Acimut

Existe una expresión en francés muy bonita que es «tout azimut», o también «tous azimuts». Es una expresión relativamente frecuente, y en cuanto la oyes comprendes su significado por el contexto: significa que lo que te dicen es en total, todo a la vez o todo mezclado, y que individualizar en ese momento no tiene importancia. Por ejemplo «las ventas de la compañía son 10 millones, tout azimut», quiere decir que las ventas de todas las líneas de negocio (o de todos los tipos de clientes, o de todos los vendedores, o lo que sea) suman en total 10 millones. También usan los franceses para esto la expresión «tout confondu», aunque no estoy muy segura de que las dos expresiones sean siempre intercambiables. Yo prefiero «tout azimut», que me parece más sonora (la «t» se pronuncia) y además provoca menos arrugas en los labios.

Siempre había pensado que azimut era una planta o un tipo de frutas. Probablemente lo pensaba porque azimut suena lejanamente a zumo, y ya que la cosa va de mezclas me resultaba un significado de lo más coherente. Cuando oía la expresión, y había tiempo y confianza, siempre preguntaba qué es un azimut, pero nunca nadie sabía contestarme.

Unos 30 años después de habérmelo preguntado por primera vez, me he puesto a buscarlo por fin. Pues bien, ¡que redoblen los tambores, que aquí va! Azimut procede del árabe assumut, plural de az-samt, y es un término de astronomía, aunque en su origen significaba «camino» o «punto de horizonte». Azimut viene a ser el ángulo que forma una estrella con el lugar de observación, más o menos. Y existe en español, aunque escribirlo con «z» es tan raro como escribirlo terminado en «d», así, acimud. Así es que en español escribimos acimut y significa lo mismo que en francés entre otras razones porque el francés lo tomó del español.

Y ahora la expresión. Por lo visto dans tous les azimuts es una expresión que proviene del ámbito militar y se empezó a usar a principios del siglo XX para hacer referencia a un arma que disparaba en todos los ángulos (o direcciones), o una defensa de todos los ángulos (o direcciones). Y de ahí, al tous azimuts y al uso coloquial. Hay que ver estos franceses qué retorcidos son, pero qué buen gusto tienen.

Y ahora digo yo: ¿Por qué a los españoles nos pasan estas cosas? Así es que tomamos de los árabes una palabra bien bonita, le cambiamos la grafía y la dejamos hecha un adefesio (ya me dirán, acimut, ¡con esa «c» tan vulgar!) y encima la abandonamos por ahí perdida en el diccionario, sin usar ni nada, que total para qué, si tenemos miles de palabras para elegir. Y luego viene un militar franchute, ¡¡franchute!!, coge la palabra, le deja la bizarra «z» bien puestecita sin moverla, y se inventa una expresión de lo más fina… ¡para hablar de obuses! Y va el pueblo francés y adopta la expresión como el que adopta un perro lanudo que se lleva uno a todas partes. Pero vamos a ver, ¿para eso tenemos los españoles a los árabes deambulando por el territorio siete siglos?

Imperdonable.

 

Je ne suis plus Charlie, je suis franquiste

Leía hace unos días a Santiago González citar a Paul Valéry: “La sintaxis es una cuestión moral”. Y tanto. Es una cuestión moral y por lo tanto también puede ser inmoral. Y viendo el panorama actual, el vocabulario se ha convertido en un burdel. Los políticos retuercen las palabras sin ton ni son, las manosean hasta vaciarlas de contenido y las utilizan como fetiches, igual que un santero usa un trozo de greña.

