Cuidados capilares

Los servicios de peluquería canina están limitados en esta casa a lavar y marcar, que es lo que Curra necesita.

Sin embargo, Wilma, que lleva la melena suelta, tiene que ir con cierta urgencia a hacerse además enteras, axilas e ingles.

Eso o tener cuidadito de por dónde anda, que no creo.

Y es que esas patas acumulan todas las piedrecitas, espinitas, hojitas y mierdecitas que hay por el campo.

Es por culpa del campo, que está desordenado.

Y por las vacas, que no tienen váter…

Enough is enough (¡ough!)

Vivimos en un tiempo de dos capas, la real y la de los gobernantes. Es como Matrix, y a nosotros nos toca aguardar en posición fetal, conectados a un tubo y metidos en líquido amniótico. A la espera de un Neo, tenemos a la prensa de Morfeo y a Montoro en el papel de Sr. Smith.

Qué malos tiempos para la economía y qué buenos para la literatura y la familia. Parece que vamos huyendo del telediario, de los periódicos, de las alertas de la web y del resumen de prensa. Cualquier cosa menos enfrentarnos a la cacofonía de tanta gente cotorreando. El rescate, el euro, el FMI, Grecia, el dólar, la prima de las narices, Moodys, Merkel, el analista, la consultora y la madre que los parió a todos. Y Draghi sale ayer y dice “El BCE hará todo lo posible para salvar el Euro. Y créanme: será suficiente”. Y la prima hace puf, y baja.

La otra cacofonía, la nacional, es mucho más patética y daría risa si no fuera porque nos indignan a todos. Las autonomías y el Estado Central peleándose por las migajas que quedan después de desmenuzarnos a base de impuestos, cotizaciones, tasas, cánones, ivas y céntimos sanitarios, ecológicos, y dentro de poco, estrambóticos, que tacita a tacita les está saliendo un perolo de café que aquí no va a quedar quien duerma. La contabilidad nacional de apuntes de ida y vuelta que nadie comprende, que si tú me diste y yo te doy, que si te adelanté y ahora no pagas, que si el ingreso no era a cuenta, que si todos son injusticias, que si nadie me quiere, que si el otro tiene más, que si aquel recortó menos, que si ahora me enfado y no respiro, que si ándate con ojo que te multo, que si a mí no me multa ni Cristo que venga… Y sale Rajoy, el que sabía lo que tenía que hacer, y dice: “Europa tiene que mover ficha. Nosotros hemos hecho suficiente”. Y la prima hace puf, y sube.

Entre los dos “suficientes” (para qué buscar el notable si estamos todos suspensos), hay una diferencia no precisamente de grado. Draghi tiene la pasta y Rajoy, el gasto. Lo que pasa es que Rajoy tiene un agujero en cada mano y Draghi a lo más que llega es a abrir la boca, porque el puño lo tiene cerrado y además en el bolsillo, que es donde lleva la cartera. Y no porque Draghi sea de la cofradía del puño, que aquí tiran todos con pólvora del rey, sino porque somos un estado en donde lo único fiable son las castañuelas. Creemos que no nos ven, pero se nos ve el cuero de lejos y sin necesidad de prismáticos. Entre la herencia que tenemos y que aquí no hereda nadie, nos hemos quedado a expensas del dinero de la Lotería. Y ya ven vds el espectáculo de una comunidad Autónoma que hoy celebra el gran premio de Fórmula 1 y mañana pide un rescatito. Y el siguiente en pedirlo es un mostrenco que gobierna desde hace más de veinte años una huerta que aspira a ser St Andrews. Pero quedan los mejores, unos con banderas que piden un socorro en toda regla pero dejando bien claro, a grito pelao de segadors, que aquí no les viene a gobernar nadie de fuera. ¿Pero quién va a querer venir de fuera a gobernarnos, a vosaltres o a nosaltres, alma de cántaro, si esto ya no lo gobierna ni dios?

