Así empieza lo malo, de Javier Marías

portada-asi-empieza-malo_grandeHoy voy a hablarles del último libro de Javier Marías. Con cierta decepción, ya les anticipo. Ya traté a este autor hace algún tiempo en el blog, con motivo de su renuncia al premio nacional de narrativa. Me gusta mucho lo que he leído de él aunque ya decía en aquel post (CLICK) que su anterior libro no me había parecido ni de lejos su mejor novela. Esta que traigo no me ha gustado, lo que no significa que no le siga considerando un autor extraordinario. Así que no quiero ni pensar que vaya a peor, que haya cubierto un periplo maravilloso y que haya entrado en decadencia. No quiero pensarlo, que es lo mismo que decir que no quiero saber. Voy a la novela.

Juan De Vere, un joven de 23 años en los primeros años 80, entra a trabajar como secretario de un director de cine, Eduardo Muriel, que le pide que investigue a un amigo, el doctor Van Vechten, del que le han llegado rumores sobre un turbio comportamiento en el pasado. Este es el argumento que Marías nos propone al principio del libro y que no arranca hasta… la página 196. Mientras tanto, da vueltas y más vueltas y más vueltas a personajes secundarios o no tan secundarios, como veremos después. Porque la verdadera historia no está en la investigación que De Vere realiza sobre Van Vechten, sino en la relación de Muriel, el director de cine, con su mujer, Beatriz Noguera. Una extraña relación que indica que entre los dos hay un pasado en el que sucedió algo que fue peor que el presente, que es cuando empieza lo malo.

Marías aborda temas recurrentes en sus libros, como es que las palabras dichas no se pueden recuperar, o que lo que es secreto no se puede agradecer ni reprochar, no agrada, pero tampoco duele. La palabra irrecuperable, la frase que no se puede rescatar una vez dicha y que provoca el desastre es un disparador de argumentos en los libros de Marías, y siempre provoca situaciones interesantes y muchas veces paradójicas. Lo desconocido porque no ha sido nombrado, lo que no ha sucedido porque no se ha expresado con palabras, y al contrario, la realidad del rumor y de las palabras dichas sin una constatación detrás, o el engaño que de pronto se desvela, inútilmente.

…En realidad todo lo que se cuenta, todo aquello a lo que no se asiste, es sólo rumor, por mucho que venga envuelto en juramentos de decir la verdad. Y no podemos pasarnos la vida prestándole atención, todavía menos obrando de acuerdo con su vaivén. Cuando uno renuncia a eso, cuando uno renuncia a saber lo que no puede saber, quizá entonces, parafraseando a Shakespeare, quizá entonces empieza lo malo, pero a cambio lo peor queda atrás”

Thus bad begins and worse remains behind es la cita de Shakespeare. Marías lo utiliza para hacernos comprender que tanto saber como no saber marca el límite a partir del cual lo malo empieza, pero lo peor se ha dejado atrás. Sea verdad o mentira, es el punto en el que la realidad cambia con las palabras. O dicho de otro modo, conocer la verdad, o no saber si algo lo es, no trae ninguna felicidad virtuosa, más bien puede ser lo contrario.

O sea, que muy interesante como reflexión, lo que sucede es que lo propone de manera mucho más interesante en otros libros. No me molesta que se repita, porque aporta puntos de vista y deja pensar y a mí eso me gusta encontrarlo en los libros. Pero en esta novela Marías da, para mi gusto, demasiadas vueltas a las situaciones y a los personajes, y se hace pesado. Estar leyendo y tener que decir ¿Pero otra vez me vienes con lo mismo, Javier? ha sido una frase muy repetida a lo largo de ¡534 páginas! y casi dos semanas de lectura. Se hace muy pesado y la historia se entretiene para después acabar demasiado rápido. Para mí que el libro tiene mal resuelto el ritmo de la narración.

En fin, lean a Javier Marías, pero no esta novela. Olvídense del marketing, de las reseñas de los periódicos, de las cabeceras de góndola repletas con sus libros y de los escaparates de las librerías, y de que, cierto, es Javier Marías y pueden sentirse tentados si les gusta el autor. A mí me gusta, pero no le salvan ni los ramalazos de inteligencia que siempre propone, ni las frases redondas que corres a apuntar, ni esa escritura que me parece maravillosa pero que en esta ocasión se atraganta un poco. Un bluf que es mejor no leer. Con pena lo digo, pero lo digo. Lástima. Otra vez será.

De Prada y la imbecilidad

Juan Manuel de Prada escribe hoy un artículo en ABC que me ha provocado la indignación. Yo les enlazo el artículo CLICK y ustedes verán si se lo leen antes. Si no lo hacen, el inconveniente es que yo no pueda hacerles seguir bien el resto del post, pero la ventaja es que tal vez eviten, a su vez, indignarse.

