La biblioteca de los libros rechazados, de David Foenkinos

IMG_2425Así es que venía David Foenkinos a Madrid a presentar su último libro y una buena amiga, fan como yo de este autor, me avisó y al consulado francés en Madrid que nos fuimos a escucharlo. Y a que nos firmara un ejemplar.

La biblioteca de los libros rechazados es el título en español del libro que en Francia se llama Le mystère Henri Pick (el misterio Henri Pick), y Foenkinos nos dio la explicación de la diferencia de títulos. Resulta que el título en español es el que él le dio originalmente, pero al parecer había en Francia un libro con un título similar y su editorial allí le aconsejó cambiarle el nombre. Y yo que iba con la intención de preguntarle cómo ha permitido que la editorial española le cambie el nombre al libro, me tuve que guardar la pregunta (y la indignación) en el bolso.

El libro arranca a partir de la historia de Richard Brautigan, un escritor americano, que imaginó en una novela suya, The abortion, una biblioteca a la que fueran a parar todos los manuscritos rechazados por las editoriales y no publicados. Un lector de Brautigan, años después del suicidio del escritor, llevó la idea a la realidad creando una Brautigan Library. Esta historia es real, según nos contó Foenkinos, y él a su vez la conoció por la mención que hace de ella Vila-Matas en su Bartleby.

A partir de la historia de la Brautigan Library arranca el libro. Jean Pierre Gourvec, un bibliotecario de Crozon, en Bretaña, conoce la historia de Brautigan y decide crear una biblioteca similar en Francia. Con el paso de los años esta biblioteca languidece, hasta que una joven editora que vive en un pueblo cercano encuentra en la biblioteca el manuscrito de una novela fascinante, escrita por… Henri Pick, el pizzero del pueblo. Ya se pueden imaginar el revuelo que se monta. Y es que importa no sólo la novela, sino “la historia que hay detrás de la novela”, que no es ni más ni menos que el misterio de un hombre tosco, silencioso, que no ha escrito nunca nada en su vida, y que sin embargo es capaz de componer una novela maravillosa. Y sobre este misterio, Foenkinos monta una intriga que no se desvelará hasta el epílogo, cuatro páginas antes de terminar la novela.

Los que siguen este blog saben que me gusta mucho este autor francés, del que he leído varios libros. Tiene una prosa sencilla y eso es dificilísimo de conseguir, y nos la regala contándonos historias en las que siempre encuentras ternura, amabilidad y buen humor, intercalando frases que son como latigazos a veces de ironía, a veces de reflexión, que casi siempre te sacan una sonrisa.

Con el tono de cutis y el peinado nuevos, y aquel traje de chaqueta salido de las profundidades del vestidor, le costó reconocerse. Frente al espejo, habría sido capaz de llamarse de usted.

Escribir para uno mismo sería como hacer el equipaje para no marcharse

Paulatinamente se olvidarían de él; se convertiría en un nombre de los que se quedan en la punta de la lengua.

 

Y Foenkinos es como te lo imaginas, o sea, como escribe: simpático, amable, cercano y un encanto. Yo me había leído a toda velocidad el libro en digital, y me fui de allí con un ejemplar en papel firmado. Y con la “tarea” de leer Charlotte, un libro que no es exactamente el Foenkinos que conocemos, sino otra cosa y del que habló en su presentación casi más que del libro que había venido a presentar. Y si un autor te dice que esa es su mejor obra, habrá que hacerle caso. Sea pues.

 

 

 

 

 

La ira según Shakespeare

«La ira es un veneno que te tomas tú esperando que muera el otro», dice William Shakespeare.

¿Pero y qué pasa si el otro no muere? ¿La ira te mata a ti?

Supongo que esto es a lo que quería llegar el autor. La ira es un desahogo primitivo, es el gorila que se golpea el pecho. En apariencia no sirve más que para asustar, pero el desahogo llega con la descarga. ¿Eso es el veneno?

