El pescuezo de Alonso

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El titular dice “Cuellos de toro en la F1” con el antetítulo: “La mayor velocidad de los coches en 2017 obliga a los pilotos a incrementar el perímetro muscular de sus pescuezos”

¿Pescuezo? Uf, no sé yo.

Pescuezo suena a taberna de barrios bajos con olor a vino agrio y a sudor de borrachos con navaja en la cintura. Pescuezo suena a cadalso rodeado de tricoteuses que abren sus bocas desdentadas para gritar “mátalo”. Pescuezo suena a pescadería, aunque yo creo que es por adherencia fonética, porque pescuezo es lo que se les corta a las gallinas. De pescuezo viene pescozón, que es lo que le da un padre a su hijo cuando llega tarde a casa o cuando dice una mala palabra con el pan en la mesa. Tú dices pescuezo y ves la rebanada que han cortado, o ves al reo en el garrote, o ves al pollo descabezado.

Pescuezo y Fórmula 1 no casan. Vamos, no llegan ni a novios. Pero supongan el apuro del redactor al encabezar el artículo. Ya ha decidido el título. ¿Qué hacer con el antetítulo para no repetir? Terrible problema. Le imagino consultando el diccionario de sinónimos en línea, y también imagino su desolación al encontrar, además de pescuezo, garganta, gollete y cogote. Y sí, son sinónimos, pero no, no me valen, se dirá, y entonces elige la más coloquial, la más brutal, la que describe más y ofende menos, la que pedirá seguir leyendo.

Y sigues leyendo. Y entonces te enteras de que Fernando Alonso tiene un cuello con cuarenta y cinco (45) centímetros de perímetro. ¿Y eso es mucho o es poco? Pues, a ver, el perolo que tengo yo en casa para el cocido le cabe –suponiendo que le pasara de la cabeza, que lo mismo es mucho suponer. Ahora, ya les digo yo que una camisa ajustada de confección no encuentra.

Vuelvo al redactor y me pregunto qué remedio podría encontrar para no repetir la dichosa palabra. Mal asunto. Quizá podría desvelar parte del artículo, diciendo “La mayor velocidad de los coches en 2017 obliga a los pilotos a incrementar la musculatura que sujeta la cabeza para no perderla en una curva”.

Uf, casi mejor pescuezo.

Día de San Valentín

Pues tenemos lo cursi, lo muy cursi, y luego ya San Valentín. Todo lleno de corazones palpitando, de miradas arrobadas, y todo lleno de rosa y de plástico. ¿Que es bonito? Huy sí, precioso. ¡Y tan natural, tan improvisado, tan tan discreto!

– ¿Es que nunca has estado enamorada?
– ¿Y qué tiene que ver el amor con la cursilería?

En general me aburren mucho las celebraciones programadas, no digamos si además van acompañadas de deseos obligatorios. En ese capítulo meto la Nochebuena y el fin de año, aunque las dejo pasar casi casi por solidaridad familiar. Y porque guardan un cierto sabor a infancia, un tono de nostalgia que tiene su aquel. Y aunque a veces se pone la cosa muy cursi en la tele, luego programan Qué bello es vivir y se nos pasan todos los males. Sin embargo es oir San Valentín y la única película que se me viene a la cabeza es la de El día de los enamorados y, junto con el soniquete de la canción, ya sólo veo a Conchita Velasco y a Antonio Casal discutiendo en la puerta de una zapatería.

Esto de San Valentín no es nuevo, ni siquiera como alibí comercial. Y sin embargo, vivimos en una época de “oversharing” (eso que mi querida MG le llama a la indiscreción) que, mezclado con las redes sociales, o tal vez como consecuencia de ellas, hacen que te encuentres en tu teléfono una promesa de amor al mismo nivel que la foto de unas patatas con costillas. Muchos corazones y un “P. ¡¡¡¡FELICIDADES, TE QUIEROOOOOO!!!” y muchos emoticonos de corazones que te dejan, como mínimo, pensativa. ¿Y quién será P.?, te preguntas. ¿Puri? ¿Palo? ¿Pili? ¿Pamela? ¿¿Paladia?? Yo pienso que un tuit de este tipo quiere ir dirigido a una tal Perpetua, una vez que hemos descartado que se llame Prudencia y con la seguridad de que debería llamarse Piedad. Buf.

