La muerte de Ivan Illich, de León Tolstói

Ivan Illich TOLSTOI.jpgPues aquí estamos los miembros del Club de lectura otro año más, fieles a nuestra cita con vosotros para hablaros de los libros que nos imponemos leer. Este año repetimos el experimento del anterior con libros de autores muertos, a ser posible hace mucho, para que el tiempo haya hecho su primera criba. La segunda condición es que sean libros cortos, por si acaso. Ningún por si acaso en nuestro club está de más, ya lo sabéis vosotros, seguidores avisados.

Este primer libro del año es La muerte de Ivan Illich, del insigne León Tolstói, autor, como sabéis perfectamente, de clásicos de la literatura como Guerra y paz o Anna Karenina. No sé si nuestro libro del mes es el más cortito que hay de este autor pero no me extrañaría. Sin embargo, cuando Juanjo dijo Tolstoi, a mí me salió una cana pensando en el tocho que nos iba a tocar, pero no, ha sido breve. Y lo bue, si bre, dos ve bue. Vamos al libro.

La muerte de Ivan Illich cuenta la muerte de Ivan Illich, como el título indica. Y por si acaso no nos hemos creído lo que dice la portada, desde el primero de sus doce capítulos ya nos lo confirma: el funcionario Ivan Illich ha muerto y sus compañeros de profesión reciben la noticia mientras juegan a las cartas, sin poder evitar pensar en quién de entre ellos ocupará el puesto de juez que deja forzosamente vacante. Y tú esperas que la novela siga por ahí, pero no. En el segundo capítulo Tolstói da un giro de muñeca y empieza a contarnos la historia de Illich, y lo hace de forma lineal: padres, infancia, juventud, primeros trabajos, matrimonio de medio conveniencia, nacimiento de sus hijos, y finalmente, el traslado a una nueva ciudad que le permitirá salir del aburrimiento en el que se ha convertido su vida. Por lo demás, un hombre vulgar y corriente, tirando a apático, práctico y un poco sumiso:

“Era ya en la facultad lo que sería en el resto de su vida: capaz, alegre, benévolo y sociable, aunque estricto en el cumplimiento de lo que consideraba su deber; y, según él, era deber todo aquello que sus superiores jerárquicos consideraban como tal”

“En el cargo de juez de instrucción… se ganó el respeto general y supo separar sus deberes judiciales de lo atinente a su vida privada”

“Los deleites de su trabajo oficial eran deleites de la ambición; los deleites de su vida social eran deleites de la vanidad.” (esta frase me encantó)

En la nueva ciudad, preparando la nueva casa donde va a vivir, Ivan Illich se cae de una escalera, se da un golpe en un costado y a partir de ahí ya no levanta cabeza. Cae en una enfermedad extraña que ningún médico es capaz de curar y finalmente muere. Su enfermedad y muerte ocupan dos tercios del libro (desde el capítulo cuatro), y así como la primera parte se hace muy distraída y los capítulos dedicados al principio de la enfermedad logran mantener la intriga (la intriga de cuál es la dolencia, porque tú, lector, ya sabes que muere), hacia el final la novela decae y se convierte en un texto un poco pesado y reiterativo. Pero, en general, se lee con mucho gusto (si uno supera la falta de afecto que provoca Illich, que es un poco quejica y un flojo).

Es precisamente la parte final de la novela lo que constituye, si leéis la nota de la editorial, el nudo del relato: Ivan Illich se lamenta, cuando se sabe condenado a muerte, de la inutilidad de su vida y de la irreversibilidad del tiempo. Parece ser éste el quid de la questión, aunque no estoy yo tan segura de esto, porque al mismo tiempo que se lamenta, también Illich se pregunta cómo debería haber vivido la única vida de la que ha dispuesto sin poder responderse¹. Me parece más un hombre que se rinde demasiado pronto, que no sabe luchar o, mejor dicho, que no tiene ningún motivo que le empuje a ello.

Con todo, me parece una buena novela y me ha gustado, desde luego. Qué quieren: es Tolstoi. Su final (“Este es el fin de la muerte. La muerte no existe”) es de una contundencia fabulosa. Dicho esto también os diré que he tenido la suerte de manejar una edición que trae otra novela más de Tolstói, Jadzhi Murat, más larga pero infinitamente más entretenida: la historia de un guerrero del Cáucaso en lucha contra los rusos. Esta novela ya no os la cuento, que no toca, pero la recomiendo vivamente, casi casi con euforia.

Como en otras ocasiones, podéis encontrar otras opiniones sobre el libro en La mesa cero del Blasco, La originalidad perdida, en Lo que lea la rubia y en la propia página del Club, donde está la opinión de Juanjo. Ellos ya habrán publicado: yo hoy llego tarde por un despiste espero que perdonable. A ver cómo seguimos el año y si sigue la buena racha. Esperemos que así sea.

¹ Ivan Illich, al empezar su vida profesional, se hace grabar en su reloj el lema respice finem (piensa en el final).

Fernando Torres, «El Niño»: Mis mejores momentos viñeta a viñeta, de Fernando Torres y Jorge Crespo

fernando-torres-el-nin%cc%83o-libroOs recuerdo: soy madridista y tengo más de doce años. Y os lo recuerdo porque aquí me tenéis reseñando una autobiografía de Fernando Torres para niños ilustrada con viñetas de un colchonero que colabora en El Mundo Deportivo. Sí, yo también me he preguntado varias veces por qué, e incluso he llegado a decir en voz alta eso de «Señor, llévame pronto». Pero ya no lo diré más porque, una vez que me he tragado este petardo, creo que podré sobrevivir a todo y no es cosa de hacerle perder el tiempo a nadie, y menos a Dios.

