Semana Santa descansada

Relax poblachónVolví ayer sábado de vacaciones, temiendo la caravana y, sobre todo, los vientos polares que ya amenazaban con aparecer en el poblachón. Y si sólo aparecieran vaya que te tira, pero lo peor es que te llevan volando.

No me ha costado volver, entre otras cosas porque llevaba allí desde el sábado pasado y ya se me estaba poniendo hasta el acento del lugar.

– ¿Y tú desde cuándo estás aquí?

– Máaa

El plan de la semana no era plan. Consistía en cruzar los dedos para que no lloviera y poder dedicarme a pasear a las perras por el pinar o por el robledal, que son los dos tipos de bosques que están a un lado y otro de la carretera que lleva a Avila. Es como una frontera y tú eliges el tipo de campo que prefieres: un bosque tupido y lleno de piñas, con muchas cacas de vaca por todas partes, o un pastizal con robles desperdigados lleno de palos y con muchas cacas de vaca por todas partes.

tupido pinarComo sin duda ya han advertido vds, el suelo contiene elementos comunes y elementos específicos, y esto tiene su importancia cuando paseas con perros, no crean que no. Yo prefiero tirarles piñas, me parece más romántico, aunque con los palos, en especial si son largos, consigo llegar más lejos. Aparte de que van volando en círculo y cuando salen del brazo hacen un ruido como de látigo que es muy sugerente. No he notado preferencias por parte de Curra ni de Wilma sobre ir a por una cosa u otra. Bueno, para decirlo todo, Wilma va y viene incluso aunque no le tires nada. En esto Curra es una perra mucho más moderada y cabal.

semana-santa-14-roblesEn cuanto a las cacas de vaca, es algo que me concierne a mí exclusivamente, que no relajo la atención para no pisarlas y también para que Curra no se me revuelque en alguna. Esta semana lo ha logrado sólo en una ocasión, así es que sólo he tenido que bañarla una vez. Ya hubo cierta Semana Santa que se metió en un estanque lleno de renacuajos y de lo que no eran renacuajos, todo porque una niña que yo me sé tiró una piedrecita por ver qué pasaba. Y lo que pasó es que Curra creyó que tenía que ir a por ella…

En el plano gastronómico, no he tomado torrijas, si exceptuamos una marranada que me sirvieron una noche que salí a cenar con amigos. Mi colesterol no ha sufrido en absoluto, más bien se diría que se ha beneficiado de la cocina poblachonera: los chuletones, morcillas, patatas revolconas de un lado y las pastitas y croissants por otro son una trampa que hacen del poblachón un lugar de lo más revolucionario, porque allí se pone fin a cualquier régimen establecido. En cuanto al aspecto deportivo, tal vez les parezcan poco dos caminatas al día por esos campos de Dios y de animalitos de granja. Sin embargo, quedé una tarde para jugar al padel y fue algo muy moderado, no hay que olvidar que la última vez que jugué me dejé un gemelo en la batalla. Y no me daba miedo rompérmelo, sino tener que ir al médico a escuchar su opinión sobre la edad real y la edad aparente. Y yo, de vacaciones, no estoy para escuchar opiniones de ningún médico.

Por lo demás, quería aprovechar para encargar una cocina nueva y para solucionar unos papeles en el ayuntamiento. Lo primero lo he logrado y lo segundo no: cazar abierto a ese ayuntamiento es complicado, pero ya encontrar a alguien con algo de criterio como para registrar una sencilla cuenta bancaria requiere unas habilidades fuera de mi alcance. A mí, en el poblachón, sólo me queda imaginación para tirar palos. Con silbido de látigo, que es muy sugerente.

 

 

 

 

 

Diez días de Julio, de Esteban Navarro

diez dias de julioSi van navegando por internet y por azar entran en Amazón, y van y se topan con este libro por menos de un euro, no lo duden ni  medio segundo: no lo compren.  O si deciden no hacerme caso y al final lo compran, entonces mi consejo es que lo reserven para el verano: en vez de hacer crucigramas a la hora de la siesta, pueden dedicarse a encontrar las faltas de ortografía, los errores de concordancia, las descripciones repetidas o incluso coleccionar las comas que sobran.

