Lady Di hace veinte años

Hace 20 años, cuando Lady Di se mató en el Pont de l’Alma, era sábado de madrugada y yo estaba en una discoteca en el poblachón. Me enteré por mi amiga María Angeles y todavía no sé cómo se enteró ella, aunque supongo que habría venido a la discoteca de otro bar en coche y por el camino encendió la radio. Nunca se lo he preguntado, no lo recuerdo y no tengo ninguna otra explicación para una época sin Facebook, ni WhatsApp, ni Twitter. Móviles sí llevábamos, eso sí, aunque no creo que Buckingham Palace le enviara un SMS: quién sabe si todavía no estarían durmiendo.

Cada vez que se habla de la muerte de Lady Di yo me acuerdo de Maria Angeles contándoselo a todo el que la quería escuchar, a unas horas y en unas condiciones etílicas que se prestaban a cualquier cosa menos a la truculencia del cuore. Mi imaginación ha reconstruido el recuerdo y ahora parece que la veo dando gritos y clamando porque nadie la creía (“que es verdad, tía, que Ladi Di se ha matado en París, qué fuerte”), y yo me veo con una copa en la mano, quizá la última de esa noche, diciéndole que no se tenía que creer todo lo que se decía en la radio.

El siguiente recuerdo que tengo es en la piscina de un pueblo cercano (en el poblachón las piscinas públicas cierran religiosamente el 1 de septiembre) leyendo la prensa con todo el despliegue sobre el suceso y sobre la vida de la princesa. La manera de leer la prensa entonces no tenía nada que ver con los usos actuales, ni en lo que se refiere al lector ni a las coberturas, aunque el histerismo ante el strip-tease de según qué acontecimientos no creo que haya cambiado demasiado desde hace 20 años.

Lady Di siempre me pareció una lánguida, aunque después de separarse de Carlos de Inglaterra igual se espabiló un poco. O un mucho, tampoco seguí su vida como para ser capaz de saber si se le pasó la ñoñez poco a poco o de golpe. Lo que parece indiscutible es que su imagen mejoró mucho cuando alguien la convenció  para que se cortara el pelo bien cortado y mirara a la cámara de frente sin ladear la cabeza como si fuera un perrito de aguas pidiendo que le tires la pelota. Y lo que le convirtió en mito fue sin duda su muerte, que fijó su vida y la engrandeció: para convertirse en mito, por lo general se necesita vivir más y hacer más cosas. Pero es que los símbolos se construyen en el tiempo en el que toca vivir, no después. Creo.

En fin, creo que este fin de semana le pediré a mi amiga Maria Angeles que me ponga al día sobre Lady Di. Seguro que me cuenta cosas que no sabía, aunque no sean verdad. O sea, como la tele esta noche.

Arden fiestas

Como cada año, un año más. Arden fiestas en el poblachón y una se pregunta, mientras va a la plaza del pueblo tiritando de frío, que qué necesidad. Antes siempre nos perdíamos los fuegos porque a ver quién es el guapo que se pone a esperar a que den el chupinazo, con la rasca que hace y lo incómodo de la hora, que te pilla a medio cenar y no vas a dejar el chuletón en la mesa del restaurante para salir a decir oh. Pero desde hace unos años vamos a casa de Javi, que nos invita amablemente a cenar y a verlos desde allí. Y es muy cómodo, la verdad: oyes PUM a mitad de la croqueta, te metes el resto en la boca, te levantas, agarras la copa de vino y sales a la terraza a disfrutar del espectáculo. Y dices huy qué bonito, huy mira eso, huy las palmeras cómo me gustan, ¿eso es un cerezo?, pues sí, pues no, tal, yo creo que este petardo va a ser el último, ahí va, pues no, pues sí. Y luego ya oyes PORROM-POM-POM-PÓM, y te vuelves dentro a por otra croqueta, a por otro vino y a discutir si los fuegos de este año son mejores que los del anterior.

