El último caso de Philip Trent, de E.C. Bentley

Terminamos el año del Club de lectura con este libro que, por fin, ha merecido la pena. Llevo (¿llevamos?) un año realmente pavoroso, con libros abandonados por culpa no de una mala elección, sino de editores a los que habría que calificar como psicópatas o algo peor y autores inexplicables. Por fin una novela para la que he tenido que pedir algo más de tiempo a mis compañeros de club, porque un mal cálculo del tiempo, o una mala organización, no me dejaba llegar al 1 de diciembre con la novela leída. Y quería disfrutarla y leerla despacio, porque lo vale.

El último caso de Philip Trent es una novela de intriga que se debe leer despacio, paladeando los diálogos y disfrutando del relato de la sociedad inglesa de su tiempo. Ya el libro promete desde la dedicatoria del autor a su amigo Chesterton, y también desde el arranque: un asesinato inexplicable. Sigbee Manderson, un acaudalado hombre de negocios al que no quiere nadie (porque es un tiburón indeseable), aparece muerto en su finca en circunstancias extrañísimas. Le han volado la cabeza de un disparo en un ojo, va vestido de una manera inexplicable y además, no lleva la dentadura postiza. El director de un periódico de Londres encarga la resolución del caso (y con ello la exclusiva) a Philip Trent, un hombre inteligente y un poco estrafalario que ya ha resuelto otros casos complicados a través de la imaginación y la deducción.

No faltan los arquetipos en la novela. La mujer elegante, algo misteriosa, distinguida y fuerte; el caballero inglés que actúa de acompañante e introduce a Trent en el ambiente social; el mayordomo estirado y algo cotilla; los ayudantes de Manderson, uno algo bruto y el otro delicado y juvenil. Entre ellos puede estar el asesino, o tal vez entre todos, porque la trama se va complicando, tal vez demasiado, aunque tengo que decir que no me ha importado mucho. No es un libro lineal y, aunque seguramente está lleno de miguitas de pan y de pistas, no me ha parecido lo más interesante de él, sino la manera de contar, la personalidad de los personajes que, aunque arquetípicos, no se mueven ni un milímetro del guión.

Buena forma de terminar el año. Esperemos que en el próximo (si lo hay) tengamos algo más de suerte en la elección de los libros.

Un libro que yo aconsejo, aunque encontrarán otras opiniones sobre él en La mesa cero del Blasco, en Lo que lea la rubia y en la página del blog.

Chiqui, que eso es poco

La ministra Montero, que es la de Hacienda y que se ocupa en estos días de presentar esas cuentas del Gran Capitán que son los presupuestos públicos, le quitó importancia a tener una diferencia de cinco décimas de déficit. “Lo he dicho siempre, chiqui, eso son 1.200 millones, eso es poco” le dijo a una periodista con una frivolidad asombrosa.

1.200 millones de euros, para la ministra encargada de administrar nuestro dinero, es poco. Yo tengo que decir que para mí esa es una cifra de dinero incomprensible, y por eso, para entenderlo, intento hacer algún cálculo para hacerlo material,  tangible, comprensible. Cálculos de este tipo:

– El coche más vendido en España es el Seat Leon. Un Seat Leon cuesta unos 15.000 euros. 1.200 millones de euros equivalen a 80.000 coches. ¿Son muchos 80.000 coches? Pues yo creo que sí: en el mes de julio, es España, se vendieron unos 130.000. Y en la universidad Complutense de Madrid hay unos 70.000 alumnos, con lo que podrías dar un Seat Leon a cada uno que aprobara alguna asignatura (y te sobrarían muchos coches que se los puedes dar a los turolenses, por ejemplo, que están dejados de la mano de Dios).

– Esta es fácil: el salario mínimo son 10.320 euros al año. Con 1.200 millones pagas a 116.000 personas durante un año. Pero claro, el salario lo pagan las empresas. Bien, pues con 1.200 millones podrías reducir la cotización… ah, no perdón, que eso lo paga el empleador, que es un fascista.