Tengo un enorme respeto por los escritores y por todos aquellos que logran escribir una novela. Tener la imaginación para inventarla, la paciencia para componerla y el esfuerzo de escribirla me parece algo titánico, o al menos, algo que no está al alcance de cualquiera, no desde luego a mi alcance.  Yo comprendo que no todos los que escriben novelas pueden ser grandes escritores, y que de esos hay en realidad muy pocos. Yo lo comparo con el tenis: quien más y quien menos juega, puede estar federado e incluso jugar en campeonatos. Pero Nadal sólo hay uno. Pues esto de las novelas es similar: no se puede pedir que todos los que publican sean García Marquez (DEP, por cierto), pero en el caso de este autor, la falta de oficio o probablemente de un buen consejo profesional (el libro está autoeditado en Kindle) es palmario.

En esta novela sucede un extraño asesinato y un inspector de policía bastante torpe queda encargado por el comisario para resolver el crimen. La historia no está mal, y tiene su intriga, aunque se hace pesadísimo porque racapitula aproximadamente cada dos páginas. De hecho, si no es por la curiosidad, hubiera abandonado el libro en el segundo o tercer capítulo, pero me he quedado hasta el final para ver quién era el asesino, aunque la trama se va enrevesando hasta hacerse algo ridícula. Y mientras, he sufrido, he sufrido.

Aparte de que que el autor se repite como el ajo, el libro está escrito de forma muy descuidada. Es como si en las galeradas el autor se hubiera dedicado a dormir la siesta. Bueno, no creo que haya revisado el libro, ahora que lo pienso. Pero hay cositas que no son sólo descuidos de una escritura atropellada (por no decir algo más serio). Leer que «cualquier abogado de tres al cuarto desmantelaría esa acusación y la derrumbaría como un castillo de naipes azuzado por una tormenta tropical» es para tirar el Kindle por la ventana. O leer «Anda, Simón, ves a tu casa a dormir» o «tengo la grabación – le digo – te gravé cuando hablaste conmigo…» es para pensar seriamente en cortarse las venas.

Los personajes no están cuidados y además, el autor se empeña en transcribir diálogos irrelevantes entre ellos, conversaciones que son relleno de paja y que no aportan nada al texto, ni a la trama, ni al espíritu. La novela está escrita en presente de indicativo, y no estoy segura de que el autor haya querido dotar al libro de un efecto de estilo original para ir leyendo la mente del inspector, sino que para componer un relato en pasado, este hombre escribe como habla: mal.

En fin, una mierda de libro. Luego no me digan que no les avisé.

La delicadeza

En uno de sus post de lecturas del mes (algo muy práctico, todo hay que decirlo), leí a Modestino recomendar a un autor francés, David Foenkinos, como un autor revelación de los últimos tiempos. Recomendaba Los recuerdos como un libro intimista, él lo llamaba literatura «descomplicada». En fin, sin saber muy bien yo qué es eso de la literatura descomplicada, me interesó la reseña y me fui de cabeza a leerlo, total, algo hay que leer en esta vida. Y resulta que en vez de bajarme Los recuerdos, por razones que no vienen al caso (razones de lo más tontas, que ya me gustaría contarles algo interesante), me bajé de Amazon La delicadeza, un libro anterior del autor.

La delicadeza, pues. Una novela deliciosa. Me lo leí en un día y medio y me he enamorado. Me he enamorado del autor, de la historia, de los protagonistas y hasta del Kindle, y eso que es un cacharro de lo más ordinario. Les voy a decir una cosa muy en serio: si yo escribiera una novela, me gustaría escribir una novela así, y no esos churros que se leen hoy en día, que entre la autoedición y los editores ágrafos, se lee cada mierda, con perdón (ya, ya les contaré, ya). Y por eso descarto escribir una novela: a lo máximo que puedo llegar es a escribir estos post y a tener unos pocos lectores que me soportan, la mayor parte de ellos yo creo que por pura curiosidad. Pues sí: he llegado a la conclusión que a mí me leen por curiosidad. Me leen como el entomólogo que mira a un insectillo hacer cosas incomprensibles por el suelo, por las paredes, por el techo.

