Phtirápteros

Vulgo, piojos. Para no tener que ir demasiado lejos, me he pasado por la Wiki, en donde leo que son unos insectos neópteros, aunque si se sigue el enlace no se comprende bien por qué: un neóptero es un insecto con alas sobre el vientre. Y ya lo les faltaba, tener alas. Y si seguimos leyendo, llegamos a donde dice que son unos bichos asociados a guerras, catástrofes naturales y miserias en general, y también a la falta de higiene, al hacinamiento y a la vida precaria.

En el libro de Las Benévolas, de J. Littell, hay un pasaje en donde se describe cómo el protagonista, en Stalingrado, pasa por un lugar lleno de cuerpos enfermos, hombres ya moribundos, y cómo se sabía cuándo uno de ellos había muerto: una sombra negra de miles de piojos reptaba de inmediato hasta otro cuerpo aun vivo, otro cuerpo con sangre de la que alimentarse. Y mi  madre, muy lejos de abonarse a la ficción, me contó en una ocasión cómo en la cola del racionamiento, acabada la guerra, mi abuela tiraba de ella para que no se acercara a un grupo de mujeres porque, decía mi abuela, se les veían los piojos desde lejos escurrirse por su cabeza y por su cuello.

Ya no es un bicho asociado a las guerras, las hambrunas, la extrema miseria o a la falta de higiene. Pero son unos supervivientes, y siempre encontrarán una cabecita donde anidar. Los piojos no saltan, sino que se traspasan de una cabeza a otra cuando hay contacto. ¿Y en qué lugar lleno de gente puede producirse un mayor contacto entre cabezas? Exacto. Luego los niños se los pegan a los padres y por eso yo no descarto que haya gente en las oficinas con piojos. No digamos en el metro o en el autobús, entre otras razones porque hay mucha gente que va a trabajar en transporte público. ¿Pero de dónde salió el piojo original? Pues miren, eso, además de ser una incógnita, casi es mejor no saberlo.

Tendría yo nueve o diez años y me diagnosticaron varicela. Huy, cómo picaba aquello. Se me llenó el cuerpo y la cara de granos rojos y mi madre me avisaba de que si me rascaba se me podría quedar una marca, como así fue. Me picaba todo, incluso la cabeza. Y de pronto, un bichito fue a caer a la almohada. Y mi madre, a pesar de no ser lo que se dice muy valiente para según qué cosas, precavida empezó a investigar por mi cabeza y no encontró nada, aparte de los granos varicélicos. Sin embargo, mi madre es tan lista como cualquier madre (y desde luego muchísimo más inteligente que cualquier piojo), así es que cogió el bichito, lo guardó en un frasco y esperó a que llegara primero mi abuela, y luego una de mis tías para salir de dudas: era un piojo. «No te fíes, le dijo mi tía Manola, si hay uno, habrá más: échale vinagre en el pelo». El piojo, que hubiera podido seguir camuflado entre los síntomas de la varicela, tuvo la torpeza no ya de caerse en la almohada, sino de permitir que lo viera mi madre y que, para colmo, lo atrapara, y eso le llevó a la perdición a él y a todos sus colegas. Y que casi me desgracia la pituitaria si no es porque mi madre tuvo a bien comprar al día siguiente un liquidito que atufaba considerablemente menos. Y yo recuerdo aquella toalla blanca sobre la almohada, en donde iban cayendo los cadáveres, y todavía hoy me dan ganas de pegar gritos y me vuelve a picar la varicela. Casi tanto como el primer día, porque el segundo no sé ya si me picaba por los granos, por los piojos o por el agobio.

Todo esto viene a cuento porque yo creo que a los padres les encanta hablar de los piojos de sus hijos. En fin, no diré yo que sean conversaciones de alto standing ni con mucha profundidad ni frecuencia, pero tengo la impresión de que hoy se considera natural que tu hijo venga a casa con la cabeza llena de piojos. Y no, no es natural: sigue siendo una guarrada. Incluso hay padres blogueros que escriben sobre ello (eso sí, con mucha gracia CLICK) y para colmo, si se te ocurre protestar un poquito, van y se cachondean de ti (click, de nuevo). Así que, en venganza, como yo no puedo contar mi experiencia con hijos, porque no los tengo, y tampoco puedo contar la de mis sobrinos, porque no les dejé entrar en mi casa, pues les cuento esto. Que para que se vayan de mi blog con picores algo de imaginación sí me queda.

