El distinto collar

En las últimas dos semanas se me ha desorganizado un poco la vida y he leído poca prensa. Casi mejor, porque todo son noticias deprimentes. Cuando no son deprimentes, son cabreantes. Y cuando no son cabreantes, entonces son tristísimas. Y eso que en la radio se trata poco el internacional, aunque basta con mirar fotos y leer algún titular para hacerse una composición de cómo anda el mundo. Con Zapi no vivíamos mejor, pero al menos no tenían al país tan desquiciado. Entre que no hacían nada y que sólo decían majaderías, pues nos dedicábamos a hablar de la vida y a pensar en otras cosas. Pero Marianín ha impuesto un ritmo y un griterío que, al menos a mí, me aturulla. Ya no sé si es por tanto disgusto que nos dan o por tener que soportar a todos esos pasa-platos llevando los eslóganes de un lado para otro, que se me levanta dolor de cabeza.  En fin, que la derecha va a acabar con el poco buen humor que me queda. Perdón ¿He dicho la derecha? Lamento abandonarme al lugar común.

La única diferencia que veo entre estos que nos gobiernan y los anteriores es que ahora no te encuentras a una chacha o a un ágrafo haciendo un training de ministro. O sea, que estos han estudiado, hablan con propiedad y pronuncian decentemente. Por lo demás, es la misma ideología pero aplicada más deprisa. Una socialdemocracia buenista y de poca exigencia, en donde un Papá Estado omnipresente lo mismo sirve para un roto que para un descosido. Quiero decir, que lo mismo hace el roto que el descosido. El mantra de Marianín (no podemos gastarnos lo que no tenemos) es una formulación tramposa. Y lo es porque basta con subir impuestos para tener más y seguir gastando en lo que ni vd. ni yo nos gastaríamos ni un duro. La buena formulación (no podemos gastar en bobadas) no se les ha ocurrido, a pesar de tener estudios. En fin, señores, que seguimos comprometidos con La Rioja.

Lo que no me esperaba yo es que con mi dinero también tuviera que pagar unos nuevos cursos de convivencia a los etarras, para que tengan una «aproximación a la realidad» y otra aproximación a su casita y al fin de su condena. Preferiría pagar por que les hicieran una trepanación, que iba a costar lo mismo y sería algo más eficaz, si a lo que vamos es a que esas bestias puedan vivir en un mundo normal. Es nauseabundo. Un Zapi hiperactivo, con estudios y sin abuelo: eso es, ni más ni menos, lo que tenemos en Moncloa.

Mujeres consejeras

Actualmente, sólo uno de cada siete  consejeros en las grandes empresas es una mujer. Ese 14% baja hasta un dramático 3,2% si lo que buscamos es una mujer que dirija estas grandes empresas. Bruselas ha tomado cartas en el asunto y la Comisión Europea ha fijado un objetivo muy yupi del 40% para 2020. Por medio, encontramos muchas iniciativas privadas, incluso en España. Las razones tienen que ver con los principios, pero sobre todo con el negocio: las empresas en las que hay un mayor número de mujeres directivas tienen resultados significativamente mayores y gestionan mejor el riesgo.

Me parece bien todo esto, aunque cada vez que lo leo me viene a la cabeza esa escena de las Amistades Peligrosas en la que el Conde de Valmont se acerca a un poblado a repartir monedas entre los pobres para mejorar su imagen ante Madame de Tourvel, y termina desquiciado cuando comprende el mundo miserable que coexiste con su mundo de oropeles. Hay una brecha dramática entre los dos mundos, y uno de ellos parece no querer enterarse. Y mientras en uno se habla de cosmética, en el otro no hay ni siquiera la higiene más básica. Y no estoy hablando de la película.