A lo que iba, que me pierdo. Que me leen vds por leerme. Y luego que me encontraré un comentario del tipo «pues me lo leeré», cuando sólo he escrito una línea sobre el libro. No me quieren vds nada. Me releo y creo que he escrito lo más profundo que se puede escribir sobre los insectillos: que son bichos incomprensibles. En cuanto al libro, lo dejaré para otro momento en el que mi mente esté algo menos confusa.

No obstante, esto no puede quedar así. Veamos, ¿Para qué están los insectos en el mundo? Porque una jirafa se comprende perfectamente. Va la mujer (o el macho, hay machos jirafas, me consta) por la selva con su largo cuello y comen ramas de los árboles altos, que para eso las jirafas tienen un cuello larguísimo y los árboles unas copas elevadas. Son tal para cual, las jirafas y los árboles altos. ¿Pero y los insectos? Los insectos van por ahí reptando, volando atontadamente o dando saltitos de lo más ridículo ¿para qué en concreto? Pues para nada, porque todo el trabajo en este mundo lo hacen las abejas. Y como son la mar de productivas, las abejas, están desapareciendo. Es lo que hay: si no pueden cobrarte impuestos, estás condenado a la desaparición, ostracismo mediante.

Mañana les hablaré de La delicadeza, que hoy me he dispersado y se me ha ido de la cabeza el post que había pensado. La vida.

La segunda mitad de abril

Hoy empieza la segunda mitad de abril.

No es un día cualquiera, desde luego.

Y no sé vds, pero yo estoy de un humor excelente.

¡Vamos a celebrarlo!

 

 

All my life is changing every day, in every possible way.

In all my dreams, it’s never quite as it seems, never quite as it seems…

 

El lápiz del carpintero, de Manuel Rivas

imageHe leído recientemente este libro, El lápiz del carpintero, de Manuel Rivas. Se trata de una historia enmarcada en la guerra civil española, aunque bien pudiera ser cualquier otra guerra civil. En este tipo de guerras, siempre se piensa en los bandos como el de los rebeldes y el de los conservadores, o entre el bando de las izquierdas y las derechas, o en nuestra guerra civil, el bando de los rojos o el de los nacionales. Pero en realidad, en las guerras civiles los verdaderos bandos son los de las víctimas y los verdugos, o, como decía un amigo, es como tener una tarta y cortarla en dos mitades, y en ambas mitades quedará los mismos ingredientes, la misma masa, el mismo sabor, y habrá cerezas, tropezones de limón, bizcocho y nata a partes iguales. O sea, gente buena y gente mala que después sobrevive o se adapta, como a todo en la vida.

El lápiz del carpintero cuenta la historia de dos hombres. El doctor Da Barca, un hombre con aura, con el don de la cura y de la hipnosis, capaz de curar, de detener a los hombres y de convencerlos sólo con su mirada, un hombre bueno, capaz y cabal. Enfrente, Herbal, un hombre débil e ignorante que se une a los que detentan el poder en la zona, que se entrega al mal porque la sumisión es más segura y además le dota de impunidad. Y estos hombres se encuentran en la guerra y sobreviven a ella, el uno usando la fuerza que le confiere su uniforme y el otro, la fuerza con la que fascina a los demás, la admiración que provoca. Completa el triángulo clásico una mujer muy bella, Marisa, que representa el amor incondicional, la lealtad, la perseverancia y la rebeldía.

