El último caso de Philip Trent, de E.C. Bentley

Terminamos el año del Club de lectura con este libro que, por fin, ha merecido la pena. Llevo (¿llevamos?) un año realmente pavoroso, con libros abandonados por culpa no de una mala elección, sino de editores a los que habría que calificar como psicópatas o algo peor y autores inexplicables. Por fin una novela para la que he tenido que pedir algo más de tiempo a mis compañeros de club, porque un mal cálculo del tiempo, o una mala organización, no me dejaba llegar al 1 de diciembre con la novela leída. Y quería disfrutarla y leerla despacio, porque lo vale.

El último caso de Philip Trent es una novela de intriga que se debe leer despacio, paladeando los diálogos y disfrutando del relato de la sociedad inglesa de su tiempo. Ya el libro promete desde la dedicatoria del autor a su amigo Chesterton, y también desde el arranque: un asesinato inexplicable. Sigbee Manderson, un acaudalado hombre de negocios al que no quiere nadie (porque es un tiburón indeseable), aparece muerto en su finca en circunstancias extrañísimas. Le han volado la cabeza de un disparo en un ojo, va vestido de una manera inexplicable y además, no lleva la dentadura postiza. El director de un periódico de Londres encarga la resolución del caso (y con ello la exclusiva) a Philip Trent, un hombre inteligente y un poco estrafalario que ya ha resuelto otros casos complicados a través de la imaginación y la deducción.

No faltan los arquetipos en la novela. La mujer elegante, algo misteriosa, distinguida y fuerte; el caballero inglés que actúa de acompañante e introduce a Trent en el ambiente social; el mayordomo estirado y algo cotilla; los ayudantes de Manderson, uno algo bruto y el otro delicado y juvenil. Entre ellos puede estar el asesino, o tal vez entre todos, porque la trama se va complicando, tal vez demasiado, aunque tengo que decir que no me ha importado mucho. No es un libro lineal y, aunque seguramente está lleno de miguitas de pan y de pistas, no me ha parecido lo más interesante de él, sino la manera de contar, la personalidad de los personajes que, aunque arquetípicos, no se mueven ni un milímetro del guión.

Buena forma de terminar el año. Esperemos que en el próximo (si lo hay) tengamos algo más de suerte en la elección de los libros.

Un libro que yo aconsejo, aunque encontrarán otras opiniones sobre él en La mesa cero del Blasco, en Lo que lea la rubia y en la página del blog.

Libros del verano

Tal vez pensaban que me había olvidado de ustedes y que ya no les hablaría más de los libros que iba leyendo. Lo mismo hasta estaban contentos. Pero no, no: casi cada día, desde aquel 3 de junio, o tal vez desde ya entrado agosto, me decía que tenía que actualizar, que si no se haría bola, que se me acumularía el trabajo. Tampoco es para tanto, me iba diciendo, si total estás leyendo poco, si total llevas un ritmo de tortuga, si total luego esos post aburren da igual que pongas un libro que cien, si total nadie te lee. Aunque esto de «si total nadie te lee» lo tengo muy asumido desde que abrí el blog. Debo decir que la cosa se queda en un «casi nadie», que todavía quedan algunos buenos lectores heroicos que deben de entrar y salir horrorizados con las telas de araña que tiene el blog. Pero en fin, al lío. No me entretendré mucho en ellos, una pincelada y una nota, que si no se va a hacer muy largo.

Cuando aparecen los hombres, de Marian Izaguirre. Se trata de una novela un poco extraña, está escrita en varias voces y tiempos y no sé si la autora no se mete en un poco de lío de estructura. Fácil no te lo pone, vamos. En la novela se van entremezclando las historias de tres mujeres, a través de las cartas que lega una, los recuerdos de otra y la vida de la protagonista. Está bien, no había leído nada de esta autora y no me importaría repetir, aunque he leído por ahí que esta novela es la mejor que tiene. Esperaremos entonces.

El arte de ser feliz, de Shopenhauer, un librito de estos que te ofrecen en la caja de las librerías. El autor no escribió este libro de una sentada, sino que es una recopilación de pensamientos que fue haciendo a lo largo de su vida y dejándolos por aquí y por allá, y que ahora se recopilan. Ofrece cincuenta reglas, que no son pocas, aunque la mayoría no se seguirán en el mundo actual por pereza, por las prisas y porque nadie se leerá esto. Hoy en día, ser feliz es un derecho, y, claro, así nos va. Pero el autor nos propone la sabiduría de los siglos concentrados en la modestia, la resignación y la generosidad. Finalmente, la felicidad es la ausencia del dolor y para notarla, te tiene que doler algo. Está muy bien, léanlo si se lo topan.

La España Vacía, de Sergio del Molino. Un libro que me decepcionó un poco, debo decir. La España vacía es esa España rural y deshabitada, descuidada, olvidada y al mismo tiempo recurso de las fantasías de los urbanitas que sueñan con un mundo sin ruido ni prisas, pero que luego se vuelve muy incómodo, hasta el punto de tener que salir huyendo. Tiene una primera parte yo diría que muy buena, pero luego se enreda con teorías políticas y alguna digresión algo molesta (el carlismo y Joaquín Luqui en el mismo razonamiento cuesta mucho), que le hacen pegar un bajón serio al libro. Luego remonta, pero para entonces ya tienes la cabeza llena de desconfianza. Yo lo recomiendo, aunque con algún reparo.

