Los vagabundos de la cosecha, de John Steinbeck

by Dorothea LangeEste que os comento hoy es el segundo libro del año del club de Lectura, elegido por mí, aunque en segunda tentativa. La primera era Germinal, de Emile Zola, pero tenía la desventaja de contar con casi 500 páginas. Entonces, entre saltarnos la regla de no más de 200 páginas o la de que el autor se hubiera muerto hace mucho, optamos por la segunda. Y de todos modos, ¡Steinbeck es Steinbeck! (grito igualmente aplicable a otros, por ejemplo ¡Galdós es Galdós!), y nunca defrauda.

Este librito, muy muy corto, pero también muy intenso, compendia siete reportajes que el autor escribió en el verano de 1936 para el San Francisco News. Son una denuncia de las condiciones de vida de los jornaleros de los campos de California de aquellos tiempos, unas condiciones hoy en día impensables. También lo eran entonces y de ahí los reportajes de Steinbeck.

Entre 1935 y 1938, unos 400.000 granjeros de Oklahoma, Nebraska, Kansas y el Oeste de Texas emigraron a California para cultivar los campos. No emigraron por gusto, ni por codicia, sino porque en los años precedentes unas tormentas de polvo seguidas de sequías, tornados y nevadas destruyeron no sólo sus cosechas, sino también sus campos. La mayoría había hipotecado sus tierras y sin poder pagar los préstamos ni poder arrendarlas, tuvieron que huir con sus familias y con lo puesto en sus viejos coches para poder comer.

…carracas desvencijadas cargadas de niños, sábanas sucias y peroles ennegrecidos por el fuego…

Los vagabundos de la cosechaEsta no es la crónica de una migración, sino más bien del recibimiento de una migración. En las primeras páginas, Steinbeck nos hace ver cómo las tierras de California necesitan a los jornaleros para explotar su tierra (su riqueza), y sin embargo, los reciben con odio y desconfianza, «con esa antipatía atávica del lugareño hacia el extraño». Antes que los americanos estuvieron los chinos, los filipinos, los japoneses, los mexicanos, gente que venía de otro país y que se organizó, o tiró los precios del jornal, y que por todo ello fueron igualmente expulsados. Ahora los nuevos vagabundos de la cosecha eran americanos, descendientes de los antiguos pioneros que habían conquistado y labrado la tierra de América, pero eso no les garantizaba unas condiciones dignas de vida y trabajo.

Steinbeck sólo recurre en un par de ocasiones a contarnos casos de familias concretas con nombres y apellidos, pero esto no le resta dramatismo ni gravedad a la narración. Algo de luz deja percibir cuando nos habla de las instalaciones construidas por el Gobierno federal, que devuelven parte de la dignidad a estos nuevos jornaleros. Pero la gran mayoría no vive en estos campamentos, ni tiene acceso a ningún subsidio por ser población itinerante. Viven en chabolas de cartón o de plástico, o en habitaciones de tres metros cuadrados alquiladas por la propia explotación, sin agua potable ni luz, sin acceso a la higiena básica ni a ningún servicio médico o sanitario, rodeados por guardias y matones, y cobrando salarios miserables con los que un padre de familia no puede mantener a su prole.

El libro se lee en un par de horas y enseña y explica lo que el propio Stenbeck desarrollaría después en Las uvas de la ira. Los vagabundos de la cosecha, sin ser una novela, contiene la misma verdad. Un buen libro, muy recomendable, que cuenta además con un buen puñado de fotografías de la época, la mayoría de Dorothea Lange, una de las cuales he elegido para ilustrar el post.

Como en otras ocasiones, podéis encontrar otras opiniones sobre el libro en La mesa cero del Blasco, La originalidad perdidaa, en Lo Lo que lea la rubia y en la propia página del Club, donde está la opinión de Juanjo. El próximo libro, para el primero de julio, será de Shakespeare, un autor muertísimo al que no contaremos las páginas. Aquí estaremos para contarlo.

Desamistar y unsuscribir

GOODREADSSólo tengo una amiga en Goodreads, que es MG. Y la tengo porque sé que le hace ilusión: a ella le encanta tener amigos en todos los sitios, aunque los repita de unos sitios a otros. ¿Que qué es Goodreads? Pues una red social de lectores en donde anotas tu biblioteca y tus lecturas y comentas libros. Yo he abierto una cuenta para meter ahí los libros que me quiero leer, simplemente. ¿Les parece una tontería? Es posible, pero si echaran un vistazo al caos que reina en mi librería les parecería una sabia decisión. También sería una sabia decisión dedicar una mañana a poner orden, y ya el colmo entre las sabias decisiones sería ampliarla, pero eso es algo que me da todavía más pereza. Algún día les hablaré de esto, de librerías y baldas. Tengo incluso un cuento escrito, pero ahora me centraré en lo que he venido a contarles, que todavía no sé muy bien qué es.

Entonces, el Goodreads como sitio para registrar los libros que me quiero leer y los que voy leyendo. Yo apuntaba (y todavía apunto) los libros que me quiero leer en un cuaderno. Pero también los apuntaba en papelitos. Y también los apuntaba en el bloc de notas que llevo en el bolso. Y también los apuntaba en las notas del movil si no tenía nada mejor a mano. Y también a veces los apuntaba en otros sitios que luego no sabía cuáles eran porque se me olvidaban, y con el olvido también dejaba de recordar cuál era el libro del que me habían hablado. MG, que tiene un TOC para esto del orden, me pasó, para ver si me servía, una hoja excel muy chula con muchas columnas, colorines, fechas y funcionalidades que usa ella para controlar los 180 libros que se despacha al año, los siete u ocho clubes de lectura con los que lidia y los retos que se impone (ahora pretende leerse todo de Javier Marías…). Y claro que me sirve su hoja excel, que está fenomenal, pero el problema de la hoja excel es la misma que la del cuaderno: la disciplina. Efectivamente, el orden tiene que ver con la disciplina, no con la voluntad. Pero ese es otro tema.

