Ese amor tan publicitario

No sería el hombre que soy sin la mujer que aceptó casarse conmigo hace veinte años”, dijo Obama poco después de comenzar su discurso. “Dejadme decir esto públicamente. Michelle: nunca te he amado tanto. Nunca estoy más orgulloso que cuando veo que el resto de América también se ha enamorado de ti como Primera Dama de nuestra nación”. He llamado al dentista para que me prescriba un tratamiento de fluor para que no se me pasen los dientes con estas cosas los próximos cuatro años.

La campaña no puede estar completa si después de ver al atractivísimo Barack no aparece Michelle, con sus musculosos brazos, su sonrisa arrebatadora, sus caderas poderosas y su mirada felina.  Super guapos, super enamorados, oh I love you too, y todas esas cosas. Tal vez por eso Romney trató de desbaratar el efecto Michelle con una de esas paridas prefabricadas que se gastan en las campañas americanas: “Yo tengo a mi preciosa mujer Ann y él tiene a Bill Clinton”. No creo que pretendiera recordar a Clinton por su puridad ni por su pureza, sino por su puro. Y es que a mí con Clinton me pasa como con Carlos de Inglaterra: a uno le veo chupando un puro, y al otro le veo disfrazado de tampax. Qué quieren: Lakoff y sus cosas. Con Obama sin embargo veo el imponente cuerpo de Michelle.

Los políticos cuando se presentan a algo siempre nos cuentan algún cuento y en el caso de los EEUU, lo suelen adornar con algo de Disney. En Europa nos da un poco igual esas cosas y en España, por fortuna, nuestro publicistas políticos no han caído todavía en esas melosidades, aunque denles tiempo. Piensen en la pareja tan guapetona que hacían Felipe González y Carmen Romero (para mi gusto una mujer realmente guapa). Y aunque yo creo que estuvieron tentados con el juego que podrían haber dado Zapi y Sonsoles (técnicamente, atractivísimos), a todos nos quedó un poco de vergüenza para dejar en paz a una pareja que siempre optó por la discreción, y en eso les alabo el gusto.

Claro, que aquí las dosis de melaza nos las sirven en bandeja los Asturias, cuyo recato cursi y adolescente es un potenciador de caries de primer orden. Están entre el amor verdadero, el cielito lindo y el hoy te quiero más que ayer y mucho menos que mañana. Esas manitas siempre agarraditas las dos, espumas y terciopelo, esas efusiones que, debido a la diferencia de alturas, convierten al príncipe en un triángulo isósceles con el culo en pompa, emocionan hasta el punto de tener que retirar la vista del televisor. El amor pantojero, que tiene a  Leti «embrujá por tu querer» y al prince tarareando el «Quéate pa yo quererte» les aleja de un posicionamiento más Pimpinela y les acerca al pueblo llano. De todos modos, su impostada contención no tiene la menor importancia, porque ellos no se presentan a las elecciones: ya se sabe que un diamante es para siempre…

Post voluntario

Hoy quiero ser breve.

¡Cúmplase mi voluntad!

Fin del post.

Mis sobrinas estuvieron en el Arena

Mis dos sobrinas, de 20 años, estuvieron en el Arena la madrugada del jueves pasado junto con otras seis amigas. Justo antes de que se formara la avalancha, decidieron marcharse porque aquello ya pasaba de lo insoportable. Se preguntaron ¿Derecha o izquierda? y la fortuna quiso que eligieran el pasillo que no fue. Una vez en el hall, notaron cómo cada vez había más gente: el túnel que ellas habían eludido estaba taponado, ya todos sabemos cómo. Decidieron largarse cuanto antes de aquella trampa, aunque tuvieron tiempo para ver la montonera y lo que estaba pasando. Subieron por las escaleras para salir rodeadas por un tumulto, hasta una grada desde donde se veía lo que estaba sucediendo. El sentido común y el ataque de nervios de una de sus amigas las llevó a intentar atajar por una puerta en donde ponía EMERGENCIA bien grande. Uno de la «seguridad», que llevaba pinganillo, se negó a abrirles la puerta. Le gritaron, le dijeron que había gente muriendo abajo, que aquello era una ratonera, pero aquel tipo sólo atendía órdenes de alguien a quien habían dado permiso para forrarse en una noche. Por fin alcanzaron la salida. La policía no estaba en el recinto, sino fuera. Lo mismo que las ambulancias. Y todavía seguía entrando gente. Un puertas le dijo a una de mis sobrinas ¿Pero por qué os vais ahora? y le respondieron: Porque hay gente muriendo ahí dentro. Pero él siguió cortando tickets. Cuando llegaron todas a los coches, aún necesitaron tiempo para llorar, para soltar los nervios, para respirar y calmarse después de lo que habían visto.

