Entrada tontuna

Que me diréis que os tengo muy abandonados. Pues sí. Claro que vosotros también a mí, aunque me diréis que tenéis un motivo, y es que no escribo apenas. Pues bueno ¿y qué? Pues si no escribo, no pasa nada, podéis entrar a echar un saludico, que tampoco cobro. ¡Interesados, que sois todos unos interesados!

Lo cierto es que empecé el mes de junio con el firme propósito de escribir más, y los 10 primeros días escribí 7 entradas. Pero luego… luego… luego se complican las cosas, llego tarde, cansada, y todas las cosas que se me han ido ocurriendo durante el día ya han dejado de tener gracia, han dejado de tener interés, porque el cansancio lo puede todo. Me consuelo pensando que al menos no es tuiter lo que me está alejando del blog, porque por ahí aparezco también bastante poco. Ya contaré, ya, lo que me inspira tuiter últimamente… Por cierto, que me dijeron que había salido por la tele un tuit mío, en La noche 24 horas, que es una tertulia civilizada que veo casi todas las noches, ante la necesidad de dejar la cabeza a merced de ese aparato del demonio y teniendo en cuenta el erial televisivo que me encuentro generalmente.

Y ahora viene julio, que es ese mes que, como diciembre, parece que el mundo se va a terminar el 31, y que luego ya no habrá nada más. Julio es ese mes en el que todo el mundo se pone muy nervioso, un mes en el que hay que dejarlo todo terminado para antes de las vacaciones, un mes lleno de prisas y de estrés. Y de chapuzas, que es a lo que conducen las prisas.

Julio es un mes abismal.

¿Y qué excusa pongo yo ahora para esta porquería de entrada, si hoy es domingo? Pues… en fin, hoy me lo había tomado libre, pero luego he tenido un remordimiento de conciencia.

Voy a etiquetar este post en Islandia, que sólo tiene un post. Y me voy a ver el Costa Rica-Grecia, a ver si me entra el sueño.

 

 

¡Noticia bomba!, de Evelyn Waugh

¡Noticia bomba! Evelyn WaughEvelyn Waugh cuenta en ¡Noticia Bomba! la peripecia de William Boot, un irrelevante cronista de la naturaleza de un imaginario periódico, el Daily Beast ,que es confundido con un pariente lejano, John Boot, escritor de cierto éxito con excelentes relaciones en la alta sociedad londinense. De resultas de esta confusión, es enviado como reportero a Ismailía, un olvidado país africano, a cubrir una guerra civil teóricamente a punto de estallar.

La novela es un puro disparate, con personajes estrafalarios y situaciones delirantes y absurdamente cómicas. Waugh realiza una sátira feroz del periodismo de la época, años 30 del siglo XX, que yo supongo que se puede trasladar a la realidad actual. Editores que cuentan su propia realidad, redactores de internacional que no saben orientarse en un mapa, reporteros indolentes y un poco canallas que pelean por llegar los primeros a dar la noticia. Porque, como dice el autor, la noticia, en cuanto se conoce, deja de ser noticia.

La sociedad en la que se encuadra, tanto la alta sociedad, descrita de pasada, como la sociedad de la nobleza rural, que vive en el campo como el que vive en las proximidades de Marte no es nada comparado con el humor que acompaña a la descripción de Ismailía, un imaginario país africano en manos de una familia en el poder desde tiempos inmemoriales y que maneja el poder con paternalismo, como el que tiene un cortijo en propiedad. Humor y comentarios por cierto algo chocantes con lo que actualmente consideraríamos como políticamente correcto. Y por medio, nuestro William, entre la perplejidad y la flema, pasando por una guerra que no es guerra, y haciendo periodismo sin voluntad de que sea periodismo.

Con un humor muy inglés, muy sarcástico, tanto en la historia, como en la forma de abordar as situaciones, como en el estilo con el que está escrito, Noticia Bomba es un libro muy divertido, con algunos pasajes deliciosos. Les dejo con la descripción que el Jefe de internacional le hace a William de la guerra de Ismailía.

– …Verá no suelo leer la prensa. ¿Podría explicarme quién lucha contra quién en Ismailía?

– Creo que son los Patriotas contra los Traidores.

– Ya, pero, ¿Cuáles son cuáles?

– Oh, eso sí que no lo sé. Eso es cuestión de la línea editorial, y no tiene nada que ver con mi departamento. Tendría que habérselo preguntado a Lord Copper.

