Madera de Cela, de Tomás García Yebra

Madera de celaEste es un libro sobre Cela y no precisamente un panegírico, que para eso ya están los periódicos celebrando el centenario de su nacimiento. Está escrito por Tomás García Yebra, un autor que lo conoce bien y que ya escribió sobre el premio Nobel hace algunos años en otro libro, Desmontando a Cela, en el que nos hablaba de la utilización de negros (o de mulatos) por parte del escritor y de las sospechas de plagio en algunas de sus obras. Sobre este asunto, por cierto, también escribió Umbral en su día en Cela: un cadaver exquisito, pero eso es algo sobre lo que el mundo literario y periodístico siempre ha pasado de puntillas, no fuera que les cayera alguna cruz que no se pudieran luego quitar de encima. De esas cruces, de ponerlas y llevarlas, sabía mucho Cela, y para muestra ahí está la de San Andrés, sin ir más lejos…

Tomás García Yebra arranca el libro retratando el ambiente del fallo del premio Planeta que Cela ganó en el 94, una deliberación a la que asistió en primera persona. Nos hace ver, con mucho sarcasmo pero también con algún deje de pesar, cómo estos premios están dados por anticipado y cómo todo lo que rodea ese mundillo de premios literarios es un cambalache. O un quilombo, elijan ustedes la figura. Inmediatamente después, Tomás García Yebra pasa a explicar la historia oculta de la novela con la que Cela ganó el Premio Planeta, La cruz de San Andrés. Y lo cuenta con pelos y señales. Cómo Cela (o sus ayudantes) copió la trama, personajes y hasta frases de otro manuscrito también presentado a concurso por Carmen Formoso, quien le llevaría después a los tribunales. Y también cuenta cómo, en la misma novela, Cela revela el plagio de manera críptica, probablemente en venganza hacia su propio entorno, que es quien le impulsa a presentarse al premio con la seguridad de que lo ganaría y engordaría su cuenta corriente. Presentarse a aquel premio, con aquel libro, fue «un error», como reconocería el propio Cela.

Este es un libro con altibajos, pero se advierte en él un conocimiento profundo del personaje, de la persona y de la obra literaria. El autor no puede esconder la admiración que en fondo profesa a Cela, y así hace un repaso de su obra y de su vida, sin olvidar sus últimos años «marineros», y recopila muchas citas y anécdotas. En el libro también inserta, en giros muy propios de García Yebra, algunas escenas imaginadas que son un puro disparate, como es un encuentro con Dios, que se lamenta de no haber ganado el Planeta, o una conversación delirante y muy divertida con el cadáver del propio Cela, que va desintegrándose entre invectivas y arranques muy propios del personaje. Estas digresiones, realmente imaginativas, rebajan un poco la evidente labor de documentación e investigación del autor, que a ratos parece cansado de su propio libro. Yo, sin embargo, sí le agradezco estos pasajes: es preferible reposar la imaginación en estas cosas antes que en la certeza de que Cela, de no haber mediado su muerte, habría terminado intercambiando su pedantería y ordinariez con Yola Berrocal en cualquier programucho de la televisión. Porque Cela -en mi opinión- no escribía para ser leído, sino para ser comercializado.

Tomás García Yebra reconoce a Cela su capacidad para crear y trabajar la materia prima, las letras, su condición de estilista y de maestro del lenguaje, pero también lamenta la deriva de un autor que se olvidó de narrar y de crear personajes en beneficio del propio estilo, hasta llegar a la afectación y la vaciedad de sus últimos libros. También se adentra en el análisis del personaje, que se apodera de la persona, y que termina siendo en los últimos años una caricatura de sí mismo. Es el Cela que casi todos recordamos: un personaje grotesco y mal encarado, un soberbio y un grosero o, como probablemente diría él (aunque no de sí mismo, naturalmente), un gilipollas.