De camino a casa, vieron pasar ambulancias hacia el Arena. Se acostaron temiendo la cifra de muertos. Pensando en todos los amigos que estaban allí dentro, alguno de los cuales se salvó después de estar bajo la montonera, como supieron al día siguiente. Porque ellas vieron, sin saber hacer cálculos, cómo aquello tenía muchísimas más personas de las permitidas, cómo no había vigilancia, ni seguridad, ni servicios de orden, cómo las puertas de emergencia estaban cerradas, cómo sacaban a aquella chiquilla muerta, y cómo, tanto la policía municipal, la nacional, los SAMUR, todos los profesionales que están para protegernos y que saben cómo actuar, llegaron después.

Ahora nos toca asistir al desfile de periodistas del hígado sirviéndonos titulares tendenciosos, lágrimas y truculencia, y al espectáculo de políticos peleándose por asomar en la noticia o para pegarle al contrario con ella. También nos distraerán con asuntos menores, y hasta oiremos que lo que hay que hacer es prohibir las fiestas, la diversión y hasta la juventud si les dejan. Se escribirán sesudas reflexiones a cuenta de los valores, las salidas nocturnas, la responsabilidad de los padres y la música diabólica mezclada con alcohol, drogas y hedonismo, como si todo eso fuera de hoy, y no de cualquier generación que aún tenga memoria para recordar que hacía lo mismo ayer. Y pedirán que se hagan nuevas leyes, reglamentos, ordenanzas y regulaciones, cuando ni siquiera son capaces de cumplir y hacer cumplir las que ya existen. Y discutiremos sobre si la bengala fue antes o después, cuando en aquel pasillo, cualquier desmayo, cualquier tropezón podía provocar la catástrofe.

Esto no ha sido una fatalidad, una cornisa que se desprende por un golpe de viento. Y yo me digo que pago demasiados impuestos como para que el control y la seguridad de estas concentraciones masivas se deje en manos de tipos que sólo van a llevarse la pasta rápida. Diez mil personas son muchas personas para perderle la pista a según qué decisiones y para alquilar según qué responsabilidades. Me digo que pago a demasiados cargos públicos para que, de entre todos ellos, ni uno sólo tenga un poco de sentido común y haga, aunque sólo sea por una vez, su trabajo.

La gotera y el Cañon del Colorado

Es reincidente. No ella, sino su fontanero. Y la chapucería de un fontanero se mide del mismo modo que la maldad en un delincuente: por su reincidencia. Y a diferencia del delincuente, al fontanero le siguen llamando para que vaya a las casas en donde cometió su última fechoría.

Hace un par de años si no salimos en barco es porque en el aseo de la cocina no cabe ni un flotador de patitos, pero el agua chorreaba por las paredes. En realidad el desastre no se veía, porque ocupaba todo el techo, pero se conoce que al lavarme las manos me cayó un goterón en la nariz, que no es que me sobresalga mucho de la cara pero siempre está ahí para olerse la tragedia. El cuarto de baño también se vio afectado a pesar de estar en la otra punta de la casa, de lo que yo deduzco que el fontanero al que habían encargado esa parte de la reforma es un tipo concienzudo.

Lo de siempre, que se seque, que venga el seguro y que se pinte. Así es que la semana pasada eché la culpa de los desconchones que habían salido al pintor del seguro. Otro chapuzas, me dije. Entonces llamé a un pintor de confianza para que lo arreglara de inmediato, porque se puede vivir con el techo un poco arrugado, sí, pero miren, bastante tengo ya con reparar mis propias arrugas y  además, el cuarto de baño es un lugar del que se intenta siempre salir  mejor de lo que se ha entrado. Pero a lo que iba: en realidad los desconchones eran como el silencio de la selva cuando se acerca la marabunta. El miércoles salió la gotera, que es enorme aunque no tanto como para no dejar testimonio del blanco del techo. El nuevo aporte de color tendría un pase si fuera uniforme, pero la gama va desde el triste grisaceo de la humedad hasta un amarillo amarronado que, teniendo en cuenta el emplazamiento de la catástrofe, sólo me deja la alternativa de rezar para que se trate del minio de alguna tubería.

