Desayuno con hormigas

Alguna vez les he contado en este blog mis guerras con las hormigas. Las hormigas son unos animalitos que me caen bien, aunque no me guste su compañía. Trato de no pisarlas y si tuviera en mi mano qué animales salvar de un holocausto nuclear, probablemente ellas pasarían el corte. Me resultan simpáticas, tan laboriosas y esforzadas, y no me dan demasiado asco. Dicho esto, cambiaré el tono bucólico y casi franciscano con el que he empezado este post para decirles que una cosa es esto y otra tener que compartir mi desayuno con ellas.

La semana pasada, en el poblachón, me levanté temprano y me encontré con una procesión de hormigas llevándose un suizo (que no era cualquier suizo, sino que era MI suizo) de la encimera de la cocina. Por supuesto lo di por perdido, pero pude contener la ira para, antes de empezar con la escabechina, ir a ver de dónde había salido aquel ejército. Y venían de la otra punta de la casa. Se colaban por una rendijita al lado de la puerta de la terraza, atravesaban el salón, cruzaban el pasillo, recorrían la cocina, se subían a la encimera, y ahí me las encontré, robándome el desayuno miguita a miguita. O sea que, en su escala, las tías se recorrían sus buenos ocho kilómetros, cuatro de ellos, los de vuelta, cargadas como mulas. Ni qué decir tiene que yo me quedé sin desayuno, pero ellas se quedaron sin postre. Y además perdieron a muchos efectivos en aquella excursión, porque me lié a zapatillazos hasta que no quedó ni rastro de ellas.

Después, bien de silicona en el agujerito, revisión general de la zona, y a Madrid.

Este fin de semana han abierto otro agujerito en la pared del salón para venir a comerse, de nuevo, mi desayuno. En esta ocasión era un cruasán, pero a ellas les da lo mismo. Yo creo que les pongo unas verduras a la plancha y también vienen a comérselo, porque son testarudas, hambrientas y además van sobradas de soldados. No tengo dudas de que, detrás de esa pared del salón, hay un gran hormiguero. Todavía no he averiguado dónde está, todavía no sé de dónde salen, cuál es su casita de provisiones, pero teniendo en cuenta que ellas se recorren toda la casa para venir a por mi desayuno, lo mismo me tengo yo que recorrer toda la provincia hasta que dé con su guarida. Pero daré con ella, como me llamo Carmen y hoy es mi santo.

Las hormigas son laboriosas, esforzadas, organizadas, testarudas y previsoras, aunque esto último tal vez no tanto: no cuentan con que mi mal despertar solo se me pasa con un buen desayuno.

Un efecto óptico

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Creo que ya les he contado alguna vez que trabajo en la planta 11 de un edificio de oficinas en el sur de Madrid. Desde mi mesa, veo cada día la sierra de Guadarrama, siempre que no esté nublado, en cuyo caso sólo veo una cortina de nubes. Pero yo sé que la montaña está ahí, paciente, aunque tenga un gorro de nubes encima. En verano, según le dé la luz del sol, sus tonos varían entre los marrones de la mañana y los azulados de la tarde y, en invierno, me mira blanca y espléndida. Es un blanco brillante, un blanco blanquísimo. Un blanco también algo deprimente, porque lo miras y sólo quieres estar allí, y no detrás de tantos cristales.

Esta mañana, al llegar, la he visto con su blancura grandilocuente, después de todas estas borrascas también grandilocuentes que han asolado la meseta. Me he puesto a trabajar, me he levantado a algo y, al volver a la mesa… ya no había nieve. Ni una gota. La montaña seguía ahí, pero era azul.

Me ha dado un vuelco al corazón. Me parecía inexplicable. Me he acercado a la ventana, casi he pegado la nariz, pero en la montaña ya no quedaba nieve, había desaparecido. He sentido miedo.

– Dios mío, ¿cómo es posible?… ¿Y la nieve?… ¡Dios mío, mi cabeza! Estamos en junio y no me he enterado. ¿Será locura? ¿Será demencia? ¿Y si no es mi cabeza y son extraterrestres…? ¡DIOS MÍO, LOS EXTRATERRESTRES SE HAN LLEVADO LA NIEVE!

