Otelo, de William Shakespeare

De nuevo aquí estamos los incansables lectores del Club de Lectura con nuestra cita bimensual. Como anunciado en el post del primero de mayo, le toca el turno a Shakespeare, un autor al que no hace mucha falta presentar. Otelo, como todas sus tragedias, es una obra muy conocida, y una no tiene que leer el libro para conocer la historia más o menos, ni esperar al final para ver qué pasa. Sin embargo, yo no la había leído, y aquí vengo a glosarla.

Otelo es un noble militar al servicio del Dux de Venecia, a quien han confiado el ejército de la República para luchar contra los otomanos. Y también es un moro atractivo del que se ha enamorado Desdémona, una bellísima dama que no ha dudado en casarse con él a espaldas de su padre. Hubieran sido felices y hubieran comido perdices – sin su padre a la mesa, eso sí-, de no haber intervenido Yago, un joven veneciano que es un cabrón de mucho cuidado. El tal Yago está que fuma en pipa porque quería que le nombraran teniente del ejército a las órdenes de Otelo, pero sólo le han hecho alférez, así es que decide vengarse de todos, empezando por Otelo, siguiendo por Desdémona y terminando por Cassio, que es el teniente nombrado por el propio Otelo.

Pero Yago no va a vengarse ni a plantear batalla de manera noble, honrada, o con cierta hombría, sino que se dedicará a liar a unos y otros con engaños e insidias para que se vayan matando entre ellos. Así utiliza a Roberto, un pobre infeliz enamorado de Desdémona para sus marrullerías; así tiende a Cassio una trampa para que parezca que rebela a la ciudad y la pone en peligro; y así va inoculando con insinuaciones, medias verdades y claras mentiras los celos en Otelo. La tragedia se desencadena y cuando la verdad quiere aparecer ya no se la cree nadie. Así que allí se van matando los unos a los otros y para cuando la madeja se quiere desenredar, ya la cosa poco remedio tiene.

Se relaciona Otelo con los celos, y bien está. El hombre se vuelve completamente tarumba solo de pensar que le han coronado, pero ese pensamiento no viene de la nada, sino que está inducido por la mentira y por la prima hermana de los celos, que es la envidia: la envidia de Yago, mezclada con su bajeza moral y con su rencor. Lo que nos enseña Shakespeare es que los celos llevan a matar a quien más amas, pero también que la insidia y las palabras malintencionadas pueden convertir en un pelele a cualquier hombre y llevarlo a la locura, por inteligente y experimentado que sea.

Sobre la forma tengo que decir que tiene una prosa que no es fácil para un lector actual y poco acostumbrado a estos textos, que resultan algo ampulosos . Pero aunque leer teatro no es santo de mi devoción, porque lo sigo mal, creo que esta verano leeré el resto de tragedias que trae la edición que he manejado. ¿Qué quieren? ¡Es Shakespeare!

Como en otras ocasiones, podéis encontrar otras opiniones sobre el libro en La mesa cero del Blasco, La originalidad perdidaa, en Lo Lo que lea la rubia y en la propia página del Club, donde está la opinión de Juanjo. El próximo libro, para octubre, será Frankie y la boda, de Carson McCullers. Aquí estaremos.

Los vagabundos de la cosecha, de John Steinbeck

by Dorothea LangeEste que os comento hoy es el segundo libro del año del club de Lectura, elegido por mí, aunque en segunda tentativa. La primera era Germinal, de Emile Zola, pero tenía la desventaja de contar con casi 500 páginas. Entonces, entre saltarnos la regla de no más de 200 páginas o la de que el autor se hubiera muerto hace mucho, optamos por la segunda. Y de todos modos, ¡Steinbeck es Steinbeck! (grito igualmente aplicable a otros, por ejemplo ¡Galdós es Galdós!), y nunca defrauda.

Este librito, muy muy corto, pero también muy intenso, compendia siete reportajes que el autor escribió en el verano de 1936 para el San Francisco News. Son una denuncia de las condiciones de vida de los jornaleros de los campos de California de aquellos tiempos, unas condiciones hoy en día impensables. También lo eran entonces y de ahí los reportajes de Steinbeck.

Entre 1935 y 1938, unos 400.000 granjeros de Oklahoma, Nebraska, Kansas y el Oeste de Texas emigraron a California para cultivar los campos. No emigraron por gusto, ni por codicia, sino porque en los años precedentes unas tormentas de polvo seguidas de sequías, tornados y nevadas destruyeron no sólo sus cosechas, sino también sus campos. La mayoría había hipotecado sus tierras y sin poder pagar los préstamos ni poder arrendarlas, tuvieron que huir con sus familias y con lo puesto en sus viejos coches para poder comer.

…carracas desvencijadas cargadas de niños, sábanas sucias y peroles ennegrecidos por el fuego…

Los vagabundos de la cosechaEsta no es la crónica de una migración, sino más bien del recibimiento de una migración. En las primeras páginas, Steinbeck nos hace ver cómo las tierras de California necesitan a los jornaleros para explotar su tierra (su riqueza), y sin embargo, los reciben con odio y desconfianza, «con esa antipatía atávica del lugareño hacia el extraño». Antes que los americanos estuvieron los chinos, los filipinos, los japoneses, los mexicanos, gente que venía de otro país y que se organizó, o tiró los precios del jornal, y que por todo ello fueron igualmente expulsados. Ahora los nuevos vagabundos de la cosecha eran americanos, descendientes de los antiguos pioneros que habían conquistado y labrado la tierra de América, pero eso no les garantizaba unas condiciones dignas de vida y trabajo.

