Ruiditos

Tiene Serge Gainsbourg una canción que se llama Comic Strip y que empieza así:

Ven, pequeña, a mi tira de comic
Ven a hacer “bocadillos”, ven a hacer WIP !
CLIP ! CRAP ! BANG ! VLOP ! y ZIP !
SHEBAM ! POW ! BLOP ! WIZZ !

Yo distribuyo los puñetazos y los golpes de barbilla
Y eso suena VLAM ! suena SPLATCH ! y suena CHTUCK !
O bien BOMP ! o HUMPF ! incluso a veces PFFF !
SHEBAM ! POW ! BLOP ! WIZZ !

Cómo hubiera molado que el gamberro de Gainsbourg siguiera vivo todavía. Seguro que habría escrito alguna canción dedicada a los soniquetes de los móviles, aunque ya haría una década que nos habría hecho reír describiendo a la fauna que los usa. O sea, a todos nosotros.

Creo que está ya muy extendido que en las reuniones los móviles deben silenciarse. Es todo un avance, no crean, porque no hay nada más molesto que la interrupción del teléfono sonando. Y me parece que también se nos ha pasado eso de poner músicas extravagantes a las llamadas. Estar tan tranquilo en una reunión y que de pronto suene el Vaya torito, mi torito guapo, o el tiroriro-tirori-to-ti de The final count down, que es algo verdaderamente espeluznante. Sin embargo, nada ha conseguido evitar la consulta del correo mientras tú estás hablando, las miradas de refilón al Whatsapp y, en general, los jugueteos con la pantalla. A mí me desespera un poco, pero tal vez es que soy poco millennials.

Ahora, como digo, en la mayoría de las reuniones se apaga el móvil. Bueno, o se silencia. O quizá sólo se silencia a medias, no sé. El caso es que hay ruiditos por todas partes. El ¡TIRILIIIING! de la mención de Twitter, el silbidito del mensaje de Wasap, ¡FUI-FÚ!, el ¡TLONGGGG! del e-mail que cae, el ¡FUÁSSS! del Facebook, el ¡PILIIINGGG! de la entrada de calendario, el ¡DIIIIINNGGG! del mensaje de voz… Bueno, al final todo se resume en el ¡BRRRREE-BRRRREE! del vibrador, o el ¡GRRAAAA-GRRAAAA! del vibrador sin tono al frotar sobre la mesa. Debo decir aquí que yo sólo atiendo al ¡CLINCLÓN-CLINCLIN! de los SMS, porque o es mi jefe o es mi madre.

Pero hoy, amigos, hemos hecho cumbre: alguien ha propuesto llamar a Pepe y de pronto ha saltado Siri: ¿QUÉ PEPE? ¿PEPE MOVIL, PEPE GARCÍA, PEPE FERNANDEZ, PEPE OFICINA, O PEPE FONTANERO? Ha sido estupefaciente. Tanto que he revisado mi agenda nada más llegar a casa porque, a ver ¿quién no tiene en su móvil grabado a alguien con un mote comprometedor? ¿Se imaginan a Siri diciendo “qué Pepe, Pepe López o Pepe el guarro”? Para tirar el movil por la ventana al grito de ¡NO ES MÍO!

En fin, les dejo con Gainsbourg y Brigitte Bardot. SHEBAM ! POW ! BLOP ! WIZZ!!!!

 

 

Arden fiestas

Como cada año, un año más. Arden fiestas en el poblachón y una se pregunta, mientras va a la plaza del pueblo tiritando de frío, que qué necesidad. Antes siempre nos perdíamos los fuegos porque a ver quién es el guapo que se pone a esperar a que den el chupinazo, con la rasca que hace y lo incómodo de la hora, que te pilla a medio cenar y no vas a dejar el chuletón en la mesa del restaurante para salir a decir oh. Pero desde hace unos años vamos a casa de Javi, que nos invita amablemente a cenar y a verlos desde allí. Y es muy cómodo, la verdad: oyes PUM a mitad de la croqueta, te metes el resto en la boca, te levantas, agarras la copa de vino y sales a la terraza a disfrutar del espectáculo. Y dices huy qué bonito, huy mira eso, huy las palmeras cómo me gustan, ¿eso es un cerezo?, pues sí, pues no, tal, yo creo que este petardo va a ser el último, ahí va, pues no, pues sí. Y luego ya oyes PORROM-POM-POM-PÓM, y te vuelves dentro a por otra croqueta, a por otro vino y a discutir si los fuegos de este año son mejores que los del anterior.