En efecto, este es un libro para seguidores incondicionales del Atlético de Madrid, que es tanto como decir seguidores incondicionales de Fernando Torres. Un símbolo, un emblema, un modelo y el epítome y encarnación del club centenario. Un tipo que, si seguimos a Dani Martín en el prólogo, «tiene una luz que brilla con una fuerza característica». Nos quedamos sin saber si la característica es el Sol, el led de un semáforo o si es una luciérnaga hasta que en la primera viñeta nos aclaran que fue un rayo que, ¡fum!, entró en la sala de partos cuando él nació (sin que hubiera ventanas). Que sepan ustedes que si no abandoné el libro al leer esto es porque enseguida te explican que «ser del Atleti es caerse y levantarse y seguir luchando». Y yo no iba a ser menos, Hala Madrid. Lo que sí hice fue olvidarme de las viñetas y atender a los textos, que al menos tienen un pase.

Lo raro que tiene el mundo editorial no es que te encuentres con biografías de deportistas, sino que algunas de ellas estén escritas cuando el personaje sólo tiene veinticinco años. En nuestro caso «el niño» ya tiene treinta y dos, pero da igual: sigue sin tener gran cosa que contar. Claro que no sabría yo decir si es porque es del Atleti o a pesar de ello… Así que tratan de alargarlo empezando desde el nacimiento, que convierten en una peripecia casi sobrenatural, y luego siguen con las naderías: que a los dos años ya daba patadas a un balón (como cualquier niño), que a los cinco jugaba en un equipillo de barrio en Fuenlabrada (como cualquier niño de Fuenlabrada), que por ganar les daban una bolsa gigante de patatas fritas (como a cualquier niño sin miedo al sobrepeso), y que a los nueve le llevaron a visitar la sala de trofeos del Atlético (como a cualquier niño sin miedo… a nada). En fin, si consigues sobrevivir al relato de su infancia ya te queda menos para convertirte en seguidor del Atleti. Porque, amigos, la frase «ser del Atleti es caerse y seguir luchando» tiene un corolario que es el siguiente: «El resultado final no es lo único que cuenta». ¿Ya he dicho que el libro está escrito en primera persona? En fin, si lo de menos es el resultado, habrá que tararear a Sabina, que siempre viene bien:

Qué manera de aguantar, qué manera de sufrir, que manera de… escribir.

Algunas cositas se salvan, todo hay que decirlo. Cuando cuenta que le hizo seguidor del Atleti su abuelo y los capítulos en los que le recuerda con mucha ternura merecen un gran respeto. También algunas reflexiones sobre la fama, antes y después de tenerla, tienen su punto de curiosidad. Habla, claro, de su paso por el Liverpool, un club emblemático del que salió malamente, pero del que habla con cariño aunque rechazara tatuarse eso de You’ll never walk alone (me pregunto si llevará un tattoo que ponga «yo me voy al Manzanares»). Y sorprende la confesión cuando dice que si pudo progresar en sus inicios fue, probablemente, debido a que el Atleti estaba entonces en Segunda División. ¡Dios mío, espero que el Madrid se olvide cuanto antes de la cantera!

Otra de las cosas salvables es que elige bien las anécdotas, y esto lo digo sin ironía: cuando recuerda la compra de su primer neceser para su primer viaje con el equipo, o cuando pudo ir a un centro comercial con su familia a cenar sin que le conociera nadie después de su debut en el Calderón. Por cierto, sobre su familia, yo les agradezco que hayan evitado que su hijo se convierta en un cretino como tantos otros futbolistas. Ahora, que si no es mucho pedir, también les hubiera agradecido que le obligaran un poco más con la literatura.

La parte futbolística es de sobra conocida por cualquier aficionado, no digamos si eres del Atleti, y por eso creo que carece de interés, porque es algo que se puede encontrar en la Wiki o en cualquier periodicucho deportivo con ocasión de algún remate de cabeza que acabe en gol. Suponiendo que te interese un poco, claro. Mucho más jugoso, sin embargo, es cuando habla de sus peinados o de sus manías, o cuando te cuenta que se hizo delantero un día que se puso de portero y le saltaron los piños de un balonazo. Y desde luego te deja pensativa que un tipo que ha ganado dos Eurocopas, un Mundial y una Champions considere un triunfo haber salido en los Guiñoles, en 7 Vidas y en Torrente. Claro que si todavía no ha ganado una liga con el Atleti pensará que con algo similar tendrá que conformarse.

Con todo, debo decir que Fernando Torres es un chaval que cae bien (y no sólo sobre el césped, unas cincuenta veces en cada partido). Y si no te cae bien cambiarás de opinión cuando te habla de su colaboración con enfermos de ELA y sus labores solidarias en general. Se le nota bien nacido al leer su admiración hacia Luis Aragonés y también bien educado cuando es respetuoso, y hasta cariñoso, con otros jugadores, algunos de ellos madridistas emblemáticos. No así con Couto, que le hizo algunas entradas y se las devuelve en forma de capítulo yo creo que irrelevante. Y, en fin, lo que me confirma que es un tipo que tiene algo en la cabeza es cuando le leo decir esto sobre el Atleti: «Los clubes que prefieren el mal del adversario al bien propio viven muy a la sombra del éxito». Una enseñanza sabia, y no sólo futbolera, porque es aplicable en muchas otras cosas de la vida.

