Marías

A mí me gusta mucho Javier Marías, y me parece un gran escritor. De él no he leído todo, pero sí un buen puñado de libros: Corazón tan blanco, Todas las almas, Mañana en la batalla piensa en mí, y la trilogía Tu rostro mañana, que me parece muy buen libro el primero, brillante el segundo y magnífico el tercero y, en conjunto, una obra maestra. También he leído Los enamoramientos, su último libro, y tengo que decir que no me parece ni de lejos lo mejor que ha escrito. Una frase suya acompaña a este blog desde que lo abrí, y la dice el protagonista de Todas las almas al principio del libro cuando le hacen ver, con elegancia, que la palabra papirotazo proviene del golpe que se pega en el papo, y no de la toba que se le da a un papiro para probar su resistencia, que es lo que él, un profesor de español en Oxford, se ha inventado en clase como respuesta a una pregunta sobre la etimología de la palabra.

De los libros que he leído de Marías me gusta su manera de imaginar las historias y de mantener el interés en la narración, y que se entretenga reflexionando y vaya recorriendo los pensamientos de unos personajes siempre muy bien dibujados. Creo que tiene una prosa formidable, hila muy bien las tramas y luego las cose con mucho cuidado sin dejar cabos sueltos y sin que nos parezca extraño todo lo que nos cuenta, porque sus historias nunca dejan de ser una novela aunque sus personajes transiten por nuestro tiempo y compongan una sociedad muy reconocible. Y son novelas con fondo, que abordan temas con interés que dan que pensar y discutir.

O sea que Marías me encanta, me parece un escritor maravilloso. De novelas, porque en sus artículos periodísticos reconozco que no le sigo más que cuando me lo encuentro. Sí que le he leído en alguna entrevista y me parece un tipo normal, con sus ideas, que las tiene por supuesto, pero sin ser ningún sectario, desde luego. Le sobra inteligencia, formación y buenas maneras para enfangarse, creo yo. Eso sí, como madridista lo mejor que podrían hacer es ponerle en una vitrina para decorar la sala de trofeos con un esparadrapo en la boca y la mano atada a la espalda para que no escriba tonterías…

La semana pasada, el Ministerio de la cosa le concedió el Premio Nacional de Narrativa y él lo rechazó, en mi opinión con amabilidad, agradeciendo la gentileza y tomándose el tiempo de explicar sus razones. También recordó que a su padre nunca le habían dado un premio Nacional, y que lo merecía más que él, algo que le honra tanto a él como a su padre pero sobre lo que yo no tengo una opinión formada, aunque si él lo dice llevará razón. Contó que siempre había manifestado que rechazaría cualquier premio oficial, y yo la verdad es que le alabo el gusto, por aquello de no mezclar las toallas con los trapos. Quiero suponer que el Ministerio también tendría sus razones (tanto para elegir a Marías, como para elegir una novela que no es la mejor que ha escrito), y sin embargo no han explicado por qué no conocían esto que no parece que fuera el secreto de la Cocacola, en especial para algo que se llama Ministerio de  “Cultura“, y por qué a nadie se le ocurrió pegarle antes un telefonazo para preguntar  y así no quedar compuestos y sin premiado. Francamente, este es un episodio que Marías se puede permitir, pero el Ministerio de Cultura no.

En fin, después de todo lo anterior diré que ni ese premio le hubiera convertido en mejor escritor ni el haberlo rechazado en peor. Y que de todos modos, aunque no lo haya recogido, se lo han concedido. Como dirían los franceses, bien joué, Marías, bien joué

Paradoxal

Una niña bien guapa que conozco me dijo añoche en un sueño que “esto es paradoxal”. No consigo recordar a qué se refería, pero sí que me hacía reír mucho con la ocurrencia.

Está muy bien que los niños aprendan desde su edad más temprana a salir en los sueños de los demás y a dejarles el recuerdo.

