Ficciones, de Borges

Ficciones - BorgesSe acaba el año y con él una nueva temporada del club de Lectura, que no sé yo si será la última. Si es así, se habrá acabado por todo lo alto: con un autor de fuste que trae de serie la correspondiente tortura. Pero yo esta vez me he librado, o mejor dicho, he librado.

Y es que me he librado porque no he leído el libro. Pues no, no he podido. No por falta de tiempo, no. No lo he leído porque Borges es un coñazo. Algo nivel Cortázar, pero a lo bestia. Conste que lo he intentado, no crean. Lo he intentado, pero no he podido.

Verán, Ficciones es un libro de cuentos y, aunque no venía con libro de instrucciones (rollo Rayuela), empecé como es lógico por el primero de ellos, que se llama (agárrense) Tlön, Uqbar, Orbis Tertius, supongo que para ir entrando en materia. Bueno, pues yo no soy capaz de explicarles de qué va. Diez páginas después de empezar seguía intentando entender qué coño quería contarme este señor. Pensar en empezarlo de nuevo para ver si me enteraba estaba hors de question, así es que, como es un libro de cuentos, me dije bueno, pues me salto este y me voy al siguiente. Y me fui al segundo cuento, que se llama Pierre Menard, autor del Quijote y que empieza así:

La obra visible que ha dejado este novelista es de fácil y breve enumeración. Son, por lo tanto, imperdonables las omisiones y adiciones perpetradas por Madame Henri Bachelier en un catálogo falaz que cierto diario cuya tendencia protestante no es un secreto ha tenido la desconsideración de inferir a sus deplorables lectores –si bien éstos son pocos y calvinistas, cuando no masones y circuncisos. Los amigos auténticos de Menard han visto con alarma ese catálogo y aun con cierta tristeza. Diríase que ayer nos reunimos ante el mármol final y entre los cipreses infaustos y ya el Error trata de empañar su Memoria… Decididamente, una breve rectificación es inevitable.

Bien. Podría haberles copiado el principio de lo de Tlör, pero prefiero que hagan ustedes el trabajo por su cuenta si tienen interés. Yo sólo sé que, llegada a este punto, me dije “que se lea a este tío su madre”, cerré el libro y hasta hoy, que se lo estoy contando.

No tengo ningún remordimiento y ninguna vergüenza por decir que Borges me parece un pelma, que yo no he sido capaz de leerme nada suyo y que cada vez que me lo he cruzado he pensado lo mismo: pretencioso, retorcido, incomprensible, pesado y cargante. Es… denso, Borges es denso. Y un poco intensito, eso también. ¿Les parece que es sacrílego lo que digo? Bueno, pues por ahí arriba también digo que a Cortázar no hay quien se lo dispare. Ahora llévenme a la hoguera: prefiero la pira que tenerme que leer algo de este autor.

Dice el prólogo que Ficciones es el libro más reconocido de Borges. Me lo creo. A mí no se me despinta ya en la vida. Y además a partir de ahora, si alguien me cita a Borges, le daré las gracias por la traducción y un abrazo por el resumen.

En fin, hace unos meses así hice un ejercicio literario que se llamaba “Yo versioné a Borges sin respeto”. Ya no voy a molestarme más en versionarlo, porque no me molestaré más en entenderlo. Me doy de baja de Borges definitivamente.

Como siempre, pueden leer a mis compañeros del club en La mesa cero del Blasco, La originalidad perdidaa, en Lo Lo que lea la rubia y en la propia página del Club, donde está la opinión de Juanjo. El próximo año será otro año.

 

 

 

 

Berta Isla, de Javier Marías

Berta IslaDespués de la decepción de los dos últimos libros de Javier Marías, en especial del último (del que hablé aquí y que para colmo se titulaba Así empieza lo malo), había llegado a temer que su escritura se hubiera echado a perder. No crean que es algo imposible en literatura, porque no siempre el talento mejora con el tiempo, y ya no digamos con las ventas. Pero mi fe en el autor de Tu rostro mañana es inquebrantable, así es que corrí a comprar su última novela, Berta Isla, que terminé de leer hace un par de semanas y sobre la que tenía pendiente este post. Y ya puedo respirar: mi querido y admirado Javier Marías ha vuelto.

Berta Isla es una novela muy de Marías, muy reconocible. Y no sólo porque te encuentras con Tupra y con el Profesor Wheeler, personajes suyos difíciles de olvidar. No sólo. También te encuentras con unos protagonistas profundos y atormentados, inteligentes, elegantes, con vidas en las que la palabra importa, hechos que no se pueden decir y no se dicen, situaciones que no pueden hacerse públicas y no se hacen, pasajes que no se pueden imaginar, aunque se imaginan. Y sobre todo te encuentras con su magnífica escritura.

