Ya lo sé, amigo filipino

curra-portada-postMi lector filipino me ha abandonado. Yo no sé cuándo dejó de venir por aquí, aunque sí podría calcular cuándo dejé yo de mirar de dónde venían los lectores. Y me saldría, no sé, ¿un par de años? Es verdad que cuando abres un blog te interesan mucho las visitas, en especial el número, y te motivas enormemente cuando recibes el mensaje ese de “your stats are booming”. Hace muchísimo que no recibo ese mensaje. Es más, creo que pronto recibiré uno que diga “we have removed the message your stats are booming (for reasons of desperation)”. Entonces, y sólo entonces, empezaré a creer que una programación contempla todas las posibilidades de experiencia cliente.

El número de países desde donde venían mis lectores han disminuido dramáticamente. Entran desde Colombia, Argentina y México, y en Europa sigo teniendo mis dos seguidores británicos y uno holandés (¡hola!) y esto es todo. El resto, todos españoles. Familia y amigos, supongo, especialmente Amalia (¡Hola, Amalia!).

– ¿Sigues escribiendo?
– Uf, cada vez menos, no sé por qué.

Primero le eché la culpa a que hice unos cursos de escritura y que aquello me hizo ver lo mala que era escribiendo, aparte de absorber la poca imaginación que me quedaba debajo del flequillo. Después te escudas en que tienes mucho trabajo, como si eso fuera una novedad. Luego que si llegas muy cansada a casa, ya ves, como si escribir no te quitara todas las penas. Y así hasta que miras un día aburrida la estadística y te dices que si el lector filipino se ha ido, lo ha hecho cargado de razón.

Creo que un día de estos miraré de nuevo la estadística para sacar una entrada de buscadores decepcionados. Espero no decepcionarme yo. Y es que, al final, escribir es una gimnasia y, si lo dejas, luego al retomarlo te salen muchas agujetas. A ver si consigo que vaya doliendo menos.

 

 

La casa lúgubre, de Dickens (al 50%)

La casa lúgubreDickens es Dickens y conviene respetarlo. Yo debería venir aquí a hablar de Dickens, o de su libro de La casa lúgubre, pero sólo me saldrán porcentajes y fracciones. Atascada en un paupérrimo 51% desde hace más de una semana, sin tener ni el tiempo ni, sobre todo, el ánimo, de continuar. La culpa no es de Dickens ni de la vida, ni de lo que te obliga o te distrae. Siempre lo digo: sólo los mediocres le echan la culpa a la herramienta. Cuando la herramienta es el reloj, el que no va avisado le echa la culpa al tiempo. Y, sin embargo, el tiempo es la única variable de la vida que no se puede controlar y que va a su aire. El tiempo no se domina, el tiempo se aprovecha. En mi caso, ni lo uno ni lo otro, y la culpa no es del reloj.

En el club de Lectura, un club que ya no sobrevive, nuestro líder nos dijo “yo voy a leer a Dickens, ¿alguien se anima?”. Y así, uno de cinco lo propuso, dos de cuatro lo aceptamos y uno de dos no ha cumplido. Este es el balance del grupo. El mío, en particular, se queda en el mencionado 51%, que sigue siendo igual de paupérrimo que en el segundo párrafo. Y de no cumplir con la lectura, no paso por no cumplir con escribir este post. A mi líder del club se lo debo, que no a Dickens, porque una lee para distraerse y por afición, pero el compromiso, aunque venga cojo, es de las pocas cosas que nos van quedando.

Todo para decir que la culpa no es de Dickens. Dickens es Dickens y mi tiempo, mis obligaciones, mis noches trasnochadas, mis prioridades impuestas, pero irremediables, me impiden a Dickens. Ni siquiera mi tiempo libre me libera para dedicarle lo que, en mi devoción, este autor merece, que no es otra cosa que una devoción que me descubrió ND. Un 51%, paupérrimo, que llegará al 100% aunque tenga que esperar (el 100%, no yo). Porcentajes y fracciones importan poco de todos modos, no digamos ratios incomprensibles inventados por seres teóricos. Pero vayamos al (medio) libro, que a eso había yo venido.