Cree de Prada que por defender a los islamistas que se lían a tiros contra caricaturistas, periodistas y escritores que han criticado (u ofendido, me da igual y verán por qué me da igual) al Islam, defiende con ello la religión católica y defiende a Dios, al dios de los cristianos, y más en general a todos los dioses de todas las religiones. Cree defender al dios en el que él dice creer mucho, junto a esa iglesia a la que él cree que defiende de algo. Es una postura con la que ustedes también se habrán cruzado y que tal vez compartan, quién sabe. Ese insoportable  bueno, es que los de Charlie Hebdo se estaban pasando de la raya, que sigue con un es que los de Charlie Hebdo no tienen derecho a injuriar, blasfemar y ofender de ese modo; de ahí pasamos a un airado es que se pasan tres pueblos, y de pronto, después de un pesaroso eso tampoco se puede consentir, llegamos, con un saltito muy pequeño, hasta un ¡Bien hecho, Ali! Y es que hay pensamientos inocentes que nos pueden trasladar a sitios muy feos. A un lugar, en mi opinión, atroz.

Les voy a dar un comodín y pasaré por alto la desproporción de la respuesta. Lo de hacer una caricatura y recibir un balazo es tan desproporcionado como robar una cartera y que te apliquen garrote vil. En mi mundo, claro, que en las tinieblas de Prada no sé. Pero no me centraré en eso, porque hasta un niño podría entender lo que digo. No es la desproporción, sino el plano de la discusión en la que se situan estos tontainas lo que me hace escribir esto.

El terrorismo islamista no está ofendido por unas caricaturas ni por unos textos. No hay tal ofensa. Caer en eso es darles una primera victoria y a no ser que quieran ustedes que ganen, yo me abstendría de seguir por ahí. El terrorismo islamista usa unas caricaturas como excusa. ¿Cuántas caricaturas se habían publicado en EEUU antes del 11 de septiembre de 2001? ¿Y en Madrid antes del 11 de Marzo de 2004? Si no hubiera caricaturas, habría minifaldas, o rock and roll, habría homosexuales tolerados, o quizá les ofendería un bocadillo de jamón. Las caricaturas son una burda coartada para que todos, sin excepción, nos sometamos a sus reglas y a su modo de entender la vida y el mundo, no se engañen, por favor.

Esas reglas a las que nos quieren someter provienen de Estados teocráticos y de bandas paramilitares que, con mucha parafernalia piadosa, dicen interpretar a un dios en el que todos estamos obligados a creer. Obligados a creer, léanlo un par de veces y no se me despisten. ¿La fe? ¡Bah! ¿Qué puede importar la fe cuando se tiene un kalashnikov? Como decía Rushdie, se trata de culturas de un solo libro, en las que unos hombres viven de la ignorancia de los otros. Esos gobernantes y guerreros no buscan la paz, el amor, el bienestar y la vida eterna rodeados de huríes de sus gobernados, sino tener armas y poder, conquistar, hacer la guerra, degollar, e imponer su tiranía.  Y esto es muy prosaico, y no tiene que ver con la religión ni con la ofensa, señores. No hay ninguna diferencia entre estos barbudos y Pol pot, Hitler, Stalin o el animal ese que hay en Corea del Norte. Ninguna. Son iluminados que dictan y someten. Con ejércitos, policía y sobre todo, con impunidad. La impunidad que da estar al habla con dios, que es la misma impunidad que da ser un enviado del pueblo o el líder de una raza o de un partido único.

Así que situar la tiranía de esos barbudos en un plano religioso me parece una perfecta imbecilidad. Y discutir acerca del grado de respuesta a una ofensa, de una miopía extraordinaria. No es Alá el problema, por mí pueden creer en las piedras, mientras no me las arrojen a mí. O como diría mi madre ¡qué Alá ni qué Aló! El debate no es religión musulmana o religión católica o judaísmo o budismo o pastafarismo si me apuran. El debate es libertad o tiranía, civilización o barbarie, siglo XXI o siglo XII.   La idea de “o piensas como yo o te liquido” es más viejo que el hilo negro, así es que no se distraigan poniendo la religión a la altura de estos monstruos.

De Prada nos dice escandalizado que la libertad de expresión sirve para ultrajar, dañar, injuriar, ofender y blasfemar, y para que Dios se tenga que aguantar con la ofensa. No, Prada, no. La libertad de expresión sirve para que yo pueda escribir que dios me parece un invento y que nadie me mate ni me encarcele por eso. Y también para que yo pueda decir que Dios no se ofende por las imbecilidades que tanto ofenden a De Prada y a tontos útiles como él. Ningún hombre en la Tierra ha sido mandatado por Dios para defenderlo, y cualquier meapilas estaría de acuerdo en que afirmar eso es blasfemo. En todo caso, defenderá sus propias creencias, y en ese caso, se está defendiendo a sí mismo. O sea, exactamente igual que en una discusión de fútbol. Saquemos a Dios de todo esto, porque si no me harán recurrir a un chiste de Charlie Hebdo: C’est dur d’être aimé par des cons (es duro ser amado por gilipollas, dice Alá en una caricatura). Además de gracia, tienen en eso mucha razón.

En el terror no hay una acción-reacción, porque sin caricaturas el terrorismo existe de igual modo. Pensar que si no hay acción (caricatura) no hay reacción (asesinato) es, automáticamente, darles la razón a ellos. Si aceptas que matan porque están ofendidos, y que el caricaturista debe callar, conviene pensar en el próximo paso: ¿Qué es lo siguiente que les ofenderá? ¿Que yo no lleve burka? ¿Que vaya a un bar sola? ¿Que yo trabaje? ¿Que lleve vaqueros? Abran esa puerta y verán llegar a los tiranos a lugares inimaginables. Yo no lo acepto, y creo que no hay dar ni un paso atrás.