Y ahora les dejo, porque voy a darme una ducha, a lavarme el pelo por segunda vez en el día y a rascarme un poco.

Ay, el chino (II)

DSC_0027 recortadaHacía mucho que no iba al surtidor del chino a echar gasolina. Pues miren, desde noviembre del año pasado, que fue cuando escribí este otro post que les enlazo. Para los que no lo recuerden o no lo hayan leído y no les apetezca leerse el post anterior (hago un inciso para decirles que yo eso lo puedo entender perfectamente: vds entran aquí con tiempo de leerse la entrada del día y ya), les contaré que éste es un chino no muy chino, es como un poco vietnamita o medio camboyano. O lo mismo es de Villaverde Bajo, vaya vd a saber. Pero poco importa: un chino, sea mucho o poco chino, siempre es suficientemente chino como para ponerte en dificultades cuando tienes que establecer comunicación con él. Ya no les digo a vds si hay transacciones, variedad de oferta, tarjetas de crédito y filas a gestionar de por medio. La cuestión es que este chino gasolinero no se entera de nada y un buen día a punto estuvo de echarme sin plomo en vez de diesel por una confusión idiomática inexplicable. O quizás se podía explicar, pero en todo caso era inaudita. Así es que lo evito siempre que puedo. Y siempre puedo cuando me viene bien, porque si me viene mal, pues al surtidor del chino que voy.

Hoy ha cubierto todo el ritual. Gestos excesivos para que avances el coche, un grito  desgarrador para que lo pares (este grito lo tienen que imaginar como algo muy cercano al “soooooo” cowboyano – que no camboyano), grandes aspavientos para que elija la gasolina, y un ir y venir y no parar para colocar al resto de los coches que están en la fila, a ver si puede echar gasolina a dos a la vez y ahorra algo de tiempo. Esto último (lo de tratar de ahorrar tiempo) lo hace rematadamente mal, porque además de no tener criterio se le nota que no se ha parado a pensarlo, que es lo que hay que hacer cuando se tiene prisa y se quieren hacer las cosas rápidamente. O sea, lo que viene siendo seguir la máxima aquella de «vísteme despacio, que llevo prisa». Por eso les digo que de Villaverde Bajo se ve que no es: los de allí habrán estudiado a Fernando VII, que usaba paletó.

Creo que estoy desbarrando, vds me van a perdonar, pero es que hoy es lunes y además me duele un gemelo.

Así es que el chino agarra mi tarjeta de Repsol, se va a la cabina del surtidor y después de gritarme «¿KOLÓMETRO?» y sin esperar a que yo le conteste, empieza con el dedo a dar a todas las teclas de la pantalla, desaforada y vertiginosamente, con una motivación que ya quisieran los inspectores de Hacienda, y me pasa el comprobante para que lo firme «¡UUUUDA FILMA!», y yo que le firmo y entonces la que sale desaforada y vertiginosamente soy yo porque para entonces el chino ya me puesto en el disparadero. Y cuando voy a abrir la puerta del coche me dice:

– ¡¡¡EH, SEÑOLA!!! TÚ PAPEL SIN PLOMO, YO EQUIVOCAR, ¿SI TÚ NECESITAS YO CAMBIO?

A mí la verdad es que me da igual lo que ponga en el recibo de la tarjeta. Sin embargo, he decidido apiadarme del supervisor que iba a tener que echar horas extra no tanto para cuadrar la caja como para entender al gasolinero, si descartamos el improbable supuesto de que sea igual de chino que él. En fin, después de teclear a toda velocidad unas ocho mil veces más la pantalla, aparentemente ha deshecho y rehecho la operación,  y yo he podido por fin marcharme de allí con el depósito lleno, tres justificantes y los nervios desquiciados. Estaré atenta a la factura.

