Adiós, Currita, hasta siempre

Curra, mi perra querida, murió el pasado 26 de marzo. Este post me ha costado muchos borradores y ha sido muy difícil de escribir. Pero ella le dio nombre al blog y el tributo es obligado.

Curra ha vivido quince años, que son los que hemos pasado juntas. Ya estaba muy mayor, y en el último año y medio había superado algún que otro match ball. Hasta que no pudo más. Los perros te avisan a su manera de que han llegado al final. Con los ojos, con su comportamiento, con su gesto. Curra eligió dejar de comer de forma radical, dejó de comer obstinadamente, casi como una rebelión para que yo no tuviera dudas. Y yo no pude hacer otra cosa que rendirme ante su instinto y llevarla a que muriera en paz.

Era la abuelita del parque, una ancianita que nunca perdió la costumbre de hacer la ronda buscando quién le diera un chuche, y que cuando lograba dos o tres golosinas se plantaba en el mismo centro, quieta como el nomon de un reloj solar, mientras el resto de los perros correteaba a su alrededor esquivándola milagrosamente. Los días que había muchos cachorros sueltos me la llevaba de allí, no fuera que alguno me la tirara al suelo y la terminara de desgraciar. Y es que alrededor de Curra ya sólo podía haber delicadeza. Delicadeza y asombro: ¡Curra es eterna!, gritó una chica en el parque cuando la reconoció hace un par de meses, porque la había tratado de niña y ahora era una mujer que encaraba la treintena.

Viejita y todo, se levantaba por las mañanas contenta y brincaba por el portal cuando la sacaba a la calle. A veces se alocaba olvidándose de su edad y de sus reúmas, y se caía al suelo, y se quedaba ahí, asobinada, esperando a que yo fuera a levantarla. Las pelotas de goma y los juguetes hacía mucho que se habían guardado en un altillo, porque la pulsión de ir a por ellas a toda costa no la había perdido del todo y no le convenían los excesos. Se apuntaba a salir siempre que te pusieras el abrigo. Y entonces nos íbamos ella y yo de paseo, a caminar despacio, porque ninguna de las dos tenía ya ninguna prisa.

La vida de Curra en este último año, con toda su vejez a cuestas, con sus achaques y debilidades, fue una vida pausada, lenta y paciente, con algún que otro destello, como esos rescoldos que para reavivarlos se soplan con mimo y así nos siguen dando algo de calor debajo de las cenizas. Y en casa, en mi familia, todos compensábamos su mengua de energía con más cariño si cabe, con mayor devoción si eso fuera ya posible, con la ternura que ofrece la indefensión del perrito anciano, que es muy parecida a la fragilidad del recién nacido. Y así fue hasta que ella quiso que fuera.

Curra ha muerto, pero el recuerdo queda. Yo siempre la llevaré en mi corazón como la perra buena, noble y cariñosa que era. Sobre ese triángulo construyó su personalidad, en la que faltaba astucia y pillería, en la que no había egoísmo ni celos, y para la que no necesitó nunca ni un asomo de fiereza. Ha sido una perra dócil y generosa que no exigía atención y que, sin embargo, siempre la merecía, precisamente porque no se preocupaba por ella. Una perra que podías llevar a cualquier parte y que era muy querida por todo aquel que la trató, aunque sólo fuera por unos minutos. Una perra divertida y simpaticona que se dejaba querer y que es imposible de olvidar. Esa era mi Curra.

Ha vivido quince años y ha vivido muy bien. Ella ha sido muy feliz y yo con ella también he sido muy feliz. Me quedo con eso, con la felicidad, y no con la tristeza y el dolor de la pérdida. Y creo que es lo justo, creo que es lo que se merece su recuerdo. Curra ha sido mi amiga, mi compañera fiel, mi perrita del alma. Curra ha muerto y ahora, ya para siempre, la echaré mucho de menos a mi lado. 

Un beso energético y un trocito de pan. Descansa.