Una nube plana y alargada, como un platillo volante, estaba encima de la montaña. La nube parecía estar más cercana, pero no, debía de estar justo encima de la montaña. La nube proyectaba la sombra sobre la nieve, y ésta aparecía azul. Esto es lo que yo me imagino que pasaba y, cuando lo he descubierto, después de mucho pensar (sin gritar, pero muy intranquila), y de esforzar la vista (mucho), he llamado a una compañera.

– Mira la montaña. ¿No notas nada?
– Anda, ¿y la nieve?
– Es por culpa de la nube aquella.
– Alucino.
– Y yo. Creo que voy a hacer una foto.
– ¿Para qué, si esta vista es la misma que tienes en verano?
– También es verdad.

Y no he hecho foto. Pero debería, porque hoy lo he contado a varias personas y al menos tres de ellas me han preguntado por la foto…

 

 

Un ratón en París

Las lluvias provocan una subida de las aguas del Sena y París está al borde de las inundaciones. Las ratas salen despavoridas y se ven, vaya si se ven. Pero no hay más ratas, es que se ven, vaya si se ven.

No es raro ver ratones y ratas en París. Se me dirá que como en todas las ciudades, pero no, no. Yo me he encontrado ratones en todas partes, incluyendo restaurantes. En un griego cerca de la iglesia de Saint Severin un ratoncillo correteaba por las vigas, y en un restaurante cercano a la Opera Garnier uno me saltó por los pies y lo vi esconderse detrás del suelo de la barra. En las dos ocasiones seguí cenando, aunque no tomé postre y mucho menos pude concentrarme en la conversación. También en el Lounge del Charles de Gaulle, ahí estaba un ratón tranquilamente olisqueando un periódico dejado sobre una mesa. Por la calle, en el metro, en todas partes. Las ratas se ven más cerca del Sena, aunque cerca de las estaciones de tren y por el metro no es raro verlas.

Y en mi casa de la Rue Antoine Bourdelle también tuve un ratón, no faltaba más. Un domingo, después de despedir a unos amigos que habían pasado el fin de semana conmigo, lo vi por el rabillo del ojo. Cuando levanté la vista, lo vi esconderse dentro de un cesto de paja que había de adorno en el salón. Creí morirme. Abrí la puerta de la terraza, me armé de valor y con una escoba enganché el cesto y lo tiré fuera. Me encerré en mi habitación y al día siguiente me marché a un hotel, y allí viví los tres días que quedaban hasta las vacaciones de Navidad. Y el caso es que debía de estar de paso, el ratoncillo, porque nunca había dejado rastro.

Lo que más me sorprendía, cuando contaba que me había encontrado un ratón en casa, era la reacción de los franceses. Desde la respuesta estoica de mi jefe (sí, ciertamente en París hay un problema grave, pero en Londres es peor), hasta la dejadez de la conserje del edificio (¿un ratón?, bah, yo tengo un armario lleno, pero no pongo veneno por el perro), pasando por el cachondeo de algún compañero (tía, cómprate un gato). Mi casero se lo tomó muy en serio, y me desratizó la casa, aunque si no se hace lo mismo en el edificio de poco vale. Me puso unas cajitas con veneno también y yo por mi parte compré unos chismes que por lo visto hacen un ruido que los aleja y que supongo que no valen para nada. También registré a fondo la casa para encontrar el agujero por donde se habría colado y encontré uno que daba al jardín, y lo tapé con silicona, con mucha silicona. Y puse unos topes en la puerta de la entrada. Pero la casa ya no fue la misma. Bueno, la casa sí, pero mi tranquilidad no, aunque nunca volví a verlo y nunca hubo el menor rastro.

El día que me marchaba de París, bajé al garaje de la casa a cargar mi coche con la parte de mudanza que había dejado para el viaje de vuelta. Mientras esperaba el ascensor en el sótano me fijé en una sombra gris que se agazapaba en un saliente de la pared. Ahí había un ratón, quieto, probablemente esperando a que yo me marchara.

 

Mi rey era Melchor

Yo supongo que en todas las familias, entre todos los hermanos, los reyes se reparten. Mi rey era Melchor, el de mi hermana mediana era Gaspar y Baltasar se quedaba para mi hermana la mayor, que como nos llevaba los años suficientes como para saber más cosas que nosotras, también sabría que lo que tenía aquel rey en la cara era betún.