Padres e hijos, de Ivan Turgenev, un clásico de la literatura rusa. Un pelín apolillado, este tipo de novelas te tienes que proponer leerlas para no abandonar. En la novela se cuenta la historia de dos jóvenes nihilistas e idealistas (idealistas del nihilismo, con que imaginen la confusión que les ronda) confrontados con la sociedad y con la anterior generación, aunque para mí que lo que tienen es una edad del pavo que les dura más de la cuenta. Un drama ruso muy ruso y muy drama, con descripciones muy de detalle de la sociedad rusa del XIX y comportamientos de los personajes que hoy nos parecen marcianos (y probablemente también nos lo parecerían en el XIX). Pero tiene su punto, la novela, no crean que no.

Los perros duros no bailan, de Pérez-Reverte, que me regaló mi tía por mi cumpleaños. No soy devota de Pérez-Reverte, pero es un libro de perros después de todo y por eso el regalo. Es la historia de un perro que fue de pelea y que ahora vive su vejez como guarda de una obra y que se ve envuelto en una intriga de secuestro de otros perros. La aventura le lleva a descubrir una trama de mafias que se dedican a las abominables peleas de perros y no les cuento el final que no debo. Es una novela de intriga, de buenos y malos, con protagonistas especiales (¡perros!), y, aunque alguno muere (lo que me debería haber impedido leerla), se lee con agrado. Está muy bien y es muy distraída, desde luego.

El tiempo entre costuras, de María Dueñas. Pues no, no la había leído. Debía de ser yo la única española con esa tara. Y me gustó mucho, y me sorprendió para bien. Esta mujer sabe escribir, y la novela está armada para enganchar. ¿Un defecto? Pues que la alarga quizá demasiado. Yo creo que a la novela le sobran unas cien o doscientas páginas, y llega un momento que estás deseando que se acabe ya de una vez, pero por lo demás está muy bien y me gustó.

Dónde vamos a bailar esta noche, de Javier Aznar. Resulta que este autor y yo tenemos una amiga en común, y lo tenía pendiente. Este verano me lo recordó esta amiga y me lo bajé en un viaje a Colombia que hicimos juntas. Perfecto para el viaje, porque se trata de post, o de artículos del autor, independientes entre ellos, pero divertidos y agradables de leer, que tratan de lo divino y lo humano, relatos, recuerdos, reflexiones, con el sello del gentleman, del hombre de mundo, de un tipo elegante.

Sobre la leyenda negra, de Iván Vélez. Pues este libro lo recomendaron en un podcast sobre libros de RNE, creo, que escuché este verano, y me lo apunté y… un horror, en serio. Es un libro mal organizado, mal ordenado y muy farragoso. Y el tema es interesante, no crean, pero. Ni se les ocurra, un petardo.

El orden del día, de Eric Vuillard. Lo ponían por los cuernos de la luna en un suplemento cultural. Vamos, que si no lo leías se te caerían los dientes o el pelo, o algo. Y aun sin eso, el libro es un Goncourt y yo le tengo mucha fe a ese premio. Y buf. Pero buf, buf, buf. Trata de la «conspiración» urdida para llevar el nazismo al poder, de cómo los grandes poderosos y los políticos melindrosos estaban detrás de aquello, y nos lo cuenta como si nos acabáramos de caer de un guindo. El autor quiere saldar cuentas pendientes, vale, y está mega indignado, vale, pero le sale un panfleto burdo, una pataleta de mal autor que aromatiza todo el libro. Igual mejor debería haber escrito un ensayo, aunque el resultado, de todos modos, hubiera sido un panfleto. La buena noticia es que es muy cortita, pero es un libro muy prescindible. In short, es una porquería.

Voces de Chernobil, de Svetlana Aleixievich. Maravilloso libro. Me lo recomendó hace mucho mi querida Paula y ahí estaba pendiente en el Kindle. La autora da voz a todos aquellos silenciados después del accidente de la central nuclear. Y a través de esas voces, sabemos de la mentira, de la desinformación, del desprecio por la vida de los habitantes de los pueblos circundantes, del florecimiento del mercado negro, del permanente recuerdo de la guerra, de la estupefacción de la población (el átomo malo era el de Hiroshima, no el de la central), de la chapuza de la construcción, de la muerte, de la destrucción de todo lo vivo, de la destrucción del futuro, de la pena, de los porqués y de los sinsentidos. Da mucha, mucha pena, pero lo considero un imprescindible.

Farenheit 451, de Ray Bradbury. Otro clásico. No soy muy amante yo de las distopías. Esta al menos te deja algo tranquila, porque está escrita en 1953 y, mira, no ha pasado nada de lo que se imaginaba el autor: un mundo en el que los bomberos queman libros, porque éstos conducen irremediablemente a la infelicidad. Como en toda distopía, lo que importa es el escenario casi más que los personajes, aunque en este caso, si nos olvidamos del mundo horrendo que presenta el autor, nos encontramos con una novela casi policíaca, con persecuciones y crímenes y emoción. Pero el decorado no deja de ser la sociedad enferma a la que se llega por la obsesión por la igualdad (no nacemos iguales, nos convertimos en iguales), la masificación, el hedonismo, el rechazo de la controversia y del pensamiento. Una muy buena novela, sin duda.

Y ya está. Con este ritmo de escritura creo que la próxima cita será en Navidad. No apuesten.

 

¡Viva el latín!, de Nicola Gardini

portada_viva-el-latin_nicola-gardini_201708031456Desde julio no me pasaba por aquí – cosas de la vida, de sus veranos y de sus vueltas de verano –, y aquí me tienen cumpliendo con el rito bimestral del Club de Lectura. En esta ocasión, un libro incalificable elegido por Juanjo. Me pregunto qué será lo próximo que tendremos que intentar leer. ¿Un tratado de apicultura?

