Buscadores decepcionados IV

Hace más de un año que no hago una entrada sobre los buscadores decepcionados, ya saben, esas personas que van buscando algo en internet y que por culpa de los misterios insondables que esconden los algoritmos de Google acaban en este humilde blog, aunque a veces ni siquiera los algoritmos pueden explicar lo inexplicable.

Para encontrar cosas raras normalmente conviene ir a los términos de búsqueda que sólo aparecen una vez. La mayoría de la gente que llega lo hace buscando directamente un mundo para curra o variaciones. Y sin embargo, es curioso que el peinado de Callejón (el futbolista), aparece en 158 ocasiones. Y si sumamos todas sus variantes, puede llegar fácilmente a las 600 búsquedas. A ver: lo que me parece chocante no es que lleguen aquí, sino que tanta gente lo busque, con lo horroroso que es ese peinado.

El fútbol y los nombres de los futbolistas aparecen en muchas ocasiones, incluso acompañados de algún que otro insulto, aunque la palma se la lleva el que llegó aquí buscando carem benzema autor francés y su arquitecturaen platillos. Para mí que era el abogado del Real Madrid antes de una rueda de prensa de Florentino. Así vamos los madridistas, que no ganamos para sustos.

Hay muchos buscadores que esperan encontrar en este blog una especie de oráculo del Whatsapp. Incluso principiantes, como por ejemplo el que llegó buscando el whapatt de un hombre fiel. La cosa está como para poner una escuela, porque no faltarían  profesores muy avanzados, por ejemplo el que andaba buscando imagenes de cadenas para whatsapp de que parte de la ropa me quitarias. Supongo que buscaba alumnos el que llegó a través de dummie de los Whatsapp, así es que lo mejor es dejarlo en un curso básico: Lección 1,  La cosa empieza por like y te lo digo por chat; lección 2, like & te digo que me gusta de ti ;p y Lección 3 y última: like y te publico – tonteras.

No puede faltar el capítulo de animales, y estoy pensando muy seriamente poner en la barra lateral el enlace al National Geografic. Sobre buhos hay muchas, y alguien se pregunta por un buho que curra, sin que se me ocurra qué profesión debo atribuir al búho, aunque aprovecho para aclarar que Curra es un PERRO, y que aquí no hay ninguna oveja curra, gallina curra, curra cabra o saltamontes curra (?!), ni sé cuál puede ser el nombre científico de las hormigas curras. También hay quien busca cocodrilo manco y luego precisa: cocodrilo manco porvenir. Yo no tengo respuesta pero desde luego no me haría muchas ilusiones con el porvenir del pobre bicho. También está el que venía buscando diferencias entre mono y mona, al que pondré un enlace especial a la página de Barrio Sésamo.

Estos buscadores en el fondo me dan algo de penina, porque hay veces que tienes la certeza de que nunca encontrarán lo que buscan, ni aquí ni en ningún sitio. De este tipo son Porunhep, o kom ombo, o loloew enbragsd (para mí que busca bragas de Loewe, pero mira, que lo escriba como Dios manda) y aogeo porigeo, que me hace pensar en la que se me viene encima después de la entrada sobre orbitar que hice el otro día.

De libros hay una barbaridad de búsquedas, y por regla general bien escritas y respetando la ortografía, no como el de Loewe. Uno ha llegado con milam kundera la despedida despertador y deduzco que le aburrió el libro; otro escribe no entiendo el libro de Joyland, y no me explico qué es lo que no ha entendido; y luego los que creen que esto es un consultorio, tipo novelas cortas para que mi hijo haga un librito en la escuela, a quien supongo que habré decepcionado mucho.

En el capítulo de miscelánea, están magenes de todo aquel q habla de manzana se la kiere comer, que no sé lo que le pasa; fots de tren de hersshey, que no sé dónde quiere llegar; dor de dedo gordo del pie dedecho de la bada, que debe de tener un catarro de campeonato; quiero poner un moño negro en facebook, que no sé a qué espera; umagenes de cuando vas en un avin, que debe de ser primo hermano del de hersshey y senoras haciendo pis empinadas, que definitivamente no comprendo cómo ha podido llegar a este blog.

