Libros febrero y casi marzo

No, en febrero no hubo post de libros, ya les dije que no apostaran. Pero casi todo en la vida tiene remedio, así es que aquí estoy, con el recopilatorio. Me digo que tal vez sería mejor hacer un post por cada cuatro libros y así no quedaría tan largo, pero mientras me lo pienso, pondré el contador a cero.

Empecé febrero con La rubia de ojos negros, de Benjamin Black, que me encantó. Benjamin Black es John Banville, pero en divertido y ligero. No diré en interesante, porque Banville siempre lo es. La novela negra o policiaca no es el santo de mi devoción, siempre lo digo, aunque estoy empezando a pensar que es una pose. Y más allá de esto, amigos, lo que importa no es el género de la novela, sino la pericia del escritor. En esta novela, Black retoma a Chandler, o lo imita, o le rinde homenaje, y escribe una novela con Philipe Marlowe de protagonista, mujeres fatales, gánsteres de todo pelaje y una trama suficientemente enrevesada como para que el final no sea precisamente lo mejor del libro. Aparecen personajes de El largo adiós y alguno de El sueño eterno, todos fuman y beben whisky y gimlet, y el lector vuelve a instalarse en los bajos fondos y los barrios lujosos de Los Angeles como si se lo estuviera contanto el propio Chandler, con su ironía, sus frases lapidarias y sus diálogos frescos y llenos de naturalidad. Banville dice que ha matizado a Marlowe, y es posible. Hoy en día los tipos duros así no son creíbles, o sí, pero entonces les faltaría ese punto de amargura, de ensoñación y de integridad que hacen de Marlowe un detective del que te tienes que enamorar. Yo recomiendo y mucho esta novela, porque recomiendo y mucho a Chandler, a Banville y a Black.

Leí también Maus, de Art Spiegelman, un comic que me interesaba leer y que había olvidado hasta que me lo recordaron hace un par de meses en La Cultureta y encargué a mi librera una bonita edición. Para mí el cómic es Asterix y Tintin, con que calculen de dónde vengo. No soy nada aficionada a ellos, y ya no digamos que sea capaz de distinguir si los dibujos son más o menos artísticos. Sé que no es así, sé que los comics tienen una vertiente de culto que no comparto, quizá porque en mi mentalidad el cómic son historietas para reírse un rato, y no los considero exactamente como literatura (tampoco creo que el rap sea música, por ejemplo, o que un patinete sea un medio de transporte). Para mí el comic es un librito fino, tamaño A4, que te lo lees en un sillón tomando una rebanada de pan con mantequilla.

Pero es verdad que Maus no tiene nada que ver. En este libro se cuenta la historia del padre del autor en los campos de exterminio y la persecución de los judíos polacos. Se trata de un tema de sobra conocido, pero no por eso deja de poner los pelos de punta. En el drama, los judíos son ratones, los alemanes gatos y los polacos cerdos, la gráfica es blanco y negro y todo en este libro es oscuro, aunque me parezca a mí que el tono es amable –dentro de un orden, porque decir Holocausto y amabilidad es un oximoron. Art Spiegelman va y viene del pasado a través de lo que su padre, un hombre mayor y maniático, le va contando. Es la historia triste de tantos judíos, de tantas familias, contada por el propio dibujante, que aparece en el libro como un personaje más. Muy recomendable.

Leí Las praderas del cielo, de John Steinbeck, pero ya les hablaré de este libro en mayo, y  también leí El coronel Chabert, de Balzac en un viaje a Lisboa, un libro muy citado y una historia muy conocida: un hombre es dado por muerto en el campo de batalla y al cabo de los años reaparece para reclamar su vida anterior. Le hubiera dado lo mismo morir porque, cuando se reencuentra con lo que era su vida anterior, comprende que la ha perdido, y que si la quiere recuperar, entonces tendrá que traicionar todo aquello que fue, con lo que no recuperará su vida tampoco. Tiene una prosa un poco apolillada y una cierta profusión de personajes insoportables y escenas un poco soporíferas al principio, pero si se superan las diez primeras páginas, uno entra en la historia y no la puede ya dejar, entre el desasosiego y la indignación. Un libro muy recomendable.