El libro está editado por Funanbulista, en una edición cuidada y con un formato de buen papel y muy original. Un libro peculiar y arriesgado, a contracorriente de la corrección cultural, o sea, de todo ese papanatismo que Cela explotó con maestría y de la que se aprovechó a lo largo de su ovacionada carrera literaria. Léanlo, que les divertirá.

Ola de calor

Cuando arrecia el verano hay un scoop periodístico que no falta nunca: la ola de calor. Nunca he entendido muy bien que abran los telediarios con la “noticia” porque no hay tal noticia. En primer lugar, lo normal en verano es que haga calor, y en segundo lugar, es difícil de entender tanta alharaca para contarnos algo que todos ya sabemos. Pero ahí estamos cada año: hace calor y llega como una ola.

Pero más asombrosa que la labor informativa es la labor educativa. No se conforman con decirnos que en julio hará calor, sino que además, con mucha seriedad e insistencia, nos dicen que debemos llevar ropa ligera y de algodón, no dejar a perros, niños ni ancianos en un coche cerrado al sol y que hay que evitar hacer deporte en las horas álgidas, que si la cosa está chunga se extienden desde las 9 de la mañana a las 9 de la noche. Ah, e hidratarse. Beber agua no es beber, es hidratarse. Si es de botijo tal vez es refrescarse, pero si es de un botellín  de plástico entonces es hidratarse, no hay duda. 

Siempre que oigo todos esos consejos me digo que habría maneras más directas de llamarnos gilipollas, y que esas sutilezas no están al alcance de cualquiera y que lo mismo nos pasan desapercibidas. Piensas que todas esas cosas que dicen en el telediario tienen que ver más con el sentido común que con el calor en sí, pero al cabo, te dices que tal vez no está de más recordar los básicos. Es cuando te cruzas por la carretera a ese cincuentón con barriga haciendo footing (que ahora es running) a las 5 de la tarde, a las cinco en punto de la tarde, cuando el viento se lleva los algodones y te los deja pegados a la espalda. O cuando ves a la una, las doce en Canarias, a una chiquilla que lleva botas y foulard, o cuando la guardia civil tiene que romper a golpes una ventanilla para sacar a un pobre perrete que han dejado encerrado en un coche a pleno sol. Sí, quizá hay que avisar a la población, quizás hay que avisar.

Antes los golpes de calor les sucedían a los cretinos, a los ignorantes y a los que no tenían una abuela cerca que les diera un coscorrón a tiempo. Era ese “niño, pero dónde vas con jersey”. Ahora, los episodios de desfallecimiento por calor sólo les pasa a los que no ven el telediario. Quizá deberían avisar también en el programa de supervivientes y en los debates de la Sexta, que es lo más popular y mentalmente regresivo que se me ocurre. 

Así que ya saben: No se tapen e hidrátense, que viene el calor.

Absolutismos

Tengo yo una cena apostada (en realidad son dos cenas) a que se repiten elecciones. Y cada día que pasa estoy más convencida de que cenaré gratis. ¿y qué es lo que hace aumentar mi convicción? Pues no sólo las cuentas, que no me salen, sino también los mensajes pertinaces de todos los políticos, que dicen no quererlas. Y es que los políticos mienten hasta cuando desean.

Miren, a mí me parece que no hay que darle muchas vueltas a lo que dijimos los españoles el pasado 20 de diciembre. Dijimos, sencillamente «hablen ustedes y entiéndanse».

Y no se entendieron.

Así es que repitieron las elecciones, y de nuevo salió lo mismo: «hablen ustedes y entiéndanse».

Y siguen sin entenderse.

En el entretanto, el país sigue funcionando.Y yo sigo charlando y entendiéndome con amigos de derechas, de izquierdas, muy de derechas, muy de izquierdas y viceversa. Con partidarios de subir impuestos y de bajarlos, con católicos y ateos, con amigos de la escuela pública y fans de la sanidad privada, con funcionarios y parados, con estudiantes y jubilados, con inmigrantes y nacionales, con catalanes y con vascos, con atléticos y sevillistas, con artistas e industriales, con camareros y directivos, y, en fin, con todo aquel con el que necesite entenderme para conseguir algún fin. Pero hay un paso previo imprescindible: acordar para qué se discute.

