Dentera

Hay unos médicos que son menos desagradables que otros. Se me ocurre, por ejemplo, por ejemplo…, pues no, no se me ocurre ninguno, pero alguno habrá que no sea desagradable. Y es que hay dos miedos cuando uno va al médico: la incertidumbre del diagnóstico y el mal rato de la exploración. La cura puede también tener lo suyo, pero como vamos a mejor, pues lo abordas con más optimismo.

Decía mi abuela del médico y del abogado que sabes cómo entras, pero nunca cómo vas a salir cuando vas a verlos. Yo tengo otra, y es que entras con un problema y sales con cinco, cuatro de los cuales ni te imaginabas que tenías. De los médicos pienso así desde que una vez fui a que me miraran una rodilla que me dolía y salí del ambulatorio con un volante para el endocrino.

Un caso especial es el del dentista. Sólo pensar en lo que debían penar los pacientes hace un siglo pone los pelos de punta a cualquiera. Pero hoy te ponen la anestesia, un simple pinchacito de nada QUE TE MERECE MUCHO LA PENA, y ya está, que hurgue todo lo que quiera. Luego, cuando se pasa la anestesia, ya es harina de otro costal. Sin embargo hay dos cosas que no remedia la anestesia. La primera es el miedo. Miedo a que se le escape el taladro y te salga por la mejilla. O por la coronilla, ya puestos. Y luego el miedo irracional a que se acabe el efecto de la anestesia antes de tiempo, hasta el punto que no sabes si quieres que acabe rápido porque lo estás pasando fatal o por la incertidumbre de cuánto dura una encía dormida.

La segunda cosa que no tiene remedio es la dentera. ¿Qué clase de aparatito es ese con el que te van rascando la superficie de los dientes, chis, chis, ñac, ñac? ¿Es un bisturí chiquitín? Chis, chis, ñac, ñac. ¿Y qué me dicen de la lima que te pasan entre el colmillo y el premolar? ras, ras, chis, chis. La lima es tremenda. En general, cualquier papelillo de esos que tiene el dentista provoca mucha dentera. O ese ganchito romo entre las muelas, clac, ñiac, clac, ñiac. Un horror. Por no hablar del algodón seco, sequísimo, que te pasan o que te ponen en la encía, que es la bola de algodón más seca del mundo. ¿Y qué me dicen del aire? ¿el aire, eh, el aire? Fiiis, fiiiis.

No sigo más.

 

Courtois, Morata y el peluche de rata

A Courtois le tiraron ayer ratas de peluche en el Wanda cuando salió a defender la portería del Real Madrid. Me cuesta mucho imaginar qué tiene en la cabeza alguien que entra en Amazón o en un chino, se gasta diez euros en una rata de peluche y luego va cargada con ella para tirársela en el campo a un jugador profesional. Me parece más explicable la reacción del chalado que, en un arrebato de ira porque va perdiendo su equipo, tira las llaves del coche al campo. Eso es una ida de olla sin más recorrido que reírte mucho del pobre idiota, que demuestra ser un burro por partida doble y que además se irá andando a casa. Claro que, después de haber visto lo del noucamp, cuando le tiraron una cabeza de cochinillo a Figo, ya una se espera cualquier cosa de según qué aficiones.

Courtois ahora es del Madrid, sí, y es un porterazo que ya me gustaba mucho cuando estaba en el Atleti, y lo tengo por ahí escrito. Me gusta mucho como portero y además su figura, tan gaullista, tan desgarbada, tan adusta, me resulta extrañamente estética. Keylor es más mullido y más compacto, y también más adorable, como más achuchable, aunque puede que el acento tico le ayude. Courtois no es nada achuchable: una temería clavarse algún hueso en el abrazo. En todo caso, Courtois es un profesional interesado en vivir en Madrid, y para mí tengo que si no lo hubiera contratado el Real, y dado que el Atleti, ante la disyuntiva, prefirió contratar los servicios de un mantero con peluches, habría acabado en el Rayo, el Leganés o el Getafe, por ese orden. Así es que besarse el escudo, por su parte, sería una falta evidente de courtoisie.

