It

– ¿Pero y ese quién es?
– No sé, ni idea.

Y entonces lo investigué. En el origen había una folclórica. La cantante tuvo una hija que con el pasar de los años se echó un novio. Lo dejaron poco tiempo después y él, ya con un par de portadas de revistas amarillas en su haber, se fue con otra que al principio era una completa desconocida, aunque ya menos por la relación con el ex-novio de la hija de la folclórica. La completa desconocida resulta que tiene un hermano que la acompaña desde que se separó sentimentalmente del ex-novio de la hija de la folclórica. Pues bien, el hermano de la ex-novia del ex-novio de la hija de la folclórica es gay y tiene una relación con un chico que al ver que salía por la tele con la ex-novia del ex-novio, saltó a la palestra para reivindicar su amor homosexual (y lo homosexual en general). Pero resulta que anteriormente no había sido muy homosexual, y un ex-compañero suyo del colegio salió a explicarlo con todo lujo de detalles y pruebas, entre las cuales el testimonio de su prima (también sabemos que él es hijo único), que tuvo un lío con el novio ex-gay del hermano gay de la ex-novia del ex-novio de la hija de la folclórica cuando tenían dieciséis años y toda la pandilla del cole se fue de juerga a las fiestas patronales de Navalacruz, momento en el que, además de amarse afanosamente debajo de un camión de cerveza, visualizaron (ella empleó ese verbo, no es idea mía) a Casillas, que estaba con sus amigos. Sin duda ésa y no otra es la razón por la cual, en el reportaje que le estaban haciendo a ese chico, salía de vez en cuando un bucle de imágenes de Casillas y Sara Carbonero a la salida del sanatorio donde tuvieron a Martín, su primer hijo. Sigo aquí, no se me pierdan, que queda un último paso todavía para encontrar a ese chico. La prima ahora, además de instagramer y modelo eventual, es pareja de un empresario del sector de los alicatados (al que hemos podido ver en algún photocall), pero su primer marido, con el que tuvo un niño, es un empresario del sector del reciclaje que el primer día que vio a su hijo pixelado en la tele decidió interponerle a la madre una furiosa demanda. Y en ese momento, más o menos, estábamos.

– ¿Pero y ese quién es?
– Ese es el primer marido de la prima del antiguo compañero de colegio del novio ex-gay del hermano de la ex-novia del ex-novio de la hija de una folclórica. Un reportero audaz le localizó a la salida de los juzgados una fría mañana de enero. Y aunque estamos en octubre, el asunto ha salido a la luz ahora y por eso es de rabiosa actualidad, aunque el tipo aparezca en la tele con bufanda.

Si me quedara algo de memoria les pondría un emoticono, no vayan ustedes a creer que no vivo en el mundo que me toca vivir.

Entre dos tierras

Entre dos tierras.
Una canción de Héroes del silencio.
Del álbum Senderos de traición.

Aquí la letra:

Te puedes vender, cualquier oferta es buena si quieres poder.
Qué fácil es abrir tanto la boca para opinar.
Y si te piensas echar atrás, tienes muchas huellas que borrar.
Déjame, que yo no tengo la culpa de verte caer
Si yo no tengo la culpa de verte caer.
Pierdes la fe. Cualquier esperanza es vana y no sé qué creer.
Pero olvídame, que nadie te ha llamado, ya estás otra vez.
Déjame, que yo no tengo la culpa de verte caer
Si yo no tengo la culpa de ver que
Entre dos tierras estás y no dejas aire que respirar
Entre dos tierras estás y no dejas aire que respirar
Déjalo ya, no seas membrillo y permite pasar.
Y si no piensas echar atrás tienes mucho barro que tragar
Déjame, que yo no tengo la culpa de verte caer
Si yo no tengo la culpa de ver que

Entre dos tierras estás y no dejas aire que respirar
Entre dos tierras estás y no dejas aire que respirar…

Y aquí el vídeo.

Frankie y la boda, de Carson McCullers

Frankie y la bodaHoy, primero de octubre, toca reseña del Club de Lectura, este mes más tortura que nunca. Se nos había olvidado ya lo que era sufrir, pero este libro nos ha devuelto a esos tiempos en los que el pasar de páginas era un alivio seguido del sufrimiento de una nueva página y seguido de un nuevo alivio, y así hasta que llegaba el final. Una pesadez. Los porcentajes del kindle que caen lentos, lentos, lentos; que pasaba una mosca al vuelo y te distraes y hasta la envidias -mira, la pobre, que no sabe leer-; que suena el teléfono y alargas la llamada aunque fuera de Jazztel, todo por pegar hebra y no tener que volver al hilo del libro; que bajas al perro hasta cuatro veces en una tarde, para refrescarte la cabeza; que hasta te apuntas a ver la película alemana de TVE, que te parece infinitamente más interesante. Cualquier cosa, incluso el asunto catalán, es menos aburrido que este coñazo de Carson McCullers. Qué horror de libro.

