Cena entre amigas

Quizá me regañen por escribir este post y me dará lo mismo. Y si no me regañan, entonces será que no se lo han leído y tal vez no me dé lo mismo. Sólo diré que empezaron hace tres años y al principio quedábamos a comer. Luego se convirtieron en cenas para poder limitar el tiempo nosotras y no un horario ajeno. No recuerdo de quién partió la idea, aunque puedo intentar imaginarlo. Veamos.

Sería de la que siempre pone orden para que se escuche el concierto. Que siempre hace lo que hay que hacer, incluso cuando se equivoca. Que siempre va directo y derecho, porque es lo más sencillo. La que nunca se explica cómo le salen las cosas pero le salen; la que nunca sabe cómo va a salir del embrollo en el que le meten otros, pero sale. Que se obliga siempre a atreverse y que cuando tiene que dar algo por perdido, lo sabe descartar a tiempo. La que escucha y siempre habla en el momento preciso. La que pone siempre el sentido común y los argumentos irrebatibles. La que siempre da el primer paso al frente y no se entretiene en el rencor de otros, porque sabe cómo se avanza sin pisar a nadie. Que lidera sin aspavientos, con tanta modestia que se diría que más que liderar, pastorea.

Cabe también la posibilidad de que fuera la idealista, la más literaria de todas, la más artística. La entusiasta que siempre está alegre, que se prohibe desfallecer. La que además de aprender se da cuenta de que ha aprendido, de lo que ha aprendido, y de cómo lo ha aprendido, y además es un placer que te lo explique. La que en vez de retroceder, se da la vuelta y avanza. La que no tiene ninguna doblez. La más natural, que es capaz de enamorar a un auditorio. La que sabe decir las cosas exactamente como son, y nunca permite que sean desagradables. La que pone nombre a las emociones y luego las disecciona. Con la que no puedes disimular porque siempre te pilla. La que deja siempre el corazón encima de la mesa, aunque se arriesgue a que se lo roben. La que nunca te reprocha un sueño. Es esa sonrisa que calma.

No pudo partir de la tímida, siempre pensativa aunque no siempre silenciosa, siempre seria, con ese halo de gravedad que le da a su no estar conforme. Que siempre debe conocer el segundo paso antes de dar el primero. Que guarda todas sus cosas en la cabeza sin querer desprenderse de ninguna, ni siquiera de las que sabe que le hacen daño. Que tiene una inteligencia analítica, paralizante, y que busca la solución en la que encajen sin ninguna holgura todos los detalles que encuentra a su alrededor. La que se divierte con esas bromas que siempre tiene que explicar porque son inalcanzables para cualquier inteligencia modesta y que consigue que, al final, no nos riamos de su broma sino de verla reir a ella. Porque hasta cuando se ríe, se ríe en serio. Que se exige y exige la perfección y nunca la encuentra, pero no deja de buscarla porque cree, en serio, que la perfección existe, y que es su deber alcanzarla. (Releerá este párrafo unas cincuenta veces).

No sería aquella que nunca quiere perderse nada y no puede llegar a todo, porque se entrega cien por cien a cada cosa que hace; que tiene bulimia de experiencias, y algunas se le quedan a medio experimentar, porque no se acaba de creer que lo mejor es enemigo de lo bueno aunque lo diga tres veces al día. Que tiene una memoria asombrosa en los detalles. Que siempre sorprende con un chascarrillo desternillante y que tiene enormes reflejos para la réplica, aunque sea ésta una virtud que le juegue malas pasadas. Que defiende las causas perdidas y recoge por ello responsabilidades que no le corresponden. Que se deleita en las musas, pero que no le importa pasar al teatro. Que tiene una conversación llena de curvas y de recodos, y siempre te obliga a recorrerlos todos.

