Madrid-Barcelona ayer

escudo-futbol-madridLo peor de que el Madrid pierda en casa contra el Barcelona no son las bromas del día siguiente, sino que pierda. Aunque bromas, bromas, tampoco te hacen muchas, pero siempre hay algún barcelonista que viene desde el otro extremo de la oficina a meterte el dedo en el ojo. Hacen bien: yo no pierdo nunca una oportunidad de hacer exactamente lo mismo.

A mí sí me gustó el partido de ayer. Mucho. Desde luego, me gustó mucho más que el del año pasado, que eso sí que fue un horror. El Barcelona le dio al Madrid su propia medicina ganando en el descuento cuando al Madrid “le valía” el empate. ¿Le valía? No estoy segura. Al Madrid nunca le vale el empate. Eso es de equipillos pequeños y perdedores. El Madrid creyó hasta el final en la victoria, pensó que era posible después de remontar un 1-2 con 10. Se fueron todos como locos arriba cuando quedaba un minuto, a presionar, y se olvidaron de la retaguardia. Una cabalgada de ¿quién?, no me acuerdo, terminó en gol. Un fastidio. Los periodistas babosos dijeron luego que el de las hormonas fue la figura del partido, pero no es verdad: la verdadera figura del partido fue Ter Stegen, el portero del Barcelona, que se disfrazó de Neuer en el Bernabéu y nos amargó un poco una tarde de primavera madrileña bien bonita.

Yo confío en Zidane y en este equipo y creo firmemente que este año vamos a ganar la liga y la Copa de Europa. Por medio sufriremos lo indecible y será muy emocionante, que es lo que mola en el fútbol. Y en la Champions, si la Juventus y Buffon nos dejan, completaremos la docena y campeonaremos. Sí, ya sé que está el Atleti por medio, muy peligroso y con el corazón lleno de rencores y de cuentas pendientes, y con el segundo partido en su casa. Pero tienen muchas urgencias, no pocos fantasmas y algún que otro complejo, y probablemente se les irá la cabeza cuando más la necesiten. Al Madrid también se le va la cabeza muy a menudo, pero mira, que nos quiten lo bailao.

Hala Madrid y nada más.

Lo exhaustivo

Lo exhaustivo. Hace unos años, me tuve que hacer cargo a mitad de año de un presupuesto que no había hecho yo. Era un presupuesto considerable y tenía que optimizarlo encontrando las sinergias, o sea, rebajarlo. Así es que pedí que me lo explicaran y en vez de eso me enviaron un documento de texto de unas cuarenta páginas lleno de líneas y de cifras al lado. Ahí lo tienes todo detallado, me dijeron. Vale, dije. Entonces me armé de paciencia y me puse, con un lapicerito, a revisarlo línea por línea. Y los encontré, claro que sí. Costes unitarios absurdos, cifras de negocio no actualizadas, entradas de cosas que ya no se hacían, repeticiones típicas de corta y pega, muchos “diversos”, o sea, un presupuesto hecho a ojo y disfrazado de exhaustividad.

El diablo está en los detalles, y por eso suelo desconfiar de los documentos con pinta de exhaustivos. Esas  larguísimas presentaciones de 200 transparencias que se envían al lado de los resúmenes ejecutivos de ocho páginas, por ejemplo, o esas hojas de cálculo inmensas imposibles de imprimir. Si no se conoce el proceso de revisión, se puede esperar que los documentos exhaustivos no tengan como objetivo que se lean, sino que se vean. Y de paso, que te dejen exhausto. Nadie da por mal hecho un documento de 150 transparencias, y es verdad que normalmente son documentos sólidos, bien ejecutados, cuidados, revisados y solventes. Pero a veces, sólo a veces, según lo abres y le echas un primer vistazo, ya sabes que ese documento es de los de aparentar. Y entonces lo suyo es coger un lapicerito.

El riesgo de lo exhaustivo es que no puede haber ni una sola falta, ni un solo error, aunque sea pequeño. Lo exhaustivo es lo que tiene: su valor no es la completitud, sino la fiabilidad, y si en una lista hay un pequeño defecto, toda la lista se echa a perder. Igual en el documento: si una página tiene un cuadro sin actualizar, todo el documento deja de ser fiable. El resumen sin embargo es más amable, y deja un margen para el error. Es la ley del punto gordo: dos rectas paralelas no se cruzan en ningún punto… que no sea suficientemente grande.