Berta Isla es la mujer de Tomas Nevinson, su pareja desde la juventud. Tomas, de padres inglés y española, además de hablar perfectamente varios idiomas tiene un raro don para la imitación, y el destino le lleva a cruzarse con los servicios secretos británicos, que lo reclutan. Entonces empieza a vivir una doble vida, una de las cuales necesariamente debe ocultar. La trama se rompe cuando Nevinson desaparece. La ocultación en un lado y en el otro la certeza del no saber, la lealtad como obligación y como elección de vida, la desaparición sin muerte cierta que lleva al que espera al deseo y también a la inquietud de la reaparición, son ideas que van enhebrándose sin que el pulso de la narración se vea comprometido.

Marías cambia de voz de manera magistral (y encima nos lo explica antes de hacerlo), y así relata en tercera persona o nos deja oír a Berta mientras nos explica la historia, y no sabría decir yo cuál de las dos voces es más creíble. Él abre el mundo para que lo veas, y luego deja hablar a Berta para que la interpeles, pero sobre todo para que la creas.

En fin, es una novela formidable. Marías sitúa la historia entre los años 60 y 90, y se agradece. Tal como le leí decir en una entrevista, no puede imaginarse esta historia en el mundo actual, en donde un sesentón en bermudas le hace una foto con el móvil a un filete en un restaurante, o algo así venía a decir.  La historia de Berta Isla no es creíble en la realidad líquida en la que vivimos y por eso nos lleva a un pasado próximo, al pasado de Tu rostro mañana. O sea, a otro mundo: el mundo literario de Marías.

Léanlo.

Frankie y la boda, de Carson McCullers

Frankie y la bodaHoy, primero de octubre, toca reseña del Club de Lectura, este mes más tortura que nunca. Se nos había olvidado ya lo que era sufrir, pero este libro nos ha devuelto a esos tiempos en los que el pasar de páginas era un alivio seguido del sufrimiento de una nueva página y seguido de un nuevo alivio, y así hasta que llegaba el final. Una pesadez. Los porcentajes del kindle que caen lentos, lentos, lentos; que pasaba una mosca al vuelo y te distraes y hasta la envidias -mira, la pobre, que no sabe leer-; que suena el teléfono y alargas la llamada aunque fuera de Jazztel, todo por pegar hebra y no tener que volver al hilo del libro; que bajas al perro hasta cuatro veces en una tarde, para refrescarte la cabeza; que hasta te apuntas a ver la película alemana de TVE, que te parece infinitamente más interesante. Cualquier cosa, incluso el asunto catalán, es menos aburrido que este coñazo de Carson McCullers. Qué horror de libro.

¿Que de qué va? De nada, es una idiotez. A ver. Resulta que una niña de doce años tiene un hermano que se casa y está deseando que llegue el día de la boda para ir y que los recién casados la lleven con ellos por quiere mucho a su hermano y se quiere ir de casa. Y eso es todo. Realmente no pasa nada más, se lo juro. Todo el libro es eso: la niña dando la turra porque quiere ir a la boda.

La niña, la tal Frankie, es una rara, no se lava mucho, perdió la virginidad en algún episodio que no nos acaban de contar bien, le pega un botellazo a uno que quería ligar con ella o algo así, se queda pasmada viendo a un señor que lleva un mono en el hombro, y tiene una chacha negra a la que le tira cuchillos y un padre joyero que está de ella hasta los cojones. Y aunque después de decirles esto a ustedes les pudiera parecer que el libro tiene interés, acción, pasan cosas, no sé, algo, ya les digo yo que no. No pasa nada, no hay nada, es la nada. Es todo muy incongruente y todo muy lento, pesado y absurdo. Es una imbecilidad de libro, una mierda de tomo y lomo y una pérdida de tiempo. Vamos, que leyendo estas cosas, a una no le extraña el éxito del Candy Crush, francamente.

En la contraportada, la sinopsis de esta ofensa a la literatura nos dice que «es un finísimo análisis de la crisis de la entrada a la pubertad». Mentira podrida. Ni es análisis, ni tiene nada de finísimo, y en cuanto a la pubertad… Es como decir que si dices cua-cua haces un finísimo análisis de la elaboración del foigras. Bah. El libro es una sucesión de escenas y diálogos puestos al tuntún sin que nada avance. Para mí que pretende ser costumbrista, pero salvo que te acostumbras a bostezar cada dos párrafos, no le encuentro yo otra costumbre al texto. Por no hablar de todas las descripciones inútiles e inanes (y cursilísimas) con las que nos hace penar la autora, la típica farfolla de relleno a la que acuden los escritores pésimos que ni tienen nada que contar ni saben contarlo. En fin, cuando llegas al 50% te empiezas a saltar la farfolla, y luego te das cuenta de que no te pierdes nada y ya lees en diagonal todo, hasta los diálogos. Y en el 85% por fin se casa el hermano de una puñetera vez, y hacia el 98% meten a un amigo de Frankie en la cárcel y tú te alegras. Bueno, no te alegras de que lo metan en la cárcel, que a esas alturas ya te da todo lo mismo, sino que te alegras de estar a punto de terminar este esperpento.

