Esa voz del coche

Todo lo arregla sacándome a la Castellana y llevándome hasta la Plaza de San Juan de la Cruz. Luego allí ya empieza a orientarse, pero no mucho. Y eso por no hablar de la alergia que le produce la M-30.

– Gire a la derecha y luego gire a la derecha y en la primera rotonda tome la segunda salida.

O sea, a la Castellana. A ver, guapina, que para salir a la A-6 voy mejor por otro sitio que me sé yo. Recalcula.

– Tuerza a la derecha y luego gire a la izquierda

Ya, ya, tú lo que quieres es que dé la vuelta. Que no, que no voy a coger la Castellana para salir a la A-6.

– Cuando llegue a la rotonda, tome la primera salida a la derecha y, luego, a 100 metros, gire a la izquierda.

No me lo puedo creer. Estoy casi en Puerta de Hierro y todavía sigues intentando que vuelva a la Castellana. ¡Que no!

Dentro de dos kilómetros, tome la salida 8, y a doscientos metros en la rotonda, tome la tercera salida, y, siga hasta girar a la izquierda…

Pero a ver, que ya estoy en la Carretera de la Coruña, que no voy a volver a la Castellana te pongas como te pongas.

Dentro de un kilómetro tuerza a la derecha y, luego, gire a la izquierda y, luego, gire más a la izquierda hasta dar la vuelta.

Dentro de un kilómetro ya estoy llegando a Aravaca, que es la salida 10, que lo he mirado, que no me fío de ti ni un pelo. ¿En serio quieres que vuelva a la Castellana?

– Ha llegado a su destino. 

No es posible, pero si estoy en medio de la nada.

– Ha llegado a su destino y no se hable más. Mendruga.

 

Personajes

La literatura da muy buenos personajes, sin duda. Unos más creíbles que otros, o más coherentes, que la credibilidad no solamente está en los personajes y en lo que hacen, sino en cómo acompañan a la historia. Pero una siempre tiene la sensación de que, finalmente, al estar leyendo ficción, esos personajes no existen, o están convenientemente matizados para que la historia que el novelista te cuenta, sale como quiere el novelista.

En realidad no sé si sucede así. Nunca he escrito una novela, de manera que no puedo darles testimonio, y por otra parte, he oído a muchos autores decir que sus personajes hacen un poco lo que quieren y que, llegados a cierto punto, la novela se les va de las manos y empiezan a tener su propia vida. De eso sabemos mucho en el club de lectura, aunque por otras razones, y me temo que la independencia de los personajes son un mito, y que el buen novelista sabe bien controlarlos. Otra cosa es que no tome conciencia de su propia imaginación.

Pero a lo que voy. En la vida real una va encontrándose muchos personajes que podrían vivir perfectamente en una novela. Y eso le haría mucho bien a la humanidad, dicho sea de paso. Que vivieran sólo en las novelas, quiero decir, y me gustaría remarcar el sólo. No es necesario que sus vidas sean una aventura, ni tampoco es necesario que les pasen muchas cosas, ni siquiera que su existencia tenga el menor interés, fuera del daño que le hacen a los demás, para que se conviertan en personajes literarios, y por lo tanto, cuando uno repara en ello, en personajes increíbles. Increíbles.

Miren si no a su alrededor. Ese tipo amargado, que no sabe sonreir y cuyos ataques de importancia son un síntoma de su propia frustración. Miren a ese hombre frío, acomplejado en su pequeñez, que ignora el poder que tiene pero es muy consciente de la autoridad que le han otorgado y la utiliza en su propio interés aunque no sea ése el motivo y razón y fin de su autoridad, sin importarle lo que le suceda a los otros ni lo que suceda mañana. Miren a aquel tímido, incapaz de mirar a los ojos salvo cuando coge el revolver de las palabras, la guillotina de la orden, la soga con la que ahoga la discrepancia. Miren a ese personaje obediente que tienen delante, que sabe que ahora no le ven sus amos, que hasta aquí no llegan, para regodearse en la arbitrariedad, para intentar zafarse de una servidumbre que le convierte en un manso peligroso, peligroso en su hipocresía y en su utilitarismo. O el cobarde pero bueno y por ello tolerable, o el bueno pero cobarde, y por eso traidor…