Si usted, cuando yo digo que son unos bárbaros, me contrapone otras ofensas, automáticamente le da carta de naturaleza a los asesinatos, porque reconoce que ellos pueden tener una (al menos una) razón. Y si acepta que pueden tener una razón, poner una bomba o ir a un tribunal es sólo una cuestión de grado. Y no. Su reacción no es una cuestión de grado, sino de categoría, y conviene distinguirlo con claridad. No me gusta que saquen al Papa sodomizado, claro que no. Y tampoco que hagan chistes procaces sobre mujeres, o sobre ancianos o sobre subnormales, si a eso vamos. Pero defiendo el derecho a hacerlo sin que nadie te pegue un tiro por ello. Y si tengo que elegir entre esas bestias inmundas y un caricaturista pasado de vueltas, me quedo con el caricaturista sin dudarlo.

En este asunto no conviene tener dudas del lado en el que nos situamos. Se puede amar a Dios, tener fe, respetar al Papa y pertenecer a la Iglesia y defender a los caricaturistas. Yo lo hago, porque creo que no es la religión. La religión es sólo el señuelo: la presa es otra. Y no hay ofensa, sino coartada, y no entenderlo es claudicar.

Habla el fanático de Prada de la religión democrática. No creo que ningún fanático de esa “religión” que tanto vitupera degüelle a un hombre delante o detrás de unas cámaras. No es la religión, bobo, no es la religión. ABC es un gran periódico con grandísimos columnistas y sin quererlo, tanto Ignacio Camacho como Albiac le responden hoy, afortunadamente (CLICK y  CLICK).

Les dejo con un vídeo de Wafa Sultán, una psiquiatra siria exiliada en Estados Unidos que combate el fanatismo islámico y el anclaje irremediable de estas sociedades en la Edad Media. Esta entrevista es de 2006, pero podría ser de ayer mismo. Son cinco minutos largos, pero resumen bien el asunto que les he traído, a mi pesar, hoy. Pueden quitar el sonido: se evitarán la bronca.

Personajes

La literatura da muy buenos personajes, sin duda. Unos más creíbles que otros, o más coherentes, que la credibilidad no solamente está en los personajes y en lo que hacen, sino en cómo acompañan a la historia. Pero una siempre tiene la sensación de que, finalmente, al estar leyendo ficción, esos personajes no existen, o están convenientemente matizados para que la historia que el novelista te cuenta, sale como quiere el novelista.

En realidad no sé si sucede así. Nunca he escrito una novela, de manera que no puedo darles testimonio, y por otra parte, he oído a muchos autores decir que sus personajes hacen un poco lo que quieren y que, llegados a cierto punto, la novela se les va de las manos y empiezan a tener su propia vida. De eso sabemos mucho en el club de lectura, aunque por otras razones, y me temo que la independencia de los personajes son un mito, y que el buen novelista sabe bien controlarlos. Otra cosa es que no tome conciencia de su propia imaginación.

Pero a lo que voy. En la vida real una va encontrándose muchos personajes que podrían vivir perfectamente en una novela. Y eso le haría mucho bien a la humanidad, dicho sea de paso. Que vivieran sólo en las novelas, quiero decir, y me gustaría remarcar el sólo. No es necesario que sus vidas sean una aventura, ni tampoco es necesario que les pasen muchas cosas, ni siquiera que su existencia tenga el menor interés, fuera del daño que le hacen a los demás, para que se conviertan en personajes literarios, y por lo tanto, cuando uno repara en ello, en personajes increíbles. Increíbles.

Miren si no a su alrededor. Ese tipo amargado, que no sabe sonreir y cuyos ataques de importancia son un síntoma de su propia frustración. Miren a ese hombre frío, acomplejado en su pequeñez, que ignora el poder que tiene pero es muy consciente de la autoridad que le han otorgado y la utiliza en su propio interés aunque no sea ése el motivo y razón y fin de su autoridad, sin importarle lo que le suceda a los otros ni lo que suceda mañana. Miren a aquel tímido, incapaz de mirar a los ojos salvo cuando coge el revolver de las palabras, la guillotina de la orden, la soga con la que ahoga la discrepancia. Miren a ese personaje obediente que tienen delante, que sabe que ahora no le ven sus amos, que hasta aquí no llegan, para regodearse en la arbitrariedad, para intentar zafarse de una servidumbre que le convierte en un manso peligroso, peligroso en su hipocresía y en su utilitarismo. O el cobarde pero bueno y por ello tolerable, o el bueno pero cobarde, y por eso traidor…

Pensamos que los personajes infames que nos encontramos en la literatura no se dan en la realidad, o sólo se dan parcialmente. Creemos que el autor ha escogido atributos de aquí y de allá, que en la realidad serían peores o mejores, que los vemos siempre incompletos, pero yo creo que los personajes de la literatura sólo nos parecen incompletos porque los vemos enmarcados en una historia precisa, en una peripecia concreta, y no somos capaces de encuadrarlos en la vida real. Toda novela termina, y la historia acaba con ella, mientras que nuestra vida real sólo acaba con nuestra propia muerte y las vidas de los demás nos importaban cuando estábamos vivos, no sabemos qué pasará cuando estemos muertos. Nuestra vida, al contrario que una novela, tiene el final siempre abierto, y la peripecia está por escribirse, está por pasar. Pero aunque nos sucedan en la vida, y no en una novela, esos personajes con los que convivimos (y que sufrimos) pueden ser tan literarios como los que encontramos en cualquier libro, aunque demos en pensar que el atributo de “literario” los ennoblece y los convierte en más tolerables.