– Otra también facil. La pensión media en España es de 934 euros. Con 1.200 millones de euros pagarías más de 90.000 pensiones durante un año. Otra forma de repartirlo es dando 10 euros más a cada pensionista al mes, eso si se quiere dar a bulto, que parece que es el modo de razonamiento preferido de la ministra.

– La cesta media de la compra es de unos 300 euros por persona y mes. Pues con 1.200 millones pagarías la cesta de la compra de 330.000 personas durante un año, o lo que es lo mismo, de más de 80.000 familias de cuatro miembros, por ejemplo como la de Pablo Iglesias, aunque no sé yo a cuánto estará la cesta de la compra en Galapagar.

– Si en vez de euros fueran metros, con 1.200 millones irías y volverías a la luna y todavía te quedaría crédito para ir de nuevo, aunque no para volver. Estaría bien hacer la prueba con la ministra, no creo que la echáramos de menos.

– El coste de una hora de vuelo del Falcon que le gusta tanto usar a su jefe es de 5.600 euros. Pues con 1.200 millones podríamos tener a Pedro Sanchez montado en el avión 24 años. Esto podría considerarse como inversión, con lo que es un coste amortizable. Y por otro lado, disminuiría el consumo de aspirinas entre la clase empresarial española. Me parece que sería un buen uso, tal vez el mejor de todos.

1.200 millones, chiqui, es poco. Y además, si el presupuesto lo podemos pasar, chiqui, si eso es fácil, no pasa nada, chiqui… Y es verdad: no pasa nada. Nada.

El emoticono de un puñal

Se trata de una noticia que no acabas de entender a la primera y luego ya todo va de mal en peor. El asunto empieza con que hay un presidente de la Interpol que desaparece. Sí, el jefe de la policía mundial desaparece. Puf, se evade, se borra, estaba y ya no está.

Luego sabemos que no ha sido de pronto, no: el jefe de los policías mundiales llevaba diez días desaparecido. Diez días. El presidente de la Interpol.

Sigue con que este señor es chino. ¿Teníamos un presidente de la Interpol chino?

La Interpol y la police francesa se ponen a buscarlo, y entonces se sabe que el chino ha desaparecido después de viajar a China. Entonces la Interpol y la France pasan de buscarlo a pedir explicaciones. En realidad, para entonces ya todos queremos explicaciones.

China entonces reconoce que sí, que el chino está retenido en China porque el chino era un ladronzuelo, y que el detalle de que fuera presidente de la Interpol y que el resto del mundo pensara que era disidente les trae sin cuidado. Pero por si acaso, le hacen dimitir aunque para ello el chino tenga que aparecer un rato.

Sin embargo, lo que más me ha fascinado de esta historia es que la esposa del chino ha desvelado que su marido le mandó un whatsapp diciéndole que esperara su llamada. Y luego un emoticono de un cuchillo.

Un emoticono de un cuchillo… Válgame.

A ver, a mí no me han secuestrado nunca, pero no sé si me entretendría en buscar en el móvil un emoticono si veo que vienen a por mí cinco armarios con cara de malas pulgas. Y ya no te digo nada si además soy china, presido la interpol, vivo en la Francia hedonista y soy un poco disidente.

Aunque pensándolo bien, vale la pena entretenerse, porque figúrate que con los nervios vas y, en vez del cuchillo, envías el emoticono de la folclórica.

(O no, mira, porque si el chino hubiera enviado el emoticono de la folclórica, la mujer hubiera denunciado antes su desaparición, probablemente.)

¿Y qué emoticono del cuchillo envió? Para mí que no mandó el que parece una daga, sino el cuchillo de cortar carne. La pobre esposa pensando que iba a comprar filetes y ahí la tienes, diez días para denunciarlo.

¿Y por qué no envió el emoticono de un revolver, que es más gráfico? O de una metralleta, que no sé si hay. O enviar todo emoticonos, algo así:

😮🕵️‍♂️🕵️‍♂️, 😬. 🤜💪👊,🥛.😰. 🐙.🚽 ☎️.😱🗡

Esto lo entiende todo el mundo, no hace falta saber chino ni francés. La traducción sería “Ahí va, vienen dos tíos, ay ay. Me amenazan, son fuertes, que te pego, leche. Tengo miedo. Me va a caer la del pulpo. Espera mi llamada. Uh, nooo. ¡Estoy en piligro!

