Nos vemos allá arriba, de Pierre Lemaitre

Nos vemos allá arriba_150x2302 de noviembre de 1918. La guerra está a punto de terminar y los soldados lo saben. En esos momentos ya es una tontería arriesgar, todas las cartas están echadas, todo está decidido.

En algún lugar del frente, un teniente francés ordena tomar una absurda cota. Algo que no tiene sentido para nadie, una acción irrelevante para el transcurso de una guerra que terminará oficialmente siete días después. Los soldados deben obedecer y allá van. Enfrente, aunque los boches saben que la guerra ha concluido, se defienden con contundencia.

El soldado Maillard es sepultado, todavía vivo, por el efecto de un obús. Otro soldado de su regimiento, Edouard Pradelle, acude con generosidad a salvarle y es a su vez alcanzado por otra bomba que le desfigura el rostro. Este es el tablero que encuentra el lector en el arranque de esta novela de Pierre Lemaitre, ganadora del Goncourt 2013.

Los dos soldados se encuentran a su vuelta con una sociedad desagradecida que olvida el patriotismo sincero que llevó a sus hijos a la muerte y lo convierte en la estafa de las palabras huecas y los gestos vacíos, una sociedad que trata de olvidar sus propios remordimientos. Y en ese ambiente en el que nadie quiere reconocer que todos han perdido en la guerra, los dos soldados tratan de sobrevivir y de acusar el golpe para devolverlo, exactamente en el mismo punto en el que lo reciben.

Lemaitre construye una buena trama de personajes reconocibles y comprensibles, bien dibujados, una novela en la que pasan cosas y te mantiene con la intriga de lo que va a pasar, una novela que engancha y que está escrita con ese humor tan francés, entre la crítica, la ironía y el pesimismo. He leído por ahí que está entre Dumas y Balzac. Humildemente, no diría yo tanto, aunque la sociedad pilla de Balzac y las tramas de venganzas y malvados, de buenos y malos de Dumas sí que se pueden reconocer en la novela. ¿Será eso la grandeur?

Eso sí, el final es muy decepcionante. Muy «venga ya, hombre». Pero por el medio te lo pasas estupendamente.

Tienen una reseña no tan favorable en La mesa cero del Blasco, en la que ND dice exactamente lo contrario de lo que digo yo. En fin, entre los dos estará el equilibrio. O no.

Léanla, que pasarán un buen rato.

El sentido de un final, de Julian Barnes

El sentido de un final Julian BarnesÉrase una vez tres amigos, Tony – el narrador -, Alex y Colin que eran felices, y a ellos se les unió Adrian, un tipo realmente particular. Cuando digo particular lo que quiero decir es que era raro de narices. El tal Adrian se une al trío para hacer un cuarteto en el que él, Adrian, sobresale sobre todos los demás por su brillantez. Una mente privilegiada. La vida pasa por estos adolescentes, entre discusiones filosóficas de lo más repolludas y otras cosas también típicas de adolescentes. Y pasan cosas. Pasa sobre todo que Adrian le levanta la novia a Tony y luego se suicida, sin que haya entre estos dos acontecimientos una relación de causa efecto. Todas las cosas que pasan las cuenta Tony cuando ya ha envejecido y es un señor jubilado con poca o ninguna preocupación salvo la de pasear y holgar. Y no lo había olvidado, pero casi, y probablemente se hubiera dedicado a pensar en el futuro de su nietecita, o en su relación con su hija, o en la concatenación celeste de los astros siderales de no ser porque recibe la llamada de una abogada en la que le comunican que la madre de su antigua novia, Verónica, le ha legado 500 libras. Y la historia entonces se convierte en una intriga muy atenuada por las reflexiones de Tony sobre la percepción del pasado, la memoria y la culpa. Cuando digo muy atenuada lo que quiero decir es que mientras tú estás interesado en saber qué pasa, el tipo te está mareando con tontadas. O al revés, que mientras tú estás toda sesuda tratando de valorar el sentido de sus reflexiones, te viene a distraer con la historieta de las 500 libras. O sea, un bodrio. O bueno, venga, va, tal vez no es un bodrio, pero es un libro que no acaba de cuajar, está como a medio hacer.

