La crisálida

crisálidaA un blog hay que darle de comer, que si no se vuelve flaquito, amarillea y muere. Y no es una muerte romántica. Sólo las muertes abruptas lo son, y no siempre. Y así un blog que se cierra, se borra o se termina de forma radical, se pasea por la web como un zombi, como un walking dead (esta idea última, la del zombi, no es mía, pero ahora no consigo recordar de quién es para agradecerle la inspiración).

Pero sea como sea, el blog no se acaba nunca. Mientras un libro se gesta con el propósito de acabarse, y es entonces cuando empieza a vivir, el blog sólo vive si no se acaba nunca. El blog es un formato de escritura en permanente gestación. O sea, mal comparado, el blog es como un gusano y el libro, como una mariposa. La crisálida, que tiene toda la pinta de ser un acto íntimo y que te lleva a la estantería del librero, sólo se produce para devenir en mariposa. Y hay algunas mariposas que sobreviven eternamente, porque se cazan y se conservan entre los coleccionistas, o se fotografían, o se reseñan, o se comentan, o se guardan en la retina de tal forma que nunca se escapan de la memoria. Pero un gusano ¿Quién va a querer recordar a un gusano?

Así es que el blog es un arte menor, un recurso de los que encuentran que la escritura es un hobby, o un descargadero emocional, o creativo, o una simple gamberrada con la que divertirse, o distraerse, o divagar. El talento no es imprescindible. Tampoco la ambición. Este blog lleva 760 entradas publicadas y  eso son un montón de palabras, de frases, de asuntos tratados. Pero ni es un libro ni puede serlo: es un gusanito que va por ahí reptando, pin, pin, y que no llegará muy lejos. Sin vocación de crisálida, ya me contarán.

Desde luego, hay quien lo edita, lo encuaderna – no sé si éste es el buen orden – y saca un libro con las entradas de un blog, pero eso son carambolas creativas, o hallazgos rebosantes de practicidad: el gusanito ha sufrido una metamorfosis inesperada y ahora, convertido en mariposa, vuela por su cuenta. Fuera de estos casos, no tan corrientes como parecen, no hay metamorfosis posible. Blog y libro son dos ejercicios muy distintos, porque no es igual nacer de una crisálida que estar abocado a ella.

Por cierto, que gusano y oruga son palabras feas, y sin embargo crisálida es una bellísima palabra, esplendorosa, emocionante, brillante, aunque el objeto que describe es tirando a feísimo. Puede ser debido a su esdrujulez, y ya se sabe que las palabras esdrújulas son la casta noble del diccionario. Oruga rima con lechuga, y con madruga, y con verruga y con Beluga. Crisálida no rima con nada, que para eso es noble. Pero divago, que diría mi querida Di desde Londinium.

Hay blogs potentes, lozanos, gorditos y rollizos, frescos, que se actualizan con el ritmo justo. Notas su vitalidad, notas el músculo del bloguero, su alegría, su ilusión, su juventud incluso cuando el blog ya está maduro, que la madurez de un blog le llega a los dos o tres años. Esto es porque el blog está bien alimentado: dieta variada, equilibrada y sana de mente y espíritu. Otras veces el blog vive del esfuerzo, lo mantiene la rutina, es como una carga, una piedra que se va arrastrando, y percibes el cansancio del bloguero y el blog tiene grasa, está bajo de forma, tiene aspecto lorcero, tez ceniza y falta de aseo. Pero ahí están, vivos. Eso es porque les dan de comer. Mal o bien, pero comen. Y tu esperas que el bloguero se dé una ducha, y duerma un poco y recobre la frescura. La frescura de la lechuga, o de la hoja de morera, alimento preferido de los gusanitos de seda que quizá no salgan nunca de su crisálida, aunque lleguen a ella.

Si no me siguen, vuelvan a leer a ver si tienen suerte, que yo doy el post por acabado. Eso sí: eviten darme la tabarra con las aclaraciones de biología correspondiente. Este post no tiene la menor importancia y sería mucho arroz para tan poco pollo.