De momento me va bien con Goodreads. Lo tengo en el ordenador, pero sobre todo tengo la aplicación en el movil, o sea, siempre a mano. Y cuando veo, oigo, me hablan, me dicen algo sobre un libro que me parece interesante, lo busco en la aplicación y lo marco “para leer”. En realidad, no es “para leer”, sino “want to read”. Luego, cuando lo empiezo, lo marco como “leyendo”, aunque no es “leyendo”, sino “currently reading”. Y luego, cuando lo termino, lo marco como “leído”, aunque no es “leído”, sino “read”. Así es que, sí, la aplicación viene en inglés.

El currently reading tiene su aquel. Antes, “currently reading” eran los libros que tenía en la mesilla, esa balda camuflada de mi habitación en donde la competición es crudelísima (crudelísima: he aquí un superlativo cursilísimo). De pronto, no sé cómo, algún libro pasa de la mesilla a la librería. Clonc. O tal vez fiuu. O es magia, o los libros tienen patas, o la asistenta hace controles literarios. Para mí que es esto último. La mujer verá que la columna crece y crece y crece, y decide retirar el que hay debajo, aunque esto, más que con la literatura, tiene  que ver con la dinámica de los sólidos. ¿Por dónde iba? Ah, sí, el Goodreads.

Entonces me hice de Goodreads aconsejada por MG cuando le di las gracias y le vine a decir que su hoja excel era mucho arroz para tan poco pollo. Ella, que es una amante del orden aunque lo tengan que seguir otros, me propuso Goodreads. La historia igual no es exactamente así, pero bueno, para el post me vale. La cuestión es que me dijo que fuéramos amigas también en Goodreads. Me pareció bien, porque creo que es la única amiga que tengo repetida por todas partes (me falta trabajar en su empresa, pero todo se andará). Pero, en fin, cuando le di a aceptar no sabía yo que me llegarían unos cinco e-mails al día contándome la actividad de MG en Goodreads, que ya se pueden imaginar que es frenética.

– MG, no sé cómo se quitan las notificaciones de Goodreads del mail. Te voy a desamistar.
– Vale, sin problema.
– MG… francamente, esperaba que me dijeras cómo se quitan. Ahora sí que te desamisto.
– Ah, perdón. Mira en la parte de abajo del correo a ver si te puedes desuscribir.
– Ok… Ya está. Me he unsuscribido, porque no venía desuscribir.
– Bueno, eso es mejor que desamistarme.
– Tienes razón.

El diálogo tal vez no fue exactamente así. Pero bueno, para el post de hoy me vale.

La muerte de Ivan Illich, de León Tolstói

Ivan Illich TOLSTOI.jpgPues aquí estamos los miembros del Club de lectura otro año más, fieles a nuestra cita con vosotros para hablaros de los libros que nos imponemos leer. Este año repetimos el experimento del anterior con libros de autores muertos, a ser posible hace mucho, para que el tiempo haya hecho su primera criba. La segunda condición es que sean libros cortos, por si acaso. Ningún por si acaso en nuestro club está de más, ya lo sabéis vosotros, seguidores avisados.

Este primer libro del año es La muerte de Ivan Illich, del insigne León Tolstói, autor, como sabéis perfectamente, de clásicos de la literatura como Guerra y paz o Anna Karenina. No sé si nuestro libro del mes es el más cortito que hay de este autor pero no me extrañaría. Sin embargo, cuando Juanjo dijo Tolstoi, a mí me salió una cana pensando en el tocho que nos iba a tocar, pero no, ha sido breve. Y lo bue, si bre, dos ve bue. Vamos al libro.

La muerte de Ivan Illich cuenta la muerte de Ivan Illich, como el título indica. Y por si acaso no nos hemos creído lo que dice la portada, desde el primero de sus doce capítulos ya nos lo confirma: el funcionario Ivan Illich ha muerto y sus compañeros de profesión reciben la noticia mientras juegan a las cartas, sin poder evitar pensar en quién de entre ellos ocupará el puesto de juez que deja forzosamente vacante. Y tú esperas que la novela siga por ahí, pero no. En el segundo capítulo Tolstói da un giro de muñeca y empieza a contarnos la historia de Illich, y lo hace de forma lineal: padres, infancia, juventud, primeros trabajos, matrimonio de medio conveniencia, nacimiento de sus hijos, y finalmente, el traslado a una nueva ciudad que le permitirá salir del aburrimiento en el que se ha convertido su vida. Por lo demás, un hombre vulgar y corriente, tirando a apático, práctico y un poco sumiso:

“Era ya en la facultad lo que sería en el resto de su vida: capaz, alegre, benévolo y sociable, aunque estricto en el cumplimiento de lo que consideraba su deber; y, según él, era deber todo aquello que sus superiores jerárquicos consideraban como tal”

“En el cargo de juez de instrucción… se ganó el respeto general y supo separar sus deberes judiciales de lo atinente a su vida privada”

“Los deleites de su trabajo oficial eran deleites de la ambición; los deleites de su vida social eran deleites de la vanidad.” (esta frase me encantó)

En la nueva ciudad, preparando la nueva casa donde va a vivir, Ivan Illich se cae de una escalera, se da un golpe en un costado y a partir de ahí ya no levanta cabeza. Cae en una enfermedad extraña que ningún médico es capaz de curar y finalmente muere. Su enfermedad y muerte ocupan dos tercios del libro (desde el capítulo cuatro), y así como la primera parte se hace muy distraída y los capítulos dedicados al principio de la enfermedad logran mantener la intriga (la intriga de cuál es la dolencia, porque tú, lector, ya sabes que muere), hacia el final la novela decae y se convierte en un texto un poco pesado y reiterativo. Pero, en general, se lee con mucho gusto (si uno supera la falta de afecto que provoca Illich, que es un poco quejica y un flojo).