¿Que de qué va? De nada, es una idiotez. A ver. Resulta que una niña de doce años tiene un hermano que se casa y está deseando que llegue el día de la boda para ir y que los recién casados la lleven con ellos por quiere mucho a su hermano y se quiere ir de casa. Y eso es todo. Realmente no pasa nada más, se lo juro. Todo el libro es eso: la niña dando la turra porque quiere ir a la boda.

La niña, la tal Frankie, es una rara, no se lava mucho, perdió la virginidad en algún episodio que no nos acaban de contar bien, le pega un botellazo a uno que quería ligar con ella o algo así, se queda pasmada viendo a un señor que lleva un mono en el hombro, y tiene una chacha negra a la que le tira cuchillos y un padre joyero que está de ella hasta los cojones. Y aunque después de decirles esto a ustedes les pudiera parecer que el libro tiene interés, acción, pasan cosas, no sé, algo, ya les digo yo que no. No pasa nada, no hay nada, es la nada. Es todo muy incongruente y todo muy lento, pesado y absurdo. Es una imbecilidad de libro, una mierda de tomo y lomo y una pérdida de tiempo. Vamos, que leyendo estas cosas, a una no le extraña el éxito del Candy Crush, francamente.

En la contraportada, la sinopsis de esta ofensa a la literatura nos dice que «es un finísimo análisis de la crisis de la entrada a la pubertad». Mentira podrida. Ni es análisis, ni tiene nada de finísimo, y en cuanto a la pubertad… Es como decir que si dices cua-cua haces un finísimo análisis de la elaboración del foigras. Bah. El libro es una sucesión de escenas y diálogos puestos al tuntún sin que nada avance. Para mí que pretende ser costumbrista, pero salvo que te acostumbras a bostezar cada dos párrafos, no le encuentro yo otra costumbre al texto. Por no hablar de todas las descripciones inútiles e inanes (y cursilísimas) con las que nos hace penar la autora, la típica farfolla de relleno a la que acuden los escritores pésimos que ni tienen nada que contar ni saben contarlo. En fin, cuando llegas al 50% te empiezas a saltar la farfolla, y luego te das cuenta de que no te pierdes nada y ya lees en diagonal todo, hasta los diálogos. Y en el 85% por fin se casa el hermano de una puñetera vez, y hacia el 98% meten a un amigo de Frankie en la cárcel y tú te alegras. Bueno, no te alegras de que lo metan en la cárcel, que a esas alturas ya te da todo lo mismo, sino que te alegras de estar a punto de terminar este esperpento.

En fin, son ustedes inteligentes, así es que no creo que haga falta que no les recomiende el libro. Pero por si acaso tienen dudas, pueden leer a mis compañeros del club en La mesa cero del Blasco, La originalidad perdidaa, en Lo Lo que lea la rubia y en la propia página del Club, donde está la opinión de Juanjo. El próximo libro, creo que para diciembre, será Ficciones, de Jorge Luis Borges.

María y el río

Le pedí a María que pintara un cuadro para mí. Le dije que quería un río. ¿Pero un río cómo?, me preguntó, ¿un río calmo, un río caudal, un río bravo, un arroyo, un salto de agua? Un río, contesté: el río que tú quieras. Unos meses después me regaló un río azul que viene de un final de montañas también azules. Discurre flanqueado por árboles de otoño a un lado y un campo amarillo de siega al otro y, cuando el río ensancha, lo hace salpicado por una sábana de flores dispersas, como si hubiera una primavera que se resiste entre dos estaciones. María me dijo que no estaba contenta con la creación y que lo había pintado deprisa, como el que cumple con una obligación para la que no ha tenido tiempo de inspirarse. A mí me da igual: es el cuadro de María, y cuando lo miro pienso que ese óleo de 30×40 contiene la perspectiva del tiempo: sus certidumbres, pero también sus promesas.

Eso es un río: la perspectiva del tiempo con sus certidumbres y promesas.  El mar tiene más porte, lo admito, y más literatura, lo admito también, pero no deja de ser agua estancada.

