Chiqui, que eso es poco

La ministra Montero, que es la de Hacienda y que se ocupa en estos días de presentar esas cuentas del Gran Capitán que son los presupuestos públicos, le quitó importancia a tener una diferencia de cinco décimas de déficit. “Lo he dicho siempre, chiqui, eso son 1.200 millones, eso es poco” le dijo a una periodista con una frivolidad asombrosa.

1.200 millones de euros, para la ministra encargada de administrar nuestro dinero, es poco. Yo tengo que decir que para mí esa es una cifra de dinero incomprensible, y por eso, para entenderlo, intento hacer algún cálculo para hacerlo material,  tangible, comprensible. Cálculos de este tipo:

– El coche más vendido en España es el Seat Leon. Un Seat Leon cuesta unos 15.000 euros. 1.200 millones de euros equivalen a 80.000 coches. ¿Son muchos 80.000 coches? Pues yo creo que sí: en el mes de julio, es España, se vendieron unos 130.000. Y en la universidad Complutense de Madrid hay unos 70.000 alumnos, con lo que podrías dar un Seat Leon a cada uno que aprobara alguna asignatura (y te sobrarían muchos coches que se los puedes dar a los turolenses, por ejemplo, que están dejados de la mano de Dios).

– Esta es fácil: el salario mínimo son 10.320 euros al año. Con 1.200 millones pagas a 116.000 personas durante un año. Pero claro, el salario lo pagan las empresas. Bien, pues con 1.200 millones podrías reducir la cotización… ah, no perdón, que eso lo paga el empleador, que es un fascista.

– Otra también facil. La pensión media en España es de 934 euros. Con 1.200 millones de euros pagarías más de 90.000 pensiones durante un año. Otra forma de repartirlo es dando 10 euros más a cada pensionista al mes, eso si se quiere dar a bulto, que parece que es el modo de razonamiento preferido de la ministra.

– La cesta media de la compra es de unos 300 euros por persona y mes. Pues con 1.200 millones pagarías la cesta de la compra de 330.000 personas durante un año, o lo que es lo mismo, de más de 80.000 familias de cuatro miembros, por ejemplo como la de Pablo Iglesias, aunque no sé yo a cuánto estará la cesta de la compra en Galapagar.

– Si en vez de euros fueran metros, con 1.200 millones irías y volverías a la luna y todavía te quedaría crédito para ir de nuevo, aunque no para volver. Estaría bien hacer la prueba con la ministra, no creo que la echáramos de menos.

– El coste de una hora de vuelo del Falcon que le gusta tanto usar a su jefe es de 5.600 euros. Pues con 1.200 millones podríamos tener a Pedro Sanchez montado en el avión 24 años. Esto podría considerarse como inversión, con lo que es un coste amortizable. Y por otro lado, disminuiría el consumo de aspirinas entre la clase empresarial española. Me parece que sería un buen uso, tal vez el mejor de todos.

1.200 millones, chiqui, es poco. Y además, si el presupuesto lo podemos pasar, chiqui, si eso es fácil, no pasa nada, chiqui… Y es verdad: no pasa nada. Nada.

El emoticono de un puñal

Se trata de una noticia que no acabas de entender a la primera y luego ya todo va de mal en peor. El asunto empieza con que hay un presidente de la Interpol que desaparece. Sí, el jefe de la policía mundial desaparece. Puf, se evade, se borra, estaba y ya no está.

Luego sabemos que no ha sido de pronto, no: el jefe de los policías mundiales llevaba diez días desaparecido. Diez días. El presidente de la Interpol.

Sigue con que este señor es chino. ¿Teníamos un presidente de la Interpol chino?

La Interpol y la police francesa se ponen a buscarlo, y entonces se sabe que el chino ha desaparecido después de viajar a China. Entonces la Interpol y la France pasan de buscarlo a pedir explicaciones. En realidad, para entonces ya todos queremos explicaciones.

China entonces reconoce que sí, que el chino está retenido en China porque el chino era un ladronzuelo, y que el detalle de que fuera presidente de la Interpol y que el resto del mundo pensara que era disidente les trae sin cuidado. Pero por si acaso, le hacen dimitir aunque para ello el chino tenga que aparecer un rato.

Sin embargo, lo que más me ha fascinado de esta historia es que la esposa del chino ha desvelado que su marido le mandó un whatsapp diciéndole que esperara su llamada. Y luego un emoticono de un cuchillo.

