La serpiente de Essex, de y yo qué sé

Primero de mes, aunque estemos a día 2, y toca libro del Club de Lectura. Ya empecé arrastrando los pies, porque no se oían ecos nada favorecedores en el chat del club. O sea, que ya iba predispuesta para el horror. Así es que empezaré por evitarles esa predisposición. Verán, de este libro escriben en El cultural.com lo siguiente:

De esta novela ha dicho el crítico y poeta John Burnside que “si Dickens y el autor de Drácula se hubieran unido para escribir la gran novela victoriana” no habrían sido capaces de superarla. En esta poderosa obra, Sarah Perry (Essex, 1979) sigue la senda de otras escritoras inglesas que, desde los años 90, han vuelto la mirada hacia la época de la Reina Victoria, para modelar en los escenarios de aquel complejo pasado, sugerentes personajes, cuyos deseos y coordenadas anímicas están más cerca del mundo de hoy que de un tiempo que entronizaba la represión de los impulsos.

Y en Siruela, la editorial que se encarga de esto en España, dicen en el catálogo:

Señalada como libro del año por la cadena de librerías Waterstones y número uno en la lista de libros más vendidos del Sunday Times, La serpiente de Essex también fue finalista del Costa Award 2016 y seleccionada para los premios Wellcome Book y el Baileys 2017.

Esto aparte del British Book Award 2016…

¿Se han predispuesto favorablemente ya? Bueno, pues ahora les daré mi opinión. De este libro tengo que decir que es una petardo insoportable y que he llegado al 25% del ebook, momento en el cual he decidido no seguir castigándome las neuronas con tanta palabrería, tanta cursilada, tanta nadería y tanto farfollo. Diálogos que no conducen a ninguna parte, que no retratan a ningún personaje; descripciones de relleno; un pasar de páginas sin que termine de suceder nada. Yo ya estoy muy mayor para aguantar libros que son un mal guión que además está mal novelado. ¿Dickens? ¿Pero estamos todos locos?

Encontrarán otras opiniones sobre este libro en La mesa cero del Blasco y en Lo que lea la rubia. Los otros integrantes del Club de lectura o están en otros menesteres o, directamente, se han saltado este adefesio. Y han hecho bien. En octubre volveremos con Viva el latín. Que viva.

 

Libros del resto de mayo

Me quedaron tres libros pendientes para comentar en el anterior post de libros, así que allá vamos con ellos y con una propina (que es propinaza).

Leo siempre con atención las reseñas de Modestino en su blog Cajón de sastre y recientemente hablaba bien de un libro que tenía yo apuntado de algún otro sitio, Alegro ma non troppo, de Carlo M. Cipolla. Es un libro cortito y lo presentaba como fino, humorístico e inteligente.  Y es todo eso. Se trata de dos pequeños ensayos, uno dedicado al papel de las especias en la Edad Media y el otro sobre la estupidez humana. En el caso del primero, Cipolla explica la historia a través de la escasez o la abundancia de la pimienta como podría haberla explicado a través de la escasez o la abundancia del arroz con leche. En este texto cargado de ironía nos hace ver que el simplismo no es lo mismo que la simplicidad y que, puestos a armar teorías tontas, cualquiera puede ensayar y tener éxito.

El segundo ensayo es sencillamente un texto delicioso acerca de la estupidez humana resumido en cinco leyes fundamentales. La primera nos dice que el número de estúpidos es siempre mayor de lo que imaginamos; la segunda que están en todas partes; la cuarta es que tendemos a subestimarlos y la quinta nos advierte de que los estúpidos son personas extremadamente peligrosas. ¿Y la tercera? Pues esta ley reconoce al estúpido como aquella persona capaz de causar daño a los demás sin obtener ningún beneficio para sí mismo. Lo llama «la ley de oro» y en efecto, lo es: ¿Qué puede ser más práctico y valioso que tener unas instrucciones sencillísimas para detectar a los estúpidos que nos rodean (y que, recuerden, según la primera ley son muchos más de los que creemos)?

