Alvarito (y Luisita)

Alvarito es Alvarito casi desde que nació, porque se lleva muchos años con sus hermanos mayores. Alvarito es uno de tantos pequeños que llegan inesperadamente a las familias y que terminan siendo para los adultos que les rodean un juguete a medio camino entre la mascota y el llavero. Alvarito tenía, además de mucha gracia, una cara de niño bueno que desarmaba. Simpático, abierto, risueño, siempre estaba de mano en mano, de abrazo en abrazo, de juego en juego.

Alvarito era Alvarito y lo sigue siendo con el pasar del tiempo. Ahora es un hombretón que saca a sus hermanas una cabeza, que trabaja como abogado y que vive con su novia en una casa del centro de la que ha pagado ya la mitad de su hipoteca. Ya no te lo cruzas con él por la calle cuando viene vestido con ropa de deporte de jugar al fútbol con sus amigos. Ahora es más fácil verle con esos mismos amigos en la mesa de al lado del restaurante mientras se come un chuletón bien regado con vino de la tierra. Y sigue atendiendo cuando le llamamos Alvarito. Qué puede hacer, si sigue llevándose muchos años con sus hermanos mayores, sigue siendo abierto, risueño y simpático y nos sigue pareciendo que tiene cara de niño bueno.

Algo parecido le pasa a Luisita. Luisita debe de rondar los 85 años y sigue sin peinar canas, porque las disimula con coquetería debajo de una permanente entre color pajizo y vainilla. De ella sólo sé que tiene dos hijas y cuatro nietos, que su marido falleció en los 70 y que fue vecina de mi madre. También que se encuentran a veces en el Poblachón, cuando Luisita baja de un pueblo cercano en el que veranea para comprar carne o pescado. O tal vez,  simplemente para darse el gusto de pasear por una calle en la que transiten más de cinco personas. Y entonces es cuando mi madre llega a casa y me dice:

− Me he encontrado con Luisita.

La vida, que se resiste a que le pase el tiempo.

Unas flores para Ana

No sé si lo sabes, pero yo no soy buena recordando fechas. No recuerdo casi ninguna, que es lo mismo que decir que se me olvidan casi todas. Pero yo sí lo sé y por eso me digo que debería inventarme trucos para recordar. Y luego no me invento el truco porque me digo que, si me importa, seré capaz de acordarme. Y vuelta a empezar: no sé si lo sabes, pero yo no soy buena recordando fechas.

Y anoche muy de noche me recordaron que la fecha era hoy. Ay, hoy. Y aquí me tienes, nominándome para ser la última porque estoy segura de no ser la primera. Aquí me tienes, en este rito de paso. Tarde, pero me tienes, que hoy todavía es hoy.

Tal vez debería dedicar un párrafo a las palabras bonitas, a las frases de halago, a las alabanzas que ya me han pisado los que han madrugado, los que han recordado, los que han llegado a tiempo. O tal vez debería contar alguna anécdota divertida, o recordar cómo nos conocimos, o lo primero que pensé al oirte. Y me digo que la verdad es sencilla y el respeto palpable, y que recitar una sucesión de cualidades no las harían más visibles aunque yo fuera capaz de escribirlas sin echar más azúcar de la necesaria.

Tal vez debería mencionar la mesura, la calma, la discreción; esa apariencia de frialdad que no es otra cosa que sensatez y prudencia. Tal vez debería recordar ahora que nunca dices una palabra de más, pero tampoco de menos, porque lo cortés no quita lo valiente. Y releo, y tacho, y vuelvo a escribir sobre el afecto y sobre el cariño. Y borro definitivamente: si hay moderación, hay moderación.

Qué sé yo lo que podría escribir detrás de otro tal vez. ¿Tal vez que ninguna de las dos somos muy buenas demostrando en público ciertas emociones?

Felicidades, pues, y lo dejo aquí. O no, espera: ¡Estás estupenda!