Un libro como desganado, o deslavazado, o como si empezara con ganas de contar la historia y luego se da cuenta de que le salen dos historias pero no se atreve a tirar lo que ya ha escrito, y por medio tiene otra idea pero no le da para otra novela o… o sencillamente, quería contarnos un pensamiento, como es que si nuestros deseos, cuando se cumplen, pueden causarnos remordimientos, o si la percepción de la realidad pasada por el tamiz de la memoria es real por irrebatible. Asuntos sesudos, sin duda, pero, francamente, Barnes no lo sabe desarrollar.

A Barnes le dieron el Booker por esto y habría que preguntar a los señores que conceden el Booker si se lo dieron por porque pensaron que ya era hora de darle el premio a Julian Barnes o simplemente porque se habían pasado con el orujito de después de la comida. En una porra, votaría por esto último. En fin, como cada mes, tenéis otras reseñas sobre este libro en La mesa cero del Blasco, La originalidad perdida, Delenda est Carthago y en el blog de Bichejo. Y por supuesto, en el Club de Lectura en el que, a partir de este mes, además de leernos podéis escucharnos a través de nuestra nueva emisora de podcast.

 

 

Las abejas, de Mª Angels Julivert

Las abejas de MªAngels JuivertDespués de aprender sobre las hormigas, traté de repetir experiencia buscando un libro sobre abejas. Y encontré en Amazón este librito de unas 50 páginas con ilustraciones que me ha servido para eso, para ilustrarme. Y no era tan chulo como el libro de las hormigas, desde luego. Es más, yo diría que es un libro para niños. No les digo más.

Hombre, algo se aprende, aunque es un algo muy básico. Que en una colmena sólo hay una abeja reina, y cuando nace, mata a las demás la muy malvada. Si alguna consigue sobrevivir, entonces hay una lucha a muerte entre ellas. Que los zánganos fecundan a la reina en vuelo y luego, al separarse, se arrancan el vientre y mueren. Los otros se quedan a verlas venir, y como no saben alimentarse, se acaban muriendo de hambre. Incluso cuando intentan entrar en la colmena, las obreras los echan. De ahí saldría una magnífica historia novelada, y supongo que ya alguien la habrá escrito. Otra cosa que no sabía es que las obreras se reparten el trabajo y se especializan en función de la edad. Y que una abeja reina puede vivir cinco años. Y pocas cosas más, ya digo que el libro es muy pequeñito.

Entonces me puse a buscar vídeos en youtube sobre abejas. Buscaba a ver si encontraba una pelea entre reinas, porque me pareció curioso. Sabía que me horrorizaría, aunque ya con la imaginación me había curado de espanto. En vez de eso me encontré un documental sobre abejas asesinas que me pareció más horrible aun y que les enlazo ahí abajo.

La historia, por si no lo quieren ver entero, es la siguiente. Resulta que un tal Kerr se llevó a Brasil unas abejas de Africa para cruzarlas con las abejas domésticas y conseguir mejor miel. Estas abejas africanas tenían muy malas pulgas y eran (son) muy agresivas. Entonces, mientras las tenía en cautividad y las estaba estudiando, a uno de sus empleados se le escaparon algunas reinas y ya se lió. Y no sólo porque Kerr no pudiera continuar con su experimento, sino porque esas abejas agresivas ahora circulan sin control por toda América.

Después de ver el video se me han quitado las ganas de saber nada más de abejas. E incluso les diría que han dejado de caerme bien. ¿La abeja Maya? Bah, un cuento chino.

En la orilla, de Rafael Chirbes

Maquetaci—n 1Tiene Rafael Chirbes una manera de contar las cosas que es como si te abofeteara. Recio, áspero, sobrio, brutal a veces, contundente, pero al mismo tiempo lleno de fuerza, dominando el lenguaje, sabiendo lo que escribe, lo que se trae entre manos, usando el vocabulario como un martillo pilón con el que acompaña historias desabridas, muy duras, que no dejan lugar a la esperanza ni a la componenda, que no tratan de comprender ni de contemporizar, que simplemente narran, describen, cuentan lo que hay y te envuelven en aquello de lo que no tenemos escapatoria.

