Por qué escribo

Lo hago por ti.

Si no fuera por ti me bastaría la intimidad de mis pensamientos, que me devuelven imágenes y convocan palabras.

Si no fuera por ti me conformaría con dejar que el suceso tallara la frase y la dejara después imprimirse en la memoria, igual que se graba una huella en la arena que luego el mar borra enseguida.

Si no fuera por ti dejaría que la imaginación seleccionara qué guardar para evocar más tarde, y que su capricho decidiera qué vivencias se volverían reales y qué otras se esconderían entre las telarañas del olvido.

Yo escribo por ti, aunque no sé quién eres. Y cuando lees lo que escribo, yo sólo quiero que sigas leyendo, que llegues al final y que rías como río yo, que veas lo que yo veo y que imagines lo que yo he imaginado.

Te parecerá que escribir es un acto de generosidad, pero no da para tanto. El lector es imprescindible para calmar la pulsión de vanidad que habita en el que escribe. Tú eres como una fortaleza que hay que conquistar con armas tan pacíficas como la palabra y el ingenio y tu rendición me libera de la pereza de empezar, del trabajo de seguir y del tormento de encontrar el punto final.

Escribo para ti porque eso es lo que me hace sobreponerme a la hoja en blanco y me redime de su tortura. La angustia de no encontrar la palabra, de no hilar la frase, de no saber ordenar las ideas son un naufragio de textos malogrados que invocan la desilusión y el desengaño, el fracaso del barco que no he sido capaz de escribir. Pero todo eso pasa y queda la diversión de la escritura, el recreo de las palabras que juegan al escondite con la imaginación.

Cuando se ama la escritura, cuando uno para distraerse se pasa la tarde volando la pluma, es porque imagina un lector, aunque sólo exista en su delirio. Porque si escribir es un placer, que te lean es una fiesta.

 

Cristales pisados

Cristales pisados. Ese era el ruido que había escuchado por un instante. Un sonido casi inadvertido entre el goteo lento de la vieja cañería. Un crujido que le había resultado sobrecogedor y que ahora, una vez identificado, sonaba atronador en ese silencio solemne que produce la oscuridad. El eco de la pisada era un recuerdo resonando sobre el palpitar de su propio corazón, pam-pam, pam-pam.

Le subió la angustia a la garganta y a duras penas consiguió tragar un poco de saliva, mezclada con sangre y algo de arena. Se concentró en el sabor acre, metálico, seco de su boca y el gusto áspero le produjo una arcada dolorosa. Estaba aturdido e incapacitado para huir. Inmóvil, vencido por una herida de la que no sabía la gravedad, se palpó el costado y notó su piel fría, sobre la que se sobreponía el tacto viscoso de su propio sudor y de su propia sangre.

Y de pronto, el resplandor del fogonazo lo cegó. El olor a azufre llegó hasta él mientras recuperaba algo de visión y empezaba a distinguir las chispas naranjas y amarillas sobre las que se erguía aquella bestia imponente que movía despacio la cabeza. Una cabeza desproporcionada de la que sobresalían unos ojos sanguinarios y una mandíbula aterradora.

A tientas buscó el cuchillo entre la ropa y lo empuñó con fuerza. Se dijo que tal vez debería contar hasta tres pero aquello le pareció demasiado tiempo para demorar una decisión que ya había tomado. Levantó el brazo y se clavó el cuchillo en su propia garganta, justo debajo de la nuez. Sintió un dolor agudo, feroz. Una nueva oscuridad y un nuevo silencio lo envolvieron con suavidad, camino de ese mundo en el que ya no podría sentir nada más, ni siquiera miedo.

 

Un texto sobre la vergüenza ajena

No es siempre, y no es por todo. Es sólo a veces y por algunas cosas. Lo normal es que me sienta acompañada, acompasada, acomodada contigo. Son ya muchos años juntas, unidas por la complicidad, por la costumbre, por el cariño. Muchas tardes, otras tantas mañanas, haciéndonos compañía la una a la otra, tú a mi lado, yo al tuyo, inseparables las dos. Debes saber que no vengo aquí a entregarte un reproche, sino a contar mi verdad.