Justo después de las 1000 páginas de La pequeña Dorrit, de Dickens, del que les hablé aquí, leí Kazán, perro lobo, de James Curwood, que es un libro catalogado como literatura juvenil y no estoy yo muy segura de que sea tal, aunque me parecería estupendo que los adolescentes leyeran estas cosas. Un libro perdido que encontró mi tia en una edición de 2007 por casualidad y que yo me leí en memoria de mi padre, después de que me tía me tuviera que jurar varias veces que el perro protagonista no moría. Se trata de las aventuras de un perro de trineo, medio lobo medio huskie, maltratado por los hombres y abocado a llevar una vida salvaje en los bosques del norte, cosa que tampoco le cuesta mucho porque como digo es medio lobo. Las pasa canutas, el perro, pero su peripecia nos habla de nobleza, de entrega, de lealtad y sacrificio, aunque se trate de animales, y el libro también nos enseña a respetar la Naturaleza, sin ecologismos pazguatos.

No había leído yo nada de Lorenzo Silva y me compré Tantos lobos, que son cuatro historias cortas con los guardias civiles Bevilacqua y Chamorro de protagonistas. Cuatro historias tristes, con mal principio y peor final, como son todas aquellas que comienzan con un asesinato y acaban con la maldad destripada y expuesta entre las páginas. Historias magníficamente contadas, que da gusto leer y que me llevan a un reproche: ¿por qué no había leído yo a este hombre? No será lo último que leeré de él, esto es seguro. ¿Ven como el género es lo de menos?

Y ya que estoy hablando de novelas de intriga, mencionaré un libro también leído en este mes y que se llama La casa del arroyo, escrito por una conocida mía del trabajo, Conchi Aragón, que tiene escritos otros tres libros más. Me dije que debía leer alguno, por aquello de poder opinar, y eso hice. En cuanto a la opinión, la dejo para otro momento, que esto se va haciendo largo.

En un fin de semana leí también Sin destino, de Imre Kertèsz. Tenía una tertulia sobre este libro y lo cogí con el ánimo de hacer una relectura rápida, porque (si las fechas con las que marco los libros no mienten), lo había leído en 2011. Pero no releí, sino que lo leí de nuevo, entero, sin saltarme una coma, disfrutando de un libro que cuenta el horror de la persecución y genocidio judío con belleza, con calma y con reflexión, y del que se obtiene que al final, la vida no es un accidente, la vida se construye paso a paso, y que uno no se encuentra de pronto con las circunstancias, sino que esas circunstancias vienen con orden, se forman a partir de decisiones secuenciales, sin casualidad posible, sin que haya ningún error que lamentar.

Creo que me paro aquí. Dejaré para mediados de abril lo que haya dado de sí lo que me traigo entre manos y lo que será en Semana Santa. O no.

La maldad

Si una vez nos saltamos las reglas con éxito, ya no vemos muy dañino volver a saltárnoslas, aunque no parezca imprescindible. Simplemente es el camino más eficaz y más corto, del que no hay que dar explicaciones ni rendir cuentas a nadie. Es lo que se suele decir de los asesinos: una vez que han dado el primer paso, una vez que han inyectado el veneno o asestado el primer tajo y descubren que se sigue viviendo con ese peso en la conciencia o que cada día éste es más llevadero; que de hecho no es tan difícil hacerlo y que uno logra medio olvidarse de la vida quitada porque en efecto se está mejor sin ese estorbo, ese obstáculo o esa amenaza, o sencillamente sin esa presencia; que se respira mejor sin esa otra vida en el mundo y se comprueba que eso ayuda a conducir más ligeramente la propia; una vez que todo eso ha pasado, que se ha cruzado la raya y se han experimentado las consecuencias que resultan no ser tan gravosas, entonces el asesino tiene menos inconveniente en reincidir y en cometer un segundo y un tercero y hasta un cuarto asesinato. Es casi un lugar común pensar eso, pero tendrá bastante de verdad, como todos ellos.

Javier Marías, Berta Isla.

La maldad existe. No es un concepto abstracto o teórico, sino que las consecuencias que derivan de la maldad son materiales, son muy concretas. Y la maldad está en la cabeza del malvado, no en el sexo del asesino, no en sus circunstancias, no en su educación o en su origen o nacionalidad. La maldad está en las cabezas y en el cálculo que hacen esas cabezas, otras veces en sus instintos y las más en su locura. Dos personas con el mismo recorrido vital y las mismas oportunidades de cometer una atrocidad y sólo una matará a un niño de ocho años.

