Puntualidad

– ¿ Te parece bien el Café Oliver, que hace mucho que no vamos?

– Vale ¿A qué hora?

– Entre dos y dos y cuarto

– Muy bien.

14:07 horas

– ¡ Hola! ¿Qué tal? (…) No esperaba que estuvieras ya sentado, con una copa de vino a medias y todo…

– ¡No pienso darte argumentos para un post! La última vez que vinimos aquí me retrasé un poquillo y me cayó la del pulpo en tu blog. Así que lo he recordado y he llegado a menos diez.

– Fueron los comentarios, no el post, que iba lleno de cariño y amor verdadero. Verás, en un blog la gente es libre de decir lo que quiera. Yo traté de quitarle hierro, pero, chico ¿no esperarías que se solidarizaran contigo?

– No veo por qué no. Si me conocieran no tengo la menor duda de que se pondrían de mi parte. Y si te conocieran a ti, también se pondrían de mi parte, no creas. Pero lo dicho, que no pienso darte el post hecho. Invéntate tú tus propias historias. ¡Pues ni que yo fuera un hombre objeto!

– Bueno, bueno, está bien. Te garantizo que no volveré a escribir sobre tu impuntualidad. ¿Qué tal es ese vino? Supongo que en 17 minutos habrás tenido tiempo de hacerte una idea…

Para GV. Con una sonrisa (malvada).

De compras

La operación compra de bikini de este año ha resultado un poco menos traumática que en años anteriores, aunque con resultados similares. El dos piezas no ha logrado superar el veto implacable del espejo, que me devolvía una imagen de mí misma algo desparramada, y yo siempre he asociado la seguridad con la firmeza. También en el carácter. Así es que me he sometido dócilmente a la enorme capacidad de recogimiento que aporta el enterizo, sin menoscabo de su practicidad y discreción.

Una vez dicha esta tontería, paso a describir los colores a los que me he abandonado. He optado por un alegre estampado de florecillas rojas sobre fondo blanco y un mucho más austero aunque poderoso morado que combinará estupendamente con el color de mi piel, si bien para que esto suceda deberemos esperar todavía par de semanas. Con todo, se trata de una elección no desprovista de riesgos, porque sepan vds que, en materia de tonos, mi piel alterna tres: el amarillento del invierno, el negruzco del verano y el verdoso del entretanto. También paso unos tres días al año moteada en blanco, pero es debido a que me escamo cuando la humedad costera se trastoca en sequedad mesetaria. No se inquieten, que se puede arreglar con una buena scrub cream. Y a malas, la recia esponja de crin siempre es una garantía de éxito. En lo que respecta al color rojizo, puedo llegar a sufrirlo momentáneamente a principios de temporada. Y sobre el atractivo doradito… bien, he de reconocer que ese es un color que mi piel no ha conocido jamás. Jamás es nunca, por si acaso les asalta alguna duda.

Y estas son todas las bobadas que se me han ocurrido hoy, miércoles 20 de Julio. Mañana será otro (menudo) día. 

Kun también es nombre de perro

Hace mucho que no escribo de fútbol. También es que ahora es tontería, porque no se habla de fútbol, sino de fichajes. Si hay uno que me tiene en vilo es el del Kun Agüero, que como todos Vds saben es un excelente jugador del Atlético de Madrid. Les explicaré por qué.

Tengo un buen amigo atlético cuyo perro, blanquito, muy simpático, una monada, se llama Kun. Cuando me lo enseñó, hace un par de años, le pregunté qué iba a hacer si el Kun se venía al Real Madrid. Me miró como diciendo «tú flipas«, pero no se pensó mucho la respuesta:

– Si el Kun se va al Madrid, yo le cambio de nombre al perro.

– Hombre, pues precisamente no deberías, porque ya es blanco…

Cambió la mirada de «tú flipas» por la de «tú-estás-a-punto-de-que-yo-te-eche-de-mi-casa«. Pero se recompuso y me dijo sonriendo: tú flipas

El, lógicamente, no quiere que el Kun fiche por el Madrid por razones deportivas y sentimentales. Pero estoy casi segura de que su esposa e hijos si no quieren es por razones más prácticas: cualquiera se acostumbra a llamarle al perro de otro modo delante del jefe de familia. Porque me figuro yo que, a solas, le seguirán llamando Kun entre otras razones para que el perro obedezca de vez en cuando. 