Un emoticono de un cuchillo… Válgame.

A ver, a mí no me han secuestrado nunca, pero no sé si me entretendría en buscar en el móvil un emoticono si veo que vienen a por mí cinco armarios con cara de malas pulgas. Y ya no te digo nada si además soy china, presido la interpol, vivo en la Francia hedonista y soy un poco disidente.

Aunque pensándolo bien, vale la pena entretenerse, porque figúrate que con los nervios vas y, en vez del cuchillo, envías el emoticono de la folclórica.

(O no, mira, porque si el chino hubiera enviado el emoticono de la folclórica, la mujer hubiera denunciado antes su desaparición, probablemente.)

¿Y qué emoticono del cuchillo envió? Para mí que no mandó el que parece una daga, sino el cuchillo de cortar carne. La pobre esposa pensando que iba a comprar filetes y ahí la tienes, diez días para denunciarlo.

¿Y por qué no envió el emoticono de un revolver, que es más gráfico? O de una metralleta, que no sé si hay. O enviar todo emoticonos, algo así:

😮🕵️‍♂️🕵️‍♂️, 😬. 🤜💪👊,🥛.😰. 🐙.🚽 ☎️.😱🗡

Esto lo entiende todo el mundo, no hace falta saber chino ni francés. La traducción sería “Ahí va, vienen dos tíos, ay ay. Me amenazan, son fuertes, que te pego, leche. Tengo miedo. Me va a caer la del pulpo. Espera mi llamada. Uh, nooo. ¡Estoy en piligro!

En fin, la historia, aunque rocambolesca, es muy seria y no tiene pinta de terminar bien. Bueno, ¡eso si termina! Pocas bromas, con los chinos…

Libros del verano

Tal vez pensaban que me había olvidado de ustedes y que ya no les hablaría más de los libros que iba leyendo. Lo mismo hasta estaban contentos. Pero no, no: casi cada día, desde aquel 3 de junio, o tal vez desde ya entrado agosto, me decía que tenía que actualizar, que si no se haría bola, que se me acumularía el trabajo. Tampoco es para tanto, me iba diciendo, si total estás leyendo poco, si total llevas un ritmo de tortuga, si total luego esos post aburren da igual que pongas un libro que cien, si total nadie te lee. Aunque esto de «si total nadie te lee» lo tengo muy asumido desde que abrí el blog. Debo decir que la cosa se queda en un «casi nadie», que todavía quedan algunos buenos lectores heroicos que deben de entrar y salir horrorizados con las telas de araña que tiene el blog. Pero en fin, al lío. No me entretendré mucho en ellos, una pincelada y una nota, que si no se va a hacer muy largo.

Cuando aparecen los hombres, de Marian Izaguirre. Se trata de una novela un poco extraña, está escrita en varias voces y tiempos y no sé si la autora no se mete en un poco de lío de estructura. Fácil no te lo pone, vamos. En la novela se van entremezclando las historias de tres mujeres, a través de las cartas que lega una, los recuerdos de otra y la vida de la protagonista. Está bien, no había leído nada de esta autora y no me importaría repetir, aunque he leído por ahí que esta novela es la mejor que tiene. Esperaremos entonces.

El arte de ser feliz, de Shopenhauer, un librito de estos que te ofrecen en la caja de las librerías. El autor no escribió este libro de una sentada, sino que es una recopilación de pensamientos que fue haciendo a lo largo de su vida y dejándolos por aquí y por allá, y que ahora se recopilan. Ofrece cincuenta reglas, que no son pocas, aunque la mayoría no se seguirán en el mundo actual por pereza, por las prisas y porque nadie se leerá esto. Hoy en día, ser feliz es un derecho, y, claro, así nos va. Pero el autor nos propone la sabiduría de los siglos concentrados en la modestia, la resignación y la generosidad. Finalmente, la felicidad es la ausencia del dolor y para notarla, te tiene que doler algo. Está muy bien, léanlo si se lo topan.

La España Vacía, de Sergio del Molino. Un libro que me decepcionó un poco, debo decir. La España vacía es esa España rural y deshabitada, descuidada, olvidada y al mismo tiempo recurso de las fantasías de los urbanitas que sueñan con un mundo sin ruido ni prisas, pero que luego se vuelve muy incómodo, hasta el punto de tener que salir huyendo. Tiene una primera parte yo diría que muy buena, pero luego se enreda con teorías políticas y alguna digresión algo molesta (el carlismo y Joaquín Luqui en el mismo razonamiento cuesta mucho), que le hacen pegar un bajón serio al libro. Luego remonta, pero para entonces ya tienes la cabeza llena de desconfianza. Yo lo recomiendo, aunque con algún reparo.

