Afiliados, esa rareza

El sábado leí una noticia que me resultó muy curiosa. Resulta que Hacienda ha contado los españoles que se deducen en el IRPF la cuota de afiliado a un partido político y por lo visto sólo ha encontrado 95.000 personas. Al principio pensé que le faltaba un cero a la cifra, pero no, no: son exactamente 95.186 personas que lo declararon en 2014.

La cifra no es grande ni pequeña, la cifra es la que es. Lo que pasa es que hay que compararla con los datos de afiliación que vienen pregonando para sacar cuánto más pecho, mejor: 860.000 el PP, casi 200.000 el PSOE, 25.000 ciudadanos y Podemos no da cifras, total para qué, si ellos representan a la gente™. Del resto de partidos no se dice ni una palabra, y es normal: bastante tienen ya con lo suyo.

La distancia es enorme, desde luego, y yo no sé cuál puede ser la explicación de tanta diferencia. ¿Será que los partidos se inventan los datos de afiliación? La verdad es que  no me cabe en la cabeza que los partidos pretendan engañarnos, qué idea tan disparatada. Otra posible explicación es que los afiliados renuncien a declarar la cuota. Esto no es nada chocante si se tiene en cuenta que la han abonado previamente y, francamente, no sé para cuál de las dos cosas se necesita estar más zumbado.

Otro asunto es la concentración de declarantes. Lógicamente, la mayoría están en Cataluña, Madrid, Valencia y Andalucía, las regiones más pobladas. Pero fíjense: en Castilla León declaran estar afiliados y pagar 6.244 contribuyentes. O sea, que para encontrar a alguno, con lo grande que es aquello, ya hay que buscar. Y al contrario: que vivas tú en Castilla y León y te toque un afiliado de estos como vecino tiene que ser el colmo de la mala suerte, imagínense. Tú llegas al bar del pueblo y te toca un pepero o un sociata al lado con un chato de vino en la mano, dándote la turra y contándote los últimos tiquismiquis del partido. Qué horror.

Supongo que Hacienda tendrá este dato desde hace mucho más, aunque es ahora cuando suelta la perla. Quizá tiene que ver que ha establecido la norma de que los partidos declaren para el ejercicio de 2015 cuánto reciben de cuotas, contribuciones y donativos exactamente. Será interesante ver qué cuentan ahora, aunque lo más probable es que les importe una higa saberlo e incluso comunicar una cifra exacta. Porque al final los partidos tienen tantos afiliados como contribuyentes, porque se financian con nuestros impuestos. O sea, que en realidad nos deberían de dar un carnet a todos al entregar el impreso del IRPF en el banco.

– Aquí tiene, señora, su copia y un mechero de cada partido, que le sale a devolver.

La pregunta de fondo, a la que no podrá contestar Hacienda y no querrán contestar los partidos es la que se interesa por las motivaciones de esas 95.000 personas que pagan a un partido pudiendo no pagarlo y contar igual. ¿O no cuentan igual? ¿Cuál es la ventaja, de haberla? ¿Qué obtienen en concreto? Cada día que pasa somos un país más estrafalario, aunque la pregunta tiene su miga. Más que nada la de saber si  95.000 personas son muy pocas o, por el contrario, son muchísimas.

En fin, amigo, si no fuma, pida un abanico con la próxima declaración.

 

Patria, de Fernando Aranburu

patria-de-fernando-aramburuDentro de 50 ó 60 años, cuando los hijos de nuestros nietos lean la última página de esta novela y cierren el libro, con seguridad dirán lo mismo que yo: qué maravilla acabo de leer. Y también con seguridad no olvidarán la extraordinaria galería de personajes y la conmovedora historia que contiene, narrada con una estructura temporal y una inteligencia en las voces que engancha desde la primera página y que no te deja soltar el libro más que para emocionarte, para dejarte pensativa, y ya al final, para tragar el nudo que deja en la garganta.