Lo siento, pero no puedo soportar que te pongas la primera en la fila cuando se reparte comida. Hay otros, hay otras, hay muchos que también quieren coger algún dulce y que aguardan su turno pacientes, educados, atentos, hasta que la mano amiga se los ofrece. Tú no. Tú empujas a los demás para coger lo que te corresponde y vuelves a pedir más, como si fuera la primera, como si fueras la única, como si no hubiera más bocas que la tuya, sin otro merecimiento que pedir, y pedir, y volver a pedir, se diría que estás hambrienta, que te supera el ansia, que te abandonas a la codicia, que te rindes a la gula, que te entregas a una voracidad incomprensible que me avergüenza.

También me avergüenzas y mucho cuando, en la calle, nos encontramos con algún conocido tuyo. Esos aspavientos histéricos, esas demostraciones de cariño desmedido, exagerado, excesivo, desmesurado, desorbitado, extremado, descomunal, gigantesco, aparatoso, descontrolado. Me sube la sangre a la cara cuando siento la mirada burlona de los otros transeúntes en mi espalda mientras trato de apaciguar esa reacción tuya tan fuera de lugar, tan inelegante, tan poco contenida.

¿Y qué decir de esa manía tuya de hacer el trenecito en público? Me sonrío cuando pienso que eso de hacer el trenecito es como lo llama mi hermana, que muy finamente esconde la verdad para no decir, por lo directo, que te pica el culo y te alivias aunque haya otras personas delante. Y así, sin poder dominar la desazón, te frotas disimuladamente cuando te incorporas del sillón, o arrastras las posaderas por la arenilla del pinar cuando te sientas en el suelo, o te aprovechas de las hebras de una manta, qué más dará dónde estés. Me desquicia que pienses que nadie se está dando cuenta. Me desquicia tu primariedad. Y tu descaro.

Pero mira, ya el colmo es cuando intentas montar a otros perros en el parque. Yo nunca, ¡nunca!, te eduqué para que te comportaras como una perra, aunque lo seas. El espectáculo es pavoroso, créeme, y ganas me dan de decir que no te conozco, que yo sólo pasaba por allí de camino a misa, a la Novena, o a Maitines, o a Vísperas, a limpiar el coro o a ensayar con la guitarra, qué sé yo. Y que eso que llevo en la mano no es tu correa, sino un rosario… El colmo, Curra, esto es el colmo del deshonor.

No es siempre y no es por todo, es sólo a veces y por algunas cosas que haces y que son estas que hoy he venido a contar aquí. Y que no debes tomar como un reproche, sino tan sólo como la pura, sencilla e inevitable realidad.

Este texto fue también publicado en El Naviero (www.elnaviero.com)

Ventanas

Ventanas de cristal, ventanas. Ventanas blancas, ventanas con cuarterones, ventanas con carpintería de metal. Ventanas de madera, ventanas negras y ventanas de color. Ventanas abiertas, ventanas cerradas. Ventanas esmeriladas, ventanas ahumadas, ventanas opacas. Ventanas enrejadas. Ventanas con cortinas, ventanas con estores, ventanas desnudas. Ventanas al sol.

Ventanas en lo alto de un edificio, ventanas en buhardillas. Ventanas con tripa, embarazadas de aire acondicionado. Ventanas limpias como espejos, ventanas como muros, ventanas condenadas. Ventanas hasta los techos, techos de ventanas. Pequeñas ventanas, ventanucos. Grandes ventanas, ventanales. Ventanas en el suelo que tragan la luz.

Ventanas iluminadas, faros de fachada. Ventanas apagadas, mellas de fachada. Ventanas en sombra y ventanas sombrías. Ventanas viejas, marcos de herrumbre. Ventanas en el ladrillo, ventanas en la piedra, ventanas en el adobe. La ventana y el hueco de la ventana.

