El momento atlético de mi vida

img_2352El miércoles estuve en el Vicente Calderón viendo la semifinal de copa entre el Atlético de Madrid y el Barcelona. Sí, de verdad. Lo repetiré por si no me creen: el miércoles estuve en el Vicente Calderón viendo la semifinal de copa entre el Atlético de Madrid y el Barcelona. Y ahora voy y pongo un emoticono, 🙂 , por si prefieren creer, como mis amigos del poblachon, que alguien me ha robado el blog y, de paso, la personalidad.

Como Vds seguramente sabrán, el estadio Vicente Calderón va a ser demolido y el Atlético de Madrid se muda a La Peineta. Yo nunca había estado allí viendo un partido de fútbol y quería ir a ver al Atleti en su salsa antes de que los indios se vayan con sus cánticos al nuevo estadio. ¿Y por qué? Pues porque el Calderón forma parte de la historia de la ciudad y el fútbol es su razón de ser. Es un poco la idea del ahora o nunca, de ir a ver algo que sabes ya no será posible ver nunca más.

Con esta idea empecé a dar la lata por aquí y por allá hasta que mi querido Juanjo, un atlético puro que yo creo que intenta convertirme, estuvo pendiente hasta que salió la oportunidad perfecta y me sacó las entradas. Unas entradas estupendas, por cierto, y un detalle que no olvidaré nunca.

Así es que me transmuté en seguidora del Atleti durante unas horas, porque si vas al Calderón vas con todas las consecuencias. Eso sí, a las doce me dije “bueno, Carmen, ya vale de hacer el indio” y volví a mi estado natural ¡HalaMadrid!. Eso sí: por el camino me llevé un 1-2 en contra de mis gustos, a lo que si sumamos la eliminación del Madrid la semana pasada, me convierten seguramente en la tía más atlética que salió del Vicente Calderón el otro día. El Pupas le llaman al Atleti: lo recuerdo para que nadie se atreva a llamarme gafe.

– ¿Ayer perdisteis, hija?
– No, mamá, ayer perdió el Atleti. A nosotros nos eliminaron la semana pasada.

Pues sí, una pena el resultado, que además deja muy complicado el pase a la final. Pero el ambiente fue fantástico y hubo mucha emoción, sobre todo en la segunda parte, cuando el Atleti tocó a rebato. Un resultado incierto y un ataque a la heroica, muchos huy, muchos casi, muchos cánticos, mucho levantarse del asiento y llevarse las manos a la cabeza. Sí, mucha emoción, eso es lo bonito del fútbol y una vez metida en ambiente.

Anoté algunas cosas en mi cabeza:

– Hace tanto frío como dicen y la rasca es de aúpa. Yo creo que se mezcla el río, la M-30 y que el estadio tiene dos esquinas sin cerrar. Yo iba a tono con el frío, y creo que es la primera vez en mi vida que me pongo el anorak de esquiar en Madrid. Eso sí, no llegue a ponerme el gorro.

– Sobre el ambiente, es verdad que es fantástico.  En el primer tiempo fue muy animado, pero es que en el segundo, cuando ya perdían por 0-2, fue la caña. Muy divertido.

– Claro que animé, ¡era imposible no animar! Eso sí, no canté ni atleeeti ni el himno, aunque me sé algunos trozos. Por supuesto, ningún cántico, entre otras cosas por miedo a confundirme. Ya saben ustedes que los cánticos son los mismos en todos los estadios, debidamente adaptados. También, para decirlo todo, hubo canciones que no conocía. Y otras que eché en falta… Y ya no diré más de esto. Así es que mi animación consistió en gritar ¡Vamos, Atleti!, cuando atacaban. Así, en general, porque no distinguía muy bien a los jugadores (no como con tu equipo, que sabes quién es por cómo corre). Y me metí mucho con el árbitro, que iba con el Barça. Ah, y aplaudí, aunque con los guantes puestos creo que no contribuí demasiado al ruido.