Llevo pensando en esto a ratos durante el fin de semana, y no crean que he llegado a ninguna conclusión, probablemente porque no la hay. Sin embargo, sí me parece que es una buena terapia considerar a algunas personas con las que estamos obligados a tratar como simples personajes de un libro, y fijarse mucho en lo que hacen, observarlos, tratar de encuadrarlos en la novela que es la vida que estamos viviendo, en los escenarios y situaciones que nos vemos obligados a compartir, situarnos con ellos en el mismo plano en el que nos situamos como lectores  de una novela, mirándolos desde fuera, juzgando sus actos, pudiendo memorizar sus acciones, para después contarlas, meterlas en un relato y hacer de éste una ficción pasajera, decidiendo incluso si cerrar el libro para continuar con la lectura más adelante, si mucho nos agobia su peso, o seguir unas cuantas páginas más para conocer qué pasa, qué sucede en la historia, como torpes escritores de la realidad al que se le van sus novelas de las manos.

 – ¿Qué te pasa, estás muy seria?

– Nada. Simplemente, es que no sé cómo acabar un post.

 

Visitantes

Sé que estás ahí. A esta frase, tan rotunda, siempre le sigue algún complemento para adornar la comprensión. Por ejemplo, sé que estás ahí, malandrín. O sé que estás ahí, no te escondas. O sé que estás ahí, lo sé.

¿Y dónde es ahí? Pues no desde luego detrás de unas cortinas. Ahí es al otro lado de la pantalla. Yo aquí y tú ahí. Lo sé, malandrín, no te escondas. Estás ahí tan pancho, leyendo las tonterías que escribo desde tu cómodo sillón. O en la oficina, en el descanso de la comida. O por el móvil, mientras vuelves en el autobús. Eso no lo puedo saber, pero sé que estás ahí leyendo.

¿Que por qué lo sé? Anda, por las estadísticas. No creas que las estadísticas de WordPress son ninguna maravilla. Son muy resumidas, y a veces dicen cosas realmente incomprensibles. Nunca me he puesto a cuadrarlas, tengo mejores cosas que hacer, pero es probable que no sumen correctamente. Los números que distraen nunca suman correctamente. Mucho cuadro de barras, mucho mapamundi, mucho colorín, pero realmente poca información. Sin embargo, sí me dicen si no vuelves, porque distingue entre visitantes y visitas. Bueno, a ver, tendría que calcular: suma de los visitantes diarios menos los visitantes semanales y ya sé cuántos no han repetido en esa semana. El resto es oscuridad. Señores de WordPress ¿Por qué no hacen una estadística de fidelidad? Por ejemplo, sería muy interesante saber cuántos entran todos los días, o sólo una vez a la semana. Y cuantos entraron una vez y ya no han vuelto nunca jamás (y en este caso, prefiero no saber por qué).

Claro que tampoco sé el tiempo que pasan en el blog. Sólo sé que tienen que estar unos minutillos para salir retratados. O sea, que si llegas por error, no te cuenta. Bueno, no te cuenta siempre y cuando repares en tu error rapidamente, claro.

También me dice desde qué país me lees, aunque no de dónde eres, claro. Si estás en España entonces eres del grupo muy mayoritario de los lectores. O tal vez formas parte de ese 8% que se conecta desde los EEUU, o ese 5% que entra desde Francia, o Alemania, o Colombia, o México. Debo reconocer que los lectores que me leen desde otros países me emocionan. Me hacen muy feliz, y no sé por qué. En cuanto a ti, lector filipino, no sabes la alegría que me da verte cada vez que miro. Ahí estás tú, solitario, al lado de tu banderita, pero fiel fiel como Curra, o como los 5 japoneses o los 4 que entran desde Rusia, aunque ésos me da a mí que no son siempre los mismos cuatro o los mismos cinco. Que supongo que serán españoles, porque si no, no sé yo qué leerán, que aquí no tengo teclados adaptados, ni de lo cirílico ni del japonés. Esperen, que se lo voy a explicar, por si acaso.

ESTE ES UN MENSAJE PARA LOS LECTORES JAPONESES Y RUSOS: 

¡Kon’nichiwa! ¿Ogenkidesuka? Gomen’nasai. Watashi wa nihongo ga nyüryoku dekinai.

¡Zdravstvui! , ¿Kak dela? Mne zhal’, no u menya net net kirillitsy na klaviature.

 

En cuanto al lector filipino, después de los ditirambos anteriores, considero que debo compensarle. Hombre, mira, cualquier día de estos le voy a componer un soneto. Empezaría más o menos así: Mi querido amigo, qué es de tu vida/ allá en las Filipinas, filipino/ (Si no encuentro pronto cómo lo rimo/ no me leerás por más que te lo pida). Bien, estoy de acuerdo: debo trabajarlo un poco más.