Flores para Ana

 

El puñal. Yo versioné a Borges sin respeto

Pues resulta que en un cajón de mi casa hay un puñal. Fue forjado en Toledo, a finales del siglo XIX. Luis Melián Lafinur, un jurista de medio pelo pariente de mi padre, se lo trajo ni más ni menos que de Uruguay. Evaristo Carriego, otro amigo suyo poeta, lo tuvo una vez en la mano y soltó aquel ripio atroz: “El puñal que Lafinur te trajo del Uruguay, no es un puñal astur sino de Toledo, que es más guay.”

Quienes ven el puñal no pueden evitar jugar un rato con él. Se ve que les gusta toquetear un puñal tan chulo y enseguida se les va la mano a la empuñadora, que está ya muy sobada. Y entonces todos se ponen a meter y sacar el puñal de la vaina, dicen que para comprobar la precisión.

El puñal, por su parte, quiere otra cosa. Si tuviera vida, preferiría alejarse del cajón. Los hombres lo pensaron y lo formaron para un fin más preciso y mucho más emocionante, como es clavarse en la espalda de cualquiera. El puñal eterno es el que anoche mató a un ñeta en Alcobendas y es el puñal que mató a Julio César a la entrada del Senado de Roma. Y es que el puñal quiere derramar sangre.

En un cajón del escritorio, entre borradores y cartas, el puñal sueña que es un tigre atado a un poste y que va a llegar cualquier fulano y, zas, pone el metal a bailar. Tanto ánimo tiene que habría sido capaz de tomar por homicida incluso al pobre Evaristo Carriego, aunque, teniendo en cuenta los poemas que perpetraba, lo normal es que el asesinado hubiera sido el propio Evaristo.

A veces me da lástima el puñal. Tanta dureza, tanta fe, y los años pasan, inútiles. Igual me animo un día y me lo llevo a la oficina.

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Mis disculpas. Para leer el texto original, haz clic AQUÍ.

Cortinas

Una cortina no es una puerta. No tiene mirilla, ni dintel. No tiene quicio, ni bisagras. No tiene pomo, no tiene umbral. No hace clac.

Las cortinas no cierran el paso, tan sólo lo disimulan. A veces lo incordian. Uno aparta la cortina cuando se cruza en su camino como el que se quita una mosca de la cabeza, con cierta molestia, con un algo de desprecio, y con mucha desgana. Uno aparta la cortina con el dorso de la mano, como un mal pensamiento.

Una cortina corta es tan ridícula como un pantalón pesquero. Y una cortina larga es tan sucia como una escoba sin recogedor, o como una alfombra sin levantar, o como un plumero sin sacudir. Es como una falda larga sin miriñaque que una mujer pinza con indolencia para subir unos escalones, igual que se pinza un pelo para quitarlo de una mesa.

La cortina es la puerta de los pobres.

Hay otras cortinas. Las cortinas de humo, que también son un manto, y que esconden la verdad de miradas curiosas y de miradas interesadas. Y de miradas limpias. Las cortinas de humo son, como la tinta de calamar, una evasión cobarde. También existen las cortinas de acero, que por brutales se dan en llamar telón, palabra que fuera del teatro provoca escalofríos.

Y por último hay cortinas de agua. Estas cortinas son el resultado de una bonita cascada, de una fuente elegante o de una lluvia imponente. El agua les aporta verdad. Y uno puede querer abrazar esa cortina, pero se encontrará abrazado a sí mismo aunque el dibujante intente hacer trampas.

(Ilustración de Gervasio Troche)

para escrito

La vinoteca de Mares

Todo parece viejo pero nada lo es en la vinoteca de Mares, si exceptuamos los vinos, aunque los vinos ya son viejos desde jóvenes. El vino empieza a ser vino desde que cae la uva del árbol y la pisan en el lagar, desde que el mosto se encierra en las barricas para que se geste con la temperatura y con el tiempo, y desde que se incuba en soledad para que luego se beba en compañía. El vino no se entiende de otro modo si es que se quiere entender de vino.