Hace unos días me topé con un suelto perdido en las páginas de deportes del diario ABC.  La mini noticia era que Arabia Saudí ha decidido prohibir la participación de sus mujeres en las Olimpiadas de Londres. Para que me entiendan correctamente, les estoy hablando de las olimpiadas de Londres de 2012, no de las olimpiadas de 1908. Arabia Saudí es un país en el que las mujeres no pueden salir solas a la calle, y en el que no pueden conducir un coche bajo pena de 10 latigazos. Ya de votar ni hablamos, claro. También están olvidadas por las feministas de pancarta occidentales ante la constatación, supongo, de que el uso de anticonceptivos es la última de las preocupaciones de los camelleros locales cuando salen a comprar esposa.

¿Un porcentaje de mujeres en consejos? Yo antes me preguntaría para qué. ¿Les parezco provocativa? Tal vez lo sea, pero antes, díganme: ¿De qué sirve que Doña Catalina Luca de Tena sea la Presidenta-editora de uno de los tres diarios de mayor tirada en España, si no es capaz de que esta noticia esté en las primeras páginas de su periódico? Está bien, no es negocio. Entonces, díganme ¿Para qué sirven esas mujeres que se sientan en el COI, en los consejos de ministros, en el Parlamento de Bruselas, en las Cortes, en la Comisión de derechos Humanos de Estrasburgo…¡En la ONU Mujeres!? Por no hablar de esa panda de feministas imbéciles para quienes la condición de mujer empieza y termina en la vagina, que sólo hablan de libertad sexual (sin duda haciendo de la necesidad virtud), y que se atreven a alzar la voz para regañar a unos académicos ancianos pero no para denunciar a estos cabrones con chilaba.

Sí, necesitamos mujeres en los consejos y en los centros de poder y de influencia. Pero mujeres que quieran cambiar el mundo y no sólo figurar en él. Líderes que muevan a las demás, que sientan que si hoy no luchan, mañana, cuando esos fanáticos estén en el capital de nuestras compañías (más todavía) ya no podrán luchar porque estarán debajo de una burka. Eso de que «los árabes tienen petróleo, fin de la discusión» no es admisible. Y no lo es porque estamos delante de cuestiones que no son secundarias, sino principales. No es cosmética, señoras: es higiene.

Yo tengo algunas ideas. ¿Por qué no dejar de vender coches en Arabia Saudí hasta que permitan a las mujeres conducir allí? Como en El Padrino, no es nada personal, sólo son negocios:  La primera compañía que tome esa decisión (Mercedes, Audi, Chevrolet, Fiat…) y la publicite adecuadamente se hará con el mercado de las compradoras de coches en el mundo, que es mayor que el de Arabia. Y detrás irán las demás compañías. ¿Lo ven? El feminismo puede ser rentable. Ah ¿ Que no hay mujeres consejeras en esas empresas todavía? Bien, ¿Por qué no actuar desde abajo? Tal vez las mujeres que trabajan en las fábricas estarían dispuestas a que se les cayera el boli unos cuantos días hasta que la dirección decida dejar de vender a esos cerdos. ¿Lo ven? El feminismo puede ser un verdadero quebradero de cabeza. Ah ¿ Que no hay mujeres comprometidas realmente y ejerciendo un verdadero liderazgo en un comité de empresa? No se preocupen, que todo se andará…

Madeleine Albright (Secretaria de Estado con Clinton) logró que las violaciones fueran consideradas armas de guerra contra la Humanidad. Por algo se empieza. Y es que para eso sirve el poder y la influencia, Hillary. Para eso, Christine. Para eso, Angela. Para eso, Sofía. Para eso, Soraya(s).

Para eso también, señoras consejeras, deberíamos reclamar el poder. Y mientras tanto, messieurs, j’accuse!

Carta al Sr. Ministro de Justicia

Sr. Ministro de Justicia.