En la orilla cuenta la historia de Esteban, un carpintero al que le estalla la burbuja inmobiliaria en plena cara cuando él ha decidido invertir todo lo que tiene -incluida la carpintería- en un negocio fácil, rápido, de esos que han sido barridos en estos últimos años, oportunidades que han pillado tanto a los que se han pasado de listos como a los pichones de la sociedad que han querido emular lo que veían a su alrededor.

Esteban no culpa a nadie: él forma parte de esta misma sociedad corrompida y desquiciada por la codicia y el consumo. Pero si lo ha perdido todo es porque no puede perder nada más. Esteban ha fracasado. Quería a una mujer que se fue con el amigo, sin familia, con un padre idiotizado por la vejez al que tiene que cuidar, con unos puntos de referencia que han muerto y forman parte del pasado. Ahora sólo le queda el rencor, la desesperación disfrazada de odio, la amargura que le inspira todo lo que le rodea.

En la orilla es la historia de una derrota. No es una historia sobre la crisis, como dicen algunas reseñas que he leído por ahí. La crisis es el telón de fondo, la chispa que enciende la hoguera si preferís, pero ya antes Esteban tenía cuentas pendientes, ya antes la ética de la especulación, la codicia, la podredumbre moral, la falta de valores, la hipocresía habitaban el pequeño pueblo de Olba y el imaginario Misent, paradigma de la especulación y el destrozo de la langosta de la construcción en la costa mediterránea. Esteban ya había fracasado en la vida, y da puñetazos al aire porque ya hace tiempo que no tiene nada contra lo que luchar.

Del mismo modo que el vendedor de muebles aspira a ser decorador, el carpintero aspira a ser escultor, a tallar la madera, material que sólo es superado en humildad por la arcilla. En sus sueños, el carpintero quiere esculpir piedra, bronce, hierro. Al despertar, Esteban encuentra las virutas esparcidas y el mobiliario barato, la misma vulgaridad de vida de la que quería escapar. Lo ha perdido todo porque ya no puede perder nada más. O tal vez sí.

La novela es una obra extraordinaria. Dura, rocosa, nada amable, crítica, descarnada, pero apabullante y magníficamente escrita. Léanla, que vale la pena.

Esta entrada ha sido publicada en pasado día 10 de octubre en el blog El Buscalibros http://www.el-buscalibros.com

Salman Rushdie, de Joseph Anton

rushdie-joseph-antonO tal vez este libro debería llamarse Joseph Anton, de Salman Rushdie. Porque, efectivamente, éste es un libro de memorias de Salman Rushdie que abarca los 13 años que tuvo que vivir escondido y protegido bajo ese seudónimo por la policía para poder sobrevivir a la fetua, es decir, a la condena a muerte que unos intolerantes lanzaron contra él y que convirtieron su vida en una pesadilla durante todo ese tiempo.

Se trata de un libro de casi 800 páginas que me ha gustado mucho y que creo que es una lectura obligada para todo aquel que se sienta ofendido por la intolerancia, que no la acepte y que no la tolere. Empieza el libro en 1989, cuando a Salman Rushdie le comunican que el ayatola Jomeini le ha condenado a muerte por escribir los Versos satánicos. Un libro, como él explica, en el que el profeta no se llama Mahoma, la religión no se llama islam, y que lo que es motivo de ofensa es algo que le sucede en sueños a alguien que ha perdido la fe. Un libro prohibido después de haberse estado vendiendo durante 6 meses, y prohibido cuando el ayatola pierde sus argumentos en la guerra contra Irak y no tiene nada que ofrecer a sus súbditos salvo rezos, cuando lo que empezaban a reclamarle era menos hambre y menos opresión. Un libro condenado por gente que declaraba no haberlo leído, fanáticos de UN sólo libro, el Corán, que por cierto dispuso de 7 versiones antes de que se aceptara «la» versión definitiva en 1920, y un libro que, recordemos, había sido transmitido oralmente. O sea, que la tomaron con él como la tomaron los afganos con los budas de Bamiyán: un absurdo que repugna cualquier racionalidad.

Pero no es sólo esto lo que cuenta Salman Rushdie. También nos habla de lo difícil que es la vida para alguien que debe cambiar de casa casi cada semana, que no puede ver a su hijo, ni a sus amigos, que vive literalmente escondido en un agujero porque el mundo se ha convertido en un lugar lleno de bombas humanas. También cuenta su vida entre editores, algunos heroicos que se jugaban la vida como él, otros que sucumbieron al miedo.