Hay algo de contradictorio en la frase. Hablar de veneno es hablar de lentitud, de efecto retardado, de tardanza en el morir. También de disimulo. Y sin embargo, la ira es un sentimiento explosivo, un petardo ruidoso difícil de aplacar y de esconder. Cuadra más el rencor en la frase («el rencor es ese veneno que te tomas tú esperando que muera el otro»), porque el rencor sí que es un veneno que te va corroyendo y se te pega a las paredes del estómago, te visita en sueños para imaginar el mal de tu adversario y te hace hablar a solas evocando la frase con la que le darías la estocada final. El rencor es lo que precede y explica la venganza, ese plato que se toma frío y que, aunque contenga veneno, lejos de matarte te mantiene vivo.

Con todo, me dice mi amiga Maitena que hay venenos que tardan menos de dos segundos en actuar. No lo dudo, pero ira y veneno pegan menos que ira y puñalada, o ira y bofetón, o ira y disparo. La sutileza del veneno le falta a la ira. Un hombre airado es un hombre ridículo y la ira parece una reacción que progresará poco por irreflexiva, por impensada, por faltale inteligencia.

En fin, llegados aquí y puesto que hablamos de una frase que no tiene remedio, porque el autor ya no va a cambiarla, nos tomaremos una copita de buenismo para llegar lo antes posible a la conclusión de que la ira no sirve para nada, que hay que evitarla y que es muy peligrosa. ¿Y se te la encuentras en el otro? En ese caso, no hay cuidado: aunque él crea que pegarte un par de tortas servirá de antídoto, lo más probable es que el veneno actúe rápidamente, haga pum, y desaparezca.

 

La muerte de Ivan Illich, de León Tolstói

Ivan Illich TOLSTOI.jpgPues aquí estamos los miembros del Club de lectura otro año más, fieles a nuestra cita con vosotros para hablaros de los libros que nos imponemos leer. Este año repetimos el experimento del anterior con libros de autores muertos, a ser posible hace mucho, para que el tiempo haya hecho su primera criba. La segunda condición es que sean libros cortos, por si acaso. Ningún por si acaso en nuestro club está de más, ya lo sabéis vosotros, seguidores avisados.

Este primer libro del año es La muerte de Ivan Illich, del insigne León Tolstói, autor, como sabéis perfectamente, de clásicos de la literatura como Guerra y paz o Anna Karenina. No sé si nuestro libro del mes es el más cortito que hay de este autor pero no me extrañaría. Sin embargo, cuando Juanjo dijo Tolstoi, a mí me salió una cana pensando en el tocho que nos iba a tocar, pero no, ha sido breve. Y lo bue, si bre, dos ve bue. Vamos al libro.

La muerte de Ivan Illich cuenta la muerte de Ivan Illich, como el título indica. Y por si acaso no nos hemos creído lo que dice la portada, desde el primero de sus doce capítulos ya nos lo confirma: el funcionario Ivan Illich ha muerto y sus compañeros de profesión reciben la noticia mientras juegan a las cartas, sin poder evitar pensar en quién de entre ellos ocupará el puesto de juez que deja forzosamente vacante. Y tú esperas que la novela siga por ahí, pero no. En el segundo capítulo Tolstói da un giro de muñeca y empieza a contarnos la historia de Illich, y lo hace de forma lineal: padres, infancia, juventud, primeros trabajos, matrimonio de medio conveniencia, nacimiento de sus hijos, y finalmente, el traslado a una nueva ciudad que le permitirá salir del aburrimiento en el que se ha convertido su vida. Por lo demás, un hombre vulgar y corriente, tirando a apático, práctico y un poco sumiso:

“Era ya en la facultad lo que sería en el resto de su vida: capaz, alegre, benévolo y sociable, aunque estricto en el cumplimiento de lo que consideraba su deber; y, según él, era deber todo aquello que sus superiores jerárquicos consideraban como tal”