Dice Chesterton en el prólogo que es su obra maestra, la que escribió con su madurez literaria. No me lo está pareciendo. Sí hay ese reconocible de Dickens de que parece que todos en Londres se conocen, que es todo un pequeño pueblito en el que todos los personajes acaban encontrándose. Pero ya sabemos que va al revés. La trama te va llevando, tú sabes que todo encajará sin saber cómo lo hará. Es la trama de intriga sin que haya intriga, el ovillo que se desenreda (¿esa es la imagen?), las piezas que se van posando en el puzzle. Muchos personajes y escenas, a la rusa sin ser rusa, y puntada a puntada el hilo va conformando el bordado hasta que lo ves completo. Y mientras tanto, estás tan distraída con las cosas tal y como suceden. Como en sus otras novelas, pero no en todas. ¿La mejor? No me lo está pareciendo. Su Historia de dos ciudades sigue para mí en el top, y la Pequeña Dorrit como una de las 1.000 páginas mejor aprovechadas que yo haya leído. ¿La mejor? Para Chesterton sí, pero yo no soy Chesterton.

Me sigue pareciendo que su mejor reconocible es su presentación de escenarios. Su forma de evocar describiendo y de describir evocando. Y hay otro reconocible, pero esto en toda la literatura del XIX, que es la presencia de las pánfilas, esos personajes a los que les darías dos hostias y te quedarías la mar de a gusto. O, y esto también es muy dickensiano, los personajes pequeñitos, miserables, infectos de envidia, de egoísmo, de indigencia moral, de maldad en definitiva. Y la grandeza de alma, siempre encontraremos a personajes así en Dickens. O sea, como en una oficina, pero en un Londres decimonónico y maloliente. Y hay un fondo de denuncia social nada comunista y muy saludable, precisamente porque no es nada comunista.

Yo terminaré La casa lúgubre y entonces les contaré el argumento. Mientras tanto, escribo este post y sólo hablo del libro. Y es que, por ahora y estando a la mitad, no sé bien dónde están los spoilers.

Probablemente tienen otras opiniones sobre el libro en La mesa cero del Blasco y espero que en el Blog del club, aunque es una probabilidad que voy a cifrar, por poner un número, en el 50%. No hay un próximo, hasta que alguien lo proponga. Veremos si pasa, pero si no pasa, pues no pasará nada.

 

 

 

Pum, el Brexit

Me gusta mucho a mí esa frase que me encontré en un curso para Jefes de Proyecto: si no sabes dónde vas, lo más probable es que te pierdas. También está aquello [¿Cicerón?¿Séneca?¿Florentino Pérez?], de que si el barco no tiene un destino, ningún viento le es favorable. Con más o menos poesía, las dos frases vienen a explicarlo mismo: la deambulación.

No he seguido en detalle el asunto del Brexit porque es un lío endemoniado. Pero soy capaz de hacer mi propio resumen. Unos políticos más aficionados a discutir en la barra de un bar que en un parlamento (David, sujétame el cubata), deciden preguntarle al pueblo si ellos, los del pueblo, son más bonitos que un San Luis, por ejemplo el de los franceses. Y, claro, sale que sí. Nosotros somos mejores, los otros son unos infrahumanos que no se lavan, solos estaremos mejor, viva nuestra independencia. Y ahora hay que hacer caso del mandato, y entonces empiezan a comprender que el asunto es más complejo de lo que habían previsto y que los de enfrente también tienen cositas que defender. Pum, el Brexit.

Preguntarle al pueblo. Ya, ya. El pueblo es usted, sí, que se tiene por una persona informada, moderada y responsable. Pero debería pensar que el pueblo es también ese tío que con cuatro amigos empujó a una chavala al chiscón de un portal en Pamplona para violarla en grupo; es también ese descerebrado que se pone un pasamontañas para quemar un contenedor y es también ese que no se pierde un capítulo de Gran Hermano, o de cualquiera de esos programas vomitivos de la televisión. El pueblo son todos esos analfabetos que campean en Twitter corrigiendo a catedráticos y llamando hijodeputa a cualquiera que opine lo contrario de lo que piensa. El pueblo son los que no vacunan a sus hijos y los que creen que la Tierra es plana y que el hombre nunca llegó a la Luna. Y eso, como noticia, no es lo peor: lo peor es que son la mayoría.

Hace muchos años, mi amigo Alfredo fue destinado a Tenerife a hacer la mili. Cuando llegó allí, le pusieron a dar clases a otros reclutas, porque él tenía el bachillerato. Me contaba, entre sorprendido y disgustado, la cantidad de alumnos que tenía. «Nosotros vivimos en una burbuja, Carmen. El mundo no es nuestros amigos, nuestras familias, nuestros conocidos. Hay un mundo que no comprende lo que lee, que no sabe lo que es un porcentaje, que cree que la luna tiene luz propia y que no sabe quién era Felipe II. Llegas pensando que eso era una cosa XIX, pero te das cuenta de que a finales del XX esa gente también existe». Y a principios del XXI, añado yo ahora, sigue existiendo.

