Pum, el Brexit

Me gusta mucho a mí esa frase que me encontré en un curso para Jefes de Proyecto: si no sabes dónde vas, lo más probable es que te pierdas. También está aquello [¿Cicerón?¿Séneca?¿Florentino Pérez?], de que si el barco no tiene un destino, ningún viento le es favorable. Con más o menos poesía, las dos frases vienen a explicarlo mismo: la deambulación.

No he seguido en detalle el asunto del Brexit porque es un lío endemoniado. Pero soy capaz de hacer mi propio resumen. Unos políticos más aficionados a discutir en la barra de un bar que en un parlamento (David, sujétame el cubata), deciden preguntarle al pueblo si ellos, los del pueblo, son más bonitos que un San Luis, por ejemplo el de los franceses. Y, claro, sale que sí. Nosotros somos mejores, los otros son unos infrahumanos que no se lavan, solos estaremos mejor, viva nuestra independencia. Y ahora hay que hacer caso del mandato, y entonces empiezan a comprender que el asunto es más complejo de lo que habían previsto y que los de enfrente también tienen cositas que defender. Pum, el Brexit.

Preguntarle al pueblo. Ya, ya. El pueblo es usted, sí, que se tiene por una persona informada, moderada y responsable. Pero debería pensar que el pueblo es también ese tío que con cuatro amigos empujó a una chavala al chiscón de un portal en Pamplona para violarla en grupo; es también ese descerebrado que se pone un pasamontañas para quemar un contenedor y es también ese que no se pierde un capítulo de Gran Hermano, o de cualquiera de esos programas vomitivos de la televisión. El pueblo son todos esos analfabetos que campean en Twitter corrigiendo a catedráticos y llamando hijodeputa a cualquiera que opine lo contrario de lo que piensa. El pueblo son los que no vacunan a sus hijos y los que creen que la Tierra es plana y que el hombre nunca llegó a la Luna. Y eso, como noticia, no es lo peor: lo peor es que son la mayoría.

Hace muchos años, mi amigo Alfredo fue destinado a Tenerife a hacer la mili. Cuando llegó allí, le pusieron a dar clases a otros reclutas, porque él tenía el bachillerato. Me contaba, entre sorprendido y disgustado, la cantidad de alumnos que tenía. «Nosotros vivimos en una burbuja, Carmen. El mundo no es nuestros amigos, nuestras familias, nuestros conocidos. Hay un mundo que no comprende lo que lee, que no sabe lo que es un porcentaje, que cree que la luna tiene luz propia y que no sabe quién era Felipe II. Llegas pensando que eso era una cosa XIX, pero te das cuenta de que a finales del XX esa gente también existe». Y a principios del XXI, añado yo ahora, sigue existiendo.

Así es que la democracia, un hombre un voto, está en manos de una mayoría de gente bastante borrica, lo que da a unas elecciones una apariencia de ejercicio de riesgo extremo. Eso de que el pueblo siempre tiene razón lo pongo yo muy en duda: el pueblo lo que tiene es suerte, que es distinto. Porque cuando a la masa de ignorancia le pones una mecha de demagogia ya tienes un bonito explosivo. Lo normal, entonces, es que a tu país le pase cualquier cosa, como por ejemplo, pum, el Brexit.

Entre los reclutas que formaba mi amigo Alfredo también había el biotipo que cree que las cosas se resuelven a bofetadas. Con valor, vaya.  Un personaje de G. Chevalier, en El miedo, dice que «el valor es una virtud de subalternos, la inteligencia es una virtud de jefe», y sí, puede ser, puede ser. Pum, el Brexit.

Las víctimas ancestrales

[…] Le processus parait désormais infini, car les crimes qu’il faut réparer sont parfois très anciens. On peut, à ce titre, s’interroger sur la propension de certains à se déclarer «descendant d’esclave». Si cette filiation est la plupart du temps réelle (nous écartons le cas marginal des imposteurs), la revendication effectue, elle, un tri entre les ancêtres de celui qui la formule. Tous ses aïeux n’étaient pas esclaves; certains ont vecu avant l’esclavage, d’autres après l’esclavage; certains ont peut-être été des grands résistants, des intellectuels brillants, des héros politiques. Cependant, au-delà de la nécessité indéniable de dénoncer le crime d’esclavage, l’attrait exercé par le statut de victime pousse à choisir dans son arbre génealogique ce qui est perçu, dans nos sociétés contemporaines, comme le plus gratifiant, c’est-à-dire, la victime.

