El pescuezo de Alonso

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El titular dice “Cuellos de toro en la F1” con el antetítulo: “La mayor velocidad de los coches en 2017 obliga a los pilotos a incrementar el perímetro muscular de sus pescuezos”

¿Pescuezo? Uf, no sé yo.

Pescuezo suena a taberna de barrios bajos con olor a vino agrio y a sudor de borrachos con navaja en la cintura. Pescuezo suena a cadalso rodeado de tricoteuses que abren sus bocas desdentadas para gritar “mátalo”. Pescuezo suena a pescadería, aunque yo creo que es por adherencia fonética, porque pescuezo es lo que se les corta a las gallinas. De pescuezo viene pescozón, que es lo que le da un padre a su hijo cuando llega tarde a casa o cuando dice una mala palabra con el pan en la mesa. Tú dices pescuezo y ves la rebanada que han cortado, o ves al reo en el garrote, o ves al pollo descabezado.

Pescuezo y Fórmula 1 no casan. Vamos, no llegan ni a novios. Pero supongan el apuro del redactor al encabezar el artículo. Ya ha decidido el título. ¿Qué hacer con el antetítulo para no repetir? Terrible problema. Le imagino consultando el diccionario de sinónimos en línea, y también imagino su desolación al encontrar, además de pescuezo, garganta, gollete y cogote. Y sí, son sinónimos, pero no, no me valen, se dirá, y entonces elige la más coloquial, la más brutal, la que describe más y ofende menos, la que pedirá seguir leyendo.

Y sigues leyendo. Y entonces te enteras de que Fernando Alonso tiene un cuello con cuarenta y cinco (45) centímetros de perímetro. ¿Y eso es mucho o es poco? Pues, a ver, el perolo que tengo yo en casa para el cocido le cabe –suponiendo que le pasara de la cabeza, que lo mismo es mucho suponer. Ahora, ya les digo yo que una camisa ajustada de confección no encuentra.

Vuelvo al redactor y me pregunto qué remedio podría encontrar para no repetir la dichosa palabra. Mal asunto. Quizá podría desvelar parte del artículo, diciendo “La mayor velocidad de los coches en 2017 obliga a los pilotos a incrementar la musculatura que sujeta la cabeza para no perderla en una curva”.

Uf, casi mejor pescuezo.

Puertas

Puertas abiertas, puertas cerradas. Puertas blancas, puertas azules, puertas rojas. Puertas de madera, puertas de cristal. Puertas correderas. Puertas de doble hoja, dobles puertas.

Puertas de acero, puertas blindadas. Puertas con gateras y puertas enrejadas. Puertas falsas, puertas abatibles. Puertas que giran y que al hacerlo agreden con su perfil. Puertas con mirilla, delatoras. Puertas que engañan y puertas que no se deben traspasar. Puertas al lado de otras puertas.

Puertas desencajadas que no se pueden cerrar. Puertas que no son puertas, sino marcos por los que se pasa sin verlas. Puertas con timbre y puertas con aldabón. Puertas con pestillo y puertas con pomo. Puertas con llave y puertas con cerrojo. Puertas herméticas, como las de un refrigerador. Puertas que hacen clac, puertas que hacen flop, puertas que hacen blam. Puertas que son una frontera.

Puertas por las que pasa el aire, como en una corriente. Puertas por las que pasa la gente, como una corriente. Puertas corrientes. Puertas que separan y puertas que unen. Puertas por las que uno entra y se queda. Puertas por las que uno se va y no se queda.

La puerta de la cocina, la puerta del salón, la puerta de la calle. La puerta del ascensor, con su cristal esmerilado, rectangular, que deja ver la sombra del vecino antes de ver al vecino cuando va el vecino.

Puertas por las que se sale al mundo. A un mundo con más puertas.

Grueso

Grueso es una palabra horrenda. Y también un poco ordinaria. O grosera, ya que estamos. Y además, no es una palabra muy amigable si tienes frenillo o vas con prisas, porque acabas diciendo o güeso o rueso. Es un horror de palabra.

Miren, referido a algo tiene un pase, pero decirlo de una persona es inaceptable. Cuando oigo decir de alguien que es grueso (o peor, que está grueso), siempre me acuerdo de la geometría, porque el grosor es la dimensión más pequeña que tiene una estructura de tres dimensiones. Y me acabo preguntando, una vez descartada la altura, a qué dimensión se referirán.