Herbal mata a un pintor al que le roba el lápiz con el que dibuja en la cárcel a sus compañeros de celda, presos «políticos» como él, un lápiz de carpintero que es con lo único que puede dibujar. Y vive con este lápiz, que le llama y le recuerda que somos humanos, y que existe la compasión. Y que en cierto modo le guía, como un remordimiento, y que actúa como una balanza frente a otras voces que le dicen que o te sometes o dominas, otras voces que le dicen que no hay término medio y que hay que matar o morir, cuando hay gente que únicamente quiere vivir sin tener que matar.

El libro está escrito originalmente en gallego y luego traducido al castellano, que es como yo la he leído. Está muy bien contada, con personajes bien dibujados, muy especialmente el de Herbal, en un tono de realismo mágico que es muy de mi gusto.

Una buena novela.

Curra y las ovejas

Era Curra muy jovencita, debía de ser el segundo verano que subía al poblachón, con un año y medio. Todas las mañanas, muy temprano, nos íbamos con mi amiga Susana hasta la Estación andando, en un recorrido que no debe de ser muy superior a los cinco kilómetros, por un camino que discurre por medio del gran pinar. Susana y yo íbamos andando, pero Curra iba pegando brincos. Y es que ahora Curra es una perra muy tranquilona, pero los tres primeros años vivir con ella era como vivir con una cabra. Aunque con menos olor, dónde va a parar.

En el pinar es fácil encontrarse animales sueltos. Aparte de gente en chándal, no es raro cruzarse con vacas, caballos y algún que otro rebaño de ovejas. Las reacciones de Curra cuando veíamos animales eran diversas, y así como salía a ladrar a los caballos, con las vacas y con la gente siempre se comportaba más bien con indiferencia. Los caballos, que son animales nobles y muy queridos en el imaginario popular, tienen bastante mala leche con los perros, no crean, y yo siempre me temía que le fueran a dar una coz y me mataran a la perra. Ya, claro que la podía llevar atada, pero ¿quién lleva atado a un perro por el campo? En fin, ya tenía yo cuidado, cuando veía algún animal a lo lejos, en agarrar a Curra, porque aunque obedecía, a veces se le iba el santo al cielo y salía como una flecha corriendo.

Una mañana, al rebasar un altozano, de pronto Curra avistó un rebaño de ovejas ladera abajo. No me dio tiempo ni a llamarla cuando la ví correr ladrando hacia las ovejas, que salieron despavoridas, balando y haciendo sonar los cencerros hasta que desaparecieron, las ovejas y Curra, por el otro lado del monte. Yo me desgañitaba llamándola, hasta que opté por salir corriendo yo también. Ya creía que había perdido al perro por el campo cuando de pronto apareció por un sitio inesperado, con la lengua fuera, como si viniera de correr una maratón. Naturalmente, la regañé, la agarré del collar, le di un azotazo y la hice volver al camino, donde se había quedado Susana esperando a que volviéramos las dos.

El caso es que seguimos nuestro camino, ya con la perra al lado. Y unos diez minutos después, apareció un jeep a nuestra espalda, un todoterreno antiguo y color café con leche como el que suelen llevar los vaqueros de por aquí. Yo volví a atar a Curra, para dejar pasar el coche, aunque paró a nuestra altura. Dentro, un hombre de unos cincuenta años, bajó la ventanilla y, muy tranquilo, con una media sonrisa y con mucha amabilidad, me preguntó si es que no me obedecía el perro. Cuando le dije que era joven, y que no siempre atendía, se dio a conocer:

– Soy el dueño de las ovejas. Ese perro suyo les ha pegado una carrera de mucho cuidado y me las ha dispersado por todo el monte. Incluso una de ellas se me ha despeñado. He tenido que llamar a mi hijo para que me ayude a reunirlas otra vez… Debe usted saber que yo tengo derecho de pasto. Eso significa que yo puedo llevar animales sueltos, y si le pasara algo a una de mis ovejas por culpa de su perro, en un juicio llevaría usted las de perder. El monte es de todos y todos podemos disfrutarlo a la vez, y yo comprendo que usted quiera llevar al perro suelto, es lo normal y me parece bien, está en su derecho. Pero yo también tengo derecho a que mis ovejas pasten por aquí. Así que por favor, tenga más cuidado con el perro, porque ahora me toca a mí perder el día entero hasta volver a juntar todo el rebaño.