Y luego siempre alguien quiere bajar al tachunda. Y yo, que no tengo personalidad, me apunto. Yo no sé si me gustó alguna vez, lo del tachunda, tendría que pensarlo despacio. Una ya lleva mucha juventud y buena parte de la madurez yendo a la plaza del pueblo a ver a la orquesta, así es que probablemente algún año me lo he pasado bomba, no digo yo que no, que en fiestas ya se sabe que siempre te tomas una copa de más. Una o dos, no hay por qué llevar la cuenta, que para eso arden fiestas. Pero de lo que estoy segura es de que nunca, nunca, me ha gustado la orquesta. Mientras el público aplaude, yo me cruzo de brazos. Pienso que Gandhi habría hecho lo mismo. Resistencia pasiva y tal. Y por supuesto, por supuesto, nunca, en la vida, jamás, he bailado Paquito el chocolatero. Ni de coña.

Desde que tengo blog, mientras miro a la orquesta, pienso lo mismo: yo tengo que escribir una entrada sobre esto. Luego me da pereza, pero eso no quita que lo piense. Todos los años son intercambiables, aunque últimamente vienen grupos que hacen mucha profusión de video y de imagen. Es espeluznante. Y desde hace tres años o así nos invitan a escribir cosas en su muro de Facebook. Mira, en eso mi amiga Merche no tiene problema, porque no tiene Facebook, pero yo siempre estoy tentada de entrar y escribir ¡SOIS MALÍSIMOS! Luego se me olvida, pero la tentación va siempre conmigo.

Lo que no se me olvida en toda la semana es el pasodoble. ¿Por qué siempre cantan lo de Triniá, mi Triniá, la de la puerta real, carita de nazarena, por la virgen Macarena yo te tengo comparáaaaa? Madre mía, toda la semana con esto en el cerebro. Lo que yo digo: qué necesidad.

Otelo, de William Shakespeare

De nuevo aquí estamos los incansables lectores del Club de Lectura con nuestra cita bimensual. Como anunciado en el post del primero de mayo, le toca el turno a Shakespeare, un autor al que no hace mucha falta presentar. Otelo, como todas sus tragedias, es una obra muy conocida, y una no tiene que leer el libro para conocer la historia más o menos, ni esperar al final para ver qué pasa. Sin embargo, yo no la había leído, y aquí vengo a glosarla.

Otelo es un noble militar al servicio del Dux de Venecia, a quien han confiado el ejército de la República para luchar contra los otomanos. Y también es un moro atractivo del que se ha enamorado Desdémona, una bellísima dama que no ha dudado en casarse con él a espaldas de su padre. Hubieran sido felices y hubieran comido perdices – sin su padre a la mesa, eso sí-, de no haber intervenido Yago, un joven veneciano que es un cabrón de mucho cuidado. El tal Yago está que fuma en pipa porque quería que le nombraran teniente del ejército a las órdenes de Otelo, pero sólo le han hecho alférez, así es que decide vengarse de todos, empezando por Otelo, siguiendo por Desdémona y terminando por Cassio, que es el teniente nombrado por el propio Otelo.

Pero Yago no va a vengarse ni a plantear batalla de manera noble, honrada, o con cierta hombría, sino que se dedicará a liar a unos y otros con engaños e insidias para que se vayan matando entre ellos. Así utiliza a Roberto, un pobre infeliz enamorado de Desdémona para sus marrullerías; así tiende a Cassio una trampa para que parezca que rebela a la ciudad y la pone en peligro; y así va inoculando con insinuaciones, medias verdades y claras mentiras los celos en Otelo. La tragedia se desencadena y cuando la verdad quiere aparecer ya no se la cree nadie. Así que allí se van matando los unos a los otros y para cuando la madeja se quiere desenredar, ya la cosa poco remedio tiene.