En fin, son ustedes inteligentes, así es que no creo que haga falta que no les recomiende el libro. Pero por si acaso tienen dudas, pueden leer a mis compañeros del club en La mesa cero del Blasco, La originalidad perdidaa, en Lo Lo que lea la rubia y en la propia página del Club, donde está la opinión de Juanjo. El próximo libro, creo que para diciembre, será Ficciones, de Jorge Luis Borges.

Otelo, de William Shakespeare

De nuevo aquí estamos los incansables lectores del Club de Lectura con nuestra cita bimensual. Como anunciado en el post del primero de mayo, le toca el turno a Shakespeare, un autor al que no hace mucha falta presentar. Otelo, como todas sus tragedias, es una obra muy conocida, y una no tiene que leer el libro para conocer la historia más o menos, ni esperar al final para ver qué pasa. Sin embargo, yo no la había leído, y aquí vengo a glosarla.

Otelo es un noble militar al servicio del Dux de Venecia, a quien han confiado el ejército de la República para luchar contra los otomanos. Y también es un moro atractivo del que se ha enamorado Desdémona, una bellísima dama que no ha dudado en casarse con él a espaldas de su padre. Hubieran sido felices y hubieran comido perdices – sin su padre a la mesa, eso sí-, de no haber intervenido Yago, un joven veneciano que es un cabrón de mucho cuidado. El tal Yago está que fuma en pipa porque quería que le nombraran teniente del ejército a las órdenes de Otelo, pero sólo le han hecho alférez, así es que decide vengarse de todos, empezando por Otelo, siguiendo por Desdémona y terminando por Cassio, que es el teniente nombrado por el propio Otelo.

Pero Yago no va a vengarse ni a plantear batalla de manera noble, honrada, o con cierta hombría, sino que se dedicará a liar a unos y otros con engaños e insidias para que se vayan matando entre ellos. Así utiliza a Roberto, un pobre infeliz enamorado de Desdémona para sus marrullerías; así tiende a Cassio una trampa para que parezca que rebela a la ciudad y la pone en peligro; y así va inoculando con insinuaciones, medias verdades y claras mentiras los celos en Otelo. La tragedia se desencadena y cuando la verdad quiere aparecer ya no se la cree nadie. Así que allí se van matando los unos a los otros y para cuando la madeja se quiere desenredar, ya la cosa poco remedio tiene.

Se relaciona Otelo con los celos, y bien está. El hombre se vuelve completamente tarumba solo de pensar que le han coronado, pero ese pensamiento no viene de la nada, sino que está inducido por la mentira y por la prima hermana de los celos, que es la envidia: la envidia de Yago, mezclada con su bajeza moral y con su rencor. Lo que nos enseña Shakespeare es que los celos llevan a matar a quien más amas, pero también que la insidia y las palabras malintencionadas pueden convertir en un pelele a cualquier hombre y llevarlo a la locura, por inteligente y experimentado que sea.

Sobre la forma tengo que decir que tiene una prosa que no es fácil para un lector actual y poco acostumbrado a estos textos, que resultan algo ampulosos . Pero aunque leer teatro no es santo de mi devoción, porque lo sigo mal, creo que esta verano leeré el resto de tragedias que trae la edición que he manejado. ¿Qué quieren? ¡Es Shakespeare!

Como en otras ocasiones, podéis encontrar otras opiniones sobre el libro en La mesa cero del Blasco, La originalidad perdidaa, en Lo Lo que lea la rubia y en la propia página del Club, donde está la opinión de Juanjo. El próximo libro, para octubre, será Frankie y la boda, de Carson McCullers. Aquí estaremos.

Los vagabundos de la cosecha, de John Steinbeck

by Dorothea LangeEste que os comento hoy es el segundo libro del año del club de Lectura, elegido por mí, aunque en segunda tentativa. La primera era Germinal, de Emile Zola, pero tenía la desventaja de contar con casi 500 páginas. Entonces, entre saltarnos la regla de no más de 200 páginas o la de que el autor se hubiera muerto hace mucho, optamos por la segunda. Y de todos modos, ¡Steinbeck es Steinbeck! (grito igualmente aplicable a otros, por ejemplo ¡Galdós es Galdós!), y nunca defrauda.

Este librito, muy muy corto, pero también muy intenso, compendia siete reportajes que el autor escribió en el verano de 1936 para el San Francisco News. Son una denuncia de las condiciones de vida de los jornaleros de los campos de California de aquellos tiempos, unas condiciones hoy en día impensables. También lo eran entonces y de ahí los reportajes de Steinbeck.

Entre 1935 y 1938, unos 400.000 granjeros de Oklahoma, Nebraska, Kansas y el Oeste de Texas emigraron a California para cultivar los campos. No emigraron por gusto, ni por codicia, sino porque en los años precedentes unas tormentas de polvo seguidas de sequías, tornados y nevadas destruyeron no sólo sus cosechas, sino también sus campos. La mayoría había hipotecado sus tierras y sin poder pagar los préstamos ni poder arrendarlas, tuvieron que huir con sus familias y con lo puesto en sus viejos coches para poder comer.

