La maldad

Si una vez nos saltamos las reglas con éxito, ya no vemos muy dañino volver a saltárnoslas, aunque no parezca imprescindible. Simplemente es el camino más eficaz y más corto, del que no hay que dar explicaciones ni rendir cuentas a nadie. Es lo que se suele decir de los asesinos: una vez que han dado el primer paso, una vez que han inyectado el veneno o asestado el primer tajo y descubren que se sigue viviendo con ese peso en la conciencia o que cada día éste es más llevadero; que de hecho no es tan difícil hacerlo y que uno logra medio olvidarse de la vida quitada porque en efecto se está mejor sin ese estorbo, ese obstáculo o esa amenaza, o sencillamente sin esa presencia; que se respira mejor sin esa otra vida en el mundo y se comprueba que eso ayuda a conducir más ligeramente la propia; una vez que todo eso ha pasado, que se ha cruzado la raya y se han experimentado las consecuencias que resultan no ser tan gravosas, entonces el asesino tiene menos inconveniente en reincidir y en cometer un segundo y un tercero y hasta un cuarto asesinato. Es casi un lugar común pensar eso, pero tendrá bastante de verdad, como todos ellos.

Javier Marías, Berta Isla.

La maldad existe. No es un concepto abstracto o teórico, sino que las consecuencias que derivan de la maldad son materiales, son muy concretas. Y la maldad está en la cabeza del malvado, no en el sexo del asesino, no en sus circunstancias, no en su educación o en su origen o nacionalidad. La maldad está en las cabezas y en el cálculo que hacen esas cabezas, otras veces en sus instintos y las más en su locura. Dos personas con el mismo recorrido vital y las mismas oportunidades de cometer una atrocidad y sólo una matará a un niño de ocho años.

La maldad se puede investigar para esclarecerla, la maldad se puede describir y se puede estudiar, se puede imaginar, se puede contabilizar, narrar y lamentar. A veces se puede esquivar si se presiente. En realidad, la maldad no se puede evitar del todo hasta que se muestra. Pero una vez que se muestra, nuestra obligación como sociedad es combatirla y tratar de impedir que se vuelva a producir.

Yo estoy en contra de la prisión perpetua revisable, pero sólo porque es revisable. Ya lo expliqué en este post [CLICK], así que no les entretengo más.

Descanse en paz ese pobre niño.

 

Entre el cielo y el suelo

Entre el cielo y el suelo hay algo…, cantaba Mecano. En el caso de Madrid, entre el cielo y el suelo está Manuela Carmena.

Cuando llegó al ayuntamiento, yo me reía y bromeaba: «¿Qué más nos puede pasar a los madrileños después de tres años con la Botella de alcaldesa?» Me equivoqué: podían pasarnos muchísimas más cosas. Ya lo creo.

Anita Botella dejó un Madrid con los impuestos por las nubes y la basura campando por los suelos. Una perfecta desgracia, cuyos desmanes parecían imposibles de superar, tanto para arreglarlos como para empeorarlos. Pero nada es imposible en este Madrid de mis amores: Manuela Carmena y sus pandilla de concejales pijos, unos niñatos que se dedican a jugar en el ayuntamiento (¡qué chupi todo!) siguen teniendo Madrid hecho una mierda, y tasas o impuestos que no mantienen es para subirlos. E igual que hacía la derecha pepera, la izquierda premoderna nos echa la culpa a los madrileños, por ensuciar. Así que ya sabemos que, si de lavar se trata, nuestros políticos municipales lo único que harán a conciencia es lavarse ellos mismos las manos.

Limpiar no toca, y ordenar el tráfico tampoco. Mejor desordenarlo, que como decía Radio Futura, en el caos no hay error. Y así, sales de casa sin saber por dónde puedes circular, ni a qué velocidad, si te dejarán o no aparcar, si el corte de tráfico es para celebrar bicicletas, niños o machirulos, si esta o aquella calle la cerrarán, si esa valla es para que no pases tú o para que no pase un autobús, o quizá es una que se dejó algún operario confundido, si esos conos sirven para una obra, para un control o porque no saben dónde colocarlos. Todo es confusión en la jinkana en la que se ha convertido Madrid.