Madrid tras la tormenta

La gran nevada, tal y como previsto, nos ha dejado un paisaje parecido al de Beirut, pero más incómodo porque no lo ves desde el sillón. Madrid está hecha un asco, con mucho roto y llena de montoneras de nieve de un afligido color ala de mosca. Debajo de estas montoneras, y mezclado con ellas, hay de todo. Desde lo que es medio visible, como ramas de árboles, plásticos y cáscaras de mandarina (que al menos aportan colorido), hasta lo imaginable que es mejor no imaginar. Lo que no es de prever es que esto traiga bichos, aunque por el tiempo que llevamos con ellas no extrañaría ver ahí telas de araña. Ya los únicos que disfrutan de los lugares con nieve, que son muchos todavía, son los perros. Y los dueños que no limpian las cacas.

Cualquiera con media neurona activa podía tener la certeza, el mismo domingo por la mañana, de que esto en un par de días no se quitaba. Nuestra sociedad ha perdido la paciencia porque la confunde con la resignación, y por eso no la echa en falta. Yo diría que este ambiente de Berlín post bélico lo estamos viviendo como una penitencia, y dejémoslo ahí. Los madrileños, en cuanto hemos podido, nos hemos puesto a vivir como si no hubiera montoneras, ni hielo, ni estuvieran las calles destrozadas, porque mientras podamos ir a los bares, ¿a quién le molesta un poco de hielo negro?

Lo que sí hemos aprendido son muchos nombres. Ahora que llega la lluvia, yo he sabido de los imbornales, que son esas rejillas del suelo que protegen a los viandantes de caerse a una alcantarilla. Sin querer, por supuesto. Los imbornales tienen un nombre horrendo (asociado con la lluvia y las cloacas suena como a orinales), pero su misión ciudadana es de lo más honorable. Y también hemos sabido ahora de cosas ingenieriles interesantísimas, como son los tanques de tormenta, que es un nombre mucho más poético que el más vulgar de aliviadero. 

Me parece en cambio que, en estos días, y ya van para diez, no hemos reparado en otros nombres, como el de quitanieves. A ver. Una quitanieves no quita-la-nieve, sino que la amontona en los lados, a veces con forma de muros, otras con forma de churrete y las más en un apelotonamiento que parece gritar sálvese quien pueda. ¡Que traigan quitanieves!, clamaba el pueblo de Madrid, cuando debería haber pedido excavadoras y contenedores. He leído por ahí el volumen de nieve caída y… en fin, mejor dejar que la lluvia y la subida de temperaturas nos quite toda esa guarrería.

Todo esto se arreglará, no tengo dudas, y se limpiará (sí tengo dudas), pero lo que mal arreglo tiene es la escabechina de los árboles. Dice Trapiello en su libro de Madrid que «La mayor conquista de la civilización urbana occidental, junto con el alumbrado, el alcantarillado y la traída de agua a las casas, ha sido la entronización clorofílica en sus espacios públicos». Es una frase un poco cursi (¿Entronización clorofílica? Dios mío), pero encierra una gran verdad, y es que los árboles en las ciudades explican la ambición de bienestar de sus habitantes. En Madrid ha caído o se ha visto dañado un tercio de sus árboles, que son muchos, casi 700.000. Y un árbol no se improvisa. Para que crezca no hay más remedio que dejar pasar el tiempo.

En fin, la nueva borrasca, cuyo nombre paso de aprenderme, nos trae la lluvia y el viento. Yo creo que la cuota de inmoderación ya está cubierta con la nevada, pero nunca se sabe. Pero como vengan con fuerza, veremos a los árboles huir por las calles, convertidos en Ents que buscan su salvación.

No ganamos para sustos.

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Fotografías tomadas el sábado 16 de enero

Madrid, de nuevo

Ha nevado en Madrid. La mayor nevada del siglo, han dicho, aunque decir eso es muy poco meritorio. Si hoy estuviéramos en enero de 1999 sería un record centenario, pero en 2021, con más de tres cuartos de siglo por delante, la frase es, cuando menos, un poco apresurada.