Así es que la democracia, un hombre un voto, está en manos de una mayoría de gente bastante borrica, lo que da a unas elecciones una apariencia de ejercicio de riesgo extremo. Eso de que el pueblo siempre tiene razón lo pongo yo muy en duda: el pueblo lo que tiene es suerte, que es distinto. Porque cuando a la masa de ignorancia le pones una mecha de demagogia ya tienes un bonito explosivo. Lo normal, entonces, es que a tu país le pase cualquier cosa, como por ejemplo, pum, el Brexit.

Entre los reclutas que formaba mi amigo Alfredo también había el biotipo que cree que las cosas se resuelven a bofetadas. Con valor, vaya.  Un personaje de G. Chevalier, en El miedo, dice que «el valor es una virtud de subalternos, la inteligencia es una virtud de jefe», y sí, puede ser, puede ser. Pum, el Brexit.

Las víctimas ancestrales

[…] Le processus parait désormais infini, car les crimes qu’il faut réparer sont parfois très anciens. On peut, à ce titre, s’interroger sur la propension de certains à se déclarer «descendant d’esclave». Si cette filiation est la plupart du temps réelle (nous écartons le cas marginal des imposteurs), la revendication effectue, elle, un tri entre les ancêtres de celui qui la formule. Tous ses aïeux n’étaient pas esclaves; certains ont vecu avant l’esclavage, d’autres après l’esclavage; certains ont peut-être été des grands résistants, des intellectuels brillants, des héros politiques. Cependant, au-delà de la nécessité indéniable de dénoncer le crime d’esclavage, l’attrait exercé par le statut de victime pousse à choisir dans son arbre génealogique ce qui est perçu, dans nos sociétés contemporaines, comme le plus gratifiant, c’est-à-dire, la victime.

La stratégie de l’émotion, Anne.-Cécile Robert (Lettres libres)

Que traducido viene a decir que el proceso de victimización parece ya infinito, porque los crímenes que hay que reparar son a veces muy antiguos. Nos podríamos interrogar, en este sentido, sobre la propensión de algunos a declararse «descendiente de esclavo». Si esta filiación es en la mayor parte de las veces real (descartamos el caso aislado de los impostores), la reivindicación efectúa, en sí misma, un sesgo, una clasificación, una elección entre los ancestros de aquel que la formula. Todos sus antepasados no eran esclavos, algunos vivieron antes de la esclavitud, otros después; algunos pudieron ser grandes resistentes, intelectuales brillantes o héroes políticos. Sin embargo, más allá de la necesidad innegable de denunciar el crimen de la esclavitud, el atractivo que ejerce el estatuto de víctima empuja a elegir, entre el árbol genealógico, lo que se percibe como más gratificante, es decir, la víctima.

Y el que dice esclavo, dice republicano, o nacional, o indígena, o whatever. Tú coges, miras en tu árbol genealógico, y alguna víctima encontrarás. Aunque sea la víctima de un accidente de coche, pero alguna encontrarás. Y a reclamar perdón y a dar pena, que es gratis.

Este verano en Colombia, un individuo bien blanquito y bien rubio nos enseñaba, en un pueblo muisca de mentirijilla, un mapita en el que se leía que dos millones de indígenas habían sido asesinados por 250 españoles que remontaron el río Magdalena. El cuento era muy grosero. ¿De dónde son ustedes?, nos preguntó antes de empezar a decir tonterías. De España, contestamos. Ah, nos dice, pues discúlpenme si digo algo que les ofenda. En fin, de aquella charleta lo único ofensivo que recuerdo era el desprecio a la menor inteligencia. ¿Qué podría decir aquel individuo que me pudiera ofender a mí? Los últimos antepasados cuya mala mención me puede llegar a ofender son mis abuelos, y estoy segurísima de que ninguno de ellos remontó el Magdalena. ¿Qué debería ofenderme entonces? ¿Lo que hicieron sus propios antepasados sin duda europeos? ¿Lo que votaron sus abuelos? ¿Lo que no han hecho sus padres? ¿Debo ofenderme por un pasado inventado sobre cuya historia tan manipulada como truculenta un tontainas se ha montado un negociete cutre? ¿En 2018? ¿En serio? Ya lo decía Cipolla: contra la estupidez es inútil luchar, sólo se puede intentar huir.