Las partículas elementales, de Michel Houellebecq

«Es chocante comprobar que a veces se ha presentado la liberación sexual como si fuera un sueño comunitario, cuando en realidad se trata de un nuevo escalón en la progresiva escalada histórica del individualismo.»

Las particulas elementalesLeí hace más de un mes esta novela, Las partículas elementales, de Michel Houellebecq, libro que me venía recomendadísimo por una buena amiga. He tardado un poco en escribir un comentario porque es una novela para dejar reposar y luego releer las anotaciones y así ver si consigo sacarle la esencia.

La novela cuenta la historia de dos hermanos de madre, muy diferentes entre ellos. El uno, Michel, es un científico, un hombre que vive encerrado en sí mismo, sólo pendiente de su profesión y sin ninguna otra pasión con la que entretenerse, aparte de comprar en el Monoprix. Bruno, sin embargo, es un profesor que intenta hacer sus pinitos como escritor, que vive obsesionado por el sexo hasta casi enloquecer, o sin el casi. La relación entre los hermanos es escasa, pero hay una relación y llegan, en cierto modo, a la misma resolución de la sociedad, aunque por caminos muy distintos.

A donde los dos hermanos llegan es, en mi opinión, a que el amor no es necesario en nuestra existencia. El individuo solo puede vivir una vida plena, o al menos puede aspirar a ello. Es el deseo y su satisfacción lo que hay que procurar. Y uno se lo procura, hasta casi enfermar, y el otro busca la solución en la ciencia, para hacer irrelevante la necesidad de pareja y la reproducción. El libro es una distopía disfrazada, y no se crean vds que deja con buen estado de ánimo. Pero la buena literatura es lo que tiene: no se trata solo de contar una historia, sino de hacer pasar las ideas, de provocar la reflexión a través de la composición y la mentalidad de los personajes.

Por el camino, Las partículas elementales dirige una carga de profundidad muy divertida – y sin duda muy provocadora – contra la revolución sexual (¡la sexualidad socialdemócrata, lo llama!), la generación del 68, los hippies, la «liberación» femenina y todo el movimiento flower power, al que ridiculiza sin compasión, y al que acusa de degenerar en crueldad, toda vez que se libera de las obligaciones morales ordinarias. No se queda ahí Houellebecq, sino que tira contra muchas otras cosas, básicamente contra una sociedad entregada a provocar el deseo sin satisfacerlo, hasta ser devorada por él.

El libro contiene un fuerte contenido sexual, y en algún pasaje, unas dosis muy altas de violencia. Tampoco nos vamos a asustar a estas alturas de la vida por leer ciertas cosas, pero si el autor buscaba que comprendiéramos lo que es el hastío, desde luego lo consigue. Ya he dicho arriba que el erotismo es un concepto completamente inútil en la vida de los dos hermanos. Así es que mogigatos, abstenerse.

Y después de todo lo anterior, yo lo recomiendo vivamente. Creo que es un gran libro, muy bien escrito, muy bien planteado y bien resuelto. Y que da que pensar, aunque luego se olvide. O no.

En sí, el deseo, al contrario que el placer, es fuente de sufrimiento, odio e infelicidad. Esto lo sabían y enseñaban todos los filósofos: no sólo los budistas o los cristianos, sino todos los filósofos dignos de tal nombre. La solución de los utopistas, de Platón a Huxley pasando por Fourier, consiste en extinguir el deseo y el sufrimiento que provoca preconizando su inmediata satisfacción. En el extremo opuesto, la sociedad erótico-publicitaria en la que vivimos se empeña en organizar el deseo, en aumentar el deseo en proporciones inauditas, mientras mantiene la satisfacción en el ámbito de lo privado. Para que la sociedad funcione, para que continue la competencia, el deseo tiene que crecer, extenderse y devorar la vida de los hombres.