Una mujer lee tras la ventana, una mujer cocina tras la ventana, una mujer descansa tras la ventana. El salón tras la ventana, la cocina tras la ventana, el dormitorio tras la ventana. Unos amantes se besan tras la ventana. Unos niños juegan tras la ventana. Un hombre mira por la ventana, un hombre se apoya en la ventana, un hombre habla con otro hombre detrás de la ventana. Hay ropa tendida en la ventana. La ventana y la vida, la vida y la ventana.

El campo. La ciudad. Gente. Un parque. Una calle. La carretera. Una avenida con árboles. Un árbol. Montañas. El horizonte. El mar. Un atardecer. El amanecer. Un bosque. El cielo. Nubes. Un patio. El tendedero. El jardín. La piscina. Un balón. Más gente. Amigos. Vecinos. Un perro. Otro edificio. Otra casa. Otra ventana. El mundo.

Hombres embarazados

Cuando llegué, me esperaban dos compañeros y otros tres hombres de la otra empresa. Ya los conocía a todos, pero mientras estábamos esperando a que nos prepararan la sala en la que íbamos a tener la reunión, me fijé, no sé por qué, en sus figuras. Casi como si las viera por primera vez. A veces me pasan estas cosas, pero no cabe pensar en ir al médico por ello.

Eran cinco hombres maduros, ninguno menor de cuarenta ni mayor de cincuenta. Traje oscuro, camisa blanca o de rayas finas y corbatas a tono con un día lluvioso y desapacible. Reinaba el buen humor y las sonrisas sinceras que después se prolongarían a lo largo de la reunión, aunque se iban a tratar temas serios para las dos compañías. Yo, la única mujer entre aquellos cinco ejecutivos, vestía un pantalón negro, una blusa azul claro y una chaqueta beige, y por alguna razón me alegré en algún momento de no haberme puesto también algún tailleur negro o gris o azul marino de los que tengo en el armario y que me quedan impecables.

Me iba a desabrochar la chaqueta para sentarme, que las señoras deben hacerlo primero aunque nadie lo respete, cuando me di cuenta. Los cinco hombres, con su chaqueta ya abierta, lucían una barriguita considerable. Redondeadas, protuberantes, tersas, podrían ser perfectamente la barriga de una mujer embarazada de cinco meses. Unas barrigas espléndidas, me dije. Y por si fuera poco, la postura era también de embarazada: piernas ligeramente abiertas, cadera ligeramente echada para adelante y expresión ligeramente satisfecha, como corresponde a quien se sabe importante. Porque una mujer embarazada se sabe importante, que para eso custodia un tesoro.

Me quedé con esa idea jugando con mi imaginación durante un rato. Un rato corto, porque había que concentrarse. Si los cinco hombres hubieran estado realmente embarazados, no vestirían esos trajes, sino que se hubieran puesto un blusón ancho y unos pantalones con cintura de goma elástica. Tampoco llevarían esos zapatos de cordones, o los mocasines tipo Sebago de toda la vida, sino que calzarían bailarinas o cualquier otro zapato bajo que aguantara una eventual retención de líquidos en los tobillos. Y el blablá que antecede a la reunión hubiera estado plagado de risas y referencias al mal dormir, a las pasadas nauseas, y habría estado  repleto de fechas límite y otras cuentas, y en el supuesto caso de que se hubiera hablado de organización, se hubiera hablado de otra organización.

Y luego se celebró la reunión, que siguió transcurriendo apacible y amigablemente, aunque se trataban cosas serias. Y terminó la reunión. Y nos levantamos y las barrigas también se levantaron, las cinco por separado pero las cinco a la vez. Y se produjo un nuevo blablá, el de la última gota que llamo yo, que es cuando hay que estar atento porque es cuando se sugiere, se solicita, se deja caer, se recuerda como sin querer pero queriendo, que antes de entrar hay que hacer repaso de los olvidos para que dejen de serlo. Y hay que estar muy atento porque es cuando, en definitiva, se bajan los brazos y se compromete uno. Y entre las frases y comentarios, alguno que otro se coló acerca del consumo, y un espectador atento habría podido observar cómo aquellos cinco caballeros de barriga tersa, redondeada, protuberante, aprovechaban felices los cupones, los puntos, los descuentos y cualquier otra promoción que las empresas, baqueteadas con tanta crisis y en guerra por mantener a cada cliente, ponían en marcha tan a menudo.

