Libros del resto de mayo

Me quedaron tres libros pendientes para comentar en el anterior post de libros, así que allá vamos con ellos y con una propina (que es propinaza).

Leo siempre con atención las reseñas de Modestino en su blog Cajón de sastre y recientemente hablaba bien de un libro que tenía yo apuntado de algún otro sitio, Alegro ma non troppo, de Carlo M. Cipolla. Es un libro cortito y lo presentaba como fino, humorístico e inteligente.  Y es todo eso. Se trata de dos pequeños ensayos, uno dedicado al papel de las especias en la Edad Media y el otro sobre la estupidez humana. En el caso del primero, Cipolla explica la historia a través de la escasez o la abundancia de la pimienta como podría haberla explicado a través de la escasez o la abundancia del arroz con leche. En este texto cargado de ironía nos hace ver que el simplismo no es lo mismo que la simplicidad y que, puestos a armar teorías tontas, cualquiera puede ensayar y tener éxito.

El segundo ensayo es sencillamente un texto delicioso acerca de la estupidez humana resumido en cinco leyes fundamentales. La primera nos dice que el número de estúpidos es siempre mayor de lo que imaginamos; la segunda que están en todas partes; la cuarta es que tendemos a subestimarlos y la quinta nos advierte de que los estúpidos son personas extremadamente peligrosas. ¿Y la tercera? Pues esta ley reconoce al estúpido como aquella persona capaz de causar daño a los demás sin obtener ningún beneficio para sí mismo. Lo llama «la ley de oro» y en efecto, lo es: ¿Qué puede ser más práctico y valioso que tener unas instrucciones sencillísimas para detectar a los estúpidos que nos rodean (y que, recuerden, según la primera ley son muchos más de los que creemos)?

Literalmente me bebí Los cinco y yo, de Antonio Orejudo, libro programado para una tertulia a la que acudo. Me ha gustado, aunque diré que leí las primeras páginas un poco escamada al pensar que iba a ser la típica basura con rollo Yo también fui a la EGB, un rollo que detesto por ñoño e infantiloide. Y no, no hay nada de eso. Claro que pasa el autor por su infancia y adolescencia y claro que recrea aquellos tiempos de los 70, es inevitable. Mezclando ficción y realidad, recuerdo y narración, saliendo y entrando en la novela constantemente, el protagonista se pasea por su propia vida encadenando digresiones hasta que las detiene en un congreso de fans de Enid Blyton, y nos explica qué fue de Julian, Dick, Ana, Jorge y Tim con el paso del tiempo (pone que al pobre Tim lo atropelló un coche, no sé si se lo perdonaré).  Y me parece que es un libro que entenderán mejor los contemporáneos del autor y que además hayan disfrutado con los libros de Los cinco. Si no se han leído los libros cuando eran pequeños, no sé cómo entenderán esta novela. Todo es reconocible en el texto y hay pasajes muy divertidos, como cuando se reprocha a la escritora su falta de diligencia y el que en 19 de los 21 libros de la serie existiera un pasadizo secreto. ¿Será verdad? En fin, de paso decirles que ya hablaré otro día, si me acuerdo, de esa pose intelectual que consiste en decir que todo lo que se es y se ha vivido es una mierda, esa manía de escupir al cielo para parecer contestatario y que sólo revela comodidad y que es un detalle un poco molesto en las primeras páginas, asunto en el que el autor afortunadamente no insiste. Un libro interesante.

Un cólico nefrítico me llevó a leer un librito de Stefan Zweig, Miedo. El cólico no lo sufrí yo, naturalmente, sino que acompañé al paciente en urgencias durante toda la tarde y me llevé este pequeño en el bolso. Se trata de una de estas ediciones del Acantilado que te venden en las cajas de las librerías y que son muy prácticos, en especial si de trata de Zweig, que siempre es muy distraído. En este caso, se trata del relato de una adúltera y su miedo al chantaje, que tiene un golpe final un poco inverosimil y algo bluf. Se lo pueden saltar si no media una tarde en Urgencias y si no son unos obsesivos del Zweig.

Y finalmente, Charlotte, de David Foenkinos. Me encanta este autor, su sensibilidad y su toque especial. En este libro nos relata la vida de la pintora Charlotte Salomon a través de frases cortas, como pinceladas. Su vida doblemente trágica, aprisionada por los antecedentes suicidas de su familia, en un tiempo en el que un judío tenía muy dificil escapar esa otra prisión que era el totalitarismo nazi. Miras el libro y parece poesía, pero luego no es poesía, pero parece poesía porque el fraseo suena a poesía. Es una preciosidad de libro, una maravilla, un libro que lees despacito porque no quieres que se te acabe. Foenkinos nos contó cuando vino a Madrid a presentar La biblioteca de los libros rechazados, en l’Institut Français, que la escritura de este libro le había dejado exhausto por la historia de la protagonista. Lo puedo entender. Es un must, no se pueden perder este libro.

Y ya, a ver qué nos depara junio.

Libros de abril y casi mayo

¿Por fin han apostado? Todavía están a tiempo, porque vamos de cara al verano y no me veo yo en pleno mes de agosto haciendo recuento. Aviso de que cuanto más avance el año, menos riesgo habrá en su apuesta, aunque cuidado con las confianzas: el tiempo es un gran potenciador de la desidia. Hoy tengo cosillas que contarles, así es que allá voy.