Steinbeck sólo recurre en un par de ocasiones a contarnos casos de familias concretas con nombres y apellidos, pero esto no le resta dramatismo ni gravedad a la narración. Algo de luz deja percibir cuando nos habla de las instalaciones construidas por el Gobierno federal, que devuelven parte de la dignidad a estos nuevos jornaleros. Pero la gran mayoría no vive en estos campamentos, ni tiene acceso a ningún subsidio por ser población itinerante. Viven en chabolas de cartón o de plástico, o en habitaciones de tres metros cuadrados alquiladas por la propia explotación, sin agua potable ni luz, sin acceso a la higiena básica ni a ningún servicio médico o sanitario, rodeados por guardias y matones, y cobrando salarios miserables con los que un padre de familia no puede mantener a su prole.

El libro se lee en un par de horas y enseña y explica lo que el propio Stenbeck desarrollaría después en Las uvas de la ira. Los vagabundos de la cosecha, sin ser una novela, contiene la misma verdad. Un buen libro, muy recomendable, que cuenta además con un buen puñado de fotografías de la época, la mayoría de Dorothea Lange, una de las cuales he elegido para ilustrar el post.

Como en otras ocasiones, podéis encontrar otras opiniones sobre el libro en La mesa cero del Blasco, La originalidad perdidaa, en Lo Lo que lea la rubia y en la propia página del Club, donde está la opinión de Juanjo. El próximo libro, para el primero de julio, será de Shakespeare, un autor muertísimo al que no contaremos las páginas. Aquí estaremos para contarlo.

Ejercicio de estilo

(Seguro que tú, lector, comprendes desde el principio del texto el sentido del ejercicio. Si no, léelo con esmero, incluyendo el penúltimo bloque: entonces fijo que deduces el intríngulis del texto).

El ejercicio que nos propone el profesor consiste en escribir un cuento siguiendo instrucciones de Georges Perec. Eso nos dijo el profesor, que lo citó en recuerdo del libro Ejercicios de estilo. En este libro, nos dice, Perec escribió el mismo cuento sirviéndose de cien estilos diferentes. Cien o un número próximo, no sé. Pero, mis queridos lectores, el libro en cuestión no es de Perec, sino de Queneu (¿se escribe Queneu? No lo recuerdo en este momento, luego lo consulto).

Este Queneu (después veré si decido escribir bien su nombre), es uno de los escritores que constituyeron el Oulipo, junto con Bens, Bergé, Lescure y otros. Este grupo, estudiosos del estilo y los experimentos retóricos, hicieron célebres muchos retos lingüísticos entreteniéndose con lo que describieron como inconvenientes o constricciones. Esto les sirvió como motivo de juego y les permitió ofrecer los pormenores de sus métodos entre el público. Pero este no es el ejercicio. El ejercicio consiste en escribir de nuevo el cuento con un estilo inédito. Voy, pues.

Resumiré el incidente del siguiente modo: un tipo sube en un bus y se enfurece porque otro hombre, por el impulso del motor, le dirige un golpe sin querer. El primero exhibe su enojo, como digo, pero no con mucho ímpetu. Y no surte ningún efecto, pues, entre murmullos, decide seguir en el bus e incluso se pone cómodo en un sitio próximo, desde donde se puede percibir que tiene un mosqueo de mil demonios.

Si quiero concluir el ejercicio propuesto, debo referir que el que ve el suceso (el que escribe) se encontró con el mismo señor del bus (el que entró en el bus y recibió el golpe) unos minutos después en un edificio donde se detienen los trenes con el fin de recoger productos o seres vivos. Los trenes sirven lo mismo en los dos supuestos, si bien los coches del tren son de distintos modelos y tienen diferente distribución. Pero no quiero perder el hilo, continúo con el cuento. El hombre del bus, vestido con un sobretodo por protegerse del viento y el frío, se juntó con un tercer hombre, desconocido, que le indicó con el dedo un botón del sobretodo. Y termino: tengo que decir en el texto el nombre con el que se conoce el edificio de los trenes. No es ningún misterio, pero yo les propongo descubrirlo por ustedes mismos: el nombre viene en recuerdo de uno de los siervos de Dios, un hombre con el que Jesús obró el prodigio de revivirlo después de muerto y que por eso le hicieron bendito.

Creo que es todo: en este punto puedo concluir el ejercicio. ¿Puedo?

Como digo en el principio de este suelto, el ejercicio que nos exige el profesor es de Queneu (seguro que no se escribe de este modo), si bien el profesor lo pidió de Perec. ¿De quien entonces me inspiro? Yo, queridos lectores, soy obediente y, como ven, hice lo de “Queneu”. ¿Debo poner tintes de Perec en el texto? ¡Eso intento!

Este escritor, Georges Perec, tiene un célebre ejercicio de estilo que usó en su libro El secuestro. Lo sugestivo de este libro no es el suceso de ficción que describe: lo difícil es que evitó poner “e” en todo el libro (ciento y pico folios). Y eso he hecho yo. Pero viniendo de donde vengo y viviendo donde vivo, no poner “e” en un texto no tiene ningún mérito. Entonces he elegido otro reto: he eludido escribir el primer signo de nuestro léxico, eligiendo términos y expresiones que no lo contienen.