Anoche la gotera empezó a reivindicarse con sonidos. Un «plac-plac-plac» que seguía una cadencia lenta pero inquietante. Y el plac-plac-plac de toda la noche que se ha convertido en un «catacloc»: tenemos un agujero en el techo y una cacerola en el suelo para recoger el agua que va cayendo. Ahora el sonido es «cling-cling-cling», mucho más sinfónico, dónde va a parar, ya vamos mejorando.

Así es que les confirmo que lo de la erosión del agua que estudiamos en el cole es cierto, y que lo del Gran Cañón del Colorado es, a fin de cuentas, una gotera mal arreglada.

Una gracia de miedo (repost)

Una de las cosas que me pasan con las películas de miedo es que me dan miedo. No es una obviedad esto que les estoy diciendo, porque las películas de amor no me dan amor, las de aventuras no me convierten en Indiana Jones ni las policíacas en Phillip Marlowe, y con las de vaqueros no me pongo a mascar tabaco. Eso sí, de los musicales suelo salir muy cantarina, pero esa es otra excepción.

A mí me dan miedo los muertos, los cementerios y las conversaciones sobre la otra vida. No soporto la estética macabra, ni todos esos personajes de terror que  circulan por la literatura, los comics, las películas, o los diversos espectáculos, como el Conde Drácula o Frankenstein. No digamos el tal Freddy, la Momia o desechos similares. Les diré que no pude leer El perro de los Baskerville y que recuerdo con auténtico pavor El fantasma de Canterville. Todo esto se lo cuento para que se hagan una pequeña composición de lugar.

¿Ya se la han hecho? Continúo pues.

Se pueden figurar vds cómo las paso en estos días de buñuelos y huesos de santo. He bajado a Curra y me he cruzado por la calle con un señor que llevaba a su lado un chaval de unos 14 años lleno de sangre, vísceras y un moco verde por el pelo. En el parque, una pandilla de zombis caminaba deprisa y muy alborotadora hacia algún lugar oscuro. El infierno, sin duda. He dejado a Curra ladrar, no fuera que se acercaran y tuviera yo que ahuyentarlos con un par de palos en forma de crucifijo. Y luego, de regreso a casa, me he encontrado con la familia Adams al completo, Morticia a la cabeza, que salía en ese momento del ascensor.

He tenido que dar a Curra un tranquilizante. Y creo que yo me voy a tomar otro.

PS: Esta entrada la escribí hace un año. La vuelvo a postear porque, salvo que no me he cruzado con Morticia sino con Carry (después de la vomitona), sigue siendo de actualidad. Perfectamente.

Marías

A mí me gusta mucho Javier Marías, y me parece un gran escritor. De él no he leído todo, pero sí un buen puñado de libros: Corazón tan blanco, Todas las almas, Mañana en la batalla piensa en mí, y la trilogía Tu rostro mañana, que me parece muy buen libro el primero, brillante el segundo y magnífico el tercero y, en conjunto, una obra maestra. También he leído Los enamoramientos, su último libro, y tengo que decir que no me parece ni de lejos lo mejor que ha escrito. Una frase suya acompaña a este blog desde que lo abrí, y la dice el protagonista de Todas las almas al principio del libro cuando le hacen ver, con elegancia, que la palabra papirotazo proviene del golpe que se pega en el papo, y no de la toba que se le da a un papiro para probar su resistencia, que es lo que él, un profesor de español en Oxford, se ha inventado en clase como respuesta a una pregunta sobre la etimología de la palabra.

De los libros que he leído de Marías me gusta su manera de imaginar las historias y de mantener el interés en la narración, y que se entretenga reflexionando y vaya recorriendo los pensamientos de unos personajes siempre muy bien dibujados. Creo que tiene una prosa formidable, hila muy bien las tramas y luego las cose con mucho cuidado sin dejar cabos sueltos y sin que nos parezca extraño todo lo que nos cuenta, porque sus historias nunca dejan de ser una novela aunque sus personajes transiten por nuestro tiempo y compongan una sociedad muy reconocible. Y son novelas con fondo, que abordan temas con interés que dan que pensar y discutir.

