Soy madridista, así que un respeto

escudo-futbol-madridDemasiado castigo. Cuatro años consecutivos compitiendo en Copa de Europa, soñando con doctorarse ya de una vez, y tiene que venir ese vecino al que odias a pararte en seco las cuatro veces. Demasiado castigo, sí, incluso para una afición que presume de no dejar de creer nunca, aunque eso se contradiga con la imagen que nos quieren vender de equipo orgullosísimo de su derrota. Pueden estar orgullosos, sí, pero por lo contrario, porque no es nada facil llegar a dos finales en tres años. Yo lo sé bien, tan bien como ellos.

Dicen los atléticos que los madridistas no podemos entender que ellos quieran a su club cuando pierde. ¿Cómo que no? Perfectamente. El Real Madrid sólo ha ganado una liga en los últimos cinco años, igual que el Atleti. Y estuvimos treinta y dos (32) años esperando a ganar de nuevo una Copa de Europa, perdiendo por medio una final de la que tardamos diecisiete (17) años en reponernos. El Real Madrid ha perdido con el Barcelona los dos últimos derbis, y suyos son fiascos planetarios para los que se inventan palabras con las que recordar rápidamente ridículos espantosos y amarguras difíciles de curar: alcorconazo, centenariazo, cosas así. Claro que los madridistas sabemos lo que es perder, y hemos tenido temporadas más blancas que nuestra camiseta. Y sufrimos lo nuestro al ver cómo el eterno rival, el club que más nos repele, gana campeonatos en estos últimos años. Por supuesto que conocemos la tristeza de caer eliminados, las noches de frío y derrota, el suspiro que acompaña ese terrible otro año será. Claro que sí. Y en esos momentos, nosotros seguimos queriendo a nuestro Real Madrid, defendiendo sus colores, honrando el escudo y animando al equipo. Y por supuesto que cantamos: pero si tenemos tres himnos, figúrate lo que cantamos. Como jilgueros.

Yo quiero ahora preguntar de qué hablaba ese papagayo atlético que decía ayer en la radio “vitrinas llenas, corazones vacíos” refiriéndose a los madridistas. ¿Qué clase de tontería es esa de que los madridistas no tenemos corazón ni queremos a nuestro club? Yo quiero preguntar dónde está ese medidor de cariño verdadero según el cual un atlético quiere más sinceramente y mejor a su club que un madridista al suyo, y ya de paso, dónde deja ese medidor a un seguidor bético o a un valencianista. ¿Hablamos de la Liga de Corazones con Anne Igartiburu de referee? Cuidado, cuidado, que los madridistas somos muy competitivos, y capaces somos de ganar también esa liga.

No sólo lo comprendo, sino es que sé que al club de tus amores también lo quieres en la derrota. Por supuesto. Sin embargo, hay algo que no soy capaz de entender. ¿Cómo se puede decir con tanta ligereza que un club centenario, que proporciona siempre el espectáculo de grandísimos jugadores y que es un icono mundial no transmite ningún valor ni significa nada para millones de personas? ¿Cómo se puede decir que nuestro único valor es el dinero? ¿Buscar el éxito y ser competitivo no es un valor? ¿Y por qué sí lo es en el caso de Rafa Nadal o de Usain Bolt? ¿Levantarse después de un golpe no es un valor? ¿Y por qué sí lo es para un atlético? ¿Luchar hasta el final y no rendirse no es un valor? ¿Y dónde ponemos eso de “nunca dejes de creer”? ¿El prestigio no es un valor? ¿Once copas tienen menor valor que tres finales? ¿Querer ganar un partido – que para eso se juega – no es un valor? ¿Qué valores tienen los jugadores del Atleti que no tengan los del Real Madrid o los del Barcelona, o los del Celta de Vigo, vamos a ver? ¿Y hablamos de todos los jugadores o sólo de unos cuantos? ¿Hablamos de los valores de Torres o de los valores de Arda Turam o los de Diego Costa en el campo?

