El tiempo mientras tanto, de Carmen Amoraga

De El tiempo mientras tanto me enamoró el título. Está entresacado de unos versos de Benedetti (Soñamos juntos, juntos despertamos, el tiempo hace o deshace mientras tanto), pero me echaba para atrás que fue finalista del Planeta. Así es que leí un comentario sobre el libro que hacía un blog amigo, el de la boticaria, en donde venía a decir esto mismo. Y también que era un libro triste, muy sentido, y luego que a mí me iba a gustar.

Y sí, me ha gustado. Y sí, es un libro amargo. Cuenta la espera de la muerte de María José, en coma tras un accidente de coche. En la espera, va contando la vida de la madre, una mujer malhumorada y pejiguera; del padre, un hombre resignado y callado, abatido y derrotado por la vida; de la íntima amiga, leal hasta el final; de la propia Maria José, una vida entregada a un amor ni merecido ni correspondido. Y de muchos otros personajes que se van cruzando por esas vidas.

Desde la primera página ya sabes que va a morir. Que morirá. Lo cual no necesariamente convierte su vida, ni la de los que la rodean en un horror. Tampoco que “la vida no es como habían imaginado”, o que la vida sea injusta, perra y dura. Carmen Amoraga sin embargo nos va retratando unos personajes llenos de frustraciones, de silencios, de amores no correspondidos, vidas cobardes, derrotadas, vidas que no se han sabido vivir y que han ido muriendo mucho y muchas veces. Unos personajes magníficamente retratados que van contándonos, entre la pena por ver cómo se apaga la vida de su hija, su pasado de sentimientos y de emociones.

Me ha gustado mucho la naturalidad con la que está escrito. Y no todo es pena y amargura, porque incluso tiene algunos pasajes que logran sacarte una sonrisa después de todo. Y también, después de todo, no acaba tan mal como pudiera parecer, hay alguna esperanza en los personajes y en sus vidas.

Puede parecerlo, por el argumento y por lo que cuento, pero el libro no me ha parecido nada deprimente. Es casi más áspero, más amargo, que triste. Y como digo, el dibujo de los personajes me ha parecido sensacional. Si se topan con él y no les importa leer sobre lo que guardan algunos en el alma, léanlo.

22/11/63, de Stephen King

Yo pensaba que después del inquietante Joyland no iba a atreverme más con Stephen King. Ya he dicho en alguna ocasión que a mí las novelas de miedo me dan miedo, y no disfruto mucho con eso, aunque sepa que es ficción, que es un libro, y todo lo demás. Sin embargo, una buena amiga me insistió en que leyera éste, y ustedes no se pueden hacer una idea cabal de lo que es esta mujer cuando se pone insistente. Me dije que o leía el dichoso libro o me vería abocada a inspirar un nuevo éxito de ventas del autor, así es que se lo pedí prestado y aquí estoy porque he leído.

El argumento, como el libro, es de sobra conocido: un tipo que es dueño de una hamburguesería descubre, por casualidad, un agujero de gusano (creo que ése es el nombre técnico) que le permite viajar en el tiempo, y más concretamente a septiembre de 1958. Así es que, como pilla más o menos cerca, decide evitar el asesinato de J.F. Kennedy, sucedido en noviembre de 1963. Sin embargo, no lo consigue y, enfermo, le revela el secreto del agujero del tiempo a su amigo Jake Epping y le convence para que lo intente él. No cuento más aunque estoy segura que en cualquier contraportada del libro lo destripan mucho más que yo.

El libro se me ha hecho un poco de bola en algún momento, pongamos en unas 100 páginas. Tengan en cuenta que el viajero tiene que vivir 5 años, así es que no todo el rato va a tener una vida trepidante. Pero las 700 y pico restantes me han parecido formidables, muy de pillarte mucho. Leí la mayor parte estando de viaje y es muy de que no te importe volver al hotel para seguir leyendo, muy de decir qué bien este viaje en tren de cuatro horas o de pensar vaya, me tengo que ir a duchar o no puedo más con el sueño que tengo.

El libro refleja de maravilla lo que debería ser la América de los primeros 60, el choque social y cultural de un individuo que llega de hoy en día, las costumbres de entonces y las diferencias en el lenguaje y el modo de vida. También, las paradojas del viaje en el tiempo, las reglas del juego que el protagonista debe respetar, las dudas, las terribles dudas sobre lo que implicará cambiar un acontecimiento concreto del pasado. Y luego que es una intriga muy bien llevada, porque sabemos lo que pasó y cómo es el mundo después de lo que pasó. El resto, es una incógnita por desvelar.