Pensamos que los personajes infames que nos encontramos en la literatura no se dan en la realidad, o sólo se dan parcialmente. Creemos que el autor ha escogido atributos de aquí y de allá, que en la realidad serían peores o mejores, que los vemos siempre incompletos, pero yo creo que los personajes de la literatura sólo nos parecen incompletos porque los vemos enmarcados en una historia precisa, en una peripecia concreta, y no somos capaces de encuadrarlos en la vida real. Toda novela termina, y la historia acaba con ella, mientras que nuestra vida real sólo acaba con nuestra propia muerte y las vidas de los demás nos importaban cuando estábamos vivos, no sabemos qué pasará cuando estemos muertos. Nuestra vida, al contrario que una novela, tiene el final siempre abierto, y la peripecia está por escribirse, está por pasar. Pero aunque nos sucedan en la vida, y no en una novela, esos personajes con los que convivimos (y que sufrimos) pueden ser tan literarios como los que encontramos en cualquier libro, aunque demos en pensar que el atributo de “literario” los ennoblece y los convierte en más tolerables.

Llevo pensando en esto a ratos durante el fin de semana, y no crean que he llegado a ninguna conclusión, probablemente porque no la hay. Sin embargo, sí me parece que es una buena terapia considerar a algunas personas con las que estamos obligados a tratar como simples personajes de un libro, y fijarse mucho en lo que hacen, observarlos, tratar de encuadrarlos en la novela que es la vida que estamos viviendo, en los escenarios y situaciones que nos vemos obligados a compartir, situarnos con ellos en el mismo plano en el que nos situamos como lectores  de una novela, mirándolos desde fuera, juzgando sus actos, pudiendo memorizar sus acciones, para después contarlas, meterlas en un relato y hacer de éste una ficción pasajera, decidiendo incluso si cerrar el libro para continuar con la lectura más adelante, si mucho nos agobia su peso, o seguir unas cuantas páginas más para conocer qué pasa, qué sucede en la historia, como torpes escritores de la realidad al que se le van sus novelas de las manos.

 – ¿Qué te pasa, estás muy seria?

– Nada. Simplemente, es que no sé cómo acabar un post.

 

De lo nimio

Tú figúrate que me viene Albert E. para preguntarme si he podido mirar el último informe, el del Emc2 no sé qué, porque no me ha dado tiempo a estudiarlo bien y en profundidad. El caso es que llega, se sienta y entonces va, y se pone, y me dice que ha pisado un charco por la mañana y se ha puesto perdido el pantalón. ¡Y se levanta y me enseña el bajo del pantalón! y yo, entremedias, no sabía qué cara poner porque ayer Max P. me había dicho que me llamaba hoy a las 9 justamente para hablar del Emc2 no sé qué, pero yo hoy a las 9 no podía estar al teléfono porque he tenido que ir antes de venir a recoger el coche que estaba en el taller, y yo había quedado con el tio del taller a las 8 para que me diera tiempo pero justo antes de salir de casa me he dado cuenta de que hoy me tocaba a mí sacar al perro, que ya sabes que mi marido en cuanto puede se escaquea.

Mira, qué morro tiene: la semana pasada lo saqué yo TODOS LOS DÍAS, porque se fue de caza toda la semana y cuando le digo que se lleve al perro, que para eso lo compramos de raza cazadora, me dice que no, que cómo va a dejar a los niños sin el perro, y claro, los niños encantados pero yo no, y ya la semana pasada me tocó TODOS LOS DÍAS y ahora ésta me dice que no, que él lo saca un día sí y otro no, y… total que yo no me acordaba, porque normalmente yo lo saco lunes, miércoles y viernes, y él martes, jueves y sábado, y luego los domingos los alternamos, pero como la semana pasada estuvo fuera, pues decidimos cambiarlo, y hoy, martes, yo pensaba que no lo tenía que sacar, pero no, porque el domingo el cubrió mi turno porque la semana pasada había estado fuera. Total, un rollo.

El caso es que he sacado al perro y me encuentro con un vecino que… bueno, un problema que tenemos con las bajantes. Me larga su rollo y yo le digo bueno, venga, que me voy que tengo prisa, total, que he llegado tarde al taller y claro, ya se me habían colado dos y he tenido que esperar.

Con lo cual desde el taller he llamado a Max P. para decirle que no llegaría a tiempo a las 9, pero él no había llegado, así es que he hablado con su secretaria y le he dicho que había tenido un problema familiar porque no iba a empezar a contarle todo este rollo a la secretaria, así es que cuando me ha preguntado le he dicho que era un tema mío sin importancia, porque no me apetece que empiecen a pensar que tengo problemas en casa, y no me apetece.