Si ustedes consultan en la editorial del libro, se encontrarán con que el libro es presentado como «Una defensa apasionada del latín como elemento cohesionador e identitario de todos los europeos», y no sé, es posible, yo no he llegado hasta ahí. Abandoné pronto, allá por la página ciento y poco, pero me extrañaría mucho que la cosa hubiera ido por esos derroteros. De todos modos, si les digo la verdad, no sé muy bien de lo que hablaba este señor y, lo que es peor, no sé qué me quería contar. Tengo la sensación de que quería venderme algo, por el tono más que nada, pero ya digo que me he quedado in albis (esto de in albis lo pongo para que vean que algo de latín sé, hombre).

El autor es un fan de los clásicos y del latín, y entre recuerdos de sus profesores, nos va hablando de eso, del latín y de los clásicos. Catón, Catulo, Virgilio, Cicerón, así que me acuerde. Todo con mucho entusiasmo. Tanto, tanto, tanto entusiasmo que al cabo te preguntas qué haces tú leyéndote eso y que por qué, Señor, por qué. Entre latinajo, declinación y cita, el tipo te analiza la gramática comparativa entre estos autores y Petrarca, o San Agustín, así que me acuerde, y de nuevo tú te preguntas qué haces leyéndote eso y por qué, Señor, por qué, si ni sabes nada de esas cosas, ni te interesa lo más mínimo, y si no te has apostado nada con nadie (apuestas del tipo de sujétame el cubata o por ahí).

Juanjo es un enamorado de los romanos, de la época, la cultura, la civilización romana. Sabe además un montón de todo eso, así es que tal vez este es un libro con el que él ha disfrutado. E incluso podríamos haber disfrutado todos si el autor no fuera un pelmazo que, tengo para mí, pensaba hacer algo divulgativo y le ha salido un petardo pretencioso que, probablemente, a los especialistas en el tema les parecerá un libro-parida de los tantos que circulan por el mundo.

En fin, léanlo, no lo lean, hagan lo que quieran, pero mi consejo es que, si les interesa el latín, los clásicos y la gramática, antes de gastarse un céntimo se bajen la muestra, que el autor es barroco a más no poder. Pero encontrarán otras opiniones sobre este libro en La mesa cero del Blasco, en Lo que lea la rubia y en la página del blog, que es donde dejará su comentario Juanjo (me gustará mucho leerle). El próximo libro será El último caso de Philip Trent, de E.C. Bentley. Temblando estoy…

Libros del resto de mayo

Me quedaron tres libros pendientes para comentar en el anterior post de libros, así que allá vamos con ellos y con una propina (que es propinaza).

Leo siempre con atención las reseñas de Modestino en su blog Cajón de sastre y recientemente hablaba bien de un libro que tenía yo apuntado de algún otro sitio, Alegro ma non troppo, de Carlo M. Cipolla. Es un libro cortito y lo presentaba como fino, humorístico e inteligente.  Y es todo eso. Se trata de dos pequeños ensayos, uno dedicado al papel de las especias en la Edad Media y el otro sobre la estupidez humana. En el caso del primero, Cipolla explica la historia a través de la escasez o la abundancia de la pimienta como podría haberla explicado a través de la escasez o la abundancia del arroz con leche. En este texto cargado de ironía nos hace ver que el simplismo no es lo mismo que la simplicidad y que, puestos a armar teorías tontas, cualquiera puede ensayar y tener éxito.

El segundo ensayo es sencillamente un texto delicioso acerca de la estupidez humana resumido en cinco leyes fundamentales. La primera nos dice que el número de estúpidos es siempre mayor de lo que imaginamos; la segunda que están en todas partes; la cuarta es que tendemos a subestimarlos y la quinta nos advierte de que los estúpidos son personas extremadamente peligrosas. ¿Y la tercera? Pues esta ley reconoce al estúpido como aquella persona capaz de causar daño a los demás sin obtener ningún beneficio para sí mismo. Lo llama «la ley de oro» y en efecto, lo es: ¿Qué puede ser más práctico y valioso que tener unas instrucciones sencillísimas para detectar a los estúpidos que nos rodean (y que, recuerden, según la primera ley son muchos más de los que creemos)?

Literalmente me bebí Los cinco y yo, de Antonio Orejudo, libro programado para una tertulia a la que acudo. Me ha gustado, aunque diré que leí las primeras páginas un poco escamada al pensar que iba a ser la típica basura con rollo Yo también fui a la EGB, un rollo que detesto por ñoño e infantiloide. Y no, no hay nada de eso. Claro que pasa el autor por su infancia y adolescencia y claro que recrea aquellos tiempos de los 70, es inevitable. Mezclando ficción y realidad, recuerdo y narración, saliendo y entrando en la novela constantemente, el protagonista se pasea por su propia vida encadenando digresiones hasta que las detiene en un congreso de fans de Enid Blyton, y nos explica qué fue de Julian, Dick, Ana, Jorge y Tim con el paso del tiempo (pone que al pobre Tim lo atropelló un coche, no sé si se lo perdonaré).  Y me parece que es un libro que entenderán mejor los contemporáneos del autor y que además hayan disfrutado con los libros de Los cinco. Si no se han leído los libros cuando eran pequeños, no sé cómo entenderán esta novela. Todo es reconocible en el texto y hay pasajes muy divertidos, como cuando se reprocha a la escritora su falta de diligencia y el que en 19 de los 21 libros de la serie existiera un pasadizo secreto. ¿Será verdad? En fin, de paso decirles que ya hablaré otro día, si me acuerdo, de esa pose intelectual que consiste en decir que todo lo que se es y se ha vivido es una mierda, esa manía de escupir al cielo para parecer contestatario y que sólo revela comodidad y que es un detalle un poco molesto en las primeras páginas, asunto en el que el autor afortunadamente no insiste. Un libro interesante.