No era el Kamo el río en el María quiso que metiera un pié para hacerme una foto, sino uno de sus canales. Pero aquí está, como está ahí arriba el Misisipi, que toqué con las manos aunque en la foto estén mis zapatillas. No estuvo conmigo en el Potomac, que entonces estaba ella en Perú, pero sí navegamos juntas el Nilo. Y vimos el Colorado, y el Hudson, y el Sena y el Vístula, y el Yang-tsé allí a lo lejos, entre nubes de horizonte. Y tantos ríos que habremos visto juntas, que de eso no llevo la cuenta. Y un día, aún no lo sabe ella, iremos al Amazonas y pediremos que nos hagan una foto con los cuatro pies en él. Porque el Amazonas es el emperador de los ríos, igual que el Danubio es el príncipe, el Rin el guerrero, el Ganges el sacerdote y el Guadalquivir el poeta.

Sea.

 

Pies-rio-Kioto

 

 

 

 

 

 

 

Dicen

En el mismo punto y hora que acabó con Pepe Mora, doña Aurora sobre el pelo no se puso ni una flor. Y su patio de cal pura, un convento de clausura y una cárcel con cerrojos para el luto de su amor.

Dicen que lleva un velo sobre el semblante. Dicen que si habla sola de madrugá. Dicen que en sus ojazos como diamantes brilla una luz extraña de oscuridad. Y Sevilla a todas horas cuenta, canta, y mire usted que está blanca doña Aurora, lo mismito que el papel. Dicen que llora y llora por su querer.

Se ha casado Pepe Mora y, al momento, doña Aurora los vestidos de esponsales desentierra del arcón. Y de novia y con mantilla por las calles de Sevilla va una pena pregonando que ha perdido la razón.

Dicen que eran dos ascuas sus ojos moros. Dicen que, con un aire de majestad, dicen fue repartiendo monedas de oro desde una punta a otra de la ciudad. Y a su paso los chiquillos, para burla de su amor, le tiraban papelillos y a puñaos el arroz.

Dicen que era una pena ver su dolor.

 

 

Lady Di hace veinte años

Hace 20 años, cuando Lady Di se mató en el Pont de l’Alma, era sábado de madrugada y yo estaba en una discoteca en el poblachón. Me enteré por mi amiga María Angeles y todavía no sé cómo se enteró ella, aunque supongo que habría venido a la discoteca de otro bar en coche y por el camino encendió la radio. Nunca se lo he preguntado, no lo recuerdo y no tengo ninguna otra explicación para una época sin Facebook, ni WhatsApp, ni Twitter. Móviles sí llevábamos, eso sí, aunque no creo que Buckingham Palace le enviara un SMS: quién sabe si todavía no estarían durmiendo.

Cada vez que se habla de la muerte de Lady Di yo me acuerdo de Maria Angeles contándoselo a todo el que la quería escuchar, a unas horas y en unas condiciones etílicas que se prestaban a cualquier cosa menos a la truculencia del cuore. Mi imaginación ha reconstruido el recuerdo y ahora parece que la veo dando gritos y clamando porque nadie la creía (“que es verdad, tía, que Ladi Di se ha matado en París, qué fuerte”), y yo me veo con una copa en la mano, quizá la última de esa noche, diciéndole que no se tenía que creer todo lo que se decía en la radio.

El siguiente recuerdo que tengo es en la piscina de un pueblo cercano (en el poblachón las piscinas públicas cierran religiosamente el 1 de septiembre) leyendo la prensa con todo el despliegue sobre el suceso y sobre la vida de la princesa. La manera de leer la prensa entonces no tenía nada que ver con los usos actuales, ni en lo que se refiere al lector ni a las coberturas, aunque el histerismo ante el strip-tease de según qué acontecimientos no creo que haya cambiado demasiado desde hace 20 años.

Lady Di siempre me pareció una lánguida, aunque después de separarse de Carlos de Inglaterra igual se espabiló un poco. O un mucho, tampoco seguí su vida como para ser capaz de saber si se le pasó la ñoñez poco a poco o de golpe. Lo que parece indiscutible es que su imagen mejoró mucho cuando alguien la convenció  para que se cortara el pelo bien cortado y mirara a la cámara de frente sin ladear la cabeza como si fuera un perrito de aguas pidiendo que le tires la pelota. Y lo que le convirtió en mito fue sin duda su muerte, que fijó su vida y la engrandeció: para convertirse en mito, por lo general se necesita vivir más y hacer más cosas. Pero es que los símbolos se construyen en el tiempo en el que toca vivir, no después. Creo.