Algo parecido le ha pasado a Morata, que quería vivir en Madrid como fuera. Harto de penar en una ciudad en la que llueve mucho, anochece pronto y hablan raro, como Courtois, o sea, el hombre quería venirse a Madrid con su familia y sus amigos, a disfrutar de una ciudad que está un poco loca, pero que es un lugar estupendo para vivir. Comprensible. Y ha tenido la suerte de que le aceptaran en el Atleti, que es un club de posibles, pero para mí que, igual que Courtois, con tal de no seguir en Londres habría acabado en el Rayo, en el Leganés o en el Getafe, por ese orden.

Yo no sé qué recibimiento le hará el Bernabéu a Morata el día que venga con la camiseta colchonera, aunque viendo los antecedentes, capaz es el Bernis de aplaudirle. Lo que es seguro es que no le tirarán peluches, ni siquiera porque guarde esa imagen de chico sensible y formal amante de las abuelitas, que no me parece en absoluto impostada. Otra cosa es su repentina epifanía de atletiquez, aunque más bien parece un recurso para evitar que le tiren algo peor que un peluche en el Wanda. Se ve que el chaval conoce el paño, que para eso es nacido en la capital.

Hombre, yo entiendo que los forofos de todos los equipos prefieran cerrar los ojos ante esos espectáculos de amor eterno a los colores (con efecto retroactivo), aunque el caso de Morata es un riesgo mayúsculo para un atlético: la ensoñación les puede llevar a recordar que la Décima se ganó con Morata estorbando a los defensas atléticos cuando aquel cabezazo de Ramos. Un gol histórico del Madrid al Atleti con Courtois de portero, by the way.

Pero pelillos a la mar. En fútbol hoy es hoy e importa para el título de este año. Morata ya nos cascó un gol de  eliminación en Champions con la Juventus y, como buen profesional,  ha demostrado ayer que trae la escopeta preparada para amargarnos la fiesta en el futuro, si el Var no lo remedia (y yo no me fiaría mucho). Ante una eventual repetición de final de Copa de Europa con los mismos actores, yo invertiría en ratas de peluche: conociendo el escenario, el retorno de la inversión está garantizado.

¡Hala Madrid!

Una tela para los sillones

img_1039img_1041Los sillones tienen casi más años que yo. O sea, muchos. Eran unos sillones que estaban en casa de mis padres, aunque no recuerdo ya su tapicería original. Sí que recuerdo que durante un tiempo fueron blancos con grandes flores verdes, muy fresco todo, muy alegres, y después se tapizaron en color cereza. Y así vinieron a mi casa actual, y luego yo los tapicé en un color café como en la foto. Alguno que yo me sé diría que son marrones, pero no. En todo caso, el color conviene a los tonos sobrios del salón, porque yo soy una persona seria, discreta, tranquila y conservadora, y mi salón también.

Y ese tapizado tiene unos quince años, algo más que los últimos arañazos de Benito, que era un gato maravilloso que tuve (algún día les tengo que contar la historia de Benito) y que se murió en 2006. O sea, que Benito fue el predecesor (que no el antepasado) de Curra. Pero me distraigo. La cuestión es que los sillones estaban ya hechos un asco y entre lavarlos otra vez y tapizarlos de nuevo, he optado por lo segundo. Hace una semana se los llevaron, y se me ha quedado el salón, aparte de huérfano, incomodísimo, porque uno de esos sillones es mi sillón, en el que leo y veo el fútbol.

“¿Conocéis algún tapicero de confianza?”, fue la pregunta que puse en el wasap de mis hermanas y en el del poblachón. Enseguida me junté con cuatro o cinco propuestas que fui descartando cuidadosamente, hasta quedarme con tres. A la tercera no llegué. La primera era una tapicería cerca de mi casa. Fui a la tienda, me atendieron amablemente y me pidieron que enviara unas fotos de los sillones por wasap. Una semana después decidí que si no eran capaces ni de contestar a un wasap, de ninguna manera se iban a llevar mis sillones. Y como ya tenía las fotos fui a la segunda y ya están encargados.