¿Por qué elegí a Melchor? Pues no lo sé, pero me imagino que el rey Melchor es el que me parecería más venerable, con esa melena blanca, mientras que Gaspar, reconózcanlo, es un poco brilli-brilli, ese pelazo rubio tan de poco fiar, me parecería teñido, cardado y con la permanente, como el que llevaba mi madre, que por entonces las señoras se peinaban de mediana edad al llegar a la treintena.

En cuanto a Baltasar, nadie en sus cabales lo escogería, aunque yo a esa edad seguro que no sabía qué eran los cabales. Muchos de mis amigos, por no saber tampoco nada de cabales, lo elegían porque les hacía gracia, pero a mí no me parecía nada gracioso que un negro con turbante y capa se me acercara, me daba miedo. Y eso que yo por entonces compartía pupitre con Jones (pronunciar yons), que era negro super negro (no el típico niño café con leche, sino un niño negro azul oscuro), y jugaba mucho con él y su madre me quería mucho y me abrazaba, y mi madre también abrazaba a Jones cuando le veía conmigo, y yo le quería mucho a Jones, siempre estábamos juntos, porque Jones va detrás de Jiménez, y él salía delante de mí al recreo y luego entraba detrás cuando volvíamos. Puedo ver su cabecita de Globe trotters tapándome la canasta que asomaba detrás de la puerta del patio y… bueno, esto último me lo estoy inventando completamente, pero, vamos, alguna vez sí que le diría venga, Jones, date prisa, hombre, que el recreo dura lo que dura. Ah, y a Jones no se le mojaba el pelo cuando llovía, esto me alucinaba, yo le hacía sacudirse la cabeza y entonces se le quedaba el pelo seco. Ni una gota le quedaba encima, macho, todas estaban por la pared. Era magia. Pero volviendo al rey Baltasar, una cosa era Jones, mi Jones, y otra ese señor grandullón y desconocido que se acababa de bajar de un camello y que sabe Dios de dónde vendría y por qué tendría aquel color.

Desde luego descarto que mi rey fuera Melchor porque llevara oro. Es verdad que cuando se es pequeño no se sabe muy bien qué es el incienso o la mirra (bueno, qué es la mirra no se sabe con seguridad ni siquiera cuando se es mayor), pero de ahí a tener un espíritu materialista con cinco años o seis va un trecho. No, no, sin duda la causa de mi elección tenía que ver con la melena blanca de abuelito feliz y paciente, no se hable más.

Y tan feliz.

Gabi y yo con los Reyes Magos

 

Objetos perdidos

Hace un montón de años me dejé una agenda olvidada en un banco en París. No era una agenda corriente, sino una de sobremesa en una maravillosa piel de cerdo que me había regalado un amigo unas temporadas antes y a la que yo le compraba el recambio cada año. Recuerdo el banco perfectamente, en la Avenida de Wagram a unos 50 metros de la Place de l’Etoile, y también que yo estaba esperando allí sentada a que vinieran a buscarme para ir al aeropuerto. Cuando me di cuenta del olvido era ya demasiado tarde para volver, yo tenía un avión esperando. Así que me sobrevino pena y fastidio por el  incidente, claro, pero lo dejé estar, qué le iba a hacer.

Unas semanas más tarde, cuando ya se me había pasado el disgusto y había empezado a usar otra agenda de publicidad cualquiera, me llegó una cartita de la Oficina de Objetos Perdidos de París. No recuerdo el nombre del servicio, aunque sí que se llamaba “de objetos encontrados”, sin duda mucho más preciso para firmar aquella carta. Y es que chère madame, hemos encontrado su agenda, tiene usted este plazo para recogerla en esta dirección, bla, bla, bla, si no puede venir personalmente puede mandatar a alguien firmando este documentito adjunto, bla, bla, bla. Naturalmente, mi nombre y dirección figuraban en la agenda, pero lo que me dejó pasmada es que me escribieran a Madrid. Desde entonces siempre he tenido mucha fe en la República Francesa, o como mínimo en sus oficinas de objetos perdidos (y encontrados).