Padres e hijos, de Ivan Turgenev, un clásico de la literatura rusa. Un pelín apolillado, este tipo de novelas te tienes que proponer leerlas para no abandonar. En la novela se cuenta la historia de dos jóvenes nihilistas e idealistas (idealistas del nihilismo, con que imaginen la confusión que les ronda) confrontados con la sociedad y con la anterior generación, aunque para mí que lo que tienen es una edad del pavo que les dura más de la cuenta. Un drama ruso muy ruso y muy drama, con descripciones muy de detalle de la sociedad rusa del XIX y comportamientos de los personajes que hoy nos parecen marcianos (y probablemente también nos lo parecerían en el XIX). Pero tiene su punto, la novela, no crean que no.

Los perros duros no bailan, de Pérez-Reverte, que me regaló mi tía por mi cumpleaños. No soy devota de Pérez-Reverte, pero es un libro de perros después de todo y por eso el regalo. Es la historia de un perro que fue de pelea y que ahora vive su vejez como guarda de una obra y que se ve envuelto en una intriga de secuestro de otros perros. La aventura le lleva a descubrir una trama de mafias que se dedican a las abominables peleas de perros y no les cuento el final que no debo. Es una novela de intriga, de buenos y malos, con protagonistas especiales (¡perros!), y, aunque alguno muere (lo que me debería haber impedido leerla), se lee con agrado. Está muy bien y es muy distraída, desde luego.

El tiempo entre costuras, de María Dueñas. Pues no, no la había leído. Debía de ser yo la única española con esa tara. Y me gustó mucho, y me sorprendió para bien. Esta mujer sabe escribir, y la novela está armada para enganchar. ¿Un defecto? Pues que la alarga quizá demasiado. Yo creo que a la novela le sobran unas cien o doscientas páginas, y llega un momento que estás deseando que se acabe ya de una vez, pero por lo demás está muy bien y me gustó.

Dónde vamos a bailar esta noche, de Javier Aznar. Resulta que este autor y yo tenemos una amiga en común, y lo tenía pendiente. Este verano me lo recordó esta amiga y me lo bajé en un viaje a Colombia que hicimos juntas. Perfecto para el viaje, porque se trata de post, o de artículos del autor, independientes entre ellos, pero divertidos y agradables de leer, que tratan de lo divino y lo humano, relatos, recuerdos, reflexiones, con el sello del gentleman, del hombre de mundo, de un tipo elegante.

Sobre la leyenda negra, de Iván Vélez. Pues este libro lo recomendaron en un podcast sobre libros de RNE, creo, que escuché este verano, y me lo apunté y… un horror, en serio. Es un libro mal organizado, mal ordenado y muy farragoso. Y el tema es interesante, no crean, pero. Ni se les ocurra, un petardo.

El orden del día, de Eric Vuillard. Lo ponían por los cuernos de la luna en un suplemento cultural. Vamos, que si no lo leías se te caerían los dientes o el pelo, o algo. Y aun sin eso, el libro es un Goncourt y yo le tengo mucha fe a ese premio. Y buf. Pero buf, buf, buf. Trata de la «conspiración» urdida para llevar el nazismo al poder, de cómo los grandes poderosos y los políticos melindrosos estaban detrás de aquello, y nos lo cuenta como si nos acabáramos de caer de un guindo. El autor quiere saldar cuentas pendientes, vale, y está mega indignado, vale, pero le sale un panfleto burdo, una pataleta de mal autor que aromatiza todo el libro. Igual mejor debería haber escrito un ensayo, aunque el resultado, de todos modos, hubiera sido un panfleto. La buena noticia es que es muy cortita, pero es un libro muy prescindible. In short, es una porquería.

Voces de Chernobil, de Svetlana Aleixievich. Maravilloso libro. Me lo recomendó hace mucho mi querida Paula y ahí estaba pendiente en el Kindle. La autora da voz a todos aquellos silenciados después del accidente de la central nuclear. Y a través de esas voces, sabemos de la mentira, de la desinformación, del desprecio por la vida de los habitantes de los pueblos circundantes, del florecimiento del mercado negro, del permanente recuerdo de la guerra, de la estupefacción de la población (el átomo malo era el de Hiroshima, no el de la central), de la chapuza de la construcción, de la muerte, de la destrucción de todo lo vivo, de la destrucción del futuro, de la pena, de los porqués y de los sinsentidos. Da mucha, mucha pena, pero lo considero un imprescindible.