Así es que muy bien por la recomendación, que agradezco, claro. Me alegro de haber cedido a la insistencia, aunque en realidad, como les decía más arriba, es algo que no tenía remedio y que era difícil de evitar. Como el asesinato de Kennedy, más o menos.

Léanlo, que les gustará.

 

El libro de la señorita Buncle, de D.E. Stevenson

el-libro-de-la-senorita-buncle unmundoparacurraEl libro de este mes del club de lectura es el que da título al post. Es el segundo de la nueva lista que acordamos en mayo y será el último de cualquier otra lista. No deben preocuparse: el club continúa, pero las listas no. Digamos que preferimos toparnos con la tortura sin tener que pasarnos varios meses temiéndola…

El libro de la señorita Buncle es la novela de una mujer que escribe una novela sobre una mujer que escribe una novela sobre una mujer que escribe una novela sobre una mujer que escribe una novela. Esta última frase, que transita entre el trabalenguas y la descripción desquiciada no es del todo mía, sino que está entresacada del propio libro y me parece una manera perfecta de resumir la historia.

La señorita Buncle es una joven soltera que vive su lacónica y aburrida existencia en un pueblecito inglés, que es el típico pueblecito inglés también muy aburrido en el que nunca pasa nada. Miss Buncle, una mujer incapaz de imaginar historias muy complicadas es sin embargo muy observadora, así es que escribe una novela describiendo con pelos y señales la vida de sus vecinos y a sus vecinos mismos. La novela, que adquiere un éxito inesperado, especialmente en el pueblo, describe la realidad del pueblo tal cual es, pero en un momento toma un giro radical cuando aparece un joven armado de un caramillo que, como el flautista de Hamelin, opera en todos los vecinos el cambio de sus vidas. Es el perturbador de la paz.

Lo que parece producto de su imaginación se empieza a cumplir en la realidad, aunque lo divertido son las reacciones de los paisanos, algunos muy ofendidos por la certera descripción de Miss Buncle, que se toman como una ofensa, casi como una violación de su intimidad, aparecer retratados.

… Libros como El perturbador de la paz son una amenaza mortal para la sociedad. Socavan los cimientos del estilo de vida inglés. La casa de un inglés es su castillo. El perturbador de la paz se ha colado en el recinto sagrado de ese castillo, ha destruido la fragancia del hogar y ha violado su intimidad. Nosotros, los vecinos de Silverstream, tenemos que ser los primeros, tenemos el derecho y el deber de enseñar a Inglaterra que nuestro hogar sigue siendo un lugar sagrado que no se puede violar impunemente…»

Miss Buncle, que en ningún momento osa reconocer que es la autora, escribe una segunda parte del libro relatando su aventura, y eso es lo que da pie al autor a decir que es una novela de una mujer que escribe una novela sobre una mujer… Pero ya no les destripo más.

El libro desde luego no es una obra cumbre de la literatura ni contiene elementos filosóficos que te hagan pensar ni medio minuto, pero se deja leer, es divertida a veces y distraída en todo momento. Está escrita con esa ironía y ese puntito de mala leche que se gastan los ingleses cuando retratan su sociedad, con muchos personajes que entran y salen de la historia, a veces como personajes de la novela, otras como realidad. Si se topan con esta novela, léanla, que pasarán un buen rato.

Tenéis, como cada primero de mes, otras opiniones sobre él en La mesa cero del Blasco, en La originalidad perdida, en Delenda est Carthago y en el blog de Bichejo. Y a lo largo del mes seguiremos hablando de él, o no, en el blog del Club de lectura.

El corazón de las tinieblas, de Joseph Conrad

El corazón de las tinieblas, de Joseph Conrad

El corazón de las tinieblas, de Joseph Conrad

Hace unos meses reseñé un libro de Vargas Llosa, El sueño del celta, en el que se narra la historia de Roger Casement, un irlandés que vivió y denunció con éxito las atrocidades de la explotación del Congo y del Amazonas a finales del siglo XIX por el hombre europeo. El origen de este libro, tal y como ha explicado Vargas Llosa en alguna ocasión, se encuentra en la lectura de una biografía de Joseph Conrad, en la que éste puso a Vargas Llosa sobre la pista de Casement.