La maldad se puede investigar para esclarecerla, la maldad se puede describir y se puede estudiar, se puede imaginar, se puede contabilizar, narrar y lamentar. A veces se puede esquivar si se presiente. En realidad, la maldad no se puede evitar del todo hasta que se muestra. Pero una vez que se muestra, nuestra obligación como sociedad es combatirla y tratar de impedir que se vuelva a producir.

Yo estoy en contra de la prisión perpetua revisable, pero sólo porque es revisable. Ya lo expliqué en este post [CLICK], así que no les entretengo más.

Descanse en paz ese pobre niño.

 

Una hemorragia de satisfacción

“Es una hemorragia de satisfacción”, me dijo con una sonrisa de oreja a oreja.

Estas expresiones tan peculiares me dejan parada. Podrían dejarme pensativa, pero entonces me daría por pensar. Y yo, cuando me quedo parada, me paro hasta de pensar.

Pero luego me rehago, no se preocupen.

En la función informativa de los grupos sintácticos está el tema, que es lo conocido y que normalmente va al principio, y el rema, que es la novedad o aquello de lo que se informa, y que suele ir al final de la oración. Así es que aquí se nos informa de la satisfacción, no de la hemorragia, porque en este segundo caso, en vez de “es una hemorragia de satisfacción”, tendría que haberme dicho “es una satisfacción de hemorragia”, y entonces yo me hubiera encontrado bañada en sangre delante de un médico perturbado o de un drácula aficionado, y no tomándome un café con un optimista radical y de semántica pintoresca.

Supongo que el inconsciente, que es un subconsciente sin traumas, habrá querido escoger, de entre todos los sufijos, el de rragia, que indica romper y brotar para expresar lo que Marisol hubiera resumido cantando lo del corazón contento. Pero la raíz le ha llevado a una expresión de lo más gore que para colmo tiene un mal combatir. Porque, a ver, ¿cómo parar una hemorragia de satisfacción si no es con un torniquete de desencanto?

 

La pequeña Dorrit, de Charles Dickens

La pequeña DorritPrimero de marzo, fecha marcada para hablar del libro del Club que este año, por segunda vez en su accidentada vida, se va a limitar a cinco libros para cubrir la temporada. Para 2018 no hemos puesto normas, yo creo que se nos olvidó. Se podría pensar que nos valían las del año pasado, pero no, claramente no.

Arrancamos con Dickens, héroe literario de algunos miembros del club y autor muertísimo, pero que no morirá nunca gracias a su maravillosa obra. El segundo requisito, que no hemos cumplido mucho, era que el libro no fuera muy largo. Bah, habrá pensado ND al elegir el libro, si quieres Dickens, te pones a leer o no te pones. Y aquí estamos: casi 1.000 páginas que el autor dio a leer a sus lectores en cómodas entregas durante un año y medio. Y en esto reside, me parece, que el interés de la trama no decaiga. Mal comparado, leerte este tocho en diez días es como ver cinco temporadas de una serie en dos tardes. Mal comparado. Y pensar que el año pasado no me dejaron poner Germinal como libro de lectura porque era largo… (abro paréntesis para recomendarles que, si no lo han hecho todavía, corran a leer Germinal de manera inmediata: es maravilloso).

La novela se estructura en dos libros (Pobreza y Riqueza) y si no vas avisado –como era mi caso–, cuando llegas al final del primero te preguntas ¿pero cómo va a seguir, cómo va a rellenar otras 500 páginas, si esto se ha acabado? Pues, amigos, las rellena y además con coherencia, con interés y sin que deje de ser la misma historia. Claro que podría haber rellenado otras 5.000 páginas más, porque, como en las series, va abriendo tramas, pero sin perder el hilo, de tal forma que cuando acaba no queda ni medio cabo suelto. Y además, ¡es Dickens!, un genio. Un genio que escribía, por cierto, sin procesador de textos, ni siquiera máquina de escribir. No soy capaz de imaginar lo que a este hombre le hubiera cundido una Olivetti.

