Mi amigo el Poblachón

Me dice una buena amiga y lectora del bloc, que no planteo correctamente mi relación con el poblachón. En el bloc, quiere decir. Según ella, van vds a pensar que yo voy al Poblachón poco menos que a rastras, y que es un pueblo infame que sufro y que no disfruto, y – me dice – eso no es así. Me dice que el poblachón me sienta de maravilla, que vuelvo con un estupendo color de cara y una sonrisa relajada y que yo, en el fondo, soy muy feliz allí, y que eso no es lo que transmito aquí. Así es que, me dice, les tengo engañados. Humm… ¿Les tengo engañados?

Me deja pensativa. Tal vez ella tenga razón y deba arreglarlo. Voy a ver si lo resumo en diez puntos:

  1. El poblachón tiene un magnífico robledal a un lado y un extraordinario pinar al otro. Tiene un monte de nieves perpetuas, a decir de mi amigo Pepillo, y dos fuentes para ir de romería. Un riachuelo anónimo para coger moras y otro de nombre olvidado en el que no se sabe si mora el pez o no mora, porque en época de calores unos se bañan, y en épocas de fríos sólo se pescan resfriados.
  2. El poblachón tiene piedras gordas en medio de una calle y piedras muy gordas en un altozano a la salida del pueblo, según se va al monte de las nieves perpetuas a la derecha. También tiene unas piedras que se cree que depositaron unos extraterrestres camino de la Estación, aunque no se ha podido comprobar esto, dado que los trenes que pasan por el Poblachón no requieren billetes nominativos.
  3. El poblachón tiene un castillo rehabilitado, un convento reconstruido y un pasadizo secreto por el que, las noches sin luna, una princesa triste se encuentra con un caballero apuesto que viene de cruzarse unas monjitas, que huían despavoridas perseguidas por depravados sarracenos o por rojos malvados, que buscaban matarlas o algo peor. El pasadizo nunca se ha encontrado, lo cual no demuestra que no exista, sino que faltan arqueólogos motivados.
  4. El poblachón tiene una larga tradición de historias de murmullos en la noche, y de quebrados silbidos del viento. Se dividen en rítmicos lamentos al mecer las hojas de los árboles y aullidos lobunos que se retuercen para encontrar alivio en los postigos de las ventanas, las más de las veces mal cerradas.
  5. El poblachón advierte la vista solemne de las montañas de Gredos y reposa su emocionada mirada sobre el valle del sur, que es el valle de… de… ¿de dónde es ese valle?. Rectifico la frase para dar fiel reflejo de su posición geográfica: el poblachón se encuentra a real y mediancleta entre el final de Guadarrama y el valle del Alberche, con el resultado natural de unas bonitas vistas.
  6. El poblachón es pueblo de vacas más que de ovejas. De ardillas más que de topillos. De avispas más que de moscones. Esta relación se invierte en los bares.
  7. Hay más pájaros que mariposas y más águilas que cigüeñas. También hay más saltamontes que hormigas y más lagartijas que culebras. Esta relación no se puede verificar juiciosamente cuando entramos en los bares.
  8. En el poblachón no hay que temer picaduras ni fiebres malsanas provocadas por ningún bicho. Tampoco sustos mayores, que las vacas ya no transitan el pueblo como antaño, que estabas tomándote el botellín y tenías que cambiarte de sitio para que un ternero no te pegara un lametazo. El poblachón es tierra de piñas y de bostas, que en feliz desencuentro menudean por el suelo del pinar, lo que permite tirarle piñas al perro sin tener que lavarlo después de cada paseo.
  9. El poblachón concentra un mayor porcentaje de poligoneros que de jóvenes de la calle Serrano. Lo cual tiene toda la lógica, porque el Polígono queda mucho más cerca.
  10. El Poblachón es pueblo de dos rotondas, pero bien puestas a la vista para que el alcalde presuma de buen gasto y de mal gusto, si bien el alarde de florerío cursi sólo se puede admirar de día, porque de noche sólo alumbra una de cada tres farolas.
  11. El Poblachón es un pueblo de vientos benignos para el cutis y los pulmones, pero que maltratan el peinado. El peinado también sufre mucho con el agua, dura como una piedra y terrosa como la tierra que normalmente rodea a la piedra.
  12. De sol alegre que a menudo se rodea de nubarrones negros como grajo. ¿El frío? A tono con las nubes.

