientada en la vida, tu propia madre. En mi opinión, una minifalda empieza a ser impúdica con la edad, cuando los muslos se te ponen con la temible piel de naranja. Se habla del largo de la falda y no de cómo se ajusta al cuerpo, aunque tiene lógica: si necesitas hacer un reglamento, entonces tienes que echar mano de una regla. De todos modos, me basta una condición: por favor, no dejes que se te marquen las bragas. En cuanto al escote, podríamos discutir toda una vida, incluyendo en la discusión si Gilda escandaliza cuando se quita el guante o cuando se le abre la falda y enseña un muslo.

No digo yo que el reglamento no esconda polillas y telarañas, pero lo que es seguro es que, como cualquier reglamento de estas características, contendrá muchas imbecilidades. Cámbiese y a otra cosa. Eso sí, no hay que llegar a los cerros de Úbeda: las Fallas, como cualquier festejo, son un teatro, una representación, y es normal que exista un dress code, escrito o no. Pedir libertad total en el vestir de las falleras está muy bien y queda progre y tal, pero si pretenden igualar el chándal con un vestido de cocktail entonces la libertad no es suficiente: hay que pedir la libertad con cargos.

El colmo de la ternura es cuando el concejal escandalizado dice que la fallera debe ser algo más que un florero. Pues sí: hay que escribir un florero o florera. Y asunto arreglado.

Things have changed

Y tanto que las cosas han cambiado. Y más que deberían cambiar. Sin ir más lejos, este año el Nobel de Literatura debería haberse llamado el Nobel de las letras.

Bob Dylan, premio Nobel de Literatura 2016, a falta de otro que nos dé la paliza con la escritura.

En el entretanto, disfruten con su música.

 

Pokemon oh

– Tú imagínate, mamá, que estás una tarde tranquilamente leyendo en la casa del Poblachón y de pronto te encuentras a un tío en la terraza cazando un Pokemon.

– ¿Un qué?

– Un Pokemon. Es un juego que consiste en atrapar muñecos que salen en el movil.

– Pues me levanto y le doy un bastonazo.

– ¿Al Pokemon? Hum. Aquí pone que hay que darle con una bola…

Esta apacible conversación fue a principios de verano. Un par de meses más tarde me ha podido la curiosidad. Me bajé la aplicación hace un par de semanas y me encontré a un alienígena calvo encima de la mesa del salón. Lo capturé con más pena que gloria mientras mis amigos del Club de Lectura me daban instrucciones por wasap. Al día siguiente me topé con un caballo amarillo con la cola en llamas trotando en mi cocina. Después de comprender que las llamas no tenían nada que ver con la vitrocerámica, lo arrinconé hasta el horno -incluso llegué a planear meterlo dentro-, pero escapó. Quité la cámara de las opciones, porque no hace más que provocar un estrés inútil, cerré el chisme y me fui de fin de semana.

El Poblachón es un buen sitio para aprender porque hay pocos Pokemon y porque siempre puedes ir con una amiga a cenar y, de camino, pedirle que pare el coche para cazar a alguno. Aunque si malo es oir sus críticas, peor es que, después de verte tirar doce bolas sin éxito, harta de ti salga del coche y te diga ¡TRAE!, te quite el movil de la mano y, a la primera tirada, cace ella al Pokemon. Y luego, mientras te devuelve el movil, tener que escuchar cómo, con expresión airada, te dice: «puto Pokemon de los huevos. Sube al coche ¡Y ya no paro más!». El juego es muy frustrante al principio, en efecto. Al principio mío al menos.

Tengo que decir que por el pinar hay pocos, por no decir que no hay ninguno, lo que es muy conveniente para mis paseos y para estar atenta a lo importante: los perros no deben acercarse a las vacas más de la cuenta. Para encontrarlos hay que irse al pueblo, que tiene más animación en especial cerca de las pastelerías y los sitios de vasos. En esto los Pokemon son muy similares a los lugareños, son muy de ir y venir por la calle principal y de pararse por aquí y por allá.