Es la novela del año, y con razón. La primera referencia que tuve fue la entrevista que Alsina le hizo al autor cuando se publicó. ¿Un libro sobre víctimas del terrorismo? ¿Sobre la historia reciente del País Vasco? ¿Sobre el «conficto»? Ni en broma me leo yo eso, pensé. Hasta que personas de las que me fío me lo empezaron a recomendar. Venciendo la pereza lo pedí en papel y me encontré con un libraco de más de 600 páginas. Tengo por ahí escrito que pocos libros justifican más de 500 páginas. Pocos, sí, pero este es uno de ellos, sin ninguna duda.

Patria cuenta la tragedia del terrorismo etarra vivida por dos familias vascas en un pueblo cercano a San Sebastian. Dos matrimonios amigos desde la infancia que se encuentran, casi de la noche a la mañana, separadas por esa línea gruesa que distingue a las víctimas de los verdugos y a los traidores de los patriotas. Vascos de pura cepa, euskaldunes, vascos de los de «esto no va contra mí» que de pronto se encuentran con que sí, con que esto sí va contra ellos porque va contra todos, incluso contra los que aprietan el gatillo. Patria es la historia de cómo esa línea gruesa se va poco a poco desgastando, con el tiempo y también con la erosión que provoca tanto dolor y tanta amargura junta, ambas inútiles.

Aramburu escoge personajes verosímiles, creíbles, para contar una historia veraz y que desborda autenticidad. Personajes bien marcados son los nueve principales que sufren la tragedia, aunque también dibuja muy finamente a los secundarios: el dueño de la taberna («el nunca protagonista, el jamás detenido, y eso que era el amo del cotarro»); el cura, personaje vomitivo, con el que Aramburu logra que hasta huela mal el libro cuando lo hace aparecer; los vecinos y los que rodean a las familias, algunos sacando arena del hoyo, y otros enterrándolos más en él. Todos son personajes memorables e imprescindibles para que se entienda la complejidad del asunto: la devastación que provoca una bien manejada mezcla de ignorancia, cobardía y sentimientos al servicio de una patria impostada.

Patria es ficción, no fantasía; Patria es literatura (de muy alta calidad), no es ensayo. Y precisamente esto es lo que permite al autor establecer un relato nuevo interesantísimo  que aporta verdad a una tragedia que por lo general se alimenta con propaganda. En el libro no se habla de «claves políticas» ni de «discursos políticos», de toda esa propaganda averiada. Aramburu no nos cuenta una de buenos y malos, o en todo caso, no deja aparecer a los culpables de la tragedia, aunque todos sepamos señalarlos bien cuando acaba la novela. El autor, valiéndose de una prosa sencilla, seca, natural y convincente, da voz a los personajes, los deja hablar, y pone a cada uno en su sitio. Y también, sí, con la historia de estas dos familias da la luz y enfoca el cuadro para que entendamos lo que ha sucedido en el País Vasco en estos últimos 30 años. Algo que podría suceder en otro lugar y en otro tiempo, pero que nos ha pasado aquí y en esta época. Es así.

Pero, sobre todo y ante todo, Patria es una grandísima novela que trascenderá fronteras y generaciones. Léanla si no lo han hecho todavía. No se la pierdan, es una orden.

Pepita Jiménez, de Juan de Valera

pepita-jimenezTerminamos un año más del languideciente Club de lectura con el disfrute de un libro maravilloso propuesto por Paula. No sé si al año que viene seguiremos con el club o ya nos daremos por vencidos, aunque el año no ha estado nada mal. Dickens, Maquiavelo, Jonathan Swift, John Williams y ahora Juan Valera hace pensar que hemos ido a lo seguro, sólo poniendo dos condiciones: que el autor estuviera muerto y por lo tanto que su obra haya pasado la criba del tiempo; y que los libros no fueran demasiado largos, por si acaso se nos hacía bola. Este por si acaso es muy importante en este club, no crean. No me olvido del libro que eligió la madre de Paula y anfitriona de una estupenda comida las pasadas navidades, que propuso un extraño libro, La gran migración, de Hans Enzensberger, que luego resultó la mar de interesante. Y coronamos el año para mi gusto con el mejor de todos, un libro de los que ya no se escriben.