La stratégie de l’émotion, Anne.-Cécile Robert (Lettres libres)

Que traducido viene a decir que el proceso de victimización parece ya infinito, porque los crímenes que hay que reparar son a veces muy antiguos. Nos podríamos interrogar, en este sentido, sobre la propensión de algunos a declararse «descendiente de esclavo». Si esta filiación es en la mayor parte de las veces real (descartamos el caso aislado de los impostores), la reivindicación efectúa, en sí misma, un sesgo, una clasificación, una elección entre los ancestros de aquel que la formula. Todos sus antepasados no eran esclavos, algunos vivieron antes de la esclavitud, otros después; algunos pudieron ser grandes resistentes, intelectuales brillantes o héroes políticos. Sin embargo, más allá de la necesidad innegable de denunciar el crimen de la esclavitud, el atractivo que ejerce el estatuto de víctima empuja a elegir, entre el árbol genealógico, lo que se percibe como más gratificante, es decir, la víctima.

Y el que dice esclavo, dice republicano, o nacional, o indígena, o whatever. Tú coges, miras en tu árbol genealógico, y alguna víctima encontrarás. Aunque sea la víctima de un accidente de coche, pero alguna encontrarás. Y a reclamar perdón y a dar pena, que es gratis.

Este verano en Colombia, un individuo bien blanquito y bien rubio nos enseñaba, en un pueblo muisca de mentirijilla, un mapita en el que se leía que dos millones de indígenas habían sido asesinados por 250 españoles que remontaron el río Magdalena. El cuento era muy grosero. ¿De dónde son ustedes?, nos preguntó antes de empezar a decir tonterías. De España, contestamos. Ah, nos dice, pues discúlpenme si digo algo que les ofenda.

En fin, de aquella charleta lo único ofensivo que recuerdo era el desprecio a la menor inteligencia. ¿Qué podría decir aquel individuo que me pudiera ofender a mí? Los últimos antepasados cuya mala mención me puede llegar a ofender son mis abuelos, y estoy segurísima de que ninguno de ellos remontó el Magdalena. ¿Qué debería ofenderme entonces? ¿Lo que hicieron sus propios antepasados sin duda europeos? ¿Lo que votaron sus abuelos? ¿Lo que no han hecho sus padres? ¿Debo ofenderme por un pasado inventado sobre cuya historia tan manipulada como truculenta un tontainas se ha montado un negocio? ¿En 2018? ¿En serio? Ya lo decía Cipolla: contra la estupidez es inútil luchar, sólo se puede intentar huir.

Les confesaré una cosa: Cortés es mi cuarto apellido. No pienso pedir perdón a nadie. Y digo más: que se anden con ojo los mexicanos, que igual me ofendo y les exijo una reparación. ¡A mi abuela ni tocarla!

Vuelve Zidane, esa mirada

ZidaneEntre la historia que tu hiciste y la Historia por hacer, Zidane ha vuelto. Y yo estoy encantada. La cosa por lo visto estaba entre Mourinho y Zidane, o sea, entre dar motivos para que nos odien o dar motivos para que nos envidien, sabiendo que medio mundo nos seguirá odiando o envidiando aunque juguemos cada semana por el bien de la Humanidad o aunque perdamos tres títulos en una semana. Es lo que tiene ser grandioso, qué le vamos a hacer.

Como sé que no van a buscarlo, les volveré a contar lo mío con Zidane.

No recuerdo en qué año fue, pero él era todavía jugador. Yo estaba esperando en Roissy para volver a Madrid en el último vuelo de la tarde cuando pasó por delante de mí en la fila de embarque. Cuando entré en el avión, él ya estaba sentado en su asiento de Primera. Tenía una revista en las manos. Levantó la cabeza, me miró, le miré, suspiré, tuve la serenidad de no tropezar con nada y opté por enamorarme perdidamente.