– Aunque iba con mi sobrino, pensaba decirle a quien tuviera al otro lado que yo era madridista. Como me habían dicho que se animaba hasta la locura y yo no pensaba volverme loca no quería que me tomaran por loca. Yo me entiendo. Al final no dije nada porque ¿para qué? Eso sí, al llegar y en son de paz le di un clinex al señor de al lado para que limpiara su asiento y él, en justa contrapartida, limpió también el mío. Un caballero. Sin clinex a mano, pero un caballero. En general a mi alrededor, un público muy guasón y muy divertido.

–  El resultado final fue un asco, y me dio mucha pena que al menos no empataran. Probablemente me perdi una locura colectiva. Pero bueno, sea, el partido estuvo entretenido y yo me lo pasé en grande.

En el descanso vi a Juanjo de lejos, aunque tuvo que sacar una linterna y hacerme señas porque por sus indicaciones (“llevo un gorro rojo”) podía ser cualquiera entre 10.000 ó 15.000 espectadores de su fondo. El sí sabía dónde estaba yo, que para eso me había sacado las entradas y conoce al dedillo el club de sus amores. Anfitrión generoso, se preocupó y estuvo pendiente de que una merengona como yo pudiera ir y decir, ahora sí, que una noche fui al Calderón a ver jugar al Atleti. No me convertiré, pero tengo que decir que, si cabe, quiero un poco más ahora a ese club. Sea.

El Rastro de José Luís

El Rastro es mi amigo José Luis, la misma bonhomía. Tiene una pequeña tienda, una tienda diminuta que ha reformado hace poco y que parece más grande, aunque en realidad sigue teniendo el mismo tamaño. Y es que retirar trastos ayuda a la perspectiva. Antes tenías que entrar de perfil y con los brazos en alto, un poco por caber y otro poco por no arramblar con algún cachivache. Te quitabas el abrigo en la puerta para abultar menos y también para no llevarte cualquier figurita con una manga, o para no enganchar algún boliche con la hebilla del cinturón. Aquello era el colmo, porque estaba colmado: colmado de trastos, de chismes, de cacharros, de chirimbolos y de bártulos. Y te parecía inexplicable no que él pudiera vender algo, sino que alguien pudiera llegar a elegirlo entre aquel revoltijo.

La especialidad de la tienda de José Luis son los objetos patrióticos, almoneda de tiempos de guerras, tiempos de patria, de banderas y de banderías; tiempos de insignias y medallas; tiempos de emblemas y divisas, de escudos y de enseñas; objetos decorados con almenas, cruces y aspas; libros, curiosas reliquias llenas de polvo, piezas envueltas en un tiempo sin envoltorio, un tiempo de heroicidad y de nostalgia. También tiene vestidos militares, y gorras de todas las graduaciones. Y objetos de marino, y seguramente alguna pata de palo que no habré visto, porque para verlo todo se necesitaría tanto tiempo como para navegar los siete mares.

Después de la reforma pudimos entrar de frente todos los amigos a la vez y descubrimos, con sorpresa, un espacio enorme que antes había estado escondido en el fondo del local. Uno por uno -según nos topábamos con aquel hallazgo-, íbamos preguntando a José Luís con mucha coña si ese espacio era suyo o de la tienda de al lado, y si ya lo conocía antes de la reforma o si, por el contrario, lo habían encontrado los pintores por casualidad. Oiga, caballero, que aquí, detrás de la vitrina, está la otra mitad de la tienda. José Luís iba regalándonos respuestas ingeniosas hasta que se cansó y nos llamó gilipollas. No, en serio, sois gilipollas, zanjó. Entonces alguien apuntó que la reforma tenía un encanto adicional: ahora podíamos decir gilipolleces todos juntos y no como antes, que teníamos que alternarnos para entrar y decirlas de uno en uno.