Ah, sí, la humildad, que se me olvidaba. ¿Pero en concreto qué humildad? ¿La del Barça por ejemplo? La humildad no es pedir a la luna un campeonato “que se te debe”, tontería que por cierto pueden decir muchos otros equipos. Esa épica lastimera, todo eso de la humildad, le gusta mucho a los periódicos, que se relamen al ver que venden más si hay un bueno y un malo, un pobre y un rico, uno con mono y otro con frac. Esa épica que indica la existencia del maligno rival opresor, papel que se nos reserva siempre y que nos pone muy contentos. Una épica muy confortable por cierto para entrenadores y directivas que fracasan, pero que no engaña a jugadores llenos de talento, de futuro y de ambición que en cuanto pueden se largan o reclaman al club, con todo el sentido y legitimidad, dar ese paso que les falta para ganar, que eso les gusta a todos los futbolistas. La falta de exigencia no es humildad, amigos, es sólo falta de exigencia, y cada cual pone umbral a la suya.

Dicen que un gran rival te hace más grande. Sí, pero sobre todo un gran rival te deja la boca con sabor a tierra cuando le ganas, porque te ha pisado el cuello durante muchos minutos y te ha dejado la cara con barro. Te has levantado varias veces, has probado a pegarle en la boca del estómago, en el hígado, en la nariz,  lo has zarandeado, lo has echado al suelo y ahí sigue el cabrón, de pie, como en esas películas malas del spaguetti western en la que el malo no acababa nunca de caer. Eso es competir, y consiste en confiar en ti sin confiarse al destino ni a la suerte, en mirar al rival y comprender que viene a derrotarte, y en reconocérselo sacando lo mejor que tienes. Y eso hacen el Madrid y el Atleti, cada cual con sus armas y su talento. Y ya está.

Un respeto, pues. Mi afición, mi pasión y mi cariño por el Real Madrid no es ni menos valioso ni menos sincero que el que tenga el aficionado de otro equipo, eso no lo acepto. Tampoco acepto lecciones de moral de garrafa inventadas por tres chalados con micrófono. Que corazón tenemos todos, no vayamos a contarnos cuentos a estas alturas y con esta edad.

Y ahora a sufrir en Cardiff. ¡Hala Madrid!

 

Los vagabundos de la cosecha, de John Steinbeck

by Dorothea LangeEste que os comento hoy es el segundo libro del año del club de Lectura, elegido por mí, aunque en segunda tentativa. La primera era Germinal, de Emile Zola, pero tenía la desventaja de contar con casi 500 páginas. Entonces, entre saltarnos la regla de no más de 200 páginas o la de que el autor se hubiera muerto hace mucho, optamos por la segunda. Y de todos modos, ¡Steinbeck es Steinbeck! (grito igualmente aplicable a otros, por ejemplo ¡Galdós es Galdós!), y nunca defrauda.

Este librito, muy muy corto, pero también muy intenso, compendia siete reportajes que el autor escribió en el verano de 1936 para el San Francisco News. Son una denuncia de las condiciones de vida de los jornaleros de los campos de California de aquellos tiempos, unas condiciones hoy en día impensables. También lo eran entonces y de ahí los reportajes de Steinbeck.

Entre 1935 y 1938, unos 400.000 granjeros de Oklahoma, Nebraska, Kansas y el Oeste de Texas emigraron a California para cultivar los campos. No emigraron por gusto, ni por codicia, sino porque en los años precedentes unas tormentas de polvo seguidas de sequías, tornados y nevadas destruyeron no sólo sus cosechas, sino también sus campos. La mayoría había hipotecado sus tierras y sin poder pagar los préstamos ni poder arrendarlas, tuvieron que huir con sus familias y con lo puesto en sus viejos coches para poder comer.

…carracas desvencijadas cargadas de niños, sábanas sucias y peroles ennegrecidos por el fuego…

Los vagabundos de la cosechaEsta no es la crónica de una migración, sino más bien del recibimiento de una migración. En las primeras páginas, Steinbeck nos hace ver cómo las tierras de California necesitan a los jornaleros para explotar su tierra (su riqueza), y sin embargo, los reciben con odio y desconfianza, «con esa antipatía atávica del lugareño hacia el extraño». Antes que los americanos estuvieron los chinos, los filipinos, los japoneses, los mexicanos, gente que venía de otro país y que se organizó, o tiró los precios del jornal, y que por todo ello fueron igualmente expulsados. Ahora los nuevos vagabundos de la cosecha eran americanos, descendientes de los antiguos pioneros que habían conquistado y labrado la tierra de América, pero eso no les garantizaba unas condiciones dignas de vida y trabajo.