En fin, la historia, aunque rocambolesca, es muy seria y no tiene pinta de terminar bien. Bueno, ¡eso si termina! Pocas bromas, con los chinos…

Libros del verano

Tal vez pensaban que me había olvidado de ustedes y que ya no les hablaría más de los libros que iba leyendo. Lo mismo hasta estaban contentos. Pero no, no: casi cada día, desde aquel 3 de junio, o tal vez desde ya entrado agosto, me decía que tenía que actualizar, que si no se haría bola, que se me acumularía el trabajo. Tampoco es para tanto, me iba diciendo, si total estás leyendo poco, si total llevas un ritmo de tortuga, si total luego esos post aburren da igual que pongas un libro que cien, si total nadie te lee. Aunque esto de «si total nadie te lee» lo tengo muy asumido desde que abrí el blog. Debo decir que la cosa se queda en un «casi nadie», que todavía quedan algunos buenos lectores heroicos que deben de entrar y salir horrorizados con las telas de araña que tiene el blog. Pero en fin, al lío. No me entretendré mucho en ellos, una pincelada y una nota, que si no se va a hacer muy largo.

Cuando aparecen los hombres, de Marian Izaguirre. Se trata de una novela un poco extraña, está escrita en varias voces y tiempos y no sé si la autora no se mete en un poco de lío de estructura. Fácil no te lo pone, vamos. En la novela se van entremezclando las historias de tres mujeres, a través de las cartas que lega una, los recuerdos de otra y la vida de la protagonista. Está bien, no había leído nada de esta autora y no me importaría repetir, aunque he leído por ahí que esta novela es la mejor que tiene. Esperaremos entonces.

El arte de ser feliz, de Shopenhauer, un librito de estos que te ofrecen en la caja de las librerías. El autor no escribió este libro de una sentada, sino que es una recopilación de pensamientos que fue haciendo a lo largo de su vida y dejándolos por aquí y por allá, y que ahora se recopilan. Ofrece cincuenta reglas, que no son pocas, aunque la mayoría no se seguirán en el mundo actual por pereza, por las prisas y porque nadie se leerá esto. Hoy en día, ser feliz es un derecho, y, claro, así nos va. Pero el autor nos propone la sabiduría de los siglos concentrados en la modestia, la resignación y la generosidad. Finalmente, la felicidad es la ausencia del dolor y para notarla, te tiene que doler algo. Está muy bien, léanlo si se lo topan.

La España Vacía, de Sergio del Molino. Un libro que me decepcionó un poco, debo decir. La España vacía es esa España rural y deshabitada, descuidada, olvidada y al mismo tiempo recurso de las fantasías de los urbanitas que sueñan con un mundo sin ruido ni prisas, pero que luego se vuelve muy incómodo, hasta el punto de tener que salir huyendo. Tiene una primera parte yo diría que muy buena, pero luego se enreda con teorías políticas y alguna digresión algo molesta (el carlismo y Joaquín Luqui en el mismo razonamiento cuesta mucho), que le hacen pegar un bajón serio al libro. Luego remonta, pero para entonces ya tienes la cabeza llena de desconfianza. Yo lo recomiendo, aunque con algún reparo.

Padres e hijos, de Ivan Turgenev, un clásico de la literatura rusa. Un pelín apolillado, este tipo de novelas te tienes que proponer leerlas para no abandonar. En la novela se cuenta la historia de dos jóvenes nihilistas e idealistas (idealistas del nihilismo, con que imaginen la confusión que les ronda) confrontados con la sociedad y con la anterior generación, aunque para mí que lo que tienen es una edad del pavo que les dura más de la cuenta. Un drama ruso muy ruso y muy drama, con descripciones muy de detalle de la sociedad rusa del XIX y comportamientos de los personajes que hoy nos parecen marcianos (y probablemente también nos lo parecerían en el XIX). Pero tiene su punto, la novela, no crean que no.