Ahora miran al cielo, consultan unos chirimbolos en los que se ha puesto un límite arbitrario, y decretan unas medidas de trazo grueso que no sirven para bajar los humos, ni siquiera los de la tropilla feliz del ayuntamiento. Como Salomón, han decidido partir el parque automovilístico en dos: hoy que circulen los impares, que los pares ya los ponen los concejales. Que otra cosa no, pero huevos no les faltan.

Digo yo que si hay tanta contaminación y es tan peligrosa, lo que deberían prohibir es caminar, montar en bici y correr. Nada de abrir ventanas, y si hay que salir a la calle y no se dispone de una escafandra ¿qué mejor que refugiarse dentro de un coche? Eso sí, todo esto sólo vale dentro de los límites de la M-30. Cruza usted el puente de Ventas y no sólo se acabó el peligro, sino también la facultad de contaminar.

Probablemente los que viven fuera de Madrid (fuera, fuera, en otra provincia, no en la calle Arturo Soria, por poner un ejemplo), pensarán que esta es la ciudad del Apocalipsis. Y hombre, tanto no: de los cuatro jinetes, sólo llevamos dos ejerciendo de alcaldesas. Incluso yo diría que esta cruz que nos ha caído es un poco como acoger unos Juegos Olímpicos. No nos los concedieron, pero a cambio tenemos un Ayuntamiento que celebra una versión de Olimpiadas de la pandilla basura.

A mí no me han contado cómo era y cómo estaba Madrid hace cinco o seis años. Pero si quieren, se lo puedo contar yo. Vivo en una de las ciudades más bonitas del mundo, simpática, castiza, tolerante, animada, con un cielo azul maravilloso, con un tiempo extremo, pero que deja pasear durante 10 meses y que me encanta. Una ciudad extraordinaria sí. Y también una ciudad con muy mala suerte con los alcaldes, en especial con aquellos que no elegimos.

En fin, también estos pasarán. Confiemos sólo en que dejen algún matojo con vida, aunque esté contaminado.

 

Montoro, el guerrero anti gorduras

Ahora les ha tocado el turno a los gordos. Usted está gordo porque quiere, sin más. Esos michelines son inaceptables y pueden provocarle cualquier síncope. ¿Ha pensado usted en su salud? Claro que no. Pero no se preocupe, que aquí estoy yo, el Estado protector sabedor de todas las cosas. Le voy a poner una tasa a las bebidas azucaradas que se va a cagar la perra, a ver si con eso deja ya de meterle mano a las cocacolas, que además de engordar le provocan unos gases que parece usted un zepellin.

¿Y para cuándo un impuesto serio y contundente a las galletas María? Las galletas María son el mal, y si le da una a su hijo, su hijo morirá. Lo mismo tarda 90 años, pero morirá.

Me parece a mí que con esto de las bebidas azucaradas el gobierno ha abierto un filón. Me imagino a Montoro, ese psicópata, frotándose las manos y enviando sicarios a los supermercados a mirar las etiquetas de todos los productos. Se viene una cascada de impuestos contra la gordura en bollerías, patatas fritas y hasta las latas de fabada. El Litoral tiembla y la Gallina blanca está a punto de ser desplumada. Cuando terminen con los productos manufacturados, entonces seguirán con los mercados: ese tocino que luego echa al cocido, o esa plátano que se va usted a comer de postre, madre mía, lo que engordan.