Tampoco sé cómo sabes que actualizo. Ni si discriminas la lectura en función del título, o de la foto (cuando me acuerdo de poner alguna). O te lo lees sin más, da igual qué ponga o deje de poner. Tampoco sé por qué no comentas, pero créeme si te digo que no te lo reprocho. Yo leo muchísimos blogs al cabo del día y comento en muy pocas ocasiones, así es que te entiendo. Yo también soy lectora silenciosa, pero en cada blog desarrollo una pauta. Así es que supongo que tú (sí, tú) reaccionas de manera diferente a ti (sí, ti). De todo modos, esto sí que no lo dice ninguna estadística, nada que reprochar a WordPress.

Bueno, y ya, mis queridos visitantes, que la traducción al ruso me ha dejado exhausta. Son ustedes pocos, pero muy amables. Quiero que sepan que yo esto de escribir en realidad no sé por qué lo hago. Espero que ustedes tampoco sepan muy bien por qué me leen. Y así, todos en paz, que para algunas cosas de la vida, nada mejor que declararse inconsciente.

Ustedes ahí, y yo aquí.

 

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Clase media

Leía yo ayer un artículo sobre las clases medias que me hizo pensar un poco. Sólo un poco, que estamos a martes. En realidad, el artículo trataba sobre la dificultad de definir lo que se entiende como clase media, y hacer el cálculo del sueldo para entrar en la definición o no.

Lo más habitual, decía el artículo (se lo enlazo aquí, por si lo quieren leer) es calcular el porcentaje de renta promedio en un lugar, y después agrupar todo lo que circula alrededor de ese sueldo promedio, en un porcentaje de más o de menos. Lo que es interesante es la idea de “lugar”, y ponía el ejemplo de la diferencia entre la renta estimada en Phoenix y en Nueva York para considerar a la clase media. En efecto, en Phoenix la cosa está entre 30.000 y 100.000 dólares, mientras que en Nueva York el asunto sube a una renta entre 80.000 y 235.000 dólares.

En el artículo se explican bien estas diferencias, que tienen que ver con el coste del alquiler, el de las escuelas, y el coste de la vida en general. Y los salarios medios son correlativos, naturalmente,  y te encuentras con que un oficial de policía con 5 años de experiencia gana unos 70.000 dólares, lejos de lo que ganaría en Madrid, por poner la ciudad probablemente más cara de España. Y vuelvo a la idea de lugar, no sólo de renta, y de cómo, en un mismo país, las diferencias de salario pueden ser bastante grandes y, sin embargo, seguir perteneciendo a la misma clase media.

Yo creo que tratar de definir la clase media es un poco ponerle puertas al campo. Es verdad que tiene que ver con la renta, y que sin duda éste es el primer criterio que debería tenerse en cuenta. Pero creo que considerar tan sólo el nivel de renta sirve únicamente para que nuestros gobernantes nos metan en cajitas para darnos o quitarnos algo. Desde un punto de vista sociológico, creo que clase media tomaría en cuenta más cosas, como la educación, la profesión, el modo de vida, las aspiraciones y otras más que si me pusiera a pensar un rato seguro que me vendrían a la cabeza. O no, que hoy es martes y queda mucha semana como para malgastar cerebro.

Hay otra cosa que me parece que tiene interés, y es el rango de salarios. En esta España gritona que nos rodea (y merodea), parece que por ganar 150.000 euros uno ya es rico. Figúrense los berridos que tendríamos que oir si se nos ocurre decir que clase media puede ser un tipo que gana 235.000 dólares, que al cambio hoy son algo más de 200.000 euros. Aunque situemos al tipo en Nueva York, ganar eso en España es ser un rico podrido (un rico en España siempre está podrido, no hay que olvidarlo). ¿Que no? Si miramos la tabla de IRPF,  el rico empieza más abajo, en torno a los 60.000 euros si no me equivoco. A partir de este sueldo, en Hacienda por ejemplo ya no te hacen la declaración, porque estiman que tienes pasta para pagarte un asesor. En breve supongo que también les cobrarán por pedir una ambulancia en caso de infarto. Así es que un papá que gana 60.000 euros y que tiene dos hijos y una esposa que no trabaja (he mirado en el calculador de Cinco Días), gana en neto unos 43.000 euros, que en 14 pagas se le queda en un sueldazo de 3.000 euracos con los que pagar la casa, alimentarse los cuatro, comprarse zapatos, encender la luz e ir de veraneo. Un ricachón, vamos. Seguro que hasta tiene para comprarse un barco con el que surcar el Mediterráneo los jueves, cuando presumiblemente empieza su fin de semana (recuerden que es rico). Lo que yo digo: para meternos en una cajita. ¡De pino!

El empobrecimiento de la clase media empieza también con estas cosas, no crean. Empieza cuando a un tipo que gana 60.000 euros se le considera rico y se le aplica el tipo máximo de IRPF. Y es así porque entonces el tipo que gana 30.000 se considera automáticamente que está en la parte alta de la clase media y que nos debemos conformar con los 1.000 euros al mes, y que 1.500 ya es la “gran aspiración”. Nos queremos poco y nos queremos mal, y yo creo (IRPF aparte) que el progreso tiene mucho que ver con la emulación, y que socialmente hemos decidido tomar, a ritmo del cangrejo, el camino hacia la mediocridad. Y que confundimos la clase media con la mayoría, y que por ahí se nos está yendo el país a la porra.

