Remar juntos

Qué bonito lo de remar juntos.

La imagen que se te viene a la cabeza de inmediato es deportiva. Bajo el cielo gris londinense, unos mozos bien configurados y mejor vestidos se montan en una trainera sobre el río Támesis para dirimir si ese año ganará Oxford o Cambridge. «Yo voy con Oxford» dice una, «yo voy con Cambridge», dice otra, mientras la emoción sube de tono cuando se da el pistoletazo de salida. Y de pronto, oh, la congoja. James, el lerdo, rema más despacio que los otros siete, mientras el timonel grita desesperado:

– ¡James! ¡James Withaker, escucha mi voz y sigue mi ritmo: uno, dos, uno, dos!

Pero James, que además de débil es más débil físicamente que los demás, no alcanza a llevar el ritmo de sus compañeros. Y la barca se va escorando, se va escorando, y ya no mantiene el rumbo certero que les conducirá a la victoria. Y los del equipo de la otra universidad les sacan un par de pulgadas, y luego un par de pies, luego un par de yardas, hasta que William Townsend, que rema detrás de James Withaker, le agarra por las axilas y, plaf, le tira por la borda.

Well done, dice el timonel, pero a ver qué hacemos ahora con uno menos.

Así que pierden de todos modos, con lo que se demuestra que hay decisiones radicales que no solucionan nada en la vida. En cuanto a James Withaker, la historia dice que se vio arrastrado por la corriente del rio y llegó al mar, y luego en el mar, nada que te nada, llegó a las costas de Boston y se alistó en las traineras de Harvard, en donde también logró que su barca perdiera, aunque por la razón contraria a la sucedida en Inglaterra: en el Atlántico había desarrollado su musculatura de tal forma que ahora era el remero más fuerte entre los ocho del equipo. Así es que, historia conocida, la barca escoraba y escoraba. Esta vez no le tiraron al agua, pero su aventura como remero terminó cuando, al llegar los segundos a la meta, Hugh Connelly, patrocinador de la regata y accionista de la Universidad, le hizo un contrato como Quarterback en el equipo de fútbol de Harvard.

Qué importante lo de remar juntos.

Hay otra imagen que se te viene a la cabeza, y es la de los condenados a galeras, atados al remo en situación de guerra para que no salieran corriendo a la primera embestida del barco enemigo. Esto se veía claramente en Ben Hur, no me lo estoy inventando yo, en todo caso se lo inventó William Wyler. Lo que pasa es que, tal y como se veía en la película, James Withaker no hubiera terminado en el agua, ni le hubieran quitado del remo por debilucho o por excesivamente fortachón. Porque en esas galeras iban un montón de remeros, así es que uno se puede escaquear de remar junto a los otros.

– ¡Boga de combate! ¡¡Boga de ataque!! ¡¡¡¡ BOGA DE ARIETE!!!!,

Y ya puede gritar el gordo calvo que lleva los bongos, y un remero (un antepasado de James Withaker, por ejemplo), puede fumarse un puro o no hacer fuerza, lo que viene a ser hacerse el longuis, que para eso están los otros remeros. Eso sí, algún latigazo se llevará. Pero ¿Qué es un latigazo comparado con que te tiren al agua en medio de una regata de lo más londinense?

La vida.

Mi semana

De los cinco días de la semana, dos no he comido, uno he comido a las 3 de la tarde, y otro he comido a toda velocidad un sandwich. Amigos, he llegado a la conclusión de que en esta vida, para comer sano, no sólo hay que organizarse: además, conviene ordenarse. El mejor orden es el secuencial, pero no siempre se puede imponer. A veces hay que tratar el orden por aspersión. La sensación tiene su aquel, no crean. Es como manejar ocho o nueve platillos a la vez girando en un palo y procurar que no se te caiga ninguno al suelo.

Pensaréis qué he comido el quinto día, que en realidad fue el segundo. Pues estuve comiendo con una buena amiga que se dedicó a contarme un nuevo proyecto sobre el que tiene dudas y ambiciones, miedos e ilusiones, y un montón de cosas que decir en voz alta. O sea, que necesitaba unas orejas. Y qué mejor que disfrutar de las mías, aunque a veces yo no soy el colmo de la condescendencia:

– Bueno ¿Y?

– Pues que… ¿Por qué pones esa cara, Carmen?

– No pongo cara de nada. Yo sólo te pregunto: ¿y?

– Ya… o sea, que il n’y a pas de sujet.

– Exacto. Pas de sujet.

– O sea, que me callo ya.

– No, no, no te calles. Simplemente, deja de pensar cosas raras, t’en fais pas.