En fin, creo que este fin de semana le pediré a mi amiga Maria Angeles que me ponga al día sobre Lady Di. Seguro que me cuenta cosas que no sabía, aunque no sean verdad. O sea, como la tele esta noche.

Entre bolardos

Las voces de políticos y guitarristas del Imagine nos dirán que no van a conseguir doblegarnos ni cambiarán nuestra manera de vivir. Pero de momento vivimos entre bolardos. La furgoneta que nos trae el pan también nos puede traer la muerte y de seguir así, tendrá menor riesgo cruzar la calle que pasear por una peatonal. Cantemos todos: no, no, no nos moverán. 

Desde el 11-S ya han cambiado nuestra manera de vivir, porque no hemos sido capaces de cambiar nosotros la manera de vivir que traen estos psicópatas en sus países, en su origen y en la llegada a nuestras tierras. Porque la cosa termina con una pandilla de veinteañeros jugando a las bombonas de butano, pero empieza por un padre que vive sin esfuerzo de una subvención y que pasa sus días fumando y mirando bovinamente nuestra vida sin intentar comprenderla. Y por una madre tapada de pies a cabeza que tampoco entiende nada de una sociedad que se dice libre, pero en la que vive con los mismos derechos de facto que en su miserable tierra. Y le dirán a su hijo: no, no, no nos moverán, aunque sin cantarlo.

Son ellos o nosotros. Es su puta hijab o mis pantalones cortos. Podemos acoger a muchos refugiados de esos infiernos, podemos dar la bienvenida al inmigrante que viene a trabajar y a prosperar, y yo estoy muy a favor de ello, que nadie lo dude. Pero eso no debería ser incompatible con hacerles ver, desde el mismo momento en que pasan la frontera, que su odio, su mierda mental, su asquerosa ideología disfrazada de piedad religiosa se queda a ese lado de la frontera. Que una cosa es importar el cous-cous y otra que una mujer no pueda salir de casa sin taparse. No se trata de poner leyes especiales para ellos, sino para sus delitos irracionales, para su enfermiza voluntad de querer construir nuestro futuro con su repugnante presente. Muchos de sus comportamientos y palabras son equivalentes a los de un nazi paseando una esvástica, y de él nunca creeríamos sus cuentos sobre un mundo nuevo mejor. Ese es el nivel. No hay soluciones mágicas, pero el principio no está cuando empiezan a fabricar la bomba.

Si se hubieran puesto bolardos en las Ramblas, habrían encontrado cualquier paseo marítimo lleno de niños para atentar. Del mismo modo que la muerte está en sus cabezas y no está en la furgoneta o en el cuchillo que usan, nuestra defensa no está en los bolardos, sino en nuestras convicciones y en nuestra capacidad para imponerlas (¡sí, imponerlas!) con mano muy dura, con intransigencia, con el mismo fanatismo e incluso violencia que utilizan ellos. No puede haber ningún diálogo y ninguna componenda, no deben poder escapar por ningún derecho que nos hayamos dado. Su vida tiene que resultar imposible, sus ideas un infierno en nuestra sociedad. Odio y rabia, y llamarles hijos de puta hasta que nos duela la boca. Será eso o vivir entre bolardos, y esperar al último pelotón de soldados, en realidad un retén de policías.

Catorce familias desoladas y un centenar sin vivir pensando en la recuperación de sus familiares. Un país sobrecogido, conmovido, apenado. Los que han caído son nuestros caídos. Sus caídos, cucarachas inmundas que hay que barrer después de aplastarlas y después de sacarlas de sus agujeros y de localizarlas en la cocina y el salón. Esos bichos, los verdaderos infieles de nuestra civilización.

Ruiditos

Tiene Serge Gainsbourg una canción que se llama Comic Strip y que empieza así:

Ven, pequeña, a mi tira de comic
Ven a hacer “bocadillos”, ven a hacer WIP !
CLIP ! CRAP ! BANG ! VLOP ! y ZIP !
SHEBAM ! POW ! BLOP ! WIZZ !

Yo distribuyo los puñetazos y los golpes de barbilla
Y eso suena VLAM ! suena SPLATCH ! y suena CHTUCK !
O bien BOMP ! o HUMPF ! incluso a veces PFFF !
SHEBAM ! POW ! BLOP ! WIZZ !