Un cólico nefrítico me llevó a leer un librito de Stefan Zweig, Miedo. El cólico no lo sufrí yo, naturalmente, sino que acompañé al paciente en urgencias durante toda la tarde y me llevé este pequeño en el bolso. Se trata de una de estas ediciones del Acantilado que te venden en las cajas de las librerías y que son muy prácticos, en especial si de trata de Zweig, que siempre es muy distraído. En este caso, se trata del relato de una adúltera y su miedo al chantaje, que tiene un golpe final un poco inverosimil y algo bluf. Se lo pueden saltar si no media una tarde en Urgencias y si no son unos obsesivos del Zweig.

Y finalmente, Charlotte, de David Foenkinos. Me encanta este autor, su sensibilidad y su toque especial. En este libro nos relata la vida de la pintora Charlotte Salomon a través de frases cortas, como pinceladas. Su vida doblemente trágica, aprisionada por los antecedentes suicidas de su familia, en un tiempo en el que un judío tenía muy dificil escapar esa otra prisión que era el totalitarismo nazi. Miras el libro y parece poesía, pero luego no es poesía, pero parece poesía porque el fraseo suena a poesía. Es una preciosidad de libro, una maravilla, un libro que lees despacito porque no quieres que se te acabe. Foenkinos nos contó cuando vino a Madrid a presentar La biblioteca de los libros rechazados, en l’Institut Français, que la escritura de este libro le había dejado exhausto por la historia de la protagonista. Lo puedo entender. Es un must, no se pueden perder este libro.

Y ya, a ver qué nos depara junio.

Libros de abril y casi mayo

¿Por fin han apostado? Todavía están a tiempo, porque vamos de cara al verano y no me veo yo en pleno mes de agosto haciendo recuento. Aviso de que cuanto más avance el año, menos riesgo habrá en su apuesta, aunque cuidado con las confianzas: el tiempo es un gran potenciador de la desidia. Hoy tengo cosillas que contarles, así es que allá voy.

Terminó marzo con Apegos feroces, de Vivian Gormick. Esta mujer es una activista del feminismo serio, pero no crean que se nota mucho, y ese es el valor del feminismo serio, no la feria que tienen montada cuatro locas. En estas memorias, si uno no va avisado, el discurso es sensato y sin aristas, lógico, y te lo encuentras en muchas escritoras. De todos modos, y dicho sea de paso, personalmente estoy un poco cansada de este rollo de la «perspectiva de género». ¿Qué perspectiva va a tener una intelectual americana nacida en 1935 cuando nos habla de su vida y sus recuerdos? ¿La perspectiva de un samurai? Claro que defiende el derecho de las mujeres, no va a defender el de los marcianos. Pero es que, además, este libro no va de eso. Vivian Gornick nos cuenta retales y recuerdos de su vida, acompañada y acompañando a su madre ya anciana en la actualidad del libro, una mujer de otra época pero una mujer de cuidado. También la peripecia de otras mujeres que la han rodeado, vecinas de su barrio en el Bronx con las que creció, y la de otros hombres con los que se ha relacionado. Un libro de memorias no exhaustivas, bien escrito, que se bebe, que interesa en el contenido y en la reflexión y en el fraseo, y el feminismo penetra de manera natural, sin estridencias. De este libro hay que saltarse el prólogo, porque está escrito por el clásico memo, un gruppie tóxico, que se cree que por ser hombre se tiene que hacer perdonar algo. Así que léanlo, sí, pero como lo que es: buena literatura construida con el argumento de una vida muy interesante.

Ahora vamos con el atasco de abril. Se trata de 4 3 2 1, de Paul Auster. Un atasco, por no decir un tapón. Sí, es Auster, pero madre mía. Pocos libros valen 1.000 páginas, y este no será uno de ellos, desde luego. Auster se permite esto porque es Auster y se ha sobrado, pero el libro es para tirárselo a la cabeza, directamente. Cuando uno se mete en esa extensión, no vale con interesar en un 40%, esto no va de porcentajes. Por eso pocos escritores logran el reto. Con pena lo digo: Auster no lo ha hecho y que no me espere ya si vuelve a escribir algo. Hay mucho Auster antes de 4 3 2 1.

4 3 2 1 es la historia de Ferguson, un mismo personaje que se desdobla en cuatro. «Idénticos, pero diferentes, cuatro chicos con los mismos padres, el mismo cuerpo y el mismo material genético», cuya columna vertebral de la vida (infancia, adolescencia, campamento, colegio, universidad, chicas, familia) se va desarrollando en circunstancias diferentes que hacen divergir el carácter del personaje hasta convertirlo en cuatro personajes distintos. Hasta la mitad del libro la cosa va bien, es muy interesante y muy curioso, un ejercicio literario de primera categoría. Gusta, interesa, intriga, divierte, engancha. Pero, ay, llegamos a los años 60 y el libro se convierte en un coñazo insufrible. Y es que Auster se pierde en la historia política, social e intelectual de América y con ello la historia de la novela y de sus personajes se diluye y de ella sólo se ven los trazos (¡y los trozos, y las trizas!). Auster echa a perder la novela para contarnos una historia de América de hemeroteca, y sólo se salvará en algunos pasajes (cortos) en los que recobra el pulso y el protagonismo de alguno de los Ferguson. El libro se convierte en una pesadez, en una losa, denso, y se te quitan las ganas de leer y hasta de vivir porque, por supuesto, Auster no deja de ser Auster: subordinadas, más subordinadas, su estilo literario no cambia para contarte los disturbios de Newark o el activismo de las organizaciones de Derechos Civiles, ni para intercalar los relatos que a su vez escriben los diferentes Ferguson. Entonces, ¿Auster necesitaba 1.000 páginas? Cuando llevas 500 crees que sí, porque son cuatro vidas multiplicadas por las vidas de los que rodean a los Ferguson, pero cuando llegas al final te dices que no, rotundamente no, porque hay un 30% que está dedicado a contarnos el decorado. Es un libro malogrado, y me da igual lo que digan los críticos: doy por sentado que a la mitad del libro se han hecho una idea y, hala, a aplaudir. Así es que si son muy fans de Auster, léanlo, pero mi consejo es que, si se empiezan a aburrir, abandonen, porque el libro no mejora.