Terminó marzo con Apegos feroces, de Vivian Gormick. Esta mujer es una activista del feminismo serio, pero no crean que se nota mucho, y ese es el valor del feminismo serio, no la feria que tienen montada cuatro locas. En estas memorias, si uno no va avisado, el discurso es sensato y sin aristas, lógico, y te lo encuentras en muchas escritoras. De todos modos, y dicho sea de paso, personalmente estoy un poco cansada de este rollo de la «perspectiva de género». ¿Qué perspectiva va a tener una intelectual americana nacida en 1935 cuando nos habla de su vida y sus recuerdos? ¿La perspectiva de un samurai? Claro que defiende el derecho de las mujeres, no va a defender el de los marcianos. Pero es que, además, este libro no va de eso. Vivian Gornick nos cuenta retales y recuerdos de su vida, acompañada y acompañando a su madre ya anciana en la actualidad del libro, una mujer de otra época pero una mujer de cuidado. También la peripecia de otras mujeres que la han rodeado, vecinas de su barrio en el Bronx con las que creció, y la de otros hombres con los que se ha relacionado. Un libro de memorias no exhaustivas, bien escrito, que se bebe, que interesa en el contenido y en la reflexión y en el fraseo, y el feminismo penetra de manera natural, sin estridencias. De este libro hay que saltarse el prólogo, porque está escrito por el clásico memo, un gruppie tóxico, que se cree que por ser hombre se tiene que hacer perdonar algo. Así que léanlo, sí, pero como lo que es: buena literatura construida con el argumento de una vida muy interesante.

Ahora vamos con el atasco de abril. Se trata de 4 3 2 1, de Paul Auster. Un atasco, por no decir un tapón. Sí, es Auster, pero madre mía. Pocos libros valen 1.000 páginas, y este no será uno de ellos, desde luego. Auster se permite esto porque es Auster y se ha sobrado, pero el libro es para tirárselo a la cabeza, directamente. Cuando uno se mete en esa extensión, no vale con interesar en un 40%, esto no va de porcentajes. Por eso pocos escritores logran el reto. Con pena lo digo: Auster no lo ha hecho y que no me espere ya si vuelve a escribir algo. Hay mucho Auster antes de 4 3 2 1.

4 3 2 1 es la historia de Ferguson, un mismo personaje que se desdobla en cuatro. «Idénticos, pero diferentes, cuatro chicos con los mismos padres, el mismo cuerpo y el mismo material genético», cuya columna vertebral de la vida (infancia, adolescencia, campamento, colegio, universidad, chicas, familia) se va desarrollando en circunstancias diferentes que hacen divergir el carácter del personaje hasta convertirlo en cuatro personajes distintos. Hasta la mitad del libro la cosa va bien, es muy interesante y muy curioso, un ejercicio literario de primera categoría. Gusta, interesa, intriga, divierte, engancha. Pero, ay, llegamos a los años 60 y el libro se convierte en un coñazo insufrible. Y es que Auster se pierde en la historia política, social e intelectual de América y con ello la historia de la novela y de sus personajes se diluye y de ella sólo se ven los trazos (¡y los trozos, y las trizas!). Auster echa a perder la novela para contarnos una historia de América de hemeroteca, y sólo se salvará en algunos pasajes (cortos) en los que recobra el pulso y el protagonismo de alguno de los Ferguson. El libro se convierte en una pesadez, en una losa, denso, y se te quitan las ganas de leer y hasta de vivir porque, por supuesto, Auster no deja de ser Auster: subordinadas, más subordinadas, su estilo literario no cambia para contarte los disturbios de Newark o el activismo de las organizaciones de Derechos Civiles, ni para intercalar los relatos que a su vez escriben los diferentes Ferguson. Entonces, ¿Auster necesitaba 1.000 páginas? Cuando llevas 500 crees que sí, porque son cuatro vidas multiplicadas por las vidas de los que rodean a los Ferguson, pero cuando llegas al final te dices que no, rotundamente no, porque hay un 30% que está dedicado a contarnos el decorado. Es un libro malogrado, y me da igual lo que digan los críticos: doy por sentado que a la mitad del libro se han hecho una idea y, hala, a aplaudir. Así es que si son muy fans de Auster, léanlo, pero mi consejo es que, si se empiezan a aburrir, abandonen, porque el libro no mejora.

Seguí mi propio consejo en el siguiente libro del que hoy les hablo, porque abandono es el castigo que mereció Voltaire enamorado, de Nancy Mitford. Decía Voltaire (citado por el prologuista) «si lo que quieres es aburrir al lector, cuéntaselo todo». Bravo, Nancy. Si Voltaire resucitara te diría lo mismo que le dijo a Jean-Baptiste Rousseau cuando se quedó sin epítetos «¡Oh, qué aburrido es usted!». ¿Y cuál es el defecto del libro? básicamente que no se sabe lo que es, si ensayo, biografía, novela o un anecdotario de los salones del siglo XVIII. Yo creo que la autora admira a Voltaire, decide novelar su relación, por supuesto verídica, con Madame du Châtelet, y va y se documenta. Pero se documenta a lo grande. Y luego se pone a escribir y, claro, no va a desperdiciar aquello que encontró.  Así es que mete a presión todo. Todo sin filtrar, sin priorizar, sin dejar nada preponderante que dé fuerza al libro y tire del lector. Muchísimos personajes apilados sin preferencia, coge de aquí y de allá y luego yo creo que va podando y, total, que va y le sale un churro. Hasta la página 175 llegué: me lo leí en medio de la tortura de Auster por ver si me animaba, y ya me resultó demasiada exigencia para lo que es un sencillo hobby. Me dije: ¿continuar con dos libros cuando llevas la mitad para ver si mejoran? Y ahí se quedó.