 

Mis guerras con las hormigas

hormigasA mí las hormigas son unos animalitos que me caen muy bien. Claro, que luego te sientas un domingo en el sillón de tu casa, pones una de esas cadenas de televisión patéticas que tienen el dial entre la teletienda y la reposición de Manos a la obra, vas, te topas con la película de Cuando ruge la marabunta y como no tengas mucho sueño, tu amor y simpatía por las laboriosas hormiguitas desaparece de golpe y porrazo, hasta el punto de que si por la tarde no bajas al perro al parque con escafandra es porque no tienes una escafandra, no porque te falte prudencia y te sobre aprensión.

Yo recuerdo hace unos años, en la casa de la playa de mis tías, que pillamos al jardinero con el pie cambiado y no había fumigado cuando llegamos, así que tuvimos una manifestación de hormigas en la entrada de la casa después de la primera cena en el jardín. Mi madrina se armó de Cuchol y organizó una masacre en toda regla al día siguiente. En realidad, el jardinero hubiera hecho lo mismo, porque en esa casa no tienes cómo parar a las hormigas cuando se ponen en modo ejército, pero ver el paisaje después de la batalla era terrible. En fin, las hormigas fueron muertas y literalmente barridas, y el recogedor no daba abasto para recoger tanto cadaver. Qué horror.

En mi cocina en Madrid aparecieron en una ocasión. Siempre siguen la misma pauta. Primero ves una, luego dos, y cuando quieres recordar, ya han organizado la cadena de alimentos. Entonces tenía yo un gato, Benito, y el pobre me miraba espeluznado, porque su comida había sido el primer botín que había encontrado aquella marabunta. No era para menos: la comida de los gatos (la húmeda), huele que alimenta. Sin embargo, no usé ningún insecticida, yo con los animalitos tiendo a la comprensión. Simplemente me senté a observar a dónde se llevaban la comida, y descubrí una mini ranurilla ahí justo donde se juntan los azulejos con el suelo. Me bajé a la ferretería, compré silicona y ya no tuvieron cómo entrar. Ni cómo salir, aunque de eso me di cuenta más tarde y, aunque no fue una carnicería, sí se puede hablar de exterminación sin mentir en absoluto. Pero en fin, entre darles portazo y el Cuchol de mi tía, a mí me parece que mi solución fue mucho más civilizada.

Hoy he tenido que repetir estratagema siliconeril en mi casa del poblachón. Aparecieron ayer por la mañana, también en la cocina. Por la noche, cuando me fui a acostar, había unas cincuenta hormiguitas correteando entusiasmadas a la búsqueda de miguitas y con pinta de estar planeando un asalto heroico al cubo de la basura. Cuando descubrí el agujerito por el que entraban, y recordando la experiencia de Madrid, me dediqué a barrerlas hacia él para que se fueran. Luego tapé el agujerito con una pelotilla de papel higiénico, a la espera de poder comprar hoy la silicona. Muchas lograron salvar la vida y sólo tuve que matar a unas cinco o seis rebeldes que no quisieron marcharse, con todo el dolor de mi corazón. Hasta me cambié de zapatos para hacerlo, porque llevaba unas botas con suela de dibujo con las que yo creo que morían lentamente, sobre todo si no consegía acertarlas con el relieve. En fin, si somos animales superiores, somos animales superiores.

Esta tarde he visto de nuevo tres en la terraza. Son unas hormigas distintas, porque las de ayer eran muy chiquititas. Estas eran gordas, moradas, cabezonas y que se atreven con las paredes. No me han caído muy bien. He matado a una muy descarada y a las otras dos les he dado un papirotazo y han salido despedidas entre la barandilla. Y luego me he ido a jugar al padel y no me ha dado tiempo a pensar cómo frenarlas en la terraza: aquí no vale la silicona, desde luego, y un cerramiento, además de caro, sería como reconocer una derrota. Hum. Algo se me ocurrirá. Ya les he dicho, de entrada, que las hormigas son unos animalitos que me caen muy bien. Ahora bien, esta es mi casa y no recuerdo haber cursado ninguna invitación. Hombre.

