Les cheveux en bataille

Siempre que mi jefe me saca de quicio – da igual el jefe, un jefe – acabo en la peluquería (o paseando la Visa). Pero no siempre que acabo en la peluquería es porque he tenido pelotera con el jefe. Ayer, por ejemplo, una reunión sobre control analítico de ingresos unitarios por centro de costes consolidados en cada sociedad participada me dejó sumida en el fondo de un oscuro complejo de inferioridad que me catapultó directa a la peluquería. En realidad, este tipo de cosas consiste simplemente en sumar, restar, partir la pera en dos y repartirla, pero las hojas de cálculo son de tal magnitud y los números tan chiquitines, que yo termino mareada y con el ánimo parecido al del gusanito de la pera. Decía mi tía Eulalia que lo malo no es encontrarte un gusano en una pera, sino encontrarte medio gusano, así es que os podeis imaginar lo que me cuesta recuperar el aliento después de reuniones así. Bueno, la cosa es que ayer estuve chez Vanessa, una morena racial y extrovertida que trata estupendamente mi pobre cabecita desdichada y llena de cheveux.

He llevado el pelo de muchas maneras a lo largo de mi vida. En una época lo llevé rapado casi al uno, hasta que un día, al volver de la peluquería, mi padre me abrió la puerta y, mirándome con estupor, me dijo:

–       Hija, a ver si dejas de hacer tonterías.

Conociéndome, lo normal es que hubiera vuelto al día siguiente y me hubiera afeitado la cabeza del todo, pero supongo que no se me ocurrió. En otra ocasión me hice la permanente y, Antonio, el jurista de la empresa, vino corriendo desde la otra punta de la oficina sólo para verme y sentenciar: “Tía, cógete la baja“. También he llevado durante mucho tiempo media melena, de niña formal, seria y fiable, si bien entonces me decían que tenía “les cheveaux en bataille”, se comprende que me veían el plumero por debajo de la melena. Y el pelo a lo garçon, o capeado, desfilado, con flequillo, sin flequillo, raya a un lado, en medio. La peluquería me relaja, pero el diálogo con la peluquera no, de manera que a la pregunta de “cómo quieres que te corte”, por lo general respondo  en modo jefe-enrrollao-que-delega, dando libertad y confianza pero dirigiendo y marcando objetivos y pautas. Respuestas tipo “como veas mejor, pero poco”, o “descárgalo simplemente, sin marcar el corte”, cosas así. Si la visita va precedida de cabreo con el jefe, entonces las instrucciones son más precisas: “quítame esas chibarras, por dios” o “capea, capea, capea hasta que te salga sangre de los dedos”, e incluso “corta a lo loco, que necesito olvidar”. Recuerdo una vez que dije “haz lo que te dé la gana, que para eso tienes tú las tijeras, no estoy yo para decisiones”, y salí estupenda. Pero reconozco que desde hace algún tiempo estoy más sosa, y de forma casi invariable, digo “me da igual, tú quítame años”.

En cuanto al color, tardé en darme unos primeros reflejos. Apenas tengo canas, mientras que una de mis hermanas tenía a los treinta años la cabeza llena. Eso sí: las dos canas rebeldes siempre asoman en el ascensor, y me enervo. Y claro, una cosa lleva a la otra: me veo la cana, se me cruza el jefe, me pregunta por el presupuesto, me enerva más y acabo en la peluquería. Ya ves qué bobada…

Los reflejos se convirtieron en mechas rubias en Fuerteventura en el verano de 2004. Fui una semana con unas amigas y no había coches en alquiler, así que dedicábamos las tardes a recorrer un paseo marítimo hasta la hora de la cena. A la tercera tarde de “tontódromo”, les propuse que nos fuéramos a la peluquería a hacernos un cambio radical. Y es que debajo del pelo me sobra la imaginación, queridos. Tras los consabidos a que no te atreves, vaya que no, tú no me conoces, pues menuda soy yo, venga ya, eso quiero verlo, y machorradas parecidas impropias de mujeres mundanas de la capital, entramos en una droguería y preguntamos por una peluquería que no fuera demasiado paleta ni muy macarra. O sea, nada de salones de belleza. Cualquier prevención era poca, no imagináis la fauna que circulaba por aquel tontódromo, amigos. Yo colaboré en la aproximación cognitiva de la dependienta diciendo que no me importaba que fuera carísima, porque ya para entonces tenía la certeza de que la única que pasaría por el lavadero sería yo y, ante el riesgo de salir hecha un adefesio, al menos podría distraer al público asombrándole con el importe de la factura. O sea, que puestos a perder mi extraestima, prefería pasar por excéntrica que por majadera. Mis amigas se conformaron con comprar una laca de uñas y un rimel en agradecimiento a los consejos de la amable dependienta, pero la que tuvo que arriesgar la cabeza en una peluquería canaria seleccionada por una post-adolescente con piercing en el labio, espinillas en el mentón, uñas azules y peinado a lo jarrai fui yo. No fue valentía, es que siempre he tenido fe en la Virgen. Y esta es la historia de cómo cambié mi castaño oscuro natural y veteado por un rubio poco radical aunque indudable.

 Cuando volví a la oficina, después del verano, un jefazo se topó conmigo en el ascensor y, mirándome con curiosidad me dijo:

–       Has cambiado el moreno trigueño por el rubio. ¿Te has vuelto tonta?

Cuatro años tardé en recuperar (más o menos) mi color original. Y como ayer no había que cortar, porque estuve hace menos de tres semanas, dediqué tres horas en ajustar el color al necesario potencial de inteligencia que se me exige en la vida. Y, como siempre, salí estupenda.

4 pensamientos en “Les cheveux en bataille

  1. Las peluquerías son el sustituto ideal a la consulta del psiquiatra. Fundir la VISA es otra alternativa pero no es tan eficaz. Te entran remordimientos a los pocos días, si no es a las pocas horas, y vuelves a empezar el ciclo. Por no hablar del susto a fin de mes.

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  2. Pingback: Unos castellanos ingleses « Un mundo para Curra

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