Las botellas están por todas partes, y son cilindros, son conos, son cubos con cuello repartidos por las estanterías. Esbeltas y espigadas o rollizas y generosas, se muestran espléndidas vestidas con su mejor etiqueta, y esperan con coquetería ser vistas, ser miradas, para ser deseadas y preferidas. Y al serlo se transformarán en un objeto inútil, como en una eclosión, y cederán su protagonismo al vino que contienen y perderán con ello su condición de cuerpos de culto. Triste final el de la orgullosa botella de vino, abandonada al porvenir de cualquier contenedor de reciclaje para salir convertida en añicos, o si tiene más suerte, para ser lavada y reutilizada y recuperar, tal vez con ello, un poco de fuste. La pobre.

La alegría del vino se deja rodear por un ambiente cercano a la comodidad, porque la comodidad debe ser cercana si se quiere crear ambiente de alegría. Los ingleses le llaman a eso atmósfera, pero los ingleses son unos bárbaros que se conforman con respirar para imaginar el placer y además no entienden de vinos. Si la vinoteca tuviera nacionalidad sería italiana, y si quisiéramos venir al atardecer, la luz natural entraría por los ventanales como en un anuncio de aceite de oliva virgen. Y es que estas imágenes sólo las consiguen los italianos. Pero nosotros venimos aquí de noche, así que nos dejan un espacio con luz indirecta, una luz de lámparas estilizadas o menudas que se reparten aquí o allá sobre veladores decapados, una luz que ilumina el interior y deja fuera la mirada del que se detiene en el escaparate.

No hay azar en el desorden, ni siquiera después de beber una copa. Estanterías que son cajas de fruta, con su madera basta. Mesas que son cajas de vino, con su madera firme. Tarima en el suelo y libros en la pared, que para eso el papel y la madera recuerdan los aromas del vino. Sillones mullidos, robustos taburetes, sillas altas como troneras de niño desde las que se ven las tinajas en los altillos, colocadas junto a regaderas y a macetas con flores de interior siguiendo una incoherencia armónica, o sea, siguiendo una pauta de lo más rara. Butacas rechonchas que alguien compara con una bañera antigua, una bañera tripuda en la que yo, no sé por qué, me imagino al Marat muerto en el cuadro de David, con el brazo del que cae una pluma tan asesina como el cuchillo de Madame de Corday. Digresiones muy a tono con la conversación, conversación muy a tono con la creatividad, creatividad muy a tono con el vino. El vino casado con la amistad, una mujer para un marido perfecto.

Dedicado a Mares, que tiene una vinoteca encantadora en General Pardiñas  con Don Ramón de la Cruz y que elige unos vinos deliciosos.

Árboles señalados

Hay que ver qué altos son estos árboles, iba yo pensando en mi paseo de esta tarde. Estamos tan habituados a verlos que no nos damos casi cuenta de que la copa de algunos llegaría hasta un tercer o cuarto piso.  Yo no he visto nunca un secuoya, que son árboles que pueden medir lo mismo que un edificio de 20 ó 25 alturas, o quizá más, no sé, ya les digo que nunca me he cruzado con un árbol así en persona. Pero me encantaría ver uno, aunque probablemente no me sacaría la clásica foto abrazándolo, no soy yo muy de abrazar árboles, no me motiva. Supongo que me pondría al lado de uno, y ya con eso se vería la diferencia de tamaños.

Cuando llegamos al Poblachón, hace la tira de años, crecía un abetito muy mono en la acera que da a la plaza de la urbanización, pegado a uno de los edificios de apartamentos. Con el pasar de los años el abeto fue creciendo y creciendo y ahora ya desde el salón de la casa de mi amiga Yolanda, que es un segundo piso, no ven un pimiento.  Tampoco ven nada desde la terraza, que está inundada con las ramas del árbol. Descorren las cortinas y ahí sólo hay abeto.