Ya no vuelvo más hasta que no se me olvide, que será ya, calculo, después de verano. Ay el chino…

Un equipo de leyenda

Guapetonas-FC-unmundoparacurraNo se alarmen que no voy a hablar del Madrid, sino del equipo de chicas que jugábamos un partido de fútbol en el poblachón cada verano. Ya saben, el clásico chicas contra chicas de dos pandillas diferentes, en donde los chicos se jugaban un honor bastante elemental y nosotras arriesgábamos rompernos una uña. Y además de estas cosas tan prosaicas, nos apostábamos un barril de cerveza, en el entendido de que las copas ya las disfrutaríamos por la noche, cuando estuviéramos todos duchados y con zapatos.

Las otras, o sea las del equipo contrario, elegían siempre ir de blanco, monísimas y muy bien conjuntadas, y nosotras intentábamos ir de un azul que siempre era muy inconcreto. Tan inconcreto que alguna tiraba por la calle del medio y se ponía la camiseta que favoreciera más a su moreno. Esta necesaria tolerancia con el dress code no evitaba del todo el indeseable «y yo qué me pongo«, pero relajaba lo suficiente el uniforme como para ir cómodas y poder concentrarnos adecuadamente en el barril de cerveza, que era lo importante. Un color u otro, siempre las ganábamos por una razón fundamental: nosotras jugábamos organizadas. Ellas no. Ellas jugaban como se espera que jueguen las chicas, es decir, corriendo todas a la vez detrás del balón, chocándose entre sí y gritando mucho. Y es que nosotras teníamos hasta dos «entrenadores», que no nos entrenaban nada, porque a nosotras nos sobraba el talento como para desperdiciarlo en absurdas agujetas previas. A cambio, nos distribuían y decidían los cambios y los relevos. Y a veces nos pegaban algún que otro grito. Por ejemplo «¡Carmen, cuidado con ésa!», y yo ya sabía que tenía que esperar a que ésa le diera un puntapié atolondrado al balón para intervenir con calma, quitarle el balón con elegancia y echarlo fuera con prudencia (o dárselo a la portera con precaución, que era otra posibilidad). Y es que yo jugaba de líbero….

De todos modos, y organización aparte, éramos mejores. Fijas jugábamos YL (un crac, con libertad de movimientos), CL (finísima de extremo derecho), Ana C. (sensacional de media punta), Mª José y Yoli, (en el centro del campo con labores defensivas y de destrucción, un muro), y Beatriz y yo en la defensa (aunque yo no podía subir, porque me dijeron que yo era líbero pero por detrás de la defensa). Claudia era nuestra guardameta, y mandaba mucho y decía muchas palabrotas cuando tenía que intervenir, siempre con mucha valentía. En cuanto al resto, iban entrando y saliendo en posiciones aleatorias, con la clara misión de estorbar a las otras todo lo posible, gritar más que ellas, dar algún empujón y lanzar el balón hacia delante en cualquier circunstancia, sin importar demasiado dónde y a quién pudiera llegar. Así es que era un 2-2-3 con adornos, que se convertía en un arrollador 2-2-6 atacando y un inteligente 6-2-2 defendiendo, pudiendo llegar a un 8-0-2 si al equipo contrario le daba por venir en tromba, algo que pasaba cada cuarto de hora conforme iban recuperando el resuello.

Aparte de ese partido en los larguísimos veranos del poblachón, no jugábamos nunca al fútbol, entre otras razones porque no nos importaba un pimiento. Pero a pesar de disputar una sola final cada verano, aquel sí que era un equipo de leyenda. Qué copa de Europa ni qué copa de Europa…