Viene esto a cuento por una noticia que oí ayer en la radio. Hablaban sobre la Oficina de Objetos Perdidos del Metro de Madrid, no sé si por un cambio o una nueva inauguración, y comentaban las cosas raras que se habían encontrado, entre ellas una dentadura postiza, un microondas y una silla de ruedas. Me tendrán que reconocer que en los tres casos hay que hacer algún esfuerzo para imaginar cómo se perdieron. Por ejemplo, la dentadura postiza podría no pertenecer al que la perdió, y ser de su abuelo muerto; o tal vez era de un protésico dental que se puso a hacer un inventario en el metro y se le cayó una pieza entera debajo del asiento y no la vio al recoger el material. La silla de ruedas puede tener una explicación parecida: lo más probable es que no perteneciera al paciente que la necesitaba, y el que la perdió era un descuidado muy descuidado; o tal vez la silla la habían robado unos gamberros que, después de divertirse con ella, se cansaron y la abandonaron. ¿Y el microondas? Esta es la más fácil: el que lo perdió venía de repararlo, lo dejó en el asiento, se puso a leer, cuando llegó su estación se levantó pensando en la trama de la novela, se le fue el santo al cielo, se bajó del vagón y la siguiente escena es cuando calienta la leche en un cazo.

No sé qué tal funcionará la Oficina de Objetos Perdidos del Metro de Madrid, pero dudo que sea tan eficiente como la parisina. Aunque también es verdad que nosotros no se lo ponemos nada fácil. Mira que no ponerle el nombre y la dirección a la dentadura…

Lady Di hace veinte años

Hace 20 años, cuando Lady Di se mató en el Pont de l’Alma, era sábado de madrugada y yo estaba en una discoteca en el poblachón. Me enteré por mi amiga María Angeles y todavía no sé cómo se enteró ella, aunque supongo que habría venido a la discoteca de otro bar en coche y por el camino encendió la radio. Nunca se lo he preguntado, no lo recuerdo y no tengo ninguna otra explicación para una época sin Facebook, ni WhatsApp, ni Twitter. Móviles sí llevábamos, eso sí, aunque no creo que Buckingham Palace le enviara un SMS: quién sabe si todavía no estarían durmiendo.

Cada vez que se habla de la muerte de Lady Di yo me acuerdo de Maria Angeles contándoselo a todo el que la quería escuchar, a unas horas y en unas condiciones etílicas que se prestaban a cualquier cosa menos a la truculencia del cuore. Mi imaginación ha reconstruido el recuerdo y ahora parece que la veo dando gritos y clamando porque nadie la creía (“que es verdad, tía, que Ladi Di se ha matado en París, qué fuerte”), y yo me veo con una copa en la mano, quizá la última de esa noche, diciéndole que no se tenía que creer todo lo que se decía en la radio.

El siguiente recuerdo que tengo es en la piscina de un pueblo cercano (en el poblachón las piscinas públicas cierran religiosamente el 1 de septiembre) leyendo la prensa con todo el despliegue sobre el suceso y sobre la vida de la princesa. La manera de leer la prensa entonces no tenía nada que ver con los usos actuales, ni en lo que se refiere al lector ni a las coberturas, aunque el histerismo ante el strip-tease de según qué acontecimientos no creo que haya cambiado demasiado desde hace 20 años.

Lady Di siempre me pareció una lánguida, aunque después de separarse de Carlos de Inglaterra igual se espabiló un poco. O un mucho, tampoco seguí su vida como para ser capaz de saber si se le pasó la ñoñez poco a poco o de golpe. Lo que parece indiscutible es que su imagen mejoró mucho cuando alguien la convenció  para que se cortara el pelo bien cortado y mirara a la cámara de frente sin ladear la cabeza como si fuera un perrito de aguas pidiendo que le tires la pelota. Y lo que le convirtió en mito fue sin duda su muerte, que fijó su vida y la engrandeció: para convertirse en mito, por lo general se necesita vivir más y hacer más cosas. Pero es que los símbolos se construyen en el tiempo en el que toca vivir, no después. Creo.

En fin, creo que este fin de semana le pediré a mi amiga Maria Angeles que me ponga al día sobre Lady Di. Seguro que me cuenta cosas que no sabía, aunque no sean verdad. O sea, como la tele esta noche.

