Pongamos que hablo de Madrid

CibelesTengo una punta de trabajo en estos días que me saca literalmente del mundo (aunque no de la realidad, qué más quisiera) y eso ha tenido un efecto medio benéfico, como es que apenas he sufrido la campaña electoral. Eso que me he ahorrado. El domingo, sin embargo, sí seguí los resultados de las elecciones. Y me chocaron algunas cosas.

La primera es que “con la que está cayendo“, aquí ha ido a votar menos de la mitad del censo.  ¿Cambiar? ¿Qué se va a cambiar, en concreto? Resulta que hemos elegido a 67.600 concejales y casi 1.000 diputados autonómicos, además de diputados provinciales a cascoporro, cabildos, y no sé cuántas administraciones más intermedias. Mucha peña metiendo la mano en sus impuestos, que sólo tienen control cuando se recaudan. Y nadie, ningún partido, habla de eso. Ni ningún salvapatrias, ni ningún tertuliano. Ah, sí, a veces lo denuncian los liberales, esos demonios culpables de todo lo que nos pasa. Pero unos por desinterés y otros por ingenuidad (o ignorancia, según), al final va a resultar que sí nos representan.

La segunda cosa que me dejó flipada es la relevancia que se ha dado al resultado en el Ayuntamiento de Madrid. No en la Comunidad, no: en el ayuntamiento. Son elecciones municipales, no se vota por la paz en el mundo, creo yo. Pero viendo la tele, parece que lo que pasara en Madrid cambiaría la vida de un señor de Cáceres. Un absurdo. Hoy un alcalde puede convertir tu vida en una pesadilla (y en cuanto a la Comunidad autónoma, ésta gestiona -fija, recauda y gasta- la mitad del IRPF). O sea, que quien gobierne en Madrid le da exactamente igual a un tio de Cáceres (sin saber yo quién gobierna Cáceres), pero aquí tienes a los españoles celebrando (o llorando) por los resultados de la capital. Yo, personalmente, me cambiaba por uno de Cáceres (sin tener ganas de ponerme a mirar, definitivamente, quién gobierna en Cáceres).

Una tercera cosa asombrosa es la distinta percepción en la consideración de los resultados. Una mayoría parece que no es la misma mayoría si se da en una comunidad o en un ayuntamiento que en otro.O sea, que el primero no es el primero en todas partes. Y sin embargo, son los mismos números, iguales porcentajes, nada más objetivo. Es verdad que no es lo mismo el que parte de cero que el que retrocede, pero una vez elegidos, eso ya da igual. Se ve que no, y que viva el eslogan y los inventores de la democracia propietaria.

Y de fondo, la sentina de la política de pactos. Lo que debería ser una buena noticie (que hablen, coño, que se pongan de acuerdo en algo por una vez como hace la gente normal), se ha convertido en un chalaneo putrefacto. El gran guiñol sigue en marcha sólo que ahora gritan menos, aunque el nivel de disimulo, de osadía, de propaganda y de mentiras sigue intacto. Donde dije digo digo diego, tú me dejas gobernar aquí y yo pacto contigo allá; tú eras casta, pero ya menos; huy, se me acaba de olvidar que eras un nacionalista malvado; dos y tres son cinco y hay que echar a ese fulano como sea, aunque tu programa y el mío se parezcan lo mismo que una jirafa y una lombriz… el teatro de la política, que es distraernos mientras se dilapida nuestro dinero, gastar lo que es de todos, o sea, lo que no es de nadie, poner normas hasta para cambiar las sábanas, porque hay que legislar como si no hubiera un mañana aunque esas leyes no sirvan ni para envolver sardinas. Nada ha cambiado y nada cambiará, salvo que nos subirán los impuestos otra vez, que eso no me entretengo yo en dudarlo ni medio segundo.

