El momento atlético de mi vida

img_2352El miércoles estuve en el Vicente Calderón viendo la semifinal de copa entre el Atlético de Madrid y el Barcelona. Sí, de verdad. Lo repetiré por si no me creen: el miércoles estuve en el Vicente Calderón viendo la semifinal de copa entre el Atlético de Madrid y el Barcelona. Y ahora voy y pongo un emoticono, 🙂 , por si prefieren creer, como mis amigos del poblachon, que alguien me ha robado el blog y, de paso, la personalidad.

Como Vds seguramente sabrán, el estadio Vicente Calderón va a ser demolido y el Atlético de Madrid se muda a La Peineta. Yo nunca había estado allí viendo un partido de fútbol y quería ir a ver al Atleti en su salsa antes de que los indios se vayan con sus cánticos al nuevo estadio. ¿Y por qué? Pues porque el Calderón forma parte de la historia de la ciudad y el fútbol es su razón de ser. Es un poco la idea del ahora o nunca, de ir a ver algo que sabes ya no será posible ver nunca más.

Con esta idea empecé a dar la lata por aquí y por allá hasta que mi querido Juanjo, un atlético puro que yo creo que intenta convertirme, estuvo pendiente hasta que salió la oportunidad perfecta y me sacó las entradas. Unas entradas estupendas, por cierto, y un detalle que no olvidaré nunca.

Así es que me transmuté en seguidora del Atleti durante unas horas, porque si vas al Calderón vas con todas las consecuencias. Eso sí, a las doce me dije “bueno, Carmen, ya vale de hacer el indio” y volví a mi estado natural ¡HalaMadrid!. Eso sí: por el camino me llevé un 1-2 en contra de mis gustos, a lo que si sumamos la eliminación del Madrid la semana pasada, me convierten seguramente en la tía más atlética que salió del Vicente Calderón el otro día. El Pupas le llaman al Atleti: lo recuerdo para que nadie se atreva a llamarme gafe.

– ¿Ayer perdisteis, hija?
– No, mamá, ayer perdió el Atleti. A nosotros nos eliminaron la semana pasada.

Pues sí, una pena el resultado, que además deja muy complicado el pase a la final. Pero el ambiente fue fantástico y hubo mucha emoción, sobre todo en la segunda parte, cuando el Atleti tocó a rebato. Un resultado incierto y un ataque a la heroica, muchos huy, muchos casi, muchos cánticos, mucho levantarse del asiento y llevarse las manos a la cabeza. Sí, mucha emoción, eso es lo bonito del fútbol y una vez metida en ambiente.

Anoté algunas cosas en mi cabeza:

– Hace tanto frío como dicen y la rasca es de aúpa. Yo creo que se mezcla el río, la M-30 y que el estadio tiene dos esquinas sin cerrar. Yo iba a tono con el frío, y creo que es la primera vez en mi vida que me pongo el anorak de esquiar en Madrid. Eso sí, no llegue a ponerme el gorro.

– Sobre el ambiente, es verdad que es fantástico.  En el primer tiempo fue muy animado, pero es que en el segundo, cuando ya perdían por 0-2, fue la caña. Muy divertido.

– Claro que animé, ¡era imposible no animar! Eso sí, no canté ni atleeeti ni el himno, aunque me sé algunos trozos. Por supuesto, ningún cántico, entre otras cosas por miedo a confundirme. Ya saben ustedes que los cánticos son los mismos en todos los estadios, debidamente adaptados. También, para decirlo todo, hubo canciones que no conocía. Y otras que eché en falta… Y ya no diré más de esto. Así es que mi animación consistió en gritar ¡Vamos, Atleti!, cuando atacaban. Así, en general, porque no distinguía muy bien a los jugadores (no como con tu equipo, que sabes quién es por cómo corre). Y me metí mucho con el árbitro, que iba con el Barça. Ah, y aplaudí, aunque con los guantes puestos creo que no contribuí demasiado al ruido.