Les confesaré una cosa: Cortés es mi cuarto apellido. No pienso pedir perdón a nadie. Y digo más: que se anden con ojo los mexicanos, que igual me ofendo y les exijo una reparación. ¡A mi abuela ni tocarla!

Vuelve Zidane, esa mirada

ZidaneEntre la historia que tu hiciste y la Historia por hacer, Zidane ha vuelto. Y yo estoy encantada. La cosa por lo visto estaba entre Mourinho y Zidane, o sea, entre dar motivos para que nos odien o dar motivos para que nos envidien, sabiendo que medio mundo nos seguirá odiando o envidiando aunque juguemos cada semana por el bien de la Humanidad o aunque perdamos tres títulos en una semana. Es lo que tiene ser grandioso, qué le vamos a hacer.

Como sé que no van a buscarlo, les volveré a contar lo mío con Zidane.

No recuerdo en qué año fue, pero él era todavía jugador. Yo estaba esperando en Roissy para volver a Madrid en el último vuelo de la tarde cuando pasó por delante de mí en la fila de embarque. Cuando entré en el avión, él ya estaba sentado en su asiento de Primera. Tenía una revista en las manos. Levantó la cabeza, me miró, le miré, suspiré, tuve la serenidad de no tropezar con nada y opté por enamorarme perdidamente.

Zidane aporta ilusión y sentido común. Ayer iba vestido rarísimo, pero yo se lo perdono, igual que le perdonaba sus escupitajos cuando jugaba, y también que cuando rompía a sudar pareciera una Cibeles espigada. Con Zidane sigue estando todo perdido, pero ya no lo parece. Nos recordó lo que hizo y lo que dejó de hacer en estos tres años, y eso es tanto como prometerlo todo.

Me da un poco de pena Solari, que me parece un caballero y un gran madridista. Pero sea, no le han salido las cosas y se tiene que ir. A cambio nos ha dejado ver a algunos jugadores extraordinarios que serán, con el tiempo, magníficos jugadores, como Vinicius o Reguilón, y también nos ha enseñado las miserias de otros, como Isco. También los límites, la proximidad del final, la desconexión y la arrogancia de muchos. Y las ganas y el compromiso y la clase de algunos. Lo que Solari no ha tenido que mostrarnos es la soberbia de Ramos, porque esa ya la conocíamos todos.

Zidane sabrá qué hacer con este grupo de jugadores. Y lo que haga, bien estará. Os lo digo yo, que he visto su mirada.

Hala Madrid.

Historia por hacer

Entre la Historia que tu hiciste y la Historia por hacer, al Madrid le ha ganado el Barça en el Bernabéu dos veces en cuatro días. Por el camino, nos han echado de la Copa del Rey y nos dejan a doce puntos en liga. Muy triste y, sobre todo, muy humillante. Así es que la Historia por hacer de este año es otra Champions, que sería la número catorce. Estupendo, sí, claro que es muy ilusionante, pero eso de dejar la Liga y la Copa para que la ganen otros no es digno ni aceptable en el Madrid. Un año puede, pero no más.

Hay algo en el Real Madrid que sobra, pero yo no sé qué es. Por el momento, no parece que fuera Cristiano. Es tremendo que alguien en sus cabales pensara que se puede dejar marchar a un jugador como él, (sin que venga un jugador clutch consagrado de repuesto) y que no le pase nada al equipo. Cristiano no era sólo los goles que metía, que también. Es que Cristiano es un jugador que cunde y que atemoriza al rival. Para mí hubiera sido mejor que se fueran cuatro jugadores (no cuatro al azar, cuatro estrellitas muy concretas), antes que Cristiano Ronaldo. Y aún ahora, sin ellos en el Club, el Madrid mejoraría. Y es que el futbol es calidad, piernas, energía, pero también es cabeza. Y buen rollo, y ejemplo.

Tampoco parece que sobrara Zidane. Un entrenador sirve para cosas, no es un muñeco. Un entrenador decide alineaciones, da instrucciones, impone un estilo de juego, estudia a los rivales y motiva a los jugadores. No es entendible que trajeran al triste de Lopetegui, un tipo que no había ganado nada, y cuyo legado en la selección fue un equipo de rumiadores insoportable. Así nos ha ido. En cuanto a Solari… en fin, Solari no es Zidane, al menos de momento, y la flauta de cambiar a un entrenador horrendo con el que te has equivocado no va a sonar siempre. Bueno, al menos Solari es un tipo agradable de mirar y de escuchar, ya es algo, pero un entrenador del Madrid es una pieza clave a la que no parece que se le dé mucha importancia.

