Soy madridista, así que un respeto

escudo-futbol-madridDemasiado castigo. Cuatro años consecutivos compitiendo en Copa de Europa, soñando con doctorarse ya de una vez, y tiene que venir ese vecino al que odias a pararte en seco las cuatro veces. Demasiado castigo, sí, incluso para una afición que presume de no dejar de creer nunca, aunque eso se contradiga con la imagen que nos quieren vender de equipo orgullosísimo de su derrota. Pueden estar orgullosos, sí, pero por lo contrario, porque no es nada facil llegar a dos finales en tres años. Yo lo sé bien, tan bien como ellos.

Dicen los atléticos que los madridistas no podemos entender que ellos quieran a su club cuando pierde. ¿Cómo que no? Perfectamente. El Real Madrid sólo ha ganado una liga en los últimos cinco años, igual que el Atleti. Y estuvimos treinta y dos (32) años esperando a ganar de nuevo una Copa de Europa, perdiendo por medio una final de la que tardamos diecisiete (17) años en reponernos. El Real Madrid ha perdido con el Barcelona los dos últimos derbis, y suyos son fiascos planetarios para los que se inventan palabras con las que recordar rápidamente ridículos espantosos y amarguras difíciles de curar: alcorconazo, centenariazo, cosas así. Claro que los madridistas sabemos lo que es perder, y hemos tenido temporadas más blancas que nuestra camiseta. Y sufrimos lo nuestro al ver cómo el eterno rival, el club que más nos repele, gana campeonatos en estos últimos años. Por supuesto que conocemos la tristeza de caer eliminados, las noches de frío y derrota, el suspiro que acompaña ese terrible otro año será. Claro que sí. Y en esos momentos, nosotros seguimos queriendo a nuestro Real Madrid, defendiendo sus colores, honrando el escudo y animando al equipo. Y por supuesto que cantamos: pero si tenemos tres himnos, figúrate lo que cantamos. Como jilgueros.

Yo quiero ahora preguntar de qué hablaba ese papagayo atlético que decía ayer en la radio “vitrinas llenas, corazones vacíos” refiriéndose a los madridistas. ¿Qué clase de tontería es esa de que los madridistas no tenemos corazón ni queremos a nuestro club? Yo quiero preguntar dónde está ese medidor de cariño verdadero según el cual un atlético quiere más sinceramente y mejor a su club que un madridista al suyo, y ya de paso, dónde deja ese medidor a un seguidor bético o a un valencianista. ¿Hablamos de la Liga de Corazones con Anne Igartiburu de referee? Cuidado, cuidado, que los madridistas somos muy competitivos, y capaces somos de ganar también esa liga.

No sólo lo comprendo, sino es que sé que al club de tus amores también lo quieres en la derrota. Por supuesto. Sin embargo, hay algo que no soy capaz de entender. ¿Cómo se puede decir con tanta ligereza que un club centenario, que proporciona siempre el espectáculo de grandísimos jugadores y que es un icono mundial no transmite ningún valor ni significa nada para millones de personas? ¿Cómo se puede decir que nuestro único valor es el dinero? ¿Buscar el éxito y ser competitivo no es un valor? ¿Y por qué sí lo es en el caso de Rafa Nadal o de Usain Bolt? ¿Levantarse después de un golpe no es un valor? ¿Y por qué sí lo es para un atlético? ¿Luchar hasta el final y no rendirse no es un valor? ¿Y dónde ponemos eso de “nunca dejes de creer”? ¿El prestigio no es un valor? ¿Once copas tienen menor valor que tres finales? ¿Querer ganar un partido – que para eso se juega – no es un valor? ¿Qué valores tienen los jugadores del Atleti que no tengan los del Real Madrid o los del Barcelona, o los del Celta de Vigo, vamos a ver? ¿Y hablamos de todos los jugadores o sólo de unos cuantos? ¿Hablamos de los valores de Torres o de los valores de Arda Turam o los de Diego Costa en el campo?