Los perros duros no bailan, de Pérez-Reverte, que me regaló mi tía por mi cumpleaños. No soy devota de Pérez-Reverte, pero es un libro de perros después de todo y por eso el regalo. Es la historia de un perro que fue de pelea y que ahora vive su vejez como guarda de una obra y que se ve envuelto en una intriga de secuestro de otros perros. La aventura le lleva a descubrir una trama de mafias que se dedican a las abominables peleas de perros y no les cuento el final que no debo. Es una novela de intriga, de buenos y malos, con protagonistas especiales (¡perros!), y, aunque alguno muere (lo que me debería haber impedido leerla), se lee con agrado. Está muy bien y es muy distraída, desde luego.

El tiempo entre costuras, de María Dueñas. Pues no, no la había leído. Debía de ser yo la única española con esa tara. Y me gustó mucho, y me sorprendió para bien. Esta mujer sabe escribir, y la novela está armada para enganchar. ¿Un defecto? Pues que la alarga quizá demasiado. Yo creo que a la novela le sobran unas cien o doscientas páginas, y llega un momento que estás deseando que se acabe ya de una vez, pero por lo demás está muy bien y me gustó.

Dónde vamos a bailar esta noche, de Javier Aznar. Resulta que este autor y yo tenemos una amiga en común, y lo tenía pendiente. Este verano me lo recordó esta amiga y me lo bajé en un viaje a Colombia que hicimos juntas. Perfecto para el viaje, porque se trata de post, o de artículos del autor, independientes entre ellos, pero divertidos y agradables de leer, que tratan de lo divino y lo humano, relatos, recuerdos, reflexiones, con el sello del gentleman, del hombre de mundo, de un tipo elegante.

Sobre la leyenda negra, de Iván Vélez. Pues este libro lo recomendaron en un podcast sobre libros de RNE, creo, que escuché este verano, y me lo apunté y… un horror, en serio. Es un libro mal organizado, mal ordenado y muy farragoso. Y el tema es interesante, no crean, pero. Ni se les ocurra, un petardo.

El orden del día, de Eric Vuillard. Lo ponían por los cuernos de la luna en un suplemento cultural. Vamos, que si no lo leías se te caerían los dientes o el pelo, o algo. Y aun sin eso, el libro es un Goncourt y yo le tengo mucha fe a ese premio. Y buf. Pero buf, buf, buf. Trata de la «conspiración» urdida para llevar el nazismo al poder, de cómo los grandes poderosos y los políticos melindrosos estaban detrás de aquello, y nos lo cuenta como si nos acabáramos de caer de un guindo. El autor quiere saldar cuentas pendientes, vale, y está mega indignado, vale, pero le sale un panfleto burdo, una pataleta de mal autor que aromatiza todo el libro. Igual mejor debería haber escrito un ensayo, aunque el resultado, de todos modos, hubiera sido un panfleto. La buena noticia es que es muy cortita, pero es un libro muy prescindible. In short, es una porquería.

Voces de Chernobil, de Svetlana Aleixievich. Maravilloso libro. Me lo recomendó hace mucho mi querida Paula y ahí estaba pendiente en el Kindle. La autora da voz a todos aquellos silenciados después del accidente de la central nuclear. Y a través de esas voces, sabemos de la mentira, de la desinformación, del desprecio por la vida de los habitantes de los pueblos circundantes, del florecimiento del mercado negro, del permanente recuerdo de la guerra, de la estupefacción de la población (el átomo malo era el de Hiroshima, no el de la central), de la chapuza de la construcción, de la muerte, de la destrucción de todo lo vivo, de la destrucción del futuro, de la pena, de los porqués y de los sinsentidos. Da mucha, mucha pena, pero lo considero un imprescindible.

Farenheit 451, de Ray Bradbury. Otro clásico. No soy muy amante yo de las distopías. Esta al menos te deja algo tranquila, porque está escrita en 1953 y, mira, no ha pasado nada de lo que se imaginaba el autor: un mundo en el que los bomberos queman libros, porque éstos conducen irremediablemente a la infelicidad. Como en toda distopía, lo que importa es el escenario casi más que los personajes, aunque en este caso, si nos olvidamos del mundo horrendo que presenta el autor, nos encontramos con una novela casi policíaca, con persecuciones y crímenes y emoción. Pero el decorado no deja de ser la sociedad enferma a la que se llega por la obsesión por la igualdad (no nacemos iguales, nos convertimos en iguales), la masificación, el hedonismo, el rechazo de la controversia y del pensamiento. Una muy buena novela, sin duda.