Así es que fijaté qué horror que he tenido que retrasar media hora la llamada telefónica de Max P. y cuando entra Albert E., le veo ahí de pie con el pantalón manchado de barro y yo no sabía cómo decirle oye lárgate que estoy esperando a que llame Max P. El caso es que le digo mira si no te importa, es que está a punto de llamarme Max P. y me mira, se mira el reloj y me dice bueno, pues vengo más tarde, dime a qué hora estás libre. ¿Tú te crees? Yo ya estoy harta de que me aborden de este modo y además ya tenía abierto el ordenador por la presentación que iba a repasar con Max P. y no me apetecía empezar a mirar el calendario, es que qué morro tiene la gente, que llega a tu sitio, empieza a contarte su vida y encima espera que le escuches y que cambies todo para responder a sus preguntas. Así es que le digo que lo hable con Marie C. y va, tuerce el gesto y me suelta que si no lo puedo mirar yo un momentito.

Y en ese momento suena el teléfono, que debía ser Max P., así es que descuelgo y, claro, era Max P., y le digo que espere. Se lo digo a Max P., porque el otro ahí estaba, de pie derecho, como un pánfilo. Y oigo al otro lado ¡Oye, oye!, y le digo ¿qué? y me dice que se va a tomar un café si estoy ocupada y me llama luego, y le digo que vale. Entonces cuelgo y le miro a Albert E. y ya no sabía cómo arreglarlo, aparte de que me había hecho gracia lo del charco, así es que le digo en broma: vaya manchurrón. Y coge y me suelta muy serio que eso ya me lo había dicho él. Y luego se ríe. Pero no sé si me lo ha dicho enfadado y luego ha querido disimular, porque ya te conté cómo reaccionó el otro día cuando le dije que hiciera el informe.

De todos modos, él no había dicho nada de manchurrón, sino que había hablado de salpicadura, pero mira, no he querido discutir, porque ya llevo un día…

El mundo debería girar a mi alrededor porque todo lo que me pasa es muy importante. Lo sé, lo veo, lo noto. Yo escucho mi voz y veo fluir mis palabras lentas ante miradas expectantes, relatos cuyo detalle nadie alcanza a entender porque el mundo es un saco de inconsistencia. Sólo yo tengo importancia. ¿El resto? El resto me sigue.

(De los Diarios imaginados, de C. Disbonjour)

La señá presidenta

Sí, soy yo y no, no me he ido de vacaciones. Y verdaderamente, amigos, aunque me hubiera ido no se lo contaría, no fuera cuento que un ladrón malvado me leyera y viniera a mi casa a robar. Claro, que en mi casa no hay nada que robar, y por otra parte, tengo esto tan abandonado que ya sería mala suerte que de los pocos lectores que me van quedando, uno fuera a ser, precisamente, un ladrón malvado.

No crean que no les he echado de menos. Mucho. Cada día he inventado un post, o dos, o tres, pero luego he tenido cosillas que hacer y ya no me iba a poner a escribir a las tantas. No, no lo he apuntado en mi libretita verde. Se me pasó…Ya les dije hace unos días que el mes de julio es un mes muy perro, porque todo el mundo quiere irse de vacaciones dejándolo todo terminado. Es una vivencia recurrente que yo creo que se debe de parecer mucho a la que viviríamos si encaráramos el fin del mundo, el fin de la vida o el final de los tiempos. Curra diría que es como cuando me ve comerme el último bocado de un pastelillo sin que le haya dado un trozo. En fin, es como si agosto fuera el borde de un abismo. Y, claro, en esa tesitura, cualquiera deja nada para septiembre. Si agosto es el borde del abismo, septiembre es el abismo mismo.

Abismo rima con mismo, por si no se han percatado.

Entonces hoy he llegado a una hora razonable y he decidido cumplir con mis obligaciones vecinales. Y es que resulta que me toca ser presidenta de esta mi comunidad. Pues sí, soy la señá presidenta. La verdad es que podría ser estupendo, porque nunca he sido presidenta de nada. Lo que pasa es que yo no sé de esto, para mí una comunidad de vecinos es el misterio más absoluto. Así es que primero he hablado con el portero:

– Juan, he leído que soy la señá presidenta, pero que sepa usted que no tengo ni idea de nada. Supongo que esto es honorario y que no tendré que tomar decisiones. Por el bien de la Comunidad lo digo…

Ay. Entonces me he enterado de un problema de fontanería liviano (del que se ocupará el portero), además de un contencioso que roza la guerra vecinal con el edificio de al lado. He puesto cara de estar muy interesada, lo que no se puede considerar un acto de hipocresía por mi parte: he puesto todo el interés del mundo. Otra cuestión es que me haya enterado de algo, porque yo, de grifos, sé poco.