Mi amigo José Luís dice que él no es anticuario sino trapero, pero no es verdad. Mi amigo José Luís acumula como un coleccionista, entiende como un anticuario y siente como un amante de la almoneda. Para mí el Rastro es mi amigo José Luís, la misma bonhomía.

Noche de los 80

No se puede volver en el tiempo, de manera que la pregunta de si me gustaría volver a tener 20 años sólo puede ser retórica. Y la respuesta, inútil. Con todo, nada nos impide imaginar y contestarla. Yo no volvería, por muchas razones entre las que no se encuentra la cintura, claro. Aunque tengo para mí que mi generación ha tenido una suerte inmensa que no han tenido las anteriores ni la que ha venido después. Esa suerte es la música de los 80 y de los 90, pero que se conoce en genérico como los 80.

Ayer estuve con mis amigos del poblachón en un concierto de música de entonces. Cuando creíamos que ya llegábamos tarde yo pregunté si no había teloneros que cantaran algo antes, y que nos diera tiempo a llegar, y mi amiga Susana me dijo “Carmen, todos son teloneros”. Sí, no estaban todos los grandes de la época, pero cada grupo de entonces, yo creo que sin excepción, tiene una canción convertida en himno que canta mi generación. De memoria y a voz en grito. Nacha Pop, Los Secretos, La Unión, Golpes Bajos, Alaska con los Pegamoides, con Dinarama y sola con su bola de cristal, Celtas Cortos, Danza Invisible, Gabinete Caligary, Duncan Dhu, Loquillo, Héroes del Silencio, Radio Futura, La Guardia y muchos otros que seguro que ahora no recuerdo. Y que esto no pretende ser una lista exhaustiva, ni yo soy una especialista, sino solo alguien que vivió aquello, como tantos. Afónica estoy.

Y luego nos fuimos a tomar unas copitas, claro, que no estamos ni mucho menos acabados, y no pudimos evitar la conversación remember que se da en estos casos. Es muy curioso cómo una diferencia de sólo dos o tres años quita o pone recuerdos, sobre todo los que tienes de muy pequeño. Y es que 3 años es la diferencia entre tener 5 y no enterarte de nada y tener 8 y recordar un anuncio en la tele, por ejemplo. Y estuvimos hablando de series de la tele, riéndonos de que Javi estuviese enamorado de Mary Ingalls (antes de que se quedara ciega) y atendiendo a la advertencia de Alfredo acerca de que no debíamos ver, bajo ningún concepto, la serie de Daniel Boom de nuevo, porque el cartón canta de lo lindo. Yo no recuerdo la serie, aunque sí un disfraz que me trajeron los Reyes Magos, cuando todavía creía que eran magos. Y la revelación de la noche corrió por cuenta de Begoña, cuando nos dijo que dejáramos de jurar que Afrodita A decía “Pechos fuera” antes de usar las tetas como si fueran obuses, porque no lo dicen en la serie de Mazinger Z. ¿Pero cómo que no lo decían? ¡Si yo lo recuerdo perfectamente! Pues no, no lo decían: “puños fuera” sí, pero “pechos fuera” no. De todos modos, hoy esa serie, como tantas cosas, serían impensables.

Afónica estoy.

 

 

Dentistas

Tengo yo una compañera en el trabajo que no ha ido nunca en su vida al dentista. No sé su edad exactamente pero vamos, que no es ninguna niña. ¿Creerán ustedes que tiene una mala dentadura? En absoluto. Tiene los dientes estupendos, bien blanquitos y fuertes. Luego tengo una amiga que me decía el sábado, amargamente, que cuanto más iba al dentista y más se cuidaba los dientes, más lata le daban. Que no tenía hueso y que no le podían poner implantes, y que cada dos por tres tenía algún problema y le dolían horriblemente. Entre estos dos extremos estoy yo, y ninguno de los casos que les acabo de contar mejoran ni empeoran mi existencia. Y la de mi dentadura.