Y además de ingobernables, empezamos a ser incomprensibles. Esto es como esa escena de dos pistoleros frente a frente que van dando vueltas, los ojos fijos cada uno en su contrincante y que cuando se dan cuenta están al lado del caballo del otro. Resulta que Rajoy criticaba entonces a Zapi por lo que hace ahora y ahora vienen los de Zapi y se lo critican entonces. Y luego están Aznar y González, que se sacaban la lengua cuando iban juntos al congreso, y que ahora piden un pacto de Estado ¿De qué estado, hijos míos? ¿Del de nervios?. En fin, lo que me parece que Rajoy está haciendo mal a todas luces es comer. Miren, miren cómo se está quedando, todo nariz…

Lo que vds quieran, el mundo es injusto, yo me quiero bajar, voy a llorar, mátame camión, esto es un atraco, son unos indecentes, cabrones, especuladores, mentirosos, que sí, que sí, que todo lo que quieran, pero casi mejor que sigan sin darnos la pasta unos mesecitos más. ¿Por qué? Pues por esto que les dejo aquí (CLICK). Léanlo, y tómense un sándwich, no me vayan a adelgazar.

El día de los abuelos

Hoy es el día del Abuelo, o de los abuelos, o no sé muy bien cómo se llama al día de hoy, que cada día es un día, y en todos se conmemoran cosas. Es posible que yo sea abuela algún día, aunque cada vez va teniendo menos pinta. Y eso siendo mujer es algo que se puede afirmar con cierta seguridad, y a partir de una determinada edad, con una certeza absoluta. En el caso de un hombre siempre hay dudas, porque siempre puede aparecer por sorpresa alguien por ahí esgrimiendo un certificado de ADN. Pero en ambos casos, la muerte puede no concederte el tiempo suficiente para conocer a los hijos de tus hijos.

Yo no conocí a mi abuelo Félix y él no pudo ni siquiera llegar a imaginarme. Murió antes de que mis padres se conocieran y para mí es sólo una referencia genética, un nombre que aportó el apellido que llevo, alguien cercano del que no sé nada. Tal vez me parezca a él, porque me parezco a mi padre. Tal vez haya en mí algún rasgo de su carácter, o de la enfermedad que le llevó a la tumba. Yo no lo sé, yo nunca he sabido nada de él. Y él no pudo ni siquiera llegar a imaginarme.

De mi abuela Eusebia sólo recuerdo unos ojos azules, tal vez grises, como los de mi hermana. Mi recuerdo está anclado en un saloncito con un brasero y unos ojos que me miraban desde lo alto, como te miran los de alguien a quien te diriges de rodillas. Tal vez había unas manos que me revolvieron el pelo y una voz que me dijo algo, tal vez había una sonrisa, y seguro que hubo algún beso. Por no recordar, no recuerdo ni cuando murió ni cómo lloraron. Sólo aquellos ojos azules, tal vez grises, como los de mi hermana.

Mi abuelo Alfonso me conoció, ya lo creo que me conoció y yo le disfruté más de 30 años. Me toleró y me mimó, como un abuelo genial, divertido, con carácter, con unas explosiones de genio que me hacían gracia en él pero no en mí, y con unas salidas, lejos de cualquier ironía, que nos hacían reír a todos. ¿Qué más se puede pedir que tener un abuelo que hace pasteles, chocolate, dulces y tartas? Ese hombre de la foto aún joven que lleva a su nieta de la mano, y que, ya anciano, se sienta para reirse con sus biznietos en otra fotografía es el mismo hombre, y yo le disfruté más de 30 años.

Y mi abuela Gabriela, a la que siempre he adorado y de quien más enseñanzas guardo. Mi abuela Gabriela, a quien todavía miro y que ya no me recuerda.

La vecina de la Rue de l’Université

Vivía yo en París en mi primera expatriación, cuando me mandaron allí a trabajar unos meses en el año 96. Alquilé un apartamento en el 123 de la Rue de l’Université, una calle más que chic en un barrio más que bourgeois, un lugar muy BCBG en el 7ème arrondissement, Rive Gauche pero divine, de gente poco intelectual pero muy bien vestida y con un buen patrimonio, como la anciana tía de un buen amigo. Mi apartamento era como la casita de Barbie (la muñeca, no Klaus, se entiende). Por la puerta de la entrada, que se abría con una llave dorada, grande y pesada como la de un castillo medieval, se entraba a un saloncito con unas ventanas muy anchas que llegaban hasta el techo y que daban a una cour interior, amueblado con un sofá cama, una mesita de comedor redonda con cuatro sillas, una librería con guías telefónicas y libritos del Reader Diggest, y un enorme baúl de cuero que yo fui llenando durante mon séjour con botellas medio vacías y medio llenas de bourbon, ron, ginebra y vodka y que allí se quedaron cuando me fui, para que las disfrutara el siguiente inquilino. El vino lo dejaba a la vista en la cocina, porque tenía mayor rotación. Y es que en el portal de al lado había una pequeña cave con un viejo bodeguero muy amable, que me hacía probar todas las añadas, marcas y cepas que se le iban ocurriendo según fuera la opinión que yo le daba de la botella anterior.