Le escribo para hacerle dos preguntas sobre algo que ha sucedido en mi familia, aquí en Madrid. Es una bobada, algo muy cotidiano, de muy poca monta, cosas que nos pasan a las personas normales y corrientes sin grandes pretensiones. No diré que se trata de un asunto vulgar porque estoy hablando de mi familia, pero tal vez un Excelentísimo sí tenga la tentación de calificarlo así. En fin, que le escribo a Vd. porque mis preguntas no son para dirigirlas al Ayuntamiento de Madrid sino a Vd, que es un hombre cultivado, con demostrada sensibilidad e intelectualmente muy riguroso, y que además dirige un Departamento que lleva la palabra Justicia, que es palabra mayor e importante.

Verá, a una sobrina mía le han puesto una multa. Es una chica de 20 años que estudia dos carreras con muy buenas notas y que los fines de semana trabaja para tratar de no costarle dinero a sus padres (esto es irrelevante, pero es una frase ideal para excitar su solidaridad). Gracias a dios, en casa no nos falta de nada, pero la crisis es crisis para todos. Qué le voy a contar yo a vd, que es un hombre que conoce perfectamente el valor del dinero… Esto también es irrelevante, pero permítame el sarcasmo, que para eso tengo una deuda enorme por ser madrileña. La cuestión es que hoy le ha llegado una multa de 200 € (doscientos euros) por parar en doble fila unos minutos (dos, tres, cinco, qué sé yo), sin bajarse del coche y en un lugar en donde no interrumpía el tráfico, mientras esperaba a una amiga a quien tenía que recoger para ir a la Universidad.

Está clarísimo que mi sobrina ha cometido una infracción y debe penar por (y aprender de) ello, yo eso no lo discuto. Sin embargo, en la puerta de su casa (y de la mía, puesto que vivo dos números más arriba), todos los días, es decir, TODOS-LOS-DÍAS, entre las 14:00 y las 16:30 y entre las 21:00 y las 23:30, los coches están aparcados incluso en triple fila con absoluta impunidad a la puerta de un par de restaurantes. Y por otra parte, si vamos a la pena, por circular a 150 en una autovía, la sanción es de 100 € (cien euros), que es la sanción para una infracción leve. Las de 200 € son las infracciones graves, que son estas (CLICK).

Y ahora, Sr. Ministro de Justicia, la primera pregunta es: ¿Esto que le cuento tiene alguna lógica para Vd?. Y la segunda pregunta es: Después de esto ¿ Cree Vd. que mi sobrina, cuando tenga 30 años, será una ciudadana más o menos ejemplar – libremente ejemplar, para entendernos?

Afectuosamente,

Toulouse y los pelos en la sopa

En Toulouse, un tipo montado en una moto con casco se pasa una mañana por una escuela judía y se lía a tiros. Como resultado, cuatro personas muertas, 3 niños y un adulto. Todos judios, y el adulto mucho, porque era un rabino.

El primer reflejo, cuando pasa el estupor inicial, es pensar en la ultraderecha francesa, el Lepenismo, un nacionalismo vulgar y corriente, o sea contrario a todo aquello que sea diferente a lo propio (religión, nacionalidad, raza, lengua, gafas, césped…). Todo el mundo, casi sin excepción, clama ante la barbarie y está de acuerdo en que se trata de un asesinato inaceptable. Todos excepto los lepenistas, claro, que pueden comprender que la gente esté hasta la coronilla de extranjeros en su país y un día a uno se le vaya la cabeza…

En poco más de un día, nos enteramos de que debajo del casco de ese mal nacido no iba un cabeza rapada, sino un barbudo de Al Qaeda o de cualquier otra excrecencia islámica. Bueno, era una posibilidad porque, tratándose de judíos, hay que decir que la única diferencia notable entre que el asesino fuera un nazi de cabeza rapada o un barbudo seducido por la Edad Media es la distribución, abundancia y formato capilar. Porque, amigos, las motivaciones y argumentos de estos asesinos no se sitúan en el exterior de la cabeza, sino en el interior, y ahí la diferencia de batido ideológico entre un candidato a miembro de un einsatzgruppen o un muyahidín es indistinguible.