Y aquí estamos. Yo deseando que el Kun Agüero se venga al Madrid y una familia entera pendiente de cambiar de nombre al perro. En cuanto a Kun, vive ajeno al mercado de fichajes pero corre un riesgo alto de volverse tarumba a partir de agosto. Con todo, hay algo que me hace estar tranquila:  el Atleti  ha traspasado a Ujfalusi al Galatasaray…

Lunes tontorrón

Hoy he empezado el día interviniendo en una reunión sobre nuevas tendencias de consumo y redes sociales… poniendo el foco en el poder adquisitivo de los ancianos. A mitad de mi razonamiento me he dado cuenta de lo inoportuno de mi comentario, he tratado de rectificar y lo he empeorado.  He quedado fatal. No. He quedado horrible.

Eso por hablar.

Al mediodía y por casualidad me he encontrado con mi jefe que me ha pedido, como de pasada, que formalice la rectificación de la base presupuestaria de un proyecto que no he realizado yo (ni el proyecto, ni el presupuesto, ni, por supuesto, la rectificación). Me he pasado la tarde rebuscando entre aparatosas hojas de cálculo, inacabables actas y procelosas presentaciones. 

Eso por callarme.

Hay lunes que valdría la pena darse dos duchas en vez de una. 

De pedigrís y muelles en las patas

Se hace eco Babunita, en una entrada reciente, de una extraña raza de perros, el Labrahuahua, un cruce entre labrador y chihuahua. La entrada me recordó por un momento a Curra, que sin ser un labrahuahua – en todo caso sería un chuchogolden – sí es una mezcla extraña y difícil de comprender, conociendo a sus padres.

 Gilda, la madre de Curra, es la preciosa Golden Retriever a quienes vds pueden ver a su izquierda. No tuvo síntomas de embarazo, salvo por que se la veía algo cansadilla y apática. Hasta que un buen día su amo la llevó al veterinario, preocupado al ver que ni comer podía. En la clínica le dijeron que no era grave en absoluto: en cuanto pariera, se le pasarían todos los males. La sorpresa fue mayúscula, ya se pueden imaginar, puesto que Gilda no era ninguna golfa, no se le conocían novios y no la dejaban suelta por el mundo (ni por la urbanización). ¿Preñada?

– Pues sí, aquí los tiene: dos cachorrillos.

 

Lo cierto es que en la casa también vivía Benjamín, a quien vds. pueden ver a su derecha. El bueno de Benjamín era un pastorcillo de aguas, recogido de un paraje abandonado de los campos oscenses, de padre sospechado y madre desconocida, simpaticón, cariñoso, un saltarín con muelles en las patas, canijo y feo como un demonio. La dueña de Gilda, sintiendo lástima ante el desamparo del pobre chucho, lo recogió y lo acogió caritativamente y sin cuidado, pensando que aquel enano no podría montar a la princesa Gilda ni en el mejor de sus sueños, entre otras razones porque Gilda le podría haber comido de un solo bocado al menor atrevimiento, a poco que entreabriera las fauces. Tan es así, que las frecuentes escapadas del golfo de Benjamín se achacaban no tanto a sus orígenes montaraces como a sus elementales necesidades de desahogo, porque con aquel bellezón en casa el pobrecillo se limitaba a silbar y dar palmas mientras Gilda meneaba su preciosa cola delante de él al ritmo de Put the blame on Mame (boy!).

El caso es que, tras la estupefacción inicial, y sin dar del todo crédito a aquel cruce inaudito, la dueña de Gilda y de Benjamín empezó a buscar amo entre sus amigos conocidos, para no perder de vista las evoluciones del único cachorro que sobrevivió al parto y poder tener alguna pista cierta sobre el conquistador de la despistada reina perruna. Por aquel entonces, Benito, mi gato, había “passed away” después de una larga enfermedad y yo buscaba perro con cierta urgencia. Perro pequeño. No sé cómo, pero me convenció:

–   Un perro grande es más simpático. Los pequeños tienen muy malas pulgas. Y Gilda es una preciosidad.

–    Ya, pero ¿Quién es el padre? ¿No será Benjamín???

–  ¡ Nooooo! Es imposible. ¿Has visto el tamaño de Benjamín? Es imposible, Carmen, imposible. De todos modos, Benjamín es muy simpático…

–    Te recuerdo, querida, que TÚ le llamas “la hiena”…  Y además, es un golfo. Insisto: ¿ No será Benjamín? 

–    Noooo. Mira, lo más probable es que sea otro labrador que hay en la urbanización, tú no te preocupes…

Mientras Curra crecía, mi madre, a quien yo le había enseñado la foto de Benjamín, buscaba alguna seguridad genealógica ante el incierto, pero inevitable desarrollo de Curra: Hijahoy me han dicho que tal vez el padre es un pointer; un bretón; un collie; un pastor aleman; un dogo del Pirineo… Cualquier cosa. Finalmente, en casa entendemos de perros lo mismo que de cuadros: son bonitos y nos gustan, o no son bonitos y no nos gustan.