Por el camino de la semana, me he topado también con tres horas de pre-coaching cañero, en el que he tenido que oir algunas apreciaciones que me dejaron sonada medio día, hasta que funcionó mi proverbial capacidad de resiliencia, que no es más que amor propio, un ego poco normal y ocho horas de sueño. Francamente, amigos míos, a todos nos gusta hablar de nosotros mismos, y yo diría que nuestra propia persona es el tema favorito de cualquier ser humano. Eso sí: con la condición de que elijamos los temas. Pero incluso eligiéndolos, todo tiene su cara y su cruz. Las personas directas pueden ser tachadas de insensibles, el rigor puede ser confundido con la intransigencia y la seguridad en uno mismo puede ser interpretado como arrogancia. Eso por no hablar de mi genio, algo que me viene de familia y que, por lo visto, se me sigue notando incluso en la represión consciente y la diplomacia entrenada. En fin, acepto que puedo entrenar más y que tengo todavía margen para reprimirme. Todo sea por los demás, que son quienes me sufren y a quienes en el fondo, me debo.

Así es que ha sido una semana de lo más interesante. Con decirles que por las tardes volvía a casa con Héroes del silencio a todo trapo en el coche para desahogarme, ya les digo todo. Y la semana que viene me esperan emociones fuertes y una fuerte emotividad (no, no es lo mismo y no lo repito más), porque iré a París a la soirée de despedida de mi más mejor jefe ever, que se jubila. Sé que se me escapará alguna lagrimita. Buenas son.

Ah, y luego cuatro días festivos. Eso es porque yo lo valgo, no hay duda.

 

Territorio oficinil

No les descubro nada nuevo si les cuento que los perros van haciendo pis un poco por todas partes para marcar su territorio. Lo hacen por la calle, pero no en las casas. Yo he tenido perros siempre (con la excepción de Benito, que era gato perruno), entre ellos un par de machos, y nunca se hicieron pis en casa. Bueno, tal vez Baxter sí, pero Baxter era un perro muy especial.

A lo que iba: que los perros marcan el territorio orinando. En las oficinas también hay algunos que van marcando el territorio. Es muy sutil. Hay muchas cosas sutiles en las oficinas, una semiótica que tiene que ver con el poder y que es como aquello de la pornografía, algo que no se puede describir pero que, en cuanto se ve, se sabe que es pornografía. La diferencia entre la semiótica del poder y la pornografía es que casi nadie repara en ella. Al menos conscientemente.

Pero hay más cosas, muy divertidas. Alrededor de ciertos proyectos se crean ecosistemas muy peculiares en los que te encuentras a muchísima gente que no pinta nada, pero que se mata por aparecer en el organigrama como jefe de algo. Cuando tú preguntas «Pero a ver ¿quién lleva esto?», te encuentras con que un fulano te dice que lo lleva otro fulano, pero que realmente quien lo lleva es él. ¿Y qué es eso? Pues eso es un perro orinando.

Hoy me ha pasado, sin embargo, algo realmente fascinante, y es que he citado a una persona a mi despacho y ha aparecido con su jefe. O mejor dicho: su jefe se ha colado en la reunión, a estas alturas no sé si para ayudar o para enterarse en directo de qué iba la vaina. A mí en el fondo me da igual: tengo un despacho muy grande y había sillas para todos. Pero la sensación era la de recibir a una folclórica con su madre.

Yo no quería verle al jefe, no estaba citado, y así se lo he dicho. También le he dicho que no tenía inconveniente en que se quedara, pero que no estaba interesada en lo que él me dijera, sino en lo que me pudiera decir su subordinado, que por cierto es muy simpático. Y en otra ocasión, cuando ha ido a contestar a una pregunta, le he dicho que prefería que me contestase el otro. En fin, una pesadez que me exige un esfuerzo extra de asertividad para lo que creo que no estoy dotada.

Creo recordar que en algún momento le he dicho que se fuera a mear a otro sitio, que para galones los míos. O tal vez no lo he dicho, pero lo he pensado. Qué pereza me dan estas cosas.

Publicado en Job

Mensajes automáticos

«Mensaje enviado con mi dispositivo móvil». Yo llevaba puesto ese mensaje automático, hace muchos años. En realidad, lo llevaba por puro descuido, aparte de que ni me había molestado en saber si se podía cambiar, cuando había reparado en ello. Por recordar, diría que era en 2006 ó como mucho 2007. Y fue mi amigo GV quien me devolvió uno de mis correos con esta mensaje (o parecido):

Vale, Carmen, pues quedamos como dices.