El viernes por la noche se me partió un diente. Así: ras. El porqué y el cómo dejaron de tener importancia cuando comprendí el desastre. Y pensaba que había roto la funda pero no, lo que se ha ido a hacer puñetas ha sido el diente entero. Y me he pasado todo el fin de semana comiendo sopa y tortilla francesa -es un decir- y tratando de no pronunciar ni la zeta ni la ese por miedo a que el diente, colocado de nuevo con mucho cuidadito para aguantar hasta el lunes, no saliera volando hacia mi interlocutor. Menudo panorama.

El horror, el horror. Esta tarde he estado cuatro horas en el dentista que además de tener unas manos maravillosas tiene mucha empatía. O misericordia, no sé. Me ha ido colando entre otros pacientes para arreglarme el diente, y me ha puesto algo provisional para pasar el verano. De todos modos tenía que volver en septiembre, porque hace tres semanas me había puesto dos implantes. Así es que tengo una boca de lo más provisional. Si lo sé, empiezo con esto en abril y me ahorro la operación bikini.

Y hoy, queridos amigos, digo lo mismo que dije hace tiempo en otro post: no se pueden ni imaginar lo que me alegro de vivir en este siglo y en este país. Y ustedes también deberían alegrarse, que nadie está libre de romperse un diente cualquier día de estos.

 

Caravaggio dentista un mundo para curra

 

 

Muerte de un votante

Hoy he ido a votar otra vez. Normalmente voy con mi madre antes de comer, pero hoy, tal vez por el hartazgo, hemos ido de buena mañana. Al llegar al colegio electoral he visto que había dos furgones del Samur en la puerta, pero no le he dado importancia. He pensado que con el calor estarían dispuestos para prevenir algún sofoco al mediodía, o tal vez les habrían avisado por alguna caída o algún mareo.

Al entrar por un pasadizo por el que se accede al colegio, había un cordón policial que obligaba a las pocas personas que íbamos llegando a pasar por un hueco, entre una farola y una pared. Mi madre me ha preguntado por qué hacían eso y también entonces le he quitado importancia: mamá, querrán controlar el paso y así es más facil porque pasamos de uno en uno y nos ven mejor. Claro, hija, y si lo hace la policía estará bien hecho. Claro, mamá, eso es.

Había muy poca gente y hemos votado muy rápido, mucho más que en otras ocasiones. Puede votar, gracias, buenos días y vuelta a casa por el mismo sitio.

Quizá no lo hubiéramos visto tampoco al salir, pero el llanto de una mujer mayor nos ha hecho fijarnos en la escena. Un hombre estaba tendido en el suelo, tapado con una sábana blanca, muerto, mientras la mujer era consolada por una chica joven que la abrazaba y le tapaba la cara contra su hombro. La mujer lloraba bajito, detrás de los policías que le daban la espalda y escoltaban su dolor.  Hemos pasado por delante mirando al suelo, porque no había otra cosa que mirar que no fuera impúdico. ¿Estarían al entrar?, le he preguntado a mi madre cuando ya estábamos lejos. Seguramente, hija, y por eso la policía nos ha desviado. Pobre mujer, ha dicho ella. Pobre hombre, he dicho yo. Y silencio.

Morir en la calle. Caer desplomado en una acera por la que hoy van a pasar cientos de personas. Personas que quizá vean tus zapatos asomar por debajo de una sábana y que tal vez oirán a una mujer llorar sin saber quién eres tú ni quién es ella, sin saber qué te pasó ni por qué has muerto.

¿Y por qué has salido enfadada de casa?, ha recordado de pronto mi madre al entrar en el portal. Porque había olvidado una contraseña, he contestado. Hija, eso se soluciona; lo que no tiene remedio es lo que has visto en el colegio.

Ninguna le ha preguntado a la otra si el hombre habría muerto antes o después de votar. Seguramente porque no tiene ninguna importancia. Ni tampoco remedio.