Paro aquí y dejo para otro post los tres que han venido tras liberarme del tapón de Auster. Ha sido como abrir una olla a presión. Y todo ha sido bueno. Cruzaremos los dedos a ver si sigue la racha.

Las praderas del cielo, de John Steinbeck

Las praderas del cieloPrimero de mayo y reseña del segundo libro del año del Club de lectura, en esta ocasión elección mía. Elección con trampa, igual que la de Dickens en marzo porque, cuando te toca elegir, te tiembla la mano y vas a lo seguro. Así que Steinbeck, una garantía. En nuestro club hay varios gritos de celebración cuando se menciona a ciertos autores. Y así ¡es Galdós!, o ¡es Dickens!, o ¡es Steinbeck! Claro que también tenemos gritos de alerta, como es el caso de ¡Poniatowska!, que viene a cumplir las funciones de un vade retro festivo. En esta ocasión toca celebración.

Las praderas del cielo es un libro de pequeñas historias bien contadas, que arranca con la del descubrimiento de un valle casi paradisíaco en California, cerca de Monterrey, en el que se establecieron algunas familias de colonos para cultivar la tierra. Steinbeck construye nueve relatos cortos con la vida de estos vecinos. Son relatos que pueden leerse de forma independiente, pero que van hilados con los Munroe, una familia que llega al valle para ocupar una finca con un pasado oscuro, encantado. Los personajes van apareciendo como extras en cada historia hasta que les llega el turno de que Steinbeck nos cuente la peripecia que cada uno ha vivido. Y así va componiendo con retales la historia de los colonos de América y de sus momentos de grandeza.

Cada vida es una historia y Steinbeck compone un patchwork con ellas. En todas hay un momento de ruptura, de heroísmo, y en todas hay una luz, una salida. Todas las historias tienen un principio y un fin aunque luego cada vida sigue, pero para entonces Steinbeck ya ha fijado el personaje y su peripecia, porque en todas se refleja ese saber contar del autor. Un saber contar sereno, con un ritmo perfecto para saber contar cosas que pasan muy despacio o muy deprisa y que se mantenga el interés y se proporcione la coherencia necesaria para entender, en el que no hay momentos de aburrimiento ni de desgana, y en las que asoma a veces el humor y a veces el desconsuelo de un extraordinario narrador de historias.

Un libro poco conocido, pero desde luego brillante y que se lee con verdadero placer. Lástima la vergüenza de edición que ha caído entre mis manos (Ediciones del viento), con la que he tenido que penar descifrando comas que se ponen a lo loco, ausencias dramáticas de acentos y enervándome con faltas de ortografía que son un insulto al cliente que paga 16 euros por un libro (estava por estaba me encontré, ese es el nivel). Tantas leyes inútiles que se hacen y ninguna que ponga multas por estas cosas…

Claro, que si lo prefieren pueden buscar una edición digital. Y entonces el párrafo “Antes de que Alicia se hubiese quitado la chaqueta, él estava a su lado. Con la voz cansina que cuidadosamente había cultivado requirió…”, se convierte en “Antes que Alicia se hubiese quitado el abrigo, él estaba a su lado. Con la voz cansada que había adquirido en el colegio secundario, requirió…” Vaya usted a saber qué demonios quiso escribir Steinbeck, pero si descarta el original deberá elegir entre susto o muerte.

Para terminar, y como siempre, pueden encontrar otras opiniones del libro leyendo a mis compañeros del club en  La mesa cero del Blasco, en Lo Lo que lea la rubia y en la propia página del Club, donde está la opinión de Juanjo. El primero de julio volvemos, esta vez con Sarah Perry y La serpiente de Essex.

 

 

 

Libros febrero y casi marzo

No, en febrero no hubo post de libros, ya les dije que no apostaran. Pero casi todo en la vida tiene remedio, así es que aquí estoy, con el recopilatorio. Me digo que tal vez sería mejor hacer un post por cada cuatro libros y así no quedaría tan largo, pero mientras me lo pienso, pondré el contador a cero.

Empecé febrero con La rubia de ojos negros, de Benjamin Black, que me encantó. Benjamin Black es John Banville, pero en divertido y ligero. No diré en interesante, porque Banville siempre lo es. La novela negra o policiaca no es el santo de mi devoción, siempre lo digo, aunque estoy empezando a pensar que es una pose. Y más allá de esto, amigos, lo que importa no es el género de la novela, sino la pericia del escritor. En esta novela, Black retoma a Chandler, o lo imita, o le rinde homenaje, y escribe una novela con Philipe Marlowe de protagonista, mujeres fatales, gánsteres de todo pelaje y una trama suficientemente enrevesada como para que el final no sea precisamente lo mejor del libro. Aparecen personajes de El largo adiós y alguno de El sueño eterno, todos fuman y beben whisky y gimlet, y el lector vuelve a instalarse en los bajos fondos y los barrios lujosos de Los Angeles como si se lo estuviera contanto el propio Chandler, con su ironía, sus frases lapidarias y sus diálogos frescos y llenos de naturalidad. Banville dice que ha matizado a Marlowe, y es posible. Hoy en día los tipos duros así no son creíbles, o sí, pero entonces les faltaría ese punto de amargura, de ensoñación y de integridad que hacen de Marlowe un detective del que te tienes que enamorar. Yo recomiendo y mucho esta novela, porque recomiendo y mucho a Chandler, a Banville y a Black.