Es precisamente la parte final de la novela lo que constituye, si leéis la nota de la editorial, el nudo del relato: Ivan Illich se lamenta, cuando se sabe condenado a muerte, de la inutilidad de su vida y de la irreversibilidad del tiempo. Parece ser éste el quid de la questión, aunque no estoy yo tan segura de esto, porque al mismo tiempo que se lamenta, también Illich se pregunta cómo debería haber vivido la única vida de la que ha dispuesto sin poder responderse¹. Me parece más un hombre que se rinde demasiado pronto, que no sabe luchar o, mejor dicho, que no tiene ningún motivo que le empuje a ello.

Con todo, me parece una buena novela y me ha gustado, desde luego. Qué quieren: es Tolstoi. Su final (“Este es el fin de la muerte. La muerte no existe”) es de una contundencia fabulosa. Dicho esto también os diré que he tenido la suerte de manejar una edición que trae otra novela más de Tolstói, Jadzhi Murat, más larga pero infinitamente más entretenida: la historia de un guerrero del Cáucaso en lucha contra los rusos. Esta novela ya no os la cuento, que no toca, pero la recomiendo vivamente, casi casi con euforia.

Como en otras ocasiones, podéis encontrar otras opiniones sobre el libro en La mesa cero del Blasco, La originalidad perdida, en Lo que lea la rubia y en la propia página del Club, donde está la opinión de Juanjo. Ellos ya habrán publicado: yo hoy llego tarde por un despiste espero que perdonable. A ver cómo seguimos el año y si sigue la buena racha. Esperemos que así sea.

¹ Ivan Illich, al empezar su vida profesional, se hace grabar en su reloj el lema respice finem (piensa en el final).

Pepita Jiménez, de Juan de Valera

pepita-jimenezTerminamos un año más del languideciente Club de lectura con el disfrute de un libro maravilloso propuesto por Paula. No sé si al año que viene seguiremos con el club o ya nos daremos por vencidos, aunque el año no ha estado nada mal. Dickens, Maquiavelo, Jonathan Swift, John Williams y ahora Juan Valera hace pensar que hemos ido a lo seguro, sólo poniendo dos condiciones: que el autor estuviera muerto y por lo tanto que su obra haya pasado la criba del tiempo; y que los libros no fueran demasiado largos, por si acaso se nos hacía bola. Este por si acaso es muy importante en este club, no crean. No me olvido del libro que eligió la madre de Paula y anfitriona de una estupenda comida las pasadas navidades, que propuso un extraño libro, La gran migración, de Hans Enzensberger, que luego resultó la mar de interesante. Y coronamos el año para mi gusto con el mejor de todos, un libro de los que ya no se escriben.

Se le nota a Juan Valera la pluma de poeta. Y también la buena mano para escribir cartas. En Pepita Jiménez, un narrador nos cuenta que el señor dean de la catedral de … murió y  dejó entre sus papeles un legajo compuesto de unas cartas y una parte narrada (los paralipómenos), y que en conjunto parece una novela, aunque con poco o ningún enredo. Así es que nuestro narrador se decide a publicarlas, aunque cambiando nombres y lugares, porque le parece una historia que tiene interés.

La historia es la de Luis de Vargas, un seminarista de veintidós años que, antes de tomar los votos, va a pasar con su padre una temporada al pueblo del que salió de niño y del que ahora el padre es cacique. Y allí conoce a Pepita Jiménez, una guapa mujer de veinte años, de origen pobre que ha estado casada con un octogenario que le dejó una fortuna al morir. El padre, viudo y todavía de buen ver, pretende a Pepita, aunque esto no es lo que tiene interés. Lo que tiene interés es que, y esto se ve venir desde casi las primeras páginas, Luis de Vargas se enamora de Pepita. ¿Pero él no iba a tomar los votos y a hacerse cura, o monje cartujo o se iba a ir a catequizar a los negritos de Monicongo? Pues sí, y ahí está la cosa.

El libro es un folletín, un relato de amores decimonónicos, una historia romántica con desmayos, duelos, requiebros y sofocones de amor total de esos que no te dejan comer ni dormir. Una historia bien bonita, escrita con una prosa musical que da gusto leer. Un libro encantador que merece su lugar de honor entre las obras clave de la literatura española.

El lenguaje es muy poético aunque no es sofisticado, pero he anotado algunas palabras bien chulas de las de mirar en el diccionario a ver qué significaban. Aquí os dejo algunas: Eutrapelia, candiotera, binar los majuelos, timbirimba, chalanes, jamugas, inficionar, coracha, disciplinazos, ternes, túrdigas, zahareña, pateta, mengue, pelgar, corambre, zanguango, empecatada, supiripandos (que no viene en el diccionario, aunque creo que es una variación ingeniosa de suripanta), sin decir oxte ni moxte, zarandillo, enjalbiego, plectro, hacerse de pencas, cendales, daifa, amostazaba, recoveros, alifafes, estezado, epitalamio, gajorros. También (lo juro) he encontrado un “remonísima” que me resultó de lo más chocante. Y por último, os dejo una frase de la criada de Pepita Jiménez referida al seminarista que no tiene desperdicio:

“¡Anda, fullero de amor, indinote; maldecido seas; malos chuqueles te tagelen el dupro, que has puesto enferma a la niña, y con tus retrecherías la estás matando!”

Una maravilla de libro, de los que ya no se escriben. Leedlo, que no os arrepentiréis.

Como en otras ocasiones, tenéis otras opiniones sobre el libro en La mesa cero del Blasco, La originalidad perdida, en Lo que lea la rubia y en la propia página del Club, donde está la opinión de Juanjo. A ver cómo seguimos al año que viene, y si sigue la buena racha. Esperémoslo.