Ah, sí, la humildad, que se me olvidaba. ¿Pero en concreto qué humildad? ¿La del Barça por ejemplo? La humildad no es pedir a la luna un campeonato “que se te debe”, tontería que por cierto pueden decir muchos otros equipos. Esa épica lastimera, todo eso de la humildad, le gusta mucho a los periódicos, que se relamen al ver que venden más si hay un bueno y un malo, un pobre y un rico, uno con mono y otro con frac. Esa épica que indica la existencia del maligno rival opresor, papel que se nos reserva siempre y que nos pone muy contentos. Una épica muy confortable por cierto para entrenadores y directivas que fracasan, pero que no engaña a jugadores llenos de talento, de futuro y de ambición que en cuanto pueden se largan o reclaman al club, con todo el sentido y legitimidad, dar ese paso que les falta para ganar, que eso les gusta a todos los futbolistas. La falta de exigencia no es humildad, amigos, es sólo falta de exigencia, y cada cual pone umbral a la suya.

Dicen que un gran rival te hace más grande. Sí, pero sobre todo un gran rival te deja la boca con sabor a tierra cuando le ganas, porque te ha pisado el cuello durante muchos minutos y te ha dejado la cara con barro. Te has levantado varias veces, has probado a pegarle en la boca del estómago, en el hígado, en la nariz,  lo has zarandeado, lo has echado al suelo y ahí sigue el cabrón, de pie, como en esas películas malas del spaguetti western en la que el malo no acababa nunca de caer. Eso es competir, y consiste en confiar en ti sin confiarse al destino ni a la suerte, en mirar al rival y comprender que viene a derrotarte, y en reconocérselo sacando lo mejor que tienes. Y eso hacen el Madrid y el Atleti, cada cual con sus armas y su talento. Y ya está.

Un respeto, pues. Mi afición, mi pasión y mi cariño por el Real Madrid no es ni menos valioso ni menos sincero que el que tenga el aficionado de otro equipo, eso no lo acepto. Tampoco acepto lecciones de moral de garrafa inventadas por tres chalados con micrófono. Que corazón tenemos todos, no vayamos a contarnos cuentos a estas alturas y con esta edad.

Y ahora a sufrir en Cardiff. ¡Hala Madrid!

 

Fernando Torres, «El Niño»: Mis mejores momentos viñeta a viñeta, de Fernando Torres y Jorge Crespo

fernando-torres-el-nin%cc%83o-libroOs recuerdo: soy madridista y tengo más de doce años. Y os lo recuerdo porque aquí me tenéis reseñando una autobiografía de Fernando Torres para niños ilustrada con viñetas de un colchonero que colabora en El Mundo Deportivo. Sí, yo también me he preguntado varias veces por qué, e incluso he llegado a decir en voz alta eso de «Señor, llévame pronto». Pero ya no lo diré más porque, una vez que me he tragado este petardo, creo que podré sobrevivir a todo y no es cosa de hacerle perder el tiempo a nadie, y menos a Dios.

En efecto, este es un libro para seguidores incondicionales del Atlético de Madrid, que es tanto como decir seguidores incondicionales de Fernando Torres. Un símbolo, un emblema, un modelo y el epítome y encarnación del club centenario. Un tipo que, si seguimos a Dani Martín en el prólogo, «tiene una luz que brilla con una fuerza característica». Nos quedamos sin saber si la característica es el Sol, el led de un semáforo o si es una luciérnaga hasta que en la primera viñeta nos aclaran que fue un rayo que, ¡fum!, entró en la sala de partos cuando él nació (sin que hubiera ventanas). Que sepan ustedes que si no abandoné el libro al leer esto es porque enseguida te explican que «ser del Atleti es caerse y levantarse y seguir luchando». Y yo no iba a ser menos, Hala Madrid. Lo que sí hice fue olvidarme de las viñetas y atender a los textos, que al menos tienen un pase.