Yo no sabía qué cara poner, ni qué decir, ni cómo reaccionar. Si aquel hombre me hubiera regañado, o gritado, o le hubiera visto enfadado, pero la calma, y hasta la simpatía del hombre me desarmó, y no sabía que decir, aparte de disculparme, claro, porque el hombre me pedía que soltara al perro, que no tenía por qué llevarlo atado, sólo me pedía que cuidara de que no se me escapara…

Qué horror. Yo me imaginaba las ovejas por ahí desparramadas, despeñándose por la montaña, con un susto de muerte viendo a esta loca correr detrás de ellas. Así es que, a partir de ese día, Curra fue al campo con pelota de tenis. De ese modo, mientras estuviera preocupada por que no se le cayera la pelota de la boca, no había peligro de que saliera desmelenada detrás de un rebaño. Y sólo en otra ocasión nos nos volveríamos a encontrar ovejas, pero esta vez con un perrón cuidándolas. ¿Sería el mismo rebaño? En fin, esa es otra historia, que da para otro post, aunque de miedo. El de hoy termina aquí.

Entre el olvido y la memoria

El título de este post es el nombre del blog de Miguel, que nos ha dejado hace unas semanas. Yo me enteré ayer a través del blog de Inma, Territorio sin dueño, y después en casa de la boticaria, aunque para entonces ya tenía la cabeza muy confusa. Y tengo que decir que apenada. Pero hay post que hay que escribir.

La primera vez que se cruzó la muerte en lo que llamamos el mundo virtual me quedé perpleja. Fue al principio del blog. Uno de mis comentarista habituales sufrió un ataque al corazón y después de unos días falleció. Y yo lo sentí como si lo conociera de toda la vida. Eché cuentas de su bonhomía, de su simpatía y de las discusiones divertidas que teníamos en este blog, pero mi perplejidad provenía de la bofetada de tristeza que me sacudió, una bofetada inimaginable, inaudita, que no esperas en alguien a quien no conoces en persona, físicamente. Fue una manera brutal de entender que un blog es una vivencia. Y es ésa la vivencia que se acaba, que termina bruscamente, y que te golpea.

He vivido otras dos muertes en tuiter y ya no me sorprendió la pena, aunque me sacudió de igual modo. Y en las dos ocasiones escribí dos posts a aquellos dos tuiteros, a quienes sigo recordando y llevando en mi corazón. Y es que yo estoy aquí porque escribo y escribir es mi tributo, la expresión de mi pena, una pena sobre la que no quiero comentarios porque no he venido hoy a recibir un pésame, sino a saldar una cuenta.

Sé que este post no estará a la altura ni de cómo escribo yo ni de cómo escribía Miguel. Si le leía era por su estilo, por su capacidad de juntar letras con elegancia, por la soltura al escribir. Era un tipo al que se le notaba el pulso y yo a eso le doy valor. También escribía poemas, pero yo eso me lo saltaba, no tengo por qué engañar. Y tampoco le seguía en su faceta de animador, ni participaba en su foro. Me apunté a uno de sus ejercicios blogueros pero incumplí porque se me hizo tarde, da igual ya por qué, aunque habría un porqué. Y un montón de blogueros escribía todos los días 11 al ritmo que ponía Miguel. Porque era un tipo que se hacía querer, aunque no le siguieras cuando tocaba el tambor.

El 28 de diciembre pasado escribió una entrada comunicándonos que iba a escribir un libro como negro, y planteando incluso la disyuntiva moral de la creatividad sin firma. Y a mí me pareció perfectamente posible que le hubieran ofrecido escribir por cuenta ajena un libro. Y me pareció rarísimo que lo comunicara un 28 de diciembre: «todo el mundo va a creer que es una inocentada», pensé. Pero con todo yo le felicité con todo mi corazón, porque me pareció un notición… ¡Y resulta que era, efectivamente, una inocentada! Y se partía él, y me partía yo. Fue como una broma con doble tirabuzón que me encantó. Ese era el personaje.