Pero hay algo más. Tengo una compañera que me contó que en su empresa anterior, en notas largas o actas exhaustivas, intercalaba frases tontas para comprobar si se leían o no. Frases tipo “El pato Donald se ha perdido”. Yo nunca me he atrevido a hacerlo, pero estoy convencida de que hay quien lo hace. Y yo busco mi Pato Donald porque espero encontrarlo algún día. Mientras tanto, me tengo que conformar con traducciones patosas, acrónimos absurdos, frases ininteligibles (o directamente estúpidas), lugares comunes y alguna falta de ortografía. Qué le vamos a hacer.

El pato Donald se ha perdido.

Ejercicio de estilo

(Seguro que tú, lector, comprendes desde el principio del texto el sentido del ejercicio. Si no, léelo con esmero, incluyendo el penúltimo bloque: entonces fijo que deduces el intríngulis del texto).

El ejercicio que nos propone el profesor consiste en escribir un cuento siguiendo instrucciones de Georges Perec. Eso nos dijo el profesor, que lo citó en recuerdo del libro Ejercicios de estilo. En este libro, nos dice, Perec escribió el mismo cuento sirviéndose de cien estilos diferentes. Cien o un número próximo, no sé. Pero, mis queridos lectores, el libro en cuestión no es de Perec, sino de Queneu (¿se escribe Queneu? No lo recuerdo en este momento, luego lo consulto).

Este Queneu (después veré si decido escribir bien su nombre), es uno de los escritores que constituyeron el Oulipo, junto con Bens, Bergé, Lescure y otros. Este grupo, estudiosos del estilo y los experimentos retóricos, hicieron célebres muchos retos lingüísticos entreteniéndose con lo que describieron como inconvenientes o constricciones. Esto les sirvió como motivo de juego y les permitió ofrecer los pormenores de sus métodos entre el público. Pero este no es el ejercicio. El ejercicio consiste en escribir de nuevo el cuento con un estilo inédito. Voy, pues.

Resumiré el incidente del siguiente modo: un tipo sube en un bus y se enfurece porque otro hombre, por el impulso del motor, le dirige un golpe sin querer. El primero exhibe su enojo, como digo, pero no con mucho ímpetu. Y no surte ningún efecto, pues, entre murmullos, decide seguir en el bus e incluso se pone cómodo en un sitio próximo, desde donde se puede percibir que tiene un mosqueo de mil demonios.

Si quiero concluir el ejercicio propuesto, debo referir que el que ve el suceso (el que escribe) se encontró con el mismo señor del bus (el que entró en el bus y recibió el golpe) unos minutos después en un edificio donde se detienen los trenes con el fin de recoger productos o seres vivos. Los trenes sirven lo mismo en los dos supuestos, si bien los coches del tren son de distintos modelos y tienen diferente distribución. Pero no quiero perder el hilo, continúo con el cuento. El hombre del bus, vestido con un sobretodo por protegerse del viento y el frío, se juntó con un tercer hombre, desconocido, que le indicó con el dedo un botón del sobretodo. Y termino: tengo que decir en el texto el nombre con el que se conoce el edificio de los trenes. No es ningún misterio, pero yo les propongo descubrirlo por ustedes mismos: el nombre viene en recuerdo de uno de los siervos de Dios, un hombre con el que Jesús obró el prodigio de revivirlo después de muerto y que por eso le hicieron bendito.

Creo que es todo: en este punto puedo concluir el ejercicio. ¿Puedo?

Como digo en el principio de este suelto, el ejercicio que nos exige el profesor es de Queneu (seguro que no se escribe de este modo), si bien el profesor lo pidió de Perec. ¿De quien entonces me inspiro? Yo, queridos lectores, soy obediente y, como ven, hice lo de “Queneu”. ¿Debo poner tintes de Perec en el texto? ¡Eso intento!

Este escritor, Georges Perec, tiene un célebre ejercicio de estilo que usó en su libro El secuestro. Lo sugestivo de este libro no es el suceso de ficción que describe: lo difícil es que evitó poner “e” en todo el libro (ciento y pico folios). Y eso he hecho yo. Pero viniendo de donde vengo y viviendo donde vivo, no poner “e” en un texto no tiene ningún mérito. Entonces he elegido otro reto: he eludido escribir el primer signo de nuestro léxico, eligiendo términos y expresiones que no lo contienen.