Y luego siempre alguien quiere bajar al tachunda. Y yo, que no tengo personalidad, me apunto. Yo no sé si me gustó alguna vez, lo del tachunda, tendría que pensarlo despacio. Una ya lleva mucha juventud y buena parte de la madurez yendo a la plaza del pueblo a ver a la orquesta, así es que probablemente algún año me lo he pasado bomba, no digo yo que no, que en fiestas ya se sabe que siempre te tomas una copa de más. Una o dos, no hay por qué llevar la cuenta, que para eso arden fiestas. Pero de lo que estoy segura es de que nunca, nunca, me ha gustado la orquesta. Mientras el público aplaude, yo me cruzo de brazos. Pienso que Gandhi habría hecho lo mismo. Resistencia pasiva y tal. Y por supuesto, por supuesto, nunca, en la vida, jamás, he bailado Paquito el chocolatero. Ni de coña.

Desde que tengo blog, mientras miro a la orquesta, pienso lo mismo: yo tengo que escribir una entrada sobre esto. Luego me da pereza, pero eso no quita que lo piense. Todos los años son intercambiables, aunque últimamente vienen grupos que hacen mucha profusión de video y de imagen. Es espeluznante. Y desde hace tres años o así nos invitan a escribir cosas en su muro de Facebook. Mira, en eso mi amiga Merche no tiene problema, porque no tiene Facebook, pero yo siempre estoy tentada de entrar y escribir ¡SOIS MALÍSIMOS! Luego se me olvida, pero la tentación va siempre conmigo.

Lo que no se me olvida en toda la semana es el pasodoble. ¿Por qué siempre cantan lo de Triniá, mi Triniá, la de la puerta real, carita de nazarena, por la virgen Macarena yo te tengo comparáaaaa? Madre mía, toda la semana con esto en el cerebro. Lo que yo digo: qué necesidad.

Ejercicio de estilo

(Seguro que tú, lector, comprendes desde el principio del texto el sentido del ejercicio. Si no, léelo con esmero, incluyendo el penúltimo bloque: entonces fijo que deduces el intríngulis del texto).

El ejercicio que nos propone el profesor consiste en escribir un cuento siguiendo instrucciones de Georges Perec. Eso nos dijo el profesor, que lo citó en recuerdo del libro Ejercicios de estilo. En este libro, nos dice, Perec escribió el mismo cuento sirviéndose de cien estilos diferentes. Cien o un número próximo, no sé. Pero, mis queridos lectores, el libro en cuestión no es de Perec, sino de Queneu (¿se escribe Queneu? No lo recuerdo en este momento, luego lo consulto).

Este Queneu (después veré si decido escribir bien su nombre), es uno de los escritores que constituyeron el Oulipo, junto con Bens, Bergé, Lescure y otros. Este grupo, estudiosos del estilo y los experimentos retóricos, hicieron célebres muchos retos lingüísticos entreteniéndose con lo que describieron como inconvenientes o constricciones. Esto les sirvió como motivo de juego y les permitió ofrecer los pormenores de sus métodos entre el público. Pero este no es el ejercicio. El ejercicio consiste en escribir de nuevo el cuento con un estilo inédito. Voy, pues.

Resumiré el incidente del siguiente modo: un tipo sube en un bus y se enfurece porque otro hombre, por el impulso del motor, le dirige un golpe sin querer. El primero exhibe su enojo, como digo, pero no con mucho ímpetu. Y no surte ningún efecto, pues, entre murmullos, decide seguir en el bus e incluso se pone cómodo en un sitio próximo, desde donde se puede percibir que tiene un mosqueo de mil demonios.

Si quiero concluir el ejercicio propuesto, debo referir que el que ve el suceso (el que escribe) se encontró con el mismo señor del bus (el que entró en el bus y recibió el golpe) unos minutos después en un edificio donde se detienen los trenes con el fin de recoger productos o seres vivos. Los trenes sirven lo mismo en los dos supuestos, si bien los coches del tren son de distintos modelos y tienen diferente distribución. Pero no quiero perder el hilo, continúo con el cuento. El hombre del bus, vestido con un sobretodo por protegerse del viento y el frío, se juntó con un tercer hombre, desconocido, que le indicó con el dedo un botón del sobretodo. Y termino: tengo que decir en el texto el nombre con el que se conoce el edificio de los trenes. No es ningún misterio, pero yo les propongo descubrirlo por ustedes mismos: el nombre viene en recuerdo de uno de los siervos de Dios, un hombre con el que Jesús obró el prodigio de revivirlo después de muerto y que por eso le hicieron bendito.