Leí también Maus, de Art Spiegelman, un comic que me interesaba leer y que había olvidado hasta que me lo recordaron hace un par de meses en La Cultureta y encargué a mi librera una bonita edición. Para mí el cómic es Asterix y Tintin, con que calculen de dónde vengo. No soy nada aficionada a ellos, y ya no digamos que sea capaz de distinguir si los dibujos son más o menos artísticos. Sé que no es así, sé que los comics tienen una vertiente de culto que no comparto, quizá porque en mi mentalidad el cómic son historietas para reírse un rato, y no los considero exactamente como literatura (tampoco creo que el rap sea música, por ejemplo, o que un patinete sea un medio de transporte). Para mí el comic es un librito fino, tamaño A4, que te lo lees en un sillón tomando una rebanada de pan con mantequilla.

Pero es verdad que Maus no tiene nada que ver. En este libro se cuenta la historia del padre del autor en los campos de exterminio y la persecución de los judíos polacos. Se trata de un tema de sobra conocido, pero no por eso deja de poner los pelos de punta. En el drama, los judíos son ratones, los alemanes gatos y los polacos cerdos, la gráfica es blanco y negro y todo en este libro es oscuro, aunque me parezca a mí que el tono es amable –dentro de un orden, porque decir Holocausto y amabilidad es un oximoron. Art Spiegelman va y viene del pasado a través de lo que su padre, un hombre mayor y maniático, le va contando. Es la historia triste de tantos judíos, de tantas familias, contada por el propio dibujante, que aparece en el libro como un personaje más. Muy recomendable.

Leí Las praderas del cielo, de John Steinbeck, pero ya les hablaré de este libro en mayo, y  también leí El coronel Chabert, de Balzac en un viaje a Lisboa, un libro muy citado y una historia muy conocida: un hombre es dado por muerto en el campo de batalla y al cabo de los años reaparece para reclamar su vida anterior. Le hubiera dado lo mismo morir porque, cuando se reencuentra con lo que era su vida anterior, comprende que la ha perdido, y que si la quiere recuperar, entonces tendrá que traicionar todo aquello que fue, con lo que no recuperará su vida tampoco. Tiene una prosa un poco apolillada y una cierta profusión de personajes insoportables y escenas un poco soporíferas al principio, pero si se superan las diez primeras páginas, uno entra en la historia y no la puede ya dejar, entre el desasosiego y la indignación. Un libro muy recomendable.

Justo después de las 1000 páginas de La pequeña Dorrit, de Dickens, del que les hablé aquí, leí Kazán, perro lobo, de James Curwood, que es un libro catalogado como literatura juvenil y no estoy yo muy segura de que sea tal, aunque me parecería estupendo que los adolescentes leyeran estas cosas. Un libro perdido que encontró mi tia en una edición de 2007 por casualidad y que yo me leí en memoria de mi padre, después de que me tía me tuviera que jurar varias veces que el perro protagonista no moría. Se trata de las aventuras de un perro de trineo, medio lobo medio huskie, maltratado por los hombres y abocado a llevar una vida salvaje en los bosques del norte, cosa que tampoco le cuesta mucho porque como digo es medio lobo. Las pasa canutas, el perro, pero su peripecia nos habla de nobleza, de entrega, de lealtad y sacrificio, aunque se trate de animales, y el libro también nos enseña a respetar la Naturaleza, sin ecologismos pazguatos.

No había leído yo nada de Lorenzo Silva y me compré Tantos lobos, que son cuatro historias cortas con los guardias civiles Bevilacqua y Chamorro de protagonistas. Cuatro historias tristes, con mal principio y peor final, como son todas aquellas que comienzan con un asesinato y acaban con la maldad destripada y expuesta entre las páginas. Historias magníficamente contadas, que da gusto leer y que me llevan a un reproche: ¿por qué no había leído yo a este hombre? No será lo último que leeré de él, esto es seguro. ¿Ven como el género es lo de menos?

Y ya que estoy hablando de novelas de intriga, mencionaré un libro también leído en este mes y que se llama La casa del arroyo, escrito por una conocida mía del trabajo, Conchi Aragón, que tiene escritos otros tres libros más. Me dije que debía leer alguno, por aquello de poder opinar, y eso hice. En cuanto a la opinión, la dejo para otro momento, que esto se va haciendo largo.

En un fin de semana leí también Sin destino, de Imre Kertèsz. Tenía una tertulia sobre este libro y lo cogí con el ánimo de hacer una relectura rápida, porque (si las fechas con las que marco los libros no mienten), lo había leído en 2011. Pero no releí, sino que lo leí de nuevo, entero, sin saltarme una coma, disfrutando de un libro que cuenta el horror de la persecución y genocidio judío con belleza, con calma y con reflexión, y del que se obtiene que al final, la vida no es un accidente, la vida se construye paso a paso, y que uno no se encuentra de pronto con las circunstancias, sino que esas circunstancias vienen con orden, se forman a partir de decisiones secuenciales, sin casualidad posible, sin que haya ningún error que lamentar.

