El minuto de silencio

Tarde de merienda en familia viendo – algunos – el fútbol. El fútbol del Madrid, of course. Caemos en el inicio del Barça-Racing, y voy a adueñarme del mando a distancia para evitar el aburrimiento que me producen los eternals. Y entonces, en medio del parloteo, un minuto de silencio en el Camp Nou. Por Chus Pereda.

– ¿Chus Pereda? ¿Y quién es Chus Pereda?

– Nu sé.

– Un jugador muy bueno.

– ¿ Del Barça?

– Súbelo.

– Digo yo que será del Barça, no van a guardar un minuto de silencio por uno del Ponferrada.

– Chus Pereda… ¿No fué seleccionador de España?

– Oye, comeros ese trocito de tortilla, no me lo dejéis ahí.

– A ver, Chus Pereda fue un jugador muy bueno del Barça. Pero es que aparte de seleccionador de España, él fue quien dio el pase de gol a Marcelino.

– ….

– ¿Qué pasa?

– ….

– ¿Qué pasa?

– Anda, mira, ahí lo tienes, que me lo andas preguntando todas las noches ¿Quién dio el pase de gol a Marcelino? Ahí está ¿No te tenía tan intrigada? Pues ya lo tienes.

–  ¿Pero tú cómo sabes eso?

– Súbelo, anda.

– Oye, coméroslo, no me lo vais a dejar ahí.

– ¿Y quién es Marcelino?

– Se lo está inventando.

– Chica, así tardaba yo en dormirme, pensando quién le habría dado el pase de gol a Marcelino…

– ¿Para qué lo quieres subir?

– Que no, que no quiero más tortilla, que ya he tomado dos trozos.

– No me lo estoy inventando. Metió el primero y dio el pase del segundo a Marcelino en la final.

– Y venga a dar vueltas en la cama ¿quién se la pasaría a Marcelino, quién se la pasaría a Marcelino…?

– ¿En qué final?

– Porque no oigo, leches.

– Yo lo recordaba de seleccionador, pero no en la selección…

– Yo tampoco quiero

– Que quién es Marcelino.

– Cualquier día nos sale contando quién mató a Kennedy.

– Pero si tú no habías nacido, ¿Cómo lo vas a recordar, hombre?

– El que marcó el gol.

– ¿Y también me vais a dejar ese jamon?

– ¿Que no había nacido yo con Chus Pereda de seleccionador? Vaya que no, me acuerdo perfectamente.

– Pero para qué lo quieres oír, si ya lo estás viendo…

– Que en qué final.

– Anda, dame la tortilla, que no se va a quedar ahí

– Para oír la alineación

– La de la Eurocopa del 64. ¿En el 64 fue, no?

– Ah, bueno, de seleccionador sí, pero de jugador no puedes acordarte.

– Estaba muy buena. La has vuelto a hacer con el aceite ese de Jaen ¿verdad?

– ¿Y qué más te da, la alineación, si no lo vas a ver?

– Es normal que le hagan el homenaje. También se lo han hecho en otros campos, no creas. Era como Iniesta, pero de otra época.

– Sí, como un Iniesta de otra época.

– Quita la tele, si no la estamos viendo… 


Respuestas

En los tiempos de Madame Bovary – aunque para lo que voy a contar es como si digo en los tiempos de mi abuela – la gente se carteaba. Raro verbo que hoy no debe de usar ningún mozo con menos de 20 años – que para lo que voy a contar es como si digo menor de 50. 

Y es que no hace tanto, era un trabajo responder a una comunicación. Figúrense: busca el papel, coge un boli que pinte, escribe, equivócate, rompe el papel, empieza de nuevo, termina, relee, dobla el papel, mételo en un sobre, chupa el sobre para cerrarlo – con lo mal que sabe -, busca un sello, chúpalo para pegarlo – con lo mal que sabe -, levántate, vuelve a colocar la silla en su sitio, busca las llaves de casa, cógelas, sal, acércate a un buzón, mete el sobre en la ranura y reza para que llegue. Agotador.