En este poco tiempo estoy en el nivel 9, he cazado 140 engendros horrorosos de 37 variedades diferentes, he incubado un huevo del que ha salido una cosa indescriptible y tengo otros dos al baño maría de los que no creo que salga algo medianamente agraciado. Además, usando unos caramelos, he convertido a un inofensivo pajarito en una especie de cuervo de colores que aletea como un pajarraco demente. Puedo asegurar que los trayectos en taxi son una mina, en especial si se pilla un buen atasco por el futbol, aunque sin duda la mejor forma de encontrar a estos pequeños cabrones para darles un buen pelotazo en la cabeza es ir con Curra a dar una vuelta. Yo no me confío, desde luego, y con Curra cerca siempre pienso que, a las malas, les puedo azuzar el perro.

Aunque puedo conseguir munición desde el salón de mi casa, he dado en seguir un mini recorrido por el barrio en el que cojo bolas siete veces mientras estoy atenta por si sale algún bicharraco por el camino para cargármelo. Y salen, vive Dios que salen. Se origina una especie de onda radiactiva en la pantalla y, pof, ahí tienes a un degenerado gris con dientes y sin piernas en plan matón de barrio. Entonces me paro, espero a que salte, zas, pelotazo y a otra cosa.

Aunque hago todo lo posible por acabar con ellos, mi barrio está lleno de estos monstruos. Nunca lo hubiera imaginado, ni siquiera cuando pienso en el aparcacoches del restaurante asturiano que hay al lado. Una se espera que esos seres esperpénticos circulen por barrios de mal vivir y peor estar pero no, parece ser que están en todas partes, incluida mi casa. También he descubierto una fuentecilla muy apañada enfrente de mi portal en la que puedo sentarme a esperar que surja alguna criatura acuática mientras Curra olisquea florecillas y busca servilletas usadas por los alrededores. De momento no ha habido suerte: sólo salen unas ratas rosas, unos monos despeinados que hacen flexiones y una cosa espeluznante con dos cabezas. He quitado los sonidos porque estoy segura de no entenderlos si es que se avienen a decir algo. Y porque no estoy dispuesta a tener que contestarles, que yo soy muy de no callarme.

Por lo visto hay gimnasios, pero yo descarto absolutamente ir -¿por quién me toman estos programadores?- porque yo no voy a gimnasios ni aunque estén al lado de casa. Así es si yo no voy, la manada de alienígenas que llevo almacenada en el movil tampoco va a ir, y mucho menos ahora que me he enterado que dejas allí a tu monstruo preferido y otros monstruos más brutos le pegan una paliza y luego te lo devuelven para que lo revivas con un spray. Qué crueldad: si ya de por sí son feos, con la cara llena de moratones deben resultar estremecedores.

pokemon-ohPor otra parte tengo grandes críticas al outfit que proponen los inventores del juego para vestir a tu personaje. Miren, es im-po-si-ble ir a cazar Pokemons un poco mona, esto es así. Tienes que ponerte una gorra como de camionero de Illinois y luego un mono- short sobre unos leggins que me parecen de lo más hortera. Qué decir del peinado, con una melenilla patibularia por la que asoma la oreja, como de pelo sucio. Aparte de que la chica es algo culona, la verdad sea dicha. Y encima me hacen ir con mitones, como si fuera yo un skater. No acabo de entender cómo es posible acumular tanto mal gusto. ¿No tienen bastante con la horripilez de los Pokemon?

En fin, si yo cazo pokemons, la pobre Curra anda cazando moscas en nuestros paseos por Madrid, porque ahora soy yo la que se para y no ella, que tiene en realidad mejores motivos. Me mira y si pudiera preguntaría por qué. O quizá, si pudiera menos, sacaría una pancarta para expresar su desconcierto: una cosa es salir y otra este ir y venir sin ton ni son. En cuanto a mi madre, quitando que los llama podemon, está encantada con que la acompañe al pueblo a comprar.

– ¿Eso que estás haciendo es coger un Podemon, hija?