Les pongo esto para que practiquen un rato con la pronunciación de las equis y de paso para que aprendan que sólo en muy raras ocasiones, se pronuncian sin que existan.

PS: Es de lo más normal que los niños guapetones y simpáticos digan “paradoxal” de vez en cuando. Un claro síntoma de estar muy bien educados y de tener unos padres bien majos. Y una madre que hace unas tartas riquísimas. Y…y…. y ya no sé qué más puedo decir para que no se me malinterprete un tuit 🙂

espacio

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Je n’ai pas d’excuse,
C’est inexplicable,
Même inexorable,
C’est pas pour l’extase, c’est que l’existence,
Sans un peu d’extrême, est inacceptable,

Je suis excessive,
J’aime quand ça désaxe,
Quand tout accélère,
Moi je reste relaxe
Je suis excessive,
Quand tout explose,
Quand la vie s’exhibe,
C’est une transe exquise

Y’en a que ça excède, d’autres que ça vexe,
Y’en a qui exigent que je revienne dans l’axe,
Y’en a qui s’exclament que c’est un complexe,
Y’en a qui s’excitent avec tous ces “X” dans le texte

Je suis excessive,
J’aime quand ça désaxe,
Quand tout exagère,
Moi je reste relaxe
Je suis excessive,
Excessivement gaie, excessivement triste,
C’est là que j’existe.
Mmmm, pas d’excuse ! Pas d’excuse !

La gallina

Fuimos, como cada Navidad, al pueblo de mi padre, en la provincia de Toledo. Como siempre, se desvivían por llenarnos de atenciones, por enseñarnos todo, por llevarnos de aquí para allá. No dejábamos de ser “la familia de Madrid”, y se reían mucho cuando nos asustábamos si pasaba cerca algún gorrino o cuando nos miraba una vaca fijamente. La verdad es que de aquellas cosas del campo, el único que entendía algo era mi padre, aunque más de la parte de la Naturaleza que de lo relativo a la faena cotidiana.

Entonces alguien le quiso regalar una gallina a mi madre. Y le dijo en broma que si quería que se la diera viva o muerta. Y todo el mundo se echó a reír, con mucha chufla, ja, ja, cómo se va a llevar una gallina viva la Carmencita, ja, ja, mira que eres “bolo”, ja, ja. Bien, eso es no conocer a mi madre.

A Madrid que nos vinimos con la gallina en un saco. La gallina viva, por supuesto, en el maletero de aquel 1.500 con las tres niñas detrás oyendo el rumor de un coco-cocó lejano, enterrado debajo del tronar del Carrusel deportivo. Mi padre se desentendió del asunto, faltaría más: finalmente, tras esos puños blancos y aquella corbata impecable se escondía un hombre de campo, sí, amante de la siembra y la siega, interesado por los rojos atardeceres y las tibias mañanas, enamorado de encinas y alcornocales, soñador de cigarrales y de vetustas casonas… pero sin vocación ni experiencia alguna como matarife. Aparte de que aquello carecía de cualquier atisbo de racionalidad. En cuanto a mi querida madre, algo sabía. De oídas, claro. De las historias que se cuentan en torno a una mesa camilla, de cuando la guerra. Quizá había leído algo en algún libro. O tal vez en… ¿Sería en lo de Felix Rodríguez de la Fuente…?

Cuando llegamos a casa, la gallina fue a parar a la terraza. En un 4º piso en Madrid, todo muy coqueto. Una de mis hermanas pretendió defender a la gallina, y quería que la llevaran a un sitio especializado, aunque no supo concretar qué tipo de especialización. Mi otra hermana sólo sabía decir que había que matarla bien, que los pollos andan sin cabeza y que a ver si se iba a caer por la barandilla a la calle, qué horror. En cuanto a mí, yo sólo recuerdo la sensación de mareo. Mi padre propuso llevar la gallina a un carnicero al día siguiente y dejarse de líos. Otro que tal, como si no conociera a mi madre.