Conrad era un escritor de origen polaco, aunque escribía en inglés, que ejerció como marino mercante y que, en un momento dado de su vida, al no encontrar trabajo de su rango en Inglaterra, aceptó un empleo como capitán en la Societé Anonyme Belge para el comercio en el Congo, empresa a través de la cual Leopoldo II de Bélgica perpetraba un genocidio en toda regla en Africa con el fin de saquear las reservas de marfil y caucho, aunque bajo la beatífica excusa de civilizar el pueblo congoleño.

Cuando Conrad llegó a Africa, en vez de trabajar en el empleo de capitán para el que había firmado, puesto que su barco estaba en reparación, se le encargó ir como segundo de abordo en un barco río Congo arriba con la misión de recoger a un agente de la compañía que había caído gravemente enfermo, un tal Klein. De regreso de esta misión, seis meses después de haber salido de Inglaterra, Conrad se volvió a Europa. Había firmado para tres años.

El porqué de esta vuelta prematura se puede encontrar en El corazón de las tinieblas, en la que se puede suponer que el protagonista, Marlow, es el propio Conrad y el señor Klein, el agente Kurtz de la novela al que van a rescatar. Porque esta la historia que nos cuenta Conrad a través de la narración que hace el marino Marlow a sus compañeros de barco cuando éste se encuentra atracado a orillas del Támesis.

El libro empieza situándonos en el barco, en tercera persona, hasta que Marlow empieza a hablar y a contar su historia. Que yo recuerde, toma aliento una vez en la narración. Una forma de narrar como si fuera un sueño, una pesadilla, el relato de un viaje al horror, a la locura, a las tinieblas de la crueldad del hombre, a ese lugar en el que éste pierde la condición humana.

Como en el libro de Vargas Llosa, la civilización se hace indistinguible de la barbarie. Una civilización que se vuelve bárbara conscientemente, que puede distinguir entre el bien y el mal y que opta por el mal para saciar su codicia y su iniquidad. Es el viaje a unas tinieblas en las que medran los que no caen enfermos, la oscuridad en la que el poder lo detenta quien es «temerario sin valor, voraz sin audacia, cruel sin osadía». Marlow se siente vagabundo «en medio de una tierra prehistórica, de una tierra que tenía el aspecto de un planeta desconocido».

El libro está escrito magníficamente y logra envolverte en una bruma tenebrosa en el relato y encogerte el corazón. Un viaje al corazón de las tinieblas que gritará a Marlow su recuerdo: «¡Ah, el horror! ¡El horror!»

Una historia de la guerra civil que no va a gustar a nadie, de Juan Eslava Galán

Una-historia-de-la-guerra-civil-que-no-va-a-gustar-a-nadie_9788408107156Hoy, como cada día 1, toca post del club de lectura, y en esta ocasión, los honores son para el libro de Juan Eslava Galán Una historia de la guerra civil que no va a gustar a nadie. Y yo creo que con este libro he escrito el título de entrada más largo de toda la vida del blog, con diferencia.

El título es de lo más adecuado. Casi ochenta años después, los españoles hablamos con tanta dificultad como falta de mesura de una guerra de la que ya van quedando pocos testigos que fueran adultos por aquel entonces. La historia, con minúscula, para aquellos que la habían vivido, debía ser recordada, en el mejor de los casos, con un horror que invitaba más al olvido, y en el peor, con el mismo odio con el que se fraguó. Los hijos, los niños de entonces, han transmitido esos recuerdos o esos no recuerdos a los nietos siguiendo el ejemplo de los padres.

La Historia con mayúsculas ha sido contada a trozos, siempre detrás de un tamiz ideológico del que es difícil desprenderse, también en el mejor de los casos. En el peor, nos han contado una guerra hemipléjica, una de buenos y malos, de héroes y de villanos, de canallas que sólo habitaban en un lado y de víctimas que lo eran por pertenecer a un bando, y no por haber transitado por una época de la historia de España que sólo exigía una pequeña excusa, ni siquiera una mala razón, para que te mataran.