– Aunque iba con mi sobrino, pensaba decirle a quien tuviera al otro lado que yo era madridista. Como me habían dicho que se animaba hasta la locura y yo no pensaba volverme loca no quería que me tomaran por loca. Yo me entiendo. Al final no dije nada porque ¿para qué? Eso sí, al llegar y en son de paz le di un clinex al señor de al lado para que limpiara su asiento y él, en justa contrapartida, limpió también el mío. Un caballero. Sin clinex a mano, pero un caballero. En general a mi alrededor, un público muy guasón y muy divertido.

–  El resultado final fue un asco, y me dio mucha pena que al menos no empataran. Probablemente me perdi una locura colectiva. Pero bueno, sea, el partido estuvo entretenido y yo me lo pasé en grande.

En el descanso vi a Juanjo de lejos, aunque tuvo que sacar una linterna y hacerme señas porque por sus indicaciones (“llevo un gorro rojo”) podía ser cualquiera entre 10.000 ó 15.000 espectadores de su fondo. El sí sabía dónde estaba yo, que para eso me había sacado las entradas y conoce al dedillo el club de sus amores. Anfitrión generoso, se preocupó y estuvo pendiente de que una merengona como yo pudiera ir y decir, ahora sí, que una noche fui al Calderón a ver jugar al Atleti. No me convertiré, pero tengo que decir que, si cabe, quiero un poco más ahora a ese club. Sea.

Trump a trumpicones

trump-firmandoTodo eran risas hasta que Trump ganó las elecciones. Ahora todo son sobresaltos (¿trumpicones?) y me parece que algo de histerismo también, aunque creo que buena parte de ese histerismo lo pone él solo, con su mise en scene un poco rollo pistolero del Oeste. Claro que, en vez de sacarte un Colt 45 o una Winchester, el tipo agarra un boli y, zas, firma una orden. Raca, raca, raca, estampa esa firma llena de picos, que parece un sismógrafo al pie del Krakatoa, y cuando termina te enseña el papel. Ahí queda eso. Sólo le falta hacernos un corte de mangas.

En fin, esa firma también podría ser un peine, por la cara que pone de que nos vamos a enterar de lo que vale uno. Sí, ya sé, ya sé que no hay que tomarse a broma a estos tipos, aunque todo este teatro mueve un poco a la risa y a ratos a la compasión. Yo creo que da un poco igual lo que firme: aunque disponga la cosa más sensata del mundo -todo es posible en esta vida, amigos-, el pollo se lo van a montar igual. Porque Trump sin gorileo no tiene interés, y a las televisiones se les acabaría el tema del día y tendrían que seguir hablando del frío diez minutos más en cada telediario. Quiten a Trump ese aspecto de marciano albino y esas maneras de borracho de bar de pueblo, hagan abstracción y díganme: ¿hará realmente algo que no haya intentado o hecho ya otros presidentes de Estados Unidos? Lo dudo.

Sí, las formas lo son todo en política y este hombre no parece confiar en ellas. O sí, aunque igual no ha comprendido que no se usan las mismas en el mundo del que viene que en el mundo en el que está. Alguien debería decirle que para ponerse fino hace falta algo más que hacer el gesto con la mano como si estuviera cogiendo una tacita de porcelana, mimimimí. Porque luego va, abre la boca, y bonjour le déluge. Que una cosa es combatir la langue de bois y la hipercorrección política, y otra que nos cuente sus ideas a trompicones y sin que medie un poco de anestesia.

A mí lo que realmente me preocupa de este hombre es que crea que el mundo se arregla en un par de minutos con una firma. Aunque sea una firma tan enérgica, una firma de rompe y rasga, una firma desaforada, una firma de toma geroma pastillas de goma. Una firma como a trompicones. Eso desde luego es mucho creer. Mucho. Menos mal que América es un gran país.

Las aguas volverán a su cauce. In God we trust.

 

Umbrío por la pena

Umbrío por la pena casi bruno
porque la pena tizna cuando estalla.
Donde yo no me hallo no se halla
hombre más apenado que ninguno.

Pena con pena y pena desayuno,
pena es mi paz y pena mi batalla.
Perro que ni me deja ni se calla,
siempre a su dueño fiel, pero importuno.