Pero es que, además, grueso es una palabra viejuna y, cuando se oye relativo a una persona, es como de tía abuela. Pero no de tía abuela como las mías, que eran unas señoras muy urbanas, con muchos collares, mucho abrigo de piel y mucha permanente, sino de tía abuela de pueblo. Y no de un pueblo de costa o de montaña, ni siquiera de pueblo del interior, sino de pueblo del interior profundo, o de costa lejana, o de montaña perdida, o sea, de un pueblo interiorísimo, lejanísimo o perdidísimo.

Vamos a ver ¿por qué no decir de alguien que está gordo, sin más? No es por corrección política, porque en ese caso se diría persona con sobrepeso. Y tampoco se dice grueso por cursilería, porque los cursis dicen gordito o regordete. Y tampoco lo dicen los idiotas: esos dicen musculoso, que no tiene nada que ver con la gordura, aunque sí ciertamente con el grosor. Pero los idiotas en realidad no saben lo que dicen, que para eso son idiotas.

Yo grueso lo utilizo poco. He consultado este blog y lo he usado para trazo (trazo grueso) y para papel (papel grueso). También lo he usado para referirme a un collar de Curra, y no sé yo en qué andaría pensando. Y ya, eso es todo en 1.023 entradas. Fuera de esto, así de memoria, creo que lo podría utilizar para referirme a una cuerda. Una cuerda gruesa para decir que, además de gorda, es áspera, fea y poco recomendable para un uso diferente al ahorcamiento.

Prueben a estar un año sin decir grueso. Ya verán como no pierden nada.

Me voy a ver el Barça-Atleti.

Quinquies

Hoy me he encontrado esta palabra en un documento aburridísimo que me he tenido que leer. Se trataba de un documento normativo, y cuando me toca leérmelos, me armo de paciencia y de un boli rojo, con el que voy voy poniendo tics en cada párrafo que voy entendiendo. Se trata de documentos por lo general farragosos y exhaustivos, y siempre me acabo haciendo la siguiente pregunta: ¿Quién demonios habrá escrito esto? Luego llego a la conclusión de que será el refrito de algún modelo previo, o que lo habrá redactado un cabinet especializado, pero aun en ese caso, yo me digo que al principio siempre tiene que haber un escritor, el escribiente original, primigenio, y no soy capaz de imaginarlo. ¿Tendrá hijos? ¿y familia? ¿habrá tenido una infancia? ¿la recordará?

Así que leyendo y marcando con ritmo vacuno los párrafos que me iba tragando con mucho esfuerzo, como el que va tomándose una tacita de aceite de ricino, de pronto, pum, me encuentro con esta palabra: quinquies. ¡Andá, qué raro! Y es que las palabras de este tipo de textos tienen la cualidad de ser comunes y corrientes, aunque cuando se juntan, por el efecto de enrevesadas frases subordinadas, se te hacen bola. Pero nunca he tenido que recurrir a un diccionario y de pronto… de pronto me encuentro con esto. Quinquies. Sí, estaba al final de una frase  que venía a decir, “según se desprende del artículo 456 quinquies de la ley bla bla bla…”.

¿Saben lo primero que he pensado? Pues que era un olvido de corrector, la típica shgfkacgfer que tecleas y pones en un texto para acordarte de que ahí va algo que tienes que buscar, o componer, o recordar. Luego he pensado que era una trampa malévola para verificar si habíamos leído con atención el documento. Tengo una compañera que me contaba que ponía gazapos en actas, para comprobar si se las leía todo el mundo (gazapos tipo «el pato Donald te está mirando»). Pero no: la palabra existe, ya lo creo:

Quinquies: Adj. Pospuesto a un número entero, indica que este se emplea o se adjudica por quinta vez y tras haberse utilizado el mismo número adjetivado con quater.

¿Su mundo se acababa en el bis? Pues ya no, amigo filipino. Resulta que puede haber más de un bis. En concreto y de momento, un quater y un quinquies. ¿Y qué hacemos con el tres? Pues para eso tenemos el ter, que tiene más oportunidades de ser usado, sin ninguna duda. Y luego digamos que después del ter, le déluge, porque si se quiere resistir a poner un punto, o a volver a numerar los apartados del documento, tendrá que recurrir al sexies, septies, octies, nonies y decies. Precioso.

He entendido todo el documento y he aprendido nuevas palabras. Pero sigo haciéndome la misma pregunta: ¿quién demonios escribirá estos textos?