Lo raro que tiene el mundo editorial no es que te encuentres con biografías de deportistas, sino que algunas de ellas estén escritas cuando el personaje sólo tiene veinticinco años. En nuestro caso «el niño» ya tiene treinta y dos, pero da igual: sigue sin tener gran cosa que contar. Claro que no sabría yo decir si es porque es del Atleti o a pesar de ello… Así que tratan de alargarlo empezando desde el nacimiento, que convierten en una peripecia casi sobrenatural, y luego siguen con las naderías: que a los dos años ya daba patadas a un balón (como cualquier niño), que a los cinco jugaba en un equipillo de barrio en Fuenlabrada (como cualquier niño de Fuenlabrada), que por ganar les daban una bolsa gigante de patatas fritas (como a cualquier niño sin miedo al sobrepeso), y que a los nueve le llevaron a visitar la sala de trofeos del Atlético (como a cualquier niño sin miedo… a nada). En fin, si consigues sobrevivir al relato de su infancia ya te queda menos para convertirte en seguidor del Atleti. Porque, amigos, la frase «ser del Atleti es caerse y seguir luchando» tiene un corolario que es el siguiente: «El resultado final no es lo único que cuenta». ¿Ya he dicho que el libro está escrito en primera persona? En fin, si lo de menos es el resultado, habrá que tararear a Sabina, que siempre viene bien:

Qué manera de aguantar, qué manera de sufrir, que manera de… escribir.

Algunas cositas se salvan, todo hay que decirlo. Cuando cuenta que le hizo seguidor del Atleti su abuelo y los capítulos en los que le recuerda con mucha ternura merecen un gran respeto. También algunas reflexiones sobre la fama, antes y después de tenerla, tienen su punto de curiosidad. Habla, claro, de su paso por el Liverpool, un club emblemático del que salió malamente, pero del que habla con cariño aunque rechazara tatuarse eso de You’ll never walk alone (me pregunto si llevará un tattoo que ponga «yo me voy al Manzanares»). Y sorprende la confesión cuando dice que si pudo progresar en sus inicios fue, probablemente, debido a que el Atleti estaba entonces en Segunda División. ¡Dios mío, espero que el Madrid se olvide cuanto antes de la cantera!

Otra de las cosas salvables es que elige bien las anécdotas, y esto lo digo sin ironía: cuando recuerda la compra de su primer neceser para su primer viaje con el equipo, o cuando pudo ir a un centro comercial con su familia a cenar sin que le conociera nadie después de su debut en el Calderón. Por cierto, sobre su familia, yo les agradezco que hayan evitado que su hijo se convierta en un cretino como tantos otros futbolistas. Ahora, que si no es mucho pedir, también les hubiera agradecido que le obligaran un poco más con la literatura.

La parte futbolística es de sobra conocida por cualquier aficionado, no digamos si eres del Atleti, y por eso creo que carece de interés, porque es algo que se puede encontrar en la Wiki o en cualquier periodicucho deportivo con ocasión de algún remate de cabeza que acabe en gol. Suponiendo que te interese un poco, claro. Mucho más jugoso, sin embargo, es cuando habla de sus peinados o de sus manías, o cuando te cuenta que se hizo delantero un día que se puso de portero y le saltaron los piños de un balonazo. Y desde luego te deja pensativa que un tipo que ha ganado dos Eurocopas, un Mundial y una Champions considere un triunfo haber salido en los Guiñoles, en 7 Vidas y en Torrente. Claro que si todavía no ha ganado una liga con el Atleti pensará que con algo similar tendrá que conformarse.

Con todo, debo decir que Fernando Torres es un chaval que cae bien (y no sólo sobre el césped, unas cincuenta veces en cada partido). Y si no te cae bien cambiarás de opinión cuando te habla de su colaboración con enfermos de ELA y sus labores solidarias en general. Se le nota bien nacido al leer su admiración hacia Luis Aragonés y también bien educado cuando es respetuoso, y hasta cariñoso, con otros jugadores, algunos de ellos madridistas emblemáticos. No así con Couto, que le hizo algunas entradas y se las devuelve en forma de capítulo yo creo que irrelevante. Y, en fin, lo que me confirma que es un tipo que tiene algo en la cabeza es cuando le leo decir esto sobre el Atleti: «Los clubes que prefieren el mal del adversario al bien propio viven muy a la sombra del éxito». Una enseñanza sabia, y no sólo futbolera, porque es aplicable en muchas otras cosas de la vida.