Cardos, penas me oponen su corona.
Cardos, penas me azuzan sus leopardos
y no me dejan bueno hueso alguno.

No podrá con la pena mi persona
circundada de penas y de cardos.
¡Cuánto penar para morirse uno!

Miguel Hernández.

 

El Cerro del Tío Pío

He estado esta mañana en el Cerro del Tío Pío, que es un parque que hay en el sudeste de Madrid, Vallecas arriba, y que lo único que tiene de feo es el nombre. Este parque está situado en una terraza en la que antiguamente se habían ido instalando los inmigrantes que llegaban a Madrid a principios de siglo (XX). Más que un barrio marginal, era un asentamiento de chabolas e infraviviendas, que en los años 70 y 80 se fue rehabilitando y que, finalmente, se convirtió en lo que es ahora: un mirador extraordinario desde el que las vistas de Madrid son asombrosas.

También se conoce este parque como el Cerro de las Siete Tetas, o el Cerro de las Tetas, sin más. Y es que el parque tiene unos montículos enormes debajo de los cuales están los restos de las antiguas chabolas. Los urbanistas, yo creo que con buen criterio, en vez de llevarse los escombros echaron arena y plantaron césped, y ahora eso se ha convertido en  unas protuberancias que parecen tetas. Bueno, que parecen tetas o que somos unos ordinarios, porque si este parque lo pones en París, entonces se llamaría le Parc des Sept Grandes Buttes, o ya puestos a evitar descripciones se hubieran inventado cualquier cursilada, y lo hubieran llamado le Parc de la Grand Vue, o le Parc de la Melancolie, o le parc de l’Amour pour la Terre, o algo así.

Creo que ya les he contado que trabajo en una undécima planta. Los cielos que veo desde mi ventana son de infarto la mayoría de los días, y en especial por las tardes. Esta semana, con el frío y la ausencia de contaminación, hemos tenido espectáculo casi todas las tardes. La muestra que les ofrezco aquí es pobre y además tiene una ventana por medio, pero creo que permite que se hagan una idea de lo que me toca penar algunas tardes:

Uno de estos días, hablando de los cielos de Madrid y de la suerte de poder verlos desde lo alto, una compañera mencionó el Cerro del Tio Pío. Me dijo que ella iba a veces con su perro y que había mucho friki con cámara por las tardes. No me digan más. Con lo que me gustan los perros a mí. ¡ Y con lo que me molan los frikis con cámara! Así es que esta mañana he montado a Curra en el coche y nos hemos ido de excursión. Según Google maps está a a un cuarto de hora en coche desde mi casa. Nosotras hemos tardado 45 minutos porque, como era previsible, nos hemos perdido. Por otra parte, el día era feote, de estos en los que el cielo no está limpio ni hay nubes, era media mañana con una luz tirando a ej, en fin, que como no lo van a quitar, yo tenía sólo el propósito de ir a ver dónde estaba, cómo se llegaba, qué se veía y qué tal iba el objetivo de la cámara. Lo que se llama una visita de prospección.

Amigos, todavía tengo la boca abierta.

Madrid a tus pies. Madrid y más allá, porque se ve Guadarrama y toda la sierra, y yo creo que con unos buenos prismáticos se ve hasta el Monasterio de Montserrat. Madrid grandioso, Madrid precioso, Madrid über alles. Un espectáculo. Les dejo unas fotos que no valen nada, pero habrá más visitas: sólo hay que esperar a que el cielo nos sea propicio.

Lo que me parece curioso es que se trata de un lugar desconocido para la mayoría de los madrileños, no digamos para la turistada. Quizá sea mejor así. Pero entre ustedes y yo, si pasan cerca y no lo conocen, dense un garbeo por allí, que me lo agradecerán.

La historia del parque, aquí.

 

La abaya que se la ponga tu padre

63Esto fue lo que debió de pensar María Luisa Poncela, Secretaria de Estado de Comercio, en el viaje oficial al que ha ido junto con el Rey y un grupo numeroso de empresarios españoles a Arabia Saudi.