Ah, y por favor, quita eso de «mensaje enviado desde mi Blackberry». No aporta nada a la firma, porque lo lleva todo el mundo, ni al contenido del mensaje, porque me da igual si estás sentada en tu despacho, en una terminal de aeropuerto o tomándote un café en el bar. Por otra parte, indica que ni te has molestado en cambiarlo y que eres descuidada, o algo peor: que presumes de llevar Blackberry… Uf, quítalo.

Ya os podéis figurar que lo cambié inmediatamente, aunque me pasé media tarde trasteando con el cacharro aquel. Y también os podéis figurar cuáles fueron los argumentos que más pesaron en mi decisión. Aunque yo confío siempre ciegamente en los consejos de mi querido GV, y aunque me hubiera dicho simplemente «creo que lo deberías quitar», lo hubiera hecho sin hacer preguntas.

Esto no me lo creo ni yo.

Es raro ya ver este mensaje en las Blackberrys, aunque esta tarde he recibido uno de una compañera de la oficina con el mensaje de marras. No me había fijado hasta hoy, y me ha venido a la cabeza la anécdota para el post. Sin embargo, es muy frecuente verlo en los i-phones. Sobre todo en los i-phones. Me pregunto por qué, quiero decir, cuál de los argumentos de mi amigo GV es el más certero… Bah, supongo que es que la gente es muy descuidada.

Otra cosa son esos mensajes automáticos del e-mail que se ven en verano sobre todo. Me refiero a ése que dice, más o menos:

Estoy de vacaciones hasta el 15 de agosto. Si no quieres esperar hasta que llegue la Virgen y ardan fiestas en todos los pueblos de España, puedes llamarme al móvil, en el que por cierto recibo tus correos. Si ves que no te contesto, ni lo cojo, ni nada, y es urgente que te mueres, llama a mi secretaria, que ya verá si eso. Ah, y no te preocupes, que a ella sí que le cojo el teléfono. Pero vamos, que estoy de vacaciones.»

Pero este capítulo tal vez merece otro post. Haré una lista el próximo verano con los más divertidos que me vaya encontrando. Pero eso será, en todo caso, el próximo verano.

Mujeres directivas y cuotas

mujer-directiva-grafico1-gEl porcentaje de mujeres universitarias es del 60%; entre alumnos de postgrado es el 56%; el de empleo cualificado es 43%; el de directoras funcionales un 19%; el de consejos de administración es del 11%; en la alta dirección, el porcentaje de mujeres es del 8%; hay un 5% de mujeres en la presidencia de las grandes compañías.

Como dicen en un informe de Mc Kinsey, la situación de la mujer para llegar al top management no es un techo de cristal, sino que se parece más a una tubería hacia la cumbre en la que se van perdiendo efectivos en cada punto de transición. Por cierto, que en este mismo informe se afirma que las empresas con mujeres en su comité ejecutivo mejoran de media un 47% su ROE y el 55% el EBIT. A esto hay que añadir que el 80% de las decisiones de compra las toman las mujeres.

En 2010, después de algunos años dándole vueltas, la Comisión europea adoptó el Women charter con el objetivo de aumentar de una vez la presencia de la mujer en los puestos de responsabilidad de las empresas y lograr un mayor equilibrio en los puestos de toma de decisiones. Se elaboraron una serie de recomendaciones, se hicieron estudios, se debatió y en septiembre de 2010 se elaboró un plan de acción con el objetivo de alcanzar un 30% de presencia de la mujer en los consejos de administración en 2015 y un 40% en 2020. La decisión, entonces, fue dejar todo en manos de los países, cuya mayoría optó por la autoregulación, esto es, hacer una labor de sensibilización y una cierta presión hacia la publicación de códigos de gobierno corporativo y para la instauración de políticas destinadas a favorecer la presencia de mujeres en puestos de alta dirección, pero dejando que cada empresa hiciera lo que mejor le pareciera.

En el conjunto de la UE y entre las 600 mayores compañías europeas, el porcentaje de chairpersons que son mujeres en 2006 era de 3,7 y en 2012 es de 3,2. En los consejos de administración en Europa, en 2010 el porcentaje de mujeres era de 11,8% y en 2012 es de 13,7%, aunque cabe decir que los 10 puntos de crecimiento de Francia (con cuotas obligatorias bajo sanción en caso de incumplimiento desde enero de 2011) aportan, en el último año, casi un punto de crecimiento al total de Europa. Es decir, sin Francia estamos en el 12,9%, un crecimiento del 1,1 en dos años, menor que la media anual entre 2003 y 2010. En España estamos por debajo de la media, con un porcentaje que no llega al 11%. Esto en los consejos. Si nos vamos a la alta dirección de las empresas, el porcentaje de mujeres en 2011 estaba en un 8%.