Creo que es todo: en este punto puedo concluir el ejercicio. ¿Puedo?

Como digo en el principio de este suelto, el ejercicio que nos exige el profesor es de Queneu (seguro que no se escribe de este modo), si bien el profesor lo pidió de Perec. ¿De quien entonces me inspiro? Yo, queridos lectores, soy obediente y, como ven, hice lo de “Queneu”. ¿Debo poner tintes de Perec en el texto? ¡Eso intento!

Este escritor, Georges Perec, tiene un célebre ejercicio de estilo que usó en su libro El secuestro. Lo sugestivo de este libro no es el suceso de ficción que describe: lo difícil es que evitó poner “e” en todo el libro (ciento y pico folios). Y eso he hecho yo. Pero viniendo de donde vengo y viviendo donde vivo, no poner “e” en un texto no tiene ningún mérito. Entonces he elegido otro reto: he eludido escribir el primer signo de nuestro léxico, eligiendo términos y expresiones que no lo contienen.

Y por eso he ido y venido en el texto, (que por cierto es un rollo), ¡mil rodeos y giros he tenido que emprender con este puto ejercicio de estilo! En fin (suspiro), pobre “Queneu” y pobre Perec, espero que desde el cielo me perdonen. ¡Vive Dios que el ejercicio es difícil, coño!

Desamistar y unsuscribir

GOODREADSSólo tengo una amiga en Goodreads, que es MG. Y la tengo porque sé que le hace ilusión: a ella le encanta tener amigos en todos los sitios, aunque los repita de unos sitios a otros. ¿Que qué es Goodreads? Pues una red social de lectores en donde anotas tu biblioteca y tus lecturas y comentas libros. Yo he abierto una cuenta para meter ahí los libros que me quiero leer, simplemente. ¿Les parece una tontería? Es posible, pero si echaran un vistazo al caos que reina en mi librería les parecería una sabia decisión. También sería una sabia decisión dedicar una mañana a poner orden, y ya el colmo entre las sabias decisiones sería ampliarla, pero eso es algo que me da todavía más pereza. Algún día les hablaré de esto, de librerías y baldas. Tengo incluso un cuento escrito, pero ahora me centraré en lo que he venido a contarles, que todavía no sé muy bien qué es.

Entonces, el Goodreads como sitio para registrar los libros que me quiero leer y los que voy leyendo. Yo apuntaba (y todavía apunto) los libros que me quiero leer en un cuaderno. Pero también los apuntaba en papelitos. Y también los apuntaba en el bloc de notas que llevo en el bolso. Y también los apuntaba en las notas del movil si no tenía nada mejor a mano. Y también a veces los apuntaba en otros sitios que luego no sabía cuáles eran porque se me olvidaban, y con el olvido también dejaba de recordar cuál era el libro del que me habían hablado. MG, que tiene un TOC para esto del orden, me pasó, para ver si me servía, una hoja excel muy chula con muchas columnas, colorines, fechas y funcionalidades que usa ella para controlar los 180 libros que se despacha al año, los siete u ocho clubes de lectura con los que lidia y los retos que se impone (ahora pretende leerse todo de Javier Marías…). Y claro que me sirve su hoja excel, que está fenomenal, pero el problema de la hoja excel es la misma que la del cuaderno: la disciplina. Efectivamente, el orden tiene que ver con la disciplina, no con la voluntad. Pero ese es otro tema.