En fin, amiguito mío, si eres del Atleti y tienes menos de doce años, este es tu libro, no busques más. Eso sí, ya te advierto que igual encuentras las viñetas algo infantiles. Y si eres el padre, puedes comprárselo a tu hijo sin dudarlo porque sólo recibirá de él enseñanzas la mar de educativas y beatíficas: nada de drogas (Torres no es Maradona), ni de sexo (Torres no es De Gea), ni de alcohol (Torres no es Gascoigne), ni de oscuros chantajes (Torres no es Benzema), ni siquiera nada de cámaras isobáricas (Torres no es Raúl), ni, por supuesto, ninguna sofisticación fuera de lo corriente (¡Torres no es Beckham!). Y no temas, que no hay nada que temer: finalmente, ser del Atleti no es lo peor por lo que se puede sufrir en la vida.

Un libro para hinchas del Atleti, y en especial para admiradores de Fernando Torres, «El Niño», ilustrado con viñetas dialogadas. Ya viene coloreado.

 

Publiqué esta entrada, ligeramente adaptada, en El Buscalibros en junio de 2016

Pepita Jiménez, de Juan de Valera

pepita-jimenezTerminamos un año más del languideciente Club de lectura con el disfrute de un libro maravilloso propuesto por Paula. No sé si al año que viene seguiremos con el club o ya nos daremos por vencidos, aunque el año no ha estado nada mal. Dickens, Maquiavelo, Jonathan Swift, John Williams y ahora Juan Valera hace pensar que hemos ido a lo seguro, sólo poniendo dos condiciones: que el autor estuviera muerto y por lo tanto que su obra haya pasado la criba del tiempo; y que los libros no fueran demasiado largos, por si acaso se nos hacía bola. Este por si acaso es muy importante en este club, no crean. No me olvido del libro que eligió la madre de Paula y anfitriona de una estupenda comida las pasadas navidades, que propuso un extraño libro, La gran migración, de Hans Enzensberger, que luego resultó la mar de interesante. Y coronamos el año para mi gusto con el mejor de todos, un libro de los que ya no se escriben.

Se le nota a Juan Valera la pluma de poeta. Y también la buena mano para escribir cartas. En Pepita Jiménez, un narrador nos cuenta que el señor dean de la catedral de … murió y  dejó entre sus papeles un legajo compuesto de unas cartas y una parte narrada (los paralipómenos), y que en conjunto parece una novela, aunque con poco o ningún enredo. Así es que nuestro narrador se decide a publicarlas, aunque cambiando nombres y lugares, porque le parece una historia que tiene interés.

La historia es la de Luis de Vargas, un seminarista de veintidós años que, antes de tomar los votos, va a pasar con su padre una temporada al pueblo del que salió de niño y del que ahora el padre es cacique. Y allí conoce a Pepita Jiménez, una guapa mujer de veinte años, de origen pobre que ha estado casada con un octogenario que le dejó una fortuna al morir. El padre, viudo y todavía de buen ver, pretende a Pepita, aunque esto no es lo que tiene interés. Lo que tiene interés es que, y esto se ve venir desde casi las primeras páginas, Luis de Vargas se enamora de Pepita. ¿Pero él no iba a tomar los votos y a hacerse cura, o monje cartujo o se iba a ir a catequizar a los negritos de Monicongo? Pues sí, y ahí está la cosa.

El libro es un folletín, un relato de amores decimonónicos, una historia romántica con desmayos, duelos, requiebros y sofocones de amor total de esos que no te dejan comer ni dormir. Una historia bien bonita, escrita con una prosa musical que da gusto leer. Un libro encantador que merece su lugar de honor entre las obras clave de la literatura española.

El lenguaje es muy poético aunque no es sofisticado, pero he anotado algunas palabras bien chulas de las de mirar en el diccionario a ver qué significaban. Aquí os dejo algunas: Eutrapelia, candiotera, binar los majuelos, timbirimba, chalanes, jamugas, inficionar, coracha, disciplinazos, ternes, túrdigas, zahareña, pateta, mengue, pelgar, corambre, zanguango, empecatada, supiripandos (que no viene en el diccionario, aunque creo que es una variación ingeniosa de suripanta), sin decir oxte ni moxte, zarandillo, enjalbiego, plectro, hacerse de pencas, cendales, daifa, amostazaba, recoveros, alifafes, estezado, epitalamio, gajorros. También (lo juro) he encontrado un “remonísima” que me resultó de lo más chocante. Y por último, os dejo una frase de la criada de Pepita Jiménez referida al seminarista que no tiene desperdicio:

“¡Anda, fullero de amor, indinote; maldecido seas; malos chuqueles te tagelen el dupro, que has puesto enferma a la niña, y con tus retrecherías la estás matando!”

Una maravilla de libro, de los que ya no se escriben. Leedlo, que no os arrepentiréis.

Como en otras ocasiones, tenéis otras opiniones sobre el libro en La mesa cero del Blasco, La originalidad perdida, en Lo que lea la rubia y en la propia página del Club, donde está la opinión de Juanjo. A ver cómo seguimos al año que viene, y si sigue la buena racha. Esperémoslo.

Butchers Crossing, de John Williams

Hoy toca publicar la reseña del languideciente Club de Lectura, que este año nos pide pan una vez cada dos meses. El mítico sufrimiento de este club parece atenuarse con la falta de frecuencia, pero cuando pega, lo hace de lo lindo. Para muestra el libro que vengo a comentar. John Williams, según la editorial, se encuentra entre Melville y Cormac McCarthy, lo que es tanto como decir que todos los caminos conducen a Roma. Yo no sé de dónde se han sacado esa comparación. En mi humilde opinión, el estilo de escritura de John Williams está más bien entre Pedro J. Ramírez y Christian Gálvez, por lo farragoso, enrevesado, cursi y pesado. Esto y unas descripciones que pretenden ser tan ajustadas y detallistas que al final te pierdes. Un horror.

