La biblioteca de los libros rechazados, de David Foenkinos

IMG_2425Así es que venía David Foenkinos a Madrid a presentar su último libro y una buena amiga, fan como yo de este autor, me avisó y al consulado francés en Madrid que nos fuimos a escucharlo. Y a que nos firmara un ejemplar.

La biblioteca de los libros rechazados es el título en español del libro que en Francia se llama Le mystère Henri Pick (el misterio Henri Pick), y Foenkinos nos dio la explicación de la diferencia de títulos. Resulta que el título en español es el que él le dio originalmente, pero al parecer había en Francia un libro con un título similar y su editorial allí le aconsejó cambiarle el nombre. Y yo que iba con la intención de preguntarle cómo ha permitido que la editorial española le cambie el nombre al libro, me tuve que guardar la pregunta (y la indignación) en el bolso.

El libro arranca a partir de la historia de Richard Brautigan, un escritor americano, que imaginó en una novela suya, The abortion, una biblioteca a la que fueran a parar todos los manuscritos rechazados por las editoriales y no publicados. Un lector de Brautigan, años después del suicidio del escritor, llevó la idea a la realidad creando una Brautigan Library. Esta historia es real, según nos contó Foenkinos, y él a su vez la conoció por la mención que hace de ella Vila-Matas en su Bartleby.

A partir de la historia de la Brautigan Library arranca el libro. Jean Pierre Gourvec, un bibliotecario de Crozon, en Bretaña, conoce la historia de Brautigan y decide crear una biblioteca similar en Francia. Con el paso de los años esta biblioteca languidece, hasta que una joven editora que vive en un pueblo cercano encuentra en la biblioteca el manuscrito de una novela fascinante, escrita por… Henri Pick, el pizzero del pueblo. Ya se pueden imaginar el revuelo que se monta. Y es que importa no sólo la novela, sino “la historia que hay detrás de la novela”, que no es ni más ni menos que el misterio de un hombre tosco, silencioso, que no ha escrito nunca nada en su vida, y que sin embargo es capaz de componer una novela maravillosa. Y sobre este misterio, Foenkinos monta una intriga que no se desvelará hasta el epílogo, cuatro páginas antes de terminar la novela.

Los que siguen este blog saben que me gusta mucho este autor francés, del que he leído varios libros. Tiene una prosa sencilla y eso es dificilísimo de conseguir, y nos la regala contándonos historias en las que siempre encuentras ternura, amabilidad y buen humor, intercalando frases que son como latigazos a veces de ironía, a veces de reflexión, que casi siempre te sacan una sonrisa.

Con el tono de cutis y el peinado nuevos, y aquel traje de chaqueta salido de las profundidades del vestidor, le costó reconocerse. Frente al espejo, habría sido capaz de llamarse de usted.

Escribir para uno mismo sería como hacer el equipaje para no marcharse

Paulatinamente se olvidarían de él; se convertiría en un nombre de los que se quedan en la punta de la lengua.

 

Y Foenkinos es como te lo imaginas, o sea, como escribe: simpático, amable, cercano y un encanto. Yo me había leído a toda velocidad el libro en digital, y me fui de allí con un ejemplar en papel firmado. Y con la “tarea” de leer Charlotte, un libro que no es exactamente el Foenkinos que conocemos, sino otra cosa y del que habló en su presentación casi más que del libro que había venido a presentar. Y si un autor te dice que esa es su mejor obra, habrá que hacerle caso. Sea pues.

 

 

 

 

 

La ira según Shakespeare

«La ira es un veneno que te tomas tú esperando que muera el otro», dice William Shakespeare.

¿Pero y qué pasa si el otro no muere? ¿La ira te mata a ti?

Supongo que esto es a lo que quería llegar el autor. La ira es un desahogo primitivo, es el gorila que se golpea el pecho. En apariencia no sirve más que para asustar, pero el desahogo llega con la descarga. ¿Eso es el veneno?