Todo esta introducción para decir que la elección de telas para un tapizado es algo agotador que me provoca mucha ansiedad. Tienes que elegir sobre un trocito de tela de 6×6, poniéndolo muy generoso, y a veces hay fotos de sillones tapizados, pero a veces no, y entonces te sacan la tela extendida, o no, o a veces la tienen en la tienda en otro color, y tú te tienes que hacer a la idea de cómo quedarán tus sillones, pero no te haces a la idea para nada, y no sabes si te cansará esa tela, o si no estarás arriesgando mucho, o si por el contrario eres todavía más sosa de lo que pensabas, y también te dices que en qué momento habrá pensado el señor tapicero, tan amable, que le vas a dar importancia al comentario ese de “este tejido se lleva mucho”, cuando te dan ganas de preguntar “¿y dentro de otros quince años se seguirá llevando, cree usted?”, pero luego no preguntas porque se ha llevado la tela y ya te está enseñando otra, y te dan ganas de cerrar los ojos y elegir a voleo, y te asalta el reproche de a ver por qué has tenido que decir que “buscas azules o burdeos”, si con un color solo ya estás abrumada, y que si este hombre habrá entendido, después de decirlo cuatro veces, que no quiero flores, no quiero rayas, no quiero terciopelos ni quiero piel. Y así a lo largo de tres cuartos de hora de calvario durante el cual, por cierto, todavía no se te ha ocurrido preguntar por el precio, y cuando preguntas ya te dices que qué más da, que para tan poca salud, lo mejor es morirse.

En fin, tal ha sido el suplicio que cambiaré de cortinas cuando me reponga, que será dentro de un par de años si los sillones no se dan muy de bofetadas con lo que tengo, que creo que no. De momento sólo me quedan energías para esperar con paciencia los nuevos sillones. Sea.

El taxi: ¡Vivan las cadenas!

Los taxistas están en huelga, o sea que desde ayer no bajan la bandera aunque está por ver si la arrían, porque dicen que es indefinida. Sin embargo, teniendo en cuenta lo bien que se circulaba ayer y hoy en Madrid sin ellos estorbando, me digo que para hacerse notar deberían hacer una huelga a la japonesa. No parece que se les vaya a ocurrir, así es que buscarán la notoriedad cortando la Castellana o rompiendo ventanillas a los coches de los VTC, que eso está al alcance de cualquier inteligencia. Y como además no parecen muy interesados en caernos un poco mejor, no les importará que en vez de llamarles los pelas, empecemos a llamarles los palos.

Aquel taxista de hace años (muchos) que se conocía el callejero de memoria y te llevaba por el camino más directo y te daba un buen servicio ha casi desaparecido de las calles de Madrid. Desde la irrupción del GPS cualquiera puede conducir un taxi, con lo que el servicio ahora ya no te lo proporciona un profesional, sino que realmente te lo da Google Maps, que también es un servicio no sé si público, pero desde luego utilísimo.

Hay algo estupefaciente en esta protesta, y es que en vez de revolverse contra el que le impone trabas, regulaciones e impuestos y les impide competir en igualdad de condiciones, piden que se extienda y amplíe el corsé a sus competidores y que al final pague la factura el cliente. Eso es como ir al médico no para que te cure del catarro, sino para contagiárselo a los que están en la sala de espera, arriesgándote con eso a que te peguen ellos a ti la rubeola, por ejemplo. Lo de que en Cabify tienen trabajo precario que se lo digan al inmigrante que conduce taxis por la miseria que tiene a bien pagarle el dueño de la licencia. Van de pobres y de obreros, pero hablan poco de su temor a que sus licencias no valgan ni un duro. Pero valdrán más cuando sean más rentables, y por este camino, renunciando a mejorar, será difícil que lo logren. O sea, la rubeola.

De todos modos, la manera de protestar de los taxistas me tiene muy despistada, porque no sé si lo suyo es estupidez o ingenuidad. ¿Sabrán cuál es el perfil de la persona que coge taxis? ¿Se habrán parado a pensar en lo que puede opinar su potencial cliente de los disturbios y la violencia? ¿De verdad creen que su energumenez convence a alguien, quitando a podemers que no han cogido un taxi en su vida? ¿Entenderán que al público joven ya lo han perdido definitivamente, si es que alguna vez lo tuvieron, y que los perciben como careros, viejunos y apolillados? ¿Y que sus clientes de 50 ó 60 años manejan el móvil de puta madre? ¿Creerán que la simpatía de sus potenciales clientes aumenta con cada ventanilla de VTC que rompen? ¿O que caen mejor cuando piden que el cliente tenga menos alternativas?