En fin, amiguito mío, si eres del Atleti y tienes menos de doce años, este es tu libro, no busques más. Eso sí, ya te advierto que igual encuentras las viñetas algo infantiles. Y si eres el padre, puedes comprárselo a tu hijo sin dudarlo porque sólo recibirá de él enseñanzas la mar de educativas y beatíficas: nada de drogas (Torres no es Maradona), ni de sexo (Torres no es De Gea), ni de alcohol (Torres no es Gascoigne), ni de oscuros chantajes (Torres no es Benzema), ni siquiera nada de cámaras isobáricas (Torres no es Raúl), ni, por supuesto, ninguna sofisticación fuera de lo corriente (¡Torres no es Beckham!). Y no temas, que no hay nada que temer: finalmente, ser del Atleti no es lo peor por lo que se puede sufrir en la vida.

Un libro para hinchas del Atleti, y en especial para admiradores de Fernando Torres, «El Niño», ilustrado con viñetas dialogadas. Ya viene coloreado.

 

Publiqué esta entrada, ligeramente adaptada, en El Buscalibros en junio de 2016

El momento atlético de mi vida

img_2352El miércoles estuve en el Vicente Calderón viendo la semifinal de copa entre el Atlético de Madrid y el Barcelona. Sí, de verdad. Lo repetiré por si no me creen: el miércoles estuve en el Vicente Calderón viendo la semifinal de copa entre el Atlético de Madrid y el Barcelona. Y ahora voy y pongo un emoticono, 🙂 , por si prefieren creer, como mis amigos del poblachon, que alguien me ha robado el blog y, de paso, la personalidad.

Como Vds seguramente sabrán, el estadio Vicente Calderón va a ser demolido y el Atlético de Madrid se muda a La Peineta. Yo nunca había estado allí viendo un partido de fútbol y quería ir a ver al Atleti en su salsa antes de que los indios se vayan con sus cánticos al nuevo estadio. ¿Y por qué? Pues porque el Calderón forma parte de la historia de la ciudad y el fútbol es su razón de ser. Es un poco la idea del ahora o nunca, de ir a ver algo que sabes ya no será posible ver nunca más.

Con esta idea empecé a dar la lata por aquí y por allá hasta que mi querido Juanjo, un atlético puro que yo creo que intenta convertirme, estuvo pendiente hasta que salió la oportunidad perfecta y me sacó las entradas. Unas entradas estupendas, por cierto, y un detalle que no olvidaré nunca.

Así es que me transmuté en seguidora del Atleti durante unas horas, porque si vas al Calderón vas con todas las consecuencias. Eso sí, a las doce me dije “bueno, Carmen, ya vale de hacer el indio” y volví a mi estado natural ¡HalaMadrid!. Eso sí: por el camino me llevé un 1-2 en contra de mis gustos, a lo que si sumamos la eliminación del Madrid la semana pasada, me convierten seguramente en la tía más atlética que salió del Vicente Calderón el otro día. El Pupas le llaman al Atleti: lo recuerdo para que nadie se atreva a llamarme gafe.

– ¿Ayer perdisteis, hija?
– No, mamá, ayer perdió el Atleti. A nosotros nos eliminaron la semana pasada.

Pues sí, una pena el resultado, que además deja muy complicado el pase a la final. Pero el ambiente fue fantástico y hubo mucha emoción, sobre todo en la segunda parte, cuando el Atleti tocó a rebato. Un resultado incierto y un ataque a la heroica, muchos huy, muchos casi, muchos cánticos, mucho levantarse del asiento y llevarse las manos a la cabeza. Sí, mucha emoción, eso es lo bonito del fútbol y una vez metida en ambiente.

Anoté algunas cosas en mi cabeza:

– Hace tanto frío como dicen y la rasca es de aúpa. Yo creo que se mezcla el río, la M-30 y que el estadio tiene dos esquinas sin cerrar. Yo iba a tono con el frío, y creo que es la primera vez en mi vida que me pongo el anorak de esquiar en Madrid. Eso sí, no llegue a ponerme el gorro.