A mí me gustaría vivir en un país en el que se considerara muy saludable ganar 200.000 euros. Que los viéramos como el modelo a seguir y que fueran un ejemplo social. Que nos interesáramos por lo que habían estudiado, la carrera profesional que habían seguido, las competencias que habían tenido que desarrollar para llegar a eso. Que pensáramos que ganar ese dinero está a nuestro alcance, con nuestro esfuerzo, y que pertenecen a nuestra misma clase social, aunque su casa sea más grande y sus veraneos más lujosos. O sea, que están cerca, que no son marcianos. A cambio, vivo en un país en el que se considera que el que gana eso es porque es el hijo del jefe o es un lameculos, que vive arrodillado o simplemente ha tenido suerte, y que lo mejor que podemos hacer con él es confiscarle el 75% de su salario y considerarle sospechoso. Finalmente, los que valemos somos nosotros, que para eso somos la gente normal. O sea, la clase media.

Quitarse del Whatsapp

Decía ayer en una entrevista Dani Rovira, el actor que presentó los Goya 2015 que, para poder concentrarse en la gala, se había quitado del whatsapp. Lo dijo así, “para poder concentrarme, los tres (o cuatro) días últimos me quité del whatsapp”. Me hizo gracia la expresión (quitarse del Whatsapp, como el que se quita del vino o del tabaco), y la razón (para poder concentrarme).

Por lo que contó, no se quitó del tuiter. Entiendo que no fuera tan necesario, porque si no tuiteas, es raro que te llegue una mención, y aunque a él le llegarán muchas de todos modos me figuro que le dará menos palo no hacer ni caso.  Tampoco se quitaría del teléfono ni del mail, que es menos invasivo que el Whatsapp. Y es que ahí es donde están tus amigos, tus grupos, y quieras o no, te llegan mensajes, ping, que te acaban desconcentrando.

Porque la desconcentración no viene de los recados que te puedes encontrar. Ni el que te juntes con que varios amigos o familiares te han escrito a la vez. El asunto de la desconcentración está en los grupos, que te despistas a veces y cuando quieres recordar tienes 104 mensajes sin leer. O te montas en el coche para volver de la oficina y en el trayecto hasta tu casa se te acumulan 49. O te metes en la ducha y cuando sales te juntas con 25 de una conversación que para colmo habías iniciado tú, y que pensabas que nadie seguía.

Quizá las horas en las que más dispersión hay son las del final de la tarde, cuando casi todo el mundo ha vuelto a su casa y se pone a conversar por ahí, a mandar la jatorrada del día. O a quedar, que también se usa el whatsapp para quedar, lo que parece muy normal y lógico, salvo si se trata de un grupo de mas de cinco personas que sean un poco indecisas o anden faltas de liderazgo. En esos casos, se convierte en una tortura porque al cabo de los 53 mensajes ya no te acuerdas ni del día, mucho menos de si es a comer o a cenar, no te has enterado de dónde hay que ir, ni casi de por qué estabas quedando.

Corrector wp padelY eso por no hablar del corrector, que puede hacer de una conversación liviana un galimatías, además del reconocimiento, descorazonador, de que sin gafas la vida en Whatsapp sólo aporta confusión…

Este verano, una amiga del poblachón metió a toda la pandilla en un grupo. No sé si nos juntamos 40 personas. Aquello era un guirigay. Era casi imposible seguir el rastro de dónde estaba cada uno. Aparte de un coñazo, porque durante el mes de agosto lo único que se podía encontrar en aquel grupo eran fotos y conversaciones sobre comidas. Supongo que como siempre que nos juntamos es alrededor de una mesa, se nos hacía raro hablarnos sin un plato de cordero delante. Ahora ya casi no se ponen fotos de cosas de comer, lo cual se agradece, y de fútbol se habla poco porque los del Atleti están verdaderamente insoportables. De política, como se puede esperar, siempre salen dos bandos, y de ropa y trapos no se habla en absoluto, lo que es muy de agradecer. Y al ser un grupo tan grande, siempre hay que felicitar a alguien. O por su cumpleaños o por el santo, aunque esto también vamos a dejarlo porque, si quitamos a los josés, las cármenes, las pilares, las almudenas y los santiagos, al resto le pilla casi siempre desprevenidos y es un corte.

– ¡Felicidades Ricky!

– Felicidades

– Felicidades o_O, 😎 🐱

– Felicidades :-))

– (Ricky, 20 felicidades más y ochocientos emoticonos después…) ¿Y por qué me felicitáis?

– ¡Es San Ricardo!

– Pero si yo no lo celebro hoy… Espera…¡Pero si yo no lo celebro, ni hoy ni nunca!

Hoy, que era San Abelardo, estábamos todos muy compungidos sin tener a quien felicitar. Ponga usted un Abelardo en su vida y será feliz con el Whatsapp, ya se lo digo yo. Alternativamente, haga como Dani Rovira: quítese del Whatsapp y así no echará de menos a ningún Abelardo.