Curioso también que han llegado tecleando yo soy Charlie, y poniendo yo no soy Charlie. ¿Alguien duda de qué lado estoy?

Terminaré con una búsqueda que me ha encantado: el amor es como la wifi. Pues sí, amigos. Y por eso estoy yo aquí.

Sigan buscando.

Curra en la #SanPerrestre

Curra en la San PerrestreHoy Curra ha estado en la San Perrestre. Por supuesto ella no lo ha elegido, sino que hemos ido por voluntad mía. Sin embargo, estoy segura de que ha ido con mucho gusto, porque tanto el motivo, como la organización, como el ambiente eran muy apropiados para su condición de perra. Y de perra con suerte.

Sí, amigos, hasta para ser perro hay que tener suerte en la vida. Curra, como muchos otros, la ha tenido. Ha dado con una familia que la quiere y que la cuida, que la ha educado y que la considera un miembro más de la familia, con un papel muy concreto que no admite confusión con los demás participantes. Porque en las familias están los padres, los hijos, los abuelos, los tíos, los sobrinos, la familia política y la mascota. Todos tienen su papel, y Curra también. Es el elemento que nos hace compañía, que llora de alegría cuando llegamos a casa (bueno, cuando llego yo ni me mira, esto es así), que da cariño a todo el mundo y que nunca falla. Es un ser peludo y básico, simple como un cubo boca abajo, que cuando te mira parece que escucha y que cuando oye es como si te viera. Es algo más que un ser vivo y algo menos que un ser humano, pero el que ha tenido un perro sabe que es verdad eso de que es el mejor amigo que puede encontrar el hombre.

Así que Curra y yo nos hemos ido hoy a San Perrestre, que es un evento que organizan los de El Refugio para recaudar fondos para su organización. También lo hacen para salir en la tele y concienciar a la gente sobre algunas cosas que no hay que dejar pasar por alto como son animar a la adopción en vez de comprar perros, concienciar contra el abandono de animales y promover el sacrificio cero. Y yo apoyo estas tres causas, porque me parecen nobles, y porque creo que un país que respeta a los animales es un país mejor, más civilizado, más respetuoso y más compasivo. Y el mundo necesita esas tres cosas.

Estamos en Navidad y se acercan los Reyes Magos. Quiero decir en este blog que esos padres irresponsables que regalan cachorritos a sus hijos y luego los abandonan en primavera tienen todo mi desprecio. Les diré que no se hagan ilusiones pensando que son buenos padres: no lo son, no lo pueden ser, porque no son buenas personas. Y los juzgo, ya lo creo que los juzgo. Y los condeno. Y si en mi mano estuviera, irían a la cárcel y les metería una multa de 20.000 euros.

Amigo, nadie tiene la obligación de tener un perro. Por eso, si no lo puedes cuidar, no lo tengas. Si no estás seguro de que vas a poder hacerte cargo de él, tampoco. Y si a pesar de todo, te embarcas en esa responsabilidad y un buen día te das cuenta de que no puedes seguir cuidándolo, regálalo, acude a una protectora, pon un anuncio en el supermercado, busca una solución, que si la buscas, la encontrarás, pero por el amor de Dios no lo abandones.

Y al revés, si te lo puedes permitir, adopta un perro. Es verdad que hay que sacarlo todos los días, haga sol o llueva; es verdad que cuesta un dinero, aunque también cuestan todas las tonterías que compras y que no necesitas; es verdad que te condiciona algo la vida, aunque menos si está bien educado; es verdad que se comerá tu sillón y que te llenará el abrigo de pelos; es verdad que va a requerir un esfuerzo por tu parte. Sí, todo eso es verdad. También es verdad que lo normal es que muera antes que tú, y que eso te partirá el corazón. Es verdad. Pero un perro, si eres capaz de quererlo sólo la mitad de lo que te querrá él a ti, te hará mejor persona.

¡Feliz San Perrestre!