Y por eso he ido y venido en el texto, (que por cierto es un rollo), ¡mil rodeos y giros he tenido que emprender con este puto ejercicio de estilo! En fin (suspiro), pobre “Queneu” y pobre Perec, espero que desde el cielo me perdonen. ¡Vive Dios que el ejercicio es difícil, coño!

A menos de cinco centímetros, de Marta Robles

A menos de cinco centímetros de Marta RoblesMarta Robles ha publicado recientemente su último libro y primera novela negra, A menos de cinco centímetros, y fue a dar una charla sobre la novela la semana pasada a Liberespacio, la maravillosa librería que mi amiga Zaida tiene en el barrio de Argüelles. Con ello, además, Marta Robles ha querido una vez más participar como protagonista de los eventos que organiza la Asociación Mujer y Liderazgo, AMYL, de la que fue presidenta otra buena amiga mía, Maitena. Y entre estas dos amigas —¿para qué quiero enemigos?—, decidieron encargarme animar el evento junto con otra compañera. ¿Y por qué me lo encargaron? Pues porque me quieren, me quieren muchísimo.

La novela cuenta el caso de un escritor del que se sospecha que ha asesinado a sus últimas amantes. A falta de femme fatal, el escritor juega el papel de homme fatal: atractivo, hombre de éxito, se le da igual de bien escribir libros que conquistar mujeres maduras. No hace rosquillas, ¡pero debería intentarlo! En sus brazos cae una bellísima mujer, mundana, cultivada, y con un pasado enigmático y triste. Pero el auténtico protagonista de la novela es Roures, un detective al que amas casi desde la primera página. Roures es un antiguo periodista de guerra, curtido y de vuelta de muchos horrores, engañado y desengañado, pero buen tipo, leal y noble. Ya tenemos el triángulo. Luego otros secundarios de fuste, como Prieto, un policía de bien, o Katia, la hija de una de las asesinadas que encarga el trabajo de investigación al detective. Y también está Isabel, un personaje inolvidable.

Estos personajes se pasean por una estructura sólida que mantiene el interés hasta el desenlace final, bastante inesperado. La prosa de Marta Robles, sin embargo, sí me la esperaba, porque yo ya la conocía de otro libro que escribió al alimón con Carmen Posadas, un libro muy divertido sobre las buenas maneras. En esta novela los personajes le permiten a Robles dejar perlas y frases redondas de las de anotar («imposible no seguirte sabiendo que caminas»), referencias literarias, diálogos inteligentes entre los personajes y algún que otro guiño al lector atento. Y un juego de voces que le permite trasladar tanta finura en escenas de sexo como brutalidad en pasajes de violencia espeluznantes.

La novela negra no es el santo de mi devoción porque casi siempre te deja un poso de inquietud. La novela negra necesita personajes cínicos y exige bajos fondos y, por regla general, la verdad que circula por debajo del asesinato es mucho más cruel que el propio crimen y nunca se resuelve deteniendo al asesino. Aquí este esquema se cumple a rajatabla, porque por debajo de la trama de intriga en la que se mueven los personajes se esconde una denuncia que trasciende al argumento. Marta Robles dispara contra asuntos tan sangrantes como es la trata de blancas, la violación como arma de guerra, la prostitución encubierta —o no tan encubierta—, el antisemitismo y el uso de la verdad como acto militante. O sea, una novela negra comme il faut.

Léanla, no se van a arrepentir.

Desamistar y unsuscribir

GOODREADSSólo tengo una amiga en Goodreads, que es MG. Y la tengo porque sé que le hace ilusión: a ella le encanta tener amigos en todos los sitios, aunque los repita de unos sitios a otros. ¿Que qué es Goodreads? Pues una red social de lectores en donde anotas tu biblioteca y tus lecturas y comentas libros. Yo he abierto una cuenta para meter ahí los libros que me quiero leer, simplemente. ¿Les parece una tontería? Es posible, pero si echaran un vistazo al caos que reina en mi librería les parecería una sabia decisión. También sería una sabia decisión dedicar una mañana a poner orden, y ya el colmo entre las sabias decisiones sería ampliarla, pero eso es algo que me da todavía más pereza. Algún día les hablaré de esto, de librerías y baldas. Tengo incluso un cuento escrito, pero ahora me centraré en lo que he venido a contarles, que todavía no sé muy bien qué es.