Literalmente me bebí Los cinco y yo, de Antonio Orejudo, libro programado para una tertulia a la que acudo. Me ha gustado, aunque diré que leí las primeras páginas un poco escamada al pensar que iba a ser la típica basura con rollo Yo también fui a la EGB, un rollo que detesto por ñoño e infantiloide. Y no, no hay nada de eso. Claro que pasa el autor por su infancia y adolescencia y claro que recrea aquellos tiempos de los 70, es inevitable. Mezclando ficción y realidad, recuerdo y narración, saliendo y entrando en la novela constantemente, el protagonista se pasea por su propia vida encadenando digresiones hasta que las detiene en un congreso de fans de Enid Blyton, y nos explica qué fue de Julian, Dick, Ana, Jorge y Tim con el paso del tiempo (pone que al pobre Tim lo atropelló un coche, no sé si se lo perdonaré).  Y me parece que es un libro que entenderán mejor los contemporáneos del autor y que además hayan disfrutado con los libros de Los cinco. Si no se han leído los libros cuando eran pequeños, no sé cómo entenderán esta novela. Todo es reconocible en el texto y hay pasajes muy divertidos, como cuando se reprocha a la escritora su falta de diligencia y el que en 19 de los 21 libros de la serie existiera un pasadizo secreto. ¿Será verdad? En fin, de paso decirles que ya hablaré otro día, si me acuerdo, de esa pose intelectual que consiste en decir que todo lo que se es y se ha vivido es una mierda, esa manía de escupir al cielo para parecer contestatario y que sólo revela comodidad y que es un detalle un poco molesto en las primeras páginas, asunto en el que el autor afortunadamente no insiste. Un libro interesante.

Un cólico nefrítico me llevó a leer un librito de Stefan Zweig, Miedo. El cólico no lo sufrí yo, naturalmente, sino que acompañé al paciente en urgencias durante toda la tarde y me llevé este pequeño en el bolso. Se trata de una de estas ediciones del Acantilado que te venden en las cajas de las librerías y que son muy prácticos, en especial si de trata de Zweig, que siempre es muy distraído. En este caso, se trata del relato de una adúltera y su miedo al chantaje, que tiene un golpe final un poco inverosimil y algo bluf. Se lo pueden saltar si no media una tarde en Urgencias y si no son unos obsesivos del Zweig.

Y finalmente, Charlotte, de David Foenkinos. Me encanta este autor, su sensibilidad y su toque especial. En este libro nos relata la vida de la pintora Charlotte Salomon a través de frases cortas, como pinceladas. Su vida doblemente trágica, aprisionada por los antecedentes suicidas de su familia, en un tiempo en el que un judío tenía muy dificil escapar esa otra prisión que era el totalitarismo nazi. Miras el libro y parece poesía, pero luego no es poesía, pero parece poesía porque el fraseo suena a poesía. Es una preciosidad de libro, una maravilla, un libro que lees despacito porque no quieres que se te acabe. Foenkinos nos contó cuando vino a Madrid a presentar La biblioteca de los libros rechazados, en l’Institut Français, que la escritura de este libro le había dejado exhausto por la historia de la protagonista. Lo puedo entender. Es un must, no se pueden perder este libro.

Y ya, a ver qué nos depara junio.

A Kiev a por la trecena

Ayer vivimos una vuelta de semifinales agónica. Yo me recuerdo de pie, mirando fijamente el reloj de la retransmisión, hipnotizada delante los segundos que superaban los cinco minutos de descuento que el árbitro había otorgado, porque ya llevábamos treinta y pico de más, y gritaba furiosa “árbitro, tiempo, tiempoooo”, y el Bayern que seguía atacando, como el orgulloso equipo que es, uno de los grandes de Europa incluso cuando lo dirigía el acomplejado ese del lazo amarillo. El Madrid ayer vivió y sufrió esos últimos segundos agazapado, como el boxeador que se tapa la cabeza con los puños, resistiendo y aguantando las embestidas como sólo los campeones saben hacer. Casi me da un infarto, pero ahí estuvo mi Madrid, tan grande. Soy feliz.

Ya estamos en Kiev para jugar la decimosexta final de Copa de Europa. Me gustaría que fuera contra el Liverpool, que es un equipo también legendario y que hizo que tuviéramos que esperar a ganar la Séptima 32 años, en vez de 15. Así es que ahí hay una cuenta pendiente que me parece que deberíamos saldar. En todo caso, ganarle una Copa de Europa al Liverpool tiene más caché que ganársela al Roma, y no digamos si hay que perder, aunque eso no está en la mente de un madridista hasta que no sucede. Pero amigos, para ganar una Copa de Europa hay que llegar a la final, igual que para perderla. Hay 75 equipos que no han llegado, que son estos de ahí abajo, a los que habrá que sumar el Bayern y a uno de los otros dos semifinalistas.