“En el cargo de juez de instrucción… se ganó el respeto general y supo separar sus deberes judiciales de lo atinente a su vida privada”

“Los deleites de su trabajo oficial eran deleites de la ambición; los deleites de su vida social eran deleites de la vanidad.” (esta frase me encantó)

En la nueva ciudad, preparando la nueva casa donde va a vivir, Ivan Illich se cae de una escalera, se da un golpe en un costado y a partir de ahí ya no levanta cabeza. Cae en una enfermedad extraña que ningún médico es capaz de curar y finalmente muere. Su enfermedad y muerte ocupan dos tercios del libro (desde el capítulo cuatro), y así como la primera parte se hace muy distraída y los capítulos dedicados al principio de la enfermedad logran mantener la intriga (la intriga de cuál es la dolencia, porque tú, lector, ya sabes que muere), hacia el final la novela decae y se convierte en un texto un poco pesado y reiterativo. Pero, en general, se lee con mucho gusto (si uno supera la falta de afecto que provoca Illich, que es un poco quejica y un flojo).

Es precisamente la parte final de la novela lo que constituye, si leéis la nota de la editorial, el nudo del relato: Ivan Illich se lamenta, cuando se sabe condenado a muerte, de la inutilidad de su vida y de la irreversibilidad del tiempo. Parece ser éste el quid de la questión, aunque no estoy yo tan segura de esto, porque al mismo tiempo que se lamenta, también Illich se pregunta cómo debería haber vivido la única vida de la que ha dispuesto sin poder responderse¹. Me parece más un hombre que se rinde demasiado pronto, que no sabe luchar o, mejor dicho, que no tiene ningún motivo que le empuje a ello.

Con todo, me parece una buena novela y me ha gustado, desde luego. Qué quieren: es Tolstoi. Su final (“Este es el fin de la muerte. La muerte no existe”) es de una contundencia fabulosa. Dicho esto también os diré que he tenido la suerte de manejar una edición que trae otra novela más de Tolstói, Jadzhi Murat, más larga pero infinitamente más entretenida: la historia de un guerrero del Cáucaso en lucha contra los rusos. Esta novela ya no os la cuento, que no toca, pero la recomiendo vivamente, casi casi con euforia.

Como en otras ocasiones, podéis encontrar otras opiniones sobre el libro en La mesa cero del Blasco, La originalidad perdida, en Lo que lea la rubia y en la propia página del Club, donde está la opinión de Juanjo. Ellos ya habrán publicado: yo hoy llego tarde por un despiste espero que perdonable. A ver cómo seguimos el año y si sigue la buena racha. Esperemos que así sea.

¹ Ivan Illich, al empezar su vida profesional, se hace grabar en su reloj el lema respice finem (piensa en el final).

El pescuezo de Alonso

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El titular dice “Cuellos de toro en la F1” con el antetítulo: “La mayor velocidad de los coches en 2017 obliga a los pilotos a incrementar el perímetro muscular de sus pescuezos”

¿Pescuezo? Uf, no sé yo.

Pescuezo suena a taberna de barrios bajos con olor a vino agrio y a sudor de borrachos con navaja en la cintura. Pescuezo suena a cadalso rodeado de tricoteuses que abren sus bocas desdentadas para gritar “mátalo”. Pescuezo suena a pescadería, aunque yo creo que es por adherencia fonética, porque pescuezo es lo que se les corta a las gallinas. De pescuezo viene pescozón, que es lo que le da un padre a su hijo cuando llega tarde a casa o cuando dice una mala palabra con el pan en la mesa. Tú dices pescuezo y ves la rebanada que han cortado, o ves al reo en el garrote, o ves al pollo descabezado.