Entonces, el Goodreads como sitio para registrar los libros que me quiero leer y los que voy leyendo. Yo apuntaba (y todavía apunto) los libros que me quiero leer en un cuaderno. Pero también los apuntaba en papelitos. Y también los apuntaba en el bloc de notas que llevo en el bolso. Y también los apuntaba en las notas del movil si no tenía nada mejor a mano. Y también a veces los apuntaba en otros sitios que luego no sabía cuáles eran porque se me olvidaban, y con el olvido también dejaba de recordar cuál era el libro del que me habían hablado. MG, que tiene un TOC para esto del orden, me pasó, para ver si me servía, una hoja excel muy chula con muchas columnas, colorines, fechas y funcionalidades que usa ella para controlar los 180 libros que se despacha al año, los siete u ocho clubes de lectura con los que lidia y los retos que se impone (ahora pretende leerse todo de Javier Marías…). Y claro que me sirve su hoja excel, que está fenomenal, pero el problema de la hoja excel es la misma que la del cuaderno: la disciplina. Efectivamente, el orden tiene que ver con la disciplina, no con la voluntad. Pero ese es otro tema.

De momento me va bien con Goodreads. Lo tengo en el ordenador, pero sobre todo tengo la aplicación en el movil, o sea, siempre a mano. Y cuando veo, oigo, me hablan, me dicen algo sobre un libro que me parece interesante, lo busco en la aplicación y lo marco “para leer”. En realidad, no es “para leer”, sino “want to read”. Luego, cuando lo empiezo, lo marco como “leyendo”, aunque no es “leyendo”, sino “currently reading”. Y luego, cuando lo termino, lo marco como “leído”, aunque no es “leído”, sino “read”. Así es que, sí, la aplicación viene en inglés.

El currently reading tiene su aquel. Antes, “currently reading” eran los libros que tenía en la mesilla, esa balda camuflada de mi habitación en donde la competición es crudelísima (crudelísima: he aquí un superlativo cursilísimo). De pronto, no sé cómo, algún libro pasa de la mesilla a la librería. Clonc. O tal vez fiuu. O es magia, o los libros tienen patas, o la asistenta hace controles literarios. Para mí que es esto último. La mujer verá que la columna crece y crece y crece, y decide retirar el que hay debajo, aunque esto, más que con la literatura, tiene  que ver con la dinámica de los sólidos. ¿Por dónde iba? Ah, sí, el Goodreads.

Entonces me hice de Goodreads aconsejada por MG cuando le di las gracias y le vine a decir que su hoja excel era mucho arroz para tan poco pollo. Ella, que es una amante del orden aunque lo tengan que seguir otros, me propuso Goodreads. La historia igual no es exactamente así, pero bueno, para el post me vale. La cuestión es que me dijo que fuéramos amigas también en Goodreads. Me pareció bien, porque creo que es la única amiga que tengo repetida por todas partes (me falta trabajar en su empresa, pero todo se andará). Pero, en fin, cuando le di a aceptar no sabía yo que me llegarían unos cinco e-mails al día contándome la actividad de MG en Goodreads, que ya se pueden imaginar que es frenética.

– MG, no sé cómo se quitan las notificaciones de Goodreads del mail. Te voy a desamistar.
– Vale, sin problema.
– MG… francamente, esperaba que me dijeras cómo se quitan. Ahora sí que te desamisto.
– Ah, perdón. Mira en la parte de abajo del correo a ver si te puedes desuscribir.
– Ok… Ya está. Me he unsuscribido, porque no venía desuscribir.
– Bueno, eso es mejor que desamistarme.
– Tienes razón.

El diálogo tal vez no fue exactamente así. Pero bueno, para el post de hoy me vale.

Gatos ilustres, de Doris Lessing

Gatos, de Doris LessingEste libro de Doris Lessing es, como mínimo (estoy por decir como minino), un libro curioso. El título te lleva a pensar que se trata de una crónica de los gatos famosos de la historia, pero en absoluto trata de eso. He visto en otros sitios mencionar este libro con el título de Gatos distinguidos, y creo que sigue sin dar con la traducción de lo que originalmente la autora llamó Particularly cats, sin duda más acertado porque un gato siempre, siempre, es particular, en la acepción de único e individual.