No creo tampoco que fuera aquella que es cabezota hasta la desesperación y que cuando coge una presa no la suelta. Esa que, en medio del barullo, es la única que permanece atenta y puede decir «yo sí me he enterado», con una sonrisa tan eterna como su cabezonería. La que de verdad tiene todo medido y calculado, la que tiene los mejores y más sólidos muebles en la cabeza. Unos muebles de los que dispone como mejor convenga. Que conoce el método y a pesar de ello lo repasa. La que siempre tuvo ese deje infantil, y a la que me hubiera gustado ver en el parque. La que te puede asombrar, pero nunca sorprender. La que manda sobre sí misma con mucha calma, y que por eso no notas cómo se domina.

Que fuera la rebelde es imposible. Lo suyo es la osadía ingobernable, el descaro, el atrevimiento, la rapidez. La que no deja pasar una oportunidad porque es capaz de verlas todas, de olerlas, y cuando las toca ya son suyas. La más intuitiva, la que toca de oído. La que pasa del qué dirán y además lo dice. La que siempre va a lo suyo, y lo suyo es echar una mano a los demás, dirigirlos, orientarlos, hacerles cambiar. El desorden, la improvisación curada a base de convicciones y de trabajo duro.  La falta absoluta de prejuicios, la mentalidad abierta y esponjosa, la independencia como convicción. El optimismo del que se alegra por haberse bebido el contenido de la botella cuando la advierte vacía. El consejo explosivo y siempre rompedor. El empuje divertido, imaginativo y radical.

Y no me sorprendería que fuera la que siempre está a lo que le mandemos y luego hace lo que quiere. La que está como una cabra. La que tiene el mejor corazón de todas y es la más sentimental con diferencia. La que es capaz de olvidarse la cabeza y no volver a por ella, total para qué. A la que le pasan unas cosas que parecerían inverosímiles en cualquier otra persona. La que tiene una espontaneidad que te desarma. El buen fondo que llega a la superficie. La más guapa, la más joven y la más alta. Y la más valiente. La que atesora el futuro y no le da importancia, porque ya llegará. La que no hace cálculos de la dificultad ni siquiera cuando ésta se presenta. La que es capaz de decepcionarse y rearmar el amor propio en el tiempo que le dura un cigarrillo. La que da unos abrazos que te dejan tambaleando. Y a la que más quiero, porque es la que más se deja querer.

Y, finalmente, pude ser yo. Y como no me hacen caso ni me escuchan nunca cuando hablo, pues me dedico a observarlas a ellas.  Y me regañarán por esto, me regañarán…

Ese aire postizo que resfría

  Trujillo tuvo una sensación de fatiga.  El sol calentaba cada vez más, y, como todos los visitantes de su despacho, el senador Chirinos ya sudaba.  De rato en rato se secaba la cara con un pañuelo azulino.  También él hubiera querido que el Generalísimo tuviera aire acondicionado.  Pero Trujillo detestaba ese aire postizo que resfriaba, esa atmósfera mentirosa.  Sólo toleraba el ventilador, en días extremadamente calurosos.  Además, estaba orgulloso de ser el-hombre-que-nunca-suda.

Reconozco que soy muy friolera. Me viene de familia, aunque sólo de una parte. De la parte friolera, se entiende. Yo recuerdo a mi abuelo, en pleno verano, con camiseta, camisa y jersey de pico en el salón de su casa, en donde el sol pega de lo lindo por la tarde. Mi madrina también lo era mucho. En cuanto a mí, tengo que decirles que yo no quieto la manta de la cama en todo el año. Cualquiera sabe lo que puede traer el relente de una madrugada…