Y por eso he ido y venido en el texto, (que por cierto es un rollo), ¡mil rodeos y giros he tenido que emprender con este puto ejercicio de estilo! En fin (suspiro), pobre “Queneu” y pobre Perec, espero que desde el cielo me perdonen. ¡Vive Dios que el ejercicio es difícil, coño!

A menos de cinco centímetros, de Marta Robles

A menos de cinco centímetros de Marta RoblesMarta Robles ha publicado recientemente su último libro y primera novela negra, A menos de cinco centímetros, y fue a dar una charla sobre la novela la semana pasada a Liberespacio, la maravillosa librería que mi amiga Zaida tiene en el barrio de Argüelles. Con ello, además, Marta Robles ha querido una vez más participar como protagonista de los eventos que organiza la Asociación Mujer y Liderazgo, AMYL, de la que fue presidenta otra buena amiga mía, Maitena. Y entre estas dos amigas —¿para qué quiero enemigos?—, decidieron encargarme animar el evento junto con otra compañera. ¿Y por qué me lo encargaron? Pues porque me quieren, me quieren muchísimo.

La novela cuenta el caso de un escritor del que se sospecha que ha asesinado a sus últimas amantes. A falta de femme fatal, el escritor juega el papel de homme fatal: atractivo, hombre de éxito, se le da igual de bien escribir libros que conquistar mujeres maduras. No hace rosquillas, ¡pero debería intentarlo! En sus brazos cae una bellísima mujer, mundana, cultivada, y con un pasado enigmático y triste. Pero el auténtico protagonista de la novela es Roures, un detective al que amas casi desde la primera página. Roures es un antiguo periodista de guerra, curtido y de vuelta de muchos horrores, engañado y desengañado, pero buen tipo, leal y noble. Ya tenemos el triángulo. Luego otros secundarios de fuste, como Prieto, un policía de bien, o Katia, la hija de una de las asesinadas que encarga el trabajo de investigación al detective. Y también está Isabel, un personaje inolvidable.

Estos personajes se pasean por una estructura sólida que mantiene el interés hasta el desenlace final, bastante inesperado. La prosa de Marta Robles, sin embargo, sí me la esperaba, porque yo ya la conocía de otro libro que escribió al alimón con Carmen Posadas, un libro muy divertido sobre las buenas maneras. En esta novela los personajes le permiten a Robles dejar perlas y frases redondas de las de anotar («imposible no seguirte sabiendo que caminas»), referencias literarias, diálogos inteligentes entre los personajes y algún que otro guiño al lector atento. Y un juego de voces que le permite trasladar tanta finura en escenas de sexo como brutalidad en pasajes de violencia espeluznantes.

La novela negra no es el santo de mi devoción porque casi siempre te deja un poso de inquietud. La novela negra necesita personajes cínicos y exige bajos fondos y, por regla general, la verdad que circula por debajo del asesinato es mucho más cruel que el propio crimen y nunca se resuelve deteniendo al asesino. Aquí este esquema se cumple a rajatabla, porque por debajo de la trama de intriga en la que se mueven los personajes se esconde una denuncia que trasciende al argumento. Marta Robles dispara contra asuntos tan sangrantes como es la trata de blancas, la violación como arma de guerra, la prostitución encubierta —o no tan encubierta—, el antisemitismo y el uso de la verdad como acto militante. O sea, una novela negra comme il faut.

Léanla, no se van a arrepentir.

Gatos ilustres, de Doris Lessing

Gatos, de Doris LessingEste libro de Doris Lessing es, como mínimo (estoy por decir como minino), un libro curioso. El título te lleva a pensar que se trata de una crónica de los gatos famosos de la historia, pero en absoluto trata de eso. He visto en otros sitios mencionar este libro con el título de Gatos distinguidos, y creo que sigue sin dar con la traducción de lo que originalmente la autora llamó Particularly cats, sin duda más acertado porque un gato siempre, siempre, es particular, en la acepción de único e individual.

Doris Lessing nos cuenta sus experiencias de vida con los gatos, desde su infancia en África a principios del siglo XX (vivió hasta los treinta años en lo que hoy es Zimbabue) hasta la actualidad londinense del libro, en 1967. Cuenta con mucha maestría algunas historias de gatos salvajes, en algunos casos crueles, otras tristes, y en ocasiones historias de las de meterse un puño en la boca y taparse la cara con la sábana. Pero siempre son historias muy interesantes y muy bien narradas.

La mayor parte del libro está dedicado a hablar de los dos gatos de la autora. Una gata gris medio siamesa, coqueta, presumida, exhibicionista y dominante y otra negra mucho más modesta, testaruda y formal. Y Lessing nos describe cómo estas gatas viven con ella y las relaciones de poder que establecen entre ellas, cómo reaccionan ante la maternidad y ante la vida en general, cómo se desenvuelven y establecen un vínculo casi familiar con la autora. Y aquí, amigos, es cuando uno percibe la enormidad de la escritura de Doris Lessing.