Doce puntos… Si no han llegado hasta aquí, probablemente es que merecen seguir engañados.

Fin de año en el Poblachón

Creo que no lo sabéis, entre otras cosas porque no os lo he contado, pero he pasado este fin de año en el Poblachón. Pues sí, glamour que tiene una. Resulta que mis hermanas se iban cada una por su cuenta a celebrar el fin de año, y nos quedábamos mi madre, mi tía, yo y 36 uvas colgadas. Desde luego, teníamos otras alternativas. Pensamos en ir a Gstaad, pero teniendo Suiza tan mala prensa nos ha dado miedo Montoro y sus neuras. Ya sabéis, este hombre es capaz de poner una alambrada en el control de pasaportes y como no enseñes el justificante de amnistiado fiscal, le dice al guardia que te sacuda una torta. Luego, para Aspen son pocos días, que está muy lejos. En cuanto a Londres o Nueva York, tengo entendido que estos días se ponen muy tontos si quieres pasar un tupper con uvas.

En fin, la cuestión es que toda vez que no había ninguna ciclogénesis explosiva amenazando el mapa del tiempo de la 1, decidimos irnos al poblachón, que en invierno es muy tranquilito. Bueno, en invierno y en verano, para qué nos vamos a engañar. Hacía mucho que no iba en navidades. Mi madre recordaba un fin de año con la familia del que hoy es uno de mis cuñados, y sus hijas tienen ahora 22 años. Calculen. Calculen el tiempo que hace que no voy, y déjense de otros cálculos cotillas.

Felices fiestasEntonces, les comunico que tal y como me imaginaba, el mismo cartel de Felices Fiestas que te da la bienvenida iluminado en las fiestas de Julio y Agosto, lo encienden también en Navidad. Sí, ya sé, la foto se ve de pena, pero no crean que con ese frío es fácil conservar la presencia de ánimo, sobre todo si te quitas los guantes para darle al botoncito del móvil.

Ahora yo tendría que investigar para saber cuál es el sistema de encendido que utilizan. Quiero decir, si va una cuadrilla a hacer un empalme especial para cada cuchipanda o se trata de algo más sofisticado. No sé, un cuadro de mandos en el salón de plenos del ayuntamiento, con una palanca roja y un cartelito que pone debajo “FF entrada del pueblo, ATENSION”. O tal vez se trata de un interruptor que cuelga de la cama del señor alcalde:

–  María, dale tú a la pera, que yo no llego desde aquí y mañana arden fiestas.

Araña unmundoparacurraAdemás del mencionado cartel, en el pueblo habían colgado unos decorados luminosos muy monos en la Avenida Principal. A mí me parece que son también los mismos que en verano pero algo más descargados. La cuestión es que quedan más elegantones, y pasan de parecer una sopa Juliana a un detallito más acorde con el roscón de reyes. Lo que sí es específico de la Navidad es la Iglesia del Cristo, con una decoración luminosa a lo Moneo y el viejo olmo de la plaza (que ya no es un olmo), que lo han dejado muy del estilo Champs Elisées.

Pza-Cristo-unmundoparacurra

Esto por la parte del decorado. La parte del tiempo ha sido una sucesión de nubes altas que de pronto se convertían en bajas y no se veía un pimiento. Según mi tía, el pinar estaba bellísimo, como de postal. Y como mi tía suele tener razón en casi todo, deduje que esto sería posible si a la postal le das la vuelta y por supuesto, no escribes.  Nos cruzamos en estos días con un señor que llevaba un perro precioso, Choco. Se oían unas vacas mugir, a lo lejos en la niebla. Y el tal Choco para allá que se fue, a verificar el tolón-tolón, y a los treinta metros ya no se veía al perro. Naturalmente, Choco volvió, aunque el hombre debió de tomarse unas pastillas para la garganta por la noche, porque se quedó afónico.