El frío me pone de muy mal humor, y si es ese frío mentiroso, me resulta insoportable. Hace muchos años, trabajaba en un despacho compartido y mi mesa estaba pegada a la ventana. La salida del aire era compartida con un director un poco «maría calores» que, además, tenía la llave del cajetín del aire. Y sobre todo, más que la llave tenía la responsabilidad suprema de la administración de la cosa. Yo aprendí a desconectar el aire metiendo la patilla de las gafas por una ranura del cajetín, y eso nos daba algún respiro hasta que este buen señor se daba cuenta de que la temperatura no estaba a su gusto, venía, abría el cajetín con su llave, y lo volvía a conectar.  Podéis imaginaros que a la quinta vez que tuvo que hacerlo, empezó a mosquearse: «No sé cómo lo hacéis, pero sé que esto no salta, que lo desconectáis vosotras de alguna manera. Ya os pillaré«, nos dijo con pose jupiterina y un natural acaloramiento. Siempre lo negué, claro, con aire muy inocente y yo creo que nunca descubrió cómo lo hacía. Y es que hay ciertas heroicidades que interesa dejar en el anonimato.

Ahora no necesito demostrar estas habilidades entre mañosas y rateriles que tengo. El nuevo dueño de la llave del cajetín es un chico encantador que me comprende. Incluso un día que le dije que el frío sería bueno para el cutis pero fatal para el humor, tuvo la galanura de decirme «vamos a cuidar entonces el humor, que tu cutis no necesita ningún tipo de conserva«. Bueno, esto me lo acabo de inventar para darle al post un tono un poco romántico. En realidad, me diría lo de siempre: «Ahora mismo voy, Carmen«. Y ahora mismo va siempre. Y menos mal, porque los cajetines ya los ponen a prueba de gafas.

PS: Esta cita está sacada de La fiesta del chivo, el libro de Vargas Llosa. En mi opinión, es una descripción perfecta del aire acondicionado, ese aire postizo que resfría, esa atmósfera mentirosa…

Operación Bikini

Yo soy de las que piensa que si a estas alturas del año no has completado la operación bikini, olvídate, ya no hay nada que hacer. El año pasado contaba yo, después de una Semana Santa bien entorrijada, que la operación bikini había que empezarla en el mes de Octubre anterior al verano objetivo, porque si no, mal vamos.

Y mal voy.

Yo no estoy gorda. Ni gordita. Ni rellenita. Ni tengo unos kilitos de más. Bueno, quizá me sobra un par de kilos, pero no son kilitos, ¿eh?. Porque cuando se dice «kilitos» lo que realmente se quiere decir son «kilazos», o sea, la medida multiplicada por nueve. Lo mío son kilos de los normales, o sea, de mil gramos. Bueno, y tal vez no me sobran dos, sino dos y medio. Pero no más. Y además, el asunto no es que me sobren, sino que se deberían repartir mejor. Sería feliz si tomaran el ejemplo de la mantequilla cuando se extiende en la tostada.

No sé, por ejemplo, los tobillos y los pies están como vds ven ahí arriba, no sufren en absoluto. En cuanto a las muñecas, les adjunto una foto y les doy mi palabra de que permanecen inalterables (me he puesto un clip para que puedan calcular el tamaño real, es un truquillo que he sacado del CSI). Los párpados tampoco varían, y tampoco se nota nada en los hombros, ni en los brazos. Vamos, que no cambia nada de cintura para arriba. Ni de cintura para abajo.

Pero, cómo explicarles… Que sería más feliz si no cambiara nada ni de empeine para arriba y ni de empeine para abajo.

Casa Decor y otras cosas del montón

Ayer estuve en Casa Decor comiendo con un buen amigo y visitando de paso esa estupenda idea de la que solo disfrutamos los madrileños y los barceloneses, o aquellos que vengan a una de estas dos ciudades del mundo mientras dura la exposición (enlazo arriba su página web para quienes no lo conozcan). Este año están en un palacete al lado del Senado, en la antigua Real Compañía Asturiana de Minas. Así es que en esta ocasión, además de ver propuestas de decoración, se puede visitar un edificio singular de finales del XIX y protegido por Patrimonio Nacional, y que yo lo supongo destrozado antes de que llegaran todos los carpinteros, pintores, fontaneros, albañiles, electricistas… Y sobre todo, antes que llegaran los de Casa Decor, claro, que son los que organizan el asunto. Esta es una de esas cosas que me hace ser un poco francófila, ya ven.