Se relaciona Otelo con los celos, y bien está. El hombre se vuelve completamente tarumba solo de pensar que le han coronado, pero ese pensamiento no viene de la nada, sino que está inducido por la mentira y por la prima hermana de los celos, que es la envidia: la envidia de Yago, mezclada con su bajeza moral y con su rencor. Lo que nos enseña Shakespeare es que los celos llevan a matar a quien más amas, pero también que la insidia y las palabras malintencionadas pueden convertir en un pelele a cualquier hombre y llevarlo a la locura, por inteligente y experimentado que sea.

Sobre la forma tengo que decir que tiene una prosa que no es fácil para un lector actual y poco acostumbrado a estos textos, que resultan algo ampulosos . Pero aunque leer teatro no es santo de mi devoción, porque lo sigo mal, creo que esta verano leeré el resto de tragedias que trae la edición que he manejado. ¿Qué quieren? ¡Es Shakespeare!

Como en otras ocasiones, podéis encontrar otras opiniones sobre el libro en La mesa cero del Blasco, La originalidad perdidaa, en Lo Lo que lea la rubia y en la propia página del Club, donde está la opinión de Juanjo. El próximo libro, para octubre, será Frankie y la boda, de Carson McCullers. Aquí estaremos.

Retama, enebro y alameda

Tiene Alex Grijelmo un libro muy interesante, La seducción de las palabras, en el que dedica un capítulo a hablarnos del color y la textura de las letras, y en concreto de las vocales. De este capítulo extraigo el siguiente párrafo:

La letra i es tal vez el amarillo, palabra que la acoge además en su sílaba tónica, el amarillo de “genista” porque encajaría más a la retama el color blanco y a la genista el amarillo, siendo en realidad la misma planta, sinónimas en los diccionarios.

La retama y la genista es la misma planta y me enteré al leer a Grijelmo, y hoy he sabido que el enebro y el junípero son el mismo árbol. Hay que ver la de cosas que me quedan por descubrir en la vida. Y es que, por no saber, ni sabía que el junípero es un árbol. Junípero me sonaba de Fray Junípero Serra, el fraile de México, del que tampoco sé muchas cosas aparte del nombre y de que lo he confundido con Fray Gerundio de Campazas en una conversación de hace un par de horas con alguien que me ha corregido entre risas y del que he aprendido lo del junípero y el enebro.

Así es que junípero y enebro, menuda diferencia de sonidos para decir lo mismo. Enebro es una palabra mucho más poética y suena a atardeceres, a invierno y a frescor. Frescor como de ensalada. Junípero sin embargo suena a jarabe. Y a monje franciscano.

Sí que sabía que el chopo y el álamo son el mismo árbol. Por lo tanto, chopera y alameda son el mismo sitio. Pero lo que está al lado del viejo puente y del río es la alameda, eso seguro, limeña, déjame que te lo cuente. En una canción donde te encuentras palabras como lisura, canela, mixtura y vereda lo natural es acabar en la alameda. Y ni siquiera cantada por Chabuca Granda, con ese aire de que todo le da igual, uno puede imaginarse que va del puente a la chopera.

Y es que en el mundo de los sinónimos, no solo en el de las plantas, siempre te encuentras con el haz y el envés, y por eso Grijelmo dice que el sinónimo completo no existe, porque los sonidos de las palabras, y no sólo su significado, evocan las ideas. “El idioma no se inventa, se hereda, escribe el colombiano Fernando Vallejo”. Eso es.

 

 

Guardiola, esa víctima

Este fin de semana Pep Guardiola se ha llegado a Barcelona para jugar un partido de viejas glorias del Barça. Y de paso ha ido a un mitin de independentistas para redondear el plan de fin de semana viejuno y melancólico al que se había apuntado.

