La vida entera, de David Grossman, es un libro que empecé a leer y que abandoné en la página 20, probablemente porque se cruzaría otro libro, y luego otro, y otro, hasta que ahora lo he retomado para el club del lectura. Lo he leído en una especie de carrera contra el tiempo y para llegar en fecha a escribir este post. Y me alegro de que sea así. Me alegro de haber tenido que obligarme a terminarlo, y también de haberlo terminado. Y es que se trata de un libro con el que es fácil distraerse: a veces pasa una mosca y se te va el santo al cielo.
La vida entera es ese instante en que una mano en forma de puño llama a la puerta y tres hombres del ejército te dicen que tu hijo ha muerto en una operación militar. Y para evitar ese instante, una madre emprende un viaje angustioso caminando a través del norte de Israel, sin importar mucho hacia dónde va, porque como ella dice “no me importa dónde estoy, sino dónde no estoy”. Mientras recorre el camino, Ora nos va contando la vida de su hijo en sus detalles más triviales, detalles que le sirven a la madre para mantener al hijo vivo, pensando que con ello le protege de la muerte, creyendo que si deja de caminar, si vuelve a su casa, entonces tendrá que escuchar que su hijo ha muerto.
Y al hablar del hijo, Ora nos habla de su propia vida, encajonada en un triángulo amoroso que forma con dos hombres que conoció de niña en un hospital, a los que ama a cada uno de una manera y que la quieren también, cada uno a su manera. Dos hombres que también han vivido una guerra que se repite en cada generación porque es siempre la misma guerra. Y uno de ellos, Abram, la acompaña en el camino y la escucha mientras ella le habla del hijo, y encuentra de paso la manera de curarse él mismo de sus propias heridas de la vida, una vida de la que se ha desenganchado después de que las torturas de la guerra le hubieran devuelto a casa convertido en un guiñapo humano.
Decía yo hace un mes que pocos libros justifican mil páginas. Este tiene 800, y durante las cien primeras, tres niños van forjando su amistad para toda la vida en un hospital y creo de verdad que más abundancia no siempre aporta mayor precisión. En su descargo hay que decir que el autor, David Grossman, tuvo el mismo reflejo que Ora, porque lo empezó antes de que su hijo se enrolara en el ejército y tuvo la sensación, durante mucho tiempo, de que mientras siguiera escribiendo libraría a su hijo de la muerte. El hijo de Grossman murió finalmente antes de que Grossman acabara el libro. Y yo me pregunto qué grosor de libro le hubiera salido si no hubiera tenido a su hijo destacado en una operación militar. Y también, cuál si el hijo no hubiera muerto.
Ah, la prosa es maravillosa, incluida la traducción. De no ser por eso, y por unos pasajes llenos de vigor repartidos por todo el libro y que indican que tenemos delante a un magnífico escritor, el libro hubiera ido directamente por la ventana. Creo que leeré algo más de este hombre.
También tenéis reseñas del libro en los blogs de Lo que pasa en mi cabeza, Desgraciaíto y Livia.