…carracas desvencijadas cargadas de niños, sábanas sucias y peroles ennegrecidos por el fuego…

Los vagabundos de la cosechaEsta no es la crónica de una migración, sino más bien del recibimiento de una migración. En las primeras páginas, Steinbeck nos hace ver cómo las tierras de California necesitan a los jornaleros para explotar su tierra (su riqueza), y sin embargo, los reciben con odio y desconfianza, «con esa antipatía atávica del lugareño hacia el extraño». Antes que los americanos estuvieron los chinos, los filipinos, los japoneses, los mexicanos, gente que venía de otro país y que se organizó, o tiró los precios del jornal, y que por todo ello fueron igualmente expulsados. Ahora los nuevos vagabundos de la cosecha eran americanos, descendientes de los antiguos pioneros que habían conquistado y labrado la tierra de América, pero eso no les garantizaba unas condiciones dignas de vida y trabajo.

Steinbeck sólo recurre en un par de ocasiones a contarnos casos de familias concretas con nombres y apellidos, pero esto no le resta dramatismo ni gravedad a la narración. Algo de luz deja percibir cuando nos habla de las instalaciones construidas por el Gobierno federal, que devuelven parte de la dignidad a estos nuevos jornaleros. Pero la gran mayoría no vive en estos campamentos, ni tiene acceso a ningún subsidio por ser población itinerante. Viven en chabolas de cartón o de plástico, o en habitaciones de tres metros cuadrados alquiladas por la propia explotación, sin agua potable ni luz, sin acceso a la higiena básica ni a ningún servicio médico o sanitario, rodeados por guardias y matones, y cobrando salarios miserables con los que un padre de familia no puede mantener a su prole.

El libro se lee en un par de horas y enseña y explica lo que el propio Stenbeck desarrollaría después en Las uvas de la ira. Los vagabundos de la cosecha, sin ser una novela, contiene la misma verdad. Un buen libro, muy recomendable, que cuenta además con un buen puñado de fotografías de la época, la mayoría de Dorothea Lange, una de las cuales he elegido para ilustrar el post.

Como en otras ocasiones, podéis encontrar otras opiniones sobre el libro en La mesa cero del Blasco, La originalidad perdidaa, en Lo Lo que lea la rubia y en la propia página del Club, donde está la opinión de Juanjo. El próximo libro, para el primero de julio, será de Shakespeare, un autor muertísimo al que no contaremos las páginas. Aquí estaremos para contarlo.

Ejercicio de estilo

(Seguro que tú, lector, comprendes desde el principio del texto el sentido del ejercicio. Si no, léelo con esmero, incluyendo el penúltimo bloque: entonces fijo que deduces el intríngulis del texto).

El ejercicio que nos propone el profesor consiste en escribir un cuento siguiendo instrucciones de Georges Perec. Eso nos dijo el profesor, que lo citó en recuerdo del libro Ejercicios de estilo. En este libro, nos dice, Perec escribió el mismo cuento sirviéndose de cien estilos diferentes. Cien o un número próximo, no sé. Pero, mis queridos lectores, el libro en cuestión no es de Perec, sino de Queneu (¿se escribe Queneu? No lo recuerdo en este momento, luego lo consulto).

Este Queneu (después veré si decido escribir bien su nombre), es uno de los escritores que constituyeron el Oulipo, junto con Bens, Bergé, Lescure y otros. Este grupo, estudiosos del estilo y los experimentos retóricos, hicieron célebres muchos retos lingüísticos entreteniéndose con lo que describieron como inconvenientes o constricciones. Esto les sirvió como motivo de juego y les permitió ofrecer los pormenores de sus métodos entre el público. Pero este no es el ejercicio. El ejercicio consiste en escribir de nuevo el cuento con un estilo inédito. Voy, pues.

Resumiré el incidente del siguiente modo: un tipo sube en un bus y se enfurece porque otro hombre, por el impulso del motor, le dirige un golpe sin querer. El primero exhibe su enojo, como digo, pero no con mucho ímpetu. Y no surte ningún efecto, pues, entre murmullos, decide seguir en el bus e incluso se pone cómodo en un sitio próximo, desde donde se puede percibir que tiene un mosqueo de mil demonios.

Si quiero concluir el ejercicio propuesto, debo referir que el que ve el suceso (el que escribe) se encontró con el mismo señor del bus (el que entró en el bus y recibió el golpe) unos minutos después en un edificio donde se detienen los trenes con el fin de recoger productos o seres vivos. Los trenes sirven lo mismo en los dos supuestos, si bien los coches del tren son de distintos modelos y tienen diferente distribución. Pero no quiero perder el hilo, continúo con el cuento. El hombre del bus, vestido con un sobretodo por protegerse del viento y el frío, se juntó con un tercer hombre, desconocido, que le indicó con el dedo un botón del sobretodo. Y termino: tengo que decir en el texto el nombre con el que se conoce el edificio de los trenes. No es ningún misterio, pero yo les propongo descubrirlo por ustedes mismos: el nombre viene en recuerdo de uno de los siervos de Dios, un hombre con el que Jesús obró el prodigio de revivirlo después de muerto y que por eso le hicieron bendito.