En fin, la historia la pueden encontrar en cualquier resumen y será mejor de lo que yo pueda escribir de forma apresurada. Y de todos modos, me interesa hablar de otras cosas. Me interesa destacar lo que Dickens le da a la literatura, lo que es tan difícil de encontrar cuando no estás delante de un clásico de esta envergadura: esas ambientaciones perfectas que consigue con solo dos párrafos, que no son una descripción exhaustiva e inane de una calle, una cárcel, un salón, un puerto, sino que te mete en el tiempo, el lugar, la temperatura, y hasta el olor del escenario; esos destellos de humor maravilloso que provocan la carcajada o de ironías deliciosas traídas con tanta elegancia; esos personajes bondadosos o malvados, temerosos o audaces, envidiosos o nobles, orgullosos o serviles, poderosos o débiles; también esos otros personajes muy caricaturescos, que le dan sal al relato, o al menos evitan el exceso de azucar; esos diálogos limpios de gestualidad absurda de la que tanto abusan los malos autores; ese estilo, esa sencillez tan completa y tan difícil que deja beberse el texto.

Y esa mirada. Porque el libro es un folletín, pero ahí tenemos el negociado de los circunloquios, que es un vuelva usted mañana planificado, el paradigma de la incompetencia de gobiernos ineficaces y vampíricos; ahí tenemos la alta y la baja sociedad, micromundos simétricos y encorsetados de los que no se puede salir aunque se abran las puertas; ahí tenemos al Madoff del siglo XIX, rodeado de pichones avariciosos del siglo XIX; ahí tenemos al estafador disfrazado de benefactor y al recaudador que se rebela ante la injusticia que tan bien conoce; y ahí tenemos la sociedad inglesa de un tiempo que no creo que le gustara al autor, pero de la que sabía entresacar una historia en la que la integridad y el deber siempre se sobreponen a las calamidades que trae la vida, y en la que los buenos siempre avanzarán bajo el sol y la sombra.

La pequeña Dorrit es un libro magnífico, así es que léanlo si no lo han hecho aun, es una orden. Aunque, como siempre, pueden encontrar otras opiniones del libro leyendo a mis compañeros del club en  La mesa cero del Blasco, La originalidad perdida, en Lo Lo que lea la rubia y en la propia página del Club, donde está la opinión de Juanjo. El primero de mayo volvemos, esta vez con Steinbeck.

 

Una letra para el himno

Yo creo que, antes de intentar ponernos de acuerdo sobre la letra del himno, deberíamos acordar para qué queremos la letra, porque así no vamos a llegar a ninguna parte. Si, desde Zapatero, el concepto de nación es discutible, no digamos el de patria. Hoy oía decir a uno de esos mendrugos demagogos que patriotismo es tener una sanidad de calidad, así que supongo que él y su grupete de tuiteros sólo aceptarían una letra que empezara más o menos así: Mi Estado/un sitio cojonudo/aunque enfermo estás/¡Viva la sanidad!, y estrofas de ese pelo.

Es imposible que los españoles nos pongamos de acuerdo en una letra para el himno. Y menos hoy en día: sería imposible con tanta corrección política. Por supuesto, nada de nombrar a Dios, nada de armas ni episodios militares, aunque hayan sido gloriosos, porque algún muerto habrá habido. Nada de sol, que en el norte se sentirán ninguneados. Nada de montañas, que en La Mancha se ofenderán. Nada de ríos, pues menudos son los murcianos cuando les nombran el agua. Nada del mar, porque tenemos que meter como sea Mediterráneo, Atlántico y Cantábrico, aparte de que la meseta es mucha meseta. Nada de amarillos y rojos, porque también hay verdes, azules y hasta morados. Ni mencionar las comidas, o cualquier costumbre, que lo típico va por barrios. Nada de Europa, que para qué. Nada de antepasados, que entonces hay que meter a las antepasadas. Nada de niños, no sea que los condicionemos. Y eso sin pensar que habría que tratar de que rimara en varias lenguas, y con el eusquera entre ellas no queda más que rendirse.

Por eso creo que lo mejor es decidir antes para qué queremos una letra. En realidad, podemos estar de acuerdo en que sólo la echamos de menos en los acontecimientos deportivos. Y para eso, valdría esta propuesta perfectamente:

Canto esto
que no se ofenda nadie
que esta letra es
sólo para animar

Canta fuerte
que si cantamos algo
el contrario va
y se acojona más.

Vamos, muchachos,
ganad esto ya.
Lo de la prima es
sólo un motivo más.