– Ese trapo negro que se lo ponga tu padre.

Y qué quieren, a mí me parece estupendo. Porque a nadie le ha extrañado que tanto el Rey como el resto de la delegación llevara traje y corbata. Y si a todos nos parece normal que ellos no vistan camisón como sus anfitriones, también lo es que Doña María Luisa se ponga falduqui, que para eso va a un encuentro de trabajo. Muy bien, señora. Y muy saludable que haya elegido usted una falda cortita, para que así nadie pueda albergar ninguna duda acerca del atuendo que usted NO ha querido llevar. Y es que para echarle huevos no es necesario vestir un terno oscuro.

Habrá que seguir a esta señora que, para los usos y costumbres del mundo libre, iba estupendamente vestida. Quizá, en un futuro viaje a Nueva York, le dé por ponerse una falda larga y tal vez un bonito pañuelo de seda en la cabeza a lo Grace Kelly. Porque para eso ella es una mujer libre que vive en un país libre y que se viste como le sale de los tacones. Y de los tacones le salió echar esa falda a la maleta. Bien joué, querida: este es el camino.

Ha habido precedentes, pocos, y todos merecen igualmente mi aplauso.Habrá quien dirá que donde fueres haz lo que vieres, pero no, amigos, no. Una cosa es cubrirse la cabeza para entrar en una mezquita y otra muy diferente tener que respetar un atuendo que nos cosifica y que representa una cultura que maltrata a la mujer, simplemente porque les sale de la chilaba a unos monstruos atávicos. Y ni siquiera me vale el recurso a la cortesía: no puede haber cortesía con esos retrógrados.

Yo creo que con ese gesto la Secretaria de Estado de Comercio ha contribuido de manera práctica, gráfica y eficaz a la causa de todas las pobres mujeres que viven en esa especie de gulag de género que son los países árabes. Bravo, Maria Luisa, y muchas gracias: tú sí me representas.

 

Afiliados, esa rareza

El sábado leí una noticia que me resultó muy curiosa. Resulta que Hacienda ha contado los españoles que se deducen en el IRPF la cuota de afiliado a un partido político y por lo visto sólo ha encontrado 95.000 personas. Al principio pensé que le faltaba un cero a la cifra, pero no, no: son exactamente 95.186 personas que lo declararon en 2014.

La cifra no es grande ni pequeña, la cifra es la que es. Lo que pasa es que hay que compararla con los datos de afiliación que vienen pregonando para sacar cuánto más pecho, mejor: 860.000 el PP, casi 200.000 el PSOE, 25.000 ciudadanos y Podemos no da cifras, total para qué, si ellos representan a la gente™. Del resto de partidos no se dice ni una palabra, y es normal: bastante tienen ya con lo suyo.

La distancia es enorme, desde luego, y yo no sé cuál puede ser la explicación de tanta diferencia. ¿Será que los partidos se inventan los datos de afiliación? La verdad es que  no me cabe en la cabeza que los partidos pretendan engañarnos, qué idea tan disparatada. Otra posible explicación es que los afiliados renuncien a declarar la cuota. Esto no es nada chocante si se tiene en cuenta que la han abonado previamente y, francamente, no sé para cuál de las dos cosas se necesita estar más zumbado.

Otro asunto es la concentración de declarantes. Lógicamente, la mayoría están en Cataluña, Madrid, Valencia y Andalucía, las regiones más pobladas. Pero fíjense: en Castilla León declaran estar afiliados y pagar 6.244 contribuyentes. O sea, que para encontrar a alguno, con lo grande que es aquello, ya hay que buscar. Y al contrario: que vivas tú en Castilla y León y te toque un afiliado de estos como vecino tiene que ser el colmo de la mala suerte, imagínense. Tú llegas al bar del pueblo y te toca un pepero o un sociata al lado con un chato de vino en la mano, dándote la turra y contándote los últimos tiquismiquis del partido. Qué horror.