Y después he ido a ver al señor vicepresidente. Este señor es el presidente saliente y se ha presentado voluntario para continuar en el organigrama hasta que se resuelva la guerra vecinal: por lo visto, solo contármelo le llevaría meses. Así es que no me lo ha contado (cosa que le he agradecido), y me ha dicho que él tampoco tiene ni idea y que de todos los asuntos se ocupa un vecino que es aficionado a ocuparse de esto. Una especie de presidente en la sombra. O una bendición, según como se mire. Y también me ha dicho que yo sólo tendré que decidir sobre la calefacción: si se pone, si se sube, si se baja o si se quita. Y que no me preocupe, que la vecindad es muy cordial (eso ya lo sabía) y que no hay ningún plasta (esto no lo sabía pero me reservo el derecho a opinar dentro de un año).

En fin, dejaré lo de ir a ver al presidente en la sombra para cuando tenga un problema o cuando me hagan alguna pregunta que no sepa contestar. O sea, para cuando me pregunten algo. No le quiero presionar. A ver si va a pensar que quiero el poder…

Fotos en Linkedin

No sé si antes de Linkedin todo era más fácil. Probablemente no, pero sin duda se enteraba menos gente, mientras que en Linkedin te ve todo el mundo. Me refiero a la foto que decides adjuntar cuando te presentas como profesional, ya sea en un curriculum o en la intranet de la oficina. Linkedin es una red básicamente profesional, en donde cada uno se muestra de verdad, es decir, sin nicks extraños y sin ocultar su identidad. Dicho esto, también diré que la identidad (es decir, nombre, apellidos y edad) es casi lo único verdadero que se pone en esta red. Yo diría que es básicamente una red de Directores de algo. Pero esto es como el jamón de Jabugo: es imposible que haya tanto cerdo en Huelva como para abastecer a tanto restaurante. Pero en fin, dejo para otro día la inflación curricular, para hablar de las fotos que la gente pone, que me parece a mí que no es algo que se cuide.

Es raro encontrarse con fotos profesionales, o sea, esas fotos que te hacen expresamente para aparecer en una memoria de actividad o para enviar a la prensa. Esas fotos se notan de lejos, y expresan a partes iguales lo que es el individuo y la empresa en la que trabaja. Pero esas son las menos. Las más son de otra variedad…

Hay quien cuelga la foto del carnet de identidad. Esto suele ser un error, porque la mayoría de las veces apareces con cara de susto o de delincuente, por no hablar de que, a ver ¿De verdad que no tienes otra foto para poner en Linkedin? ¿En serio que ésa es la foto en la que mejor estás? Aunque casi es peor no poner ninguna foto. En este caso, la impresión que dejas es que te has abierto una cuenta porque alguien te lo ha dicho, pero no tienes ni zorra de lo que estás haciendo ni para qué. Y que yo, que te estoy consultando, te importo muy poco. Eso, o que ni siquiera tienes papeles, o que eres un tímido o que te avergüenzas de ti mismo, o que quieres ocultar algo. Nadie pensará que eres feo: simplemente, pensará algo mucho peor.

Los hay que deciden demostrarnos que son muy deportistas. Y ahí los tienes, esquiando (con gafas y gorro), o vestidos de montañeros, rodeados de cuerdas; o con el casco de la bicicleta, su pasión, o en un campo de fútbol, con camiseta. Incluso hay quien aparece con el torso desnudo, en una piscina, en el colmo del mal gusto. Creen que su imagen es de persona natural y deportista, pero les sale un churro muy poco serio. Sobre todo si metemos en este capítulo a los que van de auténticos, o sea, en camiseta, desarreglados y en el salón de su casa. Y a los que aparecen con gafas de sol, muy guays ellos, ahí están tapándose la mirada (hay que ser muy cretino para hacer esto en una red que se supone profesional). En fin, otro churro.