El Madrid está muy visto y también parece que ya no lo respeta nadie. Viene al Bernis cualquier equipillo y va y nos gana. ¿Historia por hacer? Pues sí, pero de momento la están haciendo otros a nuestra costa, porque ganar al Real Madrid es como matar al padre. En fútbol no se puede vivir ni de eslóganes ni del pasado, y aunque ganar la Copa de Europa se haya convertido en una costumbre, la historia por hacer sigue pendiente.

En fin, Hala Madrid (qué depresión).

Dentera

Hay unos médicos que son menos desagradables que otros. Se me ocurre, por ejemplo, por ejemplo…, pues no, no se me ocurre ninguno, pero alguno habrá que no sea desagradable. Y es que hay dos miedos cuando uno va al médico: la incertidumbre del diagnóstico y el mal rato de la exploración. La cura puede también tener lo suyo, pero como vamos a mejor, pues lo abordas con más optimismo.

Decía mi abuela del médico y del abogado que sabes cómo entras, pero nunca cómo vas a salir cuando vas a verlos. Yo tengo otra, y es que entras con un problema y sales con cinco, cuatro de los cuales ni te imaginabas que tenías. De los médicos pienso así desde que una vez fui a que me miraran una rodilla que me dolía y salí del ambulatorio con un volante para el endocrino.

Un caso especial es el del dentista. Sólo pensar en lo que debían penar los pacientes hace un siglo pone los pelos de punta a cualquiera. Pero hoy te ponen la anestesia, un simple pinchacito de nada QUE TE MERECE MUCHO LA PENA, y ya está, que hurgue todo lo que quiera. Luego, cuando se pasa la anestesia, ya es harina de otro costal. Sin embargo hay dos cosas que no remedia la anestesia. La primera es el miedo. Miedo a que se le escape el taladro y te salga por la mejilla. O por la coronilla, ya puestos. Y luego el miedo irracional a que se acabe el efecto de la anestesia antes de tiempo, hasta el punto que no sabes si quieres que acabe rápido porque lo estás pasando fatal o por la incertidumbre de cuánto dura una encía dormida.

La segunda cosa que no tiene remedio es la dentera. ¿Qué clase de aparatito es ese con el que te van rascando la superficie de los dientes, chis, chis, ñac, ñac? ¿Es un bisturí chiquitín? Chis, chis, ñac, ñac. ¿Y qué me dicen de la lima que te pasan entre el colmillo y el premolar? ras, ras, chis, chis. La lima es tremenda. En general, cualquier papelillo de esos que tiene el dentista provoca mucha dentera. O ese ganchito romo entre las muelas, clac, ñiac, clac, ñiac. Un horror. Por no hablar del algodón seco, sequísimo, que te pasan o que te ponen en la encía, que es la bola de algodón más seca del mundo. ¿Y qué me dicen del aire? ¿el aire, eh, el aire? Fiiis, fiiiis.

No sigo más.

 

Chiqui, que eso es poco

La ministra Montero, que es la de Hacienda y que se ocupa en estos días de presentar esas cuentas del Gran Capitán que son los presupuestos públicos, le quitó importancia a tener una diferencia de cinco décimas de déficit. “Lo he dicho siempre, chiqui, eso son 1.200 millones, eso es poco” le dijo a una periodista con una frivolidad asombrosa.

1.200 millones de euros, para la ministra encargada de administrar nuestro dinero, es poco. Yo tengo que decir que para mí esa es una cifra de dinero incomprensible, y por eso, para entenderlo, intento hacer algún cálculo para hacerlo material,  tangible, comprensible. Cálculos de este tipo:

– El coche más vendido en España es el Seat Leon. Un Seat Leon cuesta unos 15.000 euros. 1.200 millones de euros equivalen a 80.000 coches. ¿Son muchos 80.000 coches? Pues yo creo que sí: en el mes de julio, es España, se vendieron unos 130.000. Y en la universidad Complutense de Madrid hay unos 70.000 alumnos, con lo que podrías dar un Seat Leon a cada uno que aprobara alguna asignatura (y te sobrarían muchos coches que se los puedes dar a los turolenses, por ejemplo, que están dejados de la mano de Dios).

