Picante y aromático

El otro día, en una cena con amigas, una de ellas contaba una anécdota.

– Nos pusieron la bebida y resulta que era picante. Y si comes algo que pica, bebes. Pero si bebes algo que pica ¿Qué haces?

He tratado de recordar cuál era la bebida.

¿Zumo de chile?

¿Batido de guindillas?

¿Destilado de cayena?

¿Gin Tonic de pimienta?

Despertares

¿Que cómo se puede llegar a odiar una canción? Pues por muchas razones, es la cosa más fácil del mundo creo yo. Por ejemplo, que te deje el novio mientras suena, o que te pida salir mientras sonaba (los dos en plan «oh, el amor«), y luego te deja tirada justo antes de unas vacaciones; o le dejas tú a él porque te ha puesto los cuernos, y resulta que esa era su canción preferida; o en realidad nunca saliste con él porque empezó a salir con tu mejor amiga que estaba todo el día tarareando la dichosa can-cion-ci-ta… En fin, podéis observar que el amor es un sentimiento que sirve perfectamente para odiar canciones.

Pero hay otras razones. Y una de ellas es ponerte esa música como despertador. Al principio te gusta, y por eso la eliges, pero al cabo de un tiempo terminas asociándola con los madrugones. Y claro, acabas detestándola. Yo he estado muchos años despertándome con esto: gymnopedie-nordm1-erik-satie

Sí, sí, de lo más dulce y relajante, ya sé: han sido muchos años, qué me van a contar. Me levantaba… en fin, al principio me levantaba bien, en paz conmigo misma, incluso he de decir que es una música muy indicada para compartir un madrugón, pero al cabo del tiempo se hace duro, cada día con el pun-pin…pun-pin…tin-tin-tin-tin-tin-tin-tin-tin… Ay, tanta paz… ¡Ay, tanta paz!… ¡Tanta paz conmigo misma ya me pone de los nervios!. Pero sobre todo, es que notaba que empezaba a hacerme vieja. Sí, sí, vieja, nada de mayor, o de mediana edad o de tercera, no, no: vieja. Así es que lo consulté con mis sobrinas, que entienden un montón de eso de ser joven y me propusieron esto: good-feeling-flo-rida

Bien. ¿Qué les puedo decir? Les diré la verdad: lo he soportado una semana. Verán: la segunda persona que me dijo que últimamente no iba muy bien peinada a la oficina me hizo reflexionar sobre la exagerada potencia del secador, pero ya el cuarto que me hizo un comentario sobre mis malos pelos me hizo convencerme de que, tal vez, mis sobrinas me quieren demasiado para comprender la edad que ya voy teniendo. Pero despierta, vaya que si despierta. De hecho tienes exactamente 37 segundos para tirarte de la cama y que no empiece la marchorra feroz. Así es que ahora me estoy levantando con la músiquilla que viene en la Blackberry, que es lo más horripilante que he escuchado nunca. Pero ¿cuál pongo? Es una decisión difícil, porque se trata de encontrar una música que me encante, pero que no me importe terminar odiando. No, no me hagan sugerencias, que ya he vuelto a mi juventud natural y me he recompuesto el peinado.

Sí les puedo decir que guardo dos despertares maravillosos que recordaré toda mi vida, y es en parte por la música que escuchaba mientras salía del sueño. La primera, el Ave María de Schubert, que me la pusieron expresamente para que me fuera despertando despacito y sin sobresaltos una mañana de nieve. Y la segunda, Entre dos aguas, de Paco de Lucía, que la dejó oir algún vecino en un patio, un día de verano de ventanas abiertas en el que tardé más de la cuenta en amanecer.

Dejo los enlaces de esto último por si se pasa el seguidor de las Filipinas, que igual no conoce a Paco de Lucía (y a Schubert no le voy a hacer el feo).

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La sociedad literaria y el pastel de piel de patata de Guernsey

El título de este post es también el del estrafalario título de un libro que he estado leyendo la semana pasada y que me ha encantado, y eso a pesar de una traducción por la que la editorial debería haberme hecho un descuento del 50% para compensarme el dolor de espalda que me producía tener que agacharme a recoger los ojos del suelo de forma permanente.