Se le nota a Juan Valera la pluma de poeta. Y también la buena mano para escribir cartas. En Pepita Jiménez, un narrador nos cuenta que el señor dean de la catedral de … murió y  dejó entre sus papeles un legajo compuesto de unas cartas y una parte narrada (los paralipómenos), y que en conjunto parece una novela, aunque con poco o ningún enredo. Así es que nuestro narrador se decide a publicarlas, aunque cambiando nombres y lugares, porque le parece una historia que tiene interés.

La historia es la de Luis de Vargas, un seminarista de veintidós años que, antes de tomar los votos, va a pasar con su padre una temporada al pueblo del que salió de niño y del que ahora el padre es cacique. Y allí conoce a Pepita Jiménez, una guapa mujer de veinte años, de origen pobre que ha estado casada con un octogenario que le dejó una fortuna al morir. El padre, viudo y todavía de buen ver, pretende a Pepita, aunque esto no es lo que tiene interés. Lo que tiene interés es que, y esto se ve venir desde casi las primeras páginas, Luis de Vargas se enamora de Pepita. ¿Pero él no iba a tomar los votos y a hacerse cura, o monje cartujo o se iba a ir a catequizar a los negritos de Monicongo? Pues sí, y ahí está la cosa.

El libro es un folletín, un relato de amores decimonónicos, una historia romántica con desmayos, duelos, requiebros y sofocones de amor total de esos que no te dejan comer ni dormir. Una historia bien bonita, escrita con una prosa musical que da gusto leer. Un libro encantador que merece su lugar de honor entre las obras clave de la literatura española.

El lenguaje es muy poético aunque no es sofisticado, pero he anotado algunas palabras bien chulas de las de mirar en el diccionario a ver qué significaban. Aquí os dejo algunas: Eutrapelia, candiotera, binar los majuelos, timbirimba, chalanes, jamugas, inficionar, coracha, disciplinazos, ternes, túrdigas, zahareña, pateta, mengue, pelgar, corambre, zanguango, empecatada, supiripandos (que no viene en el diccionario, aunque creo que es una variación ingeniosa de suripanta), sin decir oxte ni moxte, zarandillo, enjalbiego, plectro, hacerse de pencas, cendales, daifa, amostazaba, recoveros, alifafes, estezado, epitalamio, gajorros. También (lo juro) he encontrado un “remonísima” que me resultó de lo más chocante. Y por último, os dejo una frase de la criada de Pepita Jiménez referida al seminarista que no tiene desperdicio:

“¡Anda, fullero de amor, indinote; maldecido seas; malos chuqueles te tagelen el dupro, que has puesto enferma a la niña, y con tus retrecherías la estás matando!”

Una maravilla de libro, de los que ya no se escriben. Leedlo, que no os arrepentiréis.

Como en otras ocasiones, tenéis otras opiniones sobre el libro en La mesa cero del Blasco, La originalidad perdida, en Lo que lea la rubia y en la propia página del Club, donde está la opinión de Juanjo. A ver cómo seguimos al año que viene, y si sigue la buena racha. Esperémoslo.

Entre el cielo y el suelo

Entre el cielo y el suelo hay algo…, cantaba Mecano. En el caso de Madrid, entre el cielo y el suelo está Manuela Carmena.

Cuando llegó al ayuntamiento, yo me reía y bromeaba: «¿Qué más nos puede pasar a los madrileños después de tres años con la Botella de alcaldesa?» Me equivoqué: podían pasarnos muchísimas más cosas. Ya lo creo.

Anita Botella dejó un Madrid con los impuestos por las nubes y la basura campando por los suelos. Una perfecta desgracia, cuyos desmanes parecían imposibles de superar, tanto para arreglarlos como para empeorarlos. Pero nada es imposible en este Madrid de mis amores: Manuela Carmena y sus pandilla de concejales pijos, unos niñatos que se dedican a jugar en el ayuntamiento (¡qué chupi todo!) siguen teniendo Madrid hecho una mierda, y tasas o impuestos que no mantienen es para subirlos. E igual que hacía la derecha pepera, la izquierda premoderna nos echa la culpa a los madrileños, por ensuciar. Así que ya sabemos que, si de lavar se trata, nuestros políticos municipales lo único que harán a conciencia es lavarse ellos mismos las manos.