Butchers Crossing, de John Williams

Hoy toca publicar la reseña del languideciente Club de Lectura, que este año nos pide pan una vez cada dos meses. El mítico sufrimiento de este club parece atenuarse con la falta de frecuencia, pero cuando pega, lo hace de lo lindo. Para muestra el libro que vengo a comentar. John Williams, según la editorial, se encuentra entre Melville y Cormac McCarthy, lo que es tanto como decir que todos los caminos conducen a Roma. Yo no sé de dónde se han sacado esa comparación. En mi humilde opinión, el estilo de escritura de John Williams está más bien entre Pedro J. Ramírez y Christian Gálvez, por lo farragoso, enrevesado, cursi y pesado. Esto y unas descripciones que pretenden ser tan ajustadas y detallistas que al final te pierdes. Un horror.

La historia es la de un joven de Boston de mediados del siglo XIX, Will Andrews, que al terminar sus estudios en la universidad decide ir al Oeste a vivir una aventura. El porqué no sé si está muy bien explicado al principio del libro, porque el principio del libro es INSOPORTABLE. Vean cómo nos describe su llegada en la diligencia:

…a medida que las pequeñas ruedas del carromato entraban y salían de las roderas dejadas por carros más pesados, la carga amarrada en el centro y protegida por una lona se iba moviendo, las cortinas laterales, subidas, golpeaban las varas de nogal que sostenían el techo de listones y lona, y el solitario pasajero sentado al fondo tenía que apuntalarse contra las delgadas tablas de los lados, con una mano apoyada en el duro banco forrado de cuero y la otra aferrada a uno de los lisos palos de nogal hincados en zócalos de hierro sujetos a las tablas laterales…

Yo leo esto y me digo que me acaban de llenar los ojos de paja y que es una verdadera lástima que el solitario pasajero no hubiera dejado resbalar una de sus blancas manos por las lisas tablas de nogal laterales para darse un sobrenatural y mortífero pescozón contra el duro suelo del liviano carromato que circulaba a mediana velocidad y así acabar su efímera vida de joven bostoniano entre las roderas intermediadas de fino barro del oeste mientras exclamaba con voz estentórea bullshit de la pena mora. Qué horror.

En fin, la aventura del joven Will Andrews consistirá en irse a cazar bisontes, los últimos bisontes, con un grupo formado por un cazador experimentado, duro y honesto, que te imaginas más como un Clint Eastwood locuaz que como un John Wayne taciturno. Hay otro vaquero borrachuzo que se ha vuelto loco después de que se le congelaran las manos y un tercero que va para despellejar a los bisontes y que es un cenizo y un agonías. Y nuestro Will, claro, que se va de excursión para hacerse un hombre, pero que tiene pinta de estar siempre a punto de decir aquello de “Dr. Livingstone, supongo”. Cuatro patas para un banco, que diría mi abuela, aunque en realidad se trata de mostrar al héroe fuerte, al antihéroe cobarde y al observador que te lo cuenta. Bueno, y luego está el borrachín desvalido que actúa como el gato de Schroedinger, pero en voluntarioso.

La expedición es difícil, porque tienen que irse hasta las montañas de Colorado, a un lugar todavía por explorar en donde, si les cae el invierno, las posibilidades de salir vivos son escasas. Pero es que en las montañas todavía quedan bisontes, y por tanto pieles y cueros, y por tanto, dinero. O sea, que no es ir pa’ na’.  Y como están solos, ya que nadie conoce ese lugar, podrán hacer una carnicería a sus anchas, sin temor a que los interrumpan. Y aquí es donde una se solidariza con los bisontes hasta el Pacma y más allá, y sigue leyendo para ver cómo la justicia poética cae sobre estos hombres, aunque el tontainas de Will se salve de todo menos de la cursilería.

La novela es la narración del fin de una época que acaba con el fin de los bisontes y la llegada del ferrocarril y los cambios de costumbres en el viejo oeste. Y debo decir que a mitad del libro, mas o menos, me enganché con la historia y me gustó (la historia), a pesar de ese estilo insoportable del autor al que habría que multar por escribir tan horrorosamente. Es un crimen que se ponga a describirte cómo se hace un vivac en medio de una tormenta de nieve, o cómo se despelleja a un bisonte, o cómo se calma a un caballo, con tal profusión de adjetivos y de detalles tontos que consiguen sincopar la narración hasta hacerla incomprensible. Es una forma de escribir que me resulta muy irritante y que me acaba enfadando y que me obliga a no recomendar este libro si tienen algo mejor que leer.

Como en otras ocasiones, tienen más opiniones sobre este libro en La mesa cero del Blasco, La originalidad perdida, en Lo que lea la rubia y en la propia página del Club, donde encontrarán la opinión de Juanjo. Hasta enero, que reseñaremos Pepita Jiménez, de Juan Valera. Y que viva el ritmo.

Grandes esperanzas, de Charles Dickens

grandes esperanzasHoy toca hablar del libro del bimestre del Club de lectura. En realidad hoy no tocaba, pero ya saben: las vacaciones. Bueno, las vacaciones y que esto de leer un libro cada dos meses parece que relaja cualquier preocupación por atender a las fechas, si es que quedaba algún atisbo de algo cercano a la preocupación. Ya saben ustedes que pertenecer a un club supone acatar las normas, y los cinco aguerridos participantes de este club hemos optado por eliminarlas casi todas. Voy al libro y no les entretengo más.

¿Quién no ha conoce Grandes esperanzas, la obra cumbre de Dickens? Pues hombre, conocer, lo que se dice conocer, pienso que casi todo el mundo, aunque leer, lo que se dice leer, yo misma no lo había leído. Y lo recomiendo, porque es una novela bien bonita, bien folletinesca, y bien distraida. Y como diría aquel ¡Es Dickens!