No creo que el sector del taxi sea un sector privilegiado, sino protegido. Mal protegido. Pero en vez de pedir que les dejen competir y eliminen trabas absurdas, piden que empeoren a sus competidores y que yo, como cliente, obtenga un peor servicio. O sea, gritan Vivan las cadenas para al final fastidiarme a mí, que soy su cliente potencial, en un patio político en el que abundan los fernandos septimos. Vamos, que me lo ponen facilísimo para solidarizarme…

Me parece que sería mejor para todos que los taxistas se bajaran de esa burra pleistocénica en la que están instalados y trataran de comprender por qué Cabify y Uber tienen éxito. ¿De verdad creen que es por la botellita de agua? Pues habrá quien lo coja por esa bobada, pero a mí lo que me gusta es que sé por anticipado lo que me va a costar y que tengo una opinión que vale y que voy a emitir libremente en cuanto me baje del coche, así es que más vale que vaya limpio y que el conductor se baje a cogerme la maleta. Dicho de otro modo: en Cabify quien manda es el cliente y en el taxi quien manda es el ayuntamiento. Y esa es la asimetría de fondo, y no hay más.

 

El VAR y la contumacia

Pensábamos que con el VAR se acabaría la polémica, pero en vez de eso ahora no tenemos una polémica, sino dos polémicas: la que genera el árbitro y la que genera el VAR.

Y es que los árbitros en España son muy malos. O algo peor. ¿Y qué hay peor que ser muy malo? Pues no ser malo de incompetente, sino ser malo de Chucky.

También peor es ser dos veces muy malo. O sea, la contumacia.

Sí, va a ser eso.

 

 

Chinos en el lado oscuro

No es ninguna primicia, lo habrán ustedes leído o visto en cualquier telediario: China ha llegado a la cara oculta de la Luna. O bueno, eso dicen, y hasta donde yo sé y he podido leer, se lo ha creído todo el mundo. Fíjense que llevamos casi 50 años de polémicas con los negacionistas de la llegada a la Luna, que si lo de Armstrong está por demostrar (lo de Neil, que lo de Lance está más claro), que si las imágenes estaban rodadas en un estudio de la Warner, que si la bandera se movía y no había viento, que si cien cosas, y ahora llegan los chinos, dicen que han llegado a la parte de atrás de la Luna, donde nadie los ve, y nos lo creemos sin rechistar. Qué cosas.

Han enviado una nave que ha logrado depositar en la superficie lunar un robot cuyo nombre es Yutu, seguramente porque va a tomar vídeos y a mandarlos a la Tierra. Así es que es muy probable que el siguiente cacharro que manden se llame Tuite y manden mensajes de 140 ideogramas. A los chinos se les puede acusar de todo menos de falta de imaginación para la copia, en esto me darán la razón. Pero hay cosas mucho más inquietantes que la llegada de YouTu a la Luna. Mucho más.

Veamos. La primera pregunta que hay que hacerse es por qué se van a ese lado. A ver, ¿qué es lo que no quieren que veamos? ¿Por qué se esconden? Hum. Dicen que la cara oculta es mejor para estudiar el universo. Ya, ya. Para estudiarlo y para hacer cositas sin que se vean. ¿Y qué querrán hacer los chinos? Sabe Dios. De momento, se han llevado unos gusanos de seda. Y también han llevado patatas, semillas de algodón, aceite de colza y unas flores. ¿Pero ustedes se imaginan lo que pueden hacer los chinos con todo eso sin que los veamos? ¿El resto de potencias extranjeras (las que se unen en las películas) va a dejar que los chinos se traigan una nave de vuelta después de andar trajinando por allí con gusanos, aceite de colza y patatas? ¿Really, George? Porque lo de las flores es para disimular, no se engañen: el alien vendrá ofreciendo un ramo de flores lunares y cantando una bonita melodía para que desconfiemos.

O sea, esto:

chinos en la luna
¿Quién te escribía versos, dime quién era?
¿Quién te mandará flores por primavera?
¿Quién, desde la Luna llena, 
por la parte más discreta,
te lanzará el arma secreta?

 

 

Qué horror. Yo desconfío de todo, y ustedes harían bien en hacer lo mismo. Les propongo una manifestación en contra. La podemos hacer en Madrid Central, y así, si no vamos muchos, tenemos una excusa. Como lema para la pancarta podemos escribir algo popular, por ejemplo “Pedro, vete a ver qué hacen los chinos y ya si eso nos lo cuentas”. No sé, algo tendremos que hacer con esto urgentemente. ¿Que no?