Democracia y libertad apenas significan nada. O significan lo que uno quiera que signifiquen. Hoy oímos mucho decir que democracia es votar, lo que convierte a Franco en un demócrata. Y se reclama la libertad de saltarse la ley cuando a uno no le gusta o conviene, porque para eso está la libertad. Y si se te ocurre decir que no, que eso no es así, entonces te conviertes en franquista, otra palabra fetiche que ya no significa que seas partidario de Franco, sino que le has llevado la contraria a otro que se llama a sí mismo demócrata. Así que, sin remedio, se nos está llenando el país de franquistas cuarenta años después, mira tú qué gracia. Porque hasta ahora lo normal es que a uno lo llamaran fascista, pero va decayendo. Se nos acaba la palabra, como se le rompió el amor a Rocío Jurado, de tanto usarla. Es lo que tiene que en España no seamos todos podemitas: que hay fascistas por doquier. Si los demócratas fueran mayoría se podría meter a los fascistas en la cárcel y aquí paz, o fusilarlos, y después gloria, pero es que con esta puta democracia… vamos, que aquí no se puede ser un demócrata en condiciones.

¿He dicho mayoría? Pues es que con la palabra mayoría también ando despistada. La verdad es que no sé ya muy bien lo que es una mayoría. Sin embargo, tengo muy claro lo que es una minoría: minoría son los que tienen derechos. La mayoría no los tiene, porque como es mayoría, con eso ya lleva bastante. Y luego están los ataques de metonimia demoscópica, o sea, la gente, que siempre lleva razón. O no, pero da igual porque la gente siempre es mayoría. O no, pero da igual porque si es minoría entonces tiene derechos. Y ya mucho más loco que lo de la gente (la hay donde quiera que va), está el pueblo catalán, aunque el pueblo catalán nos da igual que sea mayoría o minoría porque el pueblo catalán es una unidad de destino en lo universal. ¿De qué me suena a mí eso? da igual, luego lo miro.

En cuanto a los derechos, tenemos muchísimos y no hace falta conocerlos para saber que se tienen. Los derechos se nos van cayendo de los bolsillos. Por supuesto, el derecho no tiene nada que ver con las leyes, aunque también hay muchas, así es que será fácil encontrar alguna que nos convenga. Y si no, siempre podemos tirar de lo legítimo: “no es legal, pero es legítimo”, y con eso uno puede hasta romper un par de farolas, legítimamente y en libertad.

En fin, que así andamos en España, llamándonos demócratas o fascistas (o el reneologismo franquista), a bulto, cuando al final y si se fijan, a poco que retorzamos las ideas, podrían significar casi la misma cosa. Pero miren, hoy en día es terrorista hasta un conductor borracho. Y habla un político de los pirómanos y les llama terroristas incendiarios, como si los árboles se pudieran asustar o como si lo que pretendieran los pirómanos es causar terror en vez de quemar el bosque para vete a saber qué fin, si es que tienen alguno. Y también se habla del genocidio machista, que es otra banalización, y que no creo que le haga ningún bien a la causa. Banalizar las palabras y las ideas que portan nunca trae cuenta. No desde luego para la sociedad, que ya no se sabe muy bien lo qué es y que se cita cada vez menos. Probablemente porque ya no nos importa.

 

 

Ruiditos

Tiene Serge Gainsbourg una canción que se llama Comic Strip y que empieza así:

Ven, pequeña, a mi tira de comic
Ven a hacer “bocadillos”, ven a hacer WIP !
CLIP ! CRAP ! BANG ! VLOP ! y ZIP !
SHEBAM ! POW ! BLOP ! WIZZ !

Yo distribuyo los puñetazos y los golpes de barbilla
Y eso suena VLAM ! suena SPLATCH ! y suena CHTUCK !
O bien BOMP ! o HUMPF ! incluso a veces PFFF !
SHEBAM ! POW ! BLOP ! WIZZ !

Cómo hubiera molado que el gamberro de Gainsbourg siguiera vivo todavía. Seguro que habría escrito alguna canción dedicada a los soniquetes de los móviles, aunque ya haría una década que nos habría hecho reír describiendo a la fauna que los usa. O sea, a todos nosotros.