Steinbeck sólo recurre en un par de ocasiones a contarnos casos de familias concretas con nombres y apellidos, pero esto no le resta dramatismo ni gravedad a la narración. Algo de luz deja percibir cuando nos habla de las instalaciones construidas por el Gobierno federal, que devuelven parte de la dignidad a estos nuevos jornaleros. Pero la gran mayoría no vive en estos campamentos, ni tiene acceso a ningún subsidio por ser población itinerante. Viven en chabolas de cartón o de plástico, o en habitaciones de tres metros cuadrados alquiladas por la propia explotación, sin agua potable ni luz, sin acceso a la higiena básica ni a ningún servicio médico o sanitario, rodeados por guardias y matones, y cobrando salarios miserables con los que un padre de familia no puede mantener a su prole.

El libro se lee en un par de horas y enseña y explica lo que el propio Stenbeck desarrollaría después en Las uvas de la ira. Los vagabundos de la cosecha, sin ser una novela, contiene la misma verdad. Un buen libro, muy recomendable, que cuenta además con un buen puñado de fotografías de la época, la mayoría de Dorothea Lange, una de las cuales he elegido para ilustrar el post.

Como en otras ocasiones, podéis encontrar otras opiniones sobre el libro en La mesa cero del Blasco, La originalidad perdidaa, en Lo Lo que lea la rubia y en la propia página del Club, donde está la opinión de Juanjo. El próximo libro, para el primero de julio, será de Shakespeare, un autor muertísimo al que no contaremos las páginas. Aquí estaremos para contarlo.

Cambio de calles

El joven militante entró en el saloncito de la residencia de ancianos.

– Abuela, hoy es un día histórico. ¡Por fin hemos ganado la guerra!
– ¿Qué guerra, hijo?
– ¿Qué guerra va a ser? ¡La guerra en la que combatieron tus padres!
– ¿Mis padres combatieron en una guerra? Y a todo esto, ¿Tú quién eres?

 

Madrid-Barcelona ayer

escudo-futbol-madridLo peor de que el Madrid pierda en casa contra el Barcelona no son las bromas del día siguiente, sino que pierda. Aunque bromas, bromas, tampoco te hacen muchas, pero siempre hay algún barcelonista que viene desde el otro extremo de la oficina a meterte el dedo en el ojo. Hacen bien: yo no pierdo nunca una oportunidad de hacer exactamente lo mismo.

A mí sí me gustó el partido de ayer. Mucho. Desde luego, me gustó mucho más que el del año pasado, que eso sí que fue un horror. El Barcelona le dio al Madrid su propia medicina ganando en el descuento cuando al Madrid “le valía” el empate. ¿Le valía? No estoy segura. Al Madrid nunca le vale el empate. Eso es de equipillos pequeños y perdedores. El Madrid creyó hasta el final en la victoria, pensó que era posible después de remontar un 1-2 con 10. Se fueron todos como locos arriba cuando quedaba un minuto, a presionar, y se olvidaron de la retaguardia. Una cabalgada de ¿quién?, no me acuerdo, terminó en gol. Un fastidio. Los periodistas babosos dijeron luego que el de las hormonas fue la figura del partido, pero no es verdad: la verdadera figura del partido fue Ter Stegen, el portero del Barcelona, que se disfrazó de Neuer en el Bernabéu y nos amargó un poco una tarde de primavera madrileña bien bonita.

Yo confío en Zidane y en este equipo y creo firmemente que este año vamos a ganar la liga y la Copa de Europa. Por medio sufriremos lo indecible y será muy emocionante, que es lo que mola en el fútbol. Y en la Champions, si la Juventus y Buffon nos dejan, completaremos la docena y campeonaremos. Sí, ya sé que está el Atleti por medio, muy peligroso y con el corazón lleno de rencores y de cuentas pendientes, y con el segundo partido en su casa. Pero tienen muchas urgencias, no pocos fantasmas y algún que otro complejo, y probablemente se les irá la cabeza cuando más la necesiten. Al Madrid también se le va la cabeza muy a menudo, pero mira, que nos quiten lo bailao.

Hala Madrid y nada más.