Una ola feroz

Susana, pendiente de María y de su chapoteo en la orilla, llegó al borde del mar tranquila y segura de sí misma pensando que con ella no iban aquellas olas asilvestradas. Se metió en el mar hasta que el agua le llegó a las pantorrillas, abrió las piernas para plantarse bien en el suelo de arena y puso los brazos en jarras.

En esas estaba cuando llegó una suerte de Miura espumoso que la dobló literalmente por la mitad. Y entonces se ve que tuvo un pensamiento corto y decidió que lo mejor para no caer era tirarse. Con rapidez, echó las manos al suelo y se arqueó como un gato, pensando que la postura traería la astucia, y así salvó el primer embate. Pero se confió demasiado al quererse incorporar, porque el resto de la ola –o sea, la mitad del Atlántico–, se le echó encima y la sumergió como en una lavadora. Y la fiesta no acabó ahí: llegó entonces una tercera ola, más violenta aún que las anteriores, la cogió por las corvas, la levantó dos palmos del suelo, la puso horizontal y la dejó caer a plomo. Una vez que el mar hizo hizo todo eso con ella, y por si acaso se le ocurría rechistar, la envolvió de nuevo para darle un par de vueltas más para rematar su guiso, para el caso una tortilla o un sencillo revuelto.

Se levantó desorientada sin saber a qué punto del horizonte debía mirar y sin entender si seguía en la Isla de La Palma o ya había llegado a Zanzíbar. Era como una señora recién salida de la peluquería a la que le tiran un cubo de agua por encima. Y entonces, con cara de susto, se echó las manos a la cabeza y gritó “¡Mis gafas!”. María la miró queriendo entender el problema, feliz mientras seguía rebozada en la espuma y la arena, disfrutando como sólo disfrutan los niños.

– No te preocupes por las gafas, que el mar lo devuelve todo–, le dije a Susana. Pero el mar, como hacemos los humanos, sólo devuelve lo que no le gusta. Ahora sus gafas estarán en la tripa de algún pez.

Estuvimos en aquella playa hasta que el espectáculo ya sólo podía repetirse, cansadas de ver a otros bañistas salir reptando del mar como las iguanas. Nos tomamos algo en un bar cercano y nos volvimos al hotel, a darnos una ducha en calma. Todavía tenemos arena en el pelo.

Cortinas

Una cortina no es una puerta. No tiene mirilla, ni dintel. No tiene quicio, ni bisagras. No tiene pomo, no tiene umbral. No hace clac.

Las cortinas no cierran el paso, tan sólo lo disimulan. A veces lo incordian. Uno aparta la cortina cuando se cruza en su camino como el que se quita una mosca de la cabeza, con cierta molestia, con un algo de desprecio, y con mucha desgana. Uno aparta la cortina con el dorso de la mano, como un mal pensamiento.

Una cortina corta es tan ridícula como un pantalón pesquero. Y una cortina larga es tan sucia como una escoba sin recogedor, o como una alfombra sin levantar, o como un plumero sin sacudir. Es como una falda larga sin miriñaque que una mujer pinza con indolencia para subir unos escalones, igual que se pinza un pelo para quitarlo de una mesa.

La cortina es la puerta de los pobres.

Hay otras cortinas. Las cortinas de humo, que también son un manto, y que esconden la verdad de miradas curiosas y de miradas interesadas. Y de miradas limpias. Las cortinas de humo son, como la tinta de calamar, una evasión cobarde. También existen las cortinas de acero, que por brutales se dan en llamar telón, palabra que fuera del teatro provoca escalofríos.

Y por último hay cortinas de agua. Estas cortinas son el resultado de una bonita cascada, de una fuente elegante o de una lluvia imponente. El agua les aporta verdad. Y uno puede querer abrazar esa cortina, pero se encontrará abrazado a sí mismo aunque el dibujante intente hacer trampas.