Sin embargo, no entiendo bien por qué hoy lo normal es mandar un e-mail y tener la sensación de que caen en un agujero negro. Y fíjense que es fácil contestar: según estás sentado, 1 clic de responder, dos pulsaciones sobre el teclado (ok), o cuatro (vale), u ocho si eres militar (recibido), otro clic de enviar, y listo. A ver, tampoco vayamos a pedir 7 pulsaciones más para decir «gracias«, porque eso es entrar en ineficiencias inaceptables. Aunque realmente, si se fijan, es más barato poner sólo «gracias» en vez de «ok, recibido» : te ahorras cinco pulsaciones, una vez neteado.

El asunto tiene mala solución, porque ya ven vds que casi nadie echa cuentas ni se preocupa por la productividad. Y tampoco va mucho mejor si vd. concede un crédito, no crea, porque vengo observando que poner «te agradezco por anticipado tu respuesta» no te garantiza nada.  Yo lo he probado bastante pero hoy he tenido que enviar el siguiente texto: «He mandado el informe sin tu respuesta. Ya te di las gracias hace dos semanas, pero no te agobies: te perdono la deuda«.

¿Les ha gustado? Pues me lo acabo de inventar. Les agradezco por anticipado que me disculpen.

Preparando el 12 de Octubre

Mañana es la fiesta nacional. Con motivo de tan fausto acontecimiento, la veterinaria ha decidido que Curra está capacitada para ir a cualquier desfile. Veréis cuando llegue Cibeles.

No, si humor no nos falta…

Centrifugados

Teníamos en el poblachón una lavadora a la que una hermana mía le llamaba «la bomba», por sus centrifugados explosivos. Digamos que la lavadora aquella tenía unas extraordinarias dosis de motivación, y se entregaba con toda el alma que pudieran tener sus motores a la muy concienzuda tarea de lavar la ropa, escurrirla y dejarla sin el menor recuerdo de agua y de jabón. Es verdad que lo que salía de allí, después de una de sus portentosas sesiones de lavado, eran guiñapos desfallecidos a los que después teníamos que reanimar nosotras con unas también extraordinarias dosis de motivación en el momento del planchado, entregándonos en cuerpo y alma a camisas de mangas retorcidas y pantalones que no sentían las perneras después de haber estado metidos en aquel tambor endemoniado.

En una ocasión, mi hermana y yo disfrutábamos de una tranquila tarde de domingo mientras la lavadora hacía una performance de las suyas en el tendedero. Oímos de pronto un estruendo, un «braouuuum» terrible. La lavadora, durante un centrifugado más feroz de lo habitual, se había desplazado medio metro desde su posición inicial. De aquella se quedó grogui y llamamos a un técnico.

Es una lavadora estupenda. Ya no se hacen lavadoras así. Pero tienen que cuidar ustedes cómo la cargan. No la han llenado del todo, y sin embargo han metido dos toallas grandes. Las toallas cogen mucho agua y, claro, en un latigazo del centrifugado, las toallas han desplazado la lavadora. 

La temperatura en Madrid es buena todavía y permite las ventanas abiertas. Un ruido atronador me ha hecho levantarme de la mesa en donde ordeno mis papeles de la semana. En el tendedero, la lavadora se sacude como una desquiciada y contagia sus espasmos a todo lo que tiene a su alrededor: una bolsa de patatas, la tabla de la plancha, el pienso de Curra, unos barreños, mientras un ruido similar al de helicópteros de combate convierten el patio de mi casa en una escena de Apocalypse Now. Sólo me ha faltado poner la Cabalgata de las Walkirias como música de fondo.

Qué desasosiego. 

Pero, oiga ¿Y lo que se aprende de las lavadoras? Ya ve: nada mejor que estar hasta arriba de trabajo. Porque como tengas poquita tarea y además se te haga pesada, puedes desplazarte más de medio metro de tu sitio con gran estruendo y sacudiendo a todos los que tengas a tu alrededor.

Steve Jobs

Seré una entre los millones de personas que hoy se ha desayunado con la noticia del fallecimiento de Steve Jobs.  Seré una entre los millones de personas que hoy están consternadas. Seré una entre los millones de personas que escribirá algo sobre él. Que escribirá una cosa más, one more thing.