De momento me va bien con Goodreads. Lo tengo en el ordenador, pero sobre todo tengo la aplicación en el movil, o sea, siempre a mano. Y cuando veo, oigo, me hablan, me dicen algo sobre un libro que me parece interesante, lo busco en la aplicación y lo marco “para leer”. En realidad, no es “para leer”, sino “want to read”. Luego, cuando lo empiezo, lo marco como “leyendo”, aunque no es “leyendo”, sino “currently reading”. Y luego, cuando lo termino, lo marco como “leído”, aunque no es “leído”, sino “read”. Así es que, sí, la aplicación viene en inglés.

El currently reading tiene su aquel. Antes, “currently reading” eran los libros que tenía en la mesilla, esa balda camuflada de mi habitación en donde la competición es crudelísima (crudelísima: he aquí un superlativo cursilísimo). De pronto, no sé cómo, algún libro pasa de la mesilla a la librería. Clonc. O tal vez fiuu. O es magia, o los libros tienen patas, o la asistenta hace controles literarios. Para mí que es esto último. La mujer verá que la columna crece y crece y crece, y decide retirar el que hay debajo, aunque esto, más que con la literatura, tiene  que ver con la dinámica de los sólidos. ¿Por dónde iba? Ah, sí, el Goodreads.

Entonces me hice de Goodreads aconsejada por MG cuando le di las gracias y le vine a decir que su hoja excel era mucho arroz para tan poco pollo. Ella, que es una amante del orden aunque lo tengan que seguir otros, me propuso Goodreads. La historia igual no es exactamente así, pero bueno, para el post me vale. La cuestión es que me dijo que fuéramos amigas también en Goodreads. Me pareció bien, porque creo que es la única amiga que tengo repetida por todas partes (me falta trabajar en su empresa, pero todo se andará). Pero, en fin, cuando le di a aceptar no sabía yo que me llegarían unos cinco e-mails al día contándome la actividad de MG en Goodreads, que ya se pueden imaginar que es frenética.

– MG, no sé cómo se quitan las notificaciones de Goodreads del mail. Te voy a desamistar.
– Vale, sin problema.
– MG… francamente, esperaba que me dijeras cómo se quitan. Ahora sí que te desamisto.
– Ah, perdón. Mira en la parte de abajo del correo a ver si te puedes desuscribir.
– Ok… Ya está. Me he unsuscribido, porque no venía desuscribir.
– Bueno, eso es mejor que desamistarme.
– Tienes razón.

El diálogo tal vez no fue exactamente así. Pero bueno, para el post de hoy me vale.

El momento atlético de mi vida

img_2352El miércoles estuve en el Vicente Calderón viendo la semifinal de copa entre el Atlético de Madrid y el Barcelona. Sí, de verdad. Lo repetiré por si no me creen: el miércoles estuve en el Vicente Calderón viendo la semifinal de copa entre el Atlético de Madrid y el Barcelona. Y ahora voy y pongo un emoticono, 🙂 , por si prefieren creer, como mis amigos del poblachon, que alguien me ha robado el blog y, de paso, la personalidad.

Como Vds seguramente sabrán, el estadio Vicente Calderón va a ser demolido y el Atlético de Madrid se muda a La Peineta. Yo nunca había estado allí viendo un partido de fútbol y quería ir a ver al Atleti en su salsa antes de que los indios se vayan con sus cánticos al nuevo estadio. ¿Y por qué? Pues porque el Calderón forma parte de la historia de la ciudad y el fútbol es su razón de ser. Es un poco la idea del ahora o nunca, de ir a ver algo que sabes ya no será posible ver nunca más.

Con esta idea empecé a dar la lata por aquí y por allá hasta que mi querido Juanjo, un atlético puro que yo creo que intenta convertirme, estuvo pendiente hasta que salió la oportunidad perfecta y me sacó las entradas. Unas entradas estupendas, por cierto, y un detalle que no olvidaré nunca.

Así es que me transmuté en seguidora del Atleti durante unas horas, porque si vas al Calderón vas con todas las consecuencias. Eso sí, a las doce me dije “bueno, Carmen, ya vale de hacer el indio” y volví a mi estado natural ¡HalaMadrid!. Eso sí: por el camino me llevé un 1-2 en contra de mis gustos, a lo que si sumamos la eliminación del Madrid la semana pasada, me convierten seguramente en la tía más atlética que salió del Vicente Calderón el otro día. El Pupas le llaman al Atleti: lo recuerdo para que nadie se atreva a llamarme gafe.