– Me ha parecido un poco espeso. Y muy fuerte, monsieur.

– Ah, mademoiselle, se empeña vd. en tomar Borgoña. Tendría que probar este otro, un Bordeaux très fin…

– Pero será algo menos caro, monsieur, que entre lo que me vengo yo a beber y lo que me hace vd gastar, a este paso no podré volver a España.

El saloncito servía como distribuidor y de él partían tres puertas: una daba a una mini cocina en donde sólo cabía una persona adulta o dos niños muy delgaditos. Tardé tres ó cuatro días en comprender que sí, que había una lavadora tal y como ponía en el contrato (una lavadora de carga superior es un objeto altamente disimulable en una cocina reducida). Otra de las puertas conducía al baño, desproporcionadamente grande y en cuya bañera había lo que yo pensé que era un estante colgado en alto y que llené de botecitos y frascos hasta que mi amigo Javi me enseñó un día que “ese pequeño estante” en realidad era un tendedero retráctil. Este descubrimiento me vino fenomenal para no tener que desperdigar por toda la casa mi ropa, entre la que se encontraba un buen muestrario de lencería de un confuso color ala de mosca (la lavadora de carga superior gastaba estas bromas cuando se mezclaba ropa blanca con calcetines negros). Y la tercera puerta daba a una habitación enorme, más grande que el salón, en donde había un armario empotrado que ocupaba una pared entera, con su zapatero, su guarda abrigos, sus altillos, cajones y su tabla de planchado abatible, una cama de dos metros de ancho, un par de mesitas, un escritorio con dos sillas incomodísimas, y enormes ventanales vestidos con visillos blancos y unas cortinas de grandes flores rojas y rosas con las que el apartamento perdía cualquier asomo de neutralidad y se convertía, definitivamente, en el apartamento de una mujer muy, pero que muy femenina. Extraña vivienda en la que yo pasaba de ser Blancanieves en el dormitorio para convertirme en uno de los siete enanitos cuando entraba en la cocina.

La vecina cotilla y desagradable se me apareció tres veces. En la primera ocasión me dio a elegir entre escuchar música o ventilar el apartamento, un día a las cinco de la tarde en el que atravesaba la cour y pasó por debajo de mi ventana hacia su casa. Le contesté que seguiría haciendo ambas cosas aunque trataría de no simultanearlas. La segunda vez pasó por la escalera cuando escuchó la risa de unos pocos amigos que cenaban en mi casa, a eso de las 10 de la noche de cualquier día entre semana. Tocó el timbre envuelta en su abrigo de piel y me dijo que cuidara el ruido porque sus hijos iban a dormir. Y la tercera vez se presentó un sábado a la una de la mañana, vestida con una bata y con los rulos puestos, amenazando con llamar a la police, “mais qu’est-ce qu’est ce scandale!” Lo más difícil fue intentar ahogar las risas de mis amigos cuando se cerró la puerta.

Cuando por fin organicé el pot de despedida, un amigo me explicó lo qué debía hacer para no tener que soportar la horrible visión de aquella estúpida con rulos por cuarta vez. Simplemente debía escribir un cartelito en el que avisara de la fiesta pidiendo disculpas por anticipado y dejarlo colgado en el portal a la vista de todos unos días antes. En la nota no debía olvidarme de invitar a todos aquellos vecinos que quisieran unirse a la velada, en la que yo, personalmente, tendría el gran placer de recibirles. Todo tan cursi como eficaz, porque aquella loca no apareció. Y es que los franceses son un pueblo que se destaca por su enorme facilidad para llevar la contraria al resto. Será la grandeur…

Una vecina pejiguera (y francesa)