Empezó el viernes por la mañana a ritmo de bolero, luego la nube se pasó a la rumba, y a las ocho ya sólo se podía caminar. Alguien me dijo que ningún ser vivo había visto una nevada como esta en Madrid, y es cierto siempre y cuando demos a los árboles por muertos, aunque viendo cómo han quedado algunos igual es lo más corto que podemos decir. Unos tronchados, otros mancos, la mayoría con ese rictus penitente que se les queda al soportar tanto peso en sus ramas. Hay un pobre sauce delante de mi ventana que da hasta risa debajo de tanta nieve. Yo lo miro cada diez minutos a ver si se ha caído y ganas me dan de gritar a los vecinos que lo rocíen con agua caliente y le procuren algo de consuelo. Parece un viejecito jorobado apoyado en un bastón a punto de cruzar una calle sin semáforo. No apuesto por él.

Me emocionó el viernes por la noche y el sábado temprano, al sacar a las perras, ver así el barrio. La quietud, la solitud, el silencio. Tantos días de marzo y abril me vinieron a la memoria, pero con cuánta diferencia. Ayer era como si la mudez brillara en un Madrid que no sabe estar callado. Ayer no sentía esa calma siniestra y apocalíptica del confinamiento, la tristeza de los muertos, la parálisis del miedo. Ayer la quietud traía sosiego, ternura, serenidad y hasta seguridad, a pesar del quejido de los árboles.

Y luego, al avanzar la mañana, es cuando se vio Madrid. No sólo ese Madrid embellecido por la nieve y extrañado de claridad. No. Eso, para las postales. Ayer vimos de nuevo el Madrid que es.

La nieve aporta armonía y un orden visual que los madrileños nos dedicamos a desordenar con una entrega conmovedora. Con nuestros paseos por el barrio, con las guerras de bolas en Gran Vía, con los bailes en la Puerta del Sol, con los esquíes por Alcalá y con los trineos por todas partes. Hasta muñecos de nieve con forma de menina nos dio tiempo a hacer. Los madrileños ayer salimos a deambular como si no nevara. Y también salimos a reírnos del mundo, que para eso nos lo han puesto alrededor. 

Este es el Madrid que es. Un Madrid divertido, curioso, imaginativo, descarado, juguetón, algo rebelde y, por supuesto, muy echao pa’lante. Ese Madrid travieso que va a su aire y al que, cuando lo rodea la inclemencia, le sale la simpatía y la compenetración. El Madrid disfrutón y un poco infantil. O quizá se ajustaría más aquello que cantaba Brel (sin referirse a Madrid, sino a unos amantes): «Hemos necesitado mucho talento para llegar a viejos sin ser adultos». 

Me parece que el de ayer es un Madrid inexplicable para el que no vive aquí y marciano para el que no ha estado nunca. Deberíamos cambiar su histórico lema, tan poético como poco práctico, por el más corto y preciso de El que quiera, que me siga y así tal vez empezarían a entender algo los que son tan repelentes con nosotros. O no, ¡qué más da! Madrid va a su aire, aunque traiga copos de nieve.

Hoy, con un sol radiante y un cielo bien merecido, hemos salido de domingo y evaluado la magnitud del destrozo tan bonito que Filomena (a mi pesar) nos ha puesto delante de los ojos. También, si se tercia, a tomar un aperitivo a algún bar que se haya atrevido a abrir (que los hay). Y ya mañana lunes, rodeados de sirenas, soportaremos la incomodidad y el trastorno de esta movida, pero sin dejar que el desconcierto nos aflija. Seguiremos dando de qué hablar porque a Madrid le gusta mostrarse sin importarnos mucho que nos critiquen. Allá los otros: que cada uno mire y diga lo que quiera. ¡Y que nos quiten lo bailao!

Año de nieves, año de bienes. Sea.

Imagen tomada el 9 de enero, hacia las 9:30

Protestas low cost

Diez personas cortaron el lunes la Calle de Alcalá de Madrid, a la altura del Banco de España.

Diez personas.

Protestaban porque no estaban de acuerdo con una decisión del nuevo alcalde.

Diez personas.

Salieron en todos los telediarios.

Diez personas.

Diez.

Qué barata puede llegar a ser la publicidad en España.