– Esta es fácil: el salario mínimo son 10.320 euros al año. Con 1.200 millones pagas a 116.000 personas durante un año. Pero claro, el salario lo pagan las empresas. Bien, pues con 1.200 millones podrías reducir la cotización… ah, no perdón, que eso lo paga el empleador, que es un fascista.

– Otra también facil. La pensión media en España es de 934 euros. Con 1.200 millones de euros pagarías más de 90.000 pensiones durante un año. Otra forma de repartirlo es dando 10 euros más a cada pensionista al mes, eso si se quiere dar a bulto, que parece que es el modo de razonamiento preferido de la ministra.

– La cesta media de la compra es de unos 300 euros por persona y mes. Pues con 1.200 millones pagarías la cesta de la compra de 330.000 personas durante un año, o lo que es lo mismo, de más de 80.000 familias de cuatro miembros, por ejemplo como la de Pablo Iglesias, aunque no sé yo a cuánto estará la cesta de la compra en Galapagar.

– Si en vez de euros fueran metros, con 1.200 millones irías y volverías a la luna y todavía te quedaría crédito para ir de nuevo, aunque no para volver. Estaría bien hacer la prueba con la ministra, no creo que la echáramos de menos.

– El coste de una hora de vuelo del Falcon que le gusta tanto usar a su jefe es de 5.600 euros. Pues con 1.200 millones podríamos tener a Pedro Sanchez montado en el avión 24 años. Esto podría considerarse como inversión, con lo que es un coste amortizable. Y por otro lado, disminuiría el consumo de aspirinas entre la clase empresarial española. Me parece que sería un buen uso, tal vez el mejor de todos.

1.200 millones, chiqui, es poco. Y además, si el presupuesto lo podemos pasar, chiqui, si eso es fácil, no pasa nada, chiqui… Y es verdad: no pasa nada. Nada.

El emoticono de un puñal

Se trata de una noticia que no acabas de entender a la primera y luego ya todo va de mal en peor. El asunto empieza con que hay un presidente de la Interpol que desaparece. Sí, el jefe de la policía mundial desaparece. Puf, se evade, se borra, estaba y ya no está.

Luego sabemos que no ha sido de pronto, no: el jefe de los policías mundiales llevaba diez días desaparecido. Diez días. El presidente de la Interpol.

Sigue con que este señor es chino. ¿Teníamos un presidente de la Interpol chino?

La Interpol y la police francesa se ponen a buscarlo, y entonces se sabe que el chino ha desaparecido después de viajar a China. Entonces la Interpol y la France pasan de buscarlo a pedir explicaciones. En realidad, para entonces ya todos queremos explicaciones.

China entonces reconoce que sí, que el chino está retenido en China porque el chino era un ladronzuelo, y que el detalle de que fuera presidente de la Interpol y que el resto del mundo pensara que era disidente les trae sin cuidado. Pero por si acaso, le hacen dimitir aunque para ello el chino tenga que aparecer un rato.

Sin embargo, lo que más me ha fascinado de esta historia es que la esposa del chino ha desvelado que su marido le mandó un whatsapp diciéndole que esperara su llamada. Y luego un emoticono de un cuchillo.

Un emoticono de un cuchillo… Válgame.

A ver, a mí no me han secuestrado nunca, pero no sé si me entretendría en buscar en el móvil un emoticono si veo que vienen a por mí cinco armarios con cara de malas pulgas. Y ya no te digo nada si además soy china, presido la interpol, vivo en la Francia hedonista y soy un poco disidente.

Aunque pensándolo bien, vale la pena entretenerse, porque figúrate que con los nervios vas y, en vez del cuchillo, envías el emoticono de la folclórica.

(O no, mira, porque si el chino hubiera enviado el emoticono de la folclórica, la mujer hubiera denunciado antes su desaparición, probablemente.)

¿Y qué emoticono del cuchillo envió? Para mí que no mandó el que parece una daga, sino el cuchillo de cortar carne. La pobre esposa pensando que iba a comprar filetes y ahí la tienes, diez días para denunciarlo.