Seguí mi propio consejo en el siguiente libro del que hoy les hablo, porque abandono es el castigo que mereció Voltaire enamorado, de Nancy Mitford. Decía Voltaire (citado por el prologuista) «si lo que quieres es aburrir al lector, cuéntaselo todo». Bravo, Nancy. Si Voltaire resucitara te diría lo mismo que le dijo a Jean-Baptiste Rousseau cuando se quedó sin epítetos «¡Oh, qué aburrido es usted!». ¿Y cuál es el defecto del libro? básicamente que no se sabe lo que es, si ensayo, biografía, novela o un anecdotario de los salones del siglo XVIII. Yo creo que la autora admira a Voltaire, decide novelar su relación, por supuesto verídica, con Madame du Châtelet, y va y se documenta. Pero se documenta a lo grande. Y luego se pone a escribir y, claro, no va a desperdiciar aquello que encontró.  Así es que mete a presión todo. Todo sin filtrar, sin priorizar, sin dejar nada preponderante que dé fuerza al libro y tire del lector. Muchísimos personajes apilados sin preferencia, coge de aquí y de allá y luego yo creo que va podando y, total, que va y le sale un churro. Hasta la página 175 llegué: me lo leí en medio de la tortura de Auster por ver si me animaba, y ya me resultó demasiada exigencia para lo que es un sencillo hobby. Me dije: ¿continuar con dos libros cuando llevas la mitad para ver si mejoran? Y ahí se quedó.

Paro aquí y dejo para otro post los tres que han venido tras liberarme del tapón de Auster. Ha sido como abrir una olla a presión. Y todo ha sido bueno. Cruzaremos los dedos a ver si sigue la racha.

Las praderas del cielo, de John Steinbeck

Las praderas del cieloPrimero de mayo y reseña del segundo libro del año del Club de lectura, en esta ocasión elección mía. Elección con trampa, igual que la de Dickens en marzo porque, cuando te toca elegir, te tiembla la mano y vas a lo seguro. Así que Steinbeck, una garantía. En nuestro club hay varios gritos de celebración cuando se menciona a ciertos autores. Y así ¡es Galdós!, o ¡es Dickens!, o ¡es Steinbeck! Claro que también tenemos gritos de alerta, como es el caso de ¡Poniatowska!, que viene a cumplir las funciones de un vade retro festivo. En esta ocasión toca celebración.

Las praderas del cielo es un libro de pequeñas historias bien contadas, que arranca con la del descubrimiento de un valle casi paradisíaco en California, cerca de Monterrey, en el que se establecieron algunas familias de colonos para cultivar la tierra. Steinbeck construye nueve relatos cortos con la vida de estos vecinos. Son relatos que pueden leerse de forma independiente, pero que van hilados con los Munroe, una familia que llega al valle para ocupar una finca con un pasado oscuro, encantado. Los personajes van apareciendo como extras en cada historia hasta que les llega el turno de que Steinbeck nos cuente la peripecia que cada uno ha vivido. Y así va componiendo con retales la historia de los colonos de América y de sus momentos de grandeza.

Cada vida es una historia y Steinbeck compone un patchwork con ellas. En todas hay un momento de ruptura, de heroísmo, y en todas hay una luz, una salida. Todas las historias tienen un principio y un fin aunque luego cada vida sigue, pero para entonces Steinbeck ya ha fijado el personaje y su peripecia, porque en todas se refleja ese saber contar del autor. Un saber contar sereno, con un ritmo perfecto para saber contar cosas que pasan muy despacio o muy deprisa y que se mantenga el interés y se proporcione la coherencia necesaria para entender, en el que no hay momentos de aburrimiento ni de desgana, y en las que asoma a veces el humor y a veces el desconsuelo de un extraordinario narrador de historias.

Un libro poco conocido, pero desde luego brillante y que se lee con verdadero placer. Lástima la vergüenza de edición que ha caído entre mis manos (Ediciones del viento), con la que he tenido que penar descifrando comas que se ponen a lo loco, ausencias dramáticas de acentos y enervándome con faltas de ortografía que son un insulto al cliente que paga 16 euros por un libro (estava por estaba me encontré, ese es el nivel). Tantas leyes inútiles que se hacen y ninguna que ponga multas por estas cosas…

Claro, que si lo prefieren pueden buscar una edición digital. Y entonces el párrafo “Antes de que Alicia se hubiese quitado la chaqueta, él estava a su lado. Con la voz cansina que cuidadosamente había cultivado requirió…”, se convierte en “Antes que Alicia se hubiese quitado el abrigo, él estaba a su lado. Con la voz cansada que había adquirido en el colegio secundario, requirió…” Vaya usted a saber qué demonios quiso escribir Steinbeck, pero si descarta el original deberá elegir entre susto o muerte.

Para terminar, y como siempre, pueden encontrar otras opiniones del libro leyendo a mis compañeros del club en  La mesa cero del Blasco, en Lo Lo que lea la rubia y en la propia página del Club, donde está la opinión de Juanjo. El primero de julio volvemos, esta vez con Sarah Perry y La serpiente de Essex.

 

 

 

Libros febrero y casi marzo

No, en febrero no hubo post de libros, ya les dije que no apostaran. Pero casi todo en la vida tiene remedio, así es que aquí estoy, con el recopilatorio. Me digo que tal vez sería mejor hacer un post por cada cuatro libros y así no quedaría tan largo, pero mientras me lo pienso, pondré el contador a cero.