Seré una entre los millones de personas que no se siente cliente ni usuaria de Apple, sino fan, admiradora, seguidora incondicional. Casi fanática. Que admira la simplicidad y la elegancia de todo lo que hacen, desde sus productos hasta sus presentaciones en público, desde el logotipo hasta su web corporativa. Seré una entre millones de personas que se enamora de la caja y de la tarjeta con una sola instrucción (turn on and enjoy), y que considera que abrir una y leer otra es un gran momento. Seré una entre millones de personas que se sienten agradecidas a un hombre que se centró en ese gran momento para crear sus sueños, para combatir su imaginación conviertiéndola en realidad y poniéndola en un lineal, mucho más y mucho antes que en su cuenta de resultados inmediata y en la supervivencia de su empresa. Pienso que esa es la razón por la que el legado que deja Steve Jobs es, hoy, una de las tres mayores compañías del mundo. De un mundo que él ha contribuido a cambiar decisivamente. Y seré una entre millones de personas que nunca le oyeron decir eso de que «el cliente es lo primero«. A cambio de ese respeto, hoy los clientes depositan flores en las tiendas de Apple. Hasta con su muerte, este hombre consigue cosas asombrosas.

Seré una entre los millones de personas que escribe ahora mismo en un Mac. Que no entiende la creatividad en otro sitio, salvo en un pincel o en una pluma. Seré una entre millones de personas que recuerda perfectamente su propia perplejidad ante un ratón, ante un ordenador sin disquetera, ante un icono de colores, ante i-tunes, ante una pantalla blanca con las letras en negro, ante un teclado retroiluminado, ante un Mac Air, ante una i-pod…

Jobs no debió llamarse Jobs, sino Leisure. O Pleasure. O quizá, Fantasía

Seré una entre millones de i-personas.

Descanse en paz.

De Gea y el donut

Hablaba yo ayer de premiar con donuts y hoy voy a hablar de penar por ellos. Ladies and gentlemen, con ustedes el «Caso De Gea».

Como probablemente no sabrán – porque tengo para mí que ningún lector de este blog sabe nada de fútbol-, David de Gea es un sensacional portero de fútbol que jugaba hasta el año pasado en el Atletico de Madrid y que ahora defiende los colores del Manchester United. Le iba mejor en el Atleti, pero bueno, a lo que iba: resulta que De Gea entró en un Tesco, allí en Inglaterra, y se marchó sin pagar un donut que se había comido dentro del establecimiento. Y le pillaron. Entonces se enteró la prensa amarilla de la Pérfida Albión y ahora, cada vez que le meten un gol, ya todo el mundo se acuerda del agujero del donut. Incluso Sir Alex Ferguson, by the way.

Y el chaval ha salido a explicarlo y se ha pegado una tournée por la prensa española. Por lo visto, se había dejado la cartera en el coche y fue a buscarla. Y claro, los de Tesco se pensaron que se iba a largar sin pagar, aunque De Gea se lo dejó bien clarito. Pero que bien clarito. Primero él. Y luego una moza que pasaba por allí y que convino en traducir las explicaciones de De Gea al idioma de Shakespeare, toda vez que el chaval ya se había tragado el donut y había dejado de farfullar cosas que debían de sonar muy raras incluso en el idioma de Cervantes. Los celadores de Tesco sin duda lo agradecieron, porque les debió de dejar el uniforme perdidito de «pa luegos«. 

Ahora ya está todo no sólo bien clarito, sino aclarado. Pero considerando la repercusión que esta historia está teniendo en su carrera deportiva, yo le aconsejaría, la próxima vez, comerse una bolsa de palomitas.

Bull fight en zapatillas

No sé qué les parecerá a vds esto, pero me da que los de Adidas se han pasado en la parte aspiracional del anuncio. No hay quien se crea esto. Para empezar, no saben nada de pezuñas. ¿Cómo se les ocurre que un toro va a pasearse por un albero así calzado?