– Te recojo hacia las siete, tú estate pendiente para bajar cuando me veas pasar con el coche.

– Pero que no veo la plaza, macho, que no veo la plaza con el puñetero arbolito de los cojones. Cuando llegues, te bajas tú del coche y me llamas por el telefonillo.

Alguna vez le he oído decir que deberían cortarlo. Incluso alguna noche ha afirmado que iba a hacerlo ella misma, en persona, con un hacha, chuf, chuf, un par de escupitajos a las manos y hala, a talar. Y que no hay derecho a esa invasión abeteril; que se diría que viven en medio del bosque; que hay días de verano, con las ventanas abiertas, que se sientan a comer y parece que están de picnic; que aquello es un nido de bichos y de pajarracos y que, en definitiva, odia el árbol. Es muy exagerada, mi amiga Yolanda, y un poco radical. Total, los árboles son la salsa del bosque, el epítome de la vida en el campo.

– ¿El epítome has dicho? ¿El epítome de la vida en el campo? ¿Pero tú eres idiota?

Qué falta de comprensión. A mí el único árbol que me ha dado mala vida es el de unos vecinos del poblachón, y sólo un par de veranos, cuando vivíamos en la que había sido la casa de mi hermana. El vecino tenía un bonito chalet con árboles de tronío y había uno que me destrozaba los atardeceres, porque en mi terraza se ponía el sol tres horas antes que en el resto del poblachón y además, sin mediar paisaje melancólico. Pero nunca se me ocurrió que había que cortarlo, desde luego, aunque sí que había días que, cuando se cernía la sombra y tenía que abandonar una cálida tarde de lectura al sol, aquel árbol me provocaba reacciones muy parecidas a las de mi amiga Yolanda.

– El puto arbol, macho, qué cruz con él, el frío que da.

Hoy, cuando cargaba la chimenea, me ha venido a la cabeza que, eso que quemamos, quizá fue una encina majestuosa, un roble joven o un pino valiente. Árboles anónimos de los que sólo he visto los pedazos. Y me ha dado por pensar en la suerte que tienen los árboles de los que se puede hablar, a veces árboles intocables que han esquivado la justicia, el mérito y la oportunidad de echarlos abajo. Arboles señalados, como señalados están los que acaban en la chimenea, aunque con otro tipo de señal.

There’s a starman, waiting in the sky…

Ziggy-StardustDavid Bowie ha muerto.

Cuando yo era pequeña, en el tocadiscos de mi hermana sonaba casi cada día El auge y caída de Ziggy Stardust y las arañas de Marte, un disco con un extraño título, un disco maravilloso. Yo andaba entonces con otras músicas, pero aquel LP me parecía el colmo del misterio. Y me lo sigue pareciendo.

Luego hubo otros LP’s suyos en casa. Aclaro: suyos, de Bowie; y suyos, de mi hermana. El Hunky Dory, con Changes, con Life on Mars, con la misteriosa Quicksand… (and I ain’t got the power anymore… Don’t believe in yourself , don’t deceive with belief, knowledge comes with death’s release..), El Young Americans, el Heroes, y no sé cuántos más. No sé qué habrá sido de aquellos vinilos, probablemente los siga conservando. 

David Bowie era mi hermana mayor. También Lou Reed, pero sobre todo Bowie (Your face, your race, the way that you talk, I kiss you, you’re beautiful, I want you to walk… We’ve got five years…). Bowie era mi hermana mayor, pero también fue mío sin tener que alcanzar yo su edad, y hasta hoy. Sus discos y su música, la de la primera época sobre todo, su voz, su personalidad, esos comienzos tan especiales de sus canciones que conoces casi sólo con el primer acorde, me siguen pareciendo fascinantes. Tanto como el título de aquel extraño disco que había en casa cuando era pequeña, Ziggy Stardust y las arañas de Marte.