Un año después fui con Curra a casa de la dueña de Gilda, para que viera lo guapetona que había crecido aquel cachorrillo que me dio.

Al bajar del coche, Curra se puso a corretear y a dar saltos por el jardín. El dueño de Gilda salió entonces de la casa. Al verla, él no tuvo dudas: fíjate qué saltos da, también tiene muelles en las patas

PS: Hoy les cuento esto porque hay un nuevo habitante en la familia que se llama Gus, y del que les hablaré en cuanto me sea presentado.

Bostezo

Me voy a casa. Salgo al descansillo. Llamo al ascensor. El ascensor llega. Se abren las puertas.

¡Ding!

Dentro, un tipo al que sólo conozco de vista. Trabaja en la otra empresa que habita el edificio. El tipo está bostezando aparatosamente. Al verme, se pone la mano en la boca, y me dice:

– Ouauouf… ups, pardon

– Je vous en prie…

Que en francés significa «se lo ruego», pero que es la forma educada de decir «no importa, no pasa nada». La conversación que ha seguido no es muy típica de un ascensor, aunque sí de un fin de jornada de miércoles:

– Ah, no sabía que vd era francesa

– Y no lo soy, soy española

– ¿ Y como ha sabido que yo soy francés?

– Me ha parecido verle soñar en ese idioma. 

– Bueno, eso es algo que ya casi no me puedo permitir.

– Pues yo tengo días en que eso es algo que casi no puedo evitar.

– Eso fatiga

– Sí, eso fatiga

Y nos hemos deseado una bonne soirée, y así nos hemos ido, cada mochuelo a su olivo.

Les cheveux en bataille

Siempre que mi jefe me saca de quicio – da igual el jefe, un jefe – acabo en la peluquería (o paseando la Visa). Pero no siempre que acabo en la peluquería es porque he tenido pelotera con el jefe. Ayer, por ejemplo, una reunión sobre control analítico de ingresos unitarios por centro de costes consolidados en cada sociedad participada me dejó sumida en el fondo de un oscuro complejo de inferioridad que me catapultó directa a la peluquería. En realidad, este tipo de cosas consiste simplemente en sumar, restar, partir la pera en dos y repartirla, pero las hojas de cálculo son de tal magnitud y los números tan chiquitines, que yo termino mareada y con el ánimo parecido al del gusanito de la pera. Decía mi tía Eulalia que lo malo no es encontrarte un gusano en una pera, sino encontrarte medio gusano, así es que os podeis imaginar lo que me cuesta recuperar el aliento después de reuniones así. Bueno, la cosa es que ayer estuve chez Vanessa, una morena racial y extrovertida que trata estupendamente mi pobre cabecita desdichada y llena de cheveux.

He llevado el pelo de muchas maneras a lo largo de mi vida. En una época lo llevé rapado casi al uno, hasta que un día, al volver de la peluquería, mi padre me abrió la puerta y, mirándome con estupor, me dijo:

–       Hija, a ver si dejas de hacer tonterías.

Conociéndome, lo normal es que hubiera vuelto al día siguiente y me hubiera afeitado la cabeza del todo, pero supongo que no se me ocurrió. En otra ocasión me hice la permanente y, Antonio, el jurista de la empresa, vino corriendo desde la otra punta de la oficina sólo para verme y sentenciar: «Tía, cógete la baja«. También he llevado durante mucho tiempo media melena, de niña formal, seria y fiable, si bien entonces me decían que tenía “les cheveaux en bataille”, se comprende que me veían el plumero por debajo de la melena. Y el pelo a lo garçon, o capeado, desfilado, con flequillo, sin flequillo, raya a un lado, en medio. La peluquería me relaja, pero el diálogo con la peluquera no, de manera que a la pregunta de “cómo quieres que te corte”, por lo general respondo  en modo jefe-enrrollao-que-delega, dando libertad y confianza pero dirigiendo y marcando objetivos y pautas. Respuestas tipo “como veas mejor, pero poco”, o “descárgalo simplemente, sin marcar el corte”, cosas así. Si la visita va precedida de cabreo con el jefe, entonces las instrucciones son más precisas: “quítame esas chibarras, por dios” o “capea, capea, capea hasta que te salga sangre de los dedos”, e incluso “corta a lo loco, que necesito olvidar”. Recuerdo una vez que dije “haz lo que te dé la gana, que para eso tienes tú las tijeras, no estoy yo para decisiones”, y salí estupenda. Pero reconozco que desde hace algún tiempo estoy más sosa, y de forma casi invariable, digo “me da igual, tú quítame años”.