Dice Carlos Rodríguez Braun que no habrá nuevas elecciones porque los políticos empiezan a temer que nos demos cuenta de que no nos hacen demasiada falta. Yo, sin embargo, creo que tendremos nuevas elecciones porque a todos les interesa: el rojo no tiene nada mejor que hacer; el azul piensa que si todo sigue igual, él también; el morado siempre puede protestar y si no, ya se inventará algo; y el naranja… bah, el naranja va donde le lleven. Mientras tanto, viven estupendamente: tienen el sueldo de un ministro, el trabajo de un cura y las vacaciones de un maestro.  En cuanto a ustedes, con gobierno o sin gobierno tendrán que hacer prácticamente las mismas cosas cada día, así es que no pretendan venir ahora a darse importancia. Una cosa es segura, sin embargo: con elecciones o sin ellas, gobierne quien gobierne, juntos o separados, con absolutismos o sin ellos, nos subirán los impuestos, que para eso no necesitan ni hablar ni entenderse.

Dentistas

Tengo yo una compañera en el trabajo que no ha ido nunca en su vida al dentista. No sé su edad exactamente pero vamos, que no es ninguna niña. ¿Creerán ustedes que tiene una mala dentadura? En absoluto. Tiene los dientes estupendos, bien blanquitos y fuertes. Luego tengo una amiga que me decía el sábado, amargamente, que cuanto más iba al dentista y más se cuidaba los dientes, más lata le daban. Que no tenía hueso y que no le podían poner implantes, y que cada dos por tres tenía algún problema y le dolían horriblemente. Entre estos dos extremos estoy yo, y ninguno de los casos que les acabo de contar mejoran ni empeoran mi existencia. Y la de mi dentadura.

El viernes por la noche se me partió un diente. Así: ras. El porqué y el cómo dejaron de tener importancia cuando comprendí el desastre. Y pensaba que había roto la funda pero no, lo que se ha ido a hacer puñetas ha sido el diente entero. Y me he pasado todo el fin de semana comiendo sopa y tortilla francesa -es un decir- y tratando de no pronunciar ni la zeta ni la ese por miedo a que el diente, colocado de nuevo con mucho cuidadito para aguantar hasta el lunes, no saliera volando hacia mi interlocutor. Menudo panorama.

El horror, el horror. Esta tarde he estado cuatro horas en el dentista que además de tener unas manos maravillosas tiene mucha empatía. O misericordia, no sé. Me ha ido colando entre otros pacientes para arreglarme el diente, y me ha puesto algo provisional para pasar el verano. De todos modos tenía que volver en septiembre, porque hace tres semanas me había puesto dos implantes. Así es que tengo una boca de lo más provisional. Si lo sé, empiezo con esto en abril y me ahorro la operación bikini.

Y hoy, queridos amigos, digo lo mismo que dije hace tiempo en otro post: no se pueden ni imaginar lo que me alegro de vivir en este siglo y en este país. Y ustedes también deberían alegrarse, que nadie está libre de romperse un diente cualquier día de estos.

 

Caravaggio dentista un mundo para curra

 

 

La gran migración, de H.M. Enzensberger

«No es necesario que esperemos la llegada de los bárbaros. Siempre han estado entre nosotros.»

 

la gran migraciónHans Magnus Enzensberger es un ensayista alemán del que no había oído hablar nunca hasta que la madre de Paula, uno de los componentes de este agónico Club de lectura, lo eligió para que lo leyéramos y comentáramos este año. Nos lo propuso sin atender a nuestros gustos y sobre todo sin tomar en cuenta nuestras exigencias, cada vez más maniáticas, caprichosas, irreconciliables y… desnortadas: «Ahí lo lleváis, hijos, a ver si aprendéis algo de la vida y dejáis de quejaros». Ea.