Bowie ha muerto. There’s a starman, waiting in the sky.

Let the children lose it, let the children use it, let all the children boogie.

Descanse en paz.

 

Noche de Reyes

Gabi y yo con ReyesClaro que todos fuimos niños una vez, pero sólo el que tuvo una verdadera infancia la recuerda con cariño. La infancia es esa época de la vida en la que todo es asombro, la realidad es fantasía y llenamos con ingenuidad la parte de la vida que todavía no conocemos.

Hay que nacer con suerte y luego hay que saber agradecerlo. Pasan los años y el tiempo nos hace peores, nos deja la huella de las pequeñas infamias de la vida, pero lo relevante es poder mirar atrás y tener corazón para recordar, aunque sólo sea por un rato, la ilusión de la noche de Reyes.

La fiesta de Reyes es una fiesta de niños y para niños. Es su día, igual que una vez fue el nuestro, y así es como yo creo que hay que entenderla. Nuestra mentalidad de adultos nos tiene que servir únicamente para recordar la ilusión y para honrar nuestra infancia, si es que la tuvimos alguna vez y somos capaces de recordarla. El resto son intereses de adultos, problemas de adultos, amores y odios de adultos, chorradas de adultos, egoísmos de adultos.  No hay que volver a la niñez para recordarla.

Sólo quién no sabe valorar su infancia, y agradecerla como el don que es, intenta racionalizar lo que no se ha inventado para la razón. Claro que los Reyes son los padres, claro que esos señores de las barbas eran unos paisanos con disfraz, claro que todo es un cuento. Claro. Pero eso lo decimos hoy, con la edad que tenemos hoy. En la foto, esas niñas no se retrataban con los empleados de unos grandes almacenes, sino que habían escrito una carta de su puño y letra, con su mejor letra y ortografía, llena de promesas y de deseos y con alguna que otra mentirijilla. Y habían ido a entregarla, en mano, no fuera que el cartero la perdiera por el camino.

Feliz noche de Reyes.

Querido almirante @cchurruca

cchurrucaQuerido almirante, ¿cómo empezar este post? Podría empezar diciendo que ha muerto Javier Pérez-Cepeda, @Churruca, un hombre brillante, fino, lúcido, educado, siempre amable, siempre cordial. Un caballero. E inmediatamente saltaría la mención y vendrías a replicarme y a decirme que no es para tanto. Y yo te imaginaría con una media sonrisa socarrona, o tal vez arqueando las cejas, o encogiendo los hombros. Todo es imaginarte aunque eso nunca fue fácil, porque a ti no se te podía imaginar, tú eras.

Es curioso que siendo tan gallego yo nunca te encontraba en mitad de la escalera sino que siempre venías de vuelta, con tu inacabable ingenio, con el que resolvías cualquier conversación o resumías cualquier acontecimiento. Te diré que me parecía inexplicable que pudieras seguir tantas conversaciones a la vez sin equivocarte de hilo. También me parecía inaudito que nunca te equivocaras de nombre, que no te confundieras alguna vez entre el marasmo de nicks con los que intercambiabas vidas, anécdotas y peripecias. Con eso, Javier, demostrabas inteligencia, sí, y memoria también; pero sobre todo demostrabas la cortesía que llevabas siempre pegada a cada tuit, a cada comentario, a cada respuesta. Esa corrección de buena cuna que te salía sola, porque la clase y las maneras no se pueden esconder aunque se quiera. Y tú no querías, ¡no faltaba más!

Tenías miles de seguidores que te querían. También te puedo decir, para que te vuelvas a reir, que tenías miles de queridores que te seguían. Todos ellos, todos amigos, que hoy escriben conmovidos por la pena, la mayoría incrédulos, tratando de asimilar el socavón que de pronto tienen en su TL. Un socavón, así lo ha definido Marcela, mi querida Maralinho, a quien he tenido que leer tres veces para comprender que sí, que era verdad, y que era una catástrofe. Y no, Javier, esta vez no exagero.