En cuanto al color, tardé en darme unos primeros reflejos. Apenas tengo canas, mientras que una de mis hermanas tenía a los treinta años la cabeza llena. Eso sí: las dos canas rebeldes siempre asoman en el ascensor, y me enervo. Y claro, una cosa lleva a la otra: me veo la cana, se me cruza el jefe, me pregunta por el presupuesto, me enerva más y acabo en la peluquería. Ya ves qué bobada…

Los reflejos se convirtieron en mechas rubias en Fuerteventura en el verano de 2004. Fui una semana con unas amigas y no había coches en alquiler, así que dedicábamos las tardes a recorrer un paseo marítimo hasta la hora de la cena. A la tercera tarde de “tontódromo”, les propuse que nos fuéramos a la peluquería a hacernos un cambio radical. Y es que debajo del pelo me sobra la imaginación, queridos. Tras los consabidos a que no te atreves, vaya que no, tú no me conoces, pues menuda soy yo, venga ya, eso quiero verlo, y machorradas parecidas impropias de mujeres mundanas de la capital, entramos en una droguería y preguntamos por una peluquería que no fuera demasiado paleta ni muy macarra. O sea, nada de salones de belleza. Cualquier prevención era poca, no imagináis la fauna que circulaba por aquel tontódromo, amigos. Yo colaboré en la aproximación cognitiva de la dependienta diciendo que no me importaba que fuera carísima, porque ya para entonces tenía la certeza de que la única que pasaría por el lavadero sería yo y, ante el riesgo de salir hecha un adefesio, al menos podría distraer al público asombrándole con el importe de la factura. O sea, que puestos a perder mi extraestima, prefería pasar por excéntrica que por majadera. Mis amigas se conformaron con comprar una laca de uñas y un rimel en agradecimiento a los consejos de la amable dependienta, pero la que tuvo que arriesgar la cabeza en una peluquería canaria seleccionada por una post-adolescente con piercing en el labio, espinillas en el mentón, uñas azules y peinado a lo jarrai fui yo. No fue valentía, es que siempre he tenido fe en la Virgen. Y esta es la historia de cómo cambié mi castaño oscuro natural y veteado por un rubio poco radical aunque indudable.

 Cuando volví a la oficina, después del verano, un jefazo se topó conmigo en el ascensor y, mirándome con curiosidad me dijo:

–       Has cambiado el moreno trigueño por el rubio. ¿Te has vuelto tonta?

Cuatro años tardé en recuperar (más o menos) mi color original. Y como ayer no había que cortar, porque estuve hace menos de tres semanas, dediqué tres horas en ajustar el color al necesario potencial de inteligencia que se me exige en la vida. Y, como siempre, salí estupenda.

La torrija contraataca

La culpa es de los franceses.

He vivido en Francia tres veces en mi vida. Con 21 años, con 31 y con 41. Y en las tres ocasiones he vuelto con unos kilitos de más. Pero lo que a los 20 es una carita más redonda, a los 40 son unos mofletones de toma pan y moja. Bueno, no, mejor decir unos mofletones de no te menees, que es igual de nefasto para la línea pero es mucho menos cansado. Y esa tripita que a los 30 te quitas en un pis-pas, a los 40 es una lorza fieramente incrustada de agárrate, Catalina, que vamos a galopar. Bueno, no, mejor decir una lorza de mírame y no me toques, que evoca consecuencias y situaciones bastante más realistas, en según qué circunstancias. Se queda ahí pegada, y nada, no hay manera de quitársela.

Y es que la boulangerie de la France tiene estas cosas. Entre el pain au chocolat (mmm), el pain aux rasins (mmmm) y el brioche (mmmmmmmm), vuelves como Bibendum, el muñeco de Michelín – pronúnciese michlán -, pero con el pelo más largo. Por no mencionar las malvadas baguettes, que con la vil merguez convierten un inocente bocadillo en una perversa cena, aunque deliciosa (ya se sabe que lo que no mata…¡ENGORDA!). Y si a los 30 vuelves redonda, a los cuarenta vuelves rodando…