– Sí, mamá. Pero ya empiezo a desmotivarme.

– ¿Te queda mucho para acabar la colección?

– Muchísimo. Mira, si veo que Curra no adelgaza, lo dejo. Espera, que le sacudo. Espera, espera… ¡ya está!

 

 

El puñal. Yo versioné a Borges sin respeto

Pues resulta que en un cajón de mi casa hay un puñal. Fue forjado en Toledo, a finales del siglo XIX. Luis Melián Lafinur, un jurista de medio pelo pariente de mi padre, se lo trajo ni más ni menos que de Uruguay. Evaristo Carriego, otro amigo suyo poeta, lo tuvo una vez en la mano y soltó aquel ripio atroz: “El puñal que Lafinur te trajo del Uruguay, no es un puñal astur sino de Toledo, que es más guay.”

Quienes ven el puñal no pueden evitar jugar un rato con él. Se ve que les gusta toquetear un puñal tan chulo y enseguida se les va la mano a la empuñadora, que está ya muy sobada. Y entonces todos se ponen a meter y sacar el puñal de la vaina, dicen que para comprobar la precisión.

El puñal, por su parte, quiere otra cosa. Si tuviera vida, preferiría alejarse del cajón. Los hombres lo pensaron y lo formaron para un fin más preciso y mucho más emocionante, como es clavarse en la espalda de cualquiera. El puñal eterno es el que anoche mató a un ñeta en Alcobendas y es el puñal que mató a Julio César a la entrada del Senado de Roma. Y es que el puñal quiere derramar sangre.

En un cajón del escritorio, entre borradores y cartas, el puñal sueña que es un tigre atado a un poste y que va a llegar cualquier fulano y, zas, pone el metal a bailar. Tanto ánimo tiene que habría sido capaz de tomar por homicida incluso al pobre Evaristo Carriego, aunque, teniendo en cuenta los poemas que perpetraba, lo normal es que el asesinado hubiera sido el propio Evaristo.

A veces me da lástima el puñal. Tanta dureza, tanta fe, y los años pasan, inútiles. Igual me animo un día y me lo llevo a la oficina.

…..

Mis disculpas. Para leer el texto original, haz clic AQUÍ.

Hormonas con patas

“A partir de los 40, las mujeres somos hormonas con patas”, dice Mónica Naranjo, y la periodista de ABC lo resalta en un titular del colorín. En la web luego añaden el comentario “hay que cuidarse” para explicar, supongo, que la cantante no va a darnos consejos para atenuar futuros sofocos, sino que nos va a contar cómo piensa superar los 41 sin que le estalle el vestido.

monica--250x270Cuando lees el titular te parece una chorrada, porque las mujeres (y los hombres) tenemos hormonas toda la vida, y no sólo a partir de los 40. Luego ya ves la foto y la frase te parece hasta descriptiva, sobre todo porque empiezas a calibrar de quién son las patas a las que se refiere la Naranjo. Y también entiendo ahora ese chorreo de voz que tiene la cantante, en especial cuando parece que grita. Yo también gritaría. De hecho, he gritado.

Todo esto lo cuenta porque ahora es embajadora de una firma de productos de belleza. La han contratado y se lo cuenta al mundo, entre otras cosas porque la han contratado para que se lo cuente al mundo. Así es que hace su trabajo y es normal que se sienta orgullosa: podría haber firmado para promocionar las morcillas de Soria, por ejemplo, pero en ese caso la promoción perdería mucho glamour y lo trataría con mayor discreción.

Doña Mónica dice, textualmente, : “En el ecuador de nuestra vida, se es lo que se ha sembrado. Yo siempre me he cuidado y, oye, me veo estupenda”. Y luego sigue dando explicaciones: que si se baña en el mar en invierno, que si hace dos horas de gimnasio cada día, que tiene buena salud mental, que cuida mucho la alimentación, que no trasnocha ni bebe alcohol, y el largo etcétera del mainstream antivicio. Total y en resumen: que los productos esos que vende no le hacen falta porque ella lleva preparándose para los 41 desde que era chiquitita pero que ojo cuidao que a los 40 a las hormonas les salen patas.