Hay algo de contradictorio en la frase. Hablar de veneno es hablar de lentitud, de efecto retardado, de tardanza en el morir. También de disimulo. Y sin embargo, la ira es un sentimiento explosivo, un petardo ruidoso difícil de aplacar y de esconder. Cuadra más el rencor en la frase («el rencor es ese veneno que te tomas tú esperando que muera el otro»), porque el rencor sí que es un veneno que te va corroyendo y se te pega a las paredes del estómago, te visita en sueños para imaginar el mal de tu adversario y te hace hablar a solas evocando la frase con la que le darías la estocada final. El rencor es lo que precede y explica la venganza, ese plato que se toma frío y que, aunque contenga veneno, lejos de matarte te mantiene vivo.

Con todo, me dice mi amiga Maitena que hay venenos que tardan menos de dos segundos en actuar. No lo dudo, pero ira y veneno pegan menos que ira y puñalada, o ira y bofetón, o ira y disparo. La sutileza del veneno le falta a la ira. Un hombre airado es un hombre ridículo y la ira parece una reacción que progresará poco por irreflexiva, por impensada, por faltale inteligencia.

En fin, llegados aquí y puesto que hablamos de una frase que no tiene remedio, porque el autor ya no va a cambiarla, nos tomaremos una copita de buenismo para llegar lo antes posible a la conclusión de que la ira no sirve para nada, que hay que evitarla y que es muy peligrosa. ¿Y se te la encuentras en el otro? En ese caso, no hay cuidado: aunque él crea que pegarte un par de tortas servirá de antídoto, lo más probable es que el veneno actúe rápidamente, haga pum, y desaparezca.

 

El Osasuna y las primarias

Hace unos días hablaba de los afiliados que pagaban cuota a los partidos políticos. Según Hacienda, se trata de 95.000 personas a repartir entre todos los partidos. O sea, poquísimos. A los partidos esto les da lo mismo, entre otras razones porque viven de los presupuestos del estado, pero es un buen punto de partida para imaginar en manos de cuánta gente estamos cuando de habla de primarias. ¿Procesos democráticos? hum, no sé yo.

Las primarias que se hacen en los partidos españoles son unas primarias endogámicas en las que votan los militantes, o sea, lo más cenutrio, parcial y fanático de los partidos. Hay quien lo extiende a los “simpatizantes”, que no sé lo que es, pero me da lo mismo: siguen siendo los groupies políticos, los come ruedas de molino, los forofos políticos que de todos modos, y en cualquier caso, y pase lo que pase, votarán a ese partido.

En España han sacado mayorías absolutas el PP y el PSOE, y no creo yo que los diez millones de votos que han logrado en alguna ocasión sean de afiliados. Ni siquiera de simpatizantes. La diferencia entre votantes y militantes es eso, y tiene que ver con llegar al poder o no. Y justamente cuando las encuestas dan como favoritos entre los no afiliados a un candidato, la militancia se vuelve en masa contra él porque, oh, cae bien a los «otros». Y debería de ser justo al contrario, deberían elegir al que más posibilidades tiene de convencer a más gente para gobernar, pero, amigos, no se puede pedir peras al olmo ni inteligencia a un borrego.

El Osasuna ayer perdió contra el Madrid, pero hizo el partido de la temporada. Llevan 22 partidos jugados y sólo 11 puntos (20 jugados y 49 puntos tiene el Madrid), van a la cola de la clasificación y probablemente bajarán a segunda, pero con todo pusieron al Madrid contra las cuerdas durante un buen ratillo. La afición estaba enardecida, llenaron el campo, animaron como nunca, y los jugadores corrieron como gamos y se dejaron la piel. Y, sin embargo, la permanencia la obtendrán de sacar esa motivación cuando jueguen con el Leganés, con el Sporting, con el Valencia, con el Eibar. Una golondrina no hace verano, y una victoria contra el Madrid (ganar al Madrid es como matar al padre) no les asegura la permanencia. Pero las ligas se parecen más a un cacareo que al canto de un cisne, y se compite ganando al máximo posible de equipos, empezando por los peores y más pequeños. Pero ahí tienen a los hinchas del Osasuna: se pasarán un par de semanas relamiéndose por lo bien que le jugaron al Madrid y luego estarán una temporada entera comiendo pipas en segunda.