Y ya está. Con este ritmo de escritura creo que la próxima cita será en Navidad. No apuesten.

 

¡Viva el latín!, de Nicola Gardini

portada_viva-el-latin_nicola-gardini_201708031456Desde julio no me pasaba por aquí – cosas de la vida, de sus veranos y de sus vueltas de verano –, y aquí me tienen cumpliendo con el rito bimestral del Club de Lectura. En esta ocasión, un libro incalificable elegido por Juanjo. Me pregunto qué será lo próximo que tendremos que intentar leer. ¿Un tratado de apicultura?

Si ustedes consultan en la editorial del libro, se encontrarán con que el libro es presentado como «Una defensa apasionada del latín como elemento cohesionador e identitario de todos los europeos», y no sé, es posible, yo no he llegado hasta ahí. Abandoné pronto, allá por la página ciento y poco, pero me extrañaría mucho que la cosa hubiera ido por esos derroteros. De todos modos, si les digo la verdad, no sé muy bien de lo que hablaba este señor y, lo que es peor, no sé qué me quería contar. Tengo la sensación de que quería venderme algo, por el tono más que nada, pero ya digo que me he quedado in albis (esto de in albis lo pongo para que vean que algo de latín sé, hombre).

El autor es un fan de los clásicos y del latín, y entre recuerdos de sus profesores, nos va hablando de eso, del latín y de los clásicos. Catón, Catulo, Virgilio, Cicerón, así que me acuerde. Todo con mucho entusiasmo. Tanto, tanto, tanto entusiasmo que al cabo te preguntas qué haces tú leyéndote eso y que por qué, Señor, por qué. Entre latinajo, declinación y cita, el tipo te analiza la gramática comparativa entre estos autores y Petrarca, o San Agustín, así que me acuerde, y de nuevo tú te preguntas qué haces leyéndote eso y por qué, Señor, por qué, si ni sabes nada de esas cosas, ni te interesa lo más mínimo, y si no te has apostado nada con nadie (apuestas del tipo de sujétame el cubata o por ahí).

Juanjo es un enamorado de los romanos, de la época, la cultura, la civilización romana. Sabe además un montón de todo eso, así es que tal vez este es un libro con el que él ha disfrutado. E incluso podríamos haber disfrutado todos si el autor no fuera un pelmazo que, tengo para mí, pensaba hacer algo divulgativo y le ha salido un petardo pretencioso que, probablemente, a los especialistas en el tema les parecerá un libro-parida de los tantos que circulan por el mundo.

En fin, léanlo, no lo lean, hagan lo que quieran, pero mi consejo es que, si les interesa el latín, los clásicos y la gramática, antes de gastarse un céntimo se bajen la muestra, que el autor es barroco a más no poder. Pero encontrarán otras opiniones sobre este libro en La mesa cero del Blasco, en Lo que lea la rubia y en la página del blog, que es donde dejará su comentario Juanjo (me gustará mucho leerle). El próximo libro será El último caso de Philip Trent, de E.C. Bentley. Temblando estoy…

Desayuno con hormigas

Alguna vez les he contado en este blog mis guerras con las hormigas. Las hormigas son unos animalitos que me caen bien, aunque no me guste su compañía. Trato de no pisarlas y si tuviera en mi mano qué animales salvar de un holocausto nuclear, probablemente ellas pasarían el corte. Me resultan simpáticas, tan laboriosas y esforzadas, y no me dan demasiado asco. Dicho esto, cambiaré el tono bucólico y casi franciscano con el que he empezado este post para decirles que una cosa es esto y otra tener que compartir mi desayuno con ellas.