El argumento es de sobra conocido y si no, ya se ocupan los editores de ponerlo en contraportada y en la publicidad de las versiones de películas que se han hecho sobre esta novela (ninguna de las cuales he visto). Se trata de la historia de Pip, un niño huérfano y pobre que vive con su hermana, que lo educa “con la mano” –o sea, dándole estopa- y lo mantiene porque no le queda más remedio. Pip es un niño bondadoso pero no feliz, que sueña con convertirse en caballero para, entre otras cosas, enamorar a Estella, que es una niña estúpida, arrogante y bastante imbécil a los ojos de lector. Esta tal Estella aparece en casa de Miss Havisham, que es una ricachona loca perdida por un antiguo mal de amores y que llama a Pip a su casa para ver si logra distraerse con algo que no sea la propia Estella u otros niños que no le caen tan bien como Pip.

Un buen día, Pip recibe la visita inesperada de Mr Jaggers, un mandado de la Sra Havisham que le comunica que una persona misteriosa le concede un montón de dinero para que estudie y se convierta en caballero, a cambio de poca cosa: que se siga llamando Pip y que no trate de averiguar quién es su benefactor. Os podéis imaginar que Pip acepta, aunque eso le suponga separarse Joe, que es su cuñado y amigo, una buena persona que acepta con generosidad el golpe de suerte de Pip. Y aquí empezará su nueva vida, aunque no viene a ser más que la misma vida, pero con otros problema no menores. Con estas pocas líneas les acabo de resumir la mitad de un libro de casi 700 páginas, aunque naturalmente pasan muchas más cosas, y en particular en el arranque del libro, cuando Pip, bajo amenazas, ayuda a un condenado que ha escapado de la prisión. Y hasta aquí puedo leer.

Casi 700 páginas que no se hacen largas en absoluto. Dickens escribió este libro por entregas, y lo fue publicando en una revista, y esa es una de las razones que consiguen que mantengas el interés en cada capítulo y no se te haga nada largo. Una de las razones, porque la otra hay que atribuirla a la historia en sí, como decía más arriba, un folletín en el que se van sucediendo los personajes, unos misérrimos y otros muy ricos, unos bondadosos y otros canallas, unos generosos y otros interesados, unos héroes y los otros villanos, y en el que no faltan las descripciones de la vida de una época y una sociedad tan reconocible como lejana de nuestra época actual. La tercera razón es que tenemos delante a un maestro de la novela, un clásico que no decepciona.

Tienen, como en otras ocasiones, más opiniones sobre este libro en  La mesa cero del Blasco, La originalidad perdida, en Lo que lea la rubia y en la propia página del Club, donde encontrarán la opinión de Juanjo. Hasta noviembre, creo, con Butcher’s crossing de John Williams. A ver qué nos depara.

La gran migración, de H.M. Enzensberger

«No es necesario que esperemos la llegada de los bárbaros. Siempre han estado entre nosotros.»

la gran migraciónHans Magnus Enzensberger es un ensayista alemán del que no había oído hablar nunca hasta que la madre de Paula, uno de los componentes de este agónico Club de lectura, lo eligió para que lo leyéramos y comentáramos este año. Nos lo propuso sin atender a nuestros gustos y sobre todo sin tomar en cuenta nuestras exigencias, cada vez más maniáticas, caprichosas, irreconciliables y… desnortadas: «Ahí lo lleváis, hijos, a ver si aprendéis algo de la vida y dejáis de quejaros». Ea.

Se trata de un libro cortito, no llegará a las 80 páginas, estructurado en 33 capítulos que en realidad son acotaciones del autor en torno al tema de la migración. Está escrito con una prosa limpia, nada enrevesada, que te permite seguirle en sus razonamientos sin dificultad. Unos razonamientos sobre los que deja al lector darles la profundidad que quiera darles. A mí eso me gusta mucho: en esta época de “canutazos”, leer algo escrito reposadamente se agradece, la verdad.

Veamos. Dos pasajeros que no se conocen de nada están en el compartimiento de un tren en el que se ha instalado cómodamente desde hace un par de horas. De pronto entran otros dos pasajeros, y los dos primeros establecen una relación de grupo frente a los dos nuevos a los que consideran invasores, extranjeros, intrusos. Este comportamiento, profundamente humano, parece indicar la necesidad sedentaria del hombre. Y, sin embargo, el ser humano siempre ha estado en continuo movimiento, en continua migración, lo cual supone en sí mismo el caos, el conflicto. Para evitar matarse demasiado entre ellos, los hombres han dado en agruparse en etnias, tribus, o en grupos más o menos homogéneos. Pero el conflicto permanece porque la idea de forastero permanece también, igual que la idea de individuo. Cuanto más artificial es el origen, más precario e histérico resulta el sentimiento nacional (el racismo se basa en una identidad precaria).

Enzensberger en sus acotaciones nos dice que nadie emigra sin que medie el reclamo de una promesa. También que emigran los audaces, pero también los más débiles y que a la postre, la emigración empobrece al país que ha consentido que mediaran las condiciones de esa migración. En cuanto al país receptor, acepta la migración cuando falta trabajo, pero no cuando sobra, y en ese sentido, el mercado negro laboral actúa con una lógica inversa al mercado negro de bienes.

El potencial migratorio es enorme, nos dice, y no le falta razón. Pero hace una reflexión sobre el estado multicultural, que niega en rotundo, por cuanto una cosa es la integración y otra la asimilación. Ningún inmigrante abandona del todo la cultura y costumbres de las que procede; el problema es cuando se cae en la ideologización de las minorías, los marginados se agrupan, invierten las reglas del juego y se encierran en su identidad minoritaria, lo que provoca a su vez el rechazo, en un círculo vicioso del que no acabamos nunca de salir.

También tiene unas cuantas acotaciones sobre el asilo y rechaza la distinción entre el inmigrantes por razones económicas y los perseguidos políticos. Se pregunta, no sin razón, que cuál es la diferencia. Cualquier tiranía, cualquier guerra, lleva aparejada el hambre y la miseria de una parte de la población, y distinguir eso es ponerse muy estupendo (bueno, Enzenserberg no lo dice así, pero yo les hago el resumen).