Farenheit 451, de Ray Bradbury. Otro clásico. No soy muy amante yo de las distopías. Esta al menos te deja algo tranquila, porque está escrita en 1953 y, mira, no ha pasado nada de lo que se imaginaba el autor: un mundo en el que los bomberos queman libros, porque éstos conducen irremediablemente a la infelicidad. Como en toda distopía, lo que importa es el escenario casi más que los personajes, aunque en este caso, si nos olvidamos del mundo horrendo que presenta el autor, nos encontramos con una novela casi policíaca, con persecuciones y crímenes y emoción. Pero el decorado no deja de ser la sociedad enferma a la que se llega por la obsesión por la igualdad (no nacemos iguales, nos convertimos en iguales), la masificación, el hedonismo, el rechazo de la controversia y del pensamiento. Una muy buena novela, sin duda.

Y ya está. Con este ritmo de escritura creo que la próxima cita será en Navidad. No apuesten.

 

¡Viva el latín!, de Nicola Gardini

portada_viva-el-latin_nicola-gardini_201708031456Desde julio no me pasaba por aquí – cosas de la vida, de sus veranos y de sus vueltas de verano –, y aquí me tienen cumpliendo con el rito bimestral del Club de Lectura. En esta ocasión, un libro incalificable elegido por Juanjo. Me pregunto qué será lo próximo que tendremos que intentar leer. ¿Un tratado de apicultura?

Si ustedes consultan en la editorial del libro, se encontrarán con que el libro es presentado como «Una defensa apasionada del latín como elemento cohesionador e identitario de todos los europeos», y no sé, es posible, yo no he llegado hasta ahí. Abandoné pronto, allá por la página ciento y poco, pero me extrañaría mucho que la cosa hubiera ido por esos derroteros. De todos modos, si les digo la verdad, no sé muy bien de lo que hablaba este señor y, lo que es peor, no sé qué me quería contar. Tengo la sensación de que quería venderme algo, por el tono más que nada, pero ya digo que me he quedado in albis (esto de in albis lo pongo para que vean que algo de latín sé, hombre).

El autor es un fan de los clásicos y del latín, y entre recuerdos de sus profesores, nos va hablando de eso, del latín y de los clásicos. Catón, Catulo, Virgilio, Cicerón, así que me acuerde. Todo con mucho entusiasmo. Tanto, tanto, tanto entusiasmo que al cabo te preguntas qué haces tú leyéndote eso y que por qué, Señor, por qué. Entre latinajo, declinación y cita, el tipo te analiza la gramática comparativa entre estos autores y Petrarca, o San Agustín, así que me acuerde, y de nuevo tú te preguntas qué haces leyéndote eso y por qué, Señor, por qué, si ni sabes nada de esas cosas, ni te interesa lo más mínimo, y si no te has apostado nada con nadie (apuestas del tipo de sujétame el cubata o por ahí).

Juanjo es un enamorado de los romanos, de la época, la cultura, la civilización romana. Sabe además un montón de todo eso, así es que tal vez este es un libro con el que él ha disfrutado. E incluso podríamos haber disfrutado todos si el autor no fuera un pelmazo que, tengo para mí, pensaba hacer algo divulgativo y le ha salido un petardo pretencioso que, probablemente, a los especialistas en el tema les parecerá un libro-parida de los tantos que circulan por el mundo.

En fin, léanlo, no lo lean, hagan lo que quieran, pero mi consejo es que, si les interesa el latín, los clásicos y la gramática, antes de gastarse un céntimo se bajen la muestra, que el autor es barroco a más no poder. Pero encontrarán otras opiniones sobre este libro en La mesa cero del Blasco, en Lo que lea la rubia y en la página del blog, que es donde dejará su comentario Juanjo (me gustará mucho leerle). El próximo libro será El último caso de Philip Trent, de E.C. Bentley. Temblando estoy…

La serpiente de Essex, de y yo qué sé

Primero de mes, aunque estemos a día 2, y toca libro del Club de Lectura. Ya empecé arrastrando los pies, porque no se oían ecos nada favorecedores en el chat del club. O sea, que ya iba predispuesta para el horror. Así es que empezaré por evitarles esa predisposición. Verán, de este libro escriben en El cultural.com lo siguiente:

De esta novela ha dicho el crítico y poeta John Burnside que “si Dickens y el autor de Drácula se hubieran unido para escribir la gran novela victoriana” no habrían sido capaces de superarla. En esta poderosa obra, Sarah Perry (Essex, 1979) sigue la senda de otras escritoras inglesas que, desde los años 90, han vuelto la mirada hacia la época de la Reina Victoria, para modelar en los escenarios de aquel complejo pasado, sugerentes personajes, cuyos deseos y coordenadas anímicas están más cerca del mundo de hoy que de un tiempo que entronizaba la represión de los impulsos.

Y en Siruela, la editorial que se encarga de esto en España, dicen en el catálogo:

Señalada como libro del año por la cadena de librerías Waterstones y número uno en la lista de libros más vendidos del Sunday Times, La serpiente de Essex también fue finalista del Costa Award 2016 y seleccionada para los premios Wellcome Book y el Baileys 2017.

Esto aparte del British Book Award 2016…

¿Se han predispuesto favorablemente ya? Bueno, pues ahora les daré mi opinión. De este libro tengo que decir que es una petardo insoportable y que he llegado al 25% del ebook, momento en el cual he decidido no seguir castigándome las neuronas con tanta palabrería, tanta cursilada, tanta nadería y tanto farfollo. Diálogos que no conducen a ninguna parte, que no retratan a ningún personaje; descripciones de relleno; un pasar de páginas sin que termine de suceder nada. Yo ya estoy muy mayor para aguantar libros que son un mal guión que además está mal novelado. ¿Dickens? ¿Pero estamos todos locos?

Encontrarán otras opiniones sobre este libro en La mesa cero del Blasco y en Lo que lea la rubia. Los otros integrantes del Club de lectura o están en otros menesteres o, directamente, se han saltado este adefesio. Y han hecho bien. En octubre volveremos con Viva el latín. Que viva.

 

Libros del resto de mayo

Me quedaron tres libros pendientes para comentar en el anterior post de libros, así que allá vamos con ellos y con una propina (que es propinaza).

Leo siempre con atención las reseñas de Modestino en su blog Cajón de sastre y recientemente hablaba bien de un libro que tenía yo apuntado de algún otro sitio, Alegro ma non troppo, de Carlo M. Cipolla. Es un libro cortito y lo presentaba como fino, humorístico e inteligente.  Y es todo eso. Se trata de dos pequeños ensayos, uno dedicado al papel de las especias en la Edad Media y el otro sobre la estupidez humana. En el caso del primero, Cipolla explica la historia a través de la escasez o la abundancia de la pimienta como podría haberla explicado a través de la escasez o la abundancia del arroz con leche. En este texto cargado de ironía nos hace ver que el simplismo no es lo mismo que la simplicidad y que, puestos a armar teorías tontas, cualquiera puede ensayar y tener éxito.

El segundo ensayo es sencillamente un texto delicioso acerca de la estupidez humana resumido en cinco leyes fundamentales. La primera nos dice que el número de estúpidos es siempre mayor de lo que imaginamos; la segunda que están en todas partes; la cuarta es que tendemos a subestimarlos y la quinta nos advierte de que los estúpidos son personas extremadamente peligrosas. ¿Y la tercera? Pues esta ley reconoce al estúpido como aquella persona capaz de causar daño a los demás sin obtener ningún beneficio para sí mismo. Lo llama «la ley de oro» y en efecto, lo es: ¿Qué puede ser más práctico y valioso que tener unas instrucciones sencillísimas para detectar a los estúpidos que nos rodean (y que, recuerden, según la primera ley son muchos más de los que creemos)?