Lo exhaustivo

Lo exhaustivo. Hace unos años, me tuve que hacer cargo a mitad de año de un presupuesto que no había hecho yo. Era un presupuesto considerable y tenía que optimizarlo encontrando las sinergias, o sea, rebajarlo. Así es que pedí que me lo explicaran y en vez de eso me enviaron un documento de texto de unas cuarenta páginas lleno de líneas y de cifras al lado. Ahí lo tienes todo detallado, me dijeron. Vale, dije. Entonces me armé de paciencia y me puse, con un lapicerito, a revisarlo línea por línea. Y los encontré, claro que sí. Costes unitarios absurdos, cifras de negocio no actualizadas, entradas de cosas que ya no se hacían, repeticiones típicas de corta y pega, muchos “diversos”, o sea, un presupuesto hecho a ojo y disfrazado de exhaustividad.

El diablo está en los detalles, y por eso suelo desconfiar de los documentos con pinta de exhaustivos. Esas  larguísimas presentaciones de 200 transparencias que se envían al lado de los resúmenes ejecutivos de ocho páginas, por ejemplo, o esas hojas de cálculo inmensas imposibles de imprimir. Si no se conoce el proceso de revisión, se puede esperar que los documentos exhaustivos no tengan como objetivo que se lean, sino que se vean. Y de paso, que te dejen exhausto. Nadie da por mal hecho un documento de 150 transparencias, y es verdad que normalmente son documentos sólidos, bien ejecutados, cuidados, revisados y solventes. Pero a veces, sólo a veces, según lo abres y le echas un primer vistazo, ya sabes que ese documento es de los de aparentar. Y entonces lo suyo es coger un lapicerito.

El riesgo de lo exhaustivo es que no puede haber ni una sola falta, ni un solo error, aunque sea pequeño. Lo exhaustivo es lo que tiene: su valor no es la completitud, sino la fiabilidad, y si en una lista hay un pequeño defecto, toda la lista se echa a perder. Igual en el documento: si una página tiene un cuadro sin actualizar, todo el documento deja de ser fiable. El resumen sin embargo es más amable, y deja un margen para el error. Es la ley del punto gordo: dos rectas paralelas no se cruzan en ningún punto… que no sea suficientemente grande.

Pero hay algo más. Tengo una compañera que me contó que en su empresa anterior, en notas largas o actas exhaustivas, intercalaba frases tontas para comprobar si se leían o no. Frases tipo “El pato Donald se ha perdido”. Yo nunca me he atrevido a hacerlo, pero estoy convencida de que hay quien lo hace. Y yo busco mi Pato Donald porque espero encontrarlo algún día. Mientras tanto, me tengo que conformar con traducciones patosas, acrónimos absurdos, frases ininteligibles (o directamente estúpidas), lugares comunes y alguna falta de ortografía. Qué le vamos a hacer.

El pato Donald se ha perdido.

Ejercicio de estilo

(Seguro que tú, lector, comprendes desde el principio del texto el sentido del ejercicio. Si no, léelo con esmero, incluyendo el penúltimo bloque: entonces fijo que deduces el intríngulis del texto).

El ejercicio que nos propone el profesor consiste en escribir un cuento siguiendo instrucciones de Georges Perec. Eso nos dijo el profesor, que lo citó en recuerdo del libro Ejercicios de estilo. En este libro, nos dice, Perec escribió el mismo cuento sirviéndose de cien estilos diferentes. Cien o un número próximo, no sé. Pero, mis queridos lectores, el libro en cuestión no es de Perec, sino de Queneu (¿se escribe Queneu? No lo recuerdo en este momento, luego lo consulto).

Este Queneu (después veré si decido escribir bien su nombre), es uno de los escritores que constituyeron el Oulipo, junto con Bens, Bergé, Lescure y otros. Este grupo, estudiosos del estilo y los experimentos retóricos, hicieron célebres muchos retos lingüísticos entreteniéndose con lo que describieron como inconvenientes o constricciones. Esto les sirvió como motivo de juego y les permitió ofrecer los pormenores de sus métodos entre el público. Pero este no es el ejercicio. El ejercicio consiste en escribir de nuevo el cuento con un estilo inédito. Voy, pues.

Resumiré el incidente del siguiente modo: un tipo sube en un bus y se enfurece porque otro hombre, por el impulso del motor, le dirige un golpe sin querer. El primero exhibe su enojo, como digo, pero no con mucho ímpetu. Y no surte ningún efecto, pues, entre murmullos, decide seguir en el bus e incluso se pone cómodo en un sitio próximo, desde donde se puede percibir que tiene un mosqueo de mil demonios.