Y poco más que reseñar, salvo que he vuelto con la cabeza muy despejada. Ya veremos lo que me dura, en estos Madriles tan llenos de gente con bolsas de un sitio para otro…

#LOLPD

#LOLPD-unmundoparacurra

He estado leyéndome en estos días un trabajo muy divertido sobre los disparates que se hacen y dicen en nombre de la Ley Orgánica de Protección de Datos. Se trata de un trabajo al que le faltan unas cuantas horas para maquetarlo con un poco de arte y sobre todo, para corregir, pulir y eliminar todos los gazapos que se han colado en una escritura que, me consta, ha sido muy rápida. Y me consta porque conozco bien a uno de los autores, que tiene escrito un libro mucho más serio y sesudo sobre la dichosa ley de protección de datos. Este trabajo se llama «#LOLPD, aventuras, desventuras y patadas a la LOPD». LOLPD es un juego de palabras con LOL (lots of laughs, algo así como «me parto») y LOPD, y que, compuesto como un hastag, permite rastrear las perlas que van publicando en Twitter un grupo de abogados especializados en el tema. Incluso tienen los «premios LOLPD», y deben de estar muy reñidos, porque los disparates dan de sí para varios concursos…

Yo ni soy abogada, ni conozco la LOPD más allá de las cuatro o cinco cuestiones básicas, entre otras razones porque cuando me he topado con ella, que ha sido más de una vez (y más de dos) en la vida, he llamado al co-autor del que les hablo para que me resolviera el asunto que se tratara. Sin embargo, y sin saber de leyes, las anécdotas que recogen en este trabajo son de traca y están al alcance de cualquiera. Hay para todos y de todos los pelajes, desde luego empezando por particulares y empresas privadas. Por ejemplo, el caso de una constructora que se declara «Miembro de la LOPD» (¿Qué será eso de ser miembro de una ley?) o ese particular que se negaba a dar la matrícula del coche que le estaba comprando otro particular amparándose en la ley de protección de datos (¡LOL!).

Pero cuando la cosa se pone realmente divertida (todo sea no indignarse), es cuando empiezan a mostrarnos a los periodistas y políticos en todo el esplendor de su ignorancia. Los unos porque no comprueban los disparates que dicen los otros, y los otros porque no conocen ni la ley, ni para lo que sirve, ni, sobre todo, para lo que no sirve. Y así nos encontramos con un gobierno que se niega a dar cuenta de las deudas de los clubes de fútbol o un ministro que no da la lista de los integrantes de una Comisión Oficial porque «se lo impide la ley de protección de datos». O aquel que confunde el nombre de la Ley y le llama en el Parlamento Ley Oficial de Protección de datos o ya, en el colmo, cuando pretenden ampararse en el artículo 95 de una ley que sólo tiene 49…

En fin, es muy de agradecer el trabajo de recopilación, porque si no se recogieran estos disparates, pasarían las más de las veces, por no decir todas, completamente inadvertidos. Y por otra parte, no me hubiera imaginado yo que me iba a reír leyendo 70 páginas dedicadas a una ley. Pero es que en realidad, este trabajo no trata de una ley, sino de lo que hace con nosotros la ignorancia, esa señora tan osada.

PS: Si les interesa, se lo pueden descargar gratis AQUÍ (CLIC)

Les tringles des sistres tintaient…

Lunes.

Lunes.

Lunes…

Pero cambiemos de tema.

Si llegan al minuto 3, notarán que la cosa se pone realmente animada.

… Cela montait, montait, montait… Montait! tralala larala…»

Tanto, tan animada, que se llenarán de fuerza y entusiasmo y les parecerá fácil, y hasta corto, llegar hasta el viernes…

Sous le rhythme de la chanson, ardentes, folles, enfiévrées, elles se laissaient, enivrées, emporter par le tourbillon!

Tralala larala…»

Indicador de personalidad

mtbi1El martes pasado fui a una formación de MBTI. Esto es un indicador de personalidad que se basa en tus preferencias, y mide cuatro rasgos para determinar los comportamientos con los que te sientes más cómodo. Esto no significa que no puedas adaptarte, sino de saber en qué situaciones vas a tener que gastar una mayor energía. Nos ponían el ejemplo de escribir con la zurda si eres diestro. Con entrenamiento, puedes llegar a escribir bien con las dos manos, pero tu preferencia siempre será la misma. O sea, que tú puedes mejorar tus habilidades, pero no puedes cambiar tus preferencias.