¿Y Madrid? Pues aquí seguimos, con las calles con más mierda que el sobaco de un mono pero marquesinas nuevas. O sea, que ya llevamos bastante, no se preocupen que de peores hemos salido. Usted mejor preocúpese de sus inútiles locales, que a lo mejor también le da para unas cuantas risas a su propia costa. Porque de esta tómbola, amigo, en España no se libra nadie.

Una votación normal

gloria MadridLo extraordinario hoy no estaba en la tierra, sino en el cielo de Madrid. Pero abren los telediarios diciendo lo de siempre: “jornada de elecciones en la que hay que resaltar la normalidad y la ausencia de incidentes”. Luego también se dirá la imbecilidad esa de “la fiesta de la democracia” y lugares comunes muy del gusto de quién, en realidad, no tiene nada que decir. Pero lo que más me molesta es lo de la “normalidad”. Pues claro. ¿Qué se creen que es esto? ¿Somalia?

La vida real, el mundo real, las relaciones reales, lo cotidiano de nuestras vidas no son las tertulias, ni los parlamentos, ni el tuiter. La normalidad del mundo en el que vivo – al menos mi mundo – es que cada uno piense lo que quiera y vote lo que quiera. Y cualquiera que vaya a un colegio electoral sin una cámara en la mano, ni con el objetivo de colocar un mensaje y que le graben, ni con el cerebro podrido de consignas y de instrucciones políticas, aquel que vaya sin otro interés que el de votar se dará cuenta de que la democracia y la tolerancia está mucho más y mejor instalada en la vida real que en ese teatro de marionetas que es el parlamento, y sobre todo las tertulias. La tolerancia y el dejar vivir es más real en nuestra sociedad que el griterío del tuiter, de las televisiones comerciales en la que lo mismo da una pedorra que un político, o que esas manifestaciones de cuatro gatos gritando por sus habichuelas y sus propios intereses (nunca por el cocido o por los intereses de los demás, no se engañen).

Nunca llevo la papeleta de casa y nunca me he metido en una cabina, en la que por cierto, nunca he visto a nadie meterse. Las papeletas están ahí, a la vista. No veo a nadie coger varias para disimular el voto, y tampoco veo a nadie fijarse en lo que cogen los demás. Llegas, miras a ver dónde está aquella papeleta con el candidato al que has decidido votar, la coges con naturalidad y ya en la cola la metes en el sobre. Y claro que no pasa nada, faltaría más. No hay vergüenza, no hay miedo, no hay prevención de ningún tipo, no hay coacción. Aunque siempre he pensado que si alguien me dijera algo por la papeleta que cojo, la que terminaría en comisaría sería yo porque le haría comerse un zapato, sin quitarle los cordones. Pero no ha habido caso, ni lo espero.

Hay barullo, sí, pero civilizado. Sólo faltaba. La gente se cede el paso, el anciano con el andador, el padre empujando el carrito del niño, la señora en silla de ruedas ayudada por quien parece su hija, perdone, me permite, como en cualquier lugar con  mucha afluencia en la que todos van a lo mismo. En donde, sin consignas, entendemos que habrá que esperar, habrá que ceder, y habrá que intentar no estorbar. En mi caso, además de todo, tengo que darme prisa, porque Curra está ahí fuera esperando.

Naturalidad, normalidad, lo natural, lo normal.  Pues claro. Como en todas las elecciones. Y estas no son tan diferentes.

Lo extraordinario en Madrid hoy no estaba en la tierra sino en el cielo. Mañana ya veremos, pero ya será otro día.

 

El embate y el envite

Duples Reyes CaballosVolvía a casa oyendo la radio cuando he oído algo referente a resistir un embate. No sé de qué hablaban – no escuchaba realmente – pero me ha sonado raro, y eso que es una frase muy corriente. Me ha venido a la cabeza la expresión resistir un envite, que también supongo que se puede decir en la acepción de ataque. Pero si tomamos envite en la acepción de apuesta, resistirlo es decir lo contrario de lo que se quiere decir. Creo. Un envite (una apuesta) no se resiste. Un envite se desprecia, se niega, se rechaza, pero no se resiste. Porque resistir un envite es en realidad aceptarlo. O eso me parece.