Hace un par de años, viendo que el asunto pintaba mal, comencé mi operación bikini en el mes de mayo. En julio seguía pintando mal, y de bikini nada. El año pasado decidí empezar la operación pareos fuera en el mes de marzo. Y en agosto… en agosto me hicieron una foto que me pareció inexplicable, porque literalmente tenía una hermana siamesa muy gorda que me brotaba de mí misma y me rodeaba todo el cuerpo. Este cuerpo, mi cuerpo, ¡el cuerpazo que parió mi madre y que luego creció proporcionado y bello!. Y es que, lejos de llevar pareo me había puesto una camisetilla ajustada de color berenjena que me quedaba muy mona cuando me miré antes de salir. Claro que yo me veo en el espejo de pie, y en aquella foto  yo estaba sentada. Para mi desgracia, berenjena ya no era sólo el color, sino también la forma, ¡oh, dios mío, sólo me faltaba el rabito verde en la cabeza!.  Así que me dije: ya no me pilla más el toro. Y empecé la operación camiseta berenjena en octubre. Sí: en octubre. A mí ya no me pilla más el toro, ya dije que me dije, esto tiene arreglo, ¡debe tener arreglo!. Allez, ma belle, ¡tú puedes! 

Con ímprobos esfuerzos, empecé con la lechuga y las acelgas. Pensé: bah, sólo me sobran dos kilos. Pero cuando los perdí, pensé un poco más y comprendí que o me sobraban cuatro o debía comprarme otra báscula. Y me compré otra báscula sin dejar de cenar lechuga, navidades y fines de semana de descanso, hasta plantarme en el mes de abril con un tipín estupendo. La lorza sigue ahí, pero muy desmejorada. Y es que la lorza nunca se despega del todo. Pero si se ha de cocer, que se vaya remojando ¿no te parece? Pues eso, je, je, vamos bien, vamos bien, me dije, llegará al mes de junio y podré también abordar la camiseta naranja. Sobre todo, ya controlo: ¡Vade retro, lorza dañina, te venceré, ja, ja, ja!

Entonces llegó la Semana Santa en el poblachón. Ay, no contaba yo con el Imperio de la Torrija. O sea, mi madre con su niña de vacaciones. ¿De la torrija dije? ¡Ah, si sólo fueran las torrijas! Croissants, palmeras de chocolate, ensaimadas, empanadas, sobrasadita (mmm), tarta de San Marcos, pastelitos, pinchitos, cervecita, patatas (revolconas, ali-oli, asadas, fritas, bravas…). Resultado de la semana en el poblachón: pues neteado, te lo dejo en un kilo doscientos. De más, of course. Esta mañana, lunes, lo he visto. ¡Lo he visto! Con estos ojazos verdes que me dio mi padre, lo he visto. Ahí estaba la cifra, casi me desmayo cuando ha dejado de parpadear la báscula.  Y, francamente queridos

NO LO COMPRENDO

No comprendo cómo merendar un poquito de más en una semanita de nada tiene como consecuencia perder lo ganado en 6 meses. Quiero decir, ganar lo perdido. Bueno, tú ya me entiendes. ¡Y ya estamos en Mayo, mi gozo en un pozo! Obi wan kenobi de mis entretelas, amo de la lechuga, rescátame de parecerme a Chewbacca, y de verdad que ya no me rendiré más al imperio de la torrija, así que me traiga la princesa Lea unas yemitas de Santa Teresa de la Flor de Castilla (mmmmmmmmmm)

Y como no lo comprendo, he decidido que la culpa sigue siendo de los franceses. 

Nueva visita al oculista (comentario)

Mi buen amigo inspirador me hace el siguiente comentario por mail al post del oculista de la semana pasada: lo siento, pero no tengo la versión femenina. No lo he podido cargar en tu blog.

Aquí lo dejo, es muy divertido. Título: Mi oculista es un hijo de perra.

El water and golden affaire

En la bahía de San Francisco, no pude por menos que observar, inquieta:

– El Goldengate no es golden, es red...

A lo que me contestó mi amiga Susana, que es una marisabidillas:

– Es que golden es la gate, no el bridge

Respondí, algo decepcionada:

– No hay golden, no hay gate. Sólo hay un bridge y es red.

He recordado esto a propósito del escándalo de los EREs falsos en Andalucía. Algunos periódicos llaman a este escándalo el EREGATE.  Supongo que toman como referencia el escándalo Watergate. Supongo también que saben que aquello tenía que ver con la escucha ilegal a un partido político, y que Watergate es el nombre de un barrio de Washington en donde estaba la sede del Partido Demócrata.

También supongo que saben que gate no significa escándalo. Pero lo mismo supongo muchas cosas, y tampoco quiero decir nada por no parecer una marisabidillas.