– ¿Ayer perdisteis, hija?
– No, mamá, ayer perdió el Atleti. A nosotros nos eliminaron la semana pasada.

Pues sí, una pena el resultado, que además deja muy complicado el pase a la final. Pero el ambiente fue fantástico y hubo mucha emoción, sobre todo en la segunda parte, cuando el Atleti tocó a rebato. Un resultado incierto y un ataque a la heroica, muchos huy, muchos casi, muchos cánticos, mucho levantarse del asiento y llevarse las manos a la cabeza. Sí, mucha emoción, eso es lo bonito del fútbol y una vez metida en ambiente.

Anoté algunas cosas en mi cabeza:

– Hace tanto frío como dicen y la rasca es de aúpa. Yo creo que se mezcla el río, la M-30 y que el estadio tiene dos esquinas sin cerrar. Yo iba a tono con el frío, y creo que es la primera vez en mi vida que me pongo el anorak de esquiar en Madrid. Eso sí, no llegue a ponerme el gorro.

– Sobre el ambiente, es verdad que es fantástico.  En el primer tiempo fue muy animado, pero es que en el segundo, cuando ya perdían por 0-2, fue la caña. Muy divertido.

– Claro que animé, ¡era imposible no animar! Eso sí, no canté ni atleeeti ni el himno, aunque me sé algunos trozos. Por supuesto, ningún cántico, entre otras cosas por miedo a confundirme. Ya saben ustedes que los cánticos son los mismos en todos los estadios, debidamente adaptados. También, para decirlo todo, hubo canciones que no conocía. Y otras que eché en falta… Y ya no diré más de esto. Así es que mi animación consistió en gritar ¡Vamos, Atleti!, cuando atacaban. Así, en general, porque no distinguía muy bien a los jugadores (no como con tu equipo, que sabes quién es por cómo corre). Y me metí mucho con el árbitro, que iba con el Barça. Ah, y aplaudí, aunque con los guantes puestos creo que no contribuí demasiado al ruido.

– Aunque iba con mi sobrino, pensaba decirle a quien tuviera al otro lado que yo era madridista. Como me habían dicho que se animaba hasta la locura y yo no pensaba volverme loca no quería que me tomaran por loca. Yo me entiendo. Al final no dije nada porque ¿para qué? Eso sí, al llegar y en son de paz le di un clinex al señor de al lado para que limpiara su asiento y él, en justa contrapartida, limpió también el mío. Un caballero. Sin clinex a mano, pero un caballero. En general a mi alrededor, un público muy guasón y muy divertido.

–  El resultado final fue un asco, y me dio mucha pena que al menos no empataran. Probablemente me perdi una locura colectiva. Pero bueno, sea, el partido estuvo entretenido y yo me lo pasé en grande.

En el descanso vi a Juanjo de lejos, aunque tuvo que sacar una linterna y hacerme señas porque por sus indicaciones (“llevo un gorro rojo”) podía ser cualquiera entre 10.000 ó 15.000 espectadores de su fondo. El sí sabía dónde estaba yo, que para eso me había sacado las entradas y conoce al dedillo el club de sus amores. Anfitrión generoso, se preocupó y estuvo pendiente de que una merengona como yo pudiera ir y decir, ahora sí, que una noche fui al Calderón a ver jugar al Atleti. No me convertiré, pero tengo que decir que, si cabe, quiero un poco más ahora a ese club. Sea.