Claro que no tiene nada de malo un día como hoy, salvo el tono rosa, los corazoncitos everywhere y la gente pelma, aunque éstos son igual de insufribles el día de Santo Toribio. Pero precisamente porque los enamorados hacen muchas tonterías (y eso es muy divertido cuando se vive y cuando se aprecia), programar esta celebración, fijarla en un día preciso, y provocar tanto exhibicionismo impostado me resulta innecesario. Y bastante aburrido.

San Valentín también se llama a la matanza que ordenó Al Capone en Chicago en los años 30. Vaya día que eligió para demostrar cariño. Si se llega a esperar unas horas se habría llamado La matanza de San Claudio, y no hubiera emborronado un día tan romántico, tan bonito, tan evocador, tan natural, tan improvisado, tan original, tan discreto…

 

Trump a trumpicones

trump-firmandoTodo eran risas hasta que Trump ganó las elecciones. Ahora todo son sobresaltos (¿trumpicones?) y me parece que algo de histerismo también, aunque creo que buena parte de ese histerismo lo pone él solo, con su mise en scene un poco rollo pistolero del Oeste. Claro que, en vez de sacarte un Colt 45 o una Winchester, el tipo agarra un boli y, zas, firma una orden. Raca, raca, raca, estampa esa firma llena de picos, que parece un sismógrafo al pie del Krakatoa, y cuando termina te enseña el papel. Ahí queda eso. Sólo le falta hacernos un corte de mangas.

En fin, esa firma también podría ser un peine, por la cara que pone de que nos vamos a enterar de lo que vale uno. Sí, ya sé, ya sé que no hay que tomarse a broma a estos tipos, aunque todo este teatro mueve un poco a la risa y a ratos a la compasión. Yo creo que da un poco igual lo que firme: aunque disponga la cosa más sensata del mundo -todo es posible en esta vida, amigos-, el pollo se lo van a montar igual. Porque Trump sin gorileo no tiene interés, y a las televisiones se les acabaría el tema del día y tendrían que seguir hablando del frío diez minutos más en cada telediario. Quiten a Trump ese aspecto de marciano albino y esas maneras de borracho de bar de pueblo, hagan abstracción y díganme: ¿hará realmente algo que no haya intentado o hecho ya otros presidentes de Estados Unidos? Lo dudo.

Sí, las formas lo son todo en política y este hombre no parece confiar en ellas. O sí, aunque igual no ha comprendido que no se usan las mismas en el mundo del que viene que en el mundo en el que está. Alguien debería decirle que para ponerse fino hace falta algo más que hacer el gesto con la mano como si estuviera cogiendo una tacita de porcelana, mimimimí. Porque luego va, abre la boca, y bonjour le déluge. Que una cosa es combatir la langue de bois y la hipercorrección política, y otra que nos cuente sus ideas a trompicones y sin que medie un poco de anestesia.

A mí lo que realmente me preocupa de este hombre es que crea que el mundo se arregla en un par de minutos con una firma. Aunque sea una firma tan enérgica, una firma de rompe y rasga, una firma desaforada, una firma de toma geroma pastillas de goma. Una firma como a trompicones. Eso desde luego es mucho creer. Mucho. Menos mal que América es un gran país.

Las aguas volverán a su cauce. In God we trust.

 

Montoro, el guerrero anti gorduras

Ahora les ha tocado el turno a los gordos. Usted está gordo porque quiere, sin más. Esos michelines son inaceptables y pueden provocarle cualquier síncope. ¿Ha pensado usted en su salud? Claro que no. Pero no se preocupe, que aquí estoy yo, el Estado protector sabedor de todas las cosas. Le voy a poner una tasa a las bebidas azucaradas que se va a cagar la perra, a ver si con eso deja ya de meterle mano a las cocacolas, que además de engordar le provocan unos gases que parece usted un zepellin.

¿Y para cuándo un impuesto serio y contundente a las galletas María? Las galletas María son el mal, y si le da una a su hijo, su hijo morirá. Lo mismo tarda 90 años, pero morirá.

Me parece a mí que con esto de las bebidas azucaradas el gobierno ha abierto un filón. Me imagino a Montoro, ese psicópata, frotándose las manos y enviando sicarios a los supermercados a mirar las etiquetas de todos los productos. Se viene una cascada de impuestos contra la gordura en bollerías, patatas fritas y hasta las latas de fabada. El Litoral tiembla y la Gallina blanca está a punto de ser desplumada. Cuando terminen con los productos manufacturados, entonces seguirán con los mercados: ese tocino que luego echa al cocido, o esa plátano que se va usted a comer de postre, madre mía, lo que engordan.