En realidad, esto del MBTI ya lo había hecho yo. Esto y los Insights, también interesantísimo, aunque de eso ya les hablaré otro día. Y es que hace unos años, unas compañeras de Recursos Humanos se iban a certificar, necesitaban una cobaya y me llamaron. Lo que hace la confianza, porque no creo, desde luego, que pensaran que yo era un caso raro y difícil de estudiar. En todo caso, fue una mañana muy divertida. Imaginen que dos buenas compañeras primero te hacen un test y luego discuten contigo lo que ellas habían supuesto sin test de por medio, que es la diferencia entre lo que eres y lo que puedes llegar a parecer. Este año, han vuelto a poner la formación, que en el fondo no es una formación, sino un medio que te dan para conocerte mejor comprender algo más las motivaciones y las reacciones tuyas y de los otros, y asi tener la oportunidad de vivir la vida con menos sobresaltos y sobre todo, con mejor rollo. Cuando llegué el martes, pensando que se trataba de otra cosa (algo de conexiones neurológicas), al decir que esto de MBTI yo ya lo había hecho y que por qué me habían apuntado, tuve que escuchar esto de boca de una de las que me habían diseccionado hace cuatro años:

Carmen, lo de las conexiones neurológicas, como tú dices, fue el mes pasado y no viniste. Y esta del MBTI me dijiste que te apetecía un montón porque no te acordabas, y que te apuntara. O sea, que harías como haces siempre: hacer que escuchas, ir y volver a la luna, decir que sí para que te dejen en paz y luego ponerte a pensar en otra cosa. Que ya nos vamos conociendo…

Esto es falso, pero a lo que iba. El test como les decía mide cuatro cosas, que son las que están en la ilustración de arriba: dónde enfocas tu atención y tu energía (E: extraversión o I: introversión), cómo prefieres obtener la información (S: sensación- realidad o N: intuición), cuál es tu proceso preferido para tomar decisiones (T: pensamiento o F: sentimiento) y finalmente, qué estilo de vida prefieres (J: organizada o P: espontánea). Combinando los cuatro rasgos, obtienes 16 combinaciones: ESTP, o INFJ, y así. Luego, cada rasgo es más o menos acusado, y la formación consiste en conocer cada caso y ver cómo eres en situación relajada y, sobre todo, lo que te pasa cuando te estresas, que es el horror en todos los casos. Y todo esto combinado con la gestión de equipos, que no saben ustedes la de peligros que hay.

En fin, después de todo este rollo, os diré que yo obtuve también, sin sorpresas por mi parte, mis cuatro letras. Eso sí, la gran mayoría encontró mis rasgos como verdaderamente inesperados, en especial uno de ellos. Algo como «huy, yo hubiera jurado que tú eras zurda…«. Bueno, es la diferencia entre las preferencias y las habilidades…

Y yo me pregunto dónde me colocaríais vosotros sólo por leerme en el blog. Supongo que también os llevaríais una sorpresa. O tal vez no, porque escribir es un ejercicio, en el fondo, muy íntimo.

Os dejo para que os divirtáis un rato.

PS: Los cuadros que veis en este post los he obtenido del blog coaching para emprendedores

mbti

Esos botones del ascensor

boton_ascensor unmundoparacurraCon lo fácil que es poner una gran «C» de cerrar, y una gran «A» de abrir.

Claro que hay cosas peores, como son los carteles para distinguir los servicio de señoras y caballeros en algunos restaurantes. Claro que en esos casos siempre uno puede distraerse con la creatividad. Y si te equivocas, lo más que te puede pasar es encontrarte con un señor en posición de firmes, y a estas alturas de la vida ni te vas a asustar tú ni se va a asustar él. O como me pasó a mí hace un par de días, que me encontré con un chico lavándose las manos en el baño de señoras y cuando se disculpó le dije que terminara, que lo que hacía era muy saludable, y que además yo tampoco tenía muy claro qué puerta me correspondía. Y cuando me dio las gracias por mi comprensión le quité importancia: en esa fase última de la operación de alivio, no tiene por qué darlas.

Pero en el caso de los ascensores, esos signos de cierre y apertura de puertas son imperdonables. Yo tengo que pensar siempre cuál debo apretar para que se cierren y cuál para que se abran. Nada, no hay manera, no logro aprendérmelo. El resultado es que ves a alguien correr hacia el ascensor, tratas de abrir la puerta, te confundes y ya sólo te queda decir ¡Perdoneeeee, lo sientoooo!, mientras el ascensor se aleja sin remedio por el hueco. Y tú entonces esperas dos cosas: que el que has dejado en tierra te oiga y que no tuviera prisa.