Arden fiestas

Como cada año, un año más. Arden fiestas en el poblachón y una se pregunta, mientras va a la plaza del pueblo tiritando de frío, que qué necesidad. Antes siempre nos perdíamos los fuegos porque a ver quién es el guapo que se pone a esperar a que den el chupinazo, con la rasca que hace y lo incómodo de la hora, que te pilla a medio cenar y no vas a dejar el chuletón en la mesa del restaurante para salir a decir oh. Pero desde hace unos años vamos a casa de Javi, que nos invita amablemente a cenar y a verlos desde allí. Y es muy cómodo, la verdad: oyes PUM a mitad de la croqueta, te metes el resto en la boca, te levantas, agarras la copa de vino y sales a la terraza a disfrutar del espectáculo. Y dices huy qué bonito, huy mira eso, huy las palmeras cómo me gustan, ¿eso es un cerezo?, pues sí, pues no, tal, yo creo que este petardo va a ser el último, ahí va, pues no, pues sí. Y luego ya oyes PORROM-POM-POM-PÓM, y te vuelves dentro a por otra croqueta, a por otro vino y a discutir si los fuegos de este año son mejores que los del anterior.

Y luego siempre alguien quiere bajar al tachunda. Y yo, que no tengo personalidad, me apunto. Yo no sé si me gustó alguna vez, lo del tachunda, tendría que pensarlo despacio. Una ya lleva mucha juventud y buena parte de la madurez yendo a la plaza del pueblo a ver a la orquesta, así es que probablemente algún año me lo he pasado bomba, no digo yo que no, que en fiestas ya se sabe que siempre te tomas una copa de más. Una o dos, no hay por qué llevar la cuenta, que para eso arden fiestas. Pero de lo que estoy segura es de que nunca, nunca, me ha gustado la orquesta. Mientras el público aplaude, yo me cruzo de brazos. Pienso que Gandhi habría hecho lo mismo. Resistencia pasiva y tal. Y por supuesto, por supuesto, nunca, en la vida, jamás, he bailado Paquito el chocolatero. Ni de coña.

Desde que tengo blog, mientras miro a la orquesta, pienso lo mismo: yo tengo que escribir una entrada sobre esto. Luego me da pereza, pero eso no quita que lo piense. Todos los años son intercambiables, aunque últimamente vienen grupos que hacen mucha profusión de video y de imagen. Es espeluznante. Y desde hace tres años o así nos invitan a escribir cosas en su muro de Facebook. Mira, en eso mi amiga Merche no tiene problema, porque no tiene Facebook, pero yo siempre estoy tentada de entrar y escribir ¡SOIS MALÍSIMOS! Luego se me olvida, pero la tentación va siempre conmigo.

Lo que no se me olvida en toda la semana es el pasodoble. ¿Por qué siempre cantan lo de Triniá, mi Triniá, la de la puerta real, carita de nazarena, por la virgen Macarena yo te tengo comparáaaaa? Madre mía, toda la semana con esto en el cerebro. Lo que yo digo: qué necesidad.

Ejercicio de estilo

(Seguro que tú, lector, comprendes desde el principio del texto el sentido del ejercicio. Si no, léelo con esmero, incluyendo el penúltimo bloque: entonces fijo que deduces el intríngulis del texto).

El ejercicio que nos propone el profesor consiste en escribir un cuento siguiendo instrucciones de Georges Perec. Eso nos dijo el profesor, que lo citó en recuerdo del libro Ejercicios de estilo. En este libro, nos dice, Perec escribió el mismo cuento sirviéndose de cien estilos diferentes. Cien o un número próximo, no sé. Pero, mis queridos lectores, el libro en cuestión no es de Perec, sino de Queneu (¿se escribe Queneu? No lo recuerdo en este momento, luego lo consulto).

Este Queneu (después veré si decido escribir bien su nombre), es uno de los escritores que constituyeron el Oulipo, junto con Bens, Bergé, Lescure y otros. Este grupo, estudiosos del estilo y los experimentos retóricos, hicieron célebres muchos retos lingüísticos entreteniéndose con lo que describieron como inconvenientes o constricciones. Esto les sirvió como motivo de juego y les permitió ofrecer los pormenores de sus métodos entre el público. Pero este no es el ejercicio. El ejercicio consiste en escribir de nuevo el cuento con un estilo inédito. Voy, pues.