– Sobre el ambiente, es verdad que es fantástico.  En el primer tiempo fue muy animado, pero es que en el segundo, cuando ya perdían por 0-2, fue la caña. Muy divertido.

– Claro que animé, ¡era imposible no animar! Eso sí, no canté ni atleeeti ni el himno, aunque me sé algunos trozos. Por supuesto, ningún cántico, entre otras cosas por miedo a confundirme. Ya saben ustedes que los cánticos son los mismos en todos los estadios, debidamente adaptados. También, para decirlo todo, hubo canciones que no conocía. Y otras que eché en falta… Y ya no diré más de esto. Así es que mi animación consistió en gritar ¡Vamos, Atleti!, cuando atacaban. Así, en general, porque no distinguía muy bien a los jugadores (no como con tu equipo, que sabes quién es por cómo corre). Y me metí mucho con el árbitro, que iba con el Barça. Ah, y aplaudí, aunque con los guantes puestos creo que no contribuí demasiado al ruido.

– Aunque iba con mi sobrino, pensaba decirle a quien tuviera al otro lado que yo era madridista. Como me habían dicho que se animaba hasta la locura y yo no pensaba volverme loca no quería que me tomaran por loca. Yo me entiendo. Al final no dije nada porque ¿para qué? Eso sí, al llegar y en son de paz le di un clinex al señor de al lado para que limpiara su asiento y él, en justa contrapartida, limpió también el mío. Un caballero. Sin clinex a mano, pero un caballero. En general a mi alrededor, un público muy guasón y muy divertido.

–  El resultado final fue un asco, y me dio mucha pena que al menos no empataran. Probablemente me perdi una locura colectiva. Pero bueno, sea, el partido estuvo entretenido y yo me lo pasé en grande.

En el descanso vi a Juanjo de lejos, aunque tuvo que sacar una linterna y hacerme señas porque por sus indicaciones (“llevo un gorro rojo”) podía ser cualquiera entre 10.000 ó 15.000 espectadores de su fondo. El sí sabía dónde estaba yo, que para eso me había sacado las entradas y conoce al dedillo el club de sus amores. Anfitrión generoso, se preocupó y estuvo pendiente de que una merengona como yo pudiera ir y decir, ahora sí, que una noche fui al Calderón a ver jugar al Atleti. No me convertiré, pero tengo que decir que, si cabe, quiero un poco más ahora a ese club. Sea.

Gracias, Del Bosque

Gracias, Del Bosque.

Una vez dicho esto -que parece que es lo único que se puede decir cuando se cita a este señor-, espero que se vaya de una vez y deje paso a otro con mejores ideas. O con alguna. Aunque no sé yo, porque Vicente del Bosque tiene un defecto españolísimo, que es no saber irse cuando se está arriba y se ha cumplido, y así dejar paso a otro. También es un defecto muy corriente en nuestro país no ver las lucecitas amarillas cuando se tiene el primer fracaso después de la gloria. A la postre, Don Vicente se ha revelado como alguien sin inteligencia para renovar nada, sin personalidad para arriesgar y sin perspectiva para comprender que esta selección se acabó después de 2012.

Dice que ha llevado a gente nueva y sí, pero luego no los ha puesto a jugar. Seleccionaba “por respeto”, “por cariño”, “por todo lo que nos ha dado”, y eso no es un criterio para una selección que no va precisamente por amor. Casillas, Silva, Fábregas, Iniesta y Ramos estaban ya en la Euro 2008. Hace 8 años, toda una vida en fútbol. Busquets, Piqué y Pedrito fueron al Mundial, y éste último hasta se ha dado el lujazo de protestar porque no jugaba: «a lo mejor no vale la pena venir aquí sólo para hacer grupo». Pues sí: a lo mejor había algún jugador en mejor forma y con más partidos en la temporada. En vez de ponerle en el primer avión de vuelta, le sacó a que “salvara” el resultado en el último partido. Telón para la opereta de Don Vicente, el señorío y el garrulo engreído.