O sea que Marías me encanta, me parece un escritor maravilloso. De novelas, porque en sus artículos periodísticos reconozco que no le sigo más que cuando me lo encuentro. Sí que le he leído en alguna entrevista y me parece un tipo normal, con sus ideas, que las tiene por supuesto, pero sin ser ningún sectario, desde luego. Le sobra inteligencia, formación y buenas maneras para enfangarse, creo yo. Eso sí, como madridista lo mejor que podrían hacer es ponerle en una vitrina para decorar la sala de trofeos con un esparadrapo en la boca y la mano atada a la espalda para que no escriba tonterías…

La semana pasada, el Ministerio de la cosa le concedió el Premio Nacional de Narrativa y él lo rechazó, en mi opinión con amabilidad, agradeciendo la gentileza y tomándose el tiempo de explicar sus razones. También recordó que a su padre nunca le habían dado un premio Nacional, y que lo merecía más que él, algo que le honra tanto a él como a su padre pero sobre lo que yo no tengo una opinión formada, aunque si él lo dice llevará razón. Contó que siempre había manifestado que rechazaría cualquier premio oficial, y yo la verdad es que le alabo el gusto, por aquello de no mezclar las toallas con los trapos. Quiero suponer que el Ministerio también tendría sus razones (tanto para elegir a Marías, como para elegir una novela que no es la mejor que ha escrito), y sin embargo no han explicado por qué no conocían esto que no parece que fuera el secreto de la Cocacola, en especial para algo que se llama Ministerio de  «Cultura«, y por qué a nadie se le ocurrió pegarle antes un telefonazo para preguntar  y así no quedar compuestos y sin premiado. Francamente, este es un episodio que Marías se puede permitir, pero el Ministerio de Cultura no.

En fin, después de todo lo anterior diré que ni ese premio le hubiera convertido en mejor escritor ni el haberlo rechazado en peor. Y que de todos modos, aunque no lo haya recogido, se lo han concedido. Como dirían los franceses, bien joué, Marías, bien joué

Paradoxal

Una niña bien guapa que conozco me dijo añoche en un sueño que «esto es paradoxal». No consigo recordar a qué se refería, pero sí que me hacía reír mucho con la ocurrencia.

Está muy bien que los niños aprendan desde su edad más temprana a salir en los sueños de los demás y a dejarles el recuerdo.

Les pongo esto para que practiquen un rato con la pronunciación de las equis y de paso para que aprendan que sólo en muy raras ocasiones, se pronuncian sin que existan.

PS: Es de lo más normal que los niños guapetones y simpáticos digan «paradoxal» de vez en cuando. Un claro síntoma de estar muy bien educados y de tener unos padres bien majos. Y una madre que hace unas tartas riquísimas. Y…y…. y ya no sé qué más puedo decir para que no se me malinterprete un tuit 🙂

espacio

espacio

Je n’ai pas d’excuse,
C’est inexplicable,
Même inexorable,
C’est pas pour l’extase, c’est que l’existence,
Sans un peu d’extrême, est inacceptable,

Je suis excessive,
J’aime quand ça désaxe,
Quand tout accélère,
Moi je reste relaxe
Je suis excessive,
Quand tout explose,
Quand la vie s’exhibe,
C’est une transe exquise

Y’en a que ça excède, d’autres que ça vexe,
Y’en a qui exigent que je revienne dans l’axe,
Y’en a qui s’exclament que c’est un complexe,
Y’en a qui s’excitent avec tous ces «X» dans le texte

Je suis excessive,
J’aime quand ça désaxe,
Quand tout exagère,
Moi je reste relaxe
Je suis excessive,
Excessivement gaie, excessivement triste,
C’est là que j’existe.
Mmmm, pas d’excuse ! Pas d’excuse !

La gallina

Fuimos, como cada Navidad, al pueblo de mi padre, en la provincia de Toledo. Como siempre, se desvivían por llenarnos de atenciones, por enseñarnos todo, por llevarnos de aquí para allá. No dejábamos de ser «la familia de Madrid», y se reían mucho cuando nos asustábamos si pasaba cerca algún gorrino o cuando nos miraba una vaca fijamente. La verdad es que de aquellas cosas del campo, el único que entendía algo era mi padre, aunque más de la parte de la Naturaleza que de lo relativo a la faena cotidiana.

Entonces alguien le quiso regalar una gallina a mi madre. Y le dijo en broma que si quería que se la diera viva o muerta. Y todo el mundo se echó a reír, con mucha chufla, ja, ja, cómo se va a llevar una gallina viva la Carmencita, ja, ja, mira que eres «bolo», ja, ja. Bien, eso es no conocer a mi madre.