Acuerdo sobre el blog

El otro día un amigo me comentó que, dado que últimamente yo no escribía mucho, montara un blog a medias con otro bloguero que conocía él. Parece ser que el otro bloguero tampoco escribe mucho y tampoco tiene muchos lectores, y que así los dos saldríamos ganando y nuestros lectores también: al parecer son casi los mismos, y tienen un perfil muy similar.

No me pareció mala idea. Todo lo que sea beneficiar a mis lectores es bienvenido y yo, por supuesto, estoy dispuestísima. ¡Todo sea por ellos! Y además, soy una persona muy dialogante. Mejor que dialogante: soy una persona abierta al diálogo.

Mi amigo, que es lector asiduo de blogs, me decía que él veía lógico y fácil el acuerdo. En la supuesta alianza, los dos blogueros pondríamos nuestro nombre en cada entrada, e iríamos alternando en la escritura. Nos podríamos repartir los temas, por ejemplo yo hablaría de fútbol y él de baloncesto. Y de este modo, atraeríamos tanto a los seguidores de futbol como a los de baloncesto. Creo que él también sabe de tenis, o sea que la parte de deportes estaría cubiertísima. Y eso es genial, porque los deportes atraen a muchos lectores y muy fieles.

Tal vez, eso sí, deberíamos llegar a algún acuerdo o compromiso. Por ejemplo, el nombre del blog. O no publicar los dos el mismo día. Y publicitar un poco el blog en nuestras cuentas de tuiter, en donde él tiene muchos más seguidores que yo, al revés que en Instagram, en donde yo le gano por goleada. Vale, le dije a mi amigo, yo estoy abierta al diálogo.

Mi amigo parece ser que lo habló con este otro bloguero y parece interesado. Eso sí, yo ya he dicho que en mi cuenta de Instagram sólo voy a publicitar Un mundo para Curra, no el blog común, porque mis seguidores son míos. Y que escribiré las entradas que pueda o que quiera, porque si mis lectores me aguantan aquí escribiendo poco, no veo por qué voy a escribir más. O menos. O mejor o peor. Yo, a mi ritmo. Y luego que publicaré cuando me parezca adecuado y si ese día ha publicado él, pues mala suerte. Y escribiré de lo que yo quiera, eh, que eso es una línea roja. Y si quiero escribir de un tema del que él sabe más, de baloncesto por ejemplo, pues mira, mientras no me corrija, todos contentos. De todos modos, yo estoy abierta al diálogo. Mi único interés es que mis lectores salgan ganando y sean más felices leyendo blogs.

Sobre acordar un nombre para el blog, no sé, quizá no sea necesario. Podemos escribir aquí, yo le doy una clave de invitado (con restricciones, por supuesto), y así mi lector filipino no se me despista. Eso sí, tendría que supervisar sus entradas, porque a ver si va a escribir de cosas que no me parecen bien, o pone frases que no me gusten o comas donde yo no las pondría. Eso sería inaceptable, qué iban a pensar mis lectores. Sí, mis lectores, los míos. Los suyos ya estarán acostumbrados a sus descuidos, allá ellos. A ver, yo estoy abierta al diálogo, pero veo una falta de ortografía y me sale el cordón sanitario del alma.

Mi amigo me ha dicho que el otro bloguero va a seguir solo. No lo entiendo, la verdad. Y supongo que ustedes tampoco lo entienden, de manera que deberá explicárselo. Y pedirles perdón de paso. Deberá rendir cuentas de su empecinamiento y de su falta de cintura. Y dar por hecho que ustedes ya no lo van a leer nunca en su vida jamás. Menudo fascista.

El Iphone buceador

No hubo nada heroico. Podría haber estado al borde de una piscina cuando, al auxilio de unos gritos de socorro, me hubiera lanzado al agua a salvar a alguien de morir ahogado. Podemos añadirle un componente dramático, por ejemplo, que el casi ahogado era un niño. O darle un tono sofisticado, que puede consistir en situar la piscina en un resort en las Maldivas. E incluso un aire romántico, terminando la historia comiendo perdices con el apuesto galán acalambrado.