Sin embargo, hay peluqueros exquisitos entre nuestra extrema izquierda (y entre alguna izquierda no tan extrema), que consideran que los barbudos en el fondo tienen su puntito de razón. Y esa razón la encuentran en el pueblo palestino, y más concretamente en los niños palestinos muertos por los israelíes. Esa izquierda retrógrada, con su hipocresía habitual, se alegra cuando un fanático pone unos cuantos niños muertos en la balanza, por aquello de compensar. Y tanto tanto compensan, que terminan por defender lo mismo que los lepenistas…

Hoy he llegado a leer en Twitter que «Si en Francia no hubiesen (sic) colegios judíos, el asesinato no se hubiese producido«. Esto da tanto asco como encontrarse un pelo en la sopa. Y encontrarse un pelo en la sopa es repugnante, lo mismo da si es un pelo corto de la cabeza o uno largo de la barba.

Inside Spain

Después de la aclamada Inside Jobs, en donde se cuenta la maldad de los mercados en el proceso de empobrecimiento de los países acomodados, habría que hacer un Inside Spain. Los telediarios de estas dos últimas semanas se prestan a realizar un buen documental de 90 minutos. Podría competir en los Oscars 2013, y optar también a los mejores efectos especiales, en la categoría de thriller.

Inside Spain sería un documental que podría tomar como hilo conductor las deudas de las Administraciones públicas con empresas privadas, por ejemplo. Unas administraciones que en época de vacas gordas no bajan los impuestos y en época de vacas flacas los suben, y que después, cuando la única vaca posible es la vaca que ríe,  eligen como mantra para sindicatos, izquierda atocinada y derecha incauta que hemos (nótese la persona verbal elegida) vivido por encima de nuestras posibilidades. Nada más falso: Inside Spain mostraría cómo las Administraciones han vivido exactamente conforme a sus posibilidades: falta de rigor, de responsabilidad y de respeto, las 3 erres que se deben garantizar, bajo pena de destierro, cuando se trata con el dinero de los contribuyentes (no del Estado, matiz que suelen olvidar).

En el papel estelar de oso moroso y sin madroño, Don Gallardón, Ministro de Justicia y Notario Mayor del Reino, que podrá explicarnos con gentil verbo cómo la posibilidad de gastarse el dinero que no tenía le permitió llevarse el ayuntamiento al Palacio de Cibeles o cambiar la estatua de Colón de sitio, ejemplos de servicio público básico que cualquier alcalde debe atender aunque deje a deber a unos cuantos. El señor notario dará fe de cómo se endosan esas facturas sin pagar a un pool de bancos, que concede al Estado un generoso crédito a diez años, con dos de carencia. Condiciones que antes han negado al pardillo que realizó la entrega y que cerró la empresa esperando cobrar por su trabajo. La buena noticia es que el pardillo se librará de volver a pagar, vía impuestos de sociedades, la quita, el interés y la carencia del crédito. ¡Y que no se queje tanto, hombre! que ahora tiene wifi en las paradas del autobús y puede entrar en el internete a mirar ofertas de empleo mientras espera el 127, que le lleva derechito a la Oficina del INEM.

El entramado de empresas públicas sin ninguna utilidad no debe ocupar demasiado tiempo en el documental. Con decir 4.000, ya uno se hace cargo del número de paniaguados que tienen un cargo de director general con firma y tarjeta de crédito sin control. En modo flash y adornado con música de sevillanas, los ERES y la cleptocracia generalizada de Andalucía, amparada en una deuda histórica prometida y nunca cobrada (o sea, lo normal) con el folclore añadido de facturas en prostíbulos y gastos en farlopa. Imprescindible también la sucesión de alcaldes y presidentes de la nada clamando por la herencia que nunca les llegó en forma de transferencias de un Estado Central tan inerme como voraz, plagado de buitres repartiéndose a dentelladas el dinero de una Administración Pública que por no tener, ya no tiene ni vergüenza.