Y también hay que poner coto a las empresas, y ahí Montoro no ha estado fino. ¿Qué es eso de dar una cesta de Navidad llena de chorizos, almendritas, botellas de vino y turrones al empleado? El Estado que dice cuidarnos ¿no va a imponer una tasa de, no sé, 500 euros por cada cesta repartida? Es inaceptable. Estos empresarios irresponsables que primero nos matan a trabajar y luego nos dan una cesta que nos engorda para que muramos poco a poco de gordura, cuánta indignidad.

Por no hablar de otras costumbres fatales para nuestra salud y que sin duda engordan una barbaridad. Los ayuntamientos deberían poner un lector de tarjetas de crédito en los bancos públicos, para que no nos sentáramos, que ya se sabe que estar sentado engorda. Una tasa especial para edredones, colchones y almohadas sería muy de desear. En cuanto a evitar que nos echemos una buena siesta, pienso que una alarma que sonara en las ciudades entre las 3 y las 5 de la tarde los fines de semana sería lo más eficaz, aunque el gobierno también puede gravar los sillones con un 40% de ISP, el nuevo Impuesto de la Siesta Probable.

Yo creo que este gobierno se ha quedado corto. Comprendo que no pueden estar en todo, pero hay riesgos inaceptables. Vivir es uno de ellos, seguido del riesgo de que te mueras. Sí, sí, morirse es un riesgo, no una certeza. Morirse es, si atendemos a la presión fiscal, una mala gestión del riesgo de vivir y una consecuencia de que no te cobren suficientes impuestos para evitarlo. ¿Que no?

Violencia de género y elefantes

La llamada violencia de género ha entrado en campaña con la frivolidad, la demagogia y el trasiego de brochazos a los que nos tienen tan acostumbrados los políticos, esos seres que suelen tener razón cuando están callados. La violencia de género, sí, eso que algunos llaman violencia doméstica, lo que es un oxímoron en toda regla. Todo viene a cuento de una propuesta de Ciudadanos para eliminar la discriminación que supone que la pena para este tipo de delitos sea mayor si el agresor es un hombre, algo con lo que yo estoy muy de acuerdo. La algarabía procede, como suele ser costumbre, de coger el rábano por las hojas, y de paso, manipular todo lo que se pueda para obtener un puñado de votos. O sea, lo del tonto, el dedo y la luna.

Yo creo que la condición de bestia no tiene género, y la de víctima tampoco. Quiero decir que lo que hay que combatir es la violencia, no el sexo del agresor. El tipo que pega a una mujer también pegará a un niño, a un anciano y a un gatito. Pegará a aquellos que son más débiles, a aquellos que no pueden defenderse con sus mismas armas y en su mismo territorio, a aquellos que no pueden escapar de su tiranía. Sus armas son el bofetón, la cuchillada y el grito, y su territorio es la impunidad. Cuando se resuelven los conflictos a bofetadas, me parece que hay que fijarse en el carácter, no en la entrepierna. Primero se es bruto y luego se es varón, no al revés.

Matar a una mujer que no puede defenderse o que no puede escapar es como matar a un hombre que no puede defenderse o que no puede escapar. Y ya. En este sentido, una ley que impone una pena mayor para el mismo delito en función del sexo del delincuente me parece algo evidentemente injusto a poco que sepamos leer y sin necesidad de haber estudiado Derecho. Yo tengo la sensación de que delante de nuestras narices está pasando un elefante y no lo vemos, entretenidos por el griterío de la palabrería facilona, la manipulación, el sensacionalismo y una corrección política que sólo puede traer falsedad e ineptitud.

Me parece un error enfocar este asunto como una batalla del feminismo, no digamos usarlo como bate electoral. Y me parece un error porque provoca unas distracciones que no convienen en un asunto tan grave. Es verdad que la mayoría de las víctimas son mujeres, pero eso es como el cáncer de mama, que se da con mayor frecuencia entre las mujeres pero no es exclusivo de ellas.  Señalar a todos los hombres como potenciales agresores, o aceptar que un asesinato cometido por una mujer es menos asesinato es un disparate indefendible y no alcanzo a comprender como un engendro de esa magnitud ha podido aprobarse en el parlamento de un país europeo.