Un texto sobre la vergüenza ajena

No es siempre, y no es por todo. Es sólo a veces y por algunas cosas. Lo normal es que me sienta acompañada, acompasada, acomodada contigo. Son ya muchos años juntas, unidas por la complicidad, por la costumbre, por el cariño. Muchas tardes, otras tantas mañanas, haciéndonos compañía la una a la otra, tú a mi lado, yo al tuyo, inseparables las dos. Debes saber que no vengo aquí a entregarte un reproche, sino a contar mi verdad.

Lo siento, pero no puedo soportar que te pongas la primera en la fila cuando se reparte comida. Hay otros, hay otras, hay muchos que también quieren coger algún dulce y que aguardan su turno pacientes, educados, atentos, hasta que la mano amiga se los ofrece. Tú no. Tú empujas a los demás para coger lo que te corresponde y vuelves a pedir más, como si fuera la primera, como si fueras la única, como si no hubiera más bocas que la tuya, sin otro merecimiento que pedir, y pedir, y volver a pedir, se diría que estás hambrienta, que te supera el ansia, que te abandonas a la codicia, que te rindes a la gula, que te entregas a una voracidad incomprensible que me avergüenza.

También me avergüenzas y mucho cuando, en la calle, nos encontramos con algún conocido tuyo. Esos aspavientos histéricos, esas demostraciones de cariño desmedido, exagerado, excesivo, desmesurado, desorbitado, extremado, descomunal, gigantesco, aparatoso, descontrolado. Me sube la sangre a la cara cuando siento la mirada burlona de los otros transeúntes en mi espalda mientras trato de apaciguar esa reacción tuya tan fuera de lugar, tan inelegante, tan poco contenida.

¿Y qué decir de esa manía tuya de hacer el trenecito en público? Me sonrío cuando pienso que eso de hacer el trenecito es como lo llama mi hermana, que muy finamente esconde la verdad para no decir, por lo directo, que te pica el culo y te alivias aunque haya otras personas delante. Y así, sin poder dominar la desazón, te frotas disimuladamente cuando te incorporas del sillón, o arrastras las posaderas por la arenilla del pinar cuando te sientas en el suelo, o te aprovechas de las hebras de una manta, qué más dará dónde estés. Me desquicia que pienses que nadie se está dando cuenta. Me desquicia tu primariedad. Y tu descaro.

Pero mira, ya el colmo es cuando intentas montar a otros perros en el parque. Yo nunca, ¡nunca!, te eduqué para que te comportaras como una perra, aunque lo seas. El espectáculo es pavoroso, créeme, y ganas me dan de decir que no te conozco, que yo sólo pasaba por allí de camino a misa, a la Novena, o a Maitines, o a Vísperas, a limpiar el coro o a ensayar con la guitarra, qué sé yo. Y que eso que llevo en la mano no es tu correa, sino un rosario… El colmo, Curra, esto es el colmo del deshonor.

No es siempre y no es por todo, es sólo a veces y por algunas cosas que haces y que son estas que hoy he venido a contar aquí. Y que no debes tomar como un reproche, sino tan sólo como la pura, sencilla e inevitable realidad.

Este texto fue también publicado en El Naviero (www.elnaviero.com)

Y no llevaré mochila

Mañana es el Madrid-Barça, un nuevo partido del siglo y yo iré al Bernabéu. Y no llevaré mochila.

Yo soy muy de llevar mochila, no crean. Cuando digo por el mundo digo por el mundo vacacional y findesemanero, aunque a veces me pilla el toro y voy por Madrid con tacones, abrigo y la mochila al hombro (al hombro, al izquierdo para más señas, nada de ponérmela con las dos asas, que yo ya tengo una edad). Esto me pasa porque vengo del poblachón, o por alguna otra razón no necesariamente muy poderosa y que tiene que ver más con la pereza que con el tiempo. Puedo entender que parezca algo chocante, pero a mí me da igual, aunque no siempre: recuerdo por ejemplo la cara de estupor que puso una amiga en una cena, más decepcionada que sorprendida, cuando dejé una mochila azul en la silla para quitarme el abrigo.  No dijo nada… pero hubiera debido.