El blog de Miguel era el lugar en el que se encontraban cada día un montón de amigos a charlar de sus cosas con la complicidad que da la frecuencia y la confianza. Y eso, posiblemente, podría llamarse amistad. Yo sólo pasaba por allí a leer sus post por su estilo al escribir, por su capacidad de juntar letras con elegancia, por su pulso, por su soltura, y porque rara vez no me sacaba una sonrisa. Ahora su blog se ha quedado parado en el tiempo, como se quedan las fotos. Y como ellas, tardará en envejecer, entre el olvido y la memoria.

Gracias, Miguel. Descansa en paz.

Semifinales de Copa de Europa

avatar championNo puedo evitarlo. No me sale Champions. Me sale Copa de Europa. Pero vamos, que es lo que se viene llamando la Champions League.

El Madrid se clasificó el martes con más pena que gloria frente al Borussia Dormund, que fue el mismo equipo que nos eliminó el año pasado en semifinales. Entonces, hace un año, allí nos ganaron 4-1 y aquí, en el Bernabéu, el Madrid hizo un partido glorioso. Se necesitaba un 3-0 y a punto estuvimos de lograrlo para llegar a lo que sería nuestra final número 13 si no estoy muy equivocada. Caímos, pero muy honradamente. Anteayer nos clasificamos, aunque el partido fue una vergüenza. Lo perdimos por 2-0, pero fue un milagro que no nos cayeran más goles y que nos dejaran fuera de la competición.

Sí, fue una vergüenza. Pero pasamos. Y el año pasado caímos, y fue glorioso. ¿Qué prefiero? Yo no creo que haya que plantear las cosas en esos términos, y no veo por qué hay que elegir, aunque si me ponen una pistola en el pecho, elijo lo de este año, naturalmente. Pero yo quiero las dos cosas, y si no puede ser, al menos no pasar las de Caín, que no somos el Pontevedrés, hombre (con mis respetos a los de Pontevedra). Y yo no le hago remilgos a salir a defenderse, que conste, porque un partido en el que vayas a que no te metan un gol puede ser muy emocionante. Pero una cosa es eso, salir a defenderse, y otra cosa fue el despropósito del martes. Casi me da un infarto.

Pero en fin, no les aburro más, sea. Estamos en semifinales de Copa de Europa y eso es lo que cuenta.

¿Y ahora? Puf… Pues está el Chelsea, de Mou, que me da pavor. No por el Chelsea, sino por Mou, que es my rencoroso y le temo más que a un nublao. Aparte de que los jugadores nuestros (o míos, que son vds muy de equipos raros), y en especial los traidores, se van a acongojar, y yo no quiero congojas, que ya son, ces traitres, bastante cretinos sin un Mou de por medio.

Luego está el Atleti, a quien quiero ver en la final (contra el Madrid, por supuesto) por muchas razones, pero básicamente porque así serían dos equipos madrileños en una final de Copa de Europa. Pues sí, ¿qué pasa? ¿Los demás pueden querer a su tierra y yo no? ¿Eh? ¿Qué pasa? ¿Que aquí sólo pueden ser de alguna región los que son de regiones? Pues no, yo también tengo mi corazoncito madrileño. Aparte de que puede ser una final muy bonita. Un poco local, pero bueno. Ya sé que hay algunos madridistas que «odian» al Atleti, pero yo no, ya lo he dicho muchas veces y lo tengo escrito por ahí.

Así es que me queda el Bayern del cursi de Guardiola. Pues que sea el Bayern. Será épico. Pero será.

Mañana, la solución. ¡Hala Madrid!