Hacer grupo. No es ninguna tontería en un equipo de fútbol, no crean. Al revés, pienso que es algo importantísimo. Pero miren: Luis Aragonés no tenía grupo, y lo construyó. Porque el grupo se construye con motivación, no con cariños paternalistas, lealtades abotargadas y deudas personales. Y la motivación se obtiene cuando te llevan por tu papel en el césped, no en una alfombra del teatro Campoamor. Y cuando tu entrenador es el primero en estar motivado, o al menos con más motivación que un koala después de comer.

¿Qué decir del papanatismo de los periodistas deportivos y del mainstream? Aparte de la caspa que les sale a borbotones del micrófono, aquí no se oye ni una mala crítica, salvo muy honrosas excepciones. Sin embargo, yo creo que se puede y se debe criticar. Porque con la crítica se envían alertas, y porque el exceso de halago debilita. Poco favor y servicio han hecho esos periodistas pueblerinos que sólo saben exigir respeto por el pasado, sin comprender que la exigencia debe mantenerse para el futuro. O al menos para el presente: se lleva a un jugador por lo que te puede aportar, no por lo que aportó hace dos años.

En fin, mi decepción y melancolía ya viene de lejos y lo escribí en estas dos entradas hace tiempo (click y click). Del Bosque, un señor al que admiraba, me ha desenganchado de la selección y hasta me ha quitado las ganas de reirme un rato con ustedes. Aunque de esto último no hay que preocuparse: seguro que el porvenir le pone remedio.

 

La Undécima y alimentar la leyenda

escudo-futbol-madridMañana el Real Madrid puede ganar su Undécima Copa de Europa. La prensa cursi y el stream correcto -¡y hasta mi madre!- han tomado partido por el Atleti. Que llevan muchos años intentándolo, que han ganado a mejores equipos hasta llegar a la final, que el esfuerzo de un club tan humilde debe tener premio, que… bref, que esta copa la merecen ellos. Porque sí. Pero no. No, porque el fútbol funciona del siguiente modo: hasta que el Atleti no meta un gol más que el Madrid, no merecerá ganar esta Champions. El resto, nenúfares.

También nos dicen, mimimimí, que el Atleti no tiene todavía ninguna Copa de Europa y el Madrid ya tiene 10. Pero vamos a ver ¿Y para qué porras quieren los atléticos una Copa de Europa? Porque yo entiendo perfectamente para qué queremos tener once los madridistas. Nosotros queremos once Champions para alimentar la leyenda del Madrid. Si el Atlético quisiera, de verdad, alimentar su leyenda, lo que debería hacer es perder mañana.

Una Champions sola en una vitrina no vale para nada, eso lo tienen muchos equipos. Sin embargo perder dos tercios de las finales que juegas contra el eterno rival tiene una carga de romanticismo dificilmente superable. Y rentabilísimo. El Atleti me está decepcionando, de verdad. ¿Pero es que no piensan en los niños? ¿Qué les van a contar en las frías noches de invierno a la orilla del Manzanares si ganan? ¿Cómo van a cantar el himno de Sabina con una Champions? ¿Cómo seguir siendo el equipo del pueblo, de la gente humilde, el equipo simpático, el Pupas, el equipo del esfuerzo, bla, bla, una vez instalados en la élite europea? En serio, yo creo que no les trae cuenta.

A mí, que conste, no me gusta mucho que la final sea contra el Atleti, pero no por razones deportivas, que lo que importa de una final es ganarla y contra quién es muy secundario. Pero es que tengo muchos amigos del Atleti y recuerdo su decepción de Lisboa, y la verdad es que no es agradable. Aunque pensándolo bien… hum, pensándolo bien, si pierde el Madrid ellos (los indios) no van a dedicar ni medio segundo en imaginar qué tal se me habrá quedado a mí el cuerpo. Y miren, oigan, si tanto les duele perder una final y tanto se entristecen, que se hagan del Real Madrid,que no está prohibido, ¿no les parece? Hala, a otra cosa.

Mañana el Real Madrid puede ganar su Undécima Copa de Europa. Y eso sí que es hacer historia. Eso sólo está al alcance del Madrid. Y eso es una gran razón para ganar el partido.