Y también hay que poner coto a las empresas, y ahí Montoro no ha estado fino. ¿Qué es eso de dar una cesta de Navidad llena de chorizos, almendritas, botellas de vino y turrones al empleado? El Estado que dice cuidarnos ¿no va a imponer una tasa de, no sé, 500 euros por cada cesta repartida? Es inaceptable. Estos empresarios irresponsables que primero nos matan a trabajar y luego nos dan una cesta que nos engorda para que muramos poco a poco de gordura, cuánta indignidad.

Por no hablar de otras costumbres fatales para nuestra salud y que sin duda engordan una barbaridad. Los ayuntamientos deberían poner un lector de tarjetas de crédito en los bancos públicos, para que no nos sentáramos, que ya se sabe que estar sentado engorda. Una tasa especial para edredones, colchones y almohadas sería muy de desear. En cuanto a evitar que nos echemos una buena siesta, pienso que una alarma que sonara en las ciudades entre las 3 y las 5 de la tarde los fines de semana sería lo más eficaz, aunque el gobierno también puede gravar los sillones con un 40% de ISP, el nuevo Impuesto de la Siesta Probable.

Yo creo que este gobierno se ha quedado corto. Comprendo que no pueden estar en todo, pero hay riesgos inaceptables. Vivir es uno de ellos, seguido del riesgo de que te mueras. Sí, sí, morirse es un riesgo, no una certeza. Morirse es, si atendemos a la presión fiscal, una mala gestión del riesgo de vivir y una consecuencia de que no te cobren suficientes impuestos para evitarlo. ¿Que no?

Dress code con fallos

Me ha costado entenderlo, y no crean que las tengo todas conmigo. Por lo visto, había un reglamento que se leía a las chicas que eran elegidas como falleras mayores en donde se les indicaba unas normas de conducta y de vestimenta. El concejal del ayuntamiento de Valencia que se ocupa de las Fallas, escandalizado, lo ha puesto en un papel y se lo ha entregado a la prensa para hacer público su propio escándalo.

¿Y qué dice el papel? Pues más o menos cosas que las falleras ya se imaginan cuando se presentan a falleras, a saber: que para ir a un cocktail en el ayuntamiento hay que ir “arreglada”. No en el sentido en el que te lo diría tu tía abuela, porque ella te diría “arregladita”, sino en el sentido en el que te lo puede chivar cualquier amiga. Lo que me parece asombroso es que esto tenga que escribirse en un reglamento. ¿Pondrá que la taza de café no la deben coger con las dos manos? ¿Y que no deben dejar la cucharilla dentro de la taza? ¿Y sobre eructar? ¿Les dirán algo sobre no eructar?

El punto que ha levantado la indignación es la parte de la adecuación, o sea, el que hace referencia al largo de la falda y a los escotes. Cuidado ahí, les dicen a las mozas. Yo me pregunto cuándo un largo de falda o un escote empiezan a ser inadecuados, escandalosos o directamente impúdicos. Y sobre todo, cómo se reglamenta eso en un par de folios. Según el papel, cuando te lo dice un acompañante, aunque tengo para mí que eso te lo dice antes el espejo, una inteligente lectura de la tarjeta de invitación o, ya si estás completamente desorientada en la vida, tu propia madre. En mi opinión, una minifalda empieza a ser impúdica con la edad, cuando los muslos se te ponen con la temible piel de naranja. Se habla del largo de la falda y no de cómo se ajusta al cuerpo, aunque tiene lógica: si necesitas hacer un reglamento, entonces tienes que echar mano de una regla. De todos modos, me basta una condición: por favor, no dejes que se te marquen las bragas. En cuanto al escote, podríamos discutir toda una vida, incluyendo en la discusión si Gilda escandaliza cuando se quita el guante o cuando se le abre la falda y enseña un muslo.

No digo yo que el reglamento no esconda polillas y telarañas, pero lo que es seguro es que, como cualquier reglamento de estas características, contendrá muchas imbecilidades. Cámbiese y a otra cosa. Eso sí, no hay que llegar a los cerros de Úbeda: las Fallas, como cualquier festejo, son un teatro, una representación, y es normal que exista un dress code, escrito o no. Pedir libertad total en el vestir de las falleras está muy bien y queda progre y tal, pero si pretenden igualar el chándal con un vestido de cocktail entonces la libertad no es suficiente: hay que pedir la libertad con cargos.