Literalmente me bebí Los cinco y yo, de Antonio Orejudo, libro programado para una tertulia a la que acudo. Me ha gustado, aunque diré que leí las primeras páginas un poco escamada al pensar que iba a ser la típica basura con rollo Yo también fui a la EGB, un rollo que detesto por ñoño e infantiloide. Y no, no hay nada de eso. Claro que pasa el autor por su infancia y adolescencia y claro que recrea aquellos tiempos de los 70, es inevitable. Mezclando ficción y realidad, recuerdo y narración, saliendo y entrando en la novela constantemente, el protagonista se pasea por su propia vida encadenando digresiones hasta que las detiene en un congreso de fans de Enid Blyton, y nos explica qué fue de Julian, Dick, Ana, Jorge y Tim con el paso del tiempo (pone que al pobre Tim lo atropelló un coche, no sé si se lo perdonaré).  Y me parece que es un libro que entenderán mejor los contemporáneos del autor y que además hayan disfrutado con los libros de Los cinco. Si no se han leído los libros cuando eran pequeños, no sé cómo entenderán esta novela. Todo es reconocible en el texto y hay pasajes muy divertidos, como cuando se reprocha a la escritora su falta de diligencia y el que en 19 de los 21 libros de la serie existiera un pasadizo secreto. ¿Será verdad? En fin, de paso decirles que ya hablaré otro día, si me acuerdo, de esa pose intelectual que consiste en decir que todo lo que se es y se ha vivido es una mierda, esa manía de escupir al cielo para parecer contestatario y que sólo revela comodidad y que es un detalle un poco molesto en las primeras páginas, asunto en el que el autor afortunadamente no insiste. Un libro interesante.

Un cólico nefrítico me llevó a leer un librito de Stefan Zweig, Miedo. El cólico no lo sufrí yo, naturalmente, sino que acompañé al paciente en urgencias durante toda la tarde y me llevé este pequeño en el bolso. Se trata de una de estas ediciones del Acantilado que te venden en las cajas de las librerías y que son muy prácticos, en especial si de trata de Zweig, que siempre es muy distraído. En este caso, se trata del relato de una adúltera y su miedo al chantaje, que tiene un golpe final un poco inverosimil y algo bluf. Se lo pueden saltar si no media una tarde en Urgencias y si no son unos obsesivos del Zweig.

Y finalmente, Charlotte, de David Foenkinos. Me encanta este autor, su sensibilidad y su toque especial. En este libro nos relata la vida de la pintora Charlotte Salomon a través de frases cortas, como pinceladas. Su vida doblemente trágica, aprisionada por los antecedentes suicidas de su familia, en un tiempo en el que un judío tenía muy dificil escapar esa otra prisión que era el totalitarismo nazi. Miras el libro y parece poesía, pero luego no es poesía, pero parece poesía porque el fraseo suena a poesía. Es una preciosidad de libro, una maravilla, un libro que lees despacito porque no quieres que se te acabe. Foenkinos nos contó cuando vino a Madrid a presentar La biblioteca de los libros rechazados, en l’Institut Français, que la escritura de este libro le había dejado exhausto por la historia de la protagonista. Lo puedo entender. Es un must, no se pueden perder este libro.

Y ya, a ver qué nos depara junio.

A Kiev a por la trecena

Ayer vivimos una vuelta de semifinales agónica. Yo me recuerdo de pie, mirando fijamente el reloj de la retransmisión, hipnotizada delante los segundos que superaban los cinco minutos de descuento que el árbitro había otorgado, porque ya llevábamos treinta y pico de más, y gritaba furiosa “árbitro, tiempo, tiempoooo”, y el Bayern que seguía atacando, como el orgulloso equipo que es, uno de los grandes de Europa incluso cuando lo dirigía el acomplejado ese del lazo amarillo. El Madrid ayer vivió y sufrió esos últimos segundos agazapado, como el boxeador que se tapa la cabeza con los puños, resistiendo y aguantando las embestidas como sólo los campeones saben hacer. Casi me da un infarto, pero ahí estuvo mi Madrid, tan grande. Soy feliz.

Ya estamos en Kiev para jugar la decimosexta final de Copa de Europa. Me gustaría que fuera contra el Liverpool, que es un equipo también legendario y que hizo que tuviéramos que esperar a ganar la Séptima 32 años, en vez de 15. Así es que ahí hay una cuenta pendiente que me parece que deberíamos saldar. En todo caso, ganarle una Copa de Europa al Liverpool tiene más caché que ganársela al Roma, y no digamos si hay que perder, aunque eso no está en la mente de un madridista hasta que no sucede. Pero amigos, para ganar una Copa de Europa hay que llegar a la final, igual que para perderla. Hay 75 equipos que no han llegado, que son estos de ahí abajo, a los que habrá que sumar el Bayern y a uno de los otros dos semifinalistas.

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La élite de los equipos de toda Europa jugando la misma competición, organizados en liguillas y luego en cruces a doble partido. Y el Madrid en esos cruces ha eliminado al riquísimo PSG, que nos iba a laminar, a la elegante Juventus, que nos hizo sufrir con su condenado orgullo y a este Bayern, el más poderoso de todos para mi gusto y el que más cerca ha estado de echar por tierra la ilusión por la decimotercera copa.