Creo que me paro aquí. Dejaré para mediados de abril lo que haya dado de sí lo que me traigo entre manos y lo que será en Semana Santa. O no.

La pequeña Dorrit, de Charles Dickens

La pequeña DorritPrimero de marzo, fecha marcada para hablar del libro del Club que este año, por segunda vez en su accidentada vida, se va a limitar a cinco libros para cubrir la temporada. Para 2018 no hemos puesto normas, yo creo que se nos olvidó. Se podría pensar que nos valían las del año pasado, pero no, claramente no.

Arrancamos con Dickens, héroe literario de algunos miembros del club y autor muertísimo, pero que no morirá nunca gracias a su maravillosa obra. El segundo requisito, que no hemos cumplido mucho, era que el libro no fuera muy largo. Bah, habrá pensado ND al elegir el libro, si quieres Dickens, te pones a leer o no te pones. Y aquí estamos: casi 1.000 páginas que el autor dio a leer a sus lectores en cómodas entregas durante un año y medio. Y en esto reside, me parece, que el interés de la trama no decaiga. Mal comparado, leerte este tocho en diez días es como ver cinco temporadas de una serie en dos tardes. Mal comparado. Y pensar que el año pasado no me dejaron poner Germinal como libro de lectura porque era largo… (abro paréntesis para recomendarles que, si no lo han hecho todavía, corran a leer Germinal de manera inmediata: es maravilloso).

La novela se estructura en dos libros (Pobreza y Riqueza) y si no vas avisado –como era mi caso–, cuando llegas al final del primero te preguntas ¿pero cómo va a seguir, cómo va a rellenar otras 500 páginas, si esto se ha acabado? Pues, amigos, las rellena y además con coherencia, con interés y sin que deje de ser la misma historia. Claro que podría haber rellenado otras 5.000 páginas más, porque, como en las series, va abriendo tramas, pero sin perder el hilo, de tal forma que cuando acaba no queda ni medio cabo suelto. Y además, ¡es Dickens!, un genio. Un genio que escribía, por cierto, sin procesador de textos, ni siquiera máquina de escribir. No soy capaz de imaginar lo que a este hombre le hubiera cundido una Olivetti.

En fin, la historia la pueden encontrar en cualquier resumen y será mejor de lo que yo pueda escribir de forma apresurada. Y de todos modos, me interesa hablar de otras cosas. Me interesa destacar lo que Dickens le da a la literatura, lo que es tan difícil de encontrar cuando no estás delante de un clásico de esta envergadura: esas ambientaciones perfectas que consigue con solo dos párrafos, que no son una descripción exhaustiva e inane de una calle, una cárcel, un salón, un puerto, sino que te mete en el tiempo, el lugar, la temperatura, y hasta el olor del escenario; esos destellos de humor maravilloso que provocan la carcajada o de ironías deliciosas traídas con tanta elegancia; esos personajes bondadosos o malvados, temerosos o audaces, envidiosos o nobles, orgullosos o serviles, poderosos o débiles; también esos otros personajes muy caricaturescos, que le dan sal al relato, o al menos evitan el exceso de azucar; esos diálogos limpios de gestualidad absurda de la que tanto abusan los malos autores; ese estilo, esa sencillez tan completa y tan difícil que deja beberse el texto.

Y esa mirada. Porque el libro es un folletín, pero ahí tenemos el negociado de los circunloquios, que es un vuelva usted mañana planificado, el paradigma de la incompetencia de gobiernos ineficaces y vampíricos; ahí tenemos la alta y la baja sociedad, micromundos simétricos y encorsetados de los que no se puede salir aunque se abran las puertas; ahí tenemos al Madoff del siglo XIX, rodeado de pichones avariciosos del siglo XIX; ahí tenemos al estafador disfrazado de benefactor y al recaudador que se rebela ante la injusticia que tan bien conoce; y ahí tenemos la sociedad inglesa de un tiempo que no creo que le gustara al autor, pero de la que sabía entresacar una historia en la que la integridad y el deber siempre se sobreponen a las calamidades que trae la vida, y en la que los buenos siempre avanzarán bajo el sol y la sombra.

La pequeña Dorrit es un libro magnífico, así es que léanlo si no lo han hecho aun, es una orden. Aunque, como siempre, pueden encontrar otras opiniones del libro leyendo a mis compañeros del club en  La mesa cero del Blasco, La originalidad perdida, en Lo Lo que lea la rubia y en la propia página del Club, donde está la opinión de Juanjo. El primero de mayo volvemos, esta vez con Steinbeck.

 

Libros de enero

Esto ya lo he intentado yo, lo de escribir sobre los libros del mes. Empiezo muy animosa en enero, y luego, cuando llega febrero, se me pasa, en marzo se me olvida, en abril me da pereza y en mayo ya no me merece la pena retomarlo. Pero lo intentaré este año de nuevo, lo de agrupar en un post las lecturas del mes, aunque sean reseñas cortitas. Allá voy.