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La élite de los equipos de toda Europa jugando la misma competición, organizados en liguillas y luego en cruces a doble partido. Y el Madrid en esos cruces ha eliminado al riquísimo PSG, que nos iba a laminar, a la elegante Juventus, que nos hizo sufrir con su condenado orgullo y a este Bayern, el más poderoso de todos para mi gusto y el que más cerca ha estado de echar por tierra la ilusión por la decimotercera copa.

Los emboscados y conspiranoicos, los reverdecidos con la envidia, los amargados, los acomplejados pequeñitos, pequeñitos, pequeñitos, los que politizan hasta un manojo de puerros, difamarán y pondrán reparos al éxito que supone llegar por segunda vez a poder ganar tres copas de Europa seguidas. Comprendo que pueda no gustar, incluso que pique un poco, pero, amigos, lo que ha hecho el Madrid es, sencillamente, gigantesco. Con todo, hay quien le quita importancia o trata de ensuciarlo para que parezca menos brillante, menos estimable. A lo que hay que responder que adelante: si es un reto al alcance de todo el mundo, adelante, que lo intenten. Sólo al Ajax y al Bayern les costará un mínimo de tres años, pero el resto lo puede lograr en seis. Adelante, vamos, inténtenlo si es tan poco meritorio. ¿Por qué no hacerlo? las casualidades funcionan para todos, y cualquier árbitro y cualquier directivo se puede comprar, que equipos mucho más ricos que el Real Madrid juegan en esta competición. Adelante, pues, ya les digo yo que es posible. Y además, ¿quién podría merecerlo menos que el Real Madrid? Cualquiera, no hay duda…

En fin, en Kiev intentaremos lo imposible porque para los madridistas será posible. Y ya está. Hala Madrid.

Las praderas del cielo, de John Steinbeck

Las praderas del cieloPrimero de mayo y reseña del segundo libro del año del Club de lectura, en esta ocasión elección mía. Elección con trampa, igual que la de Dickens en marzo porque, cuando te toca elegir, te tiembla la mano y vas a lo seguro. Así que Steinbeck, una garantía. En nuestro club hay varios gritos de celebración cuando se menciona a ciertos autores. Y así ¡es Galdós!, o ¡es Dickens!, o ¡es Steinbeck! Claro que también tenemos gritos de alerta, como es el caso de ¡Poniatowska!, que viene a cumplir las funciones de un vade retro festivo. En esta ocasión toca celebración.

Las praderas del cielo es un libro de pequeñas historias bien contadas, que arranca con la del descubrimiento de un valle casi paradisíaco en California, cerca de Monterrey, en el que se establecieron algunas familias de colonos para cultivar la tierra. Steinbeck construye nueve relatos cortos con la vida de estos vecinos. Son relatos que pueden leerse de forma independiente, pero que van hilados con los Munroe, una familia que llega al valle para ocupar una finca con un pasado oscuro, encantado. Los personajes van apareciendo como extras en cada historia hasta que les llega el turno de que Steinbeck nos cuente la peripecia que cada uno ha vivido. Y así va componiendo con retales la historia de los colonos de América y de sus momentos de grandeza.

Cada vida es una historia y Steinbeck compone un patchwork con ellas. En todas hay un momento de ruptura, de heroísmo, y en todas hay una luz, una salida. Todas las historias tienen un principio y un fin aunque luego cada vida sigue, pero para entonces Steinbeck ya ha fijado el personaje y su peripecia, porque en todas se refleja ese saber contar del autor. Un saber contar sereno, con un ritmo perfecto para saber contar cosas que pasan muy despacio o muy deprisa y que se mantenga el interés y se proporcione la coherencia necesaria para entender, en el que no hay momentos de aburrimiento ni de desgana, y en las que asoma a veces el humor y a veces el desconsuelo de un extraordinario narrador de historias.