El españolito, al fondo, entretenido con televisiones autonómicas anegadas en deuda y partidos de fútbol de clubes con un gasto desquiciado, votando por lo que cree y no por lo que constata, y que no se rebela nunca ante la confiscación permanente de sus bienes. El españolito que añora aquellos tiempos de vacas gordas en los que el Estado, en vez de bajar impuestos, se endeudó para vivir conforme a sus posibilidades de incuria. El españolito que viene al mundo y que pide a gritos que le guarde Dios, porque una de las dos Españas (la pública) ha de helarle el corazón…

No querer recordar

No quiero recordar, pero debo hacerlo. Impresiona cómo recordamos de manera precisa algunos acontecimientos de nuestra vida. Más allá del suceso, revivimos con toda nitidez lo que vimos, lo que escuchamos, lo que dijimos. Cuáles nuestras sensaciones, cuáles nuestros sentimientos, cuáles nuestras emociones.

Ya estaba guardando mis cosas en el bolso para salir de casa cuando sonó el teléfono. Parece que son muchos, oí decir a aquella voz. Cuántos son muchos, pregunté, y grité al escuchar aquel primer número brutal. Llamé desde el coche a la oficina para dar señal de mí. Me dijeron que el recuento había empezado. Al llegar al trabajo el silencio, el desconcierto, la gravedad, el miedo. Estábamos todos. Cruces de llamadas con amigos, en un nuevo recuento más temible si cabe. Madrid extrañamente vacío de coches, el silencio en la oficina, el tiempo estaba quieto y sin embargo seguía pasando. ¿Cuántos son muchos? Un golpe en el alma.

La página de Internet se había parado en un número desolador. Cuando el contador se despertó de pronto, el primer salto fue atroz. Y después, cada vez que se refrescaba, cada cinco minutos, un nuevo estremecimiento, un nuevo desgarro, un nuevo límite en el dolor. Silencio, miedo, pesar de lágrimas. No nos mirábamos, no queríamos enfrentarnos a nuestra pena ni al dolor horrorizado de los que nos rodean. El contador sigue subiendo como un puñal aterrador que se hunde en la herida sin poder encontrar el límite. Duele tanto… ¿Cuántos son muchos? Aunque sólo sea uno, el alma se rompe.

Yo recuerdo con nitidez aquella oficina y aquel comedor silencioso. Y también recuerdo perfectamente las miradas extraviadas por la tristeza de los conductores en sus coches. Yo recuerdo con nitidez aquel abrazo sentido al llegar a casa. Y la profunda pena, el profundo dolor, el llanto desconsolado. Nadie en aquel primer recuento, pero alguien en aquel segundo, en aquel tercer recuento. Y el cuánto se convierte en quién: el hermano de aquella vecina, el suegro de aquel compañero, el sobrino de ese conocido. Son las vidas que fueron, son las almas rotas: el marido de aquella mujer, el hijo de aquella madre, la hija de aquel padre, el padre de aquel hijo. Son ellos. Y son nuestros.

Y esto es todo lo que no quiero recordar hoy, pero debo.

De machistas y de machotes

Hoy he recordado lo que le dijo un hombre a una mujer que previamente le había recriminado su machismo por cederle el paso en una puerta: «No se equivoque: yo no le cedo el paso porque vd sea una señora, sino porque yo soy un caballero«. Y lo he recordado porque alguien decía que la cortesía era una reminiscencia machista. Yo creo que es justo al contrario: me parece que el machismo es incompatible con la cortesía. Voy a ver si consigo explicarme.