¿Y por qué no envió el emoticono de un revolver, que es más gráfico? O de una metralleta, que no sé si hay. O enviar todo emoticonos, algo así:

😮🕵️‍♂️🕵️‍♂️, 😬. 🤜💪👊,🥛.😰. 🐙.🚽 ☎️.😱🗡

Esto lo entiende todo el mundo, no hace falta saber chino ni francés. La traducción sería “Ahí va, vienen dos tíos, ay ay. Me amenazan, son fuertes, que te pego, leche. Tengo miedo. Me va a caer la del pulpo. Espera mi llamada. Uh, nooo. ¡Estoy en piligro!

En fin, la historia, aunque rocambolesca, es muy seria y no tiene pinta de terminar bien. Bueno, ¡eso si termina! Pocas bromas, con los chinos…

Libros del verano

Tal vez pensaban que me había olvidado de ustedes y que ya no les hablaría más de los libros que iba leyendo. Lo mismo hasta estaban contentos. Pero no, no: casi cada día, desde aquel 3 de junio, o tal vez desde ya entrado agosto, me decía que tenía que actualizar, que si no se haría bola, que se me acumularía el trabajo. Tampoco es para tanto, me iba diciendo, si total estás leyendo poco, si total llevas un ritmo de tortuga, si total luego esos post aburren da igual que pongas un libro que cien, si total nadie te lee. Aunque esto de «si total nadie te lee» lo tengo muy asumido desde que abrí el blog. Debo decir que la cosa se queda en un «casi nadie», que todavía quedan algunos buenos lectores heroicos que deben de entrar y salir horrorizados con las telas de araña que tiene el blog. Pero en fin, al lío. No me entretendré mucho en ellos, una pincelada y una nota, que si no se va a hacer muy largo.

Cuando aparecen los hombres, de Marian Izaguirre. Se trata de una novela un poco extraña, está escrita en varias voces y tiempos y no sé si la autora no se mete en un poco de lío de estructura. Fácil no te lo pone, vamos. En la novela se van entremezclando las historias de tres mujeres, a través de las cartas que lega una, los recuerdos de otra y la vida de la protagonista. Está bien, no había leído nada de esta autora y no me importaría repetir, aunque he leído por ahí que esta novela es la mejor que tiene. Esperaremos entonces.

El arte de ser feliz, de Shopenhauer, un librito de estos que te ofrecen en la caja de las librerías. El autor no escribió este libro de una sentada, sino que es una recopilación de pensamientos que fue haciendo a lo largo de su vida y dejándolos por aquí y por allá, y que ahora se recopilan. Ofrece cincuenta reglas, que no son pocas, aunque la mayoría no se seguirán en el mundo actual por pereza, por las prisas y porque nadie se leerá esto. Hoy en día, ser feliz es un derecho, y, claro, así nos va. Pero el autor nos propone la sabiduría de los siglos concentrados en la modestia, la resignación y la generosidad. Finalmente, la felicidad es la ausencia del dolor y para notarla, te tiene que doler algo. Está muy bien, léanlo si se lo topan.

La España Vacía, de Sergio del Molino. Un libro que me decepcionó un poco, debo decir. La España vacía es esa España rural y deshabitada, descuidada, olvidada y al mismo tiempo recurso de las fantasías de los urbanitas que sueñan con un mundo sin ruido ni prisas, pero que luego se vuelve muy incómodo, hasta el punto de tener que salir huyendo. Tiene una primera parte yo diría que muy buena, pero luego se enreda con teorías políticas y alguna digresión algo molesta (el carlismo y Joaquín Luqui en el mismo razonamiento cuesta mucho), que le hacen pegar un bajón serio al libro. Luego remonta, pero para entonces ya tienes la cabeza llena de desconfianza. Yo lo recomiendo, aunque con algún reparo.

Padres e hijos, de Ivan Turgenev, un clásico de la literatura rusa. Un pelín apolillado, este tipo de novelas te tienes que proponer leerlas para no abandonar. En la novela se cuenta la historia de dos jóvenes nihilistas e idealistas (idealistas del nihilismo, con que imaginen la confusión que les ronda) confrontados con la sociedad y con la anterior generación, aunque para mí que lo que tienen es una edad del pavo que les dura más de la cuenta. Un drama ruso muy ruso y muy drama, con descripciones muy de detalle de la sociedad rusa del XIX y comportamientos de los personajes que hoy nos parecen marcianos (y probablemente también nos lo parecerían en el XIX). Pero tiene su punto, la novela, no crean que no.