– Parece que es una guerra entre Rojos y Negros.

– Sí, pero no es tan fácil como parece. Verá, allí son todos negros. Y los fascistas no quieren que les llamen negros porque también tienen mucho orgullo racial, y por esta razón les llaman Blancos, como los Rusos Blancos. Mientras que los bolcheviques, debido a su orgullo racial, quieren ser conocidos con el nombre de Negros. De modo que cuando decimos negros queremos decir rojos, y cuando queremos decir rojos decimos blancos y cuando el bando que se llama a sí mismo negro habla de traidores se refiere a lo que nosotros llamamos negros, pero no sabría decirle a usted a quién nos referimos cuando hablamos del bando de los traidores. Pero desde su punto de vista será muy sencillo. A Lord Copper sólo le interesan las victorias de los Patriotas, y ambos bandos dicen de sí mismos que son patriotas y, naturalmente, ambos bandos afirmarán haber obtenido victorias. Aunque, desde luego, se trata de una guerra entre Rusia y Alemania e Italia y Japón que, por patriotismo, están los unos en contra de los otros, ¿me explico?

– Hasta cierto punto – dijo William…

Animalitos

FOCA unmundoparacurraEstaba yo el otro día pensando que si el ser humano está considerado como superior al resto de los animales es porque recoge de ellos cada una de sus características. Tú no ves a un perro y le dices que se comporta como un hombre, pero sí que a veces te cruzas con hombres a los que les dices que se comportan como perros.

Y no siempre se recoge una característica amable, por no decir que lo normal es escoger, de entre todas las cualidades del animalito, la peor. Por ejemplo, un cerdo es un animal estupendo, del que se aprovechan hasta los andares, pero si tú a alguien le llamas cerdo no le estás diciendo que es un individuo extremadamente aprovechable y que, una vez curado, sería un manjar. No. Lo que le estás diciendo es que es un cochino, en el trato o en la higiene.

Para llamar bruto o tonto a alguien se le dice burro, aunque el mayor caladero de tontainas lo encontramos en el mar: percebe, besugo o, si es mujer, merluza, aunque también existe lo de merluzo, que a mí me encanta, porque la zeta final le da mucha fuerza:

– Ese tal Pepe es un auténtico merluzo.

El tipo molesto es un moscón, y el apocado una mosquita, mayormente muerta. El pillo es un ratón que hace ratonerías, y el tacaño es un rata, aunque si dices que es una rata es porque es despreciable, cobarde y peligroso. Si dices de alguien que menudo pájaro no te refieres a que está a punto de alzar el vuelo o embelesarte con sus trinos, sino que hablas de un tipo del que hay que desconfiar.

El gorila es un individuo grandullón, algo imbécil y desde luego muy bruto, que sólo vale para aporrear irracionalmente. El mono es alguien que no pinta nada y un macaco, además de no pintar nada, es un ser ridículo.

Tienes un resfriado de caballo o estás sano como un toro. Del elefante sólo nos acordamos cuando entra en la cacharrería, y del lirón cuando alguien duerme con desmesura. En cuanto al tigre, se usa más para indicar el mal olor del cuarto de un adolescente que el famoso salto, que se cita en los chistes más como una machada algo patética que como una hazaña sexual.

Si tú le dices a un tipo que parece una foca, estás escogiendo del pobre bicho la grasa que acumula para soportar el frío del agua, y no esos bigotillos tan majos, ni siquiera su simpatía, porque no me negarán que son unos animalitos adorables. Lento como un caracol, cuando para algunos es un manjar; o como una tortuga, cuando son unos animales extraordinarios.

Un zorro es un tipo más traidor que astuto, y la cabra se usa para resolver a un loco inquieto e imprevisible. El gusano es traidor y despreciable, pero ningún hombre se convierte en mariposa. O bueno, sí, pero a condición de que sea una gran mariposa, o sea, un mariposón, y en ese caso también se le llama mariquita.

Y luego hay animalitos que sólo sirven a las mujeres. Las zorras, las perras, las cerdas y las leonas. Todas putas. En mayor o menor medida, pero putas. Y luego los loros, las urracas y las cacatúas, todas viejas. En mayor o menor medida, pero viejas.