Claro que en vez de intentar acertar con el botón siempre puedes poner la mano entre las puertas, pero yo eso no lo hago, me da miedo. Sí, sí, ya sé lo que me van a decir: los ascensores están preparados. ¡Y una porra! Una tía mía tenía una perra, Tita, que se pilló el rabo con la puerta de un ascensor y se lo tuvieron que cortar. Yo no tengo rabo pero vivo fenomenal con dos manos como para andarme con tonterías. También hay quien mete el pie, y la pierna en contorsión karateka, pero vds ya me conocen un poco y les parecerá evidente que hacer eso no se me ha pasado nunca por la mente. Qué horror. Aparte de que lo civilizado es apretar el botón, es una cuestión de principios elementales. Eso sí, si además de civilizado vd quiere pasar por elegante, entonces deberá apretar el botón que corresponde sabiendo cuál es el botón que corresponde porque, si no, ese gesto de indecisión con ayayayayay incluido acaba con cualquier rasgo de elegancia que le quiera poner una a la civilización.

Con lo fácil que sería poner una gran «C» o una gran «A».

La gran madre, la madre grande

baston-unmundoparacurraEs ley de vida, te dicen, te dices. La ley de la vida, el orden natural de la muerte, ver morir a tus mayores. La ley de la vida, la muerte natural. La naturaleza de la vida se convierte en la naturalidad de la muerte.

Me enseñó a aceptar sin resignarse. Darle las gracias a la vida por lo que nos daba, no por lo que tuvieran los demás. Seguir adelante sin importar lo que hubiera podido ser. Desconfiar del espejo, que te malcría sin dejarte ver el mundo que tienes alrededor, en donde también viven, y también piensan, y también aman otros.

Me despedí el día anterior. Apenas pude mirarla, porque le tuve miedo al recuerdo de esa última imagen. Y sé que ella me miró, con unos ojos agrisados y ya ausentes, y también tuve miedo a que viera mi pena desarbolada. Y desde entonces he rogado muchas veces a Dios para que no me reconociera, para que no hubiera podido recordar quién era yo, la última de sus nietas, para que no comprendiera que eso que hacía yo era llorar.

No tuve valentía para acompañarla en la última noche, y no quise estar delante cuando por fin cerro los ojos. Me quedé a esperar esa llamada que me avisó para que acudiera a besar su mejilla, a besar su cuerpo muerto, algo que sólo había querido hacer con mi padre, en la extraña intuición de que el alma de quien te quiere, el alma de quien tú sabes que te ha adorado en vida, estará esperando ese último beso antes de escapar allí donde te esperará el tiempo que haga falta, allí donde vendréis a encontraros algún día.

Y también es ley de vida olvidar. Y el olvido te viene a arrebatar lo que llevas en el corazón, y toma primero lo que está en la superficie, y luego va horadándolo hasta que no puede seguir porque encuentra el recuerdo forjado, hasta que se topa con lo inmutable, con lo que llevarás contigo hasta que esa ley de vida te lleve a ti también a olvidar, o a morir. Sientes el punzón que viene a quitarte el recuerdo de esos últimos momentos, y vuelves a tener miedo de que te robe lo que no debe, a que te abandonen todos los buenos recuerdos de tu vida cuando ella estaba. Pero al cabo te quedas con todo, porque tu vida está fabricada con la suya y no se pueden separar.

La abuela Gabriela ha sido mucha abuela, dijo una de mis hermanas. Vivió 97 años y disfrutó de la vida, de sus hijas, de sus nietas, de sus biznietos, en una vejez honorable hasta casi el final. Fue la gran madre, la madre grande, la referencia de muchas vidas. Y la quisimos, la adoramos como sólo se puede adorar a un ser entrañable, a un ser maravilloso, paciente, sabio, delicado, agradecido, una extraordinaria mujer que sigue viviendo con la familia todavía hoy, un año después.

Descansa en paz.

¡A por setas!

Lactarius_deliciosusYo me pregunto si alguien, en este fin de semana largo de noviembre, habrá escapado al embrujo de ir al campo a coger setas. Aparte de una servidora, claro. Tú vas por la carretera en esta época del año y no dejas de ver coches en los arcenes y en los claros del bosque, y atisbas cómo familias enteras, pertrechadas de un palo, una cestita y una navaja van en busca de setas. La cestita, justo es decirlo, a veces se cambia por una simple bolsa del súper, que es más facil de disimular y metérsela en un bolsillo en el muy probable caso de que no se coja ni una seta. O se coja una sólo, en cuyo caso se puede llevar en la mano hasta el próximo contenedor de basura.