Limpiar no toca, y ordenar el tráfico tampoco. Mejor desordenarlo, que como decía Radio Futura, en el caos no hay error. Y así, sales de casa sin saber por dónde puedes circular, ni a qué velocidad, si te dejarán o no aparcar, si el corte de tráfico es para celebrar bicicletas, niños o machirulos, si esta o aquella calle la cerrarán, si esa valla es para que no pases tú o para que no pase un autobús, o quizá es una que se dejó algún operario confundido, si esos conos sirven para una obra, para un control o porque no saben dónde colocarlos. Todo es confusión en la jinkana en la que se ha convertido Madrid.

Ahora miran al cielo, consultan unos chirimbolos en los que se ha puesto un límite arbitrario, y decretan unas medidas de trazo grueso que no sirven para bajar los humos, ni siquiera los de la tropilla feliz del ayuntamiento. Como Salomón, han decidido partir el parque automovilístico en dos: hoy que circulen los impares, que los pares ya los ponen los concejales. Que otra cosa no, pero huevos no les faltan.

Digo yo que si hay tanta contaminación y es tan peligrosa, lo que deberían prohibir es caminar, montar en bici y correr. Nada de abrir ventanas, y si hay que salir a la calle y no se dispone de una escafandra ¿qué mejor que refugiarse dentro de un coche? Eso sí, todo esto sólo vale dentro de los límites de la M-30. Cruza usted el puente de Ventas y no sólo se acabó el peligro, sino también la facultad de contaminar.

Probablemente los que viven fuera de Madrid (fuera, fuera, en otra provincia, no en la calle Arturo Soria, por poner un ejemplo), pensarán que esta es la ciudad del Apocalipsis. Y hombre, tanto no: de los cuatro jinetes, sólo llevamos dos ejerciendo de alcaldesas. Incluso yo diría que esta cruz que nos ha caído es un poco como acoger unos Juegos Olímpicos. No nos los concedieron, pero a cambio tenemos un Ayuntamiento que celebra una versión de Olimpiadas de la pandilla basura.

A mí no me han contado cómo era y cómo estaba Madrid hace cinco o seis años. Pero si quieren, se lo puedo contar yo. Vivo en una de las ciudades más bonitas del mundo, simpática, castiza, tolerante, animada, con un cielo azul maravilloso, con un tiempo extremo, pero que deja pasear durante 10 meses y que me encanta. Una ciudad extraordinaria sí. Y también una ciudad con muy mala suerte con los alcaldes, en especial con aquellos que no elegimos.

En fin, también estos pasarán. Confiemos sólo en que dejen algún matojo con vida, aunque esté contaminado.

 

El soplador de hojas

Claro que los han visto por la calle. Van armados de un cacharro que hace un ruido infernal y del que sale un tubo con el que soplan las hojas caídas. No quitan todas, ni mucho menos. Digamos que quitan «lo gordo». Luego las dejan amontonadas en un apartado y tú te esperas que después alguien se las lleve, pero no. Entonces por la noche llega otro soplador de hojas, tan natural como el viento, que vuelve a desparramarlas. Cuando por fin toca que vengan a recogerlas, vienen unos tipos con un carrito minúsculo pensado para el recogido diario. Así es que como mucho se llevan  «lo gordo», que es una cosa gordísima, con lo cual lo que dejan es también gordísimo. Total, que la calle está hecha una mierda.

Lo bueno que tiene el otoño y que caigan las hojas en Madrid es que tapan la suciedad, que se ve menos. Ahora, que las hojas se ven muchísimo. De hecho, es imposible no verlas. No verlas, no pisarlas, y no venir a casa con ellas en el zapato. Así que tenemos hojas en la calzada, en las aceras, y ahora también en los portales, en los pasillos y en los cuartos de baño. He mirado en Amazon y resulta que te puedes comprar un soplador por menos de 50 euros. Estoy pensando en encargar uno, no crean, que Curra y yo subimos de nuestro paseo que parecemos ents de Tolkien, y dejamos el recibidor que parece una calle de Carmena.