Creo que es todo: en este punto puedo concluir el ejercicio. ¿Puedo?

Como digo en el principio de este suelto, el ejercicio que nos exige el profesor es de Queneu (seguro que no se escribe de este modo), si bien el profesor lo pidió de Perec. ¿De quien entonces me inspiro? Yo, queridos lectores, soy obediente y, como ven, hice lo de “Queneu”. ¿Debo poner tintes de Perec en el texto? ¡Eso intento!

Este escritor, Georges Perec, tiene un célebre ejercicio de estilo que usó en su libro El secuestro. Lo sugestivo de este libro no es el suceso de ficción que describe: lo difícil es que evitó poner “e” en todo el libro (ciento y pico folios). Y eso he hecho yo. Pero viniendo de donde vengo y viviendo donde vivo, no poner “e” en un texto no tiene ningún mérito. Entonces he elegido otro reto: he eludido escribir el primer signo de nuestro léxico, eligiendo términos y expresiones que no lo contienen.

Y por eso he ido y venido en el texto, (que por cierto es un rollo), ¡mil rodeos y giros he tenido que emprender con este puto ejercicio de estilo! En fin (suspiro), pobre “Queneu” y pobre Perec, espero que desde el cielo me perdonen. ¡Vive Dios que el ejercicio es difícil, coño!

A menos de cinco centímetros, de Marta Robles

A menos de cinco centímetros de Marta RoblesMarta Robles ha publicado recientemente su último libro y primera novela negra, A menos de cinco centímetros, y fue a dar una charla sobre la novela la semana pasada a Liberespacio, la maravillosa librería que mi amiga Zaida tiene en el barrio de Argüelles. Con ello, además, Marta Robles ha querido una vez más participar como protagonista de los eventos que organiza la Asociación Mujer y Liderazgo, AMYL, de la que fue presidenta otra buena amiga mía, Maitena. Y entre estas dos amigas —¿para qué quiero enemigos?—, decidieron encargarme animar el evento junto con otra compañera. ¿Y por qué me lo encargaron? Pues porque me quieren, me quieren muchísimo.

La novela cuenta el caso de un escritor del que se sospecha que ha asesinado a sus últimas amantes. A falta de femme fatal, el escritor juega el papel de homme fatal: atractivo, hombre de éxito, se le da igual de bien escribir libros que conquistar mujeres maduras. No hace rosquillas, ¡pero debería intentarlo! En sus brazos cae una bellísima mujer, mundana, cultivada, y con un pasado enigmático y triste. Pero el auténtico protagonista de la novela es Roures, un detective al que amas casi desde la primera página. Roures es un antiguo periodista de guerra, curtido y de vuelta de muchos horrores, engañado y desengañado, pero buen tipo, leal y noble. Ya tenemos el triángulo. Luego otros secundarios de fuste, como Prieto, un policía de bien, o Katia, la hija de una de las asesinadas que encarga el trabajo de investigación al detective. Y también está Isabel, un personaje inolvidable.

Estos personajes se pasean por una estructura sólida que mantiene el interés hasta el desenlace final, bastante inesperado. La prosa de Marta Robles, sin embargo, sí me la esperaba, porque yo ya la conocía de otro libro que escribió al alimón con Carmen Posadas, un libro muy divertido sobre las buenas maneras. En esta novela los personajes le permiten a Robles dejar perlas y frases redondas de las de anotar («imposible no seguirte sabiendo que caminas»), referencias literarias, diálogos inteligentes entre los personajes y algún que otro guiño al lector atento. Y un juego de voces que le permite trasladar tanta finura en escenas de sexo como brutalidad en pasajes de violencia espeluznantes.

La novela negra no es el santo de mi devoción porque casi siempre te deja un poso de inquietud. La novela negra necesita personajes cínicos y exige bajos fondos y, por regla general, la verdad que circula por debajo del asesinato es mucho más cruel que el propio crimen y nunca se resuelve deteniendo al asesino. Aquí este esquema se cumple a rajatabla, porque por debajo de la trama de intriga en la que se mueven los personajes se esconde una denuncia que trasciende al argumento. Marta Robles dispara contra asuntos tan sangrantes como es la trata de blancas, la violación como arma de guerra, la prostitución encubierta —o no tan encubierta—, el antisemitismo y el uso de la verdad como acto militante. O sea, una novela negra comme il faut.

Léanla, no se van a arrepentir.

Gatos ilustres, de Doris Lessing

Gatos, de Doris LessingEste libro de Doris Lessing es, como mínimo (estoy por decir como minino), un libro curioso. El título te lleva a pensar que se trata de una crónica de los gatos famosos de la historia, pero en absoluto trata de eso. He visto en otros sitios mencionar este libro con el título de Gatos distinguidos, y creo que sigue sin dar con la traducción de lo que originalmente la autora llamó Particularly cats, sin duda más acertado porque un gato siempre, siempre, es particular, en la acepción de único e individual.