Así están las cosas, es decir, los progresos son muy limitados y de hecho, ya se ha dejado de hablar de 2015 y se empieza a hablar de 2020… Como le gusta decir a una amiga mía, a este paso las mujeres no alcanzaremos ni el 30% de presencia en los consejos en 2020, aunque podemos aspirar al 20% en 2030…

Hace ya tiempo que las razones ideológicas se han quedado en el camino. El feminismo ideológico, eso que yo llamo el feminismo folckórico, se dedica a debates muy menores y muy vaginales que, por aspersión, contaminan los verdaderos asuntos de envergadura en los que una mayor participación de la mujer puede hacer progresar a toda la sociedad, y no sólo a las mujeres. Porque aquí hablamos de los puestos de poder real, de esos que de verdad hacen que las cosas cambien. Hoy en día, cada vez son más las asociaciones de mujeres directivas y empresariales, cada vez más mujeres altamente cualificadas, inteligentes, que han llegado al puesto que ocupan después de carreras muy difíciles, quienes reclaman  las cuotas en Europa, a la vista de los resultados de una autoregulación. La barrera es cultural y tiende a retroalimentarse, y en mi opinión, tiene poco que ver con la conciliación y con los hijos, porque hablamos en primer lugar de pocos puestos, además de retribuciones con las que una mujer se puede permitir tener ayudas privadas. Mujeres que defendemos la meritocracia y dejar a las empresas tomar sus propias decisiones y gestionarse como a ellas les parezca más oportuno con la menor intervención de los Estados, nos encontramos con que los números que aporta la autoregulación nos llevan la contraria con enorme terquedad: Hoy, como ayer, en caso de igualdad de méritos, se sigue eligiendo al hombre en porcentajes elevadísimos. Creo que esto es un hecho y cerrar los ojos no creo que lleve a ninguna parte.

Con los datos en la mano, estar en contra de las cuotas sólo responde a razones emocionales, me parece a mí. En España las cuotas se asocian a las Aido y a las Pajines, mujeres que no valían ni para fregar escaleras y que llegaron a ministras en virtud de las famosas cuotas y de una frivolidad que, en realidad, escondía altas dosis de paternalismo. Estas operaciones de imagen impostada son un bumerán que se vuelve en contra de nosotras, y se convierten en referencias altamente dañinas para las mujeres. Ya tienen los machistas irredentos algo que agradecerle a Zapi: que les dé razones, ya que nunca les dio la razón. Naturalmente, con estos antecedentes es normal que la sola mención  de las cuotas provoque sarpullidos entre las mujeres cualificadas, aquellas que se consideran preparadas y que no quieren ser asimiladas con esos ejemplos, ni mezclarse con el feminismo de pandereta y griterío. Y yo las entiendo, no crean que no. Es el lado oscuro de las cuotas, ése que coloca a mujeres irrelevantes para cubrir las apariencias. Sin embargo, cuando hay pasta de por medio, en la empresa privada, es muy raro – no diré que imposible, no – ver a floreros en puestos clave de las compañías, con cuota o sin ella. Tonterías, las justas. Así es que yo les pediría que se olvidaran por un momento de las miembras, que miraran las cifras que cito arriba con frialdad y que me den otra solución más rápida y más eficaz que las cuotas.

Hoy, en caso de igualdad de méritos, se elige a un hombre para un puesto directivo en la mayoría de las ocasiones. Es decir, hoy en día ya hay unas cuotas, no escritas, no reguladas, pero efectivas y que se basan en las mismas razones que la cuota femenina: se elige al directivo en razón de su sexo, pero porque es un hombre. Eso es también discriminación, aunque está escondida y se cifra a posteriori. Hoy, la cuota masculina en la alta dirección es del 85-90%, y cabría preguntarse, no si nos parece más justo (aunque también) sino sobre todo si nos parece realista mirando nuestra sociedad actual. Hoy, en los puestos de alta dirección y en los consejos, ni todos los hombres son más valiosos que muchas mujeres ni todos están mejor preparados. Sí cabe esperar que el porcentaje de idiotas sea muy superior al de las mujeres, aunque sólo sea por lógica estadística. La llegada de las mujeres aumentará la competencia, y aunque sólo sea por eso, desalojará a mucho inútil en esos puestos directivos.

Las razones de esta situación son muchas y muy variadas, pero no hay que buscar las penas en la conciliación. Las razones que culpan a las responsabilidades familiares del famoso techo de cristal pierden fuelle en favor de otras que tienen más que ver con un ecosistema empresarial que promueve al hombre por razones de tradición, colegueo y pereza mental. Al menos eso es lo que dicen los que saben de esto, que son ni más ni menos que los propios directivos y directivas.