El año empezó con Delibes, y La sombra del ciprés es alargada. Ordené la librería durante las vacaciones de navidad y me encontré con libros que debería haber leído y este era uno de ellos. No es un libro largo, apenas 300 páginas, premio Nadal en su día. En este libro nos cuenta la historia de un niño que es enviado a Avila interno a casa de un maestro o preceptor que es casi más austero y taciturno que la ciudad, algo de lo que se contagia el protagonista para el resto de su vida, y algo también que en cierto modo contagia a la narración. A la casa del maestro Lesmes también es enviado otro muchacho, un chico físicamente débil con el que entabla una sincera amistad que le marcará de por vida. Pedro, el protagonista, crece, se hace marino mercante, empieza a viajar, a vivir, pero un par de ideas de su maestro siempre le tendrán marcado: la idea de la muerte irremediable que se interpone entre dos seres que se aman (en un matrimonio, uno de los dos muere antes y abandona al otro); y la idea de que, en esta vida, solo pierde algo el que algo tiene, así es que es mejor medrar lo justo. El libro se me hizo un poco bola al principio, probablemente, por mi aversión a las historias con adolescentes de por medio, pero luego remonta y se anima cuando el protagonista se hace hombre. Y de todos modos, Delibes es Delibes y a este autor hay que perdonarle todo, hasta el leísmo.

Seguí con Stoner, de John Williams. Tuve que leerlo para un club de psicoanálisis al que voy cada mes, y qué bien que lo mandaran, porque yo a este autor lo tenía puesto una cruz y una raya después de haber leído Butcher’s crossing (reseña aquí). De Stoner había oido maravillas, y también que es una historia en la que no pasa nada. ¿Pero cómo que no pasa nada? Pasan muchas cosas, aunque eso sí,  todas muy normales, y de ahí que sea una novela estupenda. Porque a pesar de mis prevenciones (¡y prejuicios!) con el autor, tengo que decir que me ha encantado, y aunque Mr. Williams sigue abusando a veces de ese tic tan molesto “descripción inane-adjetivada absurdamente”, esos momentos de los libros en los que te saltas el párrafo y la conversación sigue ahí (en realidad, la conversación, el libro, los protagonistas, todos siguen ahí menos tú si se te ha ocurrido leerte todo ese bullshit de mal escritor), digo que aunque abusa a veces, la historia se sobrepone al estilo. Me pregunto si aquello de Butcher’s crossing que leí sería una malísima traducción y me respondo que ya no tiene remedio. Pero sea, Stoner, la vulgar historia de un vulgar profesor de una Universidad perdida en Minesota es una muy buena novela, y si no la han leído, yo se la recomiendo con la nota de que merece mucho la pena.

El tercer libro del mes es una recopilación. Se trata de Cuentos de perros, de Kipling. Y me ha encantado. Eso sí: si a ustedes los perros ni les van ni les vienen, no lo lean, porque total para qué, si no van a entender nada. Claro que si seguimos el razonamiento tampoco deberían leer el Libro de la selva, porque si no tienen una pantera negra por casa igual se les hace cuesta arriba lo de empatizar y eso… En fin, Kipling ama a los perros, y eso se nota. En estos cuentos, los perros juegan un papel principal, y son el motor de la narración. Las historias son sencillamente encantadoras, llenas de alegría, de fuerza, de poesía, de optimismo, de buen rollo, de humor y de sensibilidad. Por ejemplo, el cuento con el que arranca el libro cuenta cómo un soldado salva a otro de una borrachera, y éste, como penitencia, le regala su perro al primero. Se dice a sí mismo que, si se impone esta pena, esto le recordará que hay un sacrificio aun mayor que no beber. En otro cuento nos habla de una señora de la alta sociedad que se encapricha con un perro maravilloso de carácter hasta el punto de pedir a unos soldados que se lo roben. Los soldados le endilgarán un perro insoportable pintado con los mismos colores, y de paso le sacarán el dinero prometido. Los perros no están humanizados salvo en tres de los cuentos, en los que Kipling se mete en el pensamiento de uno de ellos y nos habla en primera persona. Tiene su aquel seguirle el pensamiento y el lenguaje a un perro, pero además de ser una originalidad brillante, es muy divertido. Y también hay tres o cuatro poemas muy bonitos. En fin, un hallazgo que no pueden perderse los amantes de los perros (como moi). Eso sí: seguirle la prosa a este hombre no es un camino de rosas, probablemente porque los cuentos están recopilados y tal vez en ocasiones formen parte de una colección en la que los protagonistas ya han sido presentados. Pero lean, lean.

Finalmente, Las últimas palabras, de Carme Riera. Riera no es una recién llegada, ni una joven promesa, ni una autora en absoluto desconocida, aunque yo no había leído nada suyo. Y tiene un escribir fácil, lo que es muy difícil. En este libro, nos cuenta cómo encontró un manuscrito perdido con las últimas voluntades del archiduque Luis Salvador de Austria, sobrino del emperador Francisco José, que vivió en Baleares y es un personaje muy querido y recordado en las islas. Supongo que todo es una ficción, desde el encuentro del manuscrito hasta el texto y parte de lo que en el libro se cuenta, pero Riera nos ofrece el último y largo mensaje de un hombre vivido, un poco atormentado y desde luego muy interesante, en el momento en el que su vida se acaba. Es decir, vamos a contar verdades, aunque sea con amargura. El libro tiene un defecto y es que es corto. Lo lees y quieres saber más del personaje y de su peripecia. Pero en esto, como en el estilo preciso, se ve la maestría de la autora.