A Madrid que nos vinimos con la gallina en un saco. La gallina viva, por supuesto, en el maletero de aquel 1.500 con las tres niñas detrás oyendo el rumor de un coco-cocó lejano, enterrado debajo del tronar del Carrusel deportivo. Mi padre se desentendió del asunto, faltaría más: finalmente, tras esos puños blancos y aquella corbata impecable se escondía un hombre de campo, sí, amante de la siembra y la siega, interesado por los rojos atardeceres y las tibias mañanas, enamorado de encinas y alcornocales, soñador de cigarrales y de vetustas casonas… pero sin vocación ni experiencia alguna como matarife. Aparte de que aquello carecía de cualquier atisbo de racionalidad. En cuanto a mi querida madre, algo sabía. De oídas, claro. De las historias que se cuentan en torno a una mesa camilla, de cuando la guerra. Quizá había leído algo en algún libro. O tal vez en… ¿Sería en lo de Felix Rodríguez de la Fuente…?

Cuando llegamos a casa, la gallina fue a parar a la terraza. En un 4º piso en Madrid, todo muy coqueto. Una de mis hermanas pretendió defender a la gallina, y quería que la llevaran a un sitio especializado, aunque no supo concretar qué tipo de especialización. Mi otra hermana sólo sabía decir que había que matarla bien, que los pollos andan sin cabeza y que a ver si se iba a caer por la barandilla a la calle, qué horror. En cuanto a mí, yo sólo recuerdo la sensación de mareo. Mi padre propuso llevar la gallina a un carnicero al día siguiente y dejarse de líos. Otro que tal, como si no conociera a mi madre.

Llamó a una tía suya y ésta le dijo cómo. Agarras la gallina bien agarrada, con el cuerpo debajo del brazo como si fuera el fol de una gaita y dejando la mano libre para estirar del cuello a la gallina. Con la otra mano, le pegas un corte seco con un buen cuchillo en la nuca.

Mi madre todavía cuenta el episodio deprisa, como sin querer recordarlo. No sabe si la gallina aleteó antes de morir o si tuvo que desangrarse. Sólo sabe que tenía dos preocupaciones: cortarle el cuello rápidamente y no desmayarse. Por ese orden.

Curra en el aperitivo

Hoy hacía una preciosa mañana de sol y frío madrileño, así que me he llevado a Curra al aperitivo, como hago siempre que voy a una de las terracitas cerca de mi casa. Curra es una perra muy pacífica y la puedes llevar a todas partes. Sin embargo, en España no dejan meter a los perros en la mayor parte de los sitios, ya puedes decir que está educada y que no hará nada. Cuánta gente no podría decir eso de ellos mismos. Pero bueno, entiendo que hay personas a las que les dan miedo los perros, o asco, o simplemente que no les da la gana compartir su espacio con un animal. En fin, a Curra le gusta mucho esto de venirse conmigo de aperitivo aunque hoy, tumbada a mi lado, se ha llevado un buen pisotón en el rabo. Un señor trataba de colocar su silla y no la ha visto, y luego ha estado a punto de caerse, él y la silla, no sé si por el susto de pisar en blandito o por el aullido de Curra. Pobre hombre.

– Mira que te tengo dicho que no dejes el rabo al descubierto cuando hay gente a tu alrededor

– Bueno, pues suéltame y ya me voy colocando yo «a modo».

– No, querida, esto no tiene nada que ver con dejarte suelta. Esto tiene que ver con que se han terminado las patatas y tú te adormilas ahí como si fueras un mastín del Pirineo viendo pacer al ganado.

– De eso nada. Me adormilo porque me aburre vuestra conversación.

– ¡Oh! así que la señorita pretende que discutamos sobre olores de culos… Anda, túmbate otra vez y mete el rabo entre las patas. ¡Y no digas «a modo», no seas cursi!

– ¿Pues qué digo?

– Curra, se supone que tú no tienes que decir nada: los perros no hablan…

Luego, cuando ya nos íbamos, la camarera ha venido a recoger la mesa y ha empezado a echarle piropos. Llevaba un par de patatas fritas que habían sobrado de otras mesas y me ha pedido darle una a Curra. Le he dicho que sí. ¿Me morderá los dedos?, me ha preguntado.