El Rastro de José Luís

El Rastro es mi amigo José Luis, la misma bonhomía. Tiene una pequeña tienda, una tienda diminuta que ha reformado hace poco y que parece más grande, aunque en realidad sigue teniendo el mismo tamaño. Y es que retirar trastos ayuda a la perspectiva. Antes tenías que entrar de perfil y con los brazos en alto, un poco por caber y otro poco por no arramblar con algún cachivache. Te quitabas el abrigo en la puerta para abultar menos y también para no llevarte cualquier figurita con una manga, o para no enganchar algún boliche con la hebilla del cinturón. Aquello era el colmo, porque estaba colmado: colmado de trastos, de chismes, de cacharros, de chirimbolos y de bártulos. Y te parecía inexplicable no que él pudiera vender algo, sino que alguien pudiera llegar a elegirlo entre aquel revoltijo.

La especialidad de la tienda de José Luis son los objetos patrióticos, almoneda de tiempos de guerras, tiempos de patria, de banderas y de banderías; tiempos de insignias y medallas; tiempos de emblemas y divisas, de escudos y de enseñas; objetos decorados con almenas, cruces y aspas; libros, curiosas reliquias llenas de polvo, piezas envueltas en un tiempo sin envoltorio, un tiempo de heroicidad y de nostalgia. También tiene vestidos militares, y gorras de todas las graduaciones. Y objetos de marino, y seguramente alguna pata de palo que no habré visto, porque para verlo todo se necesitaría tanto tiempo como para navegar los siete mares.

Después de la reforma pudimos entrar de frente todos los amigos a la vez y descubrimos, con sorpresa, un espacio enorme que antes había estado escondido en el fondo del local. Uno por uno -según nos topábamos con aquel hallazgo-, íbamos preguntando a José Luís con mucha coña si ese espacio era suyo o de la tienda de al lado, y si ya lo conocía antes de la reforma o si, por el contrario, lo habían encontrado los pintores por casualidad. Oiga, caballero, que aquí, detrás de la vitrina, está la otra mitad de la tienda. José Luís iba regalándonos respuestas ingeniosas hasta que se cansó y nos llamó gilipollas. No, en serio, sois gilipollas, zanjó. Entonces alguien apuntó que la reforma tenía un encanto adicional: ahora podíamos decir gilipolleces todos juntos y no como antes, que teníamos que alternarnos para entrar y decirlas de uno en uno.

Mi amigo José Luís dice que él no es anticuario sino trapero, pero no es verdad. Mi amigo José Luís acumula como un coleccionista, entiende como un anticuario y siente como un amante de la almoneda. Para mí el Rastro es mi amigo José Luís, la misma bonhomía.

Noche de los 80

No se puede volver en el tiempo, de manera que la pregunta de si me gustaría volver a tener 20 años sólo puede ser retórica. Y la respuesta, inútil. Con todo, nada nos impide imaginar y contestarla. Yo no volvería, por muchas razones entre las que no se encuentra la cintura, claro. Aunque tengo para mí que mi generación ha tenido una suerte inmensa que no han tenido las anteriores ni la que ha venido después. Esa suerte es la música de los 80 y de los 90, pero que se conoce en genérico como los 80.

Ayer estuve con mis amigos del poblachón en un concierto de música de entonces. Cuando creíamos que ya llegábamos tarde yo pregunté si no había teloneros que cantaran algo antes, y que nos diera tiempo a llegar, y mi amiga Susana me dijo “Carmen, todos son teloneros”. Sí, no estaban todos los grandes de la época, pero cada grupo de entonces, yo creo que sin excepción, tiene una canción convertida en himno que canta mi generación. De memoria y a voz en grito. Nacha Pop, Los Secretos, La Unión, Golpes Bajos, Alaska con los Pegamoides, con Dinarama y sola con su bola de cristal, Celtas Cortos, Danza Invisible, Gabinete Caligary, Duncan Dhu, Loquillo, Héroes del Silencio, Radio Futura, La Guardia y muchos otros que seguro que ahora no recuerdo. Y que esto no pretende ser una lista exhaustiva, ni yo soy una especialista, sino solo alguien que vivió aquello, como tantos. Afónica estoy.