Cómo hubiera molado que el gamberro de Gainsbourg siguiera vivo todavía. Seguro que habría escrito alguna canción dedicada a los soniquetes de los móviles, aunque ya haría una década que nos habría hecho reír describiendo a la fauna que los usa. O sea, a todos nosotros.

Creo que está ya muy extendido que en las reuniones los móviles deben silenciarse. Es todo un avance, no crean, porque no hay nada más molesto que la interrupción del teléfono sonando. Y me parece que también se nos ha pasado eso de poner músicas extravagantes a las llamadas. Estar tan tranquilo en una reunión y que de pronto suene el Vaya torito, mi torito guapo, o el tiroriro-tirori-to-ti de The final count down, que es algo verdaderamente espeluznante. Sin embargo, nada ha conseguido evitar la consulta del correo mientras tú estás hablando, las miradas de refilón al Whatsapp y, en general, los jugueteos con la pantalla. A mí me desespera un poco, pero tal vez es que soy poco millennials.

Ahora, como digo, en la mayoría de las reuniones se apaga el móvil. Bueno, o se silencia. O quizá sólo se silencia a medias, no sé. El caso es que hay ruiditos por todas partes. El ¡TIRILIIIING! de la mención de Twitter, el silbidito del mensaje de Wasap, ¡FUI-FÚ!, el ¡TLONGGGG! del e-mail que cae, el ¡FUÁSSS! del Facebook, el ¡PILIIINGGG! de la entrada de calendario, el ¡DIIIIINNGGG! del mensaje de voz… Bueno, al final todo se resume en el ¡BRRRREE-BRRRREE! del vibrador, o el ¡GRRAAAA-GRRAAAA! del vibrador sin tono al frotar sobre la mesa. Debo decir aquí que yo sólo atiendo al ¡CLINCLÓN-CLINCLIN! de los SMS, porque o es mi jefe o es mi madre.

Pero hoy, amigos, hemos hecho cumbre: alguien ha propuesto llamar a Pepe y de pronto ha saltado Siri: ¿QUÉ PEPE? ¿PEPE MOVIL, PEPE GARCÍA, PEPE FERNANDEZ, PEPE OFICINA, O PEPE FONTANERO? Ha sido estupefaciente. Tanto que he revisado mi agenda nada más llegar a casa porque, a ver ¿quién no tiene en su móvil grabado a alguien con un mote comprometedor? ¿Se imaginan a Siri diciendo “qué Pepe, Pepe López o Pepe el guarro”? Para tirar el movil por la ventana al grito de ¡NO ES MÍO!

En fin, les dejo con Gainsbourg y Brigitte Bardot. SHEBAM ! POW ! BLOP ! WIZZ!!!!

 

 

Arden fiestas

Como cada año, un año más. Arden fiestas en el poblachón y una se pregunta, mientras va a la plaza del pueblo tiritando de frío, que qué necesidad. Antes siempre nos perdíamos los fuegos porque a ver quién es el guapo que se pone a esperar a que den el chupinazo, con la rasca que hace y lo incómodo de la hora, que te pilla a medio cenar y no vas a dejar el chuletón en la mesa del restaurante para salir a decir oh. Pero desde hace unos años vamos a casa de Javi, que nos invita amablemente a cenar y a verlos desde allí. Y es muy cómodo, la verdad: oyes PUM a mitad de la croqueta, te metes el resto en la boca, te levantas, agarras la copa de vino y sales a la terraza a disfrutar del espectáculo. Y dices huy qué bonito, huy mira eso, huy las palmeras cómo me gustan, ¿eso es un cerezo?, pues sí, pues no, tal, yo creo que este petardo va a ser el último, ahí va, pues no, pues sí. Y luego ya oyes PORROM-POM-POM-PÓM, y te vuelves dentro a por otra croqueta, a por otro vino y a discutir si los fuegos de este año son mejores que los del anterior.

Y luego siempre alguien quiere bajar al tachunda. Y yo, que no tengo personalidad, me apunto. Yo no sé si me gustó alguna vez, lo del tachunda, tendría que pensarlo despacio. Una ya lleva mucha juventud y buena parte de la madurez yendo a la plaza del pueblo a ver a la orquesta, así es que probablemente algún año me lo he pasado bomba, no digo yo que no, que en fiestas ya se sabe que siempre te tomas una copa de más. Una o dos, no hay por qué llevar la cuenta, que para eso arden fiestas. Pero de lo que estoy segura es de que nunca, nunca, me ha gustado la orquesta. Mientras el público aplaude, yo me cruzo de brazos. Pienso que Gandhi habría hecho lo mismo. Resistencia pasiva y tal. Y por supuesto, por supuesto, nunca, en la vida, jamás, he bailado Paquito el chocolatero. Ni de coña.