Doris Lessing nos cuenta sus experiencias de vida con los gatos, desde su infancia en África a principios del siglo XX (vivió hasta los treinta años en lo que hoy es Zimbabue) hasta la actualidad londinense del libro, en 1967. Cuenta con mucha maestría algunas historias de gatos salvajes, en algunos casos crueles, otras tristes, y en ocasiones historias de las de meterse un puño en la boca y taparse la cara con la sábana. Pero siempre son historias muy interesantes y muy bien narradas.

La mayor parte del libro está dedicado a hablar de los dos gatos de la autora. Una gata gris medio siamesa, coqueta, presumida, exhibicionista y dominante y otra negra mucho más modesta, testaruda y formal. Y Lessing nos describe cómo estas gatas viven con ella y las relaciones de poder que establecen entre ellas, cómo reaccionan ante la maternidad y ante la vida en general, cómo se desenvuelven y establecen un vínculo casi familiar con la autora. Y aquí, amigos, es cuando uno percibe la enormidad de la escritura de Doris Lessing.

La autora pone toda su expresividad literaria al servicio de la observación de las dos gatas. Asombra la precisión de los detalles, la descripción elocuente de los comportamientos gatunos, cómo dibuja los gestos, las intenciones y las reacciones de estos animales tan enigmáticos. Lessing atrapa al lector construyendo dos personajes de novela y dotándolos de una personalidad compleja, completa, casi humana. Casi, porque Lessing deja en todo momento a las dos gatas en su sitio: son animales, no personas. Y de los animales, y de su admiración y vida con ellos, Lessing construye un gran relato.

«Sabía que no era el primer gato de la casa, que la gata gris mandaba. Pero como segunda gata tenía sus derechos, y los defendió. Nunca llegaron a pelearse físicamente. Libraron impresionantes duelos con los ojos. Cada una se situaba en un extremo de la cocina; ojos verdes y ojos amarillos mirándose de hito en hito…».

Y ahora el aviso a navegantes. Mucho cuidado si se encuentran este libro emboscado en alguna librería infantil porque NO es un libro para niños, aunque la cuidada edición, con unas maravillosas ilustraciones de Joana Santamans, pueda inducir a pensarlo. Tampoco es un libro para animalistas extremos, que se escandalizarán e indignarán mucho cuando lean que la autora reparte algún sopapo que otro a alguna de las gatas (muy merecido, por cierto). Es un libro a ratos duro, sí, pero entrañable, en el que prevalece el amor y el respeto hacia los animales y la admiración de la autora a los gatos. Un libro muy curioso, interesante, que se lee con mucho interés y que constituye, sobre todo, una magnífica lección de literatura.

Este post también ha sido publicado en El Buscalibros

La muerte de Ivan Illich, de León Tolstói

Ivan Illich TOLSTOI.jpgPues aquí estamos los miembros del Club de lectura otro año más, fieles a nuestra cita con vosotros para hablaros de los libros que nos imponemos leer. Este año repetimos el experimento del anterior con libros de autores muertos, a ser posible hace mucho, para que el tiempo haya hecho su primera criba. La segunda condición es que sean libros cortos, por si acaso. Ningún por si acaso en nuestro club está de más, ya lo sabéis vosotros, seguidores avisados.

Este primer libro del año es La muerte de Ivan Illich, del insigne León Tolstói, autor, como sabéis perfectamente, de clásicos de la literatura como Guerra y paz o Anna Karenina. No sé si nuestro libro del mes es el más cortito que hay de este autor pero no me extrañaría. Sin embargo, cuando Juanjo dijo Tolstoi, a mí me salió una cana pensando en el tocho que nos iba a tocar, pero no, ha sido breve. Y lo bue, si bre, dos ve bue. Vamos al libro.

La muerte de Ivan Illich cuenta la muerte de Ivan Illich, como el título indica. Y por si acaso no nos hemos creído lo que dice la portada, desde el primero de sus doce capítulos ya nos lo confirma: el funcionario Ivan Illich ha muerto y sus compañeros de profesión reciben la noticia mientras juegan a las cartas, sin poder evitar pensar en quién de entre ellos ocupará el puesto de juez que deja forzosamente vacante. Y tú esperas que la novela siga por ahí, pero no. En el segundo capítulo Tolstói da un giro de muñeca y empieza a contarnos la historia de Illich, y lo hace de forma lineal: padres, infancia, juventud, primeros trabajos, matrimonio de medio conveniencia, nacimiento de sus hijos, y finalmente, el traslado a una nueva ciudad que le permitirá salir del aburrimiento en el que se ha convertido su vida. Por lo demás, un hombre vulgar y corriente, tirando a apático, práctico y un poco sumiso:

“Era ya en la facultad lo que sería en el resto de su vida: capaz, alegre, benévolo y sociable, aunque estricto en el cumplimiento de lo que consideraba su deber; y, según él, era deber todo aquello que sus superiores jerárquicos consideraban como tal”