En realidad yo no quería hablarles de esto, sino contarles otra cosa. Verán. Para llegar a Casa Decor, miré en internet a ver si había un parking cerca. Y en internet ponía que no, así es que decidí ir en taxi. Cuando salía de la oficina me di cuenta de que sólo tenía 20 euros pelados en el monedero, así es que fui a un cajero. Y el cajero me pidió 6,75 eurazos por darme 150 euros, figúrense. Naturalmente, cancelé la operación. A ver, entiendo pagar una comisioncilla por no andar penando hasta encontrar un cajero, pero 6,75 me pareció un disparate. Supongo que mi límite de tolerancia estaría en un par de euros, pero ¡6,75! Y conste que no soy nada rata para estas cosas.  La cuestión es no me daba tiempo a buscar otro cajero, y cogí el taxi con mis escasos 20 euros. Claro, cuando el taxista me preguntó que por dónde prefería ir, le contesté que por donde fuera más barato. Así, sin ningún disimulo. Y ahí estaba el taxímetro, implacable. 10,20, 10,30, 10,40. Llegué a pensar que tendría que tirarme del taxi en marcha. Puse un tuit y una persona me contó que la declaración de la renta de Florentino Pez era a pagar 48 euros. Sentí una enorme frustración pensando que con lo que llevaba no me daba ni para pagarle la renta a Florentino Pérez. No digamos ya después de pagarle al taxista. Al final, con el corazón en un puño, llegué por el módico precio de 15,35 euros. Y entonces fue cuando descubrí que internet miente: ¡Había un parking justo en la puerta!

En fin, después del soponcio de los 20 euros, todo fue como la seda. La exposición estupenda (pude ver un cuarto de baño más grande que el salón de mi casa, y una casa con salón, cocina, habitación, baño, despacho y terraza más pequeña que mi habitación) y una comida agradabilísima. Y luego me volví a la oficina no sin antes pasar por un cajero más razonable que me evitó un viaje de vuelta algo menos conmovedor.

Momentos inolvidables

No es igual moldeable que resistente

– Ya, ya, es lo contrario.

– Bueno, estás simplificando las cosas y tendríamos que discutirlo ¿yo te he contado que trabajé en una empresa de fundición de metales?

– No, creo que no. Me acordaría…

2 de mayo

Hoy es 2 de mayo, fiesta en Madrid y fecha en la que se conmemora el levantamiento nacional contra los franceses. La chusma zarrapastrosa se rebeló contra la chusma uniformada, y así un rey inmundo sustituyó a un rey exmundo. Las cosas que tiene la vida, haga vd. una revolución para eso.

Una hermana de mi abuela, mi tía Hilaria, emigró a Francia en los años 40. Su hermano, huido más que exiliado, le había escrito una carta en donde le decía que tenía una pequeña casa, un huerto y unas vacas. Cuando mi tía llegó a Tours se encontró con que no había ni casa, ni huerto, ni vacas. Toda la prosperidad que había acumulado aquel tarugo era una miserable habitación.

La Prefectura perdió los papeles de mi tía y ya no pudo ni salir de Francia ni entrar en España, así que se quedó allí a vivir. Aprendió el idioma a trompicones y se dedicó a hacer todas aquellas faenas que los franceses no querían hacer entonces, y siguen sin querer hacer ahora. Unos años después conoció a mi tío Jacky, un guapo soldado que venía de combatir en Argelia. Se casaron, tuvieron una hija, y muchos años después, cuando yo fui a estudiar francés a Tours, vino a buscarme a la residencia donde me alojaba en una mobilette. Luego fuimos a su casa a tomar café y me contó todo esto, y algunas otras cosas.

Si el 2 de mayo de 1808 los madrileños no se hubieran levantado en armas contra el francés, mi tía Hilaria nunca habría tenido una mobilette.