Empecé febrero con La rubia de ojos negros, de Benjamin Black, que me encantó. Benjamin Black es John Banville, pero en divertido y ligero. No diré en interesante, porque Banville siempre lo es. La novela negra o policiaca no es el santo de mi devoción, siempre lo digo, aunque estoy empezando a pensar que es una pose. Y más allá de esto, amigos, lo que importa no es el género de la novela, sino la pericia del escritor. En esta novela, Black retoma a Chandler, o lo imita, o le rinde homenaje, y escribe una novela con Philipe Marlowe de protagonista, mujeres fatales, gánsteres de todo pelaje y una trama suficientemente enrevesada como para que el final no sea precisamente lo mejor del libro. Aparecen personajes de El largo adiós y alguno de El sueño eterno, todos fuman y beben whisky y gimlet, y el lector vuelve a instalarse en los bajos fondos y los barrios lujosos de Los Angeles como si se lo estuviera contanto el propio Chandler, con su ironía, sus frases lapidarias y sus diálogos frescos y llenos de naturalidad. Banville dice que ha matizado a Marlowe, y es posible. Hoy en día los tipos duros así no son creíbles, o sí, pero entonces les faltaría ese punto de amargura, de ensoñación y de integridad que hacen de Marlowe un detective del que te tienes que enamorar. Yo recomiendo y mucho esta novela, porque recomiendo y mucho a Chandler, a Banville y a Black.

Leí también Maus, de Art Spiegelman, un comic que me interesaba leer y que había olvidado hasta que me lo recordaron hace un par de meses en La Cultureta y encargué a mi librera una bonita edición. Para mí el cómic es Asterix y Tintin, con que calculen de dónde vengo. No soy nada aficionada a ellos, y ya no digamos que sea capaz de distinguir si los dibujos son más o menos artísticos. Sé que no es así, sé que los comics tienen una vertiente de culto que no comparto, quizá porque en mi mentalidad el cómic son historietas para reírse un rato, y no los considero exactamente como literatura (tampoco creo que el rap sea música, por ejemplo, o que un patinete sea un medio de transporte). Para mí el comic es un librito fino, tamaño A4, que te lo lees en un sillón tomando una rebanada de pan con mantequilla.

Pero es verdad que Maus no tiene nada que ver. En este libro se cuenta la historia del padre del autor en los campos de exterminio y la persecución de los judíos polacos. Se trata de un tema de sobra conocido, pero no por eso deja de poner los pelos de punta. En el drama, los judíos son ratones, los alemanes gatos y los polacos cerdos, la gráfica es blanco y negro y todo en este libro es oscuro, aunque me parezca a mí que el tono es amable –dentro de un orden, porque decir Holocausto y amabilidad es un oximoron. Art Spiegelman va y viene del pasado a través de lo que su padre, un hombre mayor y maniático, le va contando. Es la historia triste de tantos judíos, de tantas familias, contada por el propio dibujante, que aparece en el libro como un personaje más. Muy recomendable.

Leí Las praderas del cielo, de John Steinbeck, pero ya les hablaré de este libro en mayo, y  también leí El coronel Chabert, de Balzac en un viaje a Lisboa, un libro muy citado y una historia muy conocida: un hombre es dado por muerto en el campo de batalla y al cabo de los años reaparece para reclamar su vida anterior. Le hubiera dado lo mismo morir porque, cuando se reencuentra con lo que era su vida anterior, comprende que la ha perdido, y que si la quiere recuperar, entonces tendrá que traicionar todo aquello que fue, con lo que no recuperará su vida tampoco. Tiene una prosa un poco apolillada y una cierta profusión de personajes insoportables y escenas un poco soporíferas al principio, pero si se superan las diez primeras páginas, uno entra en la historia y no la puede ya dejar, entre el desasosiego y la indignación. Un libro muy recomendable.

Justo después de las 1000 páginas de La pequeña Dorrit, de Dickens, del que les hablé aquí, leí Kazán, perro lobo, de James Curwood, que es un libro catalogado como literatura juvenil y no estoy yo muy segura de que sea tal, aunque me parecería estupendo que los adolescentes leyeran estas cosas. Un libro perdido que encontró mi tia en una edición de 2007 por casualidad y que yo me leí en memoria de mi padre, después de que me tía me tuviera que jurar varias veces que el perro protagonista no moría. Se trata de las aventuras de un perro de trineo, medio lobo medio huskie, maltratado por los hombres y abocado a llevar una vida salvaje en los bosques del norte, cosa que tampoco le cuesta mucho porque como digo es medio lobo. Las pasa canutas, el perro, pero su peripecia nos habla de nobleza, de entrega, de lealtad y sacrificio, aunque se trate de animales, y el libro también nos enseña a respetar la Naturaleza, sin ecologismos pazguatos.

No había leído yo nada de Lorenzo Silva y me compré Tantos lobos, que son cuatro historias cortas con los guardias civiles Bevilacqua y Chamorro de protagonistas. Cuatro historias tristes, con mal principio y peor final, como son todas aquellas que comienzan con un asesinato y acaban con la maldad destripada y expuesta entre las páginas. Historias magníficamente contadas, que da gusto leer y que me llevan a un reproche: ¿por qué no había leído yo a este hombre? No será lo último que leeré de él, esto es seguro. ¿Ven como el género es lo de menos?

Y ya que estoy hablando de novelas de intriga, mencionaré un libro también leído en este mes y que se llama La casa del arroyo, escrito por una conocida mía del trabajo, Conchi Aragón, que tiene escritos otros tres libros más. Me dije que debía leer alguno, por aquello de poder opinar, y eso hice. En cuanto a la opinión, la dejo para otro momento, que esto se va haciendo largo.