Supongo que Hacienda tendrá este dato desde hace mucho más, aunque es ahora cuando suelta la perla. Quizá tiene que ver que ha establecido la norma de que los partidos declaren para el ejercicio de 2015 cuánto reciben de cuotas, contribuciones y donativos exactamente. Será interesante ver qué cuentan ahora, aunque lo más probable es que les importe una higa saberlo e incluso comunicar una cifra exacta. Porque al final los partidos tienen tantos afiliados como contribuyentes, porque se financian con nuestros impuestos. O sea, que en realidad nos deberían de dar un carnet a todos al entregar el impreso del IRPF en el banco.

– Aquí tiene, señora, su copia y un mechero de cada partido, que le sale a devolver.

La pregunta de fondo, a la que no podrá contestar Hacienda y no querrán contestar los partidos es la que se interesa por las motivaciones de esas 95.000 personas que pagan a un partido pudiendo no pagarlo y contar igual. ¿O no cuentan igual? ¿Cuál es la ventaja, de haberla? ¿Qué obtienen en concreto? Cada día que pasa somos un país más estrafalario, aunque la pregunta tiene su miga. Más que nada la de saber si  95.000 personas son muy pocas o, por el contrario, son muchísimas.

En fin, amigo, si no fuma, pida un abanico con la próxima declaración.

 

Patria, de Fernando Aranburu

patria-de-fernando-aramburuDentro de 50 ó 60 años, cuando los hijos de nuestros nietos lean la última página de esta novela y cierren el libro, con seguridad dirán lo mismo que yo: qué maravilla acabo de leer. Y también con seguridad no olvidarán la extraordinaria galería de personajes y la conmovedora historia que contiene, narrada con una estructura temporal y una inteligencia en las voces que engancha desde la primera página y que no te deja soltar el libro más que para emocionarte, para dejarte pensativa, y ya al final, para tragar el nudo que deja en la garganta.

Es la novela del año, y con razón. La primera referencia que tuve fue la entrevista que Alsina le hizo al autor cuando se publicó. ¿Un libro sobre víctimas del terrorismo? ¿Sobre la historia reciente del País Vasco? ¿Sobre el «conficto»? Ni en broma me leo yo eso, pensé. Hasta que personas de las que me fío me lo empezaron a recomendar. Venciendo la pereza lo pedí en papel y me encontré con un libraco de más de 600 páginas. Tengo por ahí escrito que pocos libros justifican más de 500 páginas. Pocos, sí, pero este es uno de ellos, sin ninguna duda.

Patria cuenta la tragedia del terrorismo etarra vivida por dos familias vascas en un pueblo cercano a San Sebastian. Dos matrimonios amigos desde la infancia que se encuentran, casi de la noche a la mañana, separadas por esa línea gruesa que distingue a las víctimas de los verdugos y a los traidores de los patriotas. Vascos de pura cepa, euskaldunes, vascos de los de «esto no va contra mí» que de pronto se encuentran con que sí, con que esto sí va contra ellos porque va contra todos, incluso contra los que aprietan el gatillo. Patria es la historia de cómo esa línea gruesa se va poco a poco desgastando, con el tiempo y también con la erosión que provoca tanto dolor y tanta amargura junta, ambas inútiles.

Aramburu escoge personajes verosímiles, creíbles, para contar una historia veraz y que desborda autenticidad. Personajes bien marcados son los nueve principales que sufren la tragedia, aunque también dibuja muy finamente a los secundarios: el dueño de la taberna («el nunca protagonista, el jamás detenido, y eso que era el amo del cotarro»); el cura, personaje vomitivo, con el que Aramburu logra que hasta huela mal el libro cuando lo hace aparecer; los vecinos y los que rodean a las familias, algunos sacando arena del hoyo, y otros enterrándolos más en él. Todos son personajes memorables e imprescindibles para que se entienda la complejidad del asunto: la devastación que provoca una bien manejada mezcla de ignorancia, cobardía y sentimientos al servicio de una patria impostada.