Menos en los árboles, hay hojas por todas partes. Hojas de todos los colores y tamaños. Bueno, para decir toda la verdad, en los árboles también quedan algunas hojas todavía, probablemente porque ya no tienen hueco para tirarse con el protagonismo que el otoño requiere. Se me ocurre que los sopladores de hojas, en vez de orientar ese artefacto infernal hacia el suelo, acabarían antes enchufándolo contra las ramas de los árboles. Como decía mi abuela, «para tan poca salud, lo mejor es morirse», y este dicho es aplicable a la caída de las hojas casi tanto como a los propios árboles, que en Madrid se caen cada vez con más frecuencia. Supongo que el sentimiento de culpa también les afectará: ¿a quién se le ocurre crecer de un brote caducifolio? Cuánta irresponsabilidad.

El pasado martes pensaba salir a hacer fotos por Madrid, aunque después no pude hacerlo. Desde luego, el paisaje es hiperotoñal -asevero- aunque, con lo que llueve, el patinaje artístico que se traen los madrileños por las aceras es más propio del invierno helado. Pero bueno, si encuadras con inteligencia lo mismo hasta puedes tirar un carrete bonito. A favor del fotógrafo está la luz de Madrid en esta época, que es una de las pocas cosas que ni la Botella ni los nuevos pelagatos del ayuntamiento han conseguido cargarse. Hay que aprovecharlo, amigos, porque esto no tiene pinta de ir a mejorar, y me da que en unos años todos los madrileños estaremos ocultos bajo las hojas. Los sopladores estarán enterrados en ellas, y cuando activen sus artefactos malditos, harán revolotear las hojas sobre nuestras cabezas hasta que se haga la más completa oscuridad.

El empedrado, responsable de la suciedad que campa en Madrid y que todavía no ha pedido perdón a todos los madrileños, está escondido debajo de un manto de hojas. Le está bien empleado ¡por cobarde!

Montoro, el guerrero anti gorduras

Ahora les ha tocado el turno a los gordos. Usted está gordo porque quiere, sin más. Esos michelines son inaceptables y pueden provocarle cualquier síncope. ¿Ha pensado usted en su salud? Claro que no. Pero no se preocupe, que aquí estoy yo, el Estado protector sabedor de todas las cosas. Le voy a poner una tasa a las bebidas azucaradas que se va a cagar la perra, a ver si con eso deja ya de meterle mano a las cocacolas, que además de engordar le provocan unos gases que parece usted un zepellin.

¿Y para cuándo un impuesto serio y contundente a las galletas María? Las galletas María son el mal, y si le da una a su hijo, su hijo morirá. Lo mismo tarda 90 años, pero morirá.

Me parece a mí que con esto de las bebidas azucaradas el gobierno ha abierto un filón. Me imagino a Montoro, ese psicópata, frotándose las manos y enviando sicarios a los supermercados a mirar las etiquetas de todos los productos. Se viene una cascada de impuestos contra la gordura en bollerías, patatas fritas y hasta las latas de fabada. El Litoral tiembla y la Gallina blanca está a punto de ser desplumada. Cuando terminen con los productos manufacturados, entonces seguirán con los mercados: ese tocino que luego echa al cocido, o esa plátano que se va usted a comer de postre, madre mía, lo que engordan.

Y también hay que poner coto a las empresas, y ahí Montoro no ha estado fino. ¿Qué es eso de dar una cesta de Navidad llena de chorizos, almendritas, botellas de vino y turrones al empleado? El Estado que dice cuidarnos ¿no va a imponer una tasa de, no sé, 500 euros por cada cesta repartida? Es inaceptable. Estos empresarios irresponsables que primero nos matan a trabajar y luego nos dan una cesta que nos engorda para que muramos poco a poco de gordura, cuánta indignidad.