La autora pone toda su expresividad literaria al servicio de la observación de las dos gatas. Asombra la precisión de los detalles, la descripción elocuente de los comportamientos gatunos, cómo dibuja los gestos, las intenciones y las reacciones de estos animales tan enigmáticos. Lessing atrapa al lector construyendo dos personajes de novela y dotándolos de una personalidad compleja, completa, casi humana. Casi, porque Lessing deja en todo momento a las dos gatas en su sitio: son animales, no personas. Y de los animales, y de su admiración y vida con ellos, Lessing construye un gran relato.

«Sabía que no era el primer gato de la casa, que la gata gris mandaba. Pero como segunda gata tenía sus derechos, y los defendió. Nunca llegaron a pelearse físicamente. Libraron impresionantes duelos con los ojos. Cada una se situaba en un extremo de la cocina; ojos verdes y ojos amarillos mirándose de hito en hito…».

Y ahora el aviso a navegantes. Mucho cuidado si se encuentran este libro emboscado en alguna librería infantil porque NO es un libro para niños, aunque la cuidada edición, con unas maravillosas ilustraciones de Joana Santamans, pueda inducir a pensarlo. Tampoco es un libro para animalistas extremos, que se escandalizarán e indignarán mucho cuando lean que la autora reparte algún sopapo que otro a alguna de las gatas (muy merecido, por cierto). Es un libro a ratos duro, sí, pero entrañable, en el que prevalece el amor y el respeto hacia los animales y la admiración de la autora a los gatos. Un libro muy curioso, interesante, que se lee con mucho interés y que constituye, sobre todo, una magnífica lección de literatura.

Este post también ha sido publicado en El Buscalibros

La muerte de Ivan Illich, de León Tolstói

Ivan Illich TOLSTOI.jpgPues aquí estamos los miembros del Club de lectura otro año más, fieles a nuestra cita con vosotros para hablaros de los libros que nos imponemos leer. Este año repetimos el experimento del anterior con libros de autores muertos, a ser posible hace mucho, para que el tiempo haya hecho su primera criba. La segunda condición es que sean libros cortos, por si acaso. Ningún por si acaso en nuestro club está de más, ya lo sabéis vosotros, seguidores avisados.

Este primer libro del año es La muerte de Ivan Illich, del insigne León Tolstói, autor, como sabéis perfectamente, de clásicos de la literatura como Guerra y paz o Anna Karenina. No sé si nuestro libro del mes es el más cortito que hay de este autor pero no me extrañaría. Sin embargo, cuando Juanjo dijo Tolstoi, a mí me salió una cana pensando en el tocho que nos iba a tocar, pero no, ha sido breve. Y lo bue, si bre, dos ve bue. Vamos al libro.

La muerte de Ivan Illich cuenta la muerte de Ivan Illich, como el título indica. Y por si acaso no nos hemos creído lo que dice la portada, desde el primero de sus doce capítulos ya nos lo confirma: el funcionario Ivan Illich ha muerto y sus compañeros de profesión reciben la noticia mientras juegan a las cartas, sin poder evitar pensar en quién de entre ellos ocupará el puesto de juez que deja forzosamente vacante. Y tú esperas que la novela siga por ahí, pero no. En el segundo capítulo Tolstói da un giro de muñeca y empieza a contarnos la historia de Illich, y lo hace de forma lineal: padres, infancia, juventud, primeros trabajos, matrimonio de medio conveniencia, nacimiento de sus hijos, y finalmente, el traslado a una nueva ciudad que le permitirá salir del aburrimiento en el que se ha convertido su vida. Por lo demás, un hombre vulgar y corriente, tirando a apático, práctico y un poco sumiso:

“Era ya en la facultad lo que sería en el resto de su vida: capaz, alegre, benévolo y sociable, aunque estricto en el cumplimiento de lo que consideraba su deber; y, según él, era deber todo aquello que sus superiores jerárquicos consideraban como tal”

“En el cargo de juez de instrucción… se ganó el respeto general y supo separar sus deberes judiciales de lo atinente a su vida privada”

“Los deleites de su trabajo oficial eran deleites de la ambición; los deleites de su vida social eran deleites de la vanidad.” (esta frase me encantó)

En la nueva ciudad, preparando la nueva casa donde va a vivir, Ivan Illich se cae de una escalera, se da un golpe en un costado y a partir de ahí ya no levanta cabeza. Cae en una enfermedad extraña que ningún médico es capaz de curar y finalmente muere. Su enfermedad y muerte ocupan dos tercios del libro (desde el capítulo cuatro), y así como la primera parte se hace muy distraída y los capítulos dedicados al principio de la enfermedad logran mantener la intriga (la intriga de cuál es la dolencia, porque tú, lector, ya sabes que muere), hacia el final la novela decae y se convierte en un texto un poco pesado y reiterativo. Pero, en general, se lee con mucho gusto (si uno supera la falta de afecto que provoca Illich, que es un poco quejica y un flojo).

Es precisamente la parte final de la novela lo que constituye, si leéis la nota de la editorial, el nudo del relato: Ivan Illich se lamenta, cuando se sabe condenado a muerte, de la inutilidad de su vida y de la irreversibilidad del tiempo. Parece ser éste el quid de la questión, aunque no estoy yo tan segura de esto, porque al mismo tiempo que se lamenta, también Illich se pregunta cómo debería haber vivido la única vida de la que ha dispuesto sin poder responderse¹. Me parece más un hombre que se rinde demasiado pronto, que no sabe luchar o, mejor dicho, que no tiene ningún motivo que le empuje a ello.