Tengo varias, incluso una de ante muy mona que ni es mochila ni es nada y que es probablemente el bolso más absurdo que tengo en el armario y que no me pongo nunca. Yo cuando hablo de mochila hablo de mochila, de mochila fea de lona, de mochila de tío, de mochila de ir de excursión con los bocadillos, de mochila de estudiante, de mochila para llevar muchas cosas. Sí me interesa aclarar que no son mochilas de gimnasio. Yo no tengo nada para ir a un gimnasio. Es más: yo no sé lo que es un gimnasio. Gimnasio es para mí una palabra sin contenido que procuro que ni se me pase por la mente.

A la peluquería voy con mochila, no sé muy bien por qué. Y cuando voy con Curra a algún sitio que no sea de paseo. Y al aperitivo, aunque sea en ciudad. Y al Rastro, si voy al Rastro, y a un museo si voy a un museo. Y ahora que lo pienso, a muchos sitios voy con mochila. Y claro, al fútbol también la llevo. Sin embargo, mañana iré al Bernabéu con las manos en los bolsillos. Las llaves, el DNI, algo de dinero, el móvil, la entrada y ya está. No me molesta que me miren lo que llevo, no. Sencillamente, creo que cuanto más fácil se lo ponga yo a los polis, más difícil se lo pondré a los malos y así haré algo más útil que poner un tuit.

Para terminar un post incoherente en el que no se sabe muy bien si hablo de complementos, de costumbres, de las caras que pone una amiga, de mis paseos con Curra, del horror que me producen los gimnasios, de la seguridad en un estadio o de mis convicciones ciudadanas, les diré que me conformo con un 1-0. Hala Madrid.

Un árbol con flores

Hay en el pinar del poblachón, a un lado del camino por el que paseo a menudo, un árbol adornado con flores. No son flores silvestres sino rosas, claveles y lirios que alguien pone ahí y que mantiene frescas y cuidadas como una tumba en un cementerio. Las flores están distribuidas por el suelo y sujetas al tronco con alambres, y tienen el aspecto de estar enredadas en el árbol, uno de tantos abetos que conviven con los pinos en esa zona del bosque. El pie está rodeado de piedras que alguien ha dispuesto de manera cuidadosa, como si quisiera separar ese árbol del resto, como si quisiera reforzar una singularidad que de otra forma no tendría o como si quisiera reservar el espacio con una barrera que evite que nadie se acerque y robe las flores. Es imposible no verlo, y no sólo por estar en la orilla del camino. En un entorno de verdes, marrones y azules, los rojos, rosas y blancos de las flores destacan por lo inesperado Se diría que son casi una excentricidad en un bosque austero y sin primavera.

Este tipo de señales, recordatorios con flores, se ven mucho por las carreteras en lugares en los que ha habido accidentes. A veces las flores en el arcén están acompañadas por una cruz que parece pedir una oración por el alma de quien encontró la muerte en aquella recta, en aquel cambio de rasante o en aquella curva. Quizá es al revés, y son las flores las que acompañan a la cruz, que después de todo es un símbolo de mayor trascendencia y menor caducidad. Pero, en cualquiera de los casos, el conjunto rinde homenaje al recuerdo, aunque sea el de un desconocido, y transmite una sensación de desasosiego por lo que tiene de funerario y porque siempre se piensa que, ahí debajo, tal vez hayan dejado las cenizas que convertirán el lugar en un relicario sin reliquias.

Es la misma sensación que provoca el árbol de mi paseo. No sé por qué en ese abeto hay flores, no sé por qué alguien quiere destacar ese punto del camino y por qué quiere hacerlo de esa manera. No sé qué se conmemora, qué se recuerda, qué se señala. He podido preguntar en el pueblo –ya saben, en las panaderías siempre se encuentra respuesta a todo, porque el pan es memoria–, he podido intentar informarme pero prefiero no saber. Porque si me dicen lo que temo, o algo peor, por ejemplo que en ese lugar se apareció una virgen luminosa a unos pastorcillos, tendría que saltarme esa vereda del recorrido. Cada mirada del perro a la lejanía, cada crepitar de una piña al abrirse, cada topillo que se arrebujara entre los matorrales o cualquier otro suceso hasta entonces corriente me provocaría un espasmo de inquietud y terminaría abandonando un camino que, por rutinario, me alimenta la imaginación. Y entonces mi paseo matinal se arruinaría.