Por no hablar de otras costumbres fatales para nuestra salud y que sin duda engordan una barbaridad. Los ayuntamientos deberían poner un lector de tarjetas de crédito en los bancos públicos, para que no nos sentáramos, que ya se sabe que estar sentado engorda. Una tasa especial para edredones, colchones y almohadas sería muy de desear. En cuanto a evitar que nos echemos una buena siesta, pienso que una alarma que sonara en las ciudades entre las 3 y las 5 de la tarde los fines de semana sería lo más eficaz, aunque el gobierno también puede gravar los sillones con un 40% de ISP, el nuevo Impuesto de la Siesta Probable.

Yo creo que este gobierno se ha quedado corto. Comprendo que no pueden estar en todo, pero hay riesgos inaceptables. Vivir es uno de ellos, seguido del riesgo de que te mueras. Sí, sí, morirse es un riesgo, no una certeza. Morirse es, si atendemos a la presión fiscal, una mala gestión del riesgo de vivir y una consecuencia de que no te cobren suficientes impuestos para evitarlo. ¿Que no?

El Rastro de José Luís

El Rastro es mi amigo José Luis, la misma bonhomía. Tiene una pequeña tienda, una tienda diminuta que ha reformado hace poco y que parece más grande, aunque en realidad sigue teniendo el mismo tamaño. Y es que retirar trastos ayuda a la perspectiva. Antes tenías que entrar de perfil y con los brazos en alto, un poco por caber y otro poco por no arramblar con algún cachivache. Te quitabas el abrigo en la puerta para abultar menos y también para no llevarte cualquier figurita con una manga, o para no enganchar algún boliche con la hebilla del cinturón. Aquello era el colmo, porque estaba colmado: colmado de trastos, de chismes, de cacharros, de chirimbolos y de bártulos. Y te parecía inexplicable no que él pudiera vender algo, sino que alguien pudiera llegar a elegirlo entre aquel revoltijo.

La especialidad de la tienda de José Luis son los objetos patrióticos, almoneda de tiempos de guerras, tiempos de patria, de banderas y de banderías; tiempos de insignias y medallas; tiempos de emblemas y divisas, de escudos y de enseñas; objetos decorados con almenas, cruces y aspas; libros, curiosas reliquias llenas de polvo, piezas envueltas en un tiempo sin envoltorio, un tiempo de heroicidad y de nostalgia. También tiene vestidos militares, y gorras de todas las graduaciones. Y objetos de marino, y seguramente alguna pata de palo que no habré visto, porque para verlo todo se necesitaría tanto tiempo como para navegar los siete mares.

Después de la reforma pudimos entrar de frente todos los amigos a la vez y descubrimos, con sorpresa, un espacio enorme que antes había estado escondido en el fondo del local. Uno por uno -según nos topábamos con aquel hallazgo-, íbamos preguntando a José Luís con mucha coña si ese espacio era suyo o de la tienda de al lado, y si ya lo conocía antes de la reforma o si, por el contrario, lo habían encontrado los pintores por casualidad. Oiga, caballero, que aquí, detrás de la vitrina, está la otra mitad de la tienda. José Luís iba regalándonos respuestas ingeniosas hasta que se cansó y nos llamó gilipollas. No, en serio, sois gilipollas, zanjó. Entonces alguien apuntó que la reforma tenía un encanto adicional: ahora podíamos decir gilipolleces todos juntos y no como antes, que teníamos que alternarnos para entrar y decirlas de uno en uno.

Mi amigo José Luís dice que él no es anticuario sino trapero, pero no es verdad. Mi amigo José Luís acumula como un coleccionista, entiende como un anticuario y siente como un amante de la almoneda. Para mí el Rastro es mi amigo José Luís, la misma bonhomía.

Quinquies

Hoy me he encontrado esta palabra en un documento aburridísimo que me he tenido que leer. Se trataba de un documento normativo, y cuando me toca leérmelos, me armo de paciencia y de un boli rojo, con el que voy voy poniendo tics en cada párrafo que voy entendiendo. Se trata de documentos por lo general farragosos y exhaustivos, y siempre me acabo haciendo la siguiente pregunta: ¿Quién demonios habrá escrito esto? Luego llego a la conclusión de que será el refrito de algún modelo previo, o que lo habrá redactado un cabinet especializado, pero aun en ese caso, yo me digo que al principio siempre tiene que haber un escritor, el escribiente original, primigenio, y no soy capaz de imaginarlo. ¿Tendrá hijos? ¿y familia? ¿habrá tenido una infancia? ¿la recordará?