Pero con todo, esto no es lo peor. Lo peor, en mi opinión, fue la reacción de Occidente, la reacción de Gran Bretaña, de los políticos, de los medios de comunicación. En vez de poner pie en pared, en vez de defender la libertad de expresión, la defensa ante los tribunales si alguien se siente ofendido, el derecho a la libertad de creencias, Salman Rushdie tuvo que sufrir la tolerancia con la amenaza, la comprensión de «la cólera del islam», la componenda que proviene del miedo por un lado, del interés político con el otro, y de un relativismo cultural fétido que es, en efecto, la muerte del pensamiento ético:

“… la cara inaceptable del multiculturalismo, su deformación en una ideología de relativismo cultural. El relativismo cultural es la muerte del pensamiento ético, es dar apoyo a los sacerdotes tiránicos a tiranizar, de los padres despóticos a mutilar a sus hijas, de los fanáticos a odiar a los homosexuales y los judios, porque hacerlo “forma parte de su cultura”. El fanatismo, los prejuicios o la violencia no son “valores” humanos. Son la prueba de ausencia de dichos valores. No son manifestaciones de la “cultura” de una persona. Son indicativos de la falta de cultura de una persona…”

El libro está escrito en tercera persona y en mi opinión está sobrado de personajes y de nombres propios. Pero tiene un cierto tono no diría que de humor, pero sí de alegría, o quizá de optimismo, o sencillamente se trata del mero sentido de pertenecer a una civilización superior (y en esto yo estoy muy de acuerdo con él), que hace que se lean no como una historia de terror (que lo es), sino con mucho confort. Y por otra parte, contiene tramos memorables en defensa de la libertad y contra la intolerancia y el fanatismo, contra esos animales ante los que Occidente no se atreve a rechistar, contra esas bestias a las que ofrecemos absurdamente comprensión, cuando no merecen vivir entre nosotros y pretender que, con esos modos, aceptemos sin más tener que compartir con ellos nuestro planeta.

El libro acaba en 2002, y Rushdie vive en Chicago el atentado contra las Torres Gemelas, en una especie de colofón, y no se puede dejar de pensar que eso fue la tempestad que sembraron aquellos vientos. Con todo, él ha sobrevivido y también su libro. Los países donde reinan los barbudos siguen sumidos en el fango de la intolerancia. Ignorantes, sucios, violentos, rabiosos, carcomidos por el odio y la intransigencia, aventando una religión que dicen que es de paz pero que es el símbolo de la barbarie y del atraso.

El integrista se propone derribar mucho más que edificios – escribió -. Esa gente está en contra, por mencionar sólo una breve lista, de la libertad de expresión, el sistema político multipartidista, el sufragio universal para dultos, el gobierno obligado a rendir cuentas, los judios, los homosexuales, los derechos de la mujer, el pluralismo, el secularismo, la minifalda, el baile, el afeitado de la barba, la teoría de la evolución, el sexo […] El integrista cree que nosotros no creemos en nada. Según su visión del mundo, él tiene sus certezas absolutas, mientras que nosotros nos sumimos en excesos sibaríticos. Para demostrarle que se equivoca, primero debemos saber que se equivoca. Debemos ponernos de acuerdo en qué es importante: besarse en público, los bocadillos de beicon, las discrepancias, la moda de rabiosa actualidad, la generosidad, el agua, una distribución más equitativa de los recursos del mundo, el cine, la música, la libertad de pensamiento, la belleza, el amor. Esas serán nuestras armas. No los derrotaremos mediante guerras, sino eligiendo una forma de vida sin miedo. ¿Cómo se derrota al terrorismo? Sin atemorizarse. Sin permitir que el miedo rija nuestra vida. Aunque uno esté asustado».

Lean este libro, porque merece la pena y mucho.

Historia de las hormigas, de Pierre Huber

Hormigueros-unmundoparacurrEl fin de semana pasado, en el poblachón, aparecieron frente a mi casa – y por todo el campo – un montón de hormigueros. Dos semanas antes no estaban, esto seguro. Me imaginé (sí, me lo imaginé porque no tengo ni idea) que las hormigas en septiembre se dedican a hacer sus casas para pasar el invierno.