Tampoco fue una situación divertida, como se dice ahora un momento fun (que no viene del inglés, sino del villancico aquel de 25 de diciembre, fun, fun, fun). Y es que cabría imaginar un domingo de sol y música, un grupo de amigos bajando el Sella en piraguas que no saben manejar y desde las que simulan guerras de piratas, entre risas, hermandad y alegría. Y en una de esas, zas, que te caes al agua.

Ni siquiera fue un suceso asombroso, de esos que te libras por los pelos para contarlo luego, entre el alivio y el trauma. Esas historias que tus amigos más morbosos se cuentan entre ellos. Por ejemplo, que vas paseando por el muelle de un puerto del norte cuando se levanta, soudain, la galerna, y una ola terrorífica se estrella contra las rocas y tú, por puro milagro, no la acompañas en su retirada, aunque acabas como una sopa. Para aumentar el dramatismo siempre podemos decir que fue en un puerto del País Vasco, y así ya no hay que entretenerse en describir la brutalidad de la ola.

No. No fue nada de eso. La realidad es que estaba yo por la mañana en bata pasando la fregona por el suelo de la cocina y, al agacharme a recoger el cubo, el cinturón de la bata se me metió en el agua sucia. Y como el cinturón va cosido, pues me la quité y eché la bata a la lavadora. Con el móvil dentro de un bolsillo. Los clonc, clonc, clonc que sonaban me hicieron agudizar la memoria y afinar el oído. ¿Habré metido unas zapatillas? No, que hace clonc y no pum. ¿Será un mechero? No, que el clonc es muy brutal. ¿Monedas? No parece, sonaría cling… Mira, casi que abro la lavadora. Y ahí estaba, el iphone.

Chorreaba pero seguía encendido. Lo dejé en una mesa, me llamé por teléfono, prudentemente alejada, y sonó. La huella no hacía mucho caso, pero al agitarlo al menos permitía meter el código. Mi explicación primera para tal prodigio fue que todavía no había salido el jabón y mucho menos había pasado el centrifugado, pero el pobre parecía un ecce apple goteante. Lo metí en una ensaladera llena de arroz y dejé que se consumiera la poca batería que tenía hasta el día siguiente.

Ha pasado una semana y ahí está, tan campante, aunque su aspecto es deplorable. Ha estado unos días afónico y el despertador funciona entre regular y nada, pero bastante tiene con disimular ese aspecto como de haber pasado por una escombrera. Incluso ha sobrevivido a mi falta de confianza: tuve que irme de viaje el miércoles y me llevé mi teléfono personal, que es un telefonito antiguo sin apps ni internet y que  conservo para esos momentos de la vida en los que de verdad estoy I’m out of office with no access to email, mensaje que no pongo nunca por parecerme de pobres, pero que no descarto terminar poniendo el día en que llegue a la conclusión de que, efectivamente, soy bastante pobre.

Llamé al responsable de los teléfonos de la oficina para que me lo cambiara, pero he decidido que no, que voy a conservarlo. Me interesa saber hasta dónde es capaz de resistir este teléfono y poder contar mi historia con un final de este tipo: “y me duró todavía sus buenos años, entre achaques (él) y dormidas (yo), que resistencia es eso y no la mía cuando era pequeña y no quería acelgas”. Ah, Cupertino, mi capitán.

Ya lo sé, amigo filipino

curra-portada-postMi lector filipino me ha abandonado. Yo no sé cuándo dejó de venir por aquí, aunque sí podría calcular cuándo dejé yo de mirar de dónde venían los lectores. Y me saldría, no sé, ¿un par de años? Es verdad que cuando abres un blog te interesan mucho las visitas, en especial el número, y te motivas enormemente cuando recibes el mensaje ese de “your stats are booming”. Hace muchísimo que no recibo ese mensaje. Es más, creo que pronto recibiré uno que diga “we have removed the message your stats are booming (for reasons of desperation)”. Entonces, y sólo entonces, empezaré a creer que una programación contempla todas las posibilidades de experiencia cliente.

El número de países desde donde venían mis lectores han disminuido dramáticamente. Entran desde Colombia, Argentina y México, y en Europa sigo teniendo mis dos seguidores británicos y uno holandés (¡hola!) y esto es todo. El resto, todos españoles. Familia y amigos, supongo, especialmente Amalia (¡Hola, Amalia!).