En un fin de semana leí también Sin destino, de Imre Kertèsz. Tenía una tertulia sobre este libro y lo cogí con el ánimo de hacer una relectura rápida, porque (si las fechas con las que marco los libros no mienten), lo había leído en 2011. Pero no releí, sino que lo leí de nuevo, entero, sin saltarme una coma, disfrutando de un libro que cuenta el horror de la persecución y genocidio judío con belleza, con calma y con reflexión, y del que se obtiene que al final, la vida no es un accidente, la vida se construye paso a paso, y que uno no se encuentra de pronto con las circunstancias, sino que esas circunstancias vienen con orden, se forman a partir de decisiones secuenciales, sin casualidad posible, sin que haya ningún error que lamentar.

Creo que me paro aquí. Dejaré para mediados de abril lo que haya dado de sí lo que me traigo entre manos y lo que será en Semana Santa. O no.

La pequeña Dorrit, de Charles Dickens

La pequeña DorritPrimero de marzo, fecha marcada para hablar del libro del Club que este año, por segunda vez en su accidentada vida, se va a limitar a cinco libros para cubrir la temporada. Para 2018 no hemos puesto normas, yo creo que se nos olvidó. Se podría pensar que nos valían las del año pasado, pero no, claramente no.

Arrancamos con Dickens, héroe literario de algunos miembros del club y autor muertísimo, pero que no morirá nunca gracias a su maravillosa obra. El segundo requisito, que no hemos cumplido mucho, era que el libro no fuera muy largo. Bah, habrá pensado ND al elegir el libro, si quieres Dickens, te pones a leer o no te pones. Y aquí estamos: casi 1.000 páginas que el autor dio a leer a sus lectores en cómodas entregas durante un año y medio. Y en esto reside, me parece, que el interés de la trama no decaiga. Mal comparado, leerte este tocho en diez días es como ver cinco temporadas de una serie en dos tardes. Mal comparado. Y pensar que el año pasado no me dejaron poner Germinal como libro de lectura porque era largo… (abro paréntesis para recomendarles que, si no lo han hecho todavía, corran a leer Germinal de manera inmediata: es maravilloso).

La novela se estructura en dos libros (Pobreza y Riqueza) y si no vas avisado –como era mi caso–, cuando llegas al final del primero te preguntas ¿pero cómo va a seguir, cómo va a rellenar otras 500 páginas, si esto se ha acabado? Pues, amigos, las rellena y además con coherencia, con interés y sin que deje de ser la misma historia. Claro que podría haber rellenado otras 5.000 páginas más, porque, como en las series, va abriendo tramas, pero sin perder el hilo, de tal forma que cuando acaba no queda ni medio cabo suelto. Y además, ¡es Dickens!, un genio. Un genio que escribía, por cierto, sin procesador de textos, ni siquiera máquina de escribir. No soy capaz de imaginar lo que a este hombre le hubiera cundido una Olivetti.

En fin, la historia la pueden encontrar en cualquier resumen y será mejor de lo que yo pueda escribir de forma apresurada. Y de todos modos, me interesa hablar de otras cosas. Me interesa destacar lo que Dickens le da a la literatura, lo que es tan difícil de encontrar cuando no estás delante de un clásico de esta envergadura: esas ambientaciones perfectas que consigue con solo dos párrafos, que no son una descripción exhaustiva e inane de una calle, una cárcel, un salón, un puerto, sino que te mete en el tiempo, el lugar, la temperatura, y hasta el olor del escenario; esos destellos de humor maravilloso que provocan la carcajada o de ironías deliciosas traídas con tanta elegancia; esos personajes bondadosos o malvados, temerosos o audaces, envidiosos o nobles, orgullosos o serviles, poderosos o débiles; también esos otros personajes muy caricaturescos, que le dan sal al relato, o al menos evitan el exceso de azucar; esos diálogos limpios de gestualidad absurda de la que tanto abusan los malos autores; ese estilo, esa sencillez tan completa y tan difícil que deja beberse el texto.

Y esa mirada. Porque el libro es un folletín, pero ahí tenemos el negociado de los circunloquios, que es un vuelva usted mañana planificado, el paradigma de la incompetencia de gobiernos ineficaces y vampíricos; ahí tenemos la alta y la baja sociedad, micromundos simétricos y encorsetados de los que no se puede salir aunque se abran las puertas; ahí tenemos al Madoff del siglo XIX, rodeado de pichones avariciosos del siglo XIX; ahí tenemos al estafador disfrazado de benefactor y al recaudador que se rebela ante la injusticia que tan bien conoce; y ahí tenemos la sociedad inglesa de un tiempo que no creo que le gustara al autor, pero de la que sabía entresacar una historia en la que la integridad y el deber siempre se sobreponen a las calamidades que trae la vida, y en la que los buenos siempre avanzarán bajo el sol y la sombra.

La pequeña Dorrit es un libro magnífico, así es que léanlo si no lo han hecho aun, es una orden. Aunque, como siempre, pueden encontrar otras opiniones del libro leyendo a mis compañeros del club en  La mesa cero del Blasco, La originalidad perdida, en Lo Lo que lea la rubia y en la propia página del Club, donde está la opinión de Juanjo. El primero de mayo volvemos, esta vez con Steinbeck.

 

Libros de enero

Esto ya lo he intentado yo, lo de escribir sobre los libros del mes. Empiezo muy animosa en enero, y luego, cuando llega febrero, se me pasa, en marzo se me olvida, en abril me da pereza y en mayo ya no me merece la pena retomarlo. Pero lo intentaré este año de nuevo, lo de agrupar en un post las lecturas del mes, aunque sean reseñas cortitas. Allá voy.