En el mitin cogió un papelito que le había escrito algún demente subvencionado y dijo cosas como que España es un estado autoritario, que les quitábamos la sanidad y los puertos, y no se cuántas bobadas más. O sea, que somos super malos y que ellos, por su parte, se saltarán la ley porque es lo más super democrático que hay. Todo dicho con su carita de bueno y su aura de líder: aquí una personalitat catalana. Silencio todos que habla el Pep, lo más intelectual que tenemos en este país pequeñito y oprimido.

Yo creo que ya se ha dicho y comentado todo lo que había que decir de este memo respecto al chorreo de imbecilidades que soltó, desde su paso por la Selección Española, mano en escudo y motivación a tope, hasta sus relaciones con Qatar, el reino verdadero de la libertad, la igualdad y la democracia. La hipocresía de este pobre diablo es casi mayor que su cursilería, que ya es decir, y cuando se juntan las dos cosas el ridículo es imparable.

Pobre Pep. Pensará que su  estudiada pose de mesurado, de intelectual, de tipo inteligente y con carisma va a superar esta farsa. Un clavo saca a otro clavo, pues la farsa sobre la farsa, pensará. No sé, pero tengo para mí que le será difícil, después de subirse a una tarima y soltar las mismas gilipolleces que los políticos catalanes. En vez de decir algo original, como se espera de leyendas como él, va y dice las  chorradas que le escribe una panda de inútiles que no tiene en donde caerse muerta. El entrenador de mérito, el adalid del fúpbol de toque sutil, va y se pone a hacer de Macario con unos ventrílocuos perturbados, probablemente los políticos más desprestigiados de toda Europa. Y para colmo ¡con lo mal que visten y la poca class que tienen! El Pep tan fino y ellos tan vulgares, qué despropósito todo.

Qué cagada, tú, ganar un Sexteto y hablar idiomas para acabar con esta gent.

 

Ting, llega el ascensor

Uno de esos edificios de oficinas, con cuatro o seis ascensores en permanente funcionamiento. Esperas en un piso intermedio a que llegue tu ascensor. Estás solo. Le has dado al botón. Oyes el ruido que hacen los engranajes y las poleas, los ascensores que suben, los que bajan, ascensores que van y vienen. Por fin suena un ting. Tu ascensor ha llegado.

Se abren las puertas y ¿qué hay dentro del ascensor? Pues muy a menudo nada, el ascensor está vacío. No es que no haya nadie, es que no hay nada. Raymond Chandler escribió  que nada tiene un aspecto más vacío que una piscina sin agua, pero tal vez no pensó en los ascensores sin gente.

Otras veces hay alguien dentro. Una persona. Puedes conocerlo o no. Puede que te salude, o no. Lo más frecuente es que ese alguien ande cacharreando con el móvil. Y que murmure nosdías sin mirarte siquiera. El ascensor no está vacío, pero es como si lo estuviera.

También puede pasar que cuando se abren las puertas haya más de una persona. Incluso una multitud. Se abren las puertas y el descansillo se llena con el parloteo que escapa del interior. Y tú dudas si entrar. Cuando por fin te atreves, te pones de cara a la puerta dando la espalda a los demás. La alternativa, o sea, no darte la vuelta, es una chica con coleta que te dará la espalda a ti y en algún momento del viaje le dirá a alguien que no, que no, que no, y te sacudirá la coleta en la nariz y tú tendrás ganas de estornudar.

Suena ting y te preguntas sin emoción qué habrá dentro del ascensor. Yo me encontré una vez un sillón solitario olvidado de algún traslado y me resultó de lo más original, pero son muy raras esas sorpresas. Sería genial que se abrieran las puertas y apareciera una cigüeña arreglándose las plumas. O un oso abrazado a un panal de miel. O una jirafa vestida con la camiseta del Estudiantes.

Pensándolo bien, con un poco de imaginación todo eso (y más) te puede pasar. Ting

 

Un idiota

-Es idiota. No lo digo con ánimo de insultar, tan sólo es una constatación.

Siempre me he preguntado por la sinonimia entre idiota, imbécil, estúpido y tonto. Para el Drae son prácticamente lo mismo. El diccionario de Manuel Seco hace alguna pequeña diferencia para aclarar que idiota e imbécil son personas con falta de inteligencia y el estúpido es simplemente tonto, para luego decir que el tonto es el falto de inteligencia.