Piensa en la gente,
los niños, y tal.
Al rival que le den,
no le debemos .

Por supuesto, en vez de muchachos se puede decir muchachas, y si estamos en individuales, pues le damos el tratamiento de vuecencia al deportista, que llegar en solitario tiene mérito de sobra para eso y para más. Y si no es un partido, sino otro tipo de competición, pues lo cambiamos por carrera, o por prueba, y ya está. Creo que tiene todo para ser un éxito: un principio que explica, una continuación recia y con palabrota, una tercera parte muy convincente, y un final emotivo, con frase entre chuleta y cañí incorporada para que no se nos olvide de dónde venimos.

Ni a dónde vamos.

 

Dramatismos

Bonjour, Carmen. Est-ce que tu as un support de présentation du projet, par hasard? Je manque cruellement d’informations.

Recibir este correo muy de mañana te deja pensativa para lo que queda del día. ¿Tienes un soporte de presentación del proyecto, por casualidad? Me falta cruelmente información. Yo no lo hubiera dicho así en castellano, desde luego. Bueno, y ni en francés o en polaco si lo supiera hablar. Pero los franceses, ya se sabe, son muy suyos. Y sobre todo hay que concederles que cuando se ponen dramáticos no tienen competencia. ¿Han visto el adverbio? ¡Cruelmente!

Me ha venido a la cabeza una frase de La paradoja del interventor, de Gonzalo Hidalgo Bayal: «Cuídate, interventor, dijo el profeta con los brazos en cruz, que la vida es cruda, el mundo cruel y el sacrificio cruento.» Si esta muchacha que me pedía información hubiera sido española, no duden ni por un momento que habría incluido la frase de Bayal citándolo y sustituyendo la palabra interventor por su nombre.  Y con el libro a mano incluso podría haber completado el mail con algún párrafo más: «Cuando alguien se encuentra abandonado por todos, ni siquiera reconocido, acorralado por una adversidad anónima y unánime, el mundo deja de tener fronteras, lenguas, nombres direcciones y teléfonos, documentos, carnés, impresos, solicitudes, el mundo se vuelve estrecha cárcel. Limita la libertad con lo imposible. Cuando se puede ir en cualquier dirección es como si no se pudiera ir en ninguna, la libertad absoluta es una forma de prisión, porque quedarse es cautiverio e irse es obligación.»

Cruelmente, me dice y de mí se apodera la congoja y busco las imágenes de Hidalgo Bayal. «Era la tristeza amplia de la mañana la que se abatía sobre él.» (sobre ella). «Era el guardian de un paso a nivel vacío, guardian de nada, de una puerta en el desierto.»

No puedo dar fin a las citas sin olvidar la última:

«Para ellos no hay aprendizaje histórico, sino imitación audiovisual, sin llegar a advertir nunca del todo que la vida avanza inevitablemente sin elipsis.»

 

Invierno en Madrid

Y es que nos creemos que el invierno es solo diciembre y enero, pero no. El invierno llega hasta el 21 de marzo, o en todo caso hasta la semana Santa (incluida). Y hay años que dura hasta el 10 de junio, y ya te quitas el sayo y te pones el bikini. Esto último es un poco exageración, aunque tampoco va muy desencaminado el dicho aquel que dice que Madrid son nueve meses de invierno y tres de infierno.

Hay meses que no tienen estación o que la tienen confundida. Por ejemplo, septiembre. Tiene tan sólo 9 días que pertenecen al otoño, pero casi todo el mundo da por amortizado el verano desde el día 1. Algo parecido le pasa a noviembre, que es un mes invernal disfrazado de otoño (o al revés); o junio, ahí lo tienen: un mes plenamente veraniego que pertenece a la primavera en dos tercios de su calendario. Por no mencionar a febrero, que parece un mes en el que solo hace viento y, sin embargo, es un mes plenamente invernal. Las estaciones son unos fenómenos perfectamente científicos con los que la gente nunca está del todo de acuerdo.