Estoy educada en una familia en la que se habla poco de la guerra. Nunca se nos mencionó las crueldades, las barbaridades, las atrocidades de las dos Españas, no al menos con nombres propios, no al menos a partir de anécdotas, no desde luego señalando a nadie, y en absoluto con rencor ni con odio. Sí del hambre, de las penurias, de la necesidad, de la miseria, de todo aquello que trae cualquier guerra. Pero lo que no trae cualquier guerra es la matanza entre hermanos, entre vecinos, entre amigos, entre conocidos. Aquel al que se llevaron en una saca, o ese otro que delató al compañero. Y al cabo, las historias se conocen, cuando la conciencia del horror actúa de vacuna contra el odio. Y sólo quiero recordar a mi abuelo decir que cuántos hombres justos habían sido fusilados por nada, y cuantos otros canallas en el frente se habían librado de ser condenados por sus tropelías.

Quien más y quien menos tiene una historia que contar. Un abuelo, un padre, un tío, una hermana, en cada familia hay un ataúd cerrado por la guerra. Y en algunas familias, el odio lo vuelve a abrir cada vez que se habla de la guerra del 36; y en otras muchas, el odio se eleva al todo, es el odio a la idea de guerra civil, de la guerra entre hermanos. Y en esas casas, entre esas familias, las historietas de buenos y malos, las caricaturas de antes y de ahora, repugnan, porque lo único que cabe hacer con ese pasaje tan espeluznante de nuestra historia reciente es reconocer la vergüenza de una locura colectiva en la que la mayor responsabilidad no estaba en uno de los bandos, sino en los dos, sostenidos por la miseria y la ignorancia de un pueblo que sólo valía para ser masa, ser conducida como víctima o azuzada como verdugo.

Claro que es una historia que no va a gustar a nadie. Porque todavía hay gente en España que piensa en los mismos términos que muchos dirigentes de hace ochenta años. Todavía hay gente en España para la que sólo hubo unos malos canallas, y los otros eran víctimas, o simplemente se defendían. Todavía hay gente en España que se olvida de lo que unos hicieron, para alzar el dedo y señalar al otro. Para los que las batallas fueron ganadas o perdidas por buena o mala suerte. Porque vivimos en un país en el que no sabemos afirmar sin negar al otro. Un país en el que se despacha con demasiada frivolidad y brocha gorda asuntos que deberíamos respetar, porque deberían aterrarnos.

Y Juan Eslava Galán empieza con los movimientos de tropas de la «cuartelada», sigue por las chispas que encienden la mecha (los asesinatos del teniente Castillo y de Calvo Sotelo), se entretiene en describirnos los saqueos, las salvajadas, las matanzas, las sacas; continúa con la desconfianza, el miedo, el caos, hasta que dice basta, porque con varios capítulos uno ya se hace una idea de que la impunidad es la peor arma que se le puede dar a un canalla, sea del bando que sea.

Y luego nos cuenta las batallas más importantes, Norte, Belchite, Badajoz, Teruel, Brunete, tantas otras, y nos cuenta cómo se desarrollaron sin pararse a justificar, a señalar, o a acusar. Batallas en las que murieron nuestros abuelos, en las que hubo héroes a los que deberíamos honrar, pero que preferimos desconocer, tapar, esconder y olvidar. Y se detiene mucho en Madrid, no puede ser de otro modo, en ese Madrid en el que cayeron la mayor parte de las bofetadas, de un lado y de otro, ese Madrid tan vilipendiado hoy en día en el que tanto se tardó en entrar y que tanto sufrió por resistir. Y lo hace de forma muy amena, citando casos, anécdotas, diálogos, dejando trozos de historia y de historias de personas con nombres y apellidos, algunos relevantes, otros no tanto, que le dan verosimilitud, veracidad y verdad al libro.

Yo lo leí hace algunos años y ahora lo he releído por encima, lo que dan un par de horas de refresco. Y he vuelto a reconocer en el libro cómo el autor no carga contra ninguno de los bandos, que es una cosa tan irritante como ridícula. Aunque quizá, lo más irritante, sea el título: si no le va a gustar a nadie es porque, ochenta años después, muchos todavía pretenden pertenecer a uno de los bandos, aunque hayan nacido anteayer.

Yo recomiendo la lectura de este libro. Aunque tenéis, como cada primero de mes, otras opiniones sobre él en La mesa cero del Blasco, en La originalidad perdida, en Delenda est Carthago y en el blog de Bichejo. Y a lo largo del mes seguiremos hablando de él en el blog del Club de lectura.