Así que leyendo y marcando con ritmo vacuno los párrafos que me iba tragando con mucho esfuerzo, como el que va tomándose una tacita de aceite de ricino, de pronto, pum, me encuentro con esta palabra: quinquies. ¡Andá, qué raro! Y es que las palabras de este tipo de textos tienen la cualidad de ser comunes y corrientes, aunque cuando se juntan, por el efecto de enrevesadas frases subordinadas, se te hacen bola. Pero nunca he tenido que recurrir a un diccionario y de pronto… de pronto me encuentro con esto. Quinquies. Sí, estaba al final de una frase  que venía a decir, “según se desprende del artículo 456 quinquies de la ley bla bla bla…”.

¿Saben lo primero que he pensado? Pues que era un olvido de corrector, la típica shgfkacgfer que tecleas y pones en un texto para acordarte de que ahí va algo que tienes que buscar, o componer, o recordar. Luego he pensado que era una trampa malévola para verificar si habíamos leído con atención el documento. Tengo una compañera que me contaba que ponía gazapos en actas, para comprobar si se las leía todo el mundo (gazapos tipo «el pato Donald te está mirando»). Pero no: la palabra existe, ya lo creo:

Quinquies: Adj. Pospuesto a un número entero, indica que este se emplea o se adjudica por quinta vez y tras haberse utilizado el mismo número adjetivado con quater.

¿Su mundo se acababa en el bis? Pues ya no, amigo filipino. Resulta que puede haber más de un bis. En concreto y de momento, un quater y un quinquies. ¿Y qué hacemos con el tres? Pues para eso tenemos el ter, que tiene más oportunidades de ser usado, sin ninguna duda. Y luego digamos que después del ter, le déluge, porque si se quiere resistir a poner un punto, o a volver a numerar los apartados del documento, tendrá que recurrir al sexies, septies, octies, nonies y decies. Precioso.

He entendido todo el documento y he aprendido nuevas palabras. Pero sigo haciéndome la misma pregunta: ¿quién demonios escribirá estos textos?

Noche de los 80

No se puede volver en el tiempo, de manera que la pregunta de si me gustaría volver a tener 20 años sólo puede ser retórica. Y la respuesta, inútil. Con todo, nada nos impide imaginar y contestarla. Yo no volvería, por muchas razones entre las que no se encuentra la cintura, claro. Aunque tengo para mí que mi generación ha tenido una suerte inmensa que no han tenido las anteriores ni la que ha venido después. Esa suerte es la música de los 80 y de los 90, pero que se conoce en genérico como los 80.

Ayer estuve con mis amigos del poblachón en un concierto de música de entonces. Cuando creíamos que ya llegábamos tarde yo pregunté si no había teloneros que cantaran algo antes, y que nos diera tiempo a llegar, y mi amiga Susana me dijo “Carmen, todos son teloneros”. Sí, no estaban todos los grandes de la época, pero cada grupo de entonces, yo creo que sin excepción, tiene una canción convertida en himno que canta mi generación. De memoria y a voz en grito. Nacha Pop, Los Secretos, La Unión, Golpes Bajos, Alaska con los Pegamoides, con Dinarama y sola con su bola de cristal, Celtas Cortos, Danza Invisible, Gabinete Caligary, Duncan Dhu, Loquillo, Héroes del Silencio, Radio Futura, La Guardia y muchos otros que seguro que ahora no recuerdo. Y que esto no pretende ser una lista exhaustiva, ni yo soy una especialista, sino solo alguien que vivió aquello, como tantos. Afónica estoy.