Llamó a una tía suya y ésta le dijo cómo. Agarras la gallina bien agarrada, con el cuerpo debajo del brazo como si fuera el fol de una gaita y dejando la mano libre para estirar del cuello a la gallina. Con la otra mano, le pegas un corte seco con un buen cuchillo en la nuca.

Mi madre todavía cuenta el episodio deprisa, como sin querer recordarlo. No sabe si la gallina aleteó antes de morir o si tuvo que desangrarse. Sólo sabe que tenía dos preocupaciones: cortarle el cuello rápidamente y no desmayarse. Por ese orden.

Curra en el aperitivo

Hoy hacía una preciosa mañana de sol y frío madrileño, así que me he llevado a Curra al aperitivo, como hago siempre que voy a una de las terracitas cerca de mi casa. Curra es una perra muy pacífica y la puedes llevar a todas partes. Sin embargo, en España no dejan meter a los perros en la mayor parte de los sitios, ya puedes decir que está educada y que no hará nada. Cuánta gente no podría decir eso de ellos mismos. Pero bueno, entiendo que hay personas a las que les dan miedo los perros, o asco, o simplemente que no les da la gana compartir su espacio con un animal. En fin, a Curra le gusta mucho esto de venirse conmigo de aperitivo aunque hoy, tumbada a mi lado, se ha llevado un buen pisotón en el rabo. Un señor trataba de colocar su silla y no la ha visto, y luego ha estado a punto de caerse, él y la silla, no sé si por el susto de pisar en blandito o por el aullido de Curra. Pobre hombre.

– Mira que te tengo dicho que no dejes el rabo al descubierto cuando hay gente a tu alrededor

– Bueno, pues suéltame y ya me voy colocando yo “a modo”.

– No, querida, esto no tiene nada que ver con dejarte suelta. Esto tiene que ver con que se han terminado las patatas y tú te adormilas ahí como si fueras un mastín del Pirineo viendo pacer al ganado.

– De eso nada. Me adormilo porque me aburre vuestra conversación.

– ¡Oh! así que la señorita pretende que discutamos sobre olores de culos… Anda, túmbate otra vez y mete el rabo entre las patas. ¡Y no digas “a modo”, no seas cursi!

– ¿Pues qué digo?

– Curra, se supone que tú no tienes que decir nada: los perros no hablan…

Luego, cuando ya nos íbamos, la camarera ha venido a recoger la mesa y ha empezado a echarle piropos. Llevaba un par de patatas fritas que habían sobrado de otras mesas y me ha pedido darle una a Curra. Le he dicho que sí. ¿Me morderá los dedos?, me ha preguntado.

– No, descuide. Pero no espere que le dé las gracias. No habla con desconocidos…

Aquí no hay quien viva (ni quien done)

La Fundación Amancio Ortega firmó ayer un convenio de colaboración con Cáritas por el que este señor aportará 20 millones de euros para programas de atención básica hasta finales de 2013. Como es habitual en un país que cada vez se va pareciendo más a una vesícula, ha habido algunos memos que han despreciado e incluso criticado la acción, con esos argumentos de payaso amargado que no se sabe si buscan una extraña piedra filosofal que devuelve con el eco un rebuzno. Estos progres de la memez, que son envidiosos por parte de padre y odiadores por parte de madre, no terminan de enfadarme porque también serían capaces de conmoverme: ellos podrían acabar, como todos, en la cola de un comedor social.