Un libro poco conocido, pero desde luego brillante y que se lee con verdadero placer. Lástima la vergüenza de edición que ha caído entre mis manos (Ediciones del viento), con la que he tenido que penar descifrando comas que se ponen a lo loco, ausencias dramáticas de acentos y enervándome con faltas de ortografía que son un insulto al cliente que paga 16 euros por un libro (estava por estaba me encontré, ese es el nivel). Tantas leyes inútiles que se hacen y ninguna que ponga multas por estas cosas…

Claro, que si lo prefieren pueden buscar una edición digital. Y entonces el párrafo “Antes de que Alicia se hubiese quitado la chaqueta, él estava a su lado. Con la voz cansina que cuidadosamente había cultivado requirió…”, se convierte en “Antes que Alicia se hubiese quitado el abrigo, él estaba a su lado. Con la voz cansada que había adquirido en el colegio secundario, requirió…” Vaya usted a saber qué demonios quiso escribir Steinbeck, pero si descarta el original deberá elegir entre susto o muerte.

Para terminar, y como siempre, pueden encontrar otras opiniones del libro leyendo a mis compañeros del club en  La mesa cero del Blasco, en Lo Lo que lea la rubia y en la propia página del Club, donde está la opinión de Juanjo. El primero de julio volvemos, esta vez con Sarah Perry y La serpiente de Essex.

 

 

 

Isco y diez más

El Madrid tiene un problema con Isco, que no se siente importante. Porque, en la Selección, Isco juega de maravilla, mientras que en el Madrid no tanto. Todo por culpa de Zidane, que no le otorga la confianza que el chico necesita. Así es que en este triángulo de amoríos, fidelidades e importancias está Isco, un incomprendido, Lopetegui un gran entrenador y Zidane, un incompetente.

Por lo que he oido, en el Madrid hay que poner a Isco y a diez más, y con lo de diez me da que se refieren a jugadores, aunque bien pudiera ser que hablaran de sacar diez balones a la vez para que le dieran nueve a Isco y pudieran jugar todos. Y así que Isco hiciera sus monerías, sus ruletas, sus controles, sus taconazos, sus sombreros y sus regates. Y que, al desplegar su magia, la magia del de Arroyo de la miel –ay, la miel–, el aficionado quede satisfecho con el precio de la entrada sin importarle mucho si se ha ganado o no el partido.

– ¿Vamos al circo o al fútbol?
– Es igual, María Dolores, que juega Ijco.

He mirado la estadística en la página de la Liga y resulta que Isco ha jugado en 24 partidos de 29, 18 de las veces de titular. Asensio, por ejemplo, ha jugado 23 partidos y 14 de titular y, para mi gusto, Asensio es infinitamente mejor jugador, más decisivo, divertido, emocionante, y también cabría decir que más discreto. Pero Isco, después de marcar el primer triplete de su vida en un amistoso contra Argentina, dijo, creo que con ingenuidad, que él en la selección jugaba con más confianza que en el Madrid. Y a continuación –probablemente previendo la que se le venía encima–, reconoció con humildad que tal vez era culpa suya y que igual en el Madrid tenía que ganárselo. Decir esto último le honra, y pasarlo por alto deshonra a todos los que se han dedicado desde entonces a enredar.

En fin, no sería el primer gran jugador que se va del Madrid a otro club para ser la estrella rutilante y el titular indiscutible. Luego resulta que son la estrella de un universo más bien lánguido, un universo como de comerse los mocos, un universo de ligas de un solo equipo, titulares de plantillas con uno bueno y veintiún mediocres. Pero si tiene que ser, sea: el Madrid sobrevivirá sin él gracias a que hay más de diez más. Pero, sobre todo, que nos dejen tranquilos, que bastante tenemos con sobrevivir a estas polémicas tan tontas mientras intentamos la trecena. En realidad, lo único que importa.

 

Una hemorragia de satisfacción

“Es una hemorragia de satisfacción”, me dijo con una sonrisa de oreja a oreja.

Estas expresiones tan peculiares me dejan parada. Podrían dejarme pensativa, pero entonces me daría por pensar. Y yo, cuando me quedo parada, me paro hasta de pensar.

Pero luego me rehago, no se preocupen.

En la función informativa de los grupos sintácticos está el tema, que es lo conocido y que normalmente va al principio, y el rema, que es la novedad o aquello de lo que se informa, y que suele ir al final de la oración. Así es que aquí se nos informa de la satisfacción, no de la hemorragia, porque en este segundo caso, en vez de “es una hemorragia de satisfacción”, tendría que haberme dicho “es una satisfacción de hemorragia”, y entonces yo me hubiera encontrado bañada en sangre delante de un médico perturbado o de un drácula aficionado, y no tomándome un café con un optimista radical y de semántica pintoresca.