No sé la imagen que tendrán vds del hombre machista. Yo no tengo una imagen física concreta, porque me los he cruzado altos y bajos, morenos y rubios, delgados y gordos, horteras y pijos y feos y guapos. Para mí un machista es un tipo que habla de su esposa sin el menor respeto, se jacta de dominarla y la manda callar en público. En realidad, no hace falta que la pegue, porque la pegaría. Al machista se le reconoce de inmediato porque no te mira a la cara, sino primero de arriba abajo, para luego dejar los ojos a los lados de tu escote con descaro, por si acaso te da por pensar que tú eres algo más que un par de tetas. Raramente te llama por tu nombre: te llama niña, o chica, o mujer, o Tú, siempre con intención de ridiculizarte o haciendo ver que eres tonta perdida con el gesto. Son esos tipos que le llaman a las mujeres chochitos, y que nos cosifican cuando hablan de nosotras entre ellos. Que creen que olemos distinto y pensamos peor cuando tenemos la regla. Que usan la palabra menopáusica para insultar. Que se ríen mucho si nos imaginan llorando. Que disfrutan si les tememos.

Es impensable que esos tipos te cedan el paso, te alcancen el abrigo, esperen a que te sientes para sentarse ellos, o se pongan en el lado exterior de la acera. Esos tipos no tienen cortesía porque no tienen la menor educación cívica. Ni cívica ni de la otra, porque han mamado un ambiente en el que la madre callaba y escondía y el padre gritaba y mostraba. Un machista primero es un bestia y luego un machista. Por ese orden. Como bestia no tiene consideración con el otro, y como machista no tiene consideración con la otra. Creen que su pito les da poder, pero antes creen que su fuerza les da derecho. En una violación, participarían sin duda. Son la parte más casposa, retrógrada, ignorante y garrula de la sociedad, y están a la derecha y a la izquierda, porque esto no tiene que ver con la ideología, sino con la costumbre y la educación. Podrán ir bien vestidos, pero sus ademanes, sus miradas y cómo nos hablan, les delata. Y no se engañen: un machista nunca será un caballero ni se comportará como tal. Ni con mujeres ni con hombres.

El machote es otra cosa. Para mí un machote alardea de su condición de macho, pero quiere que se lo reconozcan las mujeres. Lo que les halaga es que te desmayes del gusto, no del susto. Rudo, basto, ordinario, es de esos que te hablan de otra mujer guapa y no se les olvida decir eso de «mejorando lo presente«. El machote se encara con mucha chulería con el camarero si no te sirve primero a ti, y se pegará con otro si te levanta la voz o te molesta. Por cierto, también se pegará con cualquiera que pase si estás tú delante y cree que eso le dará puntos. Porque el machote es un jugador que cuando habla de mujeres hace como en el parchis, que se come una y cuenta veinte. El machote tiene una cortesía imperfecta, porque no es natural, siempre es excesiva. Y es que él es un hombre excesivo.

Y luego están los hombres normales, con mayor o menor instrucción, más o menos atentos, y con mayor o menor cortesía. O sea, la gran mayoría, que puedo fijar en el 80% por seguir la ley de Pareto, aunque el asunto se presta más a la construcción de una campana de Gauss, pero no sabría yo qué poner en abscisas y en ordenadas.

Yo supongo que un machista estará muy de acuerdo en distinguir a todos de todas. No sabe nada de gramática, ni de sexo, pero sí sabe muy bien dónde está la puta y dónde el cliente.


Contar la verdad, aproximadamente

En el año 216 antes de Cristo, tuvo lugar la batalla de Cannas entre el ejército romano y el cartaginés. Ganó Aníbal apostando la mitad de hombres de los que presentó el ejército romano, por el tradicional método de meterlos en un embudo y anular con ello su superioridad numérica. ¿Cuántos eran? Pues las crónicas dicen que los romanos eran 70.000. ¿Nos lo creemos? Yo sí me lo creo. Verán, el ejército de Roma se organizaba a partir de centurias, manípulos, cohortes y legiones. Tantas legiones, tantos hombres, era simplemente una cuestión de multiplicar. 1 legión = 10 cohortes = 30 manípulos = 60 centurias = 6.000 hombres. Luego iban no ciudadanos y eso lia un poco, pero en fin, el método era fiable: Si te dicen que iban 70.000, iban 70.000, flequillo arriba, flequillo abajo. Siglo III antes de Cristo.