Se trata de un libro cortito, no llegará a las 80 páginas, estructurado en 33 capítulos que en realidad son acotaciones del autor en torno al tema de la migración. Está escrito con una prosa limpia, nada enrevesada, que te permite seguirle en sus razonamientos sin dificultad. Unos razonamientos sobre los que deja al lector darles la profundidad que quiera darles. A mí eso me gusta mucho: en esta época de “canutazos”, leer algo escrito reposadamente se agradece, la verdad.

Veamos. Dos pasajeros que no se conocen de nada están en el compartimiento de un tren en el que se ha instalado cómodamente desde hace un par de horas. De pronto entran otros dos pasajeros, y los dos primeros establecen una relación de grupo frente a los dos nuevos a los que consideran invasores, extranjeros, intrusos. Este comportamiento, profundamente humano, parece indicar la necesidad sedentaria del hombre. Y, sin embargo, el ser humano siempre ha estado en continuo movimiento, en continua migración, lo cual supone en sí mismo el caos, el conflicto. Para evitar matarse demasiado entre ellos, los hombres han dado en agruparse en etnias, tribus, o en grupos más o menos homogéneos. Pero el conflicto permanece porque la idea de forastero permanece también, igual que la idea de individuo. Cuanto más artificial es el origen, más precario e histérico resulta el sentimiento nacional (el racismo se basa en una identidad precaria).

Enzensberger en sus acotaciones nos dice que nadie emigra sin que medie el reclamo de una promesa. También que emigran los audaces, pero también los más débiles y que a la postre, la emigración empobrece al país que ha consentido que mediaran las condiciones de esa migración. En cuanto al país receptor, acepta la migración cuando falta trabajo, pero no cuando sobra, y en ese sentido, el mercado negro laboral actúa con una lógica inversa al mercado negro de bienes.

El potencial migratorio es enorme, nos dice, y no le falta razón. Pero hace una reflexión sobre el estado multicultural, que niega en rotundo, por cuanto una cosa es la integración y otra la asimilación. Ningún inmigrante abandona del todo la cultura y costumbres de las que procede; el problema es cuando se cae en la ideologización de las minorías, los marginados se agrupan, invierten las reglas del juego y se encierran en su identidad minoritaria, lo que provoca a su vez el rechazo, en un círculo vicioso del que no acabamos nunca de salir.

También tiene unas cuantas acotaciones sobre el asilo y rechaza la distinción entre el inmigrantes por razones económicas y los perseguidos políticos. Se pregunta, no sin razón, que cuál es la diferencia. Cualquier tiranía, cualquier guerra, lleva aparejada el hambre y la miseria de una parte de la población, y distinguir eso es ponerse muy estupendo (bueno, Enzenserberg no lo dice así, pero yo les hago el resumen).

En fin, a mí me ha gustado por lo que tiene de reflexión y de dejar pensar. En este sentido, no preconiza soluciones, porque muchas veces se pregunta cuál el problema que hay que resolver. Sólo constata que el potencial migratorio es enorme, y nos deja sus acotaciones para que nosotros reflexionemos antes, después o en vez de ponernos a hablar como loros en la barra de un bar. Si se lo topan, léanlo.

Tienen (o tendrán) otras opiniones sobre el libro La mesa cero del Blasco, La originalidad perdida, en Lo que lea la rubia y en la propia página del Club, donde encontrarán la opinión de Juanjo. Hasta septiembre, creo, con Grandes esperanzas, del gran Dickens.

 

Gracias, Del Bosque

Gracias, Del Bosque.

Una vez dicho esto -que parece que es lo único que se puede decir cuando se cita a este señor-, espero que se vaya de una vez y deje paso a otro con mejores ideas. O con alguna. Aunque no sé yo, porque Vicente del Bosque tiene un defecto españolísimo, que es no saber irse cuando se está arriba y se ha cumplido, y así dejar paso a otro. También es un defecto muy corriente en nuestro país no ver las lucecitas amarillas cuando se tiene el primer fracaso después de la gloria. A la postre, Don Vicente se ha revelado como alguien sin inteligencia para renovar nada, sin personalidad para arriesgar y sin perspectiva para comprender que esta selección se acabó después de 2012.