 

 

Libros (fin de año)

Seguramente este será el último post del año 2018, y está dedicado a los últimos libros leídos. ¿Apostaron? Jugar está bien, pero apostar no tanto, y no les recomiendo que lo hagan conmigo. Este trimestre no ha sido nada del otro jueves en cuanto a libros. Al número, quiero decir, que de calidad ha estado bien. Y es que he dado preferencia a otros hobbies. Vamos allá.

Alice ZeniterL’art de perdre, de Alice Zeniter. Mi amiga Pepa, que me tiene al día de las culturalidades francesas, me avisó de que se había fallado el primer Goncourt des lycéens en España. Con buen criterio pasaron de Eric Vuillard y se lo dieron a esta novela, ciento cuarenta veces mejor que El orden del día. Así que fuimos a la presentación y entrega del premio en L’Institut Français y me enamoró el tema y la autora, que es monísima. Para que lo comprueben, les pongo una foto ahí al lado.

Alice Zeniter no nos cuenta la historia de su vida, a pesar de las similitudes con la protagonista del libro. Al menos, esto es lo que contó. L’art de perdre cuenta la historia de la familia de Naïma, que se remonta a la Argelia de principios del siglo XX hasta la independencia. Su abuelo es un Harki, nombre dado a los argelinos que ayudaron a los franceses, gente que colaboró a veces convencida, otras porque no tuvieron más remedio. Su vida en la Kabyla, con sus hermanos, todos agricultores, termina de mala manera y tienen que salir de allí corriendo de allí. La segunda parte es la más triste, y nos cuenta la frialdad de Francia, una vida desarraigada de trabajo en una fábrica en la que la familia se va descomponiendo o, lo que es lo mismo, europeizando. La tercera parte cuenta el presente de Naïma, que vuelve a Argelia a buscar el lugar de sus ancestros, a intentar comprender, sin realmente lograrlo. Es una novela intensa, envolvente, que te deja por momentos sin respiración y que consigue conmover. Un magnífico libro, sin duda.

julia-de-funès-y-nicolas-bouzou.jpgLa comedie (in)humaine, de Nicolas Bouzou y Julia de Funès, yo les dejo la foto à côté y verán que ella es remona y él tiene pinta de adolescente desgalichado. Se trata de un libro al que llegué a través de unos Podcast sobre filosofía que escucho en France Culture (esto queda muy gafotas, lo sé, pero a estas alturas del blog ustedes no me confundirán). En el podcast hablaban de la infantilización en las empresas y de la ideología de la felicidad, consistente en buscar tu felicidad para que seas más eficiente, cuando lo lógico (y lo adulto) es lo contrario: si nos dejaran ser más eficientes y encontrar un verdadero sentido a nuestro trabajo, entonces seríamos más felices. No se puede encontrar mucha felicidad en estar metido entre cuatro paredes todo el día, en reuniones absurdas y contestando a mails inanes. Pero, en fin, el mongomanagement actual sigue una moda imbecilizante de cultura buenista y de bienestar que no deja de ser una hipocresía completa. Los autores nos hablan de todo esto, aunque con más finura de lo que lo hago yo, por supuesto. Ellos se apoyan en la filosofía para explicarnos cómo la felicidad, aparte de ser un asunto privado, no puede (ni debe) ser un medio para la eficiencia. La aversión al riesgo, la confianza bajo control (WTF!), la proliferación de procesos, convierten el trabajo en un horror que se enmascara detrás de cestas de frutas, pulseritas para medirte el ejercicio físico de la jornada, mesas de ping-pong, salas relax y guarderías (en donde habría que ingresar a los empleados, asevero). «Lo contrario del juego no es lo serio, sino la realidad», citan a Freud, y es que «no hay nada más serio que un niño que juega», y citan a Nietzsche. La moda imperante es alejarnos del mundo del esfuerzo, la sana desigualdad, la inversión y el riesgo, y adentrarnos en una comedia que, lejos de provocar la felicidad, provoca una mayor angustia y aburrimiento: si trabajando no logras ser feliz, entonces la culpa es tuya, ya que la empresa pone todos los medios a tu alcance. Nunca se preocuparon tanto por nosotros y nunca hubo mayor número de casos de depresión en el curro. Esto es así. Pero bueno, yo se lo he contado deprisa y un poco alterada (estas cosas me alteran), pero ellos hablan de tema con sosiego y hasta con cierta gracia. Si leen francés, se lo recomiendo vivamente.