Ayer tuve que leer el siguiente razonamiento matemático: “Que Amancio Ortega done 20 millones de euros es como si yo dono 1 euro”. Por supuesto, querido memo, pero dado que te gusta tanto echar cuentas, convendrás conmigo en que para alcanzar 20 millones de euros se necesitan 20 millones de roñosos que dejen una mierda de donación como la tuya. Y que me perdonen los de Cáritas, que seguro que no le hacen ascos ni a la donación del miserable euro de este mono con 3G, pero también les advierto: cuidado con estos gilipollas, porque igual que demonizan a Ortega, les criticarán por no distribuir democrática e igualitariamente la comida: si un chaval de 40 kilos come un plato de sopa, yo que peso 80 me merezco dos platos, razonará el muy tontainas. Introduzco la palabra “merecer” porque últimamente se usa mucho, especialmente para exigir la wifi en las paradas de autobús.

Otro top es la de los listísimos que se ponen a decirle a Amancio Ortega lo que tiene que hacer con su dinero, e incluso a echar cuentas de a cuánto tocaríamos si lo diera to’ pal pueblo. Y una muy buena es la de los que le critican por tener fábricas y centros de logística fuera de esta patera mal avenida en la que vivimos. Si Lucía Echevarría, por poner el ejemplo de un escritor cualquiera, escribiera directamente en mandarín (es un suponer), su editorial no tendría que andar por todo el Planeta buscando un chino deslocalizado o un pobre inmigrante para traducirla (traducir, no copiar, no tengamos prejuicios con los chinos). No sé si me siguen… O sea, que por lo visto  la globalización es una plaga, y cabe hacer una durísima crítica al negocio editorial, por ejemplo, puesto que promueve la internacionalización de los mercados, algo horrendo que al parecer sólo trae el mal. Un mal perverso que hace que Inditex  dé trabajo a más de 100.000 personas (la mitad en España) y que haya logrado ganar casi 2.000 millones de euros en 2011… después de impuestos con los que, por cierto, se pagan jubilaciones, prestaciones de desempleo y hasta el sueldo de diputado de ese alcalde (¿serán dos sueldos?) que hoy asalta un Mercadona y mañana hará lo mismo con un Zara para, desde la justicia social, regalarle una pashmina a su señora o a cualquier colegui de algarada.

Yo soy donante de Cáritas, y a mucha honra. Creo que, al igual que muchas otras organizaciones, realizan un trabajo muy bueno, y más en un momento tan duro como en el que estamos. Creo, de corazón, que el gesto de Amancio Ortega suma, y suma un montón: 20 millones de euros… en fin, no sé vds, pero yo hay meses que no los gano. Muchas otras empresas, otros empresarios, otros ricos, otros famosos, dedican parte de sus beneficios a donaciones, y tienen programas sociales. De verdad que no consigo entender qué se puede criticar. Se me dirá que tienen exenciones fiscales y es cierto, pero alternativamente también le darían ese dinero al Estado, y prefiero pagar platos de sopa que embajaditas y coches oficiales.  Me dirán que son actos publicitarios y es cierto, pero también se promociona la acción de solidaridad y la organización social receptora, que obtienen notoriedad y un efecto de emulación que también hará aumentar las donaciones. Y por último, miren, cada uno hace con su dinero lo que quiere. O mejor dicho, lo que le deje el Estado…

 Quizá Amancio Ortega no debería haberlo hecho: este país de mierda en el que vivimos no se lo merece. Pero para ser coherente no debo juzgarle, puesto que acabo de criticar que otros lo hagan. Así es que dejaré que opinen los más de 6 millones de personas atendidas por Cáritas el año pasado, que seguramente saben mucho mejor que yo de qué coño estoy hablando.

Picante y aromático

El otro día, en una cena con amigas, una de ellas contaba una anécdota.

– Nos pusieron la bebida y resulta que era picante. Y si comes algo que pica, bebes. Pero si bebes algo que pica ¿Qué haces?

He tratado de recordar cuál era la bebida.

¿Zumo de chile?

¿Batido de guindillas?

¿Destilado de cayena?

¿Gin Tonic de pimienta?