Creo que está ya muy extendido que en las reuniones los móviles deben silenciarse. Es todo un avance, no crean, porque no hay nada más molesto que la interrupción del teléfono sonando. Y me parece que también se nos ha pasado eso de poner músicas extravagantes a las llamadas. Estar tan tranquilo en una reunión y que de pronto suene el Vaya torito, mi torito guapo, o el tiroriro-tirori-to-ti de The final count down, que es algo verdaderamente espeluznante. Sin embargo, nada ha conseguido evitar la consulta del correo mientras tú estás hablando, las miradas de refilón al Whatsapp y, en general, los jugueteos con la pantalla. A mí me desespera un poco, pero tal vez es que soy poco millennials.

Ahora, como digo, en la mayoría de las reuniones se apaga el móvil. Bueno, o se silencia. O quizá sólo se silencia a medias, no sé. El caso es que hay ruiditos por todas partes. El ¡TIRILIIIING! de la mención de Twitter, el silbidito del mensaje de Wasap, ¡FUI-FÚ!, el ¡TLONGGGG! del e-mail que cae, el ¡FUÁSSS! del Facebook, el ¡PILIIINGGG! de la entrada de calendario, el ¡DIIIIINNGGG! del mensaje de voz… Bueno, al final todo se resume en el ¡BRRRREE-BRRRREE! del vibrador, o el ¡GRRAAAA-GRRAAAA! del vibrador sin tono al frotar sobre la mesa. Debo decir aquí que yo sólo atiendo al ¡CLINCLÓN-CLINCLIN! de los SMS, porque o es mi jefe o es mi madre.

Pero hoy, amigos, hemos hecho cumbre: alguien ha propuesto llamar a Pepe y de pronto ha saltado Siri: ¿QUÉ PEPE? ¿PEPE MOVIL, PEPE GARCÍA, PEPE FERNANDEZ, PEPE OFICINA, O PEPE FONTANERO? Ha sido estupefaciente. Tanto que he revisado mi agenda nada más llegar a casa porque, a ver ¿quién no tiene en su móvil grabado a alguien con un mote comprometedor? ¿Se imaginan a Siri diciendo “qué Pepe, Pepe López o Pepe el guarro”? Para tirar el movil por la ventana al grito de ¡NO ES MÍO!

En fin, les dejo con Gainsbourg y Brigitte Bardot. SHEBAM ! POW ! BLOP ! WIZZ!!!!

 

 

Retama, enebro y alameda

Tiene Alex Grijelmo un libro muy interesante, La seducción de las palabras, en el que dedica un capítulo a hablarnos del color y la textura de las letras, y en concreto de las vocales. De este capítulo extraigo el siguiente párrafo:

La letra i es tal vez el amarillo, palabra que la acoge además en su sílaba tónica, el amarillo de “genista” porque encajaría más a la retama el color blanco y a la genista el amarillo, siendo en realidad la misma planta, sinónimas en los diccionarios.

La retama y la genista es la misma planta y me enteré al leer a Grijelmo, y hoy he sabido que el enebro y el junípero son el mismo árbol. Hay que ver la de cosas que me quedan por descubrir en la vida. Y es que, por no saber, ni sabía que el junípero es un árbol. Junípero me sonaba de Fray Junípero Serra, el fraile de México, del que tampoco sé muchas cosas aparte del nombre y de que lo he confundido con Fray Gerundio de Campazas en una conversación de hace un par de horas con alguien que me ha corregido entre risas y del que he aprendido lo del junípero y el enebro.

Así es que junípero y enebro, menuda diferencia de sonidos para decir lo mismo. Enebro es una palabra mucho más poética y suena a atardeceres, a invierno y a frescor. Frescor como de ensalada. Junípero sin embargo suena a jarabe. Y a monje franciscano.