anne cecile robertOtro de los libros a los que llegué a través de estos Podcast es La stratégie de l’émotion, de Anne-Cécile Robert, periodista de Le Monde Diplomatique, especializada en asuntos europeos y señora con cara de llevar razón después de haberlo pensado, tal y como pueden apreciar en la foto.  La autora nos hace ver de forma muy inteligente  la preponderancia que han tomado las emociones en detrimento de la razón y el pensamiento en nuestra sociedad contemporánea. Parece que todo se arregla llorando, y no. La teatralización y el espectáculo de los sucesos, que llenan los medios informativos forman parte de ese reino de la emoción que es el fatalismo: los políticos llorando delante del cadáver del niño Aylan para simular autenticidad y esconder que no van a hacer nada. Se ha reemplazado al héroe por las víctimas, cuando el héroe elige ser héroe, mientras que la víctima no tiene elección (un enfermo de cáncer no es un héroe, no, no se equivoquen ustedes; ni siquiera cuando ha vencido a la enfermedad). Y así las multitudes, en manifestación, lloran ante las cámaras y aplauden el féretro de unos chavales que se han matado en una curva a la salida del pueblo, en un espectáculo grotesco que a todos nos parece solidaridad, pero que no es más que una carrera a ver quién siente más, sin que eso comprometa a nada. Y así pasamos los días. La emoción es el terreno de la subjetividad, por tanto, de la división: con la razón, podríamos llegar a un acuerdo, pero ante el sentimiento la discusión se para y no continua. La sociedad deriva hacia terrenos peligrosos en los que no hay reflexión, en donde no se toma distancia de las cosas que nos pasan, un terreno abonado para populismos de una y otra índole, por no hablar de moralistas y censores que ejercen de guardianes de las diferentes sensibilidades. Otro libro realmente muy recomendable, también para francófonos.

Ahora entramos en un mundo más amable y literario, con un libro que me ha parecido muy divertido (aunque no lo es), de Antonio Tabucchi, La cabeza perdida de Damasceno Monteiro. Un hombre aparece muerto y sin cabeza y un reportero de un pequeño diario de sucesos de Lisboa es enviado a cubrir la noticia a Oporto. Allí va descubriendo lo que ha pasado, ayudado por un abogado, Loton, un antiguo aristócrata un poco anarquista que trabaja solo para equilibrar un poco la injusticia en el mundo. Loton es un personaje literariamente delicioso y solo por conocerlo ya vale la pena el libro. Y luego Tabucchi, al que da gusto leer. Muy recomendable. Por cierto que este libro tiene un diálogo muy a tono con los procesos y normas absurdos que nos convierten en robots:

Firmino se sienta, el camarero se acerca. 
Buenas noches -dijo-, lo siento pero no se puede estar aquí sin consumir.
Tráigame lo que quiera -dijo Firmino-, un café, por ejemplo
La maquina está apagada -dijo el camarero.
Pues entonces un agua mineral.
Lo siento -dijo el camarero-, pero no puede usted consumir nada porque el restaurante está cerrado.
¿Pues entonces? -pregunto Firmino
No se puede estar aquí sin consumir nada -repitió el camarero-, pero usted no puede consumir nada.
No entiendo esa lógica -rebatió Firmino.
Ordenanza de los ferrocarriles -explico plácidamente el camarero

Catherine-Lacey.jpgEl año se acaba con Las respuestas, de Catherine Lacey, una autora americana joven con pinta de lánguida, ahí la tienen. Por lo visto fue autora revelación en 2014. Hay que desconfiar mucho de las revelaciones, que mira lo que les pasó a los niños de Fátima. Catherine Lacey por lo visto fue aclamada por la crítica americana y sólo por eso debería haberme saltado este libro. En fin, un libro que tuve que leerme y así pasa, que se te hace bola y te dedicas a otras aficiones. La novela cuenta la historia de una chica que es un desastre, típica vida deslavazada y horrenda, que debe mucho dinero y le duele todo, y aparte ha sido víctima de una agresión sexual repugnante, y aparte recurre a una terapia de estas chifladas de karmas, iones, piedras y maniobras energéticas, un espanto todo, y entonces se mete en un experimento sobre el amor y los afectos que emprende un actor vanidoso y egotista. Y así, ella hará el papel de novia sentimental (también está la novia maternal, la novia colérica, la novia intelectual y otras cuantas). O sea, una historia muy loca y rara, rara, que es un poco infumable en especial al principio (las tentaciones de abandono son fuertes en las primeras cincuenta páginas, pero luego se anima de puro disparatada). Sin embargo, tengo que decir que la prosa es brillante y la mujer escribe bien, escribe contundente, con frases de las de subrayar y con un buen control de los personajes. Algo es algo, pero yo que ustedes me la saltaría.