Si yo fuera del Osasuna pediría que echaran a ese entrenador mañana mismo por dos razones: por no entender nada y por no saber canalizar la fuerza que se trae entre manos. Y si fuera del PSOE… si yo fuera del PSOE entonces me pondría a llorar.

 

 

Umbrío por la pena

Umbrío por la pena casi bruno
porque la pena tizna cuando estalla.
Donde yo no me hallo no se halla
hombre más apenado que ninguno.

Pena con pena y pena desayuno,
pena es mi paz y pena mi batalla.
Perro que ni me deja ni se calla,
siempre a su dueño fiel, pero importuno.

Cardos, penas me oponen su corona.
Cardos, penas me azuzan sus leopardos
y no me dejan bueno hueso alguno.

No podrá con la pena mi persona
circundada de penas y de cardos.
¡Cuánto penar para morirse uno!

Miguel Hernández.

 

El Cerro del Tío Pío

He estado esta mañana en el Cerro del Tío Pío, que es un parque que hay en el sudeste de Madrid, Vallecas arriba, y que lo único que tiene de feo es el nombre. Este parque está situado en una terraza en la que antiguamente se habían ido instalando los inmigrantes que llegaban a Madrid a principios de siglo (XX). Más que un barrio marginal, era un asentamiento de chabolas e infraviviendas, que en los años 70 y 80 se fue rehabilitando y que, finalmente, se convirtió en lo que es ahora: un mirador extraordinario desde el que las vistas de Madrid son asombrosas.

También se conoce este parque como el Cerro de las Siete Tetas, o el Cerro de las Tetas, sin más. Y es que el parque tiene unos montículos enormes debajo de los cuales están los restos de las antiguas chabolas. Los urbanistas, yo creo que con buen criterio, en vez de llevarse los escombros echaron arena y plantaron césped, y ahora eso se ha convertido en  unas protuberancias que parecen tetas. Bueno, que parecen tetas o que somos unos ordinarios, porque si este parque lo pones en París, entonces se llamaría le Parc des Sept Grandes Buttes, o ya puestos a evitar descripciones se hubieran inventado cualquier cursilada, y lo hubieran llamado le Parc de la Grand Vue, o le Parc de la Melancolie, o le parc de l’Amour pour la Terre, o algo así.

Creo que ya les he contado que trabajo en una undécima planta. Los cielos que veo desde mi ventana son de infarto la mayoría de los días, y en especial por las tardes. Esta semana, con el frío y la ausencia de contaminación, hemos tenido espectáculo casi todas las tardes. La muestra que les ofrezco aquí es pobre y además tiene una ventana por medio, pero creo que permite que se hagan una idea de lo que me toca penar algunas tardes:

Uno de estos días, hablando de los cielos de Madrid y de la suerte de poder verlos desde lo alto, una compañera mencionó el Cerro del Tio Pío. Me dijo que ella iba a veces con su perro y que había mucho friki con cámara por las tardes. No me digan más. Con lo que me gustan los perros a mí. ¡ Y con lo que me molan los frikis con cámara! Así es que esta mañana he montado a Curra en el coche y nos hemos ido de excursión. Según Google maps está a a un cuarto de hora en coche desde mi casa. Nosotras hemos tardado 45 minutos porque, como era previsible, nos hemos perdido. Por otra parte, el día era feote, de estos en los que el cielo no está limpio ni hay nubes, era media mañana con una luz tirando a ej, en fin, que como no lo van a quitar, yo tenía sólo el propósito de ir a ver dónde estaba, cómo se llegaba, qué se veía y qué tal iba el objetivo de la cámara. Lo que se llama una visita de prospección.

Amigos, todavía tengo la boca abierta.