Si quiero concluir el ejercicio propuesto, debo referir que el que ve el suceso (el que escribe) se encontró con el mismo señor del bus (el que entró en el bus y recibió el golpe) unos minutos después en un edificio donde se detienen los trenes con el fin de recoger productos o seres vivos. Los trenes sirven lo mismo en los dos supuestos, si bien los coches del tren son de distintos modelos y tienen diferente distribución. Pero no quiero perder el hilo, continúo con el cuento. El hombre del bus, vestido con un sobretodo por protegerse del viento y el frío, se juntó con un tercer hombre, desconocido, que le indicó con el dedo un botón del sobretodo. Y termino: tengo que decir en el texto el nombre con el que se conoce el edificio de los trenes. No es ningún misterio, pero yo les propongo descubrirlo por ustedes mismos: el nombre viene en recuerdo de uno de los siervos de Dios, un hombre con el que Jesús obró el prodigio de revivirlo después de muerto y que por eso le hicieron bendito.

Creo que es todo: en este punto puedo concluir el ejercicio. ¿Puedo?

Como digo en el principio de este suelto, el ejercicio que nos exige el profesor es de Queneu (seguro que no se escribe de este modo), si bien el profesor lo pidió de Perec. ¿De quien entonces me inspiro? Yo, queridos lectores, soy obediente y, como ven, hice lo de “Queneu”. ¿Debo poner tintes de Perec en el texto? ¡Eso intento!

Este escritor, Georges Perec, tiene un célebre ejercicio de estilo que usó en su libro El secuestro. Lo sugestivo de este libro no es el suceso de ficción que describe: lo difícil es que evitó poner “e” en todo el libro (ciento y pico folios). Y eso he hecho yo. Pero viniendo de donde vengo y viviendo donde vivo, no poner “e” en un texto no tiene ningún mérito. Entonces he elegido otro reto: he eludido escribir el primer signo de nuestro léxico, eligiendo términos y expresiones que no lo contienen.

Y por eso he ido y venido en el texto, (que por cierto es un rollo), ¡mil rodeos y giros he tenido que emprender con este puto ejercicio de estilo! En fin (suspiro), pobre “Queneu” y pobre Perec, espero que desde el cielo me perdonen. ¡Vive Dios que el ejercicio es difícil, coño!

A menos de cinco centímetros, de Marta Robles

A menos de cinco centímetros de Marta RoblesMarta Robles ha publicado recientemente su último libro y primera novela negra, A menos de cinco centímetros, y fue a dar una charla sobre la novela la semana pasada a Liberespacio, la maravillosa librería que mi amiga Zaida tiene en el barrio de Argüelles. Con ello, además, Marta Robles ha querido una vez más participar como protagonista de los eventos que organiza la Asociación Mujer y Liderazgo, AMYL, de la que fue presidenta otra buena amiga mía, Maitena. Y entre estas dos amigas —¿para qué quiero enemigos?—, decidieron encargarme animar el evento junto con otra compañera. ¿Y por qué me lo encargaron? Pues porque me quieren, me quieren muchísimo.

La novela cuenta el caso de un escritor del que se sospecha que ha asesinado a sus últimas amantes. A falta de femme fatal, el escritor juega el papel de homme fatal: atractivo, hombre de éxito, se le da igual de bien escribir libros que conquistar mujeres maduras. No hace rosquillas, ¡pero debería intentarlo! En sus brazos cae una bellísima mujer, mundana, cultivada, y con un pasado enigmático y triste. Pero el auténtico protagonista de la novela es Roures, un detective al que amas casi desde la primera página. Roures es un antiguo periodista de guerra, curtido y de vuelta de muchos horrores, engañado y desengañado, pero buen tipo, leal y noble. Ya tenemos el triángulo. Luego otros secundarios de fuste, como Prieto, un policía de bien, o Katia, la hija de una de las asesinadas que encarga el trabajo de investigación al detective. Y también está Isabel, un personaje inolvidable.

Estos personajes se pasean por una estructura sólida que mantiene el interés hasta el desenlace final, bastante inesperado. La prosa de Marta Robles, sin embargo, sí me la esperaba, porque yo ya la conocía de otro libro que escribió al alimón con Carmen Posadas, un libro muy divertido sobre las buenas maneras. En esta novela los personajes le permiten a Robles dejar perlas y frases redondas de las de anotar («imposible no seguirte sabiendo que caminas»), referencias literarias, diálogos inteligentes entre los personajes y algún que otro guiño al lector atento. Y un juego de voces que le permite trasladar tanta finura en escenas de sexo como brutalidad en pasajes de violencia espeluznantes.