Sí que sabía que el chopo y el álamo son el mismo árbol. Por lo tanto, chopera y alameda son el mismo sitio. Pero lo que está al lado del viejo puente y del río es la alameda, eso seguro, limeña, déjame que te lo cuente. En una canción donde te encuentras palabras como lisura, canela, mixtura y vereda lo natural es acabar en la alameda. Y ni siquiera cantada por Chabuca Granda, con ese aire de que todo le da igual, uno puede imaginarse que va del puente a la chopera.

Y es que en el mundo de los sinónimos, no solo en el de las plantas, siempre te encuentras con el haz y el envés, y por eso Grijelmo dice que el sinónimo completo no existe, porque los sonidos de las palabras, y no sólo su significado, evocan las ideas. “El idioma no se inventa, se hereda, escribe el colombiano Fernando Vallejo”. Eso es.

 

 

Un idiota

-Es idiota. No lo digo con ánimo de insultar, tan sólo es una constatación.

Siempre me he preguntado por la sinonimia entre idiota, imbécil, estúpido y tonto. Para el Drae son prácticamente lo mismo. El diccionario de Manuel Seco hace alguna pequeña diferencia para aclarar que idiota e imbécil son personas con falta de inteligencia y el estúpido es simplemente tonto, para luego decir que el tonto es el falto de inteligencia.

El María Moliner matiza un poquito más: Idiota e imbécil se aplica a la persona de inteligencia anormalmente insuficiente; estúpido es alguien que molesta por su falta de discreción u oportunidad; y tonto es tan sólo el falto de inteligencia. O sea que al final acabamos más o menos en el mismo sitio: personas poco inteligentes. Si su falta de inteligencia es anormal, entonces tenemos delante a un idiota o un imbécil, y si es una merma normalita entonces hay que recurrir al calificativo de tonto. El estúpido lo vamos a reservar, si les parece bien, a aquellos cuyos actos tienen consecuencias algo más fatales.

O sea que cabalmente puedo decir eso con lo que empiezo el post: ser un idiota es algo constatable, observable y hasta medible sin que haya intención de insulto.  Es como decir de alguien que es un guarro cuando se constata que no se lava con frecuencia.

Otra cosa es gilipollas, que sí figura en el Moliner como insulto. Yo lo uso con moderada frecuencia, aunque reconozco que hay días que no se me cae de la boca. Sin embargo me gusta mucho más la palabra gilipuertas, me resulta muy divertida. Giligaitas creo que no la he usado nunca, y gili a secas o gilitonto son palabras que no son de mi gusto, porque me parece que les falta contundencia. Gilí viene del caló jli, inocente. ¿Será que el gilipollas no tiene la culpa de serlo? Hum. Miren, entre que no es constatable, es un insulto y el tipo igual no tiene la culpa, si ustedes sólo quieren salir del paso no usen gilipollas: digan que es idiota y dejen pasar la mosca.

 

 

 

Incompatibilidades

La palabra zigoto es incompatible con la literatura.

La palabra coágulo es incompatible con cualquier expresión de amor.

Las palabras amarulencia y suripanta son incompatibles con una conversación seria.

La palabra azogue es incompatible con la vulgaridad de su significado.

Y hasta aquí mis reflexiones de hoy.

Ejercicio de estilo

(Seguro que tú, lector, comprendes desde el principio del texto el sentido del ejercicio. Si no, léelo con esmero, incluyendo el penúltimo bloque: entonces fijo que deduces el intríngulis del texto).

El ejercicio que nos propone el profesor consiste en escribir un cuento siguiendo instrucciones de Georges Perec. Eso nos dijo el profesor, que lo citó en recuerdo del libro Ejercicios de estilo. En este libro, nos dice, Perec escribió el mismo cuento sirviéndose de cien estilos diferentes. Cien o un número próximo, no sé. Pero, mis queridos lectores, el libro en cuestión no es de Perec, sino de Queneu (¿se escribe Queneu? No lo recuerdo en este momento, luego lo consulto).