– ¿Sigues escribiendo?
– Uf, cada vez menos, no sé por qué.

Primero le eché la culpa a que hice unos cursos de escritura y que aquello me hizo ver lo mala que era escribiendo, aparte de absorber la poca imaginación que me quedaba debajo del flequillo. Después te escudas en que tienes mucho trabajo, como si eso fuera una novedad. Luego que si llegas muy cansada a casa, ya ves, como si escribir no te quitara todas las penas. Y así hasta que miras un día aburrida la estadística y te dices que si el lector filipino se ha ido, lo ha hecho cargado de razón.

Creo que un día de estos miraré de nuevo la estadística para sacar una entrada de buscadores decepcionados. Espero no decepcionarme yo. Y es que, al final, escribir es una gimnasia y, si lo dejas, luego al retomarlo te salen muchas agujetas. A ver si consigo que vaya doliendo menos.

 

 

Adios, Gerardo, adiós

El alcalde del Poblachón se va. Bueno, rectifico: no se va, sino que lo han echado. Ha estado muy reñido, hasta el punto de que entre mis amigos hay quien cree que todo es un rumor y que Gerardo continuará otros cuatro años, pero no. Se va, se pira, se larga, fuera, out, a tomar viento, adiós, se acabó.

El administrador de mi casa, que estuvo en su equipo de gobierno, ya nos dijo en Semana Santa que la cosa estaba difícil este año. Según este hombre, que para esta ocasión extraordinaria se había quitado el disfraz que habitualmente lleva en verano (en agosto parece escapado de un crucero de Pullmantur) y que ahora venía con chandal y gorrilla, porque además de baja estaba de vacaciones (sí, las dos cosas a la vez, han leído bien), la ley d’Hont no les beneficiaba, porque Vox les quitaría votos. Ninguno entre los vecinos le quiso aclarar nada sobre el efecto de la circunscripción, aunque alguien sí se atrevió a recordar con sorna que tampoco se perdería nada, sino al contrario: evitaríamos que vaciara la presa para limpiarla durante la primavera, con lo que también evitaríamos estar sin agua en verano. ¡Eso es una feiknius!, gritó el gorrilla. Cuánto daño hace Tele5 en las mentes blandas, qué barbaridad…

A Gerardo le puse yo una denuncia hace años. Un primero de agosto, día laborable y fecha en la que yo empezaba mis vacaciones, me despertó a las ocho en punto de la mañana el ruido apocalíptico de un martillo neumático justo debajo de mi ventana. ¿Qué mejor momento para empezar a cambiar todas las farolas de una urbanización de veraneantes que un primero de agosto? Y es que, para este alcalde borrico, el verano es la fecha ideal para asfaltar las calles, repintar los pasos de cebra, quitar las barandillas peatonales, poner vallas random en cualquier curva o dar vacaciones al camión de la basura. Así es que me tiré de la cama y, con los ojos inyectados en sangre y el pelo revuelto, me fui derecha a la Guardia Civil y allí le puse una denuncia por psicópata, por turbar mi paz y por falta de respeto a mi descanso y al del resto de los veraneantes de la urbanización. Naturalmente la denuncia se desestimó al cabo de los años, pero al menos me sirvió para comprobar que la Benemérita es un cuerpo comprensivo con la ciudadanía, y en realidad el único que te defiende sin importar de dónde vengas.

– Es que este alcalde tiene un TOC antiveraneante, señor agente, nos tratan peor que a las vacas. Vale que no damos leche, pero compramos en el súper, alquilamos casas y comemos cruasanes.
– Tiene usted razón. Ponga una denuncia: no le devolverá el sueño, pero sí el sosiego.

Como en tantos pueblos, en el Poblachón hemos sufrido muchos años a este cacique sin luces ni talento, cuya única ambición plausible ha sido convertir un pueblo estupendo en un suburbio hortera y perezoso. Debería atreverme a acusarle de más cosas, pero les invito a que lean, en Todo lo que era sólido, a Muñoz Molina cuando cita la más famosa de sus tropelías, que afortunadamente sólo quedó en intento, porque se hubiera llevado por delante el pinar.