Madrid a tus pies. Madrid y más allá, porque se ve Guadarrama y toda la sierra, y yo creo que con unos buenos prismáticos se ve hasta el Monasterio de Montserrat. Madrid grandioso, Madrid precioso, Madrid über alles. Un espectáculo. Les dejo unas fotos que no valen nada, pero habrá más visitas: sólo hay que esperar a que el cielo nos sea propicio.

Lo que me parece curioso es que se trata de un lugar desconocido para la mayoría de los madrileños, no digamos para la turistada. Quizá sea mejor así. Pero entre ustedes y yo, si pasan cerca y no lo conocen, dense un garbeo por allí, que me lo agradecerán.

La historia del parque, aquí.

 

La abaya que se la ponga tu padre

63Esto fue lo que debió de pensar María Luisa Poncela, Secretaria de Estado de Comercio, en el viaje oficial al que ha ido junto con el Rey y un grupo numeroso de empresarios españoles a Arabia Saudi.

– Ese trapo negro que se lo ponga tu padre.

Y qué quieren, a mí me parece estupendo. Porque a nadie le ha extrañado que tanto el Rey como el resto de la delegación llevara traje y corbata. Y si a todos nos parece normal que ellos no vistan camisón como sus anfitriones, también lo es que Doña María Luisa se ponga falduqui, que para eso va a un encuentro de trabajo. Muy bien, señora. Y muy saludable que haya elegido usted una falda cortita, para que así nadie pueda albergar ninguna duda acerca del atuendo que usted NO ha querido llevar. Y es que para echarle huevos no es necesario vestir un terno oscuro.

Habrá que seguir a esta señora que, para los usos y costumbres del mundo libre, iba estupendamente vestida. Quizá, en un futuro viaje a Nueva York, le dé por ponerse una falda larga y tal vez un bonito pañuelo de seda en la cabeza a lo Grace Kelly. Porque para eso ella es una mujer libre que vive en un país libre y que se viste como le sale de los tacones. Y de los tacones le salió echar esa falda a la maleta. Bien joué, querida: este es el camino.

Ha habido precedentes, pocos, y todos merecen igualmente mi aplauso.Habrá quien dirá que donde fueres haz lo que vieres, pero no, amigos, no. Una cosa es cubrirse la cabeza para entrar en una mezquita y otra muy diferente tener que respetar un atuendo que nos cosifica y que representa una cultura que maltrata a la mujer, simplemente porque les sale de la chilaba a unos monstruos atávicos. Y ni siquiera me vale el recurso a la cortesía: no puede haber cortesía con esos retrógrados.

Yo creo que con ese gesto la Secretaria de Estado de Comercio ha contribuido de manera práctica, gráfica y eficaz a la causa de todas las pobres mujeres que viven en esa especie de gulag de género que son los países árabes. Bravo, Maria Luisa, y muchas gracias: tú sí me representas.

 

Afiliados, esa rareza

El sábado leí una noticia que me resultó muy curiosa. Resulta que Hacienda ha contado los españoles que se deducen en el IRPF la cuota de afiliado a un partido político y por lo visto sólo ha encontrado 95.000 personas. Al principio pensé que le faltaba un cero a la cifra, pero no, no: son exactamente 95.186 personas que lo declararon en 2014.

La cifra no es grande ni pequeña, la cifra es la que es. Lo que pasa es que hay que compararla con los datos de afiliación que vienen pregonando para sacar cuánto más pecho, mejor: 860.000 el PP, casi 200.000 el PSOE, 25.000 ciudadanos y Podemos no da cifras, total para qué, si ellos representan a la gente™. Del resto de partidos no se dice ni una palabra, y es normal: bastante tienen ya con lo suyo.

La distancia es enorme, desde luego, y yo no sé cuál puede ser la explicación de tanta diferencia. ¿Será que los partidos se inventan los datos de afiliación? La verdad es que  no me cabe en la cabeza que los partidos pretendan engañarnos, qué idea tan disparatada. Otra posible explicación es que los afiliados renuncien a declarar la cuota. Esto no es nada chocante si se tiene en cuenta que la han abonado previamente y, francamente, no sé para cuál de las dos cosas se necesita estar más zumbado.