Traed esa Copa. ¡Hala Madrid!

 

 

El clásico y el cuento de la lechera

escudo-futbol-madridMañana es el clásico Madrid-Barça. Sí, ya sé que por jugarse en Barcelona debería ponerlo al revés, pero los que siguen este blog entenderán perfectamente que yo ponga al Madrid siempre por delante de cualquier otro equipo. Este post que escribo hoy es para contarles mi pronóstico.

Mi pronóstico es que ganamos mañana y, en ese caso, ganamos la liga. Digo esto también para declararme en contra de esos que dicen que el partido de mañana es irrelevante y que no nos jugamos nada. Por ejemplo el señor que se sienta a mi lado en el Bernabéu, un tipo al que le conviene que el Madrid pierda porque está en contra de Florentino y si perdemos pues “pasan cosas” y bla, bla, bla. O sea, un chalao. Y también contra todos esos que dicen que no hay nada que hacer, que el Madrid es un asco, que para qué vamos a apoyar, que sólo hay que pensar en la Champions y bla, bla, bla. Pues no. Yo creo que hay que estar a las duras y a las maduras, y que además esto es fútbol y cosas más raras se han visto.

De todos modos, esto de que si el Madrid gana mañana tiene opciones de ganar la liga no me lo he inventado yo, sino que es una idea que le oí decir, hace un par de domingos, a un chico que esperaba junto a mí para cruzar la calle. Las salidas del Bernabéu parecen un tumulto pero en realidad sólo son una pacífica aglomeración de gente que te permite seguir dos o tres conversaciones a la vez a poco que te pares en un semáforo. Pues bien, el chico dijo lo siguiente:

– Ya estamos a diez. Y el próximo partido, si les ganamos, nos ponemos a siete. Y entonces empiezan a hacerse caquita y te digo yo que hay liga.

El señor que estaba con el chico asentía con la cabeza. Era un hombre entrado en años, con sombrero y abrigo, y el joven llevaba una chaqueta azul y zapatos de ante. Al fijarme en este detalle y oírles decir que todavía podemos ganar la liga, decidí unirme a la teoría de inmediato, porque me parecieron personas doblemente originales. Y es que ustedes no saben la cantidad de gente que va al fútbol en chandal…

Hoy, en la comida, le he contado esto mismo a mi sobrino, que es un madridista poco forofo y con veleidades atléticas. A la mitad del argumento, me ha cortado en seco:

No, tía, no. Es dificilísimo, no vayas a empezar ahora con el cuento de la lechera.

– Oye, la lechera ¿qué vende? Leche. ¿Y de qué color es la leche? Blanca. Pues ya está: el cuento nos viene perfecto en estos momentos. Mañana ganamos. Y además, a tu edad lo normal es tener ideales, así que, venga, tómate una naranja que están muy ricas y repite conmigo: Hala Madrid.

Pues eso, amigos. Hala Madrid. Y el domingo ya veré qué escribo, si escribo.

 

Zidane, esa mirada

ZidaneNo recuerdo en qué año fue, pero él era todavía jugador. Yo estaba esperando en Roissy para volver a Madrid en el último vuelo de la tarde cuando pasó por delante de mí en la fila de embarque. Cuando entré en el avión, él ya estaba sentado en su asiento de Primera. Tenía una revista en las manos. Levantó la cabeza, me miró, le miré, suspiré, tuve la serenidad de no tropezar con nada y opté por enamorarme perdidamente.

Empiezo así porque si voy a hablar de Zidane prefiero empezar con una historia de amor. No es necesario ser del Real Madrid, ni siquiera aficionado, para acordar que este hombre, en el campo, era magistral, el jugador más elegante que pueda guardar uno en la memoria. Mi madrina decía que parecía que bailaba y es verdad. Yo no he visto a Di Stéfano, ni a Pelé, ni a Cruiff; yo he visto a este señor jugar y ya, con Zidane se rompió el molde. Y ahora viene de entrenador. Pues estupendo: yo, al Bernis, voy con binoculares.