La historia es la de un joven de Boston de mediados del siglo XIX, Will Andrews, que al terminar sus estudios en la universidad decide ir al Oeste a vivir una aventura. El porqué no sé si está muy bien explicado al principio del libro, porque el principio del libro es INSOPORTABLE. Vean cómo nos describe su llegada en la diligencia:

…a medida que las pequeñas ruedas del carromato entraban y salían de las roderas dejadas por carros más pesados, la carga amarrada en el centro y protegida por una lona se iba moviendo, las cortinas laterales, subidas, golpeaban las varas de nogal que sostenían el techo de listones y lona, y el solitario pasajero sentado al fondo tenía que apuntalarse contra las delgadas tablas de los lados, con una mano apoyada en el duro banco forrado de cuero y la otra aferrada a uno de los lisos palos de nogal hincados en zócalos de hierro sujetos a las tablas laterales…

Yo leo esto y me digo que me acaban de llenar los ojos de paja y que es una verdadera lástima que el solitario pasajero no hubiera dejado resbalar una de sus blancas manos por las lisas tablas de nogal laterales para darse un sobrenatural y mortífero pescozón contra el duro suelo del liviano carromato que circulaba a mediana velocidad y así acabar su efímera vida de joven bostoniano entre las roderas intermediadas de fino barro del oeste mientras exclamaba con voz estentórea bullshit de la pena mora. Qué horror.

En fin, la aventura del joven Will Andrews consistirá en irse a cazar bisontes, los últimos bisontes, con un grupo formado por un cazador experimentado, duro y honesto, que te imaginas más como un Clint Eastwood locuaz que como un John Wayne taciturno. Hay otro vaquero borrachuzo que se ha vuelto loco después de que se le congelaran las manos y un tercero que va para despellejar a los bisontes y que es un cenizo y un agonías. Y nuestro Will, claro, que se va de excursión para hacerse un hombre, pero que tiene pinta de estar siempre a punto de decir aquello de “Dr. Livingstone, supongo”. Cuatro patas para un banco, que diría mi abuela, aunque en realidad se trata de mostrar al héroe fuerte, al antihéroe cobarde y al observador que te lo cuenta. Bueno, y luego está el borrachín desvalido que actúa como el gato de Schroedinger, pero en voluntarioso.

La expedición es difícil, porque tienen que irse hasta las montañas de Colorado, a un lugar todavía por explorar en donde, si les cae el invierno, las posibilidades de salir vivos son escasas. Pero es que en las montañas todavía quedan bisontes, y por tanto pieles y cueros, y por tanto, dinero. O sea, que no es ir pa’ na’.  Y como están solos, ya que nadie conoce ese lugar, podrán hacer una carnicería a sus anchas, sin temor a que los interrumpan. Y aquí es donde una se solidariza con los bisontes hasta el Pacma y más allá, y sigue leyendo para ver cómo la justicia poética cae sobre estos hombres, aunque el tontainas de Will se salve de todo menos de la cursilería.

La novela es la narración del fin de una época que acaba con el fin de los bisontes y la llegada del ferrocarril y los cambios de costumbres en el viejo oeste. Y debo decir que a mitad del libro, mas o menos, me enganché con la historia y me gustó (la historia), a pesar de ese estilo insoportable del autor al que habría que multar por escribir tan horrorosamente. Es un crimen que se ponga a describirte cómo se hace un vivac en medio de una tormenta de nieve, o cómo se despelleja a un bisonte, o cómo se calma a un caballo, con tal profusión de adjetivos y de detalles tontos que consiguen sincopar la narración hasta hacerla incomprensible. Es una forma de escribir que me resulta muy irritante y que me acaba enfadando y que me obliga a no recomendar este libro si tienen algo mejor que leer.

Como en otras ocasiones, tienen más opiniones sobre este libro en La mesa cero del Blasco, La originalidad perdida, en Lo que lea la rubia y en la propia página del Club, donde encontrarán la opinión de Juanjo. Hasta enero, que reseñaremos Pepita Jiménez, de Juan Valera. Y que viva el ritmo.

La tierra que pisamos, de Jesús Carrasco

la-tierra-que-pisamosJesús Carrasco nos habla, como lo hacía en su primera novela, Intemperie, de la hostilidad de la tierra, de su dureza, de su crueldad. Pero si en Intemperie era la tierra misma, era el campo reseco y estéril el que tomaba el protagonismo, en esta nueva novela nos habla de una tierra paciente e inanimada que acoge la violencia elaborada por los hombres y que conserva las raíces a pesar de que un invasor se afane por aplastarlas.

La tierra que pisamos es una fabulación, una historia inventada, una novela de ficción histórica, un qué hubiera pasado si, una ucronía. En la novela, un imperio tiránico que se parece mucho a Alemania — aunque no se cita el país — , ha invadido España y la ha anexionado como parte del imperio. Las tierras sometidas son sistemáticamente expoliadas en beneficio de una raza, una patria, una nación superior que no duda en construir su hegemonía sobre la sangre y el dolor de los otros, de los conquistados.

Eva Holman es una mujer de la clase dirigente del imperio que vive su retiro en un pueblo de Extremadura junto a su marido, un militar de alta graduación entrado en la vejez y la demencia. Un buen día encuentra en su jardín a un hombre extraño, un mendigo, un indígena que no habla, ni pide, ni mira ni atiende. Y Eva nos cuenta cómo ese hombre, convertido en un guiñapo, le hará cambiar su percepción de sí misma, del imperio al que pertenece, y le hará comprender el horror de sus propias certezas. Porque esas certezas no incluían las penalidades y el trato cruel e inhumano de los campos de trabajo, no incluía la bestialidad del exterminio de pueblos enteros.