Luego también está el sector nocturno, entre los que incluyo a los gastrónomos. Claramente están en una fiesta y no se ve, pero en la mano llevaban una copa. O están en el restaurante, y ni siquiera están mirando a la cámara (¿miran el filete del plato?). Salen de algún sitio, o están en algún sarao, y se nota por la luz y por los brillos de la cara, incluso por el flash, que les ha dejado los ojos rojos (esto entra en la categoría de inaceptable). A veces, la celebración es familiar y están en una casa. Y no puedes por menos que imaginarte el contexto. Tela. Estas fotos son las típicas de “huy, iba monísima en aquella boda y voy a poner la foto para que la vea todo el mundo“. Siempre son fotos recortadas, aprovechadas para Linkedin, y normalmente es gente que da muchísima pereza.

Dejo en un apartado propio a los que salen con niños, se supone que sus hijos. Salir con niños en una foto profesional creo que sólo se lo pueden permitir los que trabajen con niños. Si no, me parece ñoño y fuera de lugar, aparte de que indica una dependencia del monotema “críos” que puede convertir el rato del café en un infierno. Y curiosamente, se encuentran más hombres luciendo retoños que mujeres. Un horror muy propio de gente plasta.

Ya termino con los que se hacen una foto a sí mismos, y no precisamente lo que se interpreta como un selfie. No, no: son los que han usado el photo booth, o la webcam del ordenador. Se nota porque la pose de los brazos es como si les escocieran los sobaquillos. Eso si no están en un cibercafé y se ve a un pelos por detrás en otro ordenador. O están en su casa, bien pegados a la pared de gotelet, una cortina verde a la derecha, autofusilándose con la cámara torpeflash. Si haces algo de esto, eres un cutre.

Hay mucho despropósito en Linkedin, aunque gracias a él, te pasas un rato de lo más distraído mirando si la foto está pensada o no, y si, estando pensada, quieren transmitir algo o simplemente han puesto una foto en donde están guapos. ¿De cuerpo entero o sólo la cara? ¿En un estudio o con un fondo de jardín, o de cielo, o de despacho? ¿Mirando a cámara o hablando en un acto público? ¿con chaqueta o sin ella?¿Corbata, pañuelo?¿Sonriendo o serio? Todo un mundo, y ese mundo te dice muchas cosas. Es como en Twitter, que alguien me dijo una vez “si quieres saber cómo es un tuitero, no mires sus últimos tuits, sino las fotos que cuelga”. Pues esto es igual: la foto elegida dice mucho de ti. No por la foto, sino por la elección.

No es ninguna tontería esto. Desde luego, Linkedin vale para lo que vale, pero cualquiera que mire tu cuenta, antes de empezar a leer cómo produces impuestos, mirará tu foto, y esa impresión hay que controlarla. Yo creo que aparecer guapo es menos importante que parecer limpio, que para parecer simpático no hay que adornarse con fotos de situación, y que la confianza está en la mirada, no en la sonrisa. Linkedin no es Facebook, aunque parece que hay quien lo confunde.

¿Y tú? ¿estás en Linkedin? ¿Qué dice tu foto?

 

Ideas descabelladas

– Te noto enfadado.

– Enfadado es poco. Hay días que cuelgas el teléfono y decides dedicar un par de minutos a tener ensoñaciones. Te ves al mando de un pelotón de fusilamiento… ¡Apunten… Fuego!

– Demasiado rápido lo del fusilamiento. Mejor el garrote, para que sufra.

– No te creas. El garrote bien hecho es muy rápido. Lo que pasa es que si el verdugo era un torpe, lo echaba todo a perder. El garrote tiene su técnica. Y parece limpio, aunque como limpito, la horca, sin duda.

– Sí, pero la horca es muy humillante. En general, la pena de muerte para los delincuentes comunes son humillantes, el verdugo no le ve la cara al reo.

– Ya, pero son más limpias. Mira la inyección letal, la cámara de gas, la silla eléctrica… Quiero decir, que no hay sangre. Si exceptuamos el hacha, o la guillotina, que es la industrialización del hacha. Muy francés, esto de la industrialización. Y muy práctico, ahora que lo pienso…

– Y supongo que descartas las barbaridades de la Antigüedad. La crucifixión, el empalamiento, la hoguera, el descuartizamiento…

– Sí, sí, claro, qué horror. Y qué despilfarro. No, el fusilamiento me va bien. Y si acaso, una pistola, que le aporta movilidad. La pistola es como la Blackberry del fusilamiento.

– No sé yo. Le falta un punto de romanticismo.

– ¿A la Blackberry?