Una historia del cambio de hora

Esta noche cambian la hora. Hace cinco años por estas fechas, cuando vivía en Paris, vinieron a pasar un fin de semana unos buenos amigos de Madrid. Habían venido ya otras veces, pero sólo pisamos mi casa para dormir, un ir y venir de acá para allá. Ya saben vds, París, oh, París, oh, la, la y todo eso. La cuestión es que yo ese lunes me iba a Colombia, a un viaje que no era de los normales, sino que era una misión de estudio con bastantes personas. O sea, que no se podía cancelar y poner para otro día. Mi vuelo salía a una hora razonable, y yo había quedado en que me recogiera un coche a las 8 y media, iba como siempre con la hora muy justa. A eso de las 8 y cuarto, me llamó una compañera para pedirme que le sacara la tarjeta en la máquina porque se iba a retrasar. Al decirle que estaba en mi casa terminando la maleta me dijo algo como que iba a perder el vuelo. Y pensé: ya está esta M. con sus exageraciones y con sus prisas…

Me despedí de mis amigos y salí al portal. El chófer estaba muy agitado. Me decía que llevaba una hora esperando, que uno de los dos se había equivocado, que a qué hora era mi vuelo. El gesto de mirar el reloj para contradecirle y mi cara le obligaron a decir algo que, todavía hoy, le debe parecer increíble:

– Cambiaron la hora el sábado, madame. ¿No se ha enterado?

El resto de la historia es una sucesión histérica de llamadas, un llegar a Roissy para comprobar que mi vuelo estaba cerrado, una vuelta a la oficina para que Daniela me encontrara una solución, un vuelo de escala a Madrid para enlazar con otro de Avianca (¿Han volado alguna vez con Avianca? Pues tiene un business de lo más ye-yé) y una llegada a Bogotá un poco avergonzada y el cachondeíto de los franceses que estuvieron recordándomelo mucho tiempo cada vez que me citaba con ellos.

– ¿Horario de invierno o de verano, Carmen?

No me olvidé, claro, de mis amigos, a los que había dejado en casa desayunando tranquilamente con todo el tiempo del mundo para su vuelo a Madrid de media mañana. Y aunque me costó un poco convencerles de que no era una broma, sacaron el tiempo no sé de dónde para cambiar las sábanas y dejar recogida la cocina. Tal vez no les vino mal, como a mí, un poco de marcha para compensar un fin de semana en el que nos habíamos olvidado del reloj y del mundo.

Y de las tonterías que hacen los gobiernos para complicarnos la existencia…

Pequeños fallos de atención

– «Hola! desde luego, no es la primera vez que cumples años – y ya van… -, pero sí es la primera que te felicito por Whatsapp!. ¡Quién me iba a decir a mí que te mandaría un mensaje por un móvil cuando llevábamos coletas! Muchas felicidades. Un besito».

G. J. está escribiendo un mensaje…

– «¿Y quién me iba a decir a mí que mi hermana, con la cabeza que tiene, me iba a felicitar sólo dos meses más tarde de mi cumple? ¿Tanto has tardado en escribirlo?»

Encontrar dos trabajos

curra-juguete.jpgCuando terminé la carrera, me puse a trabajar en una consultora. Se dedicaba a la gestión de la información y bases de datos, y la dirigía un antiguo profesor. Estuve trabajando allí cinco o seis meses, estudiando temas de turismo. El caso es que un buen día, la consultora, cerró. Y yo me fui a la calle.

Mi situación no era en absoluto dramática. Vivía con mis padres, tenía casa, comida y el sueldo que me habían pagado en la consultora me proporcionaba un buen calcetín para aguantar unos meses pagándome mis caprichos. Por otra parte, ese trabajo lo había encontrado casi sin despeinarme, sin que me hubiera costado acceder a varias entrevistas. Así es que era muy joven, tenía las espaldas cubiertas, una buena preparación y el paso por la consultora me había aportado algo de currículum. Sí, me había ido al paro, pero eso ya lo había descontado cuando estudiaba.