 

¡Noticia bomba!, de Evelyn Waugh

¡Noticia bomba! Evelyn WaughEvelyn Waugh cuenta en ¡Noticia Bomba! la peripecia de William Boot, un irrelevante cronista de la naturaleza de un imaginario periódico, el Daily Beast ,que es confundido con un pariente lejano, John Boot, escritor de cierto éxito con excelentes relaciones en la alta sociedad londinense. De resultas de esta confusión, es enviado como reportero a Ismailía, un olvidado país africano, a cubrir una guerra civil teóricamente a punto de estallar.

La novela es un puro disparate, con personajes estrafalarios y situaciones delirantes y absurdamente cómicas. Waugh realiza una sátira feroz del periodismo de la época, años 30 del siglo XX, que yo supongo que se puede trasladar a la realidad actual. Editores que cuentan su propia realidad, redactores de internacional que no saben orientarse en un mapa, reporteros indolentes y un poco canallas que pelean por llegar los primeros a dar la noticia. Porque, como dice el autor, la noticia, en cuanto se conoce, deja de ser noticia.

La sociedad en la que se encuadra, tanto la alta sociedad, descrita de pasada, como la sociedad de la nobleza rural, que vive en el campo como el que vive en las proximidades de Marte no es nada comparado con el humor que acompaña a la descripción de Ismailía, un imaginario país africano en manos de una familia en el poder desde tiempos inmemoriales y que maneja el poder con paternalismo, como el que tiene un cortijo en propiedad. Humor y comentarios por cierto algo chocantes con lo que actualmente consideraríamos como políticamente correcto. Y por medio, nuestro William, entre la perplejidad y la flema, pasando por una guerra que no es guerra, y haciendo periodismo sin voluntad de que sea periodismo.

Con un humor muy inglés, muy sarcástico, tanto en la historia, como en la forma de abordar as situaciones, como en el estilo con el que está escrito, Noticia Bomba es un libro muy divertido, con algunos pasajes deliciosos. Les dejo con la descripción que el Jefe de internacional le hace a William de la guerra de Ismailía.

– …Verá no suelo leer la prensa. ¿Podría explicarme quién lucha contra quién en Ismailía?

– Creo que son los Patriotas contra los Traidores.

– Ya, pero, ¿Cuáles son cuáles?

– Oh, eso sí que no lo sé. Eso es cuestión de la línea editorial, y no tiene nada que ver con mi departamento. Tendría que habérselo preguntado a Lord Copper.

– Parece que es una guerra entre Rojos y Negros.

– Sí, pero no es tan fácil como parece. Verá, allí son todos negros. Y los fascistas no quieren que les llamen negros porque también tienen mucho orgullo racial, y por esta razón les llaman Blancos, como los Rusos Blancos. Mientras que los bolcheviques, debido a su orgullo racial, quieren ser conocidos con el nombre de Negros. De modo que cuando decimos negros queremos decir rojos, y cuando queremos decir rojos decimos blancos y cuando el bando que se llama a sí mismo negro habla de traidores se refiere a lo que nosotros llamamos negros, pero no sabría decirle a usted a quién nos referimos cuando hablamos del bando de los traidores. Pero desde su punto de vista será muy sencillo. A Lord Copper sólo le interesan las victorias de los Patriotas, y ambos bandos dicen de sí mismos que son patriotas y, naturalmente, ambos bandos afirmarán haber obtenido victorias. Aunque, desde luego, se trata de una guerra entre Rusia y Alemania e Italia y Japón que, por patriotismo, están los unos en contra de los otros, ¿me explico?

– Hasta cierto punto – dijo William…

Alex, de Pierre Lemaitre

Alex de Pierre LemaitrePierre Lemaitre es el ganador del último premio Goncourt, el 2013. Esperé un cierto tiempo de cortesía, a la espera de que editaran el libro en español hasta que ya, en Abril, me cansé de esperar. ¿Cuánto se tarda en traducir un libro del francés? Supongo que me espera una buena traducción, porque después de esperar, mi amiga librera, atenta como siempre, me avisó de que ya lo tenía calentito para que lo fuera a buscar. Y ahí está, el Au revoir là-haut, título traducido como Nos vemos allá arriba, esperando su turno en mi balda particular.