Doris Lessing nos cuenta sus experiencias de vida con los gatos, desde su infancia en África a principios del siglo XX (vivió hasta los treinta años en lo que hoy es Zimbabue) hasta la actualidad londinense del libro, en 1967. Cuenta con mucha maestría algunas historias de gatos salvajes, en algunos casos crueles, otras tristes, y en ocasiones historias de las de meterse un puño en la boca y taparse la cara con la sábana. Pero siempre son historias muy interesantes y muy bien narradas.

La mayor parte del libro está dedicado a hablar de los dos gatos de la autora. Una gata gris medio siamesa, coqueta, presumida, exhibicionista y dominante y otra negra mucho más modesta, testaruda y formal. Y Lessing nos describe cómo estas gatas viven con ella y las relaciones de poder que establecen entre ellas, cómo reaccionan ante la maternidad y ante la vida en general, cómo se desenvuelven y establecen un vínculo casi familiar con la autora. Y aquí, amigos, es cuando uno percibe la enormidad de la escritura de Doris Lessing.

La autora pone toda su expresividad literaria al servicio de la observación de las dos gatas. Asombra la precisión de los detalles, la descripción elocuente de los comportamientos gatunos, cómo dibuja los gestos, las intenciones y las reacciones de estos animales tan enigmáticos. Lessing atrapa al lector construyendo dos personajes de novela y dotándolos de una personalidad compleja, completa, casi humana. Casi, porque Lessing deja en todo momento a las dos gatas en su sitio: son animales, no personas. Y de los animales, y de su admiración y vida con ellos, Lessing construye un gran relato.

«Sabía que no era el primer gato de la casa, que la gata gris mandaba. Pero como segunda gata tenía sus derechos, y los defendió. Nunca llegaron a pelearse físicamente. Libraron impresionantes duelos con los ojos. Cada una se situaba en un extremo de la cocina; ojos verdes y ojos amarillos mirándose de hito en hito…».

Y ahora el aviso a navegantes. Mucho cuidado si se encuentran este libro emboscado en alguna librería infantil porque NO es un libro para niños, aunque la cuidada edición, con unas maravillosas ilustraciones de Joana Santamans, pueda inducir a pensarlo. Tampoco es un libro para animalistas extremos, que se escandalizarán e indignarán mucho cuando lean que la autora reparte algún sopapo que otro a alguna de las gatas (muy merecido, por cierto). Es un libro a ratos duro, sí, pero entrañable, en el que prevalece el amor y el respeto hacia los animales y la admiración de la autora a los gatos. Un libro muy curioso, interesante, que se lee con mucho interés y que constituye, sobre todo, una magnífica lección de literatura.

Este post también ha sido publicado en El Buscalibros

La biblioteca de los libros rechazados, de David Foenkinos

IMG_2425Así es que venía David Foenkinos a Madrid a presentar su último libro y una buena amiga, fan como yo de este autor, me avisó y al consulado francés en Madrid que nos fuimos a escucharlo. Y a que nos firmara un ejemplar.

La biblioteca de los libros rechazados es el título en español del libro que en Francia se llama Le mystère Henri Pick (el misterio Henri Pick), y Foenkinos nos dio la explicación de la diferencia de títulos. Resulta que el título en español es el que él le dio originalmente, pero al parecer había en Francia un libro con un título similar y su editorial allí le aconsejó cambiarle el nombre. Y yo que iba con la intención de preguntarle cómo ha permitido que la editorial española le cambie el nombre al libro, me tuve que guardar la pregunta (y la indignación) en el bolso.

El libro arranca a partir de la historia de Richard Brautigan, un escritor americano, que imaginó en una novela suya, The abortion, una biblioteca a la que fueran a parar todos los manuscritos rechazados por las editoriales y no publicados. Un lector de Brautigan, años después del suicidio del escritor, llevó la idea a la realidad creando una Brautigan Library. Esta historia es real, según nos contó Foenkinos, y él a su vez la conoció por la mención que hace de ella Vila-Matas en su Bartleby.

A partir de la historia de la Brautigan Library arranca el libro. Jean Pierre Gourvec, un bibliotecario de Crozon, en Bretaña, conoce la historia de Brautigan y decide crear una biblioteca similar en Francia. Con el paso de los años esta biblioteca languidece, hasta que una joven editora que vive en un pueblo cercano encuentra en la biblioteca el manuscrito de una novela fascinante, escrita por… Henri Pick, el pizzero del pueblo. Ya se pueden imaginar el revuelo que se monta. Y es que importa no sólo la novela, sino “la historia que hay detrás de la novela”, que no es ni más ni menos que el misterio de un hombre tosco, silencioso, que no ha escrito nunca nada en su vida, y que sin embargo es capaz de componer una novela maravillosa. Y sobre este misterio, Foenkinos monta una intriga que no se desvelará hasta el epílogo, cuatro páginas antes de terminar la novela.