Patria es ficción, no fantasía; Patria es literatura (de muy alta calidad), no es ensayo. Y precisamente esto es lo que permite al autor establecer un relato nuevo interesantísimo  que aporta verdad a una tragedia que por lo general se alimenta con propaganda. En el libro no se habla de «claves políticas» ni de «discursos políticos», de toda esa propaganda averiada. Aramburu no nos cuenta una de buenos y malos, o en todo caso, no deja aparecer a los culpables de la tragedia, aunque todos sepamos señalarlos bien cuando acaba la novela. El autor, valiéndose de una prosa sencilla, seca, natural y convincente, da voz a los personajes, los deja hablar, y pone a cada uno en su sitio. Y también, sí, con la historia de estas dos familias da la luz y enfoca el cuadro para que entendamos lo que ha sucedido en el País Vasco en estos últimos 30 años. Algo que podría suceder en otro lugar y en otro tiempo, pero que nos ha pasado aquí y en esta época. Es así.

Pero, sobre todo y ante todo, Patria es una grandísima novela que trascenderá fronteras y generaciones. Léanla si no lo han hecho todavía. No se la pierdan, es una orden.

Pepita Jiménez, de Juan de Valera

pepita-jimenezTerminamos un año más del languideciente Club de lectura con el disfrute de un libro maravilloso propuesto por Paula. No sé si al año que viene seguiremos con el club o ya nos daremos por vencidos, aunque el año no ha estado nada mal. Dickens, Maquiavelo, Jonathan Swift, John Williams y ahora Juan Valera hace pensar que hemos ido a lo seguro, sólo poniendo dos condiciones: que el autor estuviera muerto y por lo tanto que su obra haya pasado la criba del tiempo; y que los libros no fueran demasiado largos, por si acaso se nos hacía bola. Este por si acaso es muy importante en este club, no crean. No me olvido del libro que eligió la madre de Paula y anfitriona de una estupenda comida las pasadas navidades, que propuso un extraño libro, La gran migración, de Hans Enzensberger, que luego resultó la mar de interesante. Y coronamos el año para mi gusto con el mejor de todos, un libro de los que ya no se escriben.

Se le nota a Juan Valera la pluma de poeta. Y también la buena mano para escribir cartas. En Pepita Jiménez, un narrador nos cuenta que el señor dean de la catedral de … murió y  dejó entre sus papeles un legajo compuesto de unas cartas y una parte narrada (los paralipómenos), y que en conjunto parece una novela, aunque con poco o ningún enredo. Así es que nuestro narrador se decide a publicarlas, aunque cambiando nombres y lugares, porque le parece una historia que tiene interés.

La historia es la de Luis de Vargas, un seminarista de veintidós años que, antes de tomar los votos, va a pasar con su padre una temporada al pueblo del que salió de niño y del que ahora el padre es cacique. Y allí conoce a Pepita Jiménez, una guapa mujer de veinte años, de origen pobre que ha estado casada con un octogenario que le dejó una fortuna al morir. El padre, viudo y todavía de buen ver, pretende a Pepita, aunque esto no es lo que tiene interés. Lo que tiene interés es que, y esto se ve venir desde casi las primeras páginas, Luis de Vargas se enamora de Pepita. ¿Pero él no iba a tomar los votos y a hacerse cura, o monje cartujo o se iba a ir a catequizar a los negritos de Monicongo? Pues sí, y ahí está la cosa.

El libro es un folletín, un relato de amores decimonónicos, una historia romántica con desmayos, duelos, requiebros y sofocones de amor total de esos que no te dejan comer ni dormir. Una historia bien bonita, escrita con una prosa musical que da gusto leer. Un libro encantador que merece su lugar de honor entre las obras clave de la literatura española.