Y luego nos fuimos a tomar unas copitas, claro, que no estamos ni mucho menos acabados, y no pudimos evitar la conversación remember que se da en estos casos. Es muy curioso cómo una diferencia de sólo dos o tres años quita o pone recuerdos, sobre todo los que tienes de muy pequeño. Y es que 3 años es la diferencia entre tener 5 y no enterarte de nada y tener 8 y recordar un anuncio en la tele, por ejemplo. Y estuvimos hablando de series de la tele, riéndonos de que Javi estuviese enamorado de Mary Ingalls (antes de que se quedara ciega) y atendiendo a la advertencia de Alfredo acerca de que no debíamos ver, bajo ningún concepto, la serie de Daniel Boom de nuevo, porque el cartón canta de lo lindo. Yo no recuerdo la serie, aunque sí un disfraz que me trajeron los Reyes Magos, cuando todavía creía que eran magos. Y la revelación de la noche corrió por cuenta de Begoña, cuando nos dijo que dejáramos de jurar que Afrodita A decía “Pechos fuera” antes de usar las tetas como si fueran obuses, porque no lo dicen en la serie de Mazinger Z. ¿Pero cómo que no lo decían? ¡Si yo lo recuerdo perfectamente! Pues no, no lo decían: “puños fuera” sí, pero “pechos fuera” no. De todos modos, hoy esa serie, como tantas cosas, serían impensables.

Afónica estoy.

 

 

Dentistas

Tengo yo una compañera en el trabajo que no ha ido nunca en su vida al dentista. No sé su edad exactamente pero vamos, que no es ninguna niña. ¿Creerán ustedes que tiene una mala dentadura? En absoluto. Tiene los dientes estupendos, bien blanquitos y fuertes. Luego tengo una amiga que me decía el sábado, amargamente, que cuanto más iba al dentista y más se cuidaba los dientes, más lata le daban. Que no tenía hueso y que no le podían poner implantes, y que cada dos por tres tenía algún problema y le dolían horriblemente. Entre estos dos extremos estoy yo, y ninguno de los casos que les acabo de contar mejoran ni empeoran mi existencia. Y la de mi dentadura.

El viernes por la noche se me partió un diente. Así: ras. El porqué y el cómo dejaron de tener importancia cuando comprendí el desastre. Y pensaba que había roto la funda pero no, lo que se ha ido a hacer puñetas ha sido el diente entero. Y me he pasado todo el fin de semana comiendo sopa y tortilla francesa -es un decir- y tratando de no pronunciar ni la zeta ni la ese por miedo a que el diente, colocado de nuevo con mucho cuidadito para aguantar hasta el lunes, no saliera volando hacia mi interlocutor. Menudo panorama.

El horror, el horror. Esta tarde he estado cuatro horas en el dentista que además de tener unas manos maravillosas tiene mucha empatía. O misericordia, no sé. Me ha ido colando entre otros pacientes para arreglarme el diente, y me ha puesto algo provisional para pasar el verano. De todos modos tenía que volver en septiembre, porque hace tres semanas me había puesto dos implantes. Así es que tengo una boca de lo más provisional. Si lo sé, empiezo con esto en abril y me ahorro la operación bikini.

Y hoy, queridos amigos, digo lo mismo que dije hace tiempo en otro post: no se pueden ni imaginar lo que me alegro de vivir en este siglo y en este país. Y ustedes también deberían alegrarse, que nadie está libre de romperse un diente cualquier día de estos.

 

Caravaggio dentista un mundo para curra

 

 

Muerte de un votante

Hoy he ido a votar otra vez. Normalmente voy con mi madre antes de comer, pero hoy, tal vez por el hartazgo, hemos ido de buena mañana. Al llegar al colegio electoral he visto que había dos furgones del Samur en la puerta, pero no le he dado importancia. He pensado que con el calor estarían dispuestos para prevenir algún sofoco al mediodía, o tal vez les habrían avisado por alguna caída o algún mareo.

Al entrar por un pasadizo por el que se accede al colegio, había un cordón policial que obligaba a las pocas personas que íbamos llegando a pasar por un hueco, entre una farola y una pared. Mi madre me ha preguntado por qué hacían eso y también entonces le he quitado importancia: mamá, querrán controlar el paso y así es más facil porque pasamos de uno en uno y nos ven mejor. Claro, hija, y si lo hace la policía estará bien hecho. Claro, mamá, eso es.