Este Queneu (después veré si decido escribir bien su nombre), es uno de los escritores que constituyeron el Oulipo, junto con Bens, Bergé, Lescure y otros. Este grupo, estudiosos del estilo y los experimentos retóricos, hicieron célebres muchos retos lingüísticos entreteniéndose con lo que describieron como inconvenientes o constricciones. Esto les sirvió como motivo de juego y les permitió ofrecer los pormenores de sus métodos entre el público. Pero este no es el ejercicio. El ejercicio consiste en escribir de nuevo el cuento con un estilo inédito. Voy, pues.

Resumiré el incidente del siguiente modo: un tipo sube en un bus y se enfurece porque otro hombre, por el impulso del motor, le dirige un golpe sin querer. El primero exhibe su enojo, como digo, pero no con mucho ímpetu. Y no surte ningún efecto, pues, entre murmullos, decide seguir en el bus e incluso se pone cómodo en un sitio próximo, desde donde se puede percibir que tiene un mosqueo de mil demonios.

Si quiero concluir el ejercicio propuesto, debo referir que el que ve el suceso (el que escribe) se encontró con el mismo señor del bus (el que entró en el bus y recibió el golpe) unos minutos después en un edificio donde se detienen los trenes con el fin de recoger productos o seres vivos. Los trenes sirven lo mismo en los dos supuestos, si bien los coches del tren son de distintos modelos y tienen diferente distribución. Pero no quiero perder el hilo, continúo con el cuento. El hombre del bus, vestido con un sobretodo por protegerse del viento y el frío, se juntó con un tercer hombre, desconocido, que le indicó con el dedo un botón del sobretodo. Y termino: tengo que decir en el texto el nombre con el que se conoce el edificio de los trenes. No es ningún misterio, pero yo les propongo descubrirlo por ustedes mismos: el nombre viene en recuerdo de uno de los siervos de Dios, un hombre con el que Jesús obró el prodigio de revivirlo después de muerto y que por eso le hicieron bendito.

Creo que es todo: en este punto puedo concluir el ejercicio. ¿Puedo?

Como digo en el principio de este suelto, el ejercicio que nos exige el profesor es de Queneu (seguro que no se escribe de este modo), si bien el profesor lo pidió de Perec. ¿De quien entonces me inspiro? Yo, queridos lectores, soy obediente y, como ven, hice lo de “Queneu”. ¿Debo poner tintes de Perec en el texto? ¡Eso intento!

Este escritor, Georges Perec, tiene un célebre ejercicio de estilo que usó en su libro El secuestro. Lo sugestivo de este libro no es el suceso de ficción que describe: lo difícil es que evitó poner “e” en todo el libro (ciento y pico folios). Y eso he hecho yo. Pero viniendo de donde vengo y viviendo donde vivo, no poner “e” en un texto no tiene ningún mérito. Entonces he elegido otro reto: he eludido escribir el primer signo de nuestro léxico, eligiendo términos y expresiones que no lo contienen.

Y por eso he ido y venido en el texto, (que por cierto es un rollo), ¡mil rodeos y giros he tenido que emprender con este puto ejercicio de estilo! En fin (suspiro), pobre “Queneu” y pobre Perec, espero que desde el cielo me perdonen. ¡Vive Dios que el ejercicio es difícil, coño!

Desamistar y unsuscribir

GOODREADSSólo tengo una amiga en Goodreads, que es MG. Y la tengo porque sé que le hace ilusión: a ella le encanta tener amigos en todos los sitios, aunque los repita de unos sitios a otros. ¿Que qué es Goodreads? Pues una red social de lectores en donde anotas tu biblioteca y tus lecturas y comentas libros. Yo he abierto una cuenta para meter ahí los libros que me quiero leer, simplemente. ¿Les parece una tontería? Es posible, pero si echaran un vistazo al caos que reina en mi librería les parecería una sabia decisión. También sería una sabia decisión dedicar una mañana a poner orden, y ya el colmo entre las sabias decisiones sería ampliarla, pero eso es algo que me da todavía más pereza. Algún día les hablaré de esto, de librerías y baldas. Tengo incluso un cuento escrito, pero ahora me centraré en lo que he venido a contarles, que todavía no sé muy bien qué es.