En fin, a mí me ha gustado por lo que tiene de reflexión y de dejar pensar. En este sentido, no preconiza soluciones, porque muchas veces se pregunta cuál el problema que hay que resolver. Sólo constata que el potencial migratorio es enorme, y nos deja sus acotaciones para que nosotros reflexionemos antes, después o en vez de ponernos a hablar como loros en la barra de un bar. Si se lo topan, léanlo.

Tienen (o tendrán) otras opiniones sobre el libro La mesa cero del Blasco, La originalidad perdida, en Lo que lea la rubia y en la propia página del Club, donde encontrarán la opinión de Juanjo (o no). Hasta septiembre, creo, con Grandes esperanzas, del gran Dickens.

El príncipe, de Nicolás Maquiavelo

el_principeHoy vengo a hablarles del segundo libro del año del Club de lectura. Llego tarde para publicar este post, porque les pedí a mis compañeros que me esperaran hasta el martes porque no lo había terminado, y luego el martes se me pasó escribir (las emociones del fútbol, ya ven). O sea, lo que le faltaba al club: el desorden. Y ahora voy a la reseña.

El príncipe es uno de tantos libros conocidísimos y citadísimos que en realidad ha leído poca gente. Se comprende poco cuando ves que se trata de un librito de apenas 130 páginas, pero se entiende mucho mejor en cuanto se recorren las diez primeras: es muy aburrido. Y es que Maquiavelo lo escribió como un regalo a Lorenzo de Médicis –a quien llama Vuestra Magnificencia– con el fin de aconsejarle a partir de su propia experiencia y la observación de la historia, y no para distraer al público. Así es que Don Lorenzo o cualquier otro príncipe le encontraría al libro la utilidad y el interés que a mí me falta. No es de extrañar: tengo poco de princesa, aunque, la verdad sea dicha, me chiflaría que alguien me llamara Vuestra Magnificencia.

Pero he subrayado cositas, no crean. Porque me he aburrido, sí, pero he procurado entender lo que me estaban contando, aunque no me sirva de mucho. Ah, y una cosa: les comunico que la clase política española, y diría que europea, no han transitado esas páginas ni por asomo. Vean, vean, y extraigan conclusiones:

“ Cuando los males se prevén, admiten remedio; pero si se espera a que se presenten, no se logrará el remedio, haciéndose incurables”.

“… es indispensable ganar a los hombres o deshacerse de ellos. Si se les causa una ofensa ligera, podrán vengarla; pero aniquilándolos, quedan imposibilitados de tomar venganza”

“Nunca debe dejarse empeorar un mal por temor a la guerra, pues al cabo ésta no se evita y sólamente se dilata en daño propio”.

“El príncipe que procura el engrandecimiento de otro, labra su propia ruina; porque para ello ha de emplear su fuerza o su ingenio y estos dos medios despiertan sospechas en el ánimo de aquel que ha llegado a poderoso”

“Los daños deben hacerse todos de una vez, porque cuanto menos se repitan, menos hieren; y los beneficios conviene ejecutarlos poco a poco, para que se saboreen mejor”.

“Así, el príncipe que quiera triunfar debe saber ser malo, y usar este conocimiento si lo necesita para defender sus intereses” (esta parte tampoco la han leído, pero intuitivamente han sabido llegar a ella)

“Un príncipe deseoso de ser alabado por su generosidad, no repara en ninguna clase de gastos, y para mantener esa reputación suele verse obligado a cargar de impuestos a sus vasallos y echar mano de todos sus recursos fiscales, lo que no puede menos que hacerle odioso, además de que, agotado el tesoro público con su prodigalidad, no sólo pierde su crédito y se expone a perder sus estados al primer revés de la fortuna, sino que al cabo cosecha más enemigos que amigos […] Siempre será mejor ser poco generoso que serlo demasiado: puesto que lo primero, aun cuando no parezca elegante, no acarrea, a lo menos, como lo segundo, el aborrecimiento y el desdén.

“Algunos disputan acerca de si es mejor que el príncipe sea más amado que temido: y yo pienso que de lo uno y de lo otro necesita. Pero como no es facil hacers entir en igual grado a los mismos hombres estos dos efectos, habiendo de escoger entre uno y otro, yo me inclinaría por el último con preferencia.”

“Bástale para no ser aborrecido respetar el patrimonio de sus súbditos […] porque es preciso confesar que más pronto olvidan los hombres la muerte de sus parientes que la pérdida de su patrimonio.”

Y aquí, la prueba definitiva:

“Procurará el príncipe proteger la virtud, honrar a los que sobresalen en cualquier arte, fomentar en sus conciudadanos el tranquilo ejercicio de sus profesiones y oficios, lo mismo en el comercio que en la agricultura, y en todas las demás actividades a que los hombres se dedican, para que no se abstengan: unos, de mejorar sus haciendas por temor a que se las quiten, y otros, de abrir nuevas vías al comercio por miedo a los impuestos.”

En fin, léanselo que no les hará daño, aunque tengan cuidado con la edición que escogen. Buscando las citas en versiones digitales, me he llevado la sorpresa de comprobar que la edición que manejaba yo (Colección Edime, 1965) se parecía a las otras como un huevo a una castaña, con giros, frases y sentidos muy diferentes en algunos casos entre ellas. Vean un ejemplo, casi al final del libro, en el que una comparación inocua entre la fortuna y la mujer se convierte en un párrafo que parece escrito por un psicópata –aparte de perder todo el sentido:

– Edición Edime 1965: “Más vale ser atrevido, porque la fortuna es mujer y gusta más de la fuerza que de los miramientos. Y, como mujer, amiga de la juventud, porque los jóvenes son audaces y vehementes.”