Las instalaciones sanitarias no eran nada recientes en tu apartamento, y el retrete con cadena y cisterna en alto no funcionaba como era debido. Cada vez que tirabas de la cadena, el agua seguía corriendo durante bastante tiempo y haciendo una considerable cantidad de ruido. No prestabas atención a eso, el agua que seguía saliendo del retrete no significaba más que un pequeño inconveniente para ti, pero por lo visto causaba una gran turbulencia en el apartamento de abajo, el atronador ruido de una bañera llenándose a toda marcha. Ignorabas todo eso hasta que un día te pasaron una nota por debajo de la puerta. Era de la vecina de abajo, una tal Madame Rubinstein (…), una carta llena de indignación en la que se presentaban quejas sobre el insoportable jaleo que armabas bañándote a medianoche y en donde se te informaba de que habían escrito al casero, que vivía en Arrás, sobre tus alborotos, y que si él no iniciaba inmediatamente los trámites para proceder a tu desalojo, ella misma llevaría el asunto a la policía. Te quedaste pasmado por la violencia de su tono, perplejo porque no hubiera llamado a tu puerta para hablar cara a cara contigo del problema (que era el método habitual de arreglar los problemas entre inquilinos en las casas de vecinos de Nueva York) y en cambio hubiera ido a tus espaldas a ponerse en contacto con la autoridad. Ése era el estilo francés, en contraposición a la forma de ser norteamericana. Una fe sin límites en las jerarquías de poder, una confianza ciega en los canales burocráticos para resolver litigios y corregir pequeñas injusticias. Nunca habías visto a aquella mujer, no sabías qué aspecto tenía, y ahí estaba ella, atacándote con insultos feroces, declarándote la guerra por un asunto que había escapado a tu atención. Para evitar lo que suponías que era un inmediato desalojo, escribiste al casero, le explicaste tu versión de la historia, le prometiste arreglar el retrete averiado, y en respuesta recibiste una carta jovial y absolutamente alentadora: la juventud debe expansionarse, hay que vivir y dejar vivir, no se preocupe, pero tómese con calma lo de la hidroterapia, ¿de acuerdo? (El francés, de natural bondadoso en contraposición al francés desagradable: en los tres años y medio que viviste entre ellos, conociste a algunos de los personajes más fríos y mezquinos sobre la faz de la tierra, pero también a los más cálidos y generosos, hombres y mujeres, que has conocido en la vida)…”

Paul Auster, Diario de Invierno.

¡Curra ha vuelto!

Hoy Currita ha vuelto de vacaciones. Se la ha llevado mi madre un par de semanas a la playa y ha vuelto descansada y sobre todo muy morenita, y eso que por lo visto ha estado tumbada en la sombra todo el día. Efecto de esa melanina abundante, sensible y agradecida que tenemos casi todos en la familia, que nos bronceamos casi sin necesidad de tomar el sol.

Me cuenta que se ha distraído mucho con las hormigas del jardín, observando sin comprender una laboriosidad que ella desconoce. También me dice que ha cazado un par de lagartijas. Cuando me ha visto el gesto de asombro me ha guiñado un ojo: “Bueno cazar, cazar, no. Sólo las asustaba y luego, bah, las dejaba escapar ¡Pero tenías que ver cómo corrían! ” y, tal vez recordando la reacción pavorosa de la lagartija se ha empezado a reír a carcajadas con un infantilismo muy propio en ella. Siempre ha sido una inmadura. Bien, Curra es una perra sensible que aguanta la broma pero no la crítica, y por eso no he querido recordarle que ella es incapaz de atrapar una lagartija a pesar de la diferencia de tamaño que tienen sus cerebros. O quizá precisamente por eso… En fin, no sabría decir si es falta de maldad o de instinto, de agilidad o de reflejos. Yo me limito a constatar su incapacidad para la caza. Y de todos modos, aunque no fuera así le habríamos prohibido esa clase de incursiones por su mundo de ancestros. En primer lugar porque las lagartijas son unos animalitos inofensivos cuya labor biológica es muy interesante a condición de que estén vivas. Y en segundo lugar, porque nos mareamos sólo al pensar que pueda venir a ofrecernos como trofeo el cadáver sanguinolento de la lagartija. Qué momento tan atroz.