Hombre, pues sí. Si tienes un buen físico la edad te respeta un poco más, qué duda cabe, pero hasta cierto punto. Quiero decir que no te sube los pómulos ni hace que se te acumule más carne en los labios: la gravedad, como las hormonas, trabaja todo el rato, al menos en mi experiencia. Y yo no creo que haya que cuidarse más, sino que hay que cuidarse de otra forma. Usas otro tipo de cremas, otro tipo de zapatos y otro tipo de sujetadores. Y por supuesto trasnochas menos y bebes menos: cuando el bisonte que corretea por tu cabeza al día siguiente tarda en irse doce horas, eliges un poco mejor los eventos que valen la pena.

Pero en fin, y volviendo al principio, Mónica usa estos productos y por eso los recomienda, pero si está estupenda es por comer mucha verdura y matarse en el gimnasio. Dicho de otro modo: la cosa tiene remedio, aunque a ella no le hace falta. O sea, la imagen.

Blue monday

Ayer fue Blue Monday. Me lo recordó un amigo que me vio sonreir. Y digo que me lo recordó aunque realmente lo que hizo fue avisarme.

Te veo muy sonriente ¿no sabes que hoy es el blue monday? Deberías parecer deprimida.

Charlamos entonces de lo que pueden ustedes encontrar en la Wikipedia por si acaso no están avisados como yo. O no tienen amigos, que todo puede ser. Y es que en este mundo hay gente para todo, incluso para inventarse una fórmula que mida el grado de depresión de la peña. Claro que también hay peña de sobra para creérselo. Por haber, hay incluso blogueros que se animan y se sacan un post sobre el tema.

En fin, a lo que voy. Por lo visto hay dos fórmulas, pero yo les copio la que entiendo un poco mejor para poder comentarla. La fórmula es esta:

[W + D – d] Tº / MNa

que, traducido, viene a ser: Tiempo atmosférico + Deuda – Sueldo mensual multiplicado todo ello por el tiempo transcurrido desde la Navidad elevado al tiempo desde que hemos olvidado nuestros propósitos de año nuevo, y dividido el total entre el nivel de motivación multiplicado por la necesidad de hacer algo.

Toma del frasco, Carrasco.

Yo veo en esta fórmula varias dificultades y alguna que otra putada. Si vamos a las dificultades, la primera que se me ocurre son las unidades de medida, que para empezar no sé cuáles son en la mayoría de los casos y para terminar no veo cómo se pueden convertir para que haya equivalencia. ¿Qué número pongo en tiempo atmosférico para decir que hace un frío del carajo, llueve hace viento? ¿Y cómo hago para ponerlo en euros y poder multiplicarlo por lo que sale de restar el sueldo de las deudas? ¿Pongo lo que me ha costado el abrigo, las botas y el paraguas? ¿Quid de las bragas de cuello vuelto, tan caras como difíciles de encontrar (recordemos que el frío es del-carajo)? En fin, supongo que habrá tablas, o serán factores, en todo caso yo no lo he encontrado. Corrijo: no lo he buscado (si lo busco, no hay post).

En cuanto a las putadas, pues… francamente, hacernos reconocer los propósitos abandonados del año el tercer lunes del mes de enero es para deprimir a cualquiera. Si nos ponemos en este plan, el blue monday se convierte en grey tuesday cuando te subes a la báscula el martes y en black wednesday cuando faltas a tu clase de inglés del miércoles. Y valdría cualquier color estrafalario para definir ese día de marzo en el que caes en la cuenta de que, del coleccionable de miniaturas de coches antiguos que empezaste el 3 de enero, sólo has comprado el Renault Gordini.

En realidad tampoco hay que romperse la cabeza buscando colores para esos días porque como saben todos ustedes, la palabra blue no hace referencia al color, sino a su significado en inglés de triste. Se lo digo porque, en el curso de la conversación con este amigo, también tuvimos tiempo de comentar este punto mientras nos divertíamos inventando un pink thursday, un green friday, un yellow saturday y un purple sunday.