El año empezó con Delibes, y La sombra del ciprés es alargada. Ordené la librería durante las vacaciones de navidad y me encontré con libros que debería haber leído y este era uno de ellos. No es un libro largo, apenas 300 páginas, premio Nadal en su día. En este libro nos cuenta la historia de un niño que es enviado a Avila interno a casa de un maestro o preceptor que es casi más austero y taciturno que la ciudad, algo de lo que se contagia el protagonista para el resto de su vida, y algo también que en cierto modo contagia a la narración. A la casa del maestro Lesmes también es enviado otro muchacho, un chico físicamente débil con el que entabla una sincera amistad que le marcará de por vida. Pedro, el protagonista, crece, se hace marino mercante, empieza a viajar, a vivir, pero un par de ideas de su maestro siempre le tendrán marcado: la idea de la muerte irremediable que se interpone entre dos seres que se aman (en un matrimonio, uno de los dos muere antes y abandona al otro); y la idea de que, en esta vida, solo pierde algo el que algo tiene, así es que es mejor medrar lo justo. El libro se me hizo un poco bola al principio, probablemente, por mi aversión a las historias con adolescentes de por medio, pero luego remonta y se anima cuando el protagonista se hace hombre. Y de todos modos, Delibes es Delibes y a este autor hay que perdonarle todo, hasta el leísmo.

Seguí con Stoner, de John Williams. Tuve que leerlo para un club de psicoanálisis al que voy cada mes, y qué bien que lo mandaran, porque yo a este autor lo tenía puesto una cruz y una raya después de haber leído Butcher’s crossing (reseña aquí). De Stoner había oido maravillas, y también que es una historia en la que no pasa nada. ¿Pero cómo que no pasa nada? Pasan muchas cosas, aunque eso sí,  todas muy normales, y de ahí que sea una novela estupenda. Porque a pesar de mis prevenciones (¡y prejuicios!) con el autor, tengo que decir que me ha encantado, y aunque Mr. Williams sigue abusando a veces de ese tic tan molesto “descripción inane-adjetivada absurdamente”, esos momentos de los libros en los que te saltas el párrafo y la conversación sigue ahí (en realidad, la conversación, el libro, los protagonistas, todos siguen ahí menos tú si se te ha ocurrido leerte todo ese bullshit de mal escritor), digo que aunque abusa a veces, la historia se sobrepone al estilo. Me pregunto si aquello de Butcher’s crossing que leí sería una malísima traducción y me respondo que ya no tiene remedio. Pero sea, Stoner, la vulgar historia de un vulgar profesor de una Universidad perdida en Minesota es una muy buena novela, y si no la han leído, yo se la recomiendo con la nota de que merece mucho la pena.

El tercer libro del mes es una recopilación. Se trata de Cuentos de perros, de Kipling. Y me ha encantado. Eso sí: si a ustedes los perros ni les van ni les vienen, no lo lean, porque total para qué, si no van a entender nada. Claro que si seguimos el razonamiento tampoco deberían leer el Libro de la selva, porque si no tienen una pantera negra por casa igual se les hace cuesta arriba lo de empatizar y eso… En fin, Kipling ama a los perros, y eso se nota. En estos cuentos, los perros juegan un papel principal, y son el motor de la narración. Las historias son sencillamente encantadoras, llenas de alegría, de fuerza, de poesía, de optimismo, de buen rollo, de humor y de sensibilidad. Por ejemplo, el cuento con el que arranca el libro cuenta cómo un soldado salva a otro de una borrachera, y éste, como penitencia, le regala su perro al primero. Se dice a sí mismo que, si se impone esta pena, esto le recordará que hay un sacrificio aun mayor que no beber. En otro cuento nos habla de una señora de la alta sociedad que se encapricha con un perro maravilloso de carácter hasta el punto de pedir a unos soldados que se lo roben. Los soldados le endilgarán un perro insoportable pintado con los mismos colores, y de paso le sacarán el dinero prometido. Los perros no están humanizados salvo en tres de los cuentos, en los que Kipling se mete en el pensamiento de uno de ellos y nos habla en primera persona. Tiene su aquel seguirle el pensamiento y el lenguaje a un perro, pero además de ser una originalidad brillante, es muy divertido. Y también hay tres o cuatro poemas muy bonitos. En fin, un hallazgo que no pueden perderse los amantes de los perros (como moi). Eso sí: seguirle la prosa a este hombre no es un camino de rosas, probablemente porque los cuentos están recopilados y tal vez en ocasiones formen parte de una colección en la que los protagonistas ya han sido presentados. Pero lean, lean.

Finalmente, Las últimas palabras, de Carme Riera. Riera no es una recién llegada, ni una joven promesa, ni una autora en absoluto desconocida, aunque yo no había leído nada suyo. Y tiene un escribir fácil, lo que es muy difícil. En este libro, nos cuenta cómo encontró un manuscrito perdido con las últimas voluntades del archiduque Luis Salvador de Austria, sobrino del emperador Francisco José, que vivió en Baleares y es un personaje muy querido y recordado en las islas. Supongo que todo es una ficción, desde el encuentro del manuscrito hasta el texto y parte de lo que en el libro se cuenta, pero Riera nos ofrece el último y largo mensaje de un hombre vivido, un poco atormentado y desde luego muy interesante, en el momento en el que su vida se acaba. Es decir, vamos a contar verdades, aunque sea con amargura. El libro tiene un defecto y es que es corto. Lo lees y quieres saber más del personaje y de su peripecia. Pero en esto, como en el estilo preciso, se ve la maestría de la autora.

Y esto es todo. Ya veremos si en febrero me acuerdo de contarles qué he leído – no apuesten dinero -. En todo caso, en febrero tenemos libro del Club, así es que el día primero de mes me tienen aquí seguro hablando de Dickens, que es lo que toca.