Guernsey es una de las islas británicas del canal de la Mancha y fue ocupada por los alemanes durante la Segunda Guerra Mundial. Durante la ocupación, unos lugareños crean una Sociedad literaria en la que se reúnen para hablar sobre los libros que leen, alrededor de un pastel de piel de patata (lo único que tienen para fabricar el pastel). Y esta es la explicación del título. En cuanto a la trama, se puede contar que recién terminada la guerra, una escritora londinense de éxito que está buscando un tema para escribir un nuevo libro, recibe un buen día la carta de uno de los habitantes de Guernsey en donde le pide referencias sobre el autor de un libro. Esta casualidad hará que poco a poco empiece a interesarse por los miembros de la Sociedad literaria y por el resto de los habitantes de la isla y sus peripecias. Y no cuento más, que voy a terminar soltando lo que no debo.

El libro se lee a través de la correspondencia que la escritora mantiene con los habitantes de Guernsey, con su editor y con una amiga, un género que a mí particularmente me parece dificilísimo y que no siempre está muy logrado, porque cada carta debe tener entidad y además estar al servicio de la historia, y no me parece nada fácil engarzar todo. En este caso, la ficción está bien construida, por fortuna. Pero sobre todo, es el tono del libro, que a pesar de contarte algunas penas de la ocupación es desenfadado y optimista; la galería de personajes, gente muy campechana, personajes llenos de ingenuidad y de simpatía; y el humor del libro, ese humor inteligente moteado de excentricidades que yo creo que sólo se encuentra en la novela inglesa (aunque esta autora es americana), y que a mí me parece divertidísimo.

En fin, un maravilloso desengrasante que me ha venido estupendamente después del dramón de La vida entera. Y ahora creo que volveré a la seriedad y gravedad del mundo actual y miraré a ver qué me cuenta Baverez nueve años después de escribir aquello de “La France qui tombe”. Creo que todavía hay esperanzas, porque el título no es “La France est tombée, finalement” sino “Reveillez-vous (despertaos)”. Espero que para despertarme no necesite ponerme muchas alarmas…. En fin, que se ande con ojo que no estoy yo para muchas penas, para muchos oh-la-las, y para muchas attentions. Y además, hace tanto que no tiro un libro por la ventana…

La afición funcionaria

Pues el sábado estuve en el fútbol, en el Santiago Bernabéu. Me regalaron una entrada de abono unos compañeros de la oficina, y lo que me ahorre con ese bello gesto me lo gasté después en comprar otra entrada para poder llevarme a mi sobrino. Ir al fútbol es un lujo asiático: los precios son astronómicos. Es verdad que los ingresos que obtiene el Real Madrid por la venta de entradas son sólo el 10% del total, así es que se puede entender que les traiga sin cuidado no ya que el campo se llene (que se llena), sino cómo se llena. Ahora bien , si el partido no tiene algo de tensión, o los jugadores no hacen virguerías, no vale la pena el dineral: el público está como pasmado, no hay ninguna animación. Y no lo acabo de entender, porque una cosa es que ganar le parezca una rutina a un madridista y otra convertir una tarde de fútbol en una pesada obligación, que es lo que parecía. Esto por no hablar de los ocho puntos de distancia con el primero, que viendo la desidia parecían veinte…

Parte de culpa creo que la tiene tanta música de ópera al comienzo del partido. Si es que les pinchan el Nessun Dorma y luego el himno de Plácido, y claro, el público se cree que tiene que ponerse trascendente para lo que viene después. Y que, oye, tampoco es plan de empezar a cantar lo del «al alba vinceró ¡Vincerooooo! ¡Vii-in-ceeeee-rooooo!» cuando uno no dispone ni de la voz ni de la oreja de Pavarotti (aparte de no tener muy claro qué pelotas están cantando). Después de una música tan elegantona hay que reconocer que silbar, aplaudir, animar y cantar eso de «cómo no te voy a querer» dando palmas es como de poco señorío. Que poner el Turandot en un campo de fútbol sea una cursilada de tomo y lomo no importa: el Madrid es un club venerable, de manera que el que quiera oír algo medio moderno que se espere al bicentenario.