«Jamás pensé entonces que tendría que vivir un momento como este. Asistir a la voladura de mis propias certezas, que no eran muchas, pero sí firmes […] Y la patria, aquel sustento, con sus mitos y sus heroicos próceres. Pura morfina para separarnos de los otros, que también son hombres, cuyo sometimiento me resquebraja. Me dejo caer cuando entiendo que solo el dolor nos hermana. El peso de mi conciencia, mi humanidad, me invitan a retorcerme junto a ellos sobre la fresca yerba».

No hay nada en la fabulación de Jesús Carrasco que no hayamos leído ya referido a los campos nazis o soviéticos. Sabemos que lo que cuenta está imaginado porque España no ha sido invadida en el siglo XX, pero entendemos la verosimilitud del relato porque sabemos que eso sí ha pasado, aunque en la piel de otros que no eran españoles sino húngaros, checos, polacos, o simplemente judíos o gitanos sin importar la nacionalidad. La descripción de las crueldades, los pasajes horribles por los que Carrasco nos hace transitar son conocidos y, precisamente porque sabemos que no son una invención, no dejan de estremecer. Sin embargo, creo que lo que hace especial a esta novela es la perplejidad de Eva, primero hacia el hombre que tiene en su jardín y luego hacia su propia vida y su propia sociedad y cultura. El punto de vista del que está en el bando de los verdugos no es el más fácil de narrar, pero, sin duda, es muy interesante.

«…el misterio que creía ver en él, con el que trataba de justificar ante mí mi propio comportamiento, era otro engaño. No había más misterio que la culpa: la de saber que había levantado mi casa sobre la sangre de los suyos. La de haberme envuelto en la bandera de la tradición, el Imperio y la religión para participar en este expolio».

Si Intemperie me dejó fascinada, esta segunda novela no me ha defraudado. Creo que estamos delante de un magnífico escritor, un autor que escribe pulcro, preciso y sonoro y que no se olvida de narrar; que sabe usar las imágenes y te deja ver los sentidos; que respeta al lector y le deja pensar; que fabrica personajes y pone en su boca bonitas palabras sin que parezcan afectados. En el debe, tal vez la mala edición nos priva de algunos acentos, y un buen corrector nos hubiera podido ahorrar algunos leísmos. Pero bueno, Delibes también era leísta, y la propia Academia permite olvidarse de ciertas tildes, aunque a mí me resulte muy irritante.

Si les gusta la buena literatura, lean a este autor. Es una orden.

Este post ha sido publicado anteriormente en El Buscalibros (www.buscalibros.com)

Grandes esperanzas, de Charles Dickens

grandes esperanzasHoy toca hablar del libro del bimestre del Club de lectura. En realidad hoy no tocaba, pero ya saben: las vacaciones. Bueno, las vacaciones y que esto de leer un libro cada dos meses parece que relaja cualquier preocupación por atender a las fechas, si es que quedaba algún atisbo de algo cercano a la preocupación. Ya saben ustedes que pertenecer a un club supone acatar las normas, y los cinco aguerridos participantes de este club hemos optado por eliminarlas casi todas. Voy al libro y no les entretengo más.

¿Quién no ha conoce Grandes esperanzas, la obra cumbre de Dickens? Pues hombre, conocer, lo que se dice conocer, pienso que casi todo el mundo, aunque leer, lo que se dice leer, yo misma no lo había leído. Y lo recomiendo, porque es una novela bien bonita, bien folletinesca, y bien distraida. Y como diría aquel ¡Es Dickens!

El argumento es de sobra conocido y si no, ya se ocupan los editores de ponerlo en contraportada y en la publicidad de las versiones de películas que se han hecho sobre esta novela (ninguna de las cuales he visto). Se trata de la historia de Pip, un niño huérfano y pobre que vive con su hermana, que lo educa “con la mano” –o sea, dándole estopa- y lo mantiene porque no le queda más remedio. Pip es un niño bondadoso pero no feliz, que sueña con convertirse en caballero para, entre otras cosas, enamorar a Estella, que es una niña estúpida, arrogante y bastante imbécil a los ojos de lector. Esta tal Estella aparece en casa de Miss Havisham, que es una ricachona loca perdida por un antiguo mal de amores y que llama a Pip a su casa para ver si logra distraerse con algo que no sea la propia Estella u otros niños que no le caen tan bien como Pip.

Un buen día, Pip recibe la visita inesperada de Mr Jaggers, un mandado de la Sra Havisham que le comunica que una persona misteriosa le concede un montón de dinero para que estudie y se convierta en caballero, a cambio de poca cosa: que se siga llamando Pip y que no trate de averiguar quién es su benefactor. Os podéis imaginar que Pip acepta, aunque eso le suponga separarse Joe, que es su cuñado y amigo, una buena persona que acepta con generosidad el golpe de suerte de Pip. Y aquí empezará su nueva vida, aunque no viene a ser más que la misma vida, pero con otros problema no menores. Con estas pocas líneas les acabo de resumir la mitad de un libro de casi 700 páginas, aunque naturalmente pasan muchas más cosas, y en particular en el arranque del libro, cuando Pip, bajo amenazas, ayuda a un condenado que ha escapado de la prisión. Y hasta aquí puedo leer.