Me dejo muchos bichos en el tintero, pero citaré al único que se me ocurre del que se escoge una virtud: la hormiga. La laboriosidad, el esfuerzo, la previsión. Se dice que es como una hormiguita el que va ahorrando, poquito a poco, con paciencia y con constancia. Qué majas las hormigas. Y eso que son negras como el carbón, o rojas como el demonio…

Alex, de Pierre Lemaitre

Alex de Pierre LemaitrePierre Lemaitre es el ganador del último premio Goncourt, el 2013. Esperé un cierto tiempo de cortesía, a la espera de que editaran el libro en español hasta que ya, en Abril, me cansé de esperar. ¿Cuánto se tarda en traducir un libro del francés? Supongo que me espera una buena traducción, porque después de esperar, mi amiga librera, atenta como siempre, me avisó de que ya lo tenía calentito para que lo fuera a buscar. Y ahí está, el Au revoir là-haut, título traducido como Nos vemos allá arriba, esperando su turno en mi balda particular.

Y mientras tanto, como uno de mis pecados favoritos es la impaciencia, encargué y me leí Alex, también del mismo autor, para confirmar si es verdad que el Goncourt no se lo dan a cualquiera. Y tengo que decir que no, que no se lo dan a cualquiera. Sobre Alex diré, simplemente, ¡Uf!, con tono de admiración-

Madre mía qué novela. Sensacional. Dos frases que recojo de la contraportada y que definen bien lo que es esta novela policíaca. “Cincuenta por ciento suspense, cincuenta por ciento investigación, cien por cien magnífica” (Le Figaro); “Una novela de una intriga diabólica” (L’Humanité). Y aquí, con estas dos frases debería dar por finalizado el post, porque cualquier conato de spoiler en esta novela supone un crimen inaceptable. No contaré entonces nada (no me permito ni copiar la contraportada, que da pistas), simplemente diré que está escrita con mucha inteligencia, casi tanta como la que tienen los protagonistas.

Una primera página que parece vulgar, un principio como de redacción infantil (qué importantes son los comienzos en los libros), y en la página 5 ya no puedes quitarte el libro de los ojos. Y es que Lemaitre va desde el primer momento al grano, al centro de la acción y del suspense. Y a lo largo de la trama da dos, tres, cuatro giros impensables, hasta que llegas al final, a las últimas páginas, para ver todo el escenario, para comprender por qué, a lo largo del libro, la simpatía del lector no se sitúa cabalmente donde la razón le dice que debería estar.

Miedo, angustia, horror, crímenes espeluznantes, en una historia que por momentos no sabes por dónde puede continuar, cómo va a terminar. Entiendes lo que está pasando pero no por qué está pasando, y si dejas el libro por la mitad, ni por asomo te imaginas qué es lo que hay detrás. Brillante.

Lo que marca la novela es la estructura de la narración, como sacada de un ajedrez. Lemaitre no juega con los tiempos, la trama es secuencial, pero alterna los escenarios con mucha inteligencia. Sin embargo, la maestría consiste en irte desvelando la historia que hay detrás a través de los acontecimientos que se van sucediendo con rapidez. Y no se conforma con la intriga, sino que además el libro está bien escrito, con una prosa limpia, y con buenas frases para subrayar.

Creo que debería leer yo más novela policiaca. Porque, como diría @bich75, me lo he pasado pituti. Léanla, que pasarán muy buen rato.

 

Una selección de estatuas de sal

No quisiera parecer ventajista, ni vengo hoy a hacer leña del arbol caído. Yo escribí hace un año (AQUÏ) que la selección española se merecía darse una buena bofetada para salir del ensimismamiento. Para escapar de ese clima de peloteo, de embobamiento acrítico de periodistas vendidos, de correveidiles babosos, de aficionados conformistas y de complacencia suicida. Necesitábamos una buena bofetada que nos enfrentara con el espejo de una selección realizada a partir de méritos que tienen que ver más con el pasado que con el presente, y que ha ignorado, con una indolencia casi criminal, cualquier exigencia por seguir ganando títulos. Estatuas de sal paralizadas por mirar al pasado y sin ninguna ambición por el futuro, más allá de los tópicos de rigor en rueda de prensa.