Pescuezo y Fórmula 1 no casan. Vamos, no llegan ni a novios. Pero supongan el apuro del redactor al encabezar el artículo. Ya ha decidido el título. ¿Qué hacer con el antetítulo para no repetir? Terrible problema. Le imagino consultando el diccionario de sinónimos en línea, y también imagino su desolación al encontrar, además de pescuezo, garganta, gollete y cogote. Y sí, son sinónimos, pero no, no me valen, se dirá, y entonces elige la más coloquial, la más brutal, la que describe más y ofende menos, la que pedirá seguir leyendo.

Y sigues leyendo. Y entonces te enteras de que Fernando Alonso tiene un cuello con cuarenta y cinco (45) centímetros de perímetro. ¿Y eso es mucho o es poco? Pues, a ver, el perolo que tengo yo en casa para el cocido le cabe –suponiendo que le pasara de la cabeza, que lo mismo es mucho suponer. Ahora, ya les digo yo que una camisa ajustada de confección no encuentra.

Vuelvo al redactor y me pregunto qué remedio podría encontrar para no repetir la dichosa palabra. Mal asunto. Quizá podría desvelar parte del artículo, diciendo “La mayor velocidad de los coches en 2017 obliga a los pilotos a incrementar la musculatura que sujeta la cabeza para no perderla en una curva”.

Uf, casi mejor pescuezo.

Puertas

Puertas abiertas, puertas cerradas. Puertas blancas, puertas azules, puertas rojas. Puertas de madera, puertas de cristal. Puertas correderas. Puertas de doble hoja, dobles puertas.

Puertas de acero, puertas blindadas. Puertas con gateras y puertas enrejadas. Puertas falsas, puertas abatibles. Puertas que giran y que al hacerlo agreden con su perfil. Puertas con mirilla, delatoras. Puertas que engañan y puertas que no se deben traspasar. Puertas al lado de otras puertas.

Puertas desencajadas que no se pueden cerrar. Puertas que no son puertas, sino marcos por los que se pasa sin verlas. Puertas con timbre y puertas con aldabón. Puertas con pestillo y puertas con pomo. Puertas con llave y puertas con cerrojo. Puertas herméticas, como las de un refrigerador. Puertas que hacen clac, puertas que hacen flop, puertas que hacen blam. Puertas que son una frontera.

Puertas por las que pasa el aire, como en una corriente. Puertas por las que pasa la gente, como una corriente. Puertas corrientes. Puertas que separan y puertas que unen. Puertas por las que uno entra y se queda. Puertas por las que uno se va y no se queda.

La puerta de la cocina, la puerta del salón, la puerta de la calle. La puerta del ascensor, con su cristal esmerilado, rectangular, que deja ver la sombra del vecino antes de ver al vecino cuando va el vecino.

Puertas por las que se sale al mundo. A un mundo con más puertas.

Por qué escribo

Lo hago por ti.

Si no fuera por ti me bastaría la intimidad de mis pensamientos, que me devuelven imágenes y convocan palabras.

Si no fuera por ti me conformaría con dejar que el suceso tallara la frase y la dejara después imprimirse en la memoria, igual que se graba una huella en la arena que luego el mar borra enseguida.

Si no fuera por ti dejaría que la imaginación seleccionara qué guardar para evocar más tarde, y que su capricho decidiera qué vivencias se volverían reales y qué otras se esconderían entre las telarañas del olvido.

Yo escribo por ti, aunque no sé quién eres. Y cuando lees lo que escribo, yo sólo quiero que sigas leyendo, que llegues al final y que rías como río yo, que veas lo que yo veo y que imagines lo que yo he imaginado.

Te parecerá que escribir es un acto de generosidad, pero no da para tanto. El lector es imprescindible para calmar la pulsión de vanidad que habita en el que escribe. Tú eres como una fortaleza que hay que conquistar con armas tan pacíficas como la palabra y el ingenio y tu rendición me libera de la pereza de empezar, del trabajo de seguir y del tormento de encontrar el punto final.