Los envites en los que tengo experiencia provienen del mus. Maravilloso juego que por cierto domino, siendo yo la mejor jugadora entre mis conocidos (y entre mis desconocidos, al menos en el planeta Tierra). Si te envidan puedes decir no quiero, pero en ese caso no resistes, sino que huyes, o eres prudente, o estás echándote el farol en la grande para pillar al contrario en los pares y darle el palo. También puedes decir quiero, o doblar la apuesta (me encanta lo de envido más) o decir que hasta cinco, o lanzar un órdago. Y me parece que es entonces cuando empieza tu resistencia. Y luego, cuando se levantan las cartas, ya se verá quién ha ganado, y por tanto resistido mejor el envite. En mi caso habré ganado yo, que para eso soy la mejor jugadora del mundo.

Lo del embate es otra cosa. Resistirlo es ponerse contra él, no aceptarlo, no acogerlo. Es quedarse quieto, parado, esperar mientras el mar embiste. El embate es más violento, más brutal, bumba, hala, agua va. Qué horror. Mucho más fino lo del envite, dónde va a parar. Cuatro cartas, un cigarrito, una copilla de pacharán, y dices “quiero” mientras miras con elegancia a tu adversario. Y ahora me lo comparan por favor con el estruendo de una ola encabronada que te deja completamente desmadejado y empapado en salitre.  El horror, el horror.

Y sin embargo, volviendo al principio del post, cualquiera diría que resiste el que no acepta un envite, el que se queda quieto, parado, el que no no acoge y lo incorpora en sus cartas, en su juego. El que no juega con él.

¿Resistir el embate? Bah, a la mano con un pimiento…

Una sede para trabajar

facebook03Leo que Facebook ha inaugurado su nueva sede en California, un espacio de 40.000 metros cuadrados al borde del mar en el que van a trabajar unos 3.000 empleados. La sede es un gran espacio abierto, sin despachos, con techos muy altos, y en el que el empleado tiene cocinas y entiendo que comedor, máquinas de vending subvencionadas, salas recreativas, campo deportivo, y supongo que también gimnasio y guardería. También leo que la cosa ha costado unos 17.000 millones (ahora no sé si de dólares o de euros, pero con esa cifra casi que ya da igual la moneda). Y a mí me parece muy bien.

Algunos empleados han empezado ya con las quejas, no faltaba más. Que si falta de intimidad, que si el ruido y que si los graffiti no son todo de su gusto. Hay gente para todo, pero a todo te acostumbras, eso también es seguro.

En España (y en otros lugares) hay sedes de ese tipo, aunque no las diseñe Frank Gehry. Lugares en los que se trata de ponérselo cómodo a los empleados, y hay cantina con precios subvencionados (y comida mas sana que esos restaurantes de fritanga repugnantes de menú que proliferan cerca de las oficinas), y cuando menos te lo esperas te encuentras con un saloncito en el que ver un rato la tele, o una mesa de futbolín o un espacio wifi, o un fisio o un servicio de farmacia. Cada empresa, en la medida de sus posibilidades, trata de facilitarle la vida al empleado y hacer un espacio agradable para trabajar. Y no es criticable creo yo, más bien al contrario. Otra cuestión es que nos guste el color de las paredes o que prefiramos coger el coche para irnos a comer lejos. Eso ya va en gustos o en el tiempo que quieras dedicar a eso.