Y mientras tanto, como uno de mis pecados favoritos es la impaciencia, encargué y me leí Alex, también del mismo autor, para confirmar si es verdad que el Goncourt no se lo dan a cualquiera. Y tengo que decir que no, que no se lo dan a cualquiera. Sobre Alex diré, simplemente, ¡Uf!, con tono de admiración-

Madre mía qué novela. Sensacional. Dos frases que recojo de la contraportada y que definen bien lo que es esta novela policíaca. “Cincuenta por ciento suspense, cincuenta por ciento investigación, cien por cien magnífica” (Le Figaro); “Una novela de una intriga diabólica” (L’Humanité). Y aquí, con estas dos frases debería dar por finalizado el post, porque cualquier conato de spoiler en esta novela supone un crimen inaceptable. No contaré entonces nada (no me permito ni copiar la contraportada, que da pistas), simplemente diré que está escrita con mucha inteligencia, casi tanta como la que tienen los protagonistas.

Una primera página que parece vulgar, un principio como de redacción infantil (qué importantes son los comienzos en los libros), y en la página 5 ya no puedes quitarte el libro de los ojos. Y es que Lemaitre va desde el primer momento al grano, al centro de la acción y del suspense. Y a lo largo de la trama da dos, tres, cuatro giros impensables, hasta que llegas al final, a las últimas páginas, para ver todo el escenario, para comprender por qué, a lo largo del libro, la simpatía del lector no se sitúa cabalmente donde la razón le dice que debería estar.

Miedo, angustia, horror, crímenes espeluznantes, en una historia que por momentos no sabes por dónde puede continuar, cómo va a terminar. Entiendes lo que está pasando pero no por qué está pasando, y si dejas el libro por la mitad, ni por asomo te imaginas qué es lo que hay detrás. Brillante.

Lo que marca la novela es la estructura de la narración, como sacada de un ajedrez. Lemaitre no juega con los tiempos, la trama es secuencial, pero alterna los escenarios con mucha inteligencia. Sin embargo, la maestría consiste en irte desvelando la historia que hay detrás a través de los acontecimientos que se van sucediendo con rapidez. Y no se conforma con la intriga, sino que además el libro está bien escrito, con una prosa limpia, y con buenas frases para subrayar.

Creo que debería leer yo más novela policiaca. Porque, como diría @bich75, me lo he pasado pituti. Léanla, que pasarán muy buen rato.

 

Catedral, de Raymond Carver

catedralMe regaló este libro una compañera de la oficina. Se celebraba un aniversario y estábamos reunidos un montón de compañeros, y ella se salió del guión oficial y establecido y me lo entregó en un aparte. Un detallazo. Yo no soy una persona fácil para que le hagan regalos, y de eso puede dar fe mi familia y los amigos que me conocen bien. Sin embargo, que me regalen libros me hace siempre mucha ilusión. Así es que en esta ocasión no iba a ser menos, y desde luego me hizo mucha ilusión y lo colé a otros que están a la espera de ser abiertos.

Esta persona que me regaló el libro es una gran lectora y, tal y como me dijo, esperaba que me gustara el autor, que forma parte de una corriente que se denomina el realismo sucio, y del que no había leído yo nada antes.

Se trata de un libro de relatos cortos, no exactamente cuentos, muy a lo Alice Munro, que empiezan no se sabe cómo y acaban sin saber por qué. Pero a diferencia del realismo luminoso de la Munro, en los relatos de Catedral siempre hay una amenaza, algo que te intranquiliza. Personajes de la América profunda, gente corriente, gris, en donde siempre está presente el alcohol y el abandono en vida, ambientes que suelen ser sórdidos en su vulgaridad y sobre cuya trama de la historia siempre late una inquietud, siempre ves venir que pase algo horrendo. Pero al tercer relato, ya te imaginas que no va a pasar nada horrendo, y que lo único horrendo es la propia historia, por lo general irreversible.

El libro está bien y el autor tiene una prosa ligera, fácil, sencilla, y esto no deja de tener su mérito. Hay relatos extraordinarios y otros que no lo son tanto. El relato que da título al libro es uno de los mejores, junto con el de Fiebre (un padre abandonado que no puede ocuparse de sus hijos y contrata a una mujer para que lo haga), La brida (una familia desahuciada que llega a una pensión de Arizona a rehacer su vida),  el que abre el libro, Plumas (una pareja sin hijos que es invitada a cenar en casa de unos amigos que tienen un niño horrendo y un pavo), o Parece una tontería, tal vez el más dramático (un niño que tiene un accidente que le deja en coma el día de su cumpleaños, después de que su madre le encargue una tarta a un pastelero).