 

El héroe discreto, de Mario Vargas Llosa

El héroe discretoAquí estamos, día primero de mes, con el comentario del libro del Club de lectura. Este mes hemos leído El héroe discreto, de don Mario. A mí me gusta mucho este autor, creo que lo he dicho otras veces. Así es que yo, de partida, ya iba entregada. Y desde luego, no me ha decepcionado.

El libro cuenta dos historias en paralelo, la de Felícito Yanaqué (menudo nombre), que es un transportista hecho a sí mismo y que es chantajeado; y Rigoberto, un empleado de una aseguradora que, cuando se dispone a jubilarse, es reclamado por su jefe para que sea testigo de su próximo matrimonio con una criada. Las dos historias van alternando los capítulos, una sucede en Piura, la otra en Lima, sin una relación aparente y de forma independiente, aunque el lector espera el momento en que el autor relacione a los personajes. Y hasta aquí de qué va la novela. No digo más porque no quiero destriparos nada de una trama que el propio autor se encarga de calificar:

Dios mío, qué historias organizaba la vida cotidiana; no eran obras maestras, estaban más cerca de los culebrones venezolanos, brasileños, colombianos y mexicanos que de Cervantes o Tolstoi, sin duda. Pero no tan lejos de Alejandro Dumas, Émile Zola, Dickens o Pérez Galdós»

No hay que descubrir ahora a Vargas Llosa, que es un autor en mi opinión formidable. Lo era antes del Nobel y lo va a seguir siendo ojalá que por muchos años. Don Mario consigue que vayamos siguiendo las historias con mucho interés. Las dos son tramas en donde encontramos chantajes, venganzas, lealtades inquebrantables, principios irrenunciables, traiciones, trapacerías, y en el fondo, dos historias que van y vienen entre la pillería y los códigos de honor, ambos más propios de un mundo de siglos pasados que en América te vuelves a encontrar de forma actualizada. Yo no sé si sólo me pasa a mí, pero siempre que leo a autores sudamericanos me imagino un mundo de principios de siglo. Vargas Llosa sitúa el libro en el Perú actual, pero sea por el lenguaje o sea por imaginaciones mías, yo veo a las señoras con miriñaque y a los caballeros con panamá.

Un párrafo especial merece el vocabulario. Madre mía. Vargas Llosa necesita un diccionario para él solo. Abro el libro. Empiezo a leer y en la primera página ya he anotado: chancaca, melcochas, chifles… bueno, eso es comida. Pero cuando se ponen a hablar… ¡Uf! Mangaches, pucha, camal, churre, mataperradas, trompeaderas, bulín, cafiche, encanar, lúcuma… Cuando las usa mucho, ya las entiendes (churre = chaval), pero otras son difíciles de comprender. Con todo, es un lenguaje muy sonoro, y muy divertido. Tiene giros, como «sacar canas verdes» o «tener a alguien en pichingas» (en ascuas) que yo he decidido incorporar a mi lenguaje habitual. Si hasta se divierte el autor:

«¿Enchucharse?», pensó don Rigoberto. «Debe ser la palabra más fea de la lengua castellana. Una palabra que apesta y tiene pelos»

El libro tiene ritmo, y Mario Vargas Llosa hace algo que me parece una genialidad, y es que maneja varias escenas a la vez simplemente alternando las conversaciones, es decir, introduciendo la conversación de otro personaje que está en un plano temporal distinto en la primera conversación. Y lo hace sin que te des cuenta. Hasta tres escenas llega a manejar y le sale con una naturalidad pasmosa. Es un recurso que parece más del cine, y que yo no había visto nunca (quizá se usa muy a menudo, yo no lo sé) y me ha parecido muy estiloso y muy elegante.

A mí me ha encantado el libro y me ha divertido mucho. Pues sí, che guá.