En fin, que el Bernabéu era un congelador, y no lo digo por la temperatura sino por el ambiente de velatorio que se respiraba. Donde yo estaba (una entrada estupenda, por cierto), y a pesar de tener debajo a los del Fondo Sur, que son los únicos que cantan y que animan, el ambiente era frío y sin emoción. Es verdad que el partido fue un petardo, pero ¿cómo no va a serlo? La gente llega, se sienta, se enciende su puro o abre su bolsa de cacahuetes, se repanchinga y a mirar. Les faltaba el periódico, y ahí no se levantó nadie ni cuando metieron los dos goles. Ni un «venga«, ni un «vamos«, ni un «huy«, ni siquiera un «me cago en la madre que te parió«, que a pesar de lo ordinario puede llegar a tener su encanto. Con la excepción de una chica que estaba detrás de mí y que soltó un par de «pero mira que eres malo» y algún «vete a cagar, hombre«, el resto tenía la misma tensión arterial que les produciría estar viendo «Desayuno con diamantes». Se pueden imaginar que con ese panorama, a mí no se me ocurrió decir ni mu, ya no digamos Hala Madrid. Me tomé mi cocacola y mis patatas fritas y me dediqué a envidiar lo bien que se lo estaban pasando los del Celta, bien arracimaditos en una esquina.

Cuando el partido terminó, el campo ya estaba medio vacío. Y es que aguardar a que se acabe y tener entonces que transitar por un enojoso pasillo abarrotado de gente y esperar de manera impenitente a que el viejecito de delante baje la grada es insoportable para cualquiera, tenga o no afición. Que aunque te ponen el viejo himno pensando, supongo, que así la gente correrá para no tener que escuchar algo tan poco class, lo cierto es que se tarda un poco en salir y, mira, esto es el Madrid y penurias, las justas. Supongo que un marciano pensaría que se cobra la entrada al final del espectáculo y que la gente se marcha como en un “simpa” masivo pero para mí el asunto tiene una explicación muy razonable: como el partido se jugó prontito y además era sábado, querrían pasarse por El Corte Inglés antes de que cerraran para comprarse una camiseta del Madrid. Y así poder ir disfrazado de madridista para, en el próximo partido, fichar a la hora en punto.

De nuevo un nuevo layout

Hacía mucho que no cambiaba la plantilla del blog y ya empezaba a estar cansada, así es que esta madrugada he estado muy distraída…

Me gustaría decir que me da igual lo que opinéis del nuevo diseño, pero no es así. Espero que os guste, e incluso si me echáis alguna que otra flor por haber elegido estos colores y esta tipo, os lo agradeceré mucho. Y si no os gusta, pues mentid. Mentid, sí, porque está comprobado que un comentario negativo lleva a otro comentario negativo, y a ver si se me va a llenar esto de críticas. Llega el primero y va y coge y dice que le parece horrendo, y el siguiente le sigue la corriente al primero porque le da corte decir que le gusta, y así todos. De manera que el primero en comentar hoy, a liderar cosas buenas.

Sigo buscando cómo poner una mascota, pero WordPress no se deja. Me gustaría poner un monederito en donde pudiérais echar coins, que es lo que se echa en las máquinas americanas, pero ni monederito, ni gatito, ni perrito, ni pececitos, ni nada. Y casi me ha llevado una vida poner el boton de followme a mí de Twitter, así es que ya estáis pinchando, que no está puesto de adorno.

Hay una cosa que me espanta de la plantilla. Al que lo adivine le regalo «La biblia del Macintosh, Tercera edición, 1992» que es un libro gordísimo que tengo en mi librería, que lo estoy viendo en estos momentos y que no acabo de entender qué hace ahí…

En fin, lo dicho: se aceptarán sugerencias, pero no críticas despiadadas.

Que tengáis un buen domingo.

Tomás Gómez y otros animales

Tomás Gómez Franco, más conocido como Tomás Gómez, es un individuo que nació en el año 1968. Así es que cuando murió Franco (el General, no su abuelo materno, también qué mala coincidencia para un tío tan progresista), él debía tener 8 añitos, lo cual no le impide recordar perfectamente aquellos años de opresión y considerarse un activo luchador contra la dictadura. Yo supongo que él, a esa edad, jugaría con pistolas, pero se lo vamos a perdonar: yo jugaba con muñecas, así es que estamos empatados en cuanto a educación sexista y maniquea…

Así es que este tal Tomás, político de claro recorrido uniprovincial, que siempre va muy preparado, dijo ayer en la Asamblea de Madrid de pronto, y mientras se discutía sobre recortes, que los abuelos de los actuales diputados del PP «robaron la infancia» a millones de españoles a los que hoy, ya pensionistas, además les «roban su jubilación». Luego dejó a todo el mundo con la palabra en la boca y se fue a la campaña de las elecciones gallegas. Para mí que se confundió de discurso, porque ese disparate es más propio de un mitin (en donde ya se sabe que sólo van los borregos y no a escuchar, sino a aplaudir), que de un parlamento, aunque sea giliautonómico. No es, sin embargo, un buen argumento para la barra de un bar, porque siempre se puede cruzar la frasecita con algún ruso, polaco o rumano que te saque del bar a bofetones…