Así que me ha gustado y agradezco el regalo. Y agradezco todavía más la dedicatoria que me hizo esta compañera, que mola un montón, y que pongo aquí para que conste:

» Soy lo que he vivido, pero aún toda experiencia es un arco a través del que brilla un mundo inexplorado cuyo horizonte se desvanece a medida que avanzo», Ulysses, A. Tennyson (traducción requetelibre).  

Un detallazo.

Momentos estelares de la Humanidad, de Stefan Zweig

momentos-estelares-de-la-humanidadEl libro que este mes hemos leído en el Club de Lectura es el de Momentos estelares de la Humanidad, de Stefan Zweig. Es un libro que yo ya había leído, y del que tengo un estupendo recuerdo. En general, como de todo lo que he leído de este autor, que hace que la historia y vidas de los personajes se conviertan en interesantísimas novelas, y que sus testimonios de la Historia sean una aventura serena de la que es difícil despegar los ojos.

El libro anuncia en el subtítulo catorce miniaturas históricas, aunque de miniaturas nada. Se trata, efectivamente, de momentos remarcables de los que la historia toma nota, y de los que luego Zweig rescata el detalle, aunque enmarcado cuidadosamente en la solemnidad del momento.

Y así, nos cuenta la muerte de Ciceron, el viaje de Lenin a Rusia, la creación del Mesias de Haendel, los últimos días de Tolstoi, el descubrimiento del Pacífico, la carrera por alcanzar el Polo Sur, o los intentos del presidente Wilson por crear una paz duradera después de la Primera guerra mundial, además de otros momentos históricos de interés.

Los episodios que más recordaba cuando volví a coger el libro para hacer este post eran tres, a los que se unió un cuarto. El de la aventura de tender el primer cable eléctrico para unir América con Europa. Zweig nos hace reparar en la transformación del valor del tiempo que supuso el telégrafo en la primera mitad del siglo XIX, y cómo los libros de Historia recogen batallas y guerras, cuando lo que de verdad hace progresara la Humanidad son inventos de este tipo.

Los otros episodios que recordaba eran el de la batalla de Waterloo, en la que Zweig nos cuenta cómo el mediocre mariscal Grouchy, con su falta de audacia y de iniciativa propia, perdió la oportunidad de pasar honrosamente a la Historia, además de que le pusieran su nombre a una avenida en París. Al pobre, después de la metedura de pata, no le han dedicado no ya una miserable callejuela en el Marais, sino ni siquiera un triste cul de sac perdido de la periferia.

También el momento estelar de la caída de Bizancio, en 1453, como símbolo y como puerta de Occidente, abandonada por una cristiandad hipócrita y desunida a su suerte. Zweig se fija en el sitio, en las inexpugnables murallas que rodeaban la ciudad, y que hacían de ella una fortificación invulnerable. Y cómo un despiste, el descuido de dejar una puerta trasera abierta, provocan el pánico de los ejércitos de resistencia y la caída de la ciudad.

O la creación de la Marsellesa, compuesta por un compositor mediocre en un momento de delirio patriótico, en Estrasburgo. Ese enardecimiento hace triunfar después la marcha en Marsella hasta ser transformada en el himno emocionante que conocemos. Pues sí, el famoso “aux armes citoyens, formez vos bataillons” que pone los pelos de punta cuando se oye cantar fue creado por un mediocre que murió amargado y peleado con el mundo, y después de componerlo se dedicó a oponerse a la Revolución y todos los regímenes que la sucedieron. Y si no le afeitaron el cuello fue de puro milagro, y no porque no diera ideas, con aquello de los soldados feroces que vienen a écorger nos fils et nos compagnes…

Zweig es una garantía de entretenimiento y también de aprender historia con la lectura de un libro de forma amena. Y muy especialmente con este libro, de episodios cortos, pero muy interesantes todos ellos, que además no exigen mucho tiempo y se pueden leer en ratos perdidos o entre otras lecturas.

Tenéis, como cada primero de mes, otras reseñas de este libro en La mesa cero del Blasco, en La originalidad perdida, en Delenda est Carthago y en el blog de Bichejo. Y a lo largo del mes seguiremos hablando de él en el blog del Club de lectura.

Retorno al patrón oro, de J.M. López Zafra

Retorno al patrón oroHe leído hace unas semanas este libro de Juan Manuel López Zafra, profesor en CUNEF y colaborador del periódico El Confidencial. En él se hace un repaso por la historia del oro, como moneda de intercambio y luego como valor de respaldo, como reserva. Repasa el oro como poder y como pesadilla, como excusa y como solución. Lo hace de una manera muy pedagógica y nada pesada, y el libro se hace muy interesante y muy instructivo.