(Ilustración de Gervasio Troche)

para escrito

Máquinas de vending (con Christian Gálvez de invitado)

Que levante la mano quien no haya visto nunca a una persona enfurecida dando patadas a una máquina de vending que se ha quedado con su dinero y no le ha dado la mercancía. No pediré que levante la mano quien lo haya hecho alguna vez porque este es el típico comportamiento que sólo hacen los demás.

Sin embargo, tengo para mí que pegarse con una máquina de vending es algo relativamente corriente. Por regla general está terminantemente prohibido darle golpes porque la máquina puede estropearse para siempre. Pero no siempre uno se puede contener. O eso imagino. Un cúmulo de contrariedades puede hacer entrar en combustión a cualquiera, y así personas muy serenas pueden convertirse en basiliscos que traten de hacer una llave de sumo a una de esas máquinas del infierno. Ya digo que es algo que sólo hacen los demás. Pero nada impide imaginar. Sólo imaginar…

Imaginemos, pues. Tú estás una tarde, tarde, terminando ese informe que te tiene frita y se te ocurre que te vendría bien parar y acercarte a la cocina de la empresa a comprarte un kitkat.  Así es que coges el bolso, abres el monedero, coges el último eurillo que te queda suelto y, hala, a comprar.

Cuando llegas a la máquina del kitkat, clinc, echas la moneda y te la devuelve. Clinc, lo intentas de nuevo y nada, te la devuelve otra vez. Te fijas un poco y descubres que tiene una lucecilla roja encendida: vaya, no devuelve cambio. ¿Cuánto vale el kitkat? 65 céntimos. Bien, decides sacarte un botellín de agua de la máquina de al lado, que son 35 céntimos. Es verdad que ya tienes otro botellín entero encima de la mesa, pero bueno, el agua nunca está de más. Clinc, metes tu euro en la máquina y, vaya por Dios, la lucecita también está roja.

Te quedas con tu euro en la mano y… está bien, sacaré un café, qué remedio. Sí, es un poco tarde para café, pero ese aguachirri no te despierta ni aunque te lo tires por la espalda ardiendo. Allá vas. ¿A ver qué tenemos? Ajá, cogeré un cortado de vainilla, uno de los hawaianos extra sabor superoloroso que son 35 céntimos. Clinc. ¿Cómo? ¿No hay? Bueno, pues cogeré el otro cortado. Clinc. Ahí va, el otro cortado es colombiano sabor puro del café de los Andes y son sólo 30 céntimos. ¿Qué hacer? Miras la máquina y, como por milagro, encuentras la solución: además del café malo, sacas un vaso vacío que son 5 céntimos. Clinc.

Ya está, ya tienes tus 65 céntimos exactos, además de un café cortado que no quieres y un vasito vacío que no necesitas. Pero tendrás tu kitkat. Clinc, clinc, clinc, pum, botón del kitkat. Momento emocionante y la mar de rítmico. Unas lucecillas azules se van encendiendo hasta formar un círculo que se mueve como el cursor de un ordenador cuando piensa. Una vuelta y otra hasta que las lucecillas azules se paran. Y aquí hago un pequeña parada para imaginar cómo describiría este momento Christian Gálvez:

La mujer, con aire cansado pero intrigada y al mismo tiempo expectante por el resultado de sus arrojados desvelos, y vestida con una ajustada camisa blanca de llamativos cuadros grandes rosas y un discreto traje de chaqueta azul marino tenue, degustaba mentalmente pero con fruición el sabor crujiente y sincero de aquel sabroso y crocante kit kat crepitante que se hacía esperar con melancolía pero al mismo tiempo con un alborozo de estremecimiento restallante, mientras que su ajustado zapato negro de tacón juicioso tamborileaba al ritmo que su delgado pié izquierdo le ordenaba, no sin antes garantizar, sin ningún género de duda, o con algún género, que para eso era la duda, que su igualmente fino pie derecho asía su cimbreado cuerpo al suelo de apesadumbrado cemento gris pulido, que había costado 400 euros el metro cuadrado y que habían hecho instalar el 14 de diciembre de tres años antes, justo cuatro días después del aniversario de bodas de la tía materna por parte de abuela de Leonardo da Vinci