Casi 700 páginas que no se hacen largas en absoluto. Dickens escribió este libro por entregas, y lo fue publicando en una revista, y esa es una de las razones que consiguen que mantengas el interés en cada capítulo y no se te haga nada largo. Una de las razones, porque la otra hay que atribuirla a la historia en sí, como decía más arriba, un folletín en el que se van sucediendo los personajes, unos misérrimos y otros muy ricos, unos bondadosos y otros canallas, unos generosos y otros interesados, unos héroes y los otros villanos, y en el que no faltan las descripciones de la vida de una época y una sociedad tan reconocible como lejana de nuestra época actual. La tercera razón es que tenemos delante a un maestro de la novela, un clásico que no decepciona.

Tienen, como en otras ocasiones, más opiniones sobre este libro en  La mesa cero del Blasco, La originalidad perdida, en Lo que lea la rubia y en la propia página del Club, donde encontrarán la opinión de Juanjo. Hasta noviembre, creo, con Butcher’s crossing de John Williams. A ver qué nos depara.

Madera de Cela, de Tomás García Yebra

Madera de celaEste es un libro sobre Cela y no precisamente un panegírico, que para eso ya están los periódicos celebrando el centenario de su nacimiento. Está escrito por Tomás García Yebra, un autor que lo conoce bien y que ya escribió sobre el premio Nobel hace algunos años en otro libro, Desmontando a Cela, en el que nos hablaba de la utilización de negros (o de mulatos) por parte del escritor y de las sospechas de plagio en algunas de sus obras. Sobre este asunto, por cierto, también escribió Umbral en su día en Cela: un cadaver exquisito, pero eso es algo sobre lo que el mundo literario y periodístico siempre ha pasado de puntillas, no fuera que les cayera alguna cruz que no se pudieran luego quitar de encima. De esas cruces, de ponerlas y llevarlas, sabía mucho Cela, y para muestra ahí está la de San Andrés, sin ir más lejos…

Tomás García Yebra arranca el libro retratando el ambiente del fallo del premio Planeta que Cela ganó en el 94, una deliberación a la que asistió en primera persona. Nos hace ver, con mucho sarcasmo pero también con algún deje de pesar, cómo estos premios están dados por anticipado y cómo todo lo que rodea ese mundillo de premios literarios es un cambalache. O un quilombo, elijan ustedes la figura. Inmediatamente después, Tomás García Yebra pasa a explicar la historia oculta de la novela con la que Cela ganó el Premio Planeta, La cruz de San Andrés. Y lo cuenta con pelos y señales. Cómo Cela (o sus ayudantes) copió la trama, personajes y hasta frases de otro manuscrito también presentado a concurso por Carmen Formoso, quien le llevaría después a los tribunales. Y también cuenta cómo, en la misma novela, Cela revela el plagio de manera críptica, probablemente en venganza hacia su propio entorno, que es quien le impulsa a presentarse al premio con la seguridad de que lo ganaría y engordaría su cuenta corriente. Presentarse a aquel premio, con aquel libro, fue «un error», como reconocería el propio Cela.

Este es un libro con altibajos, pero se advierte en él un conocimiento profundo del personaje, de la persona y de la obra literaria. El autor no puede esconder la admiración que en fondo profesa a Cela, y así hace un repaso de su obra y de su vida, sin olvidar sus últimos años «marineros», y recopila muchas citas y anécdotas. En el libro también inserta, en giros muy propios de García Yebra, algunas escenas imaginadas que son un puro disparate, como es un encuentro con Dios, que se lamenta de no haber ganado el Planeta, o una conversación delirante y muy divertida con el cadáver del propio Cela, que va desintegrándose entre invectivas y arranques muy propios del personaje. Estas digresiones, realmente imaginativas, rebajan un poco la evidente labor de documentación e investigación del autor, que a ratos parece cansado de su propio libro. Yo, sin embargo, sí le agradezco estos pasajes: es preferible reposar la imaginación en estas cosas antes que en la certeza de que Cela, de no haber mediado su muerte, habría terminado intercambiando su pedantería y ordinariez con Yola Berrocal en cualquier programucho de la televisión. Porque Cela -en mi opinión- no escribía para ser leído, sino para ser comercializado.

Tomás García Yebra reconoce a Cela su capacidad para crear y trabajar la materia prima, las letras, su condición de estilista y de maestro del lenguaje, pero también lamenta la deriva de un autor que se olvidó de narrar y de crear personajes en beneficio del propio estilo, hasta llegar a la afectación y la vaciedad de sus últimos libros. También se adentra en el análisis del personaje, que se apodera de la persona, y que termina siendo en los últimos años una caricatura de sí mismo. Es el Cela que casi todos recordamos: un personaje grotesco y mal encarado, un soberbio y un grosero o, como probablemente diría él (aunque no de sí mismo, naturalmente), un gilipollas.

El libro está editado por Funanbulista, en una edición cuidada y con un formato de buen papel y muy original. Un libro peculiar y arriesgado, a contracorriente de la corrección cultural, o sea, de todo ese papanatismo que Cela explotó con maestría y de la que se aprovechó a lo largo de su ovacionada carrera literaria. Léanlo, que les divertirá.

La gran migración, de H.M. Enzensberger

«No es necesario que esperemos la llegada de los bárbaros. Siempre han estado entre nosotros.»

la gran migraciónHans Magnus Enzensberger es un ensayista alemán del que no había oído hablar nunca hasta que la madre de Paula, uno de los componentes de este agónico Club de lectura, lo eligió para que lo leyéramos y comentáramos este año. Nos lo propuso sin atender a nuestros gustos y sobre todo sin tomar en cuenta nuestras exigencias, cada vez más maniáticas, caprichosas, irreconciliables y… desnortadas: «Ahí lo lleváis, hijos, a ver si aprendéis algo de la vida y dejáis de quejaros». Ea.