– Edición digital Austral, traducción Eli Leonetti: “Estoy convencido de que es mejor ser impetuoso que prudente, porque puesto que la suerte es como una mujer, para someterla hay que pegarla y maltratarla. Y se puede ver que se deja vencer más fácilmente por los que actúan así que por los que proceden fríamente, y por eso, como mujer que es, siempre es amiga de los jóvenes, porque son menos cautelosos, más fieros y la gobiernan con más audacia”

En fin, algunos editores lo único que maltratan (por Austral) es la gramática…

Como siempre, tienen otras opiniones en La mesa cero del Blasco, La originalidad perdida, en Lo que lea la rubia y en la propia página del Club, donde encontrarán la opinión de Juanjo, o no. Hasta julio, que volveremos con La gran migración, de H.M. Enzensberger.

Los viajes de Gulliver, de Jonathan Swift

Tal vez se pregunten ustedes qué fue del famosísimo Club de lectura que animaba los primeros de mes de este blog. También conocido como el Club de Tortura, cinco pacientes lectores escribíamos un post sobre un libro, leído a lo largo del mes precedente. Tal vez se hayan preguntado qué ha sido de esos post en los que se reflejaba el gusto irreconciliable de estos cinco lectores, que sólo nos pusimos de acuerdo en dos rarísimas ocasiones para alabar el libro, pero que, por el contrario, siempre formábamos generosas mayorías para poner a caldo al autor del mes. Quizá piensen ustedes que hemos abandonado y que encima lo hemos hecho a la francesa, o sea, sin una palabra de despedida y con un mutis disimulado por el foro. Pues no, aquí estamos de nuevo.

Sí, ya sé que no es primero de mes y que en enero y febrero el tiro fue al agua, pero ya se lo explico yo. Para empezar, hemos decidido leer sólo 6 libros este año, uno cada dos meses, por aquello de seguir en el baile pero reduciendo el ritmo. Y si estamos publicando la reseña un 22 de marzo es porque uno de nosotros ha estado trabajando en un punto perdido de la selva amazónica hasta hace un par de días, y desde allí resultaba muy azaroso ponerse a colgar una entrada. De hecho, la selva es un lugar ideal para colgar muchas cosas, desde un candil hasta una tarántula, pero una entrada del club de lectura solo potenciaría la tentación de colgarse uno a sí mismo, y esto no parece razonable. Para decirlo todo, que luego me regañan, el periplo amazónico de uno de nuestros miembros (cualquiera diría que hemos enviado un brazo al Brasil por DHL) me ha venido estupendamente, porque el retraso me ha permitido terminarme el libro a paso de tortuga, disfrutándolo como es debido. Y es que Los viajes de Gulliver es un libro que me ha encantado. Sin más, doy paso a la reseña.

Viajes de GulliverLos viajes de Gulliver es el típico libro que uno se lee en versión infantil cuando tiene unos doce años. Eso si se lo lee. Forma parte de esa colección de libros conocidísimos de los que todo el mundo habla sin haber leído cabalmente, y cuando digo cabalmente quiero decir enterándose de algo. Y así, uno habla de Gulliver y se acuerda de Liliput y poco más. Pero hay mucho más en este libro.

Gulliver en realidad emprende cuatro viajes, y por el azar de un naufragio o de un ataque pirata o enemigo, termina en cuatro lugares fantásticos que revelan sociedades muy distintas a la europea, lo que le da pie a hacer una crítica feroz de la sociedad en la que vive, sus instituciones políticas e incluso del ser humano en general.

El primer viaje es en efecto a Liliput, un país con escala de 1:12 en el que los habitantes miden un palmo. La diferencia de tamaño permite a Gulliver ayudar a los habitantes de Liliput a ganar una guerra a Blefuscu, un país vecino, que después le acoge cuando los liliputienses empiezan a desconfiar de él. Las envidias, que son muy malas.

El segundo viaje es a Brobdingnag (espero haberlo escrito bien), en el que, por el contrario, sus habitantes son gigantes. Este libro es quizá el más angustioso, porque Gulliver se tiene que enfrentar a monstruosos gorriones, por ejemplo, y porque cualquier despiste puede hacerle morir aplastado. Los habitantes, grandullones, son bastante inocentes, aunque nada comparado con los que encuentra en el tercer viaje, un país en una isla voladora, flotante, en la que los habitantes sólo están preocupados por la música y las matemáticas, hasta el punto de tener que llevar al lado a un “sonador”, es decir, a un individuo que les espabila para que no pierdan el hilo de la conversación. Debajo de la isla voladora hay una ciudad en la que los hombres se dedican a inventar cosas absurdas que luego no llevan nunca a la práctica. Y en este viaje visita varias islas, cada cual más fantástica, mientras intenta llegar a Japón para coger un barco que le devuelva a Europa. En una de ellas, unos magos le dan la posibilidad de hablar con personajes de la historia…

“…Pedí que apareciera ante mí el senado de Roma en una gran cámara, y en otra, frente por frente, una asamblea de representantes de hoy en día. El primero parecía una asamblea de dioses y semidioses; la otra, un hatajo de buhoneros, carteristas, bandoleros y matones…”

Bien. Además de ser una crítica feroz, este libro, publicado en 1726 en Inglaterra, es de rabiosa actualidad en España.

El último de sus viajes es al país de los Houyhnhnms, caballos que hablan y que constituyen una sociedad perfecta en la que no existe la mentira, ni la prisa, ni el dinero, así que no hace falta  gobierno, ni guerras, ni jueces… Una sociedad por encima de los Yahoos, humanos que provocan en Gulliver un profundo repelús por su inmundicia y suciedad, por su salvajismo, que desprecia y odia,  y también con ello le suscita el convencimiento de que el ser humano no tiene remedio. Es el libro más pesimista y más desasosegante de los cuatro, con el que da fin a sus viajes asegurando, en el epílogo, que son verdad. En fin, habrá que estudiar con mayor atención las lecturas de los satélites.