“En el cargo de juez de instrucción… se ganó el respeto general y supo separar sus deberes judiciales de lo atinente a su vida privada”

“Los deleites de su trabajo oficial eran deleites de la ambición; los deleites de su vida social eran deleites de la vanidad.” (esta frase me encantó)

En la nueva ciudad, preparando la nueva casa donde va a vivir, Ivan Illich se cae de una escalera, se da un golpe en un costado y a partir de ahí ya no levanta cabeza. Cae en una enfermedad extraña que ningún médico es capaz de curar y finalmente muere. Su enfermedad y muerte ocupan dos tercios del libro (desde el capítulo cuatro), y así como la primera parte se hace muy distraída y los capítulos dedicados al principio de la enfermedad logran mantener la intriga (la intriga de cuál es la dolencia, porque tú, lector, ya sabes que muere), hacia el final la novela decae y se convierte en un texto un poco pesado y reiterativo. Pero, en general, se lee con mucho gusto (si uno supera la falta de afecto que provoca Illich, que es un poco quejica y un flojo).

Es precisamente la parte final de la novela lo que constituye, si leéis la nota de la editorial, el nudo del relato: Ivan Illich se lamenta, cuando se sabe condenado a muerte, de la inutilidad de su vida y de la irreversibilidad del tiempo. Parece ser éste el quid de la questión, aunque no estoy yo tan segura de esto, porque al mismo tiempo que se lamenta, también Illich se pregunta cómo debería haber vivido la única vida de la que ha dispuesto sin poder responderse¹. Me parece más un hombre que se rinde demasiado pronto, que no sabe luchar o, mejor dicho, que no tiene ningún motivo que le empuje a ello.

Con todo, me parece una buena novela y me ha gustado, desde luego. Qué quieren: es Tolstoi. Su final (“Este es el fin de la muerte. La muerte no existe”) es de una contundencia fabulosa. Dicho esto también os diré que he tenido la suerte de manejar una edición que trae otra novela más de Tolstói, Jadzhi Murat, más larga pero infinitamente más entretenida: la historia de un guerrero del Cáucaso en lucha contra los rusos. Esta novela ya no os la cuento, que no toca, pero la recomiendo vivamente, casi casi con euforia.

Como en otras ocasiones, podéis encontrar otras opiniones sobre el libro en La mesa cero del Blasco, La originalidad perdida, en Lo que lea la rubia y en la propia página del Club, donde está la opinión de Juanjo. Ellos ya habrán publicado: yo hoy llego tarde por un despiste espero que perdonable. A ver cómo seguimos el año y si sigue la buena racha. Esperemos que así sea.

¹ Ivan Illich, al empezar su vida profesional, se hace grabar en su reloj el lema respice finem (piensa en el final).

Fernando Torres, «El Niño»: Mis mejores momentos viñeta a viñeta, de Fernando Torres y Jorge Crespo

fernando-torres-el-nin%cc%83o-libroOs recuerdo: soy madridista y tengo más de doce años. Y os lo recuerdo porque aquí me tenéis reseñando una autobiografía de Fernando Torres para niños ilustrada con viñetas de un colchonero que colabora en El Mundo Deportivo. Sí, yo también me he preguntado varias veces por qué, e incluso he llegado a decir en voz alta eso de «Señor, llévame pronto». Pero ya no lo diré más porque, una vez que me he tragado este petardo, creo que podré sobrevivir a todo y no es cosa de hacerle perder el tiempo a nadie, y menos a Dios.

En efecto, este es un libro para seguidores incondicionales del Atlético de Madrid, que es tanto como decir seguidores incondicionales de Fernando Torres. Un símbolo, un emblema, un modelo y el epítome y encarnación del club centenario. Un tipo que, si seguimos a Dani Martín en el prólogo, «tiene una luz que brilla con una fuerza característica». Nos quedamos sin saber si la característica es el Sol, el led de un semáforo o si es una luciérnaga hasta que en la primera viñeta nos aclaran que fue un rayo que, ¡fum!, entró en la sala de partos cuando él nació (sin que hubiera ventanas). Que sepan ustedes que si no abandoné el libro al leer esto es porque enseguida te explican que «ser del Atleti es caerse y levantarse y seguir luchando». Y yo no iba a ser menos, Hala Madrid. Lo que sí hice fue olvidarme de las viñetas y atender a los textos, que al menos tienen un pase.