Y con esto terminamos el año. Ya veremos si al que viene les hablo de libros o les hablo de nada. O incluso no les hablo. Si no nos vemos, que tengan ustedes un feliz 31 y un próspero 2019. Y que la copa del Wanda se quede en Madrid.

Los impuestos, según Gustave Nadaud

Esto me parece muy divertido para un día de Navidad. Bueno, en realidad, para cualquier día del año.

Les Impôts (1851) 

Bien que j’aie une patente,                           Aunque tenga una licencia
Une femme et des enfants,                           Una esposa e hijos
Je n’aime pas qu’on plaisante                      No me gusta que se bromee
Des impôts ; je le defends.                            Con los impuestos: yo los defiendo.
D’enrichir notre patrie                                  De enriquecer nuestra patria
Nous devons être contents.                          Debemos alegrarnos.
Augmentez-les, je vous prie,                         Auméntenlos, se lo ruego
Messieurs les représentants.                        Señores Representantes

Mon voisin me scandalise                              Mi vecino me escandaliza
Par un luxe injurieux ;                                    con un lujo insultante.
Tous les jours, sous sa remise,                       Todos los días, en su cochera
Roulent des chars orgueilleux,                      ruedan unos carros orgullosos.
J’entends dans son écurie                               Y oigo en su caballeriza
Hennir trois chevaux fringants                     relinchar tres apuestos caballos.
Imposez-les, je vous prie,                                Pónganles impuestos, se lo ruego
Messieurs les représentants.                         Señores Representantes                                  

Ma femme est assez jolie ;                              Mi esposa es bastante guapa
J’en suis même un peu jaloux ,                      Estoy incluso un poco celoso,
Car elle aime a la folie                                     porque a ella le gustan con locura
Les chats blancs et les chiens roux.              Los gatos blancos y los perros pelirrojos.
De cette ménagerie                                          De esta colección
J’abhorre les habitants                                    deploro los habitantes.
Imposez-les, je vous prie,                                Pónganles impuestos, se lo ruego
Messieurs les representants.                         Señores Representantes

Je ne bois que de l’eau claire;                        Yo no bebo más que agua clara
Par goût, je ne fume pas :                               Por gusto, no fumo.
Frappez le vin et la bière,                               Golpeen fuerte el vino y la cerveza,
N’épargnez point les tabacs;                          Y no ahorren fuerzas con el tabaco.
Seulement, l’épicerie                                       Sólamente, los ultramarinos
Souffre depuis bien longtemps.                    sufren desde hace tiempo.
Dégrevez-la, je vous prie,                               Desgrávenlos, se lo ruego
Messieurs les représentants.                         Señores Representantes.

 

El último caso de Philip Trent, de E.C. Bentley

Terminamos el año del Club de lectura con este libro que, por fin, ha merecido la pena. Llevo (¿llevamos?) un año realmente pavoroso, con libros abandonados por culpa no de una mala elección, sino de editores a los que habría que calificar como psicópatas o algo peor y autores inexplicables. Por fin una novela para la que he tenido que pedir algo más de tiempo a mis compañeros de club, porque un mal cálculo del tiempo, o una mala organización, no me dejaba llegar al 1 de diciembre con la novela leída. Y quería disfrutarla y leerla despacio, porque lo vale.

El último caso de Philip Trent es una novela de intriga que se debe leer despacio, paladeando los diálogos y disfrutando del relato de la sociedad inglesa de su tiempo. Ya el libro promete desde la dedicatoria del autor a su amigo Chesterton, y también desde el arranque: un asesinato inexplicable. Sigbee Manderson, un acaudalado hombre de negocios al que no quiere nadie (porque es un tiburón indeseable), aparece muerto en su finca en circunstancias extrañísimas. Le han volado la cabeza de un disparo en un ojo, va vestido de una manera inexplicable y además, no lleva la dentadura postiza. El director de un periódico de Londres encarga la resolución del caso (y con ello la exclusiva) a Philip Trent, un hombre inteligente y un poco estrafalario que ya ha resuelto otros casos complicados a través de la imaginación y la deducción.