PS: No puedo terminar este post sin decir una palabra sobre el Atleti. Qué manera de ganar, qué manera de pasar, qué estadio… Muchas felicidades.  Aunque no puedo evitar la coña…

 

 

 

 

Le temps de l’amour

Como esta noche estaré por París, se me ocurre poner este clip de François Hardy, de una canción que me encanta. Aparece Françoise en un estanque que bien puede ser el de los jardines de Versalles, en una barquita de remos. Ella aparece muy propiamente, con un vestido negro muy mono y remando, todo muy improvisado. Y lo que en las primeras secuencias es de una languidez muy propia de los 60, conforme pasa el vídeo ya vamos reparando en que el remo no era el fuerte de nuestra Françoise, porque la barca va un poco por donde quiere y en dos o tras ocasiones ella no le llega a dar al agua. Pero François una mujer esforzada y la mar de atlética, y se pega un palízón de mucho cuidado, porque logra terminar la canción sin dejar de remar durante los dos minutos largos que dura.

Françoise_Hardy_2012_c

En fin, conforme continúa el vídeo y se va acortando el encuadre, aparece el primer plano de esta mujer en todo su esplendor, bellísima, una preciosidad como era a sus veinte años y es difícil apartar la vista y dejar de admirarla. Françoise Hardy  ha seguido siendo una mujer bella y hoy, aunque, ya ajada en el final de su sesentena, mantiene la clase todavía. Los años quieren vencer y dejan sus huellas, pero quien tuvo mucho puede organizar mejor la resistencia… Ah, le temps…

 

On se dit qu’à vingt ans on est le roi du monde, et qu’éternellement il y aura dans nos yeux tout le ciel bleu… on s’en souvient…on s’en souvient…

 

El Estado caracol

caracolMe levanto y mientras desayuno leo el periódico. En lugar destacado, la reforma del Poder Judicial del ministro Gallardón, ese señor con dos cejas. Se trata de una reforma que tiene dos grandes objetivos: proporcionar algo de rapidez a la justicia y mejorar la seguridad jurídica. Paso por alto que en medio de Europa, después de casi 40 años de democracia y bien entrado el siglo XXI haya que preocuparse por estas cosas porque están sin hacer. Y también me olvido de que el señor de las dos cejas haya tardado dos años en parir una reforma: puedo entender que, con tanto por suspirar, ya no sepa por dónde tirar…

Bien, la cuestión es que, manos a la obra, arreglemos esto. A pesar de tener cuenta en Twitter, yo no sé si es una buena reforma y cumplirá con los objetivos propuestos, porque no tengo ni idea de cuáles son los buenos drivers – que diría un cursi -, para arreglar el desaguisado judicial en el que vivimos. Así que aviso para no se me despisten: este post no va del fondo de la reforma, sino que me he fijado en otra cosita. Lean este párrafo aterrador:

«Esta última norma – esencial para la aplicación del nuevo modelo – no se aprobará antes de dos años desde la entrada en vigor de la LOPJ y su elaboración exigirá oir a las comunidades autónomas sobre la necesidad o no de mantener sedes desplazadas, ya que la sede de los Tribunales Provinciales de Instancia (TPI) estará en la capital de cada provincial. Transitoriamente, hasta que entre en vigor la Ley de Planta, se mantendrán abiertas todas las actuales sedes judiciales

O sea, que para que pase algo y se arregle algo, hay que aprobar una cosa esencial. Y para aprobar esa cosa esencial, se necesitan ¡dos años!, porque hay que atender la opinión de las giliautonomías. Y mientras tanto, tendremos lo antiguo y lo nuevo. Un planazo. Claro que, para presumir, hay que sufrir. Sin ir más lejos, yo presumo que seguiremos igual, y no vean lo que sufro.

O sea, que además de llevar la velocidad del caracol, seguiremos viviendo en una tela de araña. Caracoles, arañas…Hum, esto debe de ser lo de la España invertebrada. Para vertebrarla, señores, olvídense de Ortega, porque mucho mejor recurrir a la marmota: en dos años habremos tenido elecciones autonómicas y generales.

Jolín, dos años… No quiero ni pensar como además tengan que cambiar algo en la informática…