Tenéis, como cada primero de mes, otras reseñas de este libro en La mesa cero del Blasco, en La originalidad perdida, en Delenda est Carthago y en el blog de Bichejo. Y a lo largo del mes seguiremos hablando de él en el blog del Club de lectura.

 

Mi vuelta de semifinales

avatar championEsta entrada de hoy en realidad hablará en todo caso de cómo no vi el partido de vuelta de la semifinal de Copa de Europa en el que el Madrid le metió 4 al Bayern en su casa. De este partido he visto los goles por youtube (gracias a Hombre Revenido), he leído las crónicas de los periódicos (incluyendo l’Equipe) y los veinte primeros minutos en diferido.

Como les había dicho, yo ayer estaba en París, invitada a una fiesta de despedida seguida de una cena. Así es que sabía que no vería el partido. Un atasco fabuloso en París me cambió los planes, y sólo tuve tiempo para dejar la maleta en el hotel y salir corriendo, sin poder cargar el movil. Una penuria moderna que merece un tratado. Y como había que economizar, no me conecté hasta bien entradas las 9, con el partido empezado. Mi móvil murió con el 0-2, pero el caballero que cenaba a mi lado debía de tener la batería al 100%, porque me tuvo en un sinvivir buena parte de la cena, diciéndome que el Bayern estaba remontando… Tengo la sensación de que me he perdido un partido de los que hacen historia. Pero qué buen despertar, a pesar del despertador a las 6 de la mañana, qué buena mañana y qué buen día estoy pasando. Y eso que no lo vi.

Bueno, pues ya estamos en la final, paso imprescindible para ganarla. Ya será momento de calentar motores y de ponerme en plan prepotente, como dice ese comentarista equivocado que tengo. Me llamaron tarada por preferir al Bayern, pero al final, ha sido tan épico como estaba previsto, si no mucho más. Si se quiere ser grande, hay que estar dispuesto a perder con los grandes mientras se prepara uno para ganarlos. Algo como lo de «si vis pacem para bellum», que se me viene a la cabeza, aunque hoy estoy tan cansada que creo que no sabría explicar por qué digo esto.

Hoy queda la otra semifinal. Sigo prefiriendo al Atleti, por lo que dije hace unos post sobre una final con dos equipos madrileños. Es un rival que este año, desde luego está a la altura del evento. Pero veremos, que Mou es mucho Mou.

En todo caso y en el fondo, a mí me da igual. No se puede ganar la Décima, el Grial madridista, como le llaman, sin llegar a la final. Y esto está conseguido. ¿El otro finalista? A mí plin.

 

 

Guisantes, vino y ojos azules

curra-blue-eyesAyer Anniehall me recordó una conversación sobre las leyes de Mendel y los ojos azules. En una cena la semana pasada con amigos, después de que cayera la primera botella de vino y hablando de vaya vd. a saber qué, una amiga, que es como el Gotha poblachonero pero radiado y en rubio, nos desveló el envés de una historia veinte años más tarde. Y la historia era más o menos la siguiente: una mujer había tenido de soltera una aventura con un negro, y de aquella aventura le había nacido un niño del color del café de Colombia. Luego la mujer se casó con otro señor que era blanco como ella y la familia, para disimular, se inventó un antepasado africano del nuevo marido, que accedió a colaborar en la milonga. El antepasado, naturalmente no era ni negro ni africano, pero tenía la virtud de estar muerto del todo y de que nadie le hubiera conocido. Y así el niño vivió una infancia alejada de cuchicheos sociales pero rodeado de la inevitable curiosidad genética.

Así que veinte años después y una vez que se reveló la verdad, los guisantes se volvieron irrelevantes.