Este año ha tenido algún que otro altercado con Rufo, sin mayores consecuencias. Rufo es el gato de mi tía y piensa que el mundo cuando deja de ser apacible es mejor dejarlo fuera del armario. Lo que no es capaz de asumir es que el armario a veces se abre y el mundo, desapacible, se le presenta delante del bigote. Y que si por casualidad Curra está al otro lado esperando su pelota, el susto, además de ser morrocotudo, se arregla muy malamente empezando a bufar, arqueándose como un contorsionista y erizando el pelo como si no lo conociéramos de nada y se nos hubiera olvidado de pronto su tamaño real. Curra es muy pacífica y calmada, desde luego, pero no soporta esas tonteriítas de gato mimao que tiene Rufo a veces, así es que me ha dejado bien claro que no va a consentir baladronadas en lo que queda de verano. ¿Qué es eso de que Rufo vaya de Simba por la vida, cuando no pasa de ser un Garfield vago y orondo?. La verdad es que lo de Garfield es una comparación muy cruel y será mejor no seguir haciendo el casting por ese camino… pero en fin, he preferido quitar hierro a la anécdota, porque Rufo ya está algo mayor y es normal que tenga algunas chaladuras. Pero su indignación me deja pensar si no será que tantos años de mimo empiezan a pasarle factura también a ella.

Y no hemos hablado de Wilma. He preferido no tocar el tema, porque me la puedo imaginar perfectamente completando el trío con ese par de “gruñones”…

El día del Carmen

Me daré por felicitada, no hace falta que os molestéis. Gracias a mi querido amigo Tomae que me felicita en los comentarios del post de ayer, supongo que ya desesperado esperando el post de hoy, y que me da pie para escribir esto que debería haber colgado esta mañana para una oportunidad más a los rezagados.

Pues sí, me llamo María del Carmen. Me pusieron este nombre por mi madre, que se llama Carmen. En realidad lo que todos hubieran deseado es que me pudiera llamar Manuel, porque cuando yo nací en mi familia llevaban esperando un varón desde hacía más de cuarenta años. Entonces no había ecografías, como todos sabéis, y había que esperar a que la matrona agarrara al bebé por los piés y después de los dos azotazos de rigor, que ahora supongo que estarán prohibidos por violentos y le darán al niño una pastilla, mirara al recién nacido por entre las piernas para ver el sexo, que ahora llaman género, y determinara si se podía llamar o no Manolo. Y yo no tenía nada por ahí que indicara que pudieran hacerlo, al menos de momento y a la espera de una cirugía propicia y de una voluntad que a fecha de hoy no se ha revelado (ni rebelado). Así es que después de aquella decepción, comprensible por otra parte, se pusieron a buscar un nombre para mí, de manera algo improvisada todo hay que decirlo, porque todos esperaban que a la tercera sería la vencida y llegaría un varón que pudiera dar continuidad a la saga familiar.

Cuentan las crónicas que empezaron imaginando Isabel y que cuando ya iban por Patricia, mi madre, aún convaleciente,  dijo “se acabó la discusión, se llama como yo“. Y se acabó la discusión y me llamé como ella. En casa me llaman Mari Carmen y muchos de mis amigos del poblachón, que me conocen desde niña, también me llaman así muy a menudo. Perdí el “mari” en BUP, cuando cambié de colegio. Supongo que habría otra Maricarmen o tal vez decidí que Carmen a secas es más corto, que a mí siempre me ha gustado ir al grano. Hay bastante gente que me llama Carmela, y no falta quien me llama Jiménez (y shimenez), por no hablar de los motes, de los que sólo contesto a tres, uno de ellos con bastante resignación. Nunca me han llamado Carmencita, porque así llaman a mi madre. Y me parece que son suficientes alternativas y posibilidades como para no atender a ningún otro nombre (me refiero a esos diminutivos tipo Mamen, Pamen, Maika o Menchu que nunca han pegado ni con mi forma de ser, ni de vestir, ni de mirar, ni de sonreir, ni de hablar, ni de saludar, ni de nada que pueda hacer, parecer o recordar).

Y poco más, salvo que más allá de que me guste o no, creo que es muy práctico llamarme Carmen porque de mi Santo avisan en el telediario, cosa que no sucede ni con los Manolos, ni con las Isabeles ni con las Patricias. Y me encanta que me feliciten (por mi santo, aclaro) y hoy lo han hecho de todas las maneras posibles: por teléfono, en persona, por e-mail, por Whatsapp, por Twitter, por el blog, por SMS, por BB messenger, por Facebook, y hasta por carta (esto sólo el Corte Inglés) y por paquetería de Seur (el Jotdown, que me ha llegado justo hoy). Y además yo, el día del Carmen, tengo bola extra, que es cuando oigo lo de “Gracias, hija, igualmente“. Insuperable.