La semana pasada, en el poblachón, me levanté temprano y me encontré con una procesión de hormigas llevándose un suizo (que no era cualquier suizo, sino que era MI suizo) de la encimera de la cocina. Por supuesto lo di por perdido, pero pude contener la ira para, antes de empezar con la escabechina, ir a ver de dónde había salido aquel ejército. Y venían de la otra punta de la casa. Se colaban por una rendijita al lado de la puerta de la terraza, atravesaban el salón, cruzaban el pasillo, recorrían la cocina, se subían a la encimera, y ahí me las encontré, robándome el desayuno miguita a miguita. O sea que, en su escala, las tías se recorrían sus buenos ocho kilómetros, cuatro de ellos, los de vuelta, cargadas como mulas. Ni qué decir tiene que yo me quedé sin desayuno, pero ellas se quedaron sin postre. Y además perdieron a muchos efectivos en aquella excursión, porque me lié a zapatillazos hasta que no quedó ni rastro de ellas.

Después, bien de silicona en el agujerito, revisión general de la zona, y a Madrid.

Este fin de semana han abierto otro agujerito en la pared del salón para venir a comerse, de nuevo, mi desayuno. En esta ocasión era un cruasán, pero a ellas les da lo mismo. Yo creo que les pongo unas verduras a la plancha y también vienen a comérselo, porque son testarudas, hambrientas y además van sobradas de soldados. No tengo dudas de que, detrás de esa pared del salón, hay un gran hormiguero. Todavía no he averiguado dónde está, todavía no sé de dónde salen, cuál es su casita de provisiones, pero teniendo en cuenta que ellas se recorren toda la casa para venir a por mi desayuno, lo mismo me tengo yo que recorrer toda la provincia hasta que dé con su guarida. Pero daré con ella, como me llamo Carmen y hoy es mi santo.

Las hormigas son laboriosas, esforzadas, organizadas, testarudas y previsoras, aunque esto último tal vez no tanto: no cuentan con que mi mal despertar solo se me pasa con un buen desayuno.

La serpiente de Essex, de y yo qué sé

Primero de mes, aunque estemos a día 2, y toca libro del Club de Lectura. Ya empecé arrastrando los pies, porque no se oían ecos nada favorecedores en el chat del club. O sea, que ya iba predispuesta para el horror. Así es que empezaré por evitarles esa predisposición. Verán, de este libro escriben en El cultural.com lo siguiente:

De esta novela ha dicho el crítico y poeta John Burnside que “si Dickens y el autor de Drácula se hubieran unido para escribir la gran novela victoriana” no habrían sido capaces de superarla. En esta poderosa obra, Sarah Perry (Essex, 1979) sigue la senda de otras escritoras inglesas que, desde los años 90, han vuelto la mirada hacia la época de la Reina Victoria, para modelar en los escenarios de aquel complejo pasado, sugerentes personajes, cuyos deseos y coordenadas anímicas están más cerca del mundo de hoy que de un tiempo que entronizaba la represión de los impulsos.

Y en Siruela, la editorial que se encarga de esto en España, dicen en el catálogo:

Señalada como libro del año por la cadena de librerías Waterstones y número uno en la lista de libros más vendidos del Sunday Times, La serpiente de Essex también fue finalista del Costa Award 2016 y seleccionada para los premios Wellcome Book y el Baileys 2017.

Esto aparte del British Book Award 2016…

¿Se han predispuesto favorablemente ya? Bueno, pues ahora les daré mi opinión. De este libro tengo que decir que es una petardo insoportable y que he llegado al 25% del ebook, momento en el cual he decidido no seguir castigándome las neuronas con tanta palabrería, tanta cursilada, tanta nadería y tanto farfollo. Diálogos que no conducen a ninguna parte, que no retratan a ningún personaje; descripciones de relleno; un pasar de páginas sin que termine de suceder nada. Yo ya estoy muy mayor para aguantar libros que son un mal guión que además está mal novelado. ¿Dickens? ¿Pero estamos todos locos?

Encontrarán otras opiniones sobre este libro en La mesa cero del Blasco y en Lo que lea la rubia. Los otros integrantes del Club de lectura o están en otros menesteres o, directamente, se han saltado este adefesio. Y han hecho bien. En octubre volveremos con Viva el latín. Que viva.