Un nuevo coche

Tengo coche nuevo. Será el sexto coche que tengo, el quinto que estreno y el cuarto que saco del concesionario. En puridad, el primer coche del que dispuse fue el de mi padre, un Renault 12 blanco que yo creo que no me quedaba muy bien, pero ¿qué podía hacer, si no tenía otro?. La primera vez que conduje aquel coche (realmente lo movi un poco nada más) fue en el garaje del poblachón. Mi padre me había enviado a recoger algo, y yo lo arranqué y metí marcha atrás, para ver qué tal. Me pilló, claro, y cuando me bajé del coche me dió un cachete en la cabeza, esos cachetes que no duelen, que solo despeinan. Yo creo que estuvo riéndose tres o cuatro días, y no le sorprendió mucho que no se me calara. Y es que no tenía el carnet pero ya sabía conducir. Me había enseñado un novio que tenía entonces, primero con el coche de su padre, que era automático, y luego con el suyo, un Simca 1000 (no vale hacer bromas…).

El coche que más ilusión me hizo fue, claro, el primero que me compré, un Lancia Delta rojo. Realmente no lo elegí yo, sino que me lo eligió mi cuñado, que me convenció para que me comprara ese coche tan macarra. La verdad es que tampoco me pegaba nada aquel coche. Mi amiga Ana C., que sé que me lee, se acordará de aquella matrícula capicúa, M-LG. Es cierto que era un tiro, y un coche divertidísimo, pero lo acabé vendiendo porque me costaba más que un hijo tonto. Una de las muchísimas veces que lo llevé al taller le dije al mecánico que me parecía que el coche gastaba mucho aceite. Sin inmutarse me contestó «bueno, pues le echaré más». Así es que entre eso, y que no me quedaba bien, lo cambié por un Honda Civic blanco. Ese sí me quedaba monísimo y fue un coche maravilloso incluso después de vendérselo a un buen amigo.

Según mi sobrino, que me ha acompañado al concesionario, este nuevo me queda mucho mejor que el que tenía hasta ahora. Claro que no puede decirme otra cosa distinta, porque fui con él a probármelo. No les puedo decir cuál es la opinión de mi madre porque hoy ha hecho como en las seis veces anteriores:

Mamá ¿Quieres bajar a verlo?

– No, hija, ¿para qué? Ya lo veré…

En fin, cuando lo he sacado del concesionario era blanco. A ver cuanto tardan las palomas en decorarlo…

 

Semana Santa en el poblachón

Pues sí, han pasado ya dos semanas desde la Semana Santa, ese periodo de recogimiento espiritual para algunos, de vacaciones primaverales para otros, y de trasiego de torrijas para casi todos. Se trata de un momento del año muy interesante desde el punto de vista climatológico que consiste en que el tiempo cambia a peor. Siempre. Y si me van a poner pegas a ese contundente siempre, se lo dejo en casi siempre, porque tal vez hayan aprovechado alguna vez una oferta para disfrutar de las procesiones en el Caribe, en donde el tiempo suele tener mejor calidad.

En el poblachón solemos penar con unos 10 ó 12 grados menos que en Madrid y en cuanto a la sensación térmica, penamos con algo entre más o mucho más desagradable que en Madrid. En cuanto a los vientos, no los penamos sino que optamos por agarrarnos a un árbol, no sea que salgamos volando por no haber tomado una precaución por otra parte muy sencilla de ejecutar, que por allí hay muchos árboles. Y es que el viento del poblachón no conoce las esquinas.

La verdad es que es un rollo que el hombre del tiempo acierte ahora con tanta precisión. No hay que remontarse a los tiempos de Mariano Medina para decir que la vida era mucho más bella cuando los presentadores le ponían emoción a las previsiones y el espacio del tiempo era casi una telenovela. Toharia, Montesdeoca, Maldonado, fallaban como una escopeta de feria, pero tenían mucha más credibilidad. Montesdeoca era fantástico. Con su acento canarión te sonreía y te decía «así es que ya saben, si se van al poblachón, llévense el paraguas», y tú no le hacías ni caso. Ahora sale cualquier técnico y te lee el informe de ochenta artefactos además de los chivatazos de montones de personas que mandan información por el Twitter. Y así no hay quien se vaya al poblachón con algo de esperanza.

