Hombres embarazados

Cuando llegué, me esperaban dos compañeros y otros tres hombres de la otra empresa. Ya los conocía a todos, pero mientras estábamos esperando a que nos prepararan la sala en la que íbamos a tener la reunión, me fijé, no sé por qué, en sus figuras. Casi como si las viera por primera vez. A veces me pasan estas cosas, pero no cabe pensar en ir al médico por ello.

Eran cinco hombres maduros, ninguno menor de cuarenta ni mayor de cincuenta. Traje oscuro, camisa blanca o de rayas finas y corbatas a tono con un día lluvioso y desapacible. Reinaba el buen humor y las sonrisas sinceras que después se prolongarían a lo largo de la reunión, aunque se iban a tratar temas serios para las dos compañías. Yo, la única mujer entre aquellos cinco ejecutivos, vestía un pantalón negro, una blusa azul claro y una chaqueta beige, y por alguna razón me alegré en algún momento de no haberme puesto también algún tailleur negro o gris o azul marino de los que tengo en el armario y que me quedan impecables.

Me iba a desabrochar la chaqueta para sentarme, que las señoras deben hacerlo primero aunque nadie lo respete, cuando me di cuenta. Los cinco hombres, con su chaqueta ya abierta, lucían una barriguita considerable. Redondeadas, protuberantes, tersas, podrían ser perfectamente la barriga de una mujer embarazada de cinco meses. Unas barrigas espléndidas, me dije. Y por si fuera poco, la postura era también de embarazada: piernas ligeramente abiertas, cadera ligeramente echada para adelante y expresión ligeramente satisfecha, como corresponde a quien se sabe importante. Porque una mujer embarazada se sabe importante, que para eso custodia un tesoro.

Me quedé con esa idea jugando con mi imaginación durante un rato. Un rato corto, porque había que concentrarse. Si los cinco hombres hubieran estado realmente embarazados, no vestirían esos trajes, sino que se hubieran puesto un blusón ancho y unos pantalones con cintura de goma elástica. Tampoco llevarían esos zapatos de cordones, o los mocasines tipo Sebago de toda la vida, sino que calzarían bailarinas o cualquier otro zapato bajo que aguantara una eventual retención de líquidos en los tobillos. Y el blablá que antecede a la reunión hubiera estado plagado de risas y referencias al mal dormir, a las pasadas nauseas, y habría estado  repleto de fechas límite y otras cuentas, y en el supuesto caso de que se hubiera hablado de organización, se hubiera hablado de otra organización.

Y luego se celebró la reunión, que siguió transcurriendo apacible y amigablemente, aunque se trataban cosas serias. Y terminó la reunión. Y nos levantamos y las barrigas también se levantaron, las cinco por separado pero las cinco a la vez. Y se produjo un nuevo blablá, el de la última gota que llamo yo, que es cuando hay que estar atento porque es cuando se sugiere, se solicita, se deja caer, se recuerda como sin querer pero queriendo, que antes de entrar hay que hacer repaso de los olvidos para que dejen de serlo. Y hay que estar muy atento porque es cuando, en definitiva, se bajan los brazos y se compromete uno. Y entre las frases y comentarios, alguno que otro se coló acerca del consumo, y un espectador atento habría podido observar cómo aquellos cinco caballeros de barriga tersa, redondeada, protuberante, aprovechaban felices los cupones, los puntos, los descuentos y cualquier otra promoción que las empresas, baqueteadas con tanta crisis y en guerra por mantener a cada cliente, ponían en marcha tan a menudo.

Yo quise imaginar a sus mujeres delgadas, con una figura esbelta y cuidada a través de una buena dieta y algo de ejercicio. Mujeres que después de haber custodiado el tesoro, les habrían transferido la figura, esta vez para siempre, sin caducidad biológica de por medio. Mujeres con bailarinas y leggins para ir a la compra, mujeres de manicura cuidada, mujeres de melena fina, lisa y con mechas de colores platinos y rubios. Mujeres que conducen un coche pequeño, utilitario y de color plateado, que es la concesión que se hace en el precio al menor motor, para acercarse al supermercado a las afueras de la urbanización que está a la salida de la ciudad que está en los alrededores de Madrid. Mujeres imaginadas, mujeres como yo pero mujeres no como yo. Yo no tengo un coche plateado. Y además, yo vivo en el centro.

Y en aquel ambiente amable y risueño todos nos volvimos a abrochar nuestras chaquetas. Y por alguna razón me alegré de no haberme puesto un tailleur negro, o gris o azul marino, de los que tengo en el armario y que me quedan impecables.

4 pensamientos en “Hombres embarazados

  1. Jaja, ¡muy bueno! Las cosas que se piensan a veces cuando se debería estar pensando en otra cosa…
    Y seguro que sus mujeres hacen varias horas a la semana de Pilates para tonificar el abdomen de nuevo. Y ellos, ¿tendrán estrías en esas tripillas?
    Un saludo

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