Dice que ha llevado a gente nueva y sí, pero luego no los ha puesto a jugar. Seleccionaba “por respeto”, “por cariño”, “por todo lo que nos ha dado”, y eso no es un criterio para una selección que no va precisamente por amor. Casillas, Silva, Fábregas, Iniesta y Ramos estaban ya en la Euro 2008. Hace 8 años, toda una vida en fútbol. Busquets, Piqué y Pedrito fueron al Mundial, y éste último hasta se ha dado el lujazo de protestar porque no jugaba: «a lo mejor no vale la pena venir aquí sólo para hacer grupo». Pues sí: a lo mejor había algún jugador en mejor forma y con más partidos en la temporada. En vez de ponerle en el primer avión de vuelta, le sacó a que “salvara” el resultado en el último partido. Telón para la opereta de Don Vicente, el señorío y el garrulo engreído.

Hacer grupo. No es ninguna tontería en un equipo de fútbol, no crean. Al revés, pienso que es algo importantísimo. Pero miren: Luis Aragonés no tenía grupo, y lo construyó. Porque el grupo se construye con motivación, no con cariños paternalistas, lealtades abotargadas y deudas personales. Y la motivación se obtiene cuando te llevan por tu papel en el césped, no en una alfombra del teatro Campoamor. Y cuando tu entrenador es el primero en estar motivado, o al menos con más motivación que un koala después de comer.

¿Qué decir del papanatismo de los periodistas deportivos y del mainstream? Aparte de la caspa que les sale a borbotones del micrófono, aquí no se oye ni una mala crítica, salvo muy honrosas excepciones. Sin embargo, yo creo que se puede y se debe criticar. Porque con la crítica se envían alertas, y porque el exceso de halago debilita. Poco favor y servicio han hecho esos periodistas pueblerinos que sólo saben exigir respeto por el pasado, sin comprender que la exigencia debe mantenerse para el futuro. O al menos para el presente: se lleva a un jugador por lo que te puede aportar, no por lo que aportó hace dos años.

En fin, mi decepción y melancolía ya viene de lejos y lo escribí en estas dos entradas hace tiempo (click y click). Del Bosque, un señor al que admiraba, me ha desenganchado de la selección y hasta me ha quitado las ganas de reirme un rato con ustedes. Aunque de esto último no hay que preocuparse: seguro que el porvenir le pone remedio.

 

Muerte de un votante

Hoy he ido a votar otra vez. Normalmente voy con mi madre antes de comer, pero hoy, tal vez por el hartazgo, hemos ido de buena mañana. Al llegar al colegio electoral he visto que había dos furgones del Samur en la puerta, pero no le he dado importancia. He pensado que con el calor estarían dispuestos para prevenir algún sofoco al mediodía, o tal vez les habrían avisado por alguna caída o algún mareo.

Al entrar por un pasadizo por el que se accede al colegio, había un cordón policial que obligaba a las pocas personas que íbamos llegando a pasar por un hueco, entre una farola y una pared. Mi madre me ha preguntado por qué hacían eso y también entonces le he quitado importancia: mamá, querrán controlar el paso y así es más facil porque pasamos de uno en uno y nos ven mejor. Claro, hija, y si lo hace la policía estará bien hecho. Claro, mamá, eso es.

Había muy poca gente y hemos votado muy rápido, mucho más que en otras ocasiones. Puede votar, gracias, buenos días y vuelta a casa por el mismo sitio.