En la radio, esta mañana, se distraían sacando a pasear a los abuelos y padres de destacados socialistas, reputados franquistas por no buscar otras cositas peores y más cercanas en el tiempo. Pero yo no creo que haya que hacer eso: de lo que haya sido o hecho el abuelo o el padre de cada uno habrá que hacer responsable en todo caso al abuelo o al padre de cada uno. Por ejemplo, el padre de Maru Menéndez, número 2 de Tomás Gómez, ya cumplió unos años en prisión por el 23F: ya ha pagado por ello, y sería muy injusto estigmatizar a su hija (este era uno de los ejemplos que se ponían).  Y no sólo eso, es que me parece a mí que haber sido un alto funcionario en los 50 ó 60, o un juez, o un capitán de navío, qué se yo, no le hace culpable a nadie de nada.

Lo único que cabe decir es que Tomás Gómez es que está loco, porque ¿a quién le sirve lo que dice, en el fondo y en la forma, y para qué? Sólo con que se hiciera esa pregunta seriamente, no lo volvería a decir más. Desde luego, si es así como quiere saltar a la política nacional, a base de acusar a bulto a los abuelos de los demás y fingiendo un rencor impostado (no es posible que se crea esas imbecilidades que dice), lo mejor que podría hacer este gobierno es darle un trabajo de cónsul honorario en Camberra, para que se distraiga con los ancestros de los australianos, que no parecen moco de pavo.

Y además, total, por uno más que pongan a dedo por ahí tampoco va a pasar nada…

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A VER, EL DE FILIPINAS.

QUE SE MANIFIESTE DE INMEDIATO,

QUE NO ME CREO QUE ME LEA DESDE ALLI.

Una de marcianos

Verán, yo soy un ser humano normal. Tengo cara, cuerpo, brazos, piernas y así, por dentro y por fuera, no me sobra ni me falta nada fuera de lo corriente. Me visto con ropa normal y por lo general voy calzada. Mi aspecto es saludable y no padezco defecto serio o mutilación alguna. Tengo un trabajo bastante normal en una empresa que paga impuestos y se dedica a realizar un comercio honorable y me relaciono normalmente con mis compañeros de trabajo, que por otra parte son muy normales. Mi familia es también normal y hasta tengo una perra muy simpática. No tengo antecedentes penales. Tampoco psicológicos o psicopáticos. Camino erguida. Mi vida social es de lo más corriente para mi edad y condición, y salgo con cierta frecuencia a comer, a cenar, a tomar cañas o de copas por Madrid y por provincias. Viajo y me conozco medio mundo. Tengo amigos, y aunque no he contado nunca cuántos y mi querida Mar diga que nadie puede tener más de diez, me parece que la cantidad es la suficiente para considerarse como normal. Y aunque detesto charlar por teléfono, me pongo cuando me llaman.

Pero ustedes son unos anormales. Pues sí. Y esos «arrobas» que entran desde Twitter más anormales todavía, así es que preferiría no verlos más por aquí. Son ustedes personas tímidas y asociales, con alguna tara mental que les impide relacionarse normalmente con sus semejantes. Se pasan el día entero encerrados en una habitación oscura pegados al ordenador, tecleando febrilmente tonterías en el Twitter, colgando fotos en Facebook, cotilleando perfiles en el Linkedin, o haciendo lo que se haga normalmente en Diggeo, en Google + o en otras redes de esas que proliferan como los champiñones. O leyendo blogs, que es una distracción tan absurda como improductiva. Incluso alguno entre vds escribe en alguno, que yo lo sé, que les he leído. Y para qué engañarnos, la mayoría de las veces no escriben vds más que tontás e irrelevancias. Y chatean, oh, dios mío. ¡Chatean! Vds creen que conocen gente, pero en realidad no conocen a nadie ni tienen amigos. Son ustedes unos solitarios y unos desubicados sociales y si tuvieran unas relaciones normales con los demás no andarían todo el día husmeando actualizaciones por la red.