Zidane aporta ilusión y sentido común. Ayer iba vestido rarísimo, pero yo se lo perdono, igual que le perdonaba sus escupitajos cuando jugaba, y también que cuando rompía a sudar pareciera una Cibeles espigada. Con Zidane sigue estando todo perdido, pero ya no lo parece. Nos recordó lo que hizo y lo que dejó de hacer en estos tres años, y eso es tanto como prometerlo todo.

Me da un poco de pena Solari, que me parece un caballero y un gran madridista. Pero sea, no le han salido las cosas y se tiene que ir. A cambio nos ha dejado ver a algunos jugadores extraordinarios que serán, con el tiempo, magníficos jugadores, como Vinicius o Reguilón, y también nos ha enseñado las miserias de otros, como Isco. También los límites, la proximidad del final, la desconexión y la arrogancia de muchos. Y las ganas y el compromiso y la clase de algunos. Lo que Solari no ha tenido que mostrarnos es la soberbia de Ramos, porque esa ya la conocíamos todos.

Zidane sabrá qué hacer con este grupo de jugadores. Y lo que haga, bien estará. Os lo digo yo, que he visto su mirada.

Hala Madrid.

Historia por hacer

Entre la Historia que tu hiciste y la Historia por hacer, al Madrid le ha ganado el Barça en el Bernabéu dos veces en cuatro días. Por el camino, nos han echado de la Copa del Rey y nos dejan a doce puntos en liga. Muy triste y, sobre todo, muy humillante. Así es que la Historia por hacer de este año es otra Champions, que sería la número catorce. Estupendo, sí, claro que es muy ilusionante, pero eso de dejar la Liga y la Copa para que la ganen otros no es digno ni aceptable en el Madrid. Un año puede, pero no más.

Hay algo en el Real Madrid que sobra, pero yo no sé qué es. Por el momento, no parece que fuera Cristiano. Es tremendo que alguien en sus cabales pensara que se puede dejar marchar a un jugador como él, (sin que venga un jugador clutch consagrado de repuesto) y que no le pase nada al equipo. Cristiano no era sólo los goles que metía, que también. Es que Cristiano es un jugador que cunde y que atemoriza al rival. Para mí hubiera sido mejor que se fueran cuatro jugadores (no cuatro al azar, cuatro estrellitas muy concretas), antes que Cristiano Ronaldo. Y aún ahora, sin ellos en el Club, el Madrid mejoraría. Y es que el futbol es calidad, piernas, energía, pero también es cabeza. Y buen rollo, y ejemplo.

Tampoco parece que sobrara Zidane. Un entrenador sirve para cosas, no es un muñeco. Un entrenador decide alineaciones, da instrucciones, impone un estilo de juego, estudia a los rivales y motiva a los jugadores. No es entendible que trajeran al triste de Lopetegui, un tipo que no había ganado nada, y cuyo legado en la selección fue un equipo de rumiadores insoportable. Así nos ha ido. En cuanto a Solari… en fin, Solari no es Zidane, al menos de momento, y la flauta de cambiar a un entrenador horrendo con el que te has equivocado no va a sonar siempre. Bueno, al menos Solari es un tipo agradable de mirar y de escuchar, ya es algo, pero un entrenador del Madrid es una pieza clave a la que no parece que se le dé mucha importancia.

El Madrid está muy visto y también parece que ya no lo respeta nadie. Viene al Bernis cualquier equipillo y va y nos gana. ¿Historia por hacer? Pues sí, pero de momento la están haciendo otros a nuestra costa, porque ganar al Real Madrid es como matar al padre. En fútbol no se puede vivir ni de eslóganes ni del pasado, y aunque ganar la Copa de Europa se haya convertido en una costumbre, la historia por hacer sigue pendiente.

En fin, Hala Madrid (qué depresión).

Comprar una casa por impulso

Me topé yo el otro día en un suplemento de prensa este titular:

Todo lo que tiene que saber antes de comprar una casa. ¿Cuánto puedo gastarme? ¿Qué tamaño de vivienda necesito? y ¿En qué zona? Responder a estas tres sencillas preguntas pueden evitar una decisión impulsiva que termine en una mala compra.

Una decisión impulsiva. A ver, yo creo que por impulso uno puede comprarse unos zapatos, o un abrigo, pero ¿una casa? ¿Decisión impulsiva? Verdaderamente, si alguien tiene riesgo de decidir impulsivamente la compra de una casa, no creo que ese artículo le sirva de mucho. Ni el artículo ni la cabeza. Otra cosa es la decisión rápida, pero ¿impulsiva?