Con todo, me parece una buena novela y me ha gustado, desde luego. Qué quieren: es Tolstoi. Su final (“Este es el fin de la muerte. La muerte no existe”) es de una contundencia fabulosa. Dicho esto también os diré que he tenido la suerte de manejar una edición que trae otra novela más de Tolstói, Jadzhi Murat, más larga pero infinitamente más entretenida: la historia de un guerrero del Cáucaso en lucha contra los rusos. Esta novela ya no os la cuento, que no toca, pero la recomiendo vivamente, casi casi con euforia.

Como en otras ocasiones, podéis encontrar otras opiniones sobre el libro en La mesa cero del Blasco, La originalidad perdida, en Lo que lea la rubia y en la propia página del Club, donde está la opinión de Juanjo. Ellos ya habrán publicado: yo hoy llego tarde por un despiste espero que perdonable. A ver cómo seguimos el año y si sigue la buena racha. Esperemos que así sea.

¹ Ivan Illich, al empezar su vida profesional, se hace grabar en su reloj el lema respice finem (piensa en el final).

Fernando Torres, «El Niño»: Mis mejores momentos viñeta a viñeta, de Fernando Torres y Jorge Crespo

fernando-torres-el-nin%cc%83o-libroOs recuerdo: soy madridista y tengo más de doce años. Y os lo recuerdo porque aquí me tenéis reseñando una autobiografía de Fernando Torres para niños ilustrada con viñetas de un colchonero que colabora en El Mundo Deportivo. Sí, yo también me he preguntado varias veces por qué, e incluso he llegado a decir en voz alta eso de «Señor, llévame pronto». Pero ya no lo diré más porque, una vez que me he tragado este petardo, creo que podré sobrevivir a todo y no es cosa de hacerle perder el tiempo a nadie, y menos a Dios.

En efecto, este es un libro para seguidores incondicionales del Atlético de Madrid, que es tanto como decir seguidores incondicionales de Fernando Torres. Un símbolo, un emblema, un modelo y el epítome y encarnación del club centenario. Un tipo que, si seguimos a Dani Martín en el prólogo, «tiene una luz que brilla con una fuerza característica». Nos quedamos sin saber si la característica es el Sol, el led de un semáforo o si es una luciérnaga hasta que en la primera viñeta nos aclaran que fue un rayo que, ¡fum!, entró en la sala de partos cuando él nació (sin que hubiera ventanas). Que sepan ustedes que si no abandoné el libro al leer esto es porque enseguida te explican que «ser del Atleti es caerse y levantarse y seguir luchando». Y yo no iba a ser menos, Hala Madrid. Lo que sí hice fue olvidarme de las viñetas y atender a los textos, que al menos tienen un pase.

Lo raro que tiene el mundo editorial no es que te encuentres con biografías de deportistas, sino que algunas de ellas estén escritas cuando el personaje sólo tiene veinticinco años. En nuestro caso «el niño» ya tiene treinta y dos, pero da igual: sigue sin tener gran cosa que contar. Claro que no sabría yo decir si es porque es del Atleti o a pesar de ello… Así que tratan de alargarlo empezando desde el nacimiento, que convierten en una peripecia casi sobrenatural, y luego siguen con las naderías: que a los dos años ya daba patadas a un balón (como cualquier niño), que a los cinco jugaba en un equipillo de barrio en Fuenlabrada (como cualquier niño de Fuenlabrada), que por ganar les daban una bolsa gigante de patatas fritas (como a cualquier niño sin miedo al sobrepeso), y que a los nueve le llevaron a visitar la sala de trofeos del Atlético (como a cualquier niño sin miedo… a nada). En fin, si consigues sobrevivir al relato de su infancia ya te queda menos para convertirte en seguidor del Atleti. Porque, amigos, la frase «ser del Atleti es caerse y seguir luchando» tiene un corolario que es el siguiente: «El resultado final no es lo único que cuenta». ¿Ya he dicho que el libro está escrito en primera persona? En fin, si lo de menos es el resultado, habrá que tararear a Sabina, que siempre viene bien:

Qué manera de aguantar, qué manera de sufrir, que manera de… escribir.

Algunas cositas se salvan, todo hay que decirlo. Cuando cuenta que le hizo seguidor del Atleti su abuelo y los capítulos en los que le recuerda con mucha ternura merecen un gran respeto. También algunas reflexiones sobre la fama, antes y después de tenerla, tienen su punto de curiosidad. Habla, claro, de su paso por el Liverpool, un club emblemático del que salió malamente, pero del que habla con cariño aunque rechazara tatuarse eso de You’ll never walk alone (me pregunto si llevará un tattoo que ponga «yo me voy al Manzanares»). Y sorprende la confesión cuando dice que si pudo progresar en sus inicios fue, probablemente, debido a que el Atleti estaba entonces en Segunda División. ¡Dios mío, espero que el Madrid se olvide cuanto antes de la cantera!

Otra de las cosas salvables es que elige bien las anécdotas, y esto lo digo sin ironía: cuando recuerda la compra de su primer neceser para su primer viaje con el equipo, o cuando pudo ir a un centro comercial con su familia a cenar sin que le conociera nadie después de su debut en el Calderón. Por cierto, sobre su familia, yo les agradezco que hayan evitado que su hijo se convierta en un cretino como tantos otros futbolistas. Ahora, que si no es mucho pedir, también les hubiera agradecido que le obligaran un poco más con la literatura.