También los ves mientras paseas por el campo. Se han adentrado en el bosque, pensando con perspicacia que en el borde de la carretera tal vez ya no habría muchos níscalos que meter en el zurrón. Y ahí están, tirando de la sillita del niño, con la abuela que porta la navaja y el intrépido padre de familia, el palo con el que remover la tierra. Tampoco se alejan mucho de los caminos, así es que la perspicacia les dura lo mismo que tarda en desaparecer el asfalto. El éxito les dura más, yo diría que tanto como tarda en aparecer. Y sin embargo… sin embargo sí ves gente que sale de entre los matorrales con bolsas llenas de setas. Pero van vestidos de otro modo, y tienen otra cara. Cara de irse a poner morados de setas, se diría.

Yo reconozco que lo de coger en directo los frutos de la tierra no es lo mío. Ni setas, ni margaritas. Hace unos fines de semana fui con unos amigos a coger moras. Las moreras estaban al lado de un riachuelo, como siempre están las moreras por otra parte, pero éste era particularmente pobretón. El riachuelo, me refiero, que moras había muchísimas. Por fortuna, mi amiga Merche, que suele ir al poblachón muy vestida de Madrid, me salvó de mancharme las manos con una invitación al aperitivo, al que acudí encantada. Cuando apareció el resto de la pandilla, llevaban unas manos como de terminar un examen de Primero de infantil. La mancha de mora con mora se quita, aunque yo aconsejé el jabón, que tampoco era cosa de que se volvieran a marchar al riachuelo ése tan misérrimo.

Volviendo a las setas, no crean que me gustan. Si son a la plancha, muy hechas, o si están muy disimuladas, vaya que te tira. Y en todo caso, ni se me pasa por la cabeza comerme una que haya cogido yo. Lo único que he cogido del campo cuando era pequeña son piñas para encender la chimenea, y eso porque se distinguen estupendamente. Mi padre nos llevaba a mis hermanas y a mí con un saco y, hala, a proveernos para el invierno, que lo de las pastillitas no es que fuera de mal tono, pero sí de personas poco sabias en el encendido de la chimenea. Gente como de poco campo. Y eso de ser de poco campo para mi padre era como tener poco mundo. O sea, algo de mal tono, vaya.

¿Y vds han cogido setas ya o lo dejan para el próximo finde?

E.

Os he hablado otras veces de ella. Cuando os contaba cómo quitar los grumos de la agenda, o cómo se le llama en Francia a los dedos de los pies. O cuando me ayudaba a traducir un giro imposible, refranes de una jerga olvidada, palabras sincopadas en un argot ultra parisino, a veces imposibles de descifrar para ella, una dama del distinguido St Germain en Laye. He hablado de E. alguna vez como la dueña de mi tiempo, en una de esas exageraciones que digo yo y que tienen como único objetivo llevar la idea al límite para que nadie pueda albergar ninguna duda. Y es que una secretaria puede convertir tu vida en un infierno o, como es el caso, regalarte tranquilidad, darte un plus de memoria, despejar tu vida de tareas tan fastidiosas como obligatorias y proporcionarte tiempo. Nada menos que más tiempo.

En 2002, después de pasar todos los filtros, yo le hice la entrevista final. Recuerdo perfectamente una de mis preguntas – ¿tienes paciencia? – y su respuesta, tan convincente. Y mi sarcasmo posterior, tan despiadado. Y desde entonces, con un largo intervalo de tres años, siempre ha sido la mirada que me recibía por las mañanas, sus buenos días con ese acento inconfundible, esa expresión de saber exactamente en qué estaba yo pensando, qué tendría yo en la cabeza y, sobre todo, qué es lo que no tendría. En cuanto a mí, según ella había que descontar de mi gesto el efecto del día de la semana, tal y como me dibujó la primera vez que nos despedimos la una de la otra.

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Y en todo este tiempo, yo le decía “Arréglalo” y siempre lo arreglaba. Mis desastres, mis olvidos, mi mal humor, mi soberbia, mi incapacidad. Mis explosiones bélicas, mis amenazadores «ya le puedes ir diciendo de mi parte que…” me los devolvía envueltos en la seda de la diplomacia, de la calma, de la sonrisa y de la discreción. Se asomaba y me decía desde la puerta “Carmen, igual te vas a enfadar…”, para que no me enfadara con alguien. O si no mediaba aviso, terminaba con un rotundo “ya sabía yo que te ibas a enfadar”, para que recapacitara y se me pasara el enfado. Testaruda como ella sola, yo creo sin embargo que es la única persona en el mundo con la que nunca he discutido ni me he enfadado. Tal vez porque nunca necesitó llevarme la contraria para hacer su santa voluntad y tal vez porque no cayó nunca en la tentación de darme la razón sin tenerla.