Yo les voy a contar cómo se compraron mis padres la casa del Poblachón. Resulta que entonces veraneábamos en un pueblo cercano, mucho más pequeño que el Poblachón e infinitamente más antipático. Figúrense si sería pequeño que no tenía pescadería. Y sigue sin tenerla, por cierto. Y era muy antipático porque no vendían recortables en la tienda de los chuches. No sé si los despacharán ahora, yo hace ya mucho que no juego. La cosa es que sin pescado ni recortables, aquel pueblito no acababa de convencer a la familia. Sí, un pinar grandioso; sí, una tranquilidad fascinante; sí, un aire mega puro. Pero, en fin, no fish, no party.

Una buena tarde de verano, bajamos al Poblachón, que queda como a 15 km, a comprar pescado. Mi hermana y yo acompañábamos a mis padres por los recortables, aquellos con los que vestías a unos muñecos muy cabezones con los ojos muy grandes. Si alguien de mi edad me lee, sabrá de qué recortables hablo. La cosa es que, cuando terminamos de comprar, mis padres se quisieron acercar a la urbanización por delante de la cual siempre pasábamos cuando íbamos a Avila. Porque también nos llegábamos a Ávila de vez en cuando, supongo que no para comprar pescado y recortables, aunque seguramente aprovecharíamos el viaje. En esa urbanización habían comprado casa algunos amigos de mis padres que también salieron huyendo de aquel pueblito antipático sin pescado ni recortables. Y mi madre, siempre que pasaba por delante, decía algo como “pues esta urbanización está muy bien, tenemos que ir a ver las casas un día, Julio”.

El resumen es que aquel día volvimos del Poblachón al pueblito con una merluza, un par de paquetes de recortables y un contrato de compraventa por el que mi padre había pagado la nada despreciable cantidad de dos mil pesetas de señal. Así, como estas, ahí tiene lo que me ha sobrado de la pescadería. Eso es poderío y lo demás que se quite, no me digan que no. ¿Compra por impulso? Yo creo que el asunto estaba más que estudiado y que realmente la compra por impulso fue la merluza. Sea como fuere y en todo caso, tendrán que reconocerme que es originalísimo ir a un pueblo a comprar pescado y volverse con un apartamento.

El artículo que mencionaba arriba no valía nada, por cierto. Compra por impulso, bah.

Dentera

Hay unos médicos que son menos desagradables que otros. Se me ocurre, por ejemplo, por ejemplo…, pues no, no se me ocurre ninguno, pero alguno habrá que no sea desagradable. Y es que hay dos miedos cuando uno va al médico: la incertidumbre del diagnóstico y el mal rato de la exploración. La cura puede también tener lo suyo, pero como vamos a mejor, pues lo abordas con más optimismo.

Decía mi abuela del médico y del abogado que sabes cómo entras, pero nunca cómo vas a salir cuando vas a verlos. Yo tengo otra, y es que entras con un problema y sales con cinco, cuatro de los cuales ni te imaginabas que tenías. De los médicos pienso así desde que una vez fui a que me miraran una rodilla que me dolía y salí del ambulatorio con un volante para el endocrino.

Un caso especial es el del dentista. Sólo pensar en lo que debían penar los pacientes hace un siglo pone los pelos de punta a cualquiera. Pero hoy te ponen la anestesia, un simple pinchacito de nada QUE TE MERECE MUCHO LA PENA, y ya está, que hurgue todo lo que quiera. Luego, cuando se pasa la anestesia, ya es harina de otro costal. Sin embargo hay dos cosas que no remedia la anestesia. La primera es el miedo. Miedo a que se le escape el taladro y te salga por la mejilla. O por la coronilla, ya puestos. Y luego el miedo irracional a que se acabe el efecto de la anestesia antes de tiempo, hasta el punto que no sabes si quieres que acabe rápido porque lo estás pasando fatal o por la incertidumbre de cuánto dura una encía dormida.