La parte futbolística es de sobra conocida por cualquier aficionado, no digamos si eres del Atleti, y por eso creo que carece de interés, porque es algo que se puede encontrar en la Wiki o en cualquier periodicucho deportivo con ocasión de algún remate de cabeza que acabe en gol. Suponiendo que te interese un poco, claro. Mucho más jugoso, sin embargo, es cuando habla de sus peinados o de sus manías, o cuando te cuenta que se hizo delantero un día que se puso de portero y le saltaron los piños de un balonazo. Y desde luego te deja pensativa que un tipo que ha ganado dos Eurocopas, un Mundial y una Champions considere un triunfo haber salido en los Guiñoles, en 7 Vidas y en Torrente. Claro que si todavía no ha ganado una liga con el Atleti pensará que con algo similar tendrá que conformarse.

Con todo, debo decir que Fernando Torres es un chaval que cae bien (y no sólo sobre el césped, unas cincuenta veces en cada partido). Y si no te cae bien cambiarás de opinión cuando te habla de su colaboración con enfermos de ELA y sus labores solidarias en general. Se le nota bien nacido al leer su admiración hacia Luis Aragonés y también bien educado cuando es respetuoso, y hasta cariñoso, con otros jugadores, algunos de ellos madridistas emblemáticos. No así con Couto, que le hizo algunas entradas y se las devuelve en forma de capítulo yo creo que irrelevante. Y, en fin, lo que me confirma que es un tipo que tiene algo en la cabeza es cuando le leo decir esto sobre el Atleti: «Los clubes que prefieren el mal del adversario al bien propio viven muy a la sombra del éxito». Una enseñanza sabia, y no sólo futbolera, porque es aplicable en muchas otras cosas de la vida.

En fin, amiguito mío, si eres del Atleti y tienes menos de doce años, este es tu libro, no busques más. Eso sí, ya te advierto que igual encuentras las viñetas algo infantiles. Y si eres el padre, puedes comprárselo a tu hijo sin dudarlo porque sólo recibirá de él enseñanzas la mar de educativas y beatíficas: nada de drogas (Torres no es Maradona), ni de sexo (Torres no es De Gea), ni de alcohol (Torres no es Gascoigne), ni de oscuros chantajes (Torres no es Benzema), ni siquiera nada de cámaras isobáricas (Torres no es Raúl), ni, por supuesto, ninguna sofisticación fuera de lo corriente (¡Torres no es Beckham!). Y no temas, que no hay nada que temer: finalmente, ser del Atleti no es lo peor por lo que se puede sufrir en la vida.

Un libro para hinchas del Atleti, y en especial para admiradores de Fernando Torres, «El Niño», ilustrado con viñetas dialogadas. Ya viene coloreado.

 

Publiqué esta entrada, ligeramente adaptada, en El Buscalibros en junio de 2016

Pepita Jiménez, de Juan de Valera

pepita-jimenezTerminamos un año más del languideciente Club de lectura con el disfrute de un libro maravilloso propuesto por Paula. No sé si al año que viene seguiremos con el club o ya nos daremos por vencidos, aunque el año no ha estado nada mal. Dickens, Maquiavelo, Jonathan Swift, John Williams y ahora Juan Valera hace pensar que hemos ido a lo seguro, sólo poniendo dos condiciones: que el autor estuviera muerto y por lo tanto que su obra haya pasado la criba del tiempo; y que los libros no fueran demasiado largos, por si acaso se nos hacía bola. Este por si acaso es muy importante en este club, no crean. No me olvido del libro que eligió la madre de Paula y anfitriona de una estupenda comida las pasadas navidades, que propuso un extraño libro, La gran migración, de Hans Enzensberger, que luego resultó la mar de interesante. Y coronamos el año para mi gusto con el mejor de todos, un libro de los que ya no se escriben.

Se le nota a Juan Valera la pluma de poeta. Y también la buena mano para escribir cartas. En Pepita Jiménez, un narrador nos cuenta que el señor dean de la catedral de … murió y  dejó entre sus papeles un legajo compuesto de unas cartas y una parte narrada (los paralipómenos), y que en conjunto parece una novela, aunque con poco o ningún enredo. Así es que nuestro narrador se decide a publicarlas, aunque cambiando nombres y lugares, porque le parece una historia que tiene interés.

La historia es la de Luis de Vargas, un seminarista de veintidós años que, antes de tomar los votos, va a pasar con su padre una temporada al pueblo del que salió de niño y del que ahora el padre es cacique. Y allí conoce a Pepita Jiménez, una guapa mujer de veinte años, de origen pobre que ha estado casada con un octogenario que le dejó una fortuna al morir. El padre, viudo y todavía de buen ver, pretende a Pepita, aunque esto no es lo que tiene interés. Lo que tiene interés es que, y esto se ve venir desde casi las primeras páginas, Luis de Vargas se enamora de Pepita. ¿Pero él no iba a tomar los votos y a hacerse cura, o monje cartujo o se iba a ir a catequizar a los negritos de Monicongo? Pues sí, y ahí está la cosa.

El libro es un folletín, un relato de amores decimonónicos, una historia romántica con desmayos, duelos, requiebros y sofocones de amor total de esos que no te dejan comer ni dormir. Una historia bien bonita, escrita con una prosa musical que da gusto leer. Un libro encantador que merece su lugar de honor entre las obras clave de la literatura española.