El lenguaje es muy poético aunque no es sofisticado, pero he anotado algunas palabras bien chulas de las de mirar en el diccionario a ver qué significaban. Aquí os dejo algunas: Eutrapelia, candiotera, binar los majuelos, timbirimba, chalanes, jamugas, inficionar, coracha, disciplinazos, ternes, túrdigas, zahareña, pateta, mengue, pelgar, corambre, zanguango, empecatada, supiripandos (que no viene en el diccionario, aunque creo que es una variación ingeniosa de suripanta), sin decir oxte ni moxte, zarandillo, enjalbiego, plectro, hacerse de pencas, cendales, daifa, amostazaba, recoveros, alifafes, estezado, epitalamio, gajorros. También (lo juro) he encontrado un “remonísima” que me resultó de lo más chocante. Y por último, os dejo una frase de la criada de Pepita Jiménez referida al seminarista que no tiene desperdicio:

“¡Anda, fullero de amor, indinote; maldecido seas; malos chuqueles te tagelen el dupro, que has puesto enferma a la niña, y con tus retrecherías la estás matando!”

Una maravilla de libro, de los que ya no se escriben. Leedlo, que no os arrepentiréis.

Como en otras ocasiones, tenéis otras opiniones sobre el libro en La mesa cero del Blasco, La originalidad perdida, en Lo que lea la rubia y en la propia página del Club, donde está la opinión de Juanjo. A ver cómo seguimos al año que viene, y si sigue la buena racha. Esperémoslo.

Entre el cielo y el suelo

Entre el cielo y el suelo hay algo…, cantaba Mecano. En el caso de Madrid, entre el cielo y el suelo está Manuela Carmena.

Cuando llegó al ayuntamiento, yo me reía y bromeaba: «¿Qué más nos puede pasar a los madrileños después de tres años con la Botella de alcaldesa?» Me equivoqué: podían pasarnos muchísimas más cosas. Ya lo creo.

Anita Botella dejó un Madrid con los impuestos por las nubes y la basura campando por los suelos. Una perfecta desgracia, cuyos desmanes parecían imposibles de superar, tanto para arreglarlos como para empeorarlos. Pero nada es imposible en este Madrid de mis amores: Manuela Carmena y sus pandilla de concejales pijos, unos niñatos que se dedican a jugar en el ayuntamiento (¡qué chupi todo!) siguen teniendo Madrid hecho una mierda, y tasas o impuestos que no mantienen es para subirlos. E igual que hacía la derecha pepera, la izquierda premoderna nos echa la culpa a los madrileños, por ensuciar. Así que ya sabemos que, si de lavar se trata, nuestros políticos municipales lo único que harán a conciencia es lavarse ellos mismos las manos.

Limpiar no toca, y ordenar el tráfico tampoco. Mejor desordenarlo, que como decía Radio Futura, en el caos no hay error. Y así, sales de casa sin saber por dónde puedes circular, ni a qué velocidad, si te dejarán o no aparcar, si el corte de tráfico es para celebrar bicicletas, niños o machirulos, si esta o aquella calle la cerrarán, si esa valla es para que no pases tú o para que no pase un autobús, o quizá es una que se dejó algún operario confundido, si esos conos sirven para una obra, para un control o porque no saben dónde colocarlos. Todo es confusión en la jinkana en la que se ha convertido Madrid.

Ahora miran al cielo, consultan unos chirimbolos en los que se ha puesto un límite arbitrario, y decretan unas medidas de trazo grueso que no sirven para bajar los humos, ni siquiera los de la tropilla feliz del ayuntamiento. Como Salomón, han decidido partir el parque automovilístico en dos: hoy que circulen los impares, que los pares ya los ponen los concejales. Que otra cosa no, pero huevos no les faltan.

Digo yo que si hay tanta contaminación y es tan peligrosa, lo que deberían prohibir es caminar, montar en bici y correr. Nada de abrir ventanas, y si hay que salir a la calle y no se dispone de una escafandra ¿qué mejor que refugiarse dentro de un coche? Eso sí, todo esto sólo vale dentro de los límites de la M-30. Cruza usted el puente de Ventas y no sólo se acabó el peligro, sino también la facultad de contaminar.

Probablemente los que viven fuera de Madrid (fuera, fuera, en otra provincia, no en la calle Arturo Soria, por poner un ejemplo), pensarán que esta es la ciudad del Apocalipsis. Y hombre, tanto no: de los cuatro jinetes, sólo llevamos dos ejerciendo de alcaldesas. Incluso yo diría que esta cruz que nos ha caído es un poco como acoger unos Juegos Olímpicos. No nos los concedieron, pero a cambio tenemos un Ayuntamiento que celebra una versión de Olimpiadas de la pandilla basura.

