Mi librería preferida

liberespacioTengo yo una buena amiga que hace unos años, ya en plena crisis (y es que llevamos 5 años de crisis) dejó el calor de una empresa grande en la que tenía un puesto estable y de primer nivel para cumplir un sueño. Así, con un par. Después de un año planificándolo – pues menuda es -, allá por el otoño de 2010 abrió la que para mí es la tienda más bonita de todo Madrid: una librería infantil.  O mejor dicho, especializada en libro infantil y juvenil. Y digo especializada porque también vende un fondo de libros muy escogido y de novedades para adultos, que no están los tiempos para dejar pasar clientes. Y por si fueran pocos los que le encargo, siempre me tienta salir de allí con dos o tres libros impulsivos y curiosidades diversas que están abarrotando mi casa… Pero lo interesante son los libros que tiene para niños. Son ediciones muy cuidadas, libros curiosos que están enfocados a despertar la curiosidad y el cariño de los niños por los libros. Cuentos con preciosas ilustraciones, con popups, guardados en bonitas cajas, libros que contienen puzzles, o troquelados, o… lo que se quiera. Recuerdo uno enorme que se abría y salía un esqueleto: por lo visto es para que las criaturas aprendan los huesos del cuerpo. Aterrador. Pero, en fin, que puede uno pasarse las tardes muertas mirando y mirando y mirando…

En la librería tiene también preciosos juguetes de los que no salen en la tele, ni falta que le hace a la gente con buen gusto. Y de eso siempre acabo comprando, pero para mí. Un coche de carreras en madera amarilla, una seta con gomas, una pizarrilla, una peonza que se da la vuelta, una cajita de música con mango…  Mis sobrinos ya están mayores para esas cosas, pero si no, les caería un saco de cacharros cada mes, que es más o menos la cadencia con la que voy a verla.

A lo que no voy nunca es a sus «performances», que ella llama Actividades con más criterio y rigor, porque cuando habla de sus niños se pone muy seria y no admite demasiadas bromas. En una sala que tiene en la planta de abajo, cuentan cuentos a los niños, o hacen pasteles, o aprenden música, o juegan con plastilinas, o pintan cuadros o acuarelas, o va un autor a presentar su libro, o lleva a un mago, o cualquier cosa, que la verdad que cuando me habla de todas esas actividades se me evade la atención.  Me contaba ayer que este mes va a hacer un taller para jóvenes escritores pero tampoco es muy para mí: es para niños entre 9 y 12 años, yo no soy tan joven… Mi crítica es que a esas edades sólo se pueden escribir faltas de ortografía y cosas raras, pero, quién sabe, lo mismo un futuro Cervantes se aficiona allí.

Sí, este es un post publicitario. No os ofrezco un descuento porque no tengo su permiso, pero si vais de mi parte y me mencionáis, lo mismo me invita a una caña luego. Bueno, lo cierto es que Zaida (la titular del invento) siempre me acaba invitando a una caña: entre eso y el descuento que me hace por los libros, creo que soy la cliente menos rentable que tiene… Así es que pasaros si estáis cerca, y echad un vistazo. Os va a encantar.

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C/ Joaquín María López, 25 –>

Os dejo algunas fotos:

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Si esto es el hombre, de Primo Levi

si esto es un hombre unmundoparacurraTerminé ayer «Si esto es un hombre», de Primo Levi.  Este es un libro que mencionó Livia en su post sobre el Imperio del Sol hace un par de semanas. Livia tiene buen gusto para los libros, pero sobre todo tiene muy buen gusto escribiendo reseñas, siempre precisas, concretas, ordenadas y muy bien compuestas. Y muy bien escritas, es un verdadero placer leerla. Toda esta introducción «ditirámbica», que me da un poco de apuro, es para que se enteren vds, oigan, y también para agradecerle la mención sobre el libro, que me ha permitido pasar unos días leyendo un muy buen libro.