Ya nos la hemos pegado, y de qué forma. Pero, a lo que parece, no se puede criticar, porque estos jugadores y este entrenador deben ser venerados. Pues bien: venerémosles, pero hagámoslo correctamente. Construyamos una estatua enorme en cada plaza de pueblo y pongámosles muchas flores. Hagamos duque al marqués y nombremos caballeros de alguna orden a todos los seleccionados. Ya tienen un Príncipe de Asturias (incluso hay quien tiene dos), pero démosles el Cervantes, y la medalla del Congreso, y hagamos fiesta nacional el día del cumpleaños de Casillas. No sé, hagamos obligatoria la asignatura de Educación para la ciudadanía-campeona-del-mundo. Pero para jugar el próximo campeonato, por favor, pongamos a otros que ganen partidos y vamos a dejarnos de homenajes.

Yo no reniego de lo que han hecho estos jugadores y este entrenador, claro que no. Ni les falto al respeto si los critico. Es justo al contrario: ha faltado crítica y exigencia. A un campeón del mundo se le debe exigir mucho más que a uno que no ha ganado nada. Porque cuando se ha ganado una copa del mundo, lo que está en juego, además del torneo, es el ridículo.

La idea de Del Bosque era romántica, no hay duda. Llevemos a aquellos a los que debemos todo lo que hemos sido. No importa si no han jugado apenas este año, no importa si su estado de forma es alarmante, no importa si para llevarlos tenemos que dejar en casa a jugadores mejor cualificados y con más hambre. Ellos nos dieron todo, y hay que recompensarlos. El problema es que a Del Bosque los jugadores no le han seguido. La idea de Del Bosque no era el tiqui-taca, sino el canto del cisne, y les ha salido un graznido horroroso, como de pato noqueado con un sartenazo. Porque vale que los lleve, pero es que encima los ha puesto a jugar y claro, se les ha visto el plumero. Cua-cua.

Del Bosque nos exige respeto, y yo también se lo exijo a él. Ha construido una selección de funcionarios, de gente que ganó su plaza hace cuatro años y que no tiene que ya nada más que demostrar. Bueno. Yo le pido también que respete la ilusión que despierta la selección española. Los niños, que piense en los niños, esos niños ilusionados de los que tanto habla. Y en la cara de tontos que se nos ha quedado a todos, incluyéndole a él y a sus seleccionados desde el cariño.

Este es un país de gente con derechos y sin deberes. Y eso es la selección: derecho al aplauso, sin el deber de ganárselo cada día en cada partido. Derecho al reconocimiento por el pasado, sin obligación de ganárselo con el comportamiento y la actitud de cada día. Derecho a estar, sin necesidad de merecer. Una especie de “aquí estoy porque he venido”, y poco más.

En fin, seamos optimistas. No hay mal que por bien no venga. La selección se renovará, vendrán otros y nos darán nuevas alegrías porque en este caso, como tantos en la vida, la mejor motivación es el resultado. El tabú de no ganar nunca ningún campeonato se ha roto. Gracias a todos. Pero ya. Y que corra el aire. Desde el cariño, por supuesto.

Que moro perquè no moro…

STTERESA

 

Viu sense viure en mi,
i tan alta vida espero,
que moro perquè no moro.
Visc ja fora de mi,
després que moro d’amor;
perquè viu en el Senyor,
que em va voler para si:
quan el cor li vaig donar
va posar en ell aquest rètol,
que moro perquè no moro.

No sé si será moro o no moro, pero hay por ahí un tal Víctor Cucurull que dice que Santa Teresa de Jesús era catalana de arriba abajo, o sea, completamente catalana. Así es que he acudido al traductor de Google para poder disfrutar de los famosos versos en su versión original, versos con los que abro el post de hoy.

Miren, yo me lo creo. Porque la historia hay que contarla como es. En el principio creó Dios los cielos y la tierra, o sea, Catalunya, y luego el resto de los habitantes de la tierra, que además de no ser catalanes, somos muy malvados, los fuimos invadiendo y ahí se han quedado los pobres, chiquititos y esquinados. O esquinats, no sé. Lo de Santa Teresa se explica perfectamente: los castellanos invadimos Avila, y como las desgracias nunca vienen solas, después de la invasión tradujimos a Santa Teresa, y el famosísimo moro perquè no moro devino en muero porque no muero, mucho más violento, dónde va a parar.

No queda ahí la cosa, que por lo visto Cervantes también era catalanísimo. Y miren, no me extraña. Si los castellanos fuimos capaces de invadir Avila, con esas murallas tan sólidas y solemnes ¿se nos iba a resistir Alcalá de Henares, esa ciudad sin importancia? Naturalmente que no. De hecho, yo me malicio que el brazo no lo perdió Cervantes en Lepanto, sino que fue en la guerra de la independencia catalana, luchando a brazo partido (perdonen la manera de señalar), contra los bárbaros castellanos que pretendían arrasar la ciudad, con la universidad incluida.

