Mis guerras con las hormigas

hormigasA mí las hormigas son unos animalitos que me caen muy bien. Claro, que luego te sientas un domingo en el sillón de tu casa, pones una de esas cadenas de televisión patéticas que tienen el dial entre la teletienda y la reposición de Manos a la obra, vas, te topas con la película de Cuando ruge la marabunta y como no tengas mucho sueño, tu amor y simpatía por las laboriosas hormiguitas desaparece de golpe y porrazo, hasta el punto de que si por la tarde no bajas al perro al parque con escafandra es porque no tienes una escafandra, no porque te falte prudencia y te sobre aprensión.

Yo recuerdo hace unos años, en la casa de la playa de mis tías, que pillamos al jardinero con el pie cambiado y no había fumigado cuando llegamos, así que tuvimos una manifestación de hormigas en la entrada de la casa después de la primera cena en el jardín. Mi madrina se armó de Cuchol y organizó una masacre en toda regla al día siguiente. En realidad, el jardinero hubiera hecho lo mismo, porque en esa casa no tienes cómo parar a las hormigas cuando se ponen en modo ejército, pero ver el paisaje después de la batalla era terrible. En fin, las hormigas fueron muertas y literalmente barridas, y el recogedor no daba abasto para recoger tanto cadaver. Qué horror.

En mi cocina en Madrid aparecieron en una ocasión. Siempre siguen la misma pauta. Primero ves una, luego dos, y cuando quieres recordar, ya han organizado la cadena de alimentos. Entonces tenía yo un gato, Benito, y el pobre me miraba espeluznado, porque su comida había sido el primer botín que había encontrado aquella marabunta. No era para menos: la comida de los gatos (la húmeda), huele que alimenta. Sin embargo, no usé ningún insecticida, yo con los animalitos tiendo a la comprensión. Simplemente me senté a observar a dónde se llevaban la comida, y descubrí una mini ranurilla ahí justo donde se juntan los azulejos con el suelo. Me bajé a la ferretería, compré silicona y ya no tuvieron cómo entrar. Ni cómo salir, aunque de eso me di cuenta más tarde y, aunque no fue una carnicería, sí se puede hablar de exterminación sin mentir en absoluto. Pero en fin, entre darles portazo y el Cuchol de mi tía, a mí me parece que mi solución fue mucho más civilizada.

Hoy he tenido que repetir estratagema siliconeril en mi casa del poblachón. Aparecieron ayer por la mañana, también en la cocina. Por la noche, cuando me fui a acostar, había unas cincuenta hormiguitas correteando entusiasmadas a la búsqueda de miguitas y con pinta de estar planeando un asalto heroico al cubo de la basura. Cuando descubrí el agujerito por el que entraban, y recordando la experiencia de Madrid, me dediqué a barrerlas hacia él para que se fueran. Luego tapé el agujerito con una pelotilla de papel higiénico, a la espera de poder comprar hoy la silicona. Muchas lograron salvar la vida y sólo tuve que matar a unas cinco o seis rebeldes que no quisieron marcharse, con todo el dolor de mi corazón. Hasta me cambié de zapatos para hacerlo, porque llevaba unas botas con suela de dibujo con las que yo creo que morían lentamente, sobre todo si no consegía acertarlas con el relieve. En fin, si somos animales superiores, somos animales superiores.

Esta tarde he visto de nuevo tres en la terraza. Son unas hormigas distintas, porque las de ayer eran muy chiquititas. Estas eran gordas, moradas, cabezonas y que se atreven con las paredes. No me han caído muy bien. He matado a una muy descarada y a las otras dos les he dado un papirotazo y han salido despedidas entre la barandilla. Y luego me he ido a jugar al padel y no me ha dado tiempo a pensar cómo frenarlas en la terraza: aquí no vale la silicona, desde luego, y un cerramiento, además de caro, sería como reconocer una derrota. Hum. Algo se me ocurrirá. Ya les he dicho, de entrada, que las hormigas son unos animalitos que me caen muy bien. Ahora bien, esta es mi casa y no recuerdo haber cursado ninguna invitación. Hombre.

 

11 pensamientos en “Mis guerras con las hormigas

  1. Yo recuerdo que siendo pequeño una vez se metieron en casa aprovechando que estábamos de vacaciones y dejaron un jamón en el hueso. Mondo y lirondo.

    Desde entonces no les tengo mucho cariño

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  2. Nuestra primera invasión este año en la huerta de Tizón fueron las babosas, que nos caen fatal, mamy se trajo a casa a Tizón y a Marlene y la batalla debió ser terrible, ahora tenemos caracoles, pero en una cantidad mucho menor, y como a Marlene, que parece francesa más que alemana, le encanta cazarlos, ahí estamos… a cámara lennnnnnnnnta. La lucha contra los topos la lleva a cabo Zape que los deja todas las mañanas de regalo a mamy en el alfeizar de su cuenco. A mi me gusta mirar hormigas, también me caen bien… en el jardín ¡eh!

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    • Ni las babosas ni los caracoles me caen nada bien. En cuanto a los topos… si yo entro en mi casa y me encuentro con un tipo con un cuchillo ni me inmuto comparado con mi reacción si me encuentro un topillo, un ratón o similar.
      Qué paciencia tiene vd.

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  3. Me encanta tu consideración y paciencia con las hormigas 🙂 como seas así con todas las criaturas eres un encanto jejeje

    Mucho ánimo, aunque con esas gordas y descaradas no tendría yo tanta consideración.

    Besos, muchos.

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