– No, a la pistola. Aunque te advierto que le tiras a uno la Blackberry a la cabeza y, si le das certero, te lo llevas por delante.

– ¿Tirarle la Blackberry a la cabeza? Eso no puede ser un asesinato más sórdido.

– ¿ Y qué quieres? ¿Usar la espada?

– No, no merecen la espada, es demasiado noble. Pero habría un término medio entre clavarle una espada a lo samurai y tirarle una Blackberry de mierda a la coronilla.

– ¿Y el descabello? Mira, según están en la mesa de reunión, les echas un papel y cuando agachan la cabeza para mirarlo, te levantas y zas, en todo lo alto.

–  Hum… bonito sí es. Aunque hay que tener altura, y además, no sé yo si la postura no me terminaría delatando y algún pelota me pararía antes. Y por otro lado, un descabello no indica odio repentino, no podría alegar homicidio ni ofuscación transitoria. Eso por no hablar de la puntería…

– Bueno, siempre podrás recurrir al cachete.

– ¿Un cachete? Pero vamos a ver: si estoy pensando en fusilarlos, como poco se merecen un par de hostias. ¡Un cachete…!

– …El cachete… la cachetilla que dicen en mi pueblo… la puntilla…

Informes, informes y más informes

Aquí de economía va a terminar opinando hasta el portero del Real Madrid, y si no al tiempo. Lo que ya no les puedo asegurar es si será el titular o el suplente, entre otras razones porque ya no se sabe quién es el titular y quién el suplente. Ya en su día, Guardiola hizo una incursión en la economía social, cuando dijo aquello de que lo importante no era que ganara el Barcelona, sino que había mucho paro. O lo mismo no dijo exactamente eso, pero por ahí le andaba. Y es que yo tiendo a olvidarme de las declaraciones cuando sólo se busca un momentito de notoriedad: para eso soy muy obediente.

De lo que le pasa a la economía española, aquí saca informes hasta el gato. La OCDE, el FMI, el BCE, la Troika, Bruselas, Estrasburgo, la Comisión, el Banco de España, el Círculo de Empresarios, la CEOE, el BBVA, la AEB, Draghi (que no es un organismo, pero lo parece), los de FAES, el CIS, el INE, el Ministerio de Economía, el de Hacienda, el de Empleo, el de Agricultura, el de Fomento, Cáritas Española, los de KPMG, la CNMV, los sindicatos, la FEB, el Financial Times, y la secretaria de Pedro Jota a partir del resumen del Expansión. Lo único que se precia para que un informe tenga su rato de gloria es que no coincida con ninguno que anteriormente se haya publicado. Por lo demás, cuanto más opciones tenga de ser resumido en un par de frases, mejor.

Y esto en cuanto a informes, que luego están las declaraciones de todos los personajes que van desfilando por las televisiones y las radios y haciendo declaraciones a diestro, a siniestro y a troche y moche. Si vds se fijan, la mayoría de los declarantes tienen los labios finos, son calvos y llevan gafas, y si no se han fijado es porque, realmente, son calvos, llevan gafas y tienen los labios finos. Con la excepción de Draghi, al que sólo le falta el micro para convertirse en la rana Kermitt, y del Ministro Guidos, que a veces nos regala su presencia con un grano rojo en la nariz que le acerca los laborables a Pompoff y los feriados a Teddy, el resto son personajes olvidables que dicen una cosa hoy y mañana pueden decir la contraria y hasta parecer un concursante de Masterchef, y ustedes no se dan cuenta ni aun en el improbable caso de que repitan corbata, y ya no digamos si repiten informe. Ah, y se me olvidaba mi personaje preferido: Christine Lagarde, a la que se le va a caer el pelo por un sospechoso affaire justo ahora que le estaba creciendo una media melena de lo más aparente, después de años haciendo carrera con un peinado a lo garçon que le acercaba virtual y virtuosamente a los calvos con gafas, de labios finos pero con una mala leche de tomo y lomo. O de diestro y siniestro, que también.

A mí hace mucho que dejaron de marearme. Hay en todas estas declaraciones un poso de impostura que tiene que ver más con la ucronía que con la utopía, y más con la diarrea que con la berrea. Vds sigan a lo suyo, que todo esto no tiene la menor importancia y tal vez cuando por fin se callen todos, habremos logrado sobrevivir. Y si no, espero que en la Eternidad alguien les ponga un esparadrapo en la boca y les dispense un diazepam, para que se relajen.