Decía más arriba que el territorio en el que operan los maltratadores es el de la impunidad. La impunidad que no puede evitar el más débil, que no puede escapar ni defenderse, y la impunidad que le ofrece un Estado que no es capaz de mantenerlos separados de una sociedad en la que claramente no deben vivir y que dispone leyes que empeoran los derechos de todos. Esto es lo que se debería debatir si quieren hablar del problema. El resto, amigos, son juegos florales.

Y mientras tanto, el elefante sigue ahí, tan feliz como el primer día. Me invade la melancolía.

Me da a devolver: ¡CABRONES!

Ya es un clásico. En realidad, es un clásico en el año, como la Navidad. Llega junio, y es un clásico que a mí me lleven los demonios cuando veo la pasta que Hacienda me tiene que devolver por el pago anticipado de sus impuestos. Y al ver el agregado de lo que me han ido robando, tacita a tacita, ya pongo el grito en el cielo. Porque el cabreo de junio también es un agregado de los cabreos mensuales.

Una pasta. Yo podría haber dispuesto durante todo el año 2014 del dinero que me han confiscado y que ahora me devuelven en junio de 2015. No me dan a elegir. Por obligación, mi empresa les tiene que adelantar los impuestos, no sea que me vaya a escapar. Yo podría haberlo invertido. O podría haberlo distribuido a mi gusto, quizá consumiendo unos meses más y otros menos. Finalmente, es mi dinero, soy adulta para gestionarlo. Pero no: me lo quitan, y luego lo tengo que reclamar. Ah, y si se me olvida reclamarlo, no me lo devuelven, pero si me olvida pagar, me cobran intereses y me multan. ¿Dónde está el código de buenas prácticas con el que marean a las empresas, señores políticos?

Y lo que ya me deja estupefacta (pero eso todos los años) es la cantinela de “qué bien, me da a devolver” o su contraria “por lo menos no tienes que pagar más”. El sistema es demoníaco, y picáis todos. Está pensado para dormirnos, para que no protestemos. Y eso no lo quiere cambiar nadie. Os asaltan y encima les dais las gracias. Oh, gracias, Estado benefactor, por ahorrar por mí, gracias por cuidar tanto de mis finanzas y por poner mi dinero a buen recaudo, gracias por darte cuenta de que soy imbécil e incapaz de gestionar mis cuentas, gracias por no dejarme pensar, ni actuar, ni decidir libremente. Gracias por devolverme mi propio dinero, gracias, gracias sobre todo por darme esta pequeña alegría en el mes de junio, que ya no contaba con este dinerito, que me viene fenomenal. Gracias, oh, Papá Estado.

Y ahora estáis pensando que tengo razón, pero que en el fondo, bah, no está tan mal encontrarse con este dinero de pronto. Es práctico ¿verdad? Pues sí, es muy práctico, pero sabed que no tenéis remedio y que merecéis que os roben y que os engañen.

Impuestos, de imponer. Cargar, obligar, someter. Es una gran mentira que los impuestos sirvan para la solidaridad. Mis impuestos sirven para sostener un Estado enorme e ineficiente, con múltiples capas de vagos y enchufados que viven a mi costa, con subsidios y ayudas muy discutibles y con la realización de actividades subvencionadas más discutibles todavía. ¿Sanidad, pensiones, educación, carreteras? Esa es la gran zanahoria que nos enseñan para dilapidar, malgastar, derrochar y tirar por un sumidero el fruto de tu trabajo. Y da igual quien gobierne: ningún partido, y mucho menos estos retroprogres casposos y demagogos que andan hoy asaltando ayuntamientos nos van a quitar ese yugo. Nos exprimirán más, con la excusa de que es para los pobres, y luego lo gastarán a su absoluta discreción, sin control y sin tener que dar cuentas a nadie.