Otro asunto es la concentración de declarantes. Lógicamente, la mayoría están en Cataluña, Madrid, Valencia y Andalucía, las regiones más pobladas. Pero fíjense: en Castilla León declaran estar afiliados y pagar 6.244 contribuyentes. O sea, que para encontrar a alguno, con lo grande que es aquello, ya hay que buscar. Y al contrario: que vivas tú en Castilla y León y te toque un afiliado de estos como vecino tiene que ser el colmo de la mala suerte, imagínense. Tú llegas al bar del pueblo y te toca un pepero o un sociata al lado con un chato de vino en la mano, dándote la turra y contándote los últimos tiquismiquis del partido. Qué horror.

Supongo que Hacienda tendrá este dato desde hace mucho más, aunque es ahora cuando suelta la perla. Quizá tiene que ver que ha establecido la norma de que los partidos declaren para el ejercicio de 2015 cuánto reciben de cuotas, contribuciones y donativos exactamente. Será interesante ver qué cuentan ahora, aunque lo más probable es que les importe una higa saberlo e incluso comunicar una cifra exacta. Porque al final los partidos tienen tantos afiliados como contribuyentes, porque se financian con nuestros impuestos. O sea, que en realidad nos deberían de dar un carnet a todos al entregar el impreso del IRPF en el banco.

– Aquí tiene, señora, su copia y un mechero de cada partido, que le sale a devolver.

La pregunta de fondo, a la que no podrá contestar Hacienda y no querrán contestar los partidos es la que se interesa por las motivaciones de esas 95.000 personas que pagan a un partido pudiendo no pagarlo y contar igual. ¿O no cuentan igual? ¿Cuál es la ventaja, de haberla? ¿Qué obtienen en concreto? Cada día que pasa somos un país más estrafalario, aunque la pregunta tiene su miga. Más que nada la de saber si  95.000 personas son muy pocas o, por el contrario, son muchísimas.

En fin, amigo, si no fuma, pida un abanico con la próxima declaración.

 

Patria, de Fernando Aranburu

patria-de-fernando-aramburuDentro de 50 ó 60 años, cuando los hijos de nuestros nietos lean la última página de esta novela y cierren el libro, con seguridad dirán lo mismo que yo: qué maravilla acabo de leer. Y también con seguridad no olvidarán la extraordinaria galería de personajes y la conmovedora historia que contiene, narrada con una estructura temporal y una inteligencia en las voces que engancha desde la primera página y que no te deja soltar el libro más que para emocionarte, para dejarte pensativa, y ya al final, para tragar el nudo que deja en la garganta.

Es la novela del año, y con razón. La primera referencia que tuve fue la entrevista que Alsina le hizo al autor cuando se publicó. ¿Un libro sobre víctimas del terrorismo? ¿Sobre la historia reciente del País Vasco? ¿Sobre el «conficto»? Ni en broma me leo yo eso, pensé. Hasta que personas de las que me fío me lo empezaron a recomendar. Venciendo la pereza lo pedí en papel y me encontré con un libraco de más de 600 páginas. Tengo por ahí escrito que pocos libros justifican más de 500 páginas. Pocos, sí, pero este es uno de ellos, sin ninguna duda.

Patria cuenta la tragedia del terrorismo etarra vivida por dos familias vascas en un pueblo cercano a San Sebastian. Dos matrimonios amigos desde la infancia que se encuentran, casi de la noche a la mañana, separadas por esa línea gruesa que distingue a las víctimas de los verdugos y a los traidores de los patriotas. Vascos de pura cepa, euskaldunes, vascos de los de «esto no va contra mí» que de pronto se encuentran con que sí, con que esto sí va contra ellos porque va contra todos, incluso contra los que aprietan el gatillo. Patria es la historia de cómo esa línea gruesa se va poco a poco desgastando, con el tiempo y también con la erosión que provoca tanto dolor y tanta amargura junta, ambas inútiles.