Pero siempre encontraremos al que nos dice que si es todo una engañifa para encerrar ahí a los trabajadores y explotarlos, poco menos que alegrarse de trabajar en un sitio así, o envidiarlo, es estar muy alienado. “Te lo ponen chulo para que no salgas de ahí en el puto día”, decía uno ayer. Ay, Jesús, válgame. Para hacer una jornada de trabajo de 8 horas nada mejor que trabajar en un polígono de mierda, con paredes resquebrajadas, ventanucos llenos de polvo, luz eléctrica todo el día y restaurantes con cucarachas en los alrededores. En esos casos, sales a echar no un pitillo, sino una cajetilla. También está fenomenal un edificio emblemático en el centro, que te pilla a una hora en metro de tu casa (el coche es impensable), en el que los restaurantes cuestan 15 euros, y en el que al abrir una ventana el ruido es infernal, aparte de que las instalaciones eléctricas son un asco, por no hablar de que se amplíe la plantilla y ya vamos todos bien apretaditos. Eso sí, va muy bien para salir de compras cuando acabas, después de estar ahí dentro “todo el puto día”.

Todo tiene ventajas e inconvenientes, y no hay un lugar perfecto para trabajar. Yo siempre he dicho que me gustaría ir a trabajar en ascensor, porque si hay algo que me da pereza es ir y volver. O caminando, también me encantaría. Y me gustaría mucho tener cantina en el trabajo, con ensaladas ricas y cocina higiénica. Y tener ventana que se pudiera abrir y que oliera a césped recién regado. Y un criado que me abanique, ya puestos. Y una china que me haga la pedicura mientras hablo por teléfono. Una conferenscol, eso. En realidad, y ahora que lo pienso, me gustaría estar descalza mientras trabajo. Pero mejor no imaginarlo: la alienación me invadiría.

Qué cosas.

Advertencias y amenazas

Estoy en mi casa y en el patio hay un helicóptero. El ruido es insoportable, suena muchísimo. Estarán vigilando a los de la Juve, o a los del Madrid, o yo qué sé, porque en el patio de mi casa no se juega ningún partido, pero ahí está, dando vueltas y vueltas.

Tal vez no sea uno solo, sino una docena de helicópteros. El ruido es insoportable. ¿Ya he dicho eso? Creo que sí. Este helicóptero que está sobre mi cabeza no es como esos helicópteros que se dedican a cazar conductores, que ni se ven, ni se oyen, ni se entienden. Pero es que esos helicópteros lo que quieren es pillarnos, y estos que yo tengo hoy sobre mi cabeza lo que quieren es disuadirnos, y de ahí el ruido. Eso o que el piloto no ve bien de lejos. O tal vez se trata de un piloto juguetón que se dedica a esquivar antenas en su tiempo libre.

Esto de la disuasión tiene su aquel. Los gorilas se dan golpes en el pecho y los leones rugen para disuadir. Los helicópteros vuelan bajo para que los oigamos. Nos decimos: hay helicópteros, no hagamos gamberradas o nos verán. Pero el efecto disuasorio es un espejismo, porque en realidad el helicóptero no puede hacer nada más que avisar, eh, hay dos pandillas que se están liando a mamporros a las puertas del Bernabéu, y las dos pandillas tienen tiempo para escapar hasta que llegan los polis de a pié. O los polis a caballo, que también disuaden lo suyo, aunque son mucho más silenciosos. Y más románticos, ya puestos.

En realidad, los efectos disuasorios son una advertencia, no una amenaza. El helicóptero que sobrevuela mi casa ahora es una advertencia para que yo no provoque algaradas, pero el helicóptero que espera pillarme cometiendo una infracción de tráfico es una amenaza. Y sin embargo, la percepción es justo la contraria. Probablemente por el ruido. O por la prensa, vaya usted a saber.

Y de todos modos, advertencia, amenaza, disuasión o rugido, detrás siempre encontrará a un gorila administrando la advertencia, la amenaza, la disuasión o el rugido. Naturalmente, por nuestro bien, que es el bien público, un bien que es absoluto por público, no por bien. Pasen una buena tarde.

 

Canalizar

Canalizar es una palabra preciosa. Tú dices canalizar y… bueno, no, no voy a seguir por ahí porque realmente no sé de qué palo vas y no sé lo que pasa por tu cabeza cuando dices canalizar. Recommençons. Cuando yo digo canalizar, lo que me viene a la cabeza es una enorme corriente de agua y un tubo, no necesariamente cerrado. Puede ser un medio tubo, lo que viene a ser un canalón, o sea, un canal, y de ahí canalizar. Equilicuá.