Despertares

¿Que cómo se puede llegar a odiar una canción? Pues por muchas razones, es la cosa más fácil del mundo creo yo. Por ejemplo, que te deje el novio mientras suena, o que te pida salir mientras sonaba (los dos en plan “oh, el amor“), y luego te deja tirada justo antes de unas vacaciones; o le dejas tú a él porque te ha puesto los cuernos, y resulta que esa era su canción preferida; o en realidad nunca saliste con él porque empezó a salir con tu mejor amiga que estaba todo el día tarareando la dichosa can-cion-ci-ta… En fin, podéis observar que el amor es un sentimiento que sirve perfectamente para odiar canciones.

Pero hay otras razones. Y una de ellas es ponerte esa música como despertador. Al principio te gusta, y por eso la eliges, pero al cabo de un tiempo terminas asociándola con los madrugones. Y claro, acabas detestándola. Yo he estado muchos años despertándome con esto: gymnopedie-nordm1-erik-satie

Sí, sí, de lo más dulce y relajante, ya sé: han sido muchos años, qué me van a contar. Me levantaba… en fin, al principio me levantaba bien, en paz conmigo misma, incluso he de decir que es una música muy indicada para compartir un madrugón, pero al cabo del tiempo se hace duro, cada día con el pun-pin…pun-pin…tin-tin-tin-tin-tin-tin-tin-tin… Ay, tanta paz… ¡Ay, tanta paz!… ¡Tanta paz conmigo misma ya me pone de los nervios!. Pero sobre todo, es que notaba que empezaba a hacerme vieja. Sí, sí, vieja, nada de mayor, o de mediana edad o de tercera, no, no: vieja. Así es que lo consulté con mis sobrinas, que entienden un montón de eso de ser joven y me propusieron esto: good-feeling-flo-rida

Bien. ¿Qué les puedo decir? Les diré la verdad: lo he soportado una semana. Verán: la segunda persona que me dijo que últimamente no iba muy bien peinada a la oficina me hizo reflexionar sobre la exagerada potencia del secador, pero ya el cuarto que me hizo un comentario sobre mis malos pelos me hizo convencerme de que, tal vez, mis sobrinas me quieren demasiado para comprender la edad que ya voy teniendo. Pero despierta, vaya que si despierta. De hecho tienes exactamente 37 segundos para tirarte de la cama y que no empiece la marchorra feroz. Así es que ahora me estoy levantando con la músiquilla que viene en la Blackberry, que es lo más horripilante que he escuchado nunca. Pero ¿cuál pongo? Es una decisión difícil, porque se trata de encontrar una música que me encante, pero que no me importe terminar odiando. No, no me hagan sugerencias, que ya he vuelto a mi juventud natural y me he recompuesto el peinado.

Sí les puedo decir que guardo dos despertares maravillosos que recordaré toda mi vida, y es en parte por la música que escuchaba mientras salía del sueño. La primera, el Ave María de Schubert, que me la pusieron expresamente para que me fuera despertando despacito y sin sobresaltos una mañana de nieve. Y la segunda, Entre dos aguas, de Paco de Lucía, que la dejó oir algún vecino en un patio, un día de verano de ventanas abiertas en el que tardé más de la cuenta en amanecer.

Dejo los enlaces de esto último por si se pasa el seguidor de las Filipinas, que igual no conoce a Paco de Lucía (y a Schubert no le voy a hacer el feo).

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La sociedad literaria y el pastel de piel de patata de Guernsey

El título de este post es también el del estrafalario título de un libro que he estado leyendo la semana pasada y que me ha encantado, y eso a pesar de una traducción por la que la editorial debería haberme hecho un descuento del 50% para compensarme el dolor de espalda que me producía tener que agacharme a recoger los ojos del suelo de forma permanente.