Supongo que el inconsciente, que es un subconsciente sin traumas, habrá querido escoger, de entre todos los sufijos, el de rragia, que indica romper y brotar para expresar lo que Marisol hubiera resumido cantando lo del corazón contento. Pero la raíz le ha llevado a una expresión de lo más gore que para colmo tiene un mal combatir. Porque, a ver, ¿cómo parar una hemorragia de satisfacción si no es con un torniquete de desencanto?

 

Dramatismos

Bonjour, Carmen. Est-ce que tu as un support de présentation du projet, par hasard? Je manque cruellement d’informations.

Recibir este correo muy de mañana te deja pensativa para lo que queda del día. ¿Tienes un soporte de presentación del proyecto, por casualidad? Me falta cruelmente información. Yo no lo hubiera dicho así en castellano, desde luego. Bueno, y ni en francés o en polaco si lo supiera hablar. Pero los franceses, ya se sabe, son muy suyos. Y sobre todo hay que concederles que cuando se ponen dramáticos no tienen competencia. ¿Han visto el adverbio? ¡Cruelmente!

Me ha venido a la cabeza una frase de La paradoja del interventor, de Gonzalo Hidalgo Bayal: «Cuídate, interventor, dijo el profeta con los brazos en cruz, que la vida es cruda, el mundo cruel y el sacrificio cruento.» Si esta muchacha que me pedía información hubiera sido española, no duden ni por un momento que habría incluido la frase de Bayal citándolo y sustituyendo la palabra interventor por su nombre.  Y con el libro a mano incluso podría haber completado el mail con algún párrafo más: «Cuando alguien se encuentra abandonado por todos, ni siquiera reconocido, acorralado por una adversidad anónima y unánime, el mundo deja de tener fronteras, lenguas, nombres direcciones y teléfonos, documentos, carnés, impresos, solicitudes, el mundo se vuelve estrecha cárcel. Limita la libertad con lo imposible. Cuando se puede ir en cualquier dirección es como si no se pudiera ir en ninguna, la libertad absoluta es una forma de prisión, porque quedarse es cautiverio e irse es obligación.»

Cruelmente, me dice y de mí se apodera la congoja y busco las imágenes de Hidalgo Bayal. «Era la tristeza amplia de la mañana la que se abatía sobre él.» (sobre ella). «Era el guardian de un paso a nivel vacío, guardian de nada, de una puerta en el desierto.»

No puedo dar fin a las citas sin olvidar la última:

«Para ellos no hay aprendizaje histórico, sino imitación audiovisual, sin llegar a advertir nunca del todo que la vida avanza inevitablemente sin elipsis.»

 

El primo Juan de Chambao

Esta es la historia de mi primo Juan que fue al hospital porque se encontraba mal. Los doctores, que lo vieron todo el día,  y ninguno le decía, ay, qué tenía. A dieta lo pusieron y de reposo en la cama. Frutita todos los días y tres botellitas de agua: Nada de pan, nada de sal, nada de carne, ni pescado, nada de nada.

Y el doctor le dijo que para el dolor, siembra en tu casa maría. Siembra en tu casa maría y cuidao con los espías.

Sembró con amor, Juan, la maría y lo cogió y se lo quitó todo la policía. Y como él seguía queriendo fumar, salió a la calle para comprar.

Mi primo fue por yerba, qué bien huele. Yerba, que bien huele, porque tiene el estómago mal, le duele. Mi primo fue por yerba para fumar porque la quimioterapia lo está dejando fatal.

Y ya no. Ya no se ríe igual mi primo. Ya no, ya no se ríe mi primo igual.

 

Nieve y pañales

Dos veces me he quedado tirada con el coche por culpa de la nieve y las dos veces fue por culpa mía. En ninguna de las dos ocasiones me salvó la Guardia Civil, o los de la UME, sino mi amigo Carolo y un buen señor que pasaba con un 4×4 y que me remolcó, respectivamente. En una de las ocasiones llevaba cadenas, pero aunque en la gasolinera me dijeron que ensayara para saber ponerlas no hice caso. Luego, con la oscuridad (no llevaba una miserable linterna) y el frío, las puse mal y se rompieron a los dos metros de rodada. En la segunda ocasión, ni siquiera llevaba cadenas.