El libro narra en primera persona el internamiento del autor en Auschwitz, y es un relato conmovedor de la degradación del hombre por el hombre. No es fácil mantener la presencia de ánimo, ni las ganas de seguir leyendo, con libros tan duros entre las manos. Porque aunque las terribles vivencias de los prisioneros de los campos de concentración alemanes sean episodios conocidos, no dejan por ello de ser menos espeluznantes cada vez que se recuerdan.  Y esta es la cuestión. En una crónica periodística, en un relato lineal y descriptivo de las condiciones de vida de esos hombres, sólo queda espacio para el horror. En el relato de Levi también hay sitio para la compasión, para la reflexión, para la profunda pena. No hay morbo alguno en este libro, sólo una tremenda tristeza. Livia decía en su referencia del libro «que me hizo llorar océanos de lágrimas, al ver la miseria, el hambre, las largas caminatas, la muerte alrededor del protagonista… sí fui Primo Levi«. Yo no he llorado con este libro, aunque tengo que decir que, con estos temas, sólo me recuerdo llorando amarga y profusamente en un avión con uno de los relatos de Los girasoles ciegos, en los que se narra la muerte de un recién nacido en los brazos de su padre, que huye de la guerra. Pero sí he tenido el corazón encogido, y la tremenda sensación de estar allí con él sintiendo el hambre, el frío y el dolor del trabajo, y no sólo porque sea un libro escrito en primera persona, sino por cómo está escrito y por el enfoque que el autor da al relato. Porque además de darnos su testimonio, el autor nos regala el mérito de la obra literaria.

Primo Levi nos explica cómo el hombre es destruído de manera implacable en los campos alemanes. Cómo se acaba con todo acto de generosidad, de compasión, de rebeldía, de dignidad, cómo se les animaliza y sólo unos pocos son conscientes de ello. Y, aun siéndolo, sucumben a la animalidad como garantía de supervivencia. Cómo hasta las palabras pierden su significado conocido.

Del mismo modo que nuestra hambre no es la sensación de quien ha perdido una comida, así nuestro modo de tener frío exigiría un nombre particular. Decimos ‘hambre’, decimos ‘cansancio’, ‘miedo’ y ‘dolor’, decimos ‘invierno’, y son otras cosas. Son palabras libres, creadas y empleadas por hombres libres que vivían, gozando y sufriendo, en sus casas. Si el Lager hubiese durado más, un nuevo lenguaje áspero habría nacido; y se siente necesidad de él para explicar lo que es trabajar todo el día al viento, bajo cero, no llevando encima más que la camisa, los calzoncillos, la chaqueta y unos calzones de tela, y, en el cuerpo, debilidad y hambre y conciencia del fin que se acerca.»

Crímenes

crimenes Ferdinand von schirach unmundoparacurra«Nuestro derecho penal se basa en el criterio de que no hay pena sin culpa. Imponemos una pena según la culpabilidad de una persona; nos preguntamos hasta qué punto podemos hacerla responsable de sus actos. Es un asunto complejo. En la Edad Media era más sencillo, se castigaba según el delito: a un ladrón se le cortaba la mano. Siempre y sin excepción. No importaba que hubiera robado por codicia o porque de lo contrario se habría muerto de hambre. La condena era entonces una suerte de aritmética, a cada delito le correspondía una pena determinada. Nuestro derecho penal es más sabio, hace más justicia a la vida, pero también es más complicado. El atraco a un banco no es siempre sólo un atraco a un banco…«

Ferdinand Von Schirach, un afamado abogado criminalista de Berlín, dice esto al final de su libro «Crímenes», en el que nos va contando, con el estilo del entomólogo (o sea, sin demasiada pasión pero de forma precisa), algunos casos de los que se ha ocupado en su carrera profesional y en los que nos muestra la historia que se esconde más allá del delito. Busca la culpa y la encuentra, aunque no siempre en sus defendidos y tampoco necesariamente en sus víctimas. Sin ñoñerías, con sobriedad, sin esconder a sus clientes tras un empedrado que suele ser  muy socorrido, nos va relatando casos muy interesantes en los que siempre hay razones para el crimen y explicaciones que nuestra sociedad a veces tiene en cuenta para perdonar y a veces castiga de forma implacable, pero que tiende a compadecer.

Una reflexión sobre el delito, la pena, la culpa, la prevención, la locura, la defensa, la agresión, el odio, el amor, la fatalidad, la casualidad. Un buen libro que me recomendó mi  librera favorita el último día que fui a su librería. Léanlo.