El María Moliner matiza un poquito más: Idiota e imbécil se aplica a la persona de inteligencia anormalmente insuficiente; estúpido es alguien que molesta por su falta de discreción u oportunidad; y tonto es tan sólo el falto de inteligencia. O sea que al final acabamos más o menos en el mismo sitio: personas poco inteligentes. Si su falta de inteligencia es anormal, entonces tenemos delante a un idiota o un imbécil, y si es una merma normalita entonces hay que recurrir al calificativo de tonto. El estúpido lo vamos a reservar, si les parece bien, a aquellos cuyos actos tienen consecuencias algo más fatales.

O sea que cabalmente puedo decir eso con lo que empiezo el post: ser un idiota es algo constatable, observable y hasta medible sin que haya intención de insulto.  Es como decir de alguien que es un guarro cuando se constata que no se lava con frecuencia.

Otra cosa es gilipollas, que sí figura en el Moliner como insulto. Yo lo uso con moderada frecuencia, aunque reconozco que hay días que no se me cae de la boca. Sin embargo me gusta mucho más la palabra gilipuertas, me resulta muy divertida. Giligaitas creo que no la he usado nunca, y gili a secas o gilitonto son palabras que no son de mi gusto, porque me parece que les falta contundencia. Gilí viene del caló jli, inocente. ¿Será que el gilipollas no tiene la culpa de serlo? Hum. Miren, entre que no es constatable, es un insulto y el tipo igual no tiene la culpa, si ustedes sólo quieren salir del paso no usen gilipollas: digan que es idiota y dejen pasar la mosca.

 

 

 

Incompatibilidades

La palabra zigoto es incompatible con la literatura.

La palabra coágulo es incompatible con cualquier expresión de amor.

Las palabras amarulencia y suripanta son incompatibles con una conversación seria.

La palabra azogue es incompatible con la vulgaridad de su significado.

Y hasta aquí mis reflexiones de hoy.

Soy madridista, así que un respeto

escudo-futbol-madridDemasiado castigo. Cuatro años consecutivos compitiendo en Copa de Europa, soñando con doctorarse ya de una vez, y tiene que venir ese vecino al que odias a pararte en seco las cuatro veces. Demasiado castigo, sí, incluso para una afición que presume de no dejar de creer nunca, aunque eso se contradiga con la imagen que nos quieren vender de equipo orgullosísimo de su derrota. Pueden estar orgullosos, sí, pero por lo contrario, porque no es nada facil llegar a dos finales en tres años. Yo lo sé bien, tan bien como ellos.

Dicen los atléticos que los madridistas no podemos entender que ellos quieran a su club cuando pierde. ¿Cómo que no? Perfectamente. El Real Madrid sólo ha ganado una liga en los últimos cinco años, igual que el Atleti. Y estuvimos treinta y dos (32) años esperando a ganar de nuevo una Copa de Europa, perdiendo por medio una final de la que tardamos diecisiete (17) años en reponernos. El Real Madrid ha perdido con el Barcelona los dos últimos derbis, y suyos son fiascos planetarios para los que se inventan palabras con las que recordar rápidamente ridículos espantosos y amarguras difíciles de curar: alcorconazo, centenariazo, cosas así. Claro que los madridistas sabemos lo que es perder, y hemos tenido temporadas más blancas que nuestra camiseta. Y sufrimos lo nuestro al ver cómo el eterno rival, el club que más nos repele, gana campeonatos en estos últimos años. Por supuesto que conocemos la tristeza de caer eliminados, las noches de frío y derrota, el suspiro que acompaña ese terrible otro año será. Claro que sí. Y en esos momentos, nosotros seguimos queriendo a nuestro Real Madrid, defendiendo sus colores, honrando el escudo y animando al equipo. Y por supuesto que cantamos: pero si tenemos tres himnos, figúrate lo que cantamos. Como jilgueros.