Los perros duros no bailan, de Pérez-Reverte, que me regaló mi tía por mi cumpleaños. No soy devota de Pérez-Reverte, pero es un libro de perros después de todo y por eso el regalo. Es la historia de un perro que fue de pelea y que ahora vive su vejez como guarda de una obra y que se ve envuelto en una intriga de secuestro de otros perros. La aventura le lleva a descubrir una trama de mafias que se dedican a las abominables peleas de perros y no les cuento el final que no debo. Es una novela de intriga, de buenos y malos, con protagonistas especiales (¡perros!), y, aunque alguno muere (lo que me debería haber impedido leerla), se lee con agrado. Está muy bien y es muy distraída, desde luego.

El tiempo entre costuras, de María Dueñas. Pues no, no la había leído. Debía de ser yo la única española con esa tara. Y me gustó mucho, y me sorprendió para bien. Esta mujer sabe escribir, y la novela está armada para enganchar. ¿Un defecto? Pues que la alarga quizá demasiado. Yo creo que a la novela le sobran unas cien o doscientas páginas, y llega un momento que estás deseando que se acabe ya de una vez, pero por lo demás está muy bien y me gustó.

Dónde vamos a bailar esta noche, de Javier Aznar. Resulta que este autor y yo tenemos una amiga en común, y lo tenía pendiente. Este verano me lo recordó esta amiga y me lo bajé en un viaje a Colombia que hicimos juntas. Perfecto para el viaje, porque se trata de post, o de artículos del autor, independientes entre ellos, pero divertidos y agradables de leer, que tratan de lo divino y lo humano, relatos, recuerdos, reflexiones, con el sello del gentleman, del hombre de mundo, de un tipo elegante.

Sobre la leyenda negra, de Iván Vélez. Pues este libro lo recomendaron en un podcast sobre libros de RNE, creo, que escuché este verano, y me lo apunté y… un horror, en serio. Es un libro mal organizado, mal ordenado y muy farragoso. Y el tema es interesante, no crean, pero. Ni se les ocurra, un petardo.

El orden del día, de Eric Vuillard. Lo ponían por los cuernos de la luna en un suplemento cultural. Vamos, que si no lo leías se te caerían los dientes o el pelo, o algo. Y aun sin eso, el libro es un Goncourt y yo le tengo mucha fe a ese premio. Y buf. Pero buf, buf, buf. Trata de la «conspiración» urdida para llevar el nazismo al poder, de cómo los grandes poderosos y los políticos melindrosos estaban detrás de aquello, y nos lo cuenta como si nos acabáramos de caer de un guindo. El autor quiere saldar cuentas pendientes, vale, y está mega indignado, vale, pero le sale un panfleto burdo, una pataleta de mal autor que aromatiza todo el libro. Igual mejor debería haber escrito un ensayo, aunque el resultado, de todos modos, hubiera sido un panfleto. La buena noticia es que es muy cortita, pero es un libro muy prescindible. In short, es una porquería.

Voces de Chernobil, de Svetlana Aleixievich. Maravilloso libro. Me lo recomendó hace mucho mi querida Paula y ahí estaba pendiente en el Kindle. La autora da voz a todos aquellos silenciados después del accidente de la central nuclear. Y a través de esas voces, sabemos de la mentira, de la desinformación, del desprecio por la vida de los habitantes de los pueblos circundantes, del florecimiento del mercado negro, del permanente recuerdo de la guerra, de la estupefacción de la población (el átomo malo era el de Hiroshima, no el de la central), de la chapuza de la construcción, de la muerte, de la destrucción de todo lo vivo, de la destrucción del futuro, de la pena, de los porqués y de los sinsentidos. Da mucha, mucha pena, pero lo considero un imprescindible.

Farenheit 451, de Ray Bradbury. Otro clásico. No soy muy amante yo de las distopías. Esta al menos te deja algo tranquila, porque está escrita en 1953 y, mira, no ha pasado nada de lo que se imaginaba el autor: un mundo en el que los bomberos queman libros, porque éstos conducen irremediablemente a la infelicidad. Como en toda distopía, lo que importa es el escenario casi más que los personajes, aunque en este caso, si nos olvidamos del mundo horrendo que presenta el autor, nos encontramos con una novela casi policíaca, con persecuciones y crímenes y emoción. Pero el decorado no deja de ser la sociedad enferma a la que se llega por la obsesión por la igualdad (no nacemos iguales, nos convertimos en iguales), la masificación, el hedonismo, el rechazo de la controversia y del pensamiento. Una muy buena novela, sin duda.

Y ya está. Con este ritmo de escritura creo que la próxima cita será en Navidad. No apuesten.