Naturalmente, yo hablo fijándome en Madrid, que es donde vivo. Un coruñés, pongamos por caso, contaría otra cosa, pero yo lo que vengo a contar es que en Madrid tenemos un invierno y un verano muy marcados, y luego un otoño larguísimo en el que normalmente hace un frío que pela y una primavera en la que normalmente hace un calor asfixiante. Y seco todo, todo muy seco, algo que a mí me resulta maravilloso. O sea, que tenemos una climatología bipolar, sobria y sin demasiadas concesiones. También es verdad que en octubre o en abril pueden sucederse las cuatro estaciones a lo largo del día, e incluso caer algún chaparrón cuando al cielo le da por ponerse generoso. Y en realidad, se pone generoso consigo mismo, porque sabe que al día siguiente el azul, su azul, será limpio y optimista. Yo creo que los madrileños somos acogedores por la luz del cielo después de un día de viento o lluvia. Es un cielo que te avasalla y que te hace querer abrazar al mundo, especialmente en invierno. Esa luz…

Ayer nevó de todas las maneras posibles. Copos grandes que caían lentos como plumas, copillos dispersos que se movían por el aire como borrachos, copos medianos que, mezclados de lluvia, parecían tener prisa por llegar al suelo. Bailaban, corrían o volaban, pero al llegar a tierra desaparecían como avergonzados. Hoy también hemos tenido nuestra ración de nieve durante la jornada. En el sur de la ciudad, donde trabajo, copos grandes que no han cuajado y en el norte, que es donde vivo, copos menudos que han resistido y logrado sobrevivir en las aceras y en los árboles. Ya no queda nada, salvo una noche muy fría y llena de goterones. Mañana será otro día.

Libros de enero

Esto ya lo he intentado yo, lo de escribir sobre los libros del mes. Empiezo muy animosa en enero, y luego, cuando llega febrero, se me pasa, en marzo se me olvida, en abril me da pereza y en mayo ya no me merece la pena retomarlo. Pero lo intentaré este año de nuevo, lo de agrupar en un post las lecturas del mes, aunque sean reseñas cortitas. Allá voy.

El año empezó con Delibes, y La sombra del ciprés es alargada. Ordené la librería durante las vacaciones de navidad y me encontré con libros que debería haber leído y este era uno de ellos. No es un libro largo, apenas 300 páginas, premio Nadal en su día. En este libro nos cuenta la historia de un niño que es enviado a Avila interno a casa de un maestro o preceptor que es casi más austero y taciturno que la ciudad, algo de lo que se contagia el protagonista para el resto de su vida, y algo también que en cierto modo contagia a la narración. A la casa del maestro Lesmes también es enviado otro muchacho, un chico físicamente débil con el que entabla una sincera amistad que le marcará de por vida. Pedro, el protagonista, crece, se hace marino mercante, empieza a viajar, a vivir, pero un par de ideas de su maestro siempre le tendrán marcado: la idea de la muerte irremediable que se interpone entre dos seres que se aman (en un matrimonio, uno de los dos muere antes y abandona al otro); y la idea de que, en esta vida, solo pierde algo el que algo tiene, así es que es mejor medrar lo justo. El libro se me hizo un poco bola al principio, probablemente, por mi aversión a las historias con adolescentes de por medio, pero luego remonta y se anima cuando el protagonista se hace hombre. Y de todos modos, Delibes es Delibes y a este autor hay que perdonarle todo, hasta el leísmo.

Seguí con Stoner, de John Williams. Tuve que leerlo para un club de psicoanálisis al que voy cada mes, y qué bien que lo mandaran, porque yo a este autor lo tenía puesto una cruz y una raya después de haber leído Butcher’s crossing (reseña aquí). De Stoner había oido maravillas, y también que es una historia en la que no pasa nada. ¿Pero cómo que no pasa nada? Pasan muchas cosas, aunque eso sí,  todas muy normales, y de ahí que sea una novela estupenda. Porque a pesar de mis prevenciones (¡y prejuicios!) con el autor, tengo que decir que me ha encantado, y aunque Mr. Williams sigue abusando a veces de ese tic tan molesto “descripción inane-adjetivada absurdamente”, esos momentos de los libros en los que te saltas el párrafo y la conversación sigue ahí (en realidad, la conversación, el libro, los protagonistas, todos siguen ahí menos tú si se te ha ocurrido leerte todo ese bullshit de mal escritor), digo que aunque abusa a veces, la historia se sobrepone al estilo. Me pregunto si aquello de Butcher’s crossing que leí sería una malísima traducción y me respondo que ya no tiene remedio. Pero sea, Stoner, la vulgar historia de un vulgar profesor de una Universidad perdida en Minesota es una muy buena novela, y si no la han leído, yo se la recomiendo con la nota de que merece mucho la pena.