Mientras las perras se peleaban por mordisquear el mismo palo, y puesto que yo no pintaba nada en aquella discusión, me entretuve en observar uno de esos hormigueros. Entonces vi a una hormigota enorme y cabezona que arrastraba a una pobre hormiguilla chiquitita hacia la puerta del hormiguero. Me pareció evidente que se la llevaba para la merienda. El espectáculo se colmaba con un montón de hormigas pequeñitas por los alrededores que no hacían ni caso de aquel atropello. Y me pareció intolerable. Así es que cogí un palito y traté de evitar que la gorda se metiera en el agujero con lo que era claramente su presa. Las separé de la puerta, pero la gorda tenía bien agarrada a la pequeña y no la soltó. Así que opté por matarlas a las dos. Finalmente, pensé, la pequeña dejaría de sufrir aquel tormento.

¿Tú estás segura de que se la iba a comer? ¿Y si sólo estaba enferma? Si te fijas, hay otras grandotas y pequeñas alrededor de la colonia y parece que habitan en paz… Lo mismo has vuelto a intervenir en donde nadie te ha llamado, en cosas que estás segura de desconocer…Qué mala es la conciencia.

Historia de las hormigas, de Pierre HuberDe vuelta a la wifi de Madrid, busqué en Amazón algún libro sobre hormigas y encontré este libro, que por lo visto es un básico para conocer la organización y las costumbres de estos animalitos. Pierre Huber, provisto de hormigueros artificiales (y de una enorme paciencia y admiración hacia estos bichos), descubrió hace dos siglos un montón de cosas que el tiempo y unas mejores herramientas han permitido confirmar.

El principio del libro se hace un poco rollo, porque nos habla de la anatomía de las distintas especies de hormigas y de la arquitectura de los hormigueros, pero luego el libro se anima cuando empieza a contarnos cómo se reproducen, las distintas fases por las que pasan hasta que se hacen adultas, la organización social, sus migraciones, el pastoreo que hacen con los pulgones, el esclavismo, las relaciones de afecto entre ellas (sí, de afecto), las guerras y sus tácticas, su lenguaje y su manera de comunicarse, la irrelevancia de los machos, los hormigueros mixtos, etc. En fin, que el libro es curiosísimo pero no sólo para alguien que ha matado un par de hormigas el día anterior y tiene algún remordimiento. Huber cuenta las cosas con un lenguaje sencillo, con asombro ante sus descubrimientos, con modestia ante sus comprobaciones y con humildad ante lo que reconoce como deducciones.

No debería haber matado a aquellas dos hormigas, aunque a causa de ello haya podido disfrutar de un libro encantador. Probablemente estaban en medio de una migración, o tal vez la grandota era una hembra que transportaba a una obrera, y ni siquiera descarto que fuera la pequeña la que transportaba a la grande. Lo que es seguro es que si la grande estuviera comiéndose a la pequeña, las otras pequeñas no estarían tan tranquilas llevando piedrecitas por alrededor.

Ay, el prometeísmo…

La posibilidad de una isla, de Michel Houellebecq

650_AL69140.jpgComo cada primero de mes, toca la reseña del Club de lectura. Y va a tener razón ND cuando dice que en el Club estamos gafados, o, dicho de otro modo, va a ser verdad que siempre nos da por escoger el peor libro de cada autor. Yo tengo una teoría y es que, cuando alguno de nosotros elige un libro por su autor, no elige el mejor título, porque el mejor lo ha leído ya, eso cuando no ha leído ya los tres o cuatro mejores. O sea que estamos leyendo los restos, más o menos.