Si alguien pensara en los pobres, pensarían mucho cada euro que gastan, cada enchufado que emplean y cada observatorio que inventan. Si alguien pensara en los pobres, adelgazarían el Estado de inmediato. Y nadie propone eso ¿verdad que no?

Anda, disfruta del dinero que te ha devuelto Hacienda. Siéntete solidario un rato y repite como un loro esa sarta de mentiras demagógicas sobre los pobrecitos y la solidaridad. Di eso de que estas orgulloso de pagar impuestos y que te sientes generoso con tus compatriotas (procura no detenerte en el detalle de que te lo han quitado a la fuerza y por adelantado). Pide que te los suban si con eso te prometen que nadie revolverá en un contenedor para comer. Pero sobre todo: sigue trabajando como un cabrón para mantener a tanto maniroto, a tanto caradura y a tanto demagogo. En el fondo, te está muy bien empleado.

 

De Prada y la imbecilidad

Juan Manuel de Prada escribe hoy un artículo en ABC que me ha provocado la indignación. Yo les enlazo el artículo CLICK y ustedes verán si se lo leen antes. Si no lo hacen, el inconveniente es que yo no pueda hacerles seguir bien el resto del post, pero la ventaja es que tal vez eviten, a su vez, indignarse.

Cree de Prada que por defender a los islamistas que se lían a tiros contra caricaturistas, periodistas y escritores que han criticado (u ofendido, me da igual y verán por qué me da igual) al Islam, defiende con ello la religión católica y defiende a Dios, al dios de los cristianos, y más en general a todos los dioses de todas las religiones. Cree defender al dios en el que él dice creer mucho, junto a esa iglesia a la que él cree que defiende de algo. Es una postura con la que ustedes también se habrán cruzado y que tal vez compartan, quién sabe. Ese insoportable  bueno, es que los de Charlie Hebdo se estaban pasando de la raya, que sigue con un es que los de Charlie Hebdo no tienen derecho a injuriar, blasfemar y ofender de ese modo; de ahí pasamos a un airado es que se pasan tres pueblos, y de pronto, después de un pesaroso eso tampoco se puede consentir, llegamos, con un saltito muy pequeño, hasta un ¡Bien hecho, Ali! Y es que hay pensamientos inocentes que nos pueden trasladar a sitios muy feos. A un lugar, en mi opinión, atroz.

Les voy a dar un comodín y pasaré por alto la desproporción de la respuesta. Lo de hacer una caricatura y recibir un balazo es tan desproporcionado como robar una cartera y que te apliquen garrote vil. En mi mundo, claro, que en las tinieblas de Prada no sé. Pero no me centraré en eso, porque hasta un niño podría entender lo que digo. No es la desproporción, sino el plano de la discusión en la que se situan estos tontainas lo que me hace escribir esto.

El terrorismo islamista no está ofendido por unas caricaturas ni por unos textos. No hay tal ofensa. Caer en eso es darles una primera victoria y a no ser que quieran ustedes que ganen, yo me abstendría de seguir por ahí. El terrorismo islamista usa unas caricaturas como excusa. ¿Cuántas caricaturas se habían publicado en EEUU antes del 11 de septiembre de 2001? ¿Y en Madrid antes del 11 de Marzo de 2004? Si no hubiera caricaturas, habría minifaldas, o rock and roll, habría homosexuales tolerados, o quizá les ofendería un bocadillo de jamón. Las caricaturas son una burda coartada para que todos, sin excepción, nos sometamos a sus reglas y a su modo de entender la vida y el mundo, no se engañen, por favor.