La segunda cosa que no tiene remedio es la dentera. ¿Qué clase de aparatito es ese con el que te van rascando la superficie de los dientes, chis, chis, ñac, ñac? ¿Es un bisturí chiquitín? Chis, chis, ñac, ñac. ¿Y qué me dicen de la lima que te pasan entre el colmillo y el premolar? ras, ras, chis, chis. La lima es tremenda. En general, cualquier papelillo de esos que tiene el dentista provoca mucha dentera. O ese ganchito romo entre las muelas, clac, ñiac, clac, ñiac. Un horror. Por no hablar del algodón seco, sequísimo, que te pasan o que te ponen en la encía, que es la bola de algodón más seca del mundo. ¿Y qué me dicen del aire? ¿el aire, eh, el aire? Fiiis, fiiiis.

No sigo más.

 

Courtois, Morata y el peluche de rata

A Courtois le tiraron ayer ratas de peluche en el Wanda cuando salió a defender la portería del Real Madrid. Me cuesta mucho imaginar qué tiene en la cabeza alguien que entra en Amazón o en un chino, se gasta diez euros en una rata de peluche y luego va cargada con ella para tirársela en el campo a un jugador profesional. Me parece más explicable la reacción del chalado que, en un arrebato de ira porque va perdiendo su equipo, tira las llaves del coche al campo. Eso es una ida de olla sin más recorrido que reírte mucho del pobre idiota, que demuestra ser un burro por partida doble y que además se irá andando a casa. Claro que, después de haber visto lo del noucamp, cuando le tiraron una cabeza de cochinillo a Figo, ya una se espera cualquier cosa de según qué aficiones.

Courtois ahora es del Madrid, sí, y es un porterazo que ya me gustaba mucho cuando estaba en el Atleti, y lo tengo por ahí escrito. Me gusta mucho como portero y además su figura, tan gaullista, tan desgarbada, tan adusta, me resulta extrañamente estética. Keylor es más mullido y más compacto, y también más adorable, como más achuchable, aunque puede que el acento tico le ayude. Courtois no es nada achuchable: una temería clavarse algún hueso en el abrazo. En todo caso, Courtois es un profesional interesado en vivir en Madrid, y para mí tengo que si no lo hubiera contratado el Real, y dado que el Atleti, ante la disyuntiva, prefirió contratar los servicios de un mantero con peluches, habría acabado en el Rayo, el Leganés o el Getafe, por ese orden. Así es que besarse el escudo, por su parte, sería una falta evidente de courtoisie.

Algo parecido le ha pasado a Morata, que quería vivir en Madrid como fuera. Harto de penar en una ciudad en la que llueve mucho, anochece pronto y hablan raro, como Courtois, o sea, el hombre quería venirse a Madrid con su familia y sus amigos, a disfrutar de una ciudad que está un poco loca, pero que es un lugar estupendo para vivir. Comprensible. Y ha tenido la suerte de que le aceptaran en el Atleti, que es un club de posibles, pero para mí que, igual que Courtois, con tal de no seguir en Londres habría acabado en el Rayo, en el Leganés o en el Getafe, por ese orden.

Yo no sé qué recibimiento le hará el Bernabéu a Morata el día que venga con la camiseta colchonera, aunque viendo los antecedentes, capaz es el Bernis de aplaudirle. Lo que es seguro es que no le tirarán peluches, ni siquiera porque guarde esa imagen de chico sensible y formal amante de las abuelitas, que no me parece en absoluto impostada. Otra cosa es su repentina epifanía de atletiquez, aunque más bien parece un recurso para evitar que le tiren algo peor que un peluche en el Wanda. Se ve que el chaval conoce el paño, que para eso es nacido en la capital.

Hombre, yo entiendo que los forofos de todos los equipos prefieran cerrar los ojos ante esos espectáculos de amor eterno a los colores (con efecto retroactivo), aunque el caso de Morata es un riesgo mayúsculo para un atlético: la ensoñación les puede llevar a recordar que la Décima se ganó con Morata estorbando a los defensas atléticos cuando aquel cabezazo de Ramos. Un gol histórico del Madrid al Atleti con Courtois de portero, by the way.