Aramburu escoge personajes verosímiles, creíbles, para contar una historia veraz y que desborda autenticidad. Personajes bien marcados son los nueve principales que sufren la tragedia, aunque también dibuja muy finamente a los secundarios: el dueño de la taberna («el nunca protagonista, el jamás detenido, y eso que era el amo del cotarro»); el cura, personaje vomitivo, con el que Aramburu logra que hasta huela mal el libro cuando lo hace aparecer; los vecinos y los que rodean a las familias, algunos sacando arena del hoyo, y otros enterrándolos más en él. Todos son personajes memorables e imprescindibles para que se entienda la complejidad del asunto: la devastación que provoca una bien manejada mezcla de ignorancia, cobardía y sentimientos al servicio de una patria impostada.

Patria es ficción, no fantasía; Patria es literatura (de muy alta calidad), no es ensayo. Y precisamente esto es lo que permite al autor establecer un relato nuevo interesantísimo  que aporta verdad a una tragedia que por lo general se alimenta con propaganda. En el libro no se habla de «claves políticas» ni de «discursos políticos», de toda esa propaganda averiada. Aramburu no nos cuenta una de buenos y malos, o en todo caso, no deja aparecer a los culpables de la tragedia, aunque todos sepamos señalarlos bien cuando acaba la novela. El autor, valiéndose de una prosa sencilla, seca, natural y convincente, da voz a los personajes, los deja hablar, y pone a cada uno en su sitio. Y también, sí, con la historia de estas dos familias da la luz y enfoca el cuadro para que entendamos lo que ha sucedido en el País Vasco en estos últimos 30 años. Algo que podría suceder en otro lugar y en otro tiempo, pero que nos ha pasado aquí y en esta época. Es así.

Pero, sobre todo y ante todo, Patria es una grandísima novela que trascenderá fronteras y generaciones. Léanla si no lo han hecho todavía. No se la pierdan, es una orden.

El Rastro de José Luís

El Rastro es mi amigo José Luis, la misma bonhomía. Tiene una pequeña tienda, una tienda diminuta que ha reformado hace poco y que parece más grande, aunque en realidad sigue teniendo el mismo tamaño. Y es que retirar trastos ayuda a la perspectiva. Antes tenías que entrar de perfil y con los brazos en alto, un poco por caber y otro poco por no arramblar con algún cachivache. Te quitabas el abrigo en la puerta para abultar menos y también para no llevarte cualquier figurita con una manga, o para no enganchar algún boliche con la hebilla del cinturón. Aquello era el colmo, porque estaba colmado: colmado de trastos, de chismes, de cacharros, de chirimbolos y de bártulos. Y te parecía inexplicable no que él pudiera vender algo, sino que alguien pudiera llegar a elegirlo entre aquel revoltijo.

La especialidad de la tienda de José Luis son los objetos patrióticos, almoneda de tiempos de guerras, tiempos de patria, de banderas y de banderías; tiempos de insignias y medallas; tiempos de emblemas y divisas, de escudos y de enseñas; objetos decorados con almenas, cruces y aspas; libros, curiosas reliquias llenas de polvo, piezas envueltas en un tiempo sin envoltorio, un tiempo de heroicidad y de nostalgia. También tiene vestidos militares, y gorras de todas las graduaciones. Y objetos de marino, y seguramente alguna pata de palo que no habré visto, porque para verlo todo se necesitaría tanto tiempo como para navegar los siete mares.