Escribo para ti porque eso es lo que me hace sobreponerme a la hoja en blanco y me redime de su tortura. La angustia de no encontrar la palabra, de no hilar la frase, de no saber ordenar las ideas son un naufragio de textos malogrados que invocan la desilusión y el desengaño, el fracaso del barco que no he sido capaz de escribir. Pero todo eso pasa y queda la diversión de la escritura, el recreo de las palabras que juegan al escondite con la imaginación.

Cuando se ama la escritura, cuando uno para distraerse se pasa la tarde volando la pluma, es porque imagina un lector, aunque sólo exista en su delirio. Porque si escribir es un placer, que te lean es una fiesta.

 

Día de San Valentín

Pues tenemos lo cursi, lo muy cursi, y luego ya San Valentín. Todo lleno de corazones palpitando, de miradas arrobadas, y todo lleno de rosa y de plástico. ¿Que es bonito? Huy sí, precioso. ¡Y tan natural, tan improvisado, tan tan discreto!

– ¿Es que nunca has estado enamorada?
– ¿Y qué tiene que ver el amor con la cursilería?

En general me aburren mucho las celebraciones programadas, no digamos si además van acompañadas de deseos obligatorios. En ese capítulo meto la Nochebuena y el fin de año, aunque las dejo pasar casi casi por solidaridad familiar. Y porque guardan un cierto sabor a infancia, un tono de nostalgia que tiene su aquel. Y aunque a veces se pone la cosa muy cursi en la tele, luego programan Qué bello es vivir y se nos pasan todos los males. Sin embargo es oir San Valentín y la única película que se me viene a la cabeza es la de El día de los enamorados y, junto con el soniquete de la canción, ya sólo veo a Conchita Velasco y a Antonio Casal discutiendo en la puerta de una zapatería.

Esto de San Valentín no es nuevo, ni siquiera como alibí comercial. Y sin embargo, vivimos en una época de “oversharing” (eso que mi querida MG le llama a la indiscreción) que, mezclado con las redes sociales, o tal vez como consecuencia de ellas, hacen que te encuentres en tu teléfono una promesa de amor al mismo nivel que la foto de unas patatas con costillas. Muchos corazones y un “P. ¡¡¡¡FELICIDADES, TE QUIEROOOOOO!!!” y muchos emoticonos de corazones que te dejan, como mínimo, pensativa. ¿Y quién será P.?, te preguntas. ¿Puri? ¿Palo? ¿Pili? ¿Pamela? ¿¿Paladia?? Yo pienso que un tuit de este tipo quiere ir dirigido a una tal Perpetua, una vez que hemos descartado que se llame Prudencia y con la seguridad de que debería llamarse Piedad. Buf.

Claro que no tiene nada de malo un día como hoy, salvo el tono rosa, los corazoncitos everywhere y la gente pelma, aunque éstos son igual de insufribles el día de Santo Toribio. Pero precisamente porque los enamorados hacen muchas tonterías (y eso es muy divertido cuando se vive y cuando se aprecia), programar esta celebración, fijarla en un día preciso, y provocar tanto exhibicionismo impostado me resulta innecesario. Y bastante aburrido.

San Valentín también se llama a la matanza que ordenó Al Capone en Chicago en los años 30. Vaya día que eligió para demostrar cariño. Si se llega a esperar unas horas se habría llamado La matanza de San Claudio, y no hubiera emborronado un día tan romántico, tan bonito, tan evocador, tan natural, tan improvisado, tan original, tan discreto…

 

El Osasuna y las primarias

Hace unos días hablaba de los afiliados que pagaban cuota a los partidos políticos. Según Hacienda, se trata de 95.000 personas a repartir entre todos los partidos. O sea, poquísimos. A los partidos esto les da lo mismo, entre otras razones porque viven de los presupuestos del estado, pero es un buen punto de partida para imaginar en manos de cuánta gente estamos cuando de habla de primarias. ¿Procesos democráticos? hum, no sé yo.