En Junio de 2006, el secretariado de París me envió por correo electrónico mis condiciones de expatriación mientras yo estaba de viaje. Cuando me di cuenta de que ella también lo habría recibido, como todos mis correos, la llamé inmediatamente por teléfono, tratando de arreglar lo que ya no tenía arreglo. Nunca me perdonaré habérselo ocultado. Y nunca olvidaré su reacción, quizá una de las cosas más emotivas que me han sucedido en los 24 años que llevo trabajando. Ocupó otros puestos alejados del secretariado durante los tres años que yo estuve fuera y después volvió a trabajar conmigo, cuando regresé a España en 2009. Más de ocho años repartidos en dos periodos, casi igual de largos en el tiempo pero muy distintos en la vida de cada una de nosotras. Podría rellenar cien entradas con anécdotas. Algunas divertidas, otras sorprendentes, casi ninguna triste. Ella sabe mejor que yo las que recuerdo ahora y todavía, y aquellas que no podré olvidar. La vida te hace cambiar, te modera y lima tus aristas. Pero en la vida están las personas, y en mi vida están esos ocho años.

E. ha dejado de trabajar conmigo hace tres semanas. Ha querido ir a otro puesto porque quiere ver otras caras y trabajar en cosas nuevas. Y yo quiero pensar que esa es la razón por la que ella se acordará menos de mí que yo de ella, aunque no me voy a engañar: por experiencia sé que al final un jefe es un jefe, es decir, una persona de la que prefieres olvidarte cuando te vas de fin de semana. Aunque algo me dice que puedo todavía albergar esperanzas. En la nueva versión de “mis caras” que me ha dado en esta segunda despedida, ya me imagina los sábados y los domingos… En fin, no me puedo quejar.

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Adiós América

Me acuerdo cuando de pequeñas, llegaba septiembre, y el cole con él, y todas nuestras profes nos preguntaban: “Bueno niñas, ¿os lo habéis pasado bien este verano?, ¿qué habéis hecho?, ¿dónde habéis estado?”.Y todas levantábamos nuestras manos tan alto como pudiéramos dando pequeños saltitos mientras tratábamos de ser las primeras en contar nuestra historia. Este año, soy la primera y esta es mi historia.

He estado en América. Pero no en una ni en cualquiera. He estado en todas. He estado en la América de campos amarillos de maíz infinitos, en la de las praderas verdes silenciadas por el cielo azul infestado de águilas calvas y halcones. En la de las granjas rojas ribeteadas de madera blanca con graneros y almacenes de cereal. En la América de los granjeros que no fuman pero mascan tabaco. En la América del cuero, las botas de vaquero y los mocasines. En la de los indios nativos, los blancos gordos y los negros atléticos. He estado en una América surcada por un río grande y negro, frío y cálido a la vez, salvaje y dulce. He estado en la América de los raíles de madera atravesando el campo, en la de los bosques de cuento, bosques verdes donde apenas puedes ver el sol, y cuya escasa luz le da un color mágico.  He estado en sitios en los que realmente creo que viven hadas y ogros y dragones dormilones. He estado en la América de los ciervos, y arces y osos y pavos salvajes. He estado en la América de los grandes lagos y de los barcos de hace 70 años.

También he estado en la América de las cadenas de comida rápida, Denny’s, Burger King, Taco Bell, Culvers, Subway y el gigante McDonalds. En la América de los helados de cinco bolas con todo tipo de siropes y toppings. En la América de las cosas grandes, las montañas rusas y los toboganes de agua. He estado en el país de la música country, y los sombreros de paja. He jugado al minigolf y a los bolos. He pasado noches en pie en una fiesta en casa de alguien que no conocía a la mitad de la gente que había allí. He cantado y bailado y bebido la peor cerveza que podáis imaginar. He recogido manzanas rojas del árbol del jardín y jugado con un perro y dos gatos a la vez. He nadado en un río y saltado de un acantilado. He hecho senderismo, montañismo, he montado en kayak y pedaleado en mi bici.