El lenguaje es muy poético aunque no es sofisticado, pero he anotado algunas palabras bien chulas de las de mirar en el diccionario a ver qué significaban. Aquí os dejo algunas: Eutrapelia, candiotera, binar los majuelos, timbirimba, chalanes, jamugas, inficionar, coracha, disciplinazos, ternes, túrdigas, zahareña, pateta, mengue, pelgar, corambre, zanguango, empecatada, supiripandos (que no viene en el diccionario, aunque creo que es una variación ingeniosa de suripanta), sin decir oxte ni moxte, zarandillo, enjalbiego, plectro, hacerse de pencas, cendales, daifa, amostazaba, recoveros, alifafes, estezado, epitalamio, gajorros. También (lo juro) he encontrado un “remonísima” que me resultó de lo más chocante. Y por último, os dejo una frase de la criada de Pepita Jiménez referida al seminarista que no tiene desperdicio:

“¡Anda, fullero de amor, indinote; maldecido seas; malos chuqueles te tagelen el dupro, que has puesto enferma a la niña, y con tus retrecherías la estás matando!”

Una maravilla de libro, de los que ya no se escriben. Leedlo, que no os arrepentiréis.

Como en otras ocasiones, tenéis otras opiniones sobre el libro en La mesa cero del Blasco, La originalidad perdida, en Lo que lea la rubia y en la propia página del Club, donde está la opinión de Juanjo. A ver cómo seguimos al año que viene, y si sigue la buena racha. Esperémoslo.

Butchers Crossing, de John Williams

Hoy toca publicar la reseña del languideciente Club de Lectura, que este año nos pide pan una vez cada dos meses. El mítico sufrimiento de este club parece atenuarse con la falta de frecuencia, pero cuando pega, lo hace de lo lindo. Para muestra el libro que vengo a comentar. John Williams, según la editorial, se encuentra entre Melville y Cormac McCarthy, lo que es tanto como decir que todos los caminos conducen a Roma. Yo no sé de dónde se han sacado esa comparación. En mi humilde opinión, el estilo de escritura de John Williams está más bien entre Pedro J. Ramírez y Christian Gálvez, por lo farragoso, enrevesado, cursi y pesado. Esto y unas descripciones que pretenden ser tan ajustadas y detallistas que al final te pierdes. Un horror.

La historia es la de un joven de Boston de mediados del siglo XIX, Will Andrews, que al terminar sus estudios en la universidad decide ir al Oeste a vivir una aventura. El porqué no sé si está muy bien explicado al principio del libro, porque el principio del libro es INSOPORTABLE. Vean cómo nos describe su llegada en la diligencia:

…a medida que las pequeñas ruedas del carromato entraban y salían de las roderas dejadas por carros más pesados, la carga amarrada en el centro y protegida por una lona se iba moviendo, las cortinas laterales, subidas, golpeaban las varas de nogal que sostenían el techo de listones y lona, y el solitario pasajero sentado al fondo tenía que apuntalarse contra las delgadas tablas de los lados, con una mano apoyada en el duro banco forrado de cuero y la otra aferrada a uno de los lisos palos de nogal hincados en zócalos de hierro sujetos a las tablas laterales…

Yo leo esto y me digo que me acaban de llenar los ojos de paja y que es una verdadera lástima que el solitario pasajero no hubiera dejado resbalar una de sus blancas manos por las lisas tablas de nogal laterales para darse un sobrenatural y mortífero pescozón contra el duro suelo del liviano carromato que circulaba a mediana velocidad y así acabar su efímera vida de joven bostoniano entre las roderas intermediadas de fino barro del oeste mientras exclamaba con voz estentórea bullshit de la pena mora. Qué horror.

En fin, la aventura del joven Will Andrews consistirá en irse a cazar bisontes, los últimos bisontes, con un grupo formado por un cazador experimentado, duro y honesto, que te imaginas más como un Clint Eastwood locuaz que como un John Wayne taciturno. Hay otro vaquero borrachuzo que se ha vuelto loco después de que se le congelaran las manos y un tercero que va para despellejar a los bisontes y que es un cenizo y un agonías. Y nuestro Will, claro, que se va de excursión para hacerse un hombre, pero que tiene pinta de estar siempre a punto de decir aquello de “Dr. Livingstone, supongo”. Cuatro patas para un banco, que diría mi abuela, aunque en realidad se trata de mostrar al héroe fuerte, al antihéroe cobarde y al observador que te lo cuenta. Bueno, y luego está el borrachín desvalido que actúa como el gato de Schroedinger, pero en voluntarioso.

La expedición es difícil, porque tienen que irse hasta las montañas de Colorado, a un lugar todavía por explorar en donde, si les cae el invierno, las posibilidades de salir vivos son escasas. Pero es que en las montañas todavía quedan bisontes, y por tanto pieles y cueros, y por tanto, dinero. O sea, que no es ir pa’ na’.  Y como están solos, ya que nadie conoce ese lugar, podrán hacer una carnicería a sus anchas, sin temor a que los interrumpan. Y aquí es donde una se solidariza con los bisontes hasta el Pacma y más allá, y sigue leyendo para ver cómo la justicia poética cae sobre estos hombres, aunque el tontainas de Will se salve de todo menos de la cursilería.