Las primarias que se hacen en los partidos españoles son unas primarias endogámicas en las que votan los militantes, o sea, lo más cenutrio, parcial y fanático de los partidos. Hay quien lo extiende a los “simpatizantes”, que no sé lo que es, pero me da lo mismo: siguen siendo los groupies políticos, los come ruedas de molino, los forofos políticos que de todos modos, y en cualquier caso, y pase lo que pase, votarán a ese partido.

En España han sacado mayorías absolutas el PP y el PSOE, y no creo yo que los diez millones de votos que han logrado en alguna ocasión sean de afiliados. Ni siquiera de simpatizantes. La diferencia entre votantes y militantes es eso, y tiene que ver con llegar al poder o no. Y justamente cuando las encuestas dan como favoritos entre los no afiliados a un candidato, la militancia se vuelve en masa contra él porque, oh, cae bien a los «otros». Y debería de ser justo al contrario, deberían elegir al que más posibilidades tiene de convencer a más gente para gobernar, pero, amigos, no se puede pedir peras al olmo ni inteligencia a un borrego.

El Osasuna ayer perdió contra el Madrid, pero hizo el partido de la temporada. Llevan 22 partidos jugados y sólo 11 puntos (20 jugados y 49 puntos tiene el Madrid), van a la cola de la clasificación y probablemente bajarán a segunda, pero con todo pusieron al Madrid contra las cuerdas durante un buen ratillo. La afición estaba enardecida, llenaron el campo, animaron como nunca, y los jugadores corrieron como gamos y se dejaron la piel. Y, sin embargo, la permanencia la obtendrán de sacar esa motivación cuando jueguen con el Leganés, con el Sporting, con el Valencia, con el Eibar. Una golondrina no hace verano, y una victoria contra el Madrid (ganar al Madrid es como matar al padre) no les asegura la permanencia. Pero las ligas se parecen más a un cacareo que al canto de un cisne, y se compite ganando al máximo posible de equipos, empezando por los peores y más pequeños. Pero ahí tienen a los hinchas del Osasuna: se pasarán un par de semanas relamiéndose por lo bien que le jugaron al Madrid y luego estarán una temporada entera comiendo pipas en segunda.

Si yo fuera del Osasuna pediría que echaran a ese entrenador mañana mismo por dos razones: por no entender nada y por no saber canalizar la fuerza que se trae entre manos. Y si fuera del PSOE… si yo fuera del PSOE entonces me pondría a llorar.

 

 

Fernando Torres, «El Niño»: Mis mejores momentos viñeta a viñeta, de Fernando Torres y Jorge Crespo

fernando-torres-el-nin%cc%83o-libroOs recuerdo: soy madridista y tengo más de doce años. Y os lo recuerdo porque aquí me tenéis reseñando una autobiografía de Fernando Torres para niños ilustrada con viñetas de un colchonero que colabora en El Mundo Deportivo. Sí, yo también me he preguntado varias veces por qué, e incluso he llegado a decir en voz alta eso de «Señor, llévame pronto». Pero ya no lo diré más porque, una vez que me he tragado este petardo, creo que podré sobrevivir a todo y no es cosa de hacerle perder el tiempo a nadie, y menos a Dios.

En efecto, este es un libro para seguidores incondicionales del Atlético de Madrid, que es tanto como decir seguidores incondicionales de Fernando Torres. Un símbolo, un emblema, un modelo y el epítome y encarnación del club centenario. Un tipo que, si seguimos a Dani Martín en el prólogo, «tiene una luz que brilla con una fuerza característica». Nos quedamos sin saber si la característica es el Sol, el led de un semáforo o si es una luciérnaga hasta que en la primera viñeta nos aclaran que fue un rayo que, ¡fum!, entró en la sala de partos cuando él nació (sin que hubiera ventanas). Que sepan ustedes que si no abandoné el libro al leer esto es porque enseguida te explican que «ser del Atleti es caerse y levantarse y seguir luchando». Y yo no iba a ser menos, Hala Madrid. Lo que sí hice fue olvidarme de las viñetas y atender a los textos, que al menos tienen un pase.