¿Purple sunday? ¿O era brown?

Noche de Reyes

Gabi y yo con ReyesClaro que todos fuimos niños una vez, pero sólo el que tuvo una verdadera infancia la recuerda con cariño. La infancia es esa época de la vida en la que todo es asombro, la realidad es fantasía y llenamos con ingenuidad la parte de la vida que todavía no conocemos.

Hay que nacer con suerte y luego hay que saber agradecerlo. Pasan los años y el tiempo nos hace peores, nos deja la huella de las pequeñas infamias de la vida, pero lo relevante es poder mirar atrás y tener corazón para recordar, aunque sólo sea por un rato, la ilusión de la noche de Reyes.

La fiesta de Reyes es una fiesta de niños y para niños. Es su día, igual que una vez fue el nuestro, y así es como yo creo que hay que entenderla. Nuestra mentalidad de adultos nos tiene que servir únicamente para recordar la ilusión y para honrar nuestra infancia, si es que la tuvimos alguna vez y somos capaces de recordarla. El resto son intereses de adultos, problemas de adultos, amores y odios de adultos, chorradas de adultos, egoísmos de adultos.  No hay que volver a la niñez para recordarla.

Sólo quién no sabe valorar su infancia, y agradecerla como el don que es, intenta racionalizar lo que no se ha inventado para la razón. Claro que los Reyes son los padres, claro que esos señores de las barbas eran unos paisanos con disfraz, claro que todo es un cuento. Claro. Pero eso lo decimos hoy, con la edad que tenemos hoy. En la foto, esas niñas no se retrataban con los empleados de unos grandes almacenes, sino que habían escrito una carta de su puño y letra, con su mejor letra y ortografía, llena de promesas y de deseos y con alguna que otra mentirijilla. Y habían ido a entregarla, en mano, no fuera que el cartero la perdiera por el camino.

Feliz noche de Reyes.

Cristiano, Balón de oro 2013

cristiano-balonoro-reutersSi en 2011 y 2012 dejé escrito en el blog que el premio del Balón de Oro me parecía un concurso más que otra cosa, porque tiene el mismo valor el voto de Nueva Caledonia que el de Brasil, parecería muy ventajista cambiar de opinión en 2013, ahora que lo ha ganado Cristiano Ronaldo.

Capaz soy de desdecirme, no crean… pero no lo haré.

El Balón de Oro se ve que para CR7 era importante, y no es para menos. Lo que está haciendo en el Real Madrid, y lo que hace con su selección (ahí está el roto que le hizo a Suecia hace poco) le han hecho inevitable merecedor este año. En mi opinión, y con los números en la mano, Cristiano también se lo merecía el pasado, pero se lo dieron a Messi, que fue a recogerlo con un esmoquin de faralaes que todavía y de vez en cuando se me aparece en mis peores pesadillas, junto a Torrebruno (yo este año me lo esperaba con un terno a rayas horizontales, o con un estampado de leopardo, pero se ha superado: un traje de color rojo brillante que dice mucho de lo que tiene en la cabeza ese pobre chico, y que hace pensar que está peor aconsejado por su sastre que por sus asesores fiscales, que ya es decir).

Sea, Cristiano Balón de Oro 2013. Para mí que iba sereno y confiado pero, de pronto, ha saltado al escenario su hijo, una monada de criatura. Y entre eso, y que ha estado a punto de escurrirse con los lagrimones que había dejado Pelé por el escenario, pues se nos ha derrumbado. Habrá pensado que sólo los más grandes lloran, y que tratar de evitarlo es tontería. Y así es como ha honrado el premio.

Yo me alegro mucho, naturalmente. Lo que es bueno para Ronaldo, es bueno para el Madrid.

Ahora sólo me queda esperar a que Molinos haga un despelleje en toda regla de la gala. A ver si se anima y en ese caso lloraremos todos, pero de la risa.

Felicidades, Cristiano Ronaldo.