Mi padre había recibido un diagnóstico de cáncer muy feo. Hoy el cáncer se cura, y más el de colon, pero a él le habían dado unos pocos meses, que después, sumando sumando, llegarían a 24, un número que permite medir el tiempo en años, aunque no lo alargue. Así es que ni le quise preocupar a él, ni quise tampoco distraer a mi madre, de manera que no lo conté en casa. Cada mañana me levantaba, me arreglaba como si fuera a la oficina y salía de casa a la hora habitual. Pero en realidad, me iba a casa de una de mis hermanas. Allí me ponía a leer, veía la tele, enviaba currículums, escuchaba música… Me resultaba tan aburrido que opté por decirles que no perdieran el tiempo por las mañanas adecentando su casa. Yo les hacía la cama, limpiaba el baño, recogía el desayuno y pasaba el aspirador por el salón, y así mi hermana y mi cuñado dispusieron durante algún tiempo de una chacha de total confianza, muy discreta y que además les salía gratis. Todo muy conveniente. En especial para ellos, porque aunque yo nunca he sido una gran profesional del plumero, sí que me esmeraba por hacer las cosas con mucha convicción y artesanía y les dejaba el exprimidor del zumo como los chorros del oro.

Esta situación duró un par de meses o tres, hasta que encontré un nuevo trabajo. En realidad, encontré dos: uno para mí y otro para la asistenta que mi hermana contrató una semana después de que yo dejara de pasarme por su casa…

Al Chico de la Consuelo, por su inspiración

Al borde de la muerte

Escribo alborozada aunque renqueante y agotada por el esfuerzo de la defensa de mi vida. No en vano he sobrevivido milagrosamente al ataque de unos virus ponzoñosos que me han contagiado en mi oficina. Virus que procedían, muy probablemente, de alguna guardería o algún colegio infecto a donde va el retoño de algún compañero, o quizá de la oficina en la que trabaja el marido o la esposa de alguien con el que he tenido que reunirme en estos días. Había conseguido sortearlos, y había contemplado la última semana cómo iban cayendo, como moscas, algunos compañeros. Hasta que me ha tocado a mí.

El miércoles empezaron los escalofríos por la tarde. Me tomé una aspirina francesa UPSA con vitamina C, que son unas aspirinas que tengo yo por infalibles. Una reunión tardía me  dejó bajísima de defensas, y allá que vinieron los virus latentes: a cebarse en mi pobre cuerpo. Y lo peor es que tenía una cena de compromiso. Así es que llegué a casa, tomé una ducha con agua muy caliente, me abrigué, y allá que me fui. No sabría decirles si mis intervenciones en la cena fueron muy inteligentes, aunque seguro que fueron muy masculinas, porque ya para entonces tenía voz de manolo.

Llegué a casa con fiebre y no pegué ojo. Se sucedían los episodios de escalofríos y sudores, y otros episodios que no les voy a contar porque este blog lo lee gente que tiene mundo y no considero necesario explicarlo todo. A la mañana siguiente dudé entre llamar al médico o al cura, pero pensé que debía darle una oportunidad a esos hombres y mujeres que han estudiado 6 años para arreglar lo que destrozan los virus, las bacterias y la mala suerte, y que mi alma todavía se quedaría un ratillo por aquí vagando hasta que alguien tuviera a bien llamar al timbre para que San Pedro me abriera las puertas del cielo. Así que el médico me toco la tripa, me auscultó, proyectó su linternita en mi garganta, me miró fijamente a los ojos y me dijo que yo iba a morir sin remedio, aunque él no creía que este virus fuera capaz de adelantar el acontecimiento, y que me tomara un paracetamol MYLAN 650 cada 6 horas. Y así pasé el día, en la cama, con la cabeza a punto de estallar, no podía leer, ni oir, ni ver la tele, casi ni hablar. Puse un correo a E. diciéndole que estaba agonizando al borde de la muerte, y que rezara por mí un Notre Père en francés y algo que le sonara en español, que no perdiera el tiempo en cambiar mi agenda, porque ya me quedaban pocas páginas que rellenar, y que lo dedicara a inventarse algo heroico para describir mi muerte y algo legendario para resumir mi vida. También que fuera enmarcando mi foto para colgarla en mi despacho cuando lo convirtieran en sala de reuniones (la Sala Jiménez, creo que llegué a sugerir). Bueno, esto me lo acabo de inventar. El correo era mucho más escueto y no llevaba instrucciones, porque cuando los virus atacan de esa forma, hay que dejarse de humoradas y concentrarse en sobrevivir.