La historia del niño negro no la recordaba nadie, en parte por el tiempo que había pasado y en parte porque se había acabado el vino, pero de ahí pasamos a discutir por qué se heredan los ojos claros. Yo hice lo que hace cualquiera que no sabe nada de marketing: explicar el mundo a través de mi experiencia, opinión y caso personal, así es que declaré con seguridad que lo transmitía el padre. Podría haberme batido en duelo con aquel que quisiera llevarme la contraria y creo que incluso estuve a punto de convencer a todos los comensales de que mi cuñado tiene los ojos violáceos, para justificar que mis sobrinos los tienen azules, como mi hermana, aunque esto lo resolví como un asunto casual, menor y de efecto nulo.

Mi amiga Pepa, con sus grandes ojos azules, negaba con la cabeza y trataba de hacerse escuchar: No tienes razón, Carmen. Mis padres los tienen marrones y mi hermano y yo, azules – me contradecía alevosamente ¿Tu hermano también? – intentaba yo enredar con poco éxito. Hasta que mi querido Javi terció y empezó a hablar de guisantes amarillos, rojos y azules. Tirando de memoria, entre brumas de prudencia y vino y después de meterse el segundo licor de hierbas a la sangre, citó a Mendelsson. La primera se la pasamos, pero a la segunda lo relevamos sin piedad en las hipótesis, porque estuvimos de acuerdo en que sus explicaciones no aportarían la necesaria ciencia a la discusión.

Digo yo que a Freud le hubiera entusiasmado la historia del niño negro, los guisantes de colores reproduciéndose desaforados y el autor de la Marcha Nupcial como teórico de la genética para ilustrar los lapsus del inconsciente. O tal vez lo hubiera desechado: faltaba sexo y el vino era malo, aunque no para llegar a la muerte.

 

Mi semana

De los cinco días de la semana, dos no he comido, uno he comido a las 3 de la tarde, y otro he comido a toda velocidad un sandwich. Amigos, he llegado a la conclusión de que en esta vida, para comer sano, no sólo hay que organizarse: además, conviene ordenarse. El mejor orden es el secuencial, pero no siempre se puede imponer. A veces hay que tratar el orden por aspersión. La sensación tiene su aquel, no crean. Es como manejar ocho o nueve platillos a la vez girando en un palo y procurar que no se te caiga ninguno al suelo.

Pensaréis qué he comido el quinto día, que en realidad fue el segundo. Pues estuve comiendo con una buena amiga que se dedicó a contarme un nuevo proyecto sobre el que tiene dudas y ambiciones, miedos e ilusiones, y un montón de cosas que decir en voz alta. O sea, que necesitaba unas orejas. Y qué mejor que disfrutar de las mías, aunque a veces yo no soy el colmo de la condescendencia:

– Bueno ¿Y?

– Pues que… ¿Por qué pones esa cara, Carmen?

– No pongo cara de nada. Yo sólo te pregunto: ¿y?

– Ya… o sea, que il n’y a pas de sujet.

– Exacto. Pas de sujet.

– O sea, que me callo ya.

– No, no, no te calles. Simplemente, deja de pensar cosas raras, t’en fais pas.

Por el camino de la semana, me he topado también con tres horas de pre-coaching cañero, en el que he tenido que oir algunas apreciaciones que me dejaron sonada medio día, hasta que funcionó mi proverbial capacidad de resiliencia, que no es más que amor propio, un ego poco normal y ocho horas de sueño. Francamente, amigos míos, a todos nos gusta hablar de nosotros mismos, y yo diría que nuestra propia persona es el tema favorito de cualquier ser humano. Eso sí: con la condición de que elijamos los temas. Pero incluso eligiéndolos, todo tiene su cara y su cruz. Las personas directas pueden ser tachadas de insensibles, el rigor puede ser confundido con la intransigencia y la seguridad en uno mismo puede ser interpretado como arrogancia. Eso por no hablar de mi genio, algo que me viene de familia y que, por lo visto, se me sigue notando incluso en la represión consciente y la diplomacia entrenada. En fin, acepto que puedo entrenar más y que tengo todavía margen para reprimirme. Todo sea por los demás, que son quienes me sufren y a quienes en el fondo, me debo.

