La vinoteca de Mares

Todo parece viejo pero nada lo es en la vinoteca de Mares, si exceptuamos los vinos, aunque los vinos ya son viejos desde jóvenes. El vino empieza a ser vino desde que cae la uva del árbol y la pisan en el lagar, desde que el mosto se encierra en las barricas para que se geste con la temperatura y con el tiempo, y desde que se incuba en soledad para que luego se beba en compañía. El vino no se entiende de otro modo si es que se quiere entender de vino.

Las botellas están por todas partes, y son cilindros, son conos, son cubos con cuello repartidos por las estanterías. Esbeltas y espigadas o rollizas y generosas, se muestran espléndidas vestidas con su mejor etiqueta, y esperan con coquetería ser vistas, ser miradas, para ser deseadas y preferidas. Y al serlo se transformarán en un objeto inútil, como en una eclosión, y cederán su protagonismo al vino que contienen y perderán con ello su condición de cuerpos de culto. Triste final el de la orgullosa botella de vino, abandonada al porvenir de cualquier contenedor de reciclaje para salir convertida en añicos, o si tiene más suerte, para ser lavada y reutilizada y recuperar, tal vez con ello, un poco de fuste. La pobre.

La alegría del vino se deja rodear por un ambiente cercano a la comodidad, porque la comodidad debe ser cercana si se quiere crear ambiente de alegría. Los ingleses le llaman a eso atmósfera, pero los ingleses son unos bárbaros que se conforman con respirar para imaginar el placer y además no entienden de vinos. Si la vinoteca tuviera nacionalidad sería italiana, y si quisiéramos venir al atardecer, la luz natural entraría por los ventanales como en un anuncio de aceite de oliva virgen. Y es que estas imágenes sólo las consiguen los italianos. Pero nosotros venimos aquí de noche, así que nos dejan un espacio con luz indirecta, una luz de lámparas estilizadas o menudas que se reparten aquí o allá sobre veladores decapados, una luz que ilumina el interior y deja fuera la mirada del que se detiene en el escaparate.

No hay azar en el desorden, ni siquiera después de beber una copa. Estanterías que son cajas de fruta, con su madera basta. Mesas que son cajas de vino, con su madera firme. Tarima en el suelo y libros en la pared, que para eso el papel y la madera recuerdan los aromas del vino. Sillones mullidos, robustos taburetes, sillas altas como troneras de niño desde las que se ven las tinajas en los altillos, colocadas junto a regaderas y a macetas con flores de interior siguiendo una incoherencia armónica, o sea, siguiendo una pauta de lo más rara. Butacas rechonchas que alguien compara con una bañera antigua, una bañera tripuda en la que yo, no sé por qué, me imagino al Marat muerto en el cuadro de David, con el brazo del que cae una pluma tan asesina como el cuchillo de Madame de Corday. Digresiones muy a tono con la conversación, conversación muy a tono con la creatividad, creatividad muy a tono con el vino. El vino casado con la amistad, una mujer para un marido perfecto.

Dedicado a Mares, que tiene una vinoteca encantadora en General Pardiñas  con Don Ramón de la Cruz y que elige unos vinos deliciosos.

3 pensamientos en “La vinoteca de Mares

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