Pero pelillos a la mar. En fútbol hoy es hoy e importa para el título de este año. Morata ya nos cascó un gol de  eliminación en Champions con la Juventus y, como buen profesional,  ha demostrado ayer que trae la escopeta preparada para amargarnos la fiesta en el futuro, si el Var no lo remedia (y yo no me fiaría mucho). Ante una eventual repetición de final de Copa de Europa con los mismos actores, yo invertiría en ratas de peluche: conociendo el escenario, el retorno de la inversión está garantizado.

¡Hala Madrid!

Una tela para los sillones

img_1039img_1041Los sillones tienen casi más años que yo. O sea, muchos. Eran unos sillones que estaban en casa de mis padres, aunque no recuerdo ya su tapicería original. Sí que recuerdo que durante un tiempo fueron blancos con grandes flores verdes, muy fresco todo, muy alegres, y después se tapizaron en color cereza. Y así vinieron a mi casa actual, y luego yo los tapicé en un color café como en la foto. Alguno que yo me sé diría que son marrones, pero no. En todo caso, el color conviene a los tonos sobrios del salón, porque yo soy una persona seria, discreta, tranquila y conservadora, y mi salón también.

Y ese tapizado tiene unos quince años, algo más que los últimos arañazos de Benito, que era un gato maravilloso que tuve (algún día les tengo que contar la historia de Benito) y que se murió en 2006. O sea, que Benito fue el predecesor (que no el antepasado) de Curra. Pero me distraigo. La cuestión es que los sillones estaban ya hechos un asco y entre lavarlos otra vez y tapizarlos de nuevo, he optado por lo segundo. Hace una semana se los llevaron, y se me ha quedado el salón, aparte de huérfano, incomodísimo, porque uno de esos sillones es mi sillón, en el que leo y veo el fútbol.

“¿Conocéis algún tapicero de confianza?”, fue la pregunta que puse en el wasap de mis hermanas y en el del poblachón. Enseguida me junté con cuatro o cinco propuestas que fui descartando cuidadosamente, hasta quedarme con tres. A la tercera no llegué. La primera era una tapicería cerca de mi casa. Fui a la tienda, me atendieron amablemente y me pidieron que enviara unas fotos de los sillones por wasap. Una semana después decidí que si no eran capaces ni de contestar a un wasap, de ninguna manera se iban a llevar mis sillones. Y como ya tenía las fotos fui a la segunda y ya están encargados.

Todo esta introducción para decir que la elección de telas para un tapizado es algo agotador que me provoca mucha ansiedad. Tienes que elegir sobre un trocito de tela de 6×6, poniéndolo muy generoso, y a veces hay fotos de sillones tapizados, pero a veces no, y entonces te sacan la tela extendida, o no, o a veces la tienen en la tienda en otro color, y tú te tienes que hacer a la idea de cómo quedarán tus sillones, pero no te haces a la idea para nada, y no sabes si te cansará esa tela, o si no estarás arriesgando mucho, o si por el contrario eres todavía más sosa de lo que pensabas, y también te dices que en qué momento habrá pensado el señor tapicero, tan amable, que le vas a dar importancia al comentario ese de “este tejido se lleva mucho”, cuando te dan ganas de preguntar “¿y dentro de otros quince años se seguirá llevando, cree usted?”, pero luego no preguntas porque se ha llevado la tela y ya te está enseñando otra, y te dan ganas de cerrar los ojos y elegir a voleo, y te asalta el reproche de a ver por qué has tenido que decir que “buscas azules o burdeos”, si con un color solo ya estás abrumada, y que si este hombre habrá entendido, después de decirlo cuatro veces, que no quiero flores, no quiero rayas, no quiero terciopelos ni quiero piel. Y así a lo largo de tres cuartos de hora de calvario durante el cual, por cierto, todavía no se te ha ocurrido preguntar por el precio, y cuando preguntas ya te dices que qué más da, que para tan poca salud, lo mejor es morirse.

En fin, tal ha sido el suplicio que cambiaré de cortinas cuando me reponga, que será dentro de un par de años si los sillones no se dan muy de bofetadas con lo que tengo, que creo que no. De momento sólo me quedan energías para esperar con paciencia los nuevos sillones. Sea.

El taxi: ¡Vivan las cadenas!