Después de la reforma pudimos entrar de frente todos los amigos a la vez y descubrimos, con sorpresa, un espacio enorme que antes había estado escondido en el fondo del local. Uno por uno -según nos topábamos con aquel hallazgo-, íbamos preguntando a José Luís con mucha coña si ese espacio era suyo o de la tienda de al lado, y si ya lo conocía antes de la reforma o si, por el contrario, lo habían encontrado los pintores por casualidad. Oiga, caballero, que aquí, detrás de la vitrina, está la otra mitad de la tienda. José Luís iba regalándonos respuestas ingeniosas hasta que se cansó y nos llamó gilipollas. No, en serio, sois gilipollas, zanjó. Entonces alguien apuntó que la reforma tenía un encanto adicional: ahora podíamos decir gilipolleces todos juntos y no como antes, que teníamos que alternarnos para entrar y decirlas de uno en uno.

Mi amigo José Luís dice que él no es anticuario sino trapero, pero no es verdad. Mi amigo José Luís acumula como un coleccionista, entiende como un anticuario y siente como un amante de la almoneda. Para mí el Rastro es mi amigo José Luís, la misma bonhomía.

Día del Pilar en casa

Hoy es 12 de octubre, día del Pilar, de la Hispanidad, la Fiesta nacional en la que conmemoramos el descubrimiento de América y, sobre todo, sobre todo, día de comer tarta en no pocas casas. Pues sí, porque Pilar es un nombre bastante común -y bonito, para mi gusto-, y también muy celebrado en muchas familias. El santo de las pilares es, como el de las cármenes y las inmaculadas, una festividad de la que te avisan en el telediario. Y eso mola, se lo digo yo que lo vivo cada 16 de julio.

En mi casa tenemos una Pilar, mi tía Pilar. ¿Quién no tiene una tía Pilar, a ver? Seguro que muchos de ustedes tienen una, pero ninguno tendrá una como la mía. Mi tía Pili es estupenda y no es pasión de sobrina. Es un hecho objetivo, factual, comprobado e irrefutable. Y además, es algo que no digo yo sola (y el resto de sus sobrinos), no: esto es algo que dice todo el mundo. Así es que además de un dato empírico, es democrático. Mi tía Pilar es un amor.

Siempre de buen humor, siempre mirando optimista a su alrededor, siempre poniendole al mal tiempo buena cara. Incluso en esos momentos muy duros que la vida le ha obligado a vivir, como nos obliga a todos. Su diferencia es que deja que esos momentos sean momentos que pasan. Lo que los modernos llaman resiliencia, eso es. Y cuando vuelve a su estado natural entonces te hará reir, porque otra cosa no tendrá, pero reirte con ella te ríes un rato. En eso ha sacado la gracia que tenía mi abuelo y que consiste en soltar paridas sobre las cosas más solemnes y en tener un radar especial para detectar situaciones falsamente dramáticas, y tomárselas a cachondeo.

Además de esto, tiene una memoria prodigiosa, lo que le permite disponer de una buena cultura y una mejor capacidad para saber dónde coño vive aquel vecino, además de llevar una especie de enciclopedia en la cabeza. Hace unos días estuvimos en Sevilla y contratamos a una guía para los Alcázares y la Catedral. La mujer seguía la técnica de hacer preguntas antes de contarnos algún detalle de historia o de arte, hasta que desistió porque mi tía le chafaba cualquier intento de intriga. Cualquier asunto cotidiano puede convertirse en un juego, y ella siempre, siempre, acepta jugar.

Posee lo que llama un buen carácter, y es una de esas personas con las que uno convive sin dificultad a pesar de su desorden y de esa tendencia suya a seguir el vuelo de una mosca, una leve inconstancia que le hace llegar tarde a casi todas partes (menos a la ópera), pero que uno perdona porque cuando por fin aparece, trae la alegría para repartirla. Y eso, amigos, merece la pena dejarse esperar.

tia-pilar-unmundoparacurraDejo para el final su físico. Sí, muy guapa. También ahora, a sus respetables 72, que lleva como una estupenda sesentona. Y que conste que eso también es un hecho objetivo.

Feliz día del Pilar. Y no me tengan mucha envidia, porque no les servirá de nada. Quiero decir que a mi tía Pilar y a mí nos dará exactamente lo mismo.

Ea.