No faltan los arquetipos en la novela. La mujer elegante, algo misteriosa, distinguida y fuerte; el caballero inglés que actúa de acompañante e introduce a Trent en el ambiente social; el mayordomo estirado y algo cotilla; los ayudantes de Manderson, uno algo bruto y el otro delicado y juvenil. Entre ellos puede estar el asesino, o tal vez entre todos, porque la trama se va complicando, tal vez demasiado, aunque tengo que decir que no me ha importado mucho. No es un libro lineal y, aunque seguramente está lleno de miguitas de pan y de pistas, no me ha parecido lo más interesante de él, sino la manera de contar, la personalidad de los personajes que, aunque arquetípicos, no se mueven ni un milímetro del guión.

Buena forma de terminar el año. Esperemos que en el próximo (si lo hay) tengamos algo más de suerte en la elección de los libros.

Un libro que yo aconsejo, aunque encontrarán otras opiniones sobre él en La mesa cero del Blasco, en Lo que lea la rubia y en la página del blog.

Chiqui, que eso es poco

La ministra Montero, que es la de Hacienda y que se ocupa en estos días de presentar esas cuentas del Gran Capitán que son los presupuestos públicos, le quitó importancia a tener una diferencia de cinco décimas de déficit. “Lo he dicho siempre, chiqui, eso son 1.200 millones, eso es poco” le dijo a una periodista con una frivolidad asombrosa.

1.200 millones de euros, para la ministra encargada de administrar nuestro dinero, es poco. Yo tengo que decir que para mí esa es una cifra de dinero incomprensible, y por eso, para entenderlo, intento hacer algún cálculo para hacerlo material,  tangible, comprensible. Cálculos de este tipo:

– El coche más vendido en España es el Seat Leon. Un Seat Leon cuesta unos 15.000 euros. 1.200 millones de euros equivalen a 80.000 coches. ¿Son muchos 80.000 coches? Pues yo creo que sí: en el mes de julio, es España, se vendieron unos 130.000. Y en la universidad Complutense de Madrid hay unos 70.000 alumnos, con lo que podrías dar un Seat Leon a cada uno que aprobara alguna asignatura (y te sobrarían muchos coches que se los puedes dar a los turolenses, por ejemplo, que están dejados de la mano de Dios).

– Esta es fácil: el salario mínimo son 10.320 euros al año. Con 1.200 millones pagas a 116.000 personas durante un año. Pero claro, el salario lo pagan las empresas. Bien, pues con 1.200 millones podrías reducir la cotización… ah, no perdón, que eso lo paga el empleador, que es un fascista.

– Otra también facil. La pensión media en España es de 934 euros. Con 1.200 millones de euros pagarías más de 90.000 pensiones durante un año. Otra forma de repartirlo es dando 10 euros más a cada pensionista al mes, eso si se quiere dar a bulto, que parece que es el modo de razonamiento preferido de la ministra.

– La cesta media de la compra es de unos 300 euros por persona y mes. Pues con 1.200 millones pagarías la cesta de la compra de 330.000 personas durante un año, o lo que es lo mismo, de más de 80.000 familias de cuatro miembros, por ejemplo como la de Pablo Iglesias, aunque no sé yo a cuánto estará la cesta de la compra en Galapagar.

– Si en vez de euros fueran metros, con 1.200 millones irías y volverías a la luna y todavía te quedaría crédito para ir de nuevo, aunque no para volver. Estaría bien hacer la prueba con la ministra, no creo que la echáramos de menos.

– El coste de una hora de vuelo del Falcon que le gusta tanto usar a su jefe es de 5.600 euros. Pues con 1.200 millones podríamos tener a Pedro Sanchez montado en el avión 24 años. Esto podría considerarse como inversión, con lo que es un coste amortizable. Y por otro lado, disminuiría el consumo de aspirinas entre la clase empresarial española. Me parece que sería un buen uso, tal vez el mejor de todos.

1.200 millones, chiqui, es poco. Y además, si el presupuesto lo podemos pasar, chiqui, si eso es fácil, no pasa nada, chiqui… Y es verdad: no pasa nada. Nada.