El colmo de la ternura es cuando el concejal escandalizado dice que la fallera debe ser algo más que un florero. Pues sí: hay que escribir un florero o florera. Y asunto arreglado.

Elecciones americanas

Estoy que no sé si quedarme esta noche despierta para seguir el resultado del recuento electoral. En realidad, todo esto de las elecciones americanas debería haberme pillado entre New Hampshire y Seattle, porque llegarme hasta Alaska me daba perezón. Y es que pedí unos días de vacaciones para poder seguir in situ la jornada electoral pero, mecachis, tenía trabajo. Y encima mañana la fiesta de la Almudena, con toda la familia que viene a comer… En fin, un lío de ir y venir y total, que no pude. Pero vamos, que aquí me tienen casi sin dormir, sin hablar, sin atender a nadie, con el pinganillo de la radio en la oreja todo el rato, que no se me va la preocupación de encima.

Llevo un par de semanas que compro el New York Times, el Washington Post, el San Francisco Chronicle y el Milwaukee Journal Sentinel, este último  para mi madre, porque yo la América profunda como que no. Mi madre sin embargo es más curiosa, y le gusta estudiar los anuncios de Wall Mart y compararlos con los anuncios de El Corte Inglés. Ya le digo que no tienen nada que ver y me da la razón, sobre todo después de mirar las ofertas. Ayer le eché un vistazo al Sentinel y, oigan, también trae un buen seguimiento de las elecciones americanas, lo cual es ilógico: si un tipo de Winsconsin se quiere informar, bien a mano tiene la prensa española ¿no les parece a ustedes?

Yo supongo que ya, a estas alturas, podré hablarles de mis preferencias en estas elecciones sin peligro de poder influir en ninguno de mis numerosos lectores americanos. Pues bien: a mí Trump no me gusta. Yo no entro en sus ideas, pero me parece que un hombre que se peina de ese modo no puede ser de fiar. Mi padre llamaba “calvos sin dignidad” a esos que se ponen la raya a la altura de la oreja y se dejan el flequillo que parece que está concursando en una jinkana. O sea, un peinado que tiene cualquier cosa menos improvisación, que es lo mismo que naturalidad. En la patria teníamos a Anasagasti, con esa ensaimada, válgame. Bueno, pues este Trump no puede ser de fiar, entre el mondongo que lleva ahí arriba y ese color zanahoria, que si pide el voto en la Warner lo mismo viene a morderle Bugs Bunny. Qué horror. Es salir en la tele y no me pregunten qué ha dicho: yo me quedo ensimismada (¿ensaimaismada?) mirándole la cabeza y haciéndome preguntas. En cuanto a Hillary pues, bueno, al menos se peina como un humano.

Les dejo, que vienen las noticias y no quiero perderme ni medio minuto de esta recta-final de la fiesta-de-la-democracia americana. Me interesa muchísimo la opinión de todos los tertulianos y sus sabios conocimientos, en especial cuando, con tanta sagacidad como prudencia, analizan los resultados en clave nacional. Nacional de España. ¿Será que ellos también leen el Sentinel?

Será.

 

El primer semáforo madrileño.

semaforo-alcala-hoyLeo el pasado sábado un artículo en prensa sobre el primer semáforo que se instaló en Madrid, en la confluencia entre Gran Vía y Alcalá, hace la friolera de 90 años. Para mí que se trataba de un artículo rescatado de un cajón, porque la fecha exacta en la que se instaló ese primer semáforo es un 17 de marzo y el artículo se publicaba un 11 de septiembre. Se me ocurrió pensar que era una verdadera lástima que no coincidiera la fecha. Sería maravilloso que los madrileños pudiéramos salir ese día, precisamente ese, a celebrar el establecimiento de normas sencillas de convivencia entre coches y peatones y a conmemorar un símbolo de progreso. Incluso podríamos quemar alguna bandera a cuadros para declararnos en contra de las carreras desaforadas de coches, o una bandera de Ferrari para demostrar nuestro compromiso en contra de las desigualdades. En todo caso, se trataría de recordar la victoria de los cultivados ingenieros frente a los tradicionales guardias de gorra, porra y pito, una idea tan romántica como cualquier otra de esas que se celebran en provincias.