A mí las cuotas no me gustan y desde luego, preferiría que la autoregulación funcionara, pero el caso reciente de Francia, que siguiendo los pasos de Noruega, ha logrado doblar las cifras en solo un año, me hace pensar que no son una mala solución para que cambie el panorama. Porque no se trata de romper el famoso techo de cristal, sino de romperlo más rápido, o al menos no con este ritmo tan terriblemente lento que impone la autoregulación. Unas cuotas hasta alcanzar un porcentaje que nos permita olvidarnos de los porcentajes, que deje atrás eso de «le han puesto porque es un hombre/una mujer». Y es que de algún modo habrá que cambiar las cosas, y hoy, pidiéndolo por favor y por las buenas, no parece que valga.

Por si os interesa el tema, os dejo algunos informes muy interesantes que tal vez os ayuden a reflexionar.

Women Matters 2013, McKinsey

Eurobarometer: Women in decision – making position

 PwC: la mujer directiva en España

Qué seria me he puesto y qué largo me ha salido…

Fotos en Linkedin

No sé si antes de Linkedin todo era más fácil. Probablemente no, pero sin duda se enteraba menos gente, mientras que en Linkedin te ve todo el mundo. Me refiero a la foto que decides adjuntar cuando te presentas como profesional, ya sea en un curriculum o en la intranet de la oficina. Linkedin es una red básicamente profesional, en donde cada uno se muestra de verdad, es decir, sin nicks extraños y sin ocultar su identidad. Dicho esto, también diré que la identidad (es decir, nombre, apellidos y edad) es casi lo único verdadero que se pone en esta red. Yo diría que es básicamente una red de Directores de algo. Pero esto es como el jamón de Jabugo: es imposible que haya tanto cerdo en Huelva como para abastecer a tanto restaurante. Pero en fin, dejo para otro día la inflación curricular, para hablar de las fotos que la gente pone, que me parece a mí que no es algo que se cuide.

Es raro encontrarse con fotos profesionales, o sea, esas fotos que te hacen expresamente para aparecer en una memoria de actividad o para enviar a la prensa. Esas fotos se notan de lejos, y expresan a partes iguales lo que es el individuo y la empresa en la que trabaja. Pero esas son las menos. Las más son de otra variedad…

Hay quien cuelga la foto del carnet de identidad. Esto suele ser un error, porque la mayoría de las veces apareces con cara de susto o de delincuente, por no hablar de que, a ver ¿De verdad que no tienes otra foto para poner en Linkedin? ¿En serio que ésa es la foto en la que mejor estás? Aunque casi es peor no poner ninguna foto. En este caso, la impresión que dejas es que te has abierto una cuenta porque alguien te lo ha dicho, pero no tienes ni zorra de lo que estás haciendo ni para qué. Y que yo, que te estoy consultando, te importo muy poco. Eso, o que ni siquiera tienes papeles, o que eres un tímido o que te avergüenzas de ti mismo, o que quieres ocultar algo. Nadie pensará que eres feo: simplemente, pensará algo mucho peor.

Los hay que deciden demostrarnos que son muy deportistas. Y ahí los tienes, esquiando (con gafas y gorro), o vestidos de montañeros, rodeados de cuerdas; o con el casco de la bicicleta, su pasión, o en un campo de fútbol, con camiseta. Incluso hay quien aparece con el torso desnudo, en una piscina, en el colmo del mal gusto. Creen que su imagen es de persona natural y deportista, pero les sale un churro muy poco serio. Sobre todo si metemos en este capítulo a los que van de auténticos, o sea, en camiseta, desarreglados y en el salón de su casa. Y a los que aparecen con gafas de sol, muy guays ellos, ahí están tapándose la mirada (hay que ser muy cretino para hacer esto en una red que se supone profesional). En fin, otro churro.

Luego también está el sector nocturno, entre los que incluyo a los gastrónomos. Claramente están en una fiesta y no se ve, pero en la mano llevaban una copa. O están en el restaurante, y ni siquiera están mirando a la cámara (¿miran el filete del plato?). Salen de algún sitio, o están en algún sarao, y se nota por la luz y por los brillos de la cara, incluso por el flash, que les ha dejado los ojos rojos (esto entra en la categoría de inaceptable). A veces, la celebración es familiar y están en una casa. Y no puedes por menos que imaginarte el contexto. Tela. Estas fotos son las típicas de «huy, iba monísima en aquella boda y voy a poner la foto para que la vea todo el mundo«. Siempre son fotos recortadas, aprovechadas para Linkedin, y normalmente es gente que da muchísima pereza.