Los taxistas están en huelga, o sea que desde ayer no bajan la bandera aunque está por ver si la arrían, porque dicen que es indefinida. Sin embargo, teniendo en cuenta lo bien que se circulaba ayer y hoy en Madrid sin ellos estorbando, me digo que para hacerse notar deberían hacer una huelga a la japonesa. No parece que se les vaya a ocurrir, así es que buscarán la notoriedad cortando la Castellana o rompiendo ventanillas a los coches de los VTC, que eso está al alcance de cualquier inteligencia. Y como además no parecen muy interesados en caernos un poco mejor, no les importará que en vez de llamarles los pelas, empecemos a llamarles los palos.

Aquel taxista de hace años (muchos) que se conocía el callejero de memoria y te llevaba por el camino más directo y te daba un buen servicio ha casi desaparecido de las calles de Madrid. Desde la irrupción del GPS cualquiera puede conducir un taxi, con lo que el servicio ahora ya no te lo proporciona un profesional, sino que realmente te lo da Google Maps, que también es un servicio no sé si público, pero desde luego utilísimo.

Hay algo estupefaciente en esta protesta, y es que en vez de revolverse contra el que le impone trabas, regulaciones e impuestos y les impide competir en igualdad de condiciones, piden que se extienda y amplíe el corsé a sus competidores y que al final pague la factura el cliente. Eso es como ir al médico no para que te cure del catarro, sino para contagiárselo a los que están en la sala de espera, arriesgándote con eso a que te peguen ellos a ti la rubeola, por ejemplo. Lo de que en Cabify tienen trabajo precario que se lo digan al inmigrante que conduce taxis por la miseria que tiene a bien pagarle el dueño de la licencia. Van de pobres y de obreros, pero hablan poco de su temor a que sus licencias no valgan ni un duro. Pero valdrán más cuando sean más rentables, y por este camino, renunciando a mejorar, será difícil que lo logren. O sea, la rubeola.

De todos modos, la manera de protestar de los taxistas me tiene muy despistada, porque no sé si lo suyo es estupidez o ingenuidad. ¿Sabrán cuál es el perfil de la persona que coge taxis? ¿Se habrán parado a pensar en lo que puede opinar su potencial cliente de los disturbios y la violencia? ¿De verdad creen que su energumenez convence a alguien, quitando a podemers que no han cogido un taxi en su vida? ¿Entenderán que al público joven ya lo han perdido definitivamente, si es que alguna vez lo tuvieron, y que los perciben como careros, viejunos y apolillados? ¿Y que sus clientes de 50 ó 60 años manejan el móvil de puta madre? ¿Creerán que la simpatía de sus potenciales clientes aumenta con cada ventanilla de VTC que rompen? ¿O que caen mejor cuando piden que el cliente tenga menos alternativas?

No creo que el sector del taxi sea un sector privilegiado, sino protegido. Mal protegido. Pero en vez de pedir que les dejen competir y eliminen trabas absurdas, piden que empeoren a sus competidores y que yo, como cliente, obtenga un peor servicio. O sea, gritan Vivan las cadenas para al final fastidiarme a mí, que soy su cliente potencial, en un patio político en el que abundan los fernandos septimos. Vamos, que me lo ponen facilísimo para solidarizarme…

Me parece que sería mejor para todos que los taxistas se bajaran de esa burra pleistocénica en la que están instalados y trataran de comprender por qué Cabify y Uber tienen éxito. ¿De verdad creen que es por la botellita de agua? Pues habrá quien lo coja por esa bobada, pero a mí lo que me gusta es que sé por anticipado lo que me va a costar y que tengo una opinión que vale y que voy a emitir libremente en cuanto me baje del coche, así es que más vale que vaya limpio y que el conductor se baje a cogerme la maleta. Dicho de otro modo: en Cabify quien manda es el cliente y en el taxi quien manda es el ayuntamiento. Y esa es la asimetría de fondo, y no hay más.

 

El VAR y la contumacia

Pensábamos que con el VAR se acabaría la polémica, pero en vez de eso ahora no tenemos una polémica, sino dos polémicas: la que genera el árbitro y la que genera el VAR.

Y es que los árbitros en España son muy malos. O algo peor. ¿Y qué hay peor que ser muy malo? Pues no ser malo de incompetente, sino ser malo de Chucky.

También peor es ser dos veces muy malo. O sea, la contumacia.

Sí, va a ser eso.