– No, descuide. Pero no espere que le dé las gracias. No habla con desconocidos…

Aquí no hay quien viva (ni quien done)

La Fundación Amancio Ortega firmó ayer un convenio de colaboración con Cáritas por el que este señor aportará 20 millones de euros para programas de atención básica hasta finales de 2013. Como es habitual en un país que cada vez se va pareciendo más a una vesícula, ha habido algunos memos que han despreciado e incluso criticado la acción, con esos argumentos de payaso amargado que no se sabe si buscan una extraña piedra filosofal que devuelve con el eco un rebuzno. Estos progres de la memez, que son envidiosos por parte de padre y odiadores por parte de madre, no terminan de enfadarme porque también serían capaces de conmoverme: ellos podrían acabar, como todos, en la cola de un comedor social.

Ayer tuve que leer el siguiente razonamiento matemático: “Que Amancio Ortega done 20 millones de euros es como si yo dono 1 euro”. Por supuesto, querido memo, pero dado que te gusta tanto echar cuentas, convendrás conmigo en que para alcanzar 20 millones de euros se necesitan 20 millones de roñosos que dejen una mierda de donación como la tuya. Y que me perdonen los de Cáritas, que seguro que no le hacen ascos ni a la donación del miserable euro de este mono con 3G, pero también les advierto: cuidado con estos gilipollas, porque igual que demonizan a Ortega, les criticarán por no distribuir democrática e igualitariamente la comida: si un chaval de 40 kilos come un plato de sopa, yo que peso 80 me merezco dos platos, razonará el muy tontainas. Introduzco la palabra “merecer” porque últimamente se usa mucho, especialmente para exigir la wifi en las paradas de autobús.

Otro top es la de los listísimos que se ponen a decirle a Amancio Ortega lo que tiene que hacer con su dinero, e incluso a echar cuentas de a cuánto tocaríamos si lo diera to’ pal pueblo. Y una muy buena es la de los que le critican por tener fábricas y centros de logística fuera de esta patera mal avenida en la que vivimos. Si Lucía Echevarría, por poner el ejemplo de un escritor cualquiera, escribiera directamente en mandarín (es un suponer), su editorial no tendría que andar por todo el Planeta buscando un chino deslocalizado o un pobre inmigrante para traducirla (traducir, no copiar, no tengamos prejuicios con los chinos). No sé si me siguen… O sea, que por lo visto  la globalización es una plaga, y cabe hacer una durísima crítica al negocio editorial, por ejemplo, puesto que promueve la internacionalización de los mercados, algo horrendo que al parecer sólo trae el mal. Un mal perverso que hace que Inditex  dé trabajo a más de 100.000 personas (la mitad en España) y que haya logrado ganar casi 2.000 millones de euros en 2011… después de impuestos con los que, por cierto, se pagan jubilaciones, prestaciones de desempleo y hasta el sueldo de diputado de ese alcalde (¿serán dos sueldos?) que hoy asalta un Mercadona y mañana hará lo mismo con un Zara para, desde la justicia social, regalarle una pashmina a su señora o a cualquier colegui de algarada.

Yo soy donante de Cáritas, y a mucha honra. Creo que, al igual que muchas otras organizaciones, realizan un trabajo muy bueno, y más en un momento tan duro como en el que estamos. Creo, de corazón, que el gesto de Amancio Ortega suma, y suma un montón: 20 millones de euros… en fin, no sé vds, pero yo hay meses que no los gano. Muchas otras empresas, otros empresarios, otros ricos, otros famosos, dedican parte de sus beneficios a donaciones, y tienen programas sociales. De verdad que no consigo entender qué se puede criticar. Se me dirá que tienen exenciones fiscales y es cierto, pero alternativamente también le darían ese dinero al Estado, y prefiero pagar platos de sopa que embajaditas y coches oficiales.  Me dirán que son actos publicitarios y es cierto, pero también se promociona la acción de solidaridad y la organización social receptora, que obtienen notoriedad y un efecto de emulación que también hará aumentar las donaciones. Y por último, miren, cada uno hace con su dinero lo que quiere. O mejor dicho, lo que le deje el Estado…

 Quizá Amancio Ortega no debería haberlo hecho: este país de mierda en el que vivimos no se lo merece. Pero para ser coherente no debo juzgarle, puesto que acabo de criticar que otros lo hagan. Así es que dejaré que opinen los más de 6 millones de personas atendidas por Cáritas el año pasado, que seguramente saben mucho mejor que yo de qué coño estoy hablando.