Esta mañana mi recorrido ha sido más meditabundo de lo habitual. Al pasar al lado del árbol he seguido mi camino como cada día, pero esta vez me ha dado por pensar que quizá esas flores no tengan un significado luctuoso. No debo esperar susurros sobrenaturales en unos bosques que tan sólo gritan serenidad. Me he dicho que tal vez en ese árbol se conmemora una promesa o una declaración de amor. Quizá por allí paseaba una pareja que, ya anciana, no puede alcanzar este tramo del bosque, y pide a sus nietos que alegren en su honor la imagen triste de los abetos con un sencillo homenaje. O puede ser que el árbol no encierre otro misterio que haber sido cabaña de juventud, lugar de juegos y de secretos que dejan de serlo porque se olvidan. Se me ha ocurrido incluso que es posible que se trate de la chaladura de un esteta de los campos, un loco de las flores, un tipo inconformista y con inquietudes por redecorar la naturaleza, siempre tan salvaje. Cualquiera de estas explicaciones puede parecer descabellada, pero nos enseñan que el misterio conserva su encanto cuando se aleja de la muerte.

En fin, cualquier día de estos, si me animo, preguntaré en la panadería. O no.

 

Curra entre abetos

 

 

Do es trato de varón

No me pregunten por qué, pero ando yo hoy con la música de Sonrisas y lágrimas en el cerebro desde que me he levantado. Tal vez he soñado con algo que me lo ha hecho recordar, que pueden ser muchas cosas, por cierto. He podido soñar con una mala traducción, por ejemplo, porque la canción que me viene a la cabeza, para mi estupor, es la doblada al español.

Do es trato de varón. El día de Navidad no sé por qué salió en la conversación la traducción de la famosa canción Do, Re, Mi, y uno de mis cuñados contó que en un pueblecito de Soria, en una ocasión un paisano le preguntó que cuál era su don. Él, extrañado, a punto estuvo de contestarle que tenía mucha paciencia pero, inteligente como es, adivinó por el contexto (y por la edad del caballero), que le estaban preguntando por su nombre.

– ¡Pues yo hubiera contestado que sé mover las orejas!

– No, porque a ti te hubiera preguntado cuál es tu doña…

El don. Todos tenemos un don. Incluso Sholojov, aunque el de éste era apacible. En la traducción al español, los amigos de los destrozos se comieron tres consonantes: el trato de varón, el selvático animal y el lejos en inglés. Como me decía @hombrerevenido el otro día, “son fechas de excesos gastronómicos y el que esté libre de culpa, que tire el primer turrón del duro”. Claro que en original también jugaron con la fonética para salvar la canción:  Doe, Ray, Me, Far, Sew, La, Tea… Por lo visto, con esta canción se puede hacer casi cualquier cosa.

Sí, casi cualquier cosa. Pero ¿por qué será que se me ha quedado grabada esta canción?

¡Felices Reyes Magos!

 

 

Nochebuena y Navidad

Esta noche y mañana cenaremos y comeremos en casa. Y en Fin de año ya veremos. La peculiaridad de este año es que esta noche tendré a cuatro perros en casa y mañana tendré cinco.

A Curra, la titular, ya la conocéis. Una perra tranquilona, nada celosa y muy sentida. Luego Wilma, la co-titular, una gamberra que acaba de cumplir 3 añitos y que es un terremoto. Además está Jara, a quien yo llamo “ojos de ciruela”. Sus dueños, amigos de una hermana, se han ido de viaje y la han dejado donde saben que la cuidan. Es muy miedosa y friolera, así que siempre está temblando. Y tendremos a Mara, que es la perra del novio de mi sobrina, una cachorra de Golden que espero que sepa comportarse y a quien todavía no conozco. Y mañana se une Gus, el perro de mi otra hermana que tiene pinta de golfo pero que es bien simpático. Rufo, que es el gato de mi tía, se lo va a perder. Mejor: ya está muy mayor y estos saraos no le molan mucho. ¡Alegría!