De los conocidos que mueren queda para siempre la imagen quieta de la última foto, en una edad que ya nunca envejece. De ti nos queda tu cuenta, que se convertira en un TL de culto a  donde iremos a rescatar tuits para volver a disfrutarlos de nuevo, y para seguir aprendiendo cómo saber estar en una red que usa poco la piedad. Yo pienso que al verte pasar de nuevo no sentiremos un escalofrío, sino que volveremos a recordar la calidez con la que nos saludabas y la generosidad con la que nos atendías y nos hablabas siempre. Y tu inolvidable ironía, tu extraordinaria lucidez y tu humor brillante. Y te echaremos de menos. Mucho, Javier, te echaremos mucho de menos.

«Yo te encontré primero» me dijiste una vez. Ahora me temo que tendré que ir a encontrarte yo a ti el día que me muera. Ya te vale haberte ido tan lejos y encima sin despedirte. Imperdonable, me dirás; pues sí, imperdonable, te diré, menudo panorama. Y nos reiremos un rato, todo lo que hoy no puedo reír, y todo lo que en tuiter ya no reiré más. Pero te encontraré, almirante, cuenta con ello.

Descansa en paz, Javier. Un abrazo.

 

Y no llevaré mochila

Mañana es el Madrid-Barça, un nuevo partido del siglo y yo iré al Bernabéu. Y no llevaré mochila.

Yo soy muy de llevar mochila, no crean. Cuando digo por el mundo digo por el mundo vacacional y findesemanero, aunque a veces me pilla el toro y voy por Madrid con tacones, abrigo y la mochila al hombro (al hombro, al izquierdo para más señas, nada de ponérmela con las dos asas, que yo ya tengo una edad). Esto me pasa porque vengo del poblachón, o por alguna otra razón no necesariamente muy poderosa y que tiene que ver más con la pereza que con el tiempo. Puedo entender que parezca algo chocante, pero a mí me da igual, aunque no siempre: recuerdo por ejemplo la cara de estupor que puso una amiga en una cena, más decepcionada que sorprendida, cuando dejé una mochila azul en la silla para quitarme el abrigo.  No dijo nada… pero hubiera debido.

Tengo varias, incluso una de ante muy mona que ni es mochila ni es nada y que es probablemente el bolso más absurdo que tengo en el armario y que no me pongo nunca. Yo cuando hablo de mochila hablo de mochila, de mochila fea de lona, de mochila de tío, de mochila de ir de excursión con los bocadillos, de mochila de estudiante, de mochila para llevar muchas cosas. Sí me interesa aclarar que no son mochilas de gimnasio. Yo no tengo nada para ir a un gimnasio. Es más: yo no sé lo que es un gimnasio. Gimnasio es para mí una palabra sin contenido que procuro que ni se me pase por la mente.

A la peluquería voy con mochila, no sé muy bien por qué. Y cuando voy con Curra a algún sitio que no sea de paseo. Y al aperitivo, aunque sea en ciudad. Y al Rastro, si voy al Rastro, y a un museo si voy a un museo. Y ahora que lo pienso, a muchos sitios voy con mochila. Y claro, al fútbol también la llevo. Sin embargo, mañana iré al Bernabéu con las manos en los bolsillos. Las llaves, el DNI, algo de dinero, el móvil, la entrada y ya está. No me molesta que me miren lo que llevo, no. Sencillamente, creo que cuanto más fácil se lo ponga yo a los polis, más difícil se lo pondré a los malos y así haré algo más útil que poner un tuit.

Para terminar un post incoherente en el que no se sabe muy bien si hablo de complementos, de costumbres, de las caras que pone una amiga, de mis paseos con Curra, del horror que me producen los gimnasios, de la seguridad en un estadio o de mis convicciones ciudadanas, les diré que me conformo con un 1-0. Hala Madrid.