Había muy poca gente y hemos votado muy rápido, mucho más que en otras ocasiones. Puede votar, gracias, buenos días y vuelta a casa por el mismo sitio.

Quizá no lo hubiéramos visto tampoco al salir, pero el llanto de una mujer mayor nos ha hecho fijarnos en la escena. Un hombre estaba tendido en el suelo, tapado con una sábana blanca, muerto, mientras la mujer era consolada por una chica joven que la abrazaba y le tapaba la cara contra su hombro. La mujer lloraba bajito, detrás de los policías que le daban la espalda y escoltaban su dolor.  Hemos pasado por delante mirando al suelo, porque no había otra cosa que mirar que no fuera impúdico. ¿Estarían al entrar?, le he preguntado a mi madre cuando ya estábamos lejos. Seguramente, hija, y por eso la policía nos ha desviado. Pobre mujer, ha dicho ella. Pobre hombre, he dicho yo. Y silencio.

Morir en la calle. Caer desplomado en una acera por la que hoy van a pasar cientos de personas. Personas que quizá vean tus zapatos asomar por debajo de una sábana y que tal vez oirán a una mujer llorar sin saber quién eres tú ni quién es ella, sin saber qué te pasó ni por qué has muerto.

¿Y por qué has salido enfadada de casa?, ha recordado de pronto mi madre al entrar en el portal. Porque había olvidado una contraseña, he contestado. Hija, eso se soluciona; lo que no tiene remedio es lo que has visto en el colegio.

Ninguna le ha preguntado a la otra si el hombre habría muerto antes o después de votar. Seguramente porque no tiene ninguna importancia. Ni tampoco remedio.

Una ola feroz

Susana, pendiente de María y de su chapoteo en la orilla, llegó al borde del mar tranquila y segura de sí misma pensando que con ella no iban aquellas olas asilvestradas. Se metió en el mar hasta que el agua le llegó a las pantorrillas, abrió las piernas para plantarse bien en el suelo de arena y puso los brazos en jarras.

En esas estaba cuando llegó una suerte de Miura espumoso que la dobló literalmente por la mitad. Y entonces se ve que tuvo un pensamiento corto y decidió que lo mejor para no caer era tirarse. Con rapidez, echó las manos al suelo y se arqueó como un gato, pensando que la postura traería la astucia, y así salvó el primer embate. Pero se confió demasiado al quererse incorporar, porque el resto de la ola –o sea, la mitad del Atlántico–, se le echó encima y la sumergió como en una lavadora. Y la fiesta no acabó ahí: llegó entonces una tercera ola, más violenta aún que las anteriores, la cogió por las corvas, la levantó dos palmos del suelo, la puso horizontal y la dejó caer a plomo. Una vez que el mar hizo hizo todo eso con ella, y por si acaso se le ocurría rechistar, la envolvió de nuevo para darle un par de vueltas más para rematar su guiso, para el caso una tortilla o un sencillo revuelto.

Se levantó desorientada sin saber a qué punto del horizonte debía mirar y sin entender si seguía en la Isla de La Palma o ya había llegado a Zanzíbar. Era como una señora recién salida de la peluquería a la que le tiran un cubo de agua por encima. Y entonces, con cara de susto, se echó las manos a la cabeza y gritó “¡Mis gafas!”. María la miró queriendo entender el problema, feliz mientras seguía rebozada en la espuma y la arena, disfrutando como sólo disfrutan los niños.

– No te preocupes por las gafas, que el mar lo devuelve todo–, le dije a Susana. Pero el mar, como hacemos los humanos, sólo devuelve lo que no le gusta. Ahora sus gafas estarán en la tripa de algún pez.

Estuvimos en aquella playa hasta que el espectáculo ya sólo podía repetirse, cansadas de ver a otros bañistas salir reptando del mar como las iguanas. Nos tomamos algo en un bar cercano y nos volvimos al hotel, a darnos una ducha en calma. Todavía tenemos arena en el pelo.