Os dejo con un video muy divertido que he visto en Tw esta mañana y que viene muy a tono con esto que os estoy contando. Aunque aquí son 13 perros y un gato cenando…

Y antes de dar por acabado el post, os deseo a todos una Feliz Nochebuena, y también una Feliz Navidad.

Curra antideslizante

Curra antideslizanteTodo empezó con un parqué que ya no tenía remedio. Desde luego podría haberlo lijado y barnizado, pero eso ya lo hice hace unos cinco años y cuando compré la casa, hace diez. Así es que decidí cambiar el suelo y cambiarle la cara a la casa. Ha quedado precioso, pero…

Curra ya se escurría en el anterior, aunque no demasiado, probablemente porque ya le tenía cogido el tranquillo. Como sabéis los que me seguís desde hace tiempo, Curra tiene las patas traseras muy delicadas. Hace unos años la atropelló un taxi cuando quiso volver sola a casa, lo conté en La mala pata de Curra. Ni los años ni los kilos van a su favor y, cuando volvimos después del verano, la veterinaria nos aconsejó que le diéramos unas sesiones de láser en las patas para ver si recuperaba algo de agilidad. Y la verdad es que mejoró mucho y estábamos todos encantados con el invento, hasta la llegada del nuevo suelo hace un par de semanas.

La pobre ni se movía. No quería caminar por casa, y andaba peor que un pato. Y como todo coincidió con que terminaron de darle las sesiones de laser, tampoco estábamos muy seguros del problema. Este fin de semana sin embargo, estuvimos en el poblachón y me dediqué a tirarle pelotas con una raqueta por el campo. Corría que se las pelaba. Así es que creo que he encontrado la solución: calcetines antideslizantes. A ver, guapa no está, pero total, para andar por casa…

Los calcetinillos tienen como una suela especial. Yo creo que bueno para el suelo no es, pero miren, miren cómo corretea:

Tiempo de verano

Un verano apacible, como tantos. A la espera del tormentón que dará por finalizado el buen tiempo, o del casi huracán poblachonero que nos dejará a todos tiritando. El tiempo entre posturas.

Y el tiempo entre lecturas, aunque el libro de este mes del club me pone de un mal humor excelente. Delibes, Foenkinos, Amoraga, Lemaitre y ahora Chirbes. Y por medio el Kindle con esa cosa del club, de la que hablaré el día 1 si consigo acabar con ello antes de que ello acabe conmigo. El tiempo entre lecturas.

Pocas cosas que contar, aparte de mis reflexiones sobre los insectos. Esos bichos picajosos y pesados. Las avispas están muy tontas este año. He matado dos en vuelo. En vuelo ellas, se entiende. Y el trapo de cocina, un poco húmedo para que tenga contundencia. Y una araña con cuerpo, que apareció ayer en la piscina y mi amiga Susana la espantó de su toalla. Pero mátala, no la dejes por ahí, le dije. Sí, eso, que hay niños, no se oyó decir, porque el bobo de turno andaría lejos. Y ahí se puso ella, Susana, a dar zapatillazos al suelo, sin saber seguro que la araña estaría debajo. Y apareció Javi, con sus zapatillas de deporte a pisar también el césped. Y como en Aterriza como puedas, una fila de personas en traje de baño y con chancla en la mano se disponía a alisar el césped, con o sin araña, que para entonces ya habría huido. El tiempo entre mataduras.

El del bar, que es nuevo en la concesión. Y ha creído que todo el monte es orégano, y que se puede contestar de cualquier modo. Con una cocina que huele a grasa requemada, a suciedad y a abandono. Que de una tortilla revenida saca cuarenta o cincuenta pinchos, y que no se corta al decirle a su hijo, delante del cliente, que ponga menos, que un aperitivo no es para que la gente coma. Que levantas el café de la mesa y te quita la mesa, porque ya son las siete. Que te dice que quites eso porque va a barrer, y eso son tus pies. Un resentido social, a decir de algunos. Se creerá que los que estamos de vacaciones es porque no trabajamos. La culpa la tenemos nosotros por tomar una cerveza. Yo ya no, que puedo vivir sin ella, y él tiene más difícil pasar el invierno sin mi euro con veinte… El tiempo entre amarguras.