Luego, ya por la noche, logré dormir y esta mañana incluso me he acercado a trabajar un par de horas, lo justo para celebrar que he logrado apaciguar tanto virus inmundo. Pero están ahí, lo sé, ¡los noto!, aunque me han dado otra tregua para poder contárselo.

Y ahora, si me permiten vds, me voy de nuevo a la cama a seguir penando.

Mis tribulaciones con las gafas

Wilma-con-gafas-unmundoparaHasta el mes de agosto, tenía yo tres pares de gafas. Sí, tres. Unas vivían en mi mesilla de noche y otras en mi bolso. Las terceras venían conmigo de viaje y circulaban con total libertad por mi casa y por mi vida, porque eran resistentes y ligeras. Y bonitas. Eran las niñas de mis ojos. Y tal vez por eso, mi querida Wilma se las comió este verano, después de dejarse fotografiar portándolas con evidentes muestras de apetito. Como los sangrientos tiburones o los fieros leones, se ve que le dio por olisquear golosamente el objeto de su deseo, y en un momento de despiste colectivo ¡zas! se lió a mordiscos y de las pobres gafas no quedaron ni los alambres de las patillas, tal fue el fervor de las dentelladas.

gafas-bancarias-unmundoparaEste luctuoso suceso me hubiera dejado leyendo en braille el resto del verano de no ser por un oportuno viaje a Madrid que me permitió recuperar las gafas que llevaba siempre en el bolso, porque yo en el poblachón circulo con las manos en los bolsillos. Estas eran unas gafas ligeras y discretas. Un poco como las que llevaría un aburrido funcionario o alguien que trabajara en un banco, lo admito, muy sobrias, clásicas, sin estridencias ni alharacas salvo por unas bandas muy monas que llevaban en el interior de la patilla y que sólo se veían si se dejaban reposar encima de una mesa, elegantemente dispuestas entre papelotes y cartapacios. Hoy estoy de un cursi…

gafas abuelitapaz unmundoparacurraEl caso es que un mal día de mediados de Noviembre las perdí, con gran dolor de mi corazón y sincera pesadumbre. Quedaban pues las últimas, cuya función hasta entonces era la de servirme de coartada para coger el sueño. Ya pueden vds suponer en qué condiciones pueden estar unas gafas que, todos los días sin excepción, acaban rodando por el suelo, perdidas entre las sábanas o aplastadas bajo mi espalda. Y con ellas he tenido que penar más de un mes, sorteando el mundo de las brumas aunque no el de las bromas, hasta que Su Majestad el Oculista ha tenido a bien recibirme y, esta vez sí, me ha graduado con generosidad en vez de soltarme las mismas chorradas del año pasado, cuando no me tomó en absoluto en serio (CLICK).

Así es que con mi nuevo título de graduada y una renovada ilusión por ver el mundo con mayor claridad de detalle, me fui a la óptica con mis sobrinas a elegir modelo y reparar con ello esta sucesión de catástrofes gafunas. Y así pasamos media tarde de lo más agradable, ellas dándome gafas y diciéndome “¿Y éstas?”, y yo poniéndomelas y girando sonriente hacia ellas, con esa cara entre ovejuna e idiotizada que se te pone cuando estás probándote gafas, mientras preguntas «¿Qué tal?», mendigando una aprobación que sólo llega en el 10% de los casos. Percentil que coincide con el de las gafas más caras, dicho sea de paso, lo cual complica enormemente la elección, dicho sea como corolario. Pero porque el gesto se tuerce un poco, no porque las gafas no sean una preciosidad, tú ya me entiendes.

Ay, el chino

Yo es que con el mundo chino tengo una relación que transita de la incomprensión a la perplejidad, con la sospecha añadida de que el tránsito, o sea, el sentimiento, es mutuo. En realidad, cuando yo digo «chino» me refiero a todo aquel que tenga los ojos oblicuos y la tez amarillenta. Cómo de oblicuos o cuánto de amarillento es algo que me parece insignificante, por no decir indiferente.