En fin, sólo nos queda rezar para que el nuevo alcalde que viene no sea todavía más bruto. Lo tiene difícil, pero en esta España de los milagros todo ha dejado de ser sólido para ser, inevitablemente, posible.

 

La casa lúgubre, de Dickens (al 50%)

La casa lúgubreDickens es Dickens y conviene respetarlo. Yo debería venir aquí a hablar de Dickens, o de su libro de La casa lúgubre, pero sólo me saldrán porcentajes y fracciones. Atascada en un paupérrimo 51% desde hace más de una semana, sin tener ni el tiempo ni, sobre todo, el ánimo, de continuar. La culpa no es de Dickens ni de la vida, ni de lo que te obliga o te distrae. Siempre lo digo: sólo los mediocres le echan la culpa a la herramienta. Cuando la herramienta es el reloj, el que no va avisado le echa la culpa al tiempo. Y, sin embargo, el tiempo es la única variable de la vida que no se puede controlar y que va a su aire. El tiempo no se domina, el tiempo se aprovecha. En mi caso, ni lo uno ni lo otro, y la culpa no es del reloj.

En el club de Lectura, un club que ya no sobrevive, nuestro líder nos dijo “yo voy a leer a Dickens, ¿alguien se anima?”. Y así, uno de cinco lo propuso, dos de cuatro lo aceptamos y uno de dos no ha cumplido. Este es el balance del grupo. El mío, en particular, se queda en el mencionado 51%, que sigue siendo igual de paupérrimo que en el segundo párrafo. Y de no cumplir con la lectura, no paso por no cumplir con escribir este post. A mi líder del club se lo debo, que no a Dickens, porque una lee para distraerse y por afición, pero el compromiso, aunque venga cojo, es de las pocas cosas que nos van quedando.

Todo para decir que la culpa no es de Dickens. Dickens es Dickens y mi tiempo, mis obligaciones, mis noches trasnochadas, mis prioridades impuestas, pero irremediables, me impiden a Dickens. Ni siquiera mi tiempo libre me libera para dedicarle lo que, en mi devoción, este autor merece, que no es otra cosa que una devoción que me descubrió ND. Un 51%, paupérrimo, que llegará al 100% aunque tenga que esperar (el 100%, no yo). Porcentajes y fracciones importan poco de todos modos, no digamos ratios incomprensibles inventados por seres teóricos. Pero vayamos al (medio) libro, que a eso había yo venido.

Dice Chesterton en el prólogo que es su obra maestra, la que escribió con su madurez literaria. No me lo está pareciendo. Sí hay ese reconocible de Dickens de que parece que todos en Londres se conocen, que es todo un pequeño pueblito en el que todos los personajes acaban encontrándose. Pero ya sabemos que va al revés. La trama te va llevando, tú sabes que todo encajará sin saber cómo lo hará. Es la trama de intriga sin que haya intriga, el ovillo que se desenreda (¿esa es la imagen?), las piezas que se van posando en el puzzle. Muchos personajes y escenas, a la rusa sin ser rusa, y puntada a puntada el hilo va conformando el bordado hasta que lo ves completo. Y mientras tanto, estás tan distraída con las cosas tal y como suceden. Como en sus otras novelas, pero no en todas. ¿La mejor? No me lo está pareciendo. Su Historia de dos ciudades sigue para mí en el top, y la Pequeña Dorrit como una de las 1.000 páginas mejor aprovechadas que yo haya leído. ¿La mejor? Para Chesterton sí, pero yo no soy Chesterton.

Me sigue pareciendo que su mejor reconocible es su presentación de escenarios. Su forma de evocar describiendo y de describir evocando. Y hay otro reconocible, pero esto en toda la literatura del XIX, que es la presencia de las pánfilas, esos personajes a los que les darías dos hostias y te quedarías la mar de a gusto. O, y esto también es muy dickensiano, los personajes pequeñitos, miserables, infectos de envidia, de egoísmo, de indigencia moral, de maldad en definitiva. Y la grandeza de alma, siempre encontraremos a personajes así en Dickens. O sea, como en una oficina, pero en un Londres decimonónico y maloliente. Y hay un fondo de denuncia social nada comunista y muy saludable, precisamente porque no es nada comunista.