En las manifestaciones, no solo en las españolas, el método para contar a los asistentes es más creativo, por decirlo con amabilidad. Se coge el número de metros cuadrados, se descuentan los árboles, se pone metro y medio de acera, se observa si los asistentes van apretujados, se tiene en cuenta si son de los de subirse a las farolas, se mira si están más bien gordotes o delgaditos, se multiplica por la filia, se divide por la fobia y ¡Voilà! ya tenemos un número. Un número o… dos. O tres. Los números, salvo cuando son de lotería, no cuestan, ya se sabe. Y así tenemos que para una misma manifestación, una Comunidad dice que han ido 600.000 personas y la Delegación de gobierno 123.416. La policía, más cauta, lo deja en 350.000. Los organizadores dirán que un millón y medio y el periódico contrario dirá que no fue nadie, porque ni lo publica.

Una empresa, Lynce, inventó en 2009 (siglo XXI después de Cristo) una tecnología para saber cuánta gente acudía a una manifestación por el sencillo método de contar a los asistentes. Hacía una foto y se ponía a contar cabezas, y luego aplicaba un % de error (digo yo  que reconocerían que puede haber gente atándose los cordones de los zapatos en el momento de tirar la foto). Esta empresa ha cerrado. Las razones que dan en su web (que les enlazo) es que no conseguían demanda suficiente y otras dificultades a la hora de paquetizar su software. Bien, yo desconozco las razones que han llevado a esta empresa a cerrar, pero no me sorprende que no consiguieran demanda suficiente. Y es que la verdad escuece, y no es interesante contarla. Y escuece a todos, y si no miren esto despacio y ríanse o enfádense: Hay para todos, no se preocupen. Razonablemente, sería una simple cuestión de acostumbrarse a otros números, a otras referencias. Y razonablemente también, sería bueno dar una oportunidad a aplicar la tecnología, ya que se dispone de ella. Y es igualmente razonable  pensar que aunque se equivoquen en un 100%, el doble de 150.000 no es un millón. Pero no tenían demanda, no interesaban a los periódicos, ni a los partidos, ni a las agencias de noticias, ni a las televisiones, ni a las organizaciones convocantes, ni a universidades. A nadie. No tenían demanda. No sé si es aterrador o vergonzoso, pero lo dejaré escrito: no encontraron interés por saber realmente cuánta gente acude a una manifestación.

La historia de Cannas no cambiaría si los romanos hubieran sido 700.000 y los cartagineses 400.000, salvo por el detalle de que tendrían que haberse buscado una explanada más grande para darse de bofetadas. Lo que importa es que el ejército cartaginés era la mitad de numeroso y que Aníbal, en una genialidad táctica, los encerró. Pero tal vez la historia de España sí cambiaría si empezáramos a admitir que las masivas manifestaciones en las que se grita tanto tendrían cabida de sobra en el fondo sur del Bernabéu, una apacible tarde de domingo. Manípulos aparte.

Tú, labora

Se me cruzó ayer una actualidad muy fea que no quise dejar pasar. Una ha tenido veinticinco años para bailar con las canciones de Whitney Houston, y veinticinco años para ponerse a trabajar, al principio en lo que pude, y después en lo que me gustaba. Empecé como todos, con un contrato en prácticas y ganando considerablemente menos de lo que gano ahora. Y entonces, como ahora, el paro era aterrador. Y entonces, como ahora, la legislación laboral era prácticamente la misma.