En fin, como el traductor de Google es gratis, y asumiendo que los madrileños somos mucho más roñosos que los catalanes – ya se sabe, unos cortan la lana y otros se llevan la fama – he vuelto a acudir a él para poder deleitarles con ese famosísimo principio del quijote (¿El Quixot?) en su lengua de origen:

En un lloc de la Manxa, del nom del qual no vull acordar-me, no ha molt temps que vivia un gentilhome dels de llança en drassana, adarga antiga, rossí flac i llebrer corredor… 

Igual mañana me animo y les cuento la conquista de América, según cucu-rucu-cull, colomba…

Naturales de allá, naturales aquí

Mapamundi_banderitasEstán entre nosotros. Viven con nosotros. Ya casi no nos damos cuenta. No es que se hayan integrado ellos, es que nos hemos integrado todos, también nosotros. Y sin ellos, nos faltarían muchas cosas, pero no precisamente trabajo, que yo no sé si falta, pero que ellos lo aprovechan, y hacen muy bien. Y vienen aquí, y curran, y viven. Y son felices a medias, porque la lejanía impone una nostalgia de la que es difícil despegarse, pero intentan ser felices a tiempo completo.

Y un buen día se van, y ya no vuelven, porque lo que vinieron a hacer aquí ya lo han hecho. Cumplen su etapa, su cometido, y se van. Y siempre nos dejan algo. Algo de su cultura, algo de sus costumbres, algo de su comida, o de su acento, o de su forma de vivir. No pasan en vano, sería imposible.

Una ecuatoriana crió a mis sobrinas hasta que tuvieron cuatro años, y fue reemplazada por una marfileña. Una polaca crió a mi sobrino, y aun se quieren como hermanos, o como se quiere a un familiar cercano con el que se ha convivido y se ha vivido hasta la adolescencia.

Una uruguaya crió a mis otros sobrinos, y después ha cuidado a mi madre como externa durante mucho tiempo, hasta que se volvió a su tierra. Y la quería hasta el punto de llamar en una ocasión a una de mis hermanas para darle el parte de una posible enfermedad que ella creía haber detectado. También de Uruguay eran las dos mujeres que cuidaron a mi abuela, y una de ellas se volvió a su país cuando advirtió el deterioro, cuando nos dijo que no podría soportar verla morir, tanto cariño acabó teniéndola.

Dominicano es el sustituto del conserje los fines de semana, un hombre encantador con una hija que es una muñeca, una preciosidad que me alegra algunas mañanas de sábado cuando la veo. Colombiano es el chico sonriente que me trae el café por las mañanas en el bar de al lado de la oficina y peruana la chica del supermercado nuevo que han abierto frente a mi casa.

Los vemos por la calle aunque ya ni nos fijamos. Los escuchamos hablar desde sus teléfonos móviles en su lengua, o con su acento, mientras esperan como nosotros a que cambie el semáforo. Son ellos, pero son nosotros. Son naturales de allí, pero se han vuelto naturales aquí. Y yo quiero pensar que ésta es una bonita tierra de acogida. Y yo estoy segura de que sin ellos no habríamos crecido como lo hemos hecho, y no creceremos como queremos crecer.

Oficios imprescindibles. Oficios que ellos cubren con la laboriosidad que nos falta a muchos de los nacidos españoles, instalados en el subsidio y en la queja. Oficios que no seremos capaces de recuperar, que hay quien se niega a recuperar porque cree que no se lo merece. Y es verdad que no se lo merece: no merece ese pan quien ni sabe ni se atreve a ganarlo.

La mujer búlgara que viene a mi casa todos los días se ha ido a su tierra a pasar unas vacaciones. En su tierra, en esta época, es el Festival de las rosas, y sacan un montón de productos que luego exportan. Y por si acaso no los exportan a España, ella me ha traído una colonia de rosas y una crema de manos, también hecha con rosas. No tenía por qué hacerlo, pero se ve que la acogida ha funcionado en las dos direcciones y se ha vuelto natural. Y la crema es estupenda, doy fe.