El libro me ha decepcionado, y por momentos me ha aburrido. Yo de este autor había leído El mapa y el territorio, que me encantó y Las partículas elementales, que me gustó mucho y del que hice reseña (aquí, por si os interesa). Así es que abordé el libro con verdadero optimismo y con muy buena predisposición. Pero…

Voy a contar brevemente de qué va para los que no lo hayan leído. El libro cuenta la historia de Daniel, un humorista cínico y provocador, hastiado de su propia existencia después de alcanzar el éxito. Cuenta la relación con su mujer y con una chica joven a la que conoce cuando él ya está rondando la cincuentena, y de la que se enamora perdidamente. También que ingresa en una secta loca que cree en la inmortalidad a través de la clonación. Y los capítulos alternan la historia de este Daniel (Daniel 1) con otros Daniel del futuro, Daniel 24 y Daniel 25, que son sus clones (y cuyos pasajes, excepto al final, son un auténtico petardo) y que viven aislados y sólo se relacionan a distancia con otros clones como ellos

La historia no es lo de menos. La historia sale de la fantasía de un escritor al que no le falta imaginación ni originalidad, y en la que hay giros verdaderamente sorprendentes en los que te encuentras a Houellebecq (igual de cínico y provocador que su protagonista) en estado puro. Las reflexiones del autor a través de la primera persona de Daniel no dejan indiferentes y tratan de epatar, están llenas de patadas hacia lo políticamente correcto y buscan el asombro, el no dejarte indiferente, lo cual en sí mismo a mí no me molesta entre otras razones porque hay veces que es divertido leer lo que casi nadie está dispuesto a escribir. Le tachan de misógino, de irreverente, de racista pero, francamente, a mí hay medias tintas y poses que me molestan más, y yo creo que a un escritor no se le puede perdonar la hipocresía, y sin duda a Houellebecq no le gusta la sociedad que ve y que vive. Lo que pasa es que a mí me ha parecido un déjà vu, quizá porque ya había leído un par de libros suyos y ya sabes lo que te vas a encontrar.

Por otra parte, hay escenas de sexo muy descriptivo en mi opinión innecesarias que se hacen algo desagradables y que me han parecido forzadas. En Las partículas elementales hay sexo muy explícito y también muy descriptivo, pero digamos que viene a cuento, por la historia en sí. En este libro yo creo que Houellebecq se propone simplemente escribir muchas guarradas, sin más. Y luego hay una cháchara pseudocientífica infumable que yo no sé si se sostendrá en alguna teoría de verdad, pero que aburre muchísimo y de la que yo no he entendido ni una sola palabra.

Por lo demás, nos cuenta una distopía muy en su línea. Una sociedad que se consume en su propio hedonismo, en el que las familias primero y después las relaciones de pareja están condenadas a extinguirse, igual que cualquier relación social basada en el amor o en el afecto, una sociedad que se desintegra en la irrelevancia y en la que el hombre sólo puede encontrar la felicidad en la soledad, en el aislamiento, en la renuncia a la propia sociedad. Pero en fin, poco importa, porque de todos modos el fin de la civilización precede a una catástrofe nuclear y el ser humano que sobrevive vuelve a sus orígenes salvajes. Delicioso, vaya.

Yo os diría que hay muchos otros libros que leer en la vida y que no os entretengáis con éste. Pero, en fin, haced lo que os dé la gana de aquí a que se termine el mundo. Podéis leer otras reseñas de este mismo libro, con otras opiniones en  La mesa cero del Blasco, en La originalidad perdida, en Delenda est Carthago y en el blog de Bichejo. Y a lo largo del mes seguiremos hablando de él, o no, en el blog del Club de lectura.

Los recuerdos, de David Foenkinos

Los recuerdos, de David FoenkinosResulta que perdí las anotaciones que hice de este libro, que leí a finales de julio, así es que tendré que tirar de mis recuerdos sobre Los recuerdos.

Son recuerdos recientes, en todo caso, y son y serán buenos recuerdos. Ya les hablé de otro libro de Foenkinos, La delicadeza, un libro que me encantó, y no sabría decir si éste de Los recuerdos me ha gustado más. Tiene este hombre una forma de contar historias muy sencilla, historias también sencillas pero llenas de encanto, que te mantienen con una sonrisa permanente, que no dejan que decaiga el interés y que te hacen pensar que el mundo no es tan horroroso como se puede pensar viendo el telediario.

En Los recuerdos, cuenta la historia de un joven que pierde a su abuelo y decide pasar el mayor tiempo posible con su abuela, a quien sus padres y sus tíos han llevado a una residencia de ancianos por su bien. Su abuela no está ni mucho menos inválida ni ha perdido la cabeza: simplemente no tiene, como en tantos casos de la vida actual, personas alrededor que acepten vivir con ella para que no esté sola.