 

Economía y política

Un gobierno agotado, desesperante por lo pasivo, aburrido por lo invisible, irritante por lo cobarde, sin imaginación ni ganas, sin fuerza ni ideas. Y al final le largan por un macguffin gigantesco que permite un cambio de gobierno por la puerta de atrás. Había mil razones para que Rajoy se fuera, bien echado está, pero no sé si es muy democrático que gobierne un desahuciado que sólo sacó 84 diputados de 350. Personalmente, hubiera preferido que me dejaran echar a Rajoy con mi voto. Desde luego hubiera estado encantada, a las 9 en punto en el colegio electoral, vaya.

De entre todas las razones por las que merecía que le largaran, me parece que la más importante es que no se ocupara de la economía. ¿Les sorprende que diga esto? Dejen que explique mi punto de vista. Para mí la economía no es eso de lo que se ha ocupado Montoro, ese pobre diablo. Esa es la parte del expolio que viene cuando, de verdad, no te ocupas de la economía. Economía es, por ejemplo, un plan nacional para el agua, porque la lluvia no sabe de desigualdades, ni los ríos tienen el cauce donde nos gustaría. Economía es ocuparse de la despoblación de una parte enorme del país, porque el abandono es una forma de desperdicio. Economía es ordenar la administración y eliminar el despilfarro de las autonomías, su inanidad y su estupidez. Economía es parar en seco los nacionalismos, no por lo que nos cabrean, sino por lo que nos cuestan. Economía es ocuparse de la educación con inteligencia, formando en lo que necesitaremos, no en lo que necesitamos, con mención especial a la Universidad, un pudridero anquilosado. Economía es ocuparse de la información veraz, porque un país no puede vivir rodeado de bulos y rumores. Economía es ocuparse de la justicia, porque una justicia lenta no es justicia, y además sale irremediablemente cara. ¿Sigo?

Rajoy saca pecho por su gestión económica, pero no creo que se haya ocupado de ella realmente. Un gobernante se debe ocupar de que en su país las personas vivan mejor y más seguras y este hombre, si tenía alguna idea, se ha ido sin que supiéramos cuál era. Y ahora llega Peter, un tipo líquido, un cursi y, desde luego, un individuo sin palabra. Aunque mirando la caterva de retrógrados que le han apoyado para alcanzar el gobierno es casi mejor que siga sin honrarla. Ideas tiene muchas, casi una diferente cada día, por lo que no hay que darle mucha importancia a lo que diga: ya he dicho que su palabra no es su fuerte. Su única experiencia laboral es su propio partido, en donde sí le votan los aborregados militantes. Pero sea. Diré hoy lo mismo que dije cuando cambió la alcaldía de Madrid: después de Anita Botella ¿qué más nos puede pasar a los madrileños? Lo cierto es que nos ha pasado, ya lo creo, entre otras razones porque esta “adorable abuelita” se ha rodeado de la gentuza que ha ido encontrando por los albañales podemitas. Algo que, de momento y en apariencia, no ha hecho Peter: él, fuera de la política, no tiene donde caerse muerto, pero se ha rodeado en su mayoría de gente que parece saber dónde irse a morir. Por algo se empieza.

No nos bajará los impuestos, de eso estoy segura, y si después de Rajoy cuesta imaginar dónde los puede subir más, seguro que él encuentra la manera. Nada nuevo bajo el sol.

 

 

Libros del resto de mayo

Me quedaron tres libros pendientes para comentar en el anterior post de libros, así que allá vamos con ellos y con una propina (que es propinaza).

Leo siempre con atención las reseñas de Modestino en su blog Cajón de sastre y recientemente hablaba bien de un libro que tenía yo apuntado de algún otro sitio, Alegro ma non troppo, de Carlo M. Cipolla. Es un libro cortito y lo presentaba como fino, humorístico e inteligente.  Y es todo eso. Se trata de dos pequeños ensayos, uno dedicado al papel de las especias en la Edad Media y el otro sobre la estupidez humana. En el caso del primero, Cipolla explica la historia a través de la escasez o la abundancia de la pimienta como podría haberla explicado a través de la escasez o la abundancia del arroz con leche. En este texto cargado de ironía nos hace ver que el simplismo no es lo mismo que la simplicidad y que, puestos a armar teorías tontas, cualquiera puede ensayar y tener éxito.