Estoy pensando que mi jefe es francés. Aunque me da que no pinta nada en este post. Sobre todo porque no me lo imagino trayéndome unos macarons de Ladurée de alguno de sus viajes a París. Pero no lo descarto: cuando el paisaje se vuelve cotidiano, casi todo nos resulta natural.

Catedral, de Raymond Carver

catedralMe regaló este libro una compañera de la oficina. Se celebraba un aniversario y estábamos reunidos un montón de compañeros, y ella se salió del guión oficial y establecido y me lo entregó en un aparte. Un detallazo. Yo no soy una persona fácil para que le hagan regalos, y de eso puede dar fe mi familia y los amigos que me conocen bien. Sin embargo, que me regalen libros me hace siempre mucha ilusión. Así es que en esta ocasión no iba a ser menos, y desde luego me hizo mucha ilusión y lo colé a otros que están a la espera de ser abiertos.

Esta persona que me regaló el libro es una gran lectora y, tal y como me dijo, esperaba que me gustara el autor, que forma parte de una corriente que se denomina el realismo sucio, y del que no había leído yo nada antes.

Se trata de un libro de relatos cortos, no exactamente cuentos, muy a lo Alice Munro, que empiezan no se sabe cómo y acaban sin saber por qué. Pero a diferencia del realismo luminoso de la Munro, en los relatos de Catedral siempre hay una amenaza, algo que te intranquiliza. Personajes de la América profunda, gente corriente, gris, en donde siempre está presente el alcohol y el abandono en vida, ambientes que suelen ser sórdidos en su vulgaridad y sobre cuya trama de la historia siempre late una inquietud, siempre ves venir que pase algo horrendo. Pero al tercer relato, ya te imaginas que no va a pasar nada horrendo, y que lo único horrendo es la propia historia, por lo general irreversible.

El libro está bien y el autor tiene una prosa ligera, fácil, sencilla, y esto no deja de tener su mérito. Hay relatos extraordinarios y otros que no lo son tanto. El relato que da título al libro es uno de los mejores, junto con el de Fiebre (un padre abandonado que no puede ocuparse de sus hijos y contrata a una mujer para que lo haga), La brida (una familia desahuciada que llega a una pensión de Arizona a rehacer su vida),  el que abre el libro, Plumas (una pareja sin hijos que es invitada a cenar en casa de unos amigos que tienen un niño horrendo y un pavo), o Parece una tontería, tal vez el más dramático (un niño que tiene un accidente que le deja en coma el día de su cumpleaños, después de que su madre le encargue una tarta a un pastelero).

Así que me ha gustado y agradezco el regalo. Y agradezco todavía más la dedicatoria que me hizo esta compañera, que mola un montón, y que pongo aquí para que conste:

Soy lo que he vivido, pero aún toda experiencia es un arco a través del que brilla un mundo inexplorado cuyo horizonte se desvanece a medida que avanzo”, Ulysses, A. Tennyson (traducción requetelibre).  

Un detallazo.

La declaración

Acabo de hacer  una declaración de amor al gobierno central, al autonómico y al local, además de declarar mi amor a todos los cargos, carguillos y carguetes que viven tan escondidos que es imposible contarlos a todos y de los que sólo tenemos constancia cuando emergen sobre la inmundicia de su corrupción.

He hecho una declaración de amor a todos los funcionarios vagos y a los asesores inútiles que dedican el poco tiempo y la poca energía que les queda entre el redesayuno con café y la cervecita con tortilla a complicarnos la existencia con sus trámites kafkianos y sus disposiciones arbitrarias.

También es una declaración de amor al ejército de diputados europeos, estatales y autonómicos que con mi dinero se rascarán los huevos en sus escaños los pocos días que se acercan por esos edificios tan chulos en los que beben gin tonic subvencionado y viven de puta madre a mi costa.

He hecho una declaración de amor a esos sindicatos golfos, a esas patronales acartonadas y a esos partidos políticos que organizan absurdas convenciones, congresos inanes, campañas y folletos tan extravagantes como fuera de la realidad. También (que no se me olvide) a esos florecientes partidillos demagogos que van de famélica legión y que sólo quieren robarme más de lo que me roban ya los otros, y que por el momento, se conforman con insultar mi inteligencia todos los días.

He hecho una declaración de amor a esos jueces vagos y politizados, que se preocupan mucho por lo que pasa a 12.000 kilómetros y que viven de pelearse por casos que les propulsen a las primeras páginas de los periódicos, pero que se han olvidado de lo que es la justicia, que es trabajar mucho y rápido.