Resumiré el incidente del siguiente modo: un tipo sube en un bus y se enfurece porque otro hombre, por el impulso del motor, le dirige un golpe sin querer. El primero exhibe su enojo, como digo, pero no con mucho ímpetu. Y no surte ningún efecto, pues, entre murmullos, decide seguir en el bus e incluso se pone cómodo en un sitio próximo, desde donde se puede percibir que tiene un mosqueo de mil demonios.

Si quiero concluir el ejercicio propuesto, debo referir que el que ve el suceso (el que escribe) se encontró con el mismo señor del bus (el que entró en el bus y recibió el golpe) unos minutos después en un edificio donde se detienen los trenes con el fin de recoger productos o seres vivos. Los trenes sirven lo mismo en los dos supuestos, si bien los coches del tren son de distintos modelos y tienen diferente distribución. Pero no quiero perder el hilo, continúo con el cuento. El hombre del bus, vestido con un sobretodo por protegerse del viento y el frío, se juntó con un tercer hombre, desconocido, que le indicó con el dedo un botón del sobretodo. Y termino: tengo que decir en el texto el nombre con el que se conoce el edificio de los trenes. No es ningún misterio, pero yo les propongo descubrirlo por ustedes mismos: el nombre viene en recuerdo de uno de los siervos de Dios, un hombre con el que Jesús obró el prodigio de revivirlo después de muerto y que por eso le hicieron bendito.

Creo que es todo: en este punto puedo concluir el ejercicio. ¿Puedo?

Como digo en el principio de este suelto, el ejercicio que nos exige el profesor es de Queneu (seguro que no se escribe de este modo), si bien el profesor lo pidió de Perec. ¿De quien entonces me inspiro? Yo, queridos lectores, soy obediente y, como ven, hice lo de “Queneu”. ¿Debo poner tintes de Perec en el texto? ¡Eso intento!

Este escritor, Georges Perec, tiene un célebre ejercicio de estilo que usó en su libro El secuestro. Lo sugestivo de este libro no es el suceso de ficción que describe: lo difícil es que evitó poner “e” en todo el libro (ciento y pico folios). Y eso he hecho yo. Pero viniendo de donde vengo y viviendo donde vivo, no poner “e” en un texto no tiene ningún mérito. Entonces he elegido otro reto: he eludido escribir el primer signo de nuestro léxico, eligiendo términos y expresiones que no lo contienen.

Y por eso he ido y venido en el texto, (que por cierto es un rollo), ¡mil rodeos y giros he tenido que emprender con este puto ejercicio de estilo! En fin (suspiro), pobre “Queneu” y pobre Perec, espero que desde el cielo me perdonen. ¡Vive Dios que el ejercicio es difícil, coño!

Desamistar y unsuscribir

GOODREADSSólo tengo una amiga en Goodreads, que es MG. Y la tengo porque sé que le hace ilusión: a ella le encanta tener amigos en todos los sitios, aunque los repita de unos sitios a otros. ¿Que qué es Goodreads? Pues una red social de lectores en donde anotas tu biblioteca y tus lecturas y comentas libros. Yo he abierto una cuenta para meter ahí los libros que me quiero leer, simplemente. ¿Les parece una tontería? Es posible, pero si echaran un vistazo al caos que reina en mi librería les parecería una sabia decisión. También sería una sabia decisión dedicar una mañana a poner orden, y ya el colmo entre las sabias decisiones sería ampliarla, pero eso es algo que me da todavía más pereza. Algún día les hablaré de esto, de librerías y baldas. Tengo incluso un cuento escrito, pero ahora me centraré en lo que he venido a contarles, que todavía no sé muy bien qué es.