Yo quiero ahora preguntar de qué hablaba ese papagayo atlético que decía ayer en la radio “vitrinas llenas, corazones vacíos” refiriéndose a los madridistas. ¿Qué clase de tontería es esa de que los madridistas no tenemos corazón ni queremos a nuestro club? Yo quiero preguntar dónde está ese medidor de cariño verdadero según el cual un atlético quiere más sinceramente y mejor a su club que un madridista al suyo, y ya de paso, dónde deja ese medidor a un seguidor bético o a un valencianista. ¿Hablamos de la Liga de Corazones con Anne Igartiburu de referee? Cuidado, cuidado, que los madridistas somos muy competitivos, y capaces somos de ganar también esa liga.

No sólo lo comprendo, sino es que sé que al club de tus amores también lo quieres en la derrota. Por supuesto. Sin embargo, hay algo que no soy capaz de entender. ¿Cómo se puede decir con tanta ligereza que un club centenario, que proporciona siempre el espectáculo de grandísimos jugadores y que es un icono mundial no transmite ningún valor ni significa nada para millones de personas? ¿Cómo se puede decir que nuestro único valor es el dinero? ¿Buscar el éxito y ser competitivo no es un valor? ¿Y por qué sí lo es en el caso de Rafa Nadal o de Usain Bolt? ¿Levantarse después de un golpe no es un valor? ¿Y por qué sí lo es para un atlético? ¿Luchar hasta el final y no rendirse no es un valor? ¿Y dónde ponemos eso de “nunca dejes de creer”? ¿El prestigio no es un valor? ¿Once copas tienen menor valor que tres finales? ¿Querer ganar un partido – que para eso se juega – no es un valor? ¿Qué valores tienen los jugadores del Atleti que no tengan los del Real Madrid o los del Barcelona, o los del Celta de Vigo, vamos a ver? ¿Y hablamos de todos los jugadores o sólo de unos cuantos? ¿Hablamos de los valores de Torres o de los valores de Arda Turam o los de Diego Costa en el campo?

Ah, sí, la humildad, que se me olvidaba. ¿Pero en concreto qué humildad? ¿La del Barça por ejemplo? La humildad no es pedir a la luna un campeonato “que se te debe”, tontería que por cierto pueden decir muchos otros equipos. Esa épica lastimera, todo eso de la humildad, le gusta mucho a los periódicos, que se relamen al ver que venden más si hay un bueno y un malo, un pobre y un rico, uno con mono y otro con frac. Esa épica que indica la existencia del maligno rival opresor, papel que se nos reserva siempre y que nos pone muy contentos. Una épica muy confortable por cierto para entrenadores y directivas que fracasan, pero que no engaña a jugadores llenos de talento, de futuro y de ambición que en cuanto pueden se largan o reclaman al club, con todo el sentido y legitimidad, dar ese paso que les falta para ganar, que eso les gusta a todos los futbolistas. La falta de exigencia no es humildad, amigos, es sólo falta de exigencia, y cada cual pone umbral a la suya.

Dicen que un gran rival te hace más grande. Sí, pero sobre todo un gran rival te deja la boca con sabor a tierra cuando le ganas, porque te ha pisado el cuello durante muchos minutos y te ha dejado la cara con barro. Te has levantado varias veces, has probado a pegarle en la boca del estómago, en el hígado, en la nariz,  lo has zarandeado, lo has echado al suelo y ahí sigue el cabrón, de pie, como en esas películas malas del spaguetti western en la que el malo no acababa nunca de caer. Eso es competir, y consiste en confiar en ti sin confiarse al destino ni a la suerte, en mirar al rival y comprender que viene a derrotarte, y en reconocérselo sacando lo mejor que tienes. Y eso hacen el Madrid y el Atleti, cada cual con sus armas y su talento. Y ya está.

Un respeto, pues. Mi afición, mi pasión y mi cariño por el Real Madrid no es ni menos valioso ni menos sincero que el que tenga el aficionado de otro equipo, eso no lo acepto. Tampoco acepto lecciones de moral de garrafa inventadas por tres chalados con micrófono. Que corazón tenemos todos, no vayamos a contarnos cuentos a estas alturas y con esta edad.

Y ahora a sufrir en Cardiff. ¡Hala Madrid!