Yo no me esperaba un libro así, y desde luego no recordaba nada de todo esto. Tengo un recuerdo vago de haberlo leído en mi infancia, aunque casi con seguridad se trataría de algún cuento disfrazado o de una versión amable de Gulliver jugando con muñequitos. Sin embargo, me parece un libro de adultos para leer despacio y disfrutar de su ironía y su crítica. Y aunque la prosa es un poco anticuada y engolada, se deja leer y yo lo recomiendo fervorosamente.

Tienen como en otras ocasiones (ya no diré como cada mes), otras opiniones en La mesa cero del Blasco, La originalidad perdida, en Lo que lea la rubia y en la propia página del Club, donde encontrarán la opinión de Juanjo. Hasta mayo, que volveremos con El príncipe, de Maquiavelo.

Por qué fracasan los países, de Daron Acemoglu

AcemogluEste es el último libro del año del Club de Lectura, un año realmente para olvidar. Tanto que no sé yo si el club sobrevivirá a este 2015 que empezó, casi como una premonición, entre limones, un título muy a tono con el premio que damos al peor libro del año. Leerse aquella tontería ni siquiera sirvió para despejar la incógnita de qué libro ha sido más horrendo en estos últimos 12 meses, decisión que estará muy reñida.

Hoy vengo a hablarles de un libro que debería haberse quedado en un sencillo paper, aunque igual le falta algún que otro dato. Se trata de un libraco de más de 500 páginas y que es un ensayo pesado y repetitivo que he terminado abandonando, cansada de leer ochenta veces cada argumento para sostener la misma idea, con repasos de la historia que son eso, un repaso (pero muy repaso), y sin que el autor consiguiera interesarme lo más mínimo con lo que me estaba contando. Tal vez es que ha llegado a mis manos en un momento de desgana para abordar un libro de estas características, o tal vez es que el autor es un ser sin infancia ni adolescencia, yo no lo sé y no me quiero preocupar por averiguarlo. Pero una vez llegados al primer tercio del libro, he colapsado y me he puesto a leer otra cosa.

Yo no le quito la razón al autor ni pongo en duda la teoría que aborda el libro, que indica que la causa de que haya en el mundo países pobres lo tienen las instituciones políticas, que cuando son extractivas y desincentivan la actividad y el progreso privado provocan pobreza. Nada nuevo bajo el sol. Lo que pasa es que, hasta donde he leído, trata el asunto con la profundidad del estanque de ranas de la Plaza del Pinsapo, una plaza del Poblachón en cuyo estanque se cayó Curra una vez y sólo se mojó las patas. Todo esto lo pongo para ponerle emoción a la reseña, no vayan ustedes a creer que Curra se cae a los estanques. Curra se tira, porque es una gran amante del agua estancada, ya sean charcos o recipientes de mayor entidad. ¿Se hacen ya una idea del libro o sigo con los renacuajos?

Para no se vayan de balde, y ya que han llegado hasta aquí, les copio lo que dice la editorial del libro:

¿Qué determina que un país sea rico o pobre? ¿Cómo se explica que, en condiciones similares, en algunos países haya hambrunas y en otros no? ¿Qué papel juega la política en estas cuestiones?

Que algunas naciones sean más prósperas que otras, ¿se debe a cuestiones culturales?, ¿a los efectos de la climatología?, ¿a su ubicación geográfi ca? No, en absoluto.

 Ninguna cuestión relativa a la prosperidad de un país está relacionada con estos factores, sino que proviene de otro mucho más tangible: la política económica que dictaminan sus dirigentes.

Son los líderes de cada país, afi rman los reconocidos profesores Daron Acemoglu y James A. Robinson en este libro, quienes determinan con sus políticas la prosperidad de su territorio, y así ha ocurrido en todos los períodos de la historia, como demuestran en este apasionante estudio.

Sinopsis

Nogales (Arizona) y Nogales (Sonora) tienen la misma población, cultura y situación geográfica. ¿Por qué una es rica y otra pobre? ¿Por qué Botsuana es uno de los países africanos con mayor desarrollo y, en cambio, países vecinos como Zimbabue, Congo o Sierra Leona están sumidos en la más desesperante pobreza? ¿Por qué Corea del Norte es uno de los países más pobres del mundo y Corea del Sur uno de los más prósperos?

Por qué fracasan los países responde a estas y otras cuestiones con una nueva y convincente teoría: la prosperidad no se debe al clima, a la geografía o a la cultura, sino a las políticas dictaminadas por las instituciones de cada país. Debido a ello, los países no conseguirán que sus economías crezcan hasta que no dispongan de instituciones gubernamentales que desarrollen políticas acertadas.

Asimismo, los autores responden a las siguientes cuestiones:

• China está creciendo a un ritmo trepidante. ¿Hasta cuándo podrá seguir creciendo al mismo ritmo? ¿Acabará por aplastar al mundo occidental?

• ¿Hasta cuándo será Estados Unidos una potencia mundial? ¿Su sistema económico es apto para competir en las próximas décadas?

• ¿Cuál es el mejor método para sacar de la pobreza a millones de personas? ¿Realmente las ayudas de Occidente ayudan a erradicar las hambrunas?

A través de una cuidada selección de ejemplos históricos y actuales (desde la antigua Roma pasando por los Tudor y llegando a la China moderna) los reconocidos profesores Daron Acemoglu y James A. Robinson harán que usted vea el mundo, y sus problemas, de un modo completamente distinto.

Con este libro, como decía más arriba, se termina el año. Veremos qué nos depara el 2016, si es que nos depara algo. Tienen, como cada mes, otras opiniones en La mesa cero del BlascoDelenda est CarthagoLa originalidad perdida y en la propia página del Club, donde encontrarán la opinión de Bichejo