Los que siguen este blog saben que me gusta mucho este autor francés, del que he leído varios libros. Tiene una prosa sencilla y eso es dificilísimo de conseguir, y nos la regala contándonos historias en las que siempre encuentras ternura, amabilidad y buen humor, intercalando frases que son como latigazos a veces de ironía, a veces de reflexión, que casi siempre te sacan una sonrisa.

Con el tono de cutis y el peinado nuevos, y aquel traje de chaqueta salido de las profundidades del vestidor, le costó reconocerse. Frente al espejo, habría sido capaz de llamarse de usted.

Escribir para uno mismo sería como hacer el equipaje para no marcharse

Paulatinamente se olvidarían de él; se convertiría en un nombre de los que se quedan en la punta de la lengua.

 

Y Foenkinos es como te lo imaginas, o sea, como escribe: simpático, amable, cercano y un encanto. Yo me había leído a toda velocidad el libro en digital, y me fui de allí con un ejemplar en papel firmado. Y con la “tarea” de leer Charlotte, un libro que no es exactamente el Foenkinos que conocemos, sino otra cosa y del que habló en su presentación casi más que del libro que había venido a presentar. Y si un autor te dice que esa es su mejor obra, habrá que hacerle caso. Sea pues.

 

 

 

 

 

La ira según Shakespeare

«La ira es un veneno que te tomas tú esperando que muera el otro», dice William Shakespeare.

¿Pero y qué pasa si el otro no muere? ¿La ira te mata a ti?

Supongo que esto es a lo que quería llegar el autor. La ira es un desahogo primitivo, es el gorila que se golpea el pecho. En apariencia no sirve más que para asustar, pero el desahogo llega con la descarga. ¿Eso es el veneno?

Hay algo de contradictorio en la frase. Hablar de veneno es hablar de lentitud, de efecto retardado, de tardanza en el morir. También de disimulo. Y sin embargo, la ira es un sentimiento explosivo, un petardo ruidoso difícil de aplacar y de esconder. Cuadra más el rencor en la frase («el rencor es ese veneno que te tomas tú esperando que muera el otro»), porque el rencor sí que es un veneno que te va corroyendo y se te pega a las paredes del estómago, te visita en sueños para imaginar el mal de tu adversario y te hace hablar a solas evocando la frase con la que le darías la estocada final. El rencor es lo que precede y explica la venganza, ese plato que se toma frío y que, aunque contenga veneno, lejos de matarte te mantiene vivo.

Con todo, me dice mi amiga Maitena que hay venenos que tardan menos de dos segundos en actuar. No lo dudo, pero ira y veneno pegan menos que ira y puñalada, o ira y bofetón, o ira y disparo. La sutileza del veneno le falta a la ira. Un hombre airado es un hombre ridículo y la ira parece una reacción que progresará poco por irreflexiva, por impensada, por faltale inteligencia.

En fin, llegados aquí y puesto que hablamos de una frase que no tiene remedio, porque el autor ya no va a cambiarla, nos tomaremos una copita de buenismo para llegar lo antes posible a la conclusión de que la ira no sirve para nada, que hay que evitarla y que es muy peligrosa. ¿Y se te la encuentras en el otro? En ese caso, no hay cuidado: aunque él crea que pegarte un par de tortas servirá de antídoto, lo más probable es que el veneno actúe rápidamente, haga pum, y desaparezca.

 

La muerte de Ivan Illich, de León Tolstói

Ivan Illich TOLSTOI.jpgPues aquí estamos los miembros del Club de lectura otro año más, fieles a nuestra cita con vosotros para hablaros de los libros que nos imponemos leer. Este año repetimos el experimento del anterior con libros de autores muertos, a ser posible hace mucho, para que el tiempo haya hecho su primera criba. La segunda condición es que sean libros cortos, por si acaso. Ningún por si acaso en nuestro club está de más, ya lo sabéis vosotros, seguidores avisados.