El tercer libro del mes es una recopilación. Se trata de Cuentos de perros, de Kipling. Y me ha encantado. Eso sí: si a ustedes los perros ni les van ni les vienen, no lo lean, porque total para qué, si no van a entender nada. Claro que si seguimos el razonamiento tampoco deberían leer el Libro de la selva, porque si no tienen una pantera negra por casa igual se les hace cuesta arriba lo de empatizar y eso… En fin, Kipling ama a los perros, y eso se nota. En estos cuentos, los perros juegan un papel principal, y son el motor de la narración. Las historias son sencillamente encantadoras, llenas de alegría, de fuerza, de poesía, de optimismo, de buen rollo, de humor y de sensibilidad. Por ejemplo, el cuento con el que arranca el libro cuenta cómo un soldado salva a otro de una borrachera, y éste, como penitencia, le regala su perro al primero. Se dice a sí mismo que, si se impone esta pena, esto le recordará que hay un sacrificio aun mayor que no beber. En otro cuento nos habla de una señora de la alta sociedad que se encapricha con un perro maravilloso de carácter hasta el punto de pedir a unos soldados que se lo roben. Los soldados le endilgarán un perro insoportable pintado con los mismos colores, y de paso le sacarán el dinero prometido. Los perros no están humanizados salvo en tres de los cuentos, en los que Kipling se mete en el pensamiento de uno de ellos y nos habla en primera persona. Tiene su aquel seguirle el pensamiento y el lenguaje a un perro, pero además de ser una originalidad brillante, es muy divertido. Y también hay tres o cuatro poemas muy bonitos. En fin, un hallazgo que no pueden perderse los amantes de los perros (como moi). Eso sí: seguirle la prosa a este hombre no es un camino de rosas, probablemente porque los cuentos están recopilados y tal vez en ocasiones formen parte de una colección en la que los protagonistas ya han sido presentados. Pero lean, lean.

Finalmente, Las últimas palabras, de Carme Riera. Riera no es una recién llegada, ni una joven promesa, ni una autora en absoluto desconocida, aunque yo no había leído nada suyo. Y tiene un escribir fácil, lo que es muy difícil. En este libro, nos cuenta cómo encontró un manuscrito perdido con las últimas voluntades del archiduque Luis Salvador de Austria, sobrino del emperador Francisco José, que vivió en Baleares y es un personaje muy querido y recordado en las islas. Supongo que todo es una ficción, desde el encuentro del manuscrito hasta el texto y parte de lo que en el libro se cuenta, pero Riera nos ofrece el último y largo mensaje de un hombre vivido, un poco atormentado y desde luego muy interesante, en el momento en el que su vida se acaba. Es decir, vamos a contar verdades, aunque sea con amargura. El libro tiene un defecto y es que es corto. Lo lees y quieres saber más del personaje y de su peripecia. Pero en esto, como en el estilo preciso, se ve la maestría de la autora.

Y esto es todo. Ya veremos si en febrero me acuerdo de contarles qué he leído – no apuesten dinero -. En todo caso, en febrero tenemos libro del Club, así es que el día primero de mes me tienen aquí seguro hablando de Dickens, que es lo que toca.

Un ratón en París

Las lluvias provocan una subida de las aguas del Sena y París está al borde de las inundaciones. Las ratas salen despavoridas y se ven, vaya si se ven. Pero no hay más ratas, es que se ven, vaya si se ven.

No es raro ver ratones y ratas en París. Se me dirá que como en todas las ciudades, pero no, no. Yo me he encontrado ratones en todas partes, incluyendo restaurantes. En un griego cerca de la iglesia de Saint Severin un ratoncillo correteaba por las vigas, y en un restaurante cercano a la Opera Garnier uno me saltó por los pies y lo vi esconderse detrás del suelo de la barra. En las dos ocasiones seguí cenando, aunque no tomé postre y mucho menos pude concentrarme en la conversación. También en el Lounge del Charles de Gaulle, ahí estaba un ratón tranquilamente olisqueando un periódico dejado sobre una mesa. Por la calle, en el metro, en todas partes. Las ratas se ven más cerca del Sena, aunque cerca de las estaciones de tren y por el metro no es raro verlas.