El imperio del sol

Ballard unmundoparacurraHoy es día 15 y toca el post del Club de Lectura, un sitio muy agradable en donde cuatro co-bloggers hablamos de libros. Este mes hemos leído El imperio del sol, un libro de James G. Ballard (la G es de Graham) en el que Spielberg se inspiró para dirigir la película que probablemente todos habréis visto. Sí, hombre, la película esa del niño repelente e hiperactivo que, durante la Segunda Guerra Mundial, cuando entran los japoneses en Shangai, se suelta de la mano de su mamá en uno de esos tumultos que sólo son capaces de formar los chinos (que son muchos). Todo le pasa por hacer el tonto con un avioncito de juguete, y mira, la tontería le cuesta tener que sobrevivir en un campo de prisioneros japonés, rodeado peligros y comiendo patatas con gorgojos durante cuatro años. Y que dé gracias a que los americanos tiraron la bomba atómica, que si no a la criatura le habría salido bigote en el campo y se hubiera echado definitivamente a perder. ¿Recuerdan ya la película? Bonita ¿eh? De las de llorar a moco tendido. Pero es que Spielberg es un maestro del cine y de las emociones líricas, capaz de sacar belleza hasta de las historias más sórdidas que se puedan imaginar.

El libro tenía todos los ingredientes para haber salido por la ventana. En primer lugar, había visto la película y no me había gustado. Luego la he vuelto a ver para confirmar que, efectivamente, no me había gustado. Por otra parte, no me interesan los niños de protagonistas, no siento la menor empatía con sus historietas. Leer «Jim sentía compasión por el viejo mendigo (que han atropellado), pero por alguna razón sólo podía pensar en el pie con la huella del neumático. Si hubiesen ido en el Studebaker del señor Maxted, las huellas habrían sido diferentes, el anciano hubiera sido marcado con el diseño de la Goodyear Company…«, es una muestra de que no soy la única que no entiende los razonamientos de un niño: el autor tampoco y lo reconoce, pero por el camino nos cuenta un pensamiento absolutamente irrelevante para que vayamos entrando en la psique infantil. Y, francamente, yo nunca he tenido la menor curiosidad  por entrar en ninguna psique infantil. Y mi tercera prevención (llámenle prejuicio, va, no me importa) es que es un libro con chinos, y un libro con chinos no es un libro con algunos chinos, sino un libro con muchos chinos, porque los chinos siempre son muchos.

Pero bien, en contra de mis prevenciones (que le llamen prejuicios, venga, que no me importa), el libro me ha gustado más que la película. Bastante más. Es cierto que, como en todos los libros que sitúan la trama en tiempos de guerra y en campos de prisioneros, acabas de mugre, chinches y penalidades un poco fatigada, pero el libro tiene algunas virtudes. No desde luego la originalidad de la estructura o el preciosismo del estilo, pero sí un buen desarrollo y una buena ambientación de la sociedad de la época (en el Shanghai de 1941 cada capa social vivía en una época diferente), una buena comprensión de los personajes, en especial el del niño, que entra en el campo con ¿10 años? y sale hecho un hombrecito, y una historia que se deja leer con interés. El tono del libro está muy alejado del de la película. Mucho más sórdido, más duro, más realista, el autor describe al ser humano en unas condiciones de vida muy crueles, extremas, sin concesiones a ese buenismo de Spilberg de lagrimón por la mejilla. Y es que el autor estuvo allí, y sabe lo que es un japonés en un campo de guerra: ni una broma con ellos. El mundo es feo, los prisioneros no son alegres ni solidarios, no hay amor, sino lucha por conseguir una patata medio podrida y por sobrevivir entre condenados siendo un moribundo.

En fin, si quieren pasar un rato distraído y les gustan los libros de guerras (aquí se cruzan tres, ni más ni menos), léanlo. No es alta literatura, pero está bien, es una buena descripción de la guerra y su crueldad. Y si además ven la película por medio, podrán encontrar las diferencias entre las dos historias, que son muchas y de relevancia, y comprobar cómo una patata mohosa se puede convertir, con una música emocionante y unas bonitas puestas de sol, en un tocinillo de cielo.

Encontraréis otras reseñas y opiniones en La mesa cero del Blasco (CLICK), La originalidad perdida (CLICK) y Lo que pasa en mi cabeza (CLICK)

El cebo

El Cebo unmundoparacurraYo he visto, igual que vosotros, muchas películas que están basadas en libros. Lo que ya es más raro es encontrar un libro que esté basado en una película. No es lo normal. Y sin embargo, eso es El cebo, un libro de Tomás García Yebra, periodista y escritor del que ya os he hablado aquí hace unos meses.

El cebo es una película hispano suiza antigua, de finales de los años cincuenta, basada a su vez en una novela de Friedrich Dürrenmatt. Hay una versión muy posterior de la novela, El juramento, de Sean Penn con Jack Nicholson como protagonista, aunque tengo para mí que los llamados thriller espeluznaban mucho más cuando eran simplemente películas de miedo, en las que no hacía falta exhibir demasiada salsa de tomate para provocar desasosiego y pesadillas en el espectador.