Este primer libro del año es La muerte de Ivan Illich, del insigne León Tolstói, autor, como sabéis perfectamente, de clásicos de la literatura como Guerra y paz o Anna Karenina. No sé si nuestro libro del mes es el más cortito que hay de este autor pero no me extrañaría. Sin embargo, cuando Juanjo dijo Tolstoi, a mí me salió una cana pensando en el tocho que nos iba a tocar, pero no, ha sido breve. Y lo bue, si bre, dos ve bue. Vamos al libro.

La muerte de Ivan Illich cuenta la muerte de Ivan Illich, como el título indica. Y por si acaso no nos hemos creído lo que dice la portada, desde el primero de sus doce capítulos ya nos lo confirma: el funcionario Ivan Illich ha muerto y sus compañeros de profesión reciben la noticia mientras juegan a las cartas, sin poder evitar pensar en quién de entre ellos ocupará el puesto de juez que deja forzosamente vacante. Y tú esperas que la novela siga por ahí, pero no. En el segundo capítulo Tolstói da un giro de muñeca y empieza a contarnos la historia de Illich, y lo hace de forma lineal: padres, infancia, juventud, primeros trabajos, matrimonio de medio conveniencia, nacimiento de sus hijos, y finalmente, el traslado a una nueva ciudad que le permitirá salir del aburrimiento en el que se ha convertido su vida. Por lo demás, un hombre vulgar y corriente, tirando a apático, práctico y un poco sumiso:

“Era ya en la facultad lo que sería en el resto de su vida: capaz, alegre, benévolo y sociable, aunque estricto en el cumplimiento de lo que consideraba su deber; y, según él, era deber todo aquello que sus superiores jerárquicos consideraban como tal”

“En el cargo de juez de instrucción… se ganó el respeto general y supo separar sus deberes judiciales de lo atinente a su vida privada”

“Los deleites de su trabajo oficial eran deleites de la ambición; los deleites de su vida social eran deleites de la vanidad.” (esta frase me encantó)

En la nueva ciudad, preparando la nueva casa donde va a vivir, Ivan Illich se cae de una escalera, se da un golpe en un costado y a partir de ahí ya no levanta cabeza. Cae en una enfermedad extraña que ningún médico es capaz de curar y finalmente muere. Su enfermedad y muerte ocupan dos tercios del libro (desde el capítulo cuatro), y así como la primera parte se hace muy distraída y los capítulos dedicados al principio de la enfermedad logran mantener la intriga (la intriga de cuál es la dolencia, porque tú, lector, ya sabes que muere), hacia el final la novela decae y se convierte en un texto un poco pesado y reiterativo. Pero, en general, se lee con mucho gusto (si uno supera la falta de afecto que provoca Illich, que es un poco quejica y un flojo).

Es precisamente la parte final de la novela lo que constituye, si leéis la nota de la editorial, el nudo del relato: Ivan Illich se lamenta, cuando se sabe condenado a muerte, de la inutilidad de su vida y de la irreversibilidad del tiempo. Parece ser éste el quid de la questión, aunque no estoy yo tan segura de esto, porque al mismo tiempo que se lamenta, también Illich se pregunta cómo debería haber vivido la única vida de la que ha dispuesto sin poder responderse¹. Me parece más un hombre que se rinde demasiado pronto, que no sabe luchar o, mejor dicho, que no tiene ningún motivo que le empuje a ello.

Con todo, me parece una buena novela y me ha gustado, desde luego. Qué quieren: es Tolstoi. Su final (“Este es el fin de la muerte. La muerte no existe”) es de una contundencia fabulosa. Dicho esto también os diré que he tenido la suerte de manejar una edición que trae otra novela más de Tolstói, Jadzhi Murat, más larga pero infinitamente más entretenida: la historia de un guerrero del Cáucaso en lucha contra los rusos. Esta novela ya no os la cuento, que no toca, pero la recomiendo vivamente, casi casi con euforia.

Como en otras ocasiones, podéis encontrar otras opiniones sobre el libro en La mesa cero del Blasco, La originalidad perdida, en Lo que lea la rubia y en la propia página del Club, donde está la opinión de Juanjo. Ellos ya habrán publicado: yo hoy llego tarde por un despiste espero que perdonable. A ver cómo seguimos el año y si sigue la buena racha. Esperemos que así sea.

¹ Ivan Illich, al empezar su vida profesional, se hace grabar en su reloj el lema respice finem (piensa en el final).