Guernsey es una de las islas británicas del canal de la Mancha y fue ocupada por los alemanes durante la Segunda Guerra Mundial. Durante la ocupación, unos lugareños crean una Sociedad literaria en la que se reúnen para hablar sobre los libros que leen, alrededor de un pastel de piel de patata (lo único que tienen para fabricar el pastel). Y esta es la explicación del título. En cuanto a la trama, se puede contar que recién terminada la guerra, una escritora londinense de éxito que está buscando un tema para escribir un nuevo libro, recibe un buen día la carta de uno de los habitantes de Guernsey en donde le pide referencias sobre el autor de un libro. Esta casualidad hará que poco a poco empiece a interesarse por los miembros de la Sociedad literaria y por el resto de los habitantes de la isla y sus peripecias. Y no cuento más, que voy a terminar soltando lo que no debo.

El libro se lee a través de la correspondencia que la escritora mantiene con los habitantes de Guernsey, con su editor y con una amiga, un género que a mí particularmente me parece dificilísimo y que no siempre está muy logrado, porque cada carta debe tener entidad y además estar al servicio de la historia, y no me parece nada fácil engarzar todo. En este caso, la ficción está bien construida, por fortuna. Pero sobre todo, es el tono del libro, que a pesar de contarte algunas penas de la ocupación es desenfadado y optimista; la galería de personajes, gente muy campechana, personajes llenos de ingenuidad y de simpatía; y el humor del libro, ese humor inteligente moteado de excentricidades que yo creo que sólo se encuentra en la novela inglesa (aunque esta autora es americana), y que a mí me parece divertidísimo.

En fin, un maravilloso desengrasante que me ha venido estupendamente después del dramón de La vida entera. Y ahora creo que volveré a la seriedad y gravedad del mundo actual y miraré a ver qué me cuenta Baverez nueve años después de escribir aquello de “La France qui tombe”. Creo que todavía hay esperanzas, porque el título no es “La France est tombée, finalement” sino “Reveillez-vous (despertaos)”. Espero que para despertarme no necesite ponerme muchas alarmas…. En fin, que se ande con ojo que no estoy yo para muchas penas, para muchos oh-la-las, y para muchas attentions. Y además, hace tanto que no tiro un libro por la ventana…

La afición funcionaria

Pues el sábado estuve en el fútbol, en el Santiago Bernabéu. Me regalaron una entrada de abono unos compañeros de la oficina, y lo que me ahorre con ese bello gesto me lo gasté después en comprar otra entrada para poder llevarme a mi sobrino. Ir al fútbol es un lujo asiático: los precios son astronómicos. Es verdad que los ingresos que obtiene el Real Madrid por la venta de entradas son sólo el 10% del total, así es que se puede entender que les traiga sin cuidado no ya que el campo se llene (que se llena), sino cómo se llena. Ahora bien , si el partido no tiene algo de tensión, o los jugadores no hacen virguerías, no vale la pena el dineral: el público está como pasmado, no hay ninguna animación. Y no lo acabo de entender, porque una cosa es que ganar le parezca una rutina a un madridista y otra convertir una tarde de fútbol en una pesada obligación, que es lo que parecía. Esto por no hablar de los ocho puntos de distancia con el primero, que viendo la desidia parecían veinte…

Parte de culpa creo que la tiene tanta música de ópera al comienzo del partido. Si es que les pinchan el Nessun Dorma y luego el himno de Plácido, y claro, el público se cree que tiene que ponerse trascendente para lo que viene después. Y que, oye, tampoco es plan de empezar a cantar lo del “al alba vinceró ¡Vincerooooo! ¡Vii-in-ceeeee-rooooo!” cuando uno no dispone ni de la voz ni de la oreja de Pavarotti (aparte de no tener muy claro qué pelotas están cantando). Después de una música tan elegantona hay que reconocer que silbar, aplaudir, animar y cantar eso de “cómo no te voy a querer” dando palmas es como de poco señorío. Que poner el Turandot en un campo de fútbol sea una cursilada de tomo y lomo no importa: el Madrid es un club venerable, de manera que el que quiera oír algo medio moderno que se espere al bicentenario.