Entonces, el Goodreads como sitio para registrar los libros que me quiero leer y los que voy leyendo. Yo apuntaba (y todavía apunto) los libros que me quiero leer en un cuaderno. Pero también los apuntaba en papelitos. Y también los apuntaba en el bloc de notas que llevo en el bolso. Y también los apuntaba en las notas del movil si no tenía nada mejor a mano. Y también a veces los apuntaba en otros sitios que luego no sabía cuáles eran porque se me olvidaban, y con el olvido también dejaba de recordar cuál era el libro del que me habían hablado. MG, que tiene un TOC para esto del orden, me pasó, para ver si me servía, una hoja excel muy chula con muchas columnas, colorines, fechas y funcionalidades que usa ella para controlar los 180 libros que se despacha al año, los siete u ocho clubes de lectura con los que lidia y los retos que se impone (ahora pretende leerse todo de Javier Marías…). Y claro que me sirve su hoja excel, que está fenomenal, pero el problema de la hoja excel es la misma que la del cuaderno: la disciplina. Efectivamente, el orden tiene que ver con la disciplina, no con la voluntad. Pero ese es otro tema.

De momento me va bien con Goodreads. Lo tengo en el ordenador, pero sobre todo tengo la aplicación en el movil, o sea, siempre a mano. Y cuando veo, oigo, me hablan, me dicen algo sobre un libro que me parece interesante, lo busco en la aplicación y lo marco “para leer”. En realidad, no es “para leer”, sino “want to read”. Luego, cuando lo empiezo, lo marco como “leyendo”, aunque no es “leyendo”, sino “currently reading”. Y luego, cuando lo termino, lo marco como “leído”, aunque no es “leído”, sino “read”. Así es que, sí, la aplicación viene en inglés.

El currently reading tiene su aquel. Antes, “currently reading” eran los libros que tenía en la mesilla, esa balda camuflada de mi habitación en donde la competición es crudelísima (crudelísima: he aquí un superlativo cursilísimo). De pronto, no sé cómo, algún libro pasa de la mesilla a la librería. Clonc. O tal vez fiuu. O es magia, o los libros tienen patas, o la asistenta hace controles literarios. Para mí que es esto último. La mujer verá que la columna crece y crece y crece, y decide retirar el que hay debajo, aunque esto, más que con la literatura, tiene  que ver con la dinámica de los sólidos. ¿Por dónde iba? Ah, sí, el Goodreads.

Entonces me hice de Goodreads aconsejada por MG cuando le di las gracias y le vine a decir que su hoja excel era mucho arroz para tan poco pollo. Ella, que es una amante del orden aunque lo tengan que seguir otros, me propuso Goodreads. La historia igual no es exactamente así, pero bueno, para el post me vale. La cuestión es que me dijo que fuéramos amigas también en Goodreads. Me pareció bien, porque creo que es la única amiga que tengo repetida por todas partes (me falta trabajar en su empresa, pero todo se andará). Pero, en fin, cuando le di a aceptar no sabía yo que me llegarían unos cinco e-mails al día contándome la actividad de MG en Goodreads, que ya se pueden imaginar que es frenética.

– MG, no sé cómo se quitan las notificaciones de Goodreads del mail. Te voy a desamistar.
– Vale, sin problema.
– MG… francamente, esperaba que me dijeras cómo se quitan. Ahora sí que te desamisto.
– Ah, perdón. Mira en la parte de abajo del correo a ver si te puedes desuscribir.
– Ok… Ya está. Me he unsuscribido, porque no venía desuscribir.
– Bueno, eso es mejor que desamistarme.
– Tienes razón.