Hasta el siglo XVIII, el oro servía como moneda, debidamente acuñado y a veces aleado con la plata, y servía como medio de intercambio económico. Es a partir de este siglo cuando se inician los experimentos para sustituir el oro como respaldo de los billetes emitidos, empezando por los assignats en Francia, y siguiendo, ya en el siglo XIX por los greenbacks, con los que Lincoln ganó la guerra de secesión, o ya en el siglo XX, el marco de la Alemania de Weimar. En situaciones de emergencia nacional, o de guerra, el oro se desvinculaba de la moneda para que los gobiernos pudieran emitir moneda a su antojo y pagar los gastos militares. Lo primero es lo primero, se debían decir. Claro que en situaciones de guerra, también se suspenden los derechos civiles…

Después de los acuerdos de Bretton Woods, en 1944, se pasó de un sistema de patrón oro a un sistema de «patrón de cambio», según el cual, era el dólar el que tenía un respaldo en oro, y las demás monedas se referenciaban al dólar. La paridad y el anclaje fueron eliminados en 1971 por Nixon, y hasta hoy, fecha en la que ni se sabe la cantidad de reservas de oro que hay, porque, total, para qué van a contarlo. Al no tener las monedas actuales un anclaje (o casi), una necesidad de estar respaldadas con algo que tenga valor real (y suficiente liquidez), los gobiernos ponen en marcha sus maquinitas de hacer billetes sobre la nada, con la consiguiente pérdida de valor y la aparición de la inflación y sobre todo, de deuda – una inflación pequeñita, nos dicen, pero que se va acumulando, y una deuda colosal, que globalmente ha pasado de 57 a 109 billones de dólares entre 2000 y 2010 -. No es sólo esto, naturalmente, pero sí hay una relación entre los dos asuntos.

También se ocupa el autor del coeficiente de caja, que es la obligación de respaldar los depósitos por parte de los bancos (centrales o no). En 1968 se suspendió la obligación de que hubiera ningún respaldo – actualmente, el coeficiente de caja en España se sitúa en el 2%, con lo cual, mecánicamente se expande el crédito sin que haya nada que lo respalde, o sea, que se presta lo que no se tiene, con el consiguiente riesgo de burbuja crediticia y, sobre todo, de riesgo moral.

El autor aboga por un regreso paulatino al oro como referencia, algo sin duda dificilísimo. Porque a ver quién le quita el juguete a nuestros gobernantes, que pueden vivir la alegre vida del que sabe que no tiene que esforzarse para ajustarse a un presupuesto ni pagar sus deudas que, como la mancha de mora, con mora se quita. La historia tiene ejemplos de que esto no es sano, ni trae nada bueno, pero ahí están, el FMI & Co., garantizando que lo etéreo, la nada, el soma en forma de billetes, siga gobernando nuestras vidas.

Yo tengo la sensación de que vivimos en un mundo de mentirijilla. Un mundo en el que hay una ficción, como la moneda, la política, lo que vemos en la tele, que es una capa distinta de la realidad. Un poco como Matrix, pero sin que nos tengan en posición fetal anclados a un tubo de alimentación. Lo que es seguro es que al oro, ese arma de control de los gobiernos, no estamos anclados.

Se ocupa poco de España (lo que se agradece mucho), pero da un dato muy divertido, que yo les dejo, para que no me digan que me lo guardo todo para mí.

En España, el valor nominal del PIB se ha doblado desde 1995; la deuda de las familias y de las empresas se ha multiplicado por seis en el mismo periodo, y la deuda de las administraciones públicas se ha multiplicado casi por tres, para un agregado de casi cinco veces. En mayo de 2013, en medio de la fase de «austeridad», el Gobierno de España había añadido 152.000 millones de euros en forma de deuda en sólo doce meses, cuando, en pleno fervor de estímulo a la demanda agregada, durante el año 2009 (recordemos el famoso Plan E), España acumuló 105.000 millones; al final del primer trimestre de 2013 la deuda de España (en relación con el PIB) era la tercera que más crecía en la zona euro, sólo superada por la de los países también sometidos a la austeridad de la troika, Irlanda y Grecia. En Estados Unidos, el PIB nominal se ha multiplicado en 2,1 veces desde 1995, el crédito al consumo lo ha hecho en 2,5 veces, y la deuda, en 6 veces.»