En fin, que el Bernabéu era un congelador, y no lo digo por la temperatura sino por el ambiente de velatorio que se respiraba. Donde yo estaba (una entrada estupenda, por cierto), y a pesar de tener debajo a los del Fondo Sur, que son los únicos que cantan y que animan, el ambiente era frío y sin emoción. Es verdad que el partido fue un petardo, pero ¿cómo no va a serlo? La gente llega, se sienta, se enciende su puro o abre su bolsa de cacahuetes, se repanchinga y a mirar. Les faltaba el periódico, y ahí no se levantó nadie ni cuando metieron los dos goles. Ni un “venga“, ni un “vamos“, ni un “huy“, ni siquiera un “me cago en la madre que te parió“, que a pesar de lo ordinario puede llegar a tener su encanto. Con la excepción de una chica que estaba detrás de mí y que soltó un par de “pero mira que eres malo” y algún “vete a cagar, hombre“, el resto tenía la misma tensión arterial que les produciría estar viendo “Desayuno con diamantes”. Se pueden imaginar que con ese panorama, a mí no se me ocurrió decir ni mu, ya no digamos Hala Madrid. Me tomé mi cocacola y mis patatas fritas y me dediqué a envidiar lo bien que se lo estaban pasando los del Celta, bien arracimaditos en una esquina.

Cuando el partido terminó, el campo ya estaba medio vacío. Y es que aguardar a que se acabe y tener entonces que transitar por un enojoso pasillo abarrotado de gente y esperar de manera impenitente a que el viejecito de delante baje la grada es insoportable para cualquiera, tenga o no afición. Que aunque te ponen el viejo himno pensando, supongo, que así la gente correrá para no tener que escuchar algo tan poco class, lo cierto es que se tarda un poco en salir y, mira, esto es el Madrid y penurias, las justas. Supongo que un marciano pensaría que se cobra la entrada al final del espectáculo y que la gente se marcha como en un “simpa” masivo pero para mí el asunto tiene una explicación muy razonable: como el partido se jugó prontito y además era sábado, querrían pasarse por El Corte Inglés antes de que cerraran para comprarse una camiseta del Madrid. Y así poder ir disfrazado de madridista para, en el próximo partido, fichar a la hora en punto.

De nuevo un nuevo layout

Hacía mucho que no cambiaba la plantilla del blog y ya empezaba a estar cansada, así es que esta madrugada he estado muy distraída…

Me gustaría decir que me da igual lo que opinéis del nuevo diseño, pero no es así. Espero que os guste, e incluso si me echáis alguna que otra flor por haber elegido estos colores y esta tipo, os lo agradeceré mucho. Y si no os gusta, pues mentid. Mentid, sí, porque está comprobado que un comentario negativo lleva a otro comentario negativo, y a ver si se me va a llenar esto de críticas. Llega el primero y va y coge y dice que le parece horrendo, y el siguiente le sigue la corriente al primero porque le da corte decir que le gusta, y así todos. De manera que el primero en comentar hoy, a liderar cosas buenas.

Sigo buscando cómo poner una mascota, pero WordPress no se deja. Me gustaría poner un monederito en donde pudiérais echar coins, que es lo que se echa en las máquinas americanas, pero ni monederito, ni gatito, ni perrito, ni pececitos, ni nada. Y casi me ha llevado una vida poner el boton de followme a mí de Twitter, así es que ya estáis pinchando, que no está puesto de adorno.

Hay una cosa que me espanta de la plantilla. Al que lo adivine le regalo “La biblia del Macintosh, Tercera edición, 1992” que es un libro gordísimo que tengo en mi librería, que lo estoy viendo en estos momentos y que no acabo de entender qué hace ahí…

En fin, lo dicho: se aceptarán sugerencias, pero no críticas despiadadas.

Que tengáis un buen domingo.