He hecho una declaración de amor a todos esos que viven de no pegar palo al agua, que disfrazan de asistencia social lo que no es más que cálculo para vivir de los otros. Que hacen chapuzas mientras cobran un per, o una prestación para redondear sus ingresos.

He hecho una declaración de amor a todos aquellos que exigen que el Estado se ocupe de cosas de las que deberían ocuparse ellos. Y a esos otros que llaman social a tener wifi gratis en los ayuntamientos, que les alarguen el pene o que el Estado les pague la entrada al teatro.

He hecho una declaración de amor a las catorce o quince televisiones públicas que emiten basura. También a todas esas empresas que viven de las subvenciones del Estado y de los gobiernillos autonómicos y que no aguantarían ni cinco días la competencia del peor de su mercado.

He hecho una declaración de amor a esos dirigentes que sólo se ocupan de agitar banderas inventadas y pasadas de moda. Banderas grasientas que sólo esconden impudicia y odio.

En fin, hoy he hecho una declaración de amor a los parásitos de la sociedad. La declaración de la renta, ni más ni menos. Ah, y para colmo, me da a devolver. Un amor ciego…

 

Curra, la collares

Curra-collar-amarilloEl primer collar que tuvo Curra, de bebé o casi, era de color amarillo pollo. Monísima que iba ella, y eso que estaba en plena edad adolescente, con cuatro mesecillos. Se lo compró mi madre, aunque dudo que lo eligiera por el color: probablemente influyó más el precio. Este collar, el primero que se compra, está destinado a cubrir un espacio de tiempo tirando a corto. En fin, yo se lo pongo a su derecha para que vean esos ojillos como de descubrimiento de las sensaciones de la vida, y de los olores de la calle. Sí, lo sé, que se aprecia poco el collar. No, lo verde es el antiparasitario. Y no, no he encontrado otra foto mejor y no esperen que me levanten a buscar ningún álbum.

Después ha tenido otros de diferentes colores, unos más afortunados que otros. Recuerdo uno de color cuero oscuro que le proporcionaba un aspecto grave, aunque tal vez le hacía mayor en comparación con Wilma, que por entonces llegó a esta familia. Y también recuerdo otro horrendo, de color nazareno (CLICK AQUÍ), de esos de telilla, que vino a sustituir de urgencia otro gris claro muy bonito pero sucísimo.

Uno de los más bonitos que llevó está aquí (CLICK), de cuero con adornos, aunque muy incómodo para ella porque pesaba mucho. Y sin duda, el penúltimo, grueso, rojo, elegantísimo, con el que pueden verla en esta foto (CLICK). Hasta hoy estaba llevando uno de cuero blando claro, que no me acababa de convencer porque era un poco estrecho y además tenía las travillas muy separadas, y se rizaba por el extremo que sobraba. Lo cierto es que el collar es un elemento de mucha importancia, y no sólo por lo estético. El collar debe ser cómodo para el perro, mientras que la correa debe ser cómoda para el amo. Recuérdenlo si tienen un perro algún día. Y si no tienen perro ningún día, recuérdenlo si se fijan en las personas con perro. Y si no se fijan en las personas con perro, pues no lo tengan en cuenta y permítanme que siga, que pierdo el hilo.

La cuestión es que Wilma (la perra rubia, no se me pierdan) está mudando de collar, porque el suyo, rojo, está hecho un asco. Ya ha tenido que ir mi tía dos veces a cambiarlo. Primero la trajo con uno negro, que le hacía mayor y el veredicto familiar fue NO. El segundo ni lo trajo para que lo viéramos, calculen lo fea que estaría la pobre. Y esta tarde ha aparecido con uno bien bonito pero que le estaba grande. Y es que no se los deja probar en la tienda, la muy loca. Para cuando hemos comprendido que el collar no le valía, ya le había hecho dos agujeros más y…

… ¡Y ahí estaba mi Curra, con el cuello apropiado para heredar! Conste que lo de hacer otro agujero no lo he hecho aposta… En cuanto a Wilma… en fin, deberá seguir buscando a ver si encuentra algo que le quede bien (jo, jo, jo…).

Un collar precioso. Y muy elegantón. Oigan,  ¡Y que me ha salido baratísimo!

 

Collar Curra cuadros