No es que no les entienda, no es eso en absoluto. Yo entiendo perfectamente que no les comprendo cuando hablan. Y también puedo entender que no se enteren de nada de lo que digo, no vayan a creer, que yo tengo un verbo entre pijo y entrecortado. Será por eso que esta tarde, al ir a echar gasolina y decir «Buenas tardes, lleno, por favor», me dice el chino, con la manguera verde ya en la mano y a punto de embocarla «¿Lleno sin plomo?». Un «¡NOO!» estremecido ha logrado paralizarle.

– ¿No lleno?

– Sí, lleno, ¡pero diesel!

– Pero tú dices sin plomo, señora.

Y yo ahora os pregunto, mis queridos amigos ¿Qué sentido tiene explicarle al chino que entre los sintagmas «por favor» y «sin plomo» sólo hay una vocal coincidente? Es verdad que se lo he dicho deprisa y desde el otro lado del coche, pero, en fin, tampoco me he bajado de un cohete espacial y le he pedido media docena de centollos del Cantábrico… Total, que para qué discutir, le he dicho que sí, que me he confundido, que no sé qué gasolina lleva mi coche. El chino asiente y sonríe porque eso le parece casi tan normal como lo de los centollos…

Este chino, en concreto, es relativamente fácil de esquivar porque sólo está en ese surtidor por las tardes. Y le temo. Le temo desde que, hace un par de años, no me funcionaba la banda magnética de la tarjeta Repsol y tuvo que llamar al centro autorizador. Ya se pueden imaginar la que lió entre el número de tarjeta, el del comercio, los kilómetros y la matrícula del coche… Les diré que terminé yo al teléfono hablando con la señorita del centro autorizador pero para pedirle que lo anulara todo, que ya pagaría con la Visa. La pobre me lo agradeció, porque estaba al borde del colapso.

Después de lo de hoy, creo que pasará otro par de años hasta que vuelva a ese surtidor por la tarde. Finalmente, por la mañana también tienen gasolina aunque, todo hay que decirlo, el llenado no me da para un post.

Una gracia de miedo (repost)

Una de las cosas que me pasan con las películas de miedo es que me dan miedo. No es una obviedad esto que les estoy diciendo, porque las películas de amor no me dan amor, las de aventuras no me convierten en Indiana Jones ni las policíacas en Phillip Marlowe, y con las de vaqueros no me pongo a mascar tabaco. Eso sí, de los musicales suelo salir muy cantarina, pero esa es otra excepción.

A mí me dan miedo los muertos, los cementerios y las conversaciones sobre la otra vida. No soporto la estética macabra, ni todos esos personajes de terror que  circulan por la literatura, los comics, las películas, o los diversos espectáculos, como el Conde Drácula o Frankenstein. No digamos el tal Freddy, la Momia o desechos similares. Les diré que no pude leer El perro de los Baskerville y que recuerdo con auténtico pavor El fantasma de Canterville. Todo esto se lo cuento para que se hagan una pequeña composición de lugar.

¿Ya se la han hecho? Continúo pues.

Se pueden figurar vds cómo las paso en estos días de buñuelos y huesos de santo. He bajado a Curra y me he cruzado por la calle con un señor que llevaba a su lado un chaval de unos 14 años lleno de sangre, vísceras y un moco verde por el pelo. En el parque, una pandilla de zombis caminaba deprisa y muy alborotadora hacia algún lugar oscuro. El infierno, sin duda. He dejado a Curra ladrar, no fuera que se acercaran y tuviera yo que ahuyentarlos con un par de palos en forma de crucifijo. Y luego, de regreso a casa, me he encontrado con la familia Adams al completo, Morticia a la cabeza, que salía en ese momento del ascensor.

He tenido que dar a Curra un tranquilizante. Y creo que yo me voy a tomar otro.

PS: Esta entrada la escribí hace un año. La vuelvo a postear porque, salvo que no me he cruzado con Morticia sino con Carry (después de la vomitona), sigue siendo de actualidad. Perfectamente.