Lo raro que tiene el mundo editorial no es que te encuentres con biografías de deportistas, sino que algunas de ellas estén escritas cuando el personaje sólo tiene veinticinco años. En nuestro caso «el niño» ya tiene treinta y dos, pero da igual: sigue sin tener gran cosa que contar. Claro que no sabría yo decir si es porque es del Atleti o a pesar de ello… Así que tratan de alargarlo empezando desde el nacimiento, que convierten en una peripecia casi sobrenatural, y luego siguen con las naderías: que a los dos años ya daba patadas a un balón (como cualquier niño), que a los cinco jugaba en un equipillo de barrio en Fuenlabrada (como cualquier niño de Fuenlabrada), que por ganar les daban una bolsa gigante de patatas fritas (como a cualquier niño sin miedo al sobrepeso), y que a los nueve le llevaron a visitar la sala de trofeos del Atlético (como a cualquier niño sin miedo… a nada). En fin, si consigues sobrevivir al relato de su infancia ya te queda menos para convertirte en seguidor del Atleti. Porque, amigos, la frase «ser del Atleti es caerse y seguir luchando» tiene un corolario que es el siguiente: «El resultado final no es lo único que cuenta». ¿Ya he dicho que el libro está escrito en primera persona? En fin, si lo de menos es el resultado, habrá que tararear a Sabina, que siempre viene bien:

Qué manera de aguantar, qué manera de sufrir, que manera de… escribir.

Algunas cositas se salvan, todo hay que decirlo. Cuando cuenta que le hizo seguidor del Atleti su abuelo y los capítulos en los que le recuerda con mucha ternura merecen un gran respeto. También algunas reflexiones sobre la fama, antes y después de tenerla, tienen su punto de curiosidad. Habla, claro, de su paso por el Liverpool, un club emblemático del que salió malamente, pero del que habla con cariño aunque rechazara tatuarse eso de You’ll never walk alone (me pregunto si llevará un tattoo que ponga «yo me voy al Manzanares»). Y sorprende la confesión cuando dice que si pudo progresar en sus inicios fue, probablemente, debido a que el Atleti estaba entonces en Segunda División. ¡Dios mío, espero que el Madrid se olvide cuanto antes de la cantera!

Otra de las cosas salvables es que elige bien las anécdotas, y esto lo digo sin ironía: cuando recuerda la compra de su primer neceser para su primer viaje con el equipo, o cuando pudo ir a un centro comercial con su familia a cenar sin que le conociera nadie después de su debut en el Calderón. Por cierto, sobre su familia, yo les agradezco que hayan evitado que su hijo se convierta en un cretino como tantos otros futbolistas. Ahora, que si no es mucho pedir, también les hubiera agradecido que le obligaran un poco más con la literatura.

La parte futbolística es de sobra conocida por cualquier aficionado, no digamos si eres del Atleti, y por eso creo que carece de interés, porque es algo que se puede encontrar en la Wiki o en cualquier periodicucho deportivo con ocasión de algún remate de cabeza que acabe en gol. Suponiendo que te interese un poco, claro. Mucho más jugoso, sin embargo, es cuando habla de sus peinados o de sus manías, o cuando te cuenta que se hizo delantero un día que se puso de portero y le saltaron los piños de un balonazo. Y desde luego te deja pensativa que un tipo que ha ganado dos Eurocopas, un Mundial y una Champions considere un triunfo haber salido en los Guiñoles, en 7 Vidas y en Torrente. Claro que si todavía no ha ganado una liga con el Atleti pensará que con algo similar tendrá que conformarse.