He estado en la América de las tiendas de camisetas, de los bares de viejos y de las tiendas de caramelos. He oído a los futuros Beatles y  Frank Sinatra cantando en la calle. He olido las fragancias más dulces contaminadas de azúcar puro y restos de chocolate. He admirado escaparates llenos de dulces de toda clase, de manzanas cubiertas de caramelo, de toda clase de caramelos que podáis imaginar. He estado en la América de John Steinbeck y en la de Gabriel García Márquez. He estado en el país de los valles surcados de olmos y robles y en el de los bosques llenos de frambuesas. También en el de las noches de clubs y discotecas. He estado en el territorio del sheriff y de los Ho-Chunk y los Windigos. En el país de la gente amable y parlanchina, de la gente curiosa que quiere conocer España. He estado en el país de los coches todoterreno y de las Harley-Davidson. En el país de los tatuajes y el pelo de colores. He estado en el país en el que las familias pasan sus vacaciones en la casa del lago tirándose al agua desde una rueda de coche atada a un árbol con una cuerda vieja.

También he estado en la América trabajadora, en la América luchadora, en la conservadora y en la de Obama. He estado aquí un cuatro de julio y he visto más rojo, blanco y azul junto del que habéis visto jamás. He hecho una hoguera con mis amigos y hemos tostado mashmallows y bebido un café asqueroso a las dos de la mañana. He estado en el país que tiene la mayor industria cinematográfica y a la vez la mayor cantidad de telebasura. He vivido sola, en una casita pequeña y blanca prefabricada con su porche delantero y sus mosquiteras en las ventanas.  He paseado, corrido, gateado, navegado y cabalgado. He hecho amigos increíbles y conocido al amor de mi vida (nos casamos en el 2023). He estado en centros comerciales de saldo y en las tiendas más caras. He recorrido la librería más grande que os podáis imaginar. He estado en el país de los coches sin cerrar y las ventanillas bajadas. He estado en el país de los cerrojos del revés y las grúas gigantes. En el de los camiones tuneados y los coches de bomberos de peli. He hecho fotos y vendido fotos. He trabajado. He sudado para conseguir cada céntimo que he ganado. He limpiado mi casa, me he hecho la comida y me he lavado la ropa. He conducido por carreteras interminables y pasado ratos interminables en los stops.

He visto noches incendiadas por manadas de luciérnagas en llamas, he soñado al son de los grillos y vivido rodeada de conejos y ardillas. He comido bizcocho de calabaza y pretzels con queso, y bagels, y palomitas con mantequilla. He visto una peli en el parque, de noche, comiendo M&Ms arropada por una manta de cuadros. He aprendido rumano, ruso, búlgaro y turco. También he aprendido inglés por si hay algún gracioso por ahí. He estado en la América del baloncesto, del béisbol, de las chanclas, y los pintauñas con purpurina. En la América de la guerra de los cien años y en la de la segunda guerra mundial y en la del charlestón y los escarabajos. He estado en la América de los cupcakes y la crema de cacahuete, y en la del chocolate Hersheys y los M&Ms y los skittles y los cereales de colores. He visto a Bon Jovi vomitar y a  Mumford and Sons silenciar a 10.000 personas a la vez. He visto Converse nuevas, viejas, rotas, pintadas, desgastadas, cuidadas y descuidadas. He estado en un cementerio de película y he visto al sol ponerse sobre el lago.

He visto a un niño llorar por el golden retriever con el que ha crecido. He visto a muchas personas, de muchos sitios; jóvenes intrépidos e inmaduros, niños hiperactivos, adultos cansados. He visto que la vejez más absoluta puede albergar el alma más joven y también he visto que la juventud más fresca puede cobijar un alma vieja y oxidada. He visto ojos cristalinos llenos de amor y cristalinos opacos por la pérdida. He dicho hola, he dicho adiós y algún que otro hasta luego. También he predicado las maravillas de España y creo que he inflamado algún corazón inquieto y empapado en gasolina con la chispa de la curiosidad.

He hecho todo esto y más y es por eso que me ha costado encontrar las palabras para expresarlo. Me gustaría pensar que casi podéis esbozar mi verano tras este brevísimo resumen y si no es así tendré que volver para encontrar la manera de terminar mi historia.

He estado en América y me he enamorado de ella, pero también he cogido hoy el tren y ya vuelvo a casa…»

Rocío H., en el inicio de su regreso a España después de una estancia de tres meses en Wisconsin, escribe esta carta a su familia. La escribe deprisa, a vuelapluma, en un tren.

Rocío tiene 19 años.

Y ahora, quítense el sombrero.