Quizá no lo hubiéramos visto tampoco al salir, pero el llanto de una mujer mayor nos ha hecho fijarnos en la escena. Un hombre estaba tendido en el suelo, tapado con una sábana blanca, muerto, mientras la mujer era consolada por una chica joven que la abrazaba y le tapaba la cara contra su hombro. La mujer lloraba bajito, detrás de los policías que le daban la espalda y escoltaban su dolor.  Hemos pasado por delante mirando al suelo, porque no había otra cosa que mirar que no fuera impúdico. ¿Estarían al entrar?, le he preguntado a mi madre cuando ya estábamos lejos. Seguramente, hija, y por eso la policía nos ha desviado. Pobre mujer, ha dicho ella. Pobre hombre, he dicho yo. Y silencio.

Morir en la calle. Caer desplomado en una acera por la que hoy van a pasar cientos de personas. Personas que quizá vean tus zapatos asomar por debajo de una sábana y que tal vez oirán a una mujer llorar sin saber quién eres tú ni quién es ella, sin saber qué te pasó ni por qué has muerto.

¿Y por qué has salido enfadada de casa?, ha recordado de pronto mi madre al entrar en el portal. Porque había olvidado una contraseña, he contestado. Hija, eso se soluciona; lo que no tiene remedio es lo que has visto en el colegio.

Ninguna le ha preguntado a la otra si el hombre habría muerto antes o después de votar. Seguramente porque no tiene ninguna importancia. Ni tampoco remedio.

Te quiero a pesar del Brexit

Leo hoy en el periódico lo siguiente:

Una niña de 6 años pide matrimonio al Príncipe Enrique de Inglaterra

«Me quiero casar contigo. Quiero ser princesa», son las palabras que la pequeña Lottie, de 6 años, dirigió al Príncipe Harry durante su visita a un centro educativo en Manchester (…). La simpática proposición de la niña no ha pasado desapercibida y ha sido reproducida en los medios británicos precisamente cuando el país estaba a punto de jugarse su futuro y el de la Unión Europea con el referendum sobre el Brexit. El hijo menor del Príncipe de Gales, que aun sigue siendo uno de los solteros más cotizados del Reino Unido, contestó a la niña: «Tú no querrás eso. Hay mucha diferencia de edad. Has leído demasiados libros»

¿Precisamente? ¿Por qué precisamente? ¿Qué tiene que ver el futuro de Lottie con el futuro del Reino Unido? ¿Significará que los medios ingleses deberían haber esperado al resultado del referendum para contar la historia de la niña Lottie? ¿O es que también querrán someter a referendum el matrimono del Prince Harry? No lo sé, pero ese precisamente me perturba.

¿Y qué me dicen de la respuesta de Harry? Es confusa, y mucho. ¿Cuál es la verdadera razón para descartar la proposición? ¿Que hay mucha diferencia de edad o que la niña lee demasiado? ¿Quid de los gustos de la pequeña Lottie? ¿Y de los gustos del Príncipe?

Por cierto ¿Lottie es diminutivo de Lottery?

Expertise

No recuerdo ahora el contexto, pero hace unos días he oído o leído la palabra expertizaje. No recuerdo el contexto pero recuerdo el sobresalto, porque la palabra es espeluznante, feísima, un horror de palabra. Con expertizaje se quería sustituir expertise, una palabra que se oye mucho en las oficinas y en lo que no son oficinas. Yo, por ejemplo, lo de expertise lo digo mucho cuando hablo del pisto que hace mi madre, que le sale riquísimo. Y se quería sustituir no sé por qué, aunque puedo llegar a imaginármelo.

Yo pronuncio expertis, aunque a veces he oído decir expertais entre los anglófonos. Pero yo hablo inglés como los indios es que yo prefiero la versión algo apaletada del francés, y en ocasiones digo expegtidzss, pero reconozco que queda cursilón, como decir Sanmogitzss en vez de San Moriz, mucho más práctico si quieres que alguien te entienda. Pero ¿expertizaje? Decir expertizaje es como decir gargajo, o como decir regurgitar. Es como encontrarte un pelo en la sopa. Algo así, es la misma sensación. Y la culpa no es de la jota, no. Porque cuando dices aprendizaje nadie se se tapa los oídos y dice ay.