Los emboscados y conspiranoicos, los reverdecidos con la envidia, los amargados, los acomplejados pequeñitos, pequeñitos, pequeñitos, los que politizan hasta un manojo de puerros, difamarán y pondrán reparos al éxito que supone llegar por segunda vez a poder ganar tres copas de Europa seguidas. Comprendo que pueda no gustar, incluso que pique un poco, pero, amigos, lo que ha hecho el Madrid es, sencillamente, gigantesco. Con todo, hay quien le quita importancia o trata de ensuciarlo para que parezca menos brillante, menos estimable. A lo que hay que responder que adelante: si es un reto al alcance de todo el mundo, adelante, que lo intenten. Sólo al Ajax y al Bayern les costará un mínimo de tres años, pero el resto lo puede lograr en seis. Adelante, vamos, inténtenlo si es tan poco meritorio. ¿Por qué no hacerlo? las casualidades funcionan para todos, y cualquier árbitro y cualquier directivo se puede comprar, que equipos mucho más ricos que el Real Madrid juegan en esta competición. Adelante, pues, ya les digo yo que es posible. Y además, ¿quién podría merecerlo menos que el Real Madrid? Cualquiera, no hay duda…

En fin, en Kiev intentaremos lo imposible porque para los madridistas será posible. Y ya está. Hala Madrid.

Las praderas del cielo, de John Steinbeck

Las praderas del cieloPrimero de mayo y reseña del segundo libro del año del Club de lectura, en esta ocasión elección mía. Elección con trampa, igual que la de Dickens en marzo porque, cuando te toca elegir, te tiembla la mano y vas a lo seguro. Así que Steinbeck, una garantía. En nuestro club hay varios gritos de celebración cuando se menciona a ciertos autores. Y así ¡es Galdós!, o ¡es Dickens!, o ¡es Steinbeck! Claro que también tenemos gritos de alerta, como es el caso de ¡Poniatowska!, que viene a cumplir las funciones de un vade retro festivo. En esta ocasión toca celebración.

Las praderas del cielo es un libro de pequeñas historias bien contadas, que arranca con la del descubrimiento de un valle casi paradisíaco en California, cerca de Monterrey, en el que se establecieron algunas familias de colonos para cultivar la tierra. Steinbeck construye nueve relatos cortos con la vida de estos vecinos. Son relatos que pueden leerse de forma independiente, pero que van hilados con los Munroe, una familia que llega al valle para ocupar una finca con un pasado oscuro, encantado. Los personajes van apareciendo como extras en cada historia hasta que les llega el turno de que Steinbeck nos cuente la peripecia que cada uno ha vivido. Y así va componiendo con retales la historia de los colonos de América y de sus momentos de grandeza.

Cada vida es una historia y Steinbeck compone un patchwork con ellas. En todas hay un momento de ruptura, de heroísmo, y en todas hay una luz, una salida. Todas las historias tienen un principio y un fin aunque luego cada vida sigue, pero para entonces Steinbeck ya ha fijado el personaje y su peripecia, porque en todas se refleja ese saber contar del autor. Un saber contar sereno, con un ritmo perfecto para saber contar cosas que pasan muy despacio o muy deprisa y que se mantenga el interés y se proporcione la coherencia necesaria para entender, en el que no hay momentos de aburrimiento ni de desgana, y en las que asoma a veces el humor y a veces el desconsuelo de un extraordinario narrador de historias.

Un libro poco conocido, pero desde luego brillante y que se lee con verdadero placer. Lástima la vergüenza de edición que ha caído entre mis manos (Ediciones del viento), con la que he tenido que penar descifrando comas que se ponen a lo loco, ausencias dramáticas de acentos y enervándome con faltas de ortografía que son un insulto al cliente que paga 16 euros por un libro (estava por estaba me encontré, ese es el nivel). Tantas leyes inútiles que se hacen y ninguna que ponga multas por estas cosas…

Claro, que si lo prefieren pueden buscar una edición digital. Y entonces el párrafo “Antes de que Alicia se hubiese quitado la chaqueta, él estava a su lado. Con la voz cansina que cuidadosamente había cultivado requirió…”, se convierte en “Antes que Alicia se hubiese quitado el abrigo, él estaba a su lado. Con la voz cansada que había adquirido en el colegio secundario, requirió…” Vaya usted a saber qué demonios quiso escribir Steinbeck, pero si descarta el original deberá elegir entre susto o muerte.