El segundo ensayo es sencillamente un texto delicioso acerca de la estupidez humana resumido en cinco leyes fundamentales. La primera nos dice que el número de estúpidos es siempre mayor de lo que imaginamos; la segunda que están en todas partes; la cuarta es que tendemos a subestimarlos y la quinta nos advierte de que los estúpidos son personas extremadamente peligrosas. ¿Y la tercera? Pues esta ley reconoce al estúpido como aquella persona capaz de causar daño a los demás sin obtener ningún beneficio para sí mismo. Lo llama «la ley de oro» y en efecto, lo es: ¿Qué puede ser más práctico y valioso que tener unas instrucciones sencillísimas para detectar a los estúpidos que nos rodean (y que, recuerden, según la primera ley son muchos más de los que creemos)?

Literalmente me bebí Los cinco y yo, de Antonio Orejudo, libro programado para una tertulia a la que acudo. Me ha gustado, aunque diré que leí las primeras páginas un poco escamada al pensar que iba a ser la típica basura con rollo Yo también fui a la EGB, un rollo que detesto por ñoño e infantiloide. Y no, no hay nada de eso. Claro que pasa el autor por su infancia y adolescencia y claro que recrea aquellos tiempos de los 70, es inevitable. Mezclando ficción y realidad, recuerdo y narración, saliendo y entrando en la novela constantemente, el protagonista se pasea por su propia vida encadenando digresiones hasta que las detiene en un congreso de fans de Enid Blyton, y nos explica qué fue de Julian, Dick, Ana, Jorge y Tim con el paso del tiempo (pone que al pobre Tim lo atropelló un coche, no sé si se lo perdonaré).  Y me parece que es un libro que entenderán mejor los contemporáneos del autor y que además hayan disfrutado con los libros de Los cinco. Si no se han leído los libros cuando eran pequeños, no sé cómo entenderán esta novela. Todo es reconocible en el texto y hay pasajes muy divertidos, como cuando se reprocha a la escritora su falta de diligencia y el que en 19 de los 21 libros de la serie existiera un pasadizo secreto. ¿Será verdad? En fin, de paso decirles que ya hablaré otro día, si me acuerdo, de esa pose intelectual que consiste en decir que todo lo que se es y se ha vivido es una mierda, esa manía de escupir al cielo para parecer contestatario y que sólo revela comodidad y que es un detalle un poco molesto en las primeras páginas, asunto en el que el autor afortunadamente no insiste. Un libro interesante.

Un cólico nefrítico me llevó a leer un librito de Stefan Zweig, Miedo. El cólico no lo sufrí yo, naturalmente, sino que acompañé al paciente en urgencias durante toda la tarde y me llevé este pequeño en el bolso. Se trata de una de estas ediciones del Acantilado que te venden en las cajas de las librerías y que son muy prácticos, en especial si de trata de Zweig, que siempre es muy distraído. En este caso, se trata del relato de una adúltera y su miedo al chantaje, que tiene un golpe final un poco inverosimil y algo bluf. Se lo pueden saltar si no media una tarde en Urgencias y si no son unos obsesivos del Zweig.

Y finalmente, Charlotte, de David Foenkinos. Me encanta este autor, su sensibilidad y su toque especial. En este libro nos relata la vida de la pintora Charlotte Salomon a través de frases cortas, como pinceladas. Su vida doblemente trágica, aprisionada por los antecedentes suicidas de su familia, en un tiempo en el que un judío tenía muy dificil escapar esa otra prisión que era el totalitarismo nazi. Miras el libro y parece poesía, pero luego no es poesía, pero parece poesía porque el fraseo suena a poesía. Es una preciosidad de libro, una maravilla, un libro que lees despacito porque no quieres que se te acabe. Foenkinos nos contó cuando vino a Madrid a presentar La biblioteca de los libros rechazados, en l’Institut Français, que la escritura de este libro le había dejado exhausto por la historia de la protagonista. Lo puedo entender. Es un must, no se pueden perder este libro.

Y ya, a ver qué nos depara junio.