En El cebo se cuenta el suceso terrorífico de los asesinatos de unas niñas en un pueblecillo, y el relato transcurre mientras se investigan los crímenes, para lo que sólo existe como pista el dibujo hecho por una de las víctimas. El asesino es un enfermo, un tarado que atrae a las niñas con engaños y que las mata con saña, en un escenario de bosques solitarios, de fríos desapacibles, en los que el viento azota las copas de los árboles y extiende rumores tenebrosos y susurros humanoides que te ponen los pelos de punta. Tomás García Yebra sitúa la trama en los años 60 de Las Navas del Marqués, pueblecito de Avila rodeado de pinares, en donde el alcalde, consciente de la falta de medios para investigar la atrocidad del primer asesinato, llama a su primo para que lo investigue. El primo del alcalde resulta ser hermano de Plinio, el policía de Tomelloso inventado por García Pavón. Y le sale un libro de misterio que intriga a cualquiera, y que para leerlo, lo mejor es tener bien engrasados los goznes de las puertas.

Pero además, para los que somos capaces de situar en el espacio los comercios, las calles y los parajes de Las Navas, el autor nos explica cómo era el pueblo entonces y nos hace reconocible lo que hoy sólo se puede evocar con recuerdos. Nos hace sonreír con algunos modismos que todavía se escuchan en las Navas. El «Te vas a venir a caer«, o el «No me calientes que te atalanto«, o ese «¡!» tan navero. Y nos hace reír con un pasaje desternillante en El arca de Noé, una tienda que ya no existe en la que vendían de todo, y en la que el investigador entra a comprar una radio y unas zapatillas (tenían de todo) y se le ocurre preguntar, con mucha retranca, si les quedan bolsos de cocodrilo y para su sorpresa le sacan uno…. Nos hace reír porque lo reconocemos, aunque me figuro que si no se conoce estos paisajes, yo creo que son igualmente deliciosos.

El libro tiene un final sorprendente, extraño. No sé si cinematográfico porque es precipitado o precipitado porque es cinematográfico. Pero en todo caso, ni se me ocurre contarlo aquí, porque sería una pena si lo quieren leer y pasar un rato muy agradable de intriga.

Léanlo.

Pib Pib Piiiiiiiiiiib

Leí ayer un artículo interesante en Expansión, firmado por Fernando del Pino Calvo-Sotelo, que reproduce en su blog y que les dejo enlazado (CLICK). En él se hace una reflexión interesante, como es la dificultad de la economía para medir la realidad, y lo inútil que es obsesionarse en seguir un indicador como el PIB, que es erróneo para medir el estado y evolución de la economía de un país.

Si no lo quieren leer yo se lo resumo. Supuestamente, el PIB mide la riqueza de un país. Supuestamente, porque no tiene en cuenta el endeudamiento, que puede campar a sus anchas. Y por otra parte, dentro del indicador vale lo mismo las inversiones de una empresa eficiente que el despilfarro de la administración. Es decir, la construcción de aeropuertos peatonales entra en el cálculo del PIB, y nos hace más ricos. El Plan E nos hizo más ricos, y una guerra es pelotuda para tener una excusa para reconstruir todo el país, con lo cual, la guerra nos enriquece a todos. Y el año pasado nos hablaban de la intención del INE (y de Eurostat) para incluir dentro de la contabilidad nacional la prostitución y el tráfico de drogas, para mejorar el indicador. Para corroborar la lejanía del indicador con la economía real, el autor pone este párrafo estremecedor:

Por ejemplo, desde el 2008 el PIB español sólo ha caído en total un 5% acumulativo. Sin embargo, en el mismo período de tiempo, tanto la producción industrial como las ventas al por menor han caído cerca del 30%, el paro ha pasado del 8% al 26%, la vivienda ha sufrido un colapso «oficial» del 25% y real de quizá el 40%, la deuda pública ha pasado del 36% al 90%, el sistema financiero está prácticamente quebrado… ¿Y el PIB sólo ha caído un 5%?

Hace unas semanas empecé a leer “Crear capacidades”, un libro de Martha C. Nussbaum, premio Príncipe de Asturias de Ciencias sociales 2012. Y el libro empezaba con una reflexión parecida, aunque después se desviaba a otros asuntos. Nussbaum nos habla del error que supone seguir un modelo de pensamiento según el cual el PIB es el único indicador macroeconómico de progreso de un país. China crece un 7%, y sin embargo allí no hay libertades públicas. India crece a unos niveles parecidos, y es un país que esconde enormes desigualdades. El PIB per cápita de Qatar triplica al de España, pero una mujer allí es un bicho, mientras que aquí la más pobre de las mujeres no teme que la pegue un guardia por entrar sola en un bar. Sin embargo, el FMI, el Banco Mundial, los organismos que crean y deciden políticas de desarrollo para los países, siguen el enfoque del PIB como medidor de desarrollo, cuando es un indicador desde luego insuficiente, cuando no muy mentiroso.