Ya sigo yo, que no quiero que se duerman. Entonces el kitkat empieza a moverse dentro de su estante mientras lo empuja un gancho de metal. Suena un bzzzz. Un bzzzz muy aspiracional. Bzzzz, bzzzz, tu kitkat se acerca. De pronto, la máquina deja de hacer bzzzz.  Tu kitkat no ha caído. El gancho se retrae. Tu kitkat no ha caído. El gancho ha vuelto a su sitio. ¡Tu kitkat no ha caído!

¡Demonios!

A ver, que levante la mano quien no haya visto nunca a una persona enfurecida dando patadas a una máquina de vending que se ha quedado con su dinero y no le ha dado la mercancía.

Árboles señalados

Hay que ver qué altos son estos árboles, iba yo pensando en mi paseo de esta tarde. Estamos tan habituados a verlos que no nos damos casi cuenta de que la copa de algunos llegaría hasta un tercer o cuarto piso.  Yo no he visto nunca un secuoya, que son árboles que pueden medir lo mismo que un edificio de 20 ó 25 alturas, o quizá más, no sé, ya les digo que nunca me he cruzado con un árbol así en persona. Pero me encantaría ver uno, aunque probablemente no me sacaría la clásica foto abrazándolo, no soy yo muy de abrazar árboles, no me motiva. Supongo que me pondría al lado de uno, y ya con eso se vería la diferencia de tamaños.

Cuando llegamos al Poblachón, hace la tira de años, crecía un abetito muy mono en la acera que da a la plaza de la urbanización, pegado a uno de los edificios de apartamentos. Con el pasar de los años el abeto fue creciendo y creciendo y ahora ya desde el salón de la casa de mi amiga Yolanda, que es un segundo piso, no ven un pimiento.  Tampoco ven nada desde la terraza, que está inundada con las ramas del árbol. Descorren las cortinas y ahí sólo hay abeto.

– Te recojo hacia las siete, tú estate pendiente para bajar cuando me veas pasar con el coche.

– Pero que no veo la plaza, macho, que no veo la plaza con el puñetero arbolito de los cojones. Cuando llegues, te bajas tú del coche y me llamas por el telefonillo.

Alguna vez le he oído decir que deberían cortarlo. Incluso alguna noche ha afirmado que iba a hacerlo ella misma, en persona, con un hacha, chuf, chuf, un par de escupitajos a las manos y hala, a talar. Y que no hay derecho a esa invasión abeteril; que se diría que viven en medio del bosque; que hay días de verano, con las ventanas abiertas, que se sientan a comer y parece que están de picnic; que aquello es un nido de bichos y de pajarracos y que, en definitiva, odia el árbol. Es muy exagerada, mi amiga Yolanda, y un poco radical. Total, los árboles son la salsa del bosque, el epítome de la vida en el campo.

– ¿El epítome has dicho? ¿El epítome de la vida en el campo? ¿Pero tú eres idiota?

Qué falta de comprensión. A mí el único árbol que me ha dado mala vida es el de unos vecinos del poblachón, y sólo un par de veranos, cuando vivíamos en la que había sido la casa de mi hermana. El vecino tenía un bonito chalet con árboles de tronío y había uno que me destrozaba los atardeceres, porque en mi terraza se ponía el sol tres horas antes que en el resto del poblachón y además, sin mediar paisaje melancólico. Pero nunca se me ocurrió que había que cortarlo, desde luego, aunque sí que había días que, cuando se cernía la sombra y tenía que abandonar una cálida tarde de lectura al sol, aquel árbol me provocaba reacciones muy parecidas a las de mi amiga Yolanda.