Yo estaba protegido de la necesidad de tomar parte en esa decisión por la generación que me separaba de mi abuela. No me correspondía decidir a mí, sino a sus hijos, lo cual era un alivio. Digamos que el alivio es la versión suave de la cobardía. Mi abuela declaró enseguida que no quería ir»

La abuela termina marchándose de la residencia en busca de sus propios recuerdos, lo que da pie a que el protagonista empiece a construir su vida y le empiecen a pasar cosas, quizá no muchas, pero cosas que en todo caso le permitirán vivir una vida en la que irá sembrando lo que podrá recordar en el futuro.

Foenkinos acaba cada capítulo con un recuerdo. De su padre, de su abuelo, de su abuela, de escritores, actores, de otros protagonistas de la novela y hasta de Alois Alzheimer. Así es que es un libro de recuerdos. Esto unido a una cierta tendencia muy divertida del protagonista a la digresión, y a la sencillez de la historia, hacen que el libro sea realmente delicioso.

Léanlo, que pasarán un buen rato.

El hereje, de Miguel Delibes

El hereje, DelibesAmbientada en el Valladolid el siglo XVI, El hereje cuenta la historia de Cipriano Salcedo, un comerciante ilustrado que se convierte al luteranismo. Es la historia de su vida, su peripecia desde que nace, y antes, porque nos cuenta también la historia del padre, su paso por el internado, su matrimonio, sus negocios, y su conversión, o mejor dicho, su renuncia a la Iglesia católica frente a una reforma que impulsaba un cristianismo alejado de milagros, idolatrías, reliquias e indulgencias, y de manera más amplia, lejos del cerrilismo, la oscuridad y la brutalidad del catolicismo de aquella época.

No hay que decir mucho de Delibes (Delibes es Delibes), de su maestría del lenguaje, de su prosa interesantísima que te sorprende en tantas palabras antiguas o nuevas, especiales, elegidas por su sonoridad y por su precisión cuando habla del campo, de la caza, de la vestimenta y hasta de las enfermedades. Es un libro que realmente te traslada a aquella época, a las costumbres y al ambiente y escenarios de Castilla. Se aprende intrahistoria con este libro. Tengo que decir que el libro termina con una descripción brutal y angustiosa de lo que era un Auto de fe que deja con muy mal sabor de boca. Con todo, vale la pena leer este libro, y mucho.

 

Unos meses después aparecieron los primeros fríos y la gente respiró aliviada. Existía el convencimiento de que la peste era consecuencia del calor y, por contra, el frío y la lluvia atenuaban sus efectos. A los pocos días templó y la peste volvió a picar en los pueblos y ciudades castellanos. En esta segunda oleada se empezó a hablar de la peste del año seis, más grave que la del dieciocho. El banquero Domenico Nelli tranquilizaba a sus colegas de Medina diciéndoles que los muertos de peste eran generalmente pobres y, por tanto, carecían de interés. Pero la gente insistía en que la peste producía landres, como la de principios de siglo. Es peor que la del dieciocho, aseguraban. Entonces empezaron a organizarse rogativas a la iglesia de San Roque y a la de la Virgen de San Llorente pidiendo lluvias de otoño. Pero el número de pobres aumentaba y el Ayuntamiento se vio obligado a tomar dos medidas radicales: primera, separar a los vagos de los pobres de solemnidad y expulsar a aquellos. Y, segunda, exigir la salida de la villa de las prostitutas que no hubieran nacido en ella. Pero la expulsión de grupos sociales no arregló nada. Al contrario, los inmigrantes empezaban a superar a los emigrados y el Concejo se vio ante la necesidad de facilitarles alojamiento al otro lado del río. Pero la avalancha de menesterosos crecía y con ellos la expansión de la peste, por lo que el corregidor convocó sin demora a los pobres sanos al otro lado del puente. Era su propósito que unos caballeros comisarios los expulsaran después de proveerles de los víveres suficientes para el camino. Pero los pobres se negaron a acudir al puente. En la ciudad recibían botica gratis, media libra de carnero y media de pan por persona y día, y nadie les garantizaba que esa ayuda fuese a producirse en las villas vecinas, ni conocían siquiera la situación sanitaria de éstas. Entonces lo que hacían era esconderse en los rincones del Paseo del Prado y por la noche, con algunos inquilinos de los lazaretos, atravesaban el Pisuerga en barcas, a nado o por los viejos vados conocidos, orillando la muralla.  