Yo siempre tiendo al optimismo y a pensar que todo tiene arreglo. Y que, a malas, lo que pasa, conviene. Así es que decidí subirme el jueves al poblachón saltándome los informes técnicos de los noticiarios. Pero avisada estaba, porque mi hermana llevaba allí cinco días agarrada a un árbol. Y cuando no llovió, es porque nevó. Mirar el cielo para rebuscar el sol era cansadísimo y sacar una mano del guante muy desaconsejable. Así que duré menos que una torrija hecha por mi madre y el sábado por la mañana me volví a Madrid.

Mi mayor ilusión esta Semana Santa era salir al campo con Curra y Wilma, la starlette de la familia, porque lo de alimentar la lorza con un par de kilos de torrijas ya lo tenía garantizado. No hubo campo. Hubo paseito y gracias. Y tampoco hubo cámara. Esto es a lo máximo a lo que soy capaz de llegar con una Blackberry y unas manos enguantadas. Una calidad, ya ven, muy poco caribeña.

«…Et contre l’implacable, contre le vacarme du diable, trouvant du temps pour l’imposible, pour l’inesperé, pour l’imprevisible…»

Un lunes de abril, 16 para más señas

Algo habrá que hacer, digo yo…

(I simply remember my favorite things, and then I don’t feel so bad…)

PS: El final de la escena es un pelín abrupta. Pero si no han visto la película no se asusten. Al final se casan. ¿Hijos? No, yo creo que ya no tienen más…

Un tuitero

¿De qué le conocía? Realmente, de nada. O como un día alguien, lleno de razón, le contestó no sé si a @la coronel o a @Lupe: «¿Cómo que no te conozco de nada? ¡Te conozco de tuiter!«. Aquello se me quedó grabado en el cerebro.

Suelen ser conversaciones que sabes efímeras. Casi siempre intrascendentes. Yo del Madrid, tú del Barça, aquel del Atleti. Vengo de la peluquería, estoy en un atasco, el niño tiene mocos. El gobierno es idiota, la oposición es idiota, los políticos han hecho, de nuevo, una idiotez. Discusiones muy animadas y algún que otro enfado se pasea por tu pantalla. Fina ironía y pellizcos de monja se alternan con palabras gruesas y algún que otro disparate. Pocas cosas que recordar mañana, pero al fin es como pescar: algunas carcajadas en tardes especialmente divertidas y con personas que te hacen reír con su extraordinaria lucidez.

Un mundo despreocupado, pero no del todo irreal. Un mundo sin apenas memoria, que abriga extrañas lealtades y que reacciona con una sensibilidad ajena a lo virtual, inexplicable. Que funciona a latigazos, a golpe de emociones. Un mundo de muchas razones pero de poca razón, en el que no conoces a nadie pero en el que todos nos acabamos conociendo. Un mundo raro, inventado para jugar o para trabajar pero no para querer. En el que hoy estás y mañana no, y la vida sigue sucediendo cuando refrescas. Un mundo en el que veces te topas con una bofetada de tristeza que te resulta inaudita.

@veva983 lo definió perfectamente: » Escribir un twitt es como meter un barquito de papel en el Amazonas, siempre se lo lleva la corriente«. Ese tuit fue marcado como favorito dos veces y retuiteado tres, por cuatro personas. Yo hice ambas cosas. No puedo saber si Angel, @cucopri, lo retuiteó o sólo lo marcó para guardarlo. Lo que es seguro es que se fijó en aquella frase. Y la compartió con los demás o se la quedó para siempre.

Creo que necesito abrigarme.