Ah, y otra cosita ¿No tienen nada mejor que hacer en la vida?  La gente normal ve la tele, lee libros, y va al cine o a merendar con la familia los domingos… ¿De dónde sacan el tiempo ustedes, a ver? Cómo se nota que son ustedes anormales perdidos. Como sigan así, con tanto internet, van a perderse los besos de sus hijos, las rebajas de enero, y alguna que otra puesta de sol. Y si tienen novio o novia, vayan pensando en despedirse, porque terminará abandonándoles, loco de miedo por tanto obseso sexual y espeluznado por la superficialidad y la ordinariez que circula por la blogosfera.

Les advierto que si dejo abiertos los comentarios es porque no sé quitarlos, no porque confíe en vds. ¡Marcianos, más que marcianos!

Hija, ¿Qué quieres cenar?

– Hija, ¿Qué vas a querer cenar?

– Pues no sé, mamá, cualquier cosa

– ¿Cualquier cosa? ¿Qué has comido?

– Una ensalada y un filete a la plancha.

– Bueno, pues ¿qué quieres cenar?

– No sé, ¿Una ensalada de tomate?.

– Hija, ¿más ensalada?

– Bueno, pues no sé… ¿Acelgas? ¿Tienes acelgas?

– No. Bueno, sí, pero tendría que hacerlas.

– Bueno, pues otra cosa, mamá, cualquier cosa, de verdad.

– No, que las hago en cinco minutos.

– Que no, mamá, que no te molestes.

– Bueno, pues entonces ¿Qué quieres cenar?

– Pues no sé, cualquier cosa, me da igual. ¿Una tortilla?

– ¿Una tortilla? ¿Cuándo has comido huevos?

– No sé, no me acuerdo…

– ¿ Y no te apetecen unas judías verdes y un poco de pescado?

– Pues no mucho… ¿Tú qué vas a cenar?

– Unas judías verdes y un poco de pescado.

– …

– Si quieres, tengo judías verdes y pescado para las dos.

 

Ah, las madres…

Ñeñeñeñé

Tiene siempre un gesto en la cara que no sabes muy bien si es que ha pisado una caca o es que tanta desgana le ha producido un calambre en el labio superior. No es cuestión de tiempo, pero tampoco de lugar. En la oficina tiene esa cara de asco, ya sea en reunión, en su despacho, en el ascensor, si sale a fumarse un cigarrillo o si ya no sale porque dejó de fumar. La mala leche le dura en su casa, en las comidas, cenas, si va de copas, o si se acerca a recoger al retoño a la puerta del colegio. Si le ves o si te habla por teléfono, te escribe un mail o te manda un SMS. Permanentemente enfadado, incómodo siempre, como si hubiera dormido con un rulo que le ha estirado el labio superior y que le impide sonreir durante el día.

Ni tiempo, ni lugar, ni tampoco la situación concede tregua a lo desagradable del biotipo. Le molesta ir a trabajar, coger vacaciones, ir a ver a la familia o pasear al perro. Se queja de que tiene mucho trabajo y de que tiene poco. De que es una persona importante y de los problemas que le produce ser importante. De que no le han copiado en ese mail o de la hartura de estar en copia de todo. De que no tiene tiempo para tantas reuniones o de que no le han convocado, aunque no tenga interés en ir. De que tener que viajar y de no haber ido a ese viaje. De que no le inviten para poder decir que no. De que llega el viernes y se va a aburrir durmiendo y de que está agotado y le gustaría poder dormir. De por qué otro tiene ese coche, ese sueldo, ese trabajo, esa familia tan perfecta, esa madre tan estupenda o esos hijos tan silenciosos. No le parece bien que aquellos sean amigos, que ése sonría, que éste se enfade, te dice que aquél dijo, que el otro contestó, que ése respondió, y sólo usa la imaginación para interpretar retorcidamente cada palabra, cada gesto y cada alegría ajena. Y de su vida sexual no habla pero casi mejor, casi mejor…

Cotillas, nunca están de acuerdo, nunca conformes, todo les parece mal, de todo se quejan, por todo protestan, todo critican.  Son estrictos hasta la enfermedad, comprender es un acto de debilidad y la debilidad ajena se resume en un “que se joda”. En su mundo de sombras se mofan de la pasión y de la compasión, y en su mundo de espejos solo se refleja la sospecha, la desconfianza y el miedo.

¡Señor, qué insoportables!

Yo les llamo los ñeñeñeñé: gente que no está dispuestas a agradecerle ni medio segundo a la vida.

Pues el demonio que se vaya preparando, que va a tener petardo para toda la eternidad…