Un gemelo a la remanguillé

Pues aquí me tienen, postrada con un gemelo a la remanguillé en el final de mis vacaciones. No soy yo una persona a la que le entusiasmen las actividades de riesgo, que soy más de aficiones sedentarias, y como deportista, si exceptuamos la caminata mañanera por el campo, sólo me motiva un poco ir al padel a dejar que el tiempo siga su curso, que no es más que la manera cursi de decir que voy a pasar el rato. El médico me preguntó ayer la edad y al responderle lo que no esperaba me dijo que a ciertas edades corretear con una raqueta en la mano podía considerarse una imprudencia. Hombreeee, le dije, y me respondió muy serio que una cosa eran las apariencias, señorita, y otra el carnet de identidad. Eso mismo dice mi madre, sólo que a ella le mando a hacer puñetas, en parte porque se aprovecha para llamarme zangalotina, y también porque en caso del médico me pareció una muestra de consideración y cortesía.

No es grave, si no fuera porque la receta es reposo y nada de paseos con las perras por el campo, por no hablar de que lo de trotar detrás de una pelota está terminantemente prohibido en quince días. De todo ese tiempo me sobra al menos una semana, que vuelvo a trabajar el 28. Preocupado por la agenda, el médico me recomendó que, en ese caso, evitara todo disgusto con los clientes y previera con antelación cualquier presentación, que no era cosa de ir corriendo hasta la impresora. Miren por donde, la micro rotura de gemelo va a hacer de mí la ejecutiva ideal de cualquier empresa que, además de preocuparse por la salud de sus empleados, pretenda de ellos el mejor de los rendimientos.

Al salir del Centro de salud (que es la forma democrática de llamar al ambulatorio del poblachón) mi tía se fue a la farmacia a comprar todo el pack reparador que había prescrito el médico y cuando llegó al capítulo de bolsa para el hielo, la farmacéutica le dijo que, para un día de sesiones de 10 minutos, no se gastara el dinero y que usara para la labor una bolsa de verduras. Y ayer me pasé de esta guisa buena parte de la tarde: con una bolsa de guisantes debajo del gemelo. Yo no me quejo, que una princesa como yo sólo se queja del guisante si se lo ponen debajo de 7 colchones, pero mi madre esta mañana me ha aplicado hielo picado, como dios manda, para salvar no ya mi dignidad, sino la comida del lunes, que con jamoncito y ajo hacen de los guisantes uno de nuestros platos preferidos.

Esta noche tengo una cena y he mandado a que trajeran un bastón de mi padre, porque el poblachón sin salir de casa es demasiado para mi salud mental. Y entre que el que me han traído estaba desmochado y que me quedaba mal de largo, han ido a comprarme uno. Naturalmente, la relación robustez – precio ha primado sobre la estética, así es que por el módico precio de 14 euros iré a la cena disfrazada de tío Venancio. No tengo la menor duda de que el prospecto de los antiinflamatorios me prohibirán la ingesta de bebidas alcohólicas, así es que entre el outfit, la invalidez y el exceso de serenidad, puede ser una noche de lo más interesante. En fin, les dejo, que escribir tumbada es de lo más incómodo y yo, ya saben, no me permitiría nunca incomodarles.

10 pensamientos en “Un gemelo a la remanguillé

  1. Jejeje, qué bueno, así me gusta, a tomárselo con humor. Ánimo y a recuperarse pronto! Yo hace dos veranos me hice un esguince muy leve, pero esguince en un pie. Geniales vacaciones de reposo…

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