Y esto es todo. Ya veremos si en febrero me acuerdo de contarles qué he leído – no apuesten dinero -. En todo caso, en febrero tenemos libro del Club, así es que el día primero de mes me tienen aquí seguro hablando de Dickens, que es lo que toca.

Ficciones, de Borges

Ficciones - BorgesSe acaba el año y con él una nueva temporada del club de Lectura, que no sé yo si será la última. Si es así, se habrá acabado por todo lo alto: con un autor de fuste que trae de serie la correspondiente tortura. Pero yo esta vez me he librado, o mejor dicho, he librado.

Y es que me he librado porque no he leído el libro. Pues no, no he podido. No por falta de tiempo, no. No lo he leído porque Borges es un coñazo. Algo nivel Cortázar, pero a lo bestia. Conste que lo he intentado, no crean. Lo he intentado, pero no he podido.

Verán, Ficciones es un libro de cuentos y, aunque no venía con libro de instrucciones (rollo Rayuela), empecé como es lógico por el primero de ellos, que se llama (agárrense) Tlön, Uqbar, Orbis Tertius, supongo que para ir entrando en materia. Bueno, pues yo no soy capaz de explicarles de qué va. Diez páginas después de empezar seguía intentando entender qué coño quería contarme este señor. Pensar en empezarlo de nuevo para ver si me enteraba estaba hors de question, así es que, como es un libro de cuentos, me dije bueno, pues me salto este y me voy al siguiente. Y me fui al segundo cuento, que se llama Pierre Menard, autor del Quijote y que empieza así:

La obra visible que ha dejado este novelista es de fácil y breve enumeración. Son, por lo tanto, imperdonables las omisiones y adiciones perpetradas por Madame Henri Bachelier en un catálogo falaz que cierto diario cuya tendencia protestante no es un secreto ha tenido la desconsideración de inferir a sus deplorables lectores –si bien éstos son pocos y calvinistas, cuando no masones y circuncisos. Los amigos auténticos de Menard han visto con alarma ese catálogo y aun con cierta tristeza. Diríase que ayer nos reunimos ante el mármol final y entre los cipreses infaustos y ya el Error trata de empañar su Memoria… Decididamente, una breve rectificación es inevitable.

Bien. Podría haberles copiado el principio de lo de Tlör, pero prefiero que hagan ustedes el trabajo por su cuenta si tienen interés. Yo sólo sé que, llegada a este punto, me dije “que se lea a este tío su madre”, cerré el libro y hasta hoy, que se lo estoy contando.

No tengo ningún remordimiento y ninguna vergüenza por decir que Borges me parece un pelma, que yo no he sido capaz de leerme nada suyo y que cada vez que me lo he cruzado he pensado lo mismo: pretencioso, retorcido, incomprensible, pesado y cargante. Es… denso, Borges es denso. Y un poco intensito, eso también. ¿Les parece que es sacrílego lo que digo? Bueno, pues por ahí arriba también digo que a Cortázar no hay quien se lo dispare. Ahora llévenme a la hoguera: prefiero la pira que tenerme que leer algo de este autor.

Dice el prólogo que Ficciones es el libro más reconocido de Borges. Me lo creo. A mí no se me despinta ya en la vida. Y además a partir de ahora, si alguien me cita a Borges, le daré las gracias por la traducción y un abrazo por el resumen.

En fin, hace unos meses así hice un ejercicio literario que se llamaba “Yo versioné a Borges sin respeto”. Ya no voy a molestarme más en versionarlo, porque no me molestaré más en entenderlo. Me doy de baja de Borges definitivamente.

Como siempre, pueden leer a mis compañeros del club en La mesa cero del Blasco, La originalidad perdidaa, en Lo Lo que lea la rubia y en la propia página del Club, donde está la opinión de Juanjo. El próximo año será otro año.

 

 

 

 

Berta Isla, de Javier Marías

Berta IslaDespués de la decepción de los dos últimos libros de Javier Marías, en especial del último (del que hablé aquí y que para colmo se titulaba Así empieza lo malo), había llegado a temer que su escritura se hubiera echado a perder. No crean que es algo imposible en literatura, porque no siempre el talento mejora con el tiempo, y ya no digamos con las ventas. Pero mi fe en el autor de Tu rostro mañana es inquebrantable, así es que corrí a comprar su última novela, Berta Isla, que terminé de leer hace un par de semanas y sobre la que tenía pendiente este post. Y ya puedo respirar: mi querido y admirado Javier Marías ha vuelto.

Berta Isla es una novela muy de Marías, muy reconocible. Y no sólo porque te encuentras con Tupra y con el Profesor Wheeler, personajes suyos difíciles de olvidar. No sólo. También te encuentras con unos protagonistas profundos y atormentados, inteligentes, elegantes, con vidas en las que la palabra importa, hechos que no se pueden decir y no se dicen, situaciones que no pueden hacerse públicas y no se hacen, pasajes que no se pueden imaginar, aunque se imaginan. Y sobre todo te encuentras con su magnífica escritura.