Entonces, el Goodreads como sitio para registrar los libros que me quiero leer y los que voy leyendo. Yo apuntaba (y todavía apunto) los libros que me quiero leer en un cuaderno. Pero también los apuntaba en papelitos. Y también los apuntaba en el bloc de notas que llevo en el bolso. Y también los apuntaba en las notas del movil si no tenía nada mejor a mano. Y también a veces los apuntaba en otros sitios que luego no sabía cuáles eran porque se me olvidaban, y con el olvido también dejaba de recordar cuál era el libro del que me habían hablado. MG, que tiene un TOC para esto del orden, me pasó, para ver si me servía, una hoja excel muy chula con muchas columnas, colorines, fechas y funcionalidades que usa ella para controlar los 180 libros que se despacha al año, los siete u ocho clubes de lectura con los que lidia y los retos que se impone (ahora pretende leerse todo de Javier Marías…). Y claro que me sirve su hoja excel, que está fenomenal, pero el problema de la hoja excel es la misma que la del cuaderno: la disciplina. Efectivamente, el orden tiene que ver con la disciplina, no con la voluntad. Pero ese es otro tema.

De momento me va bien con Goodreads. Lo tengo en el ordenador, pero sobre todo tengo la aplicación en el movil, o sea, siempre a mano. Y cuando veo, oigo, me hablan, me dicen algo sobre un libro que me parece interesante, lo busco en la aplicación y lo marco “para leer”. En realidad, no es “para leer”, sino “want to read”. Luego, cuando lo empiezo, lo marco como “leyendo”, aunque no es “leyendo”, sino “currently reading”. Y luego, cuando lo termino, lo marco como “leído”, aunque no es “leído”, sino “read”. Así es que, sí, la aplicación viene en inglés.

El currently reading tiene su aquel. Antes, “currently reading” eran los libros que tenía en la mesilla, esa balda camuflada de mi habitación en donde la competición es crudelísima (crudelísima: he aquí un superlativo cursilísimo). De pronto, no sé cómo, algún libro pasa de la mesilla a la librería. Clonc. O tal vez fiuu. O es magia, o los libros tienen patas, o la asistenta hace controles literarios. Para mí que es esto último. La mujer verá que la columna crece y crece y crece, y decide retirar el que hay debajo, aunque esto, más que con la literatura, tiene  que ver con la dinámica de los sólidos. ¿Por dónde iba? Ah, sí, el Goodreads.

Entonces me hice de Goodreads aconsejada por MG cuando le di las gracias y le vine a decir que su hoja excel era mucho arroz para tan poco pollo. Ella, que es una amante del orden aunque lo tengan que seguir otros, me propuso Goodreads. La historia igual no es exactamente así, pero bueno, para el post me vale. La cuestión es que me dijo que fuéramos amigas también en Goodreads. Me pareció bien, porque creo que es la única amiga que tengo repetida por todas partes (me falta trabajar en su empresa, pero todo se andará). Pero, en fin, cuando le di a aceptar no sabía yo que me llegarían unos cinco e-mails al día contándome la actividad de MG en Goodreads, que ya se pueden imaginar que es frenética.

– MG, no sé cómo se quitan las notificaciones de Goodreads del mail. Te voy a desamistar.
– Vale, sin problema.
– MG… francamente, esperaba que me dijeras cómo se quitan. Ahora sí que te desamisto.
– Ah, perdón. Mira en la parte de abajo del correo a ver si te puedes desuscribir.
– Ok… Ya está. Me he unsuscribido, porque no venía desuscribir.
– Bueno, eso es mejor que desamistarme.
– Tienes razón.

El diálogo tal vez no fue exactamente así. Pero bueno, para el post de hoy me vale.

El momento atlético de mi vida

img_2352El miércoles estuve en el Vicente Calderón viendo la semifinal de copa entre el Atlético de Madrid y el Barcelona. Sí, de verdad. Lo repetiré por si no me creen: el miércoles estuve en el Vicente Calderón viendo la semifinal de copa entre el Atlético de Madrid y el Barcelona. Y ahora voy y pongo un emoticono, 🙂 , por si prefieren creer, como mis amigos del poblachon, que alguien me ha robado el blog y, de paso, la personalidad.

Como Vds seguramente sabrán, el estadio Vicente Calderón va a ser demolido y el Atlético de Madrid se muda a La Peineta. Yo nunca había estado allí viendo un partido de fútbol y quería ir a ver al Atleti en su salsa antes de que los indios se vayan con sus cánticos al nuevo estadio. ¿Y por qué? Pues porque el Calderón forma parte de la historia de la ciudad y el fútbol es su razón de ser. Es un poco la idea del ahora o nunca, de ir a ver algo que sabes ya no será posible ver nunca más.