Esas reglas a las que nos quieren someter provienen de Estados teocráticos y de bandas paramilitares que, con mucha parafernalia piadosa, dicen interpretar a un dios en el que todos estamos obligados a creer. Obligados a creer, léanlo un par de veces y no se me despisten. ¿La fe? ¡Bah! ¿Qué puede importar la fe cuando se tiene un kalashnikov? Como decía Rushdie, se trata de culturas de un solo libro, en las que unos hombres viven de la ignorancia de los otros. Esos gobernantes y guerreros no buscan la paz, el amor, el bienestar y la vida eterna rodeados de huríes de sus gobernados, sino tener armas y poder, conquistar, hacer la guerra, degollar, e imponer su tiranía.  Y esto es muy prosaico, y no tiene que ver con la religión ni con la ofensa, señores. No hay ninguna diferencia entre estos barbudos y Pol pot, Hitler, Stalin o el animal ese que hay en Corea del Norte. Ninguna. Son iluminados que dictan y someten. Con ejércitos, policía y sobre todo, con impunidad. La impunidad que da estar al habla con dios, que es la misma impunidad que da ser un enviado del pueblo o el líder de una raza o de un partido único.

Así que situar la tiranía de esos barbudos en un plano religioso me parece una perfecta imbecilidad. Y discutir acerca del grado de respuesta a una ofensa, de una miopía extraordinaria. No es Alá el problema, por mí pueden creer en las piedras, mientras no me las arrojen a mí. O como diría mi madre ¡qué Alá ni qué Aló! El debate no es religión musulmana o religión católica o judaísmo o budismo o pastafarismo si me apuran. El debate es libertad o tiranía, civilización o barbarie, siglo XXI o siglo XII.   La idea de “o piensas como yo o te liquido” es más viejo que el hilo negro, así es que no se distraigan poniendo la religión a la altura de estos monstruos.

De Prada nos dice escandalizado que la libertad de expresión sirve para ultrajar, dañar, injuriar, ofender y blasfemar, y para que Dios se tenga que aguantar con la ofensa. No, Prada, no. La libertad de expresión sirve para que yo pueda escribir que dios me parece un invento y que nadie me mate ni me encarcele por eso. Y también para que yo pueda decir que Dios no se ofende por las imbecilidades que tanto ofenden a De Prada y a tontos útiles como él. Ningún hombre en la Tierra ha sido mandatado por Dios para defenderlo, y cualquier meapilas estaría de acuerdo en que afirmar eso es blasfemo. En todo caso, defenderá sus propias creencias, y en ese caso, se está defendiendo a sí mismo. O sea, exactamente igual que en una discusión de fútbol. Saquemos a Dios de todo esto, porque si no me harán recurrir a un chiste de Charlie Hebdo: C’est dur d’être aimé par des cons (es duro ser amado por gilipollas, dice Alá en una caricatura). Además de gracia, tienen en eso mucha razón.

En el terror no hay una acción-reacción, porque sin caricaturas el terrorismo existe de igual modo. Pensar que si no hay acción (caricatura) no hay reacción (asesinato) es, automáticamente, darles la razón a ellos. Si aceptas que matan porque están ofendidos, y que el caricaturista debe callar, conviene pensar en el próximo paso: ¿Qué es lo siguiente que les ofenderá? ¿Que yo no lleve burka? ¿Que vaya a un bar sola? ¿Que yo trabaje? ¿Que lleve vaqueros? Abran esa puerta y verán llegar a los tiranos a lugares inimaginables. Yo no lo acepto, y creo que no hay dar ni un paso atrás.

Si usted, cuando yo digo que son unos bárbaros, me contrapone otras ofensas, automáticamente le da carta de naturaleza a los asesinatos, porque reconoce que ellos pueden tener una (al menos una) razón. Y si acepta que pueden tener una razón, poner una bomba o ir a un tribunal es sólo una cuestión de grado. Y no. Su reacción no es una cuestión de grado, sino de categoría, y conviene distinguirlo con claridad. No me gusta que saquen al Papa sodomizado, claro que no. Y tampoco que hagan chistes procaces sobre mujeres, o sobre ancianos o sobre subnormales, si a eso vamos. Pero defiendo el derecho a hacerlo sin que nadie te pegue un tiro por ello. Y si tengo que elegir entre esas bestias inmundas y un caricaturista pasado de vueltas, me quedo con el caricaturista sin dudarlo.