Una masa de agua, brava o tranquila, un torrente o un remanso, una cantidad enorme o pequeña, pero en todo caso una masa de agua algo descontrolada. Agua random, un peu partout, que va a su aire aunque sea agua y va a su bola aunque esté extendida. Yo prefiero pensar en algo salvaje, espumoso, indómito y rugiente. O sea, agua a lo bestia. Es el caos, el desorden de la fuerza y de la libertad. Yo prefiero pensar cuando imagino, aunque eso es otro post.

Y de pronto, canalizar. Y entonces todo eso que no controlas en absoluto se domestica, se domina, se domeña, todo eso se vuelve manso, se sujeta, se somete y se conduce. Es maravilloso. De pronto la paz, la calma, el silencio, el orden, la tranquilidad. Canalizar entonces te proporciona un contraste que, por ser contraste, revela dos mundos maravillosos que, si se saben alternar, le dan mucha vidilla a la vida.

Pero amigos, no siempre puedes canalizar todo el agua. Te dices que a las malas, haces un canal más grande pero quizá no tienes los recursos para hacer un canal tan grande, o tal vez no tienes el espacio para ponerlo, que todo puede ser. Así que de pronto, te encuentras con medio canalizar. O canalizar a medias. Una chapuza, vaya. El verbo ha dejado de ser bonito.

Y ya no digamos cuando te sales de la naturaleza, o mejor dicho, cuando te olvidas del agua, que todo lo limpia. Entonces, no hay duda, dices canalizar y se acabó la poesía.

 

Canalizar horror

 

 

Hormigas en primavera

Y otro año más, con la primavera, las hormigas se despiertan en el campo. Ya les conté en octubre cómo habían construido los hormigueros para encerrarse allí todo el invierno. Se meten ahí todas en octubre, se tapan, y hala, a respirar. Debe de oler ahí dentro que ni te cuento.

Mi tía se preguntaba qué harían si se muere alguna durante el invierno, cuando el agujero está tapado para que no entre el frío, la lluvia y la nieve. Ella es partidaria de que se la comen, que tampoco van a echar a perder un trozo de carne por un quíteme ahí esos canibalismos, pero yo creo que las dejan momificarse, o incluso que las usan de masilla para las paredes. No sé qué me resulta más asqueroso, así es que hemos convenido en pensar que las hormigas no se mueren en invierno, sino sólo en primavera, cuando un perro organiza un terremoto en toda regla. Algo así:

 

En todo caso, cuando llega la primavera deben de estar caninas, porque las ves muy activas. Mucho más que en verano. Famélicas, no se paran ante nada y han vuelto a entrar en mi cocina del poblachón, y ahí fui yo con la silicona, a tapar el agujerito que habían hecho, pero esta vez no me pillaron de muy buen humor y no esperé a que se fueran. Organicé un safari en toda regla y maté unas 20 ó 30, negras, pequeñas y bastante tontas. Creí que había acabado con ellas, pero hoy he vuelto a encontrarme a dos de paseo a la hora del desayuno. Y ya se sabe que cuando hay una hormiga, detrás viene el regimiento completo. Para mi estupor, esta vez no habían hecho un agujerito, sino que se estaban colando por una de las rejillas del gas. He tapado la rejilla y dedicaré esta semana a pensar qué hacer, aparte de comprarme un salacot, que una no va a irse de cacería vestida de cualquier manera, aunque sea en la cocina de su propia casa.