Lo raro que tiene el mundo editorial no es que te encuentres con biografías de deportistas, sino que algunas de ellas estén escritas cuando el personaje sólo tiene veinticinco años. En nuestro caso «el niño» ya tiene treinta y dos, pero da igual: sigue sin tener gran cosa que contar. Claro que no sabría yo decir si es porque es del Atleti o a pesar de ello… Así que tratan de alargarlo empezando desde el nacimiento, que convierten en una peripecia casi sobrenatural, y luego siguen con las naderías: que a los dos años ya daba patadas a un balón (como cualquier niño), que a los cinco jugaba en un equipillo de barrio en Fuenlabrada (como cualquier niño de Fuenlabrada), que por ganar les daban una bolsa gigante de patatas fritas (como a cualquier niño sin miedo al sobrepeso), y que a los nueve le llevaron a visitar la sala de trofeos del Atlético (como a cualquier niño sin miedo… a nada). En fin, si consigues sobrevivir al relato de su infancia ya te queda menos para convertirte en seguidor del Atleti. Porque, amigos, la frase «ser del Atleti es caerse y seguir luchando» tiene un corolario que es el siguiente: «El resultado final no es lo único que cuenta». ¿Ya he dicho que el libro está escrito en primera persona? En fin, si lo de menos es el resultado, habrá que tararear a Sabina, que siempre viene bien:

Qué manera de aguantar, qué manera de sufrir, que manera de… escribir.

Algunas cositas se salvan, todo hay que decirlo. Cuando cuenta que le hizo seguidor del Atleti su abuelo y los capítulos en los que le recuerda con mucha ternura merecen un gran respeto. También algunas reflexiones sobre la fama, antes y después de tenerla, tienen su punto de curiosidad. Habla, claro, de su paso por el Liverpool, un club emblemático del que salió malamente, pero del que habla con cariño aunque rechazara tatuarse eso de You’ll never walk alone (me pregunto si llevará un tattoo que ponga «yo me voy al Manzanares»). Y sorprende la confesión cuando dice que si pudo progresar en sus inicios fue, probablemente, debido a que el Atleti estaba entonces en Segunda División. ¡Dios mío, espero que el Madrid se olvide cuanto antes de la cantera!

Otra de las cosas salvables es que elige bien las anécdotas, y esto lo digo sin ironía: cuando recuerda la compra de su primer neceser para su primer viaje con el equipo, o cuando pudo ir a un centro comercial con su familia a cenar sin que le conociera nadie después de su debut en el Calderón. Por cierto, sobre su familia, yo les agradezco que hayan evitado que su hijo se convierta en un cretino como tantos otros futbolistas. Ahora, que si no es mucho pedir, también les hubiera agradecido que le obligaran un poco más con la literatura.

La parte futbolística es de sobra conocida por cualquier aficionado, no digamos si eres del Atleti, y por eso creo que carece de interés, porque es algo que se puede encontrar en la Wiki o en cualquier periodicucho deportivo con ocasión de algún remate de cabeza que acabe en gol. Suponiendo que te interese un poco, claro. Mucho más jugoso, sin embargo, es cuando habla de sus peinados o de sus manías, o cuando te cuenta que se hizo delantero un día que se puso de portero y le saltaron los piños de un balonazo. Y desde luego te deja pensativa que un tipo que ha ganado dos Eurocopas, un Mundial y una Champions considere un triunfo haber salido en los Guiñoles, en 7 Vidas y en Torrente. Claro que si todavía no ha ganado una liga con el Atleti pensará que con algo similar tendrá que conformarse.

Con todo, debo decir que Fernando Torres es un chaval que cae bien (y no sólo sobre el césped, unas cincuenta veces en cada partido). Y si no te cae bien cambiarás de opinión cuando te habla de su colaboración con enfermos de ELA y sus labores solidarias en general. Se le nota bien nacido al leer su admiración hacia Luis Aragonés y también bien educado cuando es respetuoso, y hasta cariñoso, con otros jugadores, algunos de ellos madridistas emblemáticos. No así con Couto, que le hizo algunas entradas y se las devuelve en forma de capítulo yo creo que irrelevante. Y, en fin, lo que me confirma que es un tipo que tiene algo en la cabeza es cuando le leo decir esto sobre el Atleti: «Los clubes que prefieren el mal del adversario al bien propio viven muy a la sombra del éxito». Una enseñanza sabia, y no sólo futbolera, porque es aplicable en muchas otras cosas de la vida.

En fin, amiguito mío, si eres del Atleti y tienes menos de doce años, este es tu libro, no busques más. Eso sí, ya te advierto que igual encuentras las viñetas algo infantiles. Y si eres el padre, puedes comprárselo a tu hijo sin dudarlo porque sólo recibirá de él enseñanzas la mar de educativas y beatíficas: nada de drogas (Torres no es Maradona), ni de sexo (Torres no es De Gea), ni de alcohol (Torres no es Gascoigne), ni de oscuros chantajes (Torres no es Benzema), ni siquiera nada de cámaras isobáricas (Torres no es Raúl), ni, por supuesto, ninguna sofisticación fuera de lo corriente (¡Torres no es Beckham!). Y no temas, que no hay nada que temer: finalmente, ser del Atleti no es lo peor por lo que se puede sufrir en la vida.

Un libro para hinchas del Atleti, y en especial para admiradores de Fernando Torres, «El Niño», ilustrado con viñetas dialogadas. Ya viene coloreado.

 

Publiqué esta entrada, ligeramente adaptada, en El Buscalibros en junio de 2016