Frutas y frutos

El otro día oi decir en el trabajo que el esfuerzo de alguien estaba dando sus frutas. Y me quedé parada, claro, porque la industria en la que trabajo poco tiene que ver con lo agroalimentario. Como ya se imaginaran ustedes, quería decir frutos, que no es exactamente lo mismo que frutas.

En francés se dice también que algo da sus frutos (cela porte ses fruits), con la diferencia de que los franceses no hacen distingos entre fruta y fruto. Ellos se meriendan todo, y si no que le pregunten a Napoleón. Sin embargo, en español el fruto es, en primera acepción, el producto del desarrollo del ovario de una flor después de la fecundación, en el que quedan contenidas las semillas, y en cuya formación cooperan con frecuencia tanto el cáliz como el receptáculo floral y otros órganos, mientras que la fruta es algún fruto comestible. Y ahora comparen la cosa y díganme, con el corazón en la mano, si la diferencia de una vocal no convierte el halago aspiracional en una observación prosaica. O al menos, raruna. Tengo razón.

Como todo en la vida, siempre podía haber sido peor. Imaginen la frase “esto es la fruta de tu trabajo” y diganme si no les pide el cuerpo contestar algo. Cualquier cosa.

— Ya te había dicho yo que esto era la pera.

— ¿Crees que vengo con un melocotón?

— Mejor no abrir ese melón.

— Sí, es una castaña.

— Todavía me puedo dar una piña.

— Huy, y esto es sólo la guinda.

— Pues iba a por uvas.

— Ha quedado como un higo.

— Manzanas traigo.

No creo que se dé el caso. Y si se da, tal vez lo mejor sea, después de explicar la diferencia entre la fruta y el fruto, enseñar de paso eso tan castizo de ¡toma nísperos!

 

Expertise

No recuerdo ahora el contexto, pero hace unos días he oído o leído la palabra expertizaje. No recuerdo el contexto pero recuerdo el sobresalto, porque la palabra es espeluznante, feísima, un horror de palabra. Con expertizaje se quería sustituir expertise, una palabra que se oye mucho en las oficinas y en lo que no son oficinas. Yo, por ejemplo, lo de expertise lo digo mucho cuando hablo del pisto que hace mi madre, que le sale riquísimo. Y se quería sustituir no sé por qué, aunque puedo llegar a imaginármelo.

Yo pronuncio expertis, aunque a veces he oído decir expertais entre los anglófonos. Pero yo hablo inglés como los indios es que yo prefiero la versión algo apaletada del francés, y en ocasiones digo expegtidzss, pero reconozco que queda cursilón, como decir Sanmogitzss en vez de San Moriz, mucho más práctico si quieres que alguien te entienda. Pero ¿expertizaje? Decir expertizaje es como decir gargajo, o como decir regurgitar. Es como encontrarte un pelo en la sopa. Algo así, es la misma sensación. Y la culpa no es de la jota, no. Porque cuando dices aprendizaje nadie se se tapa los oídos y dice ay.

Me pareció que lo de expertizaje era una patada al diccionario y hoy me he puesto a averiguar algo de la palabreja y sí, casi casi lo es. Porque expertizaje significa expertización (esto no mejora), que a su vez es la acción de expertizar (no, no mejora), que a su vez es examinar algo y luego emitir un informe. Expertizaje lo he encontrado en el diccionario de Manuel Seco, en donde no viene sin embargo experticia, que sí recoge el diccionario de la RAE. Experticia tiene un significado similar a expertizaje, y se define como prueba pericial. En internet he encontrado experticia en la Fundéu, y ahí sí que aparece como sustitutivo de expertise. Acabáramos.

Pero este asunto definitivamente no tiene mejora posible, porque experticia es una palabra también muy fea. Es como decir alopecia, un horror. ¡Con lo bonito que es decir calvicie! Desde luego, mi madre no tiene ninguna experticia con el pisto, sólo faltaba. Y tampoco tiene alopecia, dicho sea de paso.

Con lo facil que es decir expertise, que te entiende todo el mundo. Y a las malas, pues se dice pericia, y santas pascuas.

Cortinas

Una cortina no es una puerta. No tiene mirilla, ni dintel. No tiene quicio, ni bisagras. No tiene pomo, no tiene umbral. No hace clac.

Las cortinas no cierran el paso, tan sólo lo disimulan. A veces lo incordian. Uno aparta la cortina cuando se cruza en su camino como el que se quita una mosca de la cabeza, con cierta molestia, con un algo de desprecio, y con mucha desgana. Uno aparta la cortina con el dorso de la mano, como un mal pensamiento.