Dejo en un apartado propio a los que salen con niños, se supone que sus hijos. Salir con niños en una foto profesional creo que sólo se lo pueden permitir los que trabajen con niños. Si no, me parece ñoño y fuera de lugar, aparte de que indica una dependencia del monotema «críos» que puede convertir el rato del café en un infierno. Y curiosamente, se encuentran más hombres luciendo retoños que mujeres. Un horror muy propio de gente plasta.

Ya termino con los que se hacen una foto a sí mismos, y no precisamente lo que se interpreta como un selfie. No, no: son los que han usado el photo booth, o la webcam del ordenador. Se nota porque la pose de los brazos es como si les escocieran los sobaquillos. Eso si no están en un cibercafé y se ve a un pelos por detrás en otro ordenador. O están en su casa, bien pegados a la pared de gotelet, una cortina verde a la derecha, autofusilándose con la cámara torpeflash. Si haces algo de esto, eres un cutre.

Hay mucho despropósito en Linkedin, aunque gracias a él, te pasas un rato de lo más distraído mirando si la foto está pensada o no, y si, estando pensada, quieren transmitir algo o simplemente han puesto una foto en donde están guapos. ¿De cuerpo entero o sólo la cara? ¿En un estudio o con un fondo de jardín, o de cielo, o de despacho? ¿Mirando a cámara o hablando en un acto público? ¿con chaqueta o sin ella?¿Corbata, pañuelo?¿Sonriendo o serio? Todo un mundo, y ese mundo te dice muchas cosas. Es como en Twitter, que alguien me dijo una vez «si quieres saber cómo es un tuitero, no mires sus últimos tuits, sino las fotos que cuelga». Pues esto es igual: la foto elegida dice mucho de ti. No por la foto, sino por la elección.

No es ninguna tontería esto. Desde luego, Linkedin vale para lo que vale, pero cualquiera que mire tu cuenta, antes de empezar a leer cómo produces impuestos, mirará tu foto, y esa impresión hay que controlarla. Yo creo que aparecer guapo es menos importante que parecer limpio, que para parecer simpático no hay que adornarse con fotos de situación, y que la confianza está en la mirada, no en la sonrisa. Linkedin no es Facebook, aunque parece que hay quien lo confunde.

¿Y tú? ¿estás en Linkedin? ¿Qué dice tu foto?

 

#LOLPD

#LOLPD-unmundoparacurra

He estado leyéndome en estos días un trabajo muy divertido sobre los disparates que se hacen y dicen en nombre de la Ley Orgánica de Protección de Datos. Se trata de un trabajo al que le faltan unas cuantas horas para maquetarlo con un poco de arte y sobre todo, para corregir, pulir y eliminar todos los gazapos que se han colado en una escritura que, me consta, ha sido muy rápida. Y me consta porque conozco bien a uno de los autores, que tiene escrito un libro mucho más serio y sesudo sobre la dichosa ley de protección de datos. Este trabajo se llama «#LOLPD, aventuras, desventuras y patadas a la LOPD». LOLPD es un juego de palabras con LOL (lots of laughs, algo así como «me parto») y LOPD, y que, compuesto como un hastag, permite rastrear las perlas que van publicando en Twitter un grupo de abogados especializados en el tema. Incluso tienen los «premios LOLPD», y deben de estar muy reñidos, porque los disparates dan de sí para varios concursos…

Yo ni soy abogada, ni conozco la LOPD más allá de las cuatro o cinco cuestiones básicas, entre otras razones porque cuando me he topado con ella, que ha sido más de una vez (y más de dos) en la vida, he llamado al co-autor del que les hablo para que me resolviera el asunto que se tratara. Sin embargo, y sin saber de leyes, las anécdotas que recogen en este trabajo son de traca y están al alcance de cualquiera. Hay para todos y de todos los pelajes, desde luego empezando por particulares y empresas privadas. Por ejemplo, el caso de una constructora que se declara «Miembro de la LOPD» (¿Qué será eso de ser miembro de una ley?) o ese particular que se negaba a dar la matrícula del coche que le estaba comprando otro particular amparándose en la ley de protección de datos (¡LOL!).

Pero cuando la cosa se pone realmente divertida (todo sea no indignarse), es cuando empiezan a mostrarnos a los periodistas y políticos en todo el esplendor de su ignorancia. Los unos porque no comprueban los disparates que dicen los otros, y los otros porque no conocen ni la ley, ni para lo que sirve, ni, sobre todo, para lo que no sirve. Y así nos encontramos con un gobierno que se niega a dar cuenta de las deudas de los clubes de fútbol o un ministro que no da la lista de los integrantes de una Comisión Oficial porque «se lo impide la ley de protección de datos». O aquel que confunde el nombre de la Ley y le llama en el Parlamento Ley Oficial de Protección de datos o ya, en el colmo, cuando pretenden ampararse en el artículo 95 de una ley que sólo tiene 49…

En fin, es muy de agradecer el trabajo de recopilación, porque si no se recogieran estos disparates, pasarían las más de las veces, por no decir todas, completamente inadvertidos. Y por otra parte, no me hubiera imaginado yo que me iba a reír leyendo 70 páginas dedicadas a una ley. Pero es que en realidad, este trabajo no trata de una ley, sino de lo que hace con nosotros la ignorancia, esa señora tan osada.