Así es que ha sido una semana de lo más interesante. Con decirles que por las tardes volvía a casa con Héroes del silencio a todo trapo en el coche para desahogarme, ya les digo todo. Y la semana que viene me esperan emociones fuertes y una fuerte emotividad (no, no es lo mismo y no lo repito más), porque iré a París a la soirée de despedida de mi más mejor jefe ever, que se jubila. Sé que se me escapará alguna lagrimita. Buenas son.

Ah, y luego cuatro días festivos. Eso es porque yo lo valgo, no hay duda.

 

Tuiterland y la tensión competitiva

@MeryValver: Tensión competitiva OFF (foto de Neobrufén 600 mg)

@RocíoGlezMtez: Dame. Dos. O diez.

@MeryValver: ¡Y un Orfidal, que necesitamos dormir!

@RocíoGlezMtez:  yo me voy a hacer un cóctel… de lo que haya.

@MeryValver: Con un chorrico vodka.

@RocíoGlezMtez: Te lo cambio por bourbon que no tengo vodka, pero lo necesito así… ¡Qué nervios todo el día, qué dolor de cabeza!

@MeryValver: ¿Te das cuenta de la mala vida que llevamos por culpa del Madrid?

@RocíoGlezMtez: Nos tenía que becar el club o algo. Si esto no es amor…

@MeryValver: Endeluego que sí.

@RocíoGlezMtez: La semana que viene empezamos tres días antes con Diazepam…

@C_Jimenez10. ME DESLOLO.

@MeryValver: No te rías.

@RocíoGlezMtez: Pero si no hacemos más que DESUFRÍ hasta que ganamos una final. ¡Y sufrimos resaca al día siguiente!

@MeryValver: Eso es verdad: que llevo una semana sin dormir desde la final!! Hoy ya he ido a trompicones! Y tanoche me veo igual.

@RocíoGlezMtez: Somos un Pulp fiction madridista…

 

Tuiterland, tras la batalla… Y eso que sólo ganamos 1-0.

Noche de fútbol en el Bernabéu

avatar championDecía Hidalgo Bayal en su Paradoja del interventor: «Cuídate, interventor, que la vida es cruda, el mundo cruel y el sacrificio cruento». Si miramos el diccionario vendríamos de los cruces, que son en nuestro caso los de semifinales de la Copa de Europa. Unos cruces crudos, crueles y cruentos, porque no habrá sangre, pero aquí vamos a tener más que palabras.

No es una guerra. No habrá metralletas, ni ametralladoras, aunque si por fin juega Cristiano, espero algún metrallazo. Eso que llamaban la folha seca, que no es más que un patadón brutal al balón que, por no reventarse, se cuela por la escuadra sin remedio. Tampoco silbarán las balas, ni veremos dispararse los misiles, ni tronarán aviones a reacción, aunque nos lo parezca viendo a Bale. Podemos esperar que Benzemá nos deje algún gol sutil (ah, la subtilité), como de florete, o tal vez un passepartout  si no tiene el día empanado. Aunque el passepartout es la especialidad Modric… Bueno, de Modric yo me espero desde una vainica hasta un passé composé. Y si el resto acompaña y los marines de la defensa evitan pensar (en Ramos y Pepe pensar es el preludio de la catástrofe), ya pueden irse al cuerno los bárbaros ésos del Bayern.

No es una guerra pero habrá vencedores y vencidos. En un lado, los que jugaron mal, aquellos a los que les falló la ambición, les derrotó el miedo y se les paralizó la habilidad. En el otro, aquellos que supieron competir, luchar, sufrir, guerrear, disputar. Aquellos que defendieron una idea y lo hicieron con emoción. ¿Y cuál es la idea? La idea es que el Real Madrid no sale a ver qué pasa, a soñar, a intentarlo. No. El Madrid sale a ganar una copa que es suya. A defender lo que le es propio. Porque cada equipo que ha ganado una copa de Europa, en el fondo se la ha ganado al Real Madrid, aunque el finalista fuera algún otro matao, que eso nos da lo mismo. Esta Copa es nuestra. Y de nadie más.