Una cortina corta es tan ridícula como un pantalón pesquero. Y una cortina larga es tan sucia como una escoba sin recogedor, o como una alfombra sin levantar, o como un plumero sin sacudir. Es como una falda larga sin miriñaque que una mujer pinza con indolencia para subir unos escalones, igual que se pinza un pelo para quitarlo de una mesa.

La cortina es la puerta de los pobres.

Hay otras cortinas. Las cortinas de humo, que también son un manto, y que esconden la verdad de miradas curiosas y de miradas interesadas. Y de miradas limpias. Las cortinas de humo son, como la tinta de calamar, una evasión cobarde. También existen las cortinas de acero, que por brutales se dan en llamar telón, palabra que fuera del teatro provoca escalofríos.

Y por último hay cortinas de agua. Estas cortinas son el resultado de una bonita cascada, de una fuente elegante o de una lluvia imponente. El agua les aporta verdad. Y uno puede querer abrazar esa cortina, pero se encontrará abrazado a sí mismo aunque el dibujante intente hacer trampas.

(Ilustración de Gervasio Troche)

para escrito

La pobre perdiz, qué mala vida lleva

1024px-Perdiz_rojaHe estado buscando el origen de la expresión “marear la perdiz” que, como saben, se utiliza cuando se quiere decir que se da vueltas a un asunto sin tener como objetivo sacar nada en limpio. O sea, distraer, disimular, hacer que se hace sin hacer. Es verdad que no he buscado mucho, porque una tiene otras posibilidades de perder el tiempo. Sin ir más lejos, prestando atención a lo que hacen nuestros políticos en estos días de tinieblas, entre arrumacos y odios viscerales, entre la inoperancia y la indecencia.

He mirado en el Correas y no viene nada por ‘marear’ pero sí vienen bastantes entradas por ‘perdiz’. Y yo se las voy a poner todas, para que luego no digan que leer este blog es una pérdida de tiempo.

– La perdiz con la mano en la nariz. Y aclaran: que sediza se puede comer. He buscado en el DRAE ‘sediza’ y no viene. A cambio, viene cediza, que es cuando una carne empieza a corromperse o a pudrirse.  Entonces el dicho cobra sentido, y también me vale para el espectáculo de los políticos.

– Perdiz derrengada, perdigoncillos guarda. Y luego viene la aclaración siguiente:  finge que está derrengada para que la siga el que la halla, y deje los hijos; a lo menos parece derrengada porque tiene abiertas las alas cuando cría. No acabo de entender muy bien el significado, que leer el Correas tiene tela, pero si se trata de engañar también me vale para el papelón que están haciendo estos nanopróceres.

Perdiz emperdigada, de a dos vueltas es asada. Emperdigada es perdigada, o sea, soasada para que esté más jugosa o, coloquialmente, preparada para algún fin. Esto me parece que es demasiado trabajo para un político, así es que no me vale mucho.

La perdiz es perdida si caliente no es comida. Pues esto es más o menos lo que le ha venido a pasar a Marianín y lo que está a punto de pasarle a Piter. Al tiempo.

Perdiz ha que gueva, solo que al perdigón vea. Bien, este dicho no sé cómo interpretarlo. Porque no pone güeva, que sería como hueva, o sea, principiar a tener huevos (sic). Y gueva, así escrito, no sé lo que es. Pero echarle huevos, los echan, de esto no hay dudas. Y sobre los perdigones, no hay más que ver a Pablet cómo tira a dar a todo lo que se mueve. También me vale para el espectáculo.

La perdiz y la camuesa por Navidad es buena. La camuesa es el fruto del camueso, que es una variedad de árbol, aunque también se dice del hombre necio. O sea, como merluzo pero en arbóreo. Y yo creo que camueso se puede llamar a cualquier “líder” del circo político espagnol, así es que el dicho me va bien, aunque lo de la Navidad me perturba. Pero sea, no vamos a desperdiciar este dicho.

En Francia se dice ‘toujours perdix’ para explicar que el hábito cansa, aunque sea delicioso. Pero es que los franceses no saben lo que es un camueso mareando una perdiz.

Orbitar

Orbitar. Bonito verbo que evoca el espacio misterioso, la inmensidad de las galaxias, la aventura de las naves espaciales, el prodigio de ingeniería de los satélites. Orbitar también me gusta porque viene de órbita, que es una palabra muy original porque su condición de esdrújula anula su vocación de diminutivo. De todos modos nuestro idioma lo ha previsto todo y te permite decir orbita al conjugar orbitar, con lo que se devuelve a la órbita esa condición tímida y ligera que sin duda persigue.