Para terminar, y como siempre, pueden encontrar otras opiniones del libro leyendo a mis compañeros del club en  La mesa cero del Blasco, en Lo Lo que lea la rubia y en la propia página del Club, donde está la opinión de Juanjo. El primero de julio volvemos, esta vez con Sarah Perry y La serpiente de Essex.

 

 

 

Isco y diez más

El Madrid tiene un problema con Isco, que no se siente importante. Porque, en la Selección, Isco juega de maravilla, mientras que en el Madrid no tanto. Todo por culpa de Zidane, que no le otorga la confianza que el chico necesita. Así es que en este triángulo de amoríos, fidelidades e importancias está Isco, un incomprendido, Lopetegui un gran entrenador y Zidane, un incompetente.

Por lo que he oido, en el Madrid hay que poner a Isco y a diez más, y con lo de diez me da que se refieren a jugadores, aunque bien pudiera ser que hablaran de sacar diez balones a la vez para que le dieran nueve a Isco y pudieran jugar todos. Y así que Isco hiciera sus monerías, sus ruletas, sus controles, sus taconazos, sus sombreros y sus regates. Y que, al desplegar su magia, la magia del de Arroyo de la miel –ay, la miel–, el aficionado quede satisfecho con el precio de la entrada sin importarle mucho si se ha ganado o no el partido.

– ¿Vamos al circo o al fútbol?
– Es igual, María Dolores, que juega Ijco.

He mirado la estadística en la página de la Liga y resulta que Isco ha jugado en 24 partidos de 29, 18 de las veces de titular. Asensio, por ejemplo, ha jugado 23 partidos y 14 de titular y, para mi gusto, Asensio es infinitamente mejor jugador, más decisivo, divertido, emocionante, y también cabría decir que más discreto. Pero Isco, después de marcar el primer triplete de su vida en un amistoso contra Argentina, dijo, creo que con ingenuidad, que él en la selección jugaba con más confianza que en el Madrid. Y a continuación –probablemente previendo la que se le venía encima–, reconoció con humildad que tal vez era culpa suya y que igual en el Madrid tenía que ganárselo. Decir esto último le honra, y pasarlo por alto deshonra a todos los que se han dedicado desde entonces a enredar.

En fin, no sería el primer gran jugador que se va del Madrid a otro club para ser la estrella rutilante y el titular indiscutible. Luego resulta que son la estrella de un universo más bien lánguido, un universo como de comerse los mocos, un universo de ligas de un solo equipo, titulares de plantillas con uno bueno y veintiún mediocres. Pero si tiene que ser, sea: el Madrid sobrevivirá sin él gracias a que hay más de diez más. Pero, sobre todo, que nos dejen tranquilos, que bastante tenemos con sobrevivir a estas polémicas tan tontas mientras intentamos la trecena. En realidad, lo único que importa.

 

Una hemorragia de satisfacción

“Es una hemorragia de satisfacción”, me dijo con una sonrisa de oreja a oreja.

Estas expresiones tan peculiares me dejan parada. Podrían dejarme pensativa, pero entonces me daría por pensar. Y yo, cuando me quedo parada, me paro hasta de pensar.

Pero luego me rehago, no se preocupen.

En la función informativa de los grupos sintácticos está el tema, que es lo conocido y que normalmente va al principio, y el rema, que es la novedad o aquello de lo que se informa, y que suele ir al final de la oración. Así es que aquí se nos informa de la satisfacción, no de la hemorragia, porque en este segundo caso, en vez de “es una hemorragia de satisfacción”, tendría que haberme dicho “es una satisfacción de hemorragia”, y entonces yo me hubiera encontrado bañada en sangre delante de un médico perturbado o de un drácula aficionado, y no tomándome un café con un optimista radical y de semántica pintoresca.

Supongo que el inconsciente, que es un subconsciente sin traumas, habrá querido escoger, de entre todos los sufijos, el de rragia, que indica romper y brotar para expresar lo que Marisol hubiera resumido cantando lo del corazón contento. Pero la raíz le ha llevado a una expresión de lo más gore que para colmo tiene un mal combatir. Porque, a ver, ¿cómo parar una hemorragia de satisfacción si no es con un torniquete de desencanto?