Con esta idea empecé a dar la lata por aquí y por allá hasta que mi querido Juanjo, un atlético puro que yo creo que intenta convertirme, estuvo pendiente hasta que salió la oportunidad perfecta y me sacó las entradas. Unas entradas estupendas, por cierto, y un detalle que no olvidaré nunca.

Así es que me transmuté en seguidora del Atleti durante unas horas, porque si vas al Calderón vas con todas las consecuencias. Eso sí, a las doce me dije “bueno, Carmen, ya vale de hacer el indio” y volví a mi estado natural ¡HalaMadrid!. Eso sí: por el camino me llevé un 1-2 en contra de mis gustos, a lo que si sumamos la eliminación del Madrid la semana pasada, me convierten seguramente en la tía más atlética que salió del Vicente Calderón el otro día. El Pupas le llaman al Atleti: lo recuerdo para que nadie se atreva a llamarme gafe.

– ¿Ayer perdisteis, hija?
– No, mamá, ayer perdió el Atleti. A nosotros nos eliminaron la semana pasada.

Pues sí, una pena el resultado, que además deja muy complicado el pase a la final. Pero el ambiente fue fantástico y hubo mucha emoción, sobre todo en la segunda parte, cuando el Atleti tocó a rebato. Un resultado incierto y un ataque a la heroica, muchos huy, muchos casi, muchos cánticos, mucho levantarse del asiento y llevarse las manos a la cabeza. Sí, mucha emoción, eso es lo bonito del fútbol y una vez metida en ambiente.

Anoté algunas cosas en mi cabeza:

– Hace tanto frío como dicen y la rasca es de aúpa. Yo creo que se mezcla el río, la M-30 y que el estadio tiene dos esquinas sin cerrar. Yo iba a tono con el frío, y creo que es la primera vez en mi vida que me pongo el anorak de esquiar en Madrid. Eso sí, no llegue a ponerme el gorro.

– Sobre el ambiente, es verdad que es fantástico.  En el primer tiempo fue muy animado, pero es que en el segundo, cuando ya perdían por 0-2, fue la caña. Muy divertido.

– Claro que animé, ¡era imposible no animar! Eso sí, no canté ni atleeeti ni el himno, aunque me sé algunos trozos. Por supuesto, ningún cántico, entre otras cosas por miedo a confundirme. Ya saben ustedes que los cánticos son los mismos en todos los estadios, debidamente adaptados. También, para decirlo todo, hubo canciones que no conocía. Y otras que eché en falta… Y ya no diré más de esto. Así es que mi animación consistió en gritar ¡Vamos, Atleti!, cuando atacaban. Así, en general, porque no distinguía muy bien a los jugadores (no como con tu equipo, que sabes quién es por cómo corre). Y me metí mucho con el árbitro, que iba con el Barça. Ah, y aplaudí, aunque con los guantes puestos creo que no contribuí demasiado al ruido.

– Aunque iba con mi sobrino, pensaba decirle a quien tuviera al otro lado que yo era madridista. Como me habían dicho que se animaba hasta la locura y yo no pensaba volverme loca no quería que me tomaran por loca. Yo me entiendo. Al final no dije nada porque ¿para qué? Eso sí, al llegar y en son de paz le di un clinex al señor de al lado para que limpiara su asiento y él, en justa contrapartida, limpió también el mío. Un caballero. Sin clinex a mano, pero un caballero. En general a mi alrededor, un público muy guasón y muy divertido.

–  El resultado final fue un asco, y me dio mucha pena que al menos no empataran. Probablemente me perdi una locura colectiva. Pero bueno, sea, el partido estuvo entretenido y yo me lo pasé en grande.

En el descanso vi a Juanjo de lejos, aunque tuvo que sacar una linterna y hacerme señas porque por sus indicaciones (“llevo un gorro rojo”) podía ser cualquiera entre 10.000 ó 15.000 espectadores de su fondo. El sí sabía dónde estaba yo, que para eso me había sacado las entradas y conoce al dedillo el club de sus amores. Anfitrión generoso, se preocupó y estuvo pendiente de que una merengona como yo pudiera ir y decir, ahora sí, que una noche fui al Calderón a ver jugar al Atleti. No me convertiré, pero tengo que decir que, si cabe, quiero un poco más ahora a ese club. Sea.