Y en mi casa de la Rue Antoine Bourdelle también tuve un ratón, no faltaba más. Un domingo, después de despedir a unos amigos que habían pasado el fin de semana conmigo, lo vi por el rabillo del ojo. Cuando levanté la vista, lo vi esconderse dentro de un cesto de paja que había de adorno en el salón. Creí morirme. Abrí la puerta de la terraza, me armé de valor y con una escoba enganché el cesto y lo tiré fuera. Me encerré en mi habitación y al día siguiente me marché a un hotel, y allí viví los tres días que quedaban hasta las vacaciones de Navidad. Y el caso es que debía de estar de paso, el ratoncillo, porque nunca había dejado rastro.

Lo que más me sorprendía, cuando contaba que me había encontrado un ratón en casa, era la reacción de los franceses. Desde la respuesta estoica de mi jefe (sí, ciertamente en París hay un problema grave, pero en Londres es peor), hasta la dejadez de la conserje del edificio (¿un ratón?, bah, yo tengo un armario lleno, pero no pongo veneno por el perro), pasando por el cachondeo de algún compañero (tía, cómprate un gato). Mi casero se lo tomó muy en serio, y me desratizó la casa, aunque si no se hace lo mismo en el edificio de poco vale. Me puso unas cajitas con veneno también y yo por mi parte compré unos chismes que por lo visto hacen un ruido que los aleja y que supongo que no valen para nada. También registré a fondo la casa para encontrar el agujero por donde se habría colado y encontré uno que daba al jardín, y lo tapé con silicona, con mucha silicona. Y puse unos topes en la puerta de la entrada. Pero la casa ya no fue la misma. Bueno, la casa sí, pero mi tranquilidad no, aunque nunca volví a verlo y nunca hubo el menor rastro.

El día que me marchaba de París, bajé al garaje de la casa a cargar mi coche con la parte de mudanza que había dejado para el viaje de vuelta. Mientras esperaba el ascensor en el sótano me fijé en una sombra gris que se agazapaba en un saliente de la pared. Ahí había un ratón, quieto, probablemente esperando a que yo me marchara.

 

Agotar y agitar

Fíjense que entre agotar y agitar hay sólo una letra de diferencia. El caldo de cultivo perfecto para el corrector del movil que tantas tonterías nos hace decir y tantas vueltas nos hace dar.

– Mira, contéstale tú, que a mí me agita
– ¿Cómo que te agita?
– Quería decir que me agota, en concreto la paciencia. Aunque luego me agita, en concreto la respiración.

Por escrito uno puede confundirse y provocar la aclaración o la sorpresa. Al oído sin embargo son dos palabras muy diferentes, por el distinto sonido que toma la ge. Fonéticamente la /g/ y la /j/ son velares (se pronuncian con el postdorso de la lengua y el velo del paladar), son no líquidas (sin cualidades vocálicas), son orales (sin resonancia nasal), son agudas (la cavidad bucal se divide en dos cajas de resonancia), son densas (se articulan con la parte posterior de la boca), pero luego la una es sonora (con vibración de las cuerdas vocales) y la otra sorda (sin vibración) y fricativa, o sea, que se te estrecha la cavidad bucal pero sin obstruirse del todo. La /g/ puede ser también fricativa, como en este caso de agotar, o puede ser oclusiva, como en el caso de guantazo.

– Me agota y me agita. Sólo espero que tanta fricción no acabe en un oclusivo guantazo.

¿Que de dónde saco yo todo esto? Pues de un librito de Lázaro Carreter, del María Moliner y del Diccionario de dudas, porque con la /g/ reconozco que he dudado. Pero, vamos, que si ustedes no se fían mírenlo en Google y luego siéntanse muy vulgares. Eso sí: si me he equivocado en algo no me lo cuenten, que yo prefiero quedarme en la ignorancia, eso que en el habla inculta se pronuncia ijnorancia, inorancia o iznorancia. Verbigracia:

– ¡Ojcar, mira que eres iznorante!

Agotar viene de gota y significa extraer totalmente el agua de algún sitio. Por extensión es terminarse, gastarse completamente cualquier cosa. La sangre, por ejemplo. O el humor. O al paso que vamos, los lectores de este blog.