Hablemos de langostas, pues

Dos blogs amigos, junto con un tercer blog que voy descubriendo (1), han puesto en marcha una iniciativa, el club de lectura, que consiste en leer cada mes un libro para después despiezarlo y comentarlo convenientemente en un blog abierto para este fin. Tal y como ellos avisan en la cabecera del blog “aquí se viene leído”, y así pueden escribir con absoluta tranquilidad con la seguridad de que el lector ya viene avisado de libro que se va a hablar un mes después y que no proteste si se encuentra con spoilers cuando menos se lo espera.

El libro que han elegido este mes es “Hablemos de langostas”, de David Foster Wallace, que es un compendio de artículos de este escritor/periodista, y que trata de los asuntos más dispares como son la cobertura de los oscars del cine porno en toda su sordidez; la crítica descarnada de dos libros, uno de John Updike y otro sobre la tenista Tracy Austin; lo divertido que le parece Kafka; una mirada muy original pero demoledora del 11-S desde la América profunda e ingenua; el rebozado de emociones estimulantes que sólo sirven para poner bruta a la gente de algunos periodistas radiofónicos; y, por supuesto el Festival de la langosta de Maine, que da titulo al libro y en el que además de describir un acontecimiento tan hortera como excesivo (“la democratización de la langosta que se lleva a cabo (en el festival)… acarrea todos los inconvenientes multitudinarios y todas las renuncias estéticas de la verdadera democracia”), se desvía hacia preguntas neutrales pero muy incómodas sobre el sufrimiento que hacemos padecer a algunos animales para alimentarnos.

Yo no conocía a este autor y tengo que decir que el libro me ha encantado. Me parece que tiene una prosa brillante, un uso de la ironía en los retratos que te hace sonreír (a veces reír a carcajadas) y que te vas encontrando como el que encuentra perlas durante la lectura, y un pensamiento que mueve a la reflexión en muchos pasajes del libro. Se le puede reprochar algo de verborrea porque empieza a escribir y parece que se le olvida que tiene que terminar en algún sitio, o simplemente que tiene que terminar. Uno de los capítulos, Arriba Simba, es el artículo que escribió para la revista Rolling Stones como cobertura de la campaña a las primarias del senador McCain, y tuvieron que reducirselo a la mitad porque ponerlo entero llenaría toda la revista. Yo creo que rellenaría todo un año de revista, porque es larguísimo. Y es que muchas veces se entretiene en asuntos tangenciales, coge un hilo y se va por los cerros de Ubeda, pero es ahí donde encuentras las perlas, donde el autor retrata la sociedad americana con mucha agudeza y donde te hace reparar en asuntos en los que no hubieras pensado nunca ni cinco minutos.

Os dejo el enlaces al blog del Club de Lectura 2-0 (CLICK), en el que podeis leer otras opiniones del libro, algunas desde luego muy distintas a la que hago yo y que os aconsejo que miréis. Y así, si no venís leídos, os puede decidir a leerlo o no. Termino cayendo en la tentación de dejaros una perla:

Las personas que ocupan ambos asientos detrás de la mesilla están leyendo el USA Today (y tal vez valga la pena señalar esto: el único periódico informativo diario que lee hasta el último miembro de la campaña nacional es, créanlo o no, el USA Today, que siempre aparece como por arte de magia negra por debajo de la puerta del hotel de todo el mundo todas las mañanas junto con la cuenta de gastos exprés para dejar la habitación y que es gratis, y los periodistas son tan vulnerables al marketing astuto como cualquier otra persona)”.

(1) los blogs a los que me refiero son La mesa cero del Blasco, Lo que pasa en mi cabeza y La originalidad perdida

¡Velencoso for president!

Entonces, si he entendido correctamente a nuestro querido presidente, su programa electoral sólo sirve para envolver sardinas. ¿Y por qué cree que le hemos elegido los españoles? ¿Por su sex appeal? Me parece evidente que no.

Pero no le llevaré la contraria (es capaz de volver a subirme los impuestos). Dado que ésta es la única política posible, las únicas medidas que se pueden tomar, y lo único que se puede hacer porque hay que tener en cuenta Europa, la herencia, las circunstancias y algo más que ya no recuerdo (no puedo retener tantas calamidades), y como no hay más remedio que este remedio y da igual lo que piense el presidente (incluso da igual si piensa algo) propongo que traigan a alguien guapo de cabeza de lista electoral la próxima vez, para que sea nuestro presidente del gobierno.

Y ya está, y nos dejamos de tonterías.

¡Velencoso for president!

Imagen tomada de aquí CLICK