¿Por qué les cuento todo esto? Pues porque tengo una buena y una mala noticia. La buena es que no hace falta esperar a crecer un 2% para empezar a crear empleo. Y la mala es que se puede crecer un 2% y no crear empleo en absoluto. Así es que esto es como lo de la prima: constaten que no les afecta. Llegados a este punto, propongo usar el PIB para describir el estado de la economía manejándolo como una onomatopeya. Así, Pib-Pib-Pib muy rápido es que va super bien. Pib….Pib muy lento y lánguido es para una economía al ralentí.

Y para el caso de España, podemos hacer un prolongado Piiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiib, que se ajusta perfectamente a este primer aniversario rajoniano.

Lo que vio el perro y otras aventuras

Hace un par de semanas, fui a mi segunda librería preferida (la primera es la librería de una buena amiga), Lé, en el Paseo de la Castellana, a comprar mi agenda 2013. Cuando iba a pagar, me paré, como siempre, a mirar los pequeños libritos que tienen en el mostrador y que cumplen la misma función que los dispensadores de chicles de bola en los supermercados, mal comparado. Entonces vi una bonita edición de Taurus de «Eichmann y el holocausto» de Hannah Arendt, y, como los niños cuando pasan por la caja en el súper cuando van con sus mamás, piqué. Con la diferencia de que yo pago con mi tarjeta, y los niños, con la de sus madres.

Pero a lo que iba. Para mi sorpresa, cuando puse el librito de Arendt en el mostrador, la cajera me dijo que, al comprar ese libro, me regalaba otro. Y me dio a elegir entre tres. Uno era un libro para colorear, y le contesté que aunque aparento menos edad de la que tengo, de todos modos esa etapa de mi vida ya la había pasado. El segundo era uno de economía, se llamaba algo así como «toda la verdad sobre la crisis». Pensé que, si lo regalaban, igual no era el libro más adecuado para saber qué está pasando. ¿Y el tercero? El tercero se llamaba «Lo que vió el perro». «¿Pero va de perros?», pregunté. «No, hay un artículo que sí, pero el resto es como de divulgación, de temas variados…». Bueno, suspiré, pues póngame ese, el del perro. Llegué a mi casa divertida, porque si miran la foto, cualquiera podría pensar que el libro de regalo es el pequeñito, no el gordo…

Unos días después, cuando iba a desordenarlos, leí la cobertura del libro del perro. Hablaba del autor, un periodista de the New Yorker. El libro es una colección de ensayos sobre las cosas más curiosas y variadas que pueda uno suponer. Empecé por un articulo dedicado a César Millán, el encantador de perros, en donde cuenta que nosotros somos para los perros una especie de pelota de tenis gigante y en movimiento, que hay que darles disciplina, afecto y ejercicio, no solo afecto, y que no debemos humanizarlos, porque no son personas sino animales, y es así como se les debe educar: menos cuchi-cuchi y más «sh-sh, siéntate».

Pensaba dejarlo ahí, pero mirando el índice, vi otro ensayo que se llamaba «Colores reales. El tinte para el pelo y la historia oculta de los EEUU de postguerra». Y no es tanto la historia de las rubias, sino la batalla publicitaria entre Clairol y L’Oréal, la diferencia entre una rubia que compra un tinte atraída por el eslógan «¿Lo hace o no lo hace (teñirse)?» o compra otra marca «Porque yo lo valgo«. Y resulta que un antropólogo canadiense clasifica las rubias en seis tipologías: la explosiva (Mae west), la radiante (Doris Day), la descarada (Candice Bergen), la peligrosa (Sharon Stone), la sociable (C.Z. Guest) y la fría (Grace Kelly). Ya sólo queda encontrar a las que tengan dinero y, a ser posible, que les crezca la raíz muy rápidamente para vender mucho tinte (esto es una broma mía, el artículo tiene mucha más miga). Y luego seguí con el enigma del Ketchup («hoy en día hay docenas de mostazas, pero sólo un tipo de ketchup»). Y en otro me encontré por qué el inventor de la píldora, al intentar ajustarse a la doctrina de la Iglesia y al método de Ogino, dio por bueno que el número de reglas que tiene la mujer en la actualidad (unas 400 de media) es lo natural, cuando antes del siglo XIX, las mujeres tenían unas cien reglas de media en la vida, y cómo tal vez eso no sea lo mejor para la salud (con la píldora, nuestro cuerpo finge estar un poco embarazado, cuando es mejor para la salud no tener hijos fingiendo estar un poco menopáusica); el caso Enron y el exceso de información; la diferencia entre plagiar palabras viejas o ideas viejas, y cómo lo primero es perseguido, y lo segundo no; el perfil de un criminal, del delincuente, o qué es lo que nos indica una entrevista de trabajo…