La novela negra no es el santo de mi devoción porque casi siempre te deja un poso de inquietud. La novela negra necesita personajes cínicos y exige bajos fondos y, por regla general, la verdad que circula por debajo del asesinato es mucho más cruel que el propio crimen y nunca se resuelve deteniendo al asesino. Aquí este esquema se cumple a rajatabla, porque por debajo de la trama de intriga en la que se mueven los personajes se esconde una denuncia que trasciende al argumento. Marta Robles dispara contra asuntos tan sangrantes como es la trata de blancas, la violación como arma de guerra, la prostitución encubierta —o no tan encubierta—, el antisemitismo y el uso de la verdad como acto militante. O sea, una novela negra comme il faut.

Léanla, no se van a arrepentir.

Desamistar y unsuscribir

GOODREADSSólo tengo una amiga en Goodreads, que es MG. Y la tengo porque sé que le hace ilusión: a ella le encanta tener amigos en todos los sitios, aunque los repita de unos sitios a otros. ¿Que qué es Goodreads? Pues una red social de lectores en donde anotas tu biblioteca y tus lecturas y comentas libros. Yo he abierto una cuenta para meter ahí los libros que me quiero leer, simplemente. ¿Les parece una tontería? Es posible, pero si echaran un vistazo al caos que reina en mi librería les parecería una sabia decisión. También sería una sabia decisión dedicar una mañana a poner orden, y ya el colmo entre las sabias decisiones sería ampliarla, pero eso es algo que me da todavía más pereza. Algún día les hablaré de esto, de librerías y baldas. Tengo incluso un cuento escrito, pero ahora me centraré en lo que he venido a contarles, que todavía no sé muy bien qué es.

Entonces, el Goodreads como sitio para registrar los libros que me quiero leer y los que voy leyendo. Yo apuntaba (y todavía apunto) los libros que me quiero leer en un cuaderno. Pero también los apuntaba en papelitos. Y también los apuntaba en el bloc de notas que llevo en el bolso. Y también los apuntaba en las notas del movil si no tenía nada mejor a mano. Y también a veces los apuntaba en otros sitios que luego no sabía cuáles eran porque se me olvidaban, y con el olvido también dejaba de recordar cuál era el libro del que me habían hablado. MG, que tiene un TOC para esto del orden, me pasó, para ver si me servía, una hoja excel muy chula con muchas columnas, colorines, fechas y funcionalidades que usa ella para controlar los 180 libros que se despacha al año, los siete u ocho clubes de lectura con los que lidia y los retos que se impone (ahora pretende leerse todo de Javier Marías…). Y claro que me sirve su hoja excel, que está fenomenal, pero el problema de la hoja excel es la misma que la del cuaderno: la disciplina. Efectivamente, el orden tiene que ver con la disciplina, no con la voluntad. Pero ese es otro tema.

De momento me va bien con Goodreads. Lo tengo en el ordenador, pero sobre todo tengo la aplicación en el movil, o sea, siempre a mano. Y cuando veo, oigo, me hablan, me dicen algo sobre un libro que me parece interesante, lo busco en la aplicación y lo marco “para leer”. En realidad, no es “para leer”, sino “want to read”. Luego, cuando lo empiezo, lo marco como “leyendo”, aunque no es “leyendo”, sino “currently reading”. Y luego, cuando lo termino, lo marco como “leído”, aunque no es “leído”, sino “read”. Así es que, sí, la aplicación viene en inglés.

El currently reading tiene su aquel. Antes, “currently reading” eran los libros que tenía en la mesilla, esa balda camuflada de mi habitación en donde la competición es crudelísima (crudelísima: he aquí un superlativo cursilísimo). De pronto, no sé cómo, algún libro pasa de la mesilla a la librería. Clonc. O tal vez fiuu. O es magia, o los libros tienen patas, o la asistenta hace controles literarios. Para mí que es esto último. La mujer verá que la columna crece y crece y crece, y decide retirar el que hay debajo, aunque esto, más que con la literatura, tiene  que ver con la dinámica de los sólidos. ¿Por dónde iba? Ah, sí, el Goodreads.