– El puto arbol, macho, qué cruz con él, el frío que da.

Hoy, cuando cargaba la chimenea, me ha venido a la cabeza que, eso que quemamos, quizá fue una encina majestuosa, un roble joven o un pino valiente. Árboles anónimos de los que sólo he visto los pedazos. Y me ha dado por pensar en la suerte que tienen los árboles de los que se puede hablar, a veces árboles intocables que han esquivado la justicia, el mérito y la oportunidad de echarlos abajo. Arboles señalados, como señalados están los que acaban en la chimenea, aunque con otro tipo de señal.

Un texto sobre la vergüenza ajena

No es siempre, y no es por todo. Es sólo a veces y por algunas cosas. Lo normal es que me sienta acompañada, acompasada, acomodada contigo. Son ya muchos años juntas, unidas por la complicidad, por la costumbre, por el cariño. Muchas tardes, otras tantas mañanas, haciéndonos compañía la una a la otra, tú a mi lado, yo al tuyo, inseparables las dos. Debes saber que no vengo aquí a entregarte un reproche, sino a contar mi verdad.

Lo siento, pero no puedo soportar que te pongas la primera en la fila cuando se reparte comida. Hay otros, hay otras, hay muchos que también quieren coger algún dulce y que aguardan su turno pacientes, educados, atentos, hasta que la mano amiga se los ofrece. Tú no. Tú empujas a los demás para coger lo que te corresponde y vuelves a pedir más, como si fuera la primera, como si fueras la única, como si no hubiera más bocas que la tuya, sin otro merecimiento que pedir, y pedir, y volver a pedir, se diría que estás hambrienta, que te supera el ansia, que te abandonas a la codicia, que te rindes a la gula, que te entregas a una voracidad incomprensible que me avergüenza.

También me avergüenzas y mucho cuando, en la calle, nos encontramos con algún conocido tuyo. Esos aspavientos histéricos, esas demostraciones de cariño desmedido, exagerado, excesivo, desmesurado, desorbitado, extremado, descomunal, gigantesco, aparatoso, descontrolado. Me sube la sangre a la cara cuando siento la mirada burlona de los otros transeúntes en mi espalda mientras trato de apaciguar esa reacción tuya tan fuera de lugar, tan inelegante, tan poco contenida.

¿Y qué decir de esa manía tuya de hacer el trenecito en público? Me sonrío cuando pienso que eso de hacer el trenecito es como lo llama mi hermana, que muy finamente esconde la verdad para no decir, por lo directo, que te pica el culo y te alivias aunque haya otras personas delante. Y así, sin poder dominar la desazón, te frotas disimuladamente cuando te incorporas del sillón, o arrastras las posaderas por la arenilla del pinar cuando te sientas en el suelo, o te aprovechas de las hebras de una manta, qué más dará dónde estés. Me desquicia que pienses que nadie se está dando cuenta. Me desquicia tu primariedad. Y tu descaro.

Pero mira, ya el colmo es cuando intentas montar a otros perros en el parque. Yo nunca, ¡nunca!, te eduqué para que te comportaras como una perra, aunque lo seas. El espectáculo es pavoroso, créeme, y ganas me dan de decir que no te conozco, que yo sólo pasaba por allí de camino a misa, a la Novena, o a Maitines, o a Vísperas, a limpiar el coro o a ensayar con la guitarra, qué sé yo. Y que eso que llevo en la mano no es tu correa, sino un rosario… El colmo, Curra, esto es el colmo del deshonor.

No es siempre y no es por todo, es sólo a veces y por algunas cosas que haces y que son estas que hoy he venido a contar aquí. Y que no debes tomar como un reproche, sino tan sólo como la pura, sencilla e inevitable realidad.

Este texto fue también publicado en El Naviero (www.elnaviero.com)