Desde que tengo blog, mientras miro a la orquesta, pienso lo mismo: yo tengo que escribir una entrada sobre esto. Luego me da pereza, pero eso no quita que lo piense. Todos los años son intercambiables, aunque últimamente vienen grupos que hacen mucha profusión de video y de imagen. Es espeluznante. Y desde hace tres años o así nos invitan a escribir cosas en su muro de Facebook. Mira, en eso mi amiga Merche no tiene problema, porque no tiene Facebook, pero yo siempre estoy tentada de entrar y escribir ¡SOIS MALÍSIMOS! Luego se me olvida, pero la tentación va siempre conmigo.

Lo que no se me olvida en toda la semana es el pasodoble. ¿Por qué siempre cantan lo de Triniá, mi Triniá, la de la puerta real, carita de nazarena, por la virgen Macarena yo te tengo comparáaaaa? Madre mía, toda la semana con esto en el cerebro. Lo que yo digo: qué necesidad.

Otelo, de William Shakespeare

De nuevo aquí estamos los incansables lectores del Club de Lectura con nuestra cita bimensual. Como anunciado en el post del primero de mayo, le toca el turno a Shakespeare, un autor al que no hace mucha falta presentar. Otelo, como todas sus tragedias, es una obra muy conocida, y una no tiene que leer el libro para conocer la historia más o menos, ni esperar al final para ver qué pasa. Sin embargo, yo no la había leído, y aquí vengo a glosarla.

Otelo es un noble militar al servicio del Dux de Venecia, a quien han confiado el ejército de la República para luchar contra los otomanos. Y también es un moro atractivo del que se ha enamorado Desdémona, una bellísima dama que no ha dudado en casarse con él a espaldas de su padre. Hubieran sido felices y hubieran comido perdices – sin su padre a la mesa, eso sí-, de no haber intervenido Yago, un joven veneciano que es un cabrón de mucho cuidado. El tal Yago está que fuma en pipa porque quería que le nombraran teniente del ejército a las órdenes de Otelo, pero sólo le han hecho alférez, así es que decide vengarse de todos, empezando por Otelo, siguiendo por Desdémona y terminando por Cassio, que es el teniente nombrado por el propio Otelo.

Pero Yago no va a vengarse ni a plantear batalla de manera noble, honrada, o con cierta hombría, sino que se dedicará a liar a unos y otros con engaños e insidias para que se vayan matando entre ellos. Así utiliza a Roberto, un pobre infeliz enamorado de Desdémona para sus marrullerías; así tiende a Cassio una trampa para que parezca que rebela a la ciudad y la pone en peligro; y así va inoculando con insinuaciones, medias verdades y claras mentiras los celos en Otelo. La tragedia se desencadena y cuando la verdad quiere aparecer ya no se la cree nadie. Así que allí se van matando los unos a los otros y para cuando la madeja se quiere desenredar, ya la cosa poco remedio tiene.

Se relaciona Otelo con los celos, y bien está. El hombre se vuelve completamente tarumba solo de pensar que le han coronado, pero ese pensamiento no viene de la nada, sino que está inducido por la mentira y por la prima hermana de los celos, que es la envidia: la envidia de Yago, mezclada con su bajeza moral y con su rencor. Lo que nos enseña Shakespeare es que los celos llevan a matar a quien más amas, pero también que la insidia y las palabras malintencionadas pueden convertir en un pelele a cualquier hombre y llevarlo a la locura, por inteligente y experimentado que sea.

Sobre la forma tengo que decir que tiene una prosa que no es fácil para un lector actual y poco acostumbrado a estos textos, que resultan algo ampulosos . Pero aunque leer teatro no es santo de mi devoción, porque lo sigo mal, creo que esta verano leeré el resto de tragedias que trae la edición que he manejado. ¿Qué quieren? ¡Es Shakespeare!

Como en otras ocasiones, podéis encontrar otras opiniones sobre el libro en La mesa cero del Blasco, La originalidad perdidaa, en Lo Lo que lea la rubia y en la propia página del Club, donde está la opinión de Juanjo. El próximo libro, para octubre, será Frankie y la boda, de Carson McCullers. Aquí estaremos.