El campo. Hacen nuevos caminos, quitan las balizas de los antiguos pero tardan en sacar los nuevos mapas. Da igual, porque subes hacia arriba, sale un camino, te encuentras una fuente, giras, vas hacia abajo y cuando tienes a la vista la vaquería a la derecha hay un portalón. A la quinta vez que te pierdes encuentras el portalón, y la fuente sigue sin aparecer. Da igual. En los robles hace menos calor y menos frío que en el pinar. Sí, pero hay más moscas. No hay ganado, pero hay caballos, que son los nuevos perros aunque los llevan sin bolsita para excrementos. Curra se ha rebozado dos veces ya este año. No le veo el gusto, ni pienso averiguarlo. El tiempo entre andaduras.

Esta noche futbol. El tiempo entre esculturas.

 

 

Curra, la collares

Curra-collar-amarilloEl primer collar que tuvo Curra, de bebé o casi, era de color amarillo pollo. Monísima que iba ella, y eso que estaba en plena edad adolescente, con cuatro mesecillos. Se lo compró mi madre, aunque dudo que lo eligiera por el color: probablemente influyó más el precio. Este collar, el primero que se compra, está destinado a cubrir un espacio de tiempo tirando a corto. En fin, yo se lo pongo a su derecha para que vean esos ojillos como de descubrimiento de las sensaciones de la vida, y de los olores de la calle. Sí, lo sé, que se aprecia poco el collar. No, lo verde es el antiparasitario. Y no, no he encontrado otra foto mejor y no esperen que me levanten a buscar ningún álbum.

Después ha tenido otros de diferentes colores, unos más afortunados que otros. Recuerdo uno de color cuero oscuro que le proporcionaba un aspecto grave, aunque tal vez le hacía mayor en comparación con Wilma, que por entonces llegó a esta familia. Y también recuerdo otro horrendo, de color nazareno (CLICK AQUÍ), de esos de telilla, que vino a sustituir de urgencia otro gris claro muy bonito pero sucísimo.

Uno de los más bonitos que llevó está aquí (CLICK), de cuero con adornos, aunque muy incómodo para ella porque pesaba mucho. Y sin duda, el penúltimo, grueso, rojo, elegantísimo, con el que pueden verla en esta foto (CLICK). Hasta hoy estaba llevando uno de cuero blando claro, que no me acababa de convencer porque era un poco estrecho y además tenía las travillas muy separadas, y se rizaba por el extremo que sobraba. Lo cierto es que el collar es un elemento de mucha importancia, y no sólo por lo estético. El collar debe ser cómodo para el perro, mientras que la correa debe ser cómoda para el amo. Recuérdenlo si tienen un perro algún día. Y si no tienen perro ningún día, recuérdenlo si se fijan en las personas con perro. Y si no se fijan en las personas con perro, pues no lo tengan en cuenta y permítanme que siga, que pierdo el hilo.

La cuestión es que Wilma (la perra rubia, no se me pierdan) está mudando de collar, porque el suyo, rojo, está hecho un asco. Ya ha tenido que ir mi tía dos veces a cambiarlo. Primero la trajo con uno negro, que le hacía mayor y el veredicto familiar fue NO. El segundo ni lo trajo para que lo viéramos, calculen lo fea que estaría la pobre. Y esta tarde ha aparecido con uno bien bonito pero que le estaba grande. Y es que no se los deja probar en la tienda, la muy loca. Para cuando hemos comprendido que el collar no le valía, ya le había hecho dos agujeros más y…

… ¡Y ahí estaba mi Curra, con el cuello apropiado para heredar! Conste que lo de hacer otro agujero no lo he hecho aposta… En cuanto a Wilma… en fin, deberá seguir buscando a ver si encuentra algo que le quede bien (jo, jo, jo…).

Un collar precioso. Y muy elegantón. Oigan,  ¡Y que me ha salido baratísimo!

 

Collar Curra cuadros