Y es que antes del primer semáforo, el tráfico se regulaba con guardias y las desgracias estaban a la orden del día, o al menos eso nos dice el artículo. Y también que la instalación de aquel primer semáforo supuso todo un acontecimiento entre la gente, si bien la prensa de la época tituló “gran regocijo del público”, no sabemos si porque todavía no había gente o porque este concepto ya era antagónico con el regocijo.

Poco más de una semana antes de leer el artículo, yo había cruzado ese mismo semáforo con mi amiga Maitena sins aber esto que les cuento después de una pequeña discusión sobre si se debían cruzar los semáforos cuando estaban en rojo o cuando no venían coches. Ella lo zanjó con una pregunta lapidaria: ¿Vas a hacerle más caso a un muñeco programado que a lo que racionalmente comprendes en cada momento? Yo, sin saber muy bien qué contestar, me fui por los cerros de Pekín, pero ahora tendría una respuesta estupenda: sí, le haría más caso, porque este semáforo tiene más años que yo.

PS: Enlace al artículo

Fotografía del primer semáforo de Madrid que se instaló entre las calles Alcalá y Barquillo en 1926

Fotografía del primer semáforo de Madrid que se instaló entre las calles Alcalá y Barquillo en 1926

Síndrome postvacacional

El síndrome postvacacional es como El Almendro, que vuelve a casa cada año. En el caso de los turrones, vienen por Navidad y en el caso de los turrados se presentan a primeros de septiembre, justo cuando las vacaciones se han terminado para la mayoría. La mayoría somos usted y yo, y si me apura soy yo sola. Cuestión de calidad, porque ¿a quién le interesa la minoría cuando se te han acabado las vacaciones?

La desconsideración con el prójimo es lo menos que te puede pasar con el Síndrome postvacacional. La supuesta enfermedad va desde una languidez melancólica que te impide querer o no querer, he ahí el dilema, hasta una subida de gemelos al encender el ordenador, pasando por muchos insomnios y casi ningún desvelo, porque se te acabaron las vacaciones y ya nada te importa. Ah, la vuelta de vacaciones, qué dura es.

Lo que también vuelve, junto con el síndrome post vacacional, es el experto de la radio que lo explica, el programa de televisión que lo trata y el articulista que lo comenta. O sea, que una de las características del síndrome postvacacional es que, de no existir, estaría ya inventado.

En realidad y si se paran a pensarlo detenidamente, el síndrome postvacacional es un artificio, un macguffin social. Es poco menos que mucha pereza y poco más que algo de calor, y lo uno te lo quita tu jefe en un par de minutillos y lo otro te lo curas cogiendo el agua de la nevera. El colmo de la ñoñería es llamarlo “síndrome” y sanitarizarlo -perdón por el barbarismo. O sea, tomarse en serio la palabra síndrome y creer que los bostezos matinales revelan indudables síntomas de depresión. Pero vamos a ver ¿Conocen ustedes a alguien que se haya curado de una depresión el viernes siguiente al lunes en el que le fue diagnosticada?

Y les he hablado del colmo de la ñoñería, que es impostada, pero luego está el colmo del autoengaño, que es real y resulta conmovedor. Hablo de los que vuelven un jueves para evitar pasar el lunes y que de todos modos pasarán el lunes, aunque sea el siguiente, porque los lunes siempre vuelven y porque, en el fondo, preferirán pasarlos aunque sólo sea para comprobar que siguen vivos y que conservan todavía su trabajo. Eso sí, cada año tienes que soportar sus explicaciones sobre el imaginario muletazo al calendario, mientras el síndrome postvacacional se apodera de ti hasta el punto de pensar que de verdad lo sufres y que tenía razón el experto de la radio.

En fin, vivimos en una sociedad con tendencias suicidas y que sólo sabe mirar vasos medio vacíos. Casi nadie repara en que uno vuelve de vacaciones con buen color, con la mente despejada, con el cuerpo cansado pero lleno de nueva energía y atesorando vivencias que se convertirán en extraordinarios recuerdos con el pasar de los años. Ya, ya sé que me he pasado con lo de atesorar vivencias, pero es que a mí el síndrome postvacacional me impregna de inquietudes líricas. Qué le voy a hacer, si casi no hay puentes de aquí a Navidad.

Volví el lunes y mañana es viernes. Lo dicho: un macguffin.

Gracias, Del Bosque

Gracias, Del Bosque.