En España, cualquier cosa que pasa genera de inmediato un montón de manos levantadas al grito de «¡Me opongo!», ya se hable de una sentencia de 1.500 folios o de la pesca del calamar. Naturalmente, la Reforma Laboral, que es un asunto que nos afecta a todos, no podía quedarse sin sus opositores de nómina, que protestarían aunque el gobierno hubiera legislado 70 días de indemnización. Son los auto denominados «agentes sociales» que piden tiempo para llegar a un acuerdo y para negociar, cuando desde 2010 se les ha dado numerosas oportunidades para aportar algo. ¡Si hasta marearon a Zapatero! Pero para quien lleva diciendo las mismas melonadas desde el siglo XIX, el tiempo es una dimensión inexistente. ¿Qué aportan vds, señores de los sindicatos? Yo les diré qué aportan: unas enormes barrigas, inmovilismo y una pose chusca, como de género chico. Una pose verbenera y viejuna, que no se sabe si parecen Don Hilarión y la Tía Antonia o Maricarmen y sus muñecos cuando se les ve por la tele agarrados a la pancarta, y que provoca una profunda desolación cuando se te pasa el cabreo. Dicen que tienden la mano. Yo diría que más bien la ponen cuando pueden y la meten cuando no les miran. Nunca les han importado los parados, ni los trabajadores de la pequeña empresa, ni los autónomos que generan empleo, nunca han luchado por ellos. Les importan sus millones de euros en formación, sus liberados, y el mamoneo de vivir de la teta del estado sin necesidad de tener afiliados. Así es que yo, de entrada, me opongo a todo lo que digan este par de mamarrachos porque, para mí, viven de salir en la tele como cualquier friki de Gran Hermano.

Y una vez medio desahogada, veré si puedo desahogarme del todo. Hombre, 45 días por año trabajado ya había y hemos llegado a cinco millones y medio de parados, así es que no parece que el coste del despido sea el «driver» principal (que diría Don Luis de Guindos) para atacar el problema. El despido libre ya existe, por cierto. Se llama contrato temporal y lo puso en marcha Felipe González. El ERE de 20 días por causas organizativas ya existe, y si no funciona como previsto es porque la Administración no funciona (ni como previsto ni como no previsto), así es que en vez de mejorar el arbitraje de la administración, se quitan de enmedio. ¡Señor! Sí parece buena cosa las ayudas a la contratación, aunque no alcanzo bien a comprender por qué a un joven que ha encontrado un trabajo tenemos que seguir pagándole el 25% del subsidio, o por qué no se rebajan las cotizaciones drásticamente… En todo caso, lo que tenemos hoy no funciona y ojalá que esta reforma sirva para generar riqueza y empleo, pero me parece que se han quedado cortos en algunas cosas y poco imaginativos en otras. En fin, por algo hay que empezar, y tendremos que comernos esto, las clases medias que aun tenemos trabajo, como nos hemos tenido que comer la subida de impuestos, sin que se vislumbre todavía una reforma «pretty agressive» de las administraciones públicas (que gastan el oro del moro y generan una mora de la pera), y sin que se meta mano a ese funcionariado parásito y absentista que destroza la competitividad del país.

Leía ayer que Isidro Fainé, presidente de La Caixa, sacó a relucir hace poco un informe de Funcas según el cual cuatro de cada cinco personas inscritas en el INEM perciben algún otro tipo de renta al margen del seguro del desempleo. ¿Cómo evitas que yo prefiera pagar una factura sin IVA al fontanero? ¿Cómo haces para que a mí me sea más rentable trabajar que percibir el paro? ¿Cómo consigues que a un empresario le traiga cuenta blanquear a sus trabajadores? ¿Arde Atenas? ¿Quién es más pecador, la que peca por la paga o el que paga por pecar? Pues eso.

Y como diría Aznar, «vaya coñazo que he soltado«.

Whitney

Cuarenta y ocho años. Una preciosidad de mujer.

Una voz llena de caudal, estruendosa en su potencia, que podía con todo.

Una preciosidad de mujer. Cuarenta y ocho años.