Berta Isla es la mujer de Tomas Nevinson, su pareja desde la juventud. Tomas, de padres inglés y española, además de hablar perfectamente varios idiomas tiene un raro don para la imitación, y el destino le lleva a cruzarse con los servicios secretos británicos, que lo reclutan. Entonces empieza a vivir una doble vida, una de las cuales necesariamente debe ocultar. La trama se rompe cuando Nevinson desaparece. La ocultación en un lado y en el otro la certeza del no saber, la lealtad como obligación y como elección de vida, la desaparición sin muerte cierta que lleva al que espera al deseo y también a la inquietud de la reaparición, son ideas que van enhebrándose sin que el pulso de la narración se vea comprometido.

Marías cambia de voz de manera magistral (y encima nos lo explica antes de hacerlo), y así relata en tercera persona o nos deja oír a Berta mientras nos explica la historia, y no sabría decir yo cuál de las dos voces es más creíble. Él abre el mundo para que lo veas, y luego deja hablar a Berta para que la interpeles, pero sobre todo para que la creas.

En fin, es una novela formidable. Marías sitúa la historia entre los años 60 y 90, y se agradece. Tal como le leí decir en una entrevista, no puede imaginarse esta historia en el mundo actual, en donde un sesentón en bermudas le hace una foto con el móvil a un filete en un restaurante, o algo así venía a decir.  La historia de Berta Isla no es creíble en la realidad líquida en la que vivimos y por eso nos lleva a un pasado próximo, al pasado de Tu rostro mañana. O sea, a otro mundo: el mundo literario de Marías.

Léanlo.

Frankie y la boda, de Carson McCullers

Frankie y la bodaHoy, primero de octubre, toca reseña del Club de Lectura, este mes más tortura que nunca. Se nos había olvidado ya lo que era sufrir, pero este libro nos ha devuelto a esos tiempos en los que el pasar de páginas era un alivio seguido del sufrimiento de una nueva página y seguido de un nuevo alivio, y así hasta que llegaba el final. Una pesadez. Los porcentajes del kindle que caen lentos, lentos, lentos; que pasaba una mosca al vuelo y te distraes y hasta la envidias -mira, la pobre, que no sabe leer-; que suena el teléfono y alargas la llamada aunque fuera de Jazztel, todo por pegar hebra y no tener que volver al hilo del libro; que bajas al perro hasta cuatro veces en una tarde, para refrescarte la cabeza; que hasta te apuntas a ver la película alemana de TVE, que te parece infinitamente más interesante. Cualquier cosa, incluso el asunto catalán, es menos aburrido que este coñazo de Carson McCullers. Qué horror de libro.

¿Que de qué va? De nada, es una idiotez. A ver. Resulta que una niña de doce años tiene un hermano que se casa y está deseando que llegue el día de la boda para ir y que los recién casados la lleven con ellos por quiere mucho a su hermano y se quiere ir de casa. Y eso es todo. Realmente no pasa nada más, se lo juro. Todo el libro es eso: la niña dando la turra porque quiere ir a la boda.

La niña, la tal Frankie, es una rara, no se lava mucho, perdió la virginidad en algún episodio que no nos acaban de contar bien, le pega un botellazo a uno que quería ligar con ella o algo así, se queda pasmada viendo a un señor que lleva un mono en el hombro, y tiene una chacha negra a la que le tira cuchillos y un padre joyero que está de ella hasta los cojones. Y aunque después de decirles esto a ustedes les pudiera parecer que el libro tiene interés, acción, pasan cosas, no sé, algo, ya les digo yo que no. No pasa nada, no hay nada, es la nada. Es todo muy incongruente y todo muy lento, pesado y absurdo. Es una imbecilidad de libro, una mierda de tomo y lomo y una pérdida de tiempo. Vamos, que leyendo estas cosas, a una no le extraña el éxito del Candy Crush, francamente.

En la contraportada, la sinopsis de esta ofensa a la literatura nos dice que «es un finísimo análisis de la crisis de la entrada a la pubertad». Mentira podrida. Ni es análisis, ni tiene nada de finísimo, y en cuanto a la pubertad… Es como decir que si dices cua-cua haces un finísimo análisis de la elaboración del foigras. Bah. El libro es una sucesión de escenas y diálogos puestos al tuntún sin que nada avance. Para mí que pretende ser costumbrista, pero salvo que te acostumbras a bostezar cada dos párrafos, no le encuentro yo otra costumbre al texto. Por no hablar de todas las descripciones inútiles e inanes (y cursilísimas) con las que nos hace penar la autora, la típica farfolla de relleno a la que acuden los escritores pésimos que ni tienen nada que contar ni saben contarlo. En fin, cuando llegas al 50% te empiezas a saltar la farfolla, y luego te das cuenta de que no te pierdes nada y ya lees en diagonal todo, hasta los diálogos. Y en el 85% por fin se casa el hermano de una puñetera vez, y hacia el 98% meten a un amigo de Frankie en la cárcel y tú te alegras. Bueno, no te alegras de que lo metan en la cárcel, que a esas alturas ya te da todo lo mismo, sino que te alegras de estar a punto de terminar este esperpento.

En fin, son ustedes inteligentes, así es que no creo que haga falta que no les recomiende el libro. Pero por si acaso tienen dudas, pueden leer a mis compañeros del club en La mesa cero del Blasco, La originalidad perdidaa, en Lo Lo que lea la rubia y en la propia página del Club, donde está la opinión de Juanjo. El próximo libro, creo que para diciembre, será Ficciones, de Jorge Luis Borges.