Una vez dicho esto -que parece que es lo único que se puede decir cuando se cita a este señor-, espero que se vaya de una vez y deje paso a otro con mejores ideas. O con alguna. Aunque no sé yo, porque Vicente del Bosque tiene un defecto españolísimo, que es no saber irse cuando se está arriba y se ha cumplido, y así dejar paso a otro. También es un defecto muy corriente en nuestro país no ver las lucecitas amarillas cuando se tiene el primer fracaso después de la gloria. A la postre, Don Vicente se ha revelado como alguien sin inteligencia para renovar nada, sin personalidad para arriesgar y sin perspectiva para comprender que esta selección se acabó después de 2012.

Dice que ha llevado a gente nueva y sí, pero luego no los ha puesto a jugar. Seleccionaba “por respeto”, “por cariño”, “por todo lo que nos ha dado”, y eso no es un criterio para una selección que no va precisamente por amor. Casillas, Silva, Fábregas, Iniesta y Ramos estaban ya en la Euro 2008. Hace 8 años, toda una vida en fútbol. Busquets, Piqué y Pedrito fueron al Mundial, y éste último hasta se ha dado el lujazo de protestar porque no jugaba: «a lo mejor no vale la pena venir aquí sólo para hacer grupo». Pues sí: a lo mejor había algún jugador en mejor forma y con más partidos en la temporada. En vez de ponerle en el primer avión de vuelta, le sacó a que “salvara” el resultado en el último partido. Telón para la opereta de Don Vicente, el señorío y el garrulo engreído.

Hacer grupo. No es ninguna tontería en un equipo de fútbol, no crean. Al revés, pienso que es algo importantísimo. Pero miren: Luis Aragonés no tenía grupo, y lo construyó. Porque el grupo se construye con motivación, no con cariños paternalistas, lealtades abotargadas y deudas personales. Y la motivación se obtiene cuando te llevan por tu papel en el césped, no en una alfombra del teatro Campoamor. Y cuando tu entrenador es el primero en estar motivado, o al menos con más motivación que un koala después de comer.

¿Qué decir del papanatismo de los periodistas deportivos y del mainstream? Aparte de la caspa que les sale a borbotones del micrófono, aquí no se oye ni una mala crítica, salvo muy honrosas excepciones. Sin embargo, yo creo que se puede y se debe criticar. Porque con la crítica se envían alertas, y porque el exceso de halago debilita. Poco favor y servicio han hecho esos periodistas pueblerinos que sólo saben exigir respeto por el pasado, sin comprender que la exigencia debe mantenerse para el futuro. O al menos para el presente: se lleva a un jugador por lo que te puede aportar, no por lo que aportó hace dos años.

En fin, mi decepción y melancolía ya viene de lejos y lo escribí en estas dos entradas hace tiempo (click y click). Del Bosque, un señor al que admiraba, me ha desenganchado de la selección y hasta me ha quitado las ganas de reirme un rato con ustedes. Aunque de esto último no hay que preocuparse: seguro que el porvenir le pone remedio.

 

Te quiero a pesar del Brexit

Leo hoy en el periódico lo siguiente:

Una niña de 6 años pide matrimonio al Príncipe Enrique de Inglaterra

«Me quiero casar contigo. Quiero ser princesa», son las palabras que la pequeña Lottie, de 6 años, dirigió al Príncipe Harry durante su visita a un centro educativo en Manchester (…). La simpática proposición de la niña no ha pasado desapercibida y ha sido reproducida en los medios británicos precisamente cuando el país estaba a punto de jugarse su futuro y el de la Unión Europea con el referendum sobre el Brexit. El hijo menor del Príncipe de Gales, que aun sigue siendo uno de los solteros más cotizados del Reino Unido, contestó a la niña: «Tú no querrás eso. Hay mucha diferencia de edad. Has leído demasiados libros»

¿Precisamente? ¿Por qué precisamente? ¿Qué tiene que ver el futuro de Lottie con el futuro del Reino Unido? ¿Significará que los medios ingleses deberían haber esperado al resultado del referendum para contar la historia de la niña Lottie? ¿O es que también querrán someter a referendum el matrimono del Prince Harry? No lo sé, pero ese precisamente me perturba.

¿Y qué me dicen de la respuesta de Harry? Es confusa, y mucho. ¿Cuál es la verdadera razón para descartar la proposición? ¿Que hay mucha diferencia de edad o que la niña lee demasiado? ¿Quid de los gustos de la pequeña Lottie? ¿Y de los gustos del Príncipe?

Por cierto ¿Lottie es diminutivo de Lottery?