Me pareció que lo de expertizaje era una patada al diccionario y hoy me he puesto a averiguar algo de la palabreja y sí, casi casi lo es. Porque expertizaje significa expertización (esto no mejora), que a su vez es la acción de expertizar (no, no mejora), que a su vez es examinar algo y luego emitir un informe. Expertizaje lo he encontrado en el diccionario de Manuel Seco, en donde no viene sin embargo experticia, que sí recoge el diccionario de la RAE. Experticia tiene un significado similar a expertizaje, y se define como prueba pericial. En internet he encontrado experticia en la Fundéu, y ahí sí que aparece como sustitutivo de expertise. Acabáramos.

Pero este asunto definitivamente no tiene mejora posible, porque experticia es una palabra también muy fea. Es como decir alopecia, un horror. ¡Con lo bonito que es decir calvicie! Desde luego, mi madre no tiene ninguna experticia con el pisto, sólo faltaba. Y tampoco tiene alopecia, dicho sea de paso.

Con lo facil que es decir expertise, que te entiende todo el mundo. Y a las malas, pues se dice pericia, y santas pascuas.

Caperucita, segunda temporada

Dos coches patrulla se cruzan en la puerta de la verja que da acceso a la casa. La tanqueta se ha situado en el jardín. De su tripa han salido seis guardias civiles de la Unidad Especial de Intervención armados con fusiles de asalto y ahora están apostados rodeando el edificio. Otros tres guardias se colocan a los lados de la puerta que da acceso a la vivienda dispuestos a tirarla a golpes si fuera necesario.

−¡Guardia Civil! ¡Salga con los brazos en alto! −ordena el comandante que está al frente de la operación.

Cuando baja el altavoz quiere quitarse de la mente la escena que acaba de presenciar hace una hora. La cesta boca abajo; el queso aplastado bajo las huellas de unas sucias pezuñas; el pastel desmigajado en el sillón; los cristales rotos de un tarro de miel que se mezclan, pringosos, con los jirones de aquella capa roja desgarrada. Y el cuerpo de aquella niña, aquel cuerpecito inerte…

Fuera del recinto una brigada de antidisturbios empieza a acordonar la calle. Poco a poco se congrega la multitud: una extraña mezcla de curiosos, periodistas y fotógrafos. Un joven apostado en la lejanía narra los acontecimientos a una cámara que sólo le enfoca a él.

La puerta entonces se entreabre. Asoma la cara una mujer que se deja ver con una prevención que se diría timidez. Entonces se oye su voz chillona, quizá enfurecida. La mujer parece acorralada.

−¿Qué quieren? ¡Déjenme! ¿A quién buscan?

A una señal, los guardias que escoltan la puerta se retiran, sin bajar las armas. El comandante retoma la iniciativa:

−Buscamos a la madre de Caperucita ¡Identifíquese!
−¡Yo soy la madre de Caperucita! ¿Por qué me buscan?
−Su hija ha muerto, señora. Y también ha muerto una anciana a la que no hemos identificado aun. Las ha matado un lobo esta mañana. ¡Salga con los brazos en alto!

La mujer termina de abrir la puerta y se derrumba lentamente. Ya de rodillas se echa las manos a la cara, sin poder creer. Los guardias bajan las armas despacio y la tanqueta apaga el motor. Se la oye decir, entre sollozos, “no, no, la niña no, no puede ser”, mientras le colocan unas esposas en las muñecas.

−Señora, acompáñeme a la Comandancia, está usted detenida. Se le acusa de doble homicidio por imprudencia. Tiene derecho a guardar silencio… −va recitando el guardia mientras la ayuda a levantarse.

Fuera, el murmullo se ha convertido en un barullo de reivindicación. Las voces suben de tono. Un hombre con una camisa basta, de cuadros, se abre paso hasta situarse en primera fila. Mira, feroz, al retén de antidisturbios mientras despliega una pancarta: “¡Salvemos al lobo!”