La novela es la narración del fin de una época que acaba con el fin de los bisontes y la llegada del ferrocarril y los cambios de costumbres en el viejo oeste. Y debo decir que a mitad del libro, mas o menos, me enganché con la historia y me gustó (la historia), a pesar de ese estilo insoportable del autor al que habría que multar por escribir tan horrorosamente. Es un crimen que se ponga a describirte cómo se hace un vivac en medio de una tormenta de nieve, o cómo se despelleja a un bisonte, o cómo se calma a un caballo, con tal profusión de adjetivos y de detalles tontos que consiguen sincopar la narración hasta hacerla incomprensible. Es una forma de escribir que me resulta muy irritante y que me acaba enfadando y que me obliga a no recomendar este libro si tienen algo mejor que leer.

Como en otras ocasiones, tienen más opiniones sobre este libro en La mesa cero del Blasco, La originalidad perdida, en Lo que lea la rubia y en la propia página del Club, donde encontrarán la opinión de Juanjo. Hasta enero, que reseñaremos Pepita Jiménez, de Juan Valera. Y que viva el ritmo.

La tierra que pisamos, de Jesús Carrasco

la-tierra-que-pisamosJesús Carrasco nos habla, como lo hacía en su primera novela, Intemperie, de la hostilidad de la tierra, de su dureza, de su crueldad. Pero si en Intemperie era la tierra misma, era el campo reseco y estéril el que tomaba el protagonismo, en esta nueva novela nos habla de una tierra paciente e inanimada que acoge la violencia elaborada por los hombres y que conserva las raíces a pesar de que un invasor se afane por aplastarlas.

La tierra que pisamos es una fabulación, una historia inventada, una novela de ficción histórica, un qué hubiera pasado si, una ucronía. En la novela, un imperio tiránico que se parece mucho a Alemania — aunque no se cita el país — , ha invadido España y la ha anexionado como parte del imperio. Las tierras sometidas son sistemáticamente expoliadas en beneficio de una raza, una patria, una nación superior que no duda en construir su hegemonía sobre la sangre y el dolor de los otros, de los conquistados.

Eva Holman es una mujer de la clase dirigente del imperio que vive su retiro en un pueblo de Extremadura junto a su marido, un militar de alta graduación entrado en la vejez y la demencia. Un buen día encuentra en su jardín a un hombre extraño, un mendigo, un indígena que no habla, ni pide, ni mira ni atiende. Y Eva nos cuenta cómo ese hombre, convertido en un guiñapo, le hará cambiar su percepción de sí misma, del imperio al que pertenece, y le hará comprender el horror de sus propias certezas. Porque esas certezas no incluían las penalidades y el trato cruel e inhumano de los campos de trabajo, no incluía la bestialidad del exterminio de pueblos enteros.

«Jamás pensé entonces que tendría que vivir un momento como este. Asistir a la voladura de mis propias certezas, que no eran muchas, pero sí firmes […] Y la patria, aquel sustento, con sus mitos y sus heroicos próceres. Pura morfina para separarnos de los otros, que también son hombres, cuyo sometimiento me resquebraja. Me dejo caer cuando entiendo que solo el dolor nos hermana. El peso de mi conciencia, mi humanidad, me invitan a retorcerme junto a ellos sobre la fresca yerba».

No hay nada en la fabulación de Jesús Carrasco que no hayamos leído ya referido a los campos nazis o soviéticos. Sabemos que lo que cuenta está imaginado porque España no ha sido invadida en el siglo XX, pero entendemos la verosimilitud del relato porque sabemos que eso sí ha pasado, aunque en la piel de otros que no eran españoles sino húngaros, checos, polacos, o simplemente judíos o gitanos sin importar la nacionalidad. La descripción de las crueldades, los pasajes horribles por los que Carrasco nos hace transitar son conocidos y, precisamente porque sabemos que no son una invención, no dejan de estremecer. Sin embargo, creo que lo que hace especial a esta novela es la perplejidad de Eva, primero hacia el hombre que tiene en su jardín y luego hacia su propia vida y su propia sociedad y cultura. El punto de vista del que está en el bando de los verdugos no es el más fácil de narrar, pero, sin duda, es muy interesante.

«…el misterio que creía ver en él, con el que trataba de justificar ante mí mi propio comportamiento, era otro engaño. No había más misterio que la culpa: la de saber que había levantado mi casa sobre la sangre de los suyos. La de haberme envuelto en la bandera de la tradición, el Imperio y la religión para participar en este expolio».

Si Intemperie me dejó fascinada, esta segunda novela no me ha defraudado. Creo que estamos delante de un magnífico escritor, un autor que escribe pulcro, preciso y sonoro y que no se olvida de narrar; que sabe usar las imágenes y te deja ver los sentidos; que respeta al lector y le deja pensar; que fabrica personajes y pone en su boca bonitas palabras sin que parezcan afectados. En el debe, tal vez la mala edición nos priva de algunos acentos, y un buen corrector nos hubiera podido ahorrar algunos leísmos. Pero bueno, Delibes también era leísta, y la propia Academia permite olvidarse de ciertas tildes, aunque a mí me resulte muy irritante.

Si les gusta la buena literatura, lean a este autor. Es una orden.

Este post ha sido publicado anteriormente en El Buscalibros (www.buscalibros.com)