PS: Si les interesa, se lo pueden descargar gratis AQUÍ (CLIC)

Indicador de personalidad

mtbi1El martes pasado fui a una formación de MBTI. Esto es un indicador de personalidad que se basa en tus preferencias, y mide cuatro rasgos para determinar los comportamientos con los que te sientes más cómodo. Esto no significa que no puedas adaptarte, sino de saber en qué situaciones vas a tener que gastar una mayor energía. Nos ponían el ejemplo de escribir con la zurda si eres diestro. Con entrenamiento, puedes llegar a escribir bien con las dos manos, pero tu preferencia siempre será la misma. O sea, que tú puedes mejorar tus habilidades, pero no puedes cambiar tus preferencias.

En realidad, esto del MBTI ya lo había hecho yo. Esto y los Insights, también interesantísimo, aunque de eso ya les hablaré otro día. Y es que hace unos años, unas compañeras de Recursos Humanos se iban a certificar, necesitaban una cobaya y me llamaron. Lo que hace la confianza, porque no creo, desde luego, que pensaran que yo era un caso raro y difícil de estudiar. En todo caso, fue una mañana muy divertida. Imaginen que dos buenas compañeras primero te hacen un test y luego discuten contigo lo que ellas habían supuesto sin test de por medio, que es la diferencia entre lo que eres y lo que puedes llegar a parecer. Este año, han vuelto a poner la formación, que en el fondo no es una formación, sino un medio que te dan para conocerte mejor comprender algo más las motivaciones y las reacciones tuyas y de los otros, y asi tener la oportunidad de vivir la vida con menos sobresaltos y sobre todo, con mejor rollo. Cuando llegué el martes, pensando que se trataba de otra cosa (algo de conexiones neurológicas), al decir que esto de MBTI yo ya lo había hecho y que por qué me habían apuntado, tuve que escuchar esto de boca de una de las que me habían diseccionado hace cuatro años:

Carmen, lo de las conexiones neurológicas, como tú dices, fue el mes pasado y no viniste. Y esta del MBTI me dijiste que te apetecía un montón porque no te acordabas, y que te apuntara. O sea, que harías como haces siempre: hacer que escuchas, ir y volver a la luna, decir que sí para que te dejen en paz y luego ponerte a pensar en otra cosa. Que ya nos vamos conociendo…

Esto es falso, pero a lo que iba. El test como les decía mide cuatro cosas, que son las que están en la ilustración de arriba: dónde enfocas tu atención y tu energía (E: extraversión o I: introversión), cómo prefieres obtener la información (S: sensación- realidad o N: intuición), cuál es tu proceso preferido para tomar decisiones (T: pensamiento o F: sentimiento) y finalmente, qué estilo de vida prefieres (J: organizada o P: espontánea). Combinando los cuatro rasgos, obtienes 16 combinaciones: ESTP, o INFJ, y así. Luego, cada rasgo es más o menos acusado, y la formación consiste en conocer cada caso y ver cómo eres en situación relajada y, sobre todo, lo que te pasa cuando te estresas, que es el horror en todos los casos. Y todo esto combinado con la gestión de equipos, que no saben ustedes la de peligros que hay.

En fin, después de todo este rollo, os diré que yo obtuve también, sin sorpresas por mi parte, mis cuatro letras. Eso sí, la gran mayoría encontró mis rasgos como verdaderamente inesperados, en especial uno de ellos. Algo como «huy, yo hubiera jurado que tú eras zurda…«. Bueno, es la diferencia entre las preferencias y las habilidades…

Y yo me pregunto dónde me colocaríais vosotros sólo por leerme en el blog. Supongo que también os llevaríais una sorpresa. O tal vez no, porque escribir es un ejercicio, en el fondo, muy íntimo.

Os dejo para que os divirtáis un rato.

PS: Los cuadros que veis en este post los he obtenido del blog coaching para emprendedores

mbti

Ideas descabelladas

– Te noto enfadado.

– Enfadado es poco. Hay días que cuelgas el teléfono y decides dedicar un par de minutos a tener ensoñaciones. Te ves al mando de un pelotón de fusilamiento… ¡Apunten… Fuego!