Yo terminaré La casa lúgubre y entonces les contaré el argumento. Mientras tanto, escribo este post y sólo hablo del libro. Y es que, por ahora y estando a la mitad, no sé bien dónde están los spoilers.

Probablemente tienen otras opiniones sobre el libro en La mesa cero del Blasco y espero que en el Blog del club, aunque es una probabilidad que voy a cifrar, por poner un número, en el 50%. No hay un próximo, hasta que alguien lo proponga. Veremos si pasa, pero si no pasa, pues no pasará nada.

 

 

 

El desbordamiento según Pla

– Nosotros, los directores del movimiento, no queríamos la revolución. Nuestros cuadros pensaban lo mismo. Así se lo dijimos al señor Lerroux. Pero nos ha ocurrido una cosa: hemos sido desbordados. 
–¿Desbordados por quién?
– Por la Solidaridad de Obreros Vascos, que era el ala izquierda de nuestro partido.
– ¡Ah!

Ahora ya verán ustedes cómo se pone de moda la teoría del desbordamiento. Companys ha sido desbordado por Dencàs. Besteiro ha sido desbordado por Largo Caballero y los intelectuales extremistas del socialismo. Los nacionalistas (Horn, Aguirre, Monzón) habrán sido desbordados por la Solidaridad de Obreros Vascos. Ya veremos cómo, en Asturias, Teodomiro Menéndez habrá sido desbordado también por hombres que un día u otro figurarán en las primeras páginas de los diarios.

Esta teoría es antigua. Si se dedican a la política demagógica, ¿quién podrá evitar que un demagogo más audaz siegue la hierba bajo sus pies y les desbanque? Companys ha sido desbordado por Dencàs. Y Dencàs, ¿por quién ha sido desbordado? ¿Por Badia? Y Badia, ¿por quién habrá sido desbordado? Es la cadena de los desbordamientos. Es la cadena que ha sido estudiada casi científicamente a propósito de la Revolución francesa: Necker desbordado por Sieyès; Sieyès desbordado por Mirabeau; Mirabeau desbordado por Brissot y los girondinos; Brissot desbordado por Danton; Danton desbordado por Robespierre y Marat; Robespierre desbordado por Bebeuf y los comunizantes… Después el desastre, y después del desastre la reacción que planta cara: ¡Termidor!

Ya ven ustedes, pues, que la invención de la teoría del desbordamiento no es del día 6 de octubre. Es tan vieja como la política. Los mismos estudios realizados sobre el desbordamiento considerado como ley política inexorable en relación con la Revolución francesa han sido aplicados a la historia de la Grecia antigua. Sería grotesco, pues, que, a fuer de explotar el desconocimiento absoluto de la historia de este país, los espíritus primarios que nos han desgobernado y cubierto de vergüenza durante tres años y medio pudieran decir:
–Hemos sido desbordados, ¿entiende? –Y se fueran a casa a descansar un poco, tranquilamente.

Los hombres del nacionalismo vasco son, pues, los responsables de la situación de su país. Son un partido formado por católicos. Son un partido tradicionalista y burgués. Son un partido contrario a la violencia, a la anarquía y al desorden. El hecho es que durante todo el verano funcionaron según el estilo de Esquerra de Catalunya. Con plena inconsciencia han seguido el juego a las fuerzas más subversivas del país. Nacionalistas a ultranza muchos de ellos, se convirtieron a última hora en seguidores de Prieto, Azaña y los comunistas. Es absurdo pensar y suponer que no iban a ser desbordados; lo extraño es que no lo hayan sido antes y más intensamente.

Extraigo esto del libro Tres periodistas en la revolución de Asturias,  publicado por Libros del asteroide. Los párrafos pertenecen a una crónica de Josep Pla en La Veu de Catalunya, publicada el 23 de octubre de 1934.

Qué cosas, ¿verdad?