Se trata de un libro cortito, no llegará a las 80 páginas, estructurado en 33 capítulos que en realidad son acotaciones del autor en torno al tema de la migración. Está escrito con una prosa limpia, nada enrevesada, que te permite seguirle en sus razonamientos sin dificultad. Unos razonamientos sobre los que deja al lector darles la profundidad que quiera darles. A mí eso me gusta mucho: en esta época de “canutazos”, leer algo escrito reposadamente se agradece, la verdad.

Veamos. Dos pasajeros que no se conocen de nada están en el compartimiento de un tren en el que se ha instalado cómodamente desde hace un par de horas. De pronto entran otros dos pasajeros, y los dos primeros establecen una relación de grupo frente a los dos nuevos a los que consideran invasores, extranjeros, intrusos. Este comportamiento, profundamente humano, parece indicar la necesidad sedentaria del hombre. Y, sin embargo, el ser humano siempre ha estado en continuo movimiento, en continua migración, lo cual supone en sí mismo el caos, el conflicto. Para evitar matarse demasiado entre ellos, los hombres han dado en agruparse en etnias, tribus, o en grupos más o menos homogéneos. Pero el conflicto permanece porque la idea de forastero permanece también, igual que la idea de individuo. Cuanto más artificial es el origen, más precario e histérico resulta el sentimiento nacional (el racismo se basa en una identidad precaria).

Enzensberger en sus acotaciones nos dice que nadie emigra sin que medie el reclamo de una promesa. También que emigran los audaces, pero también los más débiles y que a la postre, la emigración empobrece al país que ha consentido que mediaran las condiciones de esa migración. En cuanto al país receptor, acepta la migración cuando falta trabajo, pero no cuando sobra, y en ese sentido, el mercado negro laboral actúa con una lógica inversa al mercado negro de bienes.

El potencial migratorio es enorme, nos dice, y no le falta razón. Pero hace una reflexión sobre el estado multicultural, que niega en rotundo, por cuanto una cosa es la integración y otra la asimilación. Ningún inmigrante abandona del todo la cultura y costumbres de las que procede; el problema es cuando se cae en la ideologización de las minorías, los marginados se agrupan, invierten las reglas del juego y se encierran en su identidad minoritaria, lo que provoca a su vez el rechazo, en un círculo vicioso del que no acabamos nunca de salir.

También tiene unas cuantas acotaciones sobre el asilo y rechaza la distinción entre el inmigrantes por razones económicas y los perseguidos políticos. Se pregunta, no sin razón, que cuál es la diferencia. Cualquier tiranía, cualquier guerra, lleva aparejada el hambre y la miseria de una parte de la población, y distinguir eso es ponerse muy estupendo (bueno, Enzenserberg no lo dice así, pero yo les hago el resumen).

En fin, a mí me ha gustado por lo que tiene de reflexión y de dejar pensar. En este sentido, no preconiza soluciones, porque muchas veces se pregunta cuál el problema que hay que resolver. Sólo constata que el potencial migratorio es enorme, y nos deja sus acotaciones para que nosotros reflexionemos antes, después o en vez de ponernos a hablar como loros en la barra de un bar. Si se lo topan, léanlo.

Tienen (o tendrán) otras opiniones sobre el libro La mesa cero del Blasco, La originalidad perdida, en Lo que lea la rubia y en la propia página del Club, donde encontrarán la opinión de Juanjo (o no). Hasta septiembre, creo, con Grandes esperanzas, del gran Dickens.

El príncipe, de Nicolás Maquiavelo

el_principeHoy vengo a hablarles del segundo libro del año del Club de lectura. Llego tarde para publicar este post, porque les pedí a mis compañeros que me esperaran hasta el martes porque no lo había terminado, y luego el martes se me pasó escribir (las emociones del fútbol, ya ven). O sea, lo que le faltaba al club: el desorden. Y ahora voy a la reseña.

El príncipe es uno de tantos libros conocidísimos y citadísimos que en realidad ha leído poca gente. Se comprende poco cuando ves que se trata de un librito de apenas 130 páginas, pero se entiende mucho mejor en cuanto se recorren las diez primeras: es muy aburrido. Y es que Maquiavelo lo escribió como un regalo a Lorenzo de Médicis –a quien llama Vuestra Magnificencia– con el fin de aconsejarle a partir de su propia experiencia y la observación de la historia, y no para distraer al público. Así es que Don Lorenzo o cualquier otro príncipe le encontraría al libro la utilidad y el interés que a mí me falta. No es de extrañar: tengo poco de princesa, aunque, la verdad sea dicha, me chiflaría que alguien me llamara Vuestra Magnificencia.

Pero he subrayado cositas, no crean. Porque me he aburrido, sí, pero he procurado entender lo que me estaban contando, aunque no me sirva de mucho. Ah, y una cosa: les comunico que la clase política española, y diría que europea, no han transitado esas páginas ni por asomo. Vean, vean, y extraigan conclusiones:

“ Cuando los males se prevén, admiten remedio; pero si se espera a que se presenten, no se logrará el remedio, haciéndose incurables”.

“… es indispensable ganar a los hombres o deshacerse de ellos. Si se les causa una ofensa ligera, podrán vengarla; pero aniquilándolos, quedan imposibilitados de tomar venganza”

“Nunca debe dejarse empeorar un mal por temor a la guerra, pues al cabo ésta no se evita y sólamente se dilata en daño propio”.