A mí no me han contado cómo era y cómo estaba Madrid hace cinco o seis años. Pero si quieren, se lo puedo contar yo. Vivo en una de las ciudades más bonitas del mundo, simpática, castiza, tolerante, animada, con un cielo azul maravilloso, con un tiempo extremo, pero que deja pasear durante 10 meses y que me encanta. Una ciudad extraordinaria sí. Y también una ciudad con muy mala suerte con los alcaldes, en especial con aquellos que no elegimos.

En fin, también estos pasarán. Confiemos sólo en que dejen algún matojo con vida, aunque esté contaminado.

 

El soplador de hojas

Claro que los han visto por la calle. Van armados de un cacharro que hace un ruido infernal y del que sale un tubo con el que soplan las hojas caídas. No quitan todas, ni mucho menos. Digamos que quitan «lo gordo». Luego las dejan amontonadas en un apartado y tú te esperas que después alguien se las lleve, pero no. Entonces por la noche llega otro soplador de hojas, tan natural como el viento, que vuelve a desparramarlas. Cuando por fin toca que vengan a recogerlas, vienen unos tipos con un carrito minúsculo pensado para el recogido diario. Así es que como mucho se llevan  «lo gordo», que es una cosa gordísima, con lo cual lo que dejan es también gordísimo. Total, que la calle está hecha una mierda.

Lo bueno que tiene el otoño y que caigan las hojas en Madrid es que tapan la suciedad, que se ve menos. Ahora, que las hojas se ven muchísimo. De hecho, es imposible no verlas. No verlas, no pisarlas, y no venir a casa con ellas en el zapato. Así que tenemos hojas en la calzada, en las aceras, y ahora también en los portales, en los pasillos y en los cuartos de baño. He mirado en Amazon y resulta que te puedes comprar un soplador por menos de 50 euros. Estoy pensando en encargar uno, no crean, que Curra y yo subimos de nuestro paseo que parecemos ents de Tolkien, y dejamos el recibidor que parece una calle de Carmena.

Menos en los árboles, hay hojas por todas partes. Hojas de todos los colores y tamaños. Bueno, para decir toda la verdad, en los árboles también quedan algunas hojas todavía, probablemente porque ya no tienen hueco para tirarse con el protagonismo que el otoño requiere. Se me ocurre que los sopladores de hojas, en vez de orientar ese artefacto infernal hacia el suelo, acabarían antes enchufándolo contra las ramas de los árboles. Como decía mi abuela, «para tan poca salud, lo mejor es morirse», y este dicho es aplicable a la caída de las hojas casi tanto como a los propios árboles, que en Madrid se caen cada vez con más frecuencia. Supongo que el sentimiento de culpa también les afectará: ¿a quién se le ocurre crecer de un brote caducifolio? Cuánta irresponsabilidad.

El pasado martes pensaba salir a hacer fotos por Madrid, aunque después no pude hacerlo. Desde luego, el paisaje es hiperotoñal -asevero- aunque, con lo que llueve, el patinaje artístico que se traen los madrileños por las aceras es más propio del invierno helado. Pero bueno, si encuadras con inteligencia lo mismo hasta puedes tirar un carrete bonito. A favor del fotógrafo está la luz de Madrid en esta época, que es una de las pocas cosas que ni la Botella ni los nuevos pelagatos del ayuntamiento han conseguido cargarse. Hay que aprovecharlo, amigos, porque esto no tiene pinta de ir a mejorar, y me da que en unos años todos los madrileños estaremos ocultos bajo las hojas. Los sopladores estarán enterrados en ellas, y cuando activen sus artefactos malditos, harán revolotear las hojas sobre nuestras cabezas hasta que se haga la más completa oscuridad.

El empedrado, responsable de la suciedad que campa en Madrid y que todavía no ha pedido perdón a todos los madrileños, está escondido debajo de un manto de hojas. Le está bien empleado ¡por cobarde!