Con todo, debo decir que Fernando Torres es un chaval que cae bien (y no sólo sobre el césped, unas cincuenta veces en cada partido). Y si no te cae bien cambiarás de opinión cuando te habla de su colaboración con enfermos de ELA y sus labores solidarias en general. Se le nota bien nacido al leer su admiración hacia Luis Aragonés y también bien educado cuando es respetuoso, y hasta cariñoso, con otros jugadores, algunos de ellos madridistas emblemáticos. No así con Couto, que le hizo algunas entradas y se las devuelve en forma de capítulo yo creo que irrelevante. Y, en fin, lo que me confirma que es un tipo que tiene algo en la cabeza es cuando le leo decir esto sobre el Atleti: «Los clubes que prefieren el mal del adversario al bien propio viven muy a la sombra del éxito». Una enseñanza sabia, y no sólo futbolera, porque es aplicable en muchas otras cosas de la vida.

En fin, amiguito mío, si eres del Atleti y tienes menos de doce años, este es tu libro, no busques más. Eso sí, ya te advierto que igual encuentras las viñetas algo infantiles. Y si eres el padre, puedes comprárselo a tu hijo sin dudarlo porque sólo recibirá de él enseñanzas la mar de educativas y beatíficas: nada de drogas (Torres no es Maradona), ni de sexo (Torres no es De Gea), ni de alcohol (Torres no es Gascoigne), ni de oscuros chantajes (Torres no es Benzema), ni siquiera nada de cámaras isobáricas (Torres no es Raúl), ni, por supuesto, ninguna sofisticación fuera de lo corriente (¡Torres no es Beckham!). Y no temas, que no hay nada que temer: finalmente, ser del Atleti no es lo peor por lo que se puede sufrir en la vida.

Un libro para hinchas del Atleti, y en especial para admiradores de Fernando Torres, «El Niño», ilustrado con viñetas dialogadas. Ya viene coloreado.

 

Publiqué esta entrada, ligeramente adaptada, en El Buscalibros en junio de 2016

Grueso

Grueso es una palabra horrenda. Y también un poco ordinaria. O grosera, ya que estamos. Y además, no es una palabra muy amigable si tienes frenillo o vas con prisas, porque acabas diciendo o güeso o rueso. Es un horror de palabra.

Miren, referido a algo tiene un pase, pero decirlo de una persona es inaceptable. Cuando oigo decir de alguien que es grueso (o peor, que está grueso), siempre me acuerdo de la geometría, porque el grosor es la dimensión más pequeña que tiene una estructura de tres dimensiones. Y me acabo preguntando, una vez descartada la altura, a qué dimensión se referirán.

Pero es que, además, grueso es una palabra viejuna y, cuando se oye relativo a una persona, es como de tía abuela. Pero no de tía abuela como las mías, que eran unas señoras muy urbanas, con muchos collares, mucho abrigo de piel y mucha permanente, sino de tía abuela de pueblo. Y no de un pueblo de costa o de montaña, ni siquiera de pueblo del interior, sino de pueblo del interior profundo, o de costa lejana, o de montaña perdida, o sea, de un pueblo interiorísimo, lejanísimo o perdidísimo.

Vamos a ver ¿por qué no decir de alguien que está gordo, sin más? No es por corrección política, porque en ese caso se diría persona con sobrepeso. Y tampoco se dice grueso por cursilería, porque los cursis dicen gordito o regordete. Y tampoco lo dicen los idiotas: esos dicen musculoso, que no tiene nada que ver con la gordura, aunque sí ciertamente con el grosor. Pero los idiotas en realidad no saben lo que dicen, que para eso son idiotas.

Yo grueso lo utilizo poco. He consultado este blog y lo he usado para trazo (trazo grueso) y para papel (papel grueso). También lo he usado para referirme a un collar de Curra, y no sé yo en qué andaría pensando. Y ya, eso es todo en 1.023 entradas. Fuera de esto, así de memoria, creo que lo podría utilizar para referirme a una cuerda. Una cuerda gruesa para decir que, además de gorda, es áspera, fea y poco recomendable para un uso diferente al ahorcamiento.

Prueben a estar un año sin decir grueso. Ya verán como no pierden nada.

Me voy a ver el Barça-Atleti.