Lugares donde se calma el dolor, de César Antonio Molina

Ya me lo dejó escrito Goethe: «Uno sufre queriendo explicar el mundo cuando no es necesario»

lugares donde se calma el dolorHoy día primero de mes toca reseña del club de lectura, y si les soy sincera no sé muy bien por dónde empezar. Creo que no he entendido ni una palabra de lo que me quería contar este señor. Admito, de entrada, que no está hecha la miel para la boca del asno, así es que debo aceptar que me he sentido abrumada con tanta cultura junta, con tanta cita, con tanta referencia, con tanta sensibilidad y con tanta intensidad. Y dicho sea de paso, con tanta pedantería.

Les resumo rapidamente. Don César Antonio Molina va a determinadas ciudades y se va deteniendo en calles, plazas, puentes, y entonces nos describe con todo detalle lo que va viendo, quien pasó por ahí (normalmente, algún poeta de fuste) y lo que él va sintiendo al (¡oh!), mirar los mismos paisajes y pisar las mismas baldosas que sus admirados autores. Y para mi gusto que se le va un poco la mano. Por ejemplo, llega a San Petesburgo, entra en la salita donde murió Pushkin y eso le da pie a contarte la vida de Pushkin. Pero por medio te describe con todo detalle, hasta lo irrelevante, la salita. También se imagina cómo era la salita entonces o cómo no, porque claro, tampoco lo sabe seguro; te da detalles del primo, el tio, el hermano y el sobrino de Pushkin; te intercala diez o doce poemas y te cita a ocho o nueve autores que pasaban por allí; se hace un par de preguntas sobre el vuelo de una mosca; te vuelve a describir el orinal del portero de la finca… para entonces tú ya tienes dificultades para seguir leyendo porque, claro, ya no tienes dolores pero a cambio estás al borde de la catatonia.

Tal vez hubiera sido mejor, en vez de escribir un tocho de 800 páginas, escribir tres libros: uno de citas y poemas, otro de descripciones (que podría darse gratis con el suplemento de viajes de El País), y un tercer libro de curiosidades diversas. Este último sería muy delgadito, es verdad, pero a cambio nos ahorraría tener que tragarnos todas las cosas que se le pasan por la cabeza a este señor, que por otra parte deja constancia de su cursilería en dos de cada tres párrafos.

Si vamos a la calidad de su prosa, tampoco el libro tiene el menor interés. En mi humilde opinión, este señor narra con una prosa plana, insulsa y bastante vulgar. No sé cómo serán sus poemas, pero desde luego narrando no tiene ninguna originalidad ni ningún interés literario. Demuestra una cultura casi enciclopédica, desde luego, pero, francamente, no ha logrado que me interese absolutamente nada de lo que me estaba contando. Será culpa mía: tanta sensibilidad y tanta intensidad emocional me ha dejado completamente fria y desde luego leer sus digresiones ha sido lo mismo que leerme un tratado de contabilidad: una tortura.

Lugares donde se calma el dolor… y tanto. Se trata de un libro que te anestesia. Infalible para coger el sueño, cada capítulo es un reto para la catalepsia, y media hora de lectura te manda directamente a la cama. Siendo ésta la utilidad, sea: al revés que leer este libro, dormir no es una fabulosa pérdida de tiempo.

He de decir que no lo he terminado. Cuando llegué al 80%, y después de sufrir durante sus paseos por Palermo, Nápoles, Trieste, San Petesburgo, Bombay, Petrópolis, Buenos Aires y no sé cuántos sitios más, me dije que la cosa ya no tendría remedio. Ahora bien, creo que los otros participantes del club tienen otra opinión y yo desde luego estoy deseando leer sus reseñas. Vosotros también las podéis leer en  La mesa cero del Blasco, en La originalidad perdida, en Delenda est Carthago y en el blog de Bichejo. Y a lo largo del mes seguiremos hablando de él, o no, en el blog del Club de lectura.