Aquí, con los alemanes (como con media Europa, por otra parte) tenemos una cuentita pendiente. Una o varias, qué más da. Con este Bayern de jugadores feísimos y de entrenador cuneiforme y falto de arrebol también, por supuesto. A ese Bayern de historial bravucón y macarra hay que ganarle por mucho y como sea. ¿La posesión? ¿el buen juego? ¿la cantera? ¿el señorío? Al cuerno todo eso. Dejaos de pipas y al turrón, que aquí no estamos para secundariedades. Hay que ganar por mucho y como sea, ganar hasta deprimirles. Ganar y que lloren, que se avergüencen, que los reciba un estadio Allianz vacío a la vuelta, que su propia afición se abone a la indiferencia, que se quieran ir a jugar a Milwaukee, en donde no les conoce nadie.

Lo tengo dicho: las emociones mueven el mundo y la razón sólo lo ordena. No hay que esperar racionalidad, no hay razón. Espero un Bernabéu irracional. Un Bernabéu imponente. Un Bernabéu que deberá gritar, rugir, acongojar, amedrentar, estremecer, paralizar. Un Bernabéu que provoque un acojone antológico y ontológico (lo de ontológico es para que me entienda el Pep). Esta noche juega el Madrid su último partido en el Bernabéu para alcanzar la final de su Décima Copa de Europa. Ningún club en el mundo puede aspirar a eso.

Me calmo. «En un lugar como éste, o se es trapense o se es trapero», seguía Hidalgo Bayal. Prefiero trapense, pero en el Bernabéu, mientras se gane, se puede ser casi cualquier cosa. Nos vamos a divertir. Hala Madrid.

 

 

La delicadeza, de David Foenkinos

La delicadeza un mundoparacurraHace unos días iba a hablarles de este libro y se me cruzaron los insectos por medio y al final no les conté casi nada de La delicadeza. Hoy aprovecho que el Madrid está en capilla para escribir el post sobre La delicadeza, un libro que me ha encantado. Cuenta la historia de una mujer, Nathalie, que pierde a su marido en un accidente, y cómo recompone su vida. La historia está, naturalmente, en la recomposición, porque Nathalie se topa con la sencillez, la delicadeza y la ternura de un subordinado suyo de la oficina, un muchacho sueco casi invisible («la infancia en Suecia se parece a la vejez en Suiza») y desconcertante, que no le devolverá su vida anterior, pero le permitirá vivir con sus recuerdos sin tener que abandonarlos.

Me ha gustado mucho cómo está escrito, con una prosa sencilla, con una ironía fina y muy elegantona, muy francesa, que a mí me gusta mucho. Te hace comprensible una historia en algún momento disparatada, con unos personajes creíbles y muy bien dibujados, a los que terminas por querer mucho.

Les dejo con un par de párrafos en los que el autor hace referencia a grandes autores franceses con mucha gracia para distraerles, aunque quizá no son lo más representativo del libro, y sí lo sería la sensibilidad y la delicadeza con la que está escrito. Un título muy apropiado, desde luego. Leeré más de este hombre, esto es seguro.

Quería un texto que pudiera leer a salto de mata según le apeteciera, pues sabía que no podría concentrarse. Por ese motivo se decidió por silogismos de la amargura, de Cioran.

…Quizá lo mejor fuera anular la cita. Todavía estaba a tiempo. Podía decir que le había surgido un problema de fuerza mayor. Sí, lo siento, Nathalie. Me habría gustado tanto, bien lo sabe usted, pero bueno, es que hoy mamá ha muerto. No, no, eso no, demasiado violento. Y demasiado Camus, y Camus, para anular una cena, como que no. Mucho mejor Sartre. Esta noche no puedo, tiene que entenderlo, el infierno son los demás. un tonito existencialista en la voz y colaría… 

Y mañana hablaré de fútbol. No lo duden.