¿Por dónde iba? Ah, sí, que es lunes. Y que hasta aquí llego hoy.

Cadena perpetua

Sandra Palo era una madrileña de 22 años con una discapacidad intelectual. Una tarde, cuando volvía de tomarse unas cervezas con unos compañeros del taller ocupacional al que acudía y mientras esperaba el autobús con su ex-novio, cuatro individuos los obligaron a subirse a un coche a punta de navaja. Al novio lo soltaron, pero a Sandra la obligaron a permanecer en el coche. La llevaron hasta un descampado y la violaron repetidamente los cuatro. Cuando terminaron con esta primera tortura, Sandra se levantó a duras penas e intentó huir. Entonces la jauría, dicen que para que no pudiera delatarlos, la pegó con un palo en la cabeza con ánimo de matarla y la dejó medio inconsciente. Ahí no quedó la cosa, porque aún cogieron el coche y la atropellaron en varias ocasiones. Sandra agonizaba, pero aun le quedaba algo de vida. Así es que estos cuatro bestias, antes de abandonar definitivamente aquel descampado, tuvieron el cuajo de acercarse a una gasolinera, llenar una garrafa de gasolina y volver para quemarla viva.

Esta información la he sacado de la wikipedia y no he querido rebuscar más. El caso de Sandra Palo es de sobra conocido, pero vale la pena recordarlo, escribirlo para obligaros a leerlo y no enlazarlo y arriesgar a que os falle la memoria, arriesgar a que vayáis con poco tiempo y os saltéis el enlace. Aunque me tiemblen las manos mientras lo escribo y tenga un nudo en la garganta. Aunque se me revuelva el alma sólo de pensar en la agonía de aquella chiquilla, en su sufrimiento. Aunque me venga a la cabeza la imagen de esa pobre madre que pena por despachos, televisiones, periódicos y redes sociales, cada vez más exhausta, pidiendo que esos bestias no puedan seguir paseándose por la calle. Porque tres de esos cuatro están ya en la calle. Se les aplicó la ley del menor (para violar y matar no lo eran) y siguen delinquiendo impunemente. Asociación para delinquir, robos con violencia, atracos a punta de navaja. Y volverán a matar y a violar tarde o temprano, solos o en manada, yo no tengo dudas porque esto que hicieron no fue una gamberrada de jóvenes adolescentes.

Podría también contarles el caso de Pablo García Ribado, un hijo de satanás que violó a 74 (setenta y cuatro) mujeres, al que soltaron después de 17 años y que un año después volvió a la carcel por nuevos abusos. O el de Pedro Luis Gallego, condenado en el 87 a 10 años de carcel después de varias violaciones, que cumplió tan sólo 5 y que al salir mató a dos muchachas, una de 18 años y otra de 22, además de violar a varias mujeres más. O José María Real López, condenado por matar a una niña de 9 años en un permiso penitenciario, y que cumplía condena por violar a otra criatura de 11. Todos están sueltos, hasta la siguiente atrocidad. Hay muchísimos más casos de este tipo, búsquenlos si quieren en la red que a mí ya me da asco. Y sin buscarlo en internet, si atienden a los casos que salen en los periódicos sobre salvajadas de locos así, se encontrarán en no pocas ocasiones a un reincidente, a alguien que ya apuntaba maneras. Gente anormal que no puede vivir en sociedad.

Conozco los argumentos, las frases comunes que se oponen a la existencia de la cadena perpetua. A veces van acompañados de buenos sentimientos, sinceros unas veces, postureo y consignas manidas otras, brochazos que impiden separar con precisión el grano de la paja. A mí tampoco me faltan los buenos sentimientos, y me encuentro entre los que piensan que con la venganza no se llega muy lejos. Entiendo el odio como una explosión, como cuando se descorcha una botella de agua con gas, pero no como una forma de razonamiento o como una pauta de la voluntad. No me parece práctico, y lo dejamos ahí. Pero no estoy hablando ni de venganza, ni de odio, y, en el límite, tampoco de justicia. Estoy hablando de evitar el crimen cuando se puede.

La pena de cárcel se puede entender como un castigo, como una forma de reeducación o como una advertencia con fines disuasorios. Sin embargo, la cadena perpetua yo no la entiendo como un alargamiento de la pena de carcel, aunque técnicamente lo sea. Para mí la cadena perpetua es una medida preventiva. Profiláctica, si prefieren. Higiénica. Porque del mismo modo que se recoge la basura y se entierran los cadáveres para evitar epidemias, hay gente a la que hay que separar de la sociedad para que no maten o para, algo peor, destrocen un montón de vidas. Se trata de protección, simplemente. Se trata de protegernos de bestias: a nadie se le ocurre soltar a un tigre hambriento en la Puerta del sol. Y hay personas que hacen infinitamente más daño que un tigre hambriento.

