E.

Os he hablado otras veces de ella. Cuando os contaba cómo quitar los grumos de la agenda, o cómo se le llama en Francia a los dedos de los pies. O cuando me ayudaba a traducir un giro imposible, refranes de una jerga olvidada, palabras sincopadas en un argot ultra parisino, a veces imposibles de descifrar para ella, una dama del distinguido St Germain en Laye. He hablado de E. alguna vez como la dueña de mi tiempo, en una de esas exageraciones que digo yo y que tienen como único objetivo llevar la idea al límite para que nadie pueda albergar ninguna duda. Y es que una secretaria puede convertir tu vida en un infierno o, como es el caso, regalarte tranquilidad, darte un plus de memoria, despejar tu vida de tareas tan fastidiosas como obligatorias y proporcionarte tiempo. Nada menos que más tiempo.

En 2002, después de pasar todos los filtros, yo le hice la entrevista final. Recuerdo perfectamente una de mis preguntas – ¿tienes paciencia? – y su respuesta, tan convincente. Y mi sarcasmo posterior, tan despiadado. Y desde entonces, con un largo intervalo de tres años, siempre ha sido la mirada que me recibía por las mañanas, sus buenos días con ese acento inconfundible, esa expresión de saber exactamente en qué estaba yo pensando, qué tendría yo en la cabeza y, sobre todo, qué es lo que no tendría. En cuanto a mí, según ella había que descontar de mi gesto el efecto del día de la semana, tal y como me dibujó la primera vez que nos despedimos la una de la otra.

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Y en todo este tiempo, yo le decía “Arréglalo” y siempre lo arreglaba. Mis desastres, mis olvidos, mi mal humor, mi soberbia, mi incapacidad. Mis explosiones bélicas, mis amenazadores “ya le puedes ir diciendo de mi parte que…” me los devolvía envueltos en la seda de la diplomacia, de la calma, de la sonrisa y de la discreción. Se asomaba y me decía desde la puerta “Carmen, igual te vas a enfadar…”, para que no me enfadara con alguien. O si no mediaba aviso, terminaba con un rotundo “ya sabía yo que te ibas a enfadar”, para que recapacitara y se me pasara el enfado. Testaruda como ella sola, yo creo sin embargo que es la única persona en el mundo con la que nunca he discutido ni me he enfadado. Tal vez porque nunca necesitó llevarme la contraria para hacer su santa voluntad y tal vez porque no cayó nunca en la tentación de darme la razón sin tenerla.

En Junio de 2006, el secretariado de París me envió por correo electrónico mis condiciones de expatriación mientras yo estaba de viaje. Cuando me di cuenta de que ella también lo habría recibido, como todos mis correos, la llamé inmediatamente por teléfono, tratando de arreglar lo que ya no tenía arreglo. Nunca me perdonaré habérselo ocultado. Y nunca olvidaré su reacción, quizá una de las cosas más emotivas que me han sucedido en los 24 años que llevo trabajando. Ocupó otros puestos alejados del secretariado durante los tres años que yo estuve fuera y después volvió a trabajar conmigo, cuando regresé a España en 2009. Más de ocho años repartidos en dos periodos, casi igual de largos en el tiempo pero muy distintos en la vida de cada una de nosotras. Podría rellenar cien entradas con anécdotas. Algunas divertidas, otras sorprendentes, casi ninguna triste. Ella sabe mejor que yo las que recuerdo ahora y todavía, y aquellas que no podré olvidar. La vida te hace cambiar, te modera y lima tus aristas. Pero en la vida están las personas, y en mi vida están esos ocho años.

E. ha dejado de trabajar conmigo hace tres semanas. Ha querido ir a otro puesto porque quiere ver otras caras y trabajar en cosas nuevas. Y yo quiero pensar que esa es la razón por la que ella se acordará menos de mí que yo de ella, aunque no me voy a engañar: por experiencia sé que al final un jefe es un jefe, es decir, una persona de la que prefieres olvidarte cuando te vas de fin de semana. Aunque algo me dice que puedo todavía albergar esperanzas. En la nueva versión de “mis caras” que me ha dado en esta segunda despedida, ya me imagina los sábados y los domingos… En fin, no me puedo quejar.

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