“El príncipe que procura el engrandecimiento de otro, labra su propia ruina; porque para ello ha de emplear su fuerza o su ingenio y estos dos medios despiertan sospechas en el ánimo de aquel que ha llegado a poderoso”

“Los daños deben hacerse todos de una vez, porque cuanto menos se repitan, menos hieren; y los beneficios conviene ejecutarlos poco a poco, para que se saboreen mejor”.

“Así, el príncipe que quiera triunfar debe saber ser malo, y usar este conocimiento si lo necesita para defender sus intereses” (esta parte tampoco la han leído, pero intuitivamente han sabido llegar a ella)

“Un príncipe deseoso de ser alabado por su generosidad, no repara en ninguna clase de gastos, y para mantener esa reputación suele verse obligado a cargar de impuestos a sus vasallos y echar mano de todos sus recursos fiscales, lo que no puede menos que hacerle odioso, además de que, agotado el tesoro público con su prodigalidad, no sólo pierde su crédito y se expone a perder sus estados al primer revés de la fortuna, sino que al cabo cosecha más enemigos que amigos […] Siempre será mejor ser poco generoso que serlo demasiado: puesto que lo primero, aun cuando no parezca elegante, no acarrea, a lo menos, como lo segundo, el aborrecimiento y el desdén.

“Algunos disputan acerca de si es mejor que el príncipe sea más amado que temido: y yo pienso que de lo uno y de lo otro necesita. Pero como no es facil hacers entir en igual grado a los mismos hombres estos dos efectos, habiendo de escoger entre uno y otro, yo me inclinaría por el último con preferencia.”

“Bástale para no ser aborrecido respetar el patrimonio de sus súbditos […] porque es preciso confesar que más pronto olvidan los hombres la muerte de sus parientes que la pérdida de su patrimonio.”

Y aquí, la prueba definitiva:

“Procurará el príncipe proteger la virtud, honrar a los que sobresalen en cualquier arte, fomentar en sus conciudadanos el tranquilo ejercicio de sus profesiones y oficios, lo mismo en el comercio que en la agricultura, y en todas las demás actividades a que los hombres se dedican, para que no se abstengan: unos, de mejorar sus haciendas por temor a que se las quiten, y otros, de abrir nuevas vías al comercio por miedo a los impuestos.”

En fin, léanselo que no les hará daño, aunque tengan cuidado con la edición que escogen. Buscando las citas en versiones digitales, me he llevado la sorpresa de comprobar que la edición que manejaba yo (Colección Edime, 1965) se parecía a las otras como un huevo a una castaña, con giros, frases y sentidos muy diferentes en algunos casos entre ellas. Vean un ejemplo, casi al final del libro, en el que una comparación inocua entre la fortuna y la mujer se convierte en un párrafo que parece escrito por un psicópata –aparte de perder todo el sentido:

– Edición Edime 1965: “Más vale ser atrevido, porque la fortuna es mujer y gusta más de la fuerza que de los miramientos. Y, como mujer, amiga de la juventud, porque los jóvenes son audaces y vehementes.”

– Edición digital Austral, traducción Eli Leonetti: “Estoy convencido de que es mejor ser impetuoso que prudente, porque puesto que la suerte es como una mujer, para someterla hay que pegarla y maltratarla. Y se puede ver que se deja vencer más fácilmente por los que actúan así que por los que proceden fríamente, y por eso, como mujer que es, siempre es amiga de los jóvenes, porque son menos cautelosos, más fieros y la gobiernan con más audacia”

En fin, algunos editores lo único que maltratan (por Austral) es la gramática…

Como siempre, tienen otras opiniones en La mesa cero del Blasco, La originalidad perdida, en Lo que lea la rubia y en la propia página del Club, donde encontrarán la opinión de Juanjo, o no. Hasta julio, que volveremos con La gran migración, de H.M. Enzensberger.

El puñal. Yo versioné a Borges sin respeto

Pues resulta que en un cajón de mi casa hay un puñal. Fue forjado en Toledo, a finales del siglo XIX. Luis Melián Lafinur, un jurista de medio pelo pariente de mi padre, se lo trajo ni más ni menos que de Uruguay. Evaristo Carriego, otro amigo suyo poeta, lo tuvo una vez en la mano y soltó aquel ripio atroz: “El puñal que Lafinur te trajo del Uruguay, no es un puñal astur sino de Toledo, que es más guay.”

Quienes ven el puñal no pueden evitar jugar un rato con él. Se ve que les gusta toquetear un puñal tan chulo y enseguida se les va la mano a la empuñadora, que está ya muy sobada. Y entonces todos se ponen a meter y sacar el puñal de la vaina, dicen que para comprobar la precisión.

El puñal, por su parte, quiere otra cosa. Si tuviera vida, preferiría alejarse del cajón. Los hombres lo pensaron y lo formaron para un fin más preciso y mucho más emocionante, como es clavarse en la espalda de cualquiera. El puñal eterno es el que anoche mató a un ñeta en Alcobendas y es el puñal que mató a Julio César a la entrada del Senado de Roma. Y es que el puñal quiere derramar sangre.

En un cajón del escritorio, entre borradores y cartas, el puñal sueña que es un tigre atado a un poste y que va a llegar cualquier fulano y, zas, pone el metal a bailar. Tanto ánimo tiene que habría sido capaz de tomar por homicida incluso al pobre Evaristo Carriego, aunque, teniendo en cuenta los poemas que perpetraba, lo normal es que el asesinado hubiera sido el propio Evaristo.

A veces me da lástima el puñal. Tanta dureza, tanta fe, y los años pasan, inútiles. Igual me animo un día y me lo llevo a la oficina.

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Mis disculpas. Para leer el texto original, haz clic AQUÍ.