Sobre el cambio de entrenador del Madrid, tengo para todos. Para Florentino, que  trajo a Benítez para que pusiera orden y mano dura, y luego le ha dejado tirado a la primera lagrimilla de los jugadores. Para el propio Benítez, que no ha tenido personalidad para sobreponerse a esa plantilla, ni para liderarla. Para los jugadores, esa tropa de niñatos vagos y consentidos, que con una hora de trabajo al día les da para comprarse un Ferrari a los 22 años. Para una prensa que sabe que su plato lo llena la ración diaria de noticias del Madrid, da igual que sean mentira. Y para una afición que, más que al Bernabéu, convendría que fuera al psiquiatra.

Así que ahora llega Zidane. Y yo soy de las que creo. Zidane es un icono, un mito, una figura que se respeta. El fútbol son emociones, así es que eso tiene que valer algo. Como él ha dicho, nunca se está preparado para entrenar al Madrid, y yo estoy de acuerdo: miren a Benítez, tanto trabajo, tanto estudiar y tanto disgusto. A cambio, no sé si cómo será la estética futbolística de este nuevo Real Madrid, pero de momento, al entrenador da gusto verlo, esto es incontestable.

Al Madrid le va a venir bien una personalidad como Zidane. Os lo digo yo, que he visto su mirada.

Hala Madrid.

El procesito del Real Madrid

Las cosas suelen ser más sencillas de lo que parecen. Posiblemente, todo consistía en un procesito. Llega la notificación, se la dan a una persona designada, ésta lo apunta en una base de datos, o en una hoja de papel, y antes del partido se consulta el listado y ya está, ya sabemos qué futbolista no puede jugar. Si en ese procesito algo falla, ya tenemos al Madrid fuera de la Copa del Rey.

¿Y qué puede fallar? Pues por ejemplo, que la persona designada esté enferma, o que justo, justo cuando iba a apuntar que tal jugador estaba sancionado, le llamaron al móvil, se le fue el santo al cielo y no lo apuntó en la hoja de cálculo. Es lo que tienen los procesos, que están pensados para seguirse al pie de la letra. ¿No han visto nunca una película de naves espaciales? Pues aquí igual.

Sin embargo, en todos los procesos hay un evento que lo dispara y sin el cual el proceso no se inicia. En nuestro caso, el disparador del proceso es la llegada de la notificación por parte de la Federación. Y por lo que se sabe hasta ahora, la notificación con la sanción de Cheryshev, que le impedía ser alineado en el partido contra el Cádiz, no llegó nunca al Real Madrid. La sanción, como todo el mundo conoce ya a estas alturas, es que el Madrid queda eliminado de la Copa. Una sanción proporcionadísima, hombre por Dios.

Sin duda, el Madrid es culpable por no tener un procesito sin disparador, o sea, por no prever que la Federación no hiciera su trabajo. Ahora, el Real Madrid tendrá que cambiar su procesito y dedicarse a seguir a todos y cada uno de los jugadores que juegan en todas partes, incluso en la liga ucraniana, por si acaso se le ocurre ficharlos algún día.

Oye, Juan, apunta que a un tal Melero le han sacado una amarilla en un partido entre el Club Deportivo Colindres y el Atlético Albericia, de la Tercera división de Cantabria, no sea que se nos ocurra ficharlo y la liemos.

Ya están todos contentos. La Federación, abrillantando sus galones (¡poderosos a mí, ja!); el Cádiz, que sigue milagrosamente en competición; el resto de equipitos petulantes que se relame con todo lo malo que le pase al Madrid, aunque suponga un atropello en toda regla también para ellos, puesto que la Federación debe comunicar las sanciones en tiempo y forma (¿cómo recurrir si no?); y la prensa deportiva, o sea, la prensa idiota, que hiperventila con estas cosillas extradeportivas, o sea, extraidiotas. Mención aparte es la merma, esplendorosa y en perfecto estado de revista, escupiendo al cielo por la eliminación del Madrid. Si es que…

Hay quien dice que el Madrid no debe recurrir más. Pues yo creo que sí, que debe recurrir y que debe pelear con la Federación. Si tenemos razón, tenemos razón. Y nada más.

Hala Madrid.