¿Y qué me dicen de la pelota? ¿Cómo va a ir un toro por la plaza haciendo eso con una pelota? ¡Y de baloncesto, además! Todavía si fuera de tenis, vaya que te tira, que se le puede poner pinchada en un cuerno, pero ¡de baloncesto! ¿Y los pañuelos rojos? ¿Qué es eso de los pañuelos rojos del respetable? ¿Que le den un donut? 

Pero qué fumarán…

Let’s tweets again

He realizado una ingenua incursión por los mundos de Twitter recientemente, y me he visto a mí misma como una especie de aprendiz de brujo. Quizá alguno de vds haya reparado en un widget abierto a la derecha de esta página que ha estado activo dos semanas y que después ha desaparecido. Lo más probable es que ni se hayan fijado. Casi mejor…

¿Que qué me ha parecido? Para ser franca, un estrés. 

Les contaré mi historieta. Inicialmente, mi idea era completar este blog con las tontadas que se me iban ocurriendo a lo largo del día. Es decir, usar Twitter como lo que en principio es: una herramienta de microblogging. La gente te lee, te comenta o no, y hasta el próximo. También para seguir a blogueros con gracia en Twitter, que los hay, que los hay.

Pero Twitter no me ha parecido eso exactamente. Lo que me he encontrado es que, efectivamente, los post son cortitos, pero te llegan a paladas. En un 80% de los casos es imposible saber de qué demonios están hablando, porque son el requetetuit de una respuesta a otro requetetuit que comentaba una noticia a su vez requeteretuiteada. Del 20% restante, la mitad son enlaces, con el petardo que supone mirarlos en un teléfono. Y lo que queda son mensajes tipo «estoy en la cola del súper, que calorín XD«, o frases originalísimas tipo «No llores por la pérdida del sol pues las lágrimas te impedirán ver las estrellas, Gandhi«, e incluso «Gracias, María, quedamos el viernes sin falta, un abrazo a tu marido, bss XDDDD«. En fin, un patio de vecinas con todo el trapo tendido.

Sí, ya sé, ya sé, es que no lo sé usar. Y yo lo reconozco. ¿Puede vd por favor leer el principio de este post? Gracias, amigo. Pero he aprendido cositas. Por ejemplo, que no hay que seguir a tuitorreicos. Que hay quien está en Twitter para hacer negocios sin decirlo y que hay quién considera Twitter un barómetro de liderazgo. Que la mayoría se mueve mucho pero casi nadie va a ningún lado. Que hay quien lo usa para amar a los cuatro vientos, y que no caer en el patetismo con estas declaraciones publicas requiere algo más de 140 caracteres. Que las cáscaras de plátano están a la orden del día. Que hay mucho troll, mucho anonimous y mucha gente que da pereza. Que las ganas de decir lo que sea supera, con creces, a las ganas de decir algo.  Y que hay montooones de botoncitos que sirven para filtrar todo lo anterior.

Así es que volveré a mi idea inicial, cuando limpie un poco la casa. Y sólo tendré como ejemplo de tuitera de pro a Christine Lagarde: un tuit al día, seis tonterías cada semana y un seísmo mundial todos los meses.

PS: Pero abran una cuenta de todos modos, porque a veces se encuentra alguna perla, aunque sea raro. Hoy me ha llegado esta: @asiermarques: «si se va a cobrar más por el tabaco y el alcohol para financiar la sanidad, ¿por qué no se cobra por ver tele5 para financiar la educación?». No tengo ni idea de quién es Asier Marques, ni por qué me ha llegado su tuit (supongo que será un requetetuiteo), pero le reconozco el ingenio y le doy las gracias por la sonrisa que me ha provocado. 

El recorte de la vergüenza

No lo llaman recorte, aunque lo es y muy serio. Lo llaman necesidad de pasar página, de iniciar un nuevo ciclo político, de apuesta por una nueva etapa, borrando de un plumazo toda la infamia anterior. Hablan de razón de Estado, de oportunidad histórica, de plan de convivencia democrática, de superación de obstáculos ideológicos, en una cháchara inicua que lo mismo les vale para esto que para envolver una sardina. Los más descarados siguen hablando de proceso de paz. Y los más vomitivos, en especial aquel que diría cosas que nos helarían la sangre, nos propone una orientación flexible, que no es ni más ni menos que su propia desorientación moral.