En este asunto no conviene tener dudas del lado en el que nos situamos. Se puede amar a Dios, tener fe, respetar al Papa y pertenecer a la Iglesia y defender a los caricaturistas. Yo lo hago, porque creo que no es la religión. La religión es sólo el señuelo: la presa es otra. Y no hay ofensa, sino coartada, y no entenderlo es claudicar.

Habla el fanático de Prada de la religión democrática. No creo que ningún fanático de esa “religión” que tanto vitupera degüelle a un hombre delante o detrás de unas cámaras. No es la religión, bobo, no es la religión. ABC es un gran periódico con grandísimos columnistas y sin quererlo, tanto Ignacio Camacho como Albiac le responden hoy, afortunadamente (CLICK y  CLICK).

Les dejo con un vídeo de Wafa Sultán, una psiquiatra siria exiliada en Estados Unidos que combate el fanatismo islámico y el anclaje irremediable de estas sociedades en la Edad Media. Esta entrevista es de 2006, pero podría ser de ayer mismo. Son cinco minutos largos, pero resumen bien el asunto que les he traído, a mi pesar, hoy. Pueden quitar el sonido: se evitarán la bronca.

Yo también soy Charlie, bien sûr!

¿A qué dios ofendía Malala Yousafzai por querer aprender a leer? Hoy hemos tenido una nueva respuesta a esa pregunta. No buscan el respeto a un profeta, sino el sometimiento a una tiranía.

Yo también soy Charlie Hebdo. Bien sûr!

Charlie hebdo.jpg-largeTraducción: Si Mahoma volviera… – ¡Que soy Mahoma, bruto! – ¡Cierra la bocaza, infiel!

La tarjeta verde de residente y la lerdogestora (Anita Botella).

Empieza por que la calle es suya. Y como es suya, puede hacer parcelitas, pintarlas de colores, y alquilarlas al precio que quiera y a quien quiera, que para eso la calle es suya. Los espacios reservados a las embajadas y los de los ministerios no pagan. Ni tampoco esas plazas que dedica a poner contenedores que no se limpian más que un día a la semana.

Si usted es residente en la zona y quiere aparcar, le conviene sacarse una tarjetita con un número que le identifica a usted y a su coche. Lo soluciona con 25 euros al año. Luego ya, cuando vaya a aparcar, debe buscar una parcelita que esté pintada de verde porque si es azul, entonces paga usted por horas como cualquier hijo de vecino. De vecino de otro barrio, se entiende.

Este año, la alcaldesa de Madrid, Ana Botella, conocida por su preparación y experiencia como ama de casa, se ha inventado una nueva norma para los residentes que tengan un coche y quieran aparcar en su barrio. Mire, nos dice, si usted tiene un coche propio, vale. Pero si su coche es de renting, voy a mirar a ver dónde vive esa empresa. Y si esa empresa de renting no tiene su sede social en Madrid, usted no tiene derecho a la tarjeta de residente. Usted vive aquí, pero su coche no nació aquí. Algo así.

¿Por qué hace esto esta señora tan absurda que sufrimos los madrileños? Pues porque quiere obligar a estas empresas a pagar el impuesto de vehículos en Madrid. No comprende esta mema que las empresas de renting me sirven el coche a mí y a un señor de Cuenca, o de Barcelona, o de Sevilla. Ella quiere lo suyo, y si por el camino me fastidia, pues es mi problema.

A ella le importa una higa que usted tenga un contrato con esa empresa de renting en vigor y que no lo pueda cambiar así por las buenas sin perder una pasta. También le importa un comino que a usted le cueste una plaza de garaje por su zona 2.500 euros al año. Usted es un daño colateral, ella va buscando algo y si por el camino le atropella, pues le atropella.