Los violadores, los pederastas, los asesinos en serie, los terroristas capaces de poner una mochila con bombas en un tren por la mañana no pueden tener una segunda oportunidad. No hablo de lo que ellos merecen, sino del riesgo que me piden que yo asuma. Creo que antes de darles a ellos una segunda oportunidad hay que dar una primera a las siguientes víctimas, que las habrá. Para uno que se rehabilita, hay diez ó más que reinciden. Yo no quiero asumir el riesgo de, para poder soltar al aparentemente rehabilitado, dejar en la calle a muchísimas más bestias porque me parece que es como jugar a la ruleta rusa. El riesgo de jugar a esa ruleta no es si cae la bala en el tambor. El riesgo es que la cabeza la ponen tus hijos en el parque, tú cuando vuelves a casa sola, tu hija cuando sale con unos amigos y espera el autobús, tu madre anciana cuando abre la puerta a un desconocido o tú mismo cuando te montas en el metro. Lo que me lleva a pedir que se legisle e instaure la cadena perpetua para determinados casos no es indignación, ni venganza, ni odio. Es un simple cálculo.

Se me dirá que son enfermos. Pues bien, que los encierren en un manicomio con todas las comodidades después de juzgarlos con todas las garantías. Pago mis impuestos, no me importa que lo gasten si quieren en hoteles de lujo para esas alimañas, pero que los retiren de la calle. Literalmente, que los encierren y tiren la llave. Ya sé que no se pueden evitar todos los crímenes terribles que suceden cada día, pero hay algunos que sí podemos evitar.

Pero estad tranquilos los que leéis horrorizados y llenos de escándalo este post tan fascista y tan de derechas: no habrá cadena perpetua. No la instauran en caliente y mucho menos legislarán en frío, cuando se trasiegan votos y titulares de periódicos manipulados para el trasiego de votos. Dirán que si revisable, dirán que si el preso que estudie o barra las letrinas de la cárcel puede salir los fines de semana a merendar, hablarán de los derechos humanos del preso al que confundirán alevosamente con el resto de los seres humano. Pondrán 30 años que seguirán convirtiéndose en 10 por estudiar la vida de los pájaros. Por lo visto, hay riesgos que sí pueden asumir y se olvidarán de proteger a la sociedad, a la que adormecen con programas repugnantes y telediarios en los que se mejora el share con las brutalidades de estos bestias.

Y tú cuídate solo. Es lo que hay.

Lo del Atleti-Real Madrid

escudo-futbol-madridVamos a ver si nos aclaramos, señor Carletto, que me parece que la Décima le ha nublado a usted el sentido. Al Atlético de Madrid se le gana, y ya está. No le pido yo a usted ni que el equipo juegue bien, ni que usted vaya bien vestido, que plancharse la ropa para jugar en el Calderon con el Cholo y el Mono Burgos al lado es una pérdida de tiempo. Ni siquiera le pido una goleada (del Madrid, se entiende). Pero al Atleti se le gana, y punto y ya y se acabaron las bromas.

Comprendo que salir a ese campo al lado del río Manzanares, con el frío que hace y sin que parezca que haya calefacción ni en el palco dé un perezorro de tomo y lomo. También puedo entender que falten jugadores clave, y que oiga, que el otro equipo también juega. Pero una cosa es que nos ganen de vez en cuando y otra que se tomen esto como una costumbre. A ver, que estos han bajado a segunda no hace tanto, que les llaman el Pupas y que lo de perder es como su ADN más reconocible, aparte de dotarles de ese aura de equipo humilde y como del pueblo llano, en favor de la igualdad, los pobres y de acabar de una vez con las guerras y el hambre del mundo. Un poco de Podemos, vaya. Pues a ésos se les gana sin piedad, que total ya están acostumbrados y les da lo mismo. Y hala, luego ya nos ponemos a esperar al Elche, que por ahí es por donde de verdad se pierde la liga.

Es verdad que EL partido que había que ganar lo ganó el Madrid al Atleti en Lisboa. Nunca se lo podremos agradecer lo suficiente a usted y a aquellos jugadores y ese EL partido estará en nuestra memoria y en nuestros corazones hasta el día en que nos muramos. Pero recuerde lo que cantaba usted mismo: historia que tu hiciste, historia por hacer. Por hacer, señor Carletto, por hacer. O sea, que hay que seguir ganando, y a estos de rayas más. Y siempre. Que a mí la Copa del Rey también me importa un pimiento, pero la Copa del Rey se gana y si hay que caer eliminados, se cae en primera ronda con el Alcorcón, y así por lo menos se lleva una alegría alguien verdaderamente humilde y solidario. Y lo mismo la liga. Se gana en el Bernabéu y se gana en el Calderon. Y a otra cosa.

Otro que ha entendido regular lo de la historia que tu hiciste, historia por hacer es Casillas. Va a hacer historia como el héroe que fue y el villano en que se ha convertido. Se irá por la puerta pequeña, amado y halagado por periodistillas comprados, y aplaudido en otros campos con compasión. Está acabado, y es de un patetismo irremediable, pero mientras tanto hace daño. Y sobre el resto ¿qué decir? Pues que hoy no ha funcionado nadie, ni siquiera Isco, un tipo en mi opinión muy sobrevalorado (alguien adorado por los del Plus despierta mi sospecha automáticamente, como un resorte).

En fin, que seguimos de líderes después de perder en el Calderón, sí. Pero al Atleti se le gana, y punto, y ya, y se acabaron las bromas. Y nada más, Hala Madrid.