Yo quise imaginar a sus mujeres delgadas, con una figura esbelta y cuidada a través de una buena dieta y algo de ejercicio. Mujeres que después de haber custodiado el tesoro, les habrían transferido la figura, esta vez para siempre, sin caducidad biológica de por medio. Mujeres con bailarinas y leggins para ir a la compra, mujeres de manicura cuidada, mujeres de melena fina, lisa y con mechas de colores platinos y rubios. Mujeres que conducen un coche pequeño, utilitario y de color plateado, que es la concesión que se hace en el precio al menor motor, para acercarse al supermercado a las afueras de la urbanización que está a la salida de la ciudad que está en los alrededores de Madrid. Mujeres imaginadas, mujeres como yo pero mujeres no como yo. Yo no tengo un coche plateado. Y además, yo vivo en el centro.

Y en aquel ambiente amable y risueño todos nos volvimos a abrochar nuestras chaquetas. Y por alguna razón me alegré de no haberme puesto un tailleur negro, o gris o azul marino, de los que tengo en el armario y que me quedan impecables.

Exposé

Le han dado una hora de exposición y llega pertrechado con 45 transparencias. Muy justo, por no decir que está completamente fuera de escala. Si quitas las slides de cortinilla, que dan entrada a cada tema de la agenda, y la del título, se pone en 38 slides. Sigue yendo muy justo, porque querrá explicar el índice…

Ha leído en algún sitio que hay que enganchar al público con una historia. Así que empieza con aquella que cuenta que dos lobos se encuentran con un conejo y, cuando se lo van a comer, éste les dice que conoce un llano donde pacen descuidadamente unas ovejas. Los lobos le perdonan la vida y, guiados por el conejo, llegan al lugar indicado, cazan a la más despistada y se sacian. Pero para cuando vuelven a tener hambre, las otras ovejas han huido despavoridas. ¿Qué hacer? Los lobos se miran entre ellos, luego miran al conejo y se lo comen. Con algo de remordimiento, entierran sus restos y se preguntan qué poner como epitafio en un madero que usan para señalizar la tumba. Aquí yace un amigo, dice uno. ¿Un amigo? ¡somos lobos! Los lobos no son amigos de los conejos. Bueno, vuelve a proponer, aquí yace un enemigo. ¿Enemigo? Tampoco es eso: el pobre conejo nos llevó al llano de las ovejas. Está bien, dice finalmente el primero: entonces pongamos que aquí yace un socio.

Y esto que han leído ustedes en aproximadamente 30 segundos, nuestro ponente tarda unos siete minutos en contárnoslo. Así es que, satisfecho y al olor inconfundible del éxito, empieza con su exposición en sí. La segunda traspa es la agenda. Nos explica los cinco puntos de los que quiere hablarnos, para darnos una idea de lo que va a tratar a continuación. Ya se ha dejado en el zurrón 15 minutos cuando por fin, aparece la primera transparencia.

Se gusta. Conoce el tema y además hacía mucho que no tenía 15 atentas cabecitas pendiente de él. Cuando quiere recordar, la hora casi ha pasado y sólo ha dejado ver 7 transparencias. Y entonces llega el momento más penoso de toda la exposición, que es cuando trata de recorrer a toda prisa el resto del power point que se ha quedado sin mostrar. Va pasando el documento a toda velocidad, diciéndonos confusamente lo que encontraremos aquí y allá, porque lógicamente, el documento se distribuirá en los próximos días. En algún momento se detiene en un gráfico, y nos dice que es interesantísimo porque demuestra, claramente, su tesis, la antítesis y… ya, porque es evidente que la síntesis no es su fuerte.

Para cuando quiere recordar, y bajo la severa mirada del moderador, ya se ha ventilado diez minutos del siguiente ponente que, levantándose para tomar el relevo, nos dice entre sonrisas:

– Yo no tengo una historia que contar… pero a cambio sólo llevo doce transparencias.