El diálogo tal vez no fue exactamente así. Pero bueno, para el post de hoy me vale.

El pescuezo de Alonso

abc-cuello-formula-1

El titular dice “Cuellos de toro en la F1” con el antetítulo: “La mayor velocidad de los coches en 2017 obliga a los pilotos a incrementar el perímetro muscular de sus pescuezos”

¿Pescuezo? Uf, no sé yo.

Pescuezo suena a taberna de barrios bajos con olor a vino agrio y a sudor de borrachos con navaja en la cintura. Pescuezo suena a cadalso rodeado de tricoteuses que abren sus bocas desdentadas para gritar “mátalo”. Pescuezo suena a pescadería, aunque yo creo que es por adherencia fonética, porque pescuezo es lo que se les corta a las gallinas. De pescuezo viene pescozón, que es lo que le da un padre a su hijo cuando llega tarde a casa o cuando dice una mala palabra con el pan en la mesa. Tú dices pescuezo y ves la rebanada que han cortado, o ves al reo en el garrote, o ves al pollo descabezado.

Pescuezo y Fórmula 1 no casan. Vamos, no llegan ni a novios. Pero supongan el apuro del redactor al encabezar el artículo. Ya ha decidido el título. ¿Qué hacer con el antetítulo para no repetir? Terrible problema. Le imagino consultando el diccionario de sinónimos en línea, y también imagino su desolación al encontrar, además de pescuezo, garganta, gollete y cogote. Y sí, son sinónimos, pero no, no me valen, se dirá, y entonces elige la más coloquial, la más brutal, la que describe más y ofende menos, la que pedirá seguir leyendo.

Y sigues leyendo. Y entonces te enteras de que Fernando Alonso tiene un cuello con cuarenta y cinco (45) centímetros de perímetro. ¿Y eso es mucho o es poco? Pues, a ver, el perolo que tengo yo en casa para el cocido le cabe –suponiendo que le pasara de la cabeza, que lo mismo es mucho suponer. Ahora, ya les digo yo que una camisa ajustada de confección no encuentra.

Vuelvo al redactor y me pregunto qué remedio podría encontrar para no repetir la dichosa palabra. Mal asunto. Quizá podría desvelar parte del artículo, diciendo “La mayor velocidad de los coches en 2017 obliga a los pilotos a incrementar la musculatura que sujeta la cabeza para no perderla en una curva”.

Uf, casi mejor pescuezo.

Puertas

Puertas abiertas, puertas cerradas. Puertas blancas, puertas azules, puertas rojas. Puertas de madera, puertas de cristal. Puertas correderas. Puertas de doble hoja, dobles puertas.

Puertas de acero, puertas blindadas. Puertas con gateras y puertas enrejadas. Puertas falsas, puertas abatibles. Puertas que giran y que al hacerlo agreden con su perfil. Puertas con mirilla, delatoras. Puertas que engañan y puertas que no se deben traspasar. Puertas al lado de otras puertas.

Puertas desencajadas que no se pueden cerrar. Puertas que no son puertas, sino marcos por los que se pasa sin verlas. Puertas con timbre y puertas con aldabón. Puertas con pestillo y puertas con pomo. Puertas con llave y puertas con cerrojo. Puertas herméticas, como las de un refrigerador. Puertas que hacen clac, puertas que hacen flop, puertas que hacen blam. Puertas que son una frontera.

Puertas por las que pasa el aire, como en una corriente. Puertas por las que pasa la gente, como una corriente. Puertas corrientes. Puertas que separan y puertas que unen. Puertas por las que uno entra y se queda. Puertas por las que uno se va y no se queda.

La puerta de la cocina, la puerta del salón, la puerta de la calle. La puerta del ascensor, con su cristal esmerilado, rectangular, que deja ver la sombra del vecino antes de ver al vecino cuando va el vecino.

Puertas por las que se sale al mundo. A un mundo con más puertas.