Pero esto es un recorte. Un recorte de la dignidad de los muertos y de sus familias. Un recorte de la dignidad de un Estado al que están rindiendo ante una banda de terroristas (ETA o Bildu o la madre que los parió). Un recorte de mi dignidad, porque este es mi país y esos que murieron son también mis muertos. 

Esos gobernantes y políticos calculadores que un día se parapetaron detrás de esos muertos que hoy desprecian, detrás de unas lágrimas tan falsas como su decencia, ahora se parapetan detrás de palabras como libertad, justicia, paz y perdón para recortar con tanto cinismo como impostura esos mismos conceptos que dicen defender.

Recortan la dignidad. Recortan la Justicia. Recortan la vergüenza.

 

 

La mala pata de Curra

No lo había contado. Pero tal vez vaya siendo hora.

Cuando Curra tenía un año y medio, un taxi la atropelló. Sí, un suceso muy desagradable. Se escapó corriendo detrás de otro perrillo, se despistó, optó por volver sola a mi casa y encontró el semáforo por donde solíamos cruzar desde el parque. Hasta ahí bien. Probablemente vio el peatón parado, rojo, del semáforo, y posiblemente pensó que ésa no era ella, sino yo. Pero yo no estaba. Y entonces fue cuando sucedió el taxi. Un solitario taxi en una desierta tarde de domingo de septiembre.

Las buenas personas que la recogieron y que me avisaron – Curra lleva mi número en el collar – me dijeron que el conductor sólo estaba preocupado por su taxi, del que no supe ni quise saber ya nunca nada después. El buen hombre de acento sudamericano que me ayudaría luego a cargarla en mi coche para ir a las urgencias veterinarias estaba indignado y me decía que hubiera querido pegar al taxista, por «su falta de compasión». La mujer que me había localizado volvió a llamarme unos días más tarde para interesarse por el estado de la perra. Y hay dos señoras del barrio que todavía me paran por la calle para acariciarla. Las buenas personas.

Aplacé un viaje que tenía ese domingo y todo el mundo lo entendió en mi oficina en París. Llevé a la perra a la Clínica Alberto Alcocer, de Madrid, en donde literalmente le salvaron la vida. La perra estaba en shock, tenía las dos patas traseras destrozadas y había perdido mucha sangre. Allí la tuvieron ingresada tres días, y después traspasaron con total detalle, honradez y profesionalidad el historial y el perro a la clínica donde siempre hemos llevado a Curra y a sus antecesores, el Centro Veterinario Kennel. Maite, la veterinaria, nos dijo: será muy largo y nada fácil, pero vamos a salvarle las patas a esta perra, volverá a caminar y a correr, vale la pena. Después de 7 meses de desvelos y de muchísima paciencia, a Curra le quitaron los últimos clavos y vendajes. Curra no cojea, aunque tiene un caminar de lo más saleroso. Sus patas traseras, especialmente una, son muy delicadas, pero Curra lleva una vida completamente normal. Y en lo que Maite más razón tuvo fue en lo último que dijo: valió la pena.

Muchos perros no quieren ir al veterinario y hay que llevarles a rastras. Curra va feliz, os lo aseguro. Es doblar la esquina y empieza a tirar de la correa… ¡para llegar! No exagero si digo que lo que cuesta es sacarla de la clínica. En cuanto al recibimiento que tiene, siempre es de lo más cariñoso, como hacen con todos los animales. Pero quiero pensar que, para ellos, verla es como vivir de nuevo un gran triunfo después de un gran esfuerzo. 

Hace ahora 4 años de aquel accidente. Y hace ahora un mes que estamos otra vez a vueltas con su pata más débil, por una herida de lo más tonta que se nos ha complicado. Que se nos ha complicado mucho. Pero no vamos a consentir que Curra cambie sus andares salerosos. Y Maite, con seguridad, tampoco.