En las dos ocasiones iba a esquiar, era pleno mes de enero y subía por una carretera local. Las dos veces estaba informada del mal tiempo que haría. Las dos veces era de noche y tarde para que pasara una quitanieves.

Las dos veces corrí un riesgo sabiendo que lo corría.

Las dos veces pasé un mal rato.

En estas dos ocasiones no había ni mucho menos unos telediarios que abren sus noticias dedicando cerca de 20 minutos al tiempo si es un poco extremo, además del programa especial de cuarenta  minutos que ponen después.  Entonces no había alertas naranjas, ni amarillas, ni avisaban de nada. Si querías saber qué tiempo haría, tenías que buscarte tú la información, y aun así fallaba más que una escopeta de feria.

De todas estas personas que se han quedado bloqueadas en las carreteras por la nieve este sábado, yo supongo que podría llegar a comprender a algunas, e incluso podría sentirlo por ellas. Pero en general tengo muchos peros. El primero es que no pueden decir que no lo sabían: aparte de los avisos desde el miércoles, todo madrileño sabe que su cielo azul no es una bendición de Dios, sino de la sierra que tenemos al norte, con puertas como los túneles de Guadarrama y Somosierra. El segundo es que una carretera, cualquier carretera, con las condiciones anunciadas, aquí y en Suiza, es peligrosa, y no pueden controlar que a alguno se le vaya el coche y bloquee la carretera. Y el tercero es que se podían equipar (cadenas, linterna, agua, bocadillos). Oír a una señora lamentarse de que no llevaba pañales en el coche (¿te metes con un bebe de noche en carretera con aviso de nieve? ¿really?), o a un tipo quejarse de la Guardia Civil por no pararse a escuchar cómo llora un padre amantísimo de sus hijos (llevaba dos en el coche, de uno y tres años) me produce un ataque incontrolado de contra-empatía que no puedo remediar. Y ya cuando oigo a los políticos me pongo roja por el alipori, vulgo vergüenza ajena.

Un adulto toma sus decisiones evaluando los riesgos, la probabilidad de ocurrencia y el impacto de sus consecuencias. Un niño, especialmente los malcriados, no, porque para eso está papá, lo que explica que sea un niño malcriado.

Si quedarse sin gasolina es la avería de los tontos, quedarse tirado por la nieve es la avería de los imprudentes. En España, además de imprudentes, quejicas.

Esa voz del coche

Todo lo arregla sacándome a la Castellana y llevándome hasta la Plaza de San Juan de la Cruz. Luego allí ya empieza a orientarse, pero no mucho. Y eso por no hablar de la alergia que le produce la M-30.

– Gire a la derecha y luego gire a la derecha y en la primera rotonda tome la segunda salida.

O sea, a la Castellana. A ver, guapina, que para salir a la A-6 voy mejor por otro sitio que me sé yo. Recalcula.

– Tuerza a la derecha y luego gire a la izquierda

Ya, ya, tú lo que quieres es que dé la vuelta. Que no, que no voy a coger la Castellana para salir a la A-6.

– Cuando llegue a la rotonda, tome la primera salida a la derecha y, luego, a 100 metros, gire a la izquierda.

No me lo puedo creer. Estoy casi en Puerta de Hierro y todavía sigues intentando que vuelva a la Castellana. ¡Que no!

Dentro de dos kilómetros, tome la salida 8, y a doscientos metros en la rotonda, tome la tercera salida, y, siga hasta girar a la izquierda…

Pero a ver, que ya estoy en la Carretera de la Coruña, que no voy a volver a la Castellana te pongas como te pongas.

Dentro de un kilómetro tuerza a la derecha y, luego, gire a la izquierda y, luego, gire más a la izquierda hasta dar la vuelta.

Dentro de un kilómetro ya estoy llegando a Aravaca, que es la salida 10, que lo he mirado, que no me fío de ti ni un pelo. ¿En serio quieres que vuelva a la Castellana?

– Ha llegado a su destino. 

No es posible, pero si estoy en medio de la nada.

– Ha llegado a su destino y no se hable más. Mendruga.