Entonces me hice de Goodreads aconsejada por MG cuando le di las gracias y le vine a decir que su hoja excel era mucho arroz para tan poco pollo. Ella, que es una amante del orden aunque lo tengan que seguir otros, me propuso Goodreads. La historia igual no es exactamente así, pero bueno, para el post me vale. La cuestión es que me dijo que fuéramos amigas también en Goodreads. Me pareció bien, porque creo que es la única amiga que tengo repetida por todas partes (me falta trabajar en su empresa, pero todo se andará). Pero, en fin, cuando le di a aceptar no sabía yo que me llegarían unos cinco e-mails al día contándome la actividad de MG en Goodreads, que ya se pueden imaginar que es frenética.

– MG, no sé cómo se quitan las notificaciones de Goodreads del mail. Te voy a desamistar.
– Vale, sin problema.
– MG… francamente, esperaba que me dijeras cómo se quitan. Ahora sí que te desamisto.
– Ah, perdón. Mira en la parte de abajo del correo a ver si te puedes desuscribir.
– Ok… Ya está. Me he unsuscribido, porque no venía desuscribir.
– Bueno, eso es mejor que desamistarme.
– Tienes razón.

El diálogo tal vez no fue exactamente así. Pero bueno, para el post de hoy me vale.

Gatos ilustres, de Doris Lessing

Gatos, de Doris LessingEste libro de Doris Lessing es, como mínimo (estoy por decir como minino), un libro curioso. El título te lleva a pensar que se trata de una crónica de los gatos famosos de la historia, pero en absoluto trata de eso. He visto en otros sitios mencionar este libro con el título de Gatos distinguidos, y creo que sigue sin dar con la traducción de lo que originalmente la autora llamó Particularly cats, sin duda más acertado porque un gato siempre, siempre, es particular, en la acepción de único e individual.

Doris Lessing nos cuenta sus experiencias de vida con los gatos, desde su infancia en África a principios del siglo XX (vivió hasta los treinta años en lo que hoy es Zimbabue) hasta la actualidad londinense del libro, en 1967. Cuenta con mucha maestría algunas historias de gatos salvajes, en algunos casos crueles, otras tristes, y en ocasiones historias de las de meterse un puño en la boca y taparse la cara con la sábana. Pero siempre son historias muy interesantes y muy bien narradas.

La mayor parte del libro está dedicado a hablar de los dos gatos de la autora. Una gata gris medio siamesa, coqueta, presumida, exhibicionista y dominante y otra negra mucho más modesta, testaruda y formal. Y Lessing nos describe cómo estas gatas viven con ella y las relaciones de poder que establecen entre ellas, cómo reaccionan ante la maternidad y ante la vida en general, cómo se desenvuelven y establecen un vínculo casi familiar con la autora. Y aquí, amigos, es cuando uno percibe la enormidad de la escritura de Doris Lessing.

La autora pone toda su expresividad literaria al servicio de la observación de las dos gatas. Asombra la precisión de los detalles, la descripción elocuente de los comportamientos gatunos, cómo dibuja los gestos, las intenciones y las reacciones de estos animales tan enigmáticos. Lessing atrapa al lector construyendo dos personajes de novela y dotándolos de una personalidad compleja, completa, casi humana. Casi, porque Lessing deja en todo momento a las dos gatas en su sitio: son animales, no personas. Y de los animales, y de su admiración y vida con ellos, Lessing construye un gran relato.

«Sabía que no era el primer gato de la casa, que la gata gris mandaba. Pero como segunda gata tenía sus derechos, y los defendió. Nunca llegaron a pelearse físicamente. Libraron impresionantes duelos con los ojos. Cada una se situaba en un extremo de la cocina; ojos verdes y ojos amarillos mirándose de hito en hito…».

Y ahora el aviso a navegantes. Mucho cuidado si se encuentran este libro emboscado en alguna librería infantil porque NO es un libro para niños, aunque la cuidada edición, con unas maravillosas ilustraciones de Joana Santamans, pueda inducir a pensarlo. Tampoco es un libro para animalistas extremos, que se escandalizarán e indignarán mucho cuando lean que la autora reparte algún sopapo que otro a alguna de las gatas (muy merecido, por cierto). Es un libro a ratos duro, sí, pero entrañable, en el que prevalece el amor y el respeto hacia los animales y la admiración de la autora a los gatos. Un libro muy curioso, interesante, que se lee con mucho interés y que constituye, sobre todo, una magnífica lección de literatura.

Este post también ha sido publicado en El Buscalibros