Aunque hay dos artículos que me han gustado por encima del resto. En uno, el autor nos explica cómo hay problemas más fáciles de resolver que de gestionar. Y esto es porque nuestros gobernantes tratan de resolverlo como si la frecuencia del problema siguiera una distribución normal (gaussiana), y  no una curva más parecida a la de un palo de golf, en donde la densidad se concentra en un extremo. Un ejemplo de esto es que nos hacen pasar a todos los coches por un control de gases, cuando los que contaminan son pocos, y relativamente fáciles de localizar. El otro artículo que me ha encantado es el que cuenta cómo los gestores de fondos basan su estrategia de inversión en la baja probabilidad del desastre, es decir, ganar algo en condiciones normales y perder mucho en condiciones anormales. Y cómo Nassim Taleb demostró que la estrategia contraria (perder algo en condiciones normales y ganar mucho en condiciones anormales) puede ser una estrategia ganadora, porque «el no haber visto nunca un cisne negro no demuestra que no existan«, y finalmente, los gestores de fondos no tienen ni la más remota idea de lo que va a pasar.

Así es que como me he terminado el libro ayer, se lo cuento hoy. Además de distraerme, me ha venido estupendamente durante esta última semana, porque te cuenta esas cosas que, cuando las lees, te dejan un buen rato pensando. Y eso necesitaba yo: que me dejaran un buen rato pensando. De manera que si se lo regalan, cójanlo y léanlo. Lo pasarán bien.

Les pido perdón por la extensión del post, aunque verdaderamente, si han llegado hasta aquí, no creo ya que lo necesite.

PS: El libro es de Malcolm Gladwell y también lo edita Taurus, pero en una edición muy normalita.

84, Charing Cross Road

Helene Hanff fue una escritora americana sin demasiado éxito que inicia un intercambio de cartas con una pequeña librería de viejo inglesa, a principios de los años 50, recién terminada la 2ª Guerra Mundial cuando toda Europa pasaba por las penurias y la escasez de la postguerra. Terminó esta correspondencia a finales de los años 60, con los Beatles paseando su flequillo por el mundo y cuando en las neveras británicas un huevo de gallina o un poco de mantequilla habían dejado de ser un artículo de lujo.

Lo que empezó siendo una correspondencia comercial terminó siendo una relación emocional con los empleados que trabajaban en aquella pequeña librería, Marks & Co., en el número 84 de Charing Cross road. Y en particular con uno de los empleados, Frank Doel, típico inglés tímido, muy correcto, algo ceremonioso, pero que acaba estableciendo con la escritora una cálida relación  de amistad que trasciende al estricto intercambio de compra-venta de libros. Helene Hanff recopila, con ayuda de la viuda de Frank Doel, la correspondencia de esos veinte largos años y la publica, dándole formato de libro. Y eso es lo que nos hemos leído este mes para el Club de lectura 2.0 y lo que comentan en las reseñas de sus post Liviadru, Bicheo y Desgraciaíto (os dejo los enlaces sobre sus nombres).

Este libro es un clásico. Incluso, un libro de culto. Y aquí estaba yo, sin habérmelo leído, ya ven. Y ahora estoy la mar de contenta, porque ésta es una cosa que ya tengo hecha en la vida. Me quedaba por hacer la reseña, y me está costando un trabajo enorme, aunque por otras razones que no vienen al caso. Así es que tiraré de profesionalidad y haré un DAFO del libro a ver qué sale:

Debilidades: En el libro pasan cosas, sí, aunque más allá del pasar de la vida que se van contando unos a otros, buena parte del intercambio consiste en «He encontrado un maravilloso ejemplar del Compleat Angler de Walton a un precio de 2,25 dólares»; «Oh, es fantástico, ¿podría encontrarme algo de Tristram Shandy? Por cierto, les mando un paquete de huevos y algo de carne en conserva para que celebren la Navidad»; «Oh, recibimos la mantequilla, muchas gracias, le enviaré los clásicos Loeb y no se preocupe, que aun tiene en su cuenta un saldo positivo de 5 dólares…» En fin, la correspondencia real es lo que tiene, que uno no escribe pensando que le van a leer cinco o seis millones de personas.

Amenazas: No conocer ni uno solo de los libros que se citan, y tener complejo de ignorante supino…

Fuerzas: El carácter de los personajes, el descaro de Helene Hanff, la amabilidad de todos ellos, su generosidad, el saber que fueron reales. Son todos encantadores, todos te caen bien, incluso el sosainas de Frank Doel. El contraste entre el carácter abierto y lleno de sentido del humor de la americana y la contención y la flema de los ingleses. La intriga de si terminarán conociéndose en persona o no. Los avatares de la vida de todos ellos. El libro, en fin.

Oportunidades: Se lee en un par de tardes, porque es cortito.

Les dejo con una cita que me encantó. Helene envía comida a los empleados de la librería, cuando en Londres hay racionamientos, como regalo de Navidad, y éstos le envían a su vez un libro. Helene entonces escribe: «No me parece que este sea un intercambio de regalos de Navidad muy equitativo. Vosotros os comeréis el vuestro en una semana y antes del día de Año Nuevo os quedaréis sin nada. Yo, en cambio, conservaré el mío hasta el día que me muera… y moriré feliz sabiendo que lo dejo detrás para que algún otro lo aprecie…»

Si no lo han hecho aún, léanlo. No pierdan la oportunidad.

Conocer la diferencia

NEGRO: ¿Usted toma el metro cada día, profesor?
BLANCO: Sí
NEGRO: ¿Y qué piensa de esos pasajeros?
BLANCO: ¿Los pasajeros?
NEGRO: Sí
BLANCO: Procuro no pensar en ellos para nada
NEGRO: ¿Alguna vez les ha dirigido la palabra?
BLANCO: ¿Si les he dirigido la palabra?
NEGRO: Sí.
BLANCO: ¿Sobre qué?
NEGRO: Sobre cualquier cosa.
BLANCO: No, Dios me libre.
NEGRO: ¿Dios le libre?
BLANCO: Sí, Dios me libre.
NEGRO: ¿Alguna vez los ha insultado?
BLANCO: ¿Insultarlos?
NEGRO: Eso he dicho.
BLANCO: ¿Por qué iba a querer insultarlos?
NEGRO: Yo qué sé. ¿Sí o no?
BLANCO: Claro que no.
NEGRO: Me refiero sin que ellos le oigan.
BLANCO: No le entiendo.
NEGRO: Por lo bajini. Mentalmente. Para sus adentros.
BLANCO: ¿Por?
NEGRO: Qué sé yo. Pues porque le cortan el paso. O porque no le gusta la pinta que tienen. O cómo huelen. O lo que están haciendo.
BLANCO: Ah. Entonces soltaría algún reniego en voz baja.
NEGRO: Exacto.
BLANCO: Quizá sí.
NEGRO: ¿Y usted diría que lo hace muy a menudo?
BLANCO: No creo que tenga derecho a interrogarme ¿sabe?
NEGRO: Lo sé. ¿Muy a menudo?
BLANCO: Pues supongo que con cierta frecuencia.
NEGRO: Deme una cifra.
BLANCO: ¿Una cifra?
NEGRO: Sí, hombre. Pongamos en un día normal.
BLANCO: No tengo ni idea.
NEGRO: Venga, venga.
BLANCO: Una cifra.
NEGRO: Me van los números, ya sabe.
BLANCO: Dos o tres veces al día, calculo. Algo así. Creo.
NEGRO: Quizá más.
BLANCO: Sí, claro.
NEGRO: ¿Como cinco?
BLANCO: Es probable.
NEGRO: ¿Diez?
BLANCO: No. Eso ya sería demasiado.
NEGRO: Pero con cinco ya parece que vamos bien.
BLANCO: Sí.
NEGRO: Son mil ochocientas veinticinco. ¿Le importa que redondeemos a dos mil?
BLANCO: ¿Qué son? ¿Veces al año?
NEGRO: Sí señor.
BLANCO: ¿Dos mil? Son muchas.
NEGRO: Y que lo diga. Pero ¿la cifra es ajustada?
BLANCO: Supongo. ¿Y qué?
NEGRO: ¿Y qué? Mire, no voy a calcular la edad que tiene, pero tirando corto yo diría que lleva veinte años yendo y viniendo en tren, lo cual supone un total de cuarenta mil insultos contra tíos a los que ni siquiera conoce.
BLANCO: Ya. ¿Y?
NEGRO: No, nada. Era por si lo había pensado alguna vez. A lo mejor tiene que ver con la situación en la que acabó metiéndose.
BLANCO: Es sólo un síntoma de problemas más graves. No me gusta la gente.
NEGRO: Pero no les haría daño.
BLANCO: Claro que no.
NEGRO: Está convencido.
BLANCO: Pues claro que lo estoy. ¿Por qué iba a hacer daño a nadie?
NEGRO: No sé. ¿Y por qué pensaba hacérselo a usted?
BLANCO: No es lo mismo.
NEGRO: ¿Está seguro?
BLANCO: Yo no soy la gente y la gente no es yo. Conozco la diferencia.
NEGRO: Mm-mm.
 
Cormac McCarthy, El Sunset Limited

Marías

A mí me gusta mucho Javier Marías, y me parece un gran escritor. De él no he leído todo, pero sí un buen puñado de libros: Corazón tan blanco, Todas las almas, Mañana en la batalla piensa en mí, y la trilogía Tu rostro mañana, que me parece muy buen libro el primero, brillante el segundo y magnífico el tercero y, en conjunto, una obra maestra. También he leído Los enamoramientos, su último libro, y tengo que decir que no me parece ni de lejos lo mejor que ha escrito. Una frase suya acompaña a este blog desde que lo abrí, y la dice el protagonista de Todas las almas al principio del libro cuando le hacen ver, con elegancia, que la palabra papirotazo proviene del golpe que se pega en el papo, y no de la toba que se le da a un papiro para probar su resistencia, que es lo que él, un profesor de español en Oxford, se ha inventado en clase como respuesta a una pregunta sobre la etimología de la palabra.

De los libros que he leído de Marías me gusta su manera de imaginar las historias y de mantener el interés en la narración, y que se entretenga reflexionando y vaya recorriendo los pensamientos de unos personajes siempre muy bien dibujados. Creo que tiene una prosa formidable, hila muy bien las tramas y luego las cose con mucho cuidado sin dejar cabos sueltos y sin que nos parezca extraño todo lo que nos cuenta, porque sus historias nunca dejan de ser una novela aunque sus personajes transiten por nuestro tiempo y compongan una sociedad muy reconocible. Y son novelas con fondo, que abordan temas con interés que dan que pensar y discutir.

O sea que Marías me encanta, me parece un escritor maravilloso. De novelas, porque en sus artículos periodísticos reconozco que no le sigo más que cuando me lo encuentro. Sí que le he leído en alguna entrevista y me parece un tipo normal, con sus ideas, que las tiene por supuesto, pero sin ser ningún sectario, desde luego. Le sobra inteligencia, formación y buenas maneras para enfangarse, creo yo. Eso sí, como madridista lo mejor que podrían hacer es ponerle en una vitrina para decorar la sala de trofeos con un esparadrapo en la boca y la mano atada a la espalda para que no escriba tonterías…

La semana pasada, el Ministerio de la cosa le concedió el Premio Nacional de Narrativa y él lo rechazó, en mi opinión con amabilidad, agradeciendo la gentileza y tomándose el tiempo de explicar sus razones. También recordó que a su padre nunca le habían dado un premio Nacional, y que lo merecía más que él, algo que le honra tanto a él como a su padre pero sobre lo que yo no tengo una opinión formada, aunque si él lo dice llevará razón. Contó que siempre había manifestado que rechazaría cualquier premio oficial, y yo la verdad es que le alabo el gusto, por aquello de no mezclar las toallas con los trapos. Quiero suponer que el Ministerio también tendría sus razones (tanto para elegir a Marías, como para elegir una novela que no es la mejor que ha escrito), y sin embargo no han explicado por qué no conocían esto que no parece que fuera el secreto de la Cocacola, en especial para algo que se llama Ministerio de  «Cultura«, y por qué a nadie se le ocurrió pegarle antes un telefonazo para preguntar  y así no quedar compuestos y sin premiado. Francamente, este es un episodio que Marías se puede permitir, pero el Ministerio de Cultura no.

En fin, después de todo lo anterior diré que ni ese premio le hubiera convertido en mejor escritor ni el haberlo rechazado en peor. Y que de todos modos, aunque no lo haya recogido, se lo han concedido. Como dirían los franceses, bien joué, Marías, bien joué