A esto le llamo yo cambiar las reglas del juego en mitad del partido. Unas11.000 personas, según el periódico, estamos en esta situación. Al periódico le parece bien, porque las empresas de renting son malvadas, ya se sabe. Mira que centralizar la gestión en un ayuntamiento distinto al de Madrid, qué canallada. Al resto de partidos políticos también les parece muy bien, por lo mismo que al lerdoperiódico. El pequeño detalle es que a mí nadie me dijo esto antes de coger el coche hace dos años. A la empresa de renting tampoco. Y así estamos, a la espera de que el ayuntamiento decida el día 19 si sigue con esta arbitrariedad o recula. Apuesten…

¿Y la alcaldesa gana algo fastidiándome? No gana nada. Yo le alquilaré una plaza a un señor al que pagaré en negro (que no lo dude nadie) y dejaré de pagar 25 euros al ayuntamiento a partir del 2 de enero. Y la empresa de renting seguirá radicada donde le salga de las pelotas. ¿y usted? ¿Cree usted que se va a librar? No. Mañana decidirá que los coches a partir de determinada cilindrada, o con x años tampoco tienen derecho. Y cállese la boca, hombre ya.

Son peor que una plaga. Son un virus infeccioso imposible de curar. Tipeja.

Deponer la sociedad

Cualquier cuerpo vivo genera porquería. Excretar se le llama a eso, aunque se reserva para la orina u otros residuos metabólicos como el anhídrido carbónico de la respiración según el DRAE. Los españoles nos reservamos el verbo excrementar para los excrementos digamos de arte mayor.

Es lo que hay y lo que somos. Unos bichos de apariencia sana y limpia, pero que generamos residuos. Y menos mal que los generamos, porque si no lo hiciéramos no estaríamos vivos. Vivir es cagar, o sea, y lamento ser tan ordinaria, pero es que tampoco estoy muy segura de que me entiendan porque en España por lo general usamos el verbo deponer en su forma transitiva y tendemos a ignorar el intransitivo.

Los humanos hemos evolucionado. Ya no convivimos entre la porquería que expelemos, que excretamos, que excrementamos. La modernidad nos ayuda a despejar la equis. Y aparte del perfume, y de la ducha, disponemos de papel higiénico. Y además, de una buena red de alcantarillado y servicios públicos que nos evitan tener que convivir con nuestros excrementos, nuestras excreciones, nuestras equis sin despejar.

Lo cual que no significa que nuestros organismos hayan dejado de expeler porquería. Y no se engañen con la civilización, porque no nos evita tener que producir la porquería sino que nos evita tener que vivir con ella, lo cual es muy diferente. La civilización permite limpiarla, despejarla, ordenarla y situarla allí donde es tolerable para tener una vida sana y, sobre todo, limpia. Pero no evita su existencia y quien le diga lo contrario, miente.

El solución entonces no pasa por negar el sistema. El sistema, como cualquier sistema vivo, y sano, genera porquería, porque si no estaría muerto. Eso mismo que se expele fue, en el origen y en su conjunto, lo que aportó músculo, y fibra, y nutrientes, y grasa, y lo que nos permite la vida. Va todo junto.  Un sistema sin excrementos no existe. No vale decir que no existirán, porque existirán. No vale decir que no los veremos, porque entonces cabe sospechar que se meterán debajo de una alfombra. La solución es disponer de los recursos de limpieza y eliminación de residuos que nos permitan vivir sin ensuciarnos más de lo que es razonablemente imprescindible.

Hay que pedir justicia, claro, porque en el caso de nuestro sistema político la justicia es la correcta y ordenada canalización de la porquería. Y eso es una cosa y otra muy distinta pretender eliminar la porquería matando al bicho. O lo que es lo mismo: pensar que hay que deponer la sociedad en la que vivimos para acabar con sus deposiciones, algo tan tradicionalmente español como matar al perro para acabar con la rabia.

El intransitivo.