El DRAE lo da sólo como intransitivo (la nave orbitaba en torno a la luna), pero el diccionario de Manuel Seco también prevé un uso transitivo. Es decir, que una vez puestos a orbitar, se puede orbitar un complemento directo.

El diccionario no se entretiene demasiado con el significado del verbo porque lo que tiene enjundia es el nombre del que proviene. Una órbita no es exactamente una vuelta. La órbita, como enseña el diccionario, es una curva debida a la acción gravitacional o a campos electromagnéticos. Quiere esto decir que si remueves unas lentejas, por ejemplo, sería un poco raro decir que las estás orbitando, por más hierro que tengan. Ni siquiera vale para un crêpe, aunque al voltearlo se despegue de la sartén y parezca que vuela. Y si vamos al uso intransitivo, o sea, al fetén, tampoco me atrevería yo a decir algo como he llevado a Curra a orbitar por el parque cuando la saco de paseo, entre otras razones porque pobre Curra.

Claro que el uso poético del lenguaje permite casi todo. Eso sí, hay algunos límites, que yo creo que son la cursilería y la comprensión. Si dices que al rematar un botón lo orbitas con el hilo creo que infringiríamos el primero. Para el segundo me vale perfectamente el ejemplo de las lentejas.

La órbita también es una zona de influencia, que no deja de ser una fuerza aunque no física. Si yo estoy en la órbita de Pepe significa que formo parte de su equipo, de su cuerda, de su opinión, de su bando. Sería tan original como arriesgado decir que yo orbito a Pepe, porque yo tengo una imagen que preservar y eso puede ser mal entendido, suponiendo que lo entendiera alguien.  Finalmente, la órbita es la cuenca del ojo. Del ojo y ya. No es la cuenca de un río, por ejemplo, aunque sea el Guadiana.

Y luego tenemos “estar en la órbita” o “poner en órbita”, y aquí órbita funciona como pomada o candelero. Pero, amigos, esto son locuciones verbales que no conviene poner a orbitar no sea que acabemos diciendo cualquier disparate.

¿Que a qué viene todo esto? Pues no estoy segura, pero lo más probable es que tuviera alguna idea que me orbitaba en la cabeza y que no he sido capaz de resolver.

 

Ventanas

Ventanas de cristal, ventanas. Ventanas blancas, ventanas con cuarterones, ventanas con carpintería de metal. Ventanas de madera, ventanas negras y ventanas de color. Ventanas abiertas, ventanas cerradas. Ventanas esmeriladas, ventanas ahumadas, ventanas opacas. Ventanas enrejadas. Ventanas con cortinas, ventanas con estores, ventanas desnudas. Ventanas al sol.

Ventanas en lo alto de un edificio, ventanas en buhardillas. Ventanas con tripa, embarazadas de aire acondicionado. Ventanas limpias como espejos, ventanas como muros, ventanas condenadas. Ventanas hasta los techos, techos de ventanas. Pequeñas ventanas, ventanucos. Grandes ventanas, ventanales. Ventanas en el suelo que tragan la luz.

Ventanas iluminadas, faros de fachada. Ventanas apagadas, mellas de fachada. Ventanas en sombra y ventanas sombrías. Ventanas viejas, marcos de herrumbre. Ventanas en el ladrillo, ventanas en la piedra, ventanas en el adobe. La ventana y el hueco de la ventana.

Una mujer lee tras la ventana, una mujer cocina tras la ventana, una mujer descansa tras la ventana. El salón tras la ventana, la cocina tras la ventana, el dormitorio tras la ventana. Unos amantes se besan tras la ventana. Unos niños juegan tras la ventana. Un hombre mira por la ventana, un hombre se apoya en la ventana, un hombre habla con otro hombre detrás de la ventana. Hay ropa tendida en la ventana. La ventana y la vida, la vida y la ventana.

El campo. La ciudad. Gente. Un parque. Una calle. La carretera. Una avenida con árboles. Un árbol. Montañas. El horizonte. El mar. Un atardecer. El amanecer. Un bosque. El cielo. Nubes. Un patio. El tendedero. El jardín. La piscina. Un balón. Más gente. Amigos. Vecinos. Un perro. Otro edificio. Otra casa. Otra ventana. El mundo.