Bueno, al menos la buena noticia es que las que vienen a casa son negras y no parecen agresivas, sólo un poco hambrientas. No como otras…

Canciones de amor a quemarropa, de Nickolas Butler

caniones a quemarropaPrimero de mes, toca post del libro del Club de Lectura. También conocido como club de Tortura, sobrenombre que empieza a venirle corto. Como corto va a ser el veredicto, que se lo hago en una frase: Miren, no se lo lean, no vale la pena. No se lo lean porque este libro, no tengo ninguna duda, tendrá ya vendidos los derechos para que hagan un telefilme de mierda que luego ustedes se encontrarán cualquier domingo a la hora de la siesta en Antena 3, Telecinco o en cualquier canal de televisión hortera y de baratillo que sintonizarán para que cubra de rumor sus dulces sueños. Así es que no pierdan su tiempo y su dinero leyendo esta bazofia: aficiónense a la siesta y matarán dos pájaros de un tiro.

Canciones de amor a quemarropa cuenta la historia de un grupo de amigos de un pueblo perdido en Winsconsin, un pueblo de mierda, en donde hace un frío de pelotas en invierno y en el que no hay nada que hacer más que cotillear y ordeñar alguna que otra vaca, además de pasar el tiempo viviendo una vida que te hace pensar que Dios, el quinto día, creó la marihuana para fumarse un peta el sexto día de trabajo. La historia sobre la vida absurda y estúpida de estos ñoños nos la van contando los cinco por turnos. Los capítulos van entonces nombrados con la inicial del nombre de cada uno: Kim, Lee, Beth, Harry y Ronnie, escriben capítulos nombrados como K, L, B, H y R. Como verán, es un detalle originalísimo. Es lo que tiene la literatura de BurgerKing: ponen esas cosas para que la gente pueda decir que el libro le ha dado que pensar.

¿Conocen ustedes la película Fargo? Bueno, pues estos amigos son como la policía y su marido. Mismo rollo americanos de la América insustancial, aburrida y sin el menor interés, de vocabulario escaso e ideas cortas. Dos de ellos se casaron y no han salido del pueblo más que para ir al pueblo de al lado. Otro se hizo rico en Chicago en la bolsa de futuros y luego vuelve al pueblo para rebozarse en el terruño y sentirse amapola; hay otro que se alcoholizó montando vacas en rodeos hasta que se dio un porrazo que le dejó idiotizado perdido. Y el último es un cantante como de música country que ha tenido mucho éxito y que una se imagina como un plasta con una guitarra dando mucho el coñazo y cantando bobadas muy sentidas, con su guitarra, siempre con su guitarra, lalalaaa. Y el libro cuenta la historia de todos ellos, sus relaciones, sus historias infantiloides y absurdas y sus rollos imbéciles que no interesan a nadie. Los personajes son previsibles e imaginados para lectores adolescentes, el estilo no puede ser más cargante, pastoso, cursi y vulgar, y los cambios de narrador sólo sirven para constatar la falta de talento del autor, una verdadera piltrafa.

La historia no puedo decirles de qué va porque no me he enterado, no he encontrado algo que me interesara un poco. Te van contando sus pequeñas batallitas de pandilla de pueblo, todo muy de andar por casa, sin ninguna intriga, ni el menor interés, sin que la historia camine hacia ningún sitio. Y miren, ayer al acostarme estaba al 70%, y podría haber hecho un esfuerzo, pero consideré que ya llevaba bastante: hay mucho para leer como para perder el tiempo con estas bazofias, literatura de supermercado, libros de baratija, infames mierdas escritas única y exclusivamente para que alguien compre los derechos y haga una película, mamarrachos que ni escriben, ni imaginan, ni inventan, ni hacen soñar, ni distraen, ni sirven para otra cosa que para rellenar estanterías. Si estaba hasta la pinza al 70%, el último tercio de libro no iba a arreglar nada y opté por leer otra cosa, que la vida es corta y la literatura amplia.

Y como para gustos los colores, ahí les dejo, como cada mes, los enlaces para que lean otras opiniones. Las encontrarán en La mesa cero del BlascoDelenda est CarthagoLa originalidad perdida y en el blog de Bichejo. Y a lo largo del mes, en el blog del club o escuchando nuestra tertulia en nuestro podcast (que tenéis señalado en un apartado en la columna derecha de este blog). Y hasta el mes que viene, a ver si hay algo más de suerte.