Y luego nos fuimos a tomar unas copitas, claro, que no estamos ni mucho menos acabados, y no pudimos evitar la conversación remember que se da en estos casos. Es muy curioso cómo una diferencia de sólo dos o tres años quita o pone recuerdos, sobre todo los que tienes de muy pequeño. Y es que 3 años es la diferencia entre tener 5 y no enterarte de nada y tener 8 y recordar un anuncio en la tele, por ejemplo. Y estuvimos hablando de series de la tele, riéndonos de que Javi estuviese enamorado de Mary Ingalls (antes de que se quedara ciega) y atendiendo a la advertencia de Alfredo acerca de que no debíamos ver, bajo ningún concepto, la serie de Daniel Boom de nuevo, porque el cartón canta de lo lindo. Yo no recuerdo la serie, aunque sí un disfraz que me trajeron los Reyes Magos, cuando todavía creía que eran magos. Y la revelación de la noche corrió por cuenta de Begoña, cuando nos dijo que dejáramos de jurar que Afrodita A decía “Pechos fuera” antes de usar las tetas como si fueran obuses, porque no lo dicen en la serie de Mazinger Z. ¿Pero cómo que no lo decían? ¡Si yo lo recuerdo perfectamente! Pues no, no lo decían: “puños fuera” sí, pero “pechos fuera” no. De todos modos, hoy esa serie, como tantas cosas, serían impensables.

Afónica estoy.

 

 

Dress code con fallos

Me ha costado entenderlo, y no crean que las tengo todas conmigo. Por lo visto, había un reglamento que se leía a las chicas que eran elegidas como falleras mayores en donde se les indicaba unas normas de conducta y de vestimenta. El concejal del ayuntamiento de Valencia que se ocupa de las Fallas, escandalizado, lo ha puesto en un papel y se lo ha entregado a la prensa para hacer público su propio escándalo.

¿Y qué dice el papel? Pues más o menos cosas que las falleras ya se imaginan cuando se presentan a falleras, a saber: que para ir a un cocktail en el ayuntamiento hay que ir “arreglada”. No en el sentido en el que te lo diría tu tía abuela, porque ella te diría “arregladita”, sino en el sentido en el que te lo puede chivar cualquier amiga. Lo que me parece asombroso es que esto tenga que escribirse en un reglamento. ¿Pondrá que la taza de café no la deben coger con las dos manos? ¿Y que no deben dejar la cucharilla dentro de la taza? ¿Y sobre eructar? ¿Les dirán algo sobre no eructar?

El punto que ha levantado la indignación es la parte de la adecuación, o sea, el que hace referencia al largo de la falda y a los escotes. Cuidado ahí, les dicen a las mozas. Yo me pregunto cuándo un largo de falda o un escote empiezan a ser inadecuados, escandalosos o directamente impúdicos. Y sobre todo, cómo se reglamenta eso en un par de folios. Según el papel, cuando te lo dice un acompañante, aunque tengo para mí que eso te lo dice antes el espejo, una inteligente lectura de la tarjeta de invitación o, ya si estás completamente desorientada en la vida, tu propia madre. En mi opinión, una minifalda empieza a ser impúdica con la edad, cuando los muslos se te ponen con la temible piel de naranja. Se habla del largo de la falda y no de cómo se ajusta al cuerpo, aunque tiene lógica: si necesitas hacer un reglamento, entonces tienes que echar mano de una regla. De todos modos, me basta una condición: por favor, no dejes que se te marquen las bragas. En cuanto al escote, podríamos discutir toda una vida, incluyendo en la discusión si Gilda escandaliza cuando se quita el guante o cuando se le abre la falda y enseña un muslo.

No digo yo que el reglamento no esconda polillas y telarañas, pero lo que es seguro es que, como cualquier reglamento de estas características, contendrá muchas imbecilidades. Cámbiese y a otra cosa. Eso sí, no hay que llegar a los cerros de Úbeda: las Fallas, como cualquier festejo, son un teatro, una representación, y es normal que exista un dress code, escrito o no. Pedir libertad total en el vestir de las falleras está muy bien y queda progre y tal, pero si pretenden igualar el chándal con un vestido de cocktail entonces la libertad no es suficiente: hay que pedir la libertad con cargos.

El colmo de la ternura es cuando el concejal escandalizado dice que la fallera debe ser algo más que un florero. Pues sí: hay que escribir un florero o florera. Y asunto arreglado.