– Demasiado rápido lo del fusilamiento. Mejor el garrote, para que sufra.

– No te creas. El garrote bien hecho es muy rápido. Lo que pasa es que si el verdugo era un torpe, lo echaba todo a perder. El garrote tiene su técnica. Y parece limpio, aunque como limpito, la horca, sin duda.

– Sí, pero la horca es muy humillante. En general, la pena de muerte para los delincuentes comunes son humillantes, el verdugo no le ve la cara al reo.

– Ya, pero son más limpias. Mira la inyección letal, la cámara de gas, la silla eléctrica… Quiero decir, que no hay sangre. Si exceptuamos el hacha, o la guillotina, que es la industrialización del hacha. Muy francés, esto de la industrialización. Y muy práctico, ahora que lo pienso…

– Y supongo que descartas las barbaridades de la Antigüedad. La crucifixión, el empalamiento, la hoguera, el descuartizamiento…

– Sí, sí, claro, qué horror. Y qué despilfarro. No, el fusilamiento me va bien. Y si acaso, una pistola, que le aporta movilidad. La pistola es como la Blackberry del fusilamiento.

– No sé yo. Le falta un punto de romanticismo.

– ¿A la Blackberry?

– No, a la pistola. Aunque te advierto que le tiras a uno la Blackberry a la cabeza y, si le das certero, te lo llevas por delante.

– ¿Tirarle la Blackberry a la cabeza? Eso no puede ser un asesinato más sórdido.

– ¿ Y qué quieres? ¿Usar la espada?

– No, no merecen la espada, es demasiado noble. Pero habría un término medio entre clavarle una espada a lo samurai y tirarle una Blackberry de mierda a la coronilla.

– ¿Y el descabello? Mira, según están en la mesa de reunión, les echas un papel y cuando agachan la cabeza para mirarlo, te levantas y zas, en todo lo alto.

–  Hum… bonito sí es. Aunque hay que tener altura, y además, no sé yo si la postura no me terminaría delatando y algún pelota me pararía antes. Y por otro lado, un descabello no indica odio repentino, no podría alegar homicidio ni ofuscación transitoria. Eso por no hablar de la puntería…

– Bueno, siempre podrás recurrir al cachete.

– ¿Un cachete? Pero vamos a ver: si estoy pensando en fusilarlos, como poco se merecen un par de hostias. ¡Un cachete…!

– …El cachete… la cachetilla que dicen en mi pueblo… la puntilla…

Irrecuperable

Dice mi amiga MeripeinsP que hay tres cosas que no se pueden recuperar: La palabra dada, la flecha lanzada y la oportunidad perdida.

Hoy en día hay una cuarta: el mail enviado.

No sé yo si en términos de dificultad todos los casos son similares, y no sé tampoco si cada persona requiere el mismo esfuerzo para encontrarse delante de estos casos irrecuperables. Quiero decir que a mí me cuesta dar mi palabra, porque luego tiendo a cumplirla – ya se sabe que la credibilidad es como la virginidad, que se pierde sólo una vez – pero si me pusiera a lanzar una flecha, seguro que no saldría disparada, sino que más bien se caería con languidez al suelo, haciendo «pof». O tal vez no haría «pof», pero lo parecería. En cuanto a la oportunidad perdida, es cierto que éstas sólo se reconocen a posteriori, no como las anteriores, para las que existe una conciencia previa, una decisión. También es verdad que el imbécil pierde más oportunidades que el inteligente, y más el envidioso que el generoso. Pero lo normal es que tengas una oportunidad en la mano y o bien porque la dejes escapar, o porque pases de lado, sólo te darás cuenta cuando por fin reconoces la otra alternativa, ese pudo ser y no fue tan fastidioso.

¿Y la cuarta? Pues el mail enviado que ya no tiene remedio puede ser producto de un acto voluntario o de una equivocación. Resulta que tu mejor amigo se llama igual que tu cliente, o tal vez no te has dado cuenta de que ése al que llamas memo estaba en copia y tú clicaste en responder a todos, o quizá no reparas en que al final del mail encadenado hay uno con los precios que no querías mostrar.

De lo que estoy completamente segura es de la diferencia que hay en la frecuencia con la que se presenta lo irrecuperable en tu vida. No te pasas todo el día dando tu palabra, porque entonces ésta pierde su valor. La oportunidad perdida tampoco es muy frecuente, aunque sólo sea porque ni te das cuenta muchas veces de lo que pudo ser. Y sobre la flecha ya me dirán cuándo practican vds con el arco